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La España vaciada, resiliente, inclusiva y sostenible.

El gobierno no soluciona problemas; los subsidia es una de mis frases favoritas de Ronald Reagan. La he citado muchas veces y por eso me resisto a reconocer que se ha quedado obsoleta. El gobierno ya no subsidia los problemas, los explota. Pone su red clientelar a pastar a su alrededor pese a no tener nada que ver con el asunto a resolver sin que nadie proteste por ello.

Muchos venimos de una época donde el gobierno de turno mantenía subsidiados la minería española para evitar conflictos sociales en dos provincias deprimidas. No se resolvía el problema de fondo, y las provincias se seguían deprimiendo, pero al menos el dinero iba principalmente a los que protestaban. El político ganaba paz social, y un reducido número de personas vivían bien durante unos años a costa de la mayoría. Ese era el statu quo.

Pero algo ha cambiado en nuestro mundo desde hace unos años. El dinero ya no se dirige a los grupos locales que amenazan con romper la paz social. Una nueva especie de rapiñador, mucho más sofisticada, ha emergido como el superdepredador del ecosistema político: el capturador de rentas resiliente, inclusivo y sostenible.

Como ejemplo, tenemos las 130 medidas frente el reto demográfico. Al parecer la España vaciada va a ser rellenada gracias a medidas como estas:

  • Plan de Incentivos a la instalación de puntos de recarga, a la adquisición de vehículos eléctricos y de pila de combustible y a la innovación en electromovilidad, recarga e hidrógeno verde
  • Programa de impulso a la movilidad eficiente y sostenible
  • Digitalización de la relación con la Administración Tributaria
  • Conectividad territorial innovadora
  • Proyecto tractor de Territorios inteligentes
  • Impulsar el uso de la compra pública de innovación 
  • Investigación sobre el reto demográfico
  • Instaurar la “Capitalidad Española de la Economía Social”
  • Plan de Desarrollo de Producto Turístico Sostenible
  • Plan de Fomento de la Economía Circular en el turismo
  • Plan de Transformación Digital de Empresas de la cadena de valor turística a través de la Inteligencia Artificial y otras tecnologías habilitadoras
  • Impulso a las actuaciones de conciliación y corresponsabilidad en el medio rural 2021-2024 
  • Apoyo al emprendimiento de las mujeres para lograr el empoderamiento y la igualdad de género en el ámbito rural 
  • Garantía de recursos asistenciales y de apoyo a las víctimas de violencia contra las mujeres en el ámbito rural 
  • Incremento de la presencia de mujeres en los ámbitos de toma de decisiones de las cooperativas agroalimentarias 
  • Programa para la sostenibilidad medioambiental de la industria electrointensiva
  • Plan de apoyo a la implementación de la normativa de residuos y fomento de la economía circular en el ámbito de la empresa 
  • Mejora de las infraestructuras de la Policía Nacional en provincias con menor densidad demográfica 
  • Semana Europea del Deporte a las zonas más despobladas del territorio
  • Creación de una Red de pequeños municipios y áreas en riesgo demográfico por la Igualdad de trato, la inclusión y la Diversidad 
  • Campaña audiovisual para visibilizar y fomentar el compromiso de la Economía Social con la España despoblada
  • Plan de ayudas para salas de exhibición independientes
  • Programa de ayudas a librerías
  • Informes de impacto de género, infancia aplicados al Reto Demográfico
  • Impulso de la Agenda 2030 a nivel local

Como se puede ver, nada de esto (y hay muchas más en la misma línea) tienen nada que ver con el problema que supuestamente se intenta resolver. La mezcla de los sospechosos habituales en captar rentas públicas (igualdad, ecologismo y agenda 2030 en general) con las iniciativas de gasto que los distintos ministros no sabían dónde colocar (¡comisarías de la Policía Nacional!) es dantesca. Si le sumamos el lenguaje de consultor pasado de vueltas ya se hace insoportable de leer.

Pero lo curioso de todo no es el documento. Cosas peores salen de los distintos gobiernos todos los días. Lo que llena de asombro es que las diferentes organizaciones y cuentas en redes sociales que denuncian constantemente la despoblación del mundo rural no solo no se han indignado ante semejante mezcolanza de medidas absurdas, sino todo lo contrario. ¡Las abrazan con satisfacción!

Aquí se aplican otras dos realidades plasmadas magistralmente por Upton Sinclair y Robert Conquest. El primero avisó que es difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda. Y el segundo nos aclaró que toda organización que no sea explícitamente de derechas antes o después acabará proviniendo de la agenda de la izquierda.

La despoblación en España es un fenómeno complejo. Que es la forma políticamente correcta de decir que probablemente no tenga solución cuando de poblaciones pequeñas se trata. Pero a diferencia de otros problemas en explotación mercantil política, este sí tiene votantes que están sufriendo las consecuencias del mismo.

Hasta ahora, gracias a la capacidad de la izquierda de monopolizar cualquier movimiento social transversal, el gobierno se puede partir de risa a su costa con documentos como el que muestro. ¿Pero cuánto puede durar esta situación?

Todo depende de si hay alguien en la derecha política que vea el filón que ha dejado libre la actual izquierda y lo intente aprovechar, ya sea volviendo al subsidio del problema, o (menos probable) liderando algún plan más realista que se base en aceptar sin complejos el progreso económico de las ciudades y megaciudades, pero salvando del rodillo burócrata, animalista e intelectual urbanita a un mundo rural que es tremendamente necesario para reducir la cada vez mayor fragilidad de la sociedad actual.

Por el buen camino

Un buen sistema de propaganda y control de los medios de comunicación es esencial, en todo régimen totalitario, para alcanzar una homogeneización ideológica que ayude a mantener en el poder a quienes lo detentan (“la mentira es un arma revolucionaria”, que decía Lenin). Y aunque en estos regímenes muchas veces distinguían entre agitación y propaganda, ambas iban dirigidas siempre al mismo fin (en regímenes como el soviético, mientras el término propaganda se restringía a las actuaciones más intelectuales y refinadas -convencer, más que inducir-, con agitación se referían a actuaciones más vehementes, inflamadas, ardientes y dirigidas a las masas).

En contra de lo que pueda creerse a primera vista, controlar los medios de masas no significa que la propiedad de los mismos sea estatal: si bien eran públicos en regímenes como el de la Unión Soviética, permanecieron en manos privadas en los países fascistas, aunque con igual férreo control por parte del gobierno. Y, para que alcancen eficacia es también fundamental, junto con el mencionado control: i) La repetición constante del mensaje (“una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, según Goebbels); ii) Coordinación de todos los medios (prensa, radio, televisión, etc…): En la Unión Soviética, por ejemplo, los mensajes de Pravda (órgano del Partido) o de Izvestiya (órgano del gobierno central) eran repetidos, y amplificados, por el resto de periódicos locales, por la radio y por el resto de canales. iii) No olvidar el papel, esencial, de la agitación directa o personal, lo que obligaba a tener a millones de agitadores, profesionales o no, muchos a tiempo completo, otros a tiempo parcial o para situaciones puntuales, organizando reuniones, asambleas, manifestaciones, dando conferencias, organizando grupos de  estudio o debate sobre los temas que interesan, produciendo o distribuyendo la literatura adecuada, incluso visitando a la gente en sus casas, y todo para tratar de alcanzar la mayor participación posible en el proceso de adoctrinamiento, y iv) Crear una imagen estereotipada de un enemigo -real o imaginado-, en la que no falten rasgos criminales o demoníacos, que ayude a movilizar.

No hay que olvidar, sin embargo, que en dichos regímenes cada herramienta del sistema está coordinada con el resto y que la propaganda o el control de los medios es útil en la medida en que se apoya en el terror (no sólo el riesgo de ser ejecutado, sino también y de manera importante, la intimidación que se consigue con la amenaza de difamación o de ostracismo social) o en la educación. Lo indiscutible es que el sistema funciona, y lo hace por muchos condicionamientos psicológicos inconscientes de los que no nos damos cuenta…

Pero también porque la memoria es falible y maleable: Hoy en día, de hecho, se está demostrando la posibilidad, incluso, de falsear datos autobiográficos en un sujeto, haciéndole creer que vivió lo que nunca ocurrió, o lo hizo de una forma totalmente distinta. Para ello no hace falta recurrir al “deepfake” del que hablamos en un artículo anterior (ya hay sistemas de inteligencia artificial que animan y dan vida a rostros de personas fallecidas hace décadas), basta, como ha demostrado un reciente estudio, cierta constancia, algo de sutileza, y mezclar la mentira con la verdad conscientemente y a sabiendas.

