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De cómo liarla al pasar de minutos a segundos

Viene esto a colación de la investigación a que los tres operadores están siendo sometidos por la Comisión Nacional de Competencia debido a la conducta que realizaron al adaptar los precios de sus servicios a la Ley de Mejora de Protección de los Consumidores de 2007, que les exigía cobrar las llamadas por segundos. Hasta ese momento, los operadores eran libres de facturar como lo desearan. Alguno lo hacía por minutos, otro por segundos o por fracciones de minuto. Desde entones, no hay alternativa.

En el momento de la norma, y también en la actualidad, la estructura de precios de las llamadas telefónicas se componía de dos partes: un importe por establecimiento de llamada más otro dependiente de la duración de la misma. Pues bien, estos tres operadores decidieron, como parte de la revisión de sus precios ante la nueva imposición reguladora, subir la parte de establecimiento de llamada de 12 a 15 céntimos de Euro.

Esto es lo que la CNC encuentra como posible atentado contra las normas de competencia. Aparte de la obvia necesidad de la CNC por conseguir algo de notoriedad tras casi un año de existencia, y de la siempre fácil persecución del sector de telefonía móvil, un oligopolio (causado, irónicamente, por las barreras que los propios Gobiernos ponen a la entrada de nuevos operadores basándose en la escasez del espectro), interesa centrarse en la causa de esta actuación.

Y esta no es otra que la intervención del regulador obligando a la facturación por segundos. Que sólo se cobre por lo que se consume. ¿Quién puede estar en desacuerdo con esta afirmación?. Y, sin embargo, quizá esto no sea lo más eficiente, ni por tanto lo más barato, ni, en suma, lo que desea el consumidor.

Cuando alguien se compra una lata de Coca-Cola, igual no quiere beber 33 centilitros del conocido líquido. De la misma forma que seguramente los consumidores de cerveza agradecerían unas latas mayores, aunque sin llegar al doble. Es más, cada uno preferiría poder consumir tantos cl. como le apetezca en cada momento. Pero no es así; el consumidor se ve obligado a comprar algo que no consume. Y, sin embargo, a nadie se le ocurriría exigir que se la cerveza se vendiera por centilitros. Seguramente le costaría tanto al suministrador que nos quedaríamos sin latas de refrescos.

No obstante, estos fabricantes tratan de adaptarse lo mejor posible a las demandas de sus clientes, y eventualmente crean envases más grandes o más pequeños, según lo que perciben como necesario. Mientras nadie les imponga el suministro por cl. podrán hacerlo.

Pero a los operadores móviles les impidieron esta opción. Y tuvieron que adaptarse desde el esquema que cada uno creía mejor para sus clientes y, por ende, para el mercado, al que consideraban el mejor regulador. Lo hicieron como se les ocurrió dentro de las escasas posibilidades que permite la actuación en un mercado competitivo cuando no cambian las preferencias de los consumidores, y para evitar que los intereses de sus accionistas, que tampoco habían variado, se vieran afectados.

Coincidieron en el esquema: no es de extrañar, ya que se les imponía regulatoriamente la misma modificación sobre un mismo producto y sin alteración del mercado. Ahora, ese aparentemente aséptico paso de minutos a segundos, aséptico para un regulador, podría resultar constitutivo de delito para otro. No bastaba con multiplicar por sesenta.

¿Trichet o Bernanke?

Conviene tener presente que un banco central no es más que una entidad emisora de dinero a la que se ha concedido un monopolio territorial. Ahora bien, los bancos centrales no pierden su naturaleza de entidades emisoras por el hecho de disfrutar de un monopolio: sus funciones y pautas de actuación deberían ser las mismas que si no lo ejerciera.

En este sentido, es evidente que la función casi única de un banco emisor es defender el valor de su moneda, para que sus tenedores puedan utilizarla con seguridad como medio de intercambio y depósito de valor. Para ello cuenta a largo plazo con un solo instrumento: sus activos. Cuanto mayor sea la calidad de los activos de un banco de emisión, mayor capacidad tendrá para fijar el valor de su divisa.

