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Etiqueta: Carl Menger

¿Es el valor de cambio un valor de uso? I

En una teoría se pueden utilizar las definiciones que se consideren oportunas con el propósito de explicar la realidad de la mejor manera posible. Teniendo esto en consideración, podríamos definir el valor de uso de manera que el valor de cambio sea un valor de uso más, si consideramos que esto va a explicar mejor la realidad.  

Esta manera de definir el valor de uso podría ser conveniente a la hora de explicar el dinero o cualquier otro objeto que solo sirva para realizar intercambios. Después de todo, no  deja de ser un poco extraño decir que un dinero que solo sirva para intercambiar no tiene ningún valor de uso, pues transmite la idea de que no sirve para nada cuando la realidad es que se usa para facilitar el intercambio, que es una de las necesidades más importantes, sino la más importante, en una economía altamente especializada.

Sin embargo, establecer que el valor de cambio es un valor de uso nos lleva al problema de vaciar de contenido esta diferenciación del valor, porque si el valor de cambio es un valor de uso, entonces todo valor es de uso.

Menger distinguió el valor de uso como el valor de aquellos bienes económicos que satisfacen necesidades de manera directa, y valor de cambio el de aquellos bienes económicos que satisfacen necesidades de manera indirecta.  Pero en cualquier caso son dos manifestaciones del mismo fenómeno: El valor. 

Respecto a lo anterior, cabe destacar que valor de uso y de cambio son en cierto modo contrarios. Aunque pueden coexistir simultáneamente, una vez decidimos intercambiar un bien, ya no es posible utilizarlo. Cierto es que podemos vender una vivienda y seguir habitándola como inquilino―, pero en ese caso nuestro bien económico ya no es la vivienda física, sino el derecho de arrendamiento que se adquiere a cambio de una contraprestación periódica.  Es decir, no podemos sorber y soplar al mismo tiempo.

A efectos dialécticos para el análisis en este artículo, podríamos rebautizar valor de uso como “valor directo” y el valor de cambio como “valor indirecto”.  Al hacer esto, vemos cómo afirmar que un bien tiene valor directo porque tiene valor indirecto es verdaderamente confuso. Habría que abandonar esta estructura conceptual Mengeriana.

En mi opinión, la solución para poder mantener la estructura conceptual de Menger sería rescatar el término “utilidad” tal y como él lo definió, sin mucho éxito por cierto.  Su definición es que todo aquello que satisface una necesidad humana es útil.  Y esto es una cuestión independiente del valor, el aire que respiramos satisface una necesidad humana y en circunstancias normales no tiene ningún valor.

Pero la utilidad sí que puede ser una consecuencia del valor, de hecho todo aquello que tiene valor es automáticamente útil para el intercambio, y el intercambio es una necesidad humana. Como ya expliqué en este artículo, el valor de cambio puede surgir de la mera rareza que pueda alimentar una expectativa de escasez económica, tal y como sucedió con Bitcoin.

El fenómeno de Bitcoin abrió un interesantísimo debate sobre este asunto. Importantes economistas como Eugene Fama, Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Steve Hanke, J.P. Koning o Xavier Sala i Martí, o prestigiosos financieros como Charlie Munger o Warren Buffet rechazaron y rechazan de plano Bitcoin precisamente por considerar que no tiene ningún valor de uso directo (o valor fundamental), y en su marco teórico no contemplan que ni el valor de cambio ni el valor especulativo puedan ser un valor de uso.

Y dentro de la escuela austriaca también corrieron ríos de tinta sobre si Bitcoin violaba el teorema de regresión de Mises por no tener ninguna utilidad ni ningún valor de uso antes de tener valor de cambio.

A la luz de todo lo anterior no cabe duda de que la ciencia económica enfrenta un serio problema teórico por resolver. Puede parecer razonable redefinir el valor de uso para incluir dentro de él al valor de cambio, pero esta estrategia no soluciona la dificultad de fondo. Difícilmente convencerá a los críticos, pues seguirán viendo en ello el razonamiento circular que intentó desenmarañar Mises: si el único valor de uso consiste en que alguien te lo compre a un precio igual o superior porque a su vez también espera venderlo a un valor igual o superior, entonces no se está explicando su valor, sino simplemente asumiéndolo.

Para resolver este problema no basta con una redefinición de términos, lo que necesitamos es poner estos términos en correcta relación con la causa esencial del valor, que no es otra que la escasez.

El error de estos economistas —el mismo que llevó a Mises a elaborar su teorema de regresión— consiste en considerar como requisito previo al valor la utilidad entendida como funcionalidad, es decir, como satisfacción directa de una necesidad distinta de intercambiar o especular (que en esencia lo mismo), de modo que el bien si o si debe tener valor previo por razón de esa otra utilidad.

Como señala Carlos Bondone, el único requisito especial e ineludible del dinero para que satisfaga la necesidad de intercambiar es que sea un bien económico, es decir, que sea escaso.  El dinero sólo puede desempeñar su función, solo puede satisfacer la necesidad de intercambiar si tiene valor. Y si no es escaso, no puede tener valor.

El anterior requisito no es solo aplicable al dinero, sino a cualquier otro bien que solo sirva para intermediar intercambios o para especular con el valor.  En el caso de Bitcoin se ve claro: Si por cualquier razón dejara de ser escaso, si por ejemplo la cantidad fuera ilimitada, dejaría de tener valor, y como consecuencia sería totalmente inútil para el intercambio.

En el caso de cualquier tipo de dinero moderno, podemos dejar fuera de este análisis su fricción en el intercambio —costes de asesoramiento, divisibilidad, etc.—, porque en cualquier caso será muy baja si asumimos que se tratará de dinero fundamentalmente inmaterial o “digital”. Dicho esto, aunque la escasez es condición necesaria, por sí sola no sería suficiente para que un bien sea útil como dinero. Para ello, debería darse un grado de “escasez estable”, es decir, que los agentes anticipen que la dinámica de la cantidad resulte en que la oferta se adapte a las variaciones de la demanda, maximizando así la estabilidad de su valor.

Se podría sostener que estos bienes, que únicamente sirven para el intercambio, satisfacen de manera directa la necesidad de intercambiar y, conforme a la definición de Menger, ello constituiría un valor de uso. Sin embargo, esta interpretación genera confusión porque como decíamos vacía de contenido la distinción entre valor de uso y valor de intercambio. Una vez hacemos la distinción, es mucho más coherente adscribir la necesidad de intercambio al valor de intercambio que al valor de uso. 

También se podría defender que acumular un bien líquido como colchón de seguridad constituye un valor de uso por dos razones: primero, porque aporta un servicio de seguridad frente a la incertidumbre económica; y segundo, porque no se desea intercambiar el saldo de ese colchón. 

Sin embargo, del mismo modo que poseemos extintores con la esperanza de no tener que utilizarlos nunca, y que estos no proporcionan seguridad en abstracto sino que pretenden asegurar la posibilidad concreta de apagar un fuego en caso de incendio, un saldo de liquidez tampoco ofrece seguridad en abstracto, sino que pretende asegurar la posibilidad de intercambio. En definitiva, seguimos hablando de valor de intercambio.

Almacenar o atesorar un bien no es otra cosa que poseerlo por más o menos tiempo, y poseer está implícito en el concepto de valor o escasez. Nadie posee cosas sin valor. Además, el almacenamiento se puede interpretar como una forma de intercambio (intertemporal intrapersonal). 

La necesidad de intercambiar es, sin duda, una necesidad humana como cualquier otra, pero si nuestro marco teórico pretende diferenciar analíticamente valor de uso y de cambio, resulta más que lógico adscribir la necesidad de intercambio al ámbito del valor de cambio (intercambio ↔ valor de cambio). Y sin ningún problema podemos afirmar, asimismo, que los bienes económicos sin valor de uso y que solo sirven para el intercambio, son útiles.

La clave, por tanto, no consiste en redefinir las categorías de valor, sino en comprender que la condición para que un bien tenga valor es la escasez; que la utilidad no constituye por sí sola causa suficiente; y que, por el contrario, la utilidad —entendida como funcionalidad—  puede ser consecuencia del valor.

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (VI): el valor de cambio

En el artículo de hoy nos vamos a desviar de la temática central de esta serie que estaba destinada a analizar la cardinalidad de Menger vs. la ordinalidad de Mises, y vamos a hablar del diferente enfoque que realizan Menger y Mises sobre el valor de cambio.

De nuevo, quiero resaltar que para bien o para mal las diferencias son significativas.  Y aunque no lo pareciera en principio, hay que tener presente que siendo la teoría del valor la base de toda teoría económica, cualquier error o imprecisión por pequeña que sea se puede transmitir y magnificar a lo largo de la teoría y acabar teniendo graves repercusiones.

Ambos autores afirman que la distinción entre valor de uso y valor de cambio no es  esencial. Mises llega a afirmar que es una distinción ya innecesaria. Para Menger son dos manifestaciones del mismo fenómeno, pero sí considera pertinente mantener esta distinción para que su teoría pueda explicar mejor la realidad.

Para Menger el valor de cambio existe cuando el sujeto valora un bien para satisfacer una necesidad de manera indirecta. Lo intercambiará por otros bienes hasta llegar por fin al bien que satisfará una necesidad directa. Mientras que el valor de uso existe cuando el sujeto valora un bien para satisfacer una necesidad de manera directa: Para usarlo o consumirlo.

Aquí es importante distinguir entre utilidad y valor de uso porque los bienes que sólo tienen valor de cambio son útiles sin ninguna duda, pues satisfacen la necesidad de intercambiar, pero al tratarse el intercambio de una necesidad indirecta, no estaríamos hablando de valor de uso sino precisamente de valor de cambio. No porque algo sea útil podemos decir automáticamente que tiene valor de uso. De ser así nos cargaríamos la distinción entre valor de uso y valor de cambio, cosa que en ningún momento quiere hacer Menger.  

Este pasaje de Mises del capítulo VII de la Teoría de la Moneda y el Crédito ilustra la diferencia importante entre Mises y Menger (las citas son traducciones de la versión original en alemán, donde utiliza el término “Ware” que es mercancía, y no “artículo” o “bien” como hace la traducción española):

Por lo que se refiere al valor de uso de una mercancía, no importa si esta mercancía tiene también valor de cambio o no, pero para que el dinero tenga valor de uso es esencial que tenga valor de cambio. […] No hay razón para entrar a discutir este punto, especialmente desde que la distinción entre valor de uso y valor de cambio no tiene ya en la teoría del valor la importancia que solía tener.

Esta gran diferencia entre Menger y Mises sobre las mercancías ya la analizamos exhaustivamente en nuestra serie anterior. Aquí lo importante es que Menger zanja muy claramente este asunto sin ningún tipo de balbuceo, pues en su teoría ninguna mercancía tiene valor de uso, y el dinero es una mercancía más. Continuamos con Mises:

Lo que más nos interesa es demostrar que la función de la economía en lo que se refiere al valor del dinero es más importante que la que tiene en el tratamiento del valor de las demás mercancías. Cuando explica el valor de las mercancías, la teoría de la mercancía [WarenKunde] puede y debe limitarse a considerar como dado el valor de uso subjetivo, dejando la investigación de sus orígenes al psicólogo;
[…]
Al revés que las mercancías, el dinero nunca puede usarse a menos que posea un objetivo valor de cambio o poder de compra. El valor subjetivo del dinero depende siempre del valor subjetivo de los otros bienes económicos que pueden obtenerse a cambio de él. 

Mises, por el contrario, juega con la posibilidad del “valor de uso” del dinero para luego descartarlo, pero no parece caer en la cuenta de que, independientemente de que su valor sea de cambio, el dinero es útil y por tanto sí qué puede “usarse” aunque no tenga valor de uso, pues satisface la necesidad de intercambiar, de ahí precisamente el concepto de valor de cambio, porque satisface la necesidad de intercambio.

