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Apple Visión Pro: Innovación y cautela empresarial

La acción humana es inherentemente empresarial. Todos tomamos decisiones que contemplan costos y beneficios, sacrificios y provechos. Todos damos y recibimos. La cooperación, el juego estratégico o la vida en sociedad se caracteriza porque nuestras acciones parten de una estimación acerca de las acciones de los demás. Es decir, jugamos con las cartas que nos jugamos en la vida porque pensamos que otros se jugarán unas en particular. Por ejemplo, compramos al carnicero porque pensamos que no nos va a dar carne descompuesta. Y puede que pensemos eso porque la última vez nos vendió carne en buen estado, porque parece un carnicero honesto o porque tiene su carnicería desde hace años funcionando.

La información para estimar lo que harán o preferirán los demás

Las empresas, como máxima expresión de la función empresarial, viven de estimar que harán y desearán los demás para anticiparse y buscar satisfacer sus necesidades. Con frecuencia, los liberales defendemos que ese proceso de estimar continuamente las necesidades de los demás para asignar recursos. Decidir que se va a producir y cómo se va a distribuir, deben llevarlo a cabo las empresas de manera descentralizada o en régimen de competencia. Esto, porque las preferencias del público cambian continuamente. Y a pesar de que las podamos intentar conocer por diversos medios, la preferencia revelada en la compra es el dato más fiable sobre lo que ocurre con los consumidores. Y los precios de mercado son una fuente de información insustituible.

Innovación y planificación central

Adicionalmente, las empresas innovan, una osada tarea que en ocasiones implica crear nuevas necesidades en el público. La innovación es un gran riesgo porque se construye con grandes vacíos de información, requiere muchas veces de una corazonada, intuición y riesgo. Sin embargo, la innovación puede premiar muy bien a los pocos que tienen éxito. Frente a la innovación, los liberales también defendemos que se haga por medio del mercado, a treves de firmas con una restricción presupuestaria estricta (RPE). Porque ello permite detectar a posteriori los pobres proyectos de I+D e incentiva que se cierren o reorienten las innovaciones menos valoradas. En consecuencia, paradójicamente, la RPE incentiva la innovación porque castiga a los ineficientes, evitando el derroche de recursos.

Las empresas públicas o subsidiadas tienen una restricción presupuestaria blanda (RPB). Pueden innovar tan bien como cualquier otra empresa. Pero socializar riesgos incentiva a sostener los malos proyectos y socializar beneficios desincentiva que los agentes se arriesgan para innovar. Los errores pueden no acarrear costos para la empresa, sí afectar la reputación del funcionario. Además, dentro de los planes centralizados de producción, quienes innovan se arriesgan a no cumplir los objetivos originales o que los objetivos se actualicen al alza al año siguiente. Al final, hay más riesgos que beneficios al innovar con RPB que con RPE.

Innovación: un intento por cambiar la vida de otros

Los productos innovadores son una apuesta por cambiar la vida de los clientes, por lo que requieren de:

  1. Publicidad: para informar y persuadir al cliente de los beneficios del producto, convencerlo de probarlo e incorporarlo en su vida.
  2. Cautela: para poder hacer los cambios de rumbo necesarios para que la innovación se ajuste a las necesidades del consumidor a medida que se van revelando.

Las empresas viven en diálogo con sus consumidores, tratan de influir en ellos y se dejan influir por ellos. Por tanto, cualquier exceso de imposición, ingeniería social o arrogancia puede ser inmediatamente penalizado por los consumidores. En términos sencillos, nos gusta que las empresas nos inviten a hacer algo, pero no que nos obliguen a hacerlo. Los consumidores penalizan a las empresas cuando hacen cambios innecesarios, pero también cuando no hacen los cambios pertinentes; cuando se adelantan demasiado y cuando se quedan atrás; cuando se expanden demasiado rápido o cuando lo hacen demasiado despacio.

A diferencia del sector privado, el sector público no ajusta continuamente sus servicios. Por desgracia, no se penaliza como se debería el anticuado modelo educativo o el arcaico sistema de registro civil. Tampoco se penaliza la imposición prematura de fuentes de energía ineficaces y poco desarrolladas. Los políticos no están incentivados ni disponen de información para manejar al ritmo casi perfecto del mercado, el diálogo entre innovación y conservación es totalmente desigual o desordenado dentro del Estado.

El caso de Apple Vision Pro

Apple expuso oficialmente este mes de junio su nueva línea de productos de realidad mixta (virtual y aumentada). El último lanzamiento fue la línea de Apple Watch hace casi una década y la empresa es reconocida por liderar las tendencias del mercado. Sin embargo, a pesar de que la RV/RA lleva tiempo en el mercado, con dispositivos de todo tipo de precios y calidades, la apuesta de Apple está cargada de riesgos e incertidumbre, en parte por su precio, pero fundamentalmente por la complejidad de dicho mercado. 

La RV/RA/RM es un gran enigma tecnológico porque las personas valoramos las experiencias inmersivas. Pero este tipo de dispositivos no han tenido el éxito esperado como producto preferido para consumir películas, videos, redes sociales o videojuegos. A pesar de que muchas personas consideren «emocionante» el uso de la RV/RA o el metaverso, al usar los cacos de RV las personas se agotan con facilidad, los encuentran pesados e incomodos, se marean y no les dan un uso prolongado. De hecho, prácticamente el uso que mejor crecimiento ha tenido es el de reproducir pornografía.

La cautela

Claramente, el producto es más amigable para los jóvenes que para las viejas generaciones (45% de los usuarios son «generación Z») y la apuesta de las empresas es poder captar ese público y hacerlo crecer con sus productos, como ocurrió con el iPhone. No obstante, Apple y las empresas que apuestan por este sector deben ser extremadamente cautelosas. No adelantarse. Invertir lo justo sin abandonar otros mercados o proyectos. Además, Apple debe trabajar con sus desarrolladoras buscando que otros agentes descentralizadamente participen en el mercado y así poder generar sinergias y obtener nociones sobre las tendencias de los consumidores.

La RV/AR/MR es apasionante, pero no es nueva, y lleva tiempo en los mercados buscando su camino. Apple ha hecho una gran apuesta lanzando una versión de muy alta calidad y precio, con características como, por ejemplo, «poder grabar y reproducir tu vida» con sus cámaras frontales. Esto puede sonar más atractivo de lo que realmente es (aunque si sustituye a los idiotas que graban conciertos desde sus móviles, será un gran avance para la humanidad). Queda esperar la reacción de los usuarios, las tendencias espontáneas del mercado, la acción de la competencia, entre otros elementos interesantes que forman parte de la cautelosa y nunca estática innovación empresarial.

Una crítica a Rawls: sobre la supuesta ausencia de una antropología metafísica en la posición original

La Teoría de la Justicia de John Rawls es seguramente la obra de filosofía política más importante del siglo XX. En ella, el filósofo estadounidense revitaliza la tradición contractualista concibiendo la sociedad como un pacto que, en vez de histórica, se produce hipotéticamente. En su Teoría convierte el histórico “estado de naturaleza” en una hipotética “posición original”. En esta posición, los individuos representativos tendrían que acordar, en igualdad de condiciones, los principios de justicia de los que se derivaría toda la legitimidad estatal.

Pero estos individuos hipotéticos están sometidos a lo que Rawls denominó “velo de la ignorancia”, es decir, desconocen todo elemento particular de la sociedad. Este velo hace que los individuos desconozcan la posición que van a ocupar en la sociedad, pero también en qué sociedad vivirán, la suerte que tendrán en la distribución de talentos naturales, cuáles serán sus principios o fines vitales e incluso sus particulares psicologías. Así, los individuos representativos se presentan como seres humanos que tan solo conocen los “hechos generales”, es decir, conocimiento no particularizable de la sociedad humana (conocimientos de economía, psicología o sociología, entre otros).

Una crítica que se hizo desde el primer momento a Rawls es que su idea de individuos representativos “purgados” de toda parte empírica y contingente a la hora de decidir los principios de la justicia requería una metafísica del yo concreta para operar. La crítica era, por lo tanto, doble: primero, Rawls no especificaba de qué concepción antropológica partía y, segundo, en la medida en que ese era su punto de partida, si se tumbaba su antropología metafísica, toda la Teoría de la Justicia caía detrás.

Esta crítica parte de poner en duda la separación que tan comúnmente hacemos entre razón y sentidos, entre experiencia y lógica. Si, como creo, la razón no es pura y se modula constantemente con nuestra experiencia sensible y atributos contingentes (y viceversa), la idea de un individuo representativo sometido perfectamente al velo de la ignorancia es algo difícilmente realizable.

Rawls contestó las objeciones afirmando que aquellos que las objetaban no eran capaces de entender la posición original como un “recurso de representación”, es decir, como una forma de modelar

lo que contemplamos como condiciones equitativas bajo las cuales los representantes de personas libres e iguales han de especificar los términos de la cooperación social.

RAWLS, J (1985) Justice as Fairness: Political not Metaphisical

Si se entiende asi, la posición original

No nos compromete más con una doctrina metafísica sobre la naturaleza del yo de lo que jugar a un juego como el Monopoly nos compromete a pensar que somos terratenientes enfrascados en una rivalidad encarnizada en la que el ganador se queda con todo (Rawls, 1985).

Desde mi punto de vista, esta respuesta no es lo suficientemente satisfactoria porque tiene dos problemas de difícil resolución: Por un lado, parece difícil consensuar un concepto de individuo amputado de la razón sin presuponer una cierta antropología de la que Rawls no da cuenta. Por otro lado, incluso aceptando que este concepto pueda llevarse a la práctica, parece difícil hacer depender la existencia de obligaciones concretas de un “recurso de representación”, es decir, de una mera hipótesis.

Cuando Rawls habla de los que acuerdan los principios de justicia en la posición original no parte de individuos concretos, sino de un concepto de individuo del que no da cuenta. El concepto de individuo no es algo que se nos aparezca en la realidad. En el mundo existen individuos concretos, particularizables y materiales (yo, tú o John Rawls) pero en ningún caso existe, ontológicamente, el “individuo” como concepto. No debemos simplificar: la inexistencia ontológica no significa que estos conceptos no existan, lógicamente, en el lenguaje y en el entendimiento.

Efectivamente, la inteligencia crea conceptos para interpretar la realidad y nosotros nos valemos de ellos continuamente para posibilitar la comunicación y la vida social[1]. Sin embargo, y siguiendo a Aristóteles, estos conceptos y en nuestro caso el concepto de individuo no tiene la misma entidad que la pluralidad de seres que vemos en la realidad. Cualquier concepto es una creación analógica que, aunque parte de la pluralidad ontológica, no engloba ni contiene a los seres físicos.

Así, la idea de “ser humano” o “individuo” surge de la observación de los distintos hombres y mujeres, pero no existe como algo de lo cual cada uno de nosotros formemos parte ontológica. Lo que originalmente existe (y lo único ontológicamente) son seres diferentes particulares y si Rawls parte de un concepto es porque lo ha construido a partir de la realidad. La pregunta que habría que volver a realizarle es, pues: ¿Cómo está construyendo su idea de individuo?

La pretensión de Rawls (no presuponer ninguna naturaleza del yo previa a los atributos contingentes que tiene cada uno de los individuos particulares; ni siquiera presuponer la existencia de un yo purgado de contingencias) es irrealizable en un contexto en el cual pretende elaborar una teoría de la justicia desde una posición original que elimina las “perturbaciones” particulares: si dice que no presupone nada antes de lo particular y elimina las particularidades, ¿Qué queda en el individuo de la posición original?

