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Racionar el consumo

Las colas en los locales de abastecimiento, en las que se mezclan ciudadanos de toda clase y condición, son la prueba evidente de que el socialismo trae inexorablemente la igualdad, aunque se trate de un igualitarismo nada envidiable a juzgar por la opinión de quienes deben sufrirlo en sus vidas.

Es lo que ocurre en Cuba o Venezuela y lo que quiere implantar aquí también el D. Miguel Sebastián, con la única diferencia de que mientras en los dos primeros países se raciona el azúcar y la carne, aquí nos van a racionar la electricidad y el gasóleo. De momento, quiero decir, no pongamos límites a la capacidad coercitiva de Z y sus miembros/as.

A pesar de sus continuas proclamas como garante de un adecuado reparto del bienestar, lo cierto es que el socialismo es incapaz de redistribuir riqueza alguna por la sencilla razón de que antes hay que crearla, y de esto último es metafísicamente incapaz. Lo único que redistribuyen los partidos socialistas cuando llegan al poder es el dinero desde el bolsillo de quienes lo ganan honradamente al de los que forman las clases ociosas constituidas en lobbies afectos a la izquierda.

Por eso cuando viene una recesión y las clases productivas comienzan a experimentar graves problemas económicos (su bolsillo apenas tiene lo mínimo para la propia subsistencia), el dirigente de izquierdas entra en un estado de estupor. Su única posibilidad para legitimar el ejercicio del poder comienza a desvanecerse en la misma medida que la crisis económica se profundiza.

En esta situación está ahora mismo el Gobierno de ZP y sólo hay que escuchar las melonadas con que adornan últimamente su discurso señores inteligentes como Miguel Sebastián para comprobarlo. Como será el asunto que hasta en El País han dedicado un editorial a ridiculizar las absurdas propuestas sebastianescas para restringir el consumo. Lo suyo es seguir el guión clásico de la izquierda para momentos de crisis, aunque no haga más que empeorar una situación ya de por sí grave.

¿Que tenemos problemas de dependencia energética? Pues en lugar de construir centrales nucleares (la energía más limpia y barata) invitamos a los ciudadanos a quitarse la corbata y a moverse en bicicleta. ¿Que hay problemas de abastecimiento de agua en el sur? Pues en lugar de trasvasarla desde donde sobra se impone a los sureños un cuadro completo de medidas restrictivas como solución a sus problemas. ¿Que las empresas de construcción entran en quiebra y las familias no pueden pagar sus hipotecas? Pues en lugar de bajar los impuestos se compra suelo para convertir al estado en agente inmobiliario.

Es lo único que sabe hacer la izquierda, coaccionar a los ciudadanos e imponer el racionamiento selectivo, una forma de dictadura difusa que, asombrosamente, entusiasma también a sus votantes, los primeros en padecer sus efectos perniciosos. Y es que en materia de coacción institucional no hay quien gane a los dirigentes socialistas. Han nacido para eso, qué le vamos a hacer.

Capitalismo es libertad y propiedad privada

Preguntaban con qué términos estaba de acuerdo el encuestado:

  • Un 14,6% estaba a favor del comunismo.
  • El 74,8% a favor del socialismo. 
  • Un 81,2% a favor de la propiedad privada.
  • Sólo un 26,1% a favor del capitalismo.

Los catalanes, o al menos los encuestados, parecen estar a favor del socialismo y a la vez de la propiedad privada, y contradictoriamente se oponen al capitalismo. ¿Cómo puede darse tal antítesis? Mucha gente, de forma errónea, asocia el capitalismo al llamado capitalismo de amigotes (crony capitalism), monopolios, lobbies y pactos empresariales con el Estado. Es lo que tenemos hoy día, por ejemplo, con las regulaciones a la agricultura, a la cultura, el rescate de inmobiliarias, instituciones como los bancos centrales que cuidan de los bancos privados, barreras de entrada para perjudicar a ciertas empresas… Esto no es capitalismo de libre mercado, sino capitalismo de Estado o socialismo para ricos. Como dijo el socialdemócrata Wilhelm Liebknecht a finales del S.XIX, "el socialismo de Estado no es más que el capitalismo de Estado".

