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Etiqueta: Dinero y sistemas financieros

Reexaminando la crisis de los 70

Tras tres décadas de pensamiento único keynesiano, la crisis de los años 70, que trajo a la vez paro y subida desbocada de precios, sumió en la confusión a los apóstoles de la macroeconomía de la inflación. Según la macroeconomía keynesiana, las causas de las crisis y del paro eran la demanda insuficiente de bienes y el atesoramiento excesivo. Contemplar a la vez el paro y la inflación en el doble dígito no les cuadraba.

Aunque hubo bastantes deserciones en las filas keynesianas, los inflacionistas más pertinaces se sacaron curiosísimas explicaciones para explicar lo que ellos habían reputado imposible. Aparecieron diversos chivos expiatorios: los árabes y el petróleo, las políticas de rentas y los trabajadores que querían aumentos de salarios para compensar la depreciación monetaria o los siempre denostados especuladores que “hacían subir los precios”. Se habló de “inflación de costes” (de una nueva naturaleza) y de no sé cuántos pretextos más.

Eso sí, han mantenido silencios culpables con relación al definitivo cierre de la ventanilla del oro al que condujeron tres décadas de keynesianismo inflacionista, sobre la naturaleza del sistema monetario instaurado a partir de entonces y, en definitiva, sobre la mayor o menor confianza que el papel moneda gubernamental suscitaba entre los particulares.

Sin embargo, si nos paramos a pensar un poco, los grandes mercados alcistas en materias primas del siglo XX –1907-1920, 1933-1953, 1968-1981– han coincidido y, no por casualidad, con largos periodos de inflación monetaria. Han sido éstas épocas de turbulencias asociadas a un gasto y a unos déficit públicos desbocados, y a conflictos armados (la Primera Guerra Mundial; la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea; la Guerra de Vietnam y el desorden monetario de los 70). En tales entornos, la práctica totalidad de las materias primas, ya se traten de productos agrícolas, metales o fuentes de energía, aparecen como refugios alternativos bastante más idóneos para la conservación de los patrimonios que el dinero de curso legal y los activos financieros en él denominados.

El sistema monetario actual se compone así de un amplio abanico de activos –un popurrí de divisas, toda clase de activos financieros e inclusive un número significativo de materias primas en épocas de inflación e incertidumbre– susceptibles de ser utilizados como instrumentos monetarios según conveniencias de tiempo, espacio o legislación. El gran problema de todo ello es que la piedra angular de este nuevo sistema, las divisas nacionales (que no son otra cosa que el pasivo de los diversos bancos centrales nacionales en forma papel moneda inconvertible) carecen de las propiedades que un buen dinero debe poseer.

Algunos pueden considerar paradójico que durante casi veinte años la misión de dar estabilidad al dólar haya recaído en Alan Greenspan, un declarado partidario del patrón oro, discípulo además de Ayn Rand, una de las más ilustres defensoras del libre mercado en el siglo XX. Sin embargo, la designación de Greenspan en EE.UU., igual que la apuesta por la ortodoxia en las cuentas públicas del Tratado de la UE en Maastrich, muestra, antes que nada, un intento casi desesperado por parte de los gobiernos de dar credibilidad a su papel moneda y evitar una huida seguramente devastadora. Estas son las características del nuevo sistema donde, más que nunca, la cantidad ha dejado paso a la cualidad y donde una buena parte de la clave para comprender las idas y venidas en los precios de las materias primas y de las distintas monedas nacionales hay que buscarla en la utilización alternativa por parte del mercado de variados instrumentos para llevar a cabo las funciones monetarias.

Todo el periodo de la crisis de los 70 nos dejó una valiosa enseñanza que Carl Menger ya había explicado un siglo antes. El dinero no es una cantidad que pueda generarse o imprimirse a partir de la nada y por decreto, sino una cualidad –la liquidez– que el mercado descubre en los bienes y en los activos. La liquidez consiste en no sufrir pérdidas de valor (o pérdidas de tiempo) al desprenderse de cantidades incluso enormes de un bien. Ora el dinero mercancía, ora los activos monetizables, han de ser aquellos que constituyen o representan los bienes más deseados por el mercado. Aquellos con una demanda más amplia, estable y permanentemente insatisfecha. Inexorablemente, la violación de esta ley significa tener que pagar el precio de las recesiones. Que sean “deflacionarias” o “inflacionarias” sólo dependerá del activo que tomemos como referencia para expresar los precios.

La grandeza del patrón oro

Suele afirmarse que el dinero cumple tres funciones: medio de pago, unidad de cuenta y depósito de valor. Aquellos bienes que logran conservar el valor eficazmente, se convierten en medios de pago y una vez se generaliza ese medio de pago pasan a ser unidad de cuenta. En un principio sólo existen bienes que conservan mejor que otros el valor, porque éste disminuye más lentamente tanto si incrementamos la cantidad como el horizonte temporal de uso.  A esta menor disminución del valor la llamaremos liquidez y es la característica esencial del dinero, esto es, su superior aptitud para circular.

