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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Las siete marcas de la compasión

Marvin Olasky es uno de los pocos autores que se sabe que haya influido en la forma de pensar de George W. Bush. Pero, claro, es algo más importante que eso. Es uno de los grandes autores sobre la caridad privada. Tiene una obra, The Tragedy of American Compassion, que hace, desde la erudición y el sentido común a toneladas, un repaso a la caridad privada en la historia de los Estados Unidos, desde la época colonial hasta la década de los 80’ del pasado siglo. Uno de sus capítulos, extrañamente colocado en el centro del libro, expone el núcleo de su pensamiento en "siete marcas de la compasión", que lo son en realidad de la marcha desde la pobreza a la autosuficiencia.

1. Afiliación. La pertenencia a la familia, en el grado que fuere, o del vecindario, de la comunidad. Lo primero que preguntaban los trabajadores de la caridad privada, nos dice Olasky, es "¿quién tiene que ayudar a esta persona?". Pero no es ya que se considere bueno que sea alguien que le conoce quien le ayude, sino que "la ayuda ofrecida sin referencia de las amistades y los vecinos deviene en una pérdida moral". Los individuos aislados no tienen la constricción de las normas morales, las fuerzas condicionantes de la aceptación, de la vergüenza, de la propia dignidad. Aislados, todo da más igual. Siendo parte de una familia o una comunidad, nos importa ser aceptados, y para ello tenemos que hacer lo correcto para salir adelante.

2. Relación con los voluntarios. Los trabajadores sociales del XIX no eran funcionarios, sino personas que dedicaban su devoción al bienestar de otros. Como las personas, las familias, son distintas unas de otras pese a las marcas comunes de la naturaleza humana, se necesita un buen conocimiento de las personas a que se quiere ayudar, y de sus circunstancias, para tomar las decisiones correctas. La perseverancia, la devoción, la constancia, son necesarias para una empresa tan compleja como la de cambiar la vida de los demás. La Sociedad de Filadelfia para la Organización de la Ayuda Caritativa declaraba que los voluntarios tendrían "experiencias desalentadoras", pese a lo cual tendrían que mantener "la mayor paciencia, la firmeza más decidida, y una amabilidad sin fondo".

3. Categorización. A diferencia del Estado de Bienestar, la caridad mira individualmente a cada persona, con sus circunstancias, sus inclinaciones y sus posibilidades. Las organizaciones caritativas consideraban merecedores de ayuda a quienes estaban en la pobreza sin haber sido ellos mismos causa de su situación miserable: huérfanos, lisiados, viejos, enfermos sin cura, y que no tuvieran a nadie que les pudiera atender (a quien, por tanto, falte la afiliación). Por otro lado estaban los desempleados de forma temporal, para quienes las necesidades no le dan el respiro suficiente como para dejar de atenderlas hasta el próximo trabajo. Y por último, los no merecedores de ayuda. Los indolentes, los mendicantes sin voluntad de cambio, pero con la posibilidad de salir adelante con un cambio de voluntad. Los que tienen comportamientos que desordenan su conducta, como el consumo de alcohol o drogas (no se crea que fueron un invento de los 60). A todos se les hacía pasar por un test: el del trabajo. Sin voluntad de salir adelante por los propios medios, la ayuda se dirigía a quien sí mostraba ese ímpetu.

4. Discernimiento. El voluntario de las organizaciones de la caridad necesitan de un básico conocimiento de la naturaleza humana. No se sorprendían de que hubiera entre los pobres quien "prefiere su condición, o incluso intenta sacar partido de ella" a salir adelante. Tenían que aprender que "la interferencia bien intencionada, sin acompañar por el conocimiento personal de todas las circunstancias, a menudo hace más daño y se convierte en una tentación en lugar de una ayuda". Y es que "nada es más desmoralizador para el pobre que lucha por salir adelante que el éxito de los indolentes o los viciosos".

5. Empleo. Para generar una renta, si no se cuenta con propiedad, es necesario trabajar. Llevar una vida independiente exige realizar un trabajo con el que generar una renta suficiente. La primera sociedad que desarrolló un sistema de ayudas a los más necesitados es la judía. La tradición talmúdica, si bien se toma muy en serio la tradición del descanso en sábado, consideraba que desengancharse de la dependencia de la ayuda de otros es más importante, por lo que se permitía o favorecía el trabajo en sábado, si era necesario.

6. Libertad. Tanto la labor de las organizaciones caritativas como el trabajo de los más necesitados necesitan actuar en un entorno institucional liberado de las perniciosas interferencias del Gobierno, nos dice Marvin Olavsky. En sus palabras, esa libertad de trabajar "era la oportunidad de conducir un tren sin la necesidad de pagar coimas, la de cortar el pelo sin la necesidad de acudir a una escuela de peluquería". La libertad "era la oportunidad de que una familia se escapara de la lacerante pobreza, teniendo un padre de familia que trabajara muchas horas, y una madre que puede coser en casa". Olasky concluye que "Las imágenes de abyecta pobreza podrían mostrar unas condiciones horribles, pero aquellos que perseveraran protagonizaban una película de movilidad en ascenso".