Esto enlaza con la segunda crítica, puesto que lo que está haciendo Rawls es aceptar que no hay nada objetivo a lo que se pueda aferrar su teoría para que de ella se deriven obligaciones reales para todos. Si entendemos, a la manera platónica, que existe una idea ontológica de individuo de la que todos participamos como individuos concretos, podemos hacer fácilmente depender de ella la obligación que tendríamos de cumplir los principios de justicia. Incluso si desechamos la existencia ontológica del concepto, podemos mantener que, en la medida en que se comparta cierta concepción metafísica del individuo, podría hacerse derivar estas obligaciones de aquella concepción. Sin embargo, si también se rechaza un concepto del yo metafísico y solo quedan individuos particulares[2] ¿de dónde se va a derivar la existencia real de las obligaciones con el Estado y con los demás que se derivan de la justicia como imparcialidad?

Si la posición original es solo un “recurso de representación” para figurarnos cuáles son los términos de la cooperación social, solo puede obligar individualmente y en el plano moral, casi como cualquier otra forma de reflexión ética que nos imaginemos. Así, no habría ningún problema en que, si uno considera que la posición original es una hipótesis aceptable y concluye de ella, la teoría rawlsiana, viva conforme a ella, done su patrimonio en la medida en que su posición económica no mejore las expectativas de los menos favorecidos etc.[3] Lo que no podría hacer, en ningún caso, es deducir obligaciones para todos de su razonamiento, porque esto equivaldría, siguiendo la metáfora del propio Rawls, a exigir cantidades de dinero reales a individuos que ni siquiera están jugando al Monopoly, porque, mientras jugábamos nosotros, hemos considerado que han caído en nuestras casillas[4].

Así, Rawls sólo parece tener dos opciones: o reconocer una cierta antropología metafísica para poder seguir manteniendo la posición original como “políticamente vinculante”, o aceptar que solo existen individuos particulares y materiales y que para vincularlos políticamente necesitamos su consentimiento individual.

Si defiende esto último, la posición original no tiene sentido como legitimador de obligaciones políticas. Podrá tenerlo como reflexión ética individual, pero no de otra forma. Como creo que la intención última de Rawls es legitimar cierta intervención estatal más que simplemente invitar a la reflexión ética, creo que independientemente de que Rawls afirme que su teoría no presupone una concepción metafísica del yo, realmente lo hace. Y el hecho de que no se analice es una laguna importante.

Además, debe apuntarse que el hecho de que la teoría requiera una determinada concepción metafísica de la persona no es, per se, una debilidad. De hecho, Rawls podría haber aprovechado su concepto de “consenso solapante” para ofrecer una antropología que, aunque tomara parte, fuera ampliamente aceptada desde diversas concepciones filosóficas. Aun así, creo que el afán de Rawls de “limpiar” a los individuos representativos de cualquier condicionamiento no racional haría de su antropología metafísica algo difícil de aceptar para cualquier visión filosófica no puramente idealista.

Bibliografía

John Rawls, Justice as Fairness: Political not Metaphisical (1985). Philosophy and Public Affairs, 14, 223-251. Trad. De E.G. Martínez Navarro en Diálogo Filosófico 16 (1990), 4-32.


[1] Incluso podemos afirmar que la vida política existe gracias a que somos capaces de comunicarnos porque utilizamos conceptos.

[2] No se entienda de esta critica que creo que tenga que existir algo previo o distinto a los individuos particulares, simplemente que si afirmamos que esto previo no existe no tiene sentido figurarse a individuos “purgados” (o más bien amputados) de lo particular.

[3] Obsérvese que aquí los “individuos representativos” que este uno imaginaria negociando serían resultado de su razón abstraída de sus particularidades, pero nada más.

[4] La única forma de la cual se podrían imponer obligaciones para todos los miembros de la sociedad es que todos acordáramos jugar una partida de Monopoly, acordando además que las consecuencias que se derivaran de ellas nos afectaran a todos más allá del juego.

Caos en Colombia

Edgar Beltrán. Este artículo fue originalmente publicado por Law & Liberty.

Hace diez meses, Gustavo Petro fue elegido primer presidente abiertamente de izquierdas de la Colombia moderna. Desde entonces, la situación en Colombia ha sido cada vez más tumultuosa. Inicialmente, los partidos de centro y centro-derecha intentaron apaciguarle promoviendo partes de su programa a cambio de puestos en su gabinete. Esta estrategia acabó fracasando cuando rechazaron su reforma sanitaria, y los escándalos políticos fueron en aumento. Más recientemente, el suicidio del coronel Óscar Dávila, figura clave en un escándalo político, ha suscitado especulaciones sobre un posible asesinato político.

Muchos eran optimistas sobre la presidencia de Petro. Al principio hizo gala de unas dotes de negociación nunca vistas hasta entonces, racionalizando la mayor parte de su agenda. Sin embargo, poco a poco, su coalición, que incluía a los dos partidos más tradicionales de Colombia y al partido del expresidente y premio Nobel Juan Manuel Santos, empezó a tambalearse.

Hacia el autoritarismo progresista

Como respuesta, empezó a coquetear con el autoritarismo y a dar un duro giro a la izquierda. Petro despidió a más de la mitad de su gabinete. Esto incluye puestos clave como los ministros de Interior, Sanidad, Hacienda y Agricultura, y lo llenó de leales. En un discurso pronunciado el 1 de mayo para conmemorar el Día del Trabajador, amenazó con iniciar una revolución si no se aprobaba su programa. También le dijo al Fiscal General (que en Colombia es elegido por la Corte Suprema, no por el presidente, y pertenece al poder judicial) que él era el “jefe de Estado y, por tanto, su jefe”.

Evidentemente, esto es preocupante. Pero para entender el ascenso de Petro al poder y su coqueteo con el autoritarismo, debemos entender de dónde viene, y cómo Colombia se enamoró de Petro.

Una larga carrera en el comunismo y la violencia política

A los 17 años, Petro se hizo miembro del Movimiento 19 de Abril (M19). Es un grupo guerrillero urbano formado en su mayoría por jóvenes educados de clase media-alta cautivados por el marxismo. El M19 es más conocido en Colombia por el tristemente célebre ataque a la Corte Suprema en 1985. En ese atentado murieron doce magistrados de la Corte Suprema junto con casi 100 personas. Muchas de ellas perecieron a sangre fría a manos del M19. Otras ardieron en los incendios que se produjeron a continuación. Aún otras fueron abatidas en el fuego cruzado entre el M19 y el ejército y la policía colombianos.

Petro, que entonces era concejal, no se encontraba en el palacio, sino cumpliendo una pena de prisión por almacenamiento ilegal de armas. Tras la disolución del M19 en 1990, Petro asesoró la reescritura de la Constitución colombiana en 1991. Fue elegido congresista, lo que daría el pistoletazo de salida a una larga carrera política. Esta carrera incluiría un puesto diplomático en Bélgica, ocho años como congresista, cuatro años como senador, cuatro años como alcalde de Bogotá y dos candidaturas presidenciales fallidas.

Sin embargo, gracias a una ola de descontento que desembocó en violentas protestas masivas en 2021, Petro sería elegido presidente en 2022.

La impronta política de Álvaro Uribe Vélez

Durante la mayor parte de su historia contemporánea, Colombia tuvo un sistema de gobierno bipartidista. Salvo la dictadura de cinco años de Gustavo Rojas Pinilla, Colombia fue gobernada por el Partido Conservador o el Partido Liberal desde 1900 hasta 2002. Hasta la presidencia de Álvaro Uribe Vélez, que puso fin al tradicional bipartidismo. Uribe asestó un golpe mortal a las guerrillas en el país, y se convirtió en un “kingmaker” tras sus ocho años de presidencia. El siguiente presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, fue su ministro de Defensa (aunque más tarde rompería con Uribe). Y su sucesor, Iván Duque, fue el candidato de Uribe en 2018.

Sin embargo, el estilo combativo de hacer política de Uribe, que llegó a armar a civiles para enfrentarse a la guerrilla, sembró la división en el país. El polémico acuerdo de paz de Santos y la mediocre presidencia de Duque, rematada con las violentas protestas de 2021 que casi acaban con su presidencia, sólo empeoraron las cosas y allanaron el camino para un candidato antisistema. Muchos colombianos estaban cansados de las élites tradicionales. Y Petro, un hombre que llevaba 30 años en la política colombiana denunciando la corrupción del sistema y pidiendo una renovación radical y de izquierdas del sistema político colombiano, se subió a la ola.

Un boxeador

Petro derrotó por un estrecho margen del 3% a Rodolfo Hernández, otro candidato de fuera, en las elecciones de 2022. Su alianza sólo obtuvo 39 de los 109 escaños del Senado y 70 de los 188 de la Cámara de Representantes, apenas suficientes para convertir a Colombia en el paraíso socialista que tenía en mente.

Muchos pensaron que sufriría las mismas limitaciones que Duque cuatro años antes: sin suficiente apoyo parlamentario, su gobierno se estancaría y se limitaría a unos pocos decretos ejecutivos y discursos. Serían otros cuatro años mediocres para Colombia. Al fin y al cabo, Petro se ganaba la vida enfrentándose a la clase política tradicional y denunciando su corrupción. Era un boxeador, no un jugador de ajedrez.

La audacia de Petro

Lo que no esperaban era que Petro fuera lo suficientemente audaz como para jugar limpio con los partidos tradicionales: ofreció puestos en su gabinete tanto a los partidos Conservador y Liberal como al Partido de la U (el partido del ex presidente Santos) y prometió moderar algunas de sus posturas (por ejemplo, diciendo que no intentaría simplificar las expropiaciones). A cambio, estos partidos acelerarían su programa. Con su apoyo, contaba con una mayoría de dos tercios en ambas cámaras del Congreso, más que suficiente para promulgar su proyecto.

Al principio, pudo hacerlo. Aprobó rápidamente una reforma fiscal, la ley de “paz total” que establece un nuevo marco de negociación con los cárteles de la droga y la guerrilla en el país, y parte de su reforma agraria para dar tierras a los pequeños agricultores.

Conspiranoia

Sin embargo, una polémica reforma sanitaria demostró que, a ojos de Petro, trabajar con su coalición era un ejercicio de equilibrismo insuperable. Es la Colombia que tiene en su mesiánica cabeza o nada. La reforma no consiguió ser votada en el Congreso a finales de abril.

El hombre más rico de Colombia, Luis Sarmiento, se apresuró a duplicar sus donaciones a los partidos tradicionales colombianos, incluidos los de la coalición de gobierno, lo que dio a Petro más razones para afirmar que las élites del país intentaban hacer fracasar su proyecto. Después de esto, la cara más conocida de Petro -el populista con impulsos autoritarios- se mostró a la vista de todos.

“Se están burlando de la decisión de los votantes y eso no debe ser”, dijo Petro en rueda de prensa. “Creo que el Gobierno debe declararse en emergencia”.

Poderes extraordinarios

Tras enfrentarse a un único escollo legislativo, Petro amenazó con crear un gobierno de emergencia que le diera más poder. Redactó un Plan Nacional de Desarrollo que incluía medidas para otorgar al presidente poderes extraordinarios en asuntos medioambientales y de seguridad en línea. Sin embargo, el Plan aprobado a principios de mayo no incluía tales disposiciones.

A continuación, pidió a todo su gabinete que presentara su dimisión. En total, 12 de sus 19 ministros ya han sido sustituidos en sus primeros nueve meses, siete de ellos tras la rabieta de Petro, más el jefe de gabinete.