En el marco teórico de Menger la utilidad de las mercancías es la misma que la del dinero, el intercambio.  Por tanto, su teoría del dinero es una continuación de la teoría de la mercancía, mientras que en Mises habría una especie de bifurcación. 

Precisamente por tratar de manera distinta a Menger los conceptos de mercancía, valor de cambio, valor de uso y utilidad, Mises se mete innecesariamente en un problema circular al establecer que el valor del dinero es su poder adquisitivo, y por ello necesita recurrir a su teorema de regresión para deshacer esa circularidad.

Menger se quejaba amargamente de la manera confusa en que la ciencia económica empleaba los términos “utilidad” y “valor de uso”. No se le hizo mucho caso en su época, ni tampoco se lo hizo Mises ochenta años después cuando escribió La Acción Humana, donde podemos corroborar el distinto empleo que hace Mises de esta misma terminología:

Para la praxeología, el término utilidad equivale a la importancia atribuida a cierta cosa en razón a su supuesta capacidad para suprimir determinada incomodidad humana.

El concepto praxeológico de utilidad (valor de uso subjetivo, según la terminología de los primitivos economistas de la Escuela Austríaca) debe diferenciarse claramente del concepto técnico de utilidad (valor de uso objetivo, como decían los mismos economistas). El valor de uso en sentido objetivo es la relación existente entre una cosa y el efecto que la misma puede producir.

Resulta profundamente contradictorio, por cierto, que en la primera cita que hemos expuesto Mises afirme que es innecesario discutir la distinción entre valor de uso y valor de cambio del dinero —una distinción que, según él, habría quedado superada—, cuando en realidad dicha diferenciación es absolutamente esencial para la formulación misma de su teorema de regresión.  El teorema no sólo presupone esa distinción, sino que carecería por completo de sentido sin ella: no podría articularse ni tendría razón de ser alguna si no se diferenciara entre valor de uso y valor de cambio.

En Menger, el valor del dinero se explica como el de cualquier otro intermediario, y mirando al futuro. Por eso define al dinero como el “intermediario general de los intercambios”. El intercambio en sí mismo aporta valor, pues valoramos más lo que recibimos que lo que entregamos. Por tanto, el valor de un intermediario depende del valor que se estime que aportarán en el futuro los intercambios que el intermediario posibilitará o ayudará a facilitar. Y la capacidad de intermediar intercambios depende, a su vez, de las características intrínsecas de la cosa para facilitarlos, de su intercambiabilidad (divisible, portable, fungible, verificable, difícil de falsificar, etc).

Para Menger el poder adquisitivo es una consecuencia del valor de cambio, no su definición. Mises, por el contrario, explica el valor de cambio como el valor de uso subjetivo de los bienes que se pueden obtener a cambio.  Esto ya es una definición circular en sí misma, porque explica el valor de cambio por su consecuencia, no por su causa. Presupone el valor de cambio en lugar de explicarlo. Y es que el valor de cambio de una mercancía bien puede llegar a estar constituido únicamente por los servicios que dicha mercancía presta como intermediario del intercambio, como él mismo llega a reconocer para el caso del dinero que circula sin tener ya ningún valor de uso. Y son esos servicios los que llevan al mercado a valorar esa mercancía. Y una vez tiene valor por esos servicios o potenciales servicios, llega entonces la consecuencia de su capacidad de ser intercambiada por otros bienes.

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

(IV) La escala de Mohs

(V) La escasez

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

La unidad de cuenta como causa esencial del dinero

Quienes me leen saben que soy un firme defensor de Carl Menger. Estoy convencido de que sus teorías sobre el valor, el intercambio y el dinero son las que mejor explican la realidad, por encima de cualquier otra teoría desarrollada desde entonces. De hecho, no fue hasta bien entrado el siglo XXI que algunos autores comenzaron a desarrollar su teoría en una línea verdaderamente fiel a Menger: Carlos Bondone, Antal Fekete, José Ignacio del Castillo y Juan Ramón Rallo destacan entre ellos.

Quisiera resaltar que este artículo surge de una serie de conversaciones muy productivas con Juan Ramón Rallo, de quien tanto he aprendido hace ya casi 20 años, y a quien desde aquí quiero enviarle mi más cariñosa felicitación por su merecidísimo Premio Instituto Juan de Mariana 2025. Su labor incansable, tanto como teórico riguroso como divulgador brillante al servicio de la Libertad, lo hacen más que merecedor de este reconocimiento.

¡Enhorabuena, profesor, y gracias una vez más por tanto!

Por supuesto, cualquier error que pueda haber en este artículo es responsabilidad únicamente mía. En mis artículos y en redes sociales suelo invocar una y otra vez, algunos dirán que cual papagayo, los razonamientos mengerianos. Pero no lo hago por devoción acrítica, sino porque creo sinceramente que su teoría sigue siendo la que mejor explica la realidad. Y, aunque muy rara vez considero pertinentes las correcciones que le hacen otros autores, nada me impide ni me impedirá señalar lo que considero un error en su obra si es que alguien lo identifica.

Un posible error es haber identificado la función de medio de intercambio como la causa esencial del dinero. Carlos Bondone en su momento propuso que, si bien la unidad de cuenta podría no ser la función esencial del dinero, sí que era la más importante porque servía para facilitar el cálculo económico. Pero en sus trabajos más recientes ha evolucionado esta posición para afirmar que, en efecto, la unidad de cuenta sí que es la causa del dinero y es su función esencial. Y aunque me ha costado varios años conseguir asimilar sus argumentos, he conseguido llegar por fin a la conclusión clara de que Bondone tiene toda la razón.

En la tradición de pensamiento de la escuela austriaca la expresión “cálculo económico”, nos hace pensar automáticamente en precios, pues Ludwig Von Mises excluía tajantemente que sobre el valor se pudieran realizar cálculos cardinales de ningún tipo. Y visto así, el cálculo económico solo puede ser una consecuencia de los precios, y los precios son una consecuencia del intercambio. 

La clave que nos ofrece Bondone está precisamente en revisar este orden causal de la teoría económica de la siguiente forma: El intercambio es anterior a los precios y al dinero. Y que cualquier intercambio requiere calcular cantidades previamente. 

Y yo añado que el cálculo económico es también necesario para valorar. Menger establece que un objeto sólo tiene valor cuando la cantidad deseada por los sujetos supera a la cantidad disponible para estos sujetos. Esto aplica también a toda mercancía, incluido el dinero. Eso sí, para que algo pueda ser mercancía y por tanto eventualmente dinero, debe tener además valor de cambio.

Pongamos un ejemplo sencillo: un cepillo de dientes ya usado o una dentadura postiza tienen valor de uso para su propietario, pero no valor de cambio para terceros (salvo casos muy excepcionales). Por lo general, nunca entran en el tráfico mercantil. El dinero, por el contrario, necesita sí o sí valor de cambio para poder circular.

Y aquí es donde entra en juego la unidad de cuenta: no podemos estimar si la cantidad deseada supera a la disponible sin antes definir una unidad con la que cuantificar esa cantidad. No hablamos de unidades estandarizadas, sino del concepto básico de unidad que ya usaban los hombres del Paleolítico: una manzana, un bisonte, una nuez.

La unidad elegida dependerá del acto de valoración: Bien puede ser un cántaro de agua, o un río entero si de lo que se trata es de negociar que tribu o nación es la propietaria del río. Pero debe haber alguna unidad, porque sin unidad no puede haber cuantificación, y sin cuantificación no puede concebirse la escasez, y por tanto el valor subjetivo. 

Hay que recordar que el valor subjetivo significa que la cantidad que necesita el sujeto es mayor que la cantidad disponible para ese sujeto.  Menger no utilizaba el término “escasez” para referirse a este concepto, y por una muy buena razón. Y es que es muy fácil interpretar escasez como mera rareza o escasez física objetiva, cuando él quiere referirse a escasez económica utilizando muy insistentemente la expresión “relación cuantitativa” entre la cantidad necesitada y la cantidad disponible. Por tanto, fue muy previsor al no utilizar el término “escasez” para evitar confusiones.

Por cierto, no quiero dejar de subrayar que en la cantidad necesitada ya va incluida la importancia o preferencia. 

El valor, como fenómeno subjetivo, surge cuando se identifica una necesidad insatisfecha. Y lo notable es que esa necesidad no requiere que el bien que la satisface exista realmente. Basta con que el sujeto lo conciba —aunque sea vagamente— como una posibilidad. En la Edad Media, alguien podía desear un “aparato para comunicarse instantáneamente a distancia”, aunque no existiera aún el teléfono. Esa necesidad ya genera valor subjetivo: Tenemos una unidad deseada aunque sea totalmente abstracta e indeterminada (“algo que me sirva para comunicarme”), frente a cero disponibles.

Este punto es esencial: el valor no está en los bienes y existe antes que los bienes. Y eso permite entender cómo el valor impulsa la acción humana. La necesidad mueve al individuo a buscar, imaginar o crear aquello que la satisfaga. Y para ello, incluso en un proceso interno como el intercambio intrapersonal o autístico de Robinson Crusoe, se requiere una unidad que permita valorar, calcular, comparar.  Para Crusoe posiblemente la unidad más conveniente para cuantificar serán sus horas de tiempo, y aquí saludamos muy de lejos a Marx.

Pero dejemos atrás a Marx y abracemos con entusiasmo al gran Ludwig von Mises, al menos para reconocerle que señala muy acertadamente que toda acción humana implica un intercambio. Ahora bien, todo intercambio presupone valor, y el valor, a su vez, presupone unidad porque como hemos dicho antes es ineludible pensar en cantidades necesitadas y disponibles. Todos intercambiamos nuestro tiempo y recursos para intentar obtener cosas que hemos decidido que tienen valor para nosotros. Y no podemos decidir si algo tiene valor o no sin unidad que cuantifique las cantidades.

El intercambio, ya sea intrapersonal o interpersonal es un acto que busca la satisfacción de un fin o necesidad, y presupone escasez.  Nótese que la mera posesión o atesoramiento ya es en sí mismo un intercambio intrapersonal en el tiempo. Esta presunción de escasez está presente tanto en Menger como en Mises, pues este último sólo considera susceptibles de intercambio los medios, y excluye del concepto de medio aquello que no es escaso (bien no económico en los términos de Menger).

La unidad que utilizamos para llegar a la conclusión de escasez es un concepto independiente del intercambio. El desarrollo y perfeccionamiento de estas unidades, comienza como “almacenes de valor” dentro del intercambio intrapersonal en el tiempo, por ejemplo estimamos que a igualdad de capacidad nutritiva, las nueces son mejor medio de intercambio en el tiempo que las castañas, simplemente porque duran más.  Esto ya lo hacen incluso las ardillas aunque sea instintivamente, consumen los frutos menos duraderos y atesoran los más duraderos.

La causa de que se intercambien intrapersonalmente las nueces y no las castañas es la mayor estabilidad de su valor, en este caso de uso. No hay que perder de vista que la finalidad del intercambio no es otra que preservar o aumentar el valor, no intercambiar por intercambiar.

Esto se traslada exactamente igual al intercambio interpersonal, y en un proceso de descubrimiento las mercancías que tienen cualidades más aptas para el intercambio que las hacen más intercambiables o vendibles (duraderas, divisibles, homogéneas, limitadas en cantidad, etc), son relativamente más estables en su valor y por tanto más convenientes para comparar el valor que se entrega versus el que se recibe en un intercambio.  

Las cualidades de las mercancías que facilitan su más fácil intercambio (vendibilidad) bien podrían ser la causa de que el valor de sus unidades marginales sea relativamente más estable en el tiempo gracias a sus cualidades (de nuevo nueces vs. castañas).

Y por estabilidad no me estoy refiriendo a la estabilidad ya final de lo que ya es dinero, sino al concepto más básico de estabilidad que es más bien conservación del valor, o que decaiga relativamente más despacio que el de otros bienes, como el sencillo ejemplo de las nueces frente a las castañas.

