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Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo (LI): Estado, justicia y división de poderes

La propuesta del Gobierno de España de reformar el sistema de elección de los órganos de gobierno de los jueces ha abierto un debate, más superficial que profundo, sobre el respeto a la división de poderes y sobre el grado de independencia que deberían tener los jueces en un Estado democrático. Ambas partes comparten una misma visión, la de que la justicia debe estar de una forma u otra influida por la parte política del Estado, esto es, partidos, parlamento y Ejecutivo. En lo que difieren es en el grado de control que debe tener y si este debe corresponder casi en exclusiva al partido o partidos mayoritarios o si debe estar compartido con las principales fuerzas de la oposición. De hecho, es más una lucha de poder dentro de la facción política del Estado que una lucha entre estos y los jueces, aunque estos tengan aún algo que decir al respecto. Los jueces en los Estados democráticos modernos hace ya tiempo que están sometidos al control político, y sólo de conseguir la total autonomía en la elección de sus órganos podríamos decir que han conseguido una mejora en su posición relativa.

Por pura lógica política es normal que partidos y políticos quieran controlar a la judicatura. Como ya vimos, los distintos grupos que componen la estructura del Estado luchan y compiten políticamente entre sí, de forma permanente, por el control de lo que Oppenheimer denomina medios políticos. Operan en un medio anárquico y, por lo tanto, necesitan de pactos entre sí para que el Estado pueda funcionar, pero al operar en un entorno en el que la capacidad de obtener recursos está limitada a la capacidad de extracción de los mismos del resto de la sociedad, en muchas ocasiones sus relaciones son de suma cero, esto es, el poder que uno obtiene es a costa del poder de otros. Cualquier cesión de uno de los grupos es para incrementar el poder de otros, con el límite crítico de que la coalición se deshaga y pierdan todos.

Los políticos necesitan jueces independientes en buena medida como forma de legitimación del sistema político democrático, de tal forma que pueda existir la imagen de una división de poderes y de un ente que controle las desviaciones de poder de los gobernantes. Además, sirve como garantía para los integrantes de la clase política que estén en ese momento en labores de oposición para que sus derechos no sean vulnerados. Pero tampoco les interesa que la autonomía de los jueces sea total, pues de serlo estos podrán neutralizar sus políticas (como bien aprendió Roosevelt en el New Deal) o bien incluso destituirlos o inhabilitarlos para su función, como ocurre con frecuencia en muchos países del mundo. Incluso en algunos casos se ha llegado a hablar de golpes de Estado judiciales, algo perfectamente posible pues, como sabemos, el golpe de Estado se produce cuando una facción del Estado se enfrenta a otra. Algunos acontecimientos recientes sucedidos en Brasil no habrían sido posibles sin la participación, entre otros, del juez Moro, luego ministro de Bolsonaro, que contribuyó al apartamiento del poder de Dilma Rouseff y a la inhabilitación de Lula da Silva. Además, una justicia plenamente independiente podría crear un grupo de jueces casi irresponsable, pues no habría poder externo capaz de controlar sus funciones y podríamos caer en una suerte de despotismo judicial. Recordemos que los jueces, por lo menos en nuestro país, cuentan con una enorme autonomía. En primer lugar, porque controlan el acceso a la carrera judicial, esto es, deciden quién puede ser juez y qué requisitos debe tener. En principio está restringido a titulados en Derecho, algo que habría que explicar con calma, porque no se de dónde se deduce que un titulado en Derecho tenga necesariamente  que ser capaz de juzgar mejor que un psicólogo, por ejemplo, sobre determinadas conductas antisociales, o incluso que un economista o un administrador de empresas sobre determinados “delitos” económicos como los derivados de las políticas antitrust.  De la misma forma que un juez jurista recibe apoyo técnico de especialistas jueces de otras áreas de conocimiento, podrían tener apoyo de juristas en casos complicados. Circunscribir la profesión a unos determinados estudios tiene bastante de corporativismo, con el problema de que prima la racionalidad jurídica sobre otras racionalidades, que bien podrían enriquecer la profesión. Pero además de restringir el acceso, los órganos corporativos de gobierno de los jueces son los que establecen los criterios de acceso a la función judicial, esto es, establecen cuáles son las formas en que se puede acceder (examen, práctica profesional, etc.) y en cualquier caso determinan cuáles deben ser los contenidos prácticos o teóricos de dichos requisitos. La carrera habitual de juez prima la capacidad de realización de exámenes sobre cualquier otro considerando, sin tener en cuenta que habilidades no demostrables delante de un tribunal pueden ser tan importantes como la capacidad memorística o de redacción. Muchas profesiones de prestigio y de alta responsabilidad no son seleccionadas por examen o sólo por examen, sino por el desempeño del puesto. Y, por supuesto, así debería ser también en la judicatura. El examen, con su origen en el mandarinato chino, es una forma supuestamente objetiva de selección, siempre y cuando se tuviesen en cuenta otros valores imposibles de medir con una prueba de selección. Por otra parte, la mayoría de los contenidos de las pruebas son de carácter jurídico-legal, y se podría echar en falta destreza en otras áreas de conocimiento relevantes para su función, entre ellas la de evaluar las consecuencias que para la economía, la salud o cualquier otro área relevante de la vida social puedan tener sus decisiones. Algunas sentencias, con razonamiento jurídico impecable, han arruinado sectores enteros (pensemos en las sentencias sobre hipotecas o cláusulas suelo), sin que parezca en ocasiones importarles mucho.

Es pues probable que jueces formados de forma semejante y fuertemente corporativizados no sean los mejores jueces (valga la redundancia) de sí mismos, y que tiendan a elegir entre ellos a los que mejor se adecuen a sus propios valores. Otras profesiones también relevantes no escogen a sus representantes ni a sus órganos de gobierno, y no tiene por qué pasar nada grave, salvo que se proponga que todas las profesiones lo hagan. En última instancia es un problema de responsabilidad, pues en caso de una mala praxis y de llegar el caso de un conflicto, unos jueces absolutamente independientes sería juzgados por compañeros con los que no es raro que tengan alguna relación (buena o mala) y, por tanto, su neutralidad puede verse alterada. Sería necesario algún tipo de control externo también en esta profesión. La justicia no estatal allí donde existió no tenía este tipo de problemas, pues era externa al poder político y operaba habitualmente en un marco de libre elección. En la llamada justicia de cadí, como la describe Weber, el juez usualmente era una persona altamente respetada por sus conocimientos, recto juicio, nobleza o santidad, y operaba de forma independiente al poder político, y sus veredictos eran acatados por las partes debido precisamente a su reputación de ecuanimidad. Los criterios de justicia no venían pautados por normas o procedimientos escritos, sino que se confiaba en el buen criterio del juez, que responde con el prestigio de sus sentencias De ser sus sentencias venales o parciales perdería su reputación, y con ello la propia capacidad de ejercer de juez. No dudamos que este modelo no haya estado sujeto a corruptelas o fraudes, como cualquier otra actividad comercial, pero los incentivos funcionan y mucho en contra de tales prácticas. De hecho, la propia posibilidad de escoger al juez (o bien como en el oeste americano preestatal, que cada parte escoja a uno y haya un tercer juez escogido por consenso) y que este no opere obligatoriamente de forma monopolista contribuye a mejorar la calidad de las sentencias. Es más, que el juez sea ajeno al poder estatal contribuye mucho a la limitación del poder del mismo, puesto que los agentes estatales podrían pasar por actores que estos no pueden controlar fácilmente, y de hacerlo supondría una gran pérdida de reputación para ambos. A su vez, los jueces verían limitada su discreción o su venalidad por el propio sistema de competencia que faculta a las partes a hacer uso de otros de ser menester. En el caso de crear algún tipo de órgano de control de los jueces dentro del propio aparato del Estado, sea en el Ejecutivo, sea en el legislativo, se corre el riesgo de que ese órgano se acabe subordinando a la propia legislatura y elimine lo que se pretendía establecer, el principio de una justicia independiente.

Otra cuestión que puede plantearse es como se garantizaría la ejecución de una sentencia en una supuesta sociedad de propiedad privada. Antes de analizarlo debemos tener en cuenta que incluso en una sociedad con justicia estatal no hay ninguna garantía de que las sentencias sean cumplidas, y más si afectan a alguna de las otras ramas del Gobierno. Creo recordar que el presidente Jackson de los Estados Unidos se negó a cumplir una sentencia judicial, y los jueces no pudieron hacer nada al no tener un aparato coactivo a sus servicio. Y sin llegar a este extremo es bien sabido que existen decenas de sentencias judiciales durmiendo el sueño de los justos, haciendo honor al viejo lema de los virreyes españoles de Indias, aquello de “acátese pero no se cumpla”. Si eso ya es así en una sociedad estatalizada, cabría pensar que en una sin esta cualidad la ejecución de las sentencias sería mucho más difícil. Es cierto que se podrían dar problemas, sobre todo al no estar acostumbrados a este modelo, pero en cualquier acción judicial ya partiríamos con el a priori de que no existen instituciones monopolistas que se encarguen de tal función y, por tanto, se haría necesario idearlas. De hecho, haciendo arqueología intelectual, podemos ver cómo se resolvían los conflictos judiciales en estas situaciones. Por ejemplo, en caso de que una de las partes no tenga los medios para hacer cumplir las resoluciones, algunos pueblos antiguos recurrían a la venta del derecho a alguien que sí contase con los medios de hacerlas cumplir. Algo semejante hacemos a día de hoy cuando vendemos una deuda a una agencia encargada de cobro de morosos o alquilamos sus servicios.  También pueden ser usados mecanismos diversos de exclusión social al incumplidor. Las viejas técnicas de marcado, propias de la justicia antigua, podrían ser usados en casos así usando los modernos medios informáticos. Es de prever que en una sociedad sin justicia penal estatalizada no todos los delitos se castigarían como ahora con penas de prisión, pues no todos los delitos implican igual riesgo de daño físico para el resto de la sociedad. No es lo mismo un asesino que un estafador por internet, por ejemplo, y mientras que el último podría resolver su caso con restitución o castigo pecuniario, del primero si que podría discutirse la privación de libertad. No soy penalista ni experto en ética, por lo que no me atrevo a ponderar cuáles deberían ser las penas apropiadas a cada delito. No sé si sería admisible algún tipo de trabajo forzoso para financiar la restitución del daño. No es imposible técnicamente y resolvería muchos problemas de financiación del sistema penal, por lo que el debate vendría de si es admisible éticamente o no.

Lo que sí sé es que existen muchas formas factibles de hacer justicia sin hacer uso del Estado, y más con la tecnología actual. Muchas de ellas se han usado y se usan para estos menesteres, por lo que el debate no es de factibilidad sino de legitimidad en su uso. Y por aquí debería discurrir el debate.