Vayamos a lo básico. Al consultar la definición de la Real Academia Española nos dice que capitalismo es el "régimen económico fundado en el predominio del capital como elemento de producción y creador de riqueza". No puede haber definición más vaga y confusa. ¿Es que el socialismo no se basa en el capital también? ¿Si no es así, cómo se produce nada? Capital es un stock de herramientas que se pueden usar para llegar a unos fines, como mayor producción o riqueza. El capitalismo se fundamenta en la libertad de los actores que interactúan en la sociedad. En términos económicos, sociedad es igual a mercado. El capitalismo, tomando la definición de medios económicos de de Franz Oppenheimer, es el intercambio libre y voluntario de capital. Para que se produzca tal intercambio libre el factor crucial es que existan la propiedad privada y derechos ilimitados sobre ella. Lo contrario a propiedad privada es socialismo, esto es, la imposición mediante la fuerza de los designios de un dictador de la producción y oligarquía política. El socialismo llevado a la política es comunismo o economía del fascismo, dependiendo de los grados de libertad que tenga el individuo sobre su propiedad privada. Socialismo y fascismo son la total sumisión del hombre libre al dictador, ya sea en un régimen abiertamente dictatorial o democrático.

Para el liberalismo, el capital comprende el capital humano (conocimientos y habilidades), capital físico (activos materiales) y capital financiero (activos líquidos). Todos ellos susceptibles de ser negociados, pero a diferencia de como lo comprende el socialismo, negociados libremente. Esto significa que cada uno puede hacer con su propiedad privada lo que le dé la gana sin que nadie le ordene cómo hacerlo ni se lo prohíba por medio de la violencia de la ley. En el momento que alguien nos roba parte de nuestro capital, con impuestos por ejemplo, eso deja de ser un sistema capitalista para convertirse en uno socialista. En el momento que el dictador de la producción nos prohíbe destinar nuestro capital (conocimientos, dinero, recursos…) a abrir una farmacia, colegio o estanco porque la cuota ya está cubierta en esa zona geográfica, eso es socialismo. Y en el momento que alguien nos impone barreras de entrada para hacer lo que queramos con nuestra propiedad, eso es socialismo, o sea, anticapitalismo.

Los primeros teóricos que contemplaron un sistema capitalista le llamaron laissez faire (el término "capitalismo" es de Marx, por lo tanto posterior). Para nosotros, laissez faire y sistema capitalista son términos sinónimos. La definición de Mises no puede ser más acertada. "Laissez faire [o sistema capitalista] significa: dejen que el hombre común escoja y actúe; no lo obliguen a ceder ante un dictador". No se puede estar contra del capitalismo y a favor de la propiedad privada a la vez, es un sinsentido.

Publicidad personalizada: tierra virgen

Por ejemplo, la televisión, el periódico y la radio pueden transmitir un mensaje a mucha gente. Pero no son capaces de recoger sus reacciones de forma directa, pues presentan una interactividad muy limitada. Además, el mensaje es el mismo para todos los receptores, es imposible por su propia naturaleza personalizarlo.

Una conversación telefónica o una entrevista sí son interactivas y personalizadas. Pero claro, llegan a un solo individuo con cada acto, no a muchos a la vez. Así que Internet combina lo mejor de los dos mundos: interactividad, personalización y acceso a mucha gente.

Lógicamente, las posibilidades que esto abre para los empresarios innovadores son desconocidas y tal vez infinitas. Se avanza constantemente en mejorar la interacción de la publicidad; sin embargo, la personalización de la misma se encuentra con obstáculos muy difíciles de salvar.

Como es de imaginar, la personalización, sea de publicidad o de otra cosa, exige conocer algo de información del beneficiario o receptor del servicio. Difícilmente se puede amueblar un salón a medida si no le dejan al diseñador recabar información de su cliente, sus gustos, preferencias o vivienda. Pues lo mismo ocurre con la publicidad.