Es cierto que el sistema descrito no es infalible, y que en los regímenes abiertamente totalitarios de cierta duración fue degenerando con el tiempo. Pero también es cierto que en dichos regímenes era más fácil que se creasen anticuerpos, en la propia sociedad, porque la amenaza era explícita y no se escondía. Nuestras supuestas democracias occidentales son otra cosa. El riesgo no se percibe, y los elementos descritos no se aplican de una manera tan cruda y brutal; pero están,  llevan años depurándose hasta haber alcanzado una perfección técnica sorprendente, y cuentan con el apoyo de una tecnología cada vez más desarrollada: la homogeneización de la línea editorial de los medios de comunicación es casi una constante a ambos lados del Atlántico, aunque sean en su mayoría privados, y aunque contemos con honrosas, aunque minoritarias, excepciones; la repetición machacona de los mismos mensajes es también un hecho indiscutible; tenemos también nuestro enemigo artificial, estereotipado y supuestamente criminal y antiecológico: fascista, neoliberal y/o capitalista (hay cosas que no cambian); el control de la educación y su utilización en la misma línea dominante no admite duda; la amenaza de la difamación o del ostracismo -incluso con escraches y apedreamientos- para los políticamente incorrectos están a la orden del día, como lo está la censura de ciertas plataformas digitales privadas a según qué personas y mensajes, y siempre en la misma dirección; la existencia de una caterva muy activa de agitadores individuales, algunos con nómina y carnet -otros, simples tontos útiles que sólo buscan notoriedad y/o el calor del rebaño-, es mayor cada día; existen infinidad -mucho más que en otras épocas- de medios digitales para propagar el mensaje; muchísimas más herramientas de información y control, etc…

Como vemos, no se nos escapa ningún elemento, y tampoco la desaforada pasión por controlar, dominar e imponer de quienes ya gobiernan -formalmente o de facto-; su firme voluntad, férrea e incansable, con constancia y habilidad; sutileza propagandística junto con burda agitación; desprecio grosero a la verdad, que parece que a nadie importa… y, sobre todo, una sociedad débil, anestesiada, ocupada en mil y una preocupaciones, siempre maleable, pero ahora más que nunca… y un importante número de los políticos que debería defendernos afanándose, desde hace décadas, por refundar un partido campesino unificado al mejor estilo polaco.

Cierto es que sigue habiendo, aunque escasísimas, honrosas excepciones. Menos mal.

El Mar Negro (I): un acercamiento

Durante siglos, el Mediterráneo, el Mare Nostrum, nuestro mar, como lo denominaban los romanos, fue el centro alrededor del cual se desarrolló la historia occidental. Si desde las costas griegas navegamos hacia el este, hacia la península anatólica, recorremos un estrecho, el Bósforo, una pequeña extensión de agua conocida como el Mar de Mármara y, de nuevo, otro estrecho, el de Dardanelos, dejando a babor la histórica ciudad de Estambul, antes Constantinopla y mucho antes, Bizancio; así, desembocamos en el Mar Negro, un gran mar interior que ha ayudado a formar y conformar buena parte de la historia europea y asiática.

Del trigo y otros cereales que se cultivaron en los campos que se extienden hacia las estepas euroasiáticas se alimentaron griegos, romanos, bizantinos, turcos, mongoles, rusos y el resto de Europa, cuando la guerra no lo impedía. Al mar Negro fue Jasón buscando el Vellocino de Oro, que halló donde hoy está Georgia. En sus costas se aposentaron temporalmente tribus o, mejor dicho, confederaciones de tribus que, al principio de manera infructuosa y al final exitosamente, invadieron el temido y poderoso Imperio romano (el de Occidente, pues el de Oriente aguantó mil años más). Escitas, sármatas, hunos, godos, mongoles y otros pueblos tuvieron relación con este gran mar a lo largo de los siglos y los descendientes de los que quedaron allí la siguen teniendo. Con el tiempo, el Mar Negro terminó formando parte de algunas de las muchas rutas que conformaron la más genérica Ruta de la Seda, que fue esencial para que comerciantes bizantinos, genoveses, venecianos, aragoneses, turcos, etc. adquirieran las preciadas mercancías que provenían de Extremo Oriente, de la lejana China, incluso del remoto Japón.

Cuando se abrieron las rutas atlánticas, ésta declinó, pero los principales productos de la zona -grano, pieles, esclavos (sí, esclavos)- siguieron llenando mercados, tanto orientales como occidentales. Cuenta la leyenda que la letal Peste Negra del siglo XIV vino en una galera genovesa desde la ciudad de Caffa (que sigue existiendo en la península de Crimea, pero con el nombre de Fedosia). Caffa era sitiada por los mongoles, que decidieron invocar la guerra bioquímica contra los sitiados, lanzando las cabezas a medio pudrir de los enemigos muertos, con la intención de propagar enfermedades y que la ciudad terminara rindiéndose. Mercaderes genoveses huyeron espantados de la ciudad en sus barcos y se llevaron la peste consigo. Seguramente, la letal enfermedad llegaría de una manera algo más compleja, pero como leyenda, que tiene cierta moraleja en su final, es bastante pintoresca. A partir del siglo XVI, se convirtió en el sitio donde convergían distintos pueblos, reinos e imperios con intereses contrapuestos, componiendo una geopolítica compleja y cambiante. Mientras que el turco pretendía mantener sus posesiones en la zona, el ruso buscaba su salida hacia el Mediterráneo, desplazando a otras monarquías y anexionándose territorios. Según la política europea se fue haciendo más global en el XVII, XVIII y, sobre todo, XIX, el resto de los imperios occidentales, con presencia en todo el globo, convergieron en la zona para apoyar a unos u otros, en función de sus intereses particulares, con estallidos extremadamente violentos como la Guerra de Crimea. El Mar Negro nunca perdió esa función de zona de contacto entre Oriente y Occidente, incluso durante la Revolución Rusa, en ambas guerras mundiales y durante la Guerra Fría.

En la actualidad, el mar Negro sigue siendo fuente de interés y, por tanto, de conflictos. La descomposición de la URSS ha dado paso a una Federación Rusa, dirigida por Vladimir Putin, ex del KGB, que ha optado por un Estado autoritario, quizá el más fascista de todos los regímenes que hay en el mundo, que ha desenterrado el expansionismo ruso y pretende recuperar sus zonas de influencia, cuando no dominarlas territorialmente otra vez. Sus guerras con Georgia y Ucrania, la ocupación de la Península de Crimea y de zonas nominalmente ucranianas son algunos ejemplos de tal actitud. Según escribo estas líneas, ha vuelto a surgir el rumor de una posible invasión rusa de dicho país. En cuanto a recursos económicos, además de que el norte sigue siendo cerealista, la gran presencia de petróleo y gas natural en la zona y, sobre todo, la construcción de oleoductos y gasoductos a través de sus aguas hacia la necesitada Europa, muestran que su control no es una cuestión baladí o de mero honor, sino una parte importante de la estrategia de las potencias regionales.

El mar Negro es un mar extraño a ojos del que lo analiza con detalle. Con una longitud de 1.175 kilómetros de oeste a este, una profundidad máxima de 2.212 metros y una extensión de 436.000 Km2, tiene un volumen medio de agua de unos 547.000 km3, alimentado por cuatro grandes ríos, el Danubio, Dniéper, Dniéster y el Kubán y por un flujo de intercambio de agua desde el Mediterráneo por el Bósforo y el Dardanelos, consecuencia de la distinta salinidad de ambos mares, que genera esta dinámica. Digo que es extraño porque, a ojos de un humano, el Mar Negro está más muerto que vivo. Las nueve décimas partes de su agua carecen de vida; al menos de la vida que nos gustaría que tuviera. Durante eones, las cuencas fluviales que lo han alimentado han dejado, además de agua, gran cantidad de materia orgánica que, poco a poco, a través de procesos químicos y bioquímicos, han ido gastando el oxígeno disuelto en el agua. Con el tiempo, el agua se ha convertido en anóxica, perfecta para la vida de especies como ciertas bacterias, cuyo metabolismo segrega ácido sulfhídrico como producto de desecho, acidificando el mar y haciéndolo inviable para la vida que depende del oxígeno. Este es un proceso natural, en el que nada ha tenido que ver el hombre y se da con cierta frecuencia en la naturaleza. Hay lagos que tienen una zona oxigenada en la superficie y otra anóxica en la profundidad, y ocurre con cierta frecuencia que ambas capas se intercambian, matando toda la vida que pudiera haber en la superficie y dejando un característico olor a huevos podridos en la zona durante varios días. Afortunadamente, esta situación no se ha dado en el mar y la décima parte de la superficie toma el oxígeno del aire y mantiene una rica fauna. O mantenía.