“La invitación a conformar un pacto social por el cambio [en Colombia] fue rechazada”, anunció Petro en su cuenta de Twitter, un claro subtexto dirigido a los partidos tradicionales que intentaron apaciguar a Petro y moderar su agenda.

Todos los ministros destituidos son miembros moderados de su coalición, como su ministro de Hacienda, José Antonio Ocampo, miembro del Partido Liberal. Entran los partidarios de la línea dura de la izquierda y algunos de sus más firmes partidarios, que sobrevivieron a la puerta giratoria de su mandato como alcalde de Bogotá (cuando más de 50 personas pasaron por su gabinete de nueve miembros en cuatro años).

Cambios en el gobierno

Peor aún, el intento de los partidos de apaciguar a Petro y unirse a él en el gobierno creó un problema mayor: la rebelión interna. Algunos miembros de los partidos Conservador, Liberal y de la U todavía desean apoyar a Petro y promulgar su programa. Petro está apostando a que puede tener éxito negociando individualmente con los miembros de los tres partidos en el Congreso en lugar de tratar con las directivas de los partidos. En este momento, podría funcionar.

Destituyó a la controvertida ministra de Sanidad, Carolina Corcho, y la sustituyó por Guillermo Alfonso Jaramillo, un camaleón de izquierdas. Jaramillo fue secretario de Salud de Petro en Bogotá, al igual que el nuevo ministro de Hacienda, Ricardo Bonilla. También nombró jefe de gabinete a Carlos Ramón González, antiguo guerrillero e inflexible izquierdista.

A la ofensiva

Y luego pasó a la ofensiva. En un discurso pronunciado el 1 de mayo desde el balcón presidencial, se mostró dispuesto a confiscar la propiedad privada, diciendo: “La gran revolución en marcha requiere una clase obrera movilizada, organizada, unida y luchadora, este gobierno quiere una alianza profunda e inquebrantable con el pueblo trabajador.”

“La tierra es para quien la trabaja”, dijo. “Tiene una función social, una función medioambiental. La tierra no es para un grupo de herederos feudales y esclavistas que la conservan. . . y la defienden matando a los pobres”. Y añadió: “El gobierno tiene que tomar la tierra”.

Esto es preocupante, pero eso no fue lo peor.

“No basta con ganar en las urnas, el cambio social implica una lucha permanente y la lucha permanente se da con el pueblo movilizado, y a la cabeza de ese pueblo tiene que estar la juventud, el pueblo trabajador, la clase obrera”. El intento de recortar las reformas puede llevar a una revolución”, añadió en el discurso, en el que se comparó con Simón Bolívar, el libertador venezolano de Colombia.

La amenaza de revolución no pasó desapercibida.

La marcha de la guardia de base racial

Dos días después, el 3 de mayo, 600 hombres de la llamada Guardia Indígena marcharon hacia el recinto del Congreso colombiano vestidos de negro, con los rostros cubiertos y garrotes en las manos, mientras el Congreso discutía el Plan Nacional de Desarrollo de Petro. Muchos medios locales consideraron que se trataba de un intento inaceptable de intimidar al Congreso para que aprobara las reformas de Petro, y la Guardia regresó el jueves, justo cuando se aprobaba el plan.

Pero Petro no se detuvo ahí. El 26 de abril compartió una noticia que decía que un fiscal, Daniel Hernández, ocultó información sobre asesinatos perpetrados por el Cartel del Golfo, el cartel de la droga más poderoso de Colombia. El Fiscal General, Francisco Barbosa, criticó a Petro, diciendo que estaba poniendo a Hernández y a su familia en peligro. Luego, el 5 de mayo, le preguntaron por Barbosa y dijo que “se le olvida que soy el jefe de Estado y, por tanto, su jefe”, y luego redobló su posición en las redes sociales, afirmando que Barbosa le había “irrespetado” como “jefe de Estado, representante de la Nación ante el mundo y el pueblo”.

El poder judicial pone pie en pared

En Colombia, la Corte Suprema nombra al Fiscal General, no el ejecutivo. Parecía que Petro intentaba inmiscuirse en otra rama del poder público, justo una semana después de amenazar al poder legislativo. La Corte Suprema publicó inmediatamente un comunicado en el que su presidente, Fernando Castillo, declaraba que el Fiscal General no tenía superior jerárquico y que “desconocer o malinterpretar los fundamentos de nuestro Estado de Derecho genera incertidumbre, fragmentación e inestabilidad institucional”.

Mientras tanto, Barbosa dijo en una entrevista que Petro estaba tratando de acabar con “la Constitución de 1991… materializando su intención de estar por encima de la rama judicial del poder público”, y lo calificó como un “dictador” que está tratando de “dar un golpe de Estado al poder judicial.”

El escándalo

Ahora, Petro enfrenta el mayor escándalo de su administración, luego de que a principios de junio se revelara que su exjefa de gabinete, Laura Sarabia, llegó al extremo de hacer que la Policía interviniera el celular de su niñera tras sospechar que había robado dinero de la casa de Sarabia. Mientras tanto, el exjefe de campaña de Petro y embajador en Venezuela, el polémico Armando Benedetti, se enojó porque nunca recibió un nombramiento a nivel de gabinete, y reveló que Sarabia lo llamó para que la ayudara a enterrar la historia de la niñera, lo que llevó al inicio de una investigación por parte de la Fiscalía General del país. Benedetti, entonces, en una entrevista reveladora, habló de la posible participación de carteles en la financiación de la campaña de Petro, entre otras irregularidades.

El coronel Óscar Dávila iba a ser interrogado por el Fiscal General de Colombia en relación con las escuchas no autorizadas, pero supuestamente se pegó un tiro el día antes del interrogatorio. Se trataba de un interrogatorio que había solicitado personalmente a través de su abogado en una carta pública. Muchos sospechan de juego sucio, porque el primer periodista que llegó al lugar informó de que había visto dos agujeros de bala.

Petro, una vez más, respondió llamando a sus partidarios a las calles y culpando a una conspiración de la derecha de todos los problemas. También insistió en que el Fiscal General y los medios de comunicación eran los culpables del supuesto suicidio de Dávila.

El rechazo de los colombianos

Los colombianos se han cansado rápidamente de Petro. En sólo nueve meses, pasó de ser uno de los presidentes más populares de América Latina a tener un índice de aprobación del 35%. Incluso en sus periodos relativamente benignos, los pequeños escándalos han perseguido su presidencia. Su vicepresidenta, Francia Márquez, una activista ecologista negra, ha sido criticada por utilizar un helicóptero del gobierno para asuntos privados. Su hijo, Nicolás Petro, fue acusado de tener vínculos con cárteles de la droga. Y Petro trató de eludir la situación alegando que “él no lo había criado”, porque Petro estaba en el ejército guerrillero cuando Nicolás era un niño, por lo que no podía ser considerado responsable de Nicolás.

Esta afirmación no resulta convincente, dado que Petro fue el responsable del lanzamiento de la carrera política de su hijo. Sus intentos de aumentar la participación del gobierno en sectores de la economía, bloquear contratos petroleros, endurecer las leyes laborales y amenazar la propiedad privada se volverán contra él más pronto que tarde. Y su coalición legislativa no ha hecho más que reducirse y radicalizarse a lo largo de su mandato.

Petro se ha metido en un buen lío. Ha optado por la confrontación y ha desafiado a las instituciones colombianas, que han resistido valientemente, aunque a duras penas, las guerras civiles, del narcotráfico y de la guerrilla. ¿Cuánto tiempo podrán sobrevivir a un autócrata caprichoso?

Cómo se armonizan las sociedades por medio de las transacciones en el mercado

Julan Omir Aldover. Este artículo fue originalmente publicado en FEE.

Cuando la gente oye la palabra “beneficio”, a menudo le vienen a la mente connotaciones negativas. Para muchos, los beneficios son fruto de la codicia material, emblema de la desigualdad y del mal estado de la naturaleza humana. Los distintos segmentos de la sociedad casi coinciden cuando se les pregunta por la naturaleza de los beneficios. Es una “palabra sucia”, como declaró el primer Primer Ministro de la India, Jawaharlal Nehru. Los medios de comunicación rara vez describen los beneficios como algo más que un margen sobre el coste, y los expertos se apresuran a demonizar a cualquier empresa que obtenga más de un margen de beneficio “razonable”.

Los políticos están en contra de los beneficios… ajenos

Los políticos son un ejemplo notorio de esta mentalidad. La demonización de los beneficios es un garrote conveniente para blandir contra el sector privado. Desplaza la culpa de las malas políticas del gobierno. Por ejemplo, cuando Estados Unidos salía de una alta inflación, algunas de las élites políticas del país se apresuraron a acusar a las empresas de “price gouging”, la práctica de subir los precios por encima de lo “justo”.

No importan los datos. Ignora los aumentos de la oferta monetaria y deja de lado los problemas de la cadena de suministro. Es mucho más fácil culpar a empresas y negocios. Estas entidades se mueven por el interés propio, que se considera intrínsecamente malo. “Denos más poder y nos aseguraremos de que estas empresas nunca obtengan beneficios a expensas del público”, es lo que se dice. No se trata de un fenómeno exclusivo de Estados Unidos; se pueden establecer paralelismos con la retórica utilizada por los políticos filipinos durante los recientes fiascos del azúcar y la cebolla. Al diablo con la economía. Los políticos tienen a su hombre del saco favorito y lo exprimen al máximo.

El beneficio, como garante de la calidad

Contrariamente a las connotaciones negativas, ningún otro mecanismo suscita intenciones más genuinas que el afán de lucro. Dejemos momentáneamente de lado las complicaciones de la sociedad moderna y pensemos sólo en una simple comunidad en la que somos vecinos enemistados. En esta comunidad, tenemos roles adicionales. Yo soy un vendedor y tú eres un comprador. Como quiero tu dinero, te ofrezco mi producto.

Dada nuestra historia de animosidad, es posible que tengas recelos sobre la calidad y seguridad del producto. Tal vez le preocupe su calidad o sospeche que lo he manipulado de algún modo para ponerle en peligro. Sin embargo, también sabe que soy codicioso. Sabe que me interesa convertirle en un cliente habitual. Al fin y al cabo, para que vuelva, su dinero sigue en mis manos. Teniendo esto en cuenta, puede estar seguro de la integridad del producto. Sabe que mi deseo de obtener beneficios es genuino y que nunca comprometeré el producto para su insatisfacción, ya que eso ensuciaría nuestra relación comercial. Por lo tanto, usted compra mi producto.

Esto es una simplificación excesiva de cómo la codicia actúa como garante de la integridad y la calidad. El mundo real nunca es tan sencillo como lo pintan, y la codicia puede conducir a malos resultados según las circunstancias.

El mercado convierte los “vicios” en virtudes

Sin embargo, ese sencillo escenario demuestra cómo el sistema de mercado aprovecha lo que generalmente se considera malo para convertirlo en una fuerza del bien. La codicia, por sí misma, es un vicio de carácter. Sin embargo, en un mercado libre apoyado por el marco jurídico y político adecuado, se convierte en el motor de la satisfacción del consumidor. A través del beneficio, las personas se ven incentivadas a utilizar sus facultades para satisfacer los deseos y necesidades de los demás. En un mundo en el que el único incentivo para producir sea la gratitud y la buena voluntad, no se producirá mucho. Un mundo así no existe o, si existe, no puede sostener civilizaciones durante largos periodos de tiempo.

La salvedad aquí es el marco de las leyes. La codicia puede utilizarse para el bien cuando los medios para satisfacerla pasan por satisfacer los deseos de los demás. Sin embargo, si el entorno político y jurídico permite que la codicia se satisfaga de formas menos deseables, puede ser perjudicial para la sociedad.