En conclusión, esta mayor conveniencia como unidad de cuenta más estable, en el sentido de que intercambiarlas intra e interpersonalmente suponen un menor quebranto económico, serían la causa de utilizarla como medio de atesoramiento o posición de seguridad o liquidez.  Démonos cuenta que nuestros colchones de tesorería modernos son, en esencia, exactamente lo mismo que el stock de nueces de la ardilla, que ya es un intercambio intrapersonal en el tiempo. 

Luego, y con lógica consecuencia los distintos bienes compiten como medio de intercambio interpersonal o mercancía, y finalmente la mercancía cuyo valor es relativamente más estable que las demás, aquella que es mejor unidad de cuenta, pasa a ser dinero.

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (V): La escasez

A diferencia de lo que podría parecer, las teorías del valor de Menger y de Mises no son exactamente iguales, y tampoco se podría decir que la teoría de Mises, por ser posterior, elabora en mayor detalle la de Menger. Sobre la cuestión de la escasez, Mises adopta un enfoque mucho más simple que el de Menger.

En principio si la simplificación es pertinente y correcta debería ser más que bienvenida, pues como norma general se puede considerar superior sobre las demás aquella teoría que pueda explicar la realidad de forma más general y/o más simple.

Sin embargo, en este caso la simplificación de Mises parece más bien un retroceso que un avance. Mises se refiere a los bienes económicos como medios para alcanzar un fin. Y en ese sentido, sostiene que los medios son escasos o no lo son, sin detenerse demasiado en matices intermedios. Su enfoque es dicotómico: una vez el hombre percibe que un bien es escaso, lo valora subjetivamente, guiado por su preferencia o deseo. Es, por tanto, un planteamiento cualitativo y genérico del valor, que tiende a considerar los bienes económicos “en bloque”, donde el grado de escasez tiene muy poco protagonismo en la teoría.

Menger, por el contrario, es mucho más minucioso y detallado. Su análisis es cuantitativo y totalmente enfocado en la relación concreta entre la cantidad necesitada y la cantidad disponible. Para Menger, la condición de bien económico (o “medio”, en la terminología de Mises) no es una cuestión de escasez percibida o tácita, sino que está determinada por la magnitud específica de esa relación. Cuanto mayor sea la diferencia entre cantidad necesaria y disponible, mayor será el grado de escasez y, por ende, el valor económico del bien. Menger aporta así un enfoque más granular, que permite graduar la valoración según la intensidad de la escasez. 

Este grado de escasez no es otra cosa que la base matemática de la curva de utilidad marginal. Cuantas menos vacas tiene el ganadero de Menger, mayor valor tiene la vaca marginal.

Por ejemplo, si Crusoe cuantifica que necesita dos litros de agua al día para beber y también cuantifica que puede disponer de más de diez al día sin ningún esfuerzo significativo, para Crusoe el agua no sería escasa y no tendría ningún valor, y esto sería así como consecuencia de este cálculo cuantitativo y no como consecuencia de ninguna “preferencia subjetiva” entendida en su sentido más literal de mero deseo o gusto. A Crusoe no le ha dejado de gustar el agua, ni tampoco ha dejado de necesitar agua.

Por el contrario, si Crusoe estima que solo dispone de un litro de agua fácilmente accesible y necesita dos, ya existe un grado de escasez perfectamente cuantificable: le falta un litro al día, y deberá dedicar tiempo y recursos para obtenerlo. Es razonable pensar que, si la necesidad diaria queda establecida en dos litros, el factor determinante del valor del agua no será el deseo, sino la cantidad disponible. 

Queda demostrado, entonces, que sin modificar un ápice la preferencia subjetiva, el valor puede cambiar radicalmente en función de la cantidad disponible. La teoría de Mises, al conceder un peso desproporcionado a la preferencia subjetiva sobre la escasez, desdibuja —a mi juicio— el núcleo esencial de la revolución marginalista.

Con esto no queremos afirmar en absoluto que la teoría de Menger sea puramente cuantitativa. Nada de eso. Pero su enfoque acota mucho mejor la subjetividad entendida como simple preferencia (o incluso capricho). En Menger “subjetivo” significa sobre todo cuánta cantidad necesita el sujeto, y de cuanta cantidad dispone el sujeto.

Y la preferencia subjetiva se refleja cardinalmente en el cálculo de la cantidad necesitada, como ilustra en su ejemplo del tabaco. Si ya nadie deseara fumar, la cantidad necesitada de tabaco sería cero. Aplicando esto al caso de Crusoe, es también razonable pensar que, si Crusoe valora mucho más que otros la posibilidad de asearse, estimará una necesidad de agua mayor que la que calcularía otra persona en sus mismas circunstancias.

Fijémonos que al final se acaba cuantificando una cantidad necesitada. Es decir, la preferencia subjetiva se puede plasmar perfectamente en una cantidad cardinal concreta, sin importar lo más mínimo que esa preferencia nos pueda parecer racional o irracional.

Por tanto, no resulta realista ni parece ofrecer una buena explicación de la realidad el enfoque de Mises, donde se estima más valioso aquél que se prefiere sobre otro, sin posibilidad alguna de cuantificar cuánto más valioso.

Es mucho más realista el enfoque de Menger, donde se cuantifican las cantidades necesitadas y disponibles, y a partir de ahí pueden obtenerse estimaciones cardinales del grado de escasez de unos bienes frente a otros. Por ejemplo, tras evaluar las cantidades necesitadas y disponibles de agua y comida, puedo estimar que en esta isla la comida es cuatro veces más escasa que el agua, y tiene pleno sentido que planifique mi tiempo y recursos según esa proporción, aunque sea aproximadamente.

Más aún, las cantidades necesitadas pueden ajustarse en función del tiempo y recursos disponibles para llegar a una planificación óptima, renunciando, por ejemplo, a alguna unidad de comida. Y todo ello constituye un cálculo cardinal, no distinto del que se realiza en el ámbito de los precios, pero aquí circunscrito al valor.

Respecto a esto último, como hemos insistido en entregas anteriores de esta serie, conviene recordar que para cuantificar cardinalmente el valor no es necesaria una exactitud total, ni una unidad de medida absoluta o constante. El valor de un bien puede expresarse en términos de otro, como hace Menger de forma sencilla en su ejemplo de las vacas y los caballos.

Sin restarle importancia a la satisfacción de una necesidad en lo que respecta al valor —independientemente de las cantidades disponibles— no debemos olvidar que la revolución marginalista consistió precisamente en identificar la escasez como elemento esencial del valor, popularmente ilustrado con la paradoja del agua (abundante) y los diamantes (escasos). Y la escasez no es otra cosa que la relación cuantitativa y cardinal entre cantidad necesitada y cantidad disponible.

Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

(VI) La escala de Mohs

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

La causa última de la riqueza de las naciones: reinterpretando a Adam Smith

Eduardo Blasco, en su serie de notas sobre Substack, publicó un breve comentario sobre Smith y Menger (Carl Menger vs. Adam Smith). Afirmó que Carl Menger critica erróneamente a Adam Smith al hablar del crecimiento económico. Blasco argumentó que Smith postulaba que la causa última de la riqueza de las naciones era la división del trabajo. Menger, sin embargo, criticó erróneamente a Smith al afirmar que la extensión del conocimiento es la causa última de la riqueza de las naciones, mientras que la división del trabajo es sólo uno de los muchos factores que contribuían al progreso, pero no el último.

Blasco malinterpretó a Smith y, en consecuencia, a Menger. De hecho, como demostraré, Adam Smith, Carl Menger y Eduardo Blasco comparten la misma opinión sobre la causa última de la riqueza de las naciones.

El significado de la riqueza de las naciones

Adam Smith sostenía que una nación puede considerarse rica cuando su capital se acumula continuamente y los salarios aumentan. Para él, la verdadera medida de la riqueza de una nación es el grado de bienestar del mayor número posible de sus miembros. La gran obra económica de Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, se dedicó a descubrir cómo alcanzar este objetivo.

Adam Smith comienza su libro afirmando que la mayor parte del progreso de la capacidad productiva del trabajo parece deberse a la división del trabajo (p. 33). Para ilustrar esta afirmación, analizó diferentes formas de fabricación de alfileres y observó que un obrero sin formación en la fabricación de alfileres apenas podría producir un alfiler al día. Sin embargo, una fábrica con diez empleados puede producir 48 000 alfileres al día, es decir, 4800 por persona. Para concluir la descripción, reiteró su afirmación inicial y declaró que

la separación de los diversos trabajos y oficios, una separación que es asimismo desarrollada con más profundidad en aquellos países que disfrutan de un grado más elevado de laboriosidad y progreso.

Smith argumentó que el gran aumento de la productividad es consecuencia de la división del trabajo, ya que la especialización propicia mejoras en cuatro ámbitos:

1) El aumento de la destreza de cada trabajador, ya que aprende a realizar mejor una tarea especializada y limitada.

2) El ahorro de tiempo que de otro modo se perdería al pasar de un tipo de trabajo a otro en la producción no especializada.

3) La invención de numerosas máquinas (p. 38).

4) La especialización permite concentrar la producción en fábricas cada vez más grandes. Cuanto mayor es el establecimiento manufacturero, más mentes se dedican a inventar la maquinaria más adecuada para cada tarea. En consecuencia, es más probable que se produzcan innovaciones (p. 136).

Muchos lectores de Adam Smith dejarán aquí su lectura, afirmando que Smith creía que la división del trabajo era la causa última de la riqueza de las naciones.

Sin embargo, Smith continuó investigando la causa última de la riqueza.  En el segundo capítulo de su libro, argumentó que la división del trabajo es una consecuencia y, por tanto, no es la causa última de la riqueza de las naciones. La división del trabajo surge del trueque y el intercambio. El intercambio es lo que permite la división del trabajo, y no al revés (p. 44).

Sin embargo, ni siquiera la capacidad humana de intercambiar y hacer trueques es la causa última de la riqueza de las naciones.

En el Libro Segundo, dedicado a la naturaleza del capital, Smith explica que la acumulación de capital debe producirse primero para permitir la especialización y la explotación de las oportunidades comerciales. La especialización y la división del trabajo solo pueden comenzar cuando un productor «posee existencias suficientes para mantenerse durante meses o años», hasta que el nuevo producto especializado genere ingresos suficientes para mantener al productor y reponer el capital.  En la naturaleza de las cosas, la acumulación del capital debe preceder a la división del trabajo.  El trabajo puede dividirse más solo en proporción a que el capital haya sido previamente acumulado (p. 356).

Sin embargo, Smith aún no ha llegado a la causa última de la riqueza de las naciones.

En el capítulo 7 del libro I, encontramos la causa última de la riqueza de las naciones según Smith. En este capítulo, explica que la invención y la innovación permiten la acumulación de capital.

Así pues, la causa última de la riqueza de las naciones es la capacidad innata del ser humano para inventar nuevos productos o descubrir nuevos mercados, es decir, la innovación, que hace posible la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo.

Smith ya había insinuado esta solución en el capítulo I, donde elogiaba la división del trabajo. En ese célebre capítulo sobre la fabricación de alfileres, escribió sobre un niño que construyó una máquina para aliviar su carga de trabajo y utilizó este ejemplo para destacar la importancia de la división del trabajo en la creación de riqueza. De hecho, muchos lectores de Smith han repetido esta pequeña historia para apoyar la afirmación de que la división del trabajo es la fuente última de la riqueza de las naciones, ya que fomenta la innovación incremental. No obstante, Smith aclara en las frases siguientes que los inventos y las innovaciones pueden inducir a la especialización por sí mismos y no solo pueden ser consecuencia de la división del trabajo:

No todos los avances en la maquinaria, sin embargo, han sido invenciones de aquellos que las utilizaban. Muchos han provenido del ingenio de sus fabricantes … Y otros han derivado de aquellos que son llamados filósofos o personas dedicadas a la especulación, y cuyo oficio es no hacer nada, pero observarlo todo; por eso mismo, son a menudo capaces de combinar las capacidades de objetos muy lejanos y diferentes.