Recalco que es natural, que el hombre no ha tenido nada que ver, pues no es extraño que los grupos ecologistas, organismos institucionales como la ONU, departamentos políticos de temática medioambiental y económica, así como la prensa, tan dados al alarmismo (cada uno por razones de génesis diferente, pero con un mismo resultado), eviten mencionar este origen cuando hacen una exposición de los males que afectan a determinados ecosistemas, siempre complejos, siempre activos y, desde luego, cambiantes. Este es un buen ejemplo para reflexionar sobre la carga que asignamos al ser humano en los cambios catastróficos de los ecosistemas. Da la sensación de que, por defecto, asignamos el cargo de la culpa a la actividad humana (que, desde luego, no podemos negar), aportando no pocas veces informes hechos ad hoc, sin la rigurosidad debida y sin el tiempo adecuado, jugando al alarmismo por el principio de precaución. En los años 80, precisamente en el Mar Negro se detectó una subida de la capa anóxica de unos 30 metros por parte de científicos americanos, que rápidamente encontró eco en la prensa americana y mundial. Tuvieron que ser -paradójicamente- los soviéticos los que aportaran datos sobre los cambios en esta capa, descartando que una subida de 30 metros fuera extraordinaria y apuntara a un peligro inminente, ya que estos cambios formaban parte de la dinámica del mar. Un ecosistema es un sistema dinámico que también ha desarrollado sistemas para recuperarse de posibles daños que puedan ocurrir. El ser humano no es la única y letal causa que lo afecta, pues se pueden dar circunstancias, desde geológicas hasta biológicas, que dañen el sistema. Hace unos días, aparecía en la prensa, sin bombo y platillo, que se había detectado un flujo desconocido de CO2 hacia la atmósfera, fruto de la acción de ciertas bacterias marinas sobre las piedras calizas. Los mismos descubridores se animaban a decir que este impacto no es tan grande como el de los humanos, poniendo la venda antes que la herida.

Sin embargo, en el caso del Mar Negro, sí que ha habido una actividad humana que ha afectado a la vida y a la estabilidad del ecosistema. En el mundo actual, cuando abordamos este tipo de hechos, estamos acostumbrados a ver cómo se llevan al plano de las ideologías, además de una manera bastante maniquea, de buenos y malos. Hoy por hoy, la izquierda se ha adueñado del discurso ecologista y la derecha, sobre todo la conservadora, le ha comprado la mercancía y sigue a pies juntillas muchas de las ‘soluciones’ (por llamarlas de alguna manera) que proponen sus adversarios. Las políticas medioambientales menos extremas de los partidos de la izquierda y de la derecha no se diferencian en tanto, pero en lo que se refiere al discurso y la filosofía que las aguantan no está tan claro. Basta con darnos un paseo en internet por blogs, webs o seguir las redes sociales de ciertas organizaciones para encontrar expresiones del tipo ‘el capitalismo mata el planeta’, ‘las empresas lo envenenan’ o cualquier lindeza similar, cuando no es el ser humano un virus maligno que hay que parar (o eliminar). Desde esta perspectiva, el daño siempre lo hace el capitalismo más ramplón e irresponsable. Y puede que en algo tengan razón y se hagan daños, pero si ha habido algo que no ha respetado los ecosistemas han sido los sistemas totalitarios.

El gran desastre ecológico que supuso la desaparición del mar Aral no es, desgraciadamente, uno de los más conocidos en Occidente. El de Chernóbil puede que sí, porque nos afectó más y tiene una serie de televisión francamente buena. Menos conocidos son los innumerables ‘chernobilitos’ que se han producido por la dejadez del sistema soviético (y luego el ruso) y los muchísimos vehículos de propulsión nuclear (submarinos y barcos de guerra) que ahora están abandonados en cementerios en medio de la nada, creando zonas contaminadas radiactivamente. No hay mucha información sobre ello, pero de vez en cuando, se descubren nuevas pruebas de estos desastres. Y no podemos esperar algo bueno de ellos. Si un grupo social, nación, Estado o país, sujeto a un destino manifiesto, desprecia al individuo, al ser humano, que es desechable y prescindible, qué se puede esperar de lo que le pase a un ecosistema o a una especie. El comunismo y, en general cualquier totalitarismo no va a tener ningún problema en sacrificarlo por la causa, dándole una “función” en aras de la revolución final. Pues bien, el Estado soviético y sus satélites comunistas han sido algunos de los agresores del Mar Negro, de la misma manera que por el sur lo ha sido la -llamémosla- sospechosa democracia turca. Ambos casos serán analizados en los siguientes artículos.

Ecuador contra el autoritarismo

Tras los resultados de las elecciones generales en Ecuador, el socialismo del Siglo XXI sufrió un duro varapalo en una región marcada por la sombra de los autoritarismos. La ola populista comenzó después de que Hugo Chávez asumiera el poder a finales de los noventa y la estela autoritaria de los líderes caudillistas afines a aquél proyecto político sigue estando presente, aunque su fuerza se debilita cada vez más.

Los resultados en Ecuador dieron la victoria a Guillermo Lasso, el candidato liberal que se constituyó desde el 2013 en opositor al gobierno del entonces presidente Rafael Correa y a todo el eje populista que impregnaba la región bajo el ideario de un socialismo adaptado a las demandas sociales que experimentó la región desde la conquista de la democracia desde los años ochenta y la crítica al neoliberalismo.

El modelo político de Rafael Correa se caracterizó por el ejercicio de la política desde su visión maniquea como una lucha moral entre el pueblo y sus enemigos, que definió su línea de enfrentamiento con los sectores de oposición, callando y persiguiendo a las voces críticas en el afán de construir una hegemonía en torno a su simbolismo e imagen.

Sumado a ello, la crisis de representación política y del sistema de partidos que experimentan muchos países de la región fue un capitalizador de su propuesta, y su mensaje nacionalista le dio un barniz importante a las demandas de soberanía nacional creciente. Su capital político se vio fortalecido posteriormente por los ingresos que generó la industria petrolera como consecuencia de la inflación de los precios de los commodities.

En línea con su sentido caudillista, Rafael Correa eligió a Andrés Arauz como su candidato para estas elecciones y como el articulador de la propuesta “correista”. Arauz ganó en la primera vuelta de forma indiscutible muy por encima de Guillermo Lasso y del líder indígena Yaku Pérez, el opositor que quedó al margen del balotaje.

No obstante, el legado autoritario de Rafael Correa parece haber encontrado un óbice infranqueable que se convierte en la sentencia definitiva del rechazo a su modelo político y a su liderazgo obsoleto. Precisamente Guillermo Lasso representa la oposición a aquel modelo político vinculado a los autoritarismos que han imperado en la región sudamericana bajo la estela del proyecto chavista, y que en su momento supuso una ola importante para el asidero de una izquierda confundida.

El giro en la campaña de Guillermo Lasso fue determinante para la victoria del domingo. Su apertura a otros sectores sociales y el apoyo que le brindaron líderes de la oposición como Xavier Hervas, candidato de la Izquierda Democrática que quedó en cuarto lugar en la primera vuelta, o Virna Cedeño, acompañante de binomio de Yaku Pérez, sumaron el voto en torno no solo al anti-correismo, sino alrededor del cambio de paradigma imperante en Ecuador hasta hoy: una polarización política con Rafael Correa en medio y la ausencia de un proyecto que genere certidumbre a una sociedad fragmentada por las luchas sociales e indígenas y la crisis económica.

Los resultados finales en Ecuador ponen en evidencia el cansancio de los ciudadanos a un viejo modelo que ha perdido cada vez más representación, aunque cuenta aún con una parte importante de apoyo de la ciudadanía, y que se definen como la confirmación del rechazo al retorno del caudillo que gobernó Ecuador durante una década.

La certeza de la mayoría de la población a favor de Guillermo Lasso se traduce en el hastío hacia el proyecto populista y en la reafirmación de un cambio posible e inclusivo hacia un modelo liberal en un país que enfrenta grandes desafíos políticos, sociales y económicos. En ese contexto, debe primar la defensa de la libertad como valor primigenio de la democracia y en armonía entre el fortalecimiento institucional y el crecimiento económico que beneficie a todos los estratos a sociedad ecuatoriana. El gobierno de Guillermo Lasso tendrá grandes desafíos cuyos resultados podrán ser la ratificación de la necesidad de construir sociedades abiertas y libres, inclusivas y en igualdad de oportunidades, en una de las regiones donde el discurso y el mensaje liberal tienen grandes escollos.

Bitcoin, estado y propiedad

El profesor Miguel Anxo Bastos suele recordarnos a menudo que en los Estados actuales la propiedad privada no existe, que somos meros usufructuarios de los bienes porque es el político de turno quien decide unilateralmente que parte de nuestros bienes se apropia vía impuestos.

Partiendo de esta premisa, creo que no cabría calificar al Estado como ladrón, ni tampoco los impuestos como un robo. Porque si como dice el profesor Bastos todos los bienes económicos son suyos y nosotros somos usufructuarios, no puede haber robo si de lo que se está apropiando ya era suyo desde un principio. 

Un posible enfoque más realista de todo este asunto, y que quizá no guste a muchos liberales, es que sencillamente delegamos voluntariamente nuestra seguridad en el Estado. Que la solución más eficaz para resolver el problema de seguridad es a través de una entidad que tenga el monopolio de la violencia y de las leyes. De esta manera, nos protegemos contra los ladrones a cambio de ceder nuestra propiedad al Estado. Preferimos ceder al Estado una parte de nuestra propiedad a cambio de seguridad. 

Por otro lado, los bienes económicos tienen el apellido “económicos” porque son escasos además de útiles. Los bienes a secas, como el aire que respiramos, son útiles pero no escasos.  Aquello que no es escaso no tiene ningún sentido poseerlo, pues poseer implica un coste de almacenamiento y de seguridad. ¿Para qué soportar el coste de almacenar y vigilar algo que tienes disponible en cantidades ilimitadas? No tiene sentido.

Los bienes económicos son escasos por definición, por tanto sí que tiene todo el sentido del mundo poseerlos siempre que el coste de poseerlos nos salga a cuenta. El concepto de propiedad está además íntimamente ligado al intercambio. Tanto al intercambio entre personas, pues no es otra cosa que transferir la propiedad de una persona a otra, como el intercambio con nuestro “yo futuro”, es decir los intercambios en el tiempo o intertemporales. 

Hay un tipo de bienes económicos donde la propiedad cobra mucho más protagonismo si cabe, y estos son aquellos bienes cuya utilidad principal o única es ser medio de intercambio indirecto. En el intercambio indirecto, la palabra “intercambio” tiene todo que ver con la transmisión de la propiedad, y la palabra “indirecto” tiene todo que ver con poseer entre un intercambio y el siguiente, es decir, poseer en el tiempo.

Por tanto, para que estos bienes sean útiles como medios de intercambio deben ser como mínimo eficaces en la gestión y conservación de la propiedad, y si además son eficientes, pues mejor que mejor. Es decir, estos bienes deben hacer las veces de registros de la propiedad eficaces y eficientes.

El dinero entra dentro de este tipo de bienes, pero no es el único.  Hay muchos otros bienes que proporcionan esta función total o parcialmente.  Por ejemplo, los activos financieros como los bonos o las acciones, el oro, los inmuebles, etc. 

Pero todos estos bienes son o bien tangibles (oro físico) o bien contractuales (un bono es un contrato de préstamo), y para que funcionen de manera eficaz como registros de la propiedad tienen una enorme dependencia del Estado, pues como ya hemos explicado más arriba delegamos nuestra seguridad en los Estados, y esto incluye la seguridad en la propiedad de los bienes.  

Desde la invención del telégrafo, los bienes tangibles son poco eficientes como registro de la propiedad, necesitan convertirse en contratos o “digitalizarse”, como se dice ahora, para que puedan transmitirse de manera eficiente.  Con lo cual podemos decir que hasta hoy incluso los bienes tangibles son contratos de facto. Y en el mundo contractual la influencia del Estado es muchísimo mayor que en el mundo físico, pues el Estado tiene las leyes secuestradas.

Es mucho más barato hacer uso del BOE en el mundo contractual, que hacer uso del monopolio de la violencia en el mundo físico. Si bien lo segundo es necesario para lo primero, hacer uso de la violencia suele ser lógicamente el último recurso, pues es caro no solo políticamente, sino también económicamente por el despliegue de medios físicos y humanos que hay que llevar a cabo (cárceles, policías, etc).

En este análisis he propuesto, por un lado, caracterizar los medios de intercambio como aquellos que son buenos registros de la propiedad, y por otro lado, que hemos delegado en el Estado la seguridad de nuestra propiedad. 

¿Qué papel juega Bitcoin en todo esto? Pues Bitcoin parece ser un excelente registro de la propiedad. Fue diseñado para ser seguro incluso sin recurrir a ningún contrato o ley. Muy parecido al oro físico pero con la ventaja de ser mucho más barato de transmitir sin la necesidad de formalizar contratos de crédito o custodia con ningún tercero. Bitcoin tampoco tiene el coste de que tu parte del pastel se diluya un 2% al año.

Sin embargo, Bitcoin no puede prescindir totalmente de la seguridad que proporciona el Estado, pues nada evita que un desalmado entre en tu casa y amenace tu integridad física si no le das tus claves. Aunque este riesgo, al ser Bitcoin programable, puede minimizarse planificando la disponibilidad de tus Bitcoin en el tiempo, de manera que ciertas cantidades no se puedan gastar hasta que transcurra determinado tiempo, ni aun teniendo todas las claves.  Esto haría que Bitcoin fuera muy poco atractiva para los amigos de lo ajeno.

En definitiva, al tener una considerable menor dependencia del Estado, es posible que Bitcoin sea esa introducción astuta de la que nos hablaba Hayek, y no sólo en el sentido de “quitárselo de las manos”, sino también en el sentido de tener una necesidad mucho menor de cederlo voluntariamente.

No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.

F.A. Hayek, 1984

Pasaporte de vacunas, tiranía por tu bien

“De todas las tiranías, una tiranía ejercida sinceramente por el bien de sus víctimas puede ser la más opresiva. Sería mejor vivir bajo barones ladrones que bajo omnipotentes entrometidos morales. La crueldad del barón ladrón puede a veces dormir, su avidez puede en algún momento ser saciada; pero los que nos atormentan por nuestro propio bien nos atormentarán sin fin, pues lo hacen con la aprobación de su propia conciencia.” -C.S.Lewis

Hay una nueva medida despótica justificada en la defensa contra el coronavirus que ya lleva tiempo gestándose, tanto en España como fuera: el pasaporte de vacunación o cartilla Covid. Cuando fue propuesta por Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, este verano, la medida recibió un gran número de críticas. Ahora que lo propone la Unión Europea, el gobierno parece apoyar la medida cuando fue una de las voces condenatorias de la propuesta de Díaz Ayuso. Curiosamente, algo similar ha sucedido con la compra de la vacuna Sputnik. En España se ha visto durante toda la pandemia que cualquier medida tomada por el gobierno será alabada por los medios de comunicación, sea esa una y su contraria al día siguiente, y aceptada sin apenas queja ni oposición.

Estimo que esto es realmente triste y que debería cambiar. El pueblo español y europeo debería empezar a emular al estadounidense en su desconfianza hacia el gobierno y oponer cierta resistencia a mandatos tiránicos como sería un pasaporte de vacunación. En Estados Unidos también se está hablando de la imposición de un pasaporte de vacunación, pero allí las voces disidentes ya se han empezado a alzar, empezando por secciones del Libertarian Party como la de Kentucky. El primero en tomar medida ha sido el gobernador de la Florida, Ron DeSantis, quien ha prohibido a las empresas solicitar un pasaporte de vacunación a sus trabajadores y clientes.

Tampoco estoy a favor de esta regulación. Creo que el estado debería desaparecer, pero a falta de algo mejor, al menos entrometerse lo menos posible en el quehacer de las empresas. No obstante, puestos a elegir, prefiero ver a las empresas prohibiéndoseles requerir la cartilla que forzándoles a hacerlo. En EE. UU. el gobierno está reuniéndose con empresas para desarrollar la aplicación, que consistiría en un registro digital de toda la información médica y ubicación en todo momento para poder entrar a tiendas, desplazarse, asistir a eventos y cualquier otra prohibición que se les ocurra. (Irónicamente es el mismo gobierno que se opone a requerir un documento de identificación para votar porque es racista, pero esto se supone que es completamente normal). Es una herramienta de espionaje que recuerda fácilmente al sistema de crédito chino, según el cual podrás contratar unos servicios o comprar unos bienes si tienes un buen crédito. Motivos para ver tu crédito reducido es hablar mal del Partido Comunista Chino. Al establecimiento con el que intentes comerciar le dará igual si tú has hablado mal o no del PCC, pero lo que buscan es su favor y, por tanto, no descontentarlos. Si eso incluye prohibir la entrada a quienes el PCC indique, así será.

En España o en EE. UU. nunca se ha pedido un pasaporte de vacunas a los ciudadanos para disfrutar de bienes o servicios. A más de un año de las ‘‘dos semanas para aplanar la curva’’—las dos semanas más largas de la vida de muchos—, no hemos visto empresas pidiéndolo porque no lo verían necesario. Lo que antes era motivo de teorías conspiranoicas, ahora cada vez se acerca más a una realidad a la que deberíamos enfrentarnos. Esta aplicación o cualquier tipo de aplicación similar, solo servirá para que el gobierno nos tenga aún más controlados, para olvidarnos de cualquier privacidad con respecto a nuestros datos médicos y, lo que es peor, una monitorización constante de nuestra ubicación por nuestro bien.

Este nuevo tipo de autoritarismo con corte chino, ya se ha impuesto en Israel y Nueva York, donde ya se tiene que demostrar que tienes un derecho de estar en público. En Israel se tiene que ir con una pulsera. En Israel los ciudadanos son marcados según si tienen derechos o no, según si pueden participar en la sociedad o no. Este sistema una vez en marcha crea una sociedad de castas, una donde una cierta parte de la población tiene derechos y otra no. Y esto no será el final de las políticas autoritarias. Se nos venderá como el único remedio para volver a la normalidad, pero luego aparecerá otra excusa para robarnos más libertad aún. Unos ciudadanos, los que el estado dicte, podrán disfrutar de unos bienes y servicios, los que el estado dicte. Y todo esto justificadamente. Stalin solo podría haber soñado con este poder.

Los políticos nos despojan de nuestras libertades paulatinamente, aumentando cada más la temperatura del agua hasta que hierva y así, como la rana, no saltemos. ¿Pero por qué deberíamos aceptar esta nueva medida? Si la vacuna funciona, entonces quien ya la tiene está a salvo y le debería de dar igual si yo me niego a que me la suministren. Si alguien dijese que es porque hay grupos de riesgo que pueden verse afectados por la vacuna, entonces si la vacuna no es 100% segura, o tiene un nivel de peligro superior al recomendado para otros individuos, ¿por qué me la tienen que inyectar a mí? ¿No puedo decidir yo también que no me fio del nivel de seguridad y que preferiría no vacunarme? Parece ser que no.

Antes de adscribirle cualquier intención a aquellos a cargo del estado, podemos realizar un ejercicio de ingeniería inversa y pensar dónde entra esta política. Esta medida en qué escenario con qué visión encaja mejor, ¿con la del estado como ente parasitario que busca terminar con nuestras libertades y poder mandarnos en cada acción o el estado como ente benefactor que buscar nuestro bien y darnos la mayor libertad posible para seguir nuestros deseos? Sin duda, el Estado como ente agresor. Encaja perfectamente dentro de los deseos del estado agresor, una nueva herramienta para poder encerrarnos en casa, acceder a los bienes y servicios que te permitan y controlar nuestro historial médico. Ninguna posible ventaja de este sistema supera a todo lo que perdemos por él.

El momento para impedir el pasaporte de vacunas es ahora. Lo aceptaremos porque lo decide el PSOE, pero si por ejemplo esta medida nos viniese impuesta porque un país como Rusia nos ha invadido y dictaminado que no podemos salir de nuestras casas salvo con la autorización del gobierno de Putin, nos rebelaríamos. Es uno de los problemas de la democracia, que puede legitimar cualquier atrocidad. Si no nos oponemos, se quedará para siempre. Aún después del Covid—si algún día nos cansamos de tragar con esta justificación para perder nuestras libertades—el gobierno no cederá tan fácilmente una herramienta como esta. Cuando sea ley y se forme una burocracia alrededor de la imposición de esta, será casi imposible de eliminar. Toda medida temporal termina siendo perpetua. Como decía Milton Friedman, ‘‘No hay nada más permanente que una medida temporal del gobierno’’.

Que no te engañen: Tauromaquia no es libertad

Hace unos días un compañero y amigo, al que aprecio y admiro, escribía un artículo para el Instituto Juan de Mariana, institución en la que tengo el placer de trabajar. El artículo, a mi juicio poco acertado, señalaba que la posición abolicionista de la tauromaquia es “de mirada corta y sectarismo amplio”, y que su defensa, en cambio, es “expresión máxima de la Libertad”.

En contra de lo que muchas personas piensan, y pese a la popularidad que siguen teniendo estos “festejos” en muchas zonas de España, algunas encuestas como la elaborada por SocioMétria para el digital El Español en 2019, apuntan a que más de la mitad de los electores españoles está a favor de “prohibir o limitar” las corridas de toros (56,4%) y la cacería (53,8%). Esta cifra, dos años después, no creo que haya cambiado mucho, y dudo también que nos permita concluir que el 56,4% y el 53,8% de los españoles, respectivamente, tienen posiciones sectarias y dogmáticas. Diría yo que parece todo lo contrario.

El artículo, que se trata de una defensa más bien estética, cultural, e incluso diría que identitaria de la tauromaquia, deja de lado que la cuestión importante no es si esta tiene valor estético, sino si está ética y políticamente justificada. 

En ese debate, precisamente, es en el que se enmarcan posiciones como la que pretendo defender aquí. Posiciones, que, aún bebiendo de tradiciones filosóficas diferentes, coinciden en la afirmación normativa de que debemos tener una mayor consideración por el sufrimiento de los demás, incluidos los animales no humanos. 

Dos teorías diferentes, aunque no son las únicas, nos permiten aproximarnos a esta cuestión: el utilitarismo y las teorías de los derechos morales. 

Empezando por la primera, el utilitarismo es una doctrina moral universalista, asistencialista, consecuencialista y agregativa. Es asistencialista porque define lo “bueno” en base al bienestar (o felicidad) de los individuos. Es consecuencialista porque evalúa la corrección (o incorrección) de las acciones de los individuos en base a su consecuencia esperada. Y es agregativa porque considera los intereses de todos los individuos afectados de forma agregada. (Mill, 1861; Singer, 1985). 

Autores como Jeremy Bentham (1780) o Stuart Mill (1861), aunque no plantean la necesidad de otorgar derechos a los animales no humanos, defienden que tenemos la obligación moral de no menospreciar sus intereses por el mero hecho de no pertenecer a la especie humana y de causarles daños graves por motivos triviales. Esto no es más que la extensión del principio humanista, heredero de la tradición judeocristiana, de la compasión ante el sufrimiento de los demás, extendido para abarcar a todos los individuos con capacidad de sufrir. 

Sin embargo, ha sido Peter Singer el autor utilitarista de referencia para la cuestión animal. Desde su obra Animal Liberation (1975), ha dedicado su actividad académica principalmente a la discusión de los argumentos de la discriminación por razon de especie, del rechazo al maltrato animal y el apoyo a una dieta vegetariana, así como del reconocimiento de igualdad moral para los animales no humanos. En concreto se basa en dos principios (Singer, 1999):

  • El principio de igual consideración de intereses. Es decir, aceptar que los juicios éticos deben ser universales, esto es que intereses iguales deben ser tenidos en cuenta igual en nuestra deliberación moral, con independencia de otros atributos irrelevantes del individuo de cuyos intereses se trate.
  • La regla principal del utilitarismo de preferencia, como extensión del principio de igual consideración de intereses. Esto es, actuar de tal forma que se maximice la satisfacción esperada de los intereses de los individuos afectados por una acción, sin que quepa ningún tipo de descriminación injustificada. 

Para el autor, no existe motivo alguno por el cual los animales no humanos deban ser excluidos del concepto de individuos al que se refieren estos principios. Los motivos que aduce son los siguientes: a saber, que la sintiencia, o capacidad de sufrir y/o gozar, es un “requisito para tener cualquier otro interés, una condición que tiene que satisfacerse antes de que podamos hablar con sentido de intereses” (Singer, 1999: 43). Es decir, la sintiencia sería una condición suficiente para tener intereses y que estos puedan pasar a ser considerados de igual forma. Y no la racionalidad, la inteligencia, el lenguaje, la capacidad de tener acuerdos morales recíprocos o la pertenencia a una u otra especie. 

En segundo lugar tenemos a una de las teorías deontológicas por excelencia: las teorías de los derechos morales. Estas sostienen que hay ciertas cosas que no podemos hacer contra los individuos, porque estos son poseedores de derechos morales. O dicho de otra forma, que hay cosas que estos individuos pueden hacer porque les ampara un derecho. Ese derecho supone a la vez una habilitación y un límite para actuar. Para algunos autores, son de carácter negativo y requieren únicamente la abstención de un individuo de realizar cierto tipo de acciones. Para otros, requiere algún tipo de acción. 

Henry Salt, como defensor del enfoque de los derechos, presenta otra perspectiva diferente de la de Singer. Para el autor, asumir que los animales no humanos tienen derechos resulta tan obvio como asumir que los tienen los humanos. Pues debe aplicarse el mismo sentido de justicia y compasión a ambos: no se puede otorgar derechos a unos (los seres humanos), de forma consistente, y negarlos a otros (los animales no humanos). Esto es, no se puede, sin caer en una incoherencia, reclamar la libertad para uno a menos que estemos dispuestos a permitirla a otros individuos. En este sentido, que esos otros pertenezcan a otra especie, no es relevante. (Salt, 1894) 

Más tarde, Tom Regan continuaría su legado. De acuerdo con este autor, los individuos poseen ciertos derechos morales cuya inviolabilidad no depende de la utilidad agregada que un acto reporte a otro grupo de individuos. No existe un buen fin que justifique el uso de unos medios que violen los derechos de un individuo. Los animales no humanos, pese a carecer de muchas de las habilidades que poseen los humanos, no tienen menos valor inherente y, por ende, tienen el mismo derecho que los demás a ser tratados de forma respetuosa. El origen de este derecho está en la capacidad que todos estos individuos tienen de experimentar una vida. Son criaturas conscientes con un bienestar individual valioso independientemente de la utilidad que pueda reportar a los demás. Para el autor, cualquiera que sea “sujeto de una vida” tiene valor inherente. (Regan, 1983)

En definitiva, existen argumentos relevantes para, como mínimo, oponerse a las prácticas que, como la tauromaquia, producen algún tipo de sufrimiento no consentido en los demás, pertenezcan a la especie que pertenezcan; así como para rechazar que el legado cultural de una práctica pueda ser condición suficiente para su mantenimiento.

El Estado y las redes sociales contra la ciencia

No hay ninguna duda de que para el Estado la ciencia es una incomodidad. La razón es muy sencilla: pone límites a su actuación, revelando sus fallos e inconsistencias. El caso más obvio es el de la teoría económica, contra la que el Estado libra una batalla prácticamente desde los orígenes de la concepción moderna de la disciplina, que se puede datar casualmente (o no) muy en las proximidades del origen de la concepción actual del Estado como regulador de la vida cotidiana.

En efecto, en la medida en que la teoría económica sea generalmente conocida, las posibilidades de actuación del Estado en pro de un supuesto interés general se verán estrechadas. Es por ello que al Estado no le conviene que la teoría económica sea clara, robusta, no ambigua y de conocimiento general. El ejemplo paradigmático lo constituye el salario mínimo. Cualquier economista honesto sabe que la subida del salario mínimo genera desempleo. Sin embargo, los gobiernos lo suben (miren al español los últimos dos años) y al mismo tiempo dicen estar luchando contra el desempleo, que es una de las principales preocupaciones de los españoles. Más grave aún, siempre encuentran pseudoeconomistas dispuestos a poner en duda la aseveración inicial.

Con una teoría económica clara y generalmente aceptada, los Estados quedarían desenmascarados, lo mismo que si nos dijeran que la ley de la Gravedad no afecta a los individuos y que podemos saltar desde nuestras ventanas sin peligro. Pero mientras haya confusión y ambigüedad, podrán seguir haciendo estas y otras cosas, como subirnos los impuestos por nuestro bien. Así pues, tienen todos los incentivos, y desgraciadamente los recursos, para embarrar el terreno de juego. Y por eso en la actualidad la mayor parte del trabajo de los economistas se dedica a buscar fallos de mercado y formas de solucionarlos con la intervención estatal, esto es, a buscar excusas para la existencia del Estado. Nadie muerde la mano que le da de comer.

Las características de la teoría económica, su metodología, la hacen especialmente vulnerable a este tipo de ataques, dado que no hay elementos objetivos externos al economista que permitan validar o refutar sus teorías. Pero lo que hemos podido comprobar durante los meses que llevamos de pandemia es que las disciplinas científicas (como la epidemiología en este caso) también están sujetas a estos ataques por parte de los Estados, que tampoco quieren que las ciencias naturales pongan coto a su actuación. Las razones por las que esto es así se me escapan: a mi entender un político debería estar deseoso por dejar este marrón en manos de los científicos y lavárselas como Poncio Pilato. Pero no lo hacen. Quizá sea porque perciben ventajas para ellos en esta situación (obtención de mayores poderes a costa de la sociedad civil) o quizá simplemente porque no están dispuestos a reconocer que han cometido graves errores en la gestión de la pandemia, lo que les podría suponer un descalabro electoral en nuestros sistemas democráticos.

El caso es que les conviene que no haya claridad sobre cómo se propaga el virus, sus efectos y sus consecuencias, para que nadie sepa si lo que hacen está bien o mal hecho. Así, hemos descubierto que los datos no son tan objetivos como parecen, que los muertos por COVID pueden o no ser por COVID, que los PCRs negativos se pueden hacer positivos con un número suficiente de iteraciones, y así con cada uno de los datos que construyen la evidencia “científica” sobre la que se basan las decisiones políticas.

Esa falta de claridad la estamos pagando en vidas humanas y deterioro económico. El ejemplo más prominente es el uso de la mascarilla en espacios abiertos. Cualquier epidemiólogo y profesional de la medicina te dirá que es una medida inútil; sin embargo, ahí está toda la ciudadanía con el cacharro por la calle, incluido cuando sales solo por la montaña, mientras que se la quita en los momentos de más riesgo, como estar charlando media hora con unos amiguetes tomando unas cañas. ¿Por qué no se aclara de una vez el mecanismo de contagio del COVID?

Y es que los Estados saben perfectamente lo que tienen que hacer en nuestras sociedades para aparentar que sus decisiones son científicas. Nos lo explica magistralmente el gran Malcolm Tucker en una escena inolvidable de la serie británica “The Thick of It”, en la que explica al ministro de educación cómo apartarse de los consejos de un experto en la materia legislada:

– Bueno, mi experto estará totalmente en contra.

– ¿Quién es tu experto?

– Ni idea, pero te puedo conseguir uno esta misma tarde. Has hablado con el experto equivocado. Tienes que hablar con el experto adecuado.

En esta ceremonia de la confusión, los Estados han encontrado un gran aliado espontáneo en las redes sociales, donde para cada testimonio supuestamente fiable en un sentido, es facilísimo encontrar dos o tres en sentido contrario, de forma que cada uno se puede quedar con la verdad que le convenga.

Esta situación, sabiamente dirigida por gobiernos y medios de comunicación afines, termina llevando a la sociedad a un marasmo en que la única realidad válida y útil es la legislación gubernamental. Nadie sabe cómo se propaga el virus, lo único cierto es que no podemos salir de casa sin mascarillas porque nos pueden multar.

Pero, claro, eso nos sitúa ante otro problema. Si hacemos esfuerzos conscientes para dinamitar la expansión de la ciencia, tampoco nos valdrá la ciencia para salir de la situación en la que estamos, pues a esta situación no hemos llegado como respuesta científica a un fenómeno natural, si no como respuesta meramente política, guiada por criterios más o menos opacos. Por ello, por increíble que nos pueda parecer, solo cabe una salida política de la situación en que nos encontramos. Tal salida política tiene en estos momentos un nombre (vacuna) y muchos apellidos (Astra Zeneca, Pfister, Johnson & Johnson…).

Una vez más, poco van a importar los estudios científicos que se hagan sobre la validez o no de dichas vacunas. Ya tenemos las redes sociales colapsadas con muertos por causa de la vacuna, vacunados que han contraído la enfermedad, poca duración de los efectos, necesidad de vacunarse todos los años… todo ello previsible en un mundo a la caza y captura de clicks. De nuevo, se ha generado el caldo de cultivo para que se oscurezca la verdad o mentira del funcionamiento de las vacunas ante el COVID, lo que nos deja en mano de las decisiones meramente políticas, y no científicas.

Por si no queda claro: el fin de las restricciones asociadas a la pandemia (que es lo que realmente ha trastocado nuestras vidas y no el virus, por muy pernicioso que sea) no será una cuestión científica sino política. De esta saldremos cuando los políticos así le decidan, o, alternativamente, cuando los ciudadanos se rebelen.

En resumen, flaco favor el que han hecho las redes sociales a la ciencia y a los ciudadanos a los que sirven; ojalá lo terminen pagando de alguna forma.

La transgresión del capote

No corren buenos tiempos para las vanguardias y la transgresión, para lo desafiante, para lo litúrgico o para lo ceremonial. No corren buenos tiempos para lo eucarístico, que no por ello religioso. No hay espacio ya para lo incómodo o lo desafiante en esta sociedad de desinfectante y espacios protegidos. No corren buenos tiempos para la tauromaquia. Precisamente por ello, urge más que nunca defenderla. No únicamente por la tauromaquia en sí, sino también por lo que representa.

En España -no así en Francia, Portugal o Latinoamérica- se ha tratado históricamente de politizar y polarizar el sempiterno debate en torno a la tauromaquia. El actual segundo partido del Gobierno ha tratado siempre dicha cuestión como una guerra de trincheras entroncada en la amplia batalla cultural de la vieja Piel de Toro. Tal y como afirma con acierto Rubén Amón en “El Fin de la Fiesta” (Debate, 2021), los toros son un escándalo y precisamente por ello hemos de reivindicarlos y defenderlos de aquellos que veneran las sociedades indoloras, inodoras e insípidas.

Los toros son un arte transgresor porque hacen al espectador -pasivo, incluso- ser consciente de la existencia de la muerte y el dolor. Sí, el dolor. Y la muerte. La sociedad moderna parece querer vivir de espaldas a ambas realidades y tratar algo que es cotidiano como un fenómeno marginal. Lo hemos comprobado a raíz de la pandemia. Piensen en la trifulca que se armó, con argumentos de deontología periodística mediante, por la publicación, en la portada del diario El Mundo, de la morgue del Palacio de Hielo. Una sociedad que pretendía seguir tratando la muerte como un fenómeno marginal cuando, desgraciadamente, en aquel momento, era el máximo exponente de la cotidianeidad. Como cuando a un niño pequeño le tapan los ojos o le mandan a su habitación para evitar que presencie una pelea o discusión. Lo único que en este caso eran adultos quienes decidían -y deciden- taparse voluntariamente los ojos y marcharse a su habitación.

Claro que los toros son muerte, dolor y sangre. Pero el taurino no es taurino por ello. El abolicionista sí. El taurino valora y aprecia esa lucha leal y valiente entre toro y torero, entre uro y matador. Los toros reivindican lo estéticamente rompedor y vanguardista a la par que la eucaristía pagana y la liturgia en una sociedad secularizada. Los tauromaquia es conciencia del peligro, la incertidumbre y el arrojo frente al abolicionismo de mirada corta y sectarismo amplio.

Tan sectario y dogmático es el abolicionismo que han tenido que teñir con argumentos políticos un fenómeno que en su origen era puramente artístico y cultural. Los antitaurinos han tratado de erosionar la transversalidad social propia de la tauromaquia politizando al extremo el debate acerca de su legitimidad. En un lado, han tratado de posicionar a la izquierda progresista, presuntamente ecologista y sensible, frente, al otro lado, la derecha presuntamente cavernaria y retrógrada, maltratadora e insensible. Esta dicotomía es la máxima expresión de la estulticia y del desconocimiento acerca de la tauromaquia.

Aunque como fenómeno de masas siempre se ha tratado de politizar el arte del toreo, no hace tanto que se comenzó a emplear como arma arrojadiza en el lodazal político. Las Ventas ha sido presidida tanto por la Pasionaria, en 1936 y al son de “La Internacional”, como por Himmler, en 1939, acompañado de una esvástica colocada sobre el arco de la Puerta Grande del ruedo madrileño para la ocasión. Himmler, quien, por cierto, era marcadamente ecologista y animalista, al igual que muchos de sus compañeros de partido. Las injerencias políticas en la tauromaquia son escasamente conocidas por aquellos que hiperbolizan y polarizan el debate. Tanto es así que una concursante de Operación Triunfo, en 2020 y tras años de estudio de la tauromaquia y profunda reflexión, expresó sosegadamente refiriéndose al arte propio del traje de luces: “Hostias, es que es muy nazi”. Las elevadas sumas de pesetas destinadas por Ernesto Guevara a un boleto en barrera de Las Ventas no parecen respaldar tal profunda disertación.

El hecho es que la tauromaquia siempre ha sido empleada arbitrariamente por manipuladores políticos de todo signo y color. Hoy en día, Abascal y sus acólitos pretenden hacernos creer que el arte del toreo es patrimonio exclusivo de la derecha. De su derecha. Tratan la tauromaquia como un fenómeno identitario más, al igual que la caza o la inmigración. Pretenden hacer de ella, al igual que los abolicionistas, un motivo más de confrontación y pugna. Y eso, como bien afirma Rubén Amón en su obra recientemente editada y previamente citada, no hace ningún bien ni a la tauromaquia ni a sus aficionados. Los toros como cultura, como fenómeno artístico transgresor y vanguardista, a la par que ritual, han de ser defendidos de manera no identitaria para hacer que recuperen la transversalidad que, precisamente aquellos que no disfrutan de la tauromaquia -pero sí la emplean como arma política- le hicieron perder. Tampoco nos confundamos. No es este un fenómeno extraordinario, sino un síntoma más de la hiperpolitización de la sociedad en la cual vivimos sumergidos.

Desde la posición de la izquierda española se ha tornado extremadamente sencillo arremeter contra la tauromaquia y sacar brillo de la supuesta superioridad moral arrogada por ellos mismos. No han tenido más que diseñar una estrategia dialéctica propicia del tablero inclinado de la política española, presentando un debate dicotómico e impermeable a los matices. Toros sí o no, marque su casilla. Sin espacio para la reflexión ni la duda. Así lo ha querido plantear la izquierda, y, mal que me pese, lo ha logrado. El binarismo propio de dicho planteamiento ha conllevado a un debate zafio, falto de argumentos y conducido únicamente por la inercia política.

Por supuesto que hay que defender la tauromaquia, pero de manera inteligente. Sobre todo, hay que protegerla de la prohibición como fenómeno paternalista. De la prohibición como látigo corrector de la cultura, tradiciones y arte considerados cavernarios y retrógrados por un grupo de burócratas amantes de la intromisión e injerencia política.

Debemos defender los toros como expresión máxima de la libertad. Debemos defender la tauromaquia como arte vanguardista en esta sociedad de algodones. Debemos defender la transgresión del capote.

El lenguaje económico (II): Las matemáticas

Otro de los ámbitos de nuestra crítica al lenguaje económico es el referido al uso de la matemática y la geometría como sustitutos del lenguaje verbal. En efecto, la matemática es omnipresente en los currículos universitarios: econometría, álgebra lineal, cálculo diferencial e integral, optimización matemática, estadística descriptiva, cálculo de probabilidad e inferencia, etc. Hoy expondremos las posibles razones de esta matematización y justificaremos que su uso es tan innecesario como detrimental para la ciencia económica.

La disputa sobre el método

En primer lugar, nuestra crítica se enmarca dentro de un problema más amplio de carácter epistemológico, a saber: ¿Cuál es el método apropiado en la economía? El paradigma dominante en la actualidad es el positivismo: el «único» medio de conocimiento científico es la experiencia comprobada o verificada a través de los sentidos: «La ciencia es medida». Tomemos como ejemplo la astronomía: los planetas describen órbitas precisas y regulares que, tras observación, permite a los científicos establecer hipótesis y someterlas a verificación experimental. En este caso, «las matemáticas son adecuadas para recoger los estados repetitivos y en equilibrio que se dan en el mundo de la mecánica» (Huerta de Soto, 2014: 29). Denominar «mecánica celeste» al movimiento regular de los astros, por tanto, es una metáfora admisible.

El gran prestigio de la física se debe a su elevada capacidad predictiva y por ello los astrónomos, por ejemplo, predicen con exactitud un eclipse con muchos años de antelación. Sin embargo, los hombres no son entes inanimados y no se comportan mecánicamente, tienen voluntad propia y persiguen fines variados. Las ciencias humanas estudian fenómenos praxeológicos[1] donde no existen relaciones constantes entre las variables y, por tanto, el concepto de medición carece totalmente de sentido (Mises, 2011: 271; Huerta de Soto, 2014: 27).

Para poder medir una categoría —espacio, tiempo, superficie, volumen, tensión eléctrica, temperatura— necesitamos una unidad de medida que sea constante —metro, segundo, área, litro, voltio, grado Kelvin—, pero en economía «no hay parámetros: todos son variables» (Huerta de Soto, 2014: 17). Los economistas matemáticos deseaban imitar los logros de las ciencias «duras» empleando sus mismos métodos. El propio Schumpeter (2012: 906) afirmaba que León Walras —el primer economista matemático— era el más grande porque su sistema del equilibrio económico soportaba una «comparación con los logros de la física teórica». Los economistas austriacos denominan cientismo a este «intento profundamente acientífico de transferir acríticamente la metodología de las ciencias físicas al estudio de la acción humana» (Rothbard, 2011: 3). Por desgracia, la disputa sobre el método en la ciencia económica es el origen de otros tantos desacuerdos en el plano teórico, tal y como apunta Moreno (2021):


La metodología es uno de los campos donde más disputa hay dentro de la ciencia económica. Es decir, si hay disputa por el propio método, sabiendo que este constituye la propia base sobre la que desarrollar cualquier edificio teórico posterior, difícil será encontrar consenso en las teorías más básicas o aplicadas a la realidad. Sin duda, esto constituye uno de los problemas más graves de la ciencia económica actual y explica, en parte, la cantidad de divergentes corrientes que hay en ella.

     Concluyendo, obtener conocimiento verdadero[2] exige un método correcto y el saber económico no puede, por más que lo intente, imitar el método de las ciencias físicas.

El lenguaje matemático

Tras la obligada introducción epistemológica, pasamos a analizar los problemas del lenguaje matemático y su representación gráfica. Por ejemplo, veamos como se matematiza un contrato de telefonía cuya cuota mensual es un fijo de 10€ más 10 céntimos por minuto (T) hablado. La factura (F) mensual se expresaría así: F = 10€ + 0,1 T; lo que a su vez se representa en un gráfico donde el eje de ordenadas es el precio de la factura (F, variable dependiente) y el eje de abscisas es el tiempo hablado (T, variable independiente). La ecuación tiene la forma de una línea recta que arranca en la posición 10 de la ordenada (F), cuya pendiente (altura/base) es 0,1.[3] Cabe preguntarnos si esta «traducción» sirve para algo o «no es más que vana manipulación de símbolos matemáticos, inútil pasatiempo que no proporciona conocimiento alguno» (Mises, 2011: 305). En efecto: F (T) o «F es función de T» no es distinto de algo ya sabido: que el monto de la factura depende de cuanto tiempo hablemos por teléfono. Podríamos relatar infinidad de ejemplos. Si el precio (P) del bien A es mayor que el de B, lo matematizamos así: PA > PB. O también, si el precio de una Pepsi es 5€ y el de una pizza 10€, la pendiente de la «restricción presupuestaria» es 10€/5€ = 2 (Mankiw, 2007: 315). Como advierte Huerta de Soto (2014:28): «Los economistas matemáticos primero han de construir lógicamente sus teorías y luego traducir sus resultados al formulismo matemático», esta innecesaria complicación choca frontalmente con el principio de sencillez o parsimonia atribuido al escolástico Guillermo de Ockham (1280-1349). A continuación, veremos que su «navaja» está mucho más afilada que la «tijera» de Marshall.

La Tijera de Alfred Marshall

Otra representación criticable es la famosa «Tijera» de Alfred Marshall (1842-1924), expresión gráfica de las curvas de oferta (ascendente) y demanda (descendente) que se cortan en el punto de equilibrio (E) que determina el precio (P) y la cantidad de producto (Q) de un intercambio. Los economistas austriacos han presentado numerosas objeciones a este gráfico (Mises, 2011: 402):

Podemos representar esta interacción de la oferta y la demanda mediante dos curvas cuyo punto de intersección nos daría el precio. También se puede expresar lo mismo con símbolos matemáticos. Pero conviene advertir que tales representaciones para nada afectan a la esencia de la teoría y ni amplían lo más mínimo nuestros conocimien­tos. No debemos olvidar que nada, mental ni experimentalmente, sa­bemos de la configuración de dichas curvas. Solo conocemos precios de mercado, es decir, el punto de intersección de esas hipotéticas cur­vas; de ellas mismas, nada sabemos. Tales representaciones tal vez puedan tener interés docente para aclararles las ideas a jóvenes prin­cipiantes. En cambio, para la auténtica investigación cataláctica no son más que un mero pasatiempo.

El matemático Mario Zuluaga (2012) realiza una prolija crítica a la tijera de Marshall: «Es un instrumento demasiado simplificado, rígido y desarticulado para explicar la formación de precios; considera la demanda y la oferta como fenómenos independientes sin entender que son fenómenos que se entrelazan y autorregulan». Por otro lado, las curvas de oferta y demanda se pintan de forma continua, cuando

«todas las cantidades en economía vienen cuantificadas de forma discreta» (Zuluaga, 2012). Pero el error más grave es filosófico, porque la «Tijera» presupone que oferta y demanda son conocidas con anterioridad al intercambio, pero las «expectativas del comprador y el vendedor se basan en informaciones dispersas, intenciones personales, intimidades ocultas…etc., que resulta imposible de representarlas por una expresión matemática y con antelación al hecho real de un acuerdo transaccional» (Zuluaga, 2012). El razonamiento correcto es el inverso: solo una vez que se produce el intercambio, fijando precio y cantidad, podemos hacernos una idea retrospectiva sobre la oferta y la demanda.

Por su parte, los economistas neoclásicos contraatacan acusando a los austriacos de carecer del «instrumental matemático adecuado». Lo cierto es que la elaboración de ecuaciones y gráficos no exige tener habilidades matemáticas más allá de los rudimentos de álgebra y geometría que se estudian en el bachiller (Bernanke, Olekalns y Frank, 2005: 36).[4]

La Teoría de la Elección Racional

Para terminar, relataré una experiencia personal que ilustra el error de matematizar las ciencias humanas y, en particular, la economía. En 2011, durante la realización de un máster universitario en filosofía de la ciencia, una catedrática (Universidad de La Laguna) expuso la Teoría de la Elección Racional (TER). Según la TER, cuyo origen es la microeconomía clásica, para que un agente sea racional debe tener preferencias racionales, a saber, completas y transitivas. Sólo el axioma de transitividad resulta problemático: En un conjunto de elecciones S, si un agente prefiere X a X´ y X´ a X´´, entonces prefiere X a X´´. Dicho en matematiqués: Para todos los x, x’, x” en S, si xPx’ y x’Px”, entonces xPx”. Y dicho en román paladino: Si Juan prefiere un té a un café y un café a un chocolate, entonces prefiere un té a un chocolate. Los economistas matemáticos consideran que un orden de preferencias puede representarse como una función ordinal de utilidad: u(x)> u(x´) >u(x”) y que la elección racional coincide con su maximización.

Como pueden suponer los lectores, semejante «teoría» es ajena a la realidad, cuestión que este autor (a la sazón alumno) expuso así: un consumidor puede preferir un café por la mañana, un té por la tarde y un chocolate por la noche; e incluso alterar ese orden al día siguiente sin dejar por ello de ser racional. La profesora, un tanto acorralada por el motín que se formó en el aula, tiró de galones y resolvió la disputa diciendo que se trataba de una teoría «normativa» y que un supuesto era la «continuidad de las preferencias» del agente. La TER, por tanto, no se refiere a cómo elige un ser humano, sino a cómo lo haría un robot cuyos gustos son inalterables. Efectivamente, la transitividad sólo puede darse en un mundo irreal donde los hombres son máquinas o donde el tiempo no existe. Schumpeter (2012:1060) se dio cuenta que los economistas matemáticos estaban forzados a introducir supuestos irreales:

Que las cantidades de servicios productivos que entran en la unidad de cada producto (coeficiente de producción) son datos tecnológicos constantes; que no existen costes fijos; que todas las firmas de una rama de industria producen el mismo producto por el mismo método y en cantidades iguales; que el proceso productivo no consume tiempo; que es posible despreciar los problemas de localización espacial.

En conclusión, el saber económico no puede, por más que lo intente, imitar el método de las ciencias experimentales; por tanto, utilizar un lenguaje matemático es un error epistemológico —postivismo— y una práctica tan innecesaria como detrimental porque no añade conocimiento al proporcionado por el uso de la palabra. Toda la parafernalia matemática sólo consigue dos cosas: a) Convertir a la economía en un arcano: una ciencia misteriosa sólo accesible a los iniciados en esta neolengua llamada «matematiqués». b) Extender innecesariamente el currículo con materias que sólo ocasionan pérdida de tiempo y energía a los sufridos alumnos.

Bibliografía

Bernanke, B; Olekalns, N. y Frank, R. (2005). Principles of Macroeconomics. Australia: McGraw-Hill.

Hayek, F. A. (1952). The Counter-Revolution of Science. Illinois: The Free Press.

Huerta de Soto, J. (2014). Lecturas de Economía Política (I). Madrid: Unión Editorial.

Mankiw, G. (2007). Principios de Economía. Madrid: Thomson

Menger, C. (2013) [1871]. Principios de Economía Política. [Versión Kindle]. Amazon.

Mises, L. (2011). La Acción Humana. Madrid: Unión Editorial.

Moreno, V. (2021). «Una pregunta al positivismo en economía». Recuperado de: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/una-pregunta-al-positivismo-en-economia.

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Rothbard, M. (2011). Economic Controversies. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Schumpeter, J. (2012). Historia del Análisis Económico. Barcelona: Ariel.

Zuluaga, M. (2012). «Oferta y demanda: Una crítica a la Tijera de Marshall». Recuperado de: https://mzuluaga.wordpress.com/2012/08/23/tijera/


[1] Del griego, praxis: acción o práctica.

[2]  Episteme, en griego; scientia, en latín.

[3] En cualquier libro de texto académico se enseña cómo traducir una determinada realidad económica en fórmulas, ecuaciones, funciones, tablas y curvas que se cortan dentro de planos cartesianos (Bernanke, Olekalns y Frank, 2005: 36).

[4] “Although many of the examples and most of the end-of-chapter problems in this book are quantitative, none requires mathematical skills beyond rudimentary high school algebra and geometry”.

El lenguaje económico (I): Dinero, precio y valor