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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

¿Qué hacer si me toca el Gordo?

Todos los años, millones de españoles siguen con atención el Sorteo Extraordinario de Lotería de Navidad que se celebra cada 22 de diciembre. La probabilidad de que nos toque algún premio es de apenas el 5,3%, incluyendo las pedreas.

En el caso del Gordo, premiado en la actualidad con 400.000 euros, la probabilidad es de 1 entre 100.000, es decir, un 0,00001%. Por muy escasas que sean las probabilidades, lo cierto es que aquellas personas que sí resultan agraciadas tienen un importante reto ante sí: administrar el premio.

Pasos a seguir

Antes de cobrar el premio, es importante tener en cuenta los impuestos. Si vamos a compartir el premio con más personas -familiares o amigos-, lo más conveniente es dejar constancia de ello antes de cobrarlo.

La razón es, simplemente, evitar hacer una donación y tener que tributar por ello en el Impuesto de Sucesiones y Donaciones. Para evitar posibles malentendidos, lo mejor es que las personas que compartan un décimo hagan una fotocopia del mismo. Es conveniente que cada cual firme e incluya su DNI, además de señalar el porcentaje que le corresponde.

Pese a nuestra astucia para evitar pagar una donación, de lo que no nos libraremos es de pagar en la siguiente declaración de la renta. El premio tributa por un 20%, estando los 2.500 primeros euros exentos. Así, si tenemos la suerte de ganar los 400.000 euros del Gordo, deberemos abonar en nuestra liquidación del IRPF 79.500 euros -Montoro siempre gana, muy a nuestro pesar-.

Cobrar el premio

Una vez hecho esto, lo siguiente es cobrar cuanto antes el premio. Los billetes premiados de Lotería se pueden cobrar durante tres meses después del sorteo, pero por razones de seguridad (robo o deterioro del billete) los expertos recomiendan cobrarlo cuanto antes.

Hasta premios por valor de 5.000 euros podemos acudir a cualquier administración de Lotería. La novedad de este año es que se podrán cobrar los premios desde las 18:00 horas del mismo día y no tendrán que esperar al día siguiente.

Para premios por un importe superior tendremos que cobrarlo o bien en cualquier delegación comercial de Loterías y Apuestas del Estado dentro de nuestra Comunidad Autónoma (se pueden informar en la web de LAE o en el 902112313 al respecto) o bien en cualquiera de las entidades bancarias concertadas con Loterías y Apuestas del Estado: BBVA, Banco Santander, La Caixa y CECA.

Buscar asesoramiento

Lo mejor que pueden hacer los agraciados con su premio para que dure su abundancia financiera es buscar asesoramiento profesional e independiente. En España, lo mejor es acudir a una EAFI o Empresa de Asesoramiento Financiero Independiente. Un buen asesoramiento nos ayudará a realizar una adecuada planificación financiera y nos guiará por todo el proceso de inversión del mismo.

Inversión en Bolsa

Como un premio de 400.000 no nos da para dejar de trabajar, es importante que gestionemos e invirtamos con acierto. La Bolsa, en contra de lo que la mayoría de la población cree, es el activo más seguro y rentable a muy largo plazo.

Por ello, es recomendable que invirtamos en Bolsa todo aquel dinero que no vayamos a necesitar a 5-7 años vista, como mínimo. Dada su volatilidad a corto plazo, invertir durante periodos más cortos en Bolsa sí puede suponer minusvalías.

Y lo mejor para los poco avezados en esta materia es invertir en Bolsa a través de los fondos de inversión-existen numerosas opciones nacionales e internacionales-. Existen numerosos fondos que son excelentes opciones para invertir una parte del premio y estar tranquilos de que a largo plazo (10 años vista) tengamos un capital significativamente superior.

Renta Fija

La renta fija es el producto estrella del inversor español medio. No obstante, debemos tener en cuenta que, en la actualidad, este tipo de activo sufre una importante burbuja en lo que a su valoración se refiere y es muy probable que en los próximos años no ofrezca buenas rentabilidades.

Que España se esté financiando a diez años en los mercados financieros de deuda a unos tipos de interés prácticamente idénticos otros países del norte de Europa con máximo rating crediticio es una anomalía histórica que más pronto que tarde será corregida. No obstante, todo nuestro patrimonio que necesitemos a menos de cinco años vista puede ser invertido en este tipo de activo financiero y el abanico es muy amplio.

Los fondos de inversión con el ranking de cinco estrellas de Morningstar son una garantía de tranquilidad. El M&G Optimal Income es uno de los fondos más populares en España. El Renta 4 Pegasus y el Templeton Global también tienen buena fama entre la comunidad inversora.

Vivienda

El ciclo inmobiliario parece que remonta por primera vez desde el inicio de la crisis. Las buenas perspectivas del euribor a corto plazo y los precios razonables de la vivienda en España, tras una caída media del 40%, apuntan que es un buen momento para invertir. Además, la banca está volviendo a abrir el grifo de las hipotecas, así que comprar una nueva vivienda puede ser interesante, además de posible.

Formarnos e informarnos

Cuanto más rico es un individuo más importante es que sepa administrar de manera eficaz su patrimonio. Convertirnos en millonarios de la noche a la mañana es un cambio radical y una manera de enfrentarnos a esa nueva situación es aumentar nuestros conocimientos sobre finanzas personales e inversión.

La lectura de libros como Padre Rico, Padre Pobre de Robert Kiyosaki oAlicia en Wall Street de Luis Allué es un excelente comienzo. Hay webs que pueden resultar de interés, como el comprador financiero iAhorro, que permite hacer un barrido de un vistazo de distintos productos financieros como cuentas, tarjetas o hipotecas.

También hay apps como Toshl Finanzas, que nos permiten llevar un seguimiento de nuestros gastos en el día a día. Fintonic nos permite hacer eso mismo, pero de manera automática, ya que nuestros gastos quedan anotados sin necesitar de que nosotros los introduzcamos. Los expertos en finanzas personales insisten en que una de las claves para ahorrar y gestionar nuestro dinero de manera eficaz es llevar un seguimiento de nuestros gastos.

Lo que no hay que hacer

El socio de Warren Buffett, Charlie Munger, adora invertir los problemas para resolverlos. En vez de preguntarnos qué hacer si nos toca la lotería, puede ser mucho más interesante invertir la pregunta y evitar todo aquello que salga en esa lista.

Y es que las estadísticas son bastante deprimentes en lo que a la suerte financiera de los premiados de Lotería se refiere. Cerca del 80% de los premiados en sorteos de lotería se ha gastado íntegramente el premio en menos de ocho años desde el sorteo. Son muchos los agraciados que acaban con problemas de deudas, drogas e incluso aquellos que acaban muertos bajo extrañas circunstancias o que cometen suicidio.

No hay nada más didáctico que observar qué hacen este tipo de "afortunados" y evitar por encima de todo seguir sus pasos. Lo que caracteriza a estos dilapidadores natos son los siguientes puntos:

  • Hacer pública nuestra recién estrenada fortuna.
  • Realizar compras impulsivas.
  • Nula planificación financiera.
  • Rodearse de personas interesadas.
  • Dejar el trabajo sin plantearse siquiera si se lo pueden permitir.
  • Abuso de drogas.
  • Emprender en negocios sin experiencia previa.
  • Dejarse asesorar por personas de dudosa reputación.

Podemos: amor y odio hacia la deuda

Deuda es igual a crédito. Son dos caras de la misma moneda. Quien proporciona financiación otorga crédito y quien la recibe asume una deuda. Acaso la diferencia entre ambas es que crédito suena bien y deuda, en cambio, suena bastante mal: pero son el lado activo y pasivo de una misma y exacta operación.

Conviene aclarar este abecé financiero antes de reflexionar brevemente sobre la complicada relación que guarda el documento económico de Podemos con la deuda y el crédito. No en vano, desde muy diversos ámbitos de este país –no sólo desde Podemos– se ha considerado el "exceso de deuda" y "la carestía de crédito" como las dos grandes lacras de nuestra economía, cuando una es antagónica de la otra: si hay exceso de deuda, entonces no hay carestía de crédito (podrá haberla de nuevo crédito, pero no de crédito histórico), y si hay carestía de crédito, entonces no puede haber exceso de deuda. Sucede que, con Podemos, la esquizofrenia entre el reproche contra el sobreendeudamiento y el éxtasis del libre acceso al crédito ha llegado a su máxima expresión hasta la fecha.

De entrada, Podemos deplora que la deuda pública haya aumentado en más de 600.000 millones desde el año 2007 y lamenta, al mismo tiempo, que el crédito privado (la deuda privada) se haya reducido en ese mismo período en más de 170.000 millones (página 25): es decir, Podemos considera negativo tanto el apalancamiento (público) como el desapalancamiento (privado). Por supuesto, uno podría atribuirles cierta preferencia por la financiación al sector privado por encima de la concedida al sector público, pero más adelante nos encontramos en ese mismo documento con que no es posible "salir de la situación actual en la que se encuentra la economía española sin reducir la deuda [privada]" (página 26): es decir, por un lado se reprocha que la deuda privada se haya reducido en 170.000 millones y, por otro, que la deuda privada sea demasiado alta y no se esté reduciendo. De hecho, por si quedaran dudas, el documento económico remarca que nuestras dificultades proceden del exceso (que no del defecto) de crédito/deuda: "El problema de la deuda pública y privada es el más importante que tiene la economía española, tanto por su propia magnitud como por sus efectos sobre el comportamiento de las familias, las empresas, los bancos y el sector público" (página 56).

Tan grave les parece el problema del endeudamiento que hablan abiertamente de la posibilidad de plantear una quita que minore la deuda privada: "Reestructuración o quita de la deuda familiar en condiciones que proporcionen la mayor estabilidad posible al sistema y restituya el daño recibido por las familias en años anteriores" (página 47). Razonen conmigo: uno de los síntomas de la desastrosa evolución de la economía española durante los últimos siete años es que la deuda privada se ha reducido en 170.000 millones de euros en lugar de haber seguido aumentando, pero nuestro mayor problema actual es el sobreendeudamiento privado, el cual deberá ser solventado con una quita que reduzca ampliamente la deuda privada.

Mas lo relevante de las propuestas de Podemos no es sólo qué hacer para paliar la actual situación de sobreendeudamiento (o infraendeudamiento, según se mire), sino qué hacer para evitar su repetición. En este sentido, Podemos tiene muy claro que una de las causas de la crisis es la sobreexpansión del crédito privado: "La gran expansión de la economía española anterior a la crisis fue el resultado de un gigantesco endeudamiento, del desarrollo extraordinario del negocio bancario que consiste en generar deuda" (página 28); y en esa misma página nos informan de que la causa profunda de ese sobreendeudamiento cabe buscarla en que el tratamiento fiscal al crédito "hacía que a las empresas y familias les resultase más barato endeudarse que autofinanciarse". Es decir, el excesivo crédito vino de los tipos de interés demasiado bajos. ¿Solución propuesta por Podemos? Conseguir que el crédito se vuelva todavía más accesible y más barato de lo que lo es en la actualidad: Podemos quiere "consagrar" en la Constitución el derecho al crédito "y a la financiación a la economía como un servicio público esencial, obligando a que su disposición necesariamente responda al interés general" (página 42); es decir, quiere evitar que el excesivo poder de la banca en la provisión del crédito condene a que "las empresas productivas y los consumidores tengan que soportar en España costes asociados al crédito mayores que en otros lugares de Europa" (página 41).

En suma: el documento económico de Podemos es un batiburrillo ideológico por lo que se refiere al crédito. Por un lado, diagnostican –con razón– que el germen de nuestros problemas actuales cabe localizarlo en la oferta excesiva de crédito artificialmente abaratado; por otro, deploran que actualmente el sector privado haya pasado a reducir su endeudamiento y reclaman consagrar un derecho constitucional al crédito barato. Dado que los economistas de Podemos se niegan a reconocer que nuestro problema actual es causado por un modelo productivo desestructurado y no por la falta de consumo, sólo saben huir hacia adelante: reclamar mucho más gasto financiado, claro está, con más deuda. El mismo modelo burbujístico de siempre, pero apadrinado explícitamente ahora por la extrema izquierda.

Lecciones de Japón y Estados Unidos

Charlie Munger, vicepresidente de Berkshire Hathaway y mítico socio de Warren Buffett, no sólo es uno de los más exitosos inversores de las últimas décadas, sino que también destaca por su vasta sabiduría.

Uno de sus más acertados consejos es el de procurar siempre invertir los problemas. A menudo los problemas son difíciles de resolver de forma directa. Una buena forma de abordarlos, dice Munger, es pensar en qué puede ir mal, en posibles errores que podemos cometer, y tratar de evitarlos.

Un buen caso para aplicar esta técnica puede ser el de la crisis de Japón. El estallido de la actual crisis económica en Estados Unidos y Europa guarda grandes paralelismos con los problemas que han vivido los japoneses desde los años noventa: brutal burbuja inmobiliaria, gran endeudamiento privado, estructura productiva insostenible, colapso financiero y la consecuente recesión deflacionaria. 

Lamentablemente, un cuarto de siglo después, el país nipón no sólo no ha resuelto sus problemas sino que los ha agravado. Japón tal vez sea el más claro ejemplo de lo que no hay que hacer. 

La receta japonesa contra la crisis no fue otra que la que prescribe el keynesianismo. Para evitar la dolorosa pero necesaria reestructuración del aparato productivo, el desapalancamiento y la liquidación de empresas e inversiones inviables, se implementó un programa que ahora nos suena bastante: política monetaria expansiva (el término quantitative easing no es un invento americano, sino que fue el Banco de Japón el primero en ponerlo en marcha), tipos de interés a cero, rescates de bancos y empresas e incremento del gasto público con cargo a un abultado déficit fiscal.

Los resultados a largo plazo de dicho programa dejan mucho que desear. En el año 2013, el PIB nominal de Japón fue el mismo que en 1991. Lo que no es igual es la deuda. Sólo la deuda pública se ha disparado de un 70% del PIB hasta el 240% en 2013. Si tomamos la deuda pública, más la de las familias y empresas no financieras, actualmente está en torno al 450% del PIB

El actual primer ministro, Shinzo Abe, ganó las elecciones a finales de 2012 con un programa económico en el que proponía, básicamente, un all-in de las mismas políticas keynesianas que habían fracasado hasta la fecha

Las famosas “tres flechas” que componen el Abenomics consisten en un masivo estímulo fiscal (la inversión pública ha aumentado en un 21%), una flexibilización monetaria masiva y unas supuestas reformas estructurales que en la práctica aún no se han hecho. En pocas palabras, un programa que recuerda a aquella cómica escena de los hermanos Marx en la que, al grito de ¡más madera!, terminan destrozando un tren para usarlo como combustible.

Se atribuye a Einstein, probablemente de forma incorrecta, la frase de que la locura es intentar una cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultadosEn esta ocasión no ha sido una excepción. Tras el típico repunte inmediato, la economía japonesa ha vuelto a las andadas.

El segundo trimestre de 2014 la economía nipona se contrajo espectacularmente, un 7,3% respecto al año anterior. Para el tercer trimestre, en el que se esperaba un cierto rebote, recientemente supimos que Japón siguió hundiéndose, cayendo un 1,6% respecto al año anterior y entrando oficialmente en recesión. Un decepcionado Shinzo Abe acaba de convocar elecciones anticipadas para poner en manos de los japoneses el rumbo que debe seguir el gobierno para salir de la crisis.

A menudo se dice que Estados Unidos ha logrado salir de la Gran Recesión gracias al quantitative easing y a los estímulos fiscales. Pero si es así, ¿cómo es que quien ha aplicado más intensamente estas mismas medidas, como Japón, no logra levantar cabeza tras un cuarto de siglo tropezando con la misma piedra?

El motivo es que el intento de simplificar la realidad lleva a muchos a caer en la falacia post hoc ergo propter hoc. O dicho de otro modo, no porque A suceda antes que B significa que sea su causa. Puede que B suceda pese a A.

Hay que decir que aunque Estados Unidos evoluciona positivamente, lo hace muy despacio y la recuperación está lejos de ser sólida. Pero si por algo no ha sido es por los estímulos fiscales ni por la expansión monetaria.

En primer lugar, porque pese a los lamentos de economistas como Paul Krugman, el gasto público lleva congelado en términos absolutos desde 2010 y ha caído desde el 41,9% de PIB hasta el 36,6% en 2013. Y en segundo lugar, porque como expliqué en un artículo anterior el quantitative easing en el mejor de los casos es inútil y en el peor retrasa la recuperación, posponiendo las necesarias reestructuraciones

Afortunadamente Estados Unidos tiene características propias que agilizan la recuperación de las que otros países carecen o cuyos gobiernos se han negado a aplicar. 

Si hay que destacar tres son, primero, la relativa mayor flexibilidad a la hora de liquidar inversiones y empresas inviables y trasladar los factores productivos de forma rápida a nuevas líneas de negocio rentables y sostenibles.

Segundo, la revolución energética que actualmente se vive en América del Norte, principalmente en el sector del gas.

Y tercero, una deuda que pese a que no podemos decir que sea baja, sí es comparativamente menor que la japonesa o la europea. La suma de la deuda pública, de las empresas no financieras y las familias en Estados Unidos es del entorno del 250%. Poco más de la mitad que la monstruosa deuda de Japón.

Si bien Estados Unidos parece haber salido de la trampa depresiva en la que Japón lleva décadas, existe hoy un paciente que camina con paso firme hacia la japonización: Europa.

No sólo ha imitado todas las recetas malas de Japón y Estados Unidos, sino que ha olvidado incluir las que sí son positivas de países como el norteamericano. No vendría mal a los dirigentes europeos hacer caso a Charlie Munger, invertir el problema y empezar por evitar los errores que otros han cometido

@ignaciomoncada para Estrategias de inversión

Ignacio Moncada es analista financiero de inversiones en Nueva York. Es miembro del Instituto Juan de Mariana y del Ludwig von Mises Institute.

Es la prima, estúpido

Dos ministros en dos meses, la crisis del ébola, la de Monago, la de la banda de Granados, la de Cataluña, el desempleo que no cesa, el déficit desbocado, la deuda en máximos históricos… y Rajoy tan fresco. Por lo que se ve, ser presidente de Gobierno no era algo tan difícil. Tras tres años de despropósito continuado, de sorayaje irrestricto, de saqueo fiscal y desvergüenza, el Gobierno sigue como el primer día, aquel viernes de diciembre de 2011 cuando el infame Montoro nos sacudió el mayor rejonazo impositivo de la historia; y no de la democracia como dicen los cursis, sino de la propia España.

Ni el Conde-Duque de Olivares en plena guerra de los Treinta Años se había atrevido a tanto. Y eso que el Conde-Duque disponía de poder absoluto y nunca prometió bajar los impuestos, cosa que Rajoy sí que hizo en repetidas ocasiones. A causa de su voracidad fiscal, el Conde-Duque tuvo que enfrentar una rebelión en Cataluña, otra en Portugal y otra más, de propina, en Andalucía. Ahora, en cambio, el aborregamiento es general. Ni un gemido. Pagamos y a otra cosa. Hasta los hubo que justificaron al ladrón alegando que el de antes había dejado tiesas las cuentas.

En todo este tiempo de penumbras lo único que ha preocupado de verdad a Rajoy es la prima de riesgo, esa medida indirecta del coste en el que el Estado incurre para endeudarse, perdón, para endeudarnos, porque el Estado, ese ente abstracto y perverso por naturaleza, tira siempre con el dinero que nosotros –a la fuerza– le entregamos. La política económica de Rajoy podría resumirse en una sola línea: mantenernos nosotros, los funcionarios y su armatoste estatal, a cualquier coste. Doy fe que lo ha conseguido. Hoy el Estado es mayor que en 2007, gasta más y ha entrado en una nueva fase hiperreguladora fruto de la incontenible verborrea sorayesca. La consecuencia más visible es que todos los demás, todos los que no somos Estado, gastamos menos o directamente no gastamos nada. Resumiendo, lo nuestro es suyo.

Con la recaudación gripada, el sacrosanto objetivo de mantener a la casta burocrática al margen de la crisis sólo podía conseguirse mediante una compulsiva emisión de deuda. Miles de millones de euros mensuales, semana tras semana, para dar de comer al monstruito. De ahí las preocupaciones en agosto de 2012, cuando el tipo de los bonos se fue al 6%. De haberse mantenido nos hubiésemos librado de esta pesadilla mucho antes. El barbas, un ser emocionalmente disminuido, un burócrata de cuna pasado por el politiqueo y el navajazo, incapaz de todo empeño menos el de librar venganzas personales, no hubiera podido continuar en la Moncloa. Una bendición. Al Estado no le hubiera quedado otra que reducir el gasto, situarlo a la par de los ingresos ordinarios de la Hacienda, que de eso y no otra cosa iba el control del déficit que le pedían desde Bruselas.

Pero, ¡ay! el mercado de deuda es demasiada tentación para un inútil que, además de venir con el equipaje de ideas equivocado, se cree un genio. España podría haber resistido, pongamos, a un bobo de remate como Floriano, o incluso a un golfante del subgénero pragmático tipo Felipe González. Con mejor o peor humor se habrían avenido a razones. Pero nos ha tocado la china. Así que mientras la prima aguante aguantará el patán.            

La banca y el oligopolio de la gestión de activos en España

Los libros de Economía explican los problemas que generan en un mercado la existencia de monopolios y oligopolios. Todos, aplicando el sentido común y de forma más o menos intuitiva podemos ver que no es bueno para el consumidor un mercado monopolístico u oligopolístico. Los economistas de la Escuela Austríaca han reiterado por activa y por pasiva que los monopolios y oligopolios no surgen de manera natural en una economía de libre mercado sino que es el Estado el que privilegia a unos e impide el acceso al resto.

No debería de sorprendernos, por tanto, que la banca española ostente –desde hace décadas– un oligopolio sobre la lucrativa industria de la gestión de activos. Conviene recordar que la banca es, en cualquier economía occidental, la industria más regulada y privilegiada de todas por parte del Estado. Esos privilegios en forma de regulación se extienden también a la industria de gestión de activos. Si se hace un análisis a grandes rasgos de esta industria en nuestro país sólo cabe un veredicto posible: nos encontramos ante un oligopolio creado por el Estado. En España, según datos de INVERCO (la Asociación de Instituciones de Inversión Colectiva), el 7,45% de las gestoras por volumen de activos tienen menos de 1.000 millones de euros de activos bajo gestión. El resto de gestoras con un volumen superior son gestoras controladas por la banca y las compañías de seguros (véase Popular Allianz o Mutuactivos). Es decir, que más del 90% de las gestoras en España son de la banca y las aseguradoras. Los datos son aún peores si se matizan. Bestinver, un rara avis dentro de la industria se ha hecho con una cuota muy significativa gracias a apostar por una gestión activa y de calidad, es una excepción dentro de las gestoras independientes.

La fuerte concentración de esta industria se ha agravado en los últimos años y es que el número de gestoras se ha reducido todavía más por dos factores recientes. En primer lugar, el proceso de concentración bancario fruto de las fusiones de las antiguas Cajas de Ahorro ha hecho que muchas de ellas desaparezcan. En segundo lugar, la crisis se ha llevado por delante a cerca de 24 gestoras con lo que el número total ha pasado de 120 a 96 durante la crisis. El negocio de la banca es doble: la gestión de cobros y pagos y la intermediación financiera. Ninguna de estas actividades guarda relación con la gestión de activos y pese a ellos, la banca controla dicha industria.

Las consecuencias de que exista un oligopolio en esta industria tienen un claro ganador, la banca, y un inmerecido perdedor, los consumidores-ahorradores. Gracias a esta regulación, la banca se reparte sin mucho esfuerzo un jugoso pastel en forma de comisiones que supera los 2.000 millones de euros anuales. Beneficios inmerecidos, ya que no se producen en un mercado libre en donde no deben existir barreras de entrada como las actuales. Las elevadas cifras de capital social mínimo de 2.400.000 Euros para las SICAV y 3.000.000 Euros para los Fondos de Inversión son una enorme barrera que excluye a muchos gestores con talento en nuestro país, para la congratulación de la banca. Los fuertes costes en los que deben incurrir las instituciones de inversión colectiva para cumplir con toda la regulación existente también son otra insalvable barrera de entrada para muchos profesionales independientes ávidos de gestionar vehículos de inversión colectiva. Pero sobre todo, la posición dominante de la banca en dicho sector es muy difícil de combatir por parte de pequeñas gestoras con menos recursos económicos.

La posición de dominio de la banca ha hecho, como hemos podido comprobar recientemente, que abusen y maltraten a los clientes. Estafas masivas como la de las preferentes o escándalos como la salida a Bolsa de Bankia o los contratos de derivados tipo swaps son algunos de los ejemplos que evidencian la mala praxis generalizada en el sector. Cuando una empresa no tiene ningún tipo de privilegio, su supervivencia empresarial depende exclusivamente de su capacidad para saber satisfacer las necesidades de sus consumidores y hacerlo mejor que su competencia. Cuando una empresa, como le sucede a la banca en nuestro país, goza de un privilegio especial que le otorga una posición oligopolística, ese incentivo desaparece por completo.

Otro factor que contribuye a la existencia de estos abusos es la escasísima cultura financiera de los españoles. Nuevamente, el Estado tiene una parte de culpa en este asunto. Dado que el Estado controla el currículum académico que los niños reciben en las escuelas, la no inclusión (pese a excepciones recientes) de la materia de educación financiera en las últimas décadas ha generado una población sin unos mínimos conocimientos financieros que les permita tomar decisiones financieras adecuadas y evitar productos financieros complejos y arriesgados cuyo único beneficiario es su vendedor.

Martin Huete, un histórico del sector y antiguo director general adjunto de Caja España Fondos, hizo públicas sus críticas hacia INVERCO por considerar que dicha asociación estaba prestando atención sólo a los intereses de la banca y no a los de todos los miembros de la asociación. De nuevo, unos incentivos perversos condicionan el comportamiento de las personas. Pese a ser una asociación que debería defender y representar los intereses de todos sus miembros, INVERCO defiende tan sólo los intereses de la gran banca. Es perfectamente comprensible si atendemos a su funcionamiento: las tres principales instituciones bancarias de nuestro país son las que deciden la composición de sus órganos de gobierno. Eso puede explicar entre otras cosas que su actual presidente, Mariano Ramadán, lleve más de veinte años en el cargo.

La solución a esta indeseable situación es liberalizar esta industria, eliminando toda posible barrera de entrada existente, simplificando la poca regulación que tengan para lograr abaratar los costes en los que incurran los profesionales para asesorar y gestionar patrimonios en nuestro país. Los beneficios de dicha liberalización tendrían un claro ganador: los consumidores-ahorradores. El perdedor inicial sería la banca, pero a largo plazo no necesariamente debería de serlo. La banca tiene la capacidad para adaptarse y satisfacer mucho mejor las necesidades de los consumidores-ahorradores de lo que lo hace en la actualidad, con una baja competencia en el sector. Lo único que le falta a la gran banca es tener el incentivo que le empuje a hacerlo y, liberalizar el sector y abrirlo por completo a la libre competencia, sería el catalizador necesario para conseguirlo. Con la aparición de mucha y muy variada competencia en la industria de gestión de activos mejoraría mucho la calidad de los productos ofertados, se produciría una significativa rebaja de los costes de las comisiones cobradas y, en definitiva, la calidad de los productos ofertados sería notablemente mejor. Con el horizonte en el largo plazo, claramente ganaría toda la sociedad en su conjunto. No olvidemos que el sistema público de pensiones está abocado al colapso y que una buena administración del ahorro privado de los ciudadanos para planificar su jubilación es un aspecto clave para que nuestro país no se enfrente a un drama en el futuro.

Veamos el lado positivo de todo esto: revertir este problema es sólo cuestión de voluntad política. Los ahorros de millones de personas en nuestro país están a un simple cambio normativo de verse enormemente beneficiados de lo que la banca lleva décadas presionando (como lobby que es) para que no se produzca: que surja la muy deseable competencia. Ojalá escuchen nuestros deseos y, pese a ser políticos, actúen con coherencia y sentido común.

El padre de familia que se volvió loco

Un buen día llegó un padre de familia a su casa. Como de costumbre abrió la puerta, entró en el hogar y saludó a los presentes. Lo que no era tan acostumbrado era la bolsa de regalos de la tienda Apple, ni la sonrisa en su cara.

Los niños, como intuyendo que algo especial pasaba, se arremolinaron a su alrededor e insistían en preguntarle qué pasaba. Sin abrir la boca, pero manteniendo la sonrisa, el padre comenzó a sacar paquetes y repartirlos entre su progenie, paquetes que una vez despojados de su atuendo demostraron ser los iPhone más recientes en el mercado. La sorpresa de los niños solo consiguió acrecentar las curvas de la sonrisas del padre.

"¿Y esto, papá? ¿Qué ha ocurrido?", preguntaban con cierta curiosidad los niños, que no tardaría en apagarse una vez encendido el recién obtenido dispositivo.

– Niños, somos ricos – informó ufano el padre.

– ¡Qué bien! – exclamaron al unísono los hijos.

– No solo os he comprado el nuevo iPhone, también tendréis el nuevo iPad. Además, me he comprado un Ferrari Testarossa, a vuestra madre un collar de diamantes, y para todos una casa en la playa. Y pasado mañana salimos en un viaje de un mes a dar la vuelta al mundo, he aquí los billetes.

– ¡Papá! Estos es maravilloso, muchas gracias. ¿Y cómo ha sido? ¿Te has cambiado de trabajo? ¿Te ha ido bien algún negocio?

– Nada, no os preocupéis. Es que ahora somos ricos.

Y con esto los niños se fueron a jugar con sus iPhone nuevecitos, y la más mayor a pensar qué se llevaría de equipaje a dar la vuelta al mundo.

Al poco llegó la esposa y madre del padre y niños nuevos ricos, respectivamente. Al recibir el collar de diamantes que se le regalaba, no pudo reprimir un brillo en los ojos y hasta una ligera sonrisa. No obstante, su naturaleza escéptica le impedía disfrutar de tan lujoso presente hasta conocer más la naturaleza de la riqueza tan repentinamente hallada por su marido.

– Pero, ¿qué más te da? ¿No te basta saber que ahora somos ricos? – le decía una y otra vez el marido.

Hasta que, derrotado por la femenina insistencia, esbozó otra sonrisa, y se lo dijo.

– He pedido al banco un préstamo de 10 millones de Euros, y me he comprado todo lo que os he dicho. Lo ves, ¡ahora somos ricos!

El resto de la historia ya no es tan feliz, claro. La mujer se puso a llorar y a gritar que cómo había hecho eso, que había arruinado a toda la familia, y que jamás podrían devolver ese dinero. Mientras tanto, los niños en sus habitaciones seguían disfrutando de la "riqueza" así adquirida por su padre…

Hace unos días, el presidente de nuestro Gobierno se ha ido a Australia a contarle a los del G-20 cómo ha hecho España para "salir" de la crisis. No sé qué les habrá contado, pero seguro que no esta historieta.

Por si la alegoría no es obvia, la aclararé:

– El padre de familia es el gobierno español;

– Los niños son los ciudadanos españoles (y a lo mejor los mandatarios del G-20) que creen que hemos salido de la crisis;

– Los regalos y adquisiciones del padre son los puestos de trabajo y el crecimiento que se está creando;

– La deuda es, eso, la deuda.

Solo nos queda saber quién es la sufrida esposa que desenmascarará la supuesta generación de riqueza del padre. Pero lo sabremos en poco tiempo.

La decisión de Podemos en Ganemos

La lideresa de UPyD compareció anoche en el programa El Objetivo para hablar de corrupción, que es en estos momentos El Tema. Previamente, Évole había preparado a la audiencia de La Sexta con un programa sobre el trinque de los cursos de formación, pero ese es sólo uno de los múltiples escándalos que acrisolan la actualidad, con la operación Púnica ocupando la posición de vanguardia por ser el último de los casos de corrupción política conocidos hasta el momento. Y cuando amaine este asunto que ha enfangado al PP madrileño surgirá otro que afectará al PSOE de cualquier otra provincia, no necesariamente porque los altos cargos de los dos grandes partidos sean más corruptos que la media -que igual también-, sino por una mera cuestión de probabilidad, al ser las formaciones que más poder local, autonómico y estatal acumulan desde hace décadas excepto en Cataluña, coto privado de CiU.

Rosa Díez fue entrevistada en el programa de Ana Pastor (El ObjetivoEl Objetivo de La Sexta o El Objetivo de Ana Pastor, según el día que tenga la cadena "B" del grupo A3 Media) y esta vez la periodista estuvo más amable que en ocasiones anteriores. Anoche, la cosa iba de corrupción y ahí estuvo Díez, opinando sobre este asunto con total tranquilidad porque en UPyD no hay corruptos (que se sepa). Hay quien podrá pensar que el hecho de que ningún político de UPyD se haya visto salpicado en estos feos asuntos es porque aún no han llegado al poder. Grave error. En UPyD no hay corruptos porque en UPyD, según Rosa Díez, son incorruptibles. ¿Y por qué son incorruptibles? ¿acaso los miembros del partido magenta, 10.000 entre afiliados y simpatizantes, han sufrido una mutación genética que los inmuniza contra las tentaciones del poder y las asechanzas de los intermediarios? No exactamente. En palabras de la propia Rosa Díez "en UPyD somos incorruptibles porque tenemos como objetivo ser incorruptibles", una cosa bien sencilla de hacer que habría podido ahorrar grandes quebraderos de cabeza a Rajoy de haber caído a tiempo.

Y como el asunto iba de corrupción, mientras Rosa Díez desgranaba sus propuestas para evitar los escándalos que acucian a la clase política, en pantalla del plató aparecían sin solución de continuidad Granados, Blesa y Rodrigo Rato, de tal forma que la imagen de la presidenta de UPyD se superponía a la de los imputados procedentes del Partido Popular. Que igual no tiene ninguna influencia psicológica en los espectadores, pero los encuadres reiterados con esa composición de imágenes no dejaba de suscitar ciertas similitudes con las técnicas del mensaje subliminal. Seguramente será una coincidencia. Como la cortina del programa Salvados para dar paso a la publicidad, un hexágono con un halo de color morado que algún conspiranoico podría identificar con el logotipo de Podemos.

Precisamente, a Rosa Díez le preguntaron anoche también por el partido de Pablo Iglesias y las posibilidades de que UPyD y Podemos lleguen en el futuro a algún pacto puntual, algo que la lideresa no descartó a priori. Y hace bien porque, en última instancia, entre incorruptibles socialdemócratas y azotes de la corrupción "ni de izquierdas ni de derechas" un entendimiento mutuo sería lo más natural. Excepto en Extremadura, que ahí el papel de socio de Pablemos ya se lo ha pedido Monago, otro especialista en política subliminal.

¿El fin de los estímulos?

“Though the jobless rate has declined to 5.9%, this is in part due to people leaving the work force and the ranks of those counted as unemployed” Jon Hilsenrath.

Esta semana hemos visto el “final” del programa de recompra de activos (quantitative easing) de Estados Unidos y, a la vez, la decisión del Banco de Japón de aumentar sus estímulos monetarios hasta 181.000 millones de dólares para alcanzar la monstruosa cifra de 725.000 millones de dólares anuales.

El balance de la era del helicóptero travieso –ese que reparte dinero sólo entre el Estado y los bancos- es, cuando menos, impresionante. Estados Unidos ha creado la mitad de la masa monetaria de toda su historia como país independiente entre 2008 y 2014.

Además, los países del G7 han añadido casi 18 billones de dólares de deuda hasta un récord de 140 billones, con casi cinco billones de expansión del balance de sus bancos centrales para generar solamente un billón de dólares de PIB nominal. Es decir, en cinco años, para generar un dólar de crecimiento se han “gastado” 18 dólares. Todo ello manteniendo la deuda total consolidada del sistema en el 440% del PIB.

Pero “no hay inflación”. Entonces no pasa nada. Inflación que, para empezar, es imposible que se genere cuando se suben los impuestos y se bajan los salarios reales mientras se inyecta dinero a mansalva en los sistemas financieros para “dar confianza”. Se ha creado una monstruosa inflación de activos financieros, con las bolsas en máximos y los bonos de alto riesgo dando la rentabilidad más baja de los últimos treinta años. Y la deuda total, pública y privada, en EEUU, Japón y Reino Unido no ha bajado, de hecho ha crecido. Los efectos secundarios de esa enorme inflación de activos financieros y repetir la búsqueda del riesgo a cualquier precio no los podemos ignorar como “irrelevantes”. 

Japón ha sido el paradigma de la ineficacia de los estímulos monetarios y el alumno aventajado de “no se hizo suficiente, repetir”. Estaba destinado a fracasar, al no llevar a cabo las reformas estructurales necesarias, atacar la sobrecapacidad, las rigideces y los llamados “intereses especiales” para solo cubrir la economía de dinero salido de la nada.

Como comentábamos en esta columna cuando se lanzó el plan de estímulos llamado “Abenomics” y los analistas de consenso decían que Japon iba a crecer un 4%, al ignorar el pasado y los fracasos anteriores, disfrazándolo bajo el gas de la risa monetario creaban el efecto contrario al deseado. Tras más de un billón de dólares de estímulo, Japón crece menos que España o Alemania, el consumo minorista se ha desplomado tras las subidas de impuestos, la construcción cae un 40% y la inversión real un 10%. Además, la deuda pública, que supera el 240% del PIB, no baja y el déficit comercial se ha triplicado, al hacer los productos importados mucho más caros devaluando. Con los salarios reales a mínimos de 20 años, la solución que nos proponen no podía ser otra que… repetir.

Ya saben ustedes, la excusa del keynesianismo selectivo, que sólo se acuerda de Lord Keynes para gastar y estimular y nunca para ahorrar y liberalizar, es que “no se hizo suficiente” y “hay que repetir”. Cuando Keynes pedía que interviniese el Estado, éste pesaba un 10% del PIB –no un 46%- y ahorraba, no se endeudaba un 100% y anualmente un 4-7% del PIB.

Pero en Estados Unidos los estímulos monetarios ha sido un “éxito” ¿no?… Y eso los justifica en cualquier otro país. Como dice un amigo mío, para que las cosas vayan como en EEUU, lo primero que hace falta es tener americanos, refiriéndose a  la libertad económica, iniciativa privada, flexibilidad, espíritu emprendedor y capacidad de competir.

En cuanto a los estímulos, tras cuatro billones de dólares inyectados en la economía (eufemismo para decir “el sistema financiero”), hasta el propio New York Times o el Wall Street Journal dudaban de los resultados.

Es cierto que hay mucho que alabar de la recuperación de EEUU, aunque sea frágil y endeudada, pero no es por obra de la varita mágica de la Fed.

Las famosas mentiras del éxito de EEUU con los estímulos empiezan por el empleo, como comentábamos aquí. En EEUU se ha retirado de las listas de desempleo a 11,5 millones de personas y el índice de participación laboral ha caído al nivel más bajo desde 1978. Y no, no es una cuestión demográfica, sino de empleo “zombi” y en gran parte sacar parados de las listas (la cifra de desempleo real es del 12%). 

Siempre que el Club de la Impresora habla de EEUU y los estímulos se olvida del “pequeño”, “ínfimo”, “irrelevante” dato de que… ¡han encontrado petróleo y gas hasta producir más que Arabia Saudí y ser casi independientes energéticamente!

Les recomiendo que lean “El fracking salvó a Obama”, para que vean lo diferente que es el crecimiento de EEUU con y sin la revolución energética (que, todo sea dicho, la administración Obama intentó sabotear y después ha apoyado).

De hecho, usando las estadísticas del Bureau of Labor Statistics, en EEUU si quitamos el empleo creado en Texas por la industria energética, hoy hay 963.000 empleados menos que en 2008. Mientras, en EEUU los salarios reales siguen desplomándose.

El programa de estímulos de la Fed ha tenido, como mucho, un efecto fundamental: dotar de confianza y seguridad al sistema financiero. Que sea positivo o no y, sobre todo, que fuera necesario inyectar 4 billones para conseguirlo, es más que debatible. Pero como todos los incentivos perversos, ha llevado a que ese sistema financiero, en vez de reducirse y fortalecerse, se haya acostumbrado a los tipos bajos y las recompras de activos de bancos centrales para tomar mayor riesgo y engordar. En el camino, la deuda pública ha continuado marcando récords… y nos ponen como “éxito” una reducción de un déficit que sigue por encima del 4,5%. Es decir, no se reduce el agujero, solo se cava más lento.

Ya comentábamos en su momento las razones por las que, como en Japón, un programa de Quantitative Easing europeo fracasaría. Decía Winston Churchill que "lo que nos enseña la historia a los hombres es que los hombres no aprendemos de la historia”. Repetir los errores de 2008 no soluciona los desequilibrios de economías con estados y sistemas financieros hipertrofiados si no se lleva a cabo una limpieza de sectores ineficientes. En EEUU hemos visto quiebras, reestructuraciones que en Europa o Japón nos parecerían impensables.

Muchos me dicen “a pesar de todo, ojalá estuviéramos como EEUU”. Y siempre repito que sí, por supuesto, pero también nos hubiéramos cambiado con los ojos cerrados por el EEUU de 2008 con un 16% de desempleo real (U6).

Las cifras macroeconómicas, efectivamente, son pobres en Europa, y el infraempleo, el endeudamiento y el bajo crecimiento se pueden extrapolar a cualquier país, sea España o Francia. Pero esa comparación es precisamente la que nos muestra que el gas de la risa monetario no es la panacea, es sólo un placebo para que las bolsas y activos de riesgo se disparen. “La confianza”. Se implementa por un momento de pánico irracional y se justifica eternamente por comodidad. Hemos convertido medidas “no convencionales” en las más convencionales, y lo puntual en eterno.

Por eso me hace gracia leer “Estados Unidos acaba la etapa de los estímulos” cuando mantiene los tipos a 0%.Y luego hablan de Greenspan e “incentivar el riesgo excesivo”. Hemos convertido el sistema financiero en un yonqui de las políticas expansivas y eso, amigos, no puede terminar bien.

Los bancos centrales seguirán llevando a cabo medidas mal llamadas expansivas, ya que son regresivas –sostener al endeudado e ineficiente a costa del ahorrador y eficiente-. Los incentivos son demasiado altos. Y la promesa “social” de justificarlo “para reducir el paro” siempre cuela. Pero mientras tanto, la fragilidad del sistema sigue aumentando.

La velocidad del dinero, que mide la actividad económica, sigue cayendo y sólo hay una política que puede cambiar esa fragilidad. Acabar con el asalto impositivo a la clase media y las empresas. Bajar impuestos, aumentar la renta disponible, incentivar el ahorro, no el gasto indiscriminado, apoyar la cordura, no empujar a endeudarse a niveles estratosféricos “que no pasa nada”. Porque cuando el colchón del banco central pierde plumaje –y créanme, lo pierde- entonces nadie les rescata a ustedes.  

Las consecuencias reales no las vamos a notar a corto plazo. Estados Unidos probablemente vea los fondos que se han desplazado estos años a mercados emergentes volver “a casa”, lo que tiene inmediatamente un impacto en el crecimiento e inversiones fuera de la OCDE. Los países “reserva de valor” (EEUU, Alemania, UK) se verán beneficiados de un entorno de “vuelo a la seguridad” (flight to safety) y veremos sectores apalancados y sobredimensionados que no han hecho los deberes sufrir por el menor apetito por el riesgo. Pero, para entonces, la nueva administración americana tal vez sea republicana (el Congreso y el Senado con casi total seguridad), y ya les podremos culpar a ellos, los malvados neocons, de que se tomó riesgo excesivo. Y nos recomendarán… estimular.

Las trampas de los test de estrés

Si algo han demostrado las pruebas de solvencia realizadas a la banca europea durante estos años de crisis es, sin duda, su absoluta inutilidad a la hora de estimar de forma fidedigna y certera las necesidades de capital y, por tanto, la auténtica solidez de las entidades financieras de la Zona Euro en caso de graves dificultades económicas. En 2009, tras la histórica quiebra de Lehman Brothers y en medio de la mayor tormenta global desde la Gran Depresión, los 22 bancos examinados por los reguladores comunitarios aprobaron sin mayor dificultad los test de estrés, ya que ninguno bajaba del ratio de capital mínimo exigido en el escenario adverso (6% de Tier 1).

Un año más tarde, coincidiendo con el inicio de la fatídica crisis del euro, el análisis se extendió a 91 entidades y el resultado, en líneas generales, siguió siendo muy favorable para el sector. Entonces sólo suspendieron siete –cinco cajas españolas, un banco alemán y otro griego–, pero lo más relevante es que las entidades nacionales, en teoría, apenas precisarían una inyección extra de 2.000 millones de euros en capital para garantizar su solvencia ante el peor escenario, una factura ridícula en comparación con el coste que, hasta el momento, ha supuesto el rescate público de las cajas (más de 50.000 millones).

Por si fuera poco, dichas pruebas fueron superadas por los bancos irlandeses y el resto de bancos griegos, cuya quiebra –explícita o implícita– aconteció poco después. Si a ello se suma que en 2011 únicamente suspendieron ocho bancos europeos pero ninguno español y escasos meses después el Gobierno de Mariano Rajoy tuvo que pedir a la UE un crédito extraordinario de 41.000 millones de euros para auxiliar a casi la mitad del sistema financiero nacional, es evidente que la credibilidad de las famosas pruebas de estrés es, simplemente, inexistente, tal y como se alertó desde estas mismas páginas.

¿Por qué los test publicados el pasado domingo deberían ser diferentes? En esta ocasión, el número de entidades suspendidas asciende a 13 y el déficit de capital ronda los 10.000 millones de euros, pero, una vez más, el citado examen adolece de graves problemas estructurales que, por desgracia, arrojan serias dudas acerca de los resultados obtenidos. A primera vista, destacan, sobre todo, tres errores o, mejor dicho, trampas ideadas para ofrecer una imagen distorsionada acerca de la verdadera solvencia de la banca europea en caso de que vengan mal dadas. Así, uno de los principales defectos tiene mucho que ver con el tan citado "escenario adverso", es decir, el cuadro macroeconómico más pesimista que dibujan los reguladores comunitarios. Si el objetivo último de este análisis es conocer el grado de vulnerabilidad de la banca ante el azote de una nueva tormenta perfecta en la Zona Euro, su utilidad carece de sentido en caso de que se limite a medir el posible impacto de una simple marejada sobre los balances bancarios.

El "escenario adverso" de los test de estrés es, en general, bastante complaciente. En el caso de España, por ejemplo, se prevé que el PIB apenas retroceda un 1% en 2015 (-1,4% en la Zona Euro), con una tasa de paro enquistada en el 27% y una caída adicional del 9% en el precio de la vivienda hasta 2016. Así pues, nada especialmente catastrófico, más allá de prolongar la trágica agonía que sufre el país. De hecho, ni siquiera contempla el riesgo de deflación (caída sostenida de precios), a pesar de ser una de las habituales excusas que emplean los Estados miembros y el propio Banco Central Europeo (BCE) para reclamar nuevas medidas de estímulo fiscal (más gasto) y monetario (más liquidez). En el peor de los casos, la inflación en la Zona Euro se situaría en el 0,6% en 2015 y el 0,3% en 2016. Por último, ni siquiera contempla un recrudecimiento sustancial de la crisis de deuda soberana que estalló en el seno de la Unión en 2010, ya que el pronóstico más agorero a este respecto es que la rentabilidad del bono español a 10 años repunte hasta el 5,5% el próximo año y el 5,6% el siguiente, lejos del 7% que llegó a alcanzar en 2012. Es decir, el temido "escenario adverso" sería, en todo caso, mucho más suave que la larga recesión y las fuertes tensiones financieras sufridas hace poco más de dos años.

Otro factor de incertidumbre son los habituales maquillajes contables que protagoniza la banca con el beneplácito de Gobiernos y reguladores. A este respecto, basta señalar que, gracias a un real decreto, el sistema financiero español contabiliza como capital de máxima calidad unos 30.000 millones de euros en activos fiscales diferidos (DTA), cuya exclusión habría reducido el Tier 1 medio de la banca desde el 9,1 al 7,1%, con la consiguiente dificultad que tendría más de una entidad para superar el citado examen.

Más allá de estas y otras argucias, uno de los aspectos más preocupantes es que la deuda pública sigue contando para los reguladores como un activo de máxima calidad, a pesar de que la Zona Euro sigue inmersa en una profunda crisis soberana de inciertas consecuencias. Es cierto que los test aplican precios de mercado a la deuda incluida en las carteras de negociación (bonos que se ponen a la venta), pero su volumen es muy reducido en comparación con la que figura en sus balances hasta vencimiento, y cuyo riesgo de impago, prácticamente, se descarta. En concreto, la banca de la Zona Euro poseía cerca de 1,75 billones de euros en deuda soberana a cierre de 2013, equivalente al 5,7% del total de sus activos.

Estas tenencias se han disparado un 25% (355.000 millones extra) desde que el BCE inició sus manguerazos de liquidez a finales de 2011, especialmente entre los países más débiles de Europa, como bien refleja el caso de las bancas italiana (+62%), portuguesa (+52%) y española (45%). El sector financiero ha triplicado en España e Italia su exposición crediticia a los bonos soberanos desde 2008. En Italia, con una exposición de 407.000 millones de euros, y España, con 297.000 millones, casi el 10% de los balances bancarios está invertido en deuda pública, y ésta, además, se concentra en bonos nacionales (75% y 70% de estas carteras, respectivamente), con lo que el riesgo es, si cabe, mayor debido a la baja calidad de estos activos.

Desde que comenzó la crisis económica, la deuda pública en el conjunto de la Zona Euro ha subido desde el 66 hasta el 93% en 2013, aunque el incremento más sustancial corresponde a la periferia europea: en Grecia se mantiene en el 175%, en Portugal e Italia ronda el 130%, mientras que en España roza el 100%, y nada indica que esta peligrosa tendencia se vaya a revertir a corto y medio plazo, sino más bien al contrario. Si se tiene en cuenta que el mundo desarrollado ostenta hoy el mayor nivel de endeudamiento público desde la II Guerra Mundial, que la deuda en manos de extranjeros alcanza un récord histórico, que el número de reestructuraciones soberanas desde 1950 asciende a 600 casos en un total de 95 países –con deudas inferiores a las de España e Italia–, que la opinión pública del sur de Europa rechaza frontalmente la austeridad pública, que el populismo de reciente cuño aboga por impagar la deuda y que, además, Alemania no está por la labor de pagar la factura de otros, contabilizar dichos bonos como activos de bajo riesgo es una insensatez y una grave temeridad, equiparable tan sólo a la inversión inmobiliaria en tiempos de la anterior burbuja.

El retorno del crédito

En una escena de la película Too Big To Fail, el personaje de Ben Bernanke, interpretado por Paul Giamatti, expresa su hondo temor ante la que considera la más grave amenaza a la que se puede enfrentar la economía americana de finales de 2008:


“He dedicado mi carrera académica a estudiar la Gran Depresión. Puede que la depresión comenzara con un crash del mercado bursátil, pero lo que realmente golpeó a la economía fue una disrupción del crédito”. 

Tal vez la película, basada en el libro homónimo de Andrew Ross Sorkin, dramatice un poco la postura del entonces Presidente de la Reserva Federal. Pero desde luego toca una de las mayores preocupaciones que tenían en mente las autoridades monetarias a comienzos de la crisis: un frenazo del crédito. No en vano, la estrategia monetaria implementada por la Fed a partir de octubre de 2008 fue calificada por el propio Ben Bernanke como “credit easing”.

De manera irremediable, sin embargo, la crisis económica que se desató por aquellas fechas trajo consigo la tan temida caída del crédito. En palabras de John Cassidy, periodista de la popular revista The New Yorker, la economía de Estados Unidos ha vivido durante seis años y medio “the Great Deleveraging”: el Gran Desapalancamiento. Un periodo de exiguo crecimiento que “pudiera parecer una recesión que nunca acaba”.

Cabe preguntarse por qué tuvo lugar ese frenazo del crédito que tanto temían las autoridades. Y es que las crisis económicas no surgen de la nada, no llegan sin motivo. No es que los agentes económicos despierten un mal día deprimidos y decidan paralizar sus planes de inversión y consumo. Las crisis no son consecuencia de nuestros pecados de hoy, sino de los que se cometieron años atrás. Son, en definitiva, resultado de desequilibrios acumulados durante largos periodos de tiempo.

Cuando todos esos desequilibrios se ponen de manifiesto, una de las distorsiones más típicas es la de un nivel de endeudamiento excesivo. Toca, por tanto, digerir la deuda acumulada durante los años de la burbuja hasta volver a un endeudamiento sostenible. El frenazo del crédito no es otra cosa que una parte del necesario saneamiento que necesita la economía para completar una recuperación saludable.

Sin embargo esa tendencia parece haber cambiado durante los últimos meses. La Reserva Federal de Nueva York, en sus informes trimestrales sobre la situación de la deuda y el crédito de las familias, lo confirma: el desapalancamiento del hogar americano ha terminado. 

A este cambio de tendencia se suma que el crédito bancario en Estados Unidos creció durante el segundo trimestre de 2014 a una tasa anual del 7,5%, la más alta desde 2007. La banca comercial, inundada de liquidez, anda persiguiendo a los consumidores. La competencia entre prestamistas actualmente es feroz.

Esto se refleja, entre otras cosas, en la advertencia que lanzaba la Office of the Comptroller of the Currency en su último informe semestral. En él decía que percibe un creciente deterioro en los estándares de crédito a la adquisición de automóviles. En concreto, alertan de que el préstamo promedio supera el 100% del valor del vehículo, y que en parte el crecimiento se debe a la creciente originación de préstamos a prestatarios subprime. ¿No suena todo esto a algo?

Es pertinente plantear dos cuestiones ante el retorno del crédito de los hogares. La primera es si estamos ante una recuperación sana. Esto es difícil de saber. Mientras según The Economist el actual nivel de deuda de los hogares ya es sostenible, por otro lado pesan las advertencias de creciente riesgo en algunos sectores, como es el caso de los auto loans, el mercado inmobiliario o los préstamos estudiantiles. Es, en todo caso, algo a seguir de cerca.

La segunda es si un fuerte retorno del crédito puede traer problemas inflacionarios. Hasta ahora, la inmensa mayoría de la liquidez inyectada por la Fed no se ha materializado en un aumento de la masa monetaria, sino que ha quedado en forma de excesos de reservas de la banca comercial en el propio banco central. 

Si la banca comienza a conceder crédito apalancándose contra estas reservas, y provoca un fuerte aumento de la masa monetaria, sí existe riesgo inflacionario. Este riesgo es seguido de cerca por la Fed, que de percibir un repunte sustancial de la inflación podría adelantar sus planes de subida de tipos. Habrá que estar atentos a la evolución de la demanda de crédito de las familias, así como de la de empresas y gobierno, si queremos evitar que la Fed nos dé una sorpresa.

@ignaciomoncada para Estrategias de inversión

Ignacio Moncada es analista financiero de inversiones en Nueva York. Es miembro del Instituto Juan de Mariana y del Ludwig von Mises Institute.