Así se emplearon históricamente como dinero bienes como el ganado (que podía trasladarse en grandes cantidades a largas distancias), la sal (que podía conservarse durante largos períodos) o metales como el cobre, el hierro, la plata y finalmente el oro. Las razones que convirtieron al oro en un bien generalmente aceptado como medio de intercambio fueron varias: su facilidad de transporte, almacenamiento y conservación, su enorme divisibilidad, su homogeneidad, la dificultad de ser falsificado, su cualidad de metal precioso internacionalmente reconocido y, sobre todo, la baja proporción entre la producción anual y el stock de existencias (se tardarían unos 50 años en producir toda la cantidad de oro que existe actualmente).

Cada divisa nacional se expresaba en términos de oro, moviéndose los tipos de cambio entre ellas dentro de estrechos límites, pues si el precio de una caía mucho respecto de otra, salía a cuenta convertir la primera en oro y acuñar la segunda. Este respaldo común de las divisas establecía asimismo portentosas limitaciones a la posibilidad de incurrir permanentemente en déficits en la balanza por cuenta corriente y presupuestarios y también de prolongar en exceso las expansiones crediticias causantes del ciclo económico.

Esto fue especialmente relevante para reducir la incidencia y el numero de conflictos bélicos, ya que los estados no podían endeudarse indefinidamente y sus reservas de oro eran limitadas. Así, por ejemplo, en la guerra entre Japón y Rusia por el control de Manchuria en 1905, el imperialismo japonés no pudo seguir avanzando por la precaria situación financiera de su gobierno, de manera que tuvo que sentarse a negociar con el zar.

Pero sobre todo el patrón oro reforzaba el poder del ahorrador para protegerse de las expansiones crediticias desproporcionadas. Si los bancos disminuían los tipos de interés en exceso o se endeudaban alocadamente, los ahorradores podían retirar el oro de sus depósitos, conscientes de que su atesoramiento no supondría una mengua en su liquidez. El valor del oro no disminuía con el paso del tiempo y, por ello, el atesoramiento masivo de oro frente a un depósito bancario poco remunerado, constituía una amenaza creíble para las entidades de crédito.

La existencia de este respaldo común, la ausencia de desequilibrios y el control del endeudamiento bancario alocado permitieron que el capital fluyera de un lugar a otro sin miedo a la confiscación o a la devaluación. El fenómeno del "dinero caliente" era por completo desconocido para aquellas monedas que seguían el patrón oro, tales como la libra, el dólar, el marco o el franco. Precisamente, los países sometidos a la disciplina del oro desarrollaron importantes centros financieros que proporcionaban liquidez al sistema de comercio internacional. Pero sobre todos ellos destacó la City, Londres.

La City había desarrollado grupos de expertos tasadores de reconocido prestigio internacional que permitían a los bancos dar salida a prácticamente cualquier mercancía. Así, por ejemplo, si un brasileño quería venderle café a un francés, el brasileño redactaba una letra de cambio que tenía como librado no al vendedor francés, sino a un banco inglés, a quien a su vez traspasaba la propiedad del café. El brasileño podía descontar la letra de cambio en el marcado financiero y comprar moneda brasileña a cambio de las libras obtenidas. Por su parte, una vez el francés se comprometía a pagar al banco inglés y éste comprobaba su solvencia, el banco le entregaba el café al francés a cambio de un crédito de 90 días contra él.

De este modo, los centros financieros organizados en torno al oro proporcionaban la liquidez necesaria a todo el sistema económico internacional permitiendo una elástica y adaptable división del trabajo sometida a la soberanía del consumidor y del ahorrador. La globalización y la multiplicación de los flujos comerciales fueron el subproducto natural de este contexto cooperativo y pacifico.

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Año 2002, comienza el caos

En realidad, sólo es la aceleración de una tendencia que ya existía; por ejemplo, según indicadores del INE y gobierno, la vivienda ha subido 17 veces más que los salarios en diez años.

Para algunos este increíble aumento fue debido al redondeo del euro. Esto equivale a afirmar que todos nosotros somos unos auténticos irresponsables y suicidas en el manejo de nuestra economía doméstica. El redondeo nos podría haber engañado el primer mes, el segundo a lo sumo, pero no durante más de cuatro años. Si así hubiera sido se habría producido una contracción de la demanda que hubiese provocado la bajada de los precios para igualarlos a las rentas: está claro que si no llegásemos a final de mes, nos desapuntaríamos del gimnasio, no iríamos al cine, no realizaríamos viajes, no nos hipotecaríamos ni nos permitiríamos ningún tipo de lujo. Pero no ha sido así, hemos mantenido el mismo tren de vida.

¿Cómo es que no se ha producido la contracción? Por el aumento del crédito. Nos hemos endeudado más porque el "dinero barato" nos lo ha permitido. De esta situación no son responsables las constructoras, ni los especuladores inmobiliarios, ni los banqueros, ni el malvado charcutero que sube el jamón, sino las autoridades monetarias que se han dedicado a crear "inflación crediticia" que, a propósito, no tiene nada que ver con el IPC que sólo mide una pequeña cesta de productos y servicios y es calculado arbitrariamente por unos números índice. ¿Aparte de los "expertos" del estado, hay alguien que aún se crea los numeritos del IPC? ¿No le indigna que aparezca Solbes diciendo que vamos bien porque la inflación ha subido un tres por ciento? ¿La inflación de qué planeta está midiendo este hombre?

