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La deuda importa. Y mucho

“They started to fight when the money got tight and they just didn’t count on the tears”. Billy Joel.

Bruselas ha vuelto a mostrar la inconsistencia de las cuentas públicas presentadas por el Gobierno español. En su informe sobre los Presupuestos suspende al ejecutivo tanto en los gastos como en los ingresos.

El presupuesto, según Bruselas, es el peor de Europa en cuanto a cálculo de gastos. El Gobierno de Sánchez infraestima el gasto en 20.000 millones de euros, según Bruselas. No solo eso.

Según Bruselas España es también el país que peor calcula los ingresos, recuerda que han inflado en 1.000 millones al menos las estimaciones por nuevas figuras fiscales y que hay partidas de ingresos sin justificar. Todo esto es especialmente relevante ante un aumento de deuda sin precedentes.

El Gobierno de España endeuda al país en 630 millones al día, más que ninguna economía de la eurozona. De hecho, según el IIF, España es el país de la eurozona que más rápidamente se endeuda.

Es fácil decir que todo esto es por la pandemia, pero la realidad es que el Ejecutivo español se ha negado a priorizar gastos y gestionar de manera prudente y ha aumentado de manera peligrosa el déficit estructural -el que se genera crezcamos o no-, hasta casi duplicarlo.

Todo esto importa, y mucho. España se mete en un agujero anual sin precedentes y depende al 100% de la paciencia y generosidad de Europa. Pero el efecto placebo de los bajos tipos de interés y la liquidez del BCE disfrazan el riesgo durante un tiempo, pero no lo eliminan.

Usar el espacio fiscal puede ser un arma de doble filo. Si España usa el espacio fiscal que nos ha concedido la Unión Europea para crear empleo, crecer y fortalecer el tejido productivo se mantiene la solvencia del país, y luego se reduce el déficit y con ello, el riesgo. El problema es que el Gobierno de España está consumiendo el espacio fiscal para aumentar desequilibrios estructurales, como refleja Bruselas en su informe, y perpetuar gasto no esencial y la grasa burocrática.

La deuda improductiva acumulada significa menos crecimiento, menos productividad y con ello menos salarios reales y menos crecimiento de empleo en el futuro. Si además se usa el déficit para aumentar gasto corriente y burocrático, se cercena la capacidad del país de salir adelante y se pone en peligro la sostenibilidad de los servicios públicos, algo que ya alerta Bruselas también.

El aumento de deuda desbocado de España ni le está pasando a todo el mundo ni se está usando de la misma mala manera. No es solo un problema de que España aumente su deuda más que sus comparables y, además, que vaya a tener el mayor déficit de la Unión Europea en 2020, 2021, 2022 y 2023 según las estimaciones de consenso de Focus Economics y Bloomberg.

Es que el Gobierno de España está despilfarrando el espacio fiscal en gasto corriente mientras, a la vez, sube impuestos y pone más escollos a la creación de empleo y crecimiento. Doble efecto negativo.

Los países líderes de nuestro entorno se están endeudando también, aunque no al nivel tan preocupante de España, pero todos reconocen que se debe usar el espacio fiscal para crecer más y crear empleo más rápidamente. Por eso los países líderes han aumentado el endeudamiento haciendo tres cosas:

– Priorizar gasto corriente eliminando gasto innecesario para acomodar el gasto sanitario.

– Bajar impuestos y ayudar con fondos directos a las empresas para preservar el tejido productivo y empresarial.

– Bajar cargas fiscales y burocráticas para crear más empleo y recuperar los trabajaos perdidos lo antes posible.

El Gobierno de España es el único de la Unión Europea que no ha hecho ninguna de estas cosas, sino -y eso es lo que aterra- lo contrario. Aumentan gasto corriente y despilfarro de época de bonanza como si la crisis no existiese, suben impuestos al consumo y la inversión y ponen escollos burocráticos y mantienen las subidas de cargas fiscales al trabajo de 2018 y 2019.

Por eso la deuda de España no es “igual” que la de otros países. Ni en cantidad ni en calidad. No solo porque nos endeudamos más y más rápido que nuestros comparables, sino porque la deuda improductiva que acumula el Gobierno de España es la que la inmensa mayoría están asumiendo. Deuda improductiva que no solo no genera crecimiento y empleo futuro, sino que lo detrae.

El Gobierno de España acumula más deuda improductiva para financiar gasto innecesario y además pone escollos a los tejidos productivos que ralentizan y empeoran la recuperación.

La deuda no es un apunte contable, como dicen algunos. Lo desmonté en su momento en este artículo sino que, además se está acumulando deuda improductiva, es decir, aquella que no genera ningún apalancamiento y fortalecimiento posterior.

El uso indiscriminado de todos los mecanismos de crédito de la Unión Europea para sostener una burocracia y gasto corriente de época de bonanza no es una política social, porque genera dos problemas a medio plazo: estancamiento y riesgo de insolvencia.

El que se crea que esto lo soluciona el BCE eternamente tiene un problema con la realidad y con la historia (¿nos hemos olvidado de que el BCE no evitó las crisis anteriores ni el estancamiento posterior?).

Aterra pensar que el Gobierno de España piense que este enorme despilfarro de espacio fiscal no es una oportunidad perdida que vendrá a generar mayores problemas en el futuro. La política del avestruz ya generó que España se enfrentara a 2020 con menos capacidad fiscal por haber aumentado gastos y déficit en bonanza.

Más deuda no significa más políticas sociales ahora, significa menos crecimiento, menor fortaleza del empleo y menor crecimiento de la productividad en el futuro. Y lo vamos a sufrir todos, excepto los miembros del Gobierno, que se benefician del reguero de millones para gasto discrecional y burocrático.

Presupuestos: presente pomposo y futuro vacío

Afinales del mes de octubre se publicaban los Presupuestos del Gobierno de España para el año 2021 en la página del Ministerio de Hacienda. Bajo el eslogan “España puede”, el Gobierno nos presentaba lo que pomposamente ha bautizado como “los presupuestos para la transformación”. Desde entonces, muchos han sido los analistas que han desmenuzado los capítulos de gastos, las previsiones, las cuentas del Estado. En otras palabras: lo que nos espera.

Además de otros trabajos, a mí me gusta leer los informes que presenta el Instituto de Estudios Económicos (IEE) que preside Íñigo Fernández de Mesa. Fiel a su cita, el IEE publicaba el 11 de noviembre un completo informe señalando las luces y las sombras de unos presupuestos generales muy decepcionantes.

A la grandilocuencia de la retórica gubernamental se le une una descarada falta de respeto a las reglas más básicas de la higiene fiscal, no ya para una declarada liberal, como yo, sino para cualquier economista con dos dedos de frente.

Inevitablemente, viene a mi mente la cita de H.L. Mencken, que he leído en el libro The Myth of the Entrepreneurial State, de McCloskey y Mingardi, recién salido del horno. Mencken afirmaba que “cada elección es una especie de subasta de bienes robados”.

Los Presupuestos de Sánchez lo son. El aumento de la discrecionalidad así lo señala. También se caracterizan por reforzar la dependencia económica y dificultar el progreso económico futuro. En efecto, si se descuentan los efectos previstos de los fondos europeos, que aún no nos han concedido y no hemos ingresado, nos hallamos ante una actuación estatal muy pobretona, que focaliza el grueso del gasto en prebendas electorales disfrazadas de “gasto social”, y deja para lo que nos llegue de la UE la inversión de capital.

Ni siquiera cumplen el rol de “estado emprendedor” que desmontan Deirdre N. McCloskey y Alberto Mingardi en el libro citado. Si la intervención del Estado en el desarrollo tecnológico no es a coste cero, como defienden estos autores, qué se puede decir cuando la expansión del gasto del Gobierno es, en su mayor parte, gasto corriente.

Como bien afirma el informe del IEE, es una expansión “que no se puede justificar” en tanto que contribuye al crecimiento potencial, “al tiempo que, por su naturaleza, tiene un mayor riesgo de convertirse en gasto estructural”. Es decir, el gasto corriente tiende a enquistarse y convertirse en permanente.