7. Dios. "La verdadera filantropía ha de tener en cuenta las necesidades espirituales tanto como las materiales", proponía una organización caritativa, y Olasky hace suya la frase. Las concepciones religiosas ayudaron tanto a voluntarios como a los necesitados a conseguir eliminar la pobreza. Los católicos insistían en el sentido literal de la compasión. Los judíos, en la rectitud y la muestra de amabilidad. Pero la referencia a Dios ha movido y mueve a un número sin cuento de personas a actuar por los demás, y a otro tanto a salir adelante.

La última marca de la compasión no ha quedado impresa en todas las personas, pero para aquellos a quienes no les sirve de ayuda tampoco les perjudicará. Las siete enseñanzas del estudio de Marvin Olavsky de la caridad privada están llenas de un profundo conocimiento histórico de la pobreza y de una comprensión cabal de la naturaleza humana. Dadas la vuelta, cada una de ellas son un alegato en contra de la intervención del Estado en la empresa de luchar contra la pobreza ajena.

Creando riqueza para todos

¿Se crea riqueza de esta forma? No, más bien es el sistema por el cual todos podemos acabar arruinados. Las políticas redistributivas caen en el simplista tópico que la riqueza está dada y sólo la hemos de "repartir bien" o, como decía Marx, científicamente. Pero para que todos salgamos ganando hemos de crear y no repartir. El más apto para semejante labor es el libre mercado; no existe otro método mejor.

Por ejemplo, los políticos del gobierno americano están convencidos que la mejor opción para hacer desarrollar a los países pobres es mediante ayudas forzosas. Pocos americanos saben que 4.000 millones de dólares de sus impuestos se van directos al gobierno de China. Sí, Bush "el liberal" hace cosas tan poco liberales como esta. Tal vez piense que ese dinero incautado vaya a la población más pobre de China. Quien aún piense así, sobrevalora la política. Los gobiernos no dan, recaudan y se lo reparten entre ellos. En todo caso, el dinero destinado a la sociedad civil es de la propia sociedad, nunca del gobierno.

Todo el dinero que envía el gobierno americano a China es usado para mantener empresas estatales, como la China National Nuclear Corporation con actividades militares y civiles, comprar armas para el ejército, pagar a los burócratas, etc. Las ayudas son para financiar al propio gobierno, los pobres de China no ven ni un céntimo.

El libre mercado actúa diferente. Según Michael Strong, la multinacional de distribución Wal-Mart, mediante sus inversiones millonarias, saca de la pobreza en China a más de 450.000 personas anualmente, igual que tantas otras, como Coca-Cola, McDonalds, Nike o Walt Disney. Los emprendedores que se van a China no redistribuyen la riqueza, sino que la crean. Los salarios que pagan a sus empleados no sirven para engordar las cuentas bancarias de los funcionarios, comprar armas o subvencionar inútiles empresas estatales, sino que van directos a los bolsillos de personas humildes que trabajan cada día para sobrevivir.

El gobierno español no es diferente. El gobierno de Rodríguez Zapatero se ha caracterizado por ir dando dinero a países extranjeros sin ton ni son; incluso el presidente de Unió Democràtica, Durán i Lleida, se lo recriminó en una ocasión. La verdad es que si los ministros y ministras de ZP fuesen tan altruistas como quieren hacernos creer podrían regalar su dinero a los pobres del mundo. Ellos se lo pueden permitir, son ricos, pero no, prefieren sacárnoslo y enviarlo, no a los hambrientos, sino a gobiernos que lo destinarán a ganar sus disputas, ejércitos y cuentas en paraísos fiscales.

Ni los españoles ni los occidentales estamos como para que nos saqueen los frutos de nuestro trabajo y se lo vayan entregando a políticos extranjeros, suficiente tenemos en mantener a los nuestros ya. Sólo el libre mercado crea riqueza, como se está viendo claramente con China e India. Las políticas de ayuda internacional estatales nunca han hecho emancipar a ningún país, sólo sirven para crear pobreza: la nuestra.

Ni libertad ni seguridad

No tenían antecedentes penales, pero la información quedará a buen recaudo durante cinco años, por si volviera a ser necesaria. Pensaron en presentar los pertinentes cargos criminales contra Sam, Amy y Katy, de doce años, por arrancar varias ramas de un árbol con las que construirse una cabaña, pero la policía reflexionó y pensó que con una reprimenda era suficiente.

Yo no creo que querer construirse una cabaña a los 12 años sea para tanto, sinceramente. Pero nos estamos acercando, no sólo en Gran Bretaña, a esta situación en la que los comportamientos más normales pueden caer en lo que alguien ha llamado crimen. Ahora, como no se necesita víctima para que haya crimen, no hay límite para que cualquier cosa que hagamos nos lleve a donde fueron Sam, Amy y Katy.

