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Nuestros hijos no serán adoctrinados

Eso es algo irrelevante porque, digan lo que digan los tribunales, miles de padres vamos a seguir impidiendo que nuestros hijos sean adoctrinados por la caterva de funcionarios que metisteis a dedo en el sistema público de enseñanza para destruirlo desde dentro, con todo éxito, la verdad sea dicha. Que no, Peces, que no. A nuestros hijos sólo les damos nociones de moral individual los padres, porque no sólo es nuestro derecho, reconocido constitucionalmente, sino también nuestra obligación.

A ti, Peces, te debe parecer muy bien que a niños de catorce años se les someta a un tercer grado para inducirles a probar las relaciones homosexuales, pero muchos padres creemos que, aparte de una marranada, eso no es algo que entre dentro de las competencias del, llamémosle, profesorado logsiano que ya nos toca sufrir y pagar a través de los impuestos. Los socialistas, que vivís opíparamente y lleváis a vuestros hijos a excelentes colegios privados, queréis que los niños del sistema público crezcan creyendo férreamente en las bondades del marxismo como sistema de ordenación social y económico, porque no siendo suficiente con crear generaciones enteras de fracasados intelectuales que sólo podrán aspirar al trabajo manual poco remunerado, además queréis que os agradezcan toda la vida el adoctrinamiento sectario al que les habéis sometido y a la hora de votar actúen en consecuencia. Eso ya lo hacéis gracias a que tenéis un mercado cautivo, formado por miles de padres que no podemos pagar un colegio privado además del muy deficiente servicio público que ya soportamos con nuestros impuestos. Confórmate con eso, Peces, que ya es mucho, y olvídate de la Educación para la Sodomía aunque tus amigos autores y editores dejen de ganar una millonada con esta vaina.

Si tan seguro estás, Peces, de que la Educación para la Locomía es una maravilla de asignatura, ¿por qué no dejas que los padres elijamos libremente si queremos que nuestros hijos disfruten de sus contenidos? Estoy seguro de que habrá cientos de miles de obreros, votantes de tu partido, que harán como Los del Río cuando el referéndum de la Unión Europea, y llevarán a sus jonathanes y sus yessis cada día al colegio más contentos que unas pascuas sabiendo que tú y tus amigos os vais a encargar de convertirlos en unos espléndidos ciudadanos anticapitalistas, admiradores del Ché Guevara, partidarios de la lucha contra el cambio climático, de la alianza de civilizaciones y la exploración de la sexualidad en todas las direcciones. O sea, que mercado hay, pero no esta bien que te aproveches de que el chiki-chiki haya ganado de nuevo las elecciones para convertir la formación moral infantil en un monopolio dirigido por ti y tus cuates.

Ya sabemos que lo vas a intentar con todas tus fuerzas, pero, como te decía al principio, miles de padres no estamos dispuestos a dejar que pisoteéis nuestro derecho a decidir el tipo de educación que queremos para nuestros hijos. Aunque tengamos que ir a la cárcel, Peces, fíjate bien en lo que te digo. Para cojones los nuestros.

Caros derechos

Al parecer considera un "fraude intelectual" la "cantinela que tratan de imponer los beatos y beatas del libre mercado" (esto es citar con objetividad, precisión, laicismo y corrección sexual progresista), porque "es imposible incrementar la libertad hasta el infinito y bajar los impuestos hasta el cero, es decir, la idea de que la disminución de los impuestos incrementa necesariamente la libertad es una superchería". Conozco liberales que hablan (hablamos) de impuestos cero, pero lo de la libertad infinita parece más bien poético: por aquello de que mi libertad acaba donde empieza la de los demás, y es difícil alcanzar el infinito con barreras concretas tan próximas. Y además a los liberales la imposición, aunque sea de ideas correctas y adecuadas, nos parece fea y generalmente ilegítima.

Para Laporta "la libertad depende de los impuestos", y tiene razón, sólo que la dependencia es justo en el sentido contrario al que él defiende: lo cierto es que a más impuestos, menos libertad. ¿O usted se siente más libre cuando otros deciden presuntamente en su nombre en qué se gastan el dinero que sistemáticamente le confiscan cada vez en mayor cantidad?