El IEE aconseja tener en cuenta este problema y considerar que habrá que ir sustituyendo las políticas de apoyo a corto plazo por otras de rango temporal mayor que fomenten crecimiento y empleo. Para ello, proponen, entre otras cosas, una mejora en la colaboración público-privada o una mayor externalización de los servicios públicos. Anatema. Mucho mejor la discrecionalidad gubernamental. Porque, como todo el mundo sabe, cualquier persona en el ámbito del sector privado es un truhan y en el del sector público es un señor.

Pero, como me comentaba el secretario del IEE, el economista Gregorio Izquierdo, no nos damos cuenta de que un aumento del gasto estructural, teniendo en cuenta que a partir del 2022 la Unión Europea volverá a exigir ajustes de déficit y deuda públicos, significa también un aumento de los impuestos, no solamente de hoy, sino también en el futuro.

La razón es muy simple: si la posibilidad de endeudarse está limitada, los gastos se pagan con ingresos, y esa regla aplica también al presupuesto público.

Es decir, por un lado, hay que ser conscientes de que, por suerte, la mala situación económica se irá suavizando, se irán recuperando niveles de actividad. Seguramente tardemos en volver a los de antes de la pandemia, pero la excepcionalidad no puede prolongarse mucho tiempo.

No ya solamente por el deterioro de las economías, sino también porque se crea un hábito en los gobernantes, que se acostumbran al incumplimiento que hunde frente al rigor que asegura la sostenibilidad. Así que, en un par de años, probablemente, tendremos que cumplir, como todos, con las reglas europeas que tratan de asegurar la estabilidad económica en la región.

Si este Gobierno está propiciando el aumento del gasto estructural, y además se trata de un gasto ineficiente, que no promueve ni a medio ni a largo plazo el crecimiento económico, el Gobierno que esté en ese momento solamente va a tener dos salidas: incumplir o subir impuestos.

Un regalo envenenado del Gobierno bicéfalo Sánchez-Iglesias, quienes, no contentos con arrasar con el estado de derecho en nuestro país, también están echando sal a las raíces del aparato productivo, de manera que, cuando se vayan, esto será un erial. Si se van.

La base del funcionamiento de nuestra sociedad y, probablemente, de cualquier grupo humano, es la combinación de cumplimiento y confiabilidad. Una cosa lleva a la otra. Cumples, me fío. No cumples, no me fío.

Si cualquier observador internacional ojea estos Presupuestos, lo normal es que no le parezcamos muy confiables ni ahora ni después. Porque aseguran que el riesgo de incumplimiento de las reglas del club va a ser alto durante mucho tiempo. Y, siendo realistas, ¿quién querría tener un socio así a su lado?

Si unimos las piezas, resulta que estos presupuestos nos hacen más dependientes de la ayuda europea, porque es la encargada de financiar lo relevante, y a la vez, nos sitúa en el grupo de los países poco confiables de cara a esa misma institución que nos tiene que dar dinero. Un despropósito.

Quebrar el país no es una política social

“Silver linings may disappear but they always shine”. Ronnie James Dio.

Es curioso que nos intenten vender que hundir y quebrar a un país es una política social. Disparar el déficit y hundir la economía productiva no solo ponen en peligro el bienestar de las generaciones futuras, sino que hacen insostenible lo que los radicales de izquierda fingen defender: el sector público.

Estos Presupuestos (lean el análisis completo aquí) no son un “carpetazo a la austeridad” ni “el fin del modelo neoliberal” como repite Pablo Echenique. Son un carpetazo a la solvencia y hacen a España mucho más dependiente de la ayuda del contribuyente alemán.

Curioso que se vanaglorie del final del inexistente modelo neoliberal mientras se suben a la espalda del máximo exponente de sus críticas. Fabuloso éxito de la ultra-izquierda, subordinar toda la economía española a la paciencia financiera de otro país.

Lo que muestran estos Presupuestos es que los hilarantes anticapitalistas de hoy en realidad son los más capitalistas de todos. Subordinan la economía española al fruto del ahorro de otros y al crecimiento del capitalismo mientras se suben el sueldo y se compran mansiones a cargo de los impuestos de los contribuyentes. No son anticapitalistas, son sanguijuelas del capitalismo.

Estos Presupuestos no son el fin de la austeridad. Son la evidencia de que vendrán enormes recortes en el futuro tras el exceso actual, igual que ocurrió en 2009 cuando disparamos el déficit y los desequilibrios porque “tenemos margen”. Los excesos de gasto innecesario de hoy son siempre los recortes de mañana.

Piénsenlo por un momento. El Banco de España y la AIReF han alertado que las estimaciones de estos Presupuestos no son creíbles y que el gasto está disparado. El gasto se eleva más de un 50%, con un déficit que el propio Gobierno reconoce que no bajará del 7% en 2021.

¿Fin de la austeridad y del modelo neoliberal? Hay que tener rostro para decir eso cuando llevan las cuentas públicas al mayor déficit de la Unión Europea en 2020, 2021, 2022 y 2023 en todas las estimaciones.

Ni el apoyo del Banco Central Europeo ni el Fondo de Recuperación de la Unión Europea disfrazan el aumento sin control de subvenciones, gasto político, sueldos de personal de libre designación, estructuras clientelares.

El que piense que el apoyo del BCE y de Europa va a evitar los enormes recortes que van a ser necesarios para equilibrar las cuentas tiene un problema de memoria. El gobierno está haciendo exactamente lo mismo que se hizo en 2009, fiarlo todo a Europa y al BCE, aumentar masivamente el gasto y los desequilibrios, pero esta vez lo hace sin espacio fiscal y con la evidencia de que tras los excesos de 2009 llegaron los ajustes de 2010.

Un país que en las estimaciones de ciencia ficción del Gobierno (crecimiento de más del 9% en 2021) genera un déficit mínimo de 94.000 millones de euros es un país quebrado cuyo Gobierno pone en peligro a los miles de funcionarios y dependientes a los que dice defender.

Estos Presupuestos, además, no tienen nada de social. Suben los impuestos al consumo que son profundamente regresivos y sufren más las clases medias y bajas y la partida que más aumenta es la de gasto discrecional.

Con estos Presupuestos, el Gobierno de Sanchez-Iglesias va a aumentar la deuda en doce meses más que el ejecutivo de Zapatero en tres años, y en dos años la elevarán más que Rajoy en ocho años… Con una enorme salvedad que hace este Presupuesto más peligroso. España en esos ocho años redujo el déficit un 70%. Ahora España aumenta su déficit total y además el estructural (el que se genera con o sin crecimiento) en más de 20.000 millones de euros.

No existe ninguna medida de ingresos que cubra el agujero presupuestario que han creado, y que venía ya de la era pre-covid 19. Recordemos que el Gobierno disparó el déficit en crecimiento, con ingresos récord y se saltó sus propias estimaciones en 7.000 millones de euros.

Cualquier funcionario o pensionista español debería estar muy preocupado por su situación cuando se hunde la solvencia del país y se ataca el sector productivo. Los primeros interesados en tener un sector privado fuerte deberían ser los miembros del sector público, porque sin sector privado no hay sector público que pagar.  

Cualquier ciudadano de este país debería entender a estas alturas que aumentar salvajemente el gasto corriente ni fortalece el crecimiento ni mejora sus perspectivas de empleo, pero además deprime sus salarios reales y su poder adquisitivo.

Los que celebran estos Presupuestos como un éxito porque van a recibir unos cientos de euros de la enorme bola de deuda generada deberían aterrarse ante la evidencia de que perderán miles en el futuro, sea en términos nominales o reales.

Ninguna expansión monetaria o fiscal va a cubrir el agujero de deuda y, con ello, peor crecimiento y empleo, que están generando en la economía.

Pasarle los desequilibrios de gasto político a los contribuyentes europeos no es nada social, sino profundamente anti-social. Hundir la sostenibilidad de los sistemas públicos para perpetuar gasto corriente innecesario es inmoral.