Pero la situación es y será cada vez peor. El precio del progreso, supongo; o eso se dirá. Porque este control policial crecerá, pero por otra vía: la de la excusa de la lucha contra el terrorismo. En Estados Unidos, el Gobierno de George W. Bush puso en marcha, tras los atentados del 11 de septiembre, el Programa de Vigilancia de Terroristas que permitía a la Agencia de Seguridad Nacional, nada menos que realizar escuchas sin autorización judicial a llamadas internacionales, así como intervenir los correos electrónicos de cualquier ciudadano que sea sospechoso de pertenecer a Al Qaeda. Esta semana hemos recibido la buena noticia de que una juez ha declarado ilegal el Programa de Vigilancia de Ciudadanos Sospechosos, que así debiera llamarse, porque se salta la Constitución estilo Fosbury. No es el dichoso programa, sino que todavía haya Estado de Derecho en ese país, entre otras cosas, lo que le hace grande.

La tercera historia tiene que ver con uno de los gestos más característicos de nuestra civilización: coger un avión, que se está convirtiendo en una auténtica pesadilla. La compañía aérea Ryanair, y luego BA, ha decidido llevar a los tribunales al gobierno británico por sus medidas de seguridad en los aeropuertos. Con el pretexto de velar por nuestra seguridad, los Gobiernos se hacen cada vez con más control sobre nuestras vidas. Las medidas son siempre excepcionales, por supuesto; no las aceptaríamos si nos dijeran la verdad: que están aquí para quedarse. El Estado aprovecha las guerras y los ataques exteriores para dar pequeños pasos adelante en el control ciudadano, para no darlos atrás jamás. El terrorismo tiene la ventaja de que es un mal permanente, como lo será la excusa para controlarnos un poco más.

Por esa vía llegará un punto en que no nos quedará qué defender frente a los ataques terroristas. Un día en que ellos nos habrán vencido, porque con su ayuda habremos perdido lo que más odian y el motivo por el que atentan contra nosotros: que todavía somos sociedades libres. Acabar con nuestras libertades en nombre de la libertad es algo más que un contrasentido; es una burla. Nuestra libertad es nuestra mejor arma. Tenemos que impedir que subirse a un árbol, escribir un e-mail o coger un avión nos convierta en ciudadanos sospechosos, o perderemos algo más que jirones de nuestra libertad.

La misión de E.On

Las imposiciones de la Comisión no tienen sentido alguno y sólo aumentan los costes de las empresas privadas, desde Endesa hasta Gas Natural. Al principio, E.On dijo que llegaría hasta los tribunales para que se modificasen los puntos exigidos por la CNE, pero ahora parece desdecirse de ese planteamiento inicial.

En aquel momento la mayoría de analistas mantuvieron que E.On presentaría una queja formal ante la Comisión Europea (CE) para denunciar la opresión de la CNE. No ha sido así, al menos de momento, y Endesa, de forma poco acertada, lo ha hecho por la eléctrica alemana.

Es evidente que ni E.On ni sus accionistas se esperaban unas condiciones como las que decretó la CNE, aunque la verdad es que los analistas de España nos esperábamos algo peor aún. Es lógico que la empresa se quejara y quisiera aplicar su derecho a recurrir las imposiciones de la CNE, pero no es bueno para E.On empantanarse con más aplazamientos y disputas políticas. El accionista, que es por quien responde el presidente Wulf H. Bernotat, quiere sacar la operación adelante lo antes posible, amortizar su coste, seguir con nuevos proyectos que den servicio al cliente, aumentar los resultados y, evidentemente, obtener la mayor rentabilidad para él, que es el único legitimado para opinar en este caso.

La función social de una empresa no es resolver las injusticias del mundo como la que le cayó encima a E.On, sino servir a consumidores, accionistas e ir lo más rápido posible en todo el proceso. Siendo así, la queja de Endesa ante la Comisión Europea presta un flaco favor al proceso de la OPA. Anteponer los principios políticos a los del mercado no suele reportar beneficios al ansioso accionista que financia la empresa, por lo que éste puede optar, momentáneamente, por huir a acciones o activos más rentables.

Es cierto que esta pesadilla la empezó el gobierno intervencionista de Zapatero. Es cierto que la CNE no sólo se ha extralimitado sino que, además, no tiene ninguna razón de existir ya que no es más que el brazo ejecutor de los designios del Ministro de Industria. Pero esto se ha de acabar ya. La política ya ha hecho demasiado daño a esta OPA; no es hora de alargarlo más, sino de dejar que el libre mercado, los accionistas en este caso, se pronuncien y acaben con este doloroso tormento.

Asumámoslo, el daño ya está hecho. Lo que nos hemos de plantear ahora es qué hacer para que esta situación no se repita nunca más. Necesitamos un profundo cambio en el sector energético. Ya hemos visto que organismos como la CNE o los tribunales de la competencia no son independientes ni objetivos sino poco más que títeres del gobierno de turno. Molestan. Eliminémoslos de una vez y reclamemos una amplia y valiente liberalización del sector por el bien de todos: empresas, accionistas y consumidores.