El problema es que cuando se trata de recoger este tipo de información, los emprendedores se tropiezan con un montón de defensores del derecho a la intimidad, desde la Comisión Europea hasta el último ayuntamiento, pasando por todo tipo de organizaciones que con la disculpa de salvaguardar nuestros intereses de una inconcreta amenaza, impiden completamente el desarrollo del negocio. Que se lo digan a Google o más recientemente a BT y a Virgin en el Reino Unido, contra los que ya lleva un tiempo la caza de brujas.

No se convencen estos iluminados de que el empresario que quiera hacer legítimamente dinero con un negocio de estas características será el primer interesado en que nuestra intimidad quede suficientemente protegida. Porque, al contrario que las instancias antes enumeradas, este señor se estará jugando su dinero y su futuro en el envite. En el momento en que sus posibles clientes no queden satisfechos de una u otra forma por el manejo de los datos obtenidos, ejercerán sin clemencia su poder para sacarle del mercado.

Cosa que, por cierto, no puede ocurrir si las citadas administraciones, que tanto se preocupan por que otros no manejen nuestros datos, empiezan a manejarlos contra nuestros intereses. Alguien se atrevería a decir que ya lo hacen.

No se puede concretar si esto de la publicidad personalizada supondrá un avance o una pérdida de tiempo, si mejorará nuestra calidad de vida o, por el contrario, nos causará un engorro tras otro. Lo único cierto es que hay gente dispuesta a apostar por su utilidad, gente dispuesta a explorar esta tierra virgen. Desgraciadamente, me huelo que las barreras erigidas en torno a este lugar nos impedirán disfrutar de sus frutos; eso sí, será por nuestro bien.

Entre la Wii y el iPhone

Son dos dispositivos que están obligando a los demás fabricantes a intentar imitarlos para no perder más cuota de mercado. Me refiero, como digo yo que habrán imaginado ya, aunque sólo fuera por el título del artículo, al iPhone y a la Wii.

Parecía que en el mundo de las consolas estaba ya todo inventado. Periódicamente aparecerían actualizaciones con mejores prestaciones, gráficos más espectaculares y una competencia feroz más en títulos y franquicias tales como Halo o Final Fantasy. Esa era al menos la batalla que tenían planeada Microsoft y Sony con sus Xbox 360 y Playstation 3. Pero en esto llegó Nintendo y propuso una consola mucho menos avanzada, pero que tenía un mando capaz de detectar el movimiento mediante un sensor llamado acelerómetro.

Mientras que los grandes títulos de sus competidores repetían los esquemas de anteriores juegos, Wii ofrecía juegos sencillos pero muy divertidos, porque se manejaban mediante el movimiento de la mano y no usando los botones. Quizá el mejor ejemplo sean los juegos de tenis y ping pong del juego Wii Sports, en el que tendremos que hacer el gesto de dar con la raqueta mientras sujetamos el mando. Gracias a esta novedad ha logrado abrirse un hueco en el salón de muchos que jamás se habían planteado comprar una consola y ha superado en ventas a sus dos rivales directos, que ahora se ven en la necesidad de imitar a Nintendo, como ha hecho Sony con su mando Sixaxis, inalámbrico y capaz de detectar el movimiento.

Apple, por su parte, no ofreció nada realmente nuevo en el mundo de la telefonía móvil excepto su pantalla multitáctil. Le bastó y le sobró su extraordinaria imagen de marca y, sobre todo, la habilidad con que trasladaron su reconocida experiencia en la creación de buenos interfaces de usuario a este nuevo tipo de pantallas. Ya existían infinidad de smartphones capaces de conectarse a internet y leer el correo, incluso con sistemas mejores que el del iPhone, como es el caso de Blackberry. Pero no podían competir con la facilidad y rapidez de uso del móvil de Apple.

Vean si no un ejemplo. Hace unos días, un compañero me mostró su Blackberry funcionando con el excelente navegador Opera Mini, creado y pensado para teléfonos móviles. Se puede acceder con él a las páginas web normales, sin necesidad de que estén diseñadas específicamente para estos dispositivos. Pero, claro, se ven demasiado pequeñas en una pantalla tan minúscula y es necesario mover con las teclas del curso un pequeño recuadro para poder hacer zoom y leer la web. Con el iPhone sucede lo mismo, pero basta con hacer un pequeño gesto con los dedos para ampliar la parte de la página web que queremos ampliar y otro gesto, tan natural como el anterior, para movernos dentro de ella. Lo que en la Blackberry era un verdadero coñazo, en el iPhone se transforma en lo más parecido que podamos tener en una pantalla pequeña a la experiencia de visitar la web desde un ordenador.