Los Presupuestos son importantes. Unos malos Presupuestos son devastadores.

Trump vs Biden: ¿unas elecciones robadas?

Mucho hemos tardado en saber que Joe Biden es el nuevo presidente de los Estados Unidos, y ni siquiera eso lo podemos dar por seguro. Ya hemos vivido esta situación en 2000, cuando tuvimos que esperar cinco semanas para saber que 537 votos de diferencia convertían a George W. Bush en el 43 presidente de la república.

Pero quizás nos tengamos que remontar un poco más atrás, al recuento en Cook County, en Chicago, en las elecciones presidenciales de 1960. La maquinaria política demócrata, que conocía los vericuetos para obrar malabarismos con los votos allí, volvió a funcionar para arrojar una ventaja escasa, pero suficiente, en el Estado de Illinois: 8.858 votos.

Por otro lado, Kennedy había elegido como candidato a la vicepresidencia al senador Lyndon Johnson, a quien abierta y sinceramente aborrecía, porque necesitaba la victoria de Tejas. Lo que Kennedy necesitaba de Johnson no era su popularidad en el Estado, sino su acreditada capacidad para manipular las elecciones.

Nixon llegó a la conclusión de que le habían robado la presidencia en sus narices. Cierto o no, ese era el convencimiento del vicepresidente Nixon. Pero una cosa es dar por seguro que algo ha ocurrido y otra probarlo, y como Nixon no contaba con las pruebas, se tragó su orgullo, engulló su ambición y reconoció a John F. Kennedy como presidente.

¿Estamos ante eso? ¿Le ha robado la maquinaria demócrata la presidencia a Donald J. Trump? Es verdad que hemos visto situaciones extraordinarias en estas elecciones.

Judicial Watch ha realizado un estudio muy sencillo, en su concepción: La organización comparó el número de votantes que tienen el derecho legal de ejercer el voto, con el número de esos votantes que se han registrado para poder hacerlo. Lógicamente el número de votantes registrados será igual o menor a todos los que tienen el derecho de hacerlo. Pero Judicial Watch observó que en 352 condados, pertenecientes a 32 Estados de los Estados Unidos, había más votantes registrados de los que legalmente pueden ejercer el voto. Suman 1,8 millones de votantes fantasma. Por supuesto, nada impide que en el resto de condados no se produzca el mismo tipo de fraude, sólo que en ellos no ha llegado tan lejos como para registrar más votantes de los que tienen derecho.

Por otro lado, una comisión de los partidos liderada por Jimmy Carter y James Baker III, en 2005, alertó sobre las enormes posibilidades de cometer fraude en el voto por correo. Las principales preocupaciones del informe eran la intimidación y la compra de votos.

Esto demuestra que el sistema de recuento de votos es muy débil en los Estados Unidos, y que las opciones para manipularlo no son pocas. Pero no demuestran que Biden haya llegado a la presidencia de forma ilegítima. Aún así, es aún pronto para que Trump siga el ejemplo de Nixon y le conceda al chorlito Joe Biden (“Obama y yo hemos creado el programa más extenso y comprensivo de fraude electoral en América”, dijo hace días) que es él el vencedor de la elección.

Pero hay numerosos casos que, como poco, nos deben hacer frotarnos los ojos. En 47 condados del Estado de Michigan, el sistema informático contaba los votos a Donald Trump como si fueran votos a Joe Biden. Así, 6.000 votos que fueron a un candidato habían sido asignados a otro. En Georgia se ha registrado el mismo error de software, y con el mismo sesgo. En el condado de Chatham, en Georgia, se recibieron miles de votos por correo después de las siete de la tarde que fija el plazo máximo. Y luego se mezclaron con los votos válidos. También está en disputa.

En Michigan, los funcionarios comenzaron a contar votos por correo a pesar de no estar presentes los inspectores de ambos partidos, como señala la ley del Estado. Trump le sacaba a Biden una ventaja de 67.000 votos con el 99 por ciento escrutado. Literalmente el recuento de última hora es lo que, en principio, le llevó a remontar esa desventaja y le ha otorgado sus 16 votos electorales.

En un suburbio de Pennsylvania, el servicio postal de los Estados Unidos no selló decenas de miles de votos en la fecha prevista. El juez del distrito otorgó, contraviniendo las leyes del Estado, una extensión del plazo de tres días para realizar esa labor. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha ordenado que se mantengan separados los votos recogidos fuera de plazo.

Pero vamos a acercarnos un poco más a los votos por correo. Se dice que el aumento del voto por correo se debe al temor de la gente mayor a la amenaza del COVID. Este planteamiento no casa con que con que a más edad del votante aumenta el voto hacia el presidente Trump. A partir de aquí, seguiremos un análisis de la web The Red Elephants.

Sabemos que el voto por correo ha favorecido a Joe Biden en varios Estados clave. La diferencia es espectacular, y en realidad desafía lo que podemos esperar del comportamiento electoral. En Pennsylvania el voto por correo a Biden ha superado al entregado a la candidatura de Trump por 60,5 puntos, según informa The New York Times. Hay que recordar que el día de las elecciones, Trump sacaba una ventaja a su rival de casi 800.000 votos. El recuento de los votos por correo hizo desaparecer esa diferencia. Y cuando Biden supera a Trump por unos pocos miles de papeletas, (con noticias como “dos nuevas sacas de papeletas en Pennsylvania de 23.277 votos para Biden”), los medios calcularon que el medio millón largo del resto de votos por correo le daban el Estado al demócrata.

Se dan más situaciones extrañas en Pennsylvania, como la participación récord de los ciudadanos de 90 o más años, que triplica el mejor dato registrado en los últimos doce años y multiplica por un factor de seis la media. Un estudio denuncia que hay 21.000 muertos que han participado en estas elecciones.

Sigamos. En Michigan, la diferencia entre Biden y Trump en voto por correo, siempre según The New York Times, es de 37,9 puntos. Pero según la NBC, un 41 por ciento de las solicitudes de voto por correo eran de votantes republicanos, por un 39 por ciento de demócratas (la mayoría del resto serían votantes registrados como independientes). En Wisconsin, un 43 por ciento de las solicitudes de voto a distancia era de votantes republicanos, por un 35 por ciento de los demócratas.

Una de las características más sanas del sistema político estadounidense es que los electores cambian el voto en las elecciones presidenciales, en las legislativas, y en las de gobernadores de Estado. Aunque la mayoría vota en bloque, un número significativo de votantes optan en tal o cual elección por votar por un partido diferente o, lo que es más común, por la abstención. De hecho hay ciertos comportamientos interesantes que se repiten, como que en las primeras elecciones a mitad de mandato los electores le suelen dar la espalda al partido del presidente. Bien porque llegue el desencanto, bien porque no quieren que acumule demasiado poder. En las elecciones de 2018 se volvió a cumplir esa norma: aunque el Partido Republicano mantuvo el Senado, los demócratas recuperaron la Casa de Representantes.

Dicho todo eso, sorprende sobremanera la diferencia de voto a los partidos en las elecciones legislativas, sobre las que no recae sospecha alguna de fraude, y en las presidenciales. Y todos en el mismo sentido: la diferencia en el Partido Republicano es pequeña, y entra dentro de los márgenes normales, pero Biden recibió en Michigan y Georgia una diferencia a su favor muy llamativa.

Hay más casos sospechosos de fraude electoral. Lo que es chocante es que van todos en el mismo sentido. No merece la pena seguir recogiéndolos. Es difícil saber hasta dónde llegan, si su reconocimiento permite una corrección, si esa corrección será ordenada por los tribunales, y si ésta llevará a proclamar a Donald J. Trump como el vencedor. No creo que se dé esa situación: Kamala Harris se convertirá en la 47 presidenta de los Estados Unidos.

Donald Trump llegó a la Casa Blanca, todos lo recordarán, para acabar con la democracia. Y probablemente le expulsen del poder en unas elecciones plagadas de irregularidades, todas a favor del mismo candidato. Y el Partido Demócrata, que alcanza la Casa Blanca para restaurar la malherida democracia en los Estados Unidos, no tiene nada que decir al respecto.

