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Privaticemos los recursos naturales

 

En cuestión de días, millones de hogares del mundo se han familiarizado con Terri Schiavo, su penoso estado, y la batalla legal y política que se ha producido en torno a la decisión de mantenerle artificialmente la vida o dejar de hacerlo. Muchas cuestiones se han discutido, como la crueldad de la muerte que le espera si se le desconecta, la legitimidad de su marido o de los padres de tomar la última decisión, el valor de la vida, el verdadero estado de Terri o los motivos detrás de la iniciativa de George W. Bush de crear una ley para que Terri Schiavo pueda seguir enchufada a una máquina, como sus padres desean.

No obstante yo me fijaré en un aspecto al que quizá no se le ha prestado la atención que merece, y es la cascada de decisiones políticas y judiciales que han llevado el caso hasta donde está. Hablamos de algo más que la vida de Terri Schiavo, que aunque importante, incluso estando mermada, no puede impedirnos apreciar que está en juego también la salud institucional de la democracia más antigua del mundo. Quizás esto último parezca exagerado, ya que estamos hablando, al fin, de un caso privado y que afecta a un número muy limitado de personas. Pero si vemos el asunto con más perspectiva podemos entender que las implicaciones de este asunto van mucho más allá.

Los datos básicos del caso son ya de sobra conocidos. Terri lleva doce años conectada a una máquina en un estado vegetativo que para muchos, para la mayoría, es irreversible. Sus padres luchan para que no se desconecte a la mujer de 41 años, mientras que su marido, que en este tiempo ha rehecho su vida, reclama el derecho de tomar la última decisión al respecto.

La corte del Estado de Florida dio la razón al marido de Terri, Michael, por lo que ella fue desconectada en 2001, reconectada de nuevo y tras desestimarse la apelación en 2003 vuelta a desenchufar. Entonces el Parlamento de Florida aprobó la Ley de Terri que permitía al Gobernador Jeb Bush intervenir y paralizar la desconexión. Una ley que luego sería declarada inconstitucional. Es en las última semana cuando todo se ha acelerado, ya que el viernes, 18 el juez estatal de Florida falla a favor del marido y ordena que se cumpla el deseo de éste de desconectar a Terri. En un movimiento de extraordinaria rapidez, la Cámara de Representantes aprueba el lunes siguiente una ley que otorga a los padres de la mujer tomar la decisión contraria. Finalmente la Corte Suprema de Florida ha rechazado la autoridad federal, ha restituido el derecho del marido e incluso los padres han renunciado a hacer nuevas alegaciones, a la espera de que se produzca el final desenlace.

Lo que resulta preocupante de todo este asunto es, en primer lugar, el intento por el Parlamento de Florida de entrometerse en una decisión judicial (han intervenido nada menos que 19 jueces en este asunto) aprobando una ley ad hoc. Ya sufrimos en España un caso homólogo en el asalto a Rumasa. Y en segundo lugar el intento de hacer lo mismo por las instituciones federales. En este caso se añade la intromisión del gobierno central en un asunto de ámbito estatal.

El menoscabo de los derechos de los Estados a favor del poder federal ha sido una trágica constante en la historia de los Estados Unidos. Pero siempre se había operado por argucias jurídicas. Unas elaboradas desde las alturas de mentes como Hamilton con su tramposa teoría del poder implícito, o la del Juez Marshall de la Corte Suprema. La mayoría consisten en burdos intentos de retorcer el lenguaje hasta el ridículo, con tal de matar el espíritu de la ley a puñaladas literales. Como interpretar como “comercio interestatal” la producción agrícola para consumo propio. Pero, en cualquier caso, siempre se ha recurrido a algún expediente, por muy falso que resulte en principio. Aquí ni siquiera lo hemos visto, fuera del mero deseo, siempre comprensible, de salvar una vida.

Pero el Derecho no debe atender a los deseos personales. Ni debe torcerse para alcanzar ciertos resultados concretos por muy justos o beneficiosos que nos parezcan. Friedrich. A. Hayek siempre ha recordado, junto con muchos otros, que la ley, para ser justa, ha de tener un carácter general. Y que no se pueden hacer excepciones basándose en juicios sobre la mayor o menor conveniencia de que se aplique en tal o cual caso, porque de ese modo se aniquila la misma idea de la justicia. Es precisamente ese el sentido de otorgar ceguera a la justicia.

