Si se analiza con un poco de frialdad, tiene toda la pinta de tratarse de un lavado de cara de la dictadura que de una medida efectiva. Aunque la "información" ha sido ahora confirmada, salió a la luz hace unos días después de que un corresponsal de la agencia británica Reuters "tuviera acceso" a un "documento interno" del régimen. En un sistema tan controlado como el de la Isla-cárcel no resultan creíbles ese tipo de filtraciones a no ser que sean autorizadas desde las más altas instancias.
Que ahora se haya convertido en una resolución del Ministerio de Comercio Interior no significa nada. Es una vieja costumbre de la dictadura caribeña el aprobar leyes y otro tipo de normas de las que se informa a los medios de comunicación extranjeros pero no a la población del país. Esta separación entre la "información" destinada al exterior y la dirigida al interior es tan estricta que las dos ediciones digitales del periódico oficial Granma difieren tanto entre sí como con la de papel en cuestiones importantes. Además, la ausencia de un sistema judicial independiente garantiza que si algún cubano se entera de que existe esa legislación no pueda llegar a ejercer esos supuestos derechos.
Pero la cosa no termina ahí. Resulta que esos ordenadores y otros productos ahora supuestamente autorizados se van a vender en las conocidas como tiendas de divisas. Para acceder a estos comercios se deben poseer pesos cubanos convertibles (CUC), equivalente a 24 unidades la llamada "moneda nacional" (la de uso corriente entre los habitantes de la Isla) y muy difíciles de conseguir para la inmensa mayoría de los nacionales. Además, si se tiene en cuenta que un salario normal equivale a algo más de 10 euros mensuales, adquirir un ordenador requerirá una inversión similar a la que necesita hacer un español para comprar una vivienda. Con el agravante de tener que hacerlo con una unidad de cuenta muy difícil de poseer.
Y para rematar, está el control de internet. De poco sirve poseer un ordenador si después el régimen comunista no permite el acceso a la red sin un permiso oficial muy difícil de conseguir. Claro que existe la posibilidad de adquirir una cuenta en el mercado negro, pero estas son muy caras y por tanto inaccesibles para el común de los cubanos. En definitiva, esta noticia no es más que pura propaganda muy útil para aquellos que siempre están buscando alguna excusa para hablar favorablemente de los hermanos Castro, antes Fidel y ahora Raúl o ambos. En realidad nada cambia de verdad en Cuba respecto a la compra de ordenadores, como ocurre en el resto de las cuestiones.
El diario El País publicó el pasado jueves un reportaje, titulado "Keynes regresa en ayuda de la banca", cuya tesis principal dice que EEUU y los liberales son tremendamente incoherentes porque sus prédicas a favor del libre mercado terminan justo cuando generan problemas: entonces, aquéllos comienzan a clamar por la imprescindible intervención del Estado para que solucione los excesos de dicho sistema. Emilio Ontiveros, presidente de AFI y economista cercano al PSOE, resume perfectamente la idea: "La paradoja es que la patria del liberalismo y de los excesos neoconservadores se ve obligada a dejar de lado la ortodoxia cada vez que llegan auténticos problemas".
La frase de marras contiene dos errores: 1) el sistema monetario de EEUU no tiene nada de liberal; 2) las medidas intervencionistas que se vienen adoptando en los últimos meses no van a remediar, de ninguna manera, la crisis.
Bien por ignorancia, bien por mala fe, los intervencionistas imputan al liberalismo las consecuencias desastrosas de un esquema financiero que diseñaron ellos mismos. En la actualidad, la moneda es un monopolio público de curso forzoso, y los Bancos Centrales manipulan los mercados crediticios fijando tipos de interés de intervención. No existe ningún tipo de libertad monetaria (bajo la cual los bancos comerciales podrían emitir sus propias monedas) ni de respaldo a las divisas nacionales (se trata de dinero fiduciario no convertible en oro).
Pero otra parte, conviene saber que la crisis actual se debe a que la Reserva Federal y el Gobierno de EEUU han venido siguiendo políticas típicamente keynesianas para salir de la recesión de 2001. Políticas monetarias y fiscales expansivas. Greenspan redujo los tipos de interés al 1% durante más de un año, y Bush ha recurrido sistemáticamente al déficit público desde el referido 2001.
