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Ten Easy Arguments against Government Intervention

Below, I lay out ten easy libertarian arguments to use during debates around the coffee table. It is worth having a few arguments at the ready that, because of their simplicity, overwhelming logic and visual power, appeal directly to a person’s common sense and are able, at least, to plant a seed of doubt. The ten arguments listed are, of course, not the only or even the best ones. They are a small sample of what should be in our easy-access dialectic arsenal:

  1. In the words of Butler Shaffer, if drinking a liter of whisky a day causes cirrhosis, the solution isn’t changing the brand of whisky, but changing one’s habits. When the State, however, persists in failure (education, health care, the war on drugs) many people demand more public funding (more whisky) while expecting different results. It is as if a company repeatedly defrauded us, but instead of taking our business to the competition, we wrote it a bigger check.
  2. The expression “the market will take care of it” is not as dogmatic as “the State will take care of it.” With the market, you recognize the limits of your own knowledge and place your trust in the entrepreneurial creativity of millions of individuals risking their own resources and reputations within the framework of a competitive and decentralized system. With the state, you look to a few bureaucrats lacking the incentives (they answer to voters not consumers or shareholders, and they are not managing their own resources but those of taxpayers), the omniscience and the mechanism to discover and test solutions (the price system). The market, as Boudreaux explains, is a simple and reasonable rule for a complex world. The state is a simple act of faith.
  3. To justify public sector intervention from an economic perspective, it is not enough to demonstrate theoretically that the State can correct supposed market failures. It is necessary to also demonstrate the State, in the real world, will tend to act exactly as the theorists want it to act. Allowing, for argument’s sake, that the market has its shortcomings, the costs of unleashing the beast (granting power to the State) might outweigh any benefits, making it preferable to restrict the State’s activities as much as possible and learn to live with the market’s imperfections.
  4. Democratic paternalism is incongruent: if we are not sufficiently enlightened or responsible to decide what to do with our money, bodies and lives, how can we be sufficiently enlightened or responsible to vote for someone to decide for us?
  5. If protectionism (keeping foreign imports out) is beneficial, why do states at war impose protectionism against their enemies through blockades and trade embargos? And if it is good for the country, why not for a city or a town or a neighborhood…or in our own home?
  6. For businessmen, labor is a commodity and like all commodities it obeys the law of supply and demand. If the price of apples rises, consumers buy fewer apples. If the price of labor rises (because of minimum wage laws and workplace regulations) businessmen hire fewer workers and unemployment increases.
  7. A mugger attacks someone in the street, next to the Parliament building, and shouts: “give me all your money!” The victim responds: “do you know who I am? I am a member of Parliament.” The mugger answers: “Then give me all my money.”
  8. Wealth is not a pre-existing cake with a fixed size to be distributed among the world’s population in such a way that if a few people get a bigger serving others will have to survive with smaller servings. Wealth is a cake that we create and enlarge constantly thanks to the market process. What we must ask is how people increase their wealth: distributing equal portions of a static cake or allowing individuals through the market process to obtain unequal portions of an ever-expanding cake?
  9. If we tend to reject laws that discriminate according to race, religion or gender, why do some accept laws that discriminate according to wealth? As Robert Nozick pointed out, people are discriminated against based on their preferences: someone who wants to see a movie (and must work to buy a ticket) is forced to pay taxes to the State while someone who prefers to watch the sunset does not. Taxes do not penalize the act of watching a sunset, but they do penalize the act of serving others to earn extra money to buy a ticket thereby undermining the incentive to be productive.
  10. History and empirical data. People emigrate from Cuba to Miami, not the other way round. The beaches surrounded by fencing are in North not South Korea. On one side of the Berlin Wall they shot people who came too close it, on the other side people could paint graffiti. Dynamic Ireland has overtaken rigid Sweden and Finland. Government spending in the 10 fastest growing economies during the 1980s and ‘90s was around 25 percent of GDP (about half what European governments spend). Vietnam, China and India have prospered since opening up to the market. There is an unmistakable correlation between economic freedom and prosperity.

What other easy libertarian arguments do you suggest?