Pero lo más grave no es eso. Lo grave es que todas estas cuestiones están sub iudice: tienen que resolverse en los tribunales. El proceso electoral está sometido a la ley, y los tribunales son los encargados de asegurarse de que las elecciones no contravienen las leyes. Pero nadie ha esperado a los veredictos de los jueces. Son los medios de comunicación, no el sistema electoral sometido a la ley, los que han elegido a Joe Biden. Y eso sienta un precedente peligrosísimo en los Estados Unidos. Podría suponer nada menos que el fin de la democracia en América.

La destrucción creativa en el siglo XXI

Una de las teorías más fascinantes y, a la vez, deprimentes, de la historia del pensamiento económico es la de la “destrucción creadora” del economista austro-alemán Joseph Alois Schumpeter. En su libro Capitalismo, Socialismo y Democracia (1942), Schumpeter explica que el capitalismo, entendido como el sistema económico en el que florece la libre empresa y, sobre todo, que es el perfecto caldo de cultivo para la innovación empresarial, está abocada a desaparecer.

La razón no será una revolución, sino el envilecimiento del sistema desde dentro. La degeneración del sistema capitalista se producirá cuando los empresarios ya no tengan incentivos para innovar, y se conviertan en una especie de funcionarios dentro de un entorno empresarial de grandes corporaciones, donde la mejora en la gestión burocrática interna antecede a la creatividad emprendedora.

Anticipándose, sin duda, al siglo XXI, Schumpeter sostenía que, en las democracias liberales, los ciudadanos preferirán votar por agrandar el “estado de bienestar”, es decir, por un mayor socialismo, y, a la larga, eso eliminará la razón de ser de la función empresarial. 

La responsabilidad última de esta transformación que acabará con el capitalismo corresponde a los intelectuales, quienes se dedican a criticar los problemas del capitalismo sin jugarse nada, sin arriesgar. 

No es que Schumpeter crea que el capitalismo no tiene fallos o que no haya que señalarlos. Sino que, en las sociedades democráticas capitalistas, quienes viven de canalizar descontentos son esos intelectuales que, al fin y a la postre, crean opinión y tienen incentivos para protestar permanentemente. De esa manera, los votantes irán eligiendo cada vez más a aquellos políticos que aseguren limar esas aristas apuntadas por la clase intelectual. 

Una mirada a la actualidad nacional e internacional da la razón a Schumpeter. La libre empresa, la competencia, están de capa caída. Siguiendo al autor austriaco, el mismo concepto de propiedad privada que implica la responsabilidad individual sobre la toma de decisiones, apenas existe en las grandes empresas. Sucede lo mismo con la libre contratación: existen modelos de contrato estandarizados, es un “lo tomas o lo dejas”. 

Hay un punto en el cuadro schumpeteriano que echo de menos. Se trata de la colusión de intereses entre esas grandes corporaciones, los intelectuales o creadores de opinión y los diferentes gobiernos.

Los responsables de gestionar el dinero de los contribuyentes, a menudo colaboran en esa “expulsión” de los empresarios innovadores del sistema, alineando sus objetivos con los de las grandes corporaciones. Lo que se conoce como el capitalismo de amiguetes, el “crony Capitalism”. Todo ello bendecido desde la academia, los periódicos y las redes sociales por quienes reciben subvenciones, cuotas de poder y todo tipo de prebendas.

El espectáculo de las elecciones estadounidenses junto con el enrarecido ambiente en nuestro país, fruto, entre otras cosas, de la desinformación por parte de las autoridades y la velada amenaza de restringir aún más nuestras libertades, me han llevado a reflexionar acerca del origen de este círculo vicioso. 

Para Schumpeter, las estructuras capitalistas originales y el reinado de la burguesía han llevado a que los intelectuales gocen de una gran capacidad para moldear la opinión pública, sin que sea posible limitarla, ya que se dañarían las libertades civiles que están en la esencia del propio sistema y que la burguesía no tiene voluntad ni capacidad para anular. 

Sin embargo, subsiste una esperanza. La economía, la sociedad y sus instituciones, son sistemas hipercomplejos, dinámicos, en permanente cambio. Los gobiernos, las corporaciones, los intelectuales también están en permanente proceso de adaptación al medio. Un medio más incierto hoy que ayer, que exige versatilidad, aprendizaje, claridad de miras y “olfato”.

Todas ellas características propias del empresario innovador que el mismo Schumpeter definía con entusiasmo. De la misma forma que el pequeño burgués reclamaba, inspirado por la crítica al capitalismo liberal de los intelectuales, los beneficios del estado del bienestar, ahora que la pandemia nos ha mostrado las enormes deficiencias de éste, es posible que se reconsideren las críticas. 

Efectivamente, nuestro estado del bienestar en el que todo era apariencia, hoy se muestra como un sistema impotente y cargado de lastres. 

El espejismo de la educación y la sanidad gratuitas, la falsa creencia de que hay dinero para todo, de que cada ofensa, contratiempo o preocupación es atajado por el gobierno con el dinero de la clase productiva, cuando hay una pandemia por combatir, no se sostienen.

La pesada carga de la deuda que nuestros políticos asumieron pensando que la UE no dejaría caer un país del peso específico de España, y nuestros malos hábitos fiscales, son lastres que hoy nos apartan del camino de la recuperación.

La ciudadanía mira cada vez más descontenta el cinismo y la conveniencia de los intelectuales y se cansa del juego de poder entre unos y otros. La batalla legal emprendida por Trump, la reacción de unos medios y otros, el posicionamiento de empresarios ante la difícil situación, es un ejemplo que debería hacernos pensar hasta qué punto la sociedad puede estar manipulada. Mi apuesta es que llegará un momento de estupor absoluto y los ciudadanos empezaremos a reaccionar.

Como decía Schumpeter respecto al capitalismo, no habrá una revolución contra la prensa o contra el estado de bienestar, pero es posible que se busquen medios de información alternativos, que se derroquen los gobiernos que saqueen más el bolsillo del contribuyente, que se exija un control de la eficiencia del gasto de nuestro dinero.

Para eso, probablemente, tendremos que vivir la descomposición del actual sistema, pagando con una caída de nuestro poder adquisitivo lo suficientemente notable como para despertarnos del letargo en que la opulencia aparente nos ha mantenido.

La crisis que viene es una oportunidad porque desenmascara a ese fallido estado de bienestar y sitúa de nuevo las virtudes del empresario innovador en el lugar principal, en la base de la supervivencia.

El cisne negro de las pensiones

Estas semanas de semiconfinamiento son un momento tan bueno como cualquier otro para retomar a Nassim Nicholas Taleb. En este caso, El cisne negro. Nadie explica mejor la incertidumbre, las probabilidades, los riesgos. En realidad, nadie explica mejor la vida: me sigue pareciendo el autor actual más interesante, perspicaz y profundo. También uno de los más claros: se le entiende todo y se agradece.

Como decía, 2020 es un buen año para leer a Taleb, pero no por la covid-19 (por cierto, Taleb asegura que lo que nos ha pasado no ha sido ningún cisne negro, entre otras cosas porque él lleva años alertando sobre un virus que se propaga a todo el mundo en semanas desde el sureste asiático). Creo que él nos diría que, en ese tema, el último año para leer sus libros (y comprenderlos y asimilarlos) habría sido 2018. Cuando todavía podíamos hacer algo para prepararnos.

Y sí, llegamos tarde para el coronavirus… pero no para lo que vendrá después. Porque, además, estamos todos un poco enloquecidos haciendo predicciones. En estos meses, si hay un tema de debate que ha competido con la necesidad de las mascarillas, la idoneidad de los confinamientos o las estrategias de Suecia, Nueva Zelanda o Taiwan… si ha habido un tema recurrente, decimos, ha sido el de qué pasará a partir de ahora. Cómo será nuestro futuro y cómo habrá cambiado el planeta en 2030: ¿quedarán en pie nuestras ciudades o nos habremos mudado todos al campo? ¿los robots nos robarán todos los trabajos? ¿habrá nuevos coronavirus?