Demagogia barata, cesta cara

Los canarios se quejan continuamente de tener que pagar una cesta de la compra que se les antoja demasiado cara. Y no les falta razón: Canarias es la Comunidad Autónoma donde más cuesta el paso por el súper. Ante esta realidad, la noticia de que la cadena Alemana de supermercados de bajo precio pensaba abrir algo más de una docena de centros en Canarias supuso un gran alivio para muchos. De hecho, en los últimos años el poder adquisitivo de cientos de miles de españoles ha aumentado en mayor medida gracias a pagar menos por los alimentos que por las subidas de sueldo.

Sin embargo, al poco de darse la noticia se produjo en Tenerife una primera manifestación contra la apertura de supermercados que puedan vender sus productos a precios mucho más baratos que los actuales o, lo que es lo mismo, "a precios excesivamente baratos". Por extraño que pueda parecer ver a un grupo de ciudadanos manifestándose contra los precios bajos, lo cierto es que no lo es tanto si entendemos que detrás de estas manifestaciones se encuentran intermediarios ineficientes, monopolistas o incompetentes que creen tener el derecho de mantener al consumidor cautivo como si de un esclavo de la antigua Roma se tratara. Estos sinvergüenzas que salen a la calle para impedir un intercambio voluntario entre un nuevo intermediario y los consumidores canarios quieren ganarse la vida a costa de mantener a sus conciudadanos más pobres de lo que estarían con la nueva oferta.

El colmo, sin embargo, es que haya políticos como la consejera canaria de Industria y Comercio, Marisa Tejedor, que usan la demagogia más barata como coartada para impedir la mejora de las condiciones de vida de miles de canarios a través de inofensivos intercambios comerciales. Tejedor tomó el pelo a los isleños al denegar las licencias de los nuevos establecimientos con la excusa de que ese mercado ya está saturado. A esta señora, por favorecer a empresarios cercanos, por disfrutar del poder discrecional que le da su cargo o por una improbable ignorancia supina en cuestiones económicas, le importa un bledo el bienestar que los canarios puedan alcanzar a través del comercio. Ahora Lidl ha decidido cambiar de estrategia y pedir un tipo de licencia de apertura que no precisa la bendición del gobierno de Canarias. Esperemos que en los municipios no se encuentre con tejedores de redes monopólicas.

La riqueza según Benjamin Franklin

En 1758 Benjamin Franklin publicó "The Way to Wealth", texto básico acerca del pensamiento económico republicano dentro de la sociedad capitalista en los Estados Unidos de América. El texto es una recopilación de proverbios que Franklin había publicado veinticinco años antes en su célebre almanaque "Poor Richard". Este almanaque, que le proporcionó fama y prosperidad, a su vez era un vademécum de cultura popular abundante en refranes, poemas, recetas de cocina, remedios indios y hasta predicciones meteorológicas.

"The Way to Wealth" se dirigía a los emigrantes, sobre todo alemanes y escoceses de origen calvinista, que llegaban por aquellas fechas a Pensilvania, de cuyo parlamento Franklin era miembro relevante. El objetivo consistía en despertar políticamente a esta nueva clase emergente de mechanics o artesanos emprendedores que escaparon de la miseria, temerosos de la prepotencia de aristócratas y cuáqueros en los territorios de acogida. "The Way to Wealth" llegó a ser durante el siglo XIX uno de los textos más leídos en las escuelas estadounidenses y fue durante generaciones una suerte de método práctico para lograr el sueño americano.

Abatir la pereza, vigilar con los propios ojos los negocios y no descuidar el ahorro son los tres grandes mensajes que caracterizan a "Wealth" entre sus lectores.

Respecto de la primera recomendación –apartar la indolencia– dice Franklin con donosura: "la pereza se mueve tan despacio, que pronto la pobreza la alcanza… gobierna tus negocios, no dejes que sean ellos los que te gobiernen a ti". El gran bostoniano insiste en una idea atinada de lo que hoy denominaríamos gestión eficaz del tiempo: el mejor tiempo posible debe ser aquel que se vive en ese preciso instante. "Trabaja mientras dure el día, porque no sabes si podrás hacerlo mañana".

Franklin aconseja circunspección y cuidado en los oficios por cuenta propia. Hay que ser asentados y no abandonar los asuntos al albur de terceros. Para ello no interesa el disimulo; "no manejes tus herramientas como si llevaras puestos guantes de seda". Además sobre la competencia profesional plantea una sutileza de estimable alcance: "Muchos que no dan golpe vivirían de su astucia, sino fuera porque el deseo de tener objetos superfluos acaba con ellos".

Acerca del ahorro y el abandono de lo superfluo, Franklin es afortunado en imágenes dignas de un flamante vídeo clip consagrado a la moda: "satenes y sedas, rojos y púrpuras apagan la lumbre de las cocinas". En unas ocasiones se muestra grandilocuente ("el orgullo que almuerza con la vanidad termina cenando con el desprecio") y en otros momentos irónico y burlón ("los acreedores forman una secta muy supersticiosa, fieles observadores de los días y las horas convenidas").