Lo que une a ambos dispositivos no es el uso de un acelerómetro (que en el iPhone sirve para saber si lo tenemos en vertical o en horizontal), sino que se han centrado en el interfaz de usuario, en cómo el hombre se relaciona con la máquina. Y además, claro, lo han hecho bien. Por eso han sido todo un éxito y un ejemplo a imitar por los demás fabricantes. Gracias a Apple y Nintendo, en el futuro será más difícil que las grandes tecnológicas se limiten a hacerlo todo más grande y con más funciones, tirando un poco de automático, algo que les deberemos agradecer todos, incluyendo quienes no son clientes suyos.

Cómo agravar una crisis

Este complicado contexto constituye el caldo de cultivo ideal para que los políticos comiencen a aplicar disparatadas medidas de "estímulo económico" que al final sólo emponzoñan más la situación, agravando y prolongando el necesario e inevitable período de catarsis.

La última ha sido dilapidar el superávit presupuestario en absurdos proyectos sociales y en obras públicas varias. La noticia, lejos de suscitar decepción y angustia, ha sido considerada adecuada y conveniente para acelerar la recuperación.

El problema es que, como ya expliqué, tirar del gasto público no es la solución para ninguno de los problemas de la economía. Si durante años la sociedad española ha estado concentrándose en producir vivienda, pagando las importaciones (especialmente el petróleo) con cargo a la deuda, parece claro que, ahora que nos han cerrado el grifo, la única manera para superar el bache consiste en reorientar nuestra estructura productiva para financiar nuestras importaciones con nuestras exportaciones.

Dicho de otra manera, o bien reducimos nuestras importaciones o bien dejamos de producir viviendas y empezamos fabricar los bienes que demandan nuestros acreedores internacionales (como China o Alemania). El problema del primer camino es que nuestra dependencia del petróleo es difícilmente corregible a medio plazo; de modo que sólo nos queda la segunda opción.

Cuanto menos produzcamos para nosotros y más vendamos al extranjero (modelo chino), más rápido amortizaremos la deuda pasada y podremos volver a centrarnos en satisfacer nuestras necesidades. Es un ajuste doloroso que necesariamente implicará una fuerte caída en nuestros niveles de vida, pero no puede evitarse de ningún modo.

Por poner una analogía comprensible: si yo pido un crédito al consumo de 100.000 euros pagaderos en diez años (10.000 anuales, si nos olvidamos de los intereses) y mi única fuente de renta es un salario de 2.000 euros al mes, tendré que ahorrar 10.000 euros de 24.000 para devolver el préstamo. Lo que significa que sólo tendré 14.000 al año para mi disfrute personal. Sin duda, cuando dilapidé los 100.000 euros en consumir sin freno disfruté mucho, pero ahora me tocará apretarme seriamente el cinturón durante los próximos diez años para sufragar ese exceso.

Por supuesto, siempre tengo la opción de reducir aún más mi consumo (a 4.000 euros anuales, por ejemplo), de modo que amortice 20.000 cada año de mi crédito al consumo. Así, en cinco años devolvería el préstamo. Otra opción sería buscar un segundo o incluso un tercer empleo para hacerme con una renta anual de 50.000 euros. En este caso, gastando 10.000 al año en mis cosas podría amortizar el crédito en dos años y medio.

La receta, por consiguiente, es clara: menos consumo y más trabajo para amortizar las deudas. Los españoles tampoco tienen demasiadas alternativas: les toca pagar la factura del petróleo desde el año 2000 hasta la actualidad, y ello significa menos consumo y, si fuera necesario, más trabajo por salarios más bajos.