Hayek nació en Austria y también fue economista austriaco

Últimamente, me intereso mucho más por lo más filosófico de la economía, esto es, campos como la metodología o epistemología. En ese sentido, he podido encontrar una gran variedad de textos y posiciones dentro de la economía austriaca, todos ellos, además, de gran profundidad. El mismo Rothbard (1971) confirma nuestra idea cuando dice que la Escuela Austriaca se ha considerado a sí misma, desde sus inicios, una escuela filosófica que ha centrado muchos de sus esfuerzos intelectuales en la epistemología y la metodología de la ciencia económica, a la vez que otros muchos economistas ni se planteaban la cuestión. Y es que, en realidad, es raro encontrar a un economista austriaco que no haya escrito sobre metodología. Todos tienen algo que decir, por mínima que sea su originalidad.

Teniendo tantos pensadores escribiendo sobre la materia, es prácticamente imposible que no haya discrepancia entre todas las posiciones. Para la Escuela Austriaca,  ya conocemos muchos de los debates internos; de aquellos autores que quieren unirla y aquellos que pretenden la “deshomogeneización” entre determinados pensadores (véase Salerno (1993)). Por mi parte, encuentro mucho más fructífera la unión de autores y la mezcla de aquellas teorías acertadas que tiene cada uno, más aún, si unas permiten corregir fallos en otras y, por tanto, mejorarlas. Por supuesto, muchos argumentarán que por qué hemos de contar con ciertos autores para la Escuela Austriaca si ni siquiera podemos considerarlos austriacos. He ahí que la primera cuestión que debemos resolver es: ¿qué caracteriza a un economista como austriaco?

Recientemente, mi amigo Eduardo Blasco escribía un artículo en su sección planteando la cuestión de si Hayek podía ser considerado austriaco o no. Blasco enumeraba las características que para el profesor Huerta de Soto convertían a un economista en austriaco, destacando posteriormente que Hayek no cumplía con dos de ellas, siendo la más relevante su rechazo a la praxeología como método para la ciencia económica. Si consideramos que la praxeología es el elemento diferenciador de la Escuela Austriaca, es lógico concluir que Hayek no debería ser considerado austriaco, estrictamente hablando. Sin embargo, me gustaría reconsiderar esa norma, puesto que creo que no termina de ser precisa.

Por un lado, la Escuela Austriaca nace antes de que lo haga la praxeología como tal. Por tanto, debe haber algo previo a la praxeología que hiciese que economistas como Menger o Wieser se diferenciaran del resto de economistas. En este caso, y de acuerdo con Selgin (1990), ese elemento diferenciador es la defensa de la existencia de leyes universales y necesarias en economía, en contra de aquellos que abogaban por una ciencia económica de leyes contingentes (por ejemplo, historicistas alemanes). Por su parte, White (1977) enfatiza que el elemento diferenciador es el subjetivismo, que es común a todos aquellos que se dicen austriacos. He de decir que ambos requisitos, por sí mismos, no me parecen suficientes. Sin embargo, creo que juntos sí nos permiten reconocer si un economista es austriaco o no. ¿Por qué? Pues porque, si nos fijáramos solo en la defensa de las leyes universales, podríamos considerar austriacos a economistas como Frank Knight, que si bien defiende un método axiomático deductivo, plantea de igual manera una teoría del capital muy alejada del subjetivismo y que, por ello, ha sido intensamente criticada por austriacos. De la misma manera, podríamos entender que cualquiera que defienda el subjetivismo, incluso aquel que niega la existencia de una realidad o verdad, podría ser austriaco. Menger, como iniciador de esta escuela, destacó por defender la existencia de leyes exactas y entender los fenómenos económicos subjetivamente: ¿dejaría de ser plenamente austriaco por no haber abogado explícitamente un método axiomático deductivo o la praxeología como tal? ¿Cuáles son los fundamentos de la praxeología sino la defensa de la existencia de leyes exactas y una visión subjetivista de la acción humana?

Hayek es un claro defensor del subjetivismo y también lo es de la existencia de leyes exactas. En su polémico paper “Economics and Knowledge”Hayek (1937) no rechaza la praxeología de lleno, simplemente considera que es insuficiente para tratar todo el contenido de la ciencia económica. Y esto es algo que los propios praxeólogos comparten. Por ejemplo, Mises especifica que para hacer teoría económica es necesario recurrir a subsidiary axioms (término empleado por Rothbard), como las teorías de la ley de asociación de Ricardo o la desutilidad del trabajo, que no son a priori, sino que se derivan de la experiencia (Mises, 1998). Es más, extremo-aprioristas como Rothbard justifican epistemológicamente el axioma de la acción en la observación, en una experiencia amplia (él se refiere a inner experience)distinta a la de laboratorio característica del empirismo, pero que sigue siendo experiencia igualmente (Rothbard, 1952).

Hayek defiende la existencia de teorías que no son refutables por la experiencia sensible, sino que dependen de su consistencia lógica, es decir, se vuelven a priori (Hayek, 1952). El problema con Hayek tiene que ver con sus consideraciones acerca del rol de la praxeología en la economía; es decir, de las limitaciones de la praxeología. Razón no le falta cuando considera que la cuestión del conocimiento disperso y la coordinación no pueden abordarse de manera apriorística, sino que son cuestiones empíricas (Hayek, 1937). Para Hayek, la situación de equilibrio, que es una construcción imaginaria que nos permite elaborar teorías económicas, solo es posible si los individuos se coordinan. Sabemos que la coordinación es algo que no podemos asegurar a priori, sino que es necesario observar cómo los individuos, haciendo uso de su conocimiento disperso, son capaces de actuar en función de complejas instituciones y mecanismos para que finalmente alcancen la coordinación. Por tanto, para poder suponer el equilibrio en economía, necesitamos de conocimiento a posteriori, empírico; las implicaciones a priori derivadas del axioma de la acción no son suficientes, en palabras de Hayek.  

Sin embargo, Hayek se equivoca al confundir la noción de equilibrio con la cuestión de la coordinación, llevándole esto a afirmar tan rotundamente que la ciencia económica es totalmente empírica. Selgin (1990) resalta el error de Hayek en un brillante ensayo que considero la mejor defensa actual de la praxeología y del método austriaco que he leído hasta el momento. Selgin deja claro que es un error considerar equilibrio y coordinación como equivalentes, tal y como hace Hayek, y afirma que suponer la tendencia equilibradora sí es posible mediante el exclusivo empleo de conocimiento a priori, esto es, deducido lógicamente del axioma de la acción. Subsanado este error, creo que Hayek, de acuerdo a sus escritos, no tendría nada que objetar al uso de la praxeología en economía.  De esta manera, salvaríamos el inconveniente que le impide convertirse en economista austriaco a ojos de muchos, tanto defensores como detractores de la praxeología, pues también hay muchas personas que buscan la deshomogeneización de Hayek para convertirlo en puro empirista.

Si acaso, como último punto, quedaría por tratar otra acusación vertida contra Hayek en referencia a su concepto de orden espontáneo. No obstante, prefiero reservarla para mi próximo artículo a fin de evitar extenderme en exceso hoy. Por el momento, nos quedamos con la idea de que Hayek sí debería ser considerado economista austriaco en función a los requisitos de (1) subjetivismo y (2) creencia en leyes exactas en los fenómenos humanos.

Referencias

Hayek, F.A. (1937). Economics and Knowledge. Economica, 4(13), 33-54.

Hayek, F. A. (1952). The Sensory Order: An Inquiry into the Foundations of Theoretical Psychology. The University of Chicago Press.

Mises, L.v. (1998). Human Action: A Treatise on Economics. Ludwig von Mises Institute.

Rothbard, M. N. (1956). In Defense of “Extreme Apriorism”. Southern Economic Journal 23: 315-318.  

Rothbard, M. N. (1971). Ludwig von Mises and the Paradigm of Our Age. Modern Age, 370-379. 

Salerno, J.T. (1993). Mises and Hayek Dehomogenized. The Review of Austrian Economics, 6(2), 113-146.

Selgin, G. A. (1990). Praxeology and Understanding: An Analysis of the Controversy in Austrian Economics. Ludwig von Mises Institute.

White, L.H. (1977). The Methodoloy of the Austrian School Economists. Center for Libertarian Studies.

Venezuela: ¿hasta dónde se puede retroceder?

A pesar de que el mundo no ha parado de crecer en los últimos doscientos años, ningún país escapa de las recesiones, depresiones económicas y, en algunos casos, prolongados períodos de involución económica asociados al atraso tecnológico. A lo largo de la historia, imperios, países y ciudades han sufrido la decadencia, el estancamiento y hasta la disolución o desaparición, de cuya existencia solo nos han arrojado luces los arqueólogos. Sociedades  que parecían destinadas a la eterna grandeza han visto cómo sus soportes económicos e institucionales se han desplomado y nunca vuelven a alcanzar su antiguo esplendor.

En su libro ¿Por qué manda Occidente… por ahora?, Ian Morris, doctor en Historia de la Universidad de Cambridge, nos recuerda que “Occidente desencadenó en su Revolución Industrial la impresionante energía del vapor y el carbón y, al hacerlo, cambió el mundo para siempre. Fábricas, ferrocarriles y barcos de guerra provocaron que Occidente se hiciera con el poder en el siglo XIX y el desarrollo de los ordenadores y las armas nucleares en el siglo XX garantizaron su supremacía global”. Sin embargo, considera Morris, que el traspaso de poder y riqueza de Occidente a Oriente en el siglo XXI es probablemente tan inevitable como el movimiento en dirección opuesta de Oriente a Occidente en el siglo XIX.

El desarrollo capitalista ha provocado que la humanidad viva su época de mayor abundancia en todos los órdenes. Nunca el mundo había conocido tal grado de riqueza y satisfacción de necesidades. Esto no significa que el crecimiento y la prosperidad no se haya visto entorpecido en países y sociedades que han escogido el camino equivocado, dejándose dominar por los cantos de sirena de ideologías engañosas, que prometieron y siguen prometiendo atajos que conducen a resultados demoledores cuyas consecuencia ya nos son familiares.

En el caso de América Latina es emblemático el ejemplo de Argentina, país que a finales del siglo XIX era considerado como el más rico del mundo. Para el año 1895 Argentina tenía un PIB per cápita de 5786 dólares, seguido de Estados Unidos y Bélgica. Según datos de Bloomberg, este país pasó de ser la economía más rica a ser la segunda más miserable, solo por detrás  de Venezuela. A pesar de sus crisis y recuperaciones, su drama se agudizó a partir de la llegada al poder de un teniente coronel “aliado de los trabajadores” y con un repertorio de “buenas intenciones”. Por supuesto, la solución fue la misma que aplican los populistas cuando llegan al poder, aumento desatado del gasto público y toda clase de políticas intervencionistas que se han prolongado en el tiempo y repetido incesantemente por todos los gobiernos que lo han sucedido, cuya herencia ha sido el vergonzoso puesto que hoy ocupa Argentina entre los países más libres y prósperos del planeta.