Adam Smith. La riqueza de las naciones, p 40.

En el capítulo 7, Smith amplía el argumento explicando cómo la inventiva conduce a la acumulación de capital. Distingue dos tipos de tasas de beneficios: extraordinario y corriente o medio. El beneficio extraordinario surge cuando se es el primero en introducir un invento en el mercado o en descubrir un nuevo mercado. Smith pone como ejemplo un tintorero para ilustrar la importancia de la innovación. Este tintorero, que inventó la posibilidad de producir un color determinado con materiales que costaban la mitad que los habituales, pudo disfrutar del beneficio extraordinario gracias a una buena gestión (p. 103).

El innovador disfruta de beneficios extraordinarios hasta que los competidores detectan la oportunidad de obtener beneficios, lo que provoca la aparición de la competencia y reduce los beneficios a niveles habituales o medios. Una característica del beneficio extraordinario es que su magnitud no puede determinarse mediante la investigación científica, sino que depende del éxito del producto innovador. Sin embargo, Smith postuló que la tasa de beneficio corriente es una magnitud que puede determinarse mediante la investigación científica. La tasa media de beneficio corriente es similar al tipo de interés. Ambos están relacionados con la cantidad de capital invertido, pero la tasa de beneficio corriente tiende a ser superior a la tasa de interés (p. 148).

Teóricamente, era difícil determinar la magnitud exacta de la tasa de beneficio, pero sugirió que el tipo de interés podía servir como indicador de la posible tasa media de beneficio. No obstante, un beneficio razonable debería ser suficiente para compensar las pérdidas ocasionales. Basándose en los informes de los comerciantes, Smith estableció que una tasa de beneficio doble de la tasa de interés se consideraba una ganancia buena, moderada o razonable, que representaba la tasa de beneficio normal o corriente en Gran Bretaña (p. 150).

En el capítulo 8 del Libro I queda claro que el beneficio extraordinario resultante de la acción innovadora conduce a la acumulación de capital. En este capítulo, primero se explica que una economía carente de invenciones es una economía estacionaria caracterizada por el estancamiento del beneficio medio y de los salarios, y se utiliza China como ejemplo. Smith describió una economía estacionaria como miserable, regresiva y melancólica, acompañada de una pobreza generalizada (p. 129). Por el contrario, subraya que los inventos y su aplicación con éxito son los motores últimos de la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo, todo lo cual fomenta nuevos inventos e innovaciones.

La acumulación de capital y los beneficios extraordinarios no podrían existir por sí solos, sino que fomentan la competencia por los trabajadores. Smith explica que, para obtener beneficios extraordinarios, el empresario debe contratar nuevos empleados. La competencia por los trabajadores aumenta los salarios y mejora sus condiciones de vida. Smith hizo especial hincapié en que la rentabilidad extraordinaria fue la causa principal del aumento de los salarios y de las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Subrayó que la acumulación de capital crea una demanda adicional de mano de obra y que es la causa del aumento de los salarios.

Al demostrar la relación entre beneficios extraordinarios y salarios más altos, Smith llegó a un circulus angelicus: la esperanza de obtener beneficios extraordinarios impulsa a las personas con actitud empresarial a convertirse en proyectistas. La realización de sus ideas induce la competencia por la mano de obra y causa a una subida de los salarios. Los beneficios extraordinarios permiten la especialización y la expansión de la empresa y fomentan la ampliación del mercado. Sin embargo, una nueva oleada de empresarios copia la idea original y reduce el beneficio extraordinario a un nivel normal. Esta caída de la rentabilidad lleva a nuevas innovaciones para restablecer el nivel de beneficio extraordinario. Esta mejora continua conduce a una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y a la creación de riqueza en las naciones.

Menger: la causa última del progreso de la civilización

Menger utilizó el término «progreso de la civilización» para describir lo que Smith quería decir con «riqueza de la nación». Asimismo, Menger criticó la idea de que la división del trabajo es la causa última del progreso de la civilización y, siguiendo su propia lógica, llegó a la misma conclusión que Adam Smith. Es decir, que la causa última del progreso de la civilización es la inventiva humana y la capacidad de innovar. Menger no utilizó las palabras «invenciones» e «innovaciones», pero expresó lo mismo de forma circunspecta: los seres humanos son capaces de investigar y realizar procesos causales entre los bienes para producir nuevos bienes de consumo.  El progreso de la civilización solo está limitado por el alcance del conocimiento humano de las conexiones causales entre las cosas y por el alcance del control humano sobre ellas. 

En cuanto al incentivo relacionado con la inventiva y la innovación, Menger también describió un proceso de obtención de beneficios similar al que conceptualizó Adam Smith. Al hablar del monopolio, Menger argumentó que la primera persona que introduce un nuevo servicio o producto obtiene un beneficio extraordinariamente alto, como un monopolista. Sin embargo, en el caso del mercado libre, la entrada de nuevos competidores que producen el mismo bien reduce el beneficio al nivel más bajo posible.

Por último, Menger sostenía que todos los seres humanos tienen un rasgo empresarial inherente, pero para convertirse en empresarios hay que tener dominio sobre el capital. Además, sostenía que, cuando no se dispone de capital, el crédito ofrece la oportunidad de que las personas emprendedoras se conviertan en verdaderos empresarios y tomen el control del capital para hacer realidad sus ideas:  Cuanto mayor es el crédito, mayores son las posibilidades de que las personas emprendedoras puedan hacerse con el control del capital y hacer realidad sus ideas.

Menger, al discutir el papel del comercio, argumentó que el comercio y el trueque son consecuencia del descubrimiento de cómo satisfacer mejor los deseos humanos, lo que a su vez es consecuencia de la inventiva y no un rasgo inherente al ser humano. Este argumento profundizó la observación de Smith y dejó claro que incluso el comercio y el trueque son fruto de la inventiva humana.

Blasco: la causa última del progreso del crecimiento sostenible

Eduardo utilizó el término «crecimiento sostenible» para describir lo que Smith quería decir con la expresión «riqueza de la nación», o Menger con la expresión «progreso de la civilización».

En su nota de Substack, Eduardo argumentó que lo que permite el crecimiento sostenible es la creación de capital intangible, que es el “extensión del conocimiento” en el lenguaje técnico de la economía dominante.

Conclusión: a pesar de todas las alegaciones, Smith, Menger y Blasco piensan lo mismo.

¿Cuál es la lección de esta reinterpretación basada en una cuidadosa lectura de los economistas más importantes, como Smith y Menger?

La lección más importante es que, a pesar de las lecturas erróneas ocasionales o superficiales, existe una línea principal de economía, como sostienen Michells y Boettke (2017). Los representantes de esta línea principal tienen una visión unificadora de los procesos económicos, a pesar de sus enfoques diferentes de la economía, sus diferencias, interpretaciones erróneas y términos distintos. Esta visión se centra en la firme creencia en el ingenio humano y en su capacidad para superar los retos mediante el uso del pensamiento, la inventiva y las innovaciones. La libertad es la condición clave para aprovechar el potencial del conocimiento humano.

Libertad personal para actuar y libertad de comercio. Una vez que se dan estas dos libertades, los seres humanos crean las instituciones necesarias a través de ensayos y errores, como los mercados, para promover su interés, que, como postuló Adam Smith, fomenta el interés de todos, no solo el de personas especialmente dotadas o codiciosas. La competencia de los mercados empuja a las personas con talento e inventiva empresarial a trabajar no solo en su propio interés, sino también del sociedad. Como expresó Smith: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio.”

Bibliografía

Menger, C. (1871) Principles of Economics. New York: New York University Press.

Mitchell, M.D. and Boettke, P.J. (2017) Applied mainline economics: bridging the gap between theory and public policy. Arlington, Virginia: Mercatus Center, George Mason University (Advanced studies in political economy).

Smith, A (1776) La Riqueza de las naciones. 1994. Edición. Alianza Editorial: Madrid.

Ver también

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

De nuevo, Mises no comprendió a Menger IV: la escala de Mohs

Hoy retomo esta serie en primer lugar para analizar si las escalas numéricas que utiliza Menger podrían interpretarse como escalas ordinales, de manera análoga a la escala de Mohs de dureza de los minerales. Y en segundo lugar haré una reflexión sobre la imposibilidad de explicar plenamente la planificación económica por parte de la teoría ordinal del valor.

La escala de Mohs es muy sencilla, ordena la dureza de los minerales de 1 a 10 de manera que el menos duro, el talco, tiene un valor uno y el más duro, el diamante, tiene un valor de 10.  La lógica de la escala de Mohs es que los minerales de mayor dureza pueden rayar a los de menor dureza, pero no al revés.  Esta escala no mide proporciones de dureza, es decir, la dureza no tiene por qué variar en la misma intensidad entre el mineral 1 y el 2, que entre el mineral 4 y 5.  No cabría, por tanto, hablar de proporciones.  Simplemente, un mineral es más duro que otro, nada más. Esta escala no nos dice cuánto más duro es uno que otro. Tampoco tendría sentido realizar operaciones de suma o resta aritmética con estos números.

La escala de Mohs

¿Podríamos interpretar las escalas de valores de Menger como ordinales aplicando la misma lógica que la escala de Mohs?  En mi opinión, rotundamente no.  Como ya hemos expuesto en las entregas anteriores de esta serie, Menger alude constantemente a expresiones como “la medida del valor”, “determinación cuantitativa de la importancia de una necesidad”, “el valor es una magnitud que puede medirse”, “diferencia del valor de los bienes y la medida de los mismos”, “la diferencia de la magnitud del valor”, “Diferencias de la magnitud de la significación de cada una de las satisfacciones de necesidades”, etc. No continúo enumerando expresiones de este tipo para no aburrir al lector. 

Aparte de las anteriores expresiones de carácter teórico, también hay otros pasajes donde Menger se pone manos a la obra con ejemplos prácticos realizando cálculos aritméticos sobre el valor como proporciones, sumas o restas. Ya comenté en entregas anteriores el ejemplo de las valoraciones cardinales de vacas y caballos por parte de los granjeros, y hoy traigo este otro pasaje donde Menger realiza cálculos sobre el valor de los bienes de orden superior:

Supongamos, para dar una expresión numérica a lo que venimos diciendo, que el valor previsible del producto disponible al cabo de un año equivale a 100 y que el valor de la disposición sobre la cantidad de los correspondientes bienes económicos de orden superior dentro del año (el valor de la utilización del capital) equivale a 10. Es claro entonces que en el momento actual el valor de la totalidad de las cantidades suplementarias de bienes de orden superior requeridas para la producción del mencionado producto, excluida la  utilización del capital correspondiente, no equivale para un sujeto económico a 100, sino sólo a 90. Si el valor de la utilización del capital fuera 15, entonces el otro valor sólo sería 85.

El valor que para cada uno de los individuos económicos concretos tienen los bienes es, como ya hemos dicho varias veces, la base principal de la formación del precio

Carl Menger. Principios de economía política, p 219.

No son magnitudes absolutas

Queda meridianamente claro que Menger habla de valores y no de precios, pues subraya que el valor de los bienes de orden superior que está calculando es la base para la formación del precio.

No debemos caer en el error de pensar que por esas expresiones numéricas de 100, 85 o 90 Menger se está refiriendo a magnitudes absolutas. Como en el ejemplo de las vacas y los caballos, las valoraciones las hacemos en términos de unos bienes con respecto a otros. Igual que la distancia la cuantificamos de una cosa, la distancia a medir, con respecto a otra que utilizamos para cuantificarla (pasos, pies, metros, etc).

