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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

¿Más crédito artificial? ¿Para qué?

Seguramente conocen ustedes la famosa escena del tren de la película de 1940 Los hermanos Marx en el Oeste y la frase que gritaba Groucho Marx, que se ha convertido en uno de los iconos del cine: “¡Es la guerra! ¡Más madera!”. Aunque en realidad la frase exacta es “¡Traed madera!” y en la versión original no se pronuncia el equivalente en inglés, la secuencia podría ser una alegoría de lo que debió ser la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE) el pasado jueves 5 de junio, cuando se acordó la conocida batería de medidas expansivas. Decisiones de política monetaria orientadas, todas ellas, a reactivar el crédito no hipotecario a familias y empresas.

Entre todos los análisis que se han podido leer de las medidas anunciadas por Mario Draghi, les recomiendo aquellos que se separan de la corriente mayoritaria del pensamiento económico, la que aún cree en los unicornios y que ha saludado con alegría al citado paquete de medidas al grito unánime de “¡por fin, ya era hora!“. Por ejemplo, y en orden cronológico, me refiero a las aportaciones de McCoy ("Draghi se ha tirado a una piscina sin agua", 5/6/2014), Juan Manuel López-Zafra ("Y Draghi cogió su fusil", 6/6/2014) y Daniel Lacalle ("El plan Draghi no arregla Europa", 7/6/2014), por citar tres publicadas en El Confidencial. Los tres señalan el error en el diagnóstico del BCE y la ineficacia de los estímulos monetarios, visión que comparte quien escribe estas líneas.

Pero para más inri, en el siempre interesante blog español de economía y finanzas Gurusblog, han hecho los números descubriendo que, en el fondo, las medidas del BCE no supondrán nueva liquidez. Por un lado, la rebaja en los tipos de interés del 0,25% al 0,15% tendrá probablemente el mismo efecto que cuando Draghi los redujo del 0,5% al 0,25% el otoño pasado, o sea, casi nulo. Y, por otro lado, el TLTRO tiene aspecto de no ser más que una extensión del LTRO actual, ya que los importes y fechas de ambos instrumentos parecen estar sospechosamente casados entre sí, si se tienen en cuenta los fondos que previsiblemente liberará la penalización del -0,10% de la facilidad de depósito. Les recomiendo la lectura del post original para conocer los detalles.

Habrá que estar pendientes de la evolución del balance del BCE en las próximas semanas para comprobar si esto se confirma. Si así fuera, habría que quitarse el sombrero ante la capacidad de Supermario para engatusar a Gobiernos, analistas y mercados y su maestría en el arte de amagar sin dar el tiro. Desde luego, preferible a imprimir dinero indiscriminadamente es amagar con hacerlo, pues siempre será menor la distorsión introducida en el proceso de mercado. No obstante, no hay que dejar de criticarlo en tanto en cuanto alienta, siquiera psicológicamente, la actual burbuja en los activos financieros y, sobre todo, desmotiva cualquier plan de ajuste de gasto político por parte de los Gobiernos. Planes tan necesarios como ausentes.

En cualquier caso, cabe cuestionarse el interés en que se incremente el volumen de préstamos, especialmente a las empresas en general y a las pymes en particular. El crédito puede ser solución temporal a una crisis de liquidez como la que sufrieron la mayoría de las empresas españolas en los inicios de la crisis, cuando los bancos les cancelaban de la noche a la mañana las líneas de crédito que mantenían, aun siendo compañías sólidas. Pero lo que no resuelve el crédito en ningún caso, sino que más bien agrava, son los problemas de solvencia. Las malas inversiones del pasado hay que liquidarlas cuanto antes y no quemar más capital, tan valioso para la recuperación.

Fíjense en lo inconsistente del discurso mainstream. Por un lado, se habla de que la crisis fue consecuencia de un exceso de endeudamiento en el pasado, permitido, dicen, por la ausencia de regulación. Y, por eso, tintadictos y apoplitorismófobos tanto del bando keynesiano como friedmanita reclaman a los bancos centrales que creen inflación para aliviar el peso de la colosal deuda acumulada. Pero, por otro lado, nos venden que se necesita más crédito para que las familias puedan incrementar su consumo y las empresas volver a invertir. ¿En qué quedamos? ¿Sobra endeudamiento o falta crédito? Es como si un acreedor suyo les anunciara que no les iba a devolver su dinero y, a la vez, le reclamara más crédito y más barato. De locos.

En estos momentos, el volumen de préstamos concedidos a hogares y empresas, es decir, sin contar el sector público, supone aproximadamente un 130% del producto interior bruto (PIB), según datos del Banco de España, equivalente al existente en 2006 en pleno festival crediticio –llegaría a alcanzar casi el 180% a finales de 2008– y muy superior al 90% en los inicios de la burbuja. Quiere decir esto que el sano proceso de desapalancamiento que estamos llevando a cabo con enorme esfuerzo las familias y las empresas no se ha completado aún, pese a ir en la buena dirección. Y también quiere decir esto que las medidas orientadas a reactivar el crédito no lograrán, de tener éxito, sino interrumpir dicho proceso de desendeudamiento y cortocircuitar la recuperación.

¿Implica esto que el crédito es perjudicial? No necesariamente. El crédito que tiene origen en el ahorro y no en la impresora de los bancos centrales es necesario que sea canalizado por el sistema financiero hacia aquellas empresas solventes, con planes de negocio sólidos y bien gestionadas, para que puedan financiar su crecimiento y acometer los proyectos que les permitirán proveer los productos y servicios que serán demandados en el futuro. Sin ese crédito, aun sabiendo que pueden producirse errores y fracasar algunos proyectos, no podremos producir el día de mañana los bienes necesarios para mantener y mejorar el nivel de vida de la sociedad en general.

La cuestión es que el ahorro, cuando no está canibalizado por el atosigamiento fiscal o por el efecto del crowding out, es decir, desviado hacia el gasto político, se está empleando en buena medida en hacer frente a los compromisos adquiridos en los días de vino y rosas. Lo cierto es que, de algún modo, las rentas no consumidas no se están empleando en financiar el crecimiento, sino en pagar los platos rotos del pasado. Tarea que, no por menos atractiva deja de ser necesaria para, precisamente, recuperar la solvencia y retomar la senda de la inversión. Dicho de otro modo, forma parte del proceso de sana recuperación, aunque aún nos cueste un tiempo ver el fruto.

El problema es cuando el crédito genuino, originado en el ahorro de familias y empresas, se amalgama con crédito creado artificialmente de la nada. Como explica la teoría del ciclo económico desarrollada por Mises y Hayek y perfeccionada por sus discípulos, la expansión artificial del crédito induce a errores generalizados en la toma de decisiones, errores que, a la postre, tarde o temprano son descubiertos por los agentes económicos y desencadenan la fase depresiva del ciclo. Pues bien, el mayor error que podemos cometer hoy y que puede ser inducido por una reactivación forzada del crédito es creernos que el proceso de ajuste ya ha concluido e iniciar un falso crecimiento.

Sería, como en la película de los hermanos Marx con la que arrancaba el artículo, utilizar la madera de los vagones para hacer andar el tren. ¿Creen que debemos cometer ese terrible error?

El plan Draghi no arregla Europa

"The ECB moves into uncharted territory with negative deposit rates"Bloomberg.

La euforia se ha desatado, de nuevo. Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), lanzaba el jueves un paquete de medidas que, según algunos comentaristas "rebaja el coste de las hipotecas, combate la deflación, reactiva el crédito y mejora las exportaciones". Todo en uno, como el elixir del amor y tónico reconstituyente de los vendedores ambulantes. Nos encantan las soluciones mágicas. Aunque se haya aplicado lo mismo en 2009-2010 y no funcionase. Repetir. Les recomiendo el articulo de Juan Manuel Lopez Zafra "Y Draghi cogió su fusil" en El Confidencial.

Sin embargo, las dudas sobre la propuesta son muy relevantes y empiezan por el diagnóstico.

El plan del BCE lleva a los agentes financieros a tomar aún más riesgos al bajar los tipos de interés a niveles ínfimos y al forzar el crédito, aunque no se haya solventado el problema de deuda europeo.

– Europa tiene un problema de sobrecapacidad y exceso de deuda, no de falta de crédito, con un exceso de liquidez de 180.000 millones de euros que el propio BCE muestra en sus documentos. Intentar forzar el crédito no es la solución. Se repite el mantra de que hay un problema de concesión de préstamos y no de sobrecapacidad, pero como bien comentaba Eduardo Segovia en El Confidencial"La inyección del BCE no será la panacea para que vuelva el crédito".

¿En qué vamos a gastar que tenga un impacto real en el PIB y en el empleo? Veamos, según datos de Eurostat, BCE y Goldman Sachs, Europa tiene una sobrecapacidad del 20% en energía, incluyendo capacidad de generación, regasificación y refino suficiente para atender la demanda prevista en 2030 (IEA). Además, un 23% de sobrecapacidad en aeropuertos e infraestructuras, sobre todo autopistas, y un 28% en espacio de oficinas y congresos. Sobra capacidad portuaria, un 17%, y de almacenamiento… y falta tecnología… Que ni sufre de falta de crédito ni es intensiva en empleo.

