Venezuela: hiperinflación y corralito
La escasez de dinero en Venezuela no es una prueba de que el gobierno ha impreso muy poca moneda, sino de que ha impreso demasiada y, sobre todo, de que se espera que vaya a imprimir mucha más.
La escasez de dinero en Venezuela no es una prueba de que el gobierno ha impreso muy poca moneda, sino de que ha impreso demasiada y, sobre todo, de que se espera que vaya a imprimir mucha más.
Grecia está en la disyuntiva de salir del euro y recalar en las garras de Rusia y China o que lo rescate Europa con medidas de ajuste y austeridad.
Puerto Rico sigue siendo un país hispano, enteramente hispano, no muy diferente en cuanto a cultura y mentalidad a sus vecinos de la República Dominicana y Venezuela. Haga usted sus cálculos.
Los resultados del referéndum del pasado 5 de julio confirman que los votantes griegos decidieron creer de nuevo las delirantes promesas de Tsipras y Varoufakis.
Vídeo análisis de Juan Ramón Rallo: quiénes son los culpables de haber llevado a los griegos a esta situación de ruina económica y financiera.
Si nos va a obligar a los barceloneses a utilizar la moneda que ella va a gestionar y monopolizar, no podríamos hablar de libertad de moneda.
En política los grandes planes suelen salir mal. En ese gremio la suerte no ayuda a los audaces, ayuda a los prudentes, a los que tratan de mantenerse dentro de la foto sin significarse demasiado y sin que se acierte a ver como el colmillo afilado sobresale por encima del labio superior. No lo digo por la farsa tragicómica de traiciones, puñaladas y confidencias desde el talego que nos está regalando el PP de Madrid en los últimos días. Eso es caza menor. Lo digo por el ridículo que ha hecho Alexis Tsipras solo un mes después de haber ganado las elecciones. Si hubiese medido más sus palabras en la campaña hoy no se vería en estas. Tsipras, a diferencia de Pablo Iglesias, es un político profesional. Lleva muchos años viviendo de esto, politiqueando desde que andaba por el instituto. Solo de jefe de la oposición ha pasado más de un lustro. Así que a lo peor se lo cree y todo. Podría ser, los comunistas –y Tsipras lo es desde la adolescencia– siempre han sido muy dados a tragarse sus propias patrañas.
La batalla de Tsipras era contra la realidad, empeño encomiable pero quimérico. El programa de Syriza partía de dos presupuestos básicos de los que emanaba el resto: que la deuda se podía dejar de pagar sin consecuencias, y que, una vez consumado el impago, alguien entregaría una cantidad ingente de dinero a su Gobierno para que financiase un colosal paquete de gasto que, por sí mismo, acabaría con la crisis de un plumazo. De lo primero se encargaría el superministro Varoufakis –un juguete roto del que ya nadie se acuerda–, de lo segundo él mismo en carne mortal y espíritu justiciero. Pintaba bien, pero era improbable encadenar ambos eventos más allá de la imaginación de los propios líderes de Syriza, que de tanto repetir los mantras los tomaron por una suerte de verdad revelada. Nótese que, a pesar de lo apetecible de las promesas, solo el 36% de los votantes se decantó por el partido de Tsipras, lo que demuestra que una mayoría de griegos desconfiaba de soluciones mágicas.
Abajo, en el infierno de lo real, Tsipras no ha tardado en comprobar que en la Unión Europea están muy hartos del Gobierno griego. No ya de este, sino de todos los anteriores, un hato de farsantes que fueron empalmando una mentira tras otra, un incumplimiento tras otro sin el más mínimo pudor. La capacidad de negociación de Tsipras estaba por tanto muy mermada. Con una economía insignificante y en estado terminal llegar fanfarroneando como un chulo de feria a Bruselas no era la mejor idea, pero sí era el único cartucho que el Gobierno de izquierda radical tenía para contentar a sus votantes, a quienes llevan años prometiéndoles el oro, el moro y el fin de los sacrificios.