Lo mismo sucede con un banco central. Lo único que debería hacer es proteger la paridad adquisitiva de su divisa mediante el uso racional de sus activos. El problema es que la escuela inflacionista-keynesiano-monetarista ha terminado atribuyendo a estas entidades funciones de estabilización de la economía, como por ejemplo la manipulación del valor de la moneda para influir (de alguna forma) en el resto de la actividad productiva.

Bernanke es un caso exagerado de esta escuela: el valor del dólar le resulta prácticamente irrelevante con tal de –eso dice pretender– generar empleo, salvar bancos y restablecer el ciclo de endeudamiento de EEUU. Trichet, en cambio, es un caso atenuado: aunque su prioridad es detener la inflación (defender el valor del euro), no la persigue con demasiado ahínco (Paul Volcker colocó los tipos de interés en el 13,5% para frenar la inflación en EEUU), y no hace ascos a juguetear con un euro estabilizado (mantuvo los tipos al 2% durante dos años).

Por tanto, en principio Trichet estaría más cerca que Bernanke del buen banquero emisor. Sin embargo, uno podría plantearse si realmente es tan importante defender el valor de las divisas aun a costa de cargarse el resto de la economía. Ahora bien, pese a su aparente lógica, ésta sería una disyuntiva falaz.

Los bancos de emisión simplemente emiten un dinero que será más o menos apto para cumplir sus funciones. Puede decirse sin temor a errar que, gracias a ello, la sociedad se vuelve más productiva, pues ahonda en la acumulación de capital y en la división del trabajo. Ahora bien, en ningún caso los bancos de emisión generan riqueza adicional. La manipulación de las emisiones de dinero no crea nuevos bienes de consumo y de capital: como mucho, redistribuye los ya existentes.

La política de Bernanke consiste en tratar de que los tenedores de dólares paguen, mediante la depreciación (inflación) del billete verde, las deudas de los bancos, las aseguradoras y las agencias hipotecarias. Pero aquí no se está generando nueva riqueza ni impulsando el crecimiento: se está destruyendo riqueza en una parte de la sociedad para compensar su previa destrucción en otra; todo ello mediante el misterioso velo monetario.

La Fed ha puesto desde septiembre todos sus activos (que posee para defender el valor del dólar) a disposición del sistema bancario estadounidense. Como no podía ser de otro modo, desde entonces el dólar se ha hundido, lo que ha amplificado los efectos de la subida de las materias primas. Los bancos han logrado un flotador transitorio gracias a que las empresas y las familias de EEUU han venido empobreciéndose.

Esto es una política de corto recorrido. La Fed no va a conseguir evitar una quiebra masiva de deudores, por mucho que abarate el crédito. Un activo impagado (por ejemplo, una hipoteca subprime) tiene un valor tendente a cero, por muy bajos que sean los tipos de interés. La Fed sólo hubiera podido retrasar el impago masivo prolongando la burbuja inmobiliaria, de modo que los hipotecados siguieran refinanciando sus hipotecas con unos precios siempre crecientes.

¿Alguien cree que EEUU necesitaba cada año dos millones de viviendas nuevas? Perpetuar la burbuja inmobiliaria hubiera significado, precisamente, eso. Y es que, como ya hemos indicado antes, la Fed no crea nueva riqueza, como mucho la redistribuye; en este caso, la concentra en los activos inmobiliarios a costa de no producir o invertir en otros bienes.

En cuanto a la política de Trichet, parece dirigirse, en parte, a no manipular la moneda aun cuando tengan lugar las quiebras y liquidaciones que necesita la economía. Quizá esto acelere la recesión, pero de todas formas no la puede evitar.

En España, la deuda cuya amortización dependía exclusivamente de que la burbuja inmobiliaria continuara hinchándose estaba condenada al impago, y con ese inevitable impago también estaban condenados todos los acreedores cuyo capital estuviera invertido en esa deuda. Los tipos de interés bien poco pueden hacer para solucionar esto, simplemente porque España no necesitaba 800.000 viviendas nuevas cada año.

Ahora bien, gracias a que Trichet ha refrenado sus impulsos inflacionistas, el euro no se ha depreciado tanto como el dólar, de modo que el encarecimiento de las materias primas no ha sido tan intenso. En el último año el petróleo ha subido un 100% en dólares, pero sólo un 65% en euros.