Pues bien, para (no) responder a todo esto, el mejor es Taleb.

El escritor libanés no aparenta ser demasiado humilde. De hecho, leyéndole uno intuye a un tipo prepotente, un poco huraño, más bien antipático, socarrón hasta ese límite que roza el insulto (y sí, me encantaría conocerle y hablar con él). Pero su filosofía sí es humilde y sensata, y por eso me gusta tanto. Si tuviera que quedarme con una de sus idea, sería la que se resume en esa máxima del jugador de béisbol Yogi Berra a la que Taleb recurre a menudo: “It’s tough to make predictions, especially about the future“, algo así como “es complicado hacer predicciones, especialmente sobre el futuro”. [Un apunte, parece que no está claro si fue Berra el que realmente dijo la frase o se la han atribuido por error].

Si alguien tiene que aprender de esa idea somos los periodistas. Y los economistas. Nos pasamos el día haciendo predicciones, dando opiniones, adelantando lo que ocurrirá, citando expertos, usando hojas de cálculo con proyecciones… adivinando un futuro que casi nunca hemos logrado anticipar.

En mi caso, desde hace 5-6 años, el tema del que más he escrito es el de las pensiones. Y no por elección, sino casi por obligación: tras mis primeros artículos sobre esta cuestión, en el periódico nos dimos cuenta de que se leían muchísimo más que los dedicados a cualquier otro asunto. Las preguntas de los lectores, de los oyentes y de mis amigos se multiplicaban. Pocas cosas parece que interesen más.

El ‘futuro’ de la Seguridad Social

Todo esto de Taleb, la humildad a la hora de hacer predicciones y las pensiones viene a cuento porque muchas personas, cuando me preguntan sobre la situación financiera de la Seguridad Social, sobre cuál será su prestación o sobre el déficit, me dicen que les doy miedo, que leen mis artículos y se preocupan, que les anticipo un futuro negro, casi que se deprimen tras leer las cifras. Parece claro que soy uno de esos agoreros, de los catastrofistas, sobre los que alertan nuestros políticos. Uno más que hace predicciones muy negativas… que luego a lo mejor no se cumplirán.

Si es así, estoy transmitiendo la idea equivocada. Yo estoy con Taleb: no tengo ni la más remota idea de cómo será el futuro. Ni el futuro en general ni el de las pensiones, ni el de la deuda pública. Desde luego, ni me acerco a intuir cómo será el mundo de 2040.

En realidad, se me ocurren bastantes escenarios en los que podrían desaparecer todos esos riesgos-peligros que ahora parecen tan inminentes (como los periodistas no aprendemos, mi próximo artículo girará en torno a las “megatendencias” de las que hablan los gurús):

una recuperación económica espectacular, al estilo de lo que sucedió hace un siglo, tras la epidemia de la gripe española, que dispara el empleo y los ingresos del Estado;

avances tecnológicos que adelantan en varias décadas el proceso de robotización-digitalización que ya anticipamos y que no sólo no nos empobrecen, sino que nos hacen más productivos y ricos

una marea de inmigración de alto poder adquisitivo y alta productividad, que decide que, si va a trabajar desde casa… mejor que esa casa esté en Málaga que en Helsinki o en Eindhoven. Como ya he escrito otras veces, ésta siempre me ha parecido una de nuestras mejores bazas como país; y hace un par de días leía esto en el Twitter de Berta G. de Vega: “Cosas que pasan. Tiendas de golf en la costa que están vendiendo bastante a residentes nuevos nórdicos que se han venido a vivir aquí y a currar online. Y se compran los palos”. ¡Crucemos los dedos!

una revolución en los cuidados médicos (por ejemplo, chips que nos monitorizan y se adelantan a las enfermedades) que abarata la factura sanitaria y libera presupuesto para otras partidas, como las pensiones

…o un cisne negro

Sí, un cisne negro. Porque siempre que nos viene a la mente esta imagen, pensamos en algo malo. Pero no tiene por qué ser así. Taleb describe un cisne negro como un suceso con tres atributos: “Es una rareza que habita fuera de las expectativas normales; produce un impacto tremendo; y la naturaleza humana hace que inventemos explicaciones de su existencia después del hecho, con lo que se hace explicable y predecible a posteriori”.

Es verdad que Taleb nos alerta más sobre las sorpresas negativas. Porque son las que nos pueden hacer más daño si no vivimos en un entorno antifrágil (otra idea que me encanta). Pero también nos avisa de que el suceso puede ser positivo y de que, sea bueno o malo, podemos sacar mucho partido de lo inesperado si estamos preparados.

Aquí habrá algunos lectores confundidos. “Pero, Domingo… sólo en el último año te hemos leído titulares sobre ‘la vía griega‘ para las pensiones, ‘cinco advertencias para tomarnos muy en serio’, ‘un recorte inevitable‘, o ‘las verdades del barquero que no queremos mirar’. ¿Y ahora nos dices que no tienes ni idea de cómo será el año 2040? ¿Y que las cosas podrían salir bien?”.

Exactamente. Ésa es la idea.

La apuesta

Cuando hace unas semanas escribí sobre “la vía griega” por la que ha optado el Pacto de Toledo, no es porque piense que es inevitable que en la próxima década se produzcan recortes del 10-20-40% como pasó en el país de Alexis Tsipras. Lo que han hecho nuestros políticos no es condenarnos… es optar por la no reforma, como hicieron los griegos. ¿Y qué esperaban los políticos helenos en el año 2000? ¿Una situación como la de 2012? No, esperaban que todo saliera bien: que Grecia creciera, que no hubiera una crisis financiera, que la financiación de la UE sirviera para ir cerrando el agujero presupuestario, que las inversiones llegaran (incluso sin reformas) atraídas por un país con mano de obra barata y dentro de la Eurozona… que todo saliera bien. Y si no salía, que el marrón se lo comiese otro.

Aquí hemos hecho la misma apuesta.

Las reformas de las pensiones que se han aprobado en varios países de Europa en los últimos 20-30 años no son perfectas, ni cubren ante cualquier riesgo, ni implican una promesa a sus trabajadores actuales de que podrán jubilarse con una prestación tan generosa como la de sus padres. No lo dicen, porque no pueden decirlo. Las reformas como la sueca (el modelo que, en mi opinión, debería tener en la cabeza el legislador español) son, sobre todo, flexibles. No pretenden anticipar el futuro, sino estar preparadas para el mismo. Sí, es cierto, imponen algunos pequeños ajustes desde ya, incluso aunque podrían ser innecesarios si todo saliera bien; y al mismo tiempo intentan proteger a sus ciudadanos de recortes brutales si algo falla.

Porque lo normal es que falle. Lo normal es que tengamos una población más envejecida; que la montaña de deuda pública en la que nos sentamos nos pase factura; que el estancamiento de la productividad que arrastramos desde hace décadas siga presente; que la esperanza de vida siga creciendo (esto es una noticia excelente, pero un reto financiero); que nuestro mercado laboral siga siendo menos eficiente que el holandés o el alemán; o cosas todavía peores… Porque nos podría ir mejor, pero también peor de lo que pensamos.

Esto es para lo que debemos prepararnos. Por supuesto, al mismo tiempo que intentamos reformar todos esos problemas para que su impacto sea lo menos negativo posible.

¿Y si todo lo anterior sale bien? ¿O si hay un cisne negro de los buenos que nos salve? Porque el cisne negro de las pensiones no es que quiebre el sistema… Eso es lo que lleva sucediendo desde hace 40 años. El cisne negro sería que no quebrase más.

¿Y si ocurre eso? Pues mejor.