De hecho, hace unas semanas el famoso economista keynesiano Paul Krugman defendió la guerra de Irak desde el punto de vista económico aduciendo lo que sigue: "La guerra en general es expansiva para la economía, al menos en el corto plazo (…) en un momento en que la insuficiente demanda es el problema, la guerra de Irak actúa como una especie de Programa Público de Trabajo, que genera empleo directa o indirectamente".
EEUU está al borde del abismo después de a) haber terminado –desde 1973– con cualquier resquicio de libertad monetaria y b) haber aplicado con escrupulosa precisión políticas keynesianas desde 2001. ¿Con qué cara puede sostenerse que el liberalismo ha fracasado, y que ha llegado el momento de revivir a Keynes?
Los intervencionistas están utilizando la táctica que ya emplearon tras el crack del 29: culpar de todos los males económicos al laissez-faire. En aquel entonces el diablo fue Herbert Hoover; ahora se llama George W. Bush. Sin embargo, ninguno de estos dos presidentes republicanos aplicó políticas liberales que tuvieran que ser revertidas para salir de la crisis. Más bien ocurrió lo contrario.
Bajo el mandato de Hoover se aprobaron el mayor arancel al comercio exterior de la historia de EEUU (el Smoot-Hawley, que cuadruplicaba las tasas anteriores) y una de las mayores subidas de impuestos en tiempo de paz (la Revenue Act de 1932 duplicó, por ejemplo, los impuestos sobre beneficios). Bajo el mandato de Bush, el gasto público se ha incrementado a un ritmo nunca antes visto en EEUU (más que con los manirrotos Johnson y Carter), al tiempo que se ha limitado la libertad empresarial (por ejemplo, mediante la Ley Sarbanes-Oxley).
Vaya usted a saber qué tendrán Hoover y Bush de liberales, pero los intervencionistas (que comparten el fondo de la política económica de ambos) han decidido endilgar la presente crisis al libre mercado.
No es cierto que el keynesianismo sea ahora, como sugiere El País (y como ya se repetía en tiempos de Solchaga), "la única política económica posible". La Fed puede tratar de salvar a los bancos de la quiebra nacionalizando toda la deuda basura de la banca comercial, pero eso sólo acabará con el dólar y con la inversión empresarial productiva. Y es que, sencillamente, el Gobierno no tiene capacidad para convertir la deuda basura en deuda de calidad: lo único que puede hacer es redistribuir el coste de esa deuda. La alternativa a la descapitalización de los bancos es la descapitalización de las familias y las empresas, en una suerte de injustificado vampirismo financiero.
La solución tampoco pasa por rebajar los tipos de interés, ni por aumentar el gasto público. Lo primero sólo contribuiría, como mucho, a añadir más deuda a la montaña de mala deuda que está a punto de desmoronarse; lo segundo sólo reduciría la cantidad de ahorro disponible para amortizar la dichosa montaña.
La crisis es inevitable, y todo incremento de la intervención pública no hará sino contribuir a agravarla. A medio plazo, hay que favorecer un ajuste suave, con menos impuestos, menos gasto público y más libertad en los mercados de factores productivos; a largo plazo, hay que reformar el corrupto sistema financiero internacional para avanzar hacia la libre emisión de divisas convertibles.
Éstos son los presupuestos del liberalismo, que vienen atacándose sin vergüenza alguna desde los albores del s. XX. Éstos son los presupuestos del liberalismo, que los economistas keynesianos actuales desconocen porque sus padres intelectuales contribuyeron a enterrarlos. Éstos son los presupuestos del liberalismo, cuya violación ha generado la crisis actual. Y éstos son los presupuestos que deberán asumirse para salir de ella.
Keynes jamás llegó a morir, porque sus discípulos se encargaron de rendirle un merecido homenaje emponzoñando el sistema financiero internacional. No es momento de resucitar a tan peligrosos vivos, sino de enterrarlos y asegurar el ataúd con poderosos candados.