Aquellos que se quejan amargamente de que la moderación crediticia que propugna Trichet está acelerando la recesión en España olvidan que el motivo fundamental de la misma no son los tipos de intervención del BCE, sino que el fin de la burbuja inmobiliaria en nuestro país nos impide financiar las importaciones de petróleo mediante la venta de cédulas hipotecarias al extranjero, por lo que los bancos y las empresas se ven forzados a concentrar sus escasos fondos en la financiación de la compra de petróleo. Un incremento del precio del crudo aun mayor por culpa de la depreciación del euro habría agravado mucho más nuestro déficit corriente y, en correspondencia, la restricción crediticia interna necesaria para sufragarlo.

Desde luego, Trichet no es ningún adalid de la libertad monetaria, pero al menos desempeña su papel de banquero emisor monopólico con mucha más cabeza que Bernanke. En EEUU tienen una recesión inminente que se agrava por momentos y un dólar que se ha convertido en el estercolero internacional. En la Zona Euro, si bien nadie nos salvará de una recesión larga y complicada, al menos tenemos una divisa que no se deprecia a tanta velocidad.

Como dijo el lunes Jim Rogers, uno de los mejores inversores del mundo: "[El Gobierno y la Fed] están arruinando la que fue una de las economías más grandes del mundo. Bernanke y Paulson están rescatando a sus amigos de Wall Street, pero hay 300 millones de americanos que van a tener que sufragar todo esto". Elijan ustedes si, además de mancos, quieren ser cojos.

La quiebra del sistema monetario internacional

Ambas entidades acumulan una deuda directa próxima a 1,5 billones de dólares. Además, son dueñas o garantes de créditos hipotecarios de diversa índole por un valor superior a los 5 billones de dólares. La factura es, pues, enorme. El plan de rescate anunciado por el secretario del Tesoro, Henry Paulson, pretende inyectar inicialmente a cada entidad unos 15.000 millones de dólares.

Es más, dicho colchón financiero se verá incrementado gracias a la ampliación de las líneas de crédito público, que según se rumorea en el mercado estadounidense, podrían alcanzar los 300.000 millones de dólares para cada compañía. De este modo, la nacionalización de la deuda hipotecaria arroja un balance simplemente devastador para las cuentas públicas de la primera potencia mundial.

La inyección de recursos públicos para paliar las cuantiosas pérdidas de Fannie Mae y Freddie Mac (1,5 billones de dólares) amenaza con disparar el déficit presupuestario a corto plazo, puesto que serán los contribuyentes estadounidenses los que, en última instancia, se encargarán de pagar estas voluminosas pérdidas con sus impuestos. Además, la insolvencia de ambas entidades obligará al Tesoro a garantizar con fondos propios el montante total de la deuda contraída (más de 5 billones de dólares). Es decir, muy probablemente el Gobierno de EEUU se verá obligado a duplicar su deuda pública con el objetivo de evitar la quiebra de dichas compañías.

Como resultado, la economía estadounidense se verá amenazada por dos efectos colaterales de gran magnitud. Por un lado, el envilecimiento del dólar. La caída del billete verde tenderá a incrementarse en el futuro inmediato. Su depreciación, que podría situarse en 1,75 euros al cambio a finales de año, pone en riesgo la estabilidad misma del sistema monetario internacional. De materializarse este escenario, el dólar podría dejar de ser empleado como moneda reserva, e incluso comenzar a ser repudiado como divisa de referencia internacional. En este sentido, la OPEP amenazó recientemente con sustituir el dólar por otro tipo de divisas en la compraventa de crudo, debido precisamente a su imparable depreciación.

Por otro lado, la nacionalización de toda la deuda bancaria de mala calidad sitúa al borde del abismo las ya de por sí deterioradas finanzas públicas de EEUU. El incremento del déficit fiscal, unido a un aumento desproporcionado de la deuda pública estadounidense conllevará, inevitablemente, la degradación crediticia de los bonos del Tesoro. En la actualidad, la deuda de EEUU cuenta con la máxima calificación de riesgo (rating). Sin embargo, tales desequilibrios presupuestarios, de constatarse, asestarán un duro golpe a la credibilidad y solvencia de la deuda norteamericana. Como consecuencia, la economía estadounidense contaría con dificultades añadidas a la hora de poder obtener financiación exterior para afrontar su abultado déficit.