Otro país cuyo caso es mundialmente conocido, por ser la última víctima del populismo socialista ha sido Venezuela. En el caso de este país ya no se habla de la “década perdida” sino de la década de gigantesco retroceso impulsada por el fracaso de la revolución bolivariana y el socialismo del siglo XXI. Según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), calcula que la caída del PIB para este año será del 18%, para el FMI la caída estará entre un 15% y un 20%. Con estas cifras, la gestión desastrosa de Nicolás Maduro completará 7 años de gobierno con una caída del 70% de la producción del país. Igualmente, el país será campeón en desempleo, inflación, con el precio del dólar acercándose al millón de bolívares y el salario de un ingeniero de Petróleos de Venezuela en 5 dólares.

Pero esta debacle económica que ha alcanzado a destruir no sólo la capacidad de producción del país, arrasado con su infraestructura, servicios sociales, aeropuertos, avenidas y hasta la forma de vestir del venezolano, también se complementa con un retroceso democrático que convirtió al país en una dictadura de corte mafioso, socialista y con aspiraciones totalitarias. La debacle económica ha sido asoladora. Hace 20 años, cuando el chavismo llegó al poder, había en el país 12.700 industrias y actualmente solo sobreviven menos de 2.500. Nunca antes en América Latina se había visto un régimen involutivo que haya conducido a un país a los niveles de violencia, pobreza y miseria que ha sufrido Venezuela en las últimas dos décadas. En cualquier aspecto que analicemos de la vida cotidiana del país, nos vamos a encontrar con la presencia de la decadencia y el retroceso tecnológico. Por ejemplo, el impacto de la destrucción de la industria petrolera ha repercutido no solo en los ingresos fiscales del país, sino directamente en la vida diaria del venezolano. En lo que respecta al gas doméstico (que antes llegaba a todos los hogares, distribuido por empresas privadas que entregaban e instalaban los cilindros en cada casa por remota que fuera), a partir de 2007, durante el afán expropiador del propio Hugo Chávez, tanto las grandes empresas procesadoras como las distribuidoras domésticas pasaron a manos del Estado. Ahora, aunque los ciudadanos amanezcan en las colas para comprar sus cilindros de gas, se vuelven a sus casas hartos de esperar sin ver satisfecha su demanda. Como todos los productos que regula el Gobierno, siempre queda la oportunidad de acudir al mercado negro donde una bombona o cilindro puede conseguirse en 30 dólares, con un precio regulado 0,30 dólares.

Los venezolanos, ante esta situación tan desesperante, se han visto obligados a adquirir cocinas eléctricas, pero las largas interrupciones en el suministro de energía tampoco lo hace una alternativa segura. Ante esta situación no es extraño ver en ciudades como Caracas a ciudadanos cargar cajas de madera, árboles secos de los parques o bajar de la montaña con leña y hacer fogones en las terrazas, casas o apartamentos entre nubes de humo y exponiéndose a sufrir problemas respiratorios. Esto pasa en el país con las octavas reservas de gas más grandes del mundo, certificadas en 197,11 millones de pies cúbicos. Pero Maduro promete que a partir de las elecciones del 6 de diciembre podrá tomar decisiones que resuelvan la carencia y la involución.

Una tipología de los argumentos en defensa del capitalismo

Los argumentos en defensa del capitalismo suelen categorizarse en dos grandes tipos: el de los argumentos económicos (utilitarios) y el de los argumentos éticos. A éstos, se les podría agregar una tercera categoría constituida por apelaciones a lo estético, si bien éstas son esgrimidas con mucho menos frecuencia, y a menudo acompañando argumentaciones de los otros dos tipos. Teniendo en cuenta esta especie de mapa sobre el que podemos desplegar las diversas defensas del capitalismo, es posible considerar: (a) la relativa solidez, y (b) el poder de persuasión de cada tipo de argumentollll

Económicos

Atendiendo al aspecto económico, es indudable que la cuestión del rol del Estado es central en los postulados de las diversas escuelas económicas. Existe una miríada de puntos de debate acerca de los efectos de la injerencia de éste en la economía.. No obstante, son pocos los que aún hoy niegan la superioridad de las economías más libres en cuanto a su capacidad de generar riqueza y de reducir la pobreza[i]. Además, si bien es desafiado por algunos, el problema del cálculo económico en una economía planificada teorizado por von Mises ha resultado ser un eficaz argumento a favor del libre mercado[ii]. Las posiciones estatistas más extremas, al menos, han ido atenuando sus pretensiones de eficiencia en ese sentido, y quizás han virado el enfoque de su crítica exclusivamente hacia el parámetro de la desigualdad como problema en sí, cuando no han directamente saltado al ámbito de lo cultural y la política identitaria.

A la correlación entre mayor libertad económica y más riqueza, se le suma la realidad política de la caída del bloque soviético a fines del siglo XX, y del sostenido fenómeno de migraciones de personas huyendo de países con economías altamente controladas. Estas insoslayables evidencias han contribuido a erigir la percepción –incluso en el ámbito popular y mediático- de que el sistema capitalista no ha tenido hasta ahora alternativas superadoras. Sin embargo, lo más frecuente es que esa conclusión se acepte a regañadientes, como un mal menor. Esa actitud establece una predisposición a culpar inmediatamente al libre mercado ante la primera situación de dificultad económica o crisis. Y esto, a su vez, permite granjear fácilmente el apoyo a la implementación y mantenimiento de medidas “correctoras” por parte del Estado. No es infrecuente que esta predisposición a una exagerada reivindicación de medidas keynesianas o filo-keynesianas tenga visos de una especie de marxismo frustrado, más o menos consciente. La compleja relación entre keynesianianos y marxistas ha sido estudiada y criticada[iii].

Éticos

En cuanto a los argumentos éticos, podemos identificar grosso modo los que ponen el énfasis en el valor de la libertad, y los que resaltan el mérito. Ambos subtipos son en sí demasiado vastos para abordar un análisis profundo de ellos. No obstante, podemos señalar que los primeros siempre se basan en el problema de la autoridad política. Una línea es la apelación al intuicionismo ético, que nos indica que no existen motivos para aceptar que el Estado asuma atribuciones coercitivas que nos resultarían inaceptables en el caso de agentes privados. Ésta línea argumental ha sido notablemente expuesta por Michael Huemer, junto a un exhaustivo análisis de los problemas de teorías del contrato social[iv]. Por otro lado, podemos apuntar a la contradicción que yace en la justificación del Estado como corrector de supuestas injusticias producto de un mundo con desigualdades de poder: si los ricos y poderosos son capaces de manejar el ámbito privado, no hay motivos para pensar que no sean capaces de manejar también los hilos del Estado. Y en este último caso, existe el agravante de la sacralización del Estado, que actúa como una falsa justificación mítica de todo lo que se hace en nombre de éste, impidiéndonos detectar y denunciar con claridad los abusos de poder.

La cuestión del mérito se basa, en su aspecto ético, en una concepción de justicia. La principal crítica a la meritocracia en el capitalismo suele estribar en el hecho de que no nacemos con las mismas oportunidades (económicas, intelectuales, físicas, afectivas, etc.), y de que, por tanto, los resultados que obtenemos no reflejan un supuesto merecimiento. Sin embargo, para los defensores de la igualdad resultaría absurdo abogar por un sistema más rígido como el feudal, que de por sí se basa en principios de desigualdad. La alternativa que les queda a estos críticos, es propulsar medidas de justicia social y redistribución de la riqueza.

No es posible resumir aquí todas las aristas que reviste la cuestión de la meritocracia, pero algunas líneas argumentales en defensa del capitalismo son:

  1. La libre competencia introduce un elemento de justicia al remover limitaciones caprichosas propias de sistemas anteriores al capitalismo.
  2. El capitalismo no es culpable de las limitaciones impuestas por el azar que es intrínseco a la vida.
  3. Ser un relativo ganador o perdedor en una determinada jerarquía de mérito no equivale a ser mejor o peor persona. El capitalismo tampoco es culpable de esta interpretación errónea, ya que el someternos a la libre competencia bajo reglas claras no nos impide reconocer que el azar sigue siendo parte de la vida.
  4. Más allá de lo problemática que esta dimensión ética pueda ser, nadie puede declararse libre de aplicar juicios y efectuar decisiones basados en criterios de mérito, sea en el ámbito académico, deportivo, laboral, comercial, etc.
  5. Las jerarquías de competencia son deseables, para identificar el potencial de las personas, e incentivar y optimizar la productividad en cada área[v].

Estéticos

En lo concerniente a lo estético, cabría preguntarnos si el capitalismo es estéticamente superior. Esta cuestión se presenta como más difícil de desentrañar aun que las anteriores. Cuando es aludida por los defensores del capitalismo, suele serlo en contraste con la estética socialista, particularmente en lo arquitectónico o urbano[vi]. Asimismo, encontramos manifestaciones de prácticamente lo contrario, en anticapitalistas que celebran una estética pobrista[vii]. La solidez de estos argumentos es más esquiva, y el poder de persuasión para uno u otro bando suele ser bajo, aunque por cierto surgen aspectos interesantes por estudiar. Entre ellos, cabría explorar el efecto del marketing en las artes, así como las relativas valoraciones de lo cutre, lo tecnológico, lo producido en masa y las marcas.

Evaluación

De los tres tipos de argumento en defensa del capitalismo que delineamos aquí, el económico o utilitario –en particular la correlación del capitalismo con el aumento del PIB- suele ser el de mayor poder de persuasión. Es precisamente éste el que ha logrado instaurar la noción popular de que “al menos el capitalismo es lo mejor que tenemos hasta ahora”. Los argumentos éticos basados en el valor de la libertad parecen ser aun más sólidos, ya que no se basan sólo en correlaciones estadísticas, sino que revelan importantes contradicciones en las posiciones estatistas. También podemos identificar contradicciones en los que atacan a la meritocracia. Sin embargo, contrariamente a lo que se podría esperar, e incluso sin que se los rebata, a menudo estos argumentos no suelen ser atendidos o aceptados en el debate público. Por último, las apelaciones a la estética nos adentran en un terreno más incierto, donde no alcanzan simples comparaciones ostensibles. El poder de persuasión de estas argumentaciones estéticas suele ser el más débil de los tres tipos.

