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PP, siervo de titiriteros

Un buen ejemplo lo tenemos en la batalla que Esperanza Aguirre está librando contra Montilla en la emisión en abierto del segundo canal público madrileño. Como liberal que es, Espe sabe bien que lo mejor que podría hacer para todos, tanto con ese canal como con Telemadrid, es cerrarlo y dejar de gastar el dinero de los contribuyentes en juguetes para políticos y sindicatos. Sin embargo, el ruido que está generando la polémica le vendrá bien electoralmente, puesto que el victimismo justificado frente al gobierno de Zapatero parece funcionar.

En otras ocasiones, en cambio, hay políticos pelín cazurros que apoyan medidas que ni sirven a sus intereses ni al bien común. Eso ha sucedido con la presentación, por parte del PP, de veinte enmiendas a esa ley de propiedad intelectual con la que el PSOE ha querido agradecer a los titiriteros los servicios del noalaguerra y el PP-facha. Esta ley, entre otras cosas, eliminaba la posibilidad de hacer copias privadas sin límite, para poner un máximo de tres. Una enmienda popular pretende eliminar incluso esa posibilidad. ¿Me quiere explicar entonces la insigne portavoz de Cultura del Partido Popular, Beatriz Rodríguez-Salmones, como pretende entonces “facilitar a los ciudadanos el acceso a la cultura”? ¿Acaso los populares están intentando competir a ver si logran tener una responsable cultural con menos cerebro aún que la ministra CCCP?

Los votantes del PP –como los del PSOE– somos principalmente consumidores de cultura, sea comprada o copiada. Esta ley, objetivamente, nos mete el dedo en el ojo a la mayoría de los españoles, incluyendo a sus votantes. En cambio, los fabricantes de productos culturales, que no han hecho más que intentar perjudicar al PP y favorecer a los partidos de izquierdas, reciben un regalo en forma de una ley que piensan que les permitirá mantener su obsoleto modelo de negocio unos añitos más. Los peperos son quizá tan idiotas que creen que así comprarán una tregua. Lamento desengañarlos; Ramoncín ciertamente brindará por esto con champán –perdón, quise decir cava catalán–. Pero luego irá a la tele más cercana a argumentar las razones por las que el PP es una camarilla de fascistas de tomo y lomo, con Almodóvar y Aranda de palmeros.

La base social de la derecha exige unos gobernantes que aparten a estos antifranquistas retrospectivos, autores de bodrios infumables y subvencionados, de la teta del estado. Con esta lamentable actuación, el PP permitirá al PSOE o bien aceptar la enmienda y quedar bien con todo el mundo porque habrá hecho un esfuerzo de consenso, o bien rechazarla para pasar por un defensor del consumidor pese a haber elaborado una ley a la medida de bautistas y cacosenantes. Además, nos hace temer que un futuro gobierno de Rajoy otorgue aún más dinero para rodar nuevos episodios de ese éxito clamoroso de crítica y público llamado “Hay motivo”. Y es que así es difícil sacar motivos para votar al PP. ¡Malditos maricomplejines!

Vuelve el mystere

Los adolescentes intelectuales que frecuentan el actual Consejo de Ministros, le tiran más, en cambio, al helicóptero, en cumplimiento de las normas de "buen gobierno del gobierno" (ZP y la sintaxis viven una relación especial de rechazo mutuo), dictadas por el gabinete surgido del 11-M, que exigen una total austeridad en el ejercicio del poder.

En consecuencia, actualmente los aparatos de vuelo sólo se utilizan para tareas de alto riesgo, como llevar una ampolla de urbasón a la ministra Trujillo cuando le pica una abeja fascista, trasladar a la Ministra de Fomento a Estepona para impartir un curso de verano y de paso darse un garbeo por la feria, o depositar gracilmente al ministro Bono en el césped del Bernabeu, que era una ilusión que tenía desde pequeño y tampoco es cuestión de que se le reviente la hiel por una tontería.

Pero a Rodríguez, este festival heliotransportado le ha debido parecer una frivolidad, así que ha vuelto a la ortodoxia socialista en materia de vuelo, recurriendo de nuevo al tradicional mystere. ¿Que el Presidente de la Comisión Europea no tiene una buena combinación para pasarse por La Moncloa camino de Bruselas? No hay problema. Se le envía un avión del ejército ("un mystere mim-mo", que decía aquél), pues los asuntos de estado, y la OPA catalana lo es en grado sumo, no admiten demora. Además, un presidente ha de distinguirse en algo de la tropa ministerial, y el mystere, las cosas como son, viste un huevo.

Creo que la única ministra que no ha disfrutado aún de los placeres del vuelo en helicóptero es la de Cultura. A ver si celebra pronto su bautizo del aire y nos regala otra frase memorable, tal vez sobre la inepcia de los gobiernos de aznar en materia de aeronaves, que con el calor que hace en las cabinas vinieron a comprar los aparatos con el ventilador por fuera.