EEUU ha optado por el peor remedio, la socialización de pérdidas, para tratar de curar una grave enfermedad, la burbuja crediticia. A lo largo de los últimos años, la política de bajos tipos de interés puesta en práctica por los bancos centrales ha impulsado la creación de una abultada deuda de mala calidad a través de la expansión del crédito sin la necesaria existencia de ahorro previo.

Ahora, los excesos cometidos están siendo purgados. Sin embargo, tratar de sostener artificialmente todo este conjunto de malas inversiones a través de fondos públicos no sólo no logrará solucionar absolutamente nada (los proyectos insolventes seguirán siendo insolventes), sino que, además, agravará en gran medida los efectos de la crisis económica. Incremento de la inflación, abultado déficit presupuestarios y, sobre todo, la intensa depreciación del dólar serán los daños colaterales de la decisión de Paulson.

Más allá de la inmoralidad que supone, en sí misma, la redistribución de las pérdidas empresariales entre todos los ciudadanos, la política económica aplicada hasta el momento por la Reserva Federal (FED) y el Ejecutivo estadounidense implica, en última instancia, poner en jaque la estabilidad del sistema monetario internacional. Y es que, si el dólar cae, el sistema simplemente se derrumba.

El Gobierno no garantiza nada

A todos nos irrita comprobar que, de los chopocientos megabits por segundo de los que dispone teóricamente nuestra conexión, sólo alcanzamos una fracción en su uso real. Todos desearíamos, con mayor intensidad cuanto mayor sea nuestro uso de aplicaciones que hacen un gasto intensivo de ancho de banda, que nuestras conexiones se acercaran más a ese máximo teórico que aparece en las ofertas.

Sin embargo, el anuncio de Sebastián no va a tener ese efecto, por razones tanto económicas como técnicas. Las primeras son las más evidentes. Proveer de servicio de conexión tiene un coste, y mejorarlo para que ofrezca una garantía de la que ahora carece también ha de tenerlo. Lo que deseamos los usuarios, que somos unos listos, es disponer de mayor velocidad al mismo precio que ahora pagamos. Pero eso no es posible. Si realmente obligaran a que todas las conexiones de ADSL multiplicaran el caudal mínimo garantizado, lo que pagaríamos por ellas también se multiplicaría. De modo que las garantías del Ministerio de Industria servirían para que en los anuncios se mencionaran velocidades mucho menores a las actuales con, eso sí, "máximos de" 20, 6 o 3 megas. En definitiva, todo se limitaría a un cambio en la publicidad de las conexiones.

Pero es que, además, hay problemas técnicos que hacen muy difícil garantizar más que una mínima fracción del caudal. La raíz de los mismos reside en que nuestras conexiones son ADSL y funcionan bajo la antigua red telefónica. Quienes nos quejamos de sus defectos no nos damos del todo cuenta de la maravilla tecnológica que es el ADSL. Según las clases de Telemática que me daban a mí en la Facultad, utilizar el par de cobre con el que nos llega la línea a nuestras casas para dar servicio de banda ancha era literalmente imposible. Pero como el ingenio es hijo de la necesidad, ahora todos vemos vídeos de YouTube conectados mediante ADSL a nuestra centralita telefónica. Pero no nos equivoquemos. Aunque sea un prodigio, también es lo que en castellano viejo llamaríamos chapuza. Es estirar una infraestructura vieja para que cumpla funciones para las que no fue diseñada. Y eso tiene un par de consecuencias indeseables.

La primera es que cuanto más lejos esté la centralita, más lenta será la conexión. Eso impone unos límites máximos que no pueden superarse, porque ponerse a hacer más centralitas es pelín caro. La segunda, quizá no tan conocida, es que cuanto más vecinos tengan ADSL, peores serán las conexiones. La razón es que nuestros pares de cobre viajan hasta la centralita enrollados junto a los suyos en una especie de canuto bien gordo en el que los datos que viajan por unos cables producen interferencias en los de los vecinos. Si sólo nosotros tenemos ADSL, perfecto, porque la emisión de nuestro cable no afecta a nadie más. Pero según se vayan utilizando más cables para transmitir datos, más interferencias se producirán entre ellos.