Este funcionario de universidad pública (¿habrá aquí un conflicto de intereses al defender la acción estatal y la fuente de su salario?) ni siquiera se molesta en distinguir claramente los derechos negativos (no interferencia en mi propiedad) de los derechos positivos (que otros me proporcionen un bien o servicio). Quizás no conozca la diferencia, puede que le parezca irrelevante, o tal vez mezclándolo todo se confunde mejor y la demagogia queda más rica.

Típicamente positivista (la ley es la ley, es la ley, es la ley…) considera que "los derechos no son sino un conjunto de reglas respaldadas por la fuerza del Estado y financiadas con el dinero público". No se molesta en analizar el contenido de dichas reglas, ni en explicar de dónde vienen y qué sentido tienen: parece obsesionado con el dinero público (ese que no es de nadie) y la coacción estatal, y la noción de derecho natural seguramente le dará risa floja. "Los derechos y las libertades son también la expresión de un poder del Gobierno y de una autoridad jurídica": los individuos brillan por su ausencia, estamos lejos de intentar defenderlos de la opresión del monopolio jurisdiccional.

Acierta cuando afirma que "no hay propiedad privada sin impuestos, ni contratos sin impuestos, ni préstamos sin impuestos": pero lo hace por accidente, porque lo de que los impuestos acompañen siempre a la propiedad no se debe a que sean imprescindibles para protegerla, sino a que la voracidad fiscal no conoce límites y se grava toda la riqueza, cuando está quieta y cuando se intercambia. Él quiere decir que la propiedad y los contratos sólo pueden defenderse mediante la institucionalización burocrática y el pago involuntario por parte de los súbditos del poder, pero bastantes pensadores ven otras alternativas en la filosofía política como la participación del propio mercado en la defensa de la propiedad y la vigilancia del cumplimiento de los contratos. Laporta está rotundamente en desacuerdo y rechaza las alternativas con un mínimo esfuerzo de análisis: "Sólo un Estado puede crear un mercado firme y dinámico en el que esté asegurada la garantía de los contratos y las transacciones sean respaldadas por la ley"; "donde el poder del Estado no puede intervenir con eficacia surge la mafia y la extorsión".

Eso es argumentar y lo demás son tonterías: ya sabe usted que en sus relaciones no vigiladas por papá Estado o es usted un mafioso o un extorsionado, puede elegir; y la realidad histórica del derecho mercantil y los mecanismos de relaciones legales no estatales deben de ser pura fantasía. Menciona "los derechos que tenemos para protegernos del gobierno y sus abusos" y asegura que esta protección es "impensable sin instituciones públicas": necesitamos al Estado para protegernos del Estado, qué curioso.

Y es que "sin Estado no hay predicción, sin predicción no hay derechos, y sin derechos no hay mercado. Pero como los derechos dependen de los impuestos, resulta que sin impuestos no hay mercado. Todo lo demás son patrañas. Si alguien quiere mercado, ha de querer impuestos." Al hacer estos encadenamientos entre proposiciones este sujeto igual cree que sabe algo de lógica. Y su deducción es que los que queremos mercado (cierto) estamos obligados (suponemos que ontológica o epistemológicamente) a querer impuestos (más bien dudoso).

Asegura rotundo que "los derechos son, efectivamente, una de las cosas más valiosas que tenemos: valen mucho más que su precio". Ni siquiera contempla la posibilidad de que haya derechos demasiado caros, que no merecen la pena: ha establecido que no sólo valen más que lo que cuestan, sino mucho más. Como no entiende que las valoraciones son subjetivas, no permite que cada persona los estime según le plazca, y que en ocasiones prefiera renunciar a ellos, o conseguirlos de alguna otra forma.

Se indigna con las ofertas electorales de disminución de impuestos "porque aquellos ciudadanos que ceden a la burda oferta del reclamo electoral se encontrarán seguramente con que hay un incendio y no existen medios para sofocarlo, tienen un pleito y han de esperar mil años para verlo resuelto, enferman y se ven amontonados en el pasillo de un sanatorio, quieren un buen colegio para su hijo pero sólo los hay de pago, y les asaltan su tienda con toda impunidad porque no aparece por allí un coche de policía en toda la noche". Parece que el dinero o se paga en impuestos o misteriosamente desaparece, de modo que no es posible contratar servicios privados de extinción de incendios, arbitraje jurídico, medicina o seguridad, que como no disfrutarán de un monopolio legal seguramente serán de mejor calidad que los públicos porque los consumidores insatisfechos podrán dejar de patrocinarlos. Y quizás algún lector se ha dado cuenta de que Laporta es tan poco hábil argumentador que mete la pata hasta el fondo mencionando la posibilidad del colegio de pago: tanto insistir en que hay pagar por los derechos y ahora resulta que sólo defiende los otorgados graciosamente por los políticos a unos a costa de otros. Que cada uno pague por lo que recibe tiene que estar muy mal: los derechos que molan son los que me pagan a mí los demás con la intermediación estatal (que suele quedarse un buen pellizco de comisión).