Así en España como en Venezuela

Ese día la vicepresidenta De la Vega anunciaba nada menos que la nacionalización de los manantiales naturales de agua, convirtiendo en meras concesiones públicas por 60 años lo que era propiedad privada en toda regla. Es como si fuera a su casa y le dijera que a partir de ese momento pasa a ser del Estado, pero que no se preocupe, porque se la cede generosamente durante seis décadas.

Imagínense lo que supone este precedente. El Gobierno considera que un determinado tipo de recurso es “bien público” y que en consecuencia (como si una cosa implicara la otra) la hace suya. Puesto que no hay criterios objetivos para decir qué es un “bien público” y si los hubiera el Gobierno no se atendría a ellos (como es el caso del agua), el Ejecutivo puede declarar “bien público” a prácticamente cualquier cosa. Una vez dado ese paso, poniendo su decisión arbitraria como argumento, puede apropiárselo sin más. Es decir, que en cierto sentido la propiedad privada lo es hasta que el Gobierno decida todo lo contrario, prácticamente sin limitación alguna.

Es una decisión extraña, porque hay empresas que llevan más de cien años explotando privadamente sus fuentes de este mineral y distribuyéndolo a los consumidores de forma eficiente. ¿Qué necesidad hay de nacionalizarlas?

La función de la propiedad sobre la tierra o los recursos minerales es tan sencilla que es fácil olvidarse de ella o despreciarla, pero tiene una enorme importancia. Se trata de decidir cuál es el destino económico más conveniente, esto es: qué uso es el más adecuado, qué ritmo de extracción es necesario y qué precio refleja mejor el sentimiento del mercado.

Con la nacionalización de los manantiales nos acercamos un poco a Venezuela; a su calidad democrática y económica. Esperemos que el Gobierno no se sienta animado a lo Evo Morales, y no lleve la tentación nacionalizadora más lejos.

E.On, fascismo y campeones nacionales

Traducido al nacionalista paladino, el fascismo en economía se cifra en la expresión "campeón nacional". El asalto a Endesa comenzó como el intento de crear un campeón nacional catalán, controlado por la Generalidad desde La Caixa. El Gobierno de Zapatero apoyó la operación por compromiso político con el tripartito, aunque eso le obligara a incluir como ministro a Montilla. Claro, que Montilla venía con una deuda con La Caixa que el partido socialista no había tenido a bien pagar.

Desde el Gobierno se ha hecho de todo para sacar adelante la entrega de Endesa a La Caixa, vía Gas Natural, "como sea". Aún reunirse con Durao Barroso o saltarse a la torera las leyes que vienen "desde el corazón de Europa", como diría el cursi de ZP. Es claro que la aparición de E.On cambió el guión por completo, porque con la eléctrica alemana entraba un competidor con dinero en el bolsillo. Zapatero y Carod volvieron a presumir de su concepción nacional-fascista destacando el carácter español o catalán de Gas Natural, según uno u otro: la nueva empresa debía tener "matriz española" o la aparición de un competidor era "catalanofobia empresarial".

A la gente de a pie, que a diferencia de los políticos no puede manosear a las grandes empresas, lo único que le interesa es contar con empresas que hagan un buen servicio al mejor precio, y poder elegir una compañía rival si cree que va a mejorar. Es decir, lo que le conviene es la libre competencia sin que la política se inmiscuya. Por lo que se refiere al resultado final de las opas sobre Endesa, y viendo lo que hay, podemos decir que tenemos suerte de que E.On se haya llevado el premio, aunque haya tenido que pagar un buen precio, y es que el poder de este u otro Gobierno español sobre la empresa será mucho menor que sobre el fracasado "campeón nacional". Eso que hemos ganado.

La moda ecolojeta

No importa que fueran dos multinacionales energéticas (Enron y BP) las que impulsaran en los 90 el Protocolo de Kyoto para tratar de ganar a la competencia sin necesidad de ganar la confianza de los clientes frente a sus competidores. Tampoco que los científicos escépticos fundamenten sus teorías en argumentos racionales al menos tan válidos como los de quienes creen que el calentamiento de 0,6 grados centígrados experimentado en los últimos 100 años tiene una causa antropogénica.