Así las cosas, ¿qué ofertas pueden hacerse que garanticen el 80% del caudal? Pues ofertas muy malas. Otra cosa sería que empezase a desplegarse fibra óptica en el camino que va de la centralita al hogar. Pero eso es muy caro, y requiere de cierta seguridad jurídica que garantice a Telefónica o al operador PericoDeLosPalotes que esa infraestructura es suya y no va a tener que compartirla con otras empresas, acostumbradas a vivir del bote regulatorio. Garantizar eso sí sería tarea del Gobierno, tarea que veo difícil que cumpla. Se les da mejor dar órdenes a los demás, con el único objetivo de salir bien en los papeles.

Círculos viciosos de la pobreza

No es el caso del “círculo vicioso de la pobreza”, aquella idea, convertida en ortodoxia en las teorías del desarrollo del tercer cuarto de siglo, de que los pobres son pobres porque son pobres. Su renta sólo les da para malvivir y en esas condiciones no hay quien ahorre y acumule capital, resultado y causa a la vez del desarrollo económico.

Al parecer daba igual que la misma existencia de los países ricos, que como los demás fueron pobres en un principio, desmintiese esa idea tan peregrina. La ideología siempre fue más poderosa que la historia y esta no iba a ser una excepción. Si lo que sumía a los países no capitalistas en la pobreza era esa misma pobreza y no que no hubiese llegado ahí el capitalismo, lo que había que hacer es por un lado anegar aquellas economías de ayudas procedentes de los países ricos y por otro asegurarse de que nada cambiase, de que allá, en los países africanos descolonizados, nunca, jamás, llegase el capitalismo que a nosotros, los donantes, nos había hecho prosperar. Y hay muchas personas, por lo demás de lo más inteligente, que se tragó este cuento sin sentido.

Se puede acumular capital desde la pobreza. De ello son testigo las sociedades hoy prósperas y que antes no lo fueron y las familias que, en una sola generación, han hecho añicos ese “círculo vicioso”. Pero aunque no hubiese sido así, ¿qué hace pensar que la solución serían las ayudas? Si hay capital extranjero, basta con abrirle el paso. En principio, incluso para las mentes más obtusas, la transferencia directa de riqueza desde los países opulentos hacia los pobres no debería ser una mala idea. Pero siempre hay algún que otro resistente a aquello de la iniciativa individual.

No. Lo bueno son las ayudas. Las ayudas permiten a los políticos, como José Luis Rodríguez Zapatero, presumir ante sus ciudadanos de lo generosos que son ellos, aunque sea con el dinero ajeno. Esa es la esencia de la política. Pero las ayudas no son necesarias, como demuestran los ejemplos de Gran Bretaña o EEUU. Tampoco son suficientes, como bien saben los que vieron cómo se anegaba la Etiopía de los 80’ de ayudas de todo el mundo, mientras la miseria y el hambre arrasaban año tras año en aquel país.

No son necesarias, tampoco suficientes… al menos serán buenas. Pues tampoco. En primer lugar porque engordan las arcas de los gobiernos, que son los principales causantes de la miseria de sus sociedades. Si además la pobreza se premia con dinero occidental, ¿cómo renunciar a fomentarla, si es fuente segura de ingresos? No tienen ni que hacer publicidad de su gran obra, pues ONGs, medios de comunicación y políticos occidentales se encargarán de enternecer a los ricos bolsillos occidentales mostrándoles la miseria de la que todos, donantes, medios de comunicación, ONGs, políticos de aquí y políticos de allí, son responsables. ¡Qué edificante! Eso sí, un crimen multitudinario convertido en un eficaz limpiador de conciencias. ¿Quién podría haber ideado un entente más perverso? Eso sí que es un círculo vicioso de la pobreza.