La inmigración es buena para el inmigrante y para la sociedad de acogida en términos generales. Como explicó Ludwig von Mises, hay dos procesos paralelos en los que trabajo y capital rompen las fronteras para encontrarse. El primero es la salida del capital hacia lugares donde el trabajo es barato pero él sabe hacerlo productivo. Como productividad y salario van de la mano, el capital acude a los países pobres para enriquecerlos. El segundo es la búsqueda de los trabajadores pobres a las sociedades donde hay capital. Tiene gracia; los intelectuales, incluso aquellos que leen libros, echan pestes del capital en nombre de los trabajadores. Y éstos son capaces de cambiar de continente con tal de encontrarse con un capital que le emplee provechosamente.
Los países ricos exportamos riqueza (capital) e importamos pobreza (inmigrantes). Pero lo característico de las sociedades abiertas y ricas es que, gracias al capital(ismo) logran engarzar a los trabajadores que en sus sociedades trabajan largas horas para dar con una producción miserable en proyectos que sí son productivos y que enriquecen a consumidores, empresarios y trabajadores. La realidad es que transformamos esa pobreza que viene de fuera en aquello a lo que está llamado el hombre: un ser creativo y productivo.
España se ha beneficiado mucho de la inmigración. Una de sus virtudes es que amplía la división del trabajo y en España ha permitido que millones de españolas puedan trabajar en el mercado y aportar en él todo el capital humano que adquirimos en un país desarrollado como España y que, en parte, se quedaría sin emplear si prefiriesen quedarse en casa. También han contribuido a poner en marcha proyectos (en la construcción, en el campo, en el comercio…) que, de otro modo, se habrían quedado en un mero proyecto. La inmigración, además, es una importante fuente de empresarialidad, uno de los factores clave en el desarrollo económico.
La economía española se va a transformar y muchos sectores van a sufrir una reconversión forzada… por la crisis. No es mala ocasión para hacer limpieza de los sectores menos productivos y apostar por los característicos de las sociedades ricas: los de gran valor añadido, tecnologías avanzadas, gran necesidad de capital humano. Esa transformación, si llega, tendrá que reflejarse también en la inmigración. Tendremos que competir con Estados Unidos, Francia, Alemania y demás en atraer a los trabajadores mejor cualificados. Pero para eso España tiene que tomarse en serio el papel que puede jugar en la economía (mundial, iba a decir, como si hubiese otra). Y transformar su sistema educativo de la imposición a la libertad y la calidad; sus impuestos del castigo por progresar a la sencillez y la moderación. Y el destino del dinero público de las transferencias a las inversiones.
Claro, que este Gobierno que hemos elegido no está por la labor. Será que nosotros tampoco.
Insultos, descalificaciones y victimismo a granel caracterizan el ladrillo en cuestión. Tan sólo en una cosa parece ser sincero, aunque sea justo cuando pretenda mostrarse irónico. Al final del texto dice de los socialistas: "gracias a los cuales esperamos seguir forrándonos como locos chupando del canon". Si hace una defensa tan encendida de esta "compensación por copia privada" es que seguramente pertenezca a esa minoría de artistas que sacan tajada de la misma.
En tono irónico dice el señor Sisa que "lo que nos gusta es vivir bien, sin trabajar y sin obligaciones". Entérese que no sólo piensan eso quienes se oponen al canon; un defensor del mismo como José María Cano lo dejó bien claro: "Es injusto pedir a los artistas que se busquen la vida". Se ve que eso es algo que deben hacer el resto de los mortales, pero que no debe ir con ellos. Se lamenta el galáctico de que ellos, los artistas, tengan que hacer frente a las comisiones de los bancos, pagar tasas por viajar, sufrir un 70% de impuestos en la gasolina y demás. Tal vez no se ha dado cuenta de que al resto de los ciudadanos nos ocurre lo mismo y no pretendemos que otros nos paguen aunque no usen nuestros servicios ni utilicen los bienes producidos por nosotros.