Laporta vuelve a acertar al denunciar que "España es un país en que los derechos de los ciudadanos funcionan bastante mal… porque es un país en el que no son muy eficaces las leyes". Con catedráticos de filosofía del derecho como él, ¿qué espera? Pretende que los desaguisados en servicios públicos se deben a que no están suficientemente financiados: olvida que las prestaciones privadas equivalentes suelen costar bastante menos y ser mucho más apreciadas por sus clientes. Tal vez la productividad (por llamarla de alguna manera) del funcionariado estatal tenga algo que ver. Recordemos cuál es su estatus laboral.

Anima a un debate de calidad: "A ver si conseguimos de una buena vez alcanzar un nivel digno en la discusión de estos temas cruciales. Para ello los electores no han de ser tratados como estúpidos ni los políticos como pícaros irredimibles". El pseudointelectual trata a sus lectores como los políticos a los electores. El nivel de esta discusión mejorará muchísimo simplemente con que Laporta deje de participar en ella. Que aprenda algo parece difícil.

Cuando la irresponsabilidad sale a cuenta

Por esta razón las personas han de ser responsables de sus actos. Si bebemos mucho alcohol, sabemos que al día siguiente tendremos resaca. Si conducimos imprudentemente, corremos el riesgo de tener un accidente. Si engañamos a un amigo, corremos el riesgo de perder su amistad. Algo tan básico y que hasta un niño sabe sin necesidad de que nadie se lo explique, parece que no lo entiendan esos burócratas que están por encima del bien y del mal.

Los gobernantes, cuando abordan la cosa económica, se comportan de forma completamente contraria a la que dicta el sentido común. Esta semana hemos visto dos ejemplos. Uno ha tenido lugar en Estados Unidos, donde la Reserva Federal ha vuelto a inundar el mercado de dinero para salvar al malogrado sistema bancario, lo que está sumiendo al dólar en las más profundas simas y provocará un nivel de inflación que el país difícilmente va a poder asumir. El otro caso lo tenemos bien cerca; el nuevo Gobierno ha creído conveniente salvar del desastre al sector inmobiliario con gasto público, es decir, con nuestro dinero.

Cuando una empresa empieza a acumular deudas o costes en lugar de beneficios significa que ha realizado una gestión irresponsable o que ya no tiene el favor del que hasta entonces había sido su público. Expresado de otra forma, por las causas que sea, lo ha hecho mal. Cuando alguien hace algo mal es de sentido común que tome esta responsabilidad e intente solucionarla como mejor pueda. Lo que no tiene justificación alguna es que con falsas excusas sobre el bien común llame a la puerta de papá Estado, de aquel que tiene el monopolio de la fuerza, y le exija que le solucione el problema. Cuando algo así ocurre, a quien hace una mala gestión empresarial se le da patente de corso para ser un irresponsable, ya que traspasa sus costes a la sociedad, convirtiéndose en beneficiario neto de su buena gestión inicial sin asumir ningún coste por su poca visión empresarial posterior.

Esta situación se da una y otra vez en el sector financiero desde el siglo XX debido al excesivo proteccionismo de los bancos centrales. Como se suele decir, la banca es experta en individualizar los beneficios y socializar las pérdidas. En realidad no es culpa de la banca, sino de los banqueros centrales, que son quienes han impuesto este sistema. Ahora, este capitalismo de Estado se está extendiendo a al sector de la construcción. Posiblemente será muy popular que el Gobierno empiece a hacer centenares de miles de viviendas de protección oficial, pero esta medida no ayudará a la economía porque el mercado necesita reajustarse; además, restará recursos a otros proyectos productivos que la demanda necesita, lo que creará déficits en otros servicios, y será financiada por medio de la fuerza con el dinero de millones de familias que ya tienen una vivienda y las pasan canutas a fin de mes.