Segregación racial de izquierdas

No es casualidad que esa feliz comparación se haya pensado en Cataluña, donde hasta los partidos de derechas o conservadores presumen de repetir con más insistencia y eficacia que los demás todos los mantras de la izquierda.

Pues ha sido allí, en Cataluña, en la región más secuestrada por la ideología de izquierdas, de la que ha sido expulsado nada menos de Boadella por la intolerable pretensión de ser libre, donde ha reaparecido una de las vetas más siniestras de la izquierda: la segregación en la escuela. El consejero de Educación de Cataluña, Ernest Maragall, va a poner en marcha unas escuelas específicas para inmigrantes, y el Gobierno de Zapatero lo apoya. Como titula El País: "Corbacho apoya que la Generalitat segregue inmigrantes fuera de la escuela". Y esto lo ha hecho el ministro de trabajo socialista en un acto del PSC, es decir, en casa y ante el resto de socialistas catalanes.

Qué idea más de izquierdas y más nacionalista esta de considerar a las personas como partes de una clase o de un grupo de personas. Ven un auténtico peligro en concebir a cada uno de nosotros como individuo responsable. Ya decía John Dewey, el padre de la educación progresista, que "la gente independiente y que actúa por sí misma es un anacronismo para la sociedad colectivista del futuro". El futuro ya ha llegado, y tiene en un rincón de España su refugio.
 

Ni Maragall ni Corbacho son originales en su izquierdismo segregacionista. En Estados Unidos la educación fue privada desde antes de que naciese como país, y para cuando el sistema fue secuestrado por el Estado, las escuelas privadas ya habían escolarizado a la práctica totalidad de los niños. La escuela pública, entonces una excepción, tenía sus ayatolás, como Francis Bellamy, ardiente defensor de la segregación racial en los colegios y uno de los muchos progresistas racistas de Estados Unidos, una tradición que no se ha extinguido allí y de la que, por lo que se ve, tampoco aquí somos ajenos.

Estado de bienestar y desarrollo económico

Es típico de los malos pensadores presentar verdades incompletas y discursos en los cuales lo que falta es muy relevante. Es menos común que ellos mismos se pongan en evidencia afirmando que dos fenómenos se refuerzan mutuamente y explicando además cómo uno fomenta al otro, pero olvidando aclarar cómo el segundo contribuye al primero. Aquí Sotelo reconoce que el estatismo antisocial (mal denominado "Estado de bienestar") depende del crecimiento económico que se produce al eliminar barreras políticas al comercio: la generación de riqueza por un mercado libre posibilita su confiscación y posterior redistribución. Pero no habla de cómo el asistencialismo estatal potencia el crecimiento económico: quizás porque no lo hace.

El Estado de bienestar es la institucionalización del parasitismo y la dependencia del Estado camufladas de solidaridad y progreso social. Un parásito intenta engañar a su huésped para no ser detectado y eliminado, y a veces consigue incluso hacerle creer que resulta beneficioso para su supervivencia. Los pseudointelectuales cortesanos y algunos economistas mediocres ven ciertas correlaciones estadísticas entre crecimiento económico y tamaño del asistencialismo estatal e infieren que el gasto público en educación, sanidad, desempleo y pensiones fomenta el desarrollo. No entienden que el intervencionismo estatal, por muy bien intencionado que sea, es un obstáculo y no una ayuda: ese dinero habría sido empleado de forma mucho más eficaz y eficiente por sus legítimos propietarios, los ciudadanos, que seguramente reclamarían esos servicios a empresas competitivas. Si las naciones más pobres no "disfrutan" del Estado de bienestar es porque no pueden permitírselo, no porque ignoren que es indispensable para salir del subdesarrollo.

Ignacio Sotelo lamenta que "la integración económica europea ha ido creando un marco supraestatal de carácter neoliberal que pone límites muy precisos al Estado social" y que "la UE ha rehusado implantar una política social comunitaria". Asimismo, se duele de que "la ampliación al Este ha reforzado aún más la debilidad social de la Unión, al adherirse unos países que han desmontado prácticamente por completo las instituciones sociales provinientes del Estado colectivista". Los socialistas pervierten por completo el concepto de lo social, que en vez de ser el resultado de relaciones espontáneas y voluntarias entre individuos libres se convierte en burocratización estatista impuesta mediante la coacción legal de la política.