Benjamin Franklin, de quien se cumplen en 2006 trescientos años de su nacimiento, contemporáneo de Hume, Voltaire y Jefferson, personalidad destacada en la Independencia Norteamericana, sigue ofreciendo en "The Way to Wealth" útiles consejos intemporales, impregnados de sentido común, para personas con dificultades.

La sociedad de diseño no funciona

El presidente John F. Kennedy fue uno de los primeros en crear esta súper generación aumentando el gasto en educación pública. El objetivo era reducir el paro creando ingenieros, economistas, abogados… En resumen, gente altamente cualificada. Evidentemente, esta medida no es inmediata, ha de pasar alguna generación para que se deje notar. Los resultados reales no se correspondieron con los planificados inicialmente: el desempleo en Estados Unidos casi ha doblado desde entonces, y en parte, la culpa recae sobre esta planificación educacional.

Hasta hace poco, y aún hay quien lo sigue diciendo, "si no eres universitario no tienes futuro". Varias generaciones después estamos comprobando lo que ha sucedido, y es que "si eres universitario, no tienes futuro". Ingenieros, economistas o abogados ejercen profesiones no cualificadas porque el mercado está saturado de gente "cualificada", hasta tal punto que la tendencia en la búsqueda de nuevos empleados por parte de las empresas ya no son los conocimientos académicos del potencial trabajador, sino su capacidad productiva y ganas de trabajar. ¡Quién lo iba a decir hace diez años! Además, mientras que antes el fontanero, el yesero o el cerrajero eran trabajadores de segunda clase ahora se han convertido en profesiones muy bien remuneradas. Si necesita hacer obras en su casa comprenderá bien lo que digo.

Nuestro gobierno, visto el rotundo fracaso de los planificadores sociales anteriores, y como siempre sin aprender de sus errores, ha dado la vuelta a la tortilla haciendo desde el año pasado campañas y promociones de la Formación Profesional (FP). Ahora ser universitario es malo. Así, la ex ministra socialista María Jesús San Segundo dijo que estimaba "necesario reforzar, cada vez más, el compromiso gubernamental con la FP". Han cambiado de ministra pero no de mentalidad, el estado decide sobre las modas laborales y futuro de las personas jóvenes.

¿Cree que dará buen resultado? Si la intención redentora sobre la educación de nuestros políticos funciona, el futuro laboral de los jóvenes que estudien FP será el mismo que el de los universitarios de la generación anterior: fracaso, inestabilidad laboral y alto desempleo entre la juventud.

Mi consejo, si usted es un joven estudiante o padre de familia preocupado por el futuro de su hijo, es que aplique la teoría bursátil llamada "Teoría de la Opinión Contraria", que los anglosajones llaman Odd Lot Theory. La filosofía de la teoría es que siempre se ha de hacer todo lo contrario a lo que diga el pequeño inversor. Si éste dice vender Telefónica, usted compre a dos manos, y si el pequeño inversor dice comprar, usted despréndase de todas las acciones lo antes posible.

Si lo aplicamos a la educación, habría que concluir que si el gobierno incentiva la educación universitaria, eso significa que pelotones de jóvenes masificarán las universidades y posteriormente el mercado de ingenieros, economistas, etc., quedará saturado por el fuerte desequilibrio entre oferta y demanda; por lo tanto su hijo, o usted mismo si es joven estudiante, tendrá que hacer FP. Y si el gobierno incentiva la FP, el mejor camino es hacerse universitario. Ya que los políticos son incapaces de aprender de sus errores hágalo usted, y piense por si mismo en lugar de dejarse llevar por la batuta socialista.

Y si todo esto falla, siempre le queda la mejor de las opciones que es hacerse empresario y satisfacer directamente a su consumidor con sus servicios y productos.

A la Unión Europea no le gusta mi MP3

Sebastián trató de convencer al auditorio, en su conferencia inaugural, de que los liberales españoles se hallaban suficientemente representados en el PSOE, por lo que no sentían necesidad de formar un tercer partido político. Para el fontanero zapateril, el PSOE disfruta de una contundente superioridad social y económica frente al PP en defensa de la libertad.

El matriomonio gay, el divorcio exprés, la reducción en el impuesto de sociedades o el respeto a los medios de comunicación privados (sic) desfilaron como principales ejemplos de su simposio procapitalista. En la apoteosis de su alocución llegó a afirmar que Montilla había sido el ministro de Industria más liberal de la democracia. A estas alturas nadie dudará de que la militancia izquierdista de Sebastián está suficientemente acreditada: en mentira, demagogia y propaganda no les gana nadie.

Si Sebastián quería demostrar el talante liberaloide de su jefe debería haber recurrido a sus propios méritos, y no tanto a las chapuzas del PP. Cuando la referencia del liberalismo es un partido que no vacila en incrementar el gasto, endeudar a las generaciones futuras, defender subvenciones masivas a la I+D, construir hospitales públicos a mansalva o  proseguir con la política de adoctrinamiento lingüístico allí donde gobierna, es relativamente sencillo sacar pecho. ¿Se imaginan a dos boxeadores discutiendo sobre quién de los dos es más tierno al noquear al adversario? El espectáculo no sería menos lamentable.