Codicia y política

La búsqueda de rentas, por ejemplo, se refiere al aumento de la riqueza propia sin contribuir a la sociedad en general. Este fenómeno se da a menudo en el ámbito político. Las empresas que presionan para obtener protecciones arancelarias y barreras contra la entrada de nuevos competidores en el mercado obtienen estos beneficios sin contribuir demasiado a la economía. También pueden sobornar a burócratas y políticos a cambio de beneficios especiales y dádivas.

En estos casos, las empresas satisfacen su codicia no aportando a la sociedad, sino a través del chanchullo y la corrupción. Representan un lastre constante para la economía que provoca un embotamiento persistente del crecimiento. En estos entornos, la codicia se convierte en una herramienta para engordar los bolsillos de políticos y empresarios por igual. Para fomentar la codicia como fuerza del bien, las reglas del juego deben ser equitativas y no dar lugar a prácticas desleales.

Una fuerza universal

La codicia sustituye a la confianza como garante de la integridad y la calidad, pero sería un error decir que la codicia es mutuamente excluyente de la confianza en el mercado. Es más exacto decir que la codicia sirve de base a la confianza y que existe simultáneamente con ella una vez establecidas las relaciones comerciales. Un comprador en un país extranjero sólo tiene el respiro de la codicia como garantía de que lo que se le vende cumple unas normas mínimas de calidad. Tras múltiples transacciones con el vendedor, se forma una confianza entre ambos, en la que coexiste la codicia.

Sin embargo, mientras que esta confianza puede ser exclusiva entre una pareja de comprador y vendedor, la codicia es un presupuesto universal que impregna la totalidad del mercado. La confianza se construye a través de una serie de transacciones satisfactorias entre un comprador y un vendedor, mientras que la codicia es una constante entre todos los vendedores, un hecho comprendido por todos los compradores.

Asambleas pacíficas y libres

La historia ofrece un ejemplo perdurable de cómo se construye la confianza en la búsqueda del beneficio. Al describir la Bolsa de Londres, el filósofo francés del siglo XVIII Voltaire escribió:

Entrad en la Bolsa de Londres -un lugar más respetable que muchos tribunales- y veréis a representantes de todas las naciones reunidos para la utilidad de los hombres. Aquí el judío, el mahometano y el cristiano tratan entre sí como si todos fueran de la misma fe. Y sólo aplican la palabra infiel a las personas que se arruinan. Aquí el presbiteriano confía en el anabaptista y el anglicano acepta una promesa del cuáquero. Al salir de estas asambleas pacíficas y libres, unos van a la sinagoga y otros a tomar una copa. Éste va a bautizarse en un gran baño en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. A aquél le cortan el prepucio a su hijo y le musitan unas palabras hebreas que no entiende. Otros van a su iglesia y esperan la inspiración de Dios con el sombrero puesto. Y todos contentos.

Voltaire

Considerar el beneficio y el libre mercado como un juego de suma cero ignora que las transacciones de mercado sólo se producen si los resultados son mutuamente beneficiosos para ambas partes. Dado que la obtención de beneficios es el objetivo universal de los vendedores, éstos se movilizan en torno a la satisfacción de los deseos y necesidades de los consumidores. Las historias de conflicto y las culturas contradictorias se dejan de lado por la búsqueda del beneficio en el mercado. Las sociedades se armonizan mediante transacciones de mercado basadas en el aprovechamiento de los deseos insatisfechos. Sin el incentivo del beneficio, la civilización vuelve a un estado en el que la única confianza que se establece es con los propios parientes, en el que los intercambios no reconocen valores recíprocos y en el que la guerra y la conquista son la única forma de salir adelante.

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Sobre el valor de uso y el valor de cambio

Introducción

Este apartado está dedicado a los conceptos valor de uso y valor de cambio, conceptos que serán utilizados para interpretar el fenómeno Bitcoin. Considero que esta actividad puede resultar fundamental a la hora de desmontar los habituales juegos de palabras y tergiversaciones que se dan en este asunto.

El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta.[1]

Como se puede deducir de las explicaciones de Menger, tanto el concepto valor de uso como el concepto valor de cambio o valor de intercambio son subjetivos. En la misma línea se pronuncia Böhm-Bawerk:

El valor de uso es la importancia que el bien tiene para el bienestar de una persona, suponiendo que esa persona lo utilice personalmente para dar respuesta a sus objetivos. De igual forma, el valor de cambio subjetivo es la importancia que el bien tiene para el bienestar de la persona, pero en función de su capacidad para procurarse otros bienes por medio del intercambio.[2]

Con anterioridad a Menger y Böhm-Bawerk, en el ámbito económico no solo era aceptado el valor de uso subjetivo, sino también el valor de uso objetivo. Y lo mismo, en referencia al valor de cambio, tanto el subjetivo como el objetivo. Tras el desarrollo de la teoría subjetiva del valor por parte de los fundadores de la Escuela Austriaca de Economía, todavía se arrastraron durante mucho tiempo esos conceptos caducos, que fueron utilizados incluso por algunos de los propios maestros austriacos, pues nunca resulta sencillo romper con el pasado. Aún hoy en día hay quien se sigue refiriendo al valor intrínseco de determinados bienes, como si tal cosa pudiera tener algún sentido. Todas estas circunstancias han provocado y siguen provocando mucha confusión.

Antes de continuar con lo que nos interesa, comencemos por aclarar que el concepto valor de uso objetivo es una contradicción en los términos, toda vez que el valor es siempre subjetivo. Este concepto, desechado en la actualidad en tales términos, venía a referirse, como nos dice Mises, a un funcionamiento técnico objetivo:

El concepto praxeológico de utilidad (valor de uso subjetivo, según la terminología de los primitivos economistas de la Escuela Austríaca) debe diferenciarse claramente del concepto técnico de utilidad (valor de uso objetivo, como decían los mismos economistas). El valor de uso en sentido objetivo es la relación existente entre una cosa y el efecto que la misma puede producir. Es al valor de uso objetivo al que se refiere la gente cuando habla del «valor calórico» o de la «potencia térmica» del carbón.[3]

El concepto valor de cambio objetivo es, igualmente, una contradicción en los términos y también se ha dejado de utilizar. Sin embargo, hasta el propio Böhm-Bawerk lo utilizaba, siguiendo el uso tradicional de este concepto en la ciencia económica. No obstante, también utilizaba, de vez en cuando, la expresión capacidad objetiva de intercambio que evitaba al menos la contradicción valor-objetivo. De la misma forma que Böhm-Bawerk, Mises también utilizaba el concepto valor de cambio objetivo en su obra de 1912, La Teoría del Dinero y del Crédito, aunque dejó ya de utilizarlo en su obra de 1949, La Acción Humana. Este concepto venía a significar en todos los casos lo que hoy entendemos como poder adquisitivo o poder de compra.[4]

En la tradición subjetivista de la escuela austriaca nunca se dudó de que la separación entre valor de uso y valor de cambio era un simple recurso explicativo que facilitaba el análisis. El propio Menger deja claro en 1871 que valor de uso y valor de cambio son “las distintas formas del único fenómeno general del valor”.[5] En esa misma línea, dice Böhm-Bawerk en 1889 que

es fácil ver que podemos hablar de dos «valores» solo con la misma inexactitud que lo hacemos cuando hablamos de «disposiciones alternativas de la utilidad marginal». Porque evidentemente para una persona solo puede tener un valor subjetivo. Valor es, por definición, la importancia que un bien tiene para el bienestar de un ser humano y ese valor no puede ser a la vez, grande y pequeño, alto y bajo. Pero la manera de pensar y hablar acerca de esto, aunque no totalmente correcta, es la forma real de pensar y hablar en la vida diaria y por esa razón, en los pasajes anteriores, he adaptado mi fórmula a ella.[6]

Y en 1912 dice Mises que “la distinción entre valor de uso y valor de cambio no tiene ya en la teoría del valor la importancia que solía tener”.[7]

En la práctica, no cabe duda de que es siempre una única valoración la que nos conduce a la acción. Esa valoración es, por supuesto, subjetiva. Y si nos centramos en la subjetividad de la valoración, evitando que la palabra cambio o la palabra uso nos lleven a equívoco, nos daremos cuenta de que el valor de uso y el valor de cambioúnicamente están relacionados con nuestras necesidades, el hecho de que la forma que encontremos de satisfacerlas sea a través del uso o del intercambio es circunstancial e irrelevante y no debería llevar a confusión. En definitiva, los conceptos valor de uso y valor de cambio pueden ser un buen recurso explicativo a nivel analítico, pero siempre que se utilicen para aclarar las cosas y no para tergiversarlas.[8]

Sobre el valor de cambio de Bitcoin en sus inicios

Las definiciones citadas al comienzo de este apartado nos permiten darnos cuenta de que cuando “nace” Bitcoin todavía no podía dar satisfacción a nuestras necesidades de forma indirecta, es decir, todavía no se podía cambiar por otros bienes que dieran satisfacción directa a nuestras necesidades. En consecuencia, en aquellos momentos iniciales, no era posible apreciar en Bitcoin ningún valor de cambio. Por supuesto, menos aún se podría haber apreciado utilidad monetaria,[9] puesto que esta implica un valor de cambio que todavía no era posible otorgarle a Bitcoin y algunas otras condiciones más (e. g., una gran comerciabilidad, que no podía existir en el momento de su “nacimiento”). En definitiva, la esperanza de que a Bitcoin se le pudiera llegar a apreciar valor de cambio y utilidad monetaria en el futuro no le otorgaba valor de cambio ni utilidad monetaria en el presente, que es más o menos lo que hace ilusoriamente Polavieja:

La “mera esperanza” de que un bien pueda servir para satisfacer la necesidad de comunicarse, es demandar el bien por el motivo de satisfacer la necesidad de comunicarse. Punto. No hay que elucubrar con otras necesidades. De la misma manera, la mera esperanza de que un bien pueda satisfacer la necesidad de intercambiar, ya es demanda por utilidad monetaria.[10]

Dejando a un lado el “tono” empleado por Polavieja en este párrafo, tengo que decir que esa esperanza, al igual que sucede con las expectativas, permite otorgarle subjetivamente a Bitcoin un valor de uso, pero nunca un valor de cambio. Aquellos que no estén de acuerdo con esta idea me gustaría que reflexionaran sobre lo siguiente. Todo el mundo, en mayor o menor medida, aprecia la música y concede valor de uso a alguna canción en particular. El valor de uso que una persona concede a una canción concreta se debe, entre otros posibles motivos, al agrado que siente al escucharla. Es decir, ese valor de uso se debe a que la canción logra dar satisfacción psicológica a ciertas necesidades de esa persona relacionadas con el disfrute del placer sensorial. Pues bien, de la misma manera, el valor de uso que una persona concede a una determinada cantidad de bitcoins también se debe, entre otros posibles motivos, a que dichos bitcoins logran dar satisfacción psicológica a ciertas necesidades subjetivas (e. g., la esperanza de que Bitcoin se convierta en dinero y el Estado pierda el monopolio en el ámbito monetario o la expectativa de una gran revalorización). En todo caso, tanto la satisfacción psicológica que una persona pueda alcanzar al escuchar su música preferida como la satisfacción psicológica (esperanza o expectativa)[11] que una persona pueda apreciar al adquirir determinada cantidad de bitcoins solo pueden ser valorados como valor de uso, nunca como valor de cambio.