Sólo en el primer año del euro, el número de billetes en circulación se elevó un 21,7% según el Banco de España. Desde entonces, los agregados monetarios han seguido teniendo un fuerte aumento. De hecho, el mismo Banco de España nos lo confirma en su boletín de octubre: "los préstamos concedidos al sector privado registran todavía tasas de dos dígitos en términos interanuales".

Mirémoslo de otra forma. Desde el año 2002 el Ibex 35 ha doblado su volumen y su cotización se ha revalorizado más de 140%. El precio de la vivienda sigue aumentando a un ritmo fuerte aunque ha empezado a disminuir recientemente. ¿Pero no le extraña que haya tantísimo dinero como para encarecer el precio de todo, a la vez, y tanto? Efectivamente tenemos un exceso de liquidez, una inflación crediticia o "dinero barato" que han creado los bancos centrales y sólo nos sirve para ir perdiendo poder adquisitivo mes a mes. Además, bancos, constructoras y eléctricas están teniendo unos elevadísimos beneficios continuados que no son nada normales, y es que también han sido inflados por las nuevas Normas Internacionales de Contabilidad (NIC). Una parte de estos resultados se deben a la productividad real, otra a las NIC, y el resto no es más que inflación, humo, una ilusión de beneficios.

Muy probablemente gran parte de esta inflación o extrema liquidez se desvíe hacia la bolsa, como ya está ocurriendo, durante unos años más. Asistiremos a más benéficos y alzas, en algún momento oiremos los gritos de los "expertos" diciendo que esto no se aguanta. Cuando empecemos a escuchar sus griteríos es que aún quedan un par de años más de "bonanza" y subidas. Lo nefasto de esta situación es que al final la contracción vendrá, y cuanto más tarde, más fuerte será. La principal causa de tal calamidad se llama euro y "estabilidad de precios", eufemismo de los burócratas que sólo significa desequilibrio y pérdida de poder adquisitivo continuo. Esto es lo que ocurre cuando una panda de funcionarios manejan nuestro dinero como si fuera suyo y bajo ninguna responsabilidad. Evidentemente, después, nos culparán a nosotros por habernos endeudado demasiado. Impresentables.

El valor del papel moneda

En la Teoría del dinero y del crédito Ludwig von Mises se enfrenta y resuelve la siguiente aparente paradoja: el dinero es demandado no por lo que es en sí, sino por lo que éste puede comprar. Pero para poder comprar algo con él, el dinero tiene que ser demandado en primer lugar. Mises, siguiendo a Menger, advierte que en su origen el dinero tiene que ser algo que tenga un valor intrínseco, una utilidad directa, para ser demandado. Más tarde, la gente irá teniendo más y más en cuenta el valor de cambio de ese activo, más que la propia utilidad directa que el mismo puede reportarle. Así Mises articula el teorema regresivo del dinero: el dinero se demanda hoy por la experiencia histórica de lo que ha venido pudiendo comprar últimamente.

Mises aplica ese teorema para explicar el fenómeno del papel moneda o “dinero fiat“, aquel medio de cambio generalmente aceptado que no es una mercancía, ni un título representativo de una mercancía, sino un papel que jurídicamente no obliga a nada a su emisor. Así, argumenta que el papel moneda es en su origen un título-valor que representa la obligación de su emisor de entregar una determinada cantidad de metal precioso a su presentación. Poco a poco la gente se acostumbra a utilizar los billetes como dinero hasta que, en un determinado momento, el emisor incumple su promesa. Pero la gente lo sigue utilizando porque tiene costumbre de hacerlo y la memoria del poder de compra que hasta entonces ha tenido. Pero esta explicación es como poco incompleta y en términos generales inexacta. Sobre la base del libro de Hayek La desnacionalización del dinero y de los escritos de Benjamín Anderson, otro autor austriaco, proponemos una explicación alternativa y esperamos que más completa.

El papel moneda al principio fue una deuda. Dicha deuda podía ser reembolsada a la vista (billete de banco) o en un momento futuro con devengo de intereses (letra o pagaré). Como deuda, el billete mantenía su convertibilidad cotizaba cerca de la par, mientras que la letra o el pagaré tenían un precio que coincidía con el valor actual de los cobros a que daba derecho. En determinados momentos de la historia, el emisor del papel moneda, no pudiendo o no queriendo cumplir sus compromisos, declaraba la inconvertibilidad de su papel; es decir, la suspensión del pago de sus deudas. Además, amparándose en el poder coactivo del estado, declaraba que ese papel era dinero y tenía poder para saldar las deudas.

Es posible que la gente menos perspicaz no advirtiese el sustancial cambio en la naturaleza del papel. Pero es evidente que gran parte de la gente sí habría advertido el cambio. ¿Por qué habrían de seguir utilizando mala moneda cuando existía una buena, si la gente acepta el dinero como pago precisamente porque éste no se deprecia? La explicación es que, aunque el valor del papel moneda caiga al suspender la convertibilidad, el emisor emplea varios instrumentos para que se mantenga alto y se siga empleando en los intercambios.