Lo cierto es que si Sebastián quiere medir los éxitos del PSOE en materia liberal, lo tiene bien sencillo: basta que acuda a la hemeroteca para comprobar que su partido no ha dejado de cercenar la libertad en dos años y medio de Gobierno.

En materia social, el liberalismo a lo PSOE se ha dejado sentir en la represión contra los fumadores y los bebedores ocasionales de alcohol, el adoctrinamiento de los escolares, la persecución de los medios de comunicación privados, las leyes de discriminatorias, la perpetuación de la manipulación en la televisión pública, la fiscalización de las opiniones, la creación de un ejército personal para el presidente del Gobierno, el creciente intervencionismo en asuntos internacionales o la expedición de carnés para el ejercicio del periodismo.

En materia económica, la influencia liberal de Sebastián se ha dejado notar en asuntos como el incremento del salario mínimo, la ratificación de la ultraintervencionista Constitución europea, la dirección política de absorciones empresariales, el redescubrimiento de la fijación de precios, la planificación de la actividad económica, los códigos de buena conducta para las empresas, la redistribución mundial de renta, el fin de la estabilidad presupuestaria obligatoria o los multimillonarios costes que el Gobierno impondrá a las empresas para cumplir con Kioto.

Pero, sobre todo, la falacia de Sebastián es de principios. El liberalismo defiende la primacía de la libertad y la propiedad privada sobre cualquier otra consideración, incluidos los torticeros objetivos que él y sus jefes pretendan imponer al resto de seres humanos a través del Boletín Oficial.

Existe una radical incompatibilidad entre el socialismo y el liberalismo. Quien quiera adscribirse al liberalismo deberá, en primer lugar, renunciar a dirigir coactivamente las vidas ajenas; algo que ningún político español, incluido ZP y su cohorte de rojos liberaloides, ha realizado hasta la fecha.

El simple hecho de que Sebastián se preguntara qué partido representa a los liberales españoles ya denota una profunda incomprensión del asunto. El liberal no necesita representación política, no necesita que le tutelen obligatoriamente su vida ni que le repriman para ser feliz. El liberal repele y se enfrenta al Estado, a los chupópteros como Sebastián y a su liberalísimo PSOE.

No deja de ser curioso que a la misma hora que Sebastián nos cantaba las alabanzas liberales del PSOE su compañero de travesía, Gaspar Llamazares, ofreciera en la sala contigua una charla sobre el fin de la globalización neoliberal. Sería gracioso preguntarle al líder comunista qué opinión le merece estar apoyando al partido más liberal de España.

Apuesto a que la verborrea de Sebastián sería capaz de convencerle de que se puede satisfacer a los liberales y a los comunistas al mismo tiempo. Como diría Burke, basta con que los buenos no hagan nada para que el mal triunfe; en este caso, basta con que Sebastián convenza a los liberales de que asuman el papel de tontos útiles de los políticos para que el comunismo nos corte las orejas, el rabo y dé la vuelta al ruedo. Esa es su visión liberal de España.

Treinta años de prosperidad para los pobres

Si quiere tener más pobres, sólo tiene que aplicar las recetas socialistas. Si quiere consolidar unas desigualdades de casta, sólo tiene que someter a toda la población al dictado máximo del órgano de planificación central: una clase planificará, otra seguirá sus órdenes inútiles.

Afortunadamente, hace tiempo que el socialismo perdió irremediablemente la batalla académica. Ludwig von Mises demostró en 1920 que la planificación socialista era simplemente imposible por ausencia de propiedad privada y precios de mercado, lo que impedía a los planificadores realizar un cálculo económico racional y asignar correctamente los factores productivos.

Sin embargo, si bien la batalla académica es importante, tanto o más lo es la propagandística. No basta con tener razón: hay que conseguir que los demás sean conscientes de que la tienes. En un mundo controlado por el Estado, la libertad individual sólo será respetada cuando el resto de la población –esa parte de la población que legitima la coacción gubernamental– sea consciente del error intelectual y humano que supone el socialismo. Por desgracia, en nuestra sociedad no se puede ser libre a menos que los demás te permitan serlo.

Uno de los campos donde el socialismo ha difundido con más éxito sus ideas es en la crítica a la globalización. Prácticamente todo el mundo asume que África es pobre por culpa del capitalismo, que es necesario una redistribución internacional de la renta, que las desigualdades y la pobreza aumentan día a día, que las multinacionales controlan el mundo y que las deslocalizaciones empobrecen a Occidente.

La falacia, no obstante, puede ponerse de manifiesto gracias a la teoría económica. En artículos anteriores ya explicamos por qué la planificación central socialista no es la solución sino la causa más inmediata de la pobreza mundial, y por qué la única vía para la creación de riqueza sigue siendo el capitalismo y la globalización.