La otra tendencia que parece consolidarse dentro de la moda eco-hippy para esta temporada es asegurar que determinados sectores económicos van a verse favorecidos o se volverán más atractivos por las catástrofes que nos acechan a la vuelta de la esquina. Los ejemplos más típicos son los de la energía eólica y solar, algunas empresas automovilísticas de conciencia y motores ecológicos o el sector del agua. Esta idea tiene su gracia. Se trata precisamente de sectores tremendamente intervenidos en los que se modifica artificialmente su demanda. En el caso de las renovables el precio de esta energía está subvencionado con cargo al bolsillo del conjunto de los consumidores en un 575% con respecto a la tarifa eléctrica. En el de los coches verdes, su demanda está potenciada por las zancadillas gubernamentales de carácter impositivo contra los coches que más combustible consumen y que generalmente son más seguros y que permiten transportar a más gente. Lo del agua ya es de traca. Si hay un mercado donde el precio no tiene relación con el libre juego de ofertantes y demandantes, ese es el del agua. Vamos, que nos tratan de convencer de que unos sectores intervenidos hasta la médula se volverán atractivos por el calentamiento. Pues si es así, ¿por qué demonios están obligándonos a demandarlos?

Pero hay otro sector al que nos presentan como el más claro favorecido por el supuesto calentamiento antropogénico: el asegurador. El argumento viene a ser que "el aumento de desastres naturales como inundaciones y huracanes provocará la subida de precios en las pólizas" y eso beneficiará al sector. Eso es tanto como decir que si la gente empezara a usar sus vehículos como coches de choque, las aseguradoras de accidentes de automóviles se forrarían. Este nuevo eslogan no hay por dónde cogerlo. Si de verdad aumentaran los desastres naturales, las aseguradoras saldrían perdiendo en un primer momento (¿es esto tan difícil de entender?). Luego tratarán de elevar las pólizas, pero eso no significa que sus beneficios aumenten sino que, sencillamente, para eliminar actuarialmente el riesgo la prima tiene que adecuarse a la nueva frecuencia relativa del evento dañoso. A lo mejor se refieren a que el sector de los seguros accidentes y desastres naturales va a sufrir una expansión hacia nuevos campos inexplorados hasta el momento.

Esta interpretación sólo soy capaz de entenderla a la vista de las declaraciones de ZP en las que compara las muertes por fenómenos naturales (que según él están relacionados con el cambio climático) con las víctimas del terrorismo y rematando la faena al catalogar como accidente la colocación de bombas que sólo estallan después de ser cuidadosamente accionadas con voluntad asesina

Liberalismo represor

Entre muchos liberales hay la creencia que la regulación estatal ha de existir. Para ellos, la libertad total lleva al actor económico y social a un estado de irresponsabilidad que ha de ser atajado por una entidad superior, por ejemplo, el Estado. Esta concepción del liberalismo no deja de estar inspirada en una visión elitista, falsa y despótica. Todo lo contrario lo que implica la idea de liberal.

Los planificadores sociales liberales conciben el conjunto de la sociedad como si fuera una empresa. Creen que España es la empresa, y el Gobierno el gestor. Por alguna razón opinan que ciertos recursos y servicios son una propiedad natural del Estado que ha de ser dirigida por técnicos que tengan vía libre en interferir en la vida de las personas en defensa del conjunto. Un empresario hace algo similar, pero con una gran diferencia. El empresario detecta una carencia en el mercado que cubre mediante la producción del hasta ahora producto inexistente para recibir así el beneficio económico. Es una conjunción de intereses reales y medibles, la del planificador no. Éste sólo monopoliza o nacionaliza un sector de la producción mediante el uso de la fuerza, la ley, para gestionarlo como él mejor cree sin el infalible test del mercado, esto es, la complacencia activa del cliente y su interés hacia ese producto o servicio y no otros. Además, el planificador social tomando este recurso en exclusiva genera un efecto crowding out (efecto expulsión) dejando la competencia mermada y en desigualdad de oportunidades. A diferencia del empresario también, si el Estado falla en su oferta, no cierra, sino que la refuerza. Ejemplos como los de la educación, sanidad o justicia los vivimos diariamente, cuando más fallan, más dinero les destina el Estado. La única solución será entregarlos todos a la sociedad, al mercado.

También cree el planificador social que su teoría es ajena al mundo en el que vive. No contempla las diversas fuerzas contrarias de la sociedad a la que todo medio político sucumbe siempre, como los sindicatos, grupos de presión, grandes empresas o medios de comunicación. ¿Qué nos hace pensar que la brillante teoría del liberal planificador se aplique en la realidad? Nada, sólo es una ilusión de su mente.