Se escandaliza de que en relación con la nueva semana laboral europea se apele "a la libertad del trabajador para permitir que cada cual pacte lo que quiera" porque "lo verdaderamente grave es que con ello se quiebra uno de los logros históricos del movimiento sindical: la negociación colectiva". Luego se extrañan de ser tachados de liberticidas y colectivistas.

Cuatro siglos de propiedad intelectual

La legislación sobre esta cuestión en sus términos modernos tiene su origen en la Francia de mediados del siglo XIX, si bien existen antecedentes. Así, el copyright se comienza a reconocer en Inglaterra a mediados del siglo XVII y los primeros monopolios de explotación sobre una obra intelectual son todavía más antiguos. El primero lo concede el Gobierno de Venecia a Pietro di Ravena sobre su obra Fénix en 1491. Esta fórmula se extiende a otros países en las primeras décadas del siglo XVI. Siempre se trataba, por tanto, de un privilegio que concedía el monarca a alguien de su agrado para ayudarle a incrementar su patrimonio personal.

Enseguida, y a pesar de que estas patente diferían profundamente de las leyes modernas, comienza la oposición a la llamada propiedad intelectual. Y aparece precisamente en tierras españolas, de la mano de un grupo de hombres cuya aportación al pensamiento de la humanidad es fundamental y su influencia perdura todavía en terrenos como la economía o el derecho: la Escuela de Salamanca. Sus miembros, que defendían los derechos morales de los autores, se oponían a la propiedad intelectual con el argumento de que los privilegios reales no eran equiparables a una forma de propiedad, puesto que no eran posibles sin la intervención del monarca (ahora el Estado), ni existía lo que ahora llamaríamos escasez de los bienes.

Efectivamente, el concepto de propiedad se fundamenta en que es un bien escaso. Por escasez no queremos decir que haya pocos ejemplares de ese bien. Hacemos referencia a que si una persona lo usa o consume, no puede usarlo o consumirlo otro. Si una persona se come una manzana, otra no puede comerme esa misma manzana. Así, el bien manzana es escaso y existe la propiedad. Con las canciones o el texto de un libro no pasa lo mismo. Si cualquiera canta una canción otro también puedo hacerlo, y si el primero copia el texto de un libro en un cuaderno, el segundo también puede hacerlo. De esta manera, no existe escasez ni, por tanto propiedad privada.

Donde sí existe la propiedad es en el soporte en el que está grabada esa canción o impreso ese texto. Al limitar su uso, al no permitir que se copien o que se distribuya su contenido, la legislación ataca la propiedad que cualquiera tiene sobre esos bienes físicos que ha adquirido. Y no sólo la de esos, también la de los DVD vírgenes, ordenadores, folios en blanco y muchos otros soportes o aparatos que permiten copiar o reproducir contenidos. Si tanto aman los gobernantes a los artistas, que les financien con su dinero. Como hace cuatro siglos y medio, la propiedad intelectual es una farsa con independencia de si la tecnología es una imprenta o un servidor web.

Y ZP la miró

Y es que ZP te mira a los ojos y se te cae la ropa interior a pulso y sin que puedas hacer nada por evitarlo. La protagonista no ha aclarado si también tuvo un orgasmo, como le ocurre a su amig@ Zerolo, pero la cara de gustirrinín con que relató la anécdota habla por sí misma.

La decisión de situar a Pajín al frente del cotarro socialista promete darnos muchas tardes de gloria. A Pepiño le han dado una patada hacia arriba, pero su legado está suficientemente preservado con esta ilustre desocupada. Una señorita que jamás ha hecho nada en la vida aparte de medrar en el PSOE desde que cambió los dientes de leche. Por cierto, igual que su jefe, quien tampoco ha dado un palo al agua desde que nació, y va ya para cincuenta tacos.

No resulta extraño el sectarismo radical de los líderes socialistas. Al contrario, es lo normal cuando uno no ha experimentado jamás la sensación que el diccionario define con el verbo "trabajar" ni ha vivido los problemas que cualquier español tiene que superar para labrarse un futuro. Leyre, como el resto de la chupipandi, tiene las habichuelas más que garantizadas desde que tenía quince años. A costa de los demás, claro, que es la forma más progresista de prosperar en este valle de lágrimas.