Europa no sólo tiene un problema de sobrecapacidad en activos reales,
 fruto de esos "planes industriales" estatales casi soviéticos de 1991-2010, sino un exceso de crédito y tamaño del sistema financiero. Los activos totales del sector bancario superan el 274% del Producto Interior Bruto (PIB) en 2013 (un 334% incluyendo filiales extranjeras), comparado con Japón, donde es un 192%, y Estados Unidos, con un 83%. No es, por lo tanto un problema de cantidad de crédito o que sea barato. El propio BCE en su informe "Is Europe overbanked?" (Junio 2014) analiza que el ratio de crédito bancario privado (familias y empresas) sobre el PIB se disparó entre 1991 y 2011 desde un 38% hasta más del 100% del PIB, muy por encima de Japón y Estados Unidos. No existe ningún ejemplo de expansión de crédito mayor al vivido en España entre 1995 y 2011, donde se triplicó el credito sobre el PIB. Ni siquiera China.

Nadie duda de que hay empresas puntuales que tienen problemas de financiación, también existían esos casos en la orgía crediticia, pero no es el problema agregado. El diferencial entre coste de préstamos a pymes y grandes clientes en la periferia se explica en un 80% por el excesivo peso en ese crédito del sector inmobiliario, hostelero y energético subvencionado.

Lo que falta en Europa es tecnología, sin embargo, es precisamente la política de los estados de sostener los sectores sobrecapacitados e ineficientes y rechazar los sectores que bajan los precios y compiten la que hace que Europa sea donde menos se apoya con capital a los sectores tecnológicos. Como en el caso de las telecomunicaciones en Francia, donde el ministro Montebourg se quejaba de "las bajadas de precios", pidiendo una fusión entre empresas para evitarlo. Si no hay una buena subvención, no lo queremos.

El plan del BCE, por lo tanto, atiende a la máxima keynesiana de que la sobrecapacidad no importa, es el pasado, sólo importa "convertir las piedras en pan", como decía Lord Keynes en 1943.

El llamado TLTRO (inyecciones de liquidez enfocadas) esconde reactivar el ladrillo. Muchos me dicen que "excluye el préstamo inmobiliario". Claro, pero no la construcción. Y genera efecto empuje a la banca, ya que se fuerza a que presten al imponer tipos negativos a los depósitos -aunque sigan con desequilibrios importantes-. Es decir, los bancos van a tener que buscar riesgo de suficiente cantidad donde prestar. Si sumamos todos los supuestos proyectos que no encuentran financiación en Europa de pymes no llegan a ser una fracción ínfima de los 400.000 millones de euros del plan Draghi. Sin embargo, al imponer tipos negativos, ¿dónde prestan si les obligan? La construcción. Recuerden mis palabras.

Los tipos de interés negativos ya se implementaron en Dinamarca entre 2012 y 2014. Ni mejoraron el crédito, ni aumentó el consumo, ni se redujo el paro. Ante evidencias tan contundentes, obviamente habrá que repetir. Se recurre a "esta vez es distinto", "no fue suficiente" y "no es comparable" y tan tranquilos.

Mientras, el plan Draghi muestra efectos claros:

– Las primas de riesgo se desploman, llevando al incentivo perverso de que la burbuja de activos financieros se amplíe y a que los estados gasten más sin solucionar los desequilibrios. Total, la deuda es barata, gastemos. Ya subiremos impuestos después. España, por ejemplo, ya vuelve a aumentar el gasto público y a debilitar su balanza comercial tirando de una demanda interna que se presume como inversión. Veremos si termina como tal.

 Las bolsas y bonos basura se disparan. Curioso que el BCE, como el bombero pirómano, alerte sobre la burbuja de activos financieros mientras baja tipos hasta cero o negativos. Es como alertar de los malos efectos del alcohol abriendo barra libre.

 El euro no se deprecia. El tipo de cambio euro/dólar a cierre de este articulo se situaba por encima del nivel anterior a la conferencia del BCE. Una caída irrelevante de un 2,5% desde máximos. Los dos LTROs anteriores y las medidas de aumentar la masa monetaria un 6% anual del BCE tuvieron el mismo efecto. El euro no se debilita. ¿Por qué? El euro, según el BIS, sólo se usa en el 39% de las transacciones globales y fundamentalmente entre países de la Eurozona. No es una moneda de reserva global como el dolar donde la política monetaria pueda "exportar inflación" al resto del mundo. Por lo tanto, los efectos inflacionistas no los disolvemos en otros mercados. No vamos a exportar más por devaluar. Reino Unido devaluó su moneda un 25% desde 2008 contra la cesta de las monedas con las que comercia y sus exportaciones crecieron un 9,4%, menos que las italianas, francesas (+9,8%), alemanas (+17%) y las españolas (+23%). Además, un euro debil nos lleva a hundir la balanza comercial al dispararse las importaciones. Repetir el agujero de 2009.

– La búsqueda keynesiana de la inflación no llega porque se perpetúa la sobrecapacidad en los sectores ineficientes y no se mejora la renta disponible de las familias con altos impuestos y subvenciones improductivas que hacen que los costes de las empresas aumenten. Sin embargo, en unos años les dirán que la política del BCE ha sido un éxito porque "no hay inflación". Es curioso.

En un reciente estudio pendiente de publicar sobre la relación entre inflación y paro demuestro empíricamente que en Europa ni el aumento de crédito, ni la inflación, ni la expectativa de la misma han sido variables explicativas del descenso del paro desde la creación del euro. Mientras, el riesgo en activos financieros, bonos y deuda se dispara.

Y cuando explote les dirán que la culpa es del mercado, que se tomó un riesgo injustificado y se prestó sin control, responsabilidad de Alemania, claro…  y que la solución es regular…y que el banco central imprima -aumentar el crédito-. Lo mismo, una y otra vez.

La solución de Europa es tecnología, limpieza de sobrecapacidad, bajar impuestos, fomentar el ahorro, dejar que los sectores ineficientes y obesos se limpien ordenadamente, dejar que las empresas crezcan y creen empleo reduciendo burocracia y acabando con la cultura de la subvención improductiva. No echarle chocolate al pimiento jalapeño que es lo que hace la política monetaria. Luego, tras el sabor dulce, pica igual.

Keynes decía en 1943 que con la expansión monetaria habían encontrado la formula para convertir las piedras en pan. Sus discípulos están convirtiendo el pan en piedras.

El BCE fracasará en reactivar el crédito: no hay demanda solvente

Y el Banco Central Europeo (BCE) actuó… Otra vez. El presidente de la institución, Mario Draghi, anunció el jueves el mayor paquete deestímulos monetarios desde que estalló la crisis:

  • Nueva rebaja de tipos de interés, hasta situarlos en el 0,15%, un nuevo mínimo histórico.
  • Tasa negativa del 0,1% sobre los depósitos que los bancos mantengan en el BCE.
  • Extensión de la barra ilimitada de liquidez financiera hasta 2016.
  • Nuevo préstamo extraordinario a la banca (TLTRO) de la zona euro de hasta 400.000 millones de euros y con vencimiento en 2018, a condición de que se destine a familias y empresas no financieras, excluyendo la compra de vivienda.
  • Futura compra de valores respaldados por activos (ABS).
  • Suspensión de la esterilización de las compras de deuda iniciadas en 2010, cuyo volumen ronda los 165.000 millones de euros.
  • Incluso deja la puerta abierta a la compra directa de deuda pública en caso de que sea necesario (OMT).

En definitiva, nuevas facilidades e inyecciones monetarias de todo tipo para tratar de relanzar la débil economía de la zona euro y elevar la inflación desde el 0,5% actual hasta el objetivo del 2% que fija su mandato estatutario. Su objetivo es simple: reactivar el crédito en los países más débiles de la Unión (Francia inclusive). El BCE, al igual que el resto de grandes bancos centrales, pretende que el crédito vuelva a crecer para que aumenten las inversiones y el consumo, elevando así el PIB y el empleo.

En los últimos meses, el mercado venía descontando una nueva actuación por parte del BCE debido a la contracción crediticia que estaba registrando la zona euro. Tal y como avanzó Libre Mercado el pasado febrero, la mayor preocupación del BCE se resume en el siguiente gráfico, en donde se observa la caída del crédito a empresas y familias en el conjunto de la Unión.

 

 

Crédito al sector privado en la zona euro

El miedo de la institución es que la zona euro sufra una contracción crediticia similar a la registrada por Japón durante su crisis en los años 90, tras el estallido de su particular burbuja inmobiliaria. Éste era, y sigue siendo, el indicador clave al que se agarra el BCE para aprobar nuevosestímulos monetarios.

Crédito privado en Japón y zona euro

Su argumento es que los bancos no prestan dinero a familias y empresas al ritmo deseado para impulsar el crecimiento y, por tanto, se ve forzado -en teoría- a aplicar medidas extra para incentivar la concesión de crédito, ya sea de forma indirecta (tipos negativos en los depósitos o nuevos créditos extraordinarios a los bancos) o directa (compra de deuda pública y privada).