Por sacrificio hay que entender algo tan elemental como que el Estado griego viva de lo que recauda, y no de una perpetua línea de crédito exterior con la que sostener y acrecentar un sector público inmenso e hipertrofiado. Los padecimientos de los griegos, que han sido múltiples en los últimos años, no se deben a la severidad de Angela Merkel, sino a la estructura misma de un país que todo lo espera del Gobierno. El encantamiento ha durado exactamente un mes. No podía durar mucho más. Ahora Tsipras tiene que decir la verdad a su gente. Tiene que decirles, por ejemplo, que el gasto público no crecerá, que será imposible contratar nuevos funcionarios o que el plan de privatizaciones del Gobierno de Samaras seguirá su curso como si nada hubiese pasado. La realidad es así de ingrata. “El poder es la impotencia”, cuentan que le dijo Calvo-Sotelo a Felipe González el día que le entregó las llaves de la Moncloa. El gobernante de un país en quiebra no debe prometer cosas que va a ser incapaz de cumplir. Eso es exactamente lo que hizo Tsipras antes de las elecciones. Podría rebelarse y dar carpetazo final al asunto sacando a Grecia del euro para, a continuación, llevar a cabo su programa con dracmas devaluadas. Podría sí, pero es poco probable que lo haga. De meterse en un plan semejante la quiebra sería prácticamente inmediata porque nadie va a dar tanto al Gobierno griego a cambio de tan poco como le ha dado la denostada troika. Ni Rusia, ni China ni el sursuncorda.
Los números, por más que Varoufakis los haya retorcido hasta dejarlos irreconocibles, son tozudos. Grecia produce poco, gasta mucho y, para colmo, está pésimamente administrada, la corrupción campa a sus anchas y el imperio de la ley languidece. Crear dinero de la nada no es crear riqueza, es destruirla. Si el recurso de la imprenta funcionase de verdad no habría que preocuparse por nada, no habría siquiera economía, todos viviríamos en Jauja y el activo internacional de reserva serían los cartuchos de tinta de HP. Bastaría con una impresora a color sencillita, un sello del banco central y una buena provisión de tinta y papel para esquivar por siempre la pobreza. Insisto en este punto porque por estos pagos los hay que repiten a diario la letanía de la redención a través de la así llamada “soberanía monetaria”. No hay ninguna soberanía en la inflación y su cohorte de miserias. Pero nadie aprende en cabeza ajena. Su infierno al final bien podría ser el nuestro.
Si el rol del Estado a lo largo de la historia económica de Europa ha sido importante se debe, entre otras cosas, a que, dependiendo del país, los gobernantes han sabido o no desarrollar un sistema de incentivos que favorecieran las decisiones de los ciudadanos. Estas decisiones, que siempre van a buscar su propio interés (y el de la prole), sea cuales sean las barreras que se presenten, afectarán positivamente o negativamente al grupo, en gran medida, dependiendo del entorno en el que se tomen: la legislación, la educación, la renta per cápita, las alternativas, etc.
Pero la acción del Estado no tiene por qué constreñirse a la intervención directa, que suele ser muy peligrosa, sino que también se manifiesta en cambios legislativos que disminuyen el coste de la inversión, o que favorecen la contratación, o que, simplemente, aseguran mediante instituciones judiciales eficientes, que cada cual va a poder trabajar sin que le roben su propiedad, sin que se incumplan los contratos, y sin sentir amenazada su vida o su integridad física.
De esta manera, en Inglaterra, un cambio en las condiciones de los contratos de arrendamientos de las tierras permitiendo contratos de larga duración supuso un incentivo para arrendadores y arrendatarios tal que favoreció una mejor explotación de la tierra y fue, a la larga, responsable de que la agricultura inglesa actuara como uno de los motores más importantes de la industrialización. Por el contrario, en España y otros países, la necesidad de encontrar un tamaño óptimo de explotación agrícola se hizo vía expropiación. Y además, los problemas parlamentarios llevaron a que se hiciera tarde y mal, así que ni siquiera se cumplieron los objetivos perseguidos por quienes creyeron que merecía la pena saltarse a la torera el respeto por la propiedad privada porque el fin pretendido suponía un bien mayor.
