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Libertad = muerte

Vi este interesante titular en El País: "El transporte vincula su liberalización con el alza de accidentes de furgonetas". La libertad mata, ¿verdad?

Debe de ser verdad, porque el titular venía avalado con estadísticas:

La cifra de fallecidos en este tipo de vehículos ha pasado de tres en julio y agosto de 2013 a 26 en los mismos meses de este año. El aumento de víctimas no parece coyuntural: en lo que va de 2014 se han registrado ya 64 víctimas mortales en furgonetas, frente a las 49 de todo el ejercicio anterior.

Libertad = muerte ¿verdad?

Antes de rendirnos ante la evidencia, recordemos el viejo dicho inglés sobre que hay mentiras, malditas mentiras… y estadísticas, y recordemos una falacia aún más antigua, tan antigua que tiene nombre en latín: post hoc ergo propter hoc, es decir, no porque una cosa venga después de otra ha sido causada por ésta.

No tiene, en efecto, mucho sentido hablar de muertos en carretera sólo en números absolutos. En los años de Aznar, por ejemplo, se habló mucho de los accidentes de trabajo, porque habían aumentado, igual que antes del carné por puntos se ponía el grito en el cielo por las víctimas en accidentes de tráfico, que también lo habían hecho. En realidad, en ambos casos la noticia era la contraria: los accidentes de trabajo eran relativamente menores, porque lo que había aumentado en realidad era el número de trabajadores. En el caso del carné por puntos había disminuido el número de víctimas con respecto al número de coches –y aún más con respecto a los kilómetros recorridos–. En ambos casos se invitaba al Gobierno a intervenir recortando la libertad de los ciudadanos y encareciendo sus contratos, para resolver problemas que no estaban agravándose.

Por tanto, antes incluso de establecer ninguna relación causa-efecto habría que ver qué ha pasado con el número de furgonetas o sus trayectos. Además, antes de echar la culpa a la libertad es imprescindible atender a la intervención, que bien puede haber aumentado. Decía el reportaje: "Asociaciones y sindicatos coinciden en que la economía sumergida en el sector se multiplicó". Es muy extraño que se multiplique si la intervención y la regulación han disminuido. Lo adecuado, pues, sería ver qué nuevas restricciones ha impuesto la Administración, que pueden haber fomentado esa economía sumergida.

Pero nada de esto se hace, nadie lo menciona y el artículo lo ignora, dando la sensación de que la libertad, en efecto, es mala, y además que todos están de acuerdo en ello, como lo dice el título: "El transporte" es el autor del diagnóstico; el transporte, nada menos que todo el transporte. ¿Verdad?

Pues parece que es verdad, porque están todos los partidos políticos, los empresarios, el Gobierno y, por supuesto, los sindicatos indignados porque hay gente que trabaja mucho y porque "se ha entrado en una carrera de abaratar costes".

Esto de abaratar costes da una pista sobre otra deficiencia del artículo, porque es evidente que no todo "el transporte" es objeto de su atención, porque un aspecto fundamental del mismo es ignorado: los que lo pagan.

Esta omisión es típica, como típica fue la reacción de las autoridades. En vez de reducir los costes crecientes que imponen sobre el transporte, para fomentar la competencia leal, bajar los costes y reducir la economía sumergida, el talentoso ministro Fernández Díaz prometió que ya mismo se iba a ocupar de poner todavía más regulaciones sobre las furgonetas. Todo por nuestro bien, claro, porque la libertad mata, ¿verdad?

La trampa de Montoro: los seguros de renta vitalicia

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, se ha convertido en el gran confiscador de España. Su última hazaña carroñera ha sido la de eliminar los coeficientes de abatimiento con su reciente reforma del IRPF, lo que implicará una gigantesca mordida tributaria sobre aquellos ahorradores que vendan sus activos de muy largo plazo, incluyendo entre éstos las viviendas. Las arcas públicas están vacías debido a que el volumen de gasto prácticamente no se ha achicado durante la era Rajoy y, por tanto, sólo queda rapiñar al contribuyente, incluso llegando al extremo de expropiarle el ahorro inmovilizado en su casa.