  • Los activos del Banco del Estado y también del resto de bancos del sistema.
  • El poder discrecional de dictar leyes y decretos. Normalmente el papel moneda irá acompañado de la prohibición de tener, intercambiar libremente o exportar oro y divisas; de la obligación de informar y en su caso “repatriar” las inversiones en el extranjero; de la declaración de nulidad de las cláusulas valor oro en contratos presentes y futuros así como del establecimiento del curso forzoso (la obligación de aceptar el papel como pago de las obligaciones).
  • Los activos de los súbditos del país que pueden ser expropiados vía impuestos.

Son estos mecanismos en manos del emisor los que dan contenido y valor al papel moneda. La prohibición de tener oro y divisas permite eliminar, por un lado, al más potente competidor a la hora de servir como dinero y, por otro, permite aumentar las reservas del banco emisor al obligar a ceder los que ya se poseen a un precio ridículo. La prohibición de exportar oro constituye un intento de impedir que los súbditos reaccionen ante el establecimiento del precio máximo del oro expresado en términos de papel moneda enviándolo fuera. Por último, la declaración del curso forzoso es el intento de dotar de valor al papel moneda a través de la fuerza de las pistolas. Si el papel no está respaldado por los propios activos, que sean los activos de otros los que se lo den.

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El malévolo plan de Lex Luthor

El fin de semana pasado estuve viendo la nueva película de Superman. Aunque mi acompañante la disfrutó mucho más que yo, debo reconocer que me pareció tremendamente entretenida. Mejor sin duda que Superman III y, obviamente, Superman IV. Repleta de guiños a las películas de Christopher Reeve, tiene escenas muy logradas, como el salvamento aéreo que marca el retorno del héroe o el momento en que el malvado Lex Luthor, con la inestimable ayuda de la kriptonita y de unos cuantos matones, le da la paliza de su vida al hombre de acero. Hay hasta un guiño del Daily Planet al nuevo "periodismo ciudadano" que se nos viene encima. Otras cosas, en cambio, no son tan aceptables, como su exagerado metraje.

Sin embargo, no tengo intención de hacerles una crítica de la película que no es éste el lugar. De lo que quería hablar es del extraño y absurdo plan con el que Lex Luthor pretende hacerse el hombre más rico del mundo. Si ya Superman incluye grandes imposibilidades científicas en sus superpoderes y aventuras a lo largo de cómics y películas, entre las cuales destaca quizá lo poco que le afecta la teoría de la relatividad, en esta nueva incursión en la pantalla grande sorprende lo muy ignorante en economía que puede llegar a ser la mente criminal más grande del mundo.

Su plan es una reelaboración a lo grande del que ocupaba sus pensamientos en la primera película. Entonces planeaba provocar un terremoto que acabara con la costa de California, tras haber adquirido los terrenos desérticos que, después del cataclismo, se convertirían en zona costera, el terreno más valorado por los compradores. Si aquel plan tenía su lógica era por su relativamente pequeña escala. La desaparición de California hubiera sido sin duda un cataclismo económico, pero uno del que se hubiera podido salir con relativa facilidad.

Sin embargo, en esta ocasión el plan es crear un continente nuevo de su propiedad que, en el camino de expandirse, acabaría con casi todo Estados Unidos, Canadá y México, lo que produciría la muerte, en sus palabras, de "miles de millones de personas". Luego, la gente compraría terreno en su nuevo continente y él se forraría, claro. Aceptemos la exageración en el número de muertos porque siempre se puede suponer que en el mundo de Superman viva allí más gente. Aceptemos que haya quien necesite tierra, pues el mismo plan presupone que quienes se encontrarían con su hogar destruido morirían; los demás mantendrían el suyo intacto. Aceptemos que haya quien encuentre atractivo vivir en un continente hecho a imagen y semejanza de la poco habitable casa de Superman en el polo norte. Aceptemos que tiene "la tecnología suficiente", tal y como asegura sin dar muestra alguna de ella, para evitar que lo maten después de haber destruido medio mundo. El problema es, ¿con qué le van a pagar para hacerse rico?

Al contrario de lo que se suele indicar, el dinero no es riqueza; es el medio por el que se obtiene la riqueza, y más aún en un mundo en el que hemos eliminado los patrones metálicos y el dinero que utilizamos no vale nada por sí mismo sino por la fe que tenemos en que servirá para intercambiar bienes y servicios y como depósito de valor. Tras haber destruido la principal fuente de prosperidad del mundo, el lugar con los recursos humanos más productivos, el mercado más ávido para los demás productores, ¿qué quedaría para respaldar ese dinero? Lex Luthor podría vender por altas sumas sus nuevos terrenos. Y podría luego emplear ese dinero como papel higiénico, pues seguramente sería la manera de la que podría extraer más valor de su uso. La humanidad retrocedería décadas, si no siglos, en su desarrollo económico. En definitiva, y en términos reales, Luthor hubiera sido más rico –tras heredar de una viuda acaudalada al comienzo del film– antes de llevar a cabo su malévolo plan que después. Supongo que es lo que pasa cuando pones a guionistas de Hollywood a pensar en cómo se puede hacer uno rico. Si lo supieran, quizá no fueran guionistas.