Pero parece que la historia económica, que está plagada de ejemplos de este tipo, no sirve. Y los gestores europeos siguen jugando con los incentivos de los ciudadanos de manera, a mi juicio, irresponsable por lo simplista del planteamiento. La última ocasión ha sido el llamado QE europeo, una medida de política monetaria que va a inyectar mucho dinero (y no voy a dar ni una cifra adrede) para lograr un objetivo de inflación determinado. Los expertos nos cuentan que la retorcida interpretación de los estatutos (el BCE no puede comprar deuda a los estados excepto en mercados secundarios), las condiciones especiales (no habrá esterilización compensatoria) y todo lo demás es fruto del mandato que tiene el BCE desde sus orígenes y que hace lo que debería haber hecho en el 2011.
Los técnicos, expertos en modelización, obsesionados con la economía matemática (de lo cual alardean como si eso les hiciera ganar puntos), plantean contrafactuales muy peligrosos y modelos que, a sabiendas de que no indican más que la tendencia y no siempre la correcta, los gestores de política económica usan como bolas de cristal. Y algunos economistas politizados con ardor europeízante te cuentan que la mutualización de la deuda es una condición necesaria para la construcción de una unidad político-económica, en la que ni se plantea si es bueno, malo o regular distribuir las cargas, y que es un atraso mirar quién ha generado o cómo esa deuda y echárselo en cara. El famoso "todos contra el fuego".
Todos ellos te miran raro cuando hablas del riesgo del desincentivo al desapalancamiento que he oído y leído exponer a Juan Ramón Rallo, entre otros; o cuando expones tus dudas acerca del resultado final de esa medida porque no va a funcionar en todos los países igual ya que debe ir acompañada de otras reformas de carácter estructural, que suelen estar ligadas a intereses políticos espurios; o cuando cuestionas la mayor, es decir, ¿es mala la deflación siempre?, ¿y para quién?, ¿si no fuéramos deudores estaríamos tan felices con tasas mayores de inflación?
Y es en ese punto donde quiero hacer una reflexión. Los españoles nos posicionamos en el lado de los deudores por defecto. En nuestra mentalidad (y la historia económica de nuevo corrobora esta idea) somos los que pedimos, los que acudimos al mercado de capitales internacional, los que necesitaron capital francés para construir el ferrocarril en el siglo XIX. Eso no es necesariamente malo. Lo terrible es que justifiquemos penalizar a los ahorradores de otros países (Alemania, por ejemplo). Porque al final ¿qué incentivos van a tener para prestarnos? ¿que señales estamos mandando a los prestamistas de "la casa europea"? Probablemente tendrán más razones para prestar a países no europeos pero más considerados.
Y, para terminar, ¿cómo pretendemos replantearnos el modelo productivo español tras el fiasco de la construcción, con esa actitud ante los ahorradores y los generadores de capitales? Quienes penalizan el ahorro y la inversión deberían plantearse que hay un futuro más allá del corto plazo.
La pasada -y tristemente aún presente- crisis económica acaecida en España es un fantástico ejemplo ilustrativo de lo importante que es tener un marco institucional sólido que garantice seguridad jurídica y respete los derechos de propiedad y los contratos voluntarios, así como unos mercados flexibles y dinámicos que permitan una rápida y poco traumática transición del modelo productivo cuando este sea manifiestamente insostenible. Son muchos los ejemplos que podemos encontrar de que la economía española adolece de esas características tan necesarias para la prosperidad económica pero puede que el mercado de la vivienda sea probablemente uno de los mejores ejemplos para ilustrarlo.