Y por lo que a los derechos de los Estados en USA se refiere, la cuestión es del máximo interés. Porque el que éstos mantengan sus poderes supone un contrapeso que frenaría la acumulación del poder en el gobierno central. Los Padres Fundadores jamás previeron el inmenso poder de las instituciones federales y de hecho nunca hubieran bendecido muchos de los poderes del gobierno central que hoy tomamos como indisolubles. Pienso en la Reserva Federal (1913), el impuesto sobre la renta (1913) u otros.

Ese aumento del poder federal ha ido paralelo al derrumbe del Estatal en derechos tan decisivos como el de anulación o el de secesión, tras la Guerra Civil. En esta materia la hipocresía de republicanos y demócratas es total, ya que los últimos se han apuntado al carro de la defensa de los derechos de los Estados, mientras que en el caso de Roe vs Wade, que instituye el de abortar como derecho federal (pese a no venir en la Constitución) han optado por lo contrario, aunque nunca del lado de la defensa de la vida.

Aunque se pueden señalar todavía más incongruencias por el lado progresista, quiero destacar la hipocresía de los conservadores que se han saltado su tradicional defensa de los derechos de los Estados por un asunto que choca con otros valores morales que también comparten. Y un último apunte. Aunque George W. Bush podría poner en marcha una auténtica revolución liberal en las pensiones que, aunque limitada, contribuiría en el futuro a reducir el peso del Estado, también ha adoptado otro tipo de medidas que en demasiadas ocasiones van en el sentido contrario y que, desde una óptica liberal, merecen ser censuradas.

El caso de Terri Schiavo

El conservadurismo socialista, esa asfixiante corriente ideológica típicamente francesa -pero asimilada a día de hoy por la toda la izquierda europea- ha vuelto a perpetrar un crimen por estrangulamiento. Como casi siempre, las principales víctimas son el francés pobre y el pobre francés en general, pero la sociedad europea también pagará caro este nuevo triunfo del pensamiento único socialconservador.

Se trata de la retirada del proyecto de liberalización de los servicios en Europa. La propuesta de la Comisión Europea que parecía contar con un amplio respaldo consistía en que los bienes económicos que ofrecen los arquitectos, economistas, ingenieros, fontaneros y demás profesionales en forma de servicios, dejasen de estar restringidos por medio de agresivas regulaciones al territorio de los diferentes estados miembros.

El proyecto era de esas contadísimas cosas buenas que salen de la capital europea del intervencionismo y de la burocracia. Su esencia consistía en inhabilitar las barreras que impedían la prestación de servicios de todo tipo en países distintos al de origen o de residencia y así dar un importante impulso a la división europea del trabajo y del conocimiento. Suponía permitir una mejora cualitativa del mercado europeo al tiempo que éste se extendía hacia el centro y este del continente y hubiese permitido incrementar de manera significativa la productividad del trabajador medio y, especialmente, la de los trabajadores menos cualificados de Europa.

Los más aptos para prestar determinados servicios en mejores términos se hubiesen podido especializar y la mayor productividad de quienes finalmente ganasen el favor de los demandantes europeos hubiese beneficiado a aquellas personas menos cualificadas no sólo como consumidores sino como meros miembros de una sociedad más productiva gracias al mayor valor relativo que su cooperación adquiriría en los nuevos y mejores procesos de producción.

Es la maravilla del mercado libre: la extensión de los intercambios libres y pacíficos beneficia a toda la sociedad a través de la división del trabajo incluyendo a aquellas personas que están menos cualificadas o que poco han hecho por mejorar. Y es que el gran arquitecto o médico al que se le abren nuevos mercados no sólo empuja a otros arquitectos o médicos menos cualificados a especializarse en aquellos aspectos de su oficio que mejor saben hacer, sino que estará dispuesto a pagar más a quien le ayude a plegar sus planos o limpiar sus instrumentos.

Los políticos franceses, profesionales del agresionismo social –oficio al que a nadie se le ha ocurrido poner sanas barreras-,  han invocado la incompatibilidad del proyecto con el “modelo social europeo” para pedir su retirada. En el trasfondo está el cercano referéndum de la Constitución Europea en el país vecino y, en ese contexto, un posible guiño de los conservadores sociales a los social-conservadores franceses para ocultar las felices consecuencias de la libertad económica.