De acuerdo, prometo relajarme más en la próxima película de superhéroes que vaya a ver.

Wildcat Banking, el sistema financiero estadounidense hasta 1866

El Wildcat Banking –”wildcat” para abreviar– era como se designaban a algunos bancos de los Estados Unidos en el siglo XIX fundados bajo las leyes del free banking, que podemos identificar como una especie de laissez faire financiero. Para crear un banco bajo el sistema de free banking era necesaria una licencia estatal –local en sentido amplio, no federal– que comprometía al banco a seguir una serie de requisitos.

Los wildcat emitían sus propios billetes (notes) que teóricamente estaban respaldados por unos activos como bonos, oro, plata y a veces otro tipo de materias. Los wildcat eran pues empresas de custodia que cuando el cliente entregaba sus activos al banco éste en contrapartida daba al cliente un “recibo” (billetes) que podían canjear por otros bienes en el libre mercado. Aunque el fenómeno de los wildcat fue reducido en Estados Unidos, llegaron a crearse 30.000 tipos de billetes diferentes.

Hasta 1970–75 wildcat fue sinónimo de fraude y crisis bancarias, y por extensión también el free banking. A algunos de estos bancos se les llamaba wildcat (gato montés) por la difícil accesibilidad que tenían. Generalmente se ubicaban en las montañas para que fuese difícil su acceso por parte de los clientes cuando tenían que hacer la amortización (o canje por el activo subyacente) de los billetes. Esto creó el mito, junto con algunas crisis, de que el sistema de free banking y dinero privado “sin regulación” siempre conducían al caos y a la ruina. Fue por esta razón que en 1.863 se aprueba la National Banking Act, aunque no tuvo aplicación real, o totalmente federal, hasta 1.866 junto con el abultado paquete de leyes intervencionistas de Lincoln.

A partir de los años setenta del siglo XX el sistema de laissez faire financiero, y por extensión monetario, empezó a despertar la curiosidad de algunos estudiosos y se dieron cuenta que las crisis sufridas en la época donde se alzaban los wildcat no fueron debidas a la avaricia de los banqueros o a un sistema insostenible per se, sino a factores regulatorios y de interferencia estatal, y además, el mito de las crisis fue claramente exagerado.

La verdad es que jamás existió un auténtico sistema de laissez faire financiero o monetario. Vera C. Smith (que se adelantó a la moda) calificó este periodo como un sistema de “descentralización sin libertad”, e incluso Hugh Rockoff (que fue quien empezó a despertar la curiosidad por investigar el mercado monetario anterior a la guerra de secesión) fue más lejos definiéndolo como “la antítesis de las leyes bancarias del laissez faire“. Posteriores estudios han concluido que una de las causas de las bancarrotas se debieron a la intervención de los propios estados, que obligaban a los wildcats a financiar sus gastos (tal y como está obligado a hacer hoy día el banco central cuando el gobierno entra en déficit). Además, aunque las leyes variaban de estado a estado, el gobierno local obligaba también a los wildcat a comprar bonos del gobierno a su valor nominal y no a precio de mercado. Así, incluso el propio Alan Greenspan en un discurso oficial en la Reserva Federal en el año 1996, afirmó que “en algunos casos, [el gobierno] contribuyó a estas quiebras bancarias”, franqueza poco usual en un funcionario.

También hemos comentado que las crisis fueron exageradas, probablemente por el propio gobierno federal. Por ejemplo, en Illinois –que fue uno de los lugares donde más se dejaron sentir las crisis– y según Lawrence H. White, en el periodo comprendido entre 1.851 y 1.860 se crearon 141 bancos –antes de seguir, reflexione sobre lo que acabamos de apuntar, ¡141 bancos en nueve años y sólo en Illinois!– de los cuales sólo uno duró menos de un año[1]. No observe este dato (141) como el correspondiente a la creación de un banco comercial actual, sino como lo que realmente eran: empresas de pequeñas dimensiones aunque de elevado capital (el capital inicial de constitución variaba según el estado de entre 5.000 a 50.000 dólares, que en esa época era mucho dinero).

Lo curioso aquí es que para muchos estudiosos el cierre de los wildcats habría sido del 100%. ¿Cómo se explica esto? El principal problema radica en responder: ¿qué es un wildcat exactamente? Para Arthur J. Rolnick y Warren E. Weber, wildcats, son aquellos bancos que cerraron en un periodo inferior a un año. Es evidente que desde este punto de vista, todo wildcat era un fracaso. En cambio, otros economistas han comparado las crisis del sistema de free banking con otras épocas y han verificado que no son superiores a los cierres producidos de otros bancos en otros períodos.

Posteriormente, con la National Banking Act antes mencionada, el free banking fue erradicado de Estados Unidos en pocos años a base de la creación de bancos nacionales, impuestos y más regulaciones. Esta pequeña exposición sólo ha sido un resumen muy concentrado de lo que fue un sistema monetario económicamente sano y que la historia, por dejadez, ha maltratado.