En relación con esa esperanza que es posible alcanzar gracias a Bitcoin, Polavieja solía terminar sus artículos en el Instituto Juan de Mariana con las siguientes palabras de Hayek:

No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.[12]

Cuando Polavieja concluía sus artículos citando estas palabras, algo que ya no hace, estaba otorgando a sus bitcoins el valor de uso psicológico correspondiente a la esperanza que mantenía en aquellos momentos. Pero, en sí misma, esa esperanza no permitía otorgarle valor de cambio a Bitcoin. De hecho, las esperanzas que uno pueda albergar no permiten otorgarle valor de cambio a ningún bien (todo aquel que no tenga esto claro deberá volver a la definición de valor de cambio).

Este asunto de la esperanza y las expectativas como valor de uso será abordado con mayor detalle más adelante, puesto que se pueden plantear algunas dudas relacionadas con la ley de la utilidad marginal que será necesario solventar. Por el momento, seguiré tratando de establecer firmemente los fundamentos.

Sobre las “necesidades” y sobre la amplitud del concepto “valor de uso”

La acción humana persigue la satisfacción de necesidades subjetivas no satisfechas que son valoradas y consideradas como fines. Si no fuera así, no se actuaría en esa dirección. Todo ser humano satisface siempre en primer lugar las necesidades más básicas, pero cuando ya las tiene satisfechas surgen inmediatamente otro tipo de necesidades y actúa en consecuencia para satisfacerlas. Estas necesidades pueden ir desde lo más superfluo y mundano hasta lo más elevado. Tanto las propias necesidades como los medios que se consideren adecuados para satisfacerlas son producto de la subjetividad de cada persona, así que desde un punto de vista praxeológico no hay demasiado que decir al respecto. Aquellos que se hacen tatuajes o se ponen piercings es indudable que sienten esa “necesidad” y actúan en consecuencia para satisfacerla. Exactamente igual, aquellos que sienten necesidades intelectuales o ideológicas. Y lo mismo, aquellos que dedican su vida a Dios, a la ciencia, al altruismo, etc.

El distinguir las diversas actuaciones con arreglo a los múltiples impulsos que las motivan puede ser importante para la psicología o para su valoración moral, pero para la economía tales circunstancias carecen de interés. Lo mismo puede afirmarse de las pretensiones de quienes quisieran limitar el campo de la economía a las acciones humanas cuyo objetivo es proporcionar a la gente mercancías materiales y tangibles del mundo externo. El hombre no busca los bienes materiales per se, sino por el servicio que tales bienes piensa le pueden proporcionar. Quiere incrementar su bienestar mediante la utilidad que piensa pueden reportarle los diversos bienes. De ahí que no deban excluirse de las acciones «económicas» las que directamente, sin mediación de ninguna cosa tangible o visible, permiten suprimir determinado malestar humano.[13]

Hemos hablado con anterioridad del valor de cambio. Como veíamos en la definición de Menger, cuando se otorga valor de cambio a un bien es porque se puede usar para satisfacer las necesidades de forma indirecta. Es decir, o se puede usar para satisfacer las necesidades de forma indirecta o no se le otorga valor de cambio. Este valor de cambio es un concepto más bien estrecho, pues solo hay un tipo de valor de cambio, el que surge gracias al intercambio. Vayamos ahora al valor de uso. Cuando se le otorga valor de uso a un bien, es porque se puede usar directamente para satisfacer las necesidades. Es decir, o se puede usar para satisfacer directamente las necesidades o no se le otorga valor de uso. A diferencia del valor de cambio, el valor de uso es un concepto muy amplio, de hecho, no es posible imaginar un concepto más amplio, pues el ser humano, en su inmensa creatividad, puede descubrir infinitos tipos de valor de uso en un mismo bien.

Con un ejemplo, se podrá ver mejor lo que quiero plantear acerca de la amplitud del concepto valor de uso. Pensemos en la música y, en concreto, en una pieza musical determinada como es la última canción de Shakira con Bizarrap. Esta pieza musical puede tener valor de uso como mero disfrute sensorial. Puede tener valor de uso para crear un ambiente activo y dinámico en una tienda de ropa juvenil. Puede tener valor de uso como símbolo en el seno de agrupaciones feministas que promueven el empoderamiento de las mujeres frente a los hombres. Puede tener valor de uso en una asociación de mujeres engañadas como terapia emocional que ayuda a superar determinados acontecimientos de la vida privada. Puede tener valor de uso para la propia cantante como venganza personal y escarnio público contra su ex pareja. Sirvan estos casos hipotéticos únicamente como una pequeña muestra de los diferentes valores de uso que pueden ser apreciados en un mismo bien.

La satisfacción intelectual como valor de uso

Teniendo en cuenta todo lo dicho, nos daremos cuenta de la gran variedad de valores de uso que se pueden apreciar o descubrir en los bienes de nueva creación. Esta variedad comienza ya en el propio creador. Por ejemplo, cuando alguien crea un producto eminentemente práctico, las necesidades que satisface al hacerlo no son solo las relacionadas con la utilidad técnica del producto. Así, es indudable que el creador estará más o menos orgulloso de su creación y sentirá la satisfacción intelectual de haber tenido la capacidad de desarrollar el producto. Si trasladamos esto a Bitcoin, es posible asegurar que para Satoshi Nakamoto tanto el sistema como las unidades que surgen de ese sistema tenían valor de uso desde un inicio, al menos en cuanto suponían la culminación de un desafío que logró satisfacer las necesidades intelectuales de su creador. Cuando Satoshi Nakamoto descubrió como encajar las piezas de ese puzle que es Bitcoin, cuando publicó su white paper y cuando minó el genesis block dio satisfacción a aquellas necesidades intelectuales que le habían conducido tiempo atrás a emplear su tiempo y sus recursos en esa tarea.

Obviamente, no fue únicamente una necesidad intelectual lo que motivó a Satoshi a emprender ese camino. El hecho de que ponga el énfasis en este asunto se debe a que Polavieja mostró una gran sorpresa en su artículo por el mero hecho de que hice referencia a un valor de uso “intelectual” de Bitcoin en sus inicios (dijo textualmente: “¿satisfacción intelectual?, ¡¡por favor!!”). Pero si él se sorprende con mi afirmación, más sorprendido estoy yo con su asombro. ¿Pretende Polavieja que no es posible valorar, por ejemplo, el intento de Bit Gold por parte de Nick Szabo? ¿Acaso no es cierto que Satoshi tiene en cuenta las aportaciones previas de Wei Dai, Ralph Merkle o Adam Back? Como resultará evidente, la alta valoración intelectual que estas aportaciones previas le merecen a Satoshi se demuestra cuando las incluye como referencias en su white paper. Esta circunstancia significa que estas aportaciones tienen para Satoshi un claro valor de uso, pues fueron tenidas en cuenta y/o utilizadas para el desarrollo de Bitcoin. ¿Hubiera sido posible Bitcoin sin el valor de uso “intelectual” que Satoshi concedió a los trabajos teóricos existentes con anterioridad? ¿Hubiera sido posible Bitcoin sin el valor de uso “intelectual” que Satoshi concedió a su propia investigación? Si no la hubiera valorado, es indudable que la habría abandonado a medias.

Naturalmente, la motivación intelectual de Satoshi no era su única motivación y probablemente no la principal, pero es evidente que esa motivación existía. Cuando cité la “satisfacción intelectual” en mi réplica al artículo de Polavieja, lo hice únicamente para dejar claro que Bitcoin era un bien desde un inicio (lo era desde el punto de vista de Satoshi, pues ese bien lograba dar satisfacción a su necesidad intelectual). Por supuesto, se podía considerar igualmente un bien desde otros puntos de vista que ni siquiera consideré necesario citar, pues en aquella parte de mi réplica solo se trataba de señalar que, según el criterio de Menger, Bitcoin era indudablemente un bien (al menos, en el sentido citado), pero no era de ningún modo un bien monetario (lo sería más adelante). En aquellos momentos iniciales, no se podía otorgar valor de cambio a Bitcoin ni se podía utilizar como medio de intercambio indirecto (utilidad monetaria). Solo se trataba de señalar eso, cosa que al parecer no le gustó a Polavieja que señalara.

Valores de uso peculiares y su utilidad marginal

Decía más arriba, cuando hablaba del valor de uso de la esperanza y las expectativas que muchos encontramos en Bitcoin, que desde un punto de vista económico se podrían plantear algunas dudas que sería necesario solventar, relacionadas con la ley de la utilidad marginal. Debo recordar antes de nada que nos situábamos en los inicios de Bitcoin, cuando todavía no era posible utilizarlo como medio de intercambio. Pues bien, hay que empezar por decir que en términos económicos es un error de concepto referirnos de forma general a la esperanza y las expectativas depositadas en Bitcoin (considerado como un todo), puesto que el valor de un bien “viene determinado por su utilidad marginal, no por la utilidad «filosófica» de los bienes tomados en absoluto o en abstracto.”[14] Este error tan simple, repetido a lo largo de la historia, impidió durante mucho tiempo que los economistas resolvieran la supuesta paradoja del valor entre el agua y los diamantes. Si el agua es más necesaria para el ser humano que los diamantes, ¿por qué los diamantes son más caros que el agua? La solución a la paradoja del valor pasaba por darse cuenta de que no se compara el agua en su conjunto con los diamantes en su conjunto, sino que se comparan cantidades específicas de unidades relevantes para la acción de un sujeto en un momento determinado. Como señalaba muy acertadamente Menger, “valor es la significación que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades”.[15] Por tanto, aunque filosóficamente podamos reflexionar sobre Bitcoin de forma general, nuestra valoración praxeológica (que es la que nos conduce a actuar) solo se puede referir a una cantidad parcial de ese bien, pues es solo una cantidad concreta la que nos permitirá satisfacer nuestras necesidades. Rothbard también subraya esta idea al decir que el valor “no pertenece en abstracto a una clase de bienes; es atribuido por los consumidores a unidades reales, específicas…”[16] En definitiva, una valoración subjetiva de Bitcoin debe consistir en elegir entre cierta cantidad de bitcoins o cierta cantidad de bienes alternativos que pueden competir con esos bitcoins a la hora de paliar nuestras necesidades.

Planteado así el asunto, tenemos que dilucidar si los valores de uso que hipotéticamente se le podrían haber apreciado a Bitcoin en aquellos momentos iniciales de su existencia eran coherentes con la ley de la utilidad marginal. Citábamos anteriormente como posibles valores de uso, en primer lugar, la satisfacción intelectual del creador de Bitcoin. También mencionábamos como valor de uso la esperanza de que Bitcoin se convirtiera en dinero. De igual manera, la esperanza de que Bitcoin le quitara el dinero de las manos al Estado. Y, por último, la expectativa de una gran revalorización. En todos estos casos nos encontramos ante valores de uso un tanto peculiares, pero ya se ha explicado que tanto las necesidades como los valores de uso no tienen límite alguno (son subjetivos). A cualquier bien se le puede atribuir subjetivamente valor de uso simplemente por el hecho de que logre dar satisfacción a una necesidad psíquica. Y, evidentemente, ese es el caso de la satisfacción intelectual, de la esperanza y de las expectativas. Por tanto, lo que nos queda ahora es ver si esos valores de uso eran o podían ser atribuidos a una cantidad específica de bitcoins o, por el contrario, solo se trataba de simples valoraciones filosóficas de Bitcoin, en cuyo caso, no se podrían considerar verdaderamente valores de uso. Quede claro que esta “confrontación” no quiere decir que no pueda darse al mismo tiempo una valoración filosófica y un valor praxeológico, pero en nuestro análisis debemos dejar a un lado la primera y centrarnos exclusivamente en la segunda.