Para medir, solemos utilizar como referencia el valor marginal que, en un momento concreto, para nosotros tiene el dinero. Y de nuevo, medir el valor en términos de dinero en absoluto implica que estemos hablando de precios.  Si yo voy a un mercadillo y tengo en mente que la camisa que quiero comprar vale 100 unidades monetarias para mi, solo estaré dispuesto a comprarla por 99 unidades o menos.  Es decir, para mí el valor es 100, y el precio será el más bajo posible, inferior a 99.  Podría ser 80, 20 o incluso 5, el precio más bajo posible que consiga negociar con el vendedor.

¿Era Menger cardinalista?

Para concluir con el artículo de hoy, quisiera hacer una reflexión al margen de la discusión de si Menger es cardinalista o no. Y es que no resulta concebible que podamos planificar nuestra actividad previsora sin tener, como afirma Mises, la menor noción de la diferencia de la magnitud de valor que otorgamos a cada uno de nuestros fines o necesidades.

En este sentido, también me gustaría hacer referencia al argumento de Carlos Bondone, que es quien ha inspirado todos mis artículos sobre la medida del valor. Hasta donde yo llego a entender, Bondone sostiene que sólo es medible el valor que se refleja en los bienes, pero no sería medible el valor de satisfacer necesidades. Humildemente, creo que el mismo argumento podría servir para medir la importancia de la satisfacción de necesidades, pues estamos hablando en todo caso de la misma magnitud. Tal y como explica Menger, el valor es la importancia que asignamos a nuestras necesidades que luego proyectamos en los bienes.

Si Crusoe tiene más de una necesidad, ¿cómo consigue distribuir los recursos y esfuerzo que dedica a satisfacer unas necesidades u otras? En un primer momento, e independientemente de que posteriormente pueda reajustar o no, Crusoe planifica. Sabemos que no actúa como un Ñu, que simplemente satisface la necesidad que más le urge instintivamente y, una vez satisfecha, pasa a la siguiente. No, Crusoe planifica de cara al futuro y esto sin duda lo deja muy claro el propio Mises. Planifica su necesidad de escapar de la isla, su necesidad de comer, de beber, intenta procurarse de remedios para eventuales heridas o enfermedades que pudieran surgir, etc.

Precisión y cardinalidad

Según Mises, Crusoe no podría determinar mayores cantidades concretas de recursos y esfuerzo a una necesidad que a otra porque es imposible que pueda calcular diferencias en la importancia de estas necesidades.  Cualquier plan que haga se limitaría a dedicar algo más de recursos a una necesidad que a otra por orden de importancia, pero la argumentación de Mises conduce irremediablemente a que ese “algo más” sólo podría ser arbitrario o especulativo aunque él no lo afirme expresamente, y es más que evidente que esto no es así.

Que si Crusoe dedica aproximadamente 5 veces más esfuerzo a buscar comida que a buscar agua, pues con toda seguridad será porque para él el valor de la comida es más o menos 5 veces superior al del agua en función de su estimación cuantitativa, más o menos precisa o acertada, de las cantidades necesitadas y disponibles de agua y comida.

Quiero subrayar que “5 veces superior” no tiene por qué ser una cuantificación exacta.  La inexactitud en absoluto niega la cardinalidad. Por poner un ejemplo, cuantificar una distancia en pasos es una cuantificación cardinal, incluso aunque se cuantifique de un vistazo sin ni siquiera molestarse en recorrer la distancia contando los pasos.  Recordemos que el argumento de Mises no es que no se pueda cuantificar por un problema de inexactitud o imprecisión.

La posición de Mises

No, Mises niega de manera tajante y rotunda cualquier posibilidad de cuantificación proporcional o aritmética del valor o la realización de cualquier cálculo, y lo hace en numerosas ocasiones a lo largo de su obra. A continuación cito uno de sus pasajes más claros y contundentes en ese sentido:

En la esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le asemeje.

Ludwig von Mises. La acción humana. p 146.

En definitiva, una teoría que no es capaz de explicar bien la realidad, no es una buena teoría. Y la teoría ordinal del valor de Mises es incapaz de explicar por qué Crusoe decide asignar y distribuir cantidades específicas de recursos o esfuerzo a cada necesidad en proporción a su importancia.

Bibliografía
Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

(III) Unidad de medida

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV

La utilidad, asesina del valor (y II)

El hombre se ha enfrentado desde siempre al dificilísimo reto de trasladar valor en el tiempo. El transcurso del tiempo no es otra cosa que el cambio, y el cambio nos genera incertidumbre. Por otro lado, toda decisión implica alguna renuncia o sacrificio. Como suele afirmar el gran Thomas Sowell, no existen las soluciones, solo existen los compromisos.

Pongamos que, por ejemplo, en primavera y verano decidimos emplear nuestro tiempo y recursos en cultivar y aprovisionarnos de trigo para el siguiente invierno, no solo para consumirlo, sino también para intercambiarlo por otros bienes. Pero a costa de lo anterior, descuidamos la preparación de nuestra casa para resistir bajas temperaturas. Si resulta que el invierno llega especialmente helador, podríamos acabar muriendo de frío con la despensa a rebosar de harina. 

El futuro es irremediablemente incierto, y lo que para nosotros fue subjetivamente más valioso de cara al invierno, el trigo, resultó no ser lo que finalmente acabó siendo más valioso. Es más, si la cosecha de trigo fue muy buena, tendría muy poco valor de cambio con nuestros vecinos, que al igual que nosotros estaríamos otorgando mucho más valor relativo a la necesidad de calentarse y, por tanto, a los bienes que pudieran servir para mitigar el frío.  

En una sociedad donde existen buenas posibilidades de intercambio, necesitamos asegurar que el valor que hemos generado en el presente siga disponible para nosotros en el futuro, y para ello necesitamos bienes que consideremos con alta probabilidad tendrán valor de cambio en el futuro. ¿Y qué condición se tiene que cumplir para que sean valiosos en el futuro?: Que sean escasos. 

Bienes raros o irreproducibles

Como había prometido en mi comentario del mes pasado, paso a enlazar con el valor potencial de los objetos “raros”, es decir, aquellos cuya cantidad total es muy limitada y que son muy fácilmente distinguibles de los demás. Los objetos raros no tienen por qué necesitarse para satisfacer ninguna necesidad, y si esto es así, no serán escasos, sino económicamente abundantes por muy pequeña que sea su cantidad.

Ahora bien, las probabilidades de que estos objetos de cantidad limitada acaben por ser escasos son más altas que aquellos otros bienes cuya cantidad es mayor, incluso aunque estos últimos tengan utilidades industriales o de consumo y los primeros no. ¿Por qué? Porque pueden servir para el mero intercambio.  Y si sirven para el intercambio, entonces tienen valor, y si tienen valor, son automáticamente útiles, como consecuencia de ser escasos, que a su vez es consecuencia de ser raros. Y son “útiles” en el sentido de que satisfacen la necesidad de intercambiar. Incluso la necesidad de intercambiar a medio y largo plazo, que es a lo que llamaríamos transferir valor en el tiempo.

Esta idea está presente en el concepto de “collectible” de Nick Szabo. Aunque el término “collectible” es muy descriptivo de lo que a él se refiere, es una palabra que ha llevado y puede llevar a mucha confusión, y quisiera aclarar que Szabo no se refiere a objetos a los que tengamos un apego emocional, que nos dé satisfacción poseer o que demandemos por mero capricho.  Se refiere a lo que serían los antecesores del dinero. Tuve la oportunidad de que me lo aclarara él personalmente cuando aún estaba activo en Twitter.

Protodinero

Después de que yo le reprochara a otro usuario que, en mi opinión, no estaba entendiendo bien el término “collectibles” al asimilarlo a baratijas, ya que lo que Szabo quiere decir es más bien “proto-dinero”, Szabo contestó lo siguiente:

Efectivamente, collectibles (también llamados objetos de valor o dinero primitivo) eran depósitos de valor y medios para transferir riqueza que las sociedades antiguas se tomaban muy en serio, casi tanto o más como nosotros nos tomamos en serio el dinero hoy en día. 

Lo anterior podría parecer que entra en contradicción con una serie de afirmaciones que hace Szabo en Shelling Out, en el sentido de que coleccionar objetos raros por mero placer es un instinto universal en las distintas culturas. Esto no es necesariamente incompatible con su explicación de Twitter, pues a lo largo de miles años el reconocimiento de los objetos raros y con cualidades para funcionar como protodinero podría haberse incorporado causalmente como un instinto genético.  Es decir, que ese placer por coleccionar no sería causa, sino consecuencia evolutiva de la apreciación de las cualidades monetarias de estos objetos.

Pero aunque lo anterior no sea incompatible con la idea de protodinero, difiero humildemente de Szabo, pues creo que una explicación mucho más simple del deseo por este tipo de objetos es el oportunismo. Es decir, es bastante racional atesorar objetos raros aunque no tengas ni la menor idea de para qué pueden servir, porque la probabilidad de que sean escasos es muy alta si alguien los demanda y eso implica que puedes obtener algo a cambio.

Bitgold

Como corroboración de lo anterior, no es casual que los objetos raros en bruto (sin estar tallados ni trabajados de ninguna manera), fueran casi siempre de tamaño reducido. Como pueden ser conchas o dientes de animales, ya que recopilarlos y atesorarlos tiene muy poco coste, y así, esta demanda oportunista, que no placentera, tiene más probabilidades de resultar beneficiosa.

Cuando un objeto se demanda única y exclusivamente por y para el intercambio, nos resulta muy contraintuitivo incluso aunque nosotros mismos lo hagamos. En nuestra mente tendemos a justificar el valor de las cosas buscando utilidades no monetarias, pero si en nuestros actos conseguimos beneficio, no nos importa tanto la explicación.

La cantidad limitada y su fácil distinguibilidad y verificabilidad son las razones, en mi opinión, por las que Bitcoin se empezó a atesorar, mientras que su más cercano predecesor, Bitgold, no lo llegó a atesorar ni su propio creador. Aparte de otros problemas, la cantidad total de Bitgold no se diseñó para ser limitada, por lo que sus probabilidades de llegar a ser escaso eran bajas.  Las otras cualidades como el hecho de ser portable (digital), divisible, difícil de falsificar, fácil de verificar, etc. son sin duda interesantes pero no suficientes sin la escasez. Tampoco son cualidades necesarias, pues hay objetos raros que, sin tener esas mismas cualidades, también se demandan para el intercambio, como las obras de arte o las monedas raras como los centavos de cobre de 1943.

La escasez

En definitiva, y según define Carl Menger el concepto de necesidad en función de la cantidad de bienes necesitados y disponibles, y que es la primera condición para que un bien sea tal, el sujeto valora aquellos objetos cuando estima que la cantidad necesitada es superior a la disponible.

La preocupación de los hombres por satisfacer sus necesidades se convierte, pues, en previsión para cubrir sus necesidades de bienes en los tiempos por venir. En consecuencia, llamamos necesidad de un hombre la cantidad de bienes que le son necesarios para satisfacer sus necesidades dentro del período de tiempo a que se extiende su previsión. Para que esta previsión alcance la meta apetecida, se requiere un doble conocimiento. Debemos, efectivamente, tener ideas claras:

  1. sobre nuestra necesidad, es decir, sobre la cantidad de bienes que necesitaremos para satisfacer nuestras necesidades durante el período de tiempo previsto;
  2. sobre las cantidades de bienes de que disponemos para el mencionado objetivo.
Carl Menger, Principios de Economía Política. Capítulo II

Es decir, escasos, pudiendo ser la mera previsión de escasez una utilidad en sí misma, previsión que puede tener su causa en la mera cantidad limitada.

Ver también

La utilidad, asesina del valor. (Manuel Polavieja).