¿Problema? No funciona y, si lo hace, sus efectos serían muy perjudiciales. El BCE lleva siguiendo la misma política monetaria desde el inicio de la crisis, inyectando, de una u otra forma, liquidez en el sistema financiero para que el crédito vuelva a crecer, pero la raíz de la crisis no estriba en falta de liquidez sino en un problema de solvencia. Por ello, el crédito no volverá hasta que vuelva a existir demanda solvente.

El crédito es una cuestión de dos partes: oferta y demanda. Por mucha oferta que exista en el mercado, si las familias y empresas están sobreendeudadas, su petición de nuevo crédito será escaso; pero es que, además, su nivel de solvencia es también muy débil debido al impacto de la crisis (paro, reducción de beneficios, quiebras empresariales, etc), de modo que el abanico que tienen los bancos para prestar es limitado.

Como consecuencia, el crédito se contrae: la amortización de préstamos supera en volumen a la concesión de nuevo crédito. Y esto, lejos de ser negativo, es imprescindible para sanear y depurar los excesos y las malas inversiones acometidas durante la burbuja inmobiliaria. Tal y como explica el economista Juan Ramón Rallo"se puede llevar al caballo al río, pero no se le puede obligar a beber".

[…] las perspectivas de crecimiento siguen siendo débiles (el propio Draghi ha rebajado hoy su expectativa de crecimiento para la Eurozona), el paro sigue por las nubes en la periferia y familias y empresas siguen muy endeudadas (aunque sustancialmente menos que hace cinco años). Ninguno de estos elementos invita a que el sector privado quiera endeudarse mucho más de lo que se está endeudando hasta la fecha.

[…] la demanda solvente de crédito sigue siendo muy pequeña en comparación con los deudores que se están desapalancando (aunque en los últimos meses estamos asistiendo a una progresiva mejora de la misma). Darles más financiación a los bancos no modifica en absoluto esta circunstancia… salvo si lo que se pretende es que las entidades financieras extiendan créditos a deudores que hoy ellas mismas aprecian como insolventes.

La oferta de crédito bancaria no estaba constreñida hasta la fecha por la falta de liquidez de los bancos, sino por la ausencia de demanda solvente de crédito. Aumentar la liquidez de los bancos no hará que la demanda se vuelva más solvente y, por tanto, que los bancos se lancen a prestar de nuevo. Lo normal si el BCE inyecta masivamente nueva liquidez es que ésta se canalice hacia activos seguros, como la deuda pública o los depósitos del BCE (exactamente lo mismo que sucedió en EEUU).

El efecto de las medidas

Dicho de otro modo, la contracción del crédito es el efecto, no la causa, de la crisis de solvencia que padecen las economías del sur. Mientras familias y empresas no recompongan sus balances y la economía en su conjunto se reestructure y redireccione hacia actividades productivas y rentables (sector exportador, por ejemplo), el crédito no aumentará, y si lo hace corre el riesgo de generar nuevas burbujas insostenibles (deuda pública).

De hecho, el BCE ha adoptado medidas similares en el pasado y su efecto ha sido nulo, cuando no contraproducente. Así, el tipo de interés no ha dejado de bajar desde el estallido de la crisis, registrando mínimos históricos, una y otra vez, pero no ha funcionado.

En España, por ejemplo, la concesión de nuevos préstamos a familias y empresas sigue siendo mucho más cara que en los países más solventes y sólidos de la zona euro, debido a sus propias debilidades económicas. De hecho, estos recortes pueden ser incluso negativos, ya que los bajos tipos de interés incentivan el endeudamiento y, sobre todo, desincentivan la amortización de la deuda y la liquidación de las malas inversiones acumuladas en el pasado.

Tipos medios de interés al sector privado

Pero es que, además, esta laxa política monetaria puede acabar generando burbujas en los países más sólidos de la zona euro. Los bajos tipos de interés incentivan la expansión del crédito en las economías del norte. En Alemania, por ejemplo, el precio de la vivienda ha subido de forma muy sustancial en los últimos años.

Por otro lado, los tipos negativos sobre los depósitos ya se aplicaron en Dinamarca durante la crisis financiera sin que alcanzara los objetivos pretendidos. Asimismo, no es la primera vez que el BCE aprueba préstamos masivos para la banca europea. A finales de 2011 inició un programa que inyectó hasta 1 billón de euros en la banca comunitaria, pero este dinero fue reinvertido en la compra de deuda pública periférica, aprovechando así del arbitraje de tipos (carry trade): los bancos españoles, por ejemplo, captaron unos 300.000 millones de euros al 1% para comprar deuda pública española que les rentaba un 5%, con el consiguiente beneficio. Esta operación sirvió para rebajar de forma artificial la prima de riesgo de España durante unos meses.


Igualmente, la compra de títulos (ABS) o la adquisición directa de activos (Quantitative Easing) tampoco tiene por qué traducirse en un incremento del crédito hacia el sector privado (aunque sí hacia el público).

Valga como ejemplo Japón o el más reciente caso de EEUU, en donde la Reserva Federal (FED) ha puesto en marcha este tipo de medidas y, sin embargo, el crédito hacia el sector privado ha evolucionado al ritmo que lo ha hecho la propia economía estadounidense.

Pero lo más preocupante en el fondo, más allá de la efectividad o no de tales medidas, consiste en el intento desesperado de la banca central para elevar el crédito y la inflación a toda costa. La raíz del problema en España no radica en la contracción económica actual sino en la expansión crediticia sin base real (no sustentada en ahorro) que tuvo lugar durante los felices años de la burbuja inmobiliaria. Familias y empresas están realizando grandes esfuerzos para recomponer sus deteriorados balances y liquidar sus malas inversiones.

Es decir, el sector privado de está desapalancando, lo cual, lejos de ser negativo, es esencial para volver a crecer sobre bases sólidas. Prueba de ello es el superávit exterior que presenta hoy la economía española -un auténtico brote verde-. Y ello, a pesar de que el sector público sigue gastando mucho más de lo que ingresa (déficit), con el consiguiente incremento de la deuda, cuyo nivel avanza hacia el 100% del PIB.

El riesgo de sobredosis monetaria

Cuando la Fed puso en marcha los programas de quantitative easing, apenas un mes después de declararse en quiebra Lehman Brothers, muchas voces clamaron que la inflación se dispararía de manera inminente.

Seis años después, sin embargo, la inflación sigue sin llegar. Pero, ¿quiere eso decir que ha desaparecido todo riesgo inflacionario?

A primera vista puede parecer intuitivo y cierto el argumento de quienes defendían que la expansión monetaria traería un proceso inflacionario a corto plazo. No es más que la vieja relación cuantitativista, por la que un aumento de la cantidad de dinero se traduce en un automático aumento de los precios. 

El propio Ben Bernanke, en un discurso en 2002, defendió esta misma idea: “El gobierno de EE.UU. tiene una tecnología, llamada imprenta (o su actual equivalente electrónico), que permite producir tantos dólares como desee sin coste. Incrementando el número de dólares en circulación, o incluso amenazando de forma creíble con hacerlo, el gobierno de EE.UU. puede reducir el valor del dólar en términos de bienes y servicios, lo que es equivalente a incrementar los precios en dólares de esos bienes y servicios”.

Los programas de flexibilización cuantitativa implementados por el autor de este discurso, seis años después y ya ocupando la silla de presidente de la Reserva Federal, en apariencia son eso, darle a la imprenta. Lo que pasa es que, si bien la relación cuantitativista tiene un fondo de verdad, la transmisión no es tan automática como parece. 

Estas políticas monetarias no convencionales se articulan a través de compras por parte de la Fed de bonos del Tesoro o titulizaciones hipotecarias. 

A cambio, el banco central reconoce depósitos a la vista en favor de los bancos. Es con el transcurrir del tiempo, a medida que los bancos van aumentando el crédito contra esos depósitos en la Fed y los agentes van realizando transacciones, como esta operación termina por transformarse en dólares en circulación en los bolsillos de la población. 

La cuestión es que tras estallar una de las mayores burbujas crediticias de los últimos cien años, lo natural y saludable es que los agentes tiendan a desapalancarse y que el crédito se reajuste. Y mientras dura ese proceso es muy difícil que esos nuevos dólares se pongan en circulación tan rápido como para generar una alta inflación en el corto plazo. 

Durante este tiempo, gran parte de esa expansión monetaria inyectada por la Fed se encuentra en depósitos de los bancos en la propia Reserva Federal. No tenemos más que asomarnos a la estructura del pasivo del banco central para comprobar que buena parte de esos nuevos fondos siguen “bajo el colchón” de la Fed, como excesos de reservas.

Federal Reserve Liabilities

Hay que decir que muchos analistas argumentan que, aunque los precios del consumo no han sufrido una alta inflación, sí que se han experimentado alzas importantes de precios de activos financieros, como la bolsa o la renta fija, como consecuencia directa de las políticas de la Fed. 