Nos lo han dicho cientos de veces nuestras abuelas, una fuente de sabiduría a la que Taleb también recurre a menudo. A mí, por ejemplo, la mía me lo repetía cada vez que me sentaba a ver un partido del Atleti: “Hijo, tú tienes que pensar que van a perder… y así te preparas. Luego, si ganan, la alegría es doble”. Tendría que haberles hecho más caso, a Taleb y a mi abuela, en las pensiones… y en lo del Atleti también.

La Comisión Europea desmonta la propaganda gubernamental

“I’ll tell you once more before I get off the floor don’t bring me down”. Jeff Lynne.

¿Recuerdan cuando el Gobierno nos hablaba del tercer trimestre como si un rebote por efecto base fuera un récord de crecimiento? La Comisión Europea, organismo diplomático, que tiende a ser optimista y relativamente benigno en sus estimaciones, acaba de recordar la realidad.

España será el país de Europa que más caiga en 2020, con peor recuperación, y el que más tasa de paro y mayor déficit presente en 2020, 2021 y 2022. Y no lo hace por poco, sino con enormes diferencias. La recuperación estimada se sitúa en casi la mitad de la cifra que usa el Gobierno en su ridículo Plan de Presupuestos.

Esto no es una crisis simétrica ni le está pasando a todo el mundo igual. Ver cómo países como Grecia y Portugal reflejan cifras mucho mejores y sólidas que España es francamente preocupante y muestra que sí, que las políticas gubernamentales sí tienen impacto negativo en la economía más allá de la pandemia.

¿Se han dado cuenta como la propaganda ha dejado de hablar del ejemplo portugués? ¿Por qué? Porque un Gobierno de izquierdas ha implementado medidas liberales y serias de contención de gasto estructural, impuestos bajos al capital y la inversión y nos superan en todos los frentes, algo que me alegra mucho por nuestros amigos portugueses, por supuesto.

Grecia y Portugal han sabido gestionar la pandemia y la crisis mucho mejor que España sin devastar su sector turístico ni la actividad empresarial. Eso diferencia claramente la gestión de los gobiernos.

La Comisión Europea se une al Banco de España, la AIReF y la inmensa mayoría de analistas y desmonta las previsiones ficticias, voluntaristas e inconsistentes del gobierno. Mientras el Gobierno se aferra a un cuadro macro y Presupuestos sin credibilidad, las autoridades independientes recuerdan que las estimaciones son excesivamente optimistas y no cuadran.

Los datos de producción industrial de septiembre, estancados en una caída de 3,4% anual desestacionalizada, reflejan ese pobre rebote generado por el efecto base. La energía (−0,4%) y los bienes de consumo duradero (−1,7%) presentaban ya descensos respecto a agosto, dejando claro que el rebote se revertía en un mes. La Industria del cuero y del calzado (−27,0%) y refino de petróleo (−17,2%) registran las mayores bajadas.

Es importante recordarlo porque el refino es directamente reflejo de la demanda no solo de gasolinas y gasóleos sino de otros productos usados en la industria. Solo salva el dato de producción industrial la fabricación de productos informáticos y la de productos farmacéuticos (9,7%). Nueve comunidades ven su producción industrial caer mientras el Gobierno habla de “recuperación robusta”.

Pero lo más preocupante son los datos del paro. España no crea empleo desde la reapertura. Solo saca personas de los ERTE. Si no consideras paro los ERTE no puedes considerar creación de empleo salir del ERTE.

Sacar personas de los ERTE no es crear empleo. El paro subió en octubre en 49.558 personas hasta los 3,8 millones y ya hay casi 600.000 parados más que antes de la crisis. Que el gobierno nos diga que es un octubre bueno comparado con la serie histórica es una broma cuando ignora el año de devastación que llevamos.

A cierre de octubre hay 648.000 personas desempleadas más que en octubre de 2019, cuando el mercado laboral ya estaba en desaceleración. En España hay 18,99 millones de afiliados, 357.974 menos que en marzo a pesar de cinco meses de reapertura.

El sistema ha perdido 439.628 afiliados desde octubre de 2019. Tenemos 4,4 millones de personas en paro + ERTE. Casi 600.000 personas continúan en ERTE ante un cuarto trimestre muy difícil. Recordemos que Morgan Stanley y Capital Economics estiman una caída del PIB del cuarto trimestre en España del 2,5% al 3%.

España refleja el peor desempeño en términos de empleo de toda la Unión Europea tanto en términos interanuales como durante la crisis y la mal llamada recuperación.

Es urgente que se tomen medidas de oferta para evitar que esas estimaciones de la Comisión Europea no vuelvan a tener que rebajarse.

Lo llevamos diciendo en esta columna desde febrero. Exonerar impuestos para preservar el tejido productivo. Cero ingresos, cero impuestos. No se puede cargar a la hostelería con la misma batería impositiva que en 2019 mientras se le hunde el negocio dejando a miles de pequeños empresarios en la ruina.

Es insultante mantener impuestos a la actividad o fijos y las sangrantes recargas por retraso en pago cuando las empresas están desangrándose. Ni se recauda ahora ni se recaudará después cuando desaparezcan miles de pequeñas empresas. Hay que abandonar la fallida política de conceder préstamos para pagar impuestos en el futuro.

Los avales son una condición necesaria pero no suficiente, ya que no evitan el cierre empresarial ante un desplome de ventas con impuestos. Hay que dar líneas de liquidez sin recurso para microempresas, como ha hecho Alemania que compensa a las microempresas afectadas por el cierre forzoso.

Es una vergüenza, además, que el Gobierno mantenga el aumento de costes laborales en un país con una tasa de paro del 16,7%. Contratar a una persona en España es hoy un 10% más caro que hace dos años para la mayoría de contratos, tras la subida ideológica y contraproducente de los impuestos al trabajo.

El Gobierno continúa pensando que dar cifras optimistas, propaganda y mensajes voluntaristas va a dar confianza. La ministra de Economía repetía que la recuperación “depende de dar confianza a los inversores”. 

Mentir con expectativas de ciencia ficción no da confianza. Ser el único país de Europa que aumenta impuestos generalizados al consumo, la inversión y el empleo no da confianza. Lo que daría confianza es que el gobierno dejara de poner la zancadilla al tejido productivo.

El peligro del ‘wishful thinking’ económico

El llamado wishful thinking, que podríamos traducir por “pensamiento desiderativo”, es la tendencia a tomar como premisa lo que nos gustaría que sucediera, la ilusión de lo que deseamos, en lugar de la realidad.

Lo practicamos la mayoría de los mortales. Lleva a situaciones de frustración desde nuestra infancia, cuando en el colegio sacabas malas notas y habías planeado el fin de semana contando con que aprobabas. O cuando das por hecho el éxito de tu proyecto porque tu idea es buenísima. Mucho más peligroso es cuando haces planes con el dinero ajeno sobre la base de ilusiones que no se acercan, ni de lejos, a la realidad. 

El viernes pasado escuché a un entendido en la materia decir que, si nos dan finalmente los fondos europeos, a pesar de los problemas de absorción, ejecución y cogobernanza, “vamos a poder” salir adelante. A mí también me gustaría que fuera cierto, pero es bastante dudoso acierte. 

Primero nos tienen que dar los fondos. Además tenemos que tener capacidad de gasto, que no es exactamente lo que parece. Imaginen participan en un concurso en el que les dicen: “Tienes un millón de dólares para gastar”. Fácil, ¿no? Ahora imaginen que les dicen: “Tienes que gastar un millón de euros con estas condiciones: no viajes, no fiestas, no casas…” y todo un pliego de condiciones que incluyen la medición de los efectos positivos en tu economía de ese gasto.

Si no tienen un plan bien pensado, tal vez no sea tan fácil. Bueno, pues algo parecido es lo que sucede con los fondos. María Vega explicaba las dificultades de invertir en I+D+i en nuestro país. La desinversión, tanto en esa partida como en otras, la caza de brujas de los inversores, el señalamiento público de quienes son tan importantes para que funcione nuestro sistema financiero es parte del trasfondo.

La evolución de los hábitos políticos socialistas en lo que se refiere a la gestión de fondos ha ido a peor. Recordemos, como hicimos un par de semanas atrás, la fiesta del gasto de Zapatero que lastró la recuperación española de la crisis del 2008. 