La utilidad, asesina del valor

Creo que en mi artículo sobre si la utilidad es requisito previo al valor no fui suficientemente claro en mi intento de explicar que la escasez económica es condición suficiente para que exista el valor. Y que la utilidad, tal y como la define Carl Menger en el sentido de utilidad técnica o funcional, no es requisito previo necesario, sino que es una consecuencia del valor.  Es más, me redoblo en mi posición y afirmo con contundencia que la utilidad, una vez que existe como consecuencia del valor, mitiga la necesidad y, por tanto, “asesina” al valor. 

Si padezco dos necesidades insatisfechas “comer” y “escuchar música”, y satisfacer la necesidad de comer tiene más valor para mí que satisfacer la necesidad de oír música, entonces  daré prioridad a comer. Los dos valores que atribuyo a la satisfacción de cada una de estas dos necesidades ya existen en mi mente, independientemente de que acabe encontrando, o no, objetos que las satisfagan. El valor es lo primero de todo.

También necesitaré respirar, pero la utilidad que me proporciona la abundante cantidad disponible de aire satisface de tal manera esta necesidad, que elimina completamente el valor de satisfacerla.  Así, buscar aire no formará parte de mi actividad previsora.

Por tanto, daré mayor prioridad a buscar las cosas que me faltan para satisfacer mi hambre,  menor prioridad a las que me faltan para escuchar música, y ninguna prioridad a las que me faltan para respirar, porque no me faltan.  Se convertirán en objetos útiles, en bienes, aquellos objetos que ya existen y concluyo que pueden mitigar mi necesidad, por ejemplo, frutos que pueda encontrar en el bosque. O porque no existen, pero consigo crearlos expresamente para que mitiguen esa necesidad, por ejemplo, invento un gramófono.

El valor es previo a la utilidad

Puedo concretar los objetos previamente gracias a mis experiencias anteriores, o pueden ser totalmente indeterminados a la espera de que logre identificar, descubrir o inventar aquellos que pueden mitigar la necesidad.  Los pueda concretar de antemano o no, existan o no, o estén aún por idear, el valor de satisfacer la necesidad ya existe en mi mente.

Es la necesidad insatisfecha, la escasez, el valor, la causa que nos impulsa a sobrevivir descubriendo y estableciendo relaciones causales “objeto satisface necesidad”, y la fuerza que impulsa a los pioneros e inventores a descubrir o a crear utilidad, a crear tecnología.

No cabe duda de que una cosa valiosa tiene que ser sí o sí útil, pero las cosas pasarán a ser cosas útiles (bienes), como ¡consecuencia!, de padecer una necesidad insatisfecha y estimamos que satisfacerla tiene valor. Y ese valor existe, aunque no encontremos o no existan aún los objetos para cubrir esa necesidad cuya satisfacción tiene valor para nosotros. Por tanto, la necesidad insatisfecha, la escasez, el valor, es previo a establecer la relación “objeto satisface necesidad”, es decir, a la utilidad.

Podría terminar el artículo aquí, pues ya he expuesto mi argumento. En el desarrollo que viene a continuación voy a demostrar que este argumento sobre la precedencia causal del valor está en Menger. Y en un siguiente artículo, aplicaré este razonamiento a los objetos “raros” en general, aquellos cuya cantidad es materialmente limitada, y finalmente a los casos particulares de Bitcoin y Bitgold.

Que no existan bienes para satisfacer una necesidad, no debe implicar en absoluto que el análisis del valor que supondría satisfacer esa necesidad deba quedar fuera del estudio de la economía. Pues el valor de la eventual satisfacción es causa muy habitual de intercambios económicos reales, aunque sean “fallidos”. 

Necesidades insatisfechas

Véase el enorme esfuerzo del personaje que interpretaba Tom Hanks al comienzo de la película Náufrago para descubrir objetos que mitigaran su necesidad insatisfecha de encender fuego. La vida de cualquier inventor es, de hecho, una retahíla de prueba y error, una larga serie de intercambios intrapersonales inicialmente prometedores, pero que acaban por resultar “fallidos” (permítase la expresión en el sentido de no acabar resultando como inicialmente se esperaba).

Insisto en la idea de que una necesidad insatisfecha sólo puede existir cuando la cantidad que necesitamos de una cosa es superior a la cantidad disponible, es decir, el valor surge de la escasez. Si la cantidad existente es cero porque la cosa no existe aún, no la hemos identificado o encontrado, o porque no podemos disponer en absoluto de ella, cualquier cantidad necesitada implica sí o sí escasez.  

Por ejemplo, para padecer la necesidad de comunicarse remotamente y percibir su valor no es necesario concebir la noción concreta de teléfono ni ningún otro aparato concreto. Simplemente, padecemos esa necesidad e imaginamos que podría haber algo, aún no sabemos el qué, que la satisfaga.  Esto es lo que nos impulsa a inventar y crear.

La escasez económica es un análogo opuesto al valor si entendemos la escasez como una “magnitud negativa” para nosotros y el valor como “magnitud positiva”, Pero la magnitud del valor no solo vendría determinada por ser la inversa del grado de escasez, sino también por el grado de importancia de la necesidad.  Podemos tener una escasez absoluta de bienes para escuchar música, pero la importancia que le damos a esa necesidad puede ser muy baja. 

Demanda y necesidad

La escasez, igual que el valor, no está en los objetos ni es una cualidad intrínseca de estos. La escasez es una relación entre nuestra estimación de la cantidad necesitada y de la cantidad disponible. Y lo más determinante es, sobre todo, la importancia de la necesidad, la “demanda”. Por eso Menger afirmaba que si desapareciera la costumbre de fumar, todos los objetos que solo sirven para fumar automáticamente pasan a ser inútiles, por mucho que técnicamente sigan sirviendo para fumar (siguen cumpliendo la condición dos en caso de que alguien necesitara fumar). 

Quiero hacer notar que Menger no se pilla los dedos con términos del tipo “demanda” de tabaco, por eso escribe la “costumbre” o “necesidad” de fumar. “Necesidad de fumar” es mucho más expresivo de la causa que “demanda de tabaco” porque “demanda” expresa más bien la consecuencia de la necesidad, que es querer disponer o apropiarse de tabaco, omitiendo y dando por supuesto el porqué.  Tampoco se pilla los dedos con el término “escasez”, como imprudentemente hago yo, pues este término se confunde fácilmente con los objetos materialmente exiguos, poco comunes o raros. Terminologías aparte, veamos por fin cómo define Menger el valor:  

Así pues, el valor no es algo inherente a los bienes, no es una propiedad intrínseca de los mismos, sino sólo la significación que concedemos en primer término a la satisfacción de necesidades o, lo que es lo mismo, a nuestra vida y nuestro bienestar y que luego, con lógica consecuencia, trasladamos a los bienes económicos, como causas exclusivas de aquella satisfacción.

Carl Menger

La tabla de Menger

Si después de esta definición aún quedara alguna duda, por ser abstracta, sobre si la magnitud que llamamos “valor” es la importancia de la satisfacción de necesidades, creo que con el ejemplo de su famosa tabla toda duda queda despejada:

Para facilitar la comprensión de las siguientes y difíciles investigaciones, vamos a intentar dar una expresión numérica a las distintas magnitudes de que hemos venido hablando. Señalaremos con un 10 la importancia de la satisfacción de aquellas necesidades de que depende nuestra vida y luego, en numeración decreciente, con un 9, un 8, un 7, un 6 y así sucesivamente, las siguientes necesidades. Obtendremos una escala de significaciones de las distintas satisfacciones de necesidades que comienza con el 10 y termina con el 1.

Carl Menger

En la tabla, Menger asigna valores a las necesidades insatisfechas. El valor es una idea vinculada a la necesidad, no a los bienes. Lo trasladamos luego a los bienes, una vez identificamos bienes que satisfagan esas necesidades.

Por último, creo importante destacar de forma específica que los 4 requisitos que establece Menger para que una cosa adquiera el carácter de bien, no son los requisitos para que exista el valor.  El valor es la importancia que concedemos a satisfacer necesidades, y esto es así, independientemente de que existan bienes o no y de que en la secuencia expositiva de su libro Menger exponga la teoría del bien antes que la teoría del valor.

Ver también

La relación entre la escasez y el valor de los bienes. (Juan Morillo).

¿Es la utilidad un requisito previo al valor?

Hoy voy a hacer un paréntesis en la serie sobre la cardinalidad, para tratar una cuestión que llevo ya un tiempo analizando. Se trata del concepto de escasez económica como causa única del valor, al margen de la utilidad. 

Desde un punto de vista práctico creo que es un asunto muy interesante que puede servir para aportar una mejor explicación teórica a fenómenos especulativos que nos suelen producir rechazo o incluso nos cuesta comprender hasta el punto de calificarlos como irracionales.

Por poner ejemplos reales voy a referirme a obras de “arte” moderno que deliberadamente no eran tales, como los cuadros pintados por un chimpancé en 1964 que se vendieron por unos 650 dólares actuales, a ciertas criptomonedas como Dogecoin, y también a Bitcoin. 

En el caso de Bitcoin y otras criptomonedas, es interesante que algunos Bitcoiners critiquen duramente a Dogecoin y otras “shitcoins” por ser especulativas y sin utilidad más allá de encontrar a alguien que te pague más de lo que tú pagaste por ellas. Pero cuando personalidades como Warren Buffet o Steve Hanke critican a Bitcoin exactamente por lo mismo, montan en cólera defendiendo a Bitcoin.  Pero claro, si Bitcoin no sirve para otra cosa que para comprarse y venderse, ¿no aplicaría a los Bitcoiners el dicho de “le dijo la sartén al cazo…”? Lo intentaré responder al final del artículo.

La utilidad no es condición suficiente

Pues esto es lo que quiero analizar y explicar hoy. Antes de responder a la pregunta que titula este artículo, podemos afirmar con total tranquilidad que la utilidad no es una condición suficiente para que exista valor. No hay nada más útil que el aire que respiramos y no tiene ningún valor económico. Visto que no es condición suficiente, ¿es condición necesaria en el sentido de requisito previo al valor?  Para responder a esta pregunta, cómo no, voy a recurrir a los Principios de Economía Política de Carl Menger. 

Uno de los logros históricos de esta obra es explicar la causa del valor, y el  concepto clave que maneja Menger para investigar esta cuestión tan importante es la necesidad humana en relación con la cantidad disponible del objeto que puede satisfacer dicha necesidad. Muy resumidamente podemos decir que mientras no haya cantidad suficiente de un objeto para satisfacer una necesidad, el objeto es escaso y por tanto tiene valor en proporción a la importancia que para nosotros tenga la insatisfacción. Y podemos resumir el concepto de utilidad de Menger como la capacidad de un objeto para satisfacer una necesidad humana.

Si el objeto satisface una necesidad será porque le reconocemos cualidades intrínsecas para satisfacer esa necesidad, ¿no? Por ejemplo, el pan satisface la necesidad de alimentarnos. Pero, ¿Es posible que existan objetos que satisfagan necesidades solo bajo el requisito previo de ser escasos?

Utilidad frente a escasez

Mi respuesta es un rotundo sí. Esto es así para los objetos cuya única utilidad es ser medios de intercambio indirecto, y la demostración es muy sencilla. Si por ejemplo Bitcoin fuera útil independientemente de su escasez y por la razón que fuese aumentara su cantidad de manera ilimitada, dejaría de tener valor pero tendría que seguir siendo útil. Y esto claramente no es así. Si Bitcoin no tiene valor, deviene totalmente inútil para el intercambio. El pan no, el pan seguirá siendo útil aunque lloviera del cielo y dejase de tener valor económico. 