Identificación de la crítica y factores psicológicos

Al argumentar en defensa del capitalismo, es importante identificar el tipo de crítica que se pretende contrarrestar. Si bien es cierto que uno podría simplemente exponer proposiciones en general a favor del capitalismo, lo más frecuente cuando se argumenta en este sentido, es que la argumentación constituya una defensa a una crítica previa. El capitalismo es a menudo vilipendiado como un blanco fácil con mala prensa. Para hacer frente a las críticas con eficacia, es menester indagar y aclarar qué es lo se le critica y por qué. ¿Es el blanco de la crítica la libertad de comerciar, el monopolio, el capitalismo clientelista (crony capitalism), las grandes fortunas (falacia de la tarta fija[viii]), el mercantilismo, la meritocracia, o la competencia (“individualismo egoísta”)? ¿Cuáles son las ideologías o concepciones subyacentes de cada ataque al capitalismo: socialismo, fascismo, nacionalismos, gobierno mundial (globalismo), ambientalismo, pobrismo, victimismos?

Finalmente, al defender el capitalismo, se han de tener en cuenta dos factores eminentemente psicológicos que pueden obrar como motores, no siempre conscientes, de la animadversión hacia el capitalismo. Uno es el stress propio de la vida urbana moderna, y otro es el miedo a competir y fracasar. Sabemos muy bien que los burgos con sus mercados nos ofrecen toda suerte de posibilidades de crecimiento y prosperidad, pero a cambio hemos pagado con la falta de contacto próximo con la naturaleza y una cierta pérdida de paz. Todos albergamos algún grado de añoranza reaccionaria en tiempo o espacio que no es escuchada por la impersonal pujanza del capitalismo[ix]. El miedo a competir, en tanto, constituye una especie de inmadurez, que incluso puede terminar provocando resentimiento y envidia del valeroso. Pero la competencia es inevitable por ser esencial a la vida. También lo es el dolor del fracaso. No obstante, la posibilidad de competir es algo que ha de festejarse cuando se han consensuado reglas claras. La convivencia conlleva la aprender a perder bajo esas reglas. El espíritu deportivo es el espíritu del libre mercado.

Más allá de la relativa solidez de los argumentos, entonces, no se debe desestimar el aspecto psicológico. No se trata de reemplazar los razonamientos con un enfoque terapéutico, pero sí de comprender que ambos deben complementarse. Muchos nos preguntamos por qué el capitalismo no es atractivo[x]. Aunque nos parezca irracional, hemos de aceptar este fenómeno. Desde luego, la forma de contrarrestarlo será insistiendo con los buenos argumentos. Pero, conociendo la resistencia que suscita el tema, debemos esgrimirlos evitando la petulancia, perfeccionando nuestra retórica, y manteniendo un espíritu de sincera compasión.

[i] Abundan los datos al respecto. Aquí, un ejemplo de índices a nivel mundial: https://www.heritage.org/index/heatmap?version=237. Otro ejemplo: https://www.youtube.com/watch?v=tLd4mF36Yyw&ab_channel=LibertadDigital

[ii] https://es.wikipedia.org/wiki/C%C3%A1lculo_econ%C3%B3mico#:~:text=En%20su%20primer%20art%C3%ADculo%2C%20Mises,de%20recursos%20en%20la%20sociedad

https://mises.org/library/economic-calculation-socialist-commonwealth/html

[iii] Breves ejemplos desde perspectivas diversas:

https://www.liberalismo.org/articulo/383/32/marx/keynes/paralelismos/siniestros/
https://www.livemint.com/Opinion/ldU1AE1XccYMXQpiPzkW7I/How-Keynes-came-to-mean-socialist-or-liberal.html
https://mises.org/library/keynes-and-ethics-socialism

[iv] https://www.amazon.com/-/es/Michael-Huemer/dp/1137281650

[v] Este último punto no es de carácter ético, sino utilitario.

[vi] Ver ejemplos.

Soriano (6:19):

Y Milei (18:21):

[vii] Ver, por ejemplo, esta insólita loa a paredes mal pintadas y cables amontonados: https://twitter.com/SergioChouza/status/1325494719678459905

[viii] https://www.ivancarrino.com/la-falacia-de-la-torta-fija/ https://www.variantes.net/post/la-falacia-del-pastel-fijo

[ix] Además, en relación a esto, hay un punto complejo respecto de la sostenibilidad del crecimiento. Sabemos que la tarta no es fija, y también que los recursos naturales pueden aprovecharse de manera cada vez más óptima. Pero no está claro que la transfiguración del espacio físico en el planeta sea infinitamente sostenible o reversible (por ejemplo, casi todos vivimos un poco más hacinados que cuando éramos pequeños).

[x] Conferencia de Domingo Soriano: https://www.youtube.com/watch?v=BtN_vviNYUc&ab_channel=SergioSantill%C3%…

El Foro de Sao Paulo y la España de Pablo Iglesias

“Todas las organizaciones de la izquierda concebimos que la sociedad justa, libre y soberana y el socialismo solo pueden surgir y sustentarse en la voluntad de los pueblos, entroncados con sus raíces históricas. Manifestamos, por ello, nuestra voluntad común de renovar el pensamiento de izquierda y el socialismo, de reafirmar su carácter emancipador, corregir concepciones erróneas, superar toda expresión de burocratismo y toda ausencia de una verdadera democracia social y de masas”[1].

Con esas palabras el Foro de Sao Paulo marca un hecho histórico para el socialismo que trasciende las fronteras del esquema político de lo que habían practicado hasta entonces los seguidores de esa ideología. El hecho es, precisamente, la reflexión de la izquierda en la región sobre los elementos de poder que interactúan en las sociedades de Occidente y se articulan para la consecución de sus objetivos, es decir, cómo alcanzar el poder bajo este paradigma de relación política con las banderas de un socialismo reinterpretado de cara a la conquista social, pero que en el fondo cambia poco.

Sabido es que tras la caída del muro de Berlín y el fracaso de la URSS el discurso del socialismo se agota y pretende renovarse dentro de los límites impuestos por el ideario político entonces vigente: había que apostar por el sistema democrático, dejando de lado las armas, y acomodarse a esas reglas de juego para insistir en la “revolución” desde el parlamentarismo y las instituciones democráticas.

Continúa el documento: “El nuevo concepto de unidad e integración continental exige un compromiso activo con la vigencia de los derechos humanos y con la democracia y la soberanía popular como valores estratégicos, colocando a las fuerzas de izquierda, socialistas y progresistas frente al desafío de renovar constantemente su pensamiento y su acción”. En ese punto, hay dos elementos relevantes para el análisis por su importancia a la hora de estudiar los pasos que siguen distintos gobiernos con tintes totalitarios en la región y en España. Por un lado, la instrumentalización de la democracia y la soberanía popular como herramientas para la conquista política del poder total y no como un objetivo para el bien común y, por otro, la renovación permanente del pensamiento y la acción, que es fundamental en su planteamiento para el debate y el surgimiento de ideas hegemónicas en el esquema institucional. Se trata de un proceso de búsqueda de la hegemonía en el liderazgo y en la acción en el sentido puramente gramsciano, que algunos denominan neo-marxismo.

A partir de esas pautas podemos establecer que en los hechos tales planteamientos se traducen en la captura de las ideas y la cultura por una izquierda política que cada vez con menos fingimiento abandona la esencia de la democracia liberal que persigue la igualdad ante la ley de los ciudadanos, la división de poderes, la libertad de los individuos frente a la colectividad, el Estado de Derecho y el respeto de la Constitución y las leyes.

Conocidos son los casos de países con regímenes totalitarios que siguieron este planteamiento hasta el final, Venezuela y Nicaragua son ejemplos claros de un proceso de destrucción autoritaria de las reglas democráticas y la libertad de los individuos. Luego hay ejemplos de países que lo intentaron o continúan en su pretensión como Ecuador o Bolivia. No obstante, en España estas experiencias y, en concreto, las tensiones que se suscitan día a día en el Ejecutivo y en el Congreso de los Diputados deben llamarlos la atención inevitablemente.

Sin duda, el diálogo, la cesión y el consenso son parte de la actividad política en una democracia, el problema surge cuando motivado por intereses espurios se aprovecha de los mecanismos que, precisamente, facilita un régimen democrático para apropiarse de lo “políticamente correcto” a través de la manipulación del lenguaje y la cultura para poner en marcha un proyecto totalitario, o al menos, promoverlo. A través de la estrategia de los golpes blandos el partido político español, Podemos, externaliza una serie de acciones bajo la misma praxis que los regímenes de países al otro lado del charco. Esa idea de encarar el logro socialista totalitario desde el interior de las instituciones y haciendo uso de las herramientas democráticas no es nuevo.

La sutileza a través de la cual los partidos políticos hacen uso de ese radicalismo sin que ello repercuta en su valor social/electoral es un motivo de alarma y a la vez de aprendizaje por los demócratas que creen en la prevalencia de las instituciones frente a la arbitrariedad de las mayorías dominantes, cuestión que hoy es evidente en España. Y es que el socialismo nunca podrá ser adaptado al sistema democrático porque sus principios rectores carecen de analogías. La diferencia entre los líderes de un bando y de otro puede ser la medida de sus escrúpulos, un problema al que se enfrentan los liberales en la pugna política. Por ello la captura del discurso por la parte de los liberales es fundamental para el futuro del debate de ideas.

Sin duda, en España están ocurriendo a pasos agigantados una serie de hechos que ponen de manifiesto un retroceso o, llámese suspensión, de los avances en el plano institucional-democrático. Es democrático ser republicano, el problema es atacar y aprovecharse de las circunstancias y el cargo para pasar por encima de una autoridad vigente que es al fin y al cabo una institución garantizada en la Constitución. La pluralidad de partidos es una pieza clave en una democracia, el problema es cuando existen partidos auspiciados por gente antisistema que se manifiesta abiertamente en este sentido y con este lenguaje, y se depende de ellos para gestionar el Estado. El problema es cuando se insinúa “tumbar el sistema” en nombre de las mayorías absolutas y los pueblos. El resultado de esa pretensión todos lo conocemos.

Por ello, dar la batalla cultural es tan importante y no se acaba. Omitiendo las categorías que suenan tanto los últimos días y más allá de los adjetivos que tanto gustan a los políticos, Pablo Iglesias es comunista y tiene un plan. Sobre ese axioma nadie tiene dudas y hay que actuar en consecuencia. En algunos casos, el conflicto que ignoramos es que sociedades con grandes avances morales y materiales, como la española, dan por sentado el sistema imperante y las consecuencias de ello son terribles. Jamás podemos dar por sentado que la democracia y la libertad son eternas. Por ello, cabe una vez más mencionar aquella frase de Jefferson que dice “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Y añadiría, es la eterna acción.

[1] Declaración de São Paulo. Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe: São Paulo, 4 de julio de 1990.

Son todos muy listos

Me admira la facilitad con la que la gente, a título personal o como miembros de instituciones o centros de estudio, es capaz de estimar las cifras de crecimiento de los países para dentro de uno, dos y hasta más años. El mundo es un sistema tremendamente complejo (no sólo complicado), interdependiente y en el que los cambios se producen y transmiten a velocidades supersónicas; la previsión de crecimiento es sólo un número, pero un número que resume millones de variables, cientos de miles de millones de decisiones, individuales y/o de grupos. Y aun así, lanzan la cifra, impertérritos y sin pudor, hasta incluyendo decimales, como un órdago intimidante que trata de convencernos de la omnipotencia de esos arcanos que sólo ellos conocen y en los que basan su sabiduría.