Pero ¿qué está haciendo el Gobierno para combatir la crisis? Simplemente, olvidarse de todo lo anterior. ¿Que estamos endeudados hasta las cejas? No pasa nada: yo, el Estado, me endeudo todavía más. ¿Que debemos ahorrar y restringir el consumo? No pasa nada: yo, el Estado, voy a gastar mucho más. ¿Que hemos de dejar de basar en el ladrillo el modelo productivo? No pasa nada: yo, el Estado, me voy a hartar de construir carreteras y viviendas de protección oficial. Puro keynesianismo suicida.

El Estado debería, por el contrario, reducir el gasto público y los impuestos para facilitar la amortización de la deuda y la reestructuración productiva. Pero la rebaja impositiva en ningún caso debe financiarse (como ha sucedido con los famosos 400 euros) con cargo al déficit público, ya que ello sólo incrementa la cantidad de deuda pendiente de amortizar.

Es cierto que en la magnitud y en el estallido de la crisis el PSOE no ha tenido demasiada responsabilidad, o al menos no mayor que el PP (en cuya segunda legislatura aparecieron la burbuja inmobiliaria y la expansión del déficit corriente) y otros gobiernos del mundo: la causa última de la crisis se encuentra en la política monetaria que han seguido los bancos centrales durante los últimos años.

No obstante, no es menos cierto que el Gobierno sí tiene buena parte de la responsabilidad en el rumbo catastrófico que puede tomar la crisis durante los próximos meses. El déficit público no ayudará a la recuperación, sino que le dará la estocada definitiva.

La quiebra de las cuentas públicas

Como consecuencia, en pocos meses su balance de resultados refleja un desequilibrio presupuestario (diferencia entre ingresos y gastos) próximo a 2.000 euros anuales (2 por ciento del PIB). De este modo, Rodríguez se ve obligado a ampliar su ya abultada deuda financiera para asumir los pagos comprometidos a contratistas e inquilinos, y que a día de hoy se sitúa en algo menos de 40.000 euros anuales (40 por ciento del PIB). Y todo ello en un contexto de acentuada crisis económica y clara incertidumbre financiera.

A finales de 2008, casi el 14 por ciento de los inquilinos que viven en el citado edificio se quedan en el paro, con lo que dejan de pagar sus respectivos alquileres (impuestos). El contrato de arrendamiento establece que dichas personas tienen derecho a permanecer en sus viviendas de por vida, ya que se trata de un particular alquiler en usufructo que incluso heredarán sus hijos. De esta forma, los gastos que ocasionen deberán ser asumidos, de algún u otro modo, por el resto de inquilinos del edificio, quienes por el momento mantienen sus puestos de trabajo.

Sin embargo, a pesar de la delicada situación que atraviesa su empresa, dicho gestor insiste en mantener, e incluso incrementar, su política de gasto, sin tener en cuenta los riesgos subyacentes que amenazan la viabilidad económica del edificio en cuestión. Y es que, según él, en poco tiempo la situación mejorará, de tal forma que sus inquilinos volverán a encontrar trabajo, y así podrá recuperar las rentas perdidas.

Pero lejos de cumplirse su pronóstico, un año después (2009) la situación tan sólo empeora. El desempleo en la comunidad se dispara hasta cotas próximas al 20 por ciento, de modo que los ingresos procedentes del alquiler de viviendas se desploman respecto al año anterior, hasta el punto de que la facturación de la comunidad disminuye (recesión). A ello se suma el hecho de que la compañía en la que trabaja el señor Rodríguez está asociada a un club, presidido por el señor Barroso, cuyos estatutos establecen un desequilibrio anual máximo del 3 por ciento en el balance de cada entidad asociada (3.000 euros).

Ante este panorama de gastos crecientes e ingresos decrecientes, entidades e inversores comienzan a desconfiar de la solvencia del señor Rodríguez, por lo que endurecen las condiciones del crédito, e incluso comienzan a denegar nueva financiación a la empresa que preside. Las garantías que ofrece para el pago de sus compromisos financieros (emisión de deuda pública) comienzan a perder credibilidad ante la difícil coyuntura que atraviesa la compañía.