Esto puede tener buena parte de razón, y por ello los analistas temen que el frenazo a las políticas expansivas de la Fed pueda traducirse en caídas de precios en activos financieros. Pero que eso sea cierto no da la razón a los que predecían que las políticas de la Fed causarían una generalizada inflación en bienes de consumo a corto plazo.

A largo plazo, sin embargo, la historia es otra. En algún momento el reajuste del crédito se estabilizará, los agentes volverán a demandar crédito y los bancos se empezarán a apalancar sobre esas reservas ahora ociosas. Cuando esa enorme masa monetaria inyectada durante estos años, la denominada bomba de los $2,58 trillones de dólares, comience a circular, sí puede generar una importante inflación. Y eso la Fed lo sabe.

Para evitar una sobredosis monetaria, no sólo es importante que la Fed frene el ritmo de compras de activos, como está haciendo, sino que debe empezar a retirar esa enorme masa monetaria antes de que ocurra. Tiene, nos guste o no, que volver a reducir su balance para evitar un grave problema monetario a largo plazo.

Distintos medios financieros, como el Financial Times o el Wall Street Journal, vienen publicando en los últimos tiempos las distintas alternativas que tiene el banco central para ir reabsorbiendo esas reservas que amenazan con causar un grave problema. 

La Fed lleva ya algún tiempo haciendo pruebas periódicas con instrumentos como el Term Deposit Facility o los Reverse Repos, con la idea de emplearlos cuando llegue el momento de drenar reservas y subir tipos.

Sin embargo, el profesor Robert Auerbach, de la Universidad de Tejas y ex economista del Comité Bancario de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, dice que con esto no basta

Afirma que la única forma de “desactivar la bomba de los $2,58 trillones de dólares” es, directamente, que la Fed venda los activos en el mercado. De ser verdad, esperemos que para entonces el mercado tenga apetito. De lo contrario a Janet Yellen le puede estallar la bomba en las manos.

@ignaciomoncada para Estrategias de inversión

Ignacio Moncada es analista financiero de inversiones en Nueva York. Es miembro del Instituto Juan de Mariana y del Ludwig von Mises Institute.

Mr. Draghi: es la demanda de crédito, no la oferta

Se puede llevar al caballo al río, pero no se le puede obligar a beber. Ésa debería ser una máxima inscrita en el frontispicio de todos los bancos centrales del planeta, especialmente en momentos de crisis deflacionaria. Pero, atendiendo a lo observado en los últimos años, parece que los institutos emisores de la moneda fiat prefieren seguir creyendo en la inocua omnipotencia de sus actuaciones: esa ingenuidad, de hecho, parece hallarse detrás del reciente paquete de medidas del BCE.

¿Qué ha hecho el BCE?

Básicamente, aprobar una inyección de financiación barata al sistema financiero por tres canales.

El primero, penalizar a los bancos que mantengan depósitos en el BCE en lugar de prestarlos: esto es, imponer tipos de interés negativos sobre los depósitos. Actualmente, los depósitos bancarios en el BCE ascienden a 350.000 millones de euros.

Segundo, dejar de “esterilizar” las compras de deuda pública que efectuó entre mayo de 2010 y febrero de 2012 bajo el mecanismo del Securities Markets Programme. Básicamente, durante esos años el BCE estuvo comprando deuda periférica en los mercados secundarios, pero financiaba esas compras colocando semanalmente depósitos a una semana al sistema financiero: es decir, la liquidez que añadió comprando deuda la retiraba incentivando a que los bancos la aparcaran en depósitos remunerados en el BCE. Ahora, el banco central dejará de subastar semanalmente esos depósitos, de modo que los bancos tendrán disponible toda esa liquidez. El importe aproximado de la liquidez que dejará de drenarse es de 175.000 millones de euros.

Tercero, el BCE ofrecerá en septiembre y en diciembre de este año financiación a la banca por importe equivalente al 7% de la cartera de créditos que los bancos hubieran extendido al sector privado no financiero europeo (familias y empresas) a fecha de 30 de abril de 2014 (se excluyen de ese cómputo los créditos hipotecarios): es lo que se conoce como Targeted Long Term Refinancing Operations (TLTRO). El BCE estima que la financiación ofrecida por esta vía ascenderá a 400.000 millones de euros. Además, desde marzo de 2015 a junio de 2016, se ofrecerá trimestralmente a la banca la posibilidad de pedirle prestado al BCE una cantidad de financiación equivalente al triple del crédito neto que le hayan otorgado al sector privado (de nuevo, excluyendo del cómputo los créditos hipotecarios).

Y por si lo anterior fuera poco, Draghi también ha prometido (forward guidance) que los tipos de interés se mantendrán en los actuales niveles durante tanto tiempo como sea necesario y ha apuntado al establecimiento futuro de nuevos mecanismos de provisión de liquidez: un programa de compra de titulizaciones de préstamos empresariales e incluso, ha amagado, un Quantitative Easing.

Las medidas del BCE, por tanto, van a proporcionarle a la banca un muy importante volumen de financiación que podría canalizar hacia el sector privado: para que nos hagamos una idea de su magnitud, tan sólo la liquidez que quedará liberada en 2014 (alrededor de un billón de euros) equivale a todo el endeudamiento actual de las empresas españolas. No es un monto ciertamente pequeño, y son muchos quienes ya se están frotando las manos pensando en cómo ese chorreo crediticio “reactivará” el gasto interno de la Eurozona. Sólo hay dos problemas. Primero: a corto plazo, es muy probable que este paquete de medidas apenas surta efecto alguno. Segundo: si surtieran efecto, las consecuencias serían harto negativas.

¿Y si el caballo no quiere beber?

De entrada, deberíamos plantearnos en qué cambian estas medidas la situación subyacente de la Eurozona: las perspectivas de crecimiento siguen siendo débiles (el propio Draghi ha rebajado hoy su expectativa de crecimiento para la Eurozona), el paro sigue por las nubes en la periferia y familias y empresas siguen muy endeudadas (aunque sustancialmente menos que hace cinco años). Ninguno de estos elementos invita a que el sector privado quiera endeudarse mucho más de lo que se está endeudando hasta la fecha: es decir, en términos agregados, nada.

No en vano, este paquete de liquidez ha sido aprobado en un contexto en el que, según constata el propio BCE, el crédito a las empresas está cayendo un 2,7% en su tasa interanual: es decir, las empresas amortizan más deuda de la que piden prestada en un razonable y necesario proceso de saneamiento financiero. Sabido es que el banco central aspira a revertir este proceso, ralentizando las amortizaciones de deuda y, sobre todo, aumentando la concesión de nuevos préstamos por parte del sector financiero. Pero, ¿en qué sentido todas estas medidas del BCE contribuyen a que aumente el nuevo crédito? Sin duda, aumentan la ofertapotencial de crédito, pero no queda claro cómo van a hacer repuntar la demanda solvente: y ese es el auténtico quid de la cuestión.

A la postre, en la actualidad los bancos europeos ya cuentan con excedentes de liquidez para prestar. Sin ir más lejos, ya hemos comentado que disponen de 350.000 millones de euros depositados en el BCE a un tipo de interés que hasta hoy era del 0%. ¿Por qué no los prestan (o por qué los están prestando a un ritmo inferior al de las amortizaciones de créditos)? Dejando de lado los nuevos requisitos de capital que vengan impuestos por Basilea III (y sobre los que las medidas de liquidez del BCE no influyen), el motivo esencial es que la demanda solvente de crédito sigue siendo muy pequeña en comparación con los deudores que se están desapalancando (aunque en los últimos meses estamos asistiendo a una progresiva mejora de la misma). Darles más financiación a los bancos no modifica en absoluto esta circunstancia… salvo si lo que se pretende es que las entidades financieras extiendan créditos a deudores que hoy ellas mismas aprecian como insolventes.

¿Y si el caballo sí quiere beber?

La oferta de crédito bancaria no estaba constreñida hasta la fecha por la falta de liquidez de los bancos, sino por la ausencia de demanda solvente de crédito. Aumentar la liquidez de los bancos no hará que la demanda se vuelva más solvente y, por tanto, que los bancos se lancen a prestar de nuevo. Lo normal si el BCE inyecta masivamente nueva liquidez es que ésta se canalice hacia activos seguros, como la deuda pública o los depósitos del BCE (exactamente lo mismo que sucedió en EEUU).

Acaso por ello el banco central ha optado por penalizar con tipos negativos sus depósitos y por condicionar parte de la provisión de liquidez a su materialización en préstamos a empresas. Pero ninguna de estas medidas se antoja suficiente para que los bancos quieran prestar más… a menos que la borrachera de liquidez inducida por el BCE les conduzca a relajar sus estándares crediticios y a volver a prestar sin mirar a quién. Sin duda, ese es el mayor riesgo a largo plazo de las medidas que tomó ayer el BCE: no es un escenario ni mucho menos inexorable, pero cuanta más liquidez ociosa acumulen los bancos, mayor será la tentación de aparcarla en algún activo (especialmente, si se castiga su tenencia de activos libres de riesgo).