Claro que para Don Jaume el problema radica en que la opinión de quienes se oponen al canon se resume en "pero que estos cantamañanas quieran cobrar por lo que ellos llaman trabajo, ¡habrase visto!" No señor, que cobren por su trabajo nos parece estupendo, lo que nos molesta es que cobren por el hecho de que me compre un CD para almacenar las fotos que hacemos con nuestra cámara digital o guardar, por ejemplo, los trabajos de clase de un estudiante.
Y una vez insultados todos, viene la hora de señalar quiénes son sus enemigos: el PP (menos Rodríguez Salmones, claro), la "extrema derecha mediática" (¿entrará aquí Nacho Escolar, director de Público?), la Asociación de Internautas (la honradez de cuyo presidente pone en duda sin ofrecer prueba alguna), un senador de IC-Els Verds (lo que sorprende a Sisa) y medios de comunicación "presionados, quizá por anunciantes de tecnología digital o con intereses en la industria audiovisual y parte de la hostelería". Todos ellos gente muy mala o con intereses espurios. Y cómo no, para que el complot de los malos malísimos esté completo, entran en juego hasta el Opus Dei y la Conferencia Episcopal. Se le ha olvidado nombrar a la CIA y la Asociación Nacional del Rifle.
Pues entérense el señor Sisa y compañía. La oposición al canon no responde a ese complot que pretenden mostrar. Incluye a personas de toda ideología y en la mayor parte de los casos sin coordinación alguna. Nos oponemos debido a que nos parece una apropiación ilegítima de nuestra propiedad privada. Sin duda alguna tiene usted motivos para estar agradecido al PSOE, puesto que le asegura el canon. Pero, por favor, no se dedique a insultar al resto. Confórmese con quedarse con una parte de nuestro dinero a la que no tiene ningún derecho, por mucho que la legislación me obligue a entregárselo, y recuerde que las leyes muchas veces no son justas.
Desde agosto del pasado año hemos asistido a innumerables inyecciones de liquidez, bajadas de tipos por parte de la Reserva Federal, medidas intervencionistas de todos los gobiernos y, en definitiva, a la adopción de cualquier tipo de medida que pudiera parecer que ayudaba a que el sistema no se colapsara. Hace unos días incluso se llegó a hablar de que Reserva Federal entraría a comprar futuros del S&P 500 de forma directa para que la bolsa dejara de bajar.
Han sido siete meses y los bancos centrales no han conseguido nada. Es más, lo han empeorado todo: durante este tiempo el índice Itraxx Crossover, que mide la aversión al riesgo de los grandes inversores, ha alcanzado máximos históricos cada mes. Estos últimos días ha superado los 600 puntos, cuando en una situación de normalidad estaría alrededor de los 250. Los ánimos en el mercado se han hundido según la encuesta de la prestigiosa firma Investors Intelligence y el diferencial entre inversores alcistas y bajistas está en negativo; si por debajo del 15% ya se considera pesimista, puede hacerse una idea de la confianza que dan los inversores a los bancos centrales.
Las materias primas están en un rally alcista imparable y los indicadores de riesgo de inflación, aunque ningún burócrata quiera admitirlo, están descontrolados. Desde comienzos de año, la bolsa lleva una bajada porcentual de dos dígitos, la volatilidad de los mercados es de infarto, pequeñas entidades financieras europeas van a quebrar en breve y el sector inmobiliario promete un severo recorte. A pesar de todo, ya verá cómo un numeroso pelotón de periodistas y economistas dirán, cuando las bolsas repunten, que ha sido gracias a los rescates de los bancos centrales. Los mercados volverán a sus cauces habituales, seguro, pero no por las acciones de los burócratas. Ya nos tocará analizarlo cuando ocurra.
En todo este tiempo, lo único que hemos oído es que estamos ante una crisis de liquidez y que aquí no pasa nada porque los burócratas están solucionando el problema. Fíjese en el absurdo de tal afirmación. Decir que la situación actual sólo es un problema de liquidez significa que cada uno de los proyectos realizados es rentable por sí mismo, ya que su éxito no depende de su rentabilidad, sino de la cantidad de dinero que haya. No es necesario haber dedicado media vida a las finanzas para darse cuenta de que empresas con índices de morosidad cercanos al 20%, como las subprime, no son rentables. No es cuestión de falta de dinero, es que están montadas sobre un absurdo.