Nuestros burócratas han lanzado el mensaje, en plena crisis del sector inmobiliario, que el mejor negocio ahora es crear una empresa de construcción para que así estos empresarios con patente de corso puedan repartirse el botín que los burócratas nos han sacado y seguirán sacándonos. Si los precios están muy altos, ¿no es lógico que bajen y que estos empresarios se dediquen a cosas que la sociedad demanda de forma más urgente en términos de precio?

Aún hay gente que achaca todo esto al "capitalismo salvaje", cuando los principales causantes de esta economía de la irresponsabilidad (lo que podemos llamar moral hazard) son el Gobierno y las políticas expansionistas de los bancos centrales. Como ha dicho recientemente el conocido inversor Jim Rogers, esto no es capitalismo, sino socialismo para ricos.

El sueño de una web igual para todos

Y no es sólo por la manía que los informáticos le solemos tener a las empresas dominantes del sector, primero a IBM y ahora a Microsoft, sino porque el navegador de la empresa de Redmond nos hace la vida muy difícil, obligándonos con frecuencia a hacer dos versiones de la web: una para Explorer y otra para todos los demás navegadores.

La web funciona porque existen unos estándares que definen los lenguajes informáticos con que se define el contenido y la forma de presentarlo, principalmente HTML y CSS. Eso permite que distintos fabricantes puedan crear sus propios navegadores y lograr que sus usuarios vean la web esencialmente igual que los de otros. El problema surge cuando un navegador, que además es el más utilizado por ser el incluido en Windows, no respeta esos estándares. Si Internet Explorer fuera utilizado por, digamos, un 5% de los internautas, la mayoría de los diseñadores web simplemente lo ignorarían, forzando a sus usuarios a pasarse a la competencia y a Microsoft a respetar mejor los estándares para lograr que volvieran. Pero como no es así, los que nos dedicamos a esto de la web tenemos que forzar las páginas para que se vean bien en Explorer, y les aseguro que no es una tarea agradable.

Sin embargo, Microsoft acaba de publicar la primera versión preliminar de Explorer 8, con la novedad de que será la primera versión que por defecto visualice las páginas respetando los estándares web más o menos a rajatabla. No sabemos qué hay detrás de esta decisión, si la amenaza de una posible persecución en Bruselas tras la denuncia de Opera o simplemente el temor a perder la primacía ante un Firefox que, aunque aún minoritario, no hace más que crecer a costa del navegador de Microsoft. Pero sean por los motivos que sean, será un motivo de alborozo para toda la comunidad que trabaja para que se vean las páginas lo mejor posible.

Hay una pequeña organización, The Web Standards Project, nacida para estimular este proceso de creciente respeto por los estándares. Su obra más conocida son sus test Acid, que miden el respeto de un navegador concreto por ellos. El más conocido es el Acid 2, que debería mostrar una carita sonriente, pero que por el momento sólo superan Safari y Opera y más o menos Firefox. Pues bien, tanto Firefox 3 como Explorer 8 prometen pasarlo, y así lo demuestran sus versiones beta. De modo que ya han creado otro test, el Acid 3, que se centra más en el soporte de Javascript, que es el lenguaje de programación que permite que funcionen aplicaciones web como Gmail. Por ahora no lo supera absolutamente nadie. Pero bueno, todo llegará.

El caso es que parece que en un futuro quizá no tan lejano se podrán llegar a hacer sitios web que se vean igual en todos los navegadores importantes, cosa que no se puede hacer desde… este… vale, no se ha podido hacer nunca. El mayor obstáculo será que los usuarios de Explorer son con diferencia los más reacios a cambiar de navegador, de modo que el proceso será mucho más lento de lo que debiera. Pero al menos vamos por buen camino, que ya era hora.

La compensación lingüística

El comunismo y el nacionalismo colectivista se han sentido perfectamente representados en la figura de ZP, que ha logrado convertir el voto a IU y a Esquerra en una especie de frikada transgresora para la izquierda elitista, que no quiere aparentar que sigue a las masas. Pero, por lo demás, existe un fuerte solapamiento en las agendas de todos estos partidos, que pasan por someter totalmente el individuo y las asociaciones privadas al poder político. En buena medida, el nacionalismo ya ha logrado allí donde gobierna subordinar la identidad y la libertad de cada individuo a una cultura cuyo contenido queda cristalizado por la discrecionalidad del Gobierno autonómico de turno.