Una de las herramientas de la gestión de la "empresa-país" es mediante el control de la información. La idea empieza a tomar fuerza a partir de William Stanley Jevons (1835-1882), que ya en su libro La Teoría De La Economía Política demanda que el estado empiece a recopilar datos para manejar la sociedad. Jevons también destaca por otras teorías brillantes, como la de intentar relacionar los ciclos lunares con los económicos. Jevons no entendió que la información es incomprensible e imposible de acaparar por el ser humano debido a la propia estructura multidimensional y volátil de la misma, los agregados sólo nos sirven para hacer balances de conjuntos para disminuir al máximo los costes, pero "vivir" en sociedad no es un coste ni una utilidad, no hay relación económica. En este sentido, no hay una correlación lógica entre el coste económico del empresario o empresa y el coste social, externalidades, del planificador.

Lo que hizo Jevons y otros, no es más que intentar buscar relaciones comunes de comportamientos contingentes para aplicarlos sobre la sociedad (por ejemplo, relacionar los ciclos lunares con los ciclos económicos), pero en el momento que una ley económica y social se basa en la contingencia se vuelve discrecional, subjetiva y, por tanto, inválida como respuesta a las necesidades reales del hombre libre.

También nos hemos de preguntar, por qué estos planificadores liberales quieren castigar lo que ellos creen que es un comportamiento "violento" de todas las personas, adoptando la idea de Thomas Hobbes, para mitigarla con el uso de más violencia, pero ésta, institucional. Si los hombres son violentos o malos, no tiene sentido alguno colocar a uno de ellos como gestor del resto, es un absurdo, y más aún sin haber pasado el test de afirmación voluntario del mercado. Tal concepción de hombre-de-estado-bueno se convierte en esclavitud. Cuando en esta dinámica entramos, la agresión no es un mal en sí, sino un mal menor que puede derivar fácilmente en el mayor de los males. El desprecio a la vida, propiedad y libertad del hombre libre no harán más que crecer. El S. XX ha sido una muestra.

Entre empresarios o burócratas hay una idea muy difundida: "mi plan es el mejor". Muchas empresas cierran por ese prejuicio no analizado correctamente, pero en el caso del empresario, la responsabilidad última siempre es suya, se crea en este sentido una autoresponsabilidad total. Arriesga su dinero, o el que otros le han prestado voluntariamente bajo su responsabilidad. En el caso del planificador social que pretende regular la educación, la justicia, la medicina, los seguros, la defensa… el proceso es el inverso: arriesga el dinero de otros que ha tomado por la fuerza, por el uso de la violencia y la extorsión; y cuando el plan no funciona, jamás lo paga el planificador, sino el hombre libre que ha sufrido el robo estatal. La responsabilidad desaparece en un entorno de control político.

Sólo la libertad individual es un fin en si mismo y no los desquicios mentales de algún técnico engreído con ansias de dominio social. En realidad, quien pretende controlar la sociedad como si de una empresa u organización de afiliación forzosa se tratara no deja de ser un tirano, y de eso no trata precisamente el liberalismo. Si tales planificadores tan convencidos están de sus planes, que lo testen de verdad creando empresas. Esta es la mejor forma de servir a la sociedad, y de forma voluntaria además, sin imposiciones, monopolios de ley ni castigos.

Le llamaban propiedad

Por ella, maldita palabra, la gente no puede disponer de un piso. Por ella, las personas se ven compelidas a habitar aquellas viviendas vacías.

La sociedad contribuyó a su creación, sin la cual el individuo jamás podría haberla adquirido. De ahí que, no cabe imaginar que sólo una persona pueda disfrutar de ella, no si hay quien carece de recursos para proveérsela. ¿Acaso cuando uno es capaz de hacer algo por si mismo, no debe su capacidad a los profesores que le enseñaron, a los doctores que le curaron y a los policías que le protegieron de los malhechores?

Esa palabra maldita, es la causa de todos los males. Sin ella, las personas no matarían, no robarían. Cuando a los ricos les sobran bienes, es lógico que quienes no pueden disponer de ellos se tomen la justicia por su mano.