Vayamos con el caso de la satisfacción intelectual. Cuando Satoshi Nakamoto publica el white paper de Bitcoin, es evidente que siente la satisfacción de un logro intelectual y puede atribuirle valor de uso. No obstante, no es el valor de uso de una publicación lo que estamos buscando, sino el valor de uso de unos bitcoins que en ese momento todavía no existían. Sin embargo, cuando se produce el genesis block, nos encontramos ya ante 50 bitcoins y ante una persona que ha utilizado esfuerzo, tiempo y recursos en su consecución. Por tanto, es indudable que puede sentirse satisfecho intelectualmente y atribuirles valor de uso en ese sentido. Pero esto no acaba aquí, pues el proyecto continúa, debe seguir desarrollándose y corrigiendo sus pequeños fallos de funcionamiento. En consecuencia, cada nuevo bloque que se mina con éxito (tic toc, un nuevo bloque cada diez minutos desde el año 2009) supone una nueva satisfacción intelectual (producto de las mejoras introducidas en el proyecto). Y, dado que Bitcoin era (y es) un proyecto en continuo desarrollo, siempre se podrá atribuir un valor de uso intelectual a los bitcoins que se minen exitosamente bajo nuevas especificaciones.

Vayamos ahora con los casos de la esperanza puesta en que Bitcoin se convierta en dinero o en que le quite el dinero de las manos al Estado. El motivo por el que pueda pensarse que son deseables estas circunstancias resulta aquí irrelevante. Lo realmente importante es que para que podamos reconocer un valor de uso tiene que haber unos bienes que nos aseguren de manera directa la satisfacción de ciertas necesidades. Evidentemente, Bitcoin no asegura las circunstancias citadas, pero de lo que se trata aquí no es de las circunstancias en sí, sino de la esperanza puesta en que tales circunstancias sucedan. En este sentido, resulta claro que, ante una necesidad psíquica, a cualquier medio que le dé satisfacción se le podrá atribuir valor de uso. Es cierto que hasta este momento el planteamiento puede parecer más general o filosófico que referido a cantidades específicas de bitcoins. Sin embargo, nada impide que una persona adquiera[17] una cantidad específica de bitcoins por el mero hecho de ser consecuente con sus ideas, apoyando así el proyecto que vislumbra en Bitcoin (económico, político, filosófico o del tipo que sea), y obtenga de esa manera una esperanza que le permite otorgar valor de uso a los bitcoins adquiridos. Y no importa cuántas veces se repita esta acción, puesto que en cada una de las ocasiones la nueva adquisición de bitcoins implicará siempre que esta persona ha situado las nuevas unidades en una posición ordinalmente superior en su escala de valoración a otros bienes que podría haber adquirido alternativamente para tratar de satisfacer sus necesidades.

Algo similar se puede aplicar a la expectativa de una gran revalorización. Si alguien tiene esa expectativa, lo lógico es actuar en consecuencia, es decir, lo lógico es comprar/minar bitcoins. Y el hecho de comprarlos/minarlos debido a la expectativa de una gran revalorización es la constatación de que a tal expectativa se le concede valor de uso. En definitiva, se puede concluir que los valores de uso que hipotéticamente se le apreciaban a Bitcoin en los momentos iniciales de su existencia son coherentes con la ley de la utilidad marginal.

Notas

[1] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 290

[2] Böhm-Bawerk, Eugen von (1889) Teoría Positiva del Capital. Madrid: Ediciones Aosta, 1998, pp. 279-280

[3] Mises, Ludwig von (1949): La acción humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 145

[4] He realizado un breve análisis crítico del concepto “valor de cambio objetivo” y de su utilización por parte de Mises en la nota 21 pp. 73-74 del artículo “La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo”. Revista Procesos de Mercado, vol. 19, no. 1, Aug. 2022, pp. 63-96. https://www.procesosdemercado.com/index.php/inicio/article/view/776/863  

[5] Menger, 1871, óp. cit., p. 291

[6] Böhm-Bawerk, 1889, óp. cit., p. 280, nota 5

[7] Mises, Ludwig von (1912) La Teoría del Dinero y del Crédito. Madrid: Unión Editorial, 1997, p. 72

[8] En este trabajo se utilizarán los conceptos valor de uso y valor de cambio para interpretar el fenómeno Bitcoin. Pero esta interpretación solo es posible sobre una base teórica que se ha desarrollado previamente. En el próximo número de la revista Procesos de Mercado se publicará un artículo que he escrito en colaboración con el profesor Philipp Bagus. Entre otras cosas, en dicho artículo se analizarán desde un punto de vista teórico general los conceptos valor de uso y valor de cambio, refutándose la posibilidad de la existencia de un bien con valor de cambio y sin valor de uso previo. Si el lector del presente trabajo echa en falta alguna explicación o no entiende alguno de los argumentos que aquí se emplean, le sugiero que lea dicho artículo, puesto que se complementa perfectamente con este.

[9] Utilidad monetaria o bien monetario es una forma breve (e incorrecta) de referirse a la utilidad de un bien como medio de intercambio. Evidentemente moneda y medio de intercambio no son lo mismo, sin embargo, esas expresiones se suelen usar de una forma general con ese significado. Por ese motivo y por la falta de otra expresión más adecuada para referirnos a esta idea de forma breve, en este escrito se utilizarán tales expresiones.

[10] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[11] RAE: Esperanza: Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. RAE: Expectativa: Posibilidad razonable de que algo suceda.

[12] Estas palabras de Hayek eran utilizadas por Polavieja al final de sus artículos, por ejemplo en este: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/bitcoin-burbujas-y-especulacion/

[13] Mises, 1949, óp. cit., p. 284

[14] Rothbard, Murray N. (1995): Historia del pensamiento económico (Vol. I): El pensamiento económico hasta Adam Smith. Madrid: Unión Editorial, 1999 (segunda reimpresión, 2012), p. 92

[15] Menger, 1871, óp. cit., p. 172

[16] Rothbard, 1995, óp. cit., p. 416

[17] Más que adquirir, me tendría que referir a minar, puesto que para este planteamiento nos situábamos en los inicios de Bitcoin, cuando todavía no se podían comprar bitcoins en el mercado. No obstante, mantengo el uso de la palabra “adquirir” para hacer más sencillo el argumento. Considérese que “adquirir” se refiere de forma general a emplear recursos para obtener bitcoins.

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

La indeseable democracia ateniense

Si hubiera una nación de dioses, éstos se gobernarían democráticamente; pero un gobierno tan perfecto no es adecuado para los hombres.1

— Jean-Jaques Rousseau

Entre los defensores de la democracia “real”, se suele mencionar al modelo ateniense como el más deseable, el más cercano a la perfección. Aquí veremos por qué ni siquiera este sistema es deseable.

Del mismo modo, cuando realizamos una crítica, la mejor manera de hacerlo suele ser con argumentos conceptuales o teóricos, que derrumben por completo la doctrina que se ataca. No obstante, y debido a que contra la democracia ya se han escrito muchos libros2, en este artículo rescataremos la historia de uno de los grandes de la filosofía.

Este es Sócrates, reconocido filósofo griego, y quien fue uno de los mayores defensores de la democracia ateniense. Sin embargo, tras su muerte, se convirtió en uno de los muchos motivos prácticos para oponerse a este sistema político.

Sócrates

Nace en Grecia en el año 470 antes de Cristo, y es enjuiciado y condenado a muerte en el año 399 a.C. Su mejor discípulo, Platón3, escribiría “Apología de Sócrates”4 cuatro años más tarde. La injusticia de su juicio —véase la contradicción— es de las mayores que han sido inmortalizadas por escrito y en el arte:

Para introducirnos correctamente, debemos saber que Sócrates era un gran defensor del sistema ateniense y de sus costumbres. Tanto fue así, que, pese a tener oportunidad de escapar de la prisión donde estuvo encarcelado durante treinta días antes de su condena, y como hicieron otros grandes como Anaxágoras o Aristóteles, decidió quedarse y cumplir con el que creía que era su deber: cumplir la ley.

Sus acusadores fueron cuatro: Aristófanes —se cree que le acusó buscando fama—, Meletos, Licon y Anitos. Los motivos concretos por los que se le acusaron no son tan relevantes aquí, pero por nombrarlos brevemente fueron tres: impiedad [asebia], corrupción de juventud y herejía. Todas estas acusaciones, como argumentó él mismo en su juicio, eran exageradas o directamente falsas5.

Cicuta democrática

No obstante, el hecho es que fue condenado a muerte, cuya narración también considero necesaria para entender mejor la crítica:

El sol estaba ya cerca de su ocaso. Llegó Sócrates, recién lavado, y después de esto no habló mucho. Agradeció las atenciones de los representantes de los Once y pidió: “Que traigan la cicuta, si es que ya está triturada”.

Salió un esclavo a buscarla y la trajo ya triturada, en una copa. Al verle Sócrates, le dijo: “Buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué es lo que debo hacer?”. “Nada más que beberlo y pasearte, hasta que se te pongan pesadas las piernas, y luego tumbarte”.

Así hará su efecto —y le tendió la copa. Tomóla con gran tranquilidad y sin alterarse ni su color ni su semblante… Al verlo beber no pudimos contener las lágrimas y nos recriminó: “Mandé fuera las mujeres y niños para evitar estas escenas. Ea, pues, mostraos fuertes”.

Al sentirse pesadas las piernas, se acostó boca arriba. El esclavo le preguntó si sentía cuando le apretaba el pie y le dijo que no. Y siguiólo tocándole y le dijo que cuando le llegara al corazón se moriría. Tenía ya casi fría la región del vientre, y descubriendo el rostro dijo éstas que fueron sus últimas palabras: “¡Oh, Critón!, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no lo paséis por alto”.

Y no habló más. Al cabo de un rato tuvo un estremecimiento y el esclavo le descubrió la cara: tenía la mirada inmóvil. Al verlo Critón, le cerró la boca y los ojos.6

Anaxágoras y aristóteles

Tras su muerte, el arrepentimiento fue generalizado. Tal fue este que uno de sus acusadores, Meletos, fue condenado también a muerte, y los otros tres fueron desterrados. Se le construyó también una estatua de bronce.

Este no fue el primer ni el único juicio arbitrario contra un filósofo en Grecia, aunque sí fue el primero donde se asesinó al acusado. Otros casos que hay que destacar fueron los de Anaxágoras7 y Aristóteles8, ambos exiliados. Este último, antes de irse, declaró lo siguiente:

No dejaré a Atenas pecar dos veces contra la filosofía

Y no sólo eso, sino que Sócrates antes de ser ejecutado declaró que “[e]sa peste no se detendrá con mi condena”, refiriéndose a los juicios ideológicos.

Ahora bien, ¿es esto intrínseco al modelo democrático?

Analizando simplemente los motivos por los que fue condenado, podemos responder con un rotundo sí. Estos motivos, además de ser falsos, mostraban el enorme miedo que se vivía en ese momento entre los aristócratas —en el mal sentido de la palabra—. Había un ambiente de tensión política, y el posible golpe de estado estaba a la vuelta de la esquina. Algunos lo describen como una suerte de caza de brujas.

Nuevamente, debemos responder con un rotundo sí. Y no sólo esto, sino que era una democracia bastante mejor que cualquiera de las actuales, al menos en términos institucionales. Veámoslo a continuación:

Primeramente, en la Antigua Grecia convivían más de 150 gobiernos diferentes, aunque todos bajo unos principios comunes, que podríamos equiparar a los cantones suizos actuales, salvando las distancias.