Los nacionalistas asocian la liberalización lingüística con una agresión no sólo al vasco o al catalán, sino a los vascos o a los catalanes. Cuando Rajoy criticó que se sancionara a un catalán por rotular su comercio sólo en español estaba, a ojos del nacionalismo, persiguiendo tanto al pueblo catalán como al destino histórico de éste, que ha de autorrealizarse, excepción cultural mediante, como paso previo a la independencia. Zapatero entendió perfectamente este punto, por eso aprobó que se multara al comerciante que rotulara sólo en castellano. Al fin y al cabo, en su opinión, la coacción resulta necesaria para compensar la discriminación y persecución del catalán en décadas pasadas.

La penetración política y social del argumento de la compensación lingüística es un ejemplo claro de cómo la retórica nacionalista ha logrado sustituir como sujeto de derecho al individuo por  una concepción abstracta de la lengua. Muchos liberales suelen replicar que la lengua es un instrumento al servicio de los individuos, y no al revés. Sin embargo, esta afirmación ya supone una cesión peligrosa al discurso nacionalista. La lengua no es una realidad objetiva y universal, sino un código concreto y particular que es recibido por los individuos y que evoluciona con ellos.

Cuando se habla de que hay que proteger el catalán y restaurar su estatus de lengua mayoritaria hay que preguntarse, primero, qué catalán quiere restaurarse y, segundo, qué se entiende por ámbito mayoritario.

En cuanto a lo primero, el Gobierno catalán ha decidido conceder el monopolio lingüístico al pompeufabrense Institut d’Estudis Catalans. Se trata de una decisión tan arbitraria como la contraria, pero que pretende vestirse con aires de cientificidad para legitimar la implantación compulsiva.

Las lenguas no nacen del diseño académico; las academias sólo recopilan códigos de comunicación históricos y, en todo caso, realizan propuestas para facilitar la comunicación. Los estándares lingüísticos (al igual que los comerciales, los tecnológicos o los monetarios) no deberían imponerse a la sociedad, sino que deberían competir entre ellos, para que se sepa cuáles son más útiles y eficientes en cada momento. Al fin y al cabo, escapa al conocimiento humano las innumerables circunstancias personales y sociales que influyen en ese resultado, así como los efectos disruptivos que podría provocar.

En cuanto a qué debe entenderse por ámbito mayoritario, no queda claro cuál es la herramienta que nos permita verificar su consecución. ¿El tiempo? ¿La importancia relativa de cada uso? Si el castellano se empleara en exclusiva en los lugares públicos y el catalán en exclusiva en el ámbito familiar, ¿cuál de los dos usos sería mayoritario en términos agregados? Si el catalán se utilizara en todos los ámbitos públicos y familiares y el castellano en los consejos de administración y las juntas de accionistas, ¿sería mayoritario el primero, aunque el grueso de la riqueza de Cataluña se moviera a través del castellano?

Al final, la ausencia de un criterio objetivo para medir qué lengua es más usada sólo puede llevar al nacionalismo a aspirar a la erradicación completa del castellano para compensar la discriminación histórica del catalán: sólo así la confrontación artificial que existe entre ambas lenguas llegará a su fin, y la identidad y la libertad del pueblo catalán quedará a salvo.

Pero esta compensación de agravios históricos, a la que aludió Zapatero para justificar el uso de la fuerza y la hostilidad lingüística hacia el castellano, no es más que otro criterio vacío y desnudo, como el emperador en el cuento de Andersen.

La discriminación del catalán no fue, en todo caso, un ataque contra una lengua, sino contra la libertad de unos individuos concretos que querían utilizar una lengua. En la medida en que la gente va adaptándose al entorno, es perfectamente posible que una política de marginación lingüística tenga como efecto que la lengua marginada caiga en desuso, tanto entre aquellos que pretendían utilizarla en el pasado como, sobre todo, entre las nuevas generaciones.

Llegados a este punto, la cuestión es: ¿basta con poner fin a la represión lingüística, o hay que articular otra represión de signo contrario para compensar la registrada en el pasado? El nacionalismo antiliberal lo tiene claro: las lenguas tienen derechos propios que justifican la concesión de privilegios compensatorios aun cuando atenten contra la libertad de los individuos.

Sin embargo, las sociedades no son una masa que pueda moldearse al gusto de un planificador central. Las injusticias pasadas no pueden solucionarse con nuevas injusticias. Es absurdo pretender que la represión de la libertad de los ciudadanos de hoy repara la represión de la libertad de los ciudadanos de ayer. Es absurdo creer que hoy debe reprimirse a individuo para compensarle por la represión que sufrió en el pasado.