Decía Cervantes, a través de su famoso personaje, que el fin de la felicidad mundana llegó aquel día en que alguien dijo "esto es mío".

Por eso, es la hora de poner coto a semejante despropósito. Pero como el número de reaccionarios que se oponen a que se vulneren sus mal llamados "derechos" es aún demasiado alto, el primer paso hacia su abolición es gravarla con impuestos.

Cuando sobre la compra recaiga un tributo, sobre su tenencia otros dos, sobre todo lo necesario para conservarla algún otro y cuando además, a quien tenga más de una, se le castigue bien dejando que otros la ocupen, cuando no incentivando que así se haga o que directamente otro impuesto le haga imposible su tenencia, entonces, la propiedad, esa ignominiosa palabra será un término vacuo.

Lograrlo pasa por un esfuerzo común en el que el egoísmo ceda a la justicia social, la apropiación al reparto equitativo y la solidaridad, sea el principio rector de la sociedad.

Cuando escuchen en la prensa que todavía hay quien se opone al progreso social en nombre de la libertad, estará ante aquellos que quieren que existan diferencias y que la pobreza siga aumentando indefinidamente.

Los pisos vacíos, son el exponente más claro del egoísmo que nos aflige. Acaparar es explotar… a quien nada tiene y nada tendrá. Cualquier medida es escasa, insuficiente, si no alcanza la expropiación.

Los ejemplos vasco y catalán son medidas demasiado moderadas pero, por lo menos, se dirigen hacia un buen destino. Será cuestión de tiempo que la propiedad no sea más que una concesión que da la sociedad a sus miembros, una autorización temporal para que dispongan de lo que han generado gracias a la cooperación social.

La propiedad ha muerto. ¡Larga vida al socialismo!

Adiós, Borrell

Borrell llega a verdes de la atalaya de la burocracia europea que "Europa ya no seduce" y que la gran promesa de sus políticos de sacarla de su decadencia económica y convertirla en la zona más competitiva y próspera del planeta para 2010 no se cumplirá ni en sueños. Pero no acierta en la identificación de las causas del problema y sus soluciones se limitan a profundizar en los errores del pasado.

Para resumirlo en pocas palabras, Borrell sitúa el origen de la lamentable situación en la ampliación del número de países y una diversidad social que no ha venido acompañada de ingeniería social unificadora. De acuerdo con esta visión de las cosas, la globalización se ha convertido en una amenaza a la que hay que "enfrentarse" debido a la coexistencia de la libertad de movimientos, producto del mercado único, y la diversidad fiscal, económica y social de los distintos países miembros. Su solución, claro, pasa por la armonización económica y fiscal e impulsar los grandes proyectos sociales.

Este señor no aprende. En su etapa al frente de la política presupuestaria española, sus propuestas desembocaron en un déficit fiscal cercano al 7% del PIB, tres devaluaciones de la peseta y un paro escandaloso. ¿Se puede ser más miope? El proyecto europeo estuvo vivo mientras se centró en la garantía de las libertades individuales clásicas. En ese entorno, el aumento del número de países sólo podía ser una bendición. En cambio, en el marco de los grandes proyectos igualitaristas que tanto gustan a Borrell y que simbolizó la malograda Constitución Europea, la diversidad y las libertades económicas se convierten en un problema. Por eso, para el presidente saliente, "el mercado único se muestra como el terreno de juego de un capitalismo desenfrenado". Pero la verdadera causa de la decadencia actual es el abandono del proyecto liberal y el abrazo de estúpidas pedanterías colectivistas.

Establecer desde Bruselas, como propuso Borrell, un salario mínimo europeo sólo puede excluir del mercado a los trabajadores menos productivos de Europa. Luchar contra la globalización atacando el federalismo fiscal o tratando de evitar las deslocalizaciones, otras de sus desatinadas propuestas, sólo fomentará la elevación de las barreras frente al resto del mundo. Se ha ido Borrell y esperemos que, con él, la ceguera que aleja a Europa de ser una próspera zona de libertades económicas e individuales.

Conthe y las regulaciones masivas

Evidentemente, esto significa más control y burocracia para las empresas cotizantes y más poder para la CNMV, medidas que no llevarán a nada positivo.