Por una educación privada y libre

La semana pasada comentamos los orígenes totalitarios de la educación pública. Desde un principio fue una enseñanza reglada por y para el Estado; el poder político esperaba –y espera– construir súbditos que le rindan pleitesía. El socialismo necesita alimentar la mentira, la farsa y la ignorancia para sobrevivir. La educación pública es una colosal lavadora de cerebros que insufla valores colectivistas, antirreligiosos y anticapitalistas.

Mucho se ha criticado –y con razón– el abuso adoctrinador que los partidos nacionalistas han hecho del sistema de educación público, especialmente en Cataluña y el País Vasco. Pero no deberíamos olvidar que el mismo proceso, si bien con mucho mayor disimulo, se está llevando a cabo en el resto de España. Los nacionalistas adoctrinan en la raza, y los socialistas de todos los partidos adoctrinan en el antiliberalismo.

El sistema público horada las bases de nuestra convivencia y de nuestra libertad. Semejante maquinaria de control social debería desaparecer de inmediato: tanto por el intolerable saqueo fiscal practicado por el Estado como por las mentiras e insidias que inyecta a los alumnos.

Una vez más, hay que exigir la completa separación de la escuela y el Estado, hay que defender la libertad de elegir de los padres. Pero ¿en qué consiste esa libertad de elegir? ¿Realmente existe alguna alternativa viable al sistema público de educación? En este artículo vamos a hablar de dos alternativas: la escuela privada y la educación en casa (homeschooling).

La escuela privada

La alternativa más obvia a la escuela pública es la privada. Por escuela privada entiendo aquella institución absolutamente separada del Estado, tanto en el aspecto financiero como programático. La concertada, aunque en muchos casos presenta un grado de apertura y libertad mayor que la pública, sigue en la práctica subordinada a la regulación pública, en tanto buena parte de sus fondos los obtiene del Estado.

La escuela privada es superior a la pública tanto en libertad como en calidad. Los padres pueden elegir los colegios privados que mejor representen y difundan los valores en que quieren educar a sus hijos. No hay necesidad de homogeneizar e igualar a todos los alumnos. Cada familia tiene la opción y la libertad de elegir la formación de sus hijos.

Así mismo, poca gente discute –ni siquiera los izquierdistas– que la calidad de la escuela privada es superior a la de la pública. Generalmente, la izquierda suele explicar esta diferencia por la mayor dotación de medios de las privadas: si la escuela pública dispusiera de la misma cantidad de fondos, sostienen, obtendría resultados equivalentes a los de la privada.

Olvidan, claro está, que el gasto en educación no ha dejado de incrementarse durante las últimas décadas, parejo al radical empeoramiento de la calidad en la escuela pública. En realidad, la diferencia fundamental entre la escuela pública y la privada no es la cuantía de los recursos, sino el origen de los mismos. Cuando un empresario quiere obtener dinero debe ofrecer un producto de calidad que sirva al consumidor. Cuando el Estado quiere obtener dinero, le basta con subir los impuestos.

Un empresario privado está siempre buscando mejores profesores, mejores materiales y mejores métodos docentes. Los profesores, a su vez, se ven compelidos a mejorar y a aprender continuamente. En este proceso competitivo, los padres van seleccionando aquellos colegios que, a su juicio, tienen mayor calidad. Los peores empresarios y profesores quiebran, liberando medios y recursos que serán aprovechados por los mejores empresarios y profesores. En el mercado opera un círculo virtuoso que va mejorando día a día la educación de los individuos.

Por el contrario, la educación pública se preocupa más por granjearse el apoyo de los políticos. Sus clientes no son los padres, sino los burócratas. Es más: lejos de perseguir la superación, las escuelas públicas tienen obvios incentivos para empeorar. Si un colegio público es eficiente, automáticamente verá recortados sus fondos, que irán a parar a otros centros "más necesitados". En el sistema público conviene emprender grandes e improductivas inversiones para recibir ingentes sumas de dinero. Los directores que reducen costes ven disminuida su financiación.

Los profesores, por su parte, son funcionarios que tienen asegurado el puesto de por vida. No necesitan realizar un buen trabajo, ni mejorar su formación continuamente. Al profesor funcionario le basta aparentar que enseña a los alumnos, no necesita hacerlo realmente. Tal y como decían en los obreros de la URSS: "Ellos hacen como que nos pagan y nosotros hacemos como que trabajamos".

La educación pública padece un círculo vicioso de degeneración: control político, despilfarro gestor y contratos vitalicios. Todos los componentes para minimizar el esfuerzo y maximizar la financiación. Cuanto menos se trabaja, más excusas hay para pedir fondos. La quiebra en el sistema público es imposible, por muy malo que sea un colegio y su administración.