Nuevas víctimas del modelo social europeo

A finales del año pasado, Google llegó a un acuerdo con varias universidades para indexar una parte de sus bibliotecas y ponerla a disposición del público a través de su buscador Google Print. Chirac ha montado en cólera ante este ataque inaceptable contra la excepción cultura francesa y, como ha visto que Francia no es capaz de montar una alternativa ella sola, o que le saldría demasiado caro, ha decidido ampliar la injuria de la cultura anglosajona a toda Europa o, al menos, a los gobiernos que cree que puede engañar, que son el alemán, el español y el británico. Caso curioso este último, dado que el francés ha bramado contra el dominio de la cultura anglosajona y la lengua inglesa y, además, Oxford está entre las universidades que colaboran con Google.

La alerta vino del director de la Biblioteca Nacional Francesa. Tras reconocer que este proyecto acercaba a los países pobres al conocimiento de los más punteros, aseguraba que lo importante no era eso sino la consagración de "la supremacía cultural mundial" de Estados Unidos. Es decir, donde toda persona normal ve una oportunidad y un beneficio para todos, los burócratas franceses sólo ven hamburguesas y ketchup. Y la solución para tan crucial problema es subvencionar una cultura europea pensada como contraria y enemiga de la norteamericana, al gusto de Mercedes Odina.

No cabe duda de que la cultura europea es algo digno de preservar, como sabe todo el mundo que haya escuchado "A toda mecha", pero el modo escogido de hacerlo muestra claramente las razones por las que está de capa caída. En Estados Unidos, una empresa puntera desarrolla una tecnología y decide emplearla para poner a disposición del público gran parte del legado cultural escrito en la lengua de Shakespeare, esperando rentabilizarlo de algún modo, seguramente mediante anuncios. En Europa, los gobiernos reaccionan después, molestos, y anuncian un concurso público que costará millones de euros a los contribuyentes para intentar hacer lo mismo. Y digo intentará, porque seguramente acaben realizando un bodrio innavegable con estúpidas condiciones de uso, como las que mantiene la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y que ya denuncié hace dos años.

Esta iniciativa parece enmarcarse en la misma filosofía que el acuerdo para preservar la diversidad cultural firmado por Francia, Brasil y España, y que la ministra Calvo es incapaz de defender frente a la más mínima crítica. El principal problema de dicha filosofía es que las culturas no son un ente estático a preservar, sino algo vivo que necesita del intercambio como su comida y bebida. China, una cultura que se adelantó a muchos de los inventos europeos en siglos o incluso milenios, firmó su decadencia con la decisión de cerrarse al resto del mundo. Sonidos tan intensamente jamaicanos como el ska o el reggae no son más que una mezcla de estilos africanos y norteamericanos, que más tarde han influido notablemente en la misma música todopoderosa y arrasadora de EEUU. Los cineastas de la Nouvelle Vague conocían a la perfección a los clásicos norteamericanos y aprendieron de ellos, pero crearon un cine distinto que también acabaría influenciando las obras de los primeros. Pero eso es porque entonces a nadie se le había ocurrido la estupidez burocrática de la "excepción cultural". Pobres ingenuos, los Truffaut, Godard y compañía. Con Chirac no hubiesen necesitado innovar.

Si la envidia fuese tiña

Esta semana pasada los grupos de presión de turno nos han asaltado con documentos y propaganda anticapitalista con la excusa del día mundial del agua. Su mensaje es el de siempre: “estáis destruyendo el mundo, así que dejar de vivir como queréis y obedeced: no consumáis”. Lo mismo nos dicen sobre la electricidad, alimentos, etc.

Una de los principales argumentos para el “desarrollo sostenible” anticapitalista es la escasez. El agua, electricidad, recursos naturales, etc. son escasos y por tanto hemos de reprimirnos de su uso.

Pero la realidad es que todo lo que nos rodea es escaso: automóviles, casas, lámparas, educación, trabajo, etc.; y es por eso que todas las cosas tienen un precio. El precio es el mecanismo natural que regula las relaciones entre oferta y demanda. Si las cosas no tuviesen precio, y eso significaría que son ilimitadas, la economía no haría falta y todos viviríamos en el Paraíso: nada escasearía, no nos haría falta trabajar, todo lo tendríamos al alance de la mano.

Pero vivimos en un mundo donde la naturaleza no es capaz de crear coches, escuelas, DVDs, supermercados, ni nos lleva el agua a nuestras casas. En otras palabras, la mayoría de objetos materiales y servicios que la sociedad nos brinda son limitados y hemos de trabajarlos para vivir y satisfacer al resto de la comunidad.

Fue esta cooperación descentralizada y voluntaria la que creó el Capitalismo y la superabundancia posterior: cuando la gente trabajaba en aquello que más valoraba el resto de la sociedad, mejor vivía y más contribuía a la satisfacción de los demás.