[1] Aquí hemos de apuntar que en el primer año de la guerra civil americana (1861), el 95% de los bancos en Illinois quedaron cerrados o suspendidos. Realmente es una cifra sorprendente que ahora no nos podemos parar a examinar, pero tal y como apuntan Salim Rashid y Abdus Samad, si ignoramos este año agitado militarmente y hacemos el balance entre los periodos 1852-1860 y 1862-1864 —eliminamos 1861— veremos que el cierre total neto sólo fue de 3 bancos. En 1861, muchos bancos no cerraron realmente, sino que se quedaron suspendidos y en 1862 volvieron a abrir. El cómputo global demuestra que el sistema de free banking sí era, no sólo rentable para los accionistas, sino también estable en el tiempo capaz de aguantar incluso una guerra.

Si no navegas es culpa del machismo

Así, hablando estadísticamente, no parece que hombres y mujeres tengan el mismo interés en Internet, como no lo tienen en los ordenadores, de donde se explica, por ejemplo, que en la carrera de informática que cursé algo más de dos tercios de los alumnos fueran hombres. Pero tranquilos, que aquí está el PSOE para solucionarlo.

El socialismo patrio parece asumir como dogma de fe que el hecho de que las personas debamos ser iguales en derechos y deberes se debe a que, en realidad, somos todos iguales en el mundo real. Por lo tanto, tenemos los mismos gustos e intereses y por eso el hecho de que haya menos mujeres que hombres conectados a Internet se debe a "la discriminación que sufre la mujer en el uso y el acceso a las nuevas tecnologías, lo que se conoce como brecha digital de género". La discriminación, sí, como lo oyen. Uno empieza a imaginarse a un portero a la entrada de los cibercafés impidiendo entrar a toda entidad de dos piernas que lleve falda y no sea escocesa. A las compañías telefónicas negándose a enviar el kit de ADSL si escuchan una voz femenina queriendo contratarlo. A una Apple Store poniendo a la entrada un cartel de "no se admiten señoras". O a los padres viendo con buenos ojos cómo su hijo se conecta mientras prohíben hacerlo a la niña porque no debe perder el tiempo en esas tonterías, que al fin y al cabo para conseguir un buen partido no le hará falta.

La valerosa denuncia en forma de estudio, que suponemos bien pagado por los fondos públicos que recibe el PSOE, protesta también porque los contenidos de Internet están "dirigidos a los intereses de la sociedad masculina" y, claro, así no hay muchacha que se conecte. Como prueba definitiva explica que los portales dirigidos a las mujeres incluyen en su mayoría "espacios de belleza, cocina, hogar, etc.", aunque no parece que se les haya ocurrido que esto es así porque esos contenidos interesan principalmente a las mujeres y no a los hombres, y no porque las mujeres consulten en la Red sólo eso, del mismo modo que los suplementos de mujer en los periódicos de papel también tienen esos contenidos sin que signifique que a las mujeres no les interese leer la última gansada de ZP. Lo que produce un poco de risa es que haya ungidos que, desde su atalaya de sabelotodos, pretendan hacernos creer que la información que crean los propios internautas en la Red, mujeres incluidas, está "dirigida" de una forma u otra.

Lo malo es que esos ungidos tienen poder. Por eso, no es lo mismo que yo proteste de algo a que en el PSOE digan que por ser alarmante el "uso del cuerpo de la mujer en Internet", su partido debe "intervenir y detectar los nuevos riesgos de Internet que tratan de impedir que se convierta en un espacio par a la igualdad y las libertades". Que el Estado intervenga en la Red para garantizar libertades es un contrasentido, porque sólo el Estado –y bandas criminales como la ETA– tiene la capacidad de coaccionar y prohibir el uso de nuestra libertad en Internet, como ya ha intentado hacer la Dirección General de la Mujer del gobierno valenciano. O, dicho de otra manera, cabe temer que nos quieran censurar Internet para prohibir lo que no les guste a las feministas.

Eso sí, tras hacer un diagnóstico incorrecto de algo que no es un problema, el PSOE tendrá a bien gastarse 3 millones de euros al año de nuestros impuestos para no solucionarlo. Para que luego diga Rajoy que no tienen proyecto de gobierno.

El dinero tiene valor porque circula

La inmensa mayoría de la ciencia económica predominante carece de una sólida teoría del dinero. El economista medio se limita a enunciar las funciones del dinero (a saber, medio de pago, depósito de valor y unidad de cuenta), pero es incapaz de explicar por qué ciertos bienes han devenido dinero (y son aptos para prestar esas funciones) y otros no.

En su momento, ya explicamos que la demanda del dinero está íntimamente relacionada con la liquidez y ésta, su vez, con la utilidad marginal. El dinero es un medio de pago porque es líquido, esto es, porque su utilidad marginal decrece muy lentamente.