Pero el rey está desnudo. Y lo está porque, por mucho que nos dirijan, impongan o amordacen, nadie sabe qué va a pasar con el virus; ni con nuestra estructura productiva; ni con nuestras costumbres; ni con cómo van a reaccionar los políticos, los gurús financieros o los burócratas.

Incluso si el virus hubiese sido diseñado con detalle en un laboratorio, y la información se hubiese compartido con esos aprendices de brujo, no podrían prever ni el clima en cada punto del planeta, ni las medidas que, para controlarlo, vayan a tomar cientos de países distintos, miles de millones de personas diversas: su comportamiento, movimientos, o viajes… ni lo que se va a tardar en obtener una vacuna, ni su grado de efectividad inicial, ni la velocidad con la que se van a testar posibles tratamientos. Ni siquiera sabemos hasta dónde puede resistir la gente, su grado de fortaleza o el punto a partir del cual caeremos, como sociedad, en el desaliento… o en la euforia, cuando esto pase.

Por mucho que nos aleccionen, amordacen o impongan, nadie puede prever en qué medida va a cambiar nuestra concepción del mundo, nuestros intereses, nuestros gustos y nuestras costumbres (pautas de ahorro y de consumo, formas de relacionarnos y de trabajar etc.). Ni siquiera si esos gurús hubiesen hecho antes experimentos con humanos en circunstancias similares sabrían la respuesta.

Tampoco es posible prever qué empresas concretas, subsectores o sectores pueden ser los primeras en caer, y los efectos que su caída puede suponer para el resto, ni el estado en el que van a quedar las demás. ¿Se van a producir cuellos de botella en según qué sectores? ¿Cuánto se tardaría en capitalizarlos (con recursos reales disponibles, no papelitos)? ¿Estará disponible el capital para que eso ocurra o se destinará a otros objetivos? ¿Si hay cambios en las pautas de ahorro y de consumo, cuánto va a tardar nuestro tejido productivo en adaptarse y con qué recursos va a contar para hacerlo? ¿Dejarán los políticos y burócratas que eso ocurra, o seguirán manteniendo, como a zombis, los sectores pasados de moda?

Y es que desconocemos, también, las medidas que van a imponer nuestros políticos y burócratas, aunque tengamos claro por dónde van. Y, aunque tuviésemos certeza sobre el tipo de ayudas y su cuantía, estando como estamos en terreno desconocido, con niveles de deuda nunca vistos y tipos de interés en mínimos, nadie sabe muy bien cuáles son las consecuencias económicas más probables y en qué momento se podrían producir.

Y, por terminar, aunque podríamos seguir, desconocemos los mecanismos que el ingenio humano arbitrará para adaptarse y sobrevivir, como lleva haciendo miles de años, a estas nuevas circunstancias. Innovaciones que, alentadas por una necesidad perentoria, podrán ser más o menos revolucionarias.

Somos miles de millones de personas totalmente interdependientes. Basta un pequeño cambio en el punto más recóndito del sistema para que sus efectos se transmitan, a enorme velocidad, por el resto del planeta; no digamos nada si se trata de un suceso más grave: una vacuna, una innovación, un descubrimiento, un misil que se escapa, un asesinato, la quiebra de un banco, el cierre de una mina… o el pánico.

Todavía si estuviésemos en un momento tremendamente estable, en el que las costumbres aprendidas dirigiesen nuestras vidas sin salirse del carril, quizás entonces… pero no lo estamos. Y, por mucho que se empeñen, riesgo no es igual a incertidumbre. E incertidumbre, se mire donde se mire, es lo único que se ve. Aún así, estos brujos petulantes tienen la desfachatez de tomarnos el pelo haciendo predicciones, que incluyen decimales, y que hasta ellos saben que son falsas. Más que un farol parece un chiste… bastante malo, la verdad.

Antes de ellos, la oscuridad

No hace mucho vi la película de Netflix Enola Holmes (2020), protagonizada por Millie Bobby Brown, que nos cuenta las aventuras de la hermana adolescente del famoso detective Sherlock Holmes (Henry Cavill), en busca de su desaparecida madre, Eudora (Helena Bonham Carter), pero en contra de los deseos de su otro hermano, Mycroft (Sam Claflin)[1]. Sin descubrir la trama, la película, que se ve con agrado aunque no despierta pasiones, muestra el choque de la estricta sociedad victoriana con el feminismo actual, donde la mujer, no es que pretenda igualar sus derechos con los del varón ante la ley[2], sino que les da sopas con honda en prácticamente todo y los desprecia por condescendientes, cultural y socialmente influidos, salvo en algunas honrosas excepciones. La gracia de este tipo de producciones reside en el contraste entre la torpeza del conservador y la inteligencia del progresista, además de la ruptura de roles y mitos, reales o inventados.

Es posible que, para los ojos más jóvenes, este tipo de narraciones se vea como una novedad, savia nueva que alimenta un árbol mustio. Sin embargo, me temo que ni siquiera es así. A finales de los años 60 y, sobre todo, en la década de los 70 del siglo pasado, una serie de películas introducía el feminismo en épocas históricas, incluyendo la victoriana, famosa por una supuesta rigidez moral. Los personajes femeninos de estas películas también estaban dispuestos a demostrar que los hombres, además de condescendientes, eran bastante ingenuos, torpes y llenos de prejuicios hacia las mujeres. Un ejemplo bastante entretenido sería La carrera del siglo (1965). En este caso, sobre todo entrados los 70 y en el cine europeo, eran más dadas a mostrar su cuerpo en ropa interior (corsé principalmente) y, si a la productora y a la actriz les parecía bien, toda la superficie corporal que fuera necesaria. El feminismo de esa época se manifestaba de maneras que el feminismo actual considera inapropiadas, y mostrar el cuerpo desnudo era una de ellas, pues escandalizaba a los más conservadores, a la vez que descubría su íntima hipocresía.

En ambos ejemplos hay un elemento en común que, al estar ante un vehículo de entretenimiento, pasa desapercibido y es la manipulación que se hace del contexto, en este caso el histórico, para adaptarlo a las circunstancias presentes, como la reivindicación del feminismo. El comportamiento de hombres y mujeres en los diferentes siglos responde a contextos personales y colectivos muy concretos y, por tanto, sus comportamientos son coherentes con ellos, no con los actuales, por mucho que nos cueste entender lo que en ese momento era normal, como pueden ser jerarquías sociales, códigos morales o comportamientos, ahora, inapropiados. Incluso los más progresistas se limitaban a romper los límites de esa época, no a adoptar los de esta.

Es posible que, en este punto, más de uno piense que, al fin y al cabo, estamos ante una serie de películas, ante la creatividad del arte y, lógicamente, hay razones para tal manipulación, para estas alteraciones de la realidad y así, generar una respuesta emocional, que es lo que pretende el arte; y eso es cierto. Sin embargo, no siempre la manipulación responde a criterios artísticos, sino que puede hacerse con criterios reivindicativos y, no pocas veces, se pretende la manipulación intelectual de los que lo ven. El arte y la política, el arte y la ideología, el arte y la religión conviven y se alimentan el uno del otro. La producción audiovisual se ha usado con frecuencia para expandir ideas, y artistas de todo tipo han colaborado de buena gana en esta labor.

Durante la Transición, hubo un deslizamiento de muchos actores y actrices hacia la izquierda política, y se creó un nuevo cine, mucho más social, más ‘serio’, más ‘comprometido’, en el que la Guerra Civil y el franquismo quedaban al pie de los caballos, denunciando sus atrocidades y sus disparates, fueran o no reales[3]. La creación de un flujo de dinero público, en forma de subvenciones, hacia las producciones más acordes a estas ideas favoreció la fabricación de un mundo paródico que, poco a poco, se ha ido separando del recuerdo de los que lo vivieron y se ha transformado en la versión de sus enemigos. Exceptuando La Vaquilla (1985) de Luis García Berlanga y Espérame en el cielo (1988) de Antonio Mercero, no recuerdo ninguna producción ambientada en la Guerra Civil o en el posterior franquismo que no muestre de manera bipolar y maniquea a los que vivieron en esa época, a ciertos acontecimientos históricos y políticos, donde los malos siempre son unos y los buenos, los otros.

La izquierda revolucionaria, que es la que tenemos asentada en el poder en España, y otra izquierda, no tan revolucionaria pero sí muy implicada en la ingeniería social, necesitan cambiar el relato dominante para, con ello, ir creando el hombre nuevo y las ideas que darán pie a una sociedad más adecuada a sus objetivos. Los partidarios de la ingeniería social vivieron con descaro en España hasta el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que inició la revolución. Promovieron la invasión de las instituciones públicas y algunas privadas, implementaron legislación fundamental y, sobre todo, controlaron la cultura y la educación, tanto general como universitaria. Tampoco creo que tuvieran un plan, simplemente era lo adecuado, lo que había que hacer, lo coherente con sus ideas. Con el tiempo, las sucesivas reformas educativas crearon una mayoría de personas con ideas progresistas que, hoy por hoy, son los padres que ahora están lidiando con jóvenes hijos tentados por ideas de las que disfrutaría un miembro del PCUS[4].

La izquierda revolucionaria es mucho más intensa e impaciente. Trabaja sobre un panorama ya moldeado por su predecesora, lo que le facilita ciertas tareas, como un relato medio hecho y muy aceptado, una ideología general más cercana a la suya y cierta base social que acepta, casi sin rechistar, las ideas que le muestra. Sin embargo, hay muchas cosas que molestan a la izquierda revolucionaria, incluyendo sus aliados. Su feminismo choca con el feminismo de las mujeres de los 70 y 80, hasta el punto de que insignes y ya canosas defensoras de la mujer y la igualdad de derechos han chocado frontalmente con las instigadoras del ‘Me Too’ y otros movimientos radicales. Al extremismo le molesta la tibieza, agradece con rapidez los servicios prestados y relega a sus protagonistas al olvido. Ahora que están a punto de fallecer las últimas personas que vivieron y conocieron la Guerra Civil y envejecen las que vivieron en tiempos de Franco, se impone a golpe de perpetración educacional un relato que denigra todo lo que huela a esa época, a la vez que se intenta crear otro discurso que repudia la Constitución y el régimen que crea, al considerarlo una extensión del franquismo. Mientras, Irene Montero descubre la maternidad como si antes nunca una madre la hubiera sentido, a la vez que te cuentan cómo y con quién tienes que emparejarte, cómo debes disfrutar del sexo o en qué condiciones puedes intentar emparejarte o no. No hay historia, no hay sentimientos, no hay emociones más allá de lo que dicen y muestran los revolucionarios. Antes de la izquierda revolucionaria todo era un páramo carente de sentimientos, lleno de seres repugnantes que golpeaban a las mujeres, denigraban a los homosexuales, encarcelaban a los izquierdistas y dirigían la cultura y la educación a las élites del partido, condenando a los demás a la ignorancia. Esta caricatura es, hoy por hoy, la verdad oficiosa que se pretende a través de leyes como la de Memoria Histórica y de Memoria Democrática. En definitiva, antes de ellos, la oscuridad.