Aun así, esto no ha evitado que todos hayamos oído el adagio de que "con la globalización los ricos son más ricos y los pobres, más pobres". Prácticamente nadie, empero, se ha puesto a contrastar la validez de semejante afirmación. La propaganda socialista ha conseguido extenderla como una verdad inmutable y evidente.

De hecho, los pocos estudios decentes que se han efectuado sobre el tema arrojan unos datos diametralmente opuestos a los pregonados por los sicofantes del estatismo. En concreto, son dignos de mención los debidos a Surjit Bhalla y a Sala-i-Martin.

Bhalla, en su famoso análisis Imagine There’s No Country: Poverty, Inequality and Growth in the Era of Globalization, concluye que en el año 2000 la desigualdad en el mundo era menor que en cualquier período posterior a 1910, y que tan sólo en la década de los 90 la pobreza mundial se redujo en un 25,6%.

Las conclusiones del economista neoclásico Xavier Sala-i-Martin son igualmente impactantes, y han sido recientemente resumidas en un artículo para FAES. Sus datos permiten ilustrar a la perfección las sólidas conclusiones teóricas alcanzadas gracias a una teoría económica correctamente desarrollada.

Así, comprobamos que desde 1970 hasta 2000, y a diferencia de lo que afirman los socialistas, el número de pobres –definiendo "pobre" como aquella persona que gana menos de 826 dólares al año– ha disminuido desde 1.200 millones a menos de 800. La reducción es todavía más espectacular si tenemos en cuenta que durante ese período la población mundial se ha doblado, de modo que en términos relativos la pobreza ha pasado de representar un 37% de la población mundial a menos del 13%.

Las desigualdades, por otro lado, también se han reducido en estos 30 años, tomemos el indicador que tomemos. Tanto el Índice Gini, el coeficiente de Atkinson o la fracción de la renta de los más ricos y más pobres nos proporcionan una conclusión idéntica.

Aun así, conviene recordar que la desigualdad es una preocupación tan típicamente socialista como superflua. Por ejemplo, las desigualdades han aumentado en China, porque los pobres "sólo" han aumentado sus rentas un 10% mientras que los ricos lo han hecho un 20%. ¿Significa esto que la situación ha empeorado? Todo lo contrario: la igualdad sólo puede alcanzarse cuando igualamos a toda la población en la miseria más absoluta. Y, sin duda, la búsqueda de la igualdad a través del Estado es una receta infalible para seguir siendo pobres.

Así mismo, todos aquellos que desprecien la renta per cápita como indicador del desarrollo económico seguramente apreciarán que Sala-i-Martin les ofrezca otros indicadores concluyentes: la esperanza de vida ha pasado de 60 a 67 años, la mortalidad infantil se ha reducido del 10 al 6%, la alfabetización se ha incrementado del 64 al 80%, y el acceso al agua potable ha aumentado desde el 25 al 85%. ¡Todo esto en tan solo 30 años!

Los socialistas ni siquiera tienen espacio para argumentar que la globalización no ha jugado un papel positivo en este proceso. Los países que se han globalizado durante el período 1980-2000, como ya habíamos anticipado teóricamente, han reducido su pobreza en 500 millones de personas; los que, por el contrario, se han replegado sobre sí mismos, cerrando sus fronteras y atacando el libre mercado, han incrementado el número de pobres en 80 millones.

De hecho, hoy en día la pobreza mundial se concentra fundamentalmente en África, cuando hace 40 años aquejaba sobre todo a los países asiáticos. Sin embargo, mientras estos últimos han levantado ligeramente el pie opresivo del Estado sobre los empresarios, África ha continuado atacando la propiedad privada con tanto o más ahínco. El resultado ha sido que mientras el resto del mundo ha reducido la cantidad de pobres, África los ha visto multiplicarse.

En definitiva, el camino para lograr el progreso económico es claro: capitalismo y propiedad privada. Las redistribuciones internacionales –como el 0’7% o la Tasa Tobin– sólo incrementan el intervencionismo estatista y, por tanto, la pobreza. Hemos de desmantelar los sistemas arancelarios y las subvenciones occidentales; los africanos son capaces de aprender a andar por sí solos si los europeos y sus caudillos políticos –alimentados por los europeos– se lo permiten.

Por supuesto, los socialistas se oponen a que los africanos sean libres. Su finalidad no es reducir la pobreza, sino incrementarla para así poder azuzar las "contradicciones" internas del capitalismo, favorecer su ansiada "lucha de clases" y establecer finalmente su dictadura del proletariado.

Si Marx se equivocó acerca del rumbo del libre mercado, habrá que imponer la miseria mediante la planificación estatal; sólo así seguirá el poder en manos de políticos, burócratas y demás fauna estatal. Para el socialismo, los muertos, ya sea por inanición o por represión, nunca han supuesto un obstáculo a sus aspiraciones totalitarias.