La tragedia de los economistas neoclásicos es que explican la liquidez al revés: el dinero es líquido porque es un medio de pago. ¿Y por qué es un medio de pago? La razón suelen encontrarla en las ineficiencias del trueque: “era necesario superar esa etapa, por eso nació el dinero”. ¿Pero por qué unas mercancías y no otras? Acaso si los individuos hubieran empezado a intercambiar con piedras por simple inercia, ¿las piedras hoy en día serían más líquidas que el oro?

Las consecuencias de creer que el dinero puedes desmaterializarse son muy peligrosas. Keynes ya nos advirtió de que el oro era una bárbara reliquia cuya cantidad era muy inflexible, ¿por qué teníamos que apegarnos al dinero como oro si la misma función circulatoria podía realizarla cualquier otro bien? Si el dinero sólo se caracteriza porque pasa de unas manos a otras, será el planificador social que controle qué arbitraria mercancía será la que circule entre los individuos; en cambio, si el dinero, para ser dinero, debe ser valorado por la sociedad, el Estado, so pena de incurrir en inflación permanente, no podrá más que reconocer la soberana elección de los individuos.

La inane explicación de que el dinero es esencialmente circulación y no una mercancía líquida, sin embargo, la podemos encontrar en numerosos autores. Valga como ejemplo Knut Wicksell, al que tanto Mises como Keynes mostraron su aprecio y admiración.

En su libro “La Tasa de Interés y el Nivel de Precios” Wicksell nos explica que el dinero surge automáticamente cuando en la economía tenemos más de dos bienes. Esto de entrada ya presupone que el dinero no es un bien y que, por tanto, no se rige por las leyes del valor. Ya explicamos que, en realidad, el dinero es el bien más líquido de una sociedad y, por tanto, en una economía de dos bienes, uno de ellos sería más líquido que el otro (en este caso, la liquidez vendría determinada por la capacidad de trasladar el valor a lo largo del tiempo, lo cual podría venir influido por ser menos perecedero que el otro bien)

Si denominamos al bien más líquido X y al menos líquido Y, tendría sentido que un individuo comprara bienes X a cambio de bienes Y. La razón sería un simple intercambio intertemporal: dado que deseo consumir mayor cantidad de Y en el futuro que en el presente y dado que X conserva mejor el valor a lo largo del tiempo, adquiero hoy bienes X (dinero) para poder comprar mañana bienes Y.

Pero los errores de Wicksell no se detienen aquí. Una vez alcanzada la economía de tres bienes, nos propone el siguiente esquema. Tenemos los tres propietarios de los tres bienes: propietarios de A, propietarios de B y propietarios de C. Los propietarios de A desean C, los propietarios de B desean A y los propietarios de C desean B. El intercambio deberá proceder un camino indirecto: A adquirirá B para comprar C.

Wicksell ya nos advierte de que esta forma de intercambio “es demasiado pesada  dificultosa para cualquier sistema económico desarrollado, a menos que fuera dirigido de forma planificada (sic)”. Y es aquí donde el dinero hace su aparición estelar como una especie de lubricante del sistema económico: “el poseedor del bien A, suponiendo que tiene cantidad bastante del bien M, se haría con el bien C que necesita, intercambiándolo por M. Entonces los propietarios del bien C pueden utilizar la cantidad así adquirida de M para procurarse el bien B que precisan y los propietarios del bien B adquirirán a cambio de M la cantidad de A que necesiten”.

La clave de este párrafo es la suposición inicial. ¿Por qué los propietarios del bien A tienen además una cierta cantidad de M (es decir, de aquello a lo que Wicksell llama dinero)? Como ya hemos visto, existen dos explicaciones posibles: o bien porque A atribuye valor a M en cuanto a bien, o simplemente porque A espera que M circule, esto es, que sepan que los propietarios de C van a entregarles su propiedad a cambio de M.

En el último caso, deberemos explicar por qué los propietarios de C estarán dispuestos a aceptar M a cambio de sus mercancías. Y de nuevo tenemos dos justificaciones posibles: porque le atribuyen valor en cuanto a bien o porque esperan que M circule, es decir, que sepan los propietarios de B van a entregarles su propiedad a cambio de M.

Si otra vez optamos por la última opción, deberemos explicar por qué B acepta entregar su propiedad a cambio de M. Y nuevamente tenemos dos opciones: porque valora M en cuanto a bien o porque espera que circule, esto es, que los propietarios de A acepten entregar su propiedad a cambio de M.

Alto. ¿Por qué iban los propietarios de A a entregar su propiedad a cambio de M si hemos empezado diciendo que los propietarios de A sólo valoraban M por su perspectiva de adquirir C y ya han comprado C? Si los propietarios de A no valoran M en cuanto a bien, ¿por qué deberían desprenderse de A? Y si los propietarios de B saben que no van a poder adquirir A a cambio de M, ¿por qué van a entregarles a los propietarios de C sus mercancías a cambio de M? Y si los propietarios de C saben que no van a poder adquirir B con M, ¿por qué van a entregarles su propiedad a los propietarios de A si saben que no podrán adquirir B? Siendo todo esto es así, el dinero no podrá circular y si no circula no tendrá valor.