En una sociedad no intervenida y libre todo aquello que tiene un valor y es escaso adquiere un propietario natural. El propietario trabaja su bien para ofrecerlo mediante el comercio al resto de la comunidad para ganar algo a cambio. La propiedad privada nace del trabajo de uno mismo o de lo que nosotros pagamos voluntariamente por el trabajo, voluntario también, de otro. Tanto oferente como demandante salen ganando de este intercambio pacífico, sino no se realiza.

Lejos de esta forma pacífica y voluntaria, la solución del estado ha sido nacionalizar y tomar por la fuerza los “recursos sostenibles” en nombre del “bien común” eliminando el disfrute de éstos a cualquiera: ha expropiado terrenos y casas, ha creado parques protegidos a los que no podemos acceder, zonas verdes que impiden el desarrollo económico y el posterior traslado forzoso de personas y empresas, precios máximos en el sector eléctrico que crean pérdidas a las compañías y posteriores cortes eléctricos para sus clientes, monopolios nacidos de los favoritismos políticos y corrupción, leyes y tributos sobre el suelo urbanizable que encarecen la vivienda, etc. Si nos creemos que por arte de magia los bienes se pueden multiplicar y redistribuir para todos por igual, lo único que conseguiremos es que no haya nada para nadie. La economía sostenible anticapitalista es la excusa política para sacarle al individuo su propiedad y libertad.

Si valoramos los recursos naturales por su utilidad y escasez, eso significa que tienen un precio, y si permitimos el acceso de estos recursos a sus legítimos propietarios —todo aquel que sepa encontrarle un lugar en el mercado—, éstos se cuidarán que persistan cuidándolos y comerciando con ellos a cambio de una recompensa económica; sino lo hacen, se les acabaría el negocio. Nadie crea una empresa para arruinarse, en cambio, al político le da igual las consecuencias de sus actos. El político siempre seguirá cobrando independientemente de lo que haga. Si lo hace muy mal lo destituirán pero le darán otro cargo con el mismo o mejor sueldo para que no se queje o no monte un escándalo.

Si nos desprendemos de la expropiación estatal (impuestos, leyes, licencias, patentes, etc.) conseguiremos un mundo sostenible, fructífero y Capitalista de verdad donde la escasez, a través del trabajo y afán de lucro empresarial, consiga la abundancia y riqueza para la comunidad y no de la comunidad como pretende el burócrata.

Europa, más atrasada que nunca

Europa está perdiendo el tren de las nuevas tecnologías. Según un informe de la asociación europea de comercios e industrias Eurochambres, Estados Unidos aventaja a Europa en veinte años en el campo de la investigación tecnológica. Los principales puntos del informe se pueden resumir en que:

– Las actuales cotas de inversión en I+D, productividad y empleo de la Unión Europea, en términos de PIB, fueron alcanzados por Estados Unidos a finales de los setenta.

– Concretamente, el nivel de empleo europeo en 2003 fue alcanzado por Estados Unidos en 1978.

– En lo referente a I+D, Europa deberá esperar hasta el año 2123 para equipararse a Estados Unidos.

– Por lo que se refiere al nivel de renta, en términos de PIB por habitante, Europa se colocó en 2003 donde Norteamérica ya estaba en 1985.

– Europa no alcanzará hasta el año 2056 las tasas de productividad por empleado que tiene actualmente Estados Unidos.

Si lo que estuviésemos comparando fuesen las economías de Europa con las de la India, por ejemplo, los economistas estatistas no tardarían en decirle que el “desequilibrio” se debe a factores como la formación, el conocimiento o la falta de inversión estatal; pero no hay razón para pensar que los empresarios y científicos europeos estén menos capacitados que sus homólogos americanos, al igual que no lo están los indios en relación a los europeos. ¿Cómo es que Estados Unidos está más avanzado que Europa? Por las políticas intervencionistas europeas.

Los mismos economistas estatistas, incapaces de encontrar una solución real al evidente atraso europeo respecto a Estados Unidos, le dirán que el “desequilibrio” ha de ser enmendado con más intervencionismo que se canalice hacia el sector de las nuevas tecnologías. Lo mismo le dirán sobre la “deslocalización”, la creación de empleo, “desigualdad de la mujer”, justicia social; en fin, sobre todo. El único objetivo de los gobernantes es culpar a cualquiera (libre mercado y sociedad) de sus propios errores para ir tomando cada vez más peso en la economía, la sociedad y nuestras vidas.