Si el problema fuera sólo de liquidez, significaría que el riesgo no es un factor a considerar en un proyecto. Sería como asegurar que cualquier inversión, por surrealista o ruinosa que fuera, sólo depende de la capacidad de los bancos centrales para crear dinero e inyectarlo al mercado. Si este fuese el camino al bienestar y a la riqueza de todos, sólo sería necesario que los bancos centrales dejasen los tipos de interés al cero por ciento (algo que casi experimentó Japón durante años sin que desde entonces haya levantado cabeza) y a la vez, imprimiesen papelitos de dinero de forma exponencial mes tras mes. Lo cual, dicho sea de paso, ya ha ocurrido varias veces en la historia trayendo exclusivamente debacles económicas y sociales, como la que experimentó la República de Weimar.
Pero vayámonos al otro extremo. ¿Hemos de hacer como Polonio, personaje del Hamlet de Shakespeare que le dice a Laertes: "no pidas prestado ni prestes"? Evidentemente que no, el crédito tiene todo el sentido económico del mundo y es sano hasta cierto punto. La emisión de dinero (y crédito) ha de estar ligado a algún activo real, o al menos permitir que la moneda tenga competencia en un mismo entorno geográfico para equilibrar los excesos de los burócratas, esto es, que no haya una moneda de curso legal obligatorio. Pedir que los banqueros centrales sean responsables de lo que hacen, o pretender que acaparen la información del mercado con el seguimiento de cuatro estadísticas, se parece mucho a creer en la magia.
No estamos ante una crisis de liquidez. Debido a las políticas monetarias expansivas, muchos proyectos emprendidos son insostenibles y han de dejar el mercado para dedicarse a otras cosas. Estamos ante una crisis de confianza que en última instancia, no es más que una crisis de solvencia provocada por el dinero barato.
El caso es que la mandamás ha puesto el dedo en una llaga bien dolorosa para los de mi gremio, el informático: el escaso porcentaje de féminas entre nuestras filas. Pero lo ha hecho con la delicadeza de un dinosaurio en una pista de baile.
Resulta que, para la comisaria, las mujeres no estudian carreras de informática o telecomunicaciones porque éstas tienen una imagen de ser "aburridas y demasiado técnicas" y quienes las estudian y trabajan en el sector la de ser "empollones aburridos y asociales". Es decir, que las mujeres, a la hora de escoger una carrera, lo que miran es si se van a divertir estudiándola o la imagen social que tengan quienes están en el sector. La idea que tiene la comisaria de, recordémoslo, Sociedad de la Información de los ingenieros y técnicos del ramo es extraordinariamente positiva si la comparamos con la que tiene de las mujeres, que para Reding escogen carreras que parezcan guays y no supongan esfuerzo.
Pero dejando aparte la metedura de pata, que dudo que provoque ningún auto de fe como el que le montaron a Buttiglione en su día los laicistas de todo a cien, los problemas de este personaje para encontrar razones de peso para la poca presencia de mujeres en el gremio de la informática resultan sintomáticos de la escasa capacidad del pensamiento políticamente correcto para explicar hechos que escapen a su alicorta versión de la realidad. Las palabras de Reding son patéticas formas de intentar explicar una situación que de otra forma resultaría inexplicable para quienes consideran que la igualdad entre hombres y mujeres se basa en que son realmente iguales en todo, incluyendo aptitudes e intereses. Eso le pasa por ser de Luxemburgo y no francesa; en tal caso conocería aquello de Vive la différence!
Una diferencia crucial entre hombres y mujeres es la maternidad; por más que se diga eso de que "vamos a tener un hijo" quienes lo tienen son las mujeres, si exceptuamos a Schwartzenegger en Junior. Y sea por una suerte de rol impuesto por la sociedad o porque, simplemente, la evolución ha concedido a las mujeres una mayor dedicación a los suyos, lo cierto es que ellas son mucho más proclives a interrumpir sus carreras para cuidar a sus hijos y a trabajar a tiempo parcial para dedicarles más tiempo. En España, el 78,5% de los contratados a tiempo parcial en 2006 eran mujeres. Además, a lo largo de 2004, se retiraron del mercado laboral 379.500 mujeres frente a 14.500 hombres, es decir, el 96% del total.