Mas la reciente reforma del IRPF también contiene una aparentemente bondadosa provisión que permitirá a algunos ahorradores escapar de las garras del ministro de Hacienda: si el propietario de la vivienda enajenada tiene más de 65 años y los ingresos derivados de la venta del inmueble –o de cualesquiera otros activos no inmobiliarios– se reinvierte en un seguro de renta vitalicia, entonces la plusvalía cosechada quedará exenta de tributar en el IRPF (art. 38.3 de la nueva Ley de IRPF). La justificación ofrecida por Hacienda es simple: se trata de promover el ahorro de cara a la jubilación, logrando así una renta adicional que complemente las cada vez más exiguas pensiones públicas.

En apariencia, Montoro aprieta pero no ahoga: al menos en este caso ha aparcado su voracidad recaudatoria para no machacar inmisericordemente a las personas que entran en la tercera edad. Claro que uno debería preguntarse lo siguiente: si de lo que se trata es de promover el ahorro de cara a la jubilación, ¿por qué Hacienda sólo exime de tributar las plusvalías reinvertidas en seguros de renta vitalicia? ¿Por qué no concede esa misma exención cuando el capital se reinvierte en cualquier otro vehículo de ahorro? Acaso al responder semejante pregunta descubramos que la motivación esencial de Montoro no es la compasión hacia los jubilados, sino su sobradamente conocido (y sufrido) afán por apropiarse de su patrimonio. 

El de los seguros es el sector financiero que más invierte en deuda pública en términos relativos, por encima de la banca: a finales del primer trimestre de este año las aseguradoras poseían más de 87.000 millones de euros en renta fija estatal… el 70% de todos sus activos financieros (cantidad, por cierto, que se ha duplicado durante el trienio ominoso de Rajoy). Las aseguradoras necesitan contar con una cartera de activos muy seguros, con un amplio mercado secundario y con flujos de caja muy estables y previsibles: de ahí que la deuda pública sea una de sus inversiones predilectas.

En el caso de los seguros de renta vitalicia, esa vinculación con la deuda pública todavía se vuelve más intensa: los seguros de renta vitalicia son un producto financiero invertido esencialmente en deuda pública. A efectos prácticos, son una especie de imposiciones a plazo fijo que las aseguradoras inmovilizan en deuda pública: en la actualidad, un auténtico despropósito de inversión para los particulares debido a los bajísimos intereses que está abonando este activo y a los precios burbujísticos a los que cotiza (es decir, para el asegurado es ahora mismo un producto financiero de baja rentabilidad y de alto riesgo).

Por tanto, sí, Montoro ofrece una salida a los jubilados para evitar su rapiña más directa tras la supresión de los coeficientes de abatimiento, pero esa salida les conduce irremisiblemente al matadero de la (mala) inversión en deuda pública. Poco le importa a este Gobierno que sus incentivos fiscales conduzcan a los jubilados a tomar pésimas decisiones financieras (como tampoco le importó al Gobierno anterior que invirtieran masivamente en las participaciones preferentes con tal de recapitalizar de tapadillo a las cajas de ahorros). En este caso, lo esencial es que la desenfrenada avaricia del ministro de Hacienda queda colmada: ya sea con una confiscatoria recaudación –si los jubilados venden sus inversiones de muy largo plazo y no reinvierten sus ganancias en seguros de renta vitalicia– o con una mayor colocación de deuda pública burbujística –si venden sus inversiones y se acogen a los seguros de renta vitalicia–. Todo por la pasta: por la pasta del Estado.