¿Y cuáles han sido las soluciones de los gobiernos de Europa para impulsar el mercado tecnológico? Tasas a los CDs vírgenes, regulación de las patentes, propaganda gubernamental contra los videojuegos, caras licencias para los operadores de telefonía móvil y para los nuevos servicios tecnológicos (como ocurrió con el UMTS), controles de precio en el sector de la comunicación, control de la competencia, subvenciones para los grupos de presión, más tributos a las nuevas tecnologías, el gobierno español está incluso “estudiando” gravar las líneas ADSL para recaudar más.

Más dinero para el estado es menos poder de elección para las empresas y particulares, y por lo tanto, menos dinero para el ahorro e inversión voluntaria. Ningún zar de la producción estatal puede saber mejor que el propio mercado y sociedad hacia dónde canalizar el dinero del consumidor, inversor y ahorrador.

El socialismo e intervencionismo no son la fórmula mágica a los malos datos económicos de Europa, sino el problema. La solución para Europa es la total libertad de mercado. Si mantenemos durante más tiempo el estado del bienestar permitiendo la intrusión estatal en la economía privada, Europa jamás podrá plantar cara a Estados Unidos ni al resto del mundo.

No es mi defensor

No hay figura más absurda y prescindible en todo nuestro ordenamiento constitucional que la del Defensor del Pueblo. Pero como tan sólo molesta a los que pagamos su mantenimiento por obligación, y no a los políticos, nadie ha propuesto eliminarla en ninguna de las futuras propuestas de reforma de la Constitución. Para poder salir en los periódicos y hacer como que justifica su sueldo, ha decidido proponer una serie de medidas que, pretendiendo ayudar a luchar contra la pornografía infantil, encarecen el uso de Internet y violan el derecho al secreto en las comunicaciones.

La LSSI-CE obliga a los proveedores de servicios de Internet a guardar durante un año los datos de tráfico de sus usuarios, pero al no desarrollarse en reglamento qué datos debían almacenarse la disposición no entró en vigor. El Defensor del Pueblo considera que se queda corta, y que un año es lo mínimo que deberían guardarse. Es posible que la policía no tenga medios para investigar con más rapidez, pero la culpa no es de los internautas si no de quien prefiere invertir nuestros impuestos en brigadas de ayuda a la SGAE. A cambio de más titulares que demonicen el uso de la red, nos veríamos obligados a pagar, además de nuestros impuestos, cantidades mucho mayores por disponer de una conexión a Internet, una cuenta de correo y un alojamiento para nuestra web, debido a los costes de guardar esos datos.

También pretende exigir a los proveedores de servicios de chat que controlen a sus usuarios y vigilen sus actividades; algo parecido a lo que pretende exigir el gobierno, a propuesta del sindicato vertical de editores y autores, a las compañías que ofrecen acceso a Internet para controlar si nos bajamos canciones de Ramoncín. Seguramente muchos de los que ofrecen ese servicio preferirán cerrarlo, incluyendonos seguramente a nosotros mismos, ya que el Defensor del Pueblo no va a pagar el sueldo de nadie para hacer esa vigilancia.

No obstante, lo más grave es que desea que esos datos de tráfico estén a disposición de la policía sin necesidad de autorización judicial previa. Cualquiera policía o guardia civil de, pongamos, Avilés, podría obtener los datos de todas las andanzas por Internet de, por ejemplo, Antonio Rubio y Fernando Múgica, ya que las correrías de Toro y Trashorras no les resultan de tanto interés. Y lo podrían hacer sin ningún problema legal, como si estuviéramos en los tiempos de la estatua ecuestre.

Es frecuente que en los estados dictatoriales haya menos delitos y más seguridad ciudadana. Los medios empleados para la represión política son muy útiles para la represión del delito. En este mismo país hay gente que añora a Franco porque con él "se podía andar tranquilamente por la calle". Enrique Múgica parece hallarse entre ellos, pues está proponiendo una serie de medidas con intención de luchar contra un delito repugnante pero, la verdad, sin demasiada incidencia en España en comparación con otros, a cambio de renunciar a libertades básicas. No me defienda más, por favor.

Harakiri a la europea

Cada vez que los ministros de economía de la zona euro se sientan a una mesa, nuestras carteras tiemblan. Cuando se sientan para decidir cómo enterrar las condiciones del pacto que trata de limitar el gasto en el que ellos mismos incurren con cargo a nuestras temblorosas carteras al nivel de los ingresos públicos, tiembla toda la sociedad. Y eso es lo que sucede mientras escribo este artículo.