Antes nos hemos preguntado por “objetos que satisfagan necesidades solo bajo el requisito de ser escasos”. Y aunque considero que el ejercicio mental del párrafo anterior resuelve toda posible circularidad, es pertinente considerar que el concepto de escasez implica si o si demanda, y nadie demanda cosas inútiles.  Bien, esa utilidad aunque sea entendida como la capacidad de satisfacer la necesidad de intercambiar en el futuro, ciertamente tiene que existir aunque sea como una consecuencia esperada. Y en ese caso la utilidad sería empresarial o especulativa y condicionada a la escasez, a la futura relación cuantitativa entre la cantidad total del objeto y cantidad que potencialmente se especula que se podría necesitar. 

La expectativa de utilidad futura no implica “utilidad presente” en un sentido estricto, sino valor presente. Pretender que la utilidad futura es utilidad presente sería como decir que los futuros peces que esperas obtener y que imputas al valor presente de una caña de pescar, existen en el presente. No, los peces no existen, lo que existe es el valor presente de esos peces futuros, que proyectamos en la caña.  

El “billete de lotería”

Si otros agentes llegan a la misma conclusión que yo y acaban otorgando valor presente a un objeto como potencial medio de intercambio, entonces aparece por fin la utilidad para intermediar intercambios. Pero esa utilidad aparece una vez que escasea el objeto. Es consecuencia, no causa.

Si no aparece ningún otro agente que llegue a la misma conclusión y el coste de poseer el objeto es muy bajo o casi nulo, yo podría poseer el objeto indefinidamente aunque no se cumpliera en plazo mi expectativa de escasez, debido a que la ecuación coste beneficio puede seguir siendo muy positiva aunque el beneficio sea muy improbable, porque el coste es ínfimo.

Esta última demanda a modo de “billete de lotería” se justifica con el valor presente (no con utilidad presente). Es una demanda del todo racional y empresarial y salvo que el demandante exprese claramente otra cosa, no veo pertinente que el economista asigne causas a su criterio unilateral como el coleccionismo o el cariño, que si bien se pueden dar, son cuestiones psicológicas complejas que no solo quedan fuera del campo de especialización del economista, sino que además no le competen porque semejante precisión y detalle solo lo puede conocer el sujeto que valora. La explicación de la empresarialidad en anticipación a la escasez es más general pues abarca cualquier posibilidad, incluyendo la de coleccionismo y similares, y toda teoría que ofrece una explicación más general de manera satisfactoria y con menos excepciones ad-hoc, es una teoría superior.

Rareza y escasez

Como decimos, la demanda por “billete de lotería” es una razón natural y racional para demandar objetos raros o únicos, porque la probabilidad de que acaben siendo escasos es elevada. Debido a su cantidad limitada, a nada que se demanden serán escasos y por tanto hay una oportunidad de ganancia. Esa ganancia puede producirse porque se le descubra al objeto alguna utilidad de consumo. Pero también puede ser especulativa donde la utilidad sería una consecuencia esperada de la escasez. Ya que la especulación, el trasiego con el valor, si se acaba dando, también es útil. Especialmente en una economía altamente especializada donde la necesidad de traficar con el valor en el espacio y en el tiempo es descomunal.

¿Y qué es un objeto “raro”? Desde un punto de vista puramente físico, todo objeto material sería raro porque es imposible que existan dos objetos absolutamente idénticos.  Desde un punto de vista económico lo relevante para lo que estamos analizando aquí es que sea muy fácilmente identificable y distinguible de manera que facilite mucho la coordinación espontánea en torno a él. Es decir, un Punto Focal.

El ejemplo de la wikipedia ilustra magníficamente como el cuadro rojo es el punto focal por el mero hecho de distinguirse muy claramente de los demás. No sería así, por ejemplo, para los granos de arena del desierto que son para nosotros difícilmente distinguibles por mucho que cada uno de ellos sea físicamente único analizado al microscopio. 

Bitcoin: distinguible y delimitable

El objeto raro puede ser una unidad, como un cuadro de arte moderno muy distinguible aunque su valor ornamental o artístico sea nulo o muy dudoso, o un conjunto fungible de unidades como es el caso del oro o de Bitcoin. Es preciso tener en cuenta que la “rareza” (en realidad ya hablaríamos de escasez) también puede ser inducida vía acaparamiento. Esto parece bastante claro en el caso de Dogecoin, Shiba Inu o Ripple. Nos puede parecer injustificado el valor de estas shitcoins, pero es un hecho indiscutible que una hábil y deliberada gestión de la escasez puede generar mayor valor aunque sólo sea temporalmente, a costa, eso sí, de intensificar el carácter de activo financiero del objeto al “centralizarse” en el acaparador.

Cabe distinguir entre el concepto de Punto Focal que presentó Thomas Schelling en 1960 y el concepto de concurso de belleza que presentó Keynes en 1936.  El concepto de Schelling llega al fondo de la cuestión y nos proporciona un por qué: La distinguibilidad y delimitación del objeto, las cualidades del punto focal para servir como elemento de coordinación, mientras que Keynes se queda en el argumento circular de intentar anticiparse a lo que otros van a hacer.

Aplicando el concepto de punto focal a Bitcoin, su distinguibilidad y delimitación es muy destacable porque de manera muy sencilla y barata cualquiera puede identificar y delimitar tanto el conjunto total de unidades de Bitcoin como cada unidad en particular. Además, tiene otra serie de propiedades como la facilidad de transporte, atesoramiento, divisibilidad, etc.

NFTs

Estas propiedades no lo hicieron útil porque sin la escasez no sirven para nada, pero es más que probable que los primeros demandantes las tuvieran en cuenta anticipándose a que otros agentes también las apreciaran posteriormente, y las probabilidades de devenir en escaso fueran mayores. Pero a lo sumo serían causas coadyuvantes que no son ni suficientes ni necesarias, pues pueden existir objetos valiosos destinados exclusivamente al intercambio de pobre vendibilidad. Por ejemplo que sean poco divisibles como los NFTs, o no tan fáciles de transportar como cualquier objeto físico que solo sirva para intercambiar. 

Considero también importante analizar la persistencia en el tiempo de un Punto Focal y ver hasta qué punto se puede reemplazar por otro mejor. Un punto focal genera efecto red, y el efecto red realimenta a su vez al punto focal. Pero en mi opinión el efecto red no aguantaría mucho si un competidor representa un punto focal significativamente mejor.  Bien es cierto que si la necesidad de unificación no es crucial, los puntos focales no tienen porqué ser excluyentes, y el mercado puede utilizar varios de manera simultánea.  

Pero volviendo a la posibilidad de reemplazo, hay puntos focales que dada su simplicidad, una vez concebidos es difícil que otro candidato pueda desbancarlos o que “les robe cuota de mercado”. Tal es el caso de nuestro abecedario o de los numerales indoarábigos posicionales de nuestro sistema numérico. Y también podría ser el caso de Bitcoin frente a otros candidatos sí, nótese el condicional, lo que al mercado le importa sobre todo fuera el carácter de conjunto fijo de unidades de un activo real digital. 

Punto Focal

Esta simplicidad no se debe confundir con el concepto de first mover, pues la simplicidad genera un punto focal muy persistente. Ser el primero en llegar no significa mucho si se trata de un punto de coordinación complejo que puede se puede mejorar ampliamente. Eso sucedió con la red social msn o con el estándar Betamax. El efecto red que se consiguió por ser el primero se viene abajo fácilmente ante una alternativa significativamente superior. También puede pasar, ojo, que los sistemas simples queden superados, pues los numerales indoarábigos predominan hoy porque doblegaron al anterior punto focal que ostentaban los numerales romanos. Pero en los sistemas simples es en principio más difícil y menos frecuente que suceda el reemplazo.

En conclusión, la utilidad no es la causa del valor. A lo sumo es una condición coadyuvante, pero no es ni condición necesaria ni suficiente. Es la escasez económica lo que determina si un objeto es valioso o no. Y en particular para los objetos que solo sirven para intercambiar es muy relevante el carácter de Punto Focal. La delimitación y distinguibilidad de un objeto es crucial para traficar con el valor utilizando ese objeto como elemento de coordinación. Este carácter de Punto Focal puede ser más o menos persistente en el tiempo según lo difícil que sea que otro Punto Focal lo desbanque. Y este carácter de Punto Focal y su persistencia es en mi opinión una explicación perfectamente racional de los fenómenos puramente especulativos. 

De nuevo, Mises no comprendió a Menger (III): unidad de medida

Al hilo del artículo anterior de esta serie y con el objetivo de no perder de vista la relevancia de la cuestión que estamos tratando, vuelvo a insistir en la importancia política y social de este análisis. Una buena teoría del valor es esencial para minimizar las interferencias políticas que dificulten el buen funcionamiento de un mercado libre. Por el contrario, una teoría del valor que sea difícil de demostrar o que no explique bien la realidad no podrá evitar que otras teorías se impongan y puedan utilizarse para justificar regulaciones perjudiciales para la cooperación social, como es el caso de los controles de precios de alimentos o alquileres, asuntos de rabiosa actualidad.

Habíamos dejado pendiente para hoy tratar el problema de la inconstancia de la unidad de medida. No cabe duda de que tener una unidad de medida constante y universal es extremadamente conveniente a la hora de medir. Tanto es así, que una cuestión importante en la historia de las unidades de medida ha consistido en ir convergiendo hacia estándares, desde los pasos hasta el metro pasando por el codo o el pie.

Pero históricamente y hasta que llegó esa estandarización, las unidades de medida eran de lo más variadas y variables. De hecho, hasta se utilizaban unidades de medida cuya magnitud variaba de una transacción comercial a la inmediatamente siguiente, y el mayor o menor tamaño de la unidad de medida era un factor más al negociar los términos de la transacción. En ocasiones, el motivo de la variabilidad de la unidad de medida física tenía el objetivo de mantener los precios constantes, por ejemplo para camuflar la inflación, o para ocultar el interés de un préstamo (Kula, 1986 p.103).

Medición del valor: Carl Menger y Ludwig von Mises

En España tenemos el caso de las fanegas de tierra como unidad de superficie, cuya magnitud era distinta dependiendo de la región, o más inconstante aun el ferrado en Galicia que cambiaba de municipio a municipio. Por lo tanto, que la unidad de medida no sea constante no nos impide medir. Tampoco que la medición no sea muy precisa. Muy a menudo no merece la pena el esfuerzo de medir con una gran precisión y es suficiente con llegar a una precisión razonable.

Sobre la precisión o exactitud de las mediciones, cabe contrastar el siguiente ejemplo de Ludwig von Mises con el ejemplo de los granjeros de Carl Menger:

Supongamos que A posee tres peras y B dos manzanas, y que A valora la posesión de las dos manzanas más que la de las tres peras, mientras que B valora la posesión de las tres peras más que la de las dos manzanas. Sobre la base de estas valoraciones puede surgir un intercambio en el que se den tres peras por dos manzanas. Es evidente que la determinación de la numéricamente precisa relación de cambio 2:3, tomando cada fruta como unidad, no presupone que A y B sepan exactamente en cuánto excede la satisfacción prometida por la posesión de las cantidades que se adquieren por el cambio a la satisfacción prometida por la posesión de las cantidades que se entregan.

Ludwig von Mises (1997), p 13.

Aunque Mises describe primero las valoraciones, en realidad está partiendo del precio de intercambio y de ahí infiere que A valora más las manzanas que las peras, y viceversa en el caso de B. Menger, por el contrario, determina cuantitativamente en primer lugar las valoraciones de los granjeros, y en todos los intercambios el precio es una vaca por un caballo cuando las valoraciones de un bien duplican o triplican las del otro. Es decir, Menger determina cuantitativamente cuánto más vale un bien que el otro.

“Exactamente”

Pero me quiero centrar en la palabra “exactamente” en esta afirmación de Mises: “no presupone que A y B sepan exactamente en cuánto excede la satisfacción prometida”. Ninguna medición ni comparación es exacta, tampoco en las ciencias naturales tal y como explica Menger en su libro El Método de las Ciencias Sociales:

Pretender someter la teoría económica pura a la prueba de la experiencia en su plena realidad es un procedimiento análogo al del matemático que quisiera legitimar los principios de la geometría mediante la medición de objetos reales, sin tener en cuenta que estos últimos no se identifican sin más con las magnitudes que supone la geometría pura, y que toda medición contiene necesariamente elementos de imprecisión.