Ciudadanos como marionetas

Para MAFO y amigos, cuando la inflación tiene un buen comportamiento, entonces es un logro de los banqueros centrales, pero cuando se dispara buscan el primer chivo expiatorio y le cuelgan el muerto. Todo socialista sabe que las empresas son malas, por lo tanto, ¿quién va a dudar de que las empresas privadas son las responsables del continuo aumento de la inflación?

Los bancos centrales, mediante su política monetaria expansiva de dinero fácil o barato nos han conducido a la situación actual. Durante años se han dedicado a emitir dinero en todas sus formas (efectivo, depósitos…) diciendo que tal acción, además de empujar la economía, servía también para la estabilidad de precios. Han creando más oferta monetaria de la que la demanda puede absorber. En consecuencia, el único resorte para nivelar tan fuertes tensiones sólo puede ser el aumento de precios, es decir, inflación crediticia que a larga dispara al alza la estructura relativa de precios.

Antes, cuando alguien se dedicaba a fabricar más dinero del que tenía respaldado en metal se le llamaba falsificador, envilecedor de la moneda. Hoy día las cosas son algo diferentes, pero las consecuencias son las mismas. Si el banco central se pasa en la creación de dinero, el nivel de producción no podrá absorberlo y esto generará subidas de precios. Los mayores falsificadores de dinero y principales causantes de la escalada del crudo y de las materias primas y del deterioro de las mal llamadas economías productiva y financiera son los bancos centrales. Ellos poseen el monopolio de la emisión del dinero y son los garantes únicos de la estabilidad de precios. Por tanto, no tiene sentido criminalizar a otro por haber realizado mal su trabajo. Echar las culpas a las empresas (BdE) o a los asalariados (Banco Central Europeo) tiene tanto sentido como si la policía excusase el aumento de la criminalidad aludiendo a series de televisión como CSI. A propósito, los policías ingleses ya usaron tan lamentable estrategia para justificar su incompetencia. ¿Qué será lo siguiente? ¿Quizá culpar a los blogs de criminalística, a los libros, a programas como Caso Abierto y a las conferencias sobre la resolución de crímenes?

¿Es que nadie se ha cuestionado las pésimas políticas monetarias de los bancos centrales y la existencia de estos monstruos burocráticos? Sin ir más lejos, el pasado jueves Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo, dijo que había un potente aumento crediticio y que por eso subía los tipos. ¿Y a quién sorprende algo así cuando ha sido precisamente él quien no ha parado de hacer inyecciones de liquidez y ha permitido que la M3 sigua subiendo a ritmo de dos dígitos? El Banco Central Europeo tendría que haber atajado esta situación hace años. Ahora, aplica una tímida política monetaria restrictiva a medio plazo, mientras que en el corto plazo (resulta difícil llamar cortoplacista a algo que se lleva haciendo desde hace más de un año) se está mostrando totalmente expansivo. ¿No son más bien estos experimentos contradictorios los que desestabilizan el mercado?

Esta irresponsabilidad e hipocresía nos lleva a lo más indignante. ¿Se ha dado cuenta de que estos funcionarios del banco central siempre aplican el viejo lema de "todo para el pueblo pero sin el pueblo"? Exigen a empresas que congelen salarios, deciden cuándo hemos de ahorrar y gastar manipulando el dinero según sus estadísticas e intervienen arbitrariamente para socorrer a algunas empresas a costa del resto de la sociedad. Sin embargo, los resultados están a la vista. ¿Nadie nos pregunta a nosotros? Los políticos y prensa se recrean diciéndonos que vivimos en el periodo de mayor libertad de la historia, pero ¿qué clase de libertad es esta que va encarrilada en los deseos de una minoría política que condiciona nuestras vidas creando crisis periódicas de las que, además, nos culpan a empresarios, trabajadores y consumidores? El despotismo no funcionó en el pasado ni funcionará ahora. Somos algo más que marionetas del Poder.