Wal-Mart y sus enemigos

Realicen un repaso mental conmigo. ¿Cuántas veces no han escuchado alguna de estas críticas contra el sistema de mercado libre? Los márgenes entre los precios que pide el mercado a los consumidores y los que ofrece a los fabricantes y productores son enormes, los intermediarios se llevan la parte del león sin aportar apenas valor, el sistema capitalista es ineficiente por su anarquía y podría realizarse una distribución planificada por el gobierno de forma mucho más económica (esto ya se oye menos tras el caótico experimento socialista, pero estuvo muy en boga hace décadas), el mercado se olvida de los pobres, los precios de los productos están inflados por culpa de las marcas que venden bienes intrínsecamente no muy distintos de los genéricos con altas primas, la competencia de precios es una ilusión pues existe colusión entre los empresarios para evitar que estos desciendan, los trabajadores no participan en los beneficios que genera su empresa, la soberanía del consumidor es un mito…

Imaginen ahora un empresario que, punto por punto, se dedica a poner en solfa todas esas cuestiones. Que lo hace de forma sistemática y durante más de tres décadas. Iniciando sus actividades a pequeña escala y terminando por poderlo hacer de forma global. Pues sorpréndase porque ese empresario ha existido y tras su fallecimiento su compañía sigue funcionando de acuerdo con las líneas maestras fijadas por su creador. Para quien aún no lo haya adivinado, estoy hablando de Sam Walton y de su empresa Wal-Mart.

Cuando Wal-Mart abrió su primer establecimiento, el margen medio que cargaban los minoristas sobre las mercancías vendidas era del 45% y los costes de distribución representaban el 5% del precio de venta. Con su forma de operar Wal-Mart bajó esa cifra al 30% y al 3% respectivamente. Su propuesta de valor de “siempre precios bajos” y “satisfacción garantizada” se fundamentaba sobre la idea de que es posible reducir sistemáticamente los márgenes unitarios si se consigue mayor volumen y rotación. Es decir, puede llegar a ser más rentable vender con un margen por unidad de 3 en vez de 5 si se logra elevar el número de unidades vendidas por periodo de 10 a 25 (50 en el primer caso, 75 en el segundo). Es más, al incrementar las ventas y el beneficio total con un volumen de inversión similar, el retorno sobre la inversión también aumenta. Además de vender al menor precio posible la clave para vender mucho es mover mercancía que tenga buena salida. Es decir, vender lo que más guste al consumidor. ¿Quién dijo que el consumidor no es soberano?

Pero Wal-Mart todavía iba a ser capaz de reducir aún más los precios e incrementar la satisfacción del cliente con dos nuevas ideas. Por un lado, a través de la popularización de las “marcas blancas” ponía en juego su reputación (tan buena o mejor, pero más barata para el consumidor) en sustitución de la de los fabricantes. Por otro lado, con un impresionante sistema logístico de distribución y transporte iba a ser capaz de llevar cuenta de –y poner en el menor tiempo posible en los estantes– aquellas mercancías que más demandadas estaban siendo por los clientes. Los más beneficiados por todo ello serían las personas de menos ingresos que verían reducido el coste de la cesta de la compra en más de una tercera parte.

Seguramente el pueblo con más multimillonarios por cada mil habitantes de los EE.UU. es Bentonville (Arkansas) donde Wal-Mart tiene su sede social. El número de millonarios se corresponde con el de trabajadores de Wal-Mart que llevan el suficiente tiempo en la compañía como para haber visto multiplicar el valor de las acciones que la empresa viene entregando a sus empleados con más de un año de antigüedad como parte de su sueldo. Desde que Wal-Mart salió a bolsa en 1971 hasta la muerte de su fundador Sam Walton, 20 años después, la cotización de la acción se multiplicó ¡por más de 1.000 veces! (han leído bien), convirtiendo en multimillonarios no sólo a gerentes, compradores o encargados de almacén, sino también a camioneros y cajeras de la compañía.

Pese a la bestial campaña en su contra auspiciada al unísono por sindicatos –que no han conseguido penetrar la compañía–, izquierdistas radicales y progres de clase alta, una reciente encuesta llevada a cabo por RasmussenReports.com (la única encuestadora que obtuvo un 100% de acierto en las últimas elecciones norteamericanas) mostraba que el 70% de la población tiene un buen concepto de Wal-Mart –porcentaje que se elevaba al 80% entre los trabajadores y ex trabajadores de la compañía así como entre familiares y conocidos de estos–. ¿Se imaginan un partido político o sindicato de esos que dicen “representar al pueblo” con ese nivel de aceptación? Otro dato significativo de dicha encuesta es que, entre los detractores de la compañía, prima la gente de elevados ingresos. En resumidas cuentas, que unos trabajadores no sindicados lleguen a multimillonarios trabajando en una compañía que ha elevado el poder de compra de los menos pudientes en una tercera parte, consiguiendo a la vez enriquecer a sus accionistas y todo ello sin ningún programa socialista de redistribución o fomento es algo que las élites de la izquierda sencillamente no pueden tolerar.