El terremoto brasilero

Aécio Neves, economista, como la presidente, pero una generación más joven y mucho más carismático, puede derrotar a Dilma Rousseff en el ballotage del próximo día 26. Al menos dos encuestadoras (Instituto Veritá y el Instituto Paraná de Pesquisas) le dan prácticamente 10 puntos de ventaja al candidato del Partido Social Demócrata Brasilero.

Serán menos. Esa diferencia puede reducirse sustancialmente, e incluso desaparecer, en la medida en que se intensifiquen los ataques del Partido de los Trabajadores, con Lula da Silva a la cabeza del pelotón de fusileros. Neves hoy goza la ventaja de unos días de gloria publicitaria positiva tras los sorprendentes resultados de la primera vuelta, así que tendrá que defenderse y atacar para poder prevalecer el día de las elecciones.

¿Por qué la popularidad de Rousseff ha caído en picado? Por una combinación de tres factores:  

– La economía. El país entra en recesión. El aparato productivo no crece y las exportaciones disminuyen debido al enfriamiento de la economía china. Todo era una un espejismo. Brasil no estaba haciendo bien su trabajo. Eran los chinos. Bastaba que China redujera uno o dos puntos su crecimiento para que se estancara el de Brasil. Con apenas 12.100 dólares de PIB per cápita anual, el país creaba menos riqueza por habitante que otras seis naciones latinoamericanas, incluidas las vecinas Argentina, Uruguay y Chile. Es verdad que, por su volumen, es la octava economía del mundo, pero por su per cápita es la 105, y por su crecimiento la 137. La productividad brasilera es un 50% de la mexicana y un 18% de la norteamericana. Una birria, debido al proteccionismo y a la enorme burocracia. Brasil ocupa el lugar número 100 en el Índice de Libertad Económica, entre Gabón y Benín, dos atrasados países africanos. De ahí los pobres resultados.

– La corrupción. La percepción general es que los gobiernos del Partido de los Trabajadores han sido los más corruptos de la historia reciente de Brasil. Cuando comenzó Lula, según Transparencia Internacional, Brasil estaba en el lugar 69 del planeta. En la medición más reciente de deslizó al 72. El último escándalo involucra a la (ex) prestigiosa Petrobrás. La empresa es otra alcantarilla. Según las revelaciones de Pablo Roberto Costa, Petrobrás entregaba al PT el 3% de todos los contratos. Esa es una inmensa cantidad de dinero. El conflicto es mayor que el mensalao que sacudió al gobierno de Lula y culminó con la condena de una veintena de funcionarios, incluido su mano derecha, José Dirceu, ministro de la Presidencia, hombre formado por los servicios de inteligencia de Cuba.

– El tercermundismo. Los brasileros, no obstante la disparidad entre el sur desarrollado y el nordeste pobre, la Belindia –combinación de Bélgica y la India– que describió el economista Edmar Lisboa, siempre han jugado la carta occidental. Fue el único país de América Latina que participó en la Primera Guerra frente alemanes y austriacos, aunque de manera modesta. En la Segunda, sin embargo, envió 30.000 hombres a pelear junto a Estados Unidos por la conquista de Italia. A muchos brasileros no les gusta la estrecha relación del PT con Irán, Rusia, Cuba o el chavismo, así como el patrocinio del Foro de Sao Paulo, una especie de Internacional radical antioccidental, antimercado y antiamericana. No entienden muy bien por qué enquistarse en el Mercosur o en los Brics, cuando al país le iría mucho mejor trenzando alianzas abiertas con el Primer Mundo.

Pero hay más en el terreno internacional: si Neves ganara las elecciones, su victoria sería una pésima señal para los países del llamado Socialismo del Siglo XXI y una clara advertencia de que se agota esa estridente tendencia ideológica neopopulista que ya arruinó a Venezuela.