¿Qué opciones le quedan al señor Rodríguez antes de que su entidad sea declarada públicamente en quiebra? Tan sólo dos a fin de mantener sus compromisos de gasto: O bien subir el alquiler al resto de inquilinos de la comunidad (elevar impuestos), o bien disparar la deuda de la entidad que preside, pese a su encarecimiento. De este modo, serán los hijos y hasta los nietos de los actuales inquilinos del edificio quienes, finalmente, tendrán que pagar el exceso de gasto adquirido en la actualidad. Y es que el señor Rodríguez no concibe eso de apretarse el cinturón en épocas de crisis.

El negro chantaje tiene los siglos contados

Su extensión es superior, aunque no en mucho, a la de España. Y sus campos son suelo amable y fértil para ciertos cultivos y sus vastas extensiones el paraíso en la tierra para el ganado. Cuando se veía venir el siglo XX, cuando casi se podía tocar con la punta de los dedos, surgió en aquel Estado un mal tan penoso y tan abundante en aquellas tierras que dio en llamarse “la maldición de Tejas”. Era un mineral líquido, negruzco y harto desagradable que surgía del suelo a nada que lo inquietásemos para civilizarlo un poco: construir una carretera, tender dos vías de hierro que se cortan en el infinito… Era el petróleo, un bien preciadísimo que tenían aquellos ganaderos por condena.

Entonces lo era, pero ahora hemos aprendido a poner al petróleo a nuestro servicio y extraemos de él una capacidad energética extraordinaria. Bien domeñada por la tecnología, que cada año es, además, más diestra, nos permite conocer mundo como nunca, jamás, lo conocieron nuestros antepasados. Su energía nos ha permitido a centenares de millones de personas tener cualquier punto del mundo a nuestro alcance. Y son muchos más los usos industriales que hacemos de él. Tenemos “dependencia del petróleo”, como muchos dicen, pero sólo porque le hemos sabido dar usos que para nosotros son muy valiosos.

Pero ese mal que nosotros hemos convertido en bien ha resultado ser caprichoso en su yacimiento y gran parte de él se acumula bajo suelos en que viven millones de personas sojuzgadas por regímenes autocráticos, teocráticos o dictatoriales, o en sociedades inestables, dadas, además, al uso político de este recurso. Como es una poderosísima fuente de ingresos para el Estado al margen de los ciudadanos, las luchas políticas por su control son brutales. Y como quienes tienen el poder no necesitan de sus ciudadanos para allegar recursos al Estado, sin que por ello renuncien a los impuestos, los ciudadanos pierden capacidad política y por tanto poder de influencia sobre el Estado. Sus derechos no son tan importantes.

Es en este contexto donde se desarrolla el chantaje de que nos habla Pedro Canales en su última crónica. Occidente necesita el petróleo, pero sólo tiene una parte, y es pequeña. El resto está en manos de esos Estados que, en lugar de reconocer el derecho de los ciudadanos del mundo a ocupar y explotar los recursos, los toman ellos para hacer del negro oro un instrumento de chantaje. Cada dólar que sube el barril, ¿no se hace más doloroso? ¿Estamos condenados a pagarlo o a invadir aquellos países con tal de no hacerlo?

La política mira siempre en el corto plazo y ahí caben soluciones de todo tipo, de las cuales la guerra no es, en absoluto la última. Pero la importancia del petróleo en nuestra economía será más y más liviana. Y, sin llegar a desaparecer jamás, como tampoco lo hará el negro combustible, su peso en nuestras vidas está llamado a ser menor con el paso de las décadas.

Esto es así porque sabemos crear más valor por cada unidad de energía, por lo que el porcentaje de la energía en el PIB no deja de ser cada vez menor en las economías desarrolladas. Por otro lado, las áreas con mayor desarrollo están asociadas a la electricidad o el láser, energías que se pueden producir con otras fuentes. Además la lista de fuentes energéticas utilizadas masivamente está aún abierta, a la espera de que el hidrógeno o alguna energía de las llamadas “alternativas” dejen de serlo. Además podemos extraer energía del uranio durante miles de años. Es decir, que las tiranías del petróleo tendrán cada vez menos poder. Eso sí, tendremos que contárselo a los nietos de los nietos de nuestros nietos. O quizá no tengamos que esperar tanto.