La política estatal con respecto a una lengua debería consistir, simplemente, en permitir cualquier manifestación, sin persecuciones ni discriminaciones. Si existen individuos preocupados por el uso y la difusión de una lengua, tan sólo tienen que montar campañas publicitarias y culturales destinadas a fomentarla. Si ni siquiera de este modo consiguen que su número de hablantes se incremente, o bien son unos inútiles integrales o bien los destinatarios de la campaña no desean volver a utilizarla. Ninguno de los dos casos justificaría el uso de la violencia estatal para reimplantarla.

La teoría de la compensación lingüística no es más que una excrecencia de una concepción holista de la sociedad, de la cultura y de la lengua que pretende reforzar el intervencionismo del Estado a costa de la libertad de los individuos y de la cultura y las lenguas que evolucionan de manera espontánea.

No es casualidad que el PSOE haya asumido sin dificultades este discurso: existe una suerte de atracción entre los distintos pretextos que sirven para justificar el intervencionismo. La hostilidad lingüística no es distinta a la racial, la económica, la sexual, que han sido aprovechadas por la izquierda de medio mundo para implantar sistemas públicos de segregación social y de dependencia estatal.

Se trata, en definitiva, de sustituir mediante la coacción y el clientelismo instituciones privadas y espontáneas, como la lengua, el dinero o la familia, por otras planificadas y dimanantes del Estado, para así consolidar las posiciones de la casta política.

El poder y las normas

Trasladémonos a febrero de 1983. Mes y medio antes acababa de tomar el poder el primer Gobierno socialista de la democracia. Había cierto recelo hacia la clase empresarial y no creían que el indudable atractivo de Felipe González fuera suficiente para metérsela en el bolsillo.

De modo que tomaron una medida de legalidad más que dudosa, pero que dejaba claro quién mandaba aquí. Fue un acto de poder, ya que no de autoridad. El mensaje era obvio y llegó al último rincón de la clase empresarial. Fuera bromas. Usted ya sabe con quién está hablando.

La situación no es exactamente la misma con Endesa, ya que para cuando llegó Zapatero al poder no existía ese recelo mutuo. Pero no quiere ello decir que el Gobierno no quisiera hacer valer su mensaje de que nadie se le puede enfrentar desde la empresa sin consecuencias. Un editorial de un diario afín se refería a E.On hablándole de "el daño que les puede causar" el Gobierno.

Desde entonces hasta ahora hemos tenido una clase empresarial con una valentía y un arrojo por demostrar, limpios como una patena por no haberse tenido que emplear en la batalla. Una virtud que se le supone, como al soldado, pero que no llega a dar la última batalla. Como las eternas promesas del deporte.

No es que no haya excepciones, claro está. Pero lo cierto es que la independencia es un bello ideal cuando la ley que te protege puede cambiar en cualquier momento, a merced de los humores del Ejecutivo. Si un cambio en las subvenciones puede descuadrar el mejor balance, si el cambio más sutil en la prolija regulación puede hundirte o encumbrarte, si la única regularidad de las normas fiscales es el cambio, hay que poner una vela al consumidor y otra al Gobierno.

Quizás aquella idea de que imperen normas abstractas, iguales y predecibles no sea tan mala.

Cuatro años de lucha

Todos hemos podido ver que Zapatero ha dignificado a un grupo criminal a la categoría de representante político, al sentarse a negociar con ETA. Todos hemos sido testigos de la imprudente confianza del Gobierno en la marcha de la economía, negándose a hacer las reformas necesarias. Todos sabemos que el PSOE quiere adoctrinarnos desde las urnas y expulsar a una parte de la sociedad española de la vida pública.

En estos cuatro años el Gobierno intentará cerrar la COPE, cambiará las relaciones del Estado con la Iglesia e introducirá nueva legislación para lograr una "sociedad laica", como dice Zapatero. No una separación entre Estado e Iglesia, sino la proscripción pública de la institución bimilenaria. Compartirá mesa de negociación con los asesinos de Isaías Carrasco. Y comparecerá a la renovación en 2012 con una economía saliendo a duras penas de la ola antipatriótica en forma de paro y recesión de los próximos años y con un nuevo atentado terrorista que marque el resultado final.