A pesar de las indudables ventajas de la escuela privada sobre la pública, los izquierdistas suelen justificar a ésta aduciendo razones de equidad. Sin la escuela pública, aseguran, no hay igualdad de oportunidades. Los pobres sólo podrían optar, en todo caso, a escuelas privadas de muy baja calidad.

Por desgracia para su verborrea, el profesor James Tooley se ha encargado de derrumbar estos mitos, que no por muy divulgados son menos falsos. Tras varios años de investigación en el Tercer Mundo, Tooley ha concluido que incluso los habitantes más pobres de los países más pobres tienen acceso a una educación privada de calidad, al menos, tan alta como la de la pública.

En concreto, en estos países más de dos terceras partes de los alumnos acuden a escuelas privadas. El gasto de dichas escuelas para pobres oscila entre el 7 y el 12% de la renta familiar mensual. En la mayoría de los casos, además, la calidad de las escuelas es superior a la ofrecida por la educación pública.

Si en el Tercer Mundo incluso los más pobres tienen acceso a educación privada de calidad, ¿acaso alguien duda de que en España, una vez se nos hubieran devuelto los impuestos que dedicamos a financiar una educación pública manirrota, también los más desfavorecidos (que, en todo caso, son más ricos que los ricos de esos países) tendrían acceso a una educación privada de calidad? La respuesta es evidente para todo el mundo salvo para aquellos que están empeñados en utilizar el sistema público de educación para adoctrinar a los españoles.

Educación en casa

Si bien la escuela privada es una mejora muy sustanciosa con respecto a la pública, la alternativa real se encuentra en el homeschooling, o educación en casa. Las escuelas privadas siguen basándose en esquemas gregarios donde una pluralidad de alumnos atiende colectivamente a un mismo profesor. Este modelo puede ser válido para las clases "magistrales" y especializadas de las universidades, pero se muestra claramente ineficiente en los niveles primarios y medios.

El homeschooling es un movimiento en expansión en EEUU, donde ya hay más de un millón y medio de niños que están siendo educados en casa. De hecho, en España todos los padres se dedican, en cierta medida, al homeschooling hasta que endosan sus hijos a un jardín de infancia o la escuela primaria. Los niños aprenden con los padres a caminar, a hablar, a leer y, en buena medida, a escribir.

La educación en casa parte, pues, de la idea de que extender esa formación hasta edades más avanzadas es sumamente beneficioso para los niños. De hecho, en EEUU la formación, tanto cultural como moral, de los homeschooled es infinitamente superior a la de los alumnos de la escuela pública o privada. Como nos explica Pablo Molina en su excelente análisis del tema, "en una de las investigaciones más exhaustivas realizadas al respecto, los escolares educados a través del Homeschooling en el Estado de Pennsylvania acreditaron una media de percentil 86 en lectura y un percentil 73 en matemáticas, tomando como percentil 50 la media nacional del sistema estatal". En la práctica es bastante frecuente encontrar a homeschooled recibiendo galardones nacionales por su inteligencia, preparación y cultura.

Recientemente, Kelly Kuerstein ofreció en nuestro país una serie de charlas en las que animaba a los padres disconformes con el adoctrinamiento de la LOE a practicar el homeschooling. Kuerstein relató alguna de las hazañas de la enseñanza en casa: "En EEUU, universidades como Harvard, Yale, etcétera, buscan a sus alumnos para que ingresen (…) a edades más tempranas, entre 15 y 16 años (…) Uno [de sus hijos] tradujo La Eneida a los 12 años, mientras que otro, a los 15, estudia Biología a nivel universitario".

El homeschooling es, por otro lado, mucho más barato que las escuelas públicas o privadas. La mayoría de los materiales necesarios se encuentra disponible gratuitamente en la Red –los recursos son innumerables: basten tres ejemplos en inglés (I, II y III) y uno en español–, y los padres pueden combinar el trabajo con la educación de sus hijos. Es habitual que varias familias con unos mismos valores morales establezcan sistemas rotatorios para dar las clases.

La crítica más habitual que suele hacerse a este método de enseñanza es la falta de socialización de los hijos. ¿Dónde encontrarán amigos si no acuden en manada a la escuela? Sin embargo, la objeción carece de fundamento. Algunos estudios recientes, como el del National Home Education Research Institute, han descubierto que los homeschooled son más sociables, entusiastas y extravertidos que los alumnos de las escuelas convencionales.

La educación pública segrega a los niños por edad, y el abuso escolar es harto habitual. Los alumnos están obligados a acudir a unas aulas donde pueden ser maltratados e insultados por grupos de jóvenes excluyentes. Si de algo no puede presumir la educación pública es de ser un espacio de concordia, integración y amistad.