La burocratización del mercado siempre nos conduce a una ralentización del mismo; no sólo a nivel global, sino también particular. Por ejemplo, todos sabemos que una empresa con un alto grado de burocracia o normativas internas se vuelve torpe, resta recursos económicos y humanos enfocados a los clientes para desviarlos hacia el control interno y desaniman a los actores económicos que participan, ya sean clientes, trabajadores o accionistas. Si así ocurre en una empresa concreta, ¿por qué no ha de ocurrir cuando algún ingeniero socio-económico las impone por la fuerza a todo el sector? Si Conthe se dedica a burocratizar el mercado financiero sólo conseguiremos desanimar a los inversores y a los procesos naturales de mercado como OPAs, OPVs, fusiones, etc., creando un sobrecoste artificial. Excepto para la CNMV, claro, que ganará poder dejando estéril una parte del terreno económico.

Otro gran problema del control burocrático de Conthe son los abusos reales del regulador. ¿No se tendría que sancionar a la CNMV por culpar falsamente a empresas como Martinsa cuando el regulador la acusó de filtrar información privilegiada? Si tanto le gusta la transparencia a Conthe, ¿no tendría que informar de las razones por las que cierra una empresa y hace despedir a 50 personas como ha ocurrido recientemente con el caso Vetusta? ¿No tendría que ser sancionada la CNMV, o al menos investigada, en el caso Gamesa? La empresa en cuestión tuvo malos resultados y antes de la publicación oficial de los mismos se los envió a la CNMV. Al rato, y antes que la información llegase al mercado, la cotización de Gamesa llegó a perder hasta un 2%.

Si se burocratiza el mercado sólo conseguiremos que sea la burocracia la que se compre y se venda. Los burócratas ni son infalibles ni son mejores moralmente que nosotros. La gran diferencia entre el regulador y una empresa, entre el alto burócrata y un particular, es que los primeros dictan las leyes pudiendo pasar por encima de ellas cuando les conviene, mientras que los demás sólo podemos obedecerlas.

Los "males" que muchos ven en el libre mercado y la sociedad no se erradican con prohibiciones ni miles de leyes. Si así fuese, la respuesta a todos los problemas de la humanidad serían facilísimos: instaurar un estado comunista mundial y matar la libertad para siempre. Cuando alguien así ha actuado en el pasado en nombre del bien común sólo ha producido tragedias irreparables. El señor Conthe está haciendo con las empresas que cotizan en bolsa lo mismo desde que ocupó su cargo: luchar contra lo que considera injusticias del mercado debido a su erróneo concepto de la economía, creando injusticias más grandes que todos pagan y que sólo benefician a unos pocos.

El aire tiene un dueño

El aire que usted respira pertenece al Estado. El que atraviesan los aviones y los pájaros al volar también es del Estado. El que alimenta las turbinas de los aerogeneradores e hincha las velas de los barcos tiene el mismo dueño. El que atraviesan las señales de televisión, las ondas de radio y las que permiten que hablemos por el móvil no es menos, sobre él gobierna el mismo, o los mismos, porque el Estado nunca hemos sido todos sino unos cuantos que, por la fuerza, se han atribuido nuestra representación y viven de ello.

Argumentan que el aire es limitado y que, precisamente por eso, hay que regularlo, racionar su uso, y que tienen que ser ellos quiénes lo hagan. Por el "bien común", claro, por su bien común, obviamente. El trigo, la cebada o las naranjas también son limitados y no por ello estaríamos dispuestos a admitir que decidieran por nosotros cuántos pueden dedicarse a su cultivo y en qué condiciones.

Pero con el aire es diferente. Nos parece la mar de normal que, por ejemplo, en España sólo haya tres operadoras de telefonía móvil o un puñado limitado de televisiones analógicas y otro un poco más grande de emisoras digitales. Nos parece normal porque siempre ha sido así o peor. Hubo un tiempo en que sólo el Estado podía ocupar el aire con sus señales y la sola idea de que un agente privado lo hiciese era una extravagancia impropia de personas sensatas con sentido de estado. Sí, sentido de estado. Expansivo como es, los gerentes del chiringuito no sólo nos exigen lealtad a punta de impuestos, sino que nos piden que comulguemos espiritualmente con su propio negocio.