No importa. La España de hoy no es la de hace cuatro años. Esa media España que no se resiste a ser atropellada está reaccionando. Es consciente de sus derechos y libertades y está dispuesta a defenderlos hasta el final. El mejor legado de los ocho u doce años de socialismo desde el poder será la estructuración de un entramado de asociaciones, instituciones y grupos sociales activos, exigentes y conscientes.

Hagan lo que hagan el Partido Popular o Unión Progreso y Democracia, parte de la sociedad española está ya pensando en que tienen por delante cuatro años de lucha contra la imposición, contra el adoctrinamiento, contra el cambio institucional con los terroristas como agentes y una parte de los españoles como un bulto sospechoso.

Por lo que a mí se refiere, renuevo el voto de Alexis de Toqueville: "Creo que en cualquier época habría adorado la libertad; pero en los tiempos que corren me inclino a adorarla."

El famoso proceso no sirvió de nada

Después de una legislatura humillando a las víctimas del terrorismo y haciendo concesiones políticas a la ETA (la presencia de su brazo político en las instituciones es tal vez la principal) seguimos donde estábamos, sólo que en peor situación.

Hoy la democracia española es mucho más débil que hace cuatro años, cuando el PSOE llegó al poder. No sólo porque los terroristas han demostrado que se puede humillar a un Gobierno que se sienta a negociar políticamente con ellos, sino porque hay algunas situaciones que no tienen marcha atrás. El dinero que el brazo político de la ETA ha obtenido gracias a su presencia en los órganos democráticos del País Vasco, procedente del bolsillo de los ciudadanos, incluido el ex concejal asesinado y sus familiares, no va a ser jamás devuelto, y ya sabemos en qué proporción se reparten los fondos en el entramado terrorista.

Pero con ser especialmente vergonzosa, no es esta la peor consecuencia de la política de Zapatero a lo largo de la legislatura. Lo más dramático es que se ha acostumbrado a parte de los ciudadanos a pensar que para solucionar el problema del terrorismo vale la pena intentar cualquier estrategia. Porque no es cierto. La única política que puede acabar con el terrorismo sin graves consecuencias para la nación es el de la máxima firmeza del Estado dentro, exclusivamente, de los cauces legales.

Hacer que la ETA cese en su actividad criminal es fácil: basta con concederle todo aquello que pide. Zapatero ha intentado en estos cuatro años un ejercicio equilibrista de prometer concesiones tensando al máximo la Constitución y las leyes, mientras se intentaba dar una apariencia de que se estaba salvaguardando lo sustancial para no perder a una parte de sus votantes que aún defiende la unidad de la nación española. Al final, ni la ETA ha desistido de sus objetivos ni esa parte noble del voto socialista tiene motivos para sentirse orgullosa de su presidente.

En las declaraciones inmediatamente posteriores al atentado, Zapatero ha declarado que "el Gobierno perseguirá con el Estado de Derecho a los terroristas, a quienes les prestan apoyo y avalan y justifican sus acciones con toda la determinación y los medios perseverando a favor de las vidas y la libertad de todos los españoles". Exactamente lo mismo que viene defendiendo Rajoy estos cuatro años. O sea, que tanta humillación a las víctimas y tantos ataques a la oposición no han servido para nada más que debilitarnos como nación unida.

Ni el PSOE ni Zapatero son responsables en absoluto de la muerte de Isaías Carrasco. Los culpables son únicamente los terroristas. Sin embargo el PSOE debería reconocer su error de estos cuatro años y hacer una pública declaración de que en la lucha contra la ETA jamás se apartará del camino trazado por Zapatero con esa frase. Sería un buen homenaje a la memoria del ex concejal asesinado, aunque tachen al PSOE de electoralista estando a menos de cuarenta y ocho horas de las elecciones. Nuestros mártires lo merecen.

Patente de corso digital

Parece ser que las autoridades alemanas han pagado la nada despreciable cifra de cinco millones de dólares por la información obtenida por unas personas que se "colaron" en los sistemas del banco LGT de Liechteinstein en 2002 y robaron información sobre los clientes de la entidad. La administración británica no ha sido tan generosa como la germana, pero también ha apoquinado una buena recompensa por los datos obtenidos de manera ilegal: 700.000 dólares.

Seguramente, los datos obtenidos por ambas administraciones tributarias permitan llevar a cabo inspecciones a ciudadanos de sus países que se traduzcan en ingresos para las arcas públicas superiores a las cifras pagadas a los delincuentes. Se paga a delincuentes con impuestos de los ciudadanos para poder sustraerles todavía más a estos. Al fin y al cabo, si la evasión fiscal existe es en buena medida a lo abusivo de los impuestos en un país. Desconocemos, eso sí, la legalidad del uso de la información obtenida de esta manera por las autoridades tributarias de ambos países.