El caso es que en informática y telecomunicaciones no es necesario pasar muchos años fuera del mercado para convertirse en un trabajador completamente obsoleto y difícilmente empleable. Es posible que ahí esté una de las razones por las que hay menos chicas en el gremio. También hay estudios que indican que las mujeres suelen preferir vías profesionales con más trato humano y menos con máquinas y cosas técnicas. En cualquier caso, son opciones personales. No creo que sean tan tontas como para necesitar que la UE les convenza para que "se preparen para conseguir un trabajo en el sector de TI", como ha dicho la comisaria Reding que va a hacer. Aunque puede que piense eso sólo porque soy un empollón aburrido y asocial, quién sabe.
Lo que nos distancia de ella no es ni la lotería ni una herencia, sino el trabajo honrado y el ahorro. Y el mero conocimiento de que ese camino existe y es plenamente viable.
Para vivir necesitamos consumir, y para poder adquirir los bienes de consumo necesitamos una renta. En la primera etapa de nuestra vida laboral, la única renta que obtenemos proviene del trabajo. En esa etapa transformamos parte de la renta en riqueza: es decir, ahorramos e invertimos para crear un patrimonio. En una segunda parte de nuestra vida la renta derivada del trabajo ya no es tan importante porque obtenemos otra renta independiente que procede del patrimonio que hemos creado. Veamos cómo.
Partiremos del estudio del Instituto Juan de Mariana Una sociedad de propietarios. En él se observa que la rentabilidad histórica de la Bolsa española, la rentabilidad real, descontada la inflación, es del 7 por ciento. Es decir, que si uno hace una inversión en valores representativos de la evolución de la Bolsa y lo hace durante un período largo de años, obtendrá una rentabilidad media anual de en torno al 7 por ciento. Y ahí propone un sencillo supuesto: una familia ahorra 4.200 euros el primer año, a razón de 350 al mes. Y ese ahorro se aumenta a razón de un 4 por ciento al año, a medida que la mejora profesional permite un aumento de las aportaciones a la inversión.
Gracias a la magia del interés compuesto, cuantos más años se siga el plan de ahorro, más crece la riqueza acumulada. ¿Qué resultados obtendríamos? En 10 años habremos ahorrado 11 millones de pesetas, y en sólo 5 más, el doble. En 20 años casi 40 millones y en 30, 101. Supongamos que una persona sigue ese plan desde los 25 hasta los 65 años, es decir, durante 4 décadas. Entonces habrá acumulado un patrimonio en Bolsa de 237 millones de pesetas, que (al 7 por ciento supuesto), le darían una renta anual de 16,6 millones de pesetas.
¿Que se ve incapaz de seguir ese plan de ahorro? Pero si usted aporta mucho más en una Seguridad Social que (todo el mundo lo reconoce), da unas pensiones misérrimas. ¿Qué ocurriría si un cotizante medio destinase la cuota de la Seguridad Social a la inversión en Bolsa? El Juan de Mariana también ha hecho ese cálculo. Si un cotizante medio hubiese destinado sus pagos a la SS de 1992 a 2006 (un período de 15 años, no los más de 30 que estamos pagando al Estado), dispondría en ese tiempo de un patrimonio de 246.865 euros (41 millones de las antiguas pesetas), que le darían una renta mensual de 1.500 euros (250.000 pesetas), más del doble de la pensión media actual.
Trabajo, ahorro, constancia y años. Ésa es la fórmula para ser rico en una sola generación.