Como muchos saben, el precio de la vivienda en España subió de forma vertiginosa desde finales de los años 90 hasta el año 2007, llegando incluso algunos años a subir a tasas de doble dígito. La caída, inevitablemente, iba a ser muy significativa. Hoy mismo podemos leer que el precio de la vivienda de segunda mano por fin parece que ha tocado suelo y ha mostrado signos de un ligero alza. Desde el 2007 el valor medio del metro cuadrado acumula una caída acumulada de un 58%. Las viviendas de segunda mano se han revalorizado en tasa interanual por primera vez desde el ejercicio 2010. Por tanto, podemos hablar del fin en la caída del precio de la vivienda. Y, ¿cuántos años ha tardado la vivienda en ajustar su precio? Pues unos interminables 8 años, casi una década. Por poner en contexto esta cifra, en Estados Unidos se produjo en el estado de Florida una caída del precio de la vivienda cercano al 50% en apenas 12 meses desde el pinchazo de la crisis subprime.
¿Por qué lo que en Estados Unidos apenas tarda un año en ajustarse aquí tarda cerca de 8? La diferencia es gigantesca y además es algo fundamental. El problema fundamental que ha sufrido la economía española para que este ajuste sea tan lento (y por ello más costoso si cabe) es la negativa de la banca de afrontar la cruda realidad económica. Sin el rol de la banca en su intento de contener el precio de la vivienda, el precio se habría ajustado de forma mucho más acelerada. Han sido los bancos los que, por interés, se han negado a reconocer que el valor de mercado de las viviendas que formaban parte de sus balances no valían lo que decían sus libros. Han sido los bancos los que, de manera coordinada, han evitado un ajuste rápido que diese salida al inmenso stock de vivienda que se había acumulado en sus balances. Daba igual que eso significase no vender apenas pisos. Todo con tal de ganar tiempo. Pero, ¿para qué querían ganar tiempo los bancos españoles? Como dicen los anglosajones, esta es la estrategia de “extend and pretend” o alargar y pretender. Patada hacía delante pero de arreglar el problema, nada. Lógicamente, la nada competitiva banca comercial española (con las ya extintas Cajas de Ahorro) no existiría en una economía de libre mercado.
Cuanto más libres son las economías, más flexibles son a la hora de reajustar el valor de los activos. El proceso de ajuste de activos, desapalancamiento financiero, es una sana y muy necesaria vuelta a la realidad tras los ciclos económicos que provoca el intervencionismo estatal en materia monetaria y bancaria. Cuanto menor es el tiempo en que se produce ese ajuste, menor es el sufrimiento de los agentes económicos. No saber quién es solvente y quién no y cuál será el ajuste final de ciertos activos es fundamental. Los españoles hemos necesitado 8 años para saber que la vivienda estaba sobrevalorada en más de un 50%. De haberlo sabido en un año, los bancos habrían hecho el doloroso ejercicio de reconocer la realidad rápido, sus balances habrían mostrado su insostenible realidad a todos los agentes y, aunque pueda parecer contraintuitivo, permitiría estar hoy en día en una situación mejor. Pero sucedió justo lo contrario. Los bancos, por el fortísimo interés que tenían en no reconocer su situación de insolvencia y necesidades de recapitalización demoraron a sabiendas el ajuste del precio de la vivienda y retrasaron -parcialmente- la recuperación económica de nuestra economía. Ojalá en la próxima crisis -que con el sistema actual la habrá- tengamos unos mercados más libres que permitan que los agentes se ajusten con rapidez y no nos encontremos con zombis insolventes con ningún interés en que la cruda realidad esté a la vista de todos.
El ministro de Finanzas de Grecia, Yanis Varufakis, tenía muy claro cómo impagar la deuda pública helena antes de llegar al Gobierno, y esta particular hoja de ruta es la que ha intentado defender ante la troika.
El polémico economista lleva tiempo planteando una serie de medidas que, según él, podrían aplicarse sin modificar tratados ni leyes europeas, ni implantar la unión fiscal ni transferencias de dinero público entre Estados. De ahí su humilde título, Una propuesta modesta, que, por cierto, también fue usado por el célebre escritor Jonathan Swift –Los viajes de Gulliver– para titular un relato satírico de 1729 en el que ofrecía como solución para acabar con la situación de los pobres irlandeses que vendieran sus hijos como alimento.