Carl Menger (2006), p 45.

Siendo la ciencia económica mucho más compleja no tiene ningún sentido exigirle aquello que ni siquiera las ciencias naturales pueden cumplir. Pero sobre todo, no solo se trata de que ninguna medición  pueda ser exacta, es que muchas veces ni siquiera es necesario que lo sea. De hecho, no podemos negar que a menudo puede ser suficiente con determinar una preferencia sin molestarnos en cuantificar la diferencia, si cuantificarla no nos aportase nada. Como bien explicó Bohm-Bawerk, también economizamos el proceso de valoración y apuramos al nivel de precisión suficiente, pues no tendría sentido económico que el coste de ser precisos sea mayor que lo que se pueda ganar gracias a esa precisión.

En otras palabras, cuando hablamos de que un bien vale el doble o triple que otro no es  necesario que se trate de una proporción exacta. Como tampoco es exacta, por ejemplo, la cuantificación cardinal de horas de un viaje en coche y aun así nos puede servir perfectamente para planificar un viaje para llegar al destino antes de la hora de comer o antes de que anochezca.

Unidad de medida o de referencia

En lo que respecta a los requisitos generalmente aceptados que en la actualidad debe cumplir una unidad de medida, es que sea constante en el tiempo y que sea neutral. Según lo anterior una unidad de medida inconstante no sería tal, pero eso no impide que, sin llamarla unidad de medida, podamos usar una unidad de referencia para cuantificar cardinalmente la magnitud del objeto a medir mientras esta unidad de referencia no cambie durante el acto de medición. Lo que sí es un requisito indispensable es que la unidad de medida sea neutral, es decir, que el objeto que usamos para medir no altere la magnitud del objeto que estamos midiendo. 

Un ejemplo sencillo de esta falta de neutralidad es utilizar la variación del volumen del mercurio para medir la temperatura del agua. Si la cantidad de mercurio es significativa con respecto al agua, la temperatura del mercurio podría influir en la del agua y alterar la medición. De nuevo, esta falta de neutralidad sólo es relevante si la alteración es significativa a efectos prácticos.

Expuesto lo anterior, en la medición del valor nos enfrentamos a la situación de que cada acto de valoración es distinto según cambian nuestras circunstancias, necesidades y previsiones, que de hecho cambian constantemente. Pues bien, en el marco de la teoría del valor subjetivo la vía más natural de darle consistencia teórica a la unidad de referencia para cuantificar el valor es utilizar la unidad marginal, que si bien no es constante de un acto de medición a otro, si que es neutral.

Vacas y caballos

Volviendo al ejemplo de las vacas y los caballos de Menger, la unidad de referencia sería el último caballo o vaca útil de los granjeros. En el primer intercambio, la unidad marginal de los bienes que poseen los granjeros es la quinta, que Menger representa con un valor de 10. Después de entregar las unidades sexta y quinta de valor “0” y “10” respectivamente, en el tercer intercambio la unidad marginal ya vale “20”. En esta secuencia que expone Menger podemos ir viendo que el valor de la unidad marginal es concreta y determinada en cada intercambio, pero varía después de cada intercambio, pues la escasez de vacas o caballos para cada granjero varía al intercambiar. 

Pero antes de continuar, ¿Qué magnitud implica “20” referido al valor de un caballo?  Pues no lo sabemos y es totalmente irrelevante de la misma forma que ni sabemos ni es relevante cual es la magnitud absoluta de un metro.  Lo relevante es la proporción de valor entre la unidad marginal del caballo en relación a las otras unidades de caballos, o en relación a la unidad marginal de las vacas.

Utilizar la unidad marginal como unidad de referencia es exactamente lo que hace Menger cuando dice que una vaca vale el doble o el triple que un caballo, expresando el valor de la unidad marginal de las vacas en términos de la unidad marginal de caballos desde la perspectiva subjetiva de uno de los granjeros. 

Carlos Bondone

Tal y como propone Carlos Bondone, para ni siquiera dar pie a que alguien pueda interpretar que “20” es una magnitud real de valor, es mucho más claro representar siempre el valor de la unidad marginal con un “1” (Bondone 2024 p. 62), y en cada acto de valoración ya sean las unidades del mismo bien o las unidades de otro bien las representaremos en proporción a ese 1, que es lo que hace Menger cuando habla de doble o triple.  Así, diremos que el cuarto caballo vale 2 con respecto al quinto (el doble que el quinto), o que la tercera vaca vale 3 con respecto al quinto caballo (el triple que el quinto caballo).

En su libro La Acción Humana, Mises niega tajantemente la posibilidad de hacer este tipo de operaciones aritméticas. La siguiente referencia parece un reproche velado a las proporciones aritméticas de valor que utiliza Menger en su ejemplo de las vacas y caballos:

En la esfera del valor y las valoraciones no hay operaciones aritméticas; en el terreno de los valores no existe el cálculo ni nada que se le asemeje. El aprecio de las existencias totales de dos cosas puede diferir de la valoración de algunas de sus porciones. Un hombre aislado que posea siete vacas y siete caballos puede valorar en más un caballo que una vaca; es decir, que, puesto a optar, preferirá entregar una vaca antes que un caballo. Sin embargo, ese mismo individuo, ante la alternativa de elegir entre todos sus caballos y todas sus vacas, puede preferir quedarse con las vacas y prescindir de los caballos.

Ludwig von Mises (2011), p 146.

Curvas de utilidad discretas (pero cardinales)

Creo que cualquiera de nosotros puede refutar a Mises por simple introspección, realizando el sencillo ejercicio de calcular cuánto más valen dos monedas de oro con respecto a una. Todos podríamos calcular de inmediato que dos monedas de oro tienen un valor del doble que una moneda de oro a efectos prácticos, bajo la premisa de que la utilidad marginal del oro decae muy lentamente y lo natural es pensar en dos y no en un enrevesado e inútil decimal muy próximo a dos. Se excede sobremanera Mises al negar de manera tan tajante que el ser humano no realiza operaciones aritméticas para calcular valores.

Sobre el dilema de preferir todas las vacas a todos los caballos, esto se explica de manera muy sencilla con matemáticas. Si el área que encierra la curva de utilidad marginal de las siete vacas (la utilidad total) es mayor a la de los caballos, es lógico que el granjero prefiera todas las vacas. Pero esto no entra en contradicción con que el séptimo caballo sea más valioso que la séptima vaca, ya que la utilidad marginal de las vacas puede decaer más rápido que la de los caballos.

Cabe señalar que en línea con lo explicado anteriormente sobre la exactitud, las curvas de utilidad no tienen porqué ser continuas. Pueden ser continuas desde un punto de vista ilustrativo y aportar una mayor claridad teórica, pero podemos asumir que en la práctica estas curvas son discretas. Es decir, que aun siguiendo el modelo continuo, en la práctica sólo existirían en la curva los valores que son económicamente significativos para el sujeto que valora. Seguiríamos dentro del contexto de lo cardinal. Discreto, pero cardinal.

Las matemáticas

Visto todo lo anterior, el andamiaje teórico que nos legó Menger no tiene por qué implicar renunciar a la aritmética cardinal ni a un modelo matemático simplificado de curvas de utilidad marginal que representen las valoraciones. Ahora bien, cabe preguntarse si  semejante modelo es útil teóricamente, porque suavizando un poco la posición de Mises podríamos admitir que el valor es una magnitud cardinal, pero que es suficiente con el orden.

Un mero orden de preferencias puede explicar intercambios de poca importancia donde no vale la pena cuantificar la diferencia entre las preferencias. Pero una buena teoría debe ser capaz de explicar la generalidad de los intercambios y sus precios, y una mera  preferencia que no da cuenta de la diferencia en la intensidad de valor no explica los precios. Diferencias de intensidad que Mises reconoce que existen. Crusoe puede necesitar más un litro de agua que un kilo de pescado, y necesitar mucho más un kilo de pescado que un kilo de resina. Pero el mero orden de necesidades no explica por qué la diferencia de valor entre el pescado y la resina es mucho mayor que entre el agua y el pescado, en términos del esfuerzo que Crusoe está dispuesto a entregar a cambio (precio). 

La realidad es que Crusoe es perfectamente consciente de estas diferencias, pues él  mismo las ha determinado. Y si estas diferencias son importantes para él, las puede cuantificar cardinalmente con mayor o menor precisión para planificar cuanto tiempo está dispuesto a entregar a cambio de obtener cada uno de esos bienes.

El ejemplo de McCulloch

Una posible forma de explicar estas diferencias en el ámbito de lo ordinal es la que analiza McCulloch modelando cambios incrementales que ilustraré de la siguiente manera (McCulloch 1977, p. 275): 

Crusoe prefiere un litro (o kilo) de agua a un kilo de pescado, y también prefiere un kilo de agua a 1,1 kilos de pescado. Sin embargo prefiere 1,2 kilos de pescado a 1 kilo de agua. Esto implica que para Crusoe el valor de un kilo de agua se encuentra entre 1,1 y 1,2 kilos de pescado.

Pero McCulloch concluye que este modelo no corrobora la ordinalidad. Todo lo contrario, el modelo demostraría que las preferencias son realmente cardinales e incluso cuantificables con bastante precisión, pues somos capaces de determinar una proporción aritmética bastante exacta entre el valor del agua y del pescado. Y a la conclusión de McCulloch yo añado que como el acto de medición es siempre relativo de una cosa con respecto a otra, el caso de los bienes poco divisibles como un automóvil no es un problema porque su valor siempre puede expresarse en términos de bienes divisibles.

Habrá notado el lector que he evitado utilizar el término “unidad de medida” para referirme a la unidad marginal, por el hecho de no ser constante. Ahora bien, si dispusieramos de un bien cuyo valor fuera razonablemente estable a efectos prácticos, entonces sí podríamos utilizarlo como unidad de medida del valor en el sentido de lo que hoy día entendemos por unidad de medida (constante y neutral). El candidato obvio para esta función sería el dinero, pero esto ya sería una cuestión para otro artículo.

Medición relativa, no absoluta

En conclusión, hemos podido ver como constreñir la teoría del valor a un modelo estrictamente ordinal no permite explicar la variabilidad de los precios. Y admitir que el valor es una magnitud intensiva, una cualidad del bien, para luego afirmar tajantemente que dicha magnitud no puede cuantificarse no ayuda en nada para salir de este marco tan restrictivo. No debemos perder de vista que el fenómeno del valor es de una importancia crucial en la ciencia económica. Tanto es así que podemos decir que el objeto de la ciencia económica es el estudio del valor (Bondone 2024, p.16), esto es, de los recursos escasos. La teoría estrictamente ordinal del valor se sabotea innecesariamente a sí misma al renunciar a cuantificar el valor y arrinconarlo en la oscuridad como una magnitud inescrutable.

Hemos explicado también que todo proceso de medición es siempre relativo. No existen las magnitudes absolutas. Y que para el proceso de medición si bien es indudablemente muy conveniente disponer de un patrón objetivo o unidad de medida constante, no es en absoluto un elemento imprescindible para poder medir. También hemos explicado que ningún proceso de medición es exacto y que a menudo nos basta con una precisión razonable. Tanto la falta de un patrón objetivo como la imprecisión no son problemas exclusivos de la ciencia económica. Se pueden dar igualmente, y se dan o se han dado, en el ámbito de las ciencias naturales, y en ninguno de los dos casos son argumentos que permitan concluir que una magnitud no es cardinal.  

Bibliografía
Serie De nuevo, Mises no comprendió a Menger

(I) Ordinal vs. cardinal

(II) Tampoco Hayek

Serie Mises no comprendió a Menger

IIIIIIIV