El homeschooling permite combinar una excelente formación académica con un entero desarrollo moral. Los niños no sólo aprenden más y mejor, sino que son educados a la luz de las convicciones morales de sus padres. Una sociedad libre requiere de individuos libres, y la libertad pasa por reforzar los vínculos voluntarios y naturales, como la familia, frente a las cadenas totalizadoras del Estado.

Tras la LOE, quedan incluso más patentes las pretensiones absolutistas de nuestros políticos. Ya sea a través de la escuela privada o, preferentemente, de la enseñanza en casa, hemos de evitar que el Estado, tal y como pretendía el partido comunista ruso, nacionalice a nuestros hijos.

Así piensan los antitodo

Pero el mensaje real que impulsan los anticapitalistas no es este, la campaña es un medio para llegar a otro fin. Los anticapitalistas sostienen que la diversidad de oferta y la alta división del trabajo nos restan libertad y nos hacen ser las marionetas de los medios de comunicación y empresas. Es el mismo mensaje marxista de siempre pero actualizado.

Lo que no entienden estos grupos, que se sienten alienados y explotados por cualquiera que pase cerca de ellos, es que la diversidad es parte de la riqueza humana. Cada uno de nosotros somos ricos en facultades y actitudes que podemos explotar para beneficiar al resto de la comunidad a cambio de la producción que estas otras personas realizan de forma voluntaria. Prohibir que lo hagan sería esclavizarlos; y expropiarles parte de su producción por fines económicos, sociales o morales sería robarles (irónicamente los impuestos, que tan justos son para los anticapitalistas, se basan en esto). En el sistema capitalista no hay tiranía ni esclavitud, cada uno intercambia y produce según su elección. Si usted es persona de pocas ambiciones no le hará falta trabajar tanto como una que sí lo sea, si a usted no le gusta su trabajo es libre para irse a otro, si usted no quiere comprar algo no tiene porque hacerlo; ninguna empresa le pondrá una pistola en la cabeza para que actúe contra su voluntad.

La respuesta de los grupos anticapitalistas a la libertad suele ser que la sociedad también les condiciona y esclaviza obligándoles a actuar de una forma determinada. El ejemplo más común suele ser el uso del móvil, “si no tengo móvil me siento apartado de la sociedad, el móvil me esclaviza”. La sentencia es falsa. Ni un objeto, ni un ente global, disperso y difuso como la sociedad, nos puede hacer esclavos. Éstos no tienen voluntad propia y por lo tanto no nos pueden obligar a nada.

Toda acción humana, nos guste o no, tiene consecuencias, ya sean sociales o económicas. La reacción de estos grupos a la acción humana es reprimir la responsabilidad y libertad individual abogando por la omnipotencia estatal y por el planificador central que les diga qué hacer, cuándo y cómo. En esta situación no se ha de pensar, sólo obedecer. Su libertad es la esclavitud del resto. Y esta no es la definición de libertad, sino que encaja más en la definición de igualitarismo, socialismo o tiranía.

Afirmar que los pequeños lujos del capitalismo nos hacen esclavos es confundir todos los términos. Usted, quiera o no, tiene control sobre su televisor, éste no le da órdenes para que lo encienda, ningún anuncio nos puede obligar a comprar como unos posesos, su teléfono móvil tampoco le puede obligar a que lo encienda y envíe mensajes a sus amigos o familiares por más promociones que haga su operadora. Otra vez, un objeto material, inanimado y sin voluntad no nos puede esclavizar, sólo las personas individuales pueden conseguirlo mediante la restricción de la libertad individual y de mercado.

Es más, si cree que la televisión le lanza mensajes subliminales para neutralizar su ser puede tirarla a la basura y olvidarse de ella totalmente (yo mejor la vendería); pero si tomamos las medidas de los anticapitalistas, como que el estado apruebe una ley contra su libertad o propiedad por cualquier pretexto social, económico o moral no podrá hacer nada, sino callar y obedecer, revelarse le podrá salir caro.

Aquel que crea que puede conseguir un mundo perfecto impidiendo la acción humana, recurriendo a un visionario económico o social con grandes promesas de igualdad, es un ciego que sólo contribuirá a la destrucción de la libertad y prosperidad de cada uno de nosotros. El comunismo lo intentó, y los resultados fueron nefastos.

Nos libramos de la ONU

Mientras democracias y tiranías debatían si el futuro de la red de redes debía estar en manos de una de las primeras o en las de las segundas, en la calle un periodista de Libération recibía una paliza mientras un equipo de la televisión pública belga era atacado, según su relato, por policías de paisano. Y es que el futuro de la red de redes estaba siendo debatido en uno de los países que con más éxito logra bloquear el acceso de sus ciudadanos a fuentes de información contrarias al poder, según denunció Reporteros Sin Fronteras, lo que supone otra de tantas metáforas que describen esa ONU donde Libia puede presidir la comisión de derechos humanos o Irak la de desarme.