Limitar el gasto a lo que se ingresa no garantiza el crecimiento económico –imagínense unas cuentas equilibradas con unos impuestos que confiscan el 90 por ciento de la renta- pero incurrir en déficit público constituye una verdadera liposucción para las vacas de la economía. Un mayor nivel de gasto público –con o sin déficit- implica un uso de los recursos crecientemente distanciado del que les darían los consumidores: Un desequilibrio económico inducido por el afán de gastarse el dinero que previamente se les quita a los demás con la excusa de gastarlo en lo que verdaderamente les conviene. ¡Cómo si los individuos se chupasen el dedo!

El déficit público tiene que cubrirse con impuestos adicionales, inflación o deuda pública y la perspectiva de cualquiera de estas medidas deprimen la ya de por sí anémica eurozona. La primera invita a salir a por tabaco con el capital y no volver nunca a casa, la segunda distorsiona todo la estructura productiva por la descoordinación intertemporal que provoca y la redistribución forzosa de recursos que implica y, por último, el incremento de la deuda pública asfixia los proyectos empresariales privados al elevar la escasez relativa del crédito. Al mismo tiempo estas medidas hacen tambalear los fundamentos del valor del euro y, en consecuencia, el poder adquisitivo de nuestros ingresos.

¿Qué les impulsa a nuestros señores ministros a desvirtuar el pacto en torno al equilibrio presupuestario en Europa? Sobre esta cuestión sólo cabe especular. Es posible que una explicación consista en la vieja y arrogante convicción de que el dinero gastado por un gobernante obra milagros multiplicadores que no puede conseguir el gasto del mismo dinero por parte de sus legítimos propietarios. Pero es más probable que estas fábulas no tengan hoy el predicamento ni el influjo que tuvieron en el pasado y que la clave de esta defunción programada a base de flexibilización haya que buscarla en la presión por parte de los gobiernos manirrotos y poderosos para que las medidas que un día impusieron a los demás, no les sean aplicadas a ellos ahora que han convertido sus países en solares donde pocos se atreven a producir y demasiados se animan a vivir del gasto público.

Quizá a los señores ecofines les convenzan más las palabras directas de Juan de Mariana que una tonelada de razonamientos económicos: “No puede el rey gastar la hacienda que le da el reino con la libertad que el particular los frutos de su viña ó de su heredad".

Incompetencia y monopolio

Desde que lo planteara Adam Smith en el mismo título de su obra más influyente, la riqueza de las naciones ha sido constante preocupación de economistas y reformistas de toda laya. Ese interés se reavivó con el final de la II Guerra Mundial, quizá por el surgimiento de una verdadera conciencia social. Quizá porque, pásmense, al capitalismo se le acusaba de crear miseria en los países en los que no se había implantado. Este interés por el desarrollo y por la pobreza solo se ha incrementado con los años, como legítimo interés por la suerte de millones de personas, o como una excusa más para acusar al capitalismo de todos los males del mundo, aunque fuera en las áreas donde éste no estaba presente. En casos como el de Etiopía se llegaba a acusar al capitalismo de las hambrunas causadas por el socialismo. Esa búsqueda de las claves del desarrollo, hecha desde las más prestigiosas universidades de Occidente, llegó a invertir los términos del programa de investigación de Adam Smith y en lugar de la riqueza se buscaba las causas de la pobreza. El planteamiento no podía ser más erróneo, porque la pobreza es la misma condición del hombre. Venimos al mundo absolutamente desamparados y sobrevivimos con la riqueza que puedan generar nuestros antecedentes, o la que hayan acumulado.

Se ha probado de todo para aliviar la pobreza de las sociedades más desposeídas; desde el proteccionismo a la planificación central o a la esterilización masiva y forzosa. Un nuevo ejemplo este último de cómo la izquierda puede llegar a ser de lo más reaccionario y racista cuando se pone. Muy alejada de estas propuestas socialistas, en la segunda mitad de los ‘70 comenzó a hablarse de otra, el microcrédito, que podría resultar por fin en un buen instrumento para el desarrollo económico y social. La idea es muy sencilla. Concedamos créditos a los más desposeídos, pero que tengan el interés por salir adelante creando una pequeña empresa, para la mejora de la casa, o para otros fines, como la educación. Parece de lo más razonable pues, en principio fomenta el esfuerzo, la responsabilidad individual, el progreso personal y de la sociedad. Uno no puede evitar acordarse del proverbio sobre dar pescado o enseñar a pescar.