Ahora la cosa es más seria, pero el gabinete de Sánchez parece no enterarse. Estamos en un entorno mucho más incierto, no hay anclas, no podemos contar con que nuestros socios europeos nos van a rescatar. Y no vale el “too big to fail”, que hacía alusión a que nadie iba a dejar caer económicamente a una entidad lo suficientemente grande, porque podría arrastrar al resto, fuera esta entidad un banco o un país, como España dentro de la Unión Europea. 

La pasada semana, Andrea Enria, presidente del Consejo de Supervisión del Banco Central Europeo, dejaba encima de la mesa la idea de un “banco malo” europeo, diseñado de manera que no se mutualizaran las deudas (es decir, que no nos pague la cuenta nadie) y que canalizara los créditos “malos”. Con esa sugerencia movió la alfombra bajo los pies de todos, analistas incluidos, que empezamos a sospechar que, tal vez, si hay un segundo confinamiento domiciliario, o se recrudece la pandemia, el BCE no será capaz de rescatarnos a todos. Sonó a que los Reyes Magos son los padres.

Enria explicaba que es importante que los bancos y las autoridades políticas estén preparados para un “probable” incremento de los préstamos dudosos, los conocidos como NPL (por sus iniciales en inglés Non Performative Loan) que llevan las economías a la zombificación empresarial. La preocupación por este hecho es notable desde mitad de octubre pasado en países como Alemania, con una economía más potente que la nuestra. En dicho país se calcula que el número de empresas no viables sostenidas por las ayudas públicas (las empresas zombies) podría ascender a 500.000. En este sentido, deberíamos preguntarnos qué estamos escondiendo bajo el paraguas del Covid 19.

Por otro lado, las circunstancias en el ámbito internacional no son esperanzadoras: el Brexit sin acuerdo nos va a hacer daño, los resultados de las elecciones estadounidenses que tienen lugar esta semana, sin duda, van a inyectar inestabilidad al sistema. A eso hay que sumarle que ya no tenemos el recurso a los países emergentes, que hasta ahora han absorbido, mal que bien, nuestras angustias. Eso ya es pasado: la pandemia y las dificultades económicas provocadas por la complicada gestión de fondos, en países con instituciones frágiles, les está golpeando muy duro. 

El profesor Oliver Blanchard explicaba en las redes sociales el problema de incertidumbre actual, más complicado que en marzo: entonces podíamos permitirnos imaginar que lo controlaríamos en breve. Ahora sabemos que no. Sabemos que los problemas de demanda van a dañar una oferta que apenas se puede recuperar. Sabemos que, en estas circunstancias, la medida de los cierres, perimetrales o de cualquier tipo, debe ser muy escrupulosa para no asfixiarnos y dejarnos en la calle. 

La evolución de la pandemia y su control es muy incierta, y llega el invierno. No sabemos cuánto oxígeno le queda a nuestra economía. Y sospechamos que la Unión Europea puede no ser todopoderosa. 

Ahora es cuando yo debería dar la receta para salir de ésta. Pero no existe. Puedo reafirmar mi creencia en que el gasto ha de justificarse y demostrar su impacto positivo, que ha de centrarse en el control de la pandemia, y que hay que mantener vivas las empresas y a los sufridos autónomos porque son la fuente de trabajo de los españoles. Pero nada más. 

Aparte de eso, sí puedo decirles lo que no funciona en estos momentos: mentir, falsear estadísticas, manipular la información para confundir, anteponer los intereses de los partidos políticos a los de los ciudadanos, elevar el tono de las acusaciones y azuzar a la gente para que aumente la crispación camorrista. Y el wishful thinking, fantasear con el dinero ajeno tampoco funciona.

La curva de la violencia

En su libro Rules of contagion, Adam Kucharski explica varios fenómenos a los que se les puede aplicar los hallazgos de la epidemiología. Por supuesto, virus y bacterias, pero también los programas malignos informáticos, las redes sociales, la obesidad, el crimen… y la violencia callejera.

Es cierto que en la violencia hay un efecto de imitación. Cita al profesor John Pitts diciendo: “No puedes crear unos disturbios tú solo”. Para entender el fenómeno, recurre al fenómeno de umbral de la violencia. Hay radicales que recurrirán a ella aunque sean los únicos. Otros esperarán a ver un acto violento para sumarse, pero entonces ya no serán más de uno. Muchos no se sumarán hasta que no vean a un grupo destrozando y robando tiendas a su paso. Otro modo de verlo es que si los actos violentos alcanzan cierto nivel, si superan el umbral en el que otros pasarán a la acción, lo que se produce es un efecto dominó. Por eso la violencia se propaga como el fuego, porque hay muchos con el alma ya incandescente, y a la vez combustible, esperando la ocasión.

Me he colocado en el momento en que se prende la llama, en que la situación pasa de que haya un detenido por lanzar un adoquín a una tienda, sin que el acto pase ni a las noticias locales, a las imágenes intercambiables de ciudad a ciudad, como ocurre en estos momentos en España. Pero podríamos retrotraernos uno o muchos pasos atrás.

La violencia nunca se produce de forma inopinada, aislada y sin causa o antecedente. Y no es irracional, salvo que la persona tenga el cerebro secuestrado por el burundanga, o una sustancia parecida. La violencia forma parte de las acciones posibles de cualquiera de nosotros, y aguarda en nuestro seno hasta que decidamos recurrir a ella. Su uso es dañino y peligroso, de modo que además de que liberemos a nuestros instintos atávicos, sujetos por la civilización, encajamos los actos violentos en una justificación racional, que apela a fines y medios. En ocasiones también se busca una justificación ética.

La política, que es la violencia organizada, ha ofrecido muchas justificaciones. El Gobierno actual tiene el prestigio de que uno de sus principales sustentos es el partido Podemos, nombre falso como todo en él, porque no es un sustantivo, sino un verbo. Verbo sin predicado para que cada votante lo haya suyo y extienda sobre él el cheque que habrá de pagar el Gobierno. Verbo sin predicado porque no quieren que su poder esté atado a nada. “Podemos”, y lo dicen desde el comienzo. El poder, su poder, es lo importante.

Pero Podemos predica, y su primera prédica es la violencia. Pablo Iglesias presumió, perdonen el pleonasmo, de haber sido pirómano en las protestas que derrocaron al candidato Rajoy en 2004. Sus ojos se humedecen y su corazón se calienta con el cráneo abierto de un policía, como los que ahora guardan su casa. No es original. Alimenta un discurso de la izquierda que procede de la Revolución Francesa, según el cual el orden establecido es injusto y hay que subvertirlo mediante el uso de la fuerza. En verdad, ese discurso forma parte de la cultura popular, como las canciones entre tres y cinco minutos, los veranos en la playa o la hamburguesa con patatas. Todavía no se han dejado de oír los ecos de quienes defienden los disturbios en los Estados Unidos.

Todo esto hay que tenerlo en cuenta cuando vemos las noticias que proceden de Madrid y Barcelona, de Logroño y de Málaga, de Vitoria, Bilbao y San Sebastián. Los periódicos hacen recuento del número de detenidos, de los policías heridos, o del valor de los daños causados.

El efecto dominó explica por qué esta violencia podría ser, por una vez, espontánea. Y por qué hay grupos detrás de ella que son contrapuestos. Unos son de ultraderecha (según las primeras y trémulas informaciones), mientras que otros son de ultraizquierda o incluso gritan jovialmente “gora ETA”. Aunque no se ha hecho pública la trazabilidad de las protestas, los mensajes cruzados, las pancartas, las webs, los foros con los mensajes de ánimo… A pesar de la ausencia de todo ello, da la impresión de que lo que les une es una oposición al Gobierno, o a todos los gobiernos, y a las medidas que paralizan nuestra actividad.

Así debe ser, pues los medios oficiales del Gobierno, como Eldiario.es o ÚltimaHora.es acusan a todos los grupos violentos de ser “negacionistas” de la pandemia, y de pertenecer, incluso a los del “gora ETA”, a grupos de derecha radical.