Además, el poder estaba dividido de manera jerárquica, y con una participación popular que no vemos actualmente en ningún estado moderno. Esta es como sigue, y en orden descendente: Ecclesia —máximo órgano, 10 reuniones anuales—, Boulé —550 de consejo, cámara deliberativa—, Pritania —50 bouletas y presidente, mandato de algo más de un mes—, Epistates —por sorteo, solo dura un día.

Asimismo, el poder ejecutivo estaba dividido en el arconte-rey, el tribunal de jueces [dikastai] y el tribunal popular [helieia].

La tiranía de la mayoría

A lo que pretendo llegar con esto es que los diferentes fracasos democráticos no dependen del sistema concreto, sino que son algo esencial al sistema. La tiranía de la mayoría no puede ser otra cosa que eso: en el mejor de los casos, una dictadura del partido más votado. Este es, en definitiva, uno de entre muchos argumentos que debemos empuñar para rechazar el sistema democrático, tanto en la teoría como en la práctica.

Finalmente, y como pequeña anotación final, me gustaría aclarar que no creo que todo defensor de la democracia sea alguien malo. Como decía Sócrates, la maldad nace de no saber lo que es bueno. Por tanto, el malvado es ignorante. Sin embargo, yo no creo que sea realmente así; efectivamente habrá ignorantes, pero también gente que actúe así sabiendo que no es lo correcto.

Por este motivo, y para concluir, considero necesario recordar que todo defensor de la democracia es o malvado o ignorante. A estos últimos es a quienes debemos convencer.

Recordad que este artículo no ha sido revisado por nadie y, por tanto, recomiendo encarecidamente revisar cada una de las cosas dichas en él, por si hubiera cualquier error. De ser así, por favor, comunicádmelo.

Notas

1 Ver “El contrato social”.

2 Al respecto, podéis consultar “Monarquía, democracia y orden natural”, de Hans-Hermann Hoppe, “El mito del votante racional”, de Bryan Caplan, o “Sin traición”, de Lysander Spooner.

3 Filósofo griego, discípulo de Sócrates y maestro de Aristóteles. Entre sus muchas obras, casi todas estructuradas en diálogos protagonizados por el propio Sócrates, el autor nos narra su visión sobre diferentes temas, principalmente la epistemología, ontología, ética y antropología. Podemos destacar obras como “República”, “El banquete”, “Parménides” o la propia “Apología de Sócrates”.

4 Para este comentario utilicé la edición de Alhambra.

5 Ver “Apología de Sócrates”, de Platón.

6 Extracto de “Fedon”, de Platón.

7 Filósofo presocrático, discípulo de Tales de Mileto, que elaboró una teoría ontológica basada en las homeomerías y que desarrolló el concepto de nous.

8 Filósofo griego, discípulo de Platón, que reorienta el estudio ontológico y epistemológico, introduciendo los conceptos de potencialidad, actualidad y reformulando la virtud platónica, rechazando así la dualidad clásica de este autor. Algunas de sus obras más relevantes son “Política”, “Ética a Nicomaco” o “Física”.

Políticas de estímulo e inflación

Durante los últimos dos años hemos asistido a un aumento considerable de los niveles de precios en prácticamente todos los países desarrollados del mundo. En la Eurozona, la inflación anual en junio de 2021 era del 1,9% (justo en el límite del objetivo del 2% fijado por el Banco Central Europeo). En octubre de 2022 llegó a su pico (10,6%), y desde entonces ha moderado su crecimiento hasta llegar al 6,1% en mayo de este año. Los shocks por el lado de la oferta (cuellos de botella derivados de la Covid-19 y la invasión de Rusia a Ucrania), son dos de los factores que ayudan a explicar este incremento de precios.  

Los gobiernos europeos han tomado medidas de política fiscal discrecionales para combatir los altos precios. El objetivo es ayudar a los hogares mitigar la caída de sus ingresos en términos reales. El Banco Central Europeo estima que las ayudas han podido tener un peso de alrededor del 2% del PIB. Estas ayudas han llegado en forma de subsidios y transferencias y la reducción de impuestos indirectos. Se puede ver en este gráfico.

Estímulos e inflación

Una de las cuestiones que más controversia ha creado en la conversación pública, en particular la especializada en economía, ha sido hasta qué punto los estímulos fiscales aprobados en 2020 y 2021 para mitigar las consecuencias económicas de la pandemia han contribuido al aumento de los precios. Es decir, ha habido shocks de oferta. Pero las políticas de demanda, ¿también son un factor relevante que explica los registros de inflación excepcionalmente altos de los últimos meses?

La Reserva Federal de San Luis

Un estudio publicado por el Banco de la Reserva Federal de San Luis concluye que las políticas de estímulo tienen un peso significativo en el aumento de los precios. Primero, los autores estiman que los estímulos fiscales, en una muestra de 52 países, frenó la caída del consumo en periodos de movilidad reducida. Pero incrementó el consumo de bienes en periodos de recuperación. Sin embargo, estas ayudas no tuvieron impacto significativo en la producción industrial. Es decir, la oferta no se ajustó lo suficiente para compensar el aumento de la demanda. Tampoco afectó al empleo, lo que corrobora la idea de que la producción industrial no se benefició de las políticas expansivas.

La investigación quiere medir el impacto que tuvo en los precios. Por eso, calcula el exceso de inflación tomando como punto de partida la tasa de inflación anual de febrero de 2022. A esta, le restan el crecimiento promedio de la inflación experimentada por cada país entre 2015 y 2019. Se considera también la exposición a los estímulos fiscales de otros países. Independientemente de los controles y la definición de inflación (subyacente y general), el resultado no varía. “El exceso de inflación está fuertemente asociada con la exposición tanto a los estímulos domésticos como los procedentes del extranjero”.

Tres tipos de shocks

Este trabajo llega a conclusiones similares a las del realizado por Giovanni et al. (2022), quienes descomponen los factores determinantes de la inflación en tres tipos de shocks:

  1. Shocks de oferta, para los cuales, debido a los confinamientos, se reduce la oferta laboral.
  2. Unos shocks de demanda, procedentes de los cambios de composición de las cestas de consumo.
  3. Otros shocks de demanda agregada, debido a las transferencias y políticas monetarias estatales.

Este otro paper permite estimar a los investigadores que dos terceras partes del aumento de la inflación observada en los Estados Unidos se debe a shocks de la demanda, especialmente los relativos a los estímulos fiscales y monetarios. En concreto, si solo hubiera habido una inflación conducida por el lado de la oferta, esta habría alcanzado el 3%. Si solo se considera la inflación por el lado de la demanda agregada, el incremento de los precios habría sido del 6%. En la Eurozona, los shocks de demanda son menos relevantes (explican el 50% del aumento de los precios registrados), y con una gran importancia de los shocks producidos en otros países.

Es decir, estos dos trabajos confirman que los altos niveles de precios alcanzados en los últimos dos años se explican de manera significativa por una política de estímulos fiscales y monetarios que no se vio acompañada por un aumento de la producción. Esto no quiere decir que los shocks de oferta, como los famosos cuellos de botella, no hayan tenido efectos significativos. Cabe realizar una última aclaración para aquellos que piensen que una menor dependencia del comercio internacional hubiera evitado el alza de precios. Aunque buena parte de la inflación sea importada (especialmente en Europa), la situación hubiera sido peor, ya que los shocks externos se convertirían en domésticos. 

Reformas profundas y difíciles, un cambio necesario

Los últimos acontecimientos electorales y las predicciones demoscópicas, nos hacen augurar que en muy poco tiempo veremos un cambio de timón en el gobierno de España. Dicho cambio no puede ser puramente estético o un simple lavado de caras. Se requieren profundas reformas, que hemos pospuesto durante demasiado tiempo por la dificultad de llevarlas a cabo, pero nuestro país ya no puede esperar más. Es de urgente necesidad poner freno y resolver algunos de los muchos problemas que sufre nuestra nación:

La deuda pública, esa terrorífica y prácticamente impagable cifra, que nos amenaza, y que acabará por aplastarnos vía intereses si no hacemos algo rápido. Algunos argumentarán que ha bajado del 120% del PIB al que llegó a marcar, hasta el 113% actual. Pero no caigan en el engaño, esto no ha ocurrido porque hayamos dejado de endeudarnos, de hecho hemos seguido haciéndolo. El motivo es que ante una alta inflación como la que vivimos, las deudas y también nuestros ahorros, pasan a valer menos. La solución es simple pero nada sencilla. Acabar con el déficit público, es decir, no gastar más de lo que se ingresa.

Reducción de la deuda

Clave para reducir nuestra deuda en el largo plazo, también será un crecimiento económico fuerte y sostenido en el tiempo. Tampoco caigamos en la trampa de mirar las previsiones actuales y concluir como han hecho algunos que “somos los que más crecemos de Europa”. No es así, rebotar no es crecer. Somos el único país de la Unión Europea que no ha recuperado el PIB que tenía en 2019, por tanto, mientras otros países en mayor o menor medida crecen, nosotros aún estamos recuperando lo perdido, no creciendo.

Todo ello debería traer aparejado un fuerte impulso al empleo. Por mucho que nos hayan intentado vender como la panacea, los últimos años del mercado de trabajo en España, la realidad es que somos el país de la zona euro con mayor porcentaje de parados. Y en cuanto a creación de empleo, sin entrar en los maquillajes de cifras, tipo fijos-discontinuos, para poder vender los datos del ministerio de trabajo. Si nos adentramos en ellos, vemos como el 55% de todo el supuesto empleo creado es público. Es decir, prácticamente no estamos creando empleo, sino que lo estamos maquillando vía dinero del contribuyente.

Las pensiones

Una de las reformas clave que no se puede postergar más, será la de nuestro inviable sistema público de pensiones. La Seguridad Social, pese a batir todos los records con unos ingresos que superaron por primera vez, el año pasado, los 200.000M de euros, terminó 2022 con un déficit, y ya van 12 años seguidos, superior a los 8.000M de euros. Cerrando el año, con una deuda total superior a 105.000M de euros. Inviable a todas luces. Solo una profunda reforma, introduciendo algún sistema, al menos mixto de cuentas nocionales, podría empezar a revertir esta situación.

Existen otros temas no tan económicos, como la unión e integridad territorial de España, la independencia del poder judicial o la seguridad en las calles que también exigen medidas rápidas y eficaces.

En definitiva, el nuevo gobierno que salga en las urnas el próximo 23J no lo tendrá nada fácil, en vista del país que va a heredar. No valdrá cualquier gobierno ni cualquier reforma. Experiencia, sacrificio y valentía serán ingredientes esenciales.

Por mi parte solo puedo dedicar palabras de ánimo. La fortuna sonríe a los audaces.

El populismo como fenómeno y práxis política

El fenómeno populista no es nuevo ni corresponde exclusivamente a nuestro tiempo. Desde la invención de la democracia como sistema político ésta fue asediada por demagogos y mecanismos corrosivos que pretendieron satisfacer fines particulares por medio del ejercicio del poder.

La democracia, que incluye elementos pertenecientes a su misma definición como la libertad, el pluralismo y la defensa del individuo como un sujeto social, ha sufrido a lo largo de la historia el fenómeno populista. Por ello, el populismo es un elemento consustancial a la democracia porque el líder demagogo y la intensión transgresora en el ejercicio del poder siempre ha formado parte de su paisaje.