Probablemente, por ejemplo, influiría en los comicios de Uruguay, impulsando la candidatura de Luis Lacalle Pou, joven y enérgico político de centroderecha, frente a Tabaré Vázquez, un expresidente de 74 años que encabeza la fórmula del Frente Amplio, donde militan comunistas y tupamaros, desgastado personaje mucho menos atractivo para la nueva generación de votantes uruguayos decididos a buscar un cambio.

La ola también llegaría a la Argentina en las elecciones del año próximo y contribuiría a barrer al kirchnerismo, así como a Bolivia, donde Evo Morales perderá un aliado al que no le importaba que la cocaína de su país llegara por toneladas a Brasil.

Será un verdadero terremoto. Pero antes Aécio Neves tiene que ganar.

elblogdemontaner.com

La falsa panacea del default

En otros artículos ya hemos tenido la ocasión de explicar la imposibilidad de acotar el concepto de “deuda odiosa” así como el alto coste que acarrea el impago para la viabilidad económica de un país. Sin embargo, todas estas consideraciones suelen verse opacadas por los beneficios que suelen atribuirse al default.

Y es que, según se nos ha dicho, los recortes del gasto y las brutales subidas de impuestos que hemos venido experimentando en los últimos años han tenido la única finalidad de hacer frente a los intereses de la deuda: presuntamente, pues, si pudiéramos librarnos de esos dichosos intereses, volveríamos a disfrutar de las mieles del sobregasto estatal con impuestos mucho más reducidos. La solución se antoja sencilla por muchos perversos efectos secundarios que pueda acarrear: muerto el perro (impagada la deuda) se acabó la rabia (los intereses asfixiantes).

Acaso convenga no dejarse engañar por este omnipresente discurso populista y tratar de dilucidar si semejantes aspiraciones tienen algún fundamento.

El peso de los intereses de la deuda                    

A finales de 2013, los intereses de la deuda pública española ascendían a 34.200 millones de euros (tipo de interés medio del 3,5%), lo que equivale al 3,3% del PIB y al 7,3% de todo el gasto público. En el año 2007, con superávit presupuestario, los intereses totalizaban 16.900 millones de euros (tipo de interés medio del 4,4%), siendo equivalentes al 1,6% del PIB y 4% de todo el gasto público. Dado que el déficit público de 2013 ascendió al 6,33% del PIB, la totalidad del déficit público actual no puede explicarse por la necesidad de pagar los intereses de la deuda: aun cuando los intereses se redujeran a cero (lo que técnicamente se conoce como “saldo presupuestario primario”), nuestro déficit público superaría el 3% del PIB, esto es, el límite fijado por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

La primera lección, por tanto, es sencilla: aunque no pagáramos ni un solo euro en intereses, no sólo no podríamos revertir los recortes del gasto y las brutales subidas de impuestos, sino que deberíamos ahondarlas para eliminar nuestro déficit primario. Así pues, atribuir los recortes a la necesidad de pagar los intereses de la deuda es falaz: aún sin intereses, deberíamos haber acometido al menos la misma magnitud de ajuste presupuestario (aunque no necesariamente del mismo modo: mi apuesta siempre ha sido recortar mucho más el gasto público y no subir los impuestos).

El ahorro de una auditoría de la deuda

Descrito el contexto presupuestario, podemos proceder a pronosticar qué alivio presupuestario acarrearía una auditoría de la deuda y el consiguiente default de los pasivos odiosos. A la postre, auditar la deuda no significa repudiar la totalidad de la deuda sino, según se nos ha dicho, sólo aquella que tiene un origen ilícito: por tanto, el ahorro de gastos financieros derivado de un default no se corresponde con la totalidad de los intereses, sino sólo con una porción. ¿Qué porción?

Tal como ya he indicado, no resulta posible acotar qué deuda pública es odiosa y cuál no lo es: el concepto es una mera coartada doctrinal para legitimar la arbitrariedad de los gobiernos a la hora de no cumplir con sus compromisos asumidos. Pero dejemos de lado esta dificultad y asumamos que sí podemos cuantificar objetivamente qué parte de la deuda pública española es odiosa.