Tan sólo hay un elemento de Internet centralizado y, por tanto, expuesto al control político directo: la gestión de las direcciones o dominios, el “mapa” de las direcciones IP y su conexión con los nombres de dominio como libertaddigital.com. Regímenes liberticidas lo ambicionan porque, en su poder, podrían hacer “desconectar” de la red los nombres de aquellos que les incomodaran. Desde que Al Gore inventó Internet (risas enlatadas, por favor), el mundo ha tenido acceso al medio más libre que haya existido jamás y ha favorecido la aparición de un periodismo disperso que gusta menos a quienes menos disperso tienen el poder. Una gestión del sistema de dominios a cargo de la ONU, como se proponía en esta cumbre, hubiera llevado a aquellos países que más interés tienen en censurar, a poner el máximo interés para estar bien representados en la comisión de gobierno que se pudiera establecer. El siguiente paso sería encontrar buenas excusas, como el interés de la diversidad cultural o la alianza de civilizaciones digital, para empezar a meter mano al sistema.

La buena noticia de que Estados Unidos ha mantenido el control del sistema llevará, tarde o temprano, a la división del sistema de dominios. Actualmente existen poco más de una docena de servidores raíz que mantienen esa conexión entre números IP y nombres de dominio. Es harto probable que alguno de los países que más interés tienen en intentar domeñar la red, posiblemente China, monte su propio servidor raíz y obligue a todos los proveedores de acceso a Internet chinos a emplearlo. Se crearán así varios sistemas de nombres alternativos, aunque las diferencias entre ellos se limitarán, seguramente, a la supresión en las listas de nombres de aquellos sitios web que más aboguen por la libertad. En los países más libres, el sistema seguirá funcionando como hasta ahora.

La cumbre tunecina ha concluido con una declaración vacua y rimbombante que clama por la “solidaridad digital”, o algo parecido, cuyos contenidos a favor de la libertad de expresión incumple incluso el país donde se ha firmado y proclamado. Eso es la ONU, quien la conoció lo sabe.

20 de noviembre

Son muchos los males aún que aquejan a una gran parte de la humanidad. ¿Qué no sufrirán los más desvalidos entre los más pobres? Pero tenemos que reconocer si miramos a las últimas décadas, éstos problemas no solo no han empeorado, sino que han remitido de forma ciertamente espectacular.

El último Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas no tenía más remedio que reconocer que si bien el 40,4 por ciento de la humanidad en 1981 vivía con un dólar o menos al día, el porcentaje había caído en 2001 a la mitad, hasta el 20,7 por ciento. Y todo ello en dólares constantes, es decir, con el mismo poder de compra. La pobreza ha remitido en las dos últimas décadas, de la mano del avance de la globalización. Y los problemas básicos de los niños en el mundo son los mismos de la pobreza. La proporción de personas desnutridas ha caído del 29 por ciento de la población mundial en 1980 al 18 por ciento en 1996. En 1970, después de una mejora secular, todavía el 11 por ciento de los recién nacidos en los países en desarrollo morían antes de cumplir un año. En 1995 el porcentaje había caído a menos de la mitad, y ha seguido reduciéndose.

El trabajo ha sido parte de la infancia en toda la historia de la humanidad. En contra de lo que se cree, la novedad no es el trabajo infantil, sino su progresiva erradicación, que se ha producido según se ha ido extendiendo el capitalismo. El campo, la ganadería, la artesanía; los oficios de los padres han sido el lugar de trabajo de los hijos desde que han adquirido las primeras capacidades. La cicatería de la economía preindustrial hacía que los niños dependieran para su manutención, en parte, de su pobre aportación. Cuando las condiciones sociales han permitido la inversión nacional y foránea, cuando han llegado los capitales de fuera y han permitido un temprano desarrollo industrial en una sociedad aún predominantemente pobre, se han abierto nuevas oportunidades de trabajo al margen de la economía artesanal y agropecuaria tradicional. Un trabajo menos duro y con mayores remuneraciones. Las multinacionales, que se denigran desde la mala conciencia de occidente (a no ser que se vayan con viento fresco, entonces las criticamos por dejar de explotarnos), están bien vistas en los países en desarrollo, según una encuesta de hace dos años.