Los riesgos, pues, vuelven a ser los de siempre: que este alud de liquidez termine filtrándose donde no debe: a saber, a los pobrecitos países periféricos (que ya llevan cinco años sufriendo la burbuja de crédito barato creada por Occidente) o a los demandantes internos de crédito subprime. Los mismos que se quejan del alocado y especulativo ánimo de lucro de las entidades financieras son los primeros que, cuando la banca trata de minimizar sus riesgos, la presionan para que vuelva a las andadas.

Europa no necesita chutes de liquidez para volver a crecer, sino reestructurar su economía y sus finanzas: cuando emerjan oportunidades de inversión (liberalización de la economía) a riesgos razonables (estabilidad institucional, consolidación presupuestaria, saneamiento bancario y amortización de deuda privada), el crédito volverá a fluir con normalidad. Si el crédito no fluye ahora no es por falta de liquidez, sino por falta de esas oportunidades de inversión a riesgos razonables. Tratar de alterar el orden lógico del proceso (que el crédito fluya antes de que aparezcan las oportunidades de inversión a riesgos razonables) sólo acicatea emprender inversiones con muy bajos retornos esperados y a riesgos altos: la economía de burbuja que nos ha abocado al colapso actual y que, por lo visto, algunos se apresuran en querer recuperar.

De momento, mi apuesta es que este paquete de medidas del BCE será poco relevante en el corto plazo: pero si no lo fuera, si consiguiera forzar un incremento sustancioso del crédito a pesar de la insuficiencia de demanda solvente, tan sólo estaríamos cavando un nuevo agujero antes de haber tapado el que ha estado a punto de engullirnos.

El dinero que mueve Europa

"La financiación está volviendo lentamente a Europa". Semejante afirmación resulta del todo inverosímil para cualquier pequeño empresario, autónomo o simple consumidor. No en vano, el volumen de deuda viva a nivel agregado para nominales inferiores al millón de euros continúa en caída y la tasa de renovación es menor. Pero la afirmación no deja de ser verdadera porque se deje sentir poco por la gran mayoría de la población.

Tras los primeros síntomas de debilidad de las economías emergentes muchos inversores apuntaron a Europa. Confiados de que los procesos de saneamiento de balances habían sido ya realizados en algunos sectores y que en otros, paulatinamente, estaban en marcha. A día de hoy, las empresas cuentan con posibilidad de liquidez. En una reciente entrevista para Capital & Corporate el CEO de Atlas aseveraba que la cantidad de liquidez en el mercado iba en aumento, así como el apetito inversor. Si bien el volumen aún es escaso como para satisfacer la demanda, la liquidez fluye. Un ejemplo de ello sería el resurgimiento de la financiación CLO (collateralized loan obligations) para grandes empresas, que en Europa pasó de mover menos de 500 millones en 2012 a un volumen superior a los 7.400 millones de euros de deuda garantizada en 2013 y a alcanzar los 2.000 millones de volumen entre enero y febrero de 2014, según datos de Debtwire. Si bien el precio sigue siendo alto (incluso acudiendo a financiación en dólares, con yields menores): las refinanciaciones medias durante los últimos doce meses fueron a un interés 112 puntos básicos por encima de la deuda anterior (para refinanciaciones superiores a los 500 millones de euros), situándose de media en 600 pb por encima de su respectivo benchmark. Finalmente, si observamos el mercado de fusiones y adquisiciones financiadas con deuda en Europa el crecimiento es espectacular. Frente a los 140.000 millones de euros de deuda utilizada en operaciones de M&A en Europa en 2012, en 2013 fueron 260.000 millones y sólo en enero de 2014 ya se situaba el volumen por encima de 30.000 millones de euros.

El producto peligroso que sí están manejando los bancos (y quién sabe si en unos años da tanto que hablar como los MBS) es la deuda unitranche. La deuda unitranche combina en un producto crediticio crédito ordinario o incluso privilegiado especial – CLO, por ejemplo – con crédito subordinado. No es, como el caso de los MBS, un activo a descontar formado por colaterales con riesgos y plazos distintos. Es un derecho de crédito que mezcla clases distintas de deuda – con su importancia a la hora de la ejecución por impago – en aras de una rebaja del tipo de interés. Y su volumen no es menor, sólo en 2013 y en M&A se utilizaron créditos unitranche en Europa por un importe superior a los 10.000 millones de euros. La estimación total superaría los 100.000 millones de euros de crédito unitranche vivo en 2013 en Europa.

Y si nos movemos por el lado del uso de fondos propios las noticias también son halagüeñas. Las recapitalizaciones totales (esto es, canje o conversión de obligaciones en participaciones o acciones) ascendieron a 2.000 millones de euros en 2012, a 6.100 millones de euros en 2013 y a finales de enero de 2014 el volumen ya se situaba por encima de los 1.500 millones de euros.

Los inversores que están trayendo esta financiación a Europa dan cuatro razones que les impulsan a hacerlo: (i) liquidez abundante; (ii) exceso de caja fruto de desinversiones en emergentes; (iii) aumento de las facilidades institucionales a la hora de la concesión del crédito; y (iv) alta demanda de los mercados de deuda – donde recordemos que sólo a emisiones high yield han entrado 7.000 millones de euros en Europa desde enero de 2013 –.

Una vez puesta sobre la mesa la situación de liquidez y aumento paulatino del crédito para grandes empresas a nivel europeo resulta del todo necesario reflexionar por qué tal situación aún no se percibe en España. La respuesta nos la dio recientemente Luis de Guindos al afirmar que nuestra economía presentaba una alta tasa de bancarización. Esto es, los flujos de financiación para empresas y autónomos dependen excesivamente de los bancos nacionales. Además, es una dependencia que se refleja a todos los niveles. Incluso en el denominado shadow banking español: de las últimas 30 operaciones LBO realizadas en España por encima de 500 millones de euros sólo dos no estuvieron financiadas por bancos: la de Geriatros (que la financió ICG) y la de Grupo Cartonplast (que la financió HayFin). El resto se apalancaron sobre los bancos, sobre todo los nacionales (15 operaciones en las que participó el Santander, 14 el BBVA y CaixaBank…). Si comparamos estos datos con Reino Unido salta a la vista lo que comentamos: HIG, ICG, Investec y Bluebay estuvieron en más del 60% de las operaciones LBO. Situación similar ocurre en Alemania, y eso por no hablar de Norteamérica o el Sudeste asiático.

La dependencia española de los bancos es un enorme problema. Cualquier autónomo o pequeño empresario que precise financiación acude presto a la sucursal de su distrito. Financiación que se suele conceder (cuando se concede) bajo garantía hipotecaria de un determinado activo. Piensen en el caso de una persona que quiera abrir una panadería. El banco, sin realizar el menor estudio sobre el negocio, otorgará el crédito si el futuro panadero accede a constituir una hipoteca sobre el horno que piensa adquirir. Y el futuro panadero no podrá acudir a nadie más porque la vía de family & friends en España tiene escasa relevancia y no existen fondos o instituciones destinadas a emprendedores (con la muy sana excepción del fondo de 80 millones de euros que acaba de levantar Ambar Capital para emprendedores).

El problema final es que tenemos un banco con una garantía hipotecaria de un bien mueble que desconoce, dependiendo de los flujos de caja que provengan de un negocio no investigado y sin el know-how necesario para la gestión del impago – si este llegare – o el uso eficiente de los bienes que trabe en embargo para la satisfacción de su deuda: un verdadero caos.

Esta es la principal razón que está frenando la liquidez en España. Nuestro sistema bancario se enfrenta a un stress test que se impulsa desde la Unión Europea en los próximos meses. Si bien es cierto que no hay gran temor frente al mismo (no es un estudio pormenorizado realizado por Oliver Wyman como el de 2012 si no un benévolo test orquestado por la UE), sí que hay ciertas restricciones a observar cuando el mismo se combina con Basilea III. Frente a ello, las grandes empresas acuden a los pocos fondos que se están movilizando a España. Profesionales que realizan un estudio exhaustivo de los negocios antes de prestar un solo euro. Pero su presencia en España es todavía menor.

En conclusión, nos encontramos con un mercado europeo que empieza a notar la liquidez. Los volúmenes suben e incluso van proliferando cierto tipo de productos (como el unitranche) altamente especulativos. En España, mientras el nivel de bancarización siga siendo tan elevado, las vías de inyección de capital a la economía serán escasas. 

La Fed y el síndrome de abstinencia

Suecia viene de vuelta del Gran Estado. Hace una veintena de años su famoso sistema de bienestar se desplomó. Una impresionante crisis a comienzos de los 90 fue el precio que pagó por la soberbia de un Estado que se creyó todopoderoso. Así, hubo de reinventar el Estado del Bienestar para salvarlo de sus propios excesos y monopolios. Hoy, después de dos décadas de profundas reformas, Suecia ha vuelto a ser un referente internacional, del cual países como España tendrían mucho que aprender. Tanto es así que hace no mucho The Economist dijo que Suecia y otros países nórdicos eran "el supermodelo del futuro".

El Estado del Bienestar puede ser construido de diversas maneras. La forma tradicional ha sido la de un Estado benefactor o Estado patrón que a través de monopolios de gestión pública ofrece a los ciudadanos ciertas soluciones predeterminadas a sus necesidades básicas. En este caso, el Estado es el sujeto activo y los ciudadanos, los objetos pasivos de sus intervenciones. Ese fue el camino seguido por Suecia hasta la crisis de los 90. De allí en adelante ha probado un camino totalmente diferente, reduciendo el tamaño del Estado, rompiendo sus monopolios de gestión y, sobre todo, cambiando la relación entre el Estado y los ciudadanos.

Este nuevo Estado del Bienestar puede ser llamado Estado Solidario, dado que su objetivo es empoderar a los individuos y no ponerse por encima de ellos. Para lograrlo se le ha dado directamente al ciudadano el poder de usar el financiamiento público que le garantiza el acceso a una serie de servicios básicos. Con ese fin se han diseñado distintos sistemas de subsidio a la demanda, como los bonos o vouchers del bienestar. Junto a ello, se han abierto los servicios públicos a la competencia y a una amplia colaboración público-privada que no excluye a los actores con fines de lucro. 

En la actualidad, este sistema rige para casi todos los servicios de responsabilidad pública: educación, salud, cuidado de niños, atención a la vejez, apoyo a los discapacitados, etc. Ello ha llevado al desarrollo de un amplio sector privado, mayoritariamente con fines de lucro, que colabora con el Estado a fin de brindar esos servicios a los ciudadanos. Así, para dar sólo algunos ejemplos, casi la mitad de los centros de salud públicos del país son gestionados privadamente, igual que la mayoría de las casas de reposo de la capital, Estocolmo, y más de la mitad de los jóvenes de esta ciudad asiste a escuelas secundarias públicas con sostenedores privados. Hoy existen unas 15.000 empresas que dan empleo a más de 200.000 personas en lo que es una extensa red de colaboración público-privada. Estas empresas forman la base de un pujante capitalismo del bienestar, que es un componente esencial del nuevo Estado del Bienestar sueco (y de otros países nórdicos).

Ahora bien, la premisa fundamental de todos estos cambios ha sido la accesibilidad universal e igualitaria a los servicios públicamente financiados, con independencia de quién los gestione. Por ello, en caso de existir copago, los ciudadanos pagan lo mismo por los servicios recibidos, sean estos producidos por el sector privado o por el público. Al respecto, no se permite ningún cobro extra ni tampoco excluir a ningún tipo de usuario; el Estado cubre los costos no cubiertos por el copago de acuerdo a normas iguales para todos los proveedores. En el caso de la escuela, la gratuidad es absoluta, no existe copago de ningún tipo. Todo el costo de la educación debe ser cubierto por el voucher o bono escolar, que es igual para sostenedores públicos y privados. De esta manera, todas las escuelas se han abierto a todos los jóvenes, lo que ha evitado el incremento de la segregación socioeconómica.

Un tema muy discutido ha sido el del lucro, que en Suecia se acepta sin restricciones. Al respecto, es de interés preguntarse sobre el origen del lucro, ya que, como se ha visto, las empresas no pueden realizar ningún cobro que supere el copago que reciben los gestores públicos o, en el caso de la escuela, sólo deben financiarse con el bono recibido. Pues bien, el margen de ganancia está simplemente dado por la ineficiencia comparativa del sector público. Todo el lucro proviene de la capacidad de producir servicios más atractivos a costos inferiores que los ofrecidos por el sector de gestión pública, que es el que, a través de sus costos, determina el nivel de los bonos o vouchers del bienestar.

Por ello, eliminar el lucro y al empresariado del sector del bienestar no le reportaría ahorro alguno al fisco ni a los contribuyentes. Lo único que se lograría sería cerrar las puertas a miles de emprendedores que han sido de gran provecho para quienes han elegido sus servicios y también para el sector público, que, bajo la presión de la competencia, ha debido hacerse más atractivo para ciudadanos, que ya no son sus súbditos o clientes cautivos, sino consumidores libres o, dicho de otra manera, ciudadanos empoderados.

Muy interesante es hacer notar que durante estas dos décadas de intensa desmonopolización y privatización sucesiva de la gestión pública no se ha registrado una sola huelga que haya tenido como objetivo detener u obstaculizar el proceso. Esto sorprenderá muchísimo al lector español, acostumbrado a ver los desplantes de la casta funcionarial que se ha adueñado de los servicios públicos. Bueno, lo que pasa es que en Suecia esa casta no existe. Los empleados públicos son, salvo contadas excepciones muy justificadas, trabajadores como todos los demás, y por ello no se han lanzado a una lucha por defender un estatus privilegiado que nunca han tenido.

España tiene un gran trabajo por delante para transformar su viejo Estado, secuestrado por su casta funcionarial, de lastre a motor del progreso. De ello dependerá gran parte de su futuro. Es imperioso abandonar la senda del Estado patrón y emprender, como Suecia lo muestra, la construcción de un Estado solidario, que sepa unir la libertad ciudadana y la solidaridad social con la fuerza creativa de la competencia, la diversidad y el capitalismo.

Capital: producción y finanzas

El término “capital” se refiere a varias realidades económicas relacionadas pero no equivalentes, que enfatizan diferentes aspectos productivos (técnicos) o financieros (contables). Es un error grave estudiar el capital (y el interés como su coste o recompensa) desde un punto de vista exclusivamente técnico o ingenieril (cómo incrementa marginalmente la cantidad o calidad de bienes producidos o la eficiencia de su creación), sin tener en cuenta sus aspectos temporales y de riesgo: en qué momento y con qué riesgo o incertidumbre se reciben ingresos (se consiguen bienes) y se realizan gastos (se aportan recursos). La correcta maximización de la utilidad de los agentes económicos no suma sin más todas las utilidades esperadas (según su probabilidad) en distintos instantes de tiempo, sino que las corrige o descuenta según las preferencias temporales, aversiones al riesgo y preferencias por la liquidez de los diversos individuos.

Según la economía clásica hay tres factores de producción o recursos que contribuyen a la generación de bienes y servicios: trabajo, tierra y capital. El trabajo es la capacidad de acción del ser humano, su fuerza física dirigida de forma inteligente. La tierra incluye las materias primas o recursos naturales, orgánicos o inorgánicos. El capital está constituido por los medios o factores de producción previamente producidos (herramientas, máquinas, equipamiento, fábricas, mobiliario, edificios): son bienes de capital o capital físico, tangible, técnico.

A través de un proceso productivo que puede tener una estructura compleja con diversas etapas, la acción humana va transformando, con la ayuda de los bienes de capital, los recursos naturales en bienes intermedios y finalmente en bienes de consumo o más bienes de capital (el capital se reproduce, se utilizan bienes de capital para producir otros bienes de capital). Los bienes de capital son persistentes, duraderos (no se consumen o alteran salvo por el desgaste natural de su uso), y participan en las transformaciones y circulación de los recursos naturales y bienes intermedios.

Desde el punto de vista financiero o contable el capital es el valor monetario de los bienes a disposición de una empresa o el dinero invertido en un proyecto productivo cuyo propósito es obtener beneficios monetarios.

En el balance contable de un agente económico el pasivo indica cómo se han obtenido los recursos, si por participación conjunta de los dueños de la empresa (acciones, pasivo no exigible, patrimonio o fondos propios, que paga dividendos) o mediante préstamos (deuda, pasivo exigible, que paga interés). El capital puede referirse también a los fondos propios como capital neto: lo que se tiene (activo) menos lo que se debe (pasivo); la existencia de este capital indica que la empresa es solvente y actúa como amortiguador frente a posibles pérdidas.

El activo refleja los recursos disponibles capaces de generar ingresos y su valoración. Los bienes pueden ser tangibles o intangibles (propiedad intelectual, marca, reputación, organización); el activo incluye las máquinas y herramientas (capital fijo o inmovilizado, más especializado y difícil de transformar en otra cosa), las existencias o inventarios de bienes en distintas fases de transformación (bienes naturales, semielaborados o ya listos para la venta, que constituyen el capital circulante), los activos financieros (derechos de cobro, acciones en otras empresas) y los saldos de tesorería.

La valoración del pasivo exigible es fija en el sentido de que se trata de deudas de un monto predeterminado (con un posible factor probabilístico para la deuda contingente). Un problema contable es que normalmente no se considera su valor presente descontado según tipo de interés (el coste de amortizar la deuda ya), sino sólo su valor nominal a vencimiento: los cambios en los tipos de interés no se ven reflejados en la estimación del pasivo.

El valor de los activos es el valor presente de las rentas futuras que se espera que generen: puede variar según cómo cambien las expectativas y el tipo de interés al que se descuenten el futuro y el riesgo: se refleja a precio histórico de compra (por prudencia), o se estima según modelos o situación del mercado. Algunos activos se amortizan regularmente: su valor se descuenta de forma progresiva, van perdiendo valor, bien por desgaste físico natural, por obsolescencia (competencia de otros bienes sustitutivos más eficientes) o por cambio en las condiciones del mercado (lo que producen deja de valorarse). El mantenimiento del valor del activo exige reinversiones regulares para mantener su capacidad de generar valor.

Todos los negocios requieren capital financiero, propio o prestado, pero pueden tener poco capital físico productivo en el sentido de máquinas y herramientas: un agricultor con una azada, semillas y tierra; un pescador con una caña o red; un comerciante sin tienda, con bienes a la venta colocados en simples recipientes o estantes; un cambista con existencias de diferentes divisas.

Una buena herramienta tiene una productividad marginal física si incrementa la eficiencia de la producción para un esfuerzo laboral dado, como una red que permite pescar más peces. Pero esto no implica que su rendimiento financiero sea necesariamente positivo: puede no resultar económicamente beneficiosa si los costes actuales de producirla, comprarla o alquilarla son mayores que el valor presente de los ingresos marginales que se consiguen con ella.

El capital implica la existencia de ahorro e inversión, de ahorradores e inversores (que pueden ser el mismo agente económico desempeñando las dos funciones como en el caso de un accionista): el ahorrador dispone de recursos que no consume y se los cede al inversor que tiene una idea empresarial. El capital tiene coste porque el ahorrador requiere una recompensa por su preferencia temporal y su aversión al riesgo. El inversor asume ese coste si espera conseguir ingresos suficientes como para cubrir todos sus costes operativos y financieros y que quede un remanente de beneficios para él.

Los modelos macroeconómicos en los que simplemente aparece una cantidad de capital (K) son muy problemáticos: no está claro qué significa ese parámetro y cómo se calcula su magnitud, y la agregación puede ocultar realidades económicas muy relevantes. El valor monetario de los activos de un agente económico es una cantidad de dinero homogénea y simple (aunque su estimación no es ni simple ni segura). Sin embargo los bienes de capital son heterogéneos: no se trata de una masa uniforme cuya cantidad puede medirse y sumarse con facilidad. Algunos bienes de capital son de uso muy específico y otros son más genéricos, tienen usos alternativos; algunos pueden modificar su utilidad con facilidad, en otros es algo muy difícil. Algunos bienes de capital son complementarios entre sí, pueden emplearse de forma conjunta y aprovechar sus sinergias; otros bienes son sustitutivos unos de otros.

El valor de una empresa depende de la organización de sus recursos disponibles. Igual que una máquina hace una cosa u otra y funciona mejor o peor según cómo están dispuestos sus componentes, el valor de los bienes de capital depende de cómo estén integrados en proyectos productivos. Aunque cada bien de capital tiene un precio en el mercado, el valor que puede generar depende de su aplicación en una estructura empresarial, de sus relaciones con otros factores de producción cooperativos: en una economía compleja los bienes de capital no existen y funcionan de forma aislada sino que son interdependientes entre sí y con otros recursos productivos, adquieren valor por cómo están integrados en una estructura productiva que genera bienes y servicios cuya venta proporciona beneficios.

El retorno monetario que el capital ha dado en el pasado no es lo mismo que los cambios en su valor actual (revalorización o devaluación) según los retornos futuros esperados. El capital de una inversión ha producido rendimientos o beneficios si se considera el pasado, pero es valorado hoy mirando al futuro, considerando sus expectativas de generación de valor. Las condiciones económicas cambian: una máquina o una empresa pueden haber proporcionado grandes rendimientos hasta ayer y sin embargo no valer nada hoy.

El capital puede crecer porque una empresa aumente su valoración con unos fondos dados, o porque los fondos invertidos se incrementen con más ahorro, por ampliaciones de capital o por reinversión de beneficios. Los beneficios que genera el capital son rentas para sus dueños que pueden consumirse, atesorarse como dinero o invertirse en el mismo proyecto o en otras empresas. El capital puede consumirse o devaluarse si no se mantiene adecuadamente su capacidad de generar valor.

El capital no crece o se reproduce solo de forma autónoma, automática e inexorable sin necesidad de que nadie haga nada: para continuar generando beneficios la estructura productiva necesita regenerarse y adaptarse constantemente a los posibles cambios en las capacidades y preferencias de los agentes económicos; los capitalistas deben mantenerlo y reasignarlo permanentemente con perspicacia y especulación empresarial.

Los activos financieros tienen un rasgo peculiar frente a los bienes físicos de consumo: la valoración por una persona de un bien de consumo puede depender de las opiniones, influencias o recomendaciones ajenas, pero el individuo puede comprobar por sí mismo la calidad y funcionamiento de un producto o servicio al consumirlo o usarlo (con la salvedad de los riesgos ocultos que pueden manifestarse en el futuro); las valoraciones de los activos financieros, que frecuentemente se compran y venden en mercados secundarios, dependen fuertemente de opiniones sociales que pueden variar bruscamente (rumores, manías, pánicos), y los dueños a menudo tienen poco conocimiento acerca de su calidad real. Algunos capitalistas no saben bien qué hacen al invertir, o dependen de otros que no saben invertir bien: los inversores pueden verse afectados por los errores ajenos, pero también pueden aprovecharse de ellos (inversión en valor).

El capital entendido como bienes de capital y capital financiero (acciones, deuda) puede comprarse y venderse (incluidos intangibles como marcas o patentes). Existen otras formas de capital o realidades con relevancia económica que reciben nombres de capital pero que no pueden intercambiarse: el capital humano de un individuo (su inteligencia, conocimientos, capacidades, educación, virtudes, reputación, capital relacional o social), el capital social de un grupo (confianza, valores compartidos, instituciones funcionales), el capital de organización y gestión de una empresa.

Lo que se juega en Europa

"No existe política económica que garantice estabilidad y certeza. Los únicos sitios donde hay estabilidad y certeza son la prisión y la tumba" Milton Friedman

Les doy dos cifras para empezar este fin de semana: 60% y 960.000 millones de euros.

El 60% de los votantes europeos probablemente no va a participar en las elecciones, según Europa Press, y el presupuesto aprobado por la Unión Europea para 2014-2020 es de 960.000 millones de euros. Dinero pagado también con los impuestos de ese 60% que tal vez no vote.

En estas elecciones no se deciden, ni tiene posibilidad de aprobarse, gran cantidad de las propuestas que pueblan los programas económicos de algunos de nuestros partidos. Se decide si Europa va a continuar por la senda del saneamiento y empezar a atraer capital y crear empleo o caer en otro error y agrandar el agujero.

Merece la pena recordar quiénes son los candidatos a presidente de la Comisión Europea: Jean-Claude Juncker (Luxemburgo, conservador) y Martin Schulz (Alemania, socialista). No es una batalla sobre política nacional ni es un debate entre austeridad y despilfarro. En nuestro país, los representantes de los dos grandes partidos sumarán en total un 10%, como máximo, de sus respectivos grupos. Por lo tanto, las soluciones mágicas que se pasean en los medios de comunicación nacionales de volver a 2008 ni entran en la agenda. Son humo. Cualquier entrevista con Schulz o Juncker nos muestra que, gane quien gane: 

  • No se va a cambiar el mandato del Banco Central Europeo (BCE) ni existe posibilidad de aumentar los déficits hasta niveles estratosféricos para “relanzar la economía” y cuando falle, quejarse de que los mercados nos atacan. Los que reclaman “copiar a Obama y Bernanke” monetizando deuda (imprimiendo dinero) en realidad lo que quieren es copiar a Argentina cuando rechazan el mismo nivel de apertura económica, bajos impuestos y flexibilidad de Estados Unidos.
  • No pueden prometer los eurobonos. Ya lo comentábamos en 2011 en ”Eurobonos no, gracias, la deuda no se soluciona con más deuda” . Ni siquiera está en la agenda, y lo rechazaría el propio grupo liderado por Schulz.
  • Ninguno de los grupos políticos puede garantizar estabilidad ni crecimiento ni reducción de paro. Desde 2008, se han gastado decenas de miles de millones en planes de empleo, un 3% del Producto Interior Bruto (PIB) de la eurozona en planes de estímulo y se ha disparado el gasto público al 49,2% del PIB para acabar con 26 millones de parados.
  • Las delirantes propuestas de una Europa sin Alemania son simplemente imaginaciones. Sin Alemania, Europa no podría financiar déficits de 4-4,5% del PIB a tipos históricamente bajos, y sin el Bundesbank el Banco Central Europeo sería una anécdota. Europa sin Alemania no contaría ni de lejos con la confianza necesaria para asegurar esa capacidad financiera. Europa no es nada sin Alemania y viceversa. Por eso, Alemania, como una parte de los problemas y las soluciones, no debe sostener un eterno “financiador de proveedores” que nunca paguen. Y por eso se mantienen los apoyos a pesar de incumplimientos consecutivos. Porque para decir que Merkel “nos manda”, poco caso hacemos. 

Por lo tanto, estamos centrando el debate de Europa en propuestas que ni están en la agenda. Las llamadas inflacionistas siempre olvidan que exigir a Alemania inflación no soluciona nada, cuando un aumento del 5% en sus importaciones del resto de Europa tendría menos de un 0,25% de impacto positivo sobre España y los países periféricos.

Estas elecciones son esenciales para reforzar la confianza empresarial y potenciar el consumo. 

Nada más y nada menos. Desafortunadamente, no vamos a ver enormes cambios en la UE, pero continuar bajo la ilusión de que Europa va a salir de la crisis con planes industriales estatales es un error. La verdadera crisis de Europa, y causa de la desindustrialización y deslocalización, ha sido por esos enormes planes estatales que han llevado a sobrecapacidad y sobrecoste en infraestructuras, energía, etc. El coste de todos esos planes Marshall eternos en los que se ha embarcado Europa desde 1999 (lean mi artículo aquí) ha llevado a ahogar a impuestos a empresas y familias.

Ahora toca atraer capital

Dependiendo del resultado de estas elecciones, las empresas, que son las que invierten y crean empleo, pueden percibir confianza y recuperar el ánimo inversor, o asustarse ante el riesgo de que Europa vuelva a hundir sus economías con innecesarios planes de estímulo que luego implican enormes aumentos de impuestos.

Fíjense en este grafico cortesía de Merrill Lynch que se resume con la palabra desconfianza.

Hemos pasado de la Europa que rebota desde mínimos, empieza a solventar su problema bancario, se financia a mínimos históricos y corrige los desequilibrios alcanzando superávits comerciales, al riesgo de complacencia. Si la Unión Europea es ya de por sí un entramado burocrático, entorpecer aún más la recuperación con intervencionismo y proteccionismo puede hacernos recaer en la crisis.

Queda mucho por hacer:

  • A pesar de las reducciones de déficit, los niveles de deuda siguen siendo inaceptables en la mayoría de los 27 países. La confianza ha mejorado gracias a la gradual recuperación, pero es muy frágil. En el Eurosistema existe un exceso de liquidez de 180.000 millones de euros según el BCE. No debemos caer en la trampa de liquidez que ha llevado a todas las primas de riesgo a mínimos y entregarnos de nuevo al endeudamiento salvaje. Porque la liquidez extrema se acaba, hasta en los países que imprimen moneda y no evita la necesidad de ajustes presupuestarios.
  • En Europa hay 26 millones de parados que solo han aumentado con planes, estímulos y comités. Mientras, unos partidos y otros debaten si hay que dar 8.000 o 20.000 millones a un “fondo para combatir el paro juvenil”. Ambas cifras son francamente inútiles. No consiguen nada que no se haría, de manera mucho más eficaz, si se redujeran trabas burocráticas e impuestos a las empresas y familias para relanzar el consumo.

Nos pasamos todo el tiempo echando la culpa a Merkel y a Bruselas, o al BCE, de nuestros males, pero a la vez les concedemos una especie de varita mágica que asume que todos nuestros problemas se solucionarían gracias a ellos. Y no es correcto. Ni Bruselas dicta todas nuestras leyes ni su poder o el del BCE es omnipotente.

Europa no va a reducir sus 26 millones de parados recurriendo al déficit y al gasto público. Porque no lo hizo nunca, ni en la época de la expansión. Y porque el sistema financiero europeo sigue siendo demasiado frágil, a pesar de las mejoras incuestionables. Mucho se critica a los bancos, pero casi todo el mundo pide más déficit e inversiones públicas, que deben pensar que se financian en Marte. Luego hablan de deuda odiosa mientras piden más crédito, y, por supuesto, barato.

En Bruselas confían demasiado en un objetivo quimérico de recuperar industria hasta un 20% del PIB, imposible cuando la presión burocrática y fiscal sólo aumenta en sectores subvencionados que encarecen las facturas de los consumidores a niveles inaceptables y en el acuerdo comercial con Estados Unidos que esperan que atraiga hasta 130.000 millones de euros a Europa.

Pero la verdadera solución está en los sectores que ya han sobrevivido a la crisis y en las familias. Un aumento del 3% anual de las inversiones de las empresas europeas y un aumento del consumo del 2% de las familias entre 2014 y 2017 tendría un efecto expansivo que duplica el impacto de los mismos fondos gastados por los estados, y encima no cuestan al contribuyente (correlación observada entre aumento de gasto público y privado con PIB desde 1999).

El coste y burocratización de la UE preocupa, y hay que exigirle el mismo esfuerzo que han hecho empresas y familias. Nos jugamos la partida a dos opciones: volver a repetir los errores del pasado o crear un modelo que pueda competir a nivel global. Estamos saliendo poco a poco del agujero. Espero que, gane quien gane, no compre una pala más grande para cavar más profundo. Porque lo paga usted. Siempre.

Los preferentistas de Bankia recuperan su inversión

De tanto en tanto los socialdemócratas de Suecia atacan a las escuelas libres (Friskolor, escuelas públicas de gestión privada). Más recientemente, con la propuesta de dar a las autoridades municipales poder de veto sobre el establecimiento de nuevas escuelas libres a fin de detener su supuesta sobreexpansión. Esto implica que las municipalidades tendrían atribuciones para impedir la creación de centros que compitan con los propios, lo que era justamente la idea de la reforma que en 1992 permitió, gracias a un sistema de cheque o voucher escolar, la creación de las escuelas libres. Por su parte, los socialdemócratas de Escania van mucho más lejos y quieren suprimir el derecho mismo a elegir escuela, sea esta de gestión pública o privada.

Se nota la nostalgia de los socialdemócratas por aquel tiempo en que regía el orden en el frente escolar y en tantos otros. Sí, aquel tiempo en que ellos podían decidir tanto y los ciudadanos tan poco. ¡Ay, tantas libertades –de elegir guardería, escuela, centro médico, forma de atención a los mayores o a los discapacitados, etc.– que han destruido el idilio socialdemócrata!

De todo ello, la pérdida de poder sobre la escuela es lo que sin duda más les duele. El proyecto socialdemócrata clásico tenía su eje en la socialización del individuo mediante la socialización (estatización) de la escuela. Es así como se crearía el hombre nuevo socialista, formado por el Estado desde la cuna hasta la tumba. Por eso es que la existencia de las escuelas libres es tan dolorosa para los socialistas de todo pelaje. 

Eso hace del movimiento de las escuelas libres el verdadero héroe de la lucha por la libertad en Suecia. Empezó de manera muy modesta en 1992-93, pero hoy abarca unas 1.250 escuelas básicas y secundarias, a las que asisten más de 210.000 alumnos. A ello hay que agregar más de dos mil centros infantiles y las 55.000 personas que trabajan en alguna escuela libre para poder aquilatar el peso de este movimiento que no ha dejado de crecer desde su nacimiento y que ha sido la punta de lanza de la transformación del viejo Estado-patrón sueco en un Estado solidario, que amplía las libertades empoderando al ciudadano en vez de ponerse por sobre él.

La socialdemocracia sabe que le sería muy costoso lanzarse a una confrontación frontal con un movimiento popular tan significativo. Por ello elige una línea más cautelosa de ataque, consistente en tratar de frenar el aumento de las escuelas libres y, haciendo gran cosa de algunos ejemplos de mala gestión, sembrar la desconfianza hacia los emprendedores escolares y su legítimo afán de lucro.

Es lo que le queda cuando no se puede recurrir a ningún argumento serio contra el movimiento de las escuelas libres. De hecho, las investigaciones realizadas no han podido documentar ni un solo efecto negativo del surgimiento de las mismas. La segregación socioeconómica, por ejemplo, no ha cambiado de manera significativa, ya que el sistema sueco no permite el copago ni cobro extra alguno en las escuelas libres.

Pero no solo eso, la estadística de la Superintendencia de Escuelas muestra que la diferencia de resultados, medida por las calificaciones obtenidas, ha ido disminuyendo sucesivamente entre la escuelas básicas libres y las municipales, mientras que en las secundarias ha simplemente desaparecido. Esto se debe a los esfuerzos hechos por el sector municipal por crear centros atractivos ahora que no tienen que vérselas con súbditos o clientes cautivos, sino con ciudadanos libres y empoderados, de cuya elección depende la subsistencia de las escuelas.

Además, el personal de las escuelas libres está claramente más satisfecho con su situación que aquel de las de gestión municipal, y no se ha realizado ni una sola huelga contra la existencia de las escuelas públicas de gestión privada (claro, en Suecia los empleados públicos no forman un estamento privilegiado de funcionarios). Y esto para no hablar de la satisfacción de los padres y los educandos que han elegido una escuela libre en vez de una municipal.

En vez de llevar adelante este tipo de campañas insidiosas contra las escuelas libres, la socialdemocracia debería honestamente reconocer que los verdaderos problemas de la escuela sueca tienen que ver con esa escuela de frivolidad (flumskola), basada en la ausencia de disciplina y exigencias, donde todo es juego y falta de autoridad y responsabilidad, que ellos mismos crearon. La escuela socialista es la escuela de la mediocridad, y con su herencia está lidiando Suecia todavía.

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