Así las cosas, en toda Europa si usted o yo pretende abrir una cadena de televisión o de radio precisa de una autorización gubernamental, una licencia que le permita iniciar las emisiones o, al menos, hacerlo legalmente. En sí esto es una aberración, porque si bien el espectro radioeléctrico, es decir, el aire, es limitado, también lo es que debería ser el mercado el que regulase esa escasez conforme a los parámetros de oferta, demanda y satisfacción del consumidor. Cualquier otra solución es una inaceptable imposición del Estado que, como no podía ser de otro modo, se transmuta en corrupción y nepotismo.

Ahí, sin embargo, no queda la cosa. El Estado, no contento con prescribir arbitrariamente quién puede y quién no puede emitir, se arroga el derecho de dictar los contenidos radiofónicos o televisivos de los concesionarios, el número de empleados, la cantidad de anuncios que éstos pueden ofrecer y, en ciertos casos, hasta el modelo de gestión. Es como si a un fabricante de pantalones le obligasen a sacar al mercado unos determinados modelos, de unos determinados colores y a un determinado precio.

A cambio, el Estado garantiza una competencia controlada en la que nadie se entromete, y si alguien osa hacerlo multa y a la cárcel. La docilidad se premia con generosas campañas institucionales de publicidad y cierta comprensión oficial si las cosas se ponen feas. Una merienda de negros en la que, de los tres que intervienen –el Estado, los operadores y el consumidor–, sólo gana el primero, el segundo sobrevive y, si sabe ser lo suficientemente servil, puede llegar a ganar mucho dinero. El tercero, el espectador, el oyente, cata el menú y calla. No puede hacer mucho más, es por su bien.

Hafnium Valley

Desde hace años venía advirtiéndose que la progresiva reducción de tamaño de los chips de silicio tendría un límite. El mismo Moore anunció que su famosa ley (que afirma que la potencia de los ordenadores se dobla cada año y medio, reduciéndose el precio por unidad de potencia a la mitad) podría dejar de cumplirse en breve debido a la cercanía de ese límite. Así pues, la principal novedad no es que hayan bajado el tamaño del transistor de 65 a 45 nanómetros, pese a ser eso importante, sino que se abre la puerta a mayores reducciones en el futuro, una puerta que con la tecnología tradicional estaba cerrada. Así, Intel ha afirmado que espera llegar a los 32 nanómetros en 2009 y a los 22 en 2011.

La base de los microprocesadores son los transistores, que son los ladrillos con los que se construyen todos los chips. Estos ladrillos tienen, por explicarlo de alguna manera, tres patas. En la primera entra corriente y la segunda actúa de regulador desde donde se le dice si esa corriente debe pasar o no a la tercera pata. Interconectando entre 200 y 300 millones de transistores se obtienen esos prodigios del ingenio humano que son los microprocesadores más modernos de AMD e Intel que actualmente se incluyen en nuestros ordenadores.

El problema con el dióxido de silicio que se estaban encontrando los ingenieros consistía en que, al reducir más el tamaño, se empezaban a producir fugas de electricidad, despilfarrando energía y produciendo calor. Al parecer, el hafnio (empleado en las barras de control de los reactores nucleares por su capacidad de absorción de neutrones) permite funcionar como un aislante eficaz a esos diminutos tamaños. El silicio, no obstante, seguirá siendo el material sobre el que se litografiarán los circuitos, es decir, las obleas plateadas que vemos en fotografías y documentales seguirán siendo fabricadas con ese material, de modo que quizá no haya que cambiar el nombre de Silicon Valley por el de Hafnium Valley después de todo.

Los usuarios no vamos a experimentar grandes avances, sino las mejoras graduales que ya hemos dado por sentadas. Los procesadores consumirán mucho menos en igualdad de prestaciones, es decir, que si se construyera cualquiera de los chips actuales sin tocar el diseño con la nueva tecnología, el resultado sería un microprocesador más pequeño y que se calienta y consume menos. Por supuesto, lo que harán será aprovechar para meter más millones de transistores: 410 en el prototipo que ha presentado Intel. Lo que parece es que esta empresa (que durante un par de años perdió la delantera tecnológica frente a AMD) va a ampliar la ventaja que su Core 2 Duo le permitió adquirir en el mercado. Se calcula que podrá vender sus procesadores con esta tecnología a finales de año, unos seis meses antes que sus competidores. Esperemos a ver cómo contraataca AMD. Bendito capitalismo.