Pero el trabajo no es el estado ideal de la infancia. Y la prueba es que cuando han tenido recursos suficientes, los padres les han liberado de esa carga y la han cambiado por la de las mochilas. El trabajo infantil se ha ido reduciendo en los países capitalistas hasta prácticamente desaparecer. Dos de los mayores expertos en trabajo infantil, Eric V. Edmonds y Nina Pavcnik, han observado en un artículo llamado Child Labor in the Global Economy, que “el trabajo infantil parece ser casi por completo una cuestión de pobreza. No diría que solo de pobreza, pero tiene mucho que ver con la pobreza”. Estos expertos observaron en otro estudio la evolución del trabajo infantil en Vietnam en una época en la que abandonaba a marchas forzadas su economía cerrada y controlada para incorporarla al comercio mundial, con apertura de comercio y reformas económicas. De 1993 a 1998, cuando se hizo el estudio, la economía vietnamita obtuvo un crecimiento medio del 9 por ciento. En esos cinco años el trabajo infantil cayó nada menos que un 30 por ciento. Los autores observaron que “el trabajo infantil no parece variar con el gasto per capita hasta que las familias puedan cumplir con sus necesidades alimenticias; y entonces cae de forma dramática”.

No olvidemos los 20 de noviembre que la situación de los más pequeños entre los más pobres sigue siendo desesperada. Pero tampoco olvidemos que la pobreza remite en el mundo gracias al capitalismo. Los problemas de la infancia en el mundo son los de los más pobres, así que no hagamos caso a sus enemigos.

Las consecuencias del Estado del bienestar

La inmigración no es la causante de los disturbios, ni la falta de integración planificada del Estado, ni siquiera la famosa intervención de Sarkozy, sino algo mucho más profundo: las políticas progres que durante décadas han insistido en culpar a los ciudadanos de los continuos errores de los gobernantes. Imagínese un escenario donde no existen regulaciones estatales, leyes que fiscalizan a los individuos y mantuviésemos las fronteras abiertas (cualquier inmigrante puede venir e instalarse). Cualquier persona podría hacer lo que quisiera bajo su propia responsabilidad: quien trabaje duro y sirva a la comunidad a través del libre mercado (ofreciendo aquello que la gente más urgentemente necesita) triunfaría amasando riqueza y bienestar individual.

Eso es lo que ocurrió a principios de siglo XX en Estados Unidos donde oleadas de inmigrantes iban al país para labrarse un futuro. No iban para crear un país socialista, conseguir logros sociales o crear un súper gobierno, sino para su bienestar individual; y éste trajo el bienestar general. Invertir el proceso sólo lleva a situaciones como la francesa. En los Estados Unidos de principios de siglo nunca se dieron disturbios como los de Francia. La gente llegaba con lo puesto, trabajaba en lo que podía y aprendía el idioma mientras se iba integrando en la sociedad. Cuando lo conseguían y tenían un capital ahorrado (casi no pagaban impuestos, y los inmigrantes menos) montaban comercios, empresas, medraban en otros empleos y lograron dar a sus hijos un estatus con los que ellos jamás habían soñado en Europa. Ansias de progresar bajo la propia responsabilidad individual: sin seguridad social, sin casi impuestos, sin visionarios ingenieros sociales. Ese fue el logro de Estados Unidos.

Pero en el estado del bienestar las cosas van justo al revés. El estado promete de todo con el mínimo esfuerzo. La consigna que hemos aprendido, y los inmigrantes también, es “quéjate de todo, el estado te lo dará gratis a costa del resto de la sociedad”. Además, últimamente hemos ido más allá. Lo hemos visto en España con las continuas huelgas violentas donde el gobierno de ZP ha cedido a las primeras de cambio. En Francia han encontrado un filón, han quemado miles de coches, destrozado la propiedad privada de comerciantes y particulares e incluso han matado a una persona. ¿Y cuál es la reacción política? Ambigua, pero siempre totalitaria, típica del estado del bienestar: tolerancia cero para los ciudadanos, y por otra parte, los políticos y grupos progres piden más integración planificada del estado a costa del honrado trabajador y de las buenas personas de Francia.

Hemos visto fuertes restricciones por parte del gobierno francés contra la libertad individual que además no han servido de nada. ¿Y para qué? Los toques de queda sólo castigan a la gente honrada. Si el estado prohíbe que la gente que no salga a la calle lo único que conseguiremos es que los delincuentes se encuentren a sus anchas. ¿O cree que si el gobierno da toques de queda los delincuentes van a acatar sus órdenes?

El estado del bienestar ha generado esta situación, y es que aquel que lo fomenta es, sencillamente, un sociópata tal y como muestran sus consecuencias. Este sistema de los políticos no ha conseguido sus promesas. Ahora es el turno de la gente, no del estado. Los parches económicos y sociales no sirven sino que agravan el problema. El mal es un sistema en decadencia y obsoleto que niega la libertad individual, el progreso y el libre mercado. No busquemos la solución en más represión ni en más limitaciones a la libertad. Acabemos con el socialismo de los políticos y creemos un auténtico sistema del bienestar individual y Capitalista.

Liberación chapucera

Dado el poco interés que despertaba dicho dominio, puedo respirar con alivio, aunque unos días después de lo previsto, al haber logrado adquirirlo. No quiero ni pensar lo mal que lo deben haber pasado (y lo que te rondaré, morena) aquellos que se juegan algo más importante con el registro de dominios .es.