En general, se nos ha dicho que los pasivos públicos odiosos se corresponden con buena parte de la deuda emitida durante la crisis. Entre 2008 y 2013, se han emitido unos 600.000 millones de euros en deuda pública: si la mitad de la misma fuera declarada odiosa, dejaríamos de pagar intereses sobre 300.000 millones de euros; si el 75% fuera declarado odioso, nos ahorraríamos los intereses sobre 450.000 millones. Conviene remarcar que los porcentajes que estamos manejando son extraordinariamente elevados y convertirían la reestructuración de deuda de nuestro país en la mayor de la historia: es decir, no estamos racaneando con su cuantía, sino más bien asumiendo porcentajes irrealmente elevados.

Pues bien, si España impagara 300.000 millones de euros, su deuda pública total quedaría reducida al 70% del PIB frente al 100% actual; si impagara 450.000 millones, al 55% del PIB. Dado que abonamos casi 35.000 millones de euros en intereses, el primer impago nos permitiría reducir su cuantía en 10.000 millones de euros y el segundo en 15.000 millones. Por consiguiente, si el Gobierno español optara por sacudir la economía mundial con el mayor impago de la historia —lo que muy probablemente acarrearía la descomposición de la zona euro y la expulsión de España de los mercados de capitales—, lograríamos un ahorro de entre el 1% y el 1,5% del PIB. Recordemos: el déficit a finales de 2013, tras todos los molestos ajustes aprobados, todavía ascendía al 6,5% del PIB. ¿Hacen falta tantas alforjas para este viaje?

Un déficit infinanciable

Pero la historia no termina aquí. Que el mega-impago de deuda sólo consiga rebajar el déficit público hasta el 4,5%-5% del PIB significa que el gobierno español seguiría teniendo un desequilibrio anual entre ingresos y gastos de alrededor de 50.000 millones de euros. Para gastar cada año 50.000 millones más de lo que ingresamos, la alternativa más común es justamente la de emitir deuda: ¿pero cómo vamos a lograr emitir deuda después de haber impagado la deuda? El default nos excluiría de los mercados de capitales, lo que significaría que no podríamos captar voluntariamente ahorro ajeno para gastar más de lo que ingresamos.

¿Cuáles serían entonces las alternativas? Muchos más ajustes de los aprobados hasta la fecha. O bien el Gobierno equilibra el presupuesto ante la imposibilidad de financiar su déficit (es decir, se recortan mucho más los gastos y se incrementan los impuestos) o bien sufragamos el déficit imprimiendo moneda a mansalva. Dado que con el impago de la deuda habríamos finiquitado la zona euro, la impresión de moneda significaría estampillar gigantescas cantidades de neopesetas (si siguiéramos en el euro, la mayor parte de nuestros socios comunitarios se opondrían a que el BCE monetizara nuestros déficits, así que la vía de imprimir euros no la tendríamos disponible en cualquier caso). Siendo la neopeseta una moneda débil (una moneda que ningún ahorrador nacional o extranjero demandaría en grandes cantidades), el incremento desproporcionado de su oferta generaría una elevada inflación interna que sufrirían en sus propias carnes los españoles: el Estado gastaría más a costa de que los españoles gastaran menos (es decir, los españoles sufrirían recortes reales en su poder adquisitivo).

En definitiva, el default de la indefinible deuda odiosa no sólo proporcionaría un escasísimo alivio presupuestario que no permitiría en absoluto revertir los recortes aprobados hasta la fecha, sino que nos abocaría a decretar muchísimos más recortes ante la imposibilidad de seguir financiando el déficit. Como tantas otras recetas populistas, el default es un caramelo envenenado.

¿Ha renunciado Pablo Iglesias a la renta básica universal?

Este sábado por la noche Pablo Iglesias acudió a La Sexta Noche. En un momento del