Manuel Fraga aleccionaba a Felipe González, en plena década de los Gal, con el precio de los garbanzos, entre la risa floja y la condescendencia del socialismo aún patrio. Aznar, nada más llegar al poder, se olvidó de la regeneración democrática que había prometido en campaña y mantuvo la estructura de politización de la justicia y con ella del resto de las instituciones dizquedemocráticas. Le faltó verdadera ambición o sucumbió al atávico atractivo del poder. Y buscó la legitimidad en el éxito económico y en la "normalidad", esto es, en el mensaje de que el centro derecha en el poder no era el ogro cuartelero y robapensiones con que Prisa y TVE identificaban al PP.
Mariano Rajoy ha acertado al seguir al frente del PP tras la derrota electoral; ha salvado a su partido de una lucha que hubiese abierto las heridas, entre hachazos y puñados de sal de sus medios enemigos. Se presenta para renovar el apoyo unánime del partido a un equipo que combine la relación de fuerzas con sus preferencias. Pero Rajoy está amarillo de garbancilismo; su campaña se ha basado en la situación económica, en la constatación de que el Gobierno ha despreciado el bolsillo de los españoles y la apelación del recuerdo colectivo de que el PP sabe gestionar la economía y los socialistas, no.
La crisis no ha hecho más que asomarse, y cuando se le vean las fauces el crédito del Gobierno se hundirá. Los problemas de seguridad e inmigración vendrán de la mano del paro; y entonces todo el mundo recordará que Rajoy hablaba de integración, de derechos y de deberes de los inmigrantes. Y miles de españoles reticentes sentirán que es él quien habla de los problemas que en realidad le atañen. Rajoy ha hecho este cálculo y espera que su ábaco le lleve a La Moncloa en 2012.
Pero Zapatero ha salido reforzado de las urnas y piensa llevar su proyecto político a término. Al PP se le tolera, siempre que admita la culpa de existir, sin muchas pretensiones. Entonces se le cuelga el cartel de "derecha civilizada". Eso sí, ante cualquier protesta por el cierre de este o aquél medio, la persecución de los periodistas incómodos, el uso político de la Justicia, Educación para la Ciudadanía o el acuerdo con ETA y el PSOE (que se define como el partido central de la democracia, el que reparte bulas de legitimidad en España) le cerrará la boca o le cortará las alas con el BOE en la mano. Ni un paso más allá del cordón sanitario.
Pero ante ese proyecto los platos de garbanzos no aseguran nada y el ábaco de Rajoy puede quedarse corto de cuentas. Hay que mirar a los socialistas a la cara y decir que no se está dispuesto a permitir ni un solo atropello de la libertad de los españoles. Aunque para eso hace falta levantar la mirada algo más allá de la economía, dar verdadero contenido a los manidos "valores" y proclamar que no se está dispuesto a reconocer a los demás el derecho a tolerarte o no. Hace falta el convencimiento de que la libertad y los derechos de la persona están por encima de cualquier consideración y de que el PP es el partido que se identifica con ellos. Si Rajoy es o no la persona adecuada para ello lo veremos a partir de junio.
La reciente reunión del Consejo de Cooperación Económica, que integra a 120 grandes empresas de Italia, Francia, Portugal y España, ha logrado que me reafirme en mi visión y que la extienda a todos esos países.
En nombre de la competitividad de la economía europea, estos empresarios y gestores de pega han hecho toda una serie de propuestas al Consejo Europeo que son para echarse a llorar o, quizá mejor, a boicotear. Dicen los señoritos que la mejora de la competitividad requiere "reforzar la represión a la economía sumergida". Yo creía que la competencia mejora quitando las barreras que hacen que muchos ofertantes tengan que desarrollar su trabajo en el mercado no oficial, pero no veo cómo aplicando represión sobre estas personas puede mejorar la competitividad; si acaso todo lo contrario.
Esta gente sigue confundiendo la mejora de sus cuentas con la mejora de la competitividad. Y lo peor es que no les importa si sus resultados mejoran como resultado de haber recibido el favor de los consumidores o no. Así que no les basta con las múltiples subvenciones que reciben para vender en el extranjero a través de las organizaciones estatales y regionales para el fomento de la exportación, sino que ahora quieren que los políticos les constituyan una agencia comercial europea. No tienen vergüenza.