Aquí, Santiago Abascal camina descalzo sobre las ascuas, sin saber cuánto durará el camino, y cómo acabarán sus pies. “Hay más motivos que nunca para protestar contra este Gobierno que nos arruina”, ha dicho. Después de pasarle la mano por el lomo a quienes protestan, ha achacado toda la violencia a los grupos extremistas de izquierda. Ha aplicado, vaya, el criterio moral sobre la realidad de un director de Eldiario.es, por ejemplo: Los violentos sólo son los otros.

Ignacio Garriga ha ido más allá. Sobre las imágenes de los actos violentos en Barcelona, dice el diputado: “Los llaman ‘negacionistas’. Son trabajadores en el paro, padres sin nómina para alimentar a sus hijos, autónomos que no tienen trabajo y que hoy han visto su cuota aumentada. Españoles corrientes de Barcelona, hasta las narices de ser encarcelados y condenados a la miseria”. Y añade: “Hay infiltrados violentos, que han enmascarar (sic) la protesta, pero la realidad es que han salido muchos trabajadores y autónomos, cansados de ser encerrados y que la única solución del Gobierno y del ‘Govern’ sea miseria y ruina”.

Es imposible meter la mano en ese fuego y no quemarse, si el partido no deja claro que su posición es que cualquier muestra de violencia es condenable, y que merece una respuesta efectiva por parte de las fuerzas del orden. Si no lo hace porque piensa que le alejará de quienes promueven las protestas, entonces tiene cierta implicación moral con todas sus manifestaciones. Achacar la violencia a la izquierda no es lo mismo que condenarla por principio.

Este doble juego de Vox, cal y arena en su discurso, es una ocasión única para los grupos que votaron “no” a la candidatura de Abascal a la presidencia del Gobierno para cimentar la condena moral al partido verde. La operación de saqueo de una tienda Lacoste en Logroño no se entiende de otro modo.

Pronto ha saltado la violencia en las calles. Esta oleada pasará; se doblegará la curva de la violencia, utilizando las palabras del Gobierno. Pero aún no ha llegado la hora. Cuando se acerquen las elecciones, si las encuestas descuentan un giro político que hoy parece imposible, entonces sí que veremos violencia en nuestras calles como si fueran las de Santiago de Chile. Y las llamas devorarán nuestra democracia.

Dos malas propuestas fiscales para EEUU

Una de las principales preocupaciones que debería inspirar la política fiscal de cualquier candidato a la presidencia de EEUU —sea este Donald Trump o Jose Biden— es la reducción del déficit público como paso previo a una reconducción de los altos niveles de endeudamiento estatales. Durante la reciente presidencia del republicano, el total de pasivos públicos se ha disparado como pocas veces en la historia del país: cuando Trump accedió a la presidencia, la deuda pública federal era de 19,9 billones de dólares (el 105% del PIB), mientras que a cierre del segundo trimestre de 2020 (todavía queda por registrar medio año de profuso endeudamiento) se ubica en 26,4 billones (el 135,6% del PIB). Es decir, Trump ha incrementado, de momento, la deuda pública en 6,5 billones de dólares.

Obama, otro presidente que abusó intensamente del endeudamiento durante su mandato, lo hizo en 9,2 millones durante sus ocho años de mandato. Y acaso se piense que la responsabilidad de la excesiva acumulación de deuda por parte de Trump se debe a la crisis del coronavirus (por las mismas, también podríamos excusar a Obama por la crisis ‘subprime’), pero es que antes del estallido del coronavirus Trump ya había incrementado los pasivos federales en 3,3 billones de dólares (una medida de 1,1 billones al año frente a los 1,15 billones de Obama… sin que Trump se hubiera enfrentado a crisis alguna hasta ese momento).

No es que en estos momentos la deuda estadounidense sea insostenible o esté al borde de volverse insostenible. Por ahora, no se observa ningún síntoma que haga temer un estallido de insolvencia (ni la inflación ni los tipos de interés de la deuda están disparados, más bien al contrario), en parte porque EEUU sigue teniendo una enorme capacidad fiscal (el déficit público en 2020 es del 15,2% del PIB pero con unos ingresos del 28,5% del PIB: si el país estableciera un sistema fiscal europeo por el cual recaudara en torno al 50% del PIB, amasaría un superávit de 7 puntos de PIB). Pero que ahora mismo la deuda no sea un problema no significa que uno deba desentenderse de cuadrar las cuentas a largo plazo: si se sucedieran nuevos desastres que requirieran de una nueva fuerte acumulación de deuda (y 2020 debería habernos enseñado a esperar lo inesperable), la situación financiera de EEUU podría tensionarse y comenzar a experimentar las dificultades. La prudencia en el margen de endeudamiento de un país nunca está de más.

Y, sin embargo, ni Trump ni Biden disponen con un plan para cuadrar las cuentas públicas. Trump, de hecho, ni siquiera dispone propiamente con un programa de política fiscal: como si todas sus propuestas de calado ya se hubieran agotado en la primera legislatura, lo único que ha sido capaz de prometer el actual presidente es que desea seguir bajando impuestos a las clases medias (si bien las clases medias ya no pagan prácticamente IRPF en EEUU), recortar el tipo sobre rentas del capital del 20% al 15% y articular una legislación tributaria proteccionista que bonifique parte del impuesto sobre Sociedades a las compañías que se relocalicen a EEUU. También amenaza, de manera igualmente genérica eso sí, con muchos nuevos aranceles contra China. A diferencia de en su anterior campaña electoral, cuando sí especificó mucho más los términos de su propuesta tributaria (aunque tampoco aclaró cómo iba a financiarla recortando gastos: y claro, luego paso lo que pasó), en esta las ideas tributarias de Trump están absolutamente verdes.

Por el contrario, Biden sí ha perfilado mucho más su propuesta tributaria, aunque en este caso para avanzar en la mala dirección, esto es, para subir muy sustancialmente los impuestos con el objetivo no de reducir el déficit, sino de incrementar el gasto.

Primero, el demócrata quiere revertir la mayor parte de rebaja fiscal aprobada por Trump durante esta legislatura: aumentar el tipo marginal máximo del IRPF desde el 37% al 39,6%, incrementar el impuesto sobre sociedades del 21% al 28% y restablecer el impuesto sobre sucesiones y donaciones a los niveles de 2009. Segundo, elevar en 12,4 puntos las cotizaciones a la Seguridad Social para las rentas salariales superiores a 400.000 dólares anuales, así como limitar sus deducciones en el IRPF. Y tercero, al igual que Trump, introducir medidas fiscales de corte proteccionista (como subirle el impuesto sobre Sociedades a las empresas que produzcan fuera de EEUU para revender en EEUU así como introducir bonificaciones fiscales a las empresas que se reubiquen en EEUU). Los efectos de estas (y otras) medidas llevarían a que el crecimiento a largo plazo de EEUU se redujera en 1,6 puntos, a qué se destruyeran más de 500.000 empleos y a que el país descendiera desde la posición 18 a la 30 en el índice de competitividad fiscal global de la Tax Foundation. Aunque los contribuyentes más perjudicados serían el top 1%, todos —absolutamente todos— los ciudadanos verían caer sus ingresos después de impuestos durante la próxima década como consecuencia del plan de Biden. Eso sí, sus propuestas arrojarían unos ingresos presupuestarios de 2,7 billones de dólares a lo largo de diez años, lo que le permitiría al demócrata incrementar el gasto público y el tamaño del Estado.

En definitiva, y en contra de la narrativa de algunos, estamos ante dos candidatos que intentan conquistar el poder a costa de aumentar la carga financiera que pesa sobre los estadounidenses: ya sea recaudando menos sin adelgazar el Estado para así endeudarlos más o recaudando más para engordar el sector público y endeudándolos lo mismo que ahora. Entre políticos con pocos escrúpulos anda la presidencia del Estado más poderoso de la tierra.