Dependientes de Zapatero

Zapatero va a necesitar mucha "justicia social" para enmascarar su gran plan: comprarle a los archimillonarios promotores todo el suelo que no tiene salida para socializar las pérdidas de quienes se han enriquecido estos últimos años con el negocio inmobiliario. Hace bien, me siguen pareciendo pocos los Cayenne que veo en la carretera.

Su gran plan "social" es una ley para la que, por vez primera, empieza a reconocer que no tiene dinero suficiente. El nombre, eso sí, no puede ser más a propósito: "Ley de Dependencia" se llama, porque esta será, en la medida en que se implante, su verdadera realidad: la dependencia de decenas de millares de familias del dinero que haya en la caja del Estado, que es el que sale de los bolsillos de todos. Por de pronto, el que hay no es suficiente para todas las promesas que ha hecho Zapatero con el dinero de los demás.

La dependencia es un arma en manos del Estado. Recordarán que el pte. González ganó unas elecciones diciéndoles a millones de pensionistas que Aznar les iba a robar las pensiones. La dependencia económica del Gobierno es también una dependencia personal y política. Por eso la mejor política social es la de crear ciudadanos que se valgan por si mismos, que puedan sostenerse con un patrimonio propio creado con años de ahorro y juiciosas inversiones. Una sociedad de propietarios es una sociedad de hombres y mujeres libres.

Una sociedad libre tiene hueco para los pobres. De hecho, es la única en la que tienen una oportunidad real generalizada de escapar a su situación. No ya porque una sociedad libre produzca riqueza para todos; no sólo porque las grandes fortunas se hacen produciendo bienes de consumo masivo, acercando a quienes menos tienen lo que antes era exclusivo de los más ricos. Es que, incluso para quienes no tienen absolutamente nada, una sociedad en libertad es la mejor opción.

Porque la caridad privada no crea dependencia; huye de ella. A lo largo de la historia, a medida que se ha ido acumulando experiencia en este terreno (y la hay desde hace hace cuatro mil años) se ha visto claro que, en la medida de lo posible, la caridad no es una cuestión de dinero, sino de comportamiento. Que lo importante es la persona y su capacidad para salir adelante por sí misma.

Nada que ver con la dependencia que busca el Gobierno de quienes necesitan ayuda.

Creyentes pero no practicantes

Nos dicen: "La copia privada existe desde 1987 y tiene por objeto compensar a los titulares de derechos por el daño que producen las copias que todos nosotros hacemos". No es del todo cierto. Tan sólo es una compensación por las copias privadas, no por aquellas que no entran en dicha categoría, por ejemplo las correspondientes a la piratería. Además, esas supuestas pérdidas son las ocasionadas por no comprar más de un original de una obra para, por ejemplo, escucharla en casa y en el coche. También afirman: "La Ley excluye del pago de la compensación a las ADSL". Verdad, pero que deje de ser así es una vieja demanda de las entidades de gestión. Afortunadamente, aún no se han salido con la suya. El sitio explica que "un equipo de música de salón lleva pagando 0,6 €, es decir, medio café, desde 1994". ¿Y? Por poco dinero que sea, las entidades no tienen un legítimo derecho a él. Pagas por comprar el CD original y has tenido que pagar antes a las entidades para tener la posibilidad de escucharlo.

"En 2006, 145 millones de obras fueron copiadas en DVD y por tanto dejadas de comprar. Su valor en el mercado habría sido de más de 2.000 millones de €". Primero, deberían explicar de dónde sale esa cantidad. Segundo, si entre esas copias están las que no corresponden a la copia privada, no justifican el pago de canon. Y tercero, que alguien se copie una película o un CD no quiere decir que hubiera comprado el original. Continúan: "100 DVD vírgenes, que permiten grabar 100 películas cuyo precio en el mercado sería de 2.000 €, pagan 44 € de compensación con la nueva ley". Esos mismos DVD permiten almacenar muchas cosas que no son películas. Además, si los DVD son recargables, esa cantidad sube de los 44 euros que nos dicen a los 60.