El plan se basa en recurrir, precisamente, a gran parte de las ideas que contribuyeron a agravar y alargar la crisis de Grecia: la mutualización de la deuda, usando un esquema que recuerda a la ingeniera financiera del boom y sus titulizaciones (es decir, más y más deuda), la aplicación de un New Deal a escala europea, y el rescate banco a banco por parte del Fondo europeo de rescate (MEDE).
De acuerdo con el ministro griego, para reducir el endeudamiento, los Estados miembros transferirían al BCE su deuda por valor del 60% del PIB, el límite fijado por el Tratado de Maastricht. El BCE no compraría la deuda transferida, ya que no puede legalmente monetizarla. Sería como un apunte contable. El BCE, para hacer frente a los intereses de esa deuda asumida se endeudaría, a su vez, emitiendo bonos a un tipo de interés libre de riesgo.
Los Estados miembros pagarían los intereses de esos bonos emitidos por el BCE. De ahí que a dicho plan se le denomine Programa de Conversión de la Deuda Limitado (el BCE pagaría los intereses de la deuda, y los Estados -el Estado griego en este caso- los intereses de los bonos emitidos por el BCE).
El beneficio para Atenas sería reducir el coste de la deuda y quitarse de encima la presión ejercida por los inversores para que aplique las reformas que garanticen que devolverá lo prestado. No obstante, el famoso economista no menciona los incentivos perversos que crearía al estimular el endeudamiento de los bancos con el BCE para adquirir sus propios bonos, o la degradación del balance de la institución monetaria con la consiguiente depreciación del euro (un impuesto a todos los europeos).
Una vez el problema de la deuda estuviera bajo control (no a base de reestructurar el atrofiado Estado del Bienestar griego sino sobre la base de endosar y difuminar su deuda tóxica al resto de Europa), Varufakis propone llevar a cabo un gran plan europeo de gasto público, obviamente, no con su dinero (que no tienen) sino con el que, teóricamente, sería capaz de levantar instituciones como el Fondo Europeo de Inversiones y el Banco Europeo de Inversiones, respaldados, en última instancia, por dinero de los contribuyentes europeos.
La estrategia del ministro griego sería utilizar a estos organismos para gastar más, pero usando el dinero de otros. Como si la causa de gran parte de los males no estribara, precisamente, en el enorme gasto público y control gubernamental que todo lo acapara en el país heleno, y en el gran protagonismo de las políticas keynesianas.
Ciertamente, el ministro acierta al apuntar al descalabro de la inversión como uno de los hechos destacados de la crisis griega (así como la española, por cierto), pero para resolver el problema aboga por la sempiterna política socialista basada en vestir de poder a los políticos y funcionarios para que sean ellos (y no los inversores, empresarios y consumidores) los iluminados desde sus despachos para determinar qué empresas, sectores e industrias deberían existir y ser receptoras de la ingente cantidad de gasto.
Finalmente, otra de las grandes patas del plan inicial de Varufakis consiste en rescatar a los bancos caso por caso. La propuesta, en este sentido, pasa por usar de nuevo el MEDE para que adquiera un paquete accionarial del banco en dificultades y pase a nombrar, junto con el BCE, un Consejo de Administración para gestionar la entidad, priorizando la protección de los depósitos, pero sin excluir la posibilidad de liquidar la entidad.
Tras dicha gestión, el MEDE podría vender sus acciones y tratar de recuperar el desembolso. Y todo ello, sin que los Estados tuvieran que asumir ningún tipo de deuda adicional por los rescates financieros. Es decir, que el coste del rescate financiero no recaiga exclusivamente sobre los contribuyentes griegos, sino sobre el conjunto de los contribuyentes europeos.
La propuesta original de Varufakis para solventar los problemas de Grecia consiste, por tanto, en que el resto de Europa se haga cargo de una parte de la deuda pública helena, exigir un gran plan de gasto e inversión pública financiado por el resto de europeos, así como compartir la factura de los rescates bancarios de Grecia con el resto de europeos. En resumen, dinero, dinero y más dinero…