[1] La película está basada en la serie de libros de Nancy Springer: ‘The Enola Holmes Mysteries’.

[2] Constitucionalmente, esto es un hecho, pero no opinan así muchas personas y colectivos.

[3] Sigue existiendo, hasta el punto de que ahora los que se declaran abiertamente de derechas, no ya liberales, tienden a ser castigados por el resto, generalmente con el ostracismo profesional, además de tener más difíciles las ayudas públicas. Es más fácil para estos no entrar en polémicas ni en el debate público.

[4] En zonas con mayoría nacionalista, las escuelas han sido invadidas por políticos y militantes de este ala, de forma que la independencia basada en modelos totalitarios y el nacionalismo excluyente son sus referentes. En este caso, habría disfrutado un miembro del NSDAP.

Descentralizando la lucha contra la pandemia

Hace unas semanas, el Gobierno de España declaró un estado de alarma de seis meses, básicamente con el objetivo de que cada comunidad autónoma pudiera decidir qué medidas aplicar contra la pandemia de la covid, en particular, imponer por sí mismas confinamientos perimetrales o toques de queda, si lo veían útil.

Por supuesto, la meta-medida fue saludada con gran debate y polémica, y no es para menos, porque como mínimo parece una forma torticera de declarar una situación de este estilo; por otro lado, por muy ingenuo que uno quiera ser, hay una posibilidad muy real que los políticos que gobiernan España en estos momentos utilicen tal vehículo para fines muy distintos de los que se pretenden.

Pero, si dejamos de lado estas prevenciones (cosa que quizá no habría que hacer, pues pueden ser mayores los daños que vengan de ahí que los beneficios que se obtengan por las razones que ahora explicaré), hay que reconocer que este sí parece un paso en la buena decisión. Me refiero, a dejar que sean las CC. AA. las que tomen las medidas para detener la pandemia amparándose en las competencias que asume el Gobierno como consecuencia de la declaración  del citado estado de alarma, y que a continuación descentraliza.

En efecto, por mucho que se le llame pandemia, la enfermedad se contagia localmente, pues precisa de la proximidad de los individuos para su progreso. Por tanto, es evidente que las situaciones en cada área geográfica van a ser completamente distintas en función de determinados parámetros, como la densidad poblacional u otros. Si esto es así, no tiene sentido que se tomen medidas nacionales o supranacionales, incluso quizá regionales, para detener la extensión de la enfermedad. Y, sin embargo, es lo que han hecho todos los países europeos y muchos otros, empezando por España.

La única razón por la que se han tomado medidas a nivel nacional es porque esa es la jurisdicción geográfica de los gobiernos que han tomado las medidas. Algo que, en España, se reproduce cuando miramos a nivel de comunidad autónoma. ¿Por qué se cierra Castilla-León y no Cantabria? Pues porque así quedaron definidas las respectivas comunidades autónomas cuando se definieron a mediados de los 70, no porque el virus siga patrones de comportamiento distintos según las fronteras políticas.

Por ello, hay que valorar adecuadamente este primer paso descentralizador del gobierno español. Obviamente, no es la solución ideal, pero sí un avance en la dirección correcta.

Dos son las principales ventajas que presenta el nuevo modelo respecto al anterior de absoluta centralización. La primera ya se ha apuntado: mejor adaptación a cada realidad regional, aunque con los límites descritos también hace un párrafo. Si la comunidad es suficientemente pequeña, quizá este grado de descentralización sea suficiente: La Rioja, el País Vasco o Murcia, pueden ser lo suficientemente homogéneas para que sus decisiones estén suficientemente adaptadas a la realidad. Pero, al mismo tiempo, Andalucía, Castilla-La Mancha o Aragón, son demasiado extensos y heterogéneos como para que el grado de adaptación sea válido. El camino adelante pasaría porque las CC. AA. descentralizaran las decisiones a nivel de comarcas o de municipios, y así sucesivamente.

La segunda ventaja tiene un potencial quizás mayor. En efecto, al no ser una decisión centralizada, cada una de las CC. AA. puede tratar de innovar en sus medidas, aplicando distintas posibles soluciones a los problemas planteados. Así, en vez de una entidad haciendo pruebas, nos encontramos con 17, por lo que las probabilidades de que alguien acierte son mayores. Y si alguien acierta, las demás CC. AA. podrán tratar de aplicar el mismo remedio en sus casos. Evidentemente, con la ceguera ideológica que aflige a muchos de sus mandatarios, hay posibilidades de que opten por mantenella y no enmendalla, pero sin duda lo pagarán en las elecciones. A modo de ejemplo, solo hay que ver lo que está pasando con la hostelería en Cataluña a la vista de los resultados obtenidos por los métodos menos invasivos utilizados en la Comunidad de Madrid.

En el fondo, aunque disfrazado con otros términos, estoy hablando del sano ejercicio de la competencia, aplicado en este caso a las medidas contra la covid. Si el Gobierno central se queda con el “monopolio” de la lucha contra la covid, sabemos por teoría económica que la innovación se resentirá (aparte de la eficiencia, por supuesto). Al haber abierto el “mercado” tenemos al menos 17 competidores tratando de hacerlo bien.

Además, me atrevería a decir que contrariamente a lo afirmado por Mises en su burocracia respecto a la falta de incentivos para innovar en ese tipo de organizaciones, no sería el caso aquí, pues tenemos a políticos actuando como emprendedores, y sí que internalizarían tanto los beneficios como las pérdidas por sus decisiones, siempre en términos electorales.

Una vez más, si vas descentralizando más el ámbito de las decisiones, mayor número de competidores entrará al “mercado” (en este caso, por ejemplo, los municipios) y también cabe esperar una solución con más probabilidad.

Obviamente, en el extremo, o sea, en la situación ideal, somos cada uno de nosotros los que adaptamos las medidas a nuestra protección e innovamos en cómo hacerlo, con los éxitos extendiéndose por imitación, y los fracasos olvidándose rápidamente y con los costes concentrados en la persona que se ha equivocado en la decisión, y no en toda la sociedad.

Pero dejemos de soñar. De momento, limitémonos a dar la enhorabuena al Gobierno por una medida acertada y cerremos los ojos sobre las verdaderas razones que les pueden haber llevado a tomarla, que me temo serán algo más tenebrosas que las que acabo de describir.

Mises no comprendió a Menger

Si Bitcoin no ha tenido la acogida merecida en la escuela austriaca, es en buena medida por las interpretaciones de Mises que lejos de construir sobre las sólidas y claras ideas de Menger, trata de corregirlas de forma poco acertada. Empecemos con la crítica que le hace Mises a Menger:

Pero hasta ahora se ha descuidado una cuestión: ni Menger ni ninguno de los muchos investigadores que han tratado de seguirle han intentado realmente resolver el problema fundamental del valor del dinero […]; pero no han dado una contestación a la pregunta clave: ¿cuáles son los determinantes del valor de cambio objetivo del dinero? Menger y Jevons ni siquiera han llegado a tocar el problema (Mises, 1997, p. 91. El énfasis en esta y las demás citas es siempre mío)

Esta afirmación, con todos los respetos, es un auténtico disparate.  Toda la obra de Menger y en particular su libro Principios de Economía Política consiste en demostrar de manera metódica y concienzuda que no hace falta ninguna teoría adicional para dar explicación al valor del dinero[1] distinta de la teoría del valor subjetivo aplicable a cualquier bien.

En mi opinión una de las razones por las que Mises no comprende a Menger se debe a que no prestó la suficiente atención al significado que Menger le da al término “mercancía”.  Puede parecer una cosa bastante tonta, pero después de haber pasado mucho tiempo analizándolo creo que no lo es en absoluto.  Menger es muy riguroso cuando se refiere a mercancías, hasta el punto de dedicarle un capítulo completo, el capítulo VII titulado “Teoría de la Mercancía”. Y este rigor se debe a que para Menger el dinero es la mercancía por excelencia, siendo mercancía cualquier bien destinado al intercambio. Veamos la definición de Menger:

Con todo, la ciencia económica necesita, para sus exposiciones, de una denominación que incluya a todos los bienes económicos susceptibles de intercambio, sea cual fuera su masa, corporeidad, volumen, movilidad, su carácter como producto del trabajo o la persona que los ofrece. De ahí que un gran número de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancías los bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio. (Menger, 2012, Capítulo VII -1)

Por mercancía Menger se refiere a cualquier tipo de bien.  Puede ser intangible e incluso puede ser inicialmente un bien no económico (no escaso) de ahí que ponga el término “económicos” entre paréntesis.  Esto sería por ejemplo el caso de artilugios como conchas o piedras talladas que muchas tribus fabricaron con el único propósito de ser medios de cambio, que adquirirían carácter económico en el momento en que fueran demandados por otros individuos que aprecien sus cualidades como medio de cambio (transportable, difícil de falsificar, escaso, etc).   Bitcoin nunca fue el primer bien cuya utilidad es ser exclusivamente medio de cambio, esto viene de muy atrás tal y como explica Nick Szabo al referirse a lo que él llama collectibles. Szabo, por cierto, es el creador de Bitgold, que es el sistema que sirvió de base para crear Bitcoin.

Continúa Menger:

A partir de dicho concepto de mercancía, entendido en su sentido científico, se puede comprender de inmediato que el carácter de mercancía no es una propiedad intrínseca del bien en cuestión, sino sólo una especial relación de la misma hacia aquella persona que dispone de ella, una relación cuya desaparición entraña, a su vez, la desaparición del carácter de mercancía de los bienes mismos. Y así, un bien deja de ser mercancía en el instante mismo en que el sujeto económico que dispone de ella renuncia a su intención de venderla o bien pasa a manos de una persona que no tiene intención de intercambiarla, sino de consumirla (Menger, 2012, Cap. VII – 1).