No obstante, no todos los Estados democráticos han sufrido los embates del populismo ni se han acercado a la figura del líder-caudillo. Precisamente, en aquellas democracias fuertes que cuentan con instituciones políticas sólidas y un nivel de estabilidad aceptable es donde el populismo difícilmente prospera. No porque la sociedad tenga un nivel de conciencia política elevado, sino porque el sistema institucional, la estabilidad económica y política y los ciudadanos permiten que la democracia trascienda más allá de las circunstancias que caracterizan una época de crisis.

“Nosotros” y “ellos”

El problema se evidencia cuando en un Estado su democracia está en proceso de consolidación y sus instituciones son más bien débiles. Entonces, se configuran crisis económica, política o social con el surgimiento de líderes demagógicos que, bajo el discurso de la ‘democracia insuficiente o ausente’, pretenden acceder al poder con una lógica radical. Ésta se ampara en el enaltecimiento del pueblo y la creación de dos polos irreconciliables: la lógica del nosotros contra ellos, el amigo/enemigo.

En ese sentido, el populismo es una tendencia en las democracias donde las instituciones no funcionan correctamente y donde la crisis genera un repudio social que permite el impulso de este fenómeno. El rechazo de una parte importante de la sociedad hacia el sistema político imperante por la ausencia de un Estado que garantice la estabilidad social y política y la persistencia de las desigualdades han sido elementos que han permitido el retorno de estos fenómenos políticos, tan antiguos como la democracia misma.

Cómo instaurar el populismo

Se ha comentado previamente algunas de las causas de la aparición de los regímenes populistas de corte autoritario en la región. No obstante, podemos establecer que existen dos elementos que marcan la aparición de este fenómeno y su consolidación en el poder.

En primer lugar, las causas se configuran en una premisa que engloba el problema: las demandas insatisfechas de una parte considerable de la población y su desafección con la política. La insuficiente implantación institucional y de la democracia, la debilidad de los sistemas de partidos, la exclusión social, el desempleo, los elevados niveles de pobreza, la desigualdad y la violencia social son elementos que generan un terreno fértil para el retorno de los populismos.

En segundo lugar, el carácter estatista, paternalista y la creencia del igualitarismo que inunda a algunas sociedades occidentales, son elementos que coadyuban a la aspiración iliberal de la política donde los líderes demagogos con tendencias autoritarias logran conquistar a esa mayoría de la ciudadanía insatisfecha que de alguna manera experimenta una crisis en lo económico, político o social.

El populismo y su rumbo autoritario

Así, una definición que se ajusta en gran medida a las experiencias de estos países y el fenómeno del populismo es “una ideología que concibe el espacio de lo político en términos de conflicto en dos bloques: poder y pueblo; que transforma las instituciones representativas a través de la inserción o convivencia con mecanismos de participación popular y que refuerza otras formas de legitimación política. El ideal de realización del populismo descansa en erigir al pueblo como soberano”.

Por ello, las características del populismo actual, inmanente a la democracia, se sustraen del concepto de hegemonía y mesianismo a través de la personalización de la política por el líder redentor, que trasciende la concepción del Estado como garantía institucional para los ciudadanos a un nuevo formato de entender la democracia: las mayorías absolutas que conciben el sistema democrático como un todo o nada y en el que a nombre de la democracia, la descomponen: “en el nombre de la democracia se condenaría la democracia y sobrevendría el autoritarismo, la dictadura y la desaparición de toda libertad. Es decir, la democracia se habría evaporado en nombre del pueblo”[1].

Se trata en última instancia de un populismo con una esencia autoritaria que no respeta la lógica preconcebida de los valores democráticos que deberían caracterizar a las instituciones que revisten esta forma de gobierno: independencia de los poderes del Estado, igualdad ante la ley y Estado de derecho.


[1] Ángel Rivero, Geografía del Populismo, Tecnos, Madrid, 2017, p. 39

A vueltas con el positivismo jurídico (II): la idea clásica de la justicia y su relación con el derecho

Iustitita est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. Iuris parecepta sun hace: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere. Iuris prudencia est divinarum atque humanarum rerum noticia, iusti atque iniusti scientia

Ulpiano (Digesto, 1, 1, 10).

Como introdujimos en un artículo anterior, el positivismo -una de las tres grandes corrientes del pensamiento jurídico actual, junto con el realismo y el iusnaturalismo- no está exento de problemas y contradicciones. Se trata, según propugnan sus defensores, de una teoría supuestamente “aséptica y carente de ideología”, centrada en una validez “formal” de la ley -a la que eleva por encima del resto de fuentes del derecho- y cuya validez viene determinada por la i) legitimidad del órgano que la emite, ii) siguiendo el procedimiento establecido y iii) sin contradecir a la norma superior para alcanzar, con ello, un alto grado de seguridad jurídica, que es, en esencia, el criterio que permite valorar -según sus defensores- esta corriente jurídica por encima del resto.

Nuestra intención no se limitaba, sin embargo, a hacer una crítica superficial de dicha corriente, sino que pretendemos profundizar en las razones por las que creemos que se trata de una postura tremendamente peligrosa. Por ello vamos a continuar la serie, en esta y sucesivas entregas. Partimos del concepto clásico de justicia, de su evolución, de cómo se entiende en la actualidad, y de la relación que todo ello tiene con las distintas corrientes de pensamiento en general (con el liberalismo, por ejemplo), con las corrientes jurídicas en particular, y, especialmente, con el positivismo -corriente de la que sólo hemos esbozado una visión muy superficial, pero en la que iremos profundizando a medida que avancemos-.

La idea clásica de la justicia y su relación con el derecho

De entre las diversas acepciones que de justicia da el Diccionario de la Real Academia (y que nos interesa no tanto por considerarlo una autoridad en materia filosófica o jurídica, sino para tener una primera aproximación a la forma en la que generalmente se entiende el término), ya en la segunda se relaciona la justicia directamente con el de derecho (“2. Derecho, razón, equidad”). La primera acepción señala que justicia es el “principio moral que lleva a determinar que todos deben vivir honestamente”. Resulta, por tanto, chocante que goce de tanto predicamento, entre especialistas y profanos, la postura positivista. Para ella, las normas son justas simplemente por haber emanado del poder legítimo con las formalidades previamente establecidas en la norma superior y siempre que no la contradigan. Desde esta perspectiva, la moralidad de los actos deja de tener importancia. La moral es, para ellos, subjetiva y, por tanto, relativa.

Y es que, históricamente, el concepto de justicia ha sido muy distinto del positivista: ya Aristóteles (aunque sus obras específicas sobre derecho parecen haberse perdido), su visión de la cuestión está implícita tanto en sus Éticas (libros eminentemente morales) como en su Política (donde estudia el derecho natural) y en su Retórica (donde hace un estudio de la labor del abogado) distinguía entre dos tipos de justicia, la llamada general, y la particular (la que más concierne a los juristas). Con la primera acepción se expresaba cierta conformidad de la conducta de un individuo con la ley moral, en el sentido de orden, de buena relación con los demás, incluso con el Cosmos; mientras que su otra significación, la de justicia particular, era, en cambio, empleada en un sentido más estricto, concibiéndose como hombre “justo” en este sentido aquel que tiene la costumbre de no coger más que su parte del activo social, ni menos de lo que le corresponde del pasivo de las cargas y trabajos. Es esta segunda acepción la que pasó al derecho romano clásico.

Ulpiano

En efecto, decían los juristas romanos, en frase atribuida a Ulpiano y que figura en el Digesto (Libro 1, Título 1, punto 10º), que la justicia “es una voluntad perpetua y constante de dar a cada cual lo que le corresponde”; siendo la jurisprudencia “el conocimiento de las cosas divinas y humanas, la ciencia de lo justo y de lo injusto”.

El problema sería, por tanto, saber qué es lo que le corresponde a cada cual, que para los positivistas sería, directamente, lo establecido por el legislador constitucionalmente legitimado. Pero eso no parece ser lo que pretendían ni los juristas romanos, ni el emperador bizantino Justiniano al mandar recopilar y codificar sus máximas en el Digesto. Para empezar porque, para ellos, la jurisprudencia -la doctrina, o conocimiento de la ciencia del derecho- no debía centrarse estrictamente en las normas emanadas de la autoridad, sino en el conocimiento de las “cosas divinas y humanas, en lo justo y lo injusto” (algo, a lo que parece, objetivo y no relativo), y, en cualquier caso, porque la apelación de dar a cada cual lo que le corresponde deriva de la propia naturaleza de las cosas y el statu quo ya establecido por los hombres (conocimiento de las cosas “divinas y humanas”, no de las cosas “estrictamente humanas”, o “estrictamente divinas”).

El problema de la legitimondad

De hecho, ya en la anterior entrega veíamos que una de las contradicciones internas del positivismo estribaba, precisamente, en la falta de legitimidad positivista de la primera norma fundamental, al haberse promulgado por un órgano y a través de un procedimiento que carecían de legitimidad, precisamente por ser la norma “originaria”, y, por tanto, la “originante” de la validez y legitimidad del sistema. Y es que el planteamiento de los clásicos, mucho más realista, es menos pretencioso, ya que para ellos la justicia, los actos de justicia por los que se dan a “cada uno lo suyo” son, de alguna manera, actos “segundos”, derivados de unos actos “primeros” que son los que, atribuyendo las cosas, crean el derecho y determinan lo que sea “lo suyo”.

Así, con el halo que atribuía el término justicia -quizás no tanto entonces como ahora- no pretendía ampararse o legitimarse todo, sino sólo lo que deriva de un statu quo previo, jurídico si se quiere, pero no justo -tampoco injusto-: algo parecido a lo que pasa con la norma fundamental positivista, ajena o previa al sistema jurídico y, por tanto, “injusta” si se lleva al extremo su planteamiento.

Relación con los principios liberales

Se trata, en definitiva, de una postura -la clásica- con la que entroncan muy bien los principios de justicia liberales. Al fin y al cabo, como resume Rallo en su “Contra la renta básica”, son tres estos principios: el principio de libertad, el principio de propiedad y el principio de autonomía contractual; estableciendo tal principio de propiedad no sólo “que el derecho de propiedad nacerá por ocupación originaria, sino que este derecho se presupondrá y se deberá respetar prima facie por su mera posesión”. Vemos que ese acto de “ocupación originaria” coincide, de alguna forma, aunque no se señale explícitamente, con el acto primero que veíamos más arriba y que determina lo que “es de cada uno” y sobre el que se asienta -en un momento lógico posterior- la justicia. Con ello, precisamente -tal y como continúa Rallo- se está fijando el único criterio que permite garantizar tanto el respeto generalizado sobre el uso que cada cual haga de su entorno para alcanzar sus fines, como el establecimiento de una prelación imparcial entre las distintas reclamaciones potenciales de uso sobre dicho entorno.

Pero, como se deducía también de las acepciones que de justicia da la RAE y del propio Digesto, el lugar propio de la justicia es la vida en común, y encuentra su pleno cumplimiento -como recuerda Pieper siguiendo a Santo Tomás, y con él a los clásicos- en la comunidad o el Estado, precisamente cuando las tres principales formas de relación entre los hombres son rectas y están ordenadas.  Estas tres formas de relación o estructuras fundamentales de vida en común son: i) Las relaciones de los individuos entre sí; ii) las relaciones del todo social con los individuos y iii) las relaciones de los individuos para con el todo social; y a cada una de ellas le corresponde una forma de justicia: la conmutativa o reparadora, que regula la relación entre los individuos; la que regula la relación de la comunidad con sus miembros o justicia distributiva y la que regula la relación de los individuos con el todo social o justicia legal o general. Ahí, sin embargo, los problemas con los planteamientos liberales aumentan.

Pero de ello nos ocuparemos en próximas entregas.

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

(I) Las inconsistencias del iuspositivismo