Vemos, por tanto, que el valor no puede proceder de la circulación, sino que en todo caso deberá anteceder a esta. El dinero emerge porque los individuos lo valoran previamente como mercancía no dineraria (esto es el famoso teorema regresivo de Mises) y, por tanto, el dinero sólo podrá emerger espontáneamente de la sociedad, nunca ser impuesto desde arriba. En caso contrario, el envilecimiento de la moneda oficial devendrá inevitable.

El fraude piramidal

Es viable, mientras la llegada de nuevos inversores permite seguir pagando los intereses, pero en algún punto las sospechas de insolvencia retraen a los nuevos inversores, el dinero deja de llegar, y se produce la quiebra. El lector quizá se piense muy lejos de caer en tales engaños, pero quizá sin saberlo es parte de uno del mismo tipo, y a gran escala. Y es que la Seguridad Social funciona por principio y en la práctica exactamente del mismo modo. Su destino a largo plazo no será mejor que el de otros sistemas piramidales; los pagos actuales no se hacen con las rentas generadas por un capital acumulado durante años, sino con las aportaciones actuales de los nuevos contribuyentes. Se puede mantener durante décadas porque es obligatorio, pero cambio demográfico está haciendo que se tambalee, y desvelando la maldad ínsita de cualquier sistema piramidal.

Qué es un ciclo económico

La existencia de ciclos económicos recurrentes no se debe a disfuncionalidades inevitables del mercado que los gobiernos pueden paliar, o incluso evitar, a través de medidas macroeconómicas, sino a la asignación errónea de inversiones en procesos productivos más elaborados sin la existencia previa de un aumento del ahorro de la sociedad. Pero veamos cómo explica este proceso el profesor Huerta de Soto en su tratado "Dinero, crédito bancario y ciclos económicos".

Supongamos que Robinson Crusoe se encuentra recién llegado en su isla y que, como único medio de subsistencia, se dedica a la recolección de moras, que recoge de los arbustos directamente a mano. Dedicando todo su esfuerzo diario a la recolección de moras, cosecha frutos en tal cantidad que puede subsistir e incluso tomar algunas más de las estrictamente necesarias para sobrevivir cada día. Después de varias semanas a ese régimen, Robinson Crusoe descubre empresarialmente que si se hiciera con una vara de madera de varios metros de largo, podría llegar más alto y lejos, golpear los arbustos con fuerza y conseguir la cosecha de moras que necesita con mucha más rapidez. El único problema es que calcula que en buscar el árbol del que pueda arrancar la vara y luego en prepararla, quitándola sus ramas, hojas e imperfecciones, puede tardar cinco días completos, durante los cuales tendrá forzosamente que interrumpir la recolección de moras. Es preciso, pues, si es que quiere proceder a elaborar la vara, que durante una serie de días reduzca algo su consumo de moras, dejando apartado al remanente en una cesta, hasta que disponga de una cantidad suficiente como para permitirle subsistir durante los cinco días que prevé que durará el proceso de producción de la vara de madera. Después de planificar su acción, Robinson Crusoe decide emprenderla, para lo cual, con carácter previo, debe, por tanto, ahorrar una parte de las moras que cosecha a mano cada día, reduciendo en ese importe su consumo. Es claro que esto le supone un sacrificio ineludible, pero piensa que el mismo sobradamente le compensa en relación con la ansiada meta que pretende lograr. Y así durante diez días decide reducir su consumo (es decir, ahorrar) acumulando moras de sobra en una cesta hasta alcanzar un importe que calcula será suficiente para sustentarle mientras produce la vara.

Es una manera sencilla de explicar el axioma de que toda inversión en procesos alejados del consumo, exige la existencia previa de ahorro suficiente por parte de la sociedad. Sin embargo, en el contexto actual, el ahorro voluntario está siendo sustituido por la expansión crediticia, lo que es interpretado por los empresarios, erróneamente, como una señal de que es posible la inversión en procesos más capital-intensivos. Engañados por la expansión crediticia de la banca, los empresarios invierten en maquinaria e instalaciones, en la confianza de que la sociedad liberará el ahorro acumulado llegado su momento, absorbiendo la mayor producción de bienes y servicios al final del proceso. Sin embargo, los agentes económicos no están dispuestos a esperar ese periodo de tiempo tan prolongado, sino que demandan los bienes y servicios mucho antes "de lo que se exigiría para culminar el alargamiento emprendido en la estructura productiva".

En el ejemplo anterior, es como si Robinson Crusoe ahorrara un cestillo de moras que le permite la subsistencia durante cinco días, y en lugar de la elaboración de una vara emprendiera la construcción de una cabaña, que le llevaría un mes. Evidentemente, antes de finalizar la cabaña tendría que abandonar la tarea para atender el consumo inmediato. Lo mismo ocurre con la economía. Cuando se abusa de la expansión crediticia o medios fiduciarios, los empresarios invierten en las etapas más alejadas del proceso productivo hasta que se dan cuenta del error y entonces han de paralizar todos estos proyectos ya iniciados. El resultado es paro y recesión económica.

La pregunta es: ¿en qué fase del ciclo se encuentra en estos momentos nuestro Robinson Crusoe (la economía española)? Una pista: La expansión crediticia está actualmente en niveles estratosféricos.