Deja claro que él en todo momento se refiere al significado científico del término mercancía, y por tanto es así como hay que entender todo su trabajo:

De lo dicho se desprende una doble conclusión: en primer lugar, que con la alusión genérica al dinero como “mercancía” no se avanza ni un solo paso en el intento de explicar la posición peculiar del dinero en el círculo de las mercancías; y, en segundo lugar, que la opinión de quienes niegan el carácter de mercancía del dinero “porque el dinero, en cuanto tal, y sobre todo bajo la forma de moneda acuñada, no sirve para ningún fin de uso” es insostenible (prescindiendo además del desconocimiento de la importante función del dinero que esta afirmación encierra), ya por la sencilla razón de que esta objeción es aplicable también a la cualidad de mercancía de todos los restantes bienes. Efectivamente, ninguna “mercancía”, en cuanto tal, sirve para fines de uso, al menos en su forma o presentación comercial (en barras, balas, paquetes, etc). Para poder ser usado, todo bien debe dejar de ser mercancía, debe perder la forma normal con que aparece en el mercado (hay que diluirlo, romperlo, partirlo, trocearlo, desempaquetarlo, etc.). Los metales nobles aparecen en barras y monedas acuñadas y la circunstancia de que para que se les pueda emplear en sus diferentes usos haya que empezar por despojarles de estas formas de circulación no justifica de ningún modo que se ponga en duda su carácter de mercancía. (Menger, 2012, Cap. VII – 1 nota al pie 5)

Aquí Menger condena como insostenible la opinión que más tarde elaboraría Mises con total claridad y rotundidad. Para Menger una moneda o lingote de oro es una mercancía precisamente porque no se consume, mientras que para Mises una moneda de oro es mercancía ¡¡por la razón contraria!!, es mercancía según Mises porque el oro podría consumirse (electrónica o joyería).  Volvemos a Mises y constatamos cómo clasifica el dinero en diferentes categorías, una de ellas es el “dinero-mercancía”:

Podemos llamar dinero-cosa o dinero-mercancía (Sachgeld) a aquel tipo de dinero que es al mismo tiempo una mercancía (Mises, 1997, p.34)

En Menger sería una redundancia hablar de “dinero-mercancía” porque para él todo dinero es mercancía por definición. Recordemos la cita de más arriba: “con la alusión genérica al dinero como “mercancía” no se avanza ni un solo paso en el intento de explicar la posición peculiar del dinero en el círculo de las mercancías”.  Por tanto sólo cabe interpretar que Mises no utiliza el mismo significado que Menger para la palabra mercancía, y se está refiriendo aquí a que el material del que está hecho ese “dinero-mercancía” tiene una utilidad distinta a la de ser medio de cambio.

Con respecto al valor del dinero, dice Mises lo siguiente:

Cuando explica el valor de los bienes, el economista puede y debe limitarse a considerar como dado el valor de uso subjetivo, dejando la investigación de sus orígenes al psicólogo; pero el problema real del valor del dinero comienza sólo cuando se constata que no tiene valor de mercancía, es decir en el momento de rastrear los determinantes objetivos de su valor subjetivo, ya que el dinero no tiene valor subjetivo alguno sin un valor de cambio objetivo […] Al revés que las mercancías, el dinero nunca puede usarse a menos que posea un objetivo valor de cambio o poder de compra (Mises 1997 p.72)

Aquí queda ya meridianamente claro que para Mises el valor de una mercancía necesariamente implica una utilidad distinta a ser medio de cambio, mientras que para Menger lo que caracteriza a una mercancía es precisamente ser medio de cambio, es decir, que no es necesario que tenga otros usos distintos a ser medio de cambio.

Con este análisis no trato en absoluto de defender que Menger utilizara un significado correcto de mercancía y Mises otro incorrecto.  Aunque sí quiero insistir en que Menger fue muy cuidadoso al definir el término mercancía dedicándole un capítulo entero, cosa que Mises no hizo.  Lo relevante de usar significados distintos son las siguientes implicaciones:

  1. Para Menger el carácter de mercancía no es una cualidad intrínseca del bien, sino sólo una especial relación de la misma hacia aquella persona que dispone de ella. Esto implica que bienes como la moneda fiat, Bitcoin o los collectibles de Szabo son mercancías según Menger.
  2. Para Mises el carácter de mercancía si que es una cualidad intrínseca del bien, y además acota su significado a bienes que han de tener si o si utilidad no monetaria.  Acotación que en ningún momento hace Menger.  Quiero resaltar además que el hecho de que Menger ponga como ejemplos de mercancía bienes con utilidad no monetaria (piel de oso, etc) no sería de ninguna manera justificación para decir  que Menger coincide con Mises en la idea de que una mercancía debe tener una utilidad distinta de la monetaria.  Los ejemplos son eso, ejemplos, y no se puede pretender que sean exhaustivos.  Lo relevante científicamente son los conceptos.

De lo anterior se deduce que Mises no acaba de asimilar la Teoría del Valor Subjetivo expuesta por Menger en lo que se refiere al dinero, pues necesita atarlo a lo que él denomina valor de uso objetivo tal y como demuestra el significado que le da al término “mercancía” y sobre todo tal y como demuestra su afirmación de que el dinero sólo puede valorarse en el supuesto de que previamente tenga un cierto valor de cambio objetivo debido a otro uso distinto de ser medio de cambio.

A partir de ahí comienza lo peor de lo peor de Mises, que es requerir que el dinero ha de poseer valor objetivo de cambio antes de ser útil como dinero:

En efecto, puesto que el dinero, al revés que los otros bienes, sólo puede realizar su función económica cuando posee un valor de cambio objetivo, el análisis de su valor subjetivo requiere previamente el de su valor de cambio objetivo. En otras palabras, la teoría del valor del dinero nos retrotrae del valor de cambio subjetivo al valor de cambio objetivo. (Mises, 1997, p.76.)

Pero, como dijimos anteriormente, el valor de uso subjetivo del dinero, que coincide con su valor de cambio subjetivo, no es otra cosa que el valor de uso anticipado de las cosas que con él se van a comprar. El valor subjetivo del dinero tiene que medirse por la utilidad marginal de los bienes por los cuales puede cambiarse. (Mises, 1997, p.84)

En este último párrafo Mises confunde la utilidad del dinero con su precio.  El valor de los medios de cambio, incluido el dinero, no es el valor de las cosas que con él se van a comprar, sino que deriva del valor añadido que proporcionan los intercambios que dichos medios facilitan.  Menger deja claro que en un intercambio el bien que recibes es más valioso que el bien que entregas.  De ese incremento de valor es de dónde deriva el valor de los medios de cambio (lo que Menger denomina mercancías) aunque no tengan ningún uso distinto a ser de medio de cambio, pues los medios de cambio son una herramienta que facilita incorporar esa diferencia de valor.

Los bienes cuya única utilidad es ser medio de cambio derivan su valor de los costes que ahorran en el intercambio con respecto a las alternativas disponibles para intercambiar (trueque u otros medios de cambio) y también de los nuevos intercambios que posibilitan. Los costes o limitaciones de los medios de cambio los detalla Menger minuciosamente en el Capítulo VIII de Principios de economía política “La Capacidad de venta de las mercancías”. 

Estos costes dependen de cualidades como la cantidad ofrecida con respecto a la demandada (escasez), la divisibilidad, costes políticos, transportabilidad, durabilidad, costes de almacenamiento, etc. Cuanto menores sean los costes que implica utilizar el medio de cambio, mayor será el valor añadido neto que se obtiene de dicho intercambio. Ese valor neto (subjetivo) es la razón por la que se demanda dicho medio de cambio.

Y este valor del medio de cambio no se distingue en nada al valor que le damos al servicio de un broker o intermediario comercial, un periódico de anuncios clasificados, wallapop, una lonja o una bolsa de valores.  Nos facilitan el intercambio y por ello los demandamos e incluso estamos dispuestos a pagar una comisión por utilizarlos, porque el valor añadido que nos proporciona el intercambio es mayor que la comisión que pagamos.

La necesidad de intercambiar es una necesidad como otra cualquiera, y cualquier bien que satisfaga esa necesidad es útil y por tanto valioso. Estos bienes son los medios de cambio y son útiles ya solo por eso, independientemente de que además pudieran tener otras utilidades o no. No es necesaria ninguna teoría especial para analizar el valor de los medios de cambio ni tampoco para el dinero más allá de la teoría que expone Menger para cualquier otro bien.  Y por descontado que no es necesario ningún teorema ad-hoc, como el teorema de regresión.

En conclusión, Mises no entendió a Menger porque no puso en relación el valor de  intercambiar[2] con la utilidad que tienen los medios de cambio para permitir incorporar el valor que nos proporcionan dichos intercambios de manera más eficiente y barata[3]. Este valor cobra mucha más importancia si tenemos en cuenta además la cantidad de intercambios que de otra manera nunca se producirían sino es gracias al abaratamiento que los medios de cambio proporcionan.  

Por reducción al absurdo, ¿Cuál sería nuestra riqueza si no pudiéramos intercambiar entre nosotros en absoluto? Muy pequeña, probablemente una riqueza de supervivencia.  Supongamos que todos sabemos que intercambiando seríamos infinitamente más ricos y que alguien inventa un bien cuya única utilidad es posibilitar el intercambio, ¿Qué demanda tendrían las unidades de ese bien y qué relación tendría su valor con respecto a toda la riqueza adicional que permitirá crear?

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Agradecimientos:

A mi maestro Carlos Bondone por revisar este trabajo, pero sobre todo por ayudarme a entender, entre otras muchísimas cosas, que el intercambio es un bien económico en sí mismo, idea central de la conclusión.

A Fernando Nieto también por revisar este trabajo, pero sobre todo por ayudarme a entender la función de los medios de cambio como herramientas que maximizan el valor de los intercambios, también concepto fundamental de mi conclusión.

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Bibliografía

Bondone, Carlos (2020), Teoría Económica Subjetiva Solidaria – 3a Edición

Menger, Carl (2012) [1871] , Principios de Economía Política, Bubok Publishing

Mises, Ludwig Von (1997) [1912], La Teoría del Dinero y del Crédito. Unión Editiorial

Nieto, Fernando (2020) Exchange Friction Formula. Publicado en Twitter

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[1] Normalmente en este punto utilizaría el término más general “Moneda” según la taxonomía de Bondone (2020, p. 71).  Excepcionalmente usaré el término “Dinero” utilizado por Menger y Mises.

[2] Bondone, 2020, p.34  “El intercambio es un bien económico”

[3] Nieto, 2020 “Un medio de cambio será utilizado y atesorado durante un determinado periodo de tiempo, siempre que sirva para reducir los costes de un intercambio, ayudando a maximizar el valor neto creado por el intercambio”

Hombre-masa y hemiplejía moral

Vivimos tiempos de arduo colectivismo. En general, a lo largo de la Historia, los tiempos de crisis siempre lo han sido. Tiempos de reagrupamiento en la masa y deificación del líder de turno. Tiempos de acallar las discrepancias y repetir consignas políticas sin haberlas procesado o madurado mentalmente. Tiempos de batalla política de bandos, en los que se ataca frontalmente la discrepancia y la libertad de expresión se encoge. Es por ello que creo más importante que nunca hoy en día leer o releer a Ortega y Gasset. Una de las obras que más me ha marcado y que en su momento delimitó lo que serían algunos márgenes de mi marco general de ideas fue La rebelión de las masas. En mi opinión, Ortega no tiene nada que envidiar a los grandes filósofos liberales del siglo XX, y es una figura -aunque quizá con un estilo más periodístico- perfectamente comparable a titanes de la libertad como Berlin o Aron. Ortega defendió el pensamiento liberal en los momentos más difíciles y menos propicios para ello de cara a la opinión pública y publicada, como pudieron ser el auge de los totalitarismos comunista y fascista a lo largo y ancho de prácticamente toda Europa en el siglo XX o la Guerra Civil española.