Por otro lado, estos empresarios de mentirijillas parecen haberse dado cuenta de que sin un sistema energético sólido que evite los cortes de suministro a la industria será difícil mantener el actual tejido industrial y, más aún, atraer inversiones extranjeras. En esto tienen razón pero en lugar de denunciar el intervencionismo europeo y la artificial burbuja renovable en la que nos han metido políticos, ecologistas y empresarios sin escrúpulos se dedican a pedir "una diplomacia energética", que suena a algo así como un perfume para quitar el olor a mierda.
Esta gente no tiene remedio. Se han arrimado tanto y durante tanto tiempo al poder político que ya no sabe cómo subsistir sin sus ventajas, privilegios y promociones. Parece como si ya ni siquiera supieran qué es un mercado competitivo. Darían lástima si no fuera porque muchos de ellos se forran a base de cuentos chinos y dinero del contribuyente. ¿Cuánto tendremos que esperar para ver a asociaciones de verdaderos empresarios exigir libertad de mercado y eliminación de privilegios como forma de mejorar nuestra maltrecha capacidad de competir y revitalizar los fundamentos morales de un mercado asfixiado por el intervencionismo estatal?
Eso es algo irrelevante porque, digan lo que digan los tribunales, miles de padres vamos a seguir impidiendo que nuestros hijos sean adoctrinados por la caterva de funcionarios que metisteis a dedo en el sistema público de enseñanza para destruirlo desde dentro, con todo éxito, la verdad sea dicha. Que no, Peces, que no. A nuestros hijos sólo les damos nociones de moral individual los padres, porque no sólo es nuestro derecho, reconocido constitucionalmente, sino también nuestra obligación.
A ti, Peces, te debe parecer muy bien que a niños de catorce años se les someta a un tercer grado para inducirles a probar las relaciones homosexuales, pero muchos padres creemos que, aparte de una marranada, eso no es algo que entre dentro de las competencias del, llamémosle, profesorado logsiano que ya nos toca sufrir y pagar a través de los impuestos. Los socialistas, que vivís opíparamente y lleváis a vuestros hijos a excelentes colegios privados, queréis que los niños del sistema público crezcan creyendo férreamente en las bondades del marxismo como sistema de ordenación social y económico, porque no siendo suficiente con crear generaciones enteras de fracasados intelectuales que sólo podrán aspirar al trabajo manual poco remunerado, además queréis que os agradezcan toda la vida el adoctrinamiento sectario al que les habéis sometido y a la hora de votar actúen en consecuencia. Eso ya lo hacéis gracias a que tenéis un mercado cautivo, formado por miles de padres que no podemos pagar un colegio privado además del muy deficiente servicio público que ya soportamos con nuestros impuestos. Confórmate con eso, Peces, que ya es mucho, y olvídate de la Educación para la Sodomía aunque tus amigos autores y editores dejen de ganar una millonada con esta vaina.
Si tan seguro estás, Peces, de que la Educación para la Locomía es una maravilla de asignatura, ¿por qué no dejas que los padres elijamos libremente si queremos que nuestros hijos disfruten de sus contenidos? Estoy seguro de que habrá cientos de miles de obreros, votantes de tu partido, que harán como Los del Río cuando el referéndum de la Unión Europea, y llevarán a sus jonathanes y sus yessis cada día al colegio más contentos que unas pascuas sabiendo que tú y tus amigos os vais a encargar de convertirlos en unos espléndidos ciudadanos anticapitalistas, admiradores del Ché Guevara, partidarios de la lucha contra el cambio climático, de la alianza de civilizaciones y la exploración de la sexualidad en todas las direcciones. O sea, que mercado hay, pero no esta bien que te aproveches de que el chiki-chiki haya ganado de nuevo las elecciones para convertir la formación moral infantil en un monopolio dirigido por ti y tus cuates.
Ya sabemos que lo vas a intentar con todas tus fuerzas, pero, como te decía al principio, miles de padres no estamos dispuestos a dejar que pisoteéis nuestro derecho a decidir el tipo de educación que queremos para nuestros hijos. Aunque tengamos que ir a la cárcel, Peces, fíjate bien en lo que te digo. Para cojones los nuestros.
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