Es común al derecho del mundo occidental que la información obtenida de manera ilegal no puede ser usada como prueba en un proceso judicial, claro que en este caso estamos ante inspecciones de Hacienda. Y, por desgracia, a las autoridades tributarias se les suele poner menos trabas legales en su acción que a las fuerzas de seguridad. De todos modos, Londres y Berlín han pagado por una información obtenida mediante un delito. Si un ciudadano compra algo que sabe que ha sido robado está violando la ley, pero se ve que si lo hace el Gobierno eso no importa.

En su afán recaudatorio, las autoridades británicas y alemanas han dado incentivos a la delincuencia cibernética. Han enseñado que ciertas actividades ilegales no sólo no van a ser perseguidas, sino premiadas con toneladas de dinero público. Estos dos países europeos han dado el primer paso para la creación de unas modernas patentes de corso en las que vulgares delincuentes se transforman en corsarios cibernéticos al sueldo de los estados. Ya tenemos dos gobiernos europeos como protectores y promotores de la delincuencia cibernética. Esperemos que no cunda el ejemplo.

El mito del pleno empleo

Los socialistas afirman que tal hito es posible aumentando el gasto público. Los escépticos afirman que, con la actual situación económica, es imposible conseguir el objetivo de pleno empleo o crear dos millones de empleos netos, lo que significa crear muchos más en términos brutos. La verdad es que no tiene nada de imposible. Aunque el presidente del Gobierno quiera diseñar una especie de New Deal, al final recurrirá a cualquier estrategia para conseguir su promesa. Zapatero podría llegar al pleno empleo mañana mismo si quisiera, sólo ha de coger a todos los desempleados y darles un trabajo aunque éste no tenga utilidad alguna para la comunidad.

Imagínese que al Gobierno se le ocurre la fabulosa idea de coger a todos los desempleados de España para enviarlos a picar piedra a cambio de un salario o los contratase para hacer zanjas y luego taparlas. Sin duda, eso es un trabajo, ¿pero qué utilidad aporta a la comunidad? Ninguna: no es más que destrucción de capital humano y dinerario. El trabajo ha de ir siempre ligado a la productividad y la utilidad. Y eso sólo puede conseguirse con la vieja fórmula de que los ingresos superen los costes generándose beneficios, es decir, el método del libre mercado, de la creatividad empresarial y los acuerdos voluntarios. En el momento que un puesto de trabajo sólo genera costes, que es la fórmula de Zapatero, no sólo no sirve para nada, sino que nos resta algo de bienestar a todos.

El trabajo en la fórmula estatal socialista deja de convertirse en una fuente riqueza para transformarse en transferencias obligatorias de una parte de la sociedad a la otra, generando pérdidas totales netas. Allí donde los costes superarán los beneficios, el trabajo sólo es una subvención obligatoria a trabajadores y empresarios, que paga la mayor parte de la sociedad a un grupo reducido y privilegiado vía impuestos o emisión de deuda.

La figura de la creatividad empresarial y la competencia desaparecen en este escenario ya que el propio Estado se autoproclama el gran dictador de la producción imponiendo en qué sectores ha de avanzar el país y en cuáles no. Si el Gobierno drena del mercado de trabajo valiosos recursos humanos y de capital, ya sea dirigiendo la economía a través de empresas privadas o con puestos públicos, sin conseguir beneficios por ello, los proyectos realmente productivos no podrán acometerse, lo que es sumamente peligroso en un mercado globalizado como el actual. De hecho, la visión laboral de Zapatero no es más que una economía planificada del mismo tipo que la soviética, donde siempre había pleno empleo, pero las personas vivían en la miseria.

El arbitrario concepto de pleno empleo sólo se puede conseguir dejando a particulares y empresas que decidan por sí mismas. Si el Gobierno no se interpone, el empresario siempre atenderá la más urgente de las necesidades de la demanda modificando continuamente la estructura productiva, promoviendo la competencia, el trabajo productivo y no parasitario, y abandonando aquellos proyectos que ya no interesan al consumidor. Y lo que es más interesante, creando beneficios totales netos y voluntarios sin que una parte de la sociedad se vea forzada a subvencionar a la otra.