Carlos Blanco, blogger y empresario del gremio internetero, ha realizado un excelente seguimiento del proceso, al que ha tenido el acierto de bautizar como “Chapuzas.es”. Los fallos comenzaron el mismo día 8 por la mañana, cuando el sistema de registro se veía obligado a cerrar debido a la avalancha de solicitudes. Todos sabíamos que el número iba a ser alto, y se sabe que Red.es, la empresa pública encargada, había preguntado a distintas empresas el número de dominios que iban a solicitar para sus clientes. Se había escalonado el proceso, de modo que el primer día sólo se aceptaron registros de dominios cuyo nombre empezara por un número o las letras a o b, para ir ampliando durante los días siguientes. Cualquier empresa decente lo hubiera gestionado mejor pero, ay, eso de ceder el control a una empresa era excesiva libertad para el Gobierno.

Sin embargo, el problema más grave consiste en que, pese a estar restringido el registro a empresas y personas españoles o residentes en España, se dan numerosos casos de registro por parte de extranjeros. El conocido blog Microsiervos ha visto su dominio .es reservado por una persona física residente en Hong Kong cuyo nombre es “Net City Limited” (curioso nombre, pardiez). Es especialmente significativo el caso de numerosos dominios de 3 letras registrados por una empresa llamada EuroDNS a nombre de clientes extranjeros.

Como ejemplo paradigmático de la torpeza con que se ha manejado todo, tenemos el delicado asunto de los dominios de tercer nivel. El sistema de dominios se lee al revés. Así, los dominios de primer nivel son los últimos que aparecen al leer: .com, .org, .es, etcétera. Si adquieres un dominio de segundo nivel, como por ejemplo libertaddigital.com, tienes libertad para añadir los dominios de tercer nivel que quieras para emplearlos de la manera que gustes. A estos se les suele denominar subdominios. Por ejemplo, los suplementos de Libertad Digital ocupan subdominios como revista.libertaddigital.com.

En España, aparte de poder registrar dominios de segundo nivel, existen algunos de tercer nivel que también se pueden adquirir con sufijos como .com.es, .gob.es o .nom.es. Bueno, pues los responsables de la entidad empresarial pública Red.es permitieron que un malagueño registrara el gob.es y un estadounidense el nom.es, lo que dejó sin funcionar los 5.000 dominios que ya estaban registrados bajo esos sufijos, puesto que ahora era potestad de estos nuevos propietarios asignar esos dominios de tercer nivel como subdominios propios. La Asociación de Internautas tuvo que avisar a Red.es de la chapuza, publicada por uno de sus asociados, Javier Casares, y detectada por el propietario de la web Emoticonos.

Muchos dominios que han recibido varias peticiones están pendientes de revisión por parte de Red.es; habrá que mirar con atención los criterios que siguen. Lo que sí es seguro es que el gobierno declarará un gran éxito el elevado número de dominios registrados –con razón– pero olvidará mencionar la enorme frustración que ha provocado el proceso entre las empresas y los internautas españoles.

Francia y el Estado del Malestar

Imagínese que estos hechos estuviesen ocurriendo en los EEUU. Ya estaría oyendo a los medios de comunicación y los intelectuales de turno: “Es el resultado lógico del capitalismo salvaje”; “se trata de la una reacción a la explotación que estas personas sufren día tras día en el mercado libre”; “el neoliberalismo tiene sus días contados”; “cuando una sociedad atiende más a la egoísta libertad individual que a la igualdad de oportunidades no cabe otro final”… Pero no es en el país de las libertades donde miles de individuos salen a la calle a llevar a cabo una acción que no persigue un bien sino un mal económico. Ni siquiera es en EEUU. Todo esto tiene lugar en Francia, país contrario al liberalismo como pocos en todo occidente.

Los políticos franceses repiten sin cesar que una vez terminen los “incidentes” tendrán que mejorar las políticas sociales de integración. Están tan narcotizados con su corrección política, su demagogia social y su constructivismo estatista que no se dan cuenta que es precisamente ese, el Estado del Bienestar, el origen de todos estos males. La política francesa se ha caracterizado durante los últimos 30 años por denostar al mercado libre como gran solucionador de problemas sociales y asfixiarlo paso a paso a golpe de regulaciones y políticas sociales. Esas personas que salen de sus casas de protección oficial a destruir el fundamento de la civilización –que no es otro que la propiedad privada- han atendido las lecciones de funcionarios públicos que les han adoctrinado en sus derechos sociales y las obligaciones que el prójimo ha contraído con ellos por el hecho de ser más productivos. Reciben dinero en forma de subvenciones arrancadas a personas que han sudado para ganarse el sueldo. Disfrutan de la discriminación positiva por pertenecer a una minoría étnica, religiosa o cultural. Han recibido la siempre mediocre atención sanitaria estatal. Cobran subsidios de desempleo porque el fabuloso salario mínimo francés unido a la vergonzosa calidad de la educación estatal les mantiene fuera del mercado laboral y, sobre todo, llevan años escuchando a los políticos e intelectuales franceses justificar todo tipo de actos violentos públicos y privados en virtud de la situación social o económica del agresor.