Pero por muy valioso que sea este avance en el sistema financiero, el microcrédito puede quedarse en la pretensión de construir una casa sin cimientos. Lo esencial no consiste en hacer llegar una pequeña cantidad de dinero a una familia de Calcuta, sino en convertir ese dinero en capital. Y para ello es necesaria la definición y protección del derecho de propiedad. Como ha explicado brillantemente José Ignacio del Castillo “sin propiedad privada, sin mercados y precios, sin división del trabajo y sin empresas, sencillamente no hay capital. Quizás habrá otras cosas: máquinas, edificios, tecnología, obreros. Pero no el alma que hace que todo eso funcione”. De nada valen 300 euros para una miroempresa si su creación cuesta cinco veces esa cantidad; si las regulaciones e intervenciones no le permiten funcionar adecuadamente. Un reciente estudio realizado en Filipinas muestra precisamente que, en palabras de su autor, si bien el microcrédito ha servido adecuadamente como ayuda para las necesidades básicas, no ha resultado en un instrumento útil para el desarrollo en ese país, ya que “la microfinanciación (…) no atiende las verdaderas causas de la pobreza”, que están en el mantenimiento de una economía regulada, asfixiada por las intervenciones, y que no reconoce adecuadamente, ni protege, los derechos de propiedad. Esto es, los derechos del individuo.

El propio Banco Mundial, que tan dado ha sido a fomentar ayudas públicas y aventuras estatales de toda condición, reconocía recientemente en un importante estudio que las regulaciones son un auténtico impedimento para la creación de riqueza de los que menos tienen. En la explicación por The Economist del informe, “en Haití, por ejemplo, registrar una compañía lleva 203 días, que son 201 más que en Australia. En Sierra Leona cuesta un 1.268% del ingreso medio per cápita, comparado con nada, en Dinamarca” y “en conjunto, las empresas en los países pobres cargan tres veces los costes administrativos y tienen que luchar en el doble de procedimientos administrativos”.

No quiere decir ello que los microcréditos no sean una institución válida, pero sólo lo será cuando se concedan sobre la seguridad de poder emplearlos con libertad.

Microcréditos, regulaciones y desarrollo

Una de las asociaciones más divertidas de los últimos tiempos es la Asociación de Compositores y Autores de Música. Aunque fundada en 1995, sólo en el último año ha decidido mostrarse al público como la versión radical de la SGAE y enemiga impenitente del progreso y la modernidad, es decir, de Internet. Liderada por músicos de tanto éxito, calidad y presencia activa en la escena musical actual como Caco Senante o Teo Cardalda –que levante la mano quien haya escuchado algo creado por ellos en la última década–, su discurso público se ha centrado en pretender hacer pasar a Teddy Bautista por un moderado. Es algo así como la labor que intentó hacer Michael Moore con John Kerry y, previsiblemente, con los mismos resultados: confundir los discursos de uno y otro y hacerlos parecer a ambos como el ala más izquierdista del partido demócrata.

Su último hallazgo ha sido hacer "reconocer" a Telefónica que el 80% del tráfico de las líneas ADSL consiste en intercambio de archivos. A partir de ahí llega el delirio. Puesto que ha 2.800.000 líneas instaladas y cada una cuesta unos 30 euros, Telefónica ingresa 840 millones de euros. De ahí se extrae el 80% y, de lo que nos queda, el 66’6% que correspondería a archivos musicales, de lo que nos quedan 447 millones de euros que Telefónica ingresa a costa de los sufridos músicos, frente a los 300 que factura la industria discográfica española.

El cálculo es completamente ridículo.En primer lugar porque todas las calculadoras consultadas por este reportero informan de que 2.800.000 multiplicado por 30 da un resultado de 84 millones y no 840; un extremo confirmado por el viejo método del lápiz y papel, para que nadie ose culpar de esta conclusión a dispositivos tecnológicos seguramente implicados en el robo masivo de propiedad intelectual musical. Si la cifra de 840 se refiere a facturación anual, como aseguran, entonces la cifra correcta sería de 1.008 millones, lo que demuestra que ponen tan poco cuidado en las cifras que se equivocan en su contra.