Nos recuerdan que "los ordenadores no pagan canon porque la ley aprobada el año pasado exime de su pago". Pero sí lo hacen algunos de sus componentes, como por ejemplo la grabadora de DVD. A esto añaden que "según el borrador de la Orden Ministerial, la regrabadora de DVD paga 3,15 €". Lo mismo que en el caso del equipo de música. Por poco dinero que sea, es mío, y las entidades de gestión no tiene legítimo derecho sobre él. Además, este dispositivo se puede utilizar para almacenar contenidos que no tienen nada que ver con los derechos de autor.

También afirman: "La cámara de fotos nunca ha pagado canon ni se prevé que lo pague". Cierto. Pero muchas no tienen memoria propia, o tienen poca, y todos utilizamos tarjeras por las que sí se paga, en concreto 30 céntimos por cada una. Por cierto, que mientras aquí se señala que "ni se prevé que lo pague", en el caso de los ordenadores y las ADSL no se dice lo mismo. Continúan: "Un reproductor de DVD de salón pagaba antes 6,61 €, y con la nueva Orden pagará 3,4 €". Una mejora, pero sigue siendo un pago injusto, Aplíquese lo que decía de las cadenas domésticas de música".

Añaden: "10. 200 CD vírgenes que a la mayoría de los consumidores les permiten grabar 24.000 canciones en mp3, cuyo valor en mercado sería de 28.000 €, pagan de canon 34 € con la nueva Ley". O 44 si son regrabables, se debe añadir. Además, aplíquese aquí lo que decíamos de los DVD. Y terminan diciendo: "Es mentira que una familia española vaya a pagar 303 € de canon al año, puesto que si fuese verdad los ingresos de las entidades serían de 3.630 millones de €, mientras que la recaudación es inferior a los 90 millones". Por mucho que esto que dicen sea cierto, las entidades de gestión no tenían legítimo derecho a los 84 millones de euros que recaudaron de canon digital el año pasado, o a los 99 millones de 2006.

Y a estos argumentos hay que sumar otro más contundente: la propiedad intelectual es una farsa.

Respuesta a Copia Privada Sí

En este video que está dando la vuelta al mundo se interpela a los asistentes a una conferencia del líder máximo de la Venerable Iglesia de la Calentología sobre la forma en que ponen en práctica los mandatos del Vicario de Gaia en la Tierra. Por ejemplo, en la publicidad del acto se invita a todos los fieles a que utilicen la tracción animal (es decir, que vayan a pie o en bicicleta) o que, en su defecto, usen los medios de transporte público para sus desplazamientos. Hacer largas caminatas y seguir una dieta baja en judías y coliflor son medidas necesarias para disminuir la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero y, de esa forma, impedir que los océanos acaben arrasando nuestras ciudades a corto plazo. Pero los calentólogos de base no hacen ni lo uno ni, por extensión, suponemos que "lo otro".

Como se ve en el vídeo, la mayor parte de los asistentes a la liturgia celebrada por Su Goricidad acude en taxi a pesar de que al otro lado de la calle hay una estación del metro y varias paradas de autobús. Además, ni siquiera le piden al taxista que apague el aire acondicionado para frenar el calentamiento global, en favor de su propio enfriamiento personal.

Por su parte, la Sagrada Familia tampoco se presentó pedaleando en una bicicleta tipo tandem, sino a bordo de una limusina, acompañada a su vez de un cortejo de vehículos de gran cilindrada que permaneció con el motor en marcha y el aire acondicionado conectado el tiempo suficiente para evitar que Tipper Gore (no confundir con Tupper Ware) sufriera los rigores del calentamiento global profetizado por su churri.

Como siempre ha ocurrido con la izquierda a lo largo de la Historia, el coste de su ingeniería social siempre lo pagan los demás. También Gore y su legión de calentólogos se han autofabricado un salvoconducto que les mantiene al margen del flagelo moral que aplican al resto de congéneres. Ellos están luchando por salvar a la humanidad, por lo que el uso habitual del jet privado y el consumo masivo de fuel en su vida cotidiana lo consideran un peaje aceptable. Tengámoslo en cuenta la próxima vez que dudemos entre ir al super en coche o a pie.