Puede que tenga gracia que toda esta destrucción tenga lugar en Francia pero no es una casualidad. Los abuelos de estos destructores llegaron al país vecino en unos años en los que no existía el desempleo y en los que la inmensa mayoría de la población vivía del intercambio voluntario con otros individuos. En aquellos años el gran economista Jacques Rueff asesoraba al gobierno de De Gaulle como líder del Comité français pour la suppression des obstacles à l’expansion économique y difundía la superioridad, tanto económica como moral, de la economía de libre mercado.

Esa época de esplendor dio paso a la decadencia actual por falta de individuos de primera fila que, como Rueff, recordaran a la sociedad la importancia de la libertad individual para el mantenimiento del Orden Social. Mientras, el mercado libre iba siendo sustituido por el intervencionismo a todos los niveles y la gente obtenía cada vez más parte de sus rentas de lo que era capaz de quitarle a otros a través del aparato estatal, el relativismo ético y el nihilismo moral propio del “estado del bienestar” iba siendo ocupado por el odio, el rencor y toda clase de teorías destructivas como las que amueblan la cabeza de estos criminales que hoy calientan las noches al son de la melodía que interpretan conocidas redes terroristas. Los políticos franceses llevan más de un cuarto de siglo jugando con fuego y han terminado chamuscándose. Este, y no otro, es el modelo que nuestro gobierno quiere importar para España. Esperemos que la luz de los miles de coches incendiados sirva al menos para iluminar sus mentes.

Ecologismo y muerte

Dicho así puede resultar chocante o exagerado. Pero el ejemplo de la malaria y el DDT deja claro que no lo es. Rachel Carlson publicó hace ya 43 años un libro llamado Primavera silenciosa, en el que hacía una pavorosa exposición de los males que se derivan el uso del DDT. Esto sencillamente no es cierto. No es dañino para la salud humana ni siquiera en dosis altas. Ese estudio científico que demuestre la incidencia del DDT en la salud del hombre está por escribirse. Cuando se han encontrado efectos nocivos del DDT, ha sido con cantidades muy grandes, sin relación alguna con las que se necesitan para luchar contra la malaria, y son todo síntomas reversibles sin incidencia duradera en la salud.

Pero esta sustancia mantiene a raya la malaria, una enfermedad que se había llevado por delante a millones de vidas en África. En la misma época en que Rachel Carlson publicaba su libro. Zanzíbar logró reducir la incidencia de la enfermedad de un pavoroso 70 por ciento en 1958 a menos de un 5 por ciento en 1964. La enfermedad, sin haber desaparecido, había dejado de ser una amenaza para la población. Por algún motivo, la lucha entre el ecologismo y los ciudadanos del continente africano que recurrían al DDT contra la cruel enfermedad resultó ser claramente desigual a favor de los primeros. Es decir, en contra de los últimos. El éxito ecologista en la política llevó a la prohibición prácticamente total del DDT.

Primero en los Estados Unidos, en 1972 y bajo el liderazgo estadounidense a gran número de países en África y otras partes del mundo. Y eso que un informe del mismo año de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) había concluido que “el DDT no es cancerígeno, mutagénico o teratogénico para el hombre”, así como que los usos de este pesticida para luchar contra la malaria “no tienen efectos perniciosos sobre peces, pájaros, la vida salvaje o para los organismos fluviales”. Pero como la política y la ciencia son realidades inconexas, se prohibió el pesticida y reapareció la enfermedad. Cada 30 segundos muere alguien en África (generalmente un niño) que muere de esta enfermedad, que hace medio siglo estaba prácticamente erradicada.

En estos momentos varios países están volviendo al uso del DDT, sin rival en su bajo coste y gran eficacia. Zambia ha privatizado sus minas de cobre hace pocos años. Esto ha permitido que los empresarios retomen el control sobre la seguridad en sus empresas, por lo que han recurrido al pesticida, cuyo uso estaba prohibido. El primer año en que se volvió a utilizar dicho pesticida, el número de casos de malaria en la zona cayó en un 50 por ciento y al año siguiente en otro 50 por ciento. 2004 era el tercer año consecutivo sin muertes por la enfermedad. El ejemplo de la iniciativa privada ha llevado al gobierno a financiar el uso (por otro lado muy barato) del DDT. Millones de africanos tendrán la oportunidad de agradecer que este ejemplo cunda y se desoiga el mensaje ecologista.