No obstante, lo realmente importante es que las cuentas de la lechera de la ACAM confunden interesadamente un coste, el mantenimiento de caudal suficiente para hacer frente a ese tráfico de intercambio de ficheros, con un ingreso, lo que pagan los usuarios por esas líneas. Es cierto que una teórica prohibición efectiva de dichos intercambios reduciría el número de líneas instaladas, pero no se puede saber en qué medida. Hasta es posible que las empresas de telecomunicaciones salieran ganando al ser menor la pérdida de ingresos por líneas contratadas que el ahorro en el mantenimiento de dicho caudal de tráfico. Porque lo que la ACAM no puede saber es el número de internautas que dejarían de pagar el ADSL por una prohibición del P2P y, de hecho, ni lo intenta. Tan sólo pretende convencer primero a los periodistas y luego a los usuarios de que ese porcentaje es del 80%.

Como campaña para intentar obligarnos a pagar un canon por el uso de Internet es un poco chapucera aunque, como los mentirosos documentales de Michael Moore, igual convencen a alguien. Lo divertido sería que los principales blancos de los ataques de esta asociación, Telefónica y la Asociación de Internautas, por otro lado enemigos casi naturales, terminaran uniéndose para hacerles frente. Pero este apéndice de la SGAE es tan poca cosa que, la verdad, dudo que ninguno de los implicados se moleste.

Las cuentas de la lechera

Explotado es aquel que trabaja para otro de modo abusivo y contra su voluntad. El término se usa de forma subjetiva y arbitraria; todos estamos explotados: explotados por nuestra empresa, familia, amigos, por la sociedad… Pero si intentamos ser más objetivos podremos encontrar una auténtica definición para el término dándonos cuenta que la palabra “explotado” sólo se produce cuando actuamos contra nuestra voluntad por miedo a represalias sobre nuestra persona o personas queridas.

Por ejemplo, si nos cansamos de nuestra pareja podemos romper la relación sin miedo a represalias. Tal vez pueda ser personalmente duro, pero no tendremos porque sufrir por nuestra integridad física. En el terreno de la libre empresa también ocurre lo mismo. Una empresa privada no puede explotarnos realmente, en el momento que nosotros queramos, podemos dejarla e irnos a otra.

Los actos libres y voluntarios jamás se pueden considerar “explotación”, sólo la esclavitud nos explota. No podemos abandonar a nuestro esclavizador porque sino las consecuencias pueden repercutir incluso contra nuestra vida. Esclavitud y explotación, pues, es trabajar contra nuestra voluntad para otro bajo pena de castigo físico, y el mejor ejemplo actual lo representa el estado por medio de los impuestos: si se declara en insumisión fiscal, los agentes del gobierno vendrán a apresarlo; y si se defiende, las consecuencias serán nefastas para usted.

Esta semana el periódico económico Expansión traía una noticia con un titular muy sugerente: “El Estado se queda con el 38% de lo que pagan las empresas por sus empleados”. Si usted es un asalariado y la empresa en la que trabaja le paga, por ejemplo, 1.000 euros mensuales, 380 son incautados inmediatamente por el estado. En otras palabras, de los 1.000 euros pagados por la empresa, usted sólo verá en su nómina 620 euros netos.

Añadamos que la carga impositiva no termina ahí. Sumémosle los numerosos impuestos estatales, locales… Por ejemplo, el día de la libración fiscal —tax freedom day—, indicador que mide el número total de días en los que usted contribuye al mantenimiento y engorde del estado, se produce, en España, a mediados de mayo; es decir, usted está trabajando ¡cuatro meses y medio única y exclusivamente para el estado! El estado le obliga a trabajar gratis aunque no quiera ya que los impuestos son un “tributo sin contraprestación”. Los impuestos, pues, son una forma de explotación y esclavitud.

Los técnicos del estado no le dirán lo mismo. Esquivarán decirle qué son realmente los impuestos recurriendo a falacias técnicas como que los impuestos son económicamente neutros y “voluntarios”. El dinero incautado por el estado a la sociedad civil —le dirán— es redistribuido para conseguir una sociedad más igualitaria, solidaria y mejor.

Pero incluso mirándolo desde este enfoque la realidad no puede ser más diferente. Si penalizamos a las empresas e inversores nacionales y extranjeros con impuestos lo único que conseguiremos es que se vayan a otros países; si penalizamos a los trabajadores con más impuestos sólo conseguiremos que el país cree menos producción útil y más desempleados; y si penalizamos al consumidor con más impuestos sólo lucharemos por tener precios más caros, un mercado más rígido y menos poder de elección en qué gastar nuestro dinero. Si imponemos la solidaridad y el igualitarismo por la fuerza seremos económicamente más débiles, menos libres y dependeremos más del estado.