El discurso de Ortega, a excepción de en el plano económico -que comentaremos más adelante-, siempre fue netamente liberal, algo que, reitero, en aquellos tiempos era un fenómeno extraordinario. Ortega fue de los últimos grandes pensadores españoles en ser igual de crítico con el dogmatismo extremista de la izquierda de su tiempo como con el autoritarismo y nacionalismo conservador de la época. Leer a Ortega, de hecho, nos sirve para sacar al liberalismo de ese profundo economicismo en el que se encuentra siempre metido, no necesariamente en círculos de análisis y debate liberal, sino, más bien, de cara al público.

La idea que Ortega expone en La rebelión de las masas, y que encuentro de rigurosa actualidad, gira en torno al final de la primacía y el dominio de las élites, cuya disolución libera a las masas que ya no se encuentran sujetas por firmes convicciones individuales, irrumpiendo alocadamente en la sociedad sin ningún tipo de valor o guía de comportamiento social a nivel individual y que no les haya sido impuesto por un tercero, en muchos casos, político. Lo mejor de leer la obra de Ortega es pensarla en su contexto. Hemos de tener en cuenta que La rebelión de las masas se publica en pleno proceso de ascenso de los fascismos y el ya confirmado dominio del comunismo en territorio soviético. Es por ello, que podemos afirmar que la crítica de Ortega se halla frontalmente dirigida a las ideologías totalitarias y, especialmente, a los nacionalismos de todo pelaje. Ortega asocia a la ascensión de la política de masas el crecimiento de su homóloga cultural, la cultura de consumo masivo y sencillo, que muchas veces no pasaban de ser significados políticos en significantes supuestamente culturales.

Un rasgo definitorio de Ortega, y que nos permite encuadrarlo a la perfección como liberal, es que no procede a defender o excusar un totalitarismo frente al otro, centrando su crítica a ambos en la defensa del individuo, amenazado por la irrupción de las masas y de lo colectivo. Aquí conviene detenernos a analizar y estudiar cuidadosamente el concepto de “masa” y más concretamente “hombre-masa” en la obra orteguiana. Una distinción importante por realizar es la que se produce entre el concepto de “clase” en la literatura marxista frente a la “masa” orteguiana. Para Ortega, la “masa” representa una colectividad transversal formada por seres que han renunciado previamente -aunque quizás no de manera absolutamente consciente- a su individualidad soberana, para adquirir en su lugar el carácter global de la colectividad, pudiendo sentirse así como parte de la tribu y, en consecuencia, dejando de ser unidades libres, críticas y pensantes, debido a que es la tribu la encargada de marcarles el pensamiento y la actuación en todo momento, siendo el seguimiento de las pautas un mero efecto reflejo. Se deja atrás la razón para dar paso a la emoción colectiva. No debemos olvidar que a causa de sociedades como las que describe Ortega hoy la Marcha sobre Roma, los Congresos de Núremberg, el Holodomor o la Revolución Cultural maoísta aparecen en los libros de Historia. A todo totalitarismo Ortega le dedica el calificativo de “ejemplo de regresión sustancial”. Son precisamente dichas regresiones sustanciales las que culminan el proceso de conversión del hombre en hombre-masa, siendo este un ser conformista, vulgar y entregado a la colectividad, con temor a ser diferente y encontrándose completamente imbuido por una masa alocada, que dicta su pensamiento y comportamiento.

Es en torno a los caudillos o dictadores cuando el individuo más reniega de su espíritu crítico, permitiendo ser absorbido por el conjunto y adquiriendo una actitud gregaria que únicamente esconde la barbarie colectivista bajo un manto de falsa solidaridad, modernidad o falso civismo. No debemos olvidar que fueron precisamente dichas disoluciones del individuo en lo gregario, lo que a lo largo de la Historia siempre ha generado graves amenazas y daños al orden democrático-liberal.

Ortega era un gran europeísta, incluso un eurófilo, me atrevería a añadir. No me escondo al afirmar que esta es una de las razones -aunque quizá no de las principales-, de que Ortega sea sin duda uno de mis filósofos de cabecera. Ortega fue defensor de la idea de una Europa unida incluso previamente a la Segunda Guerra Mundial. Él no tuvo que observar el desastre de la autodestrucción europea para comprender que necesitábamos unirnos en libertad y fraternidad. En contra de lo que algunos han comentado en ocasiones, Ortega en ningún momento creyó necesario que los países miembros de lo que el denominaba como la “ultranación” que sería Europa, debieran dejar atrás sus culturas y tradiciones, sino más bien al contrario. Ortega pensaba que con la aportación de todas las culturas europeas se lograría solidificar una verdadera comunidad europea, recuperando así la hegemonía y el poder de los que Europa había disfrutado en un pasado. Ortega fue sin duda un visionario de lo que más tarde convendría en llamarse Unión Europea.

Al contrario de lo que pueda parecer tras una primera lectura superficial de la idea orteguiana de Europa, la defensa de Ortega de una supuesta comunidad europea no es en absoluto estatista. Es más, Ortega parte de la idea de que la decadencia europea se debe al excesivo crecimiento y usurpación de todas y cada una de las cotas de poder disponibles por parte del Estado, que a través de su asfixiante intervencionismo estaría aniquilando la creatividad y espontaneidad de la ciudadanía.

Otra de las obras que más me gusta de Ortega y Gasset, y que creo que, aunque no de manera directa, contribuye en gran parte a delimitar su marco ideológico y resalta su defensa de las ideas de la libertad, es La deshumanización del arte. En ella, Ortega realiza una envolvente crítica a la cultura de masas y explica como la irrupción de la masa política y social en el campo de la cultura habría contribuido a degradarla y vulgarizarla, sustituyéndola por una versión absolutamente estereotipada. No podemos negar el elitismo de Ortega en lo referente a la cultura, pero, de nuevo, hay algo que siempre se ha malinterpretado en La deshumanización del arte, y que es consecuencia directa de una lectura superficial del texto orteguiano. El elitismo cultural de Ortega ha sido muchas veces interpretado como un deseo de restricción del acceso a la cultura, cuando en realidad, Ortega lo que desea restringir es la masificación de la producción cultural y establecer mejores mecanismos de filtración para asegurar la calidad de las producciones culturales. Ortega quiere que sean los propios intelectuales y artistas los que entre ellos (en ningún momento hace alusión a que el Estado deba decidir que es buena/mala cultura) filtren y restrinjan la producción cultural para asegurar un cierto estatus y calidad. Por otro lado, Ortega es un firme creyente en la universalización del acceso a la cultura, alegando que la cultura debería encontrarse al alcance de todo el mundo independientemente de los medios a su alcance. Mientras tanto, la producción cultural tampoco debe restringir la entrada a nadie por falta de medios, sino únicamente por no cumplir con unos patrones estéticos e intelectuales -los cuales debe marcar en todo momento la comunidad artística y no el Estado-. Ortega era un reconocido cosmopolita y, como tal, creía que la difusión de la cultura (enmarcando aquí también las ideas) no debía toparse con fronteras nacionales, sino pasar un ser un patrimonio universal y universalista. Este es otro de los rasgos del marcado carácter antinacionalista de Ortega que hacen mis deleites.

Conviene ahondar algo más en la crítica orteguiana al nacionalismo por la fantástica estructura, profundidad y poder de convicción de esta. Ortega define el nacionalismo precisamente como un fenómeno más del gregarismo político y de las colectividades forzosas y forzadas sobre los valores individuales. Ortega rechaza el argumento etnonacionalista de la nación como cónclave de una comunidad racial y defiende la tesis de Renan, al enmarcar a la nación en una continuidad plebiscitaria por parte de los ciudadanos, en la que estos con sus acciones, omisiones y aceptación o réplica de las instituciones son los encargados de construir la “unidad de destino” a la que se refiere Ortega. Ortega defiende un concepto de nación abierto, cosmopolita y flexible, que cuadra a la perfección con su idea de Europa y la pluralidad de esta.

No podemos finalizar este escrito sin mencionar el que, desde mi humilde punto de vista, fue uno de lo grandes errores de Ortega, que es su crítica, absolutamente infundada y construida sobre clichés, del libre mercado y su funcionamiento orgánico. La defensa del liberalismo por parte de Ortega, tristemente, no se ve acompañada de una defensa de una de sus partes intrínsecas, como es el caso del liberalismo económico. Ortega alega desconfianza hacia el libre mercado y procede a criticarlo con base en creencias subjetivas y falsas acusaciones. De hecho, su crítica al liberalismo económico es muy fuerte, pero nada profunda. Le dedica simplemente unas páginas en La rebelión de las masas, aparte de pinceladas sueltas por el resto del libro, pero en ningún momento ataca el libre mercado con la solidez argumental y profundidad ideológica con la que critica por ejemplo la masificación social o el nacionalismo. Creo, en mi opinión, que esto no es más que un síntoma de su época. Seamos realistas, no se puede esperar que en los años treinta del siglo pasado un filósofo español fuera un ferviente defensor de liberalismo económico, principalmente cuando gran parte de la teoría económica liberal moderna que más se difunde hoy en día no comienza a consolidarse, distribuirse y popularizarse hasta prácticamente el final de la Segunda Guerra Mundial.

En conclusión, creo que las aportaciones de Ortega al pensamiento liberal en la vieja piel de toro son tantas y tan importantes que podríamos escribir páginas y páginas de cada una de ellas y, aún así, dejarnos detalles sin comentar. Lo que más me gusta de Ortega va mucho más allá de sus ideas, y tiene que ver principalmente con su carácter. Ortega fue un intelectual absolutamente independiente de espíritu y mente, que mostró una solidez casi inquebrantable de su marco ideológico, y que, gracias a ello, fue capaz de resistir las presiones políticas de su época, que eran muchas y muy variadas. Si algo nos ha enseñado Ortega es que debemos huir del hombre-masa para evitar caer en la hemiplejía moral.

Referencias

Ortega y Gasset, J. (1921), España invertebrada. Austral.

Ortega y Gasset, J. (1925), La deshumanización del arte. Austral

Ortega y Gasset, J. (1930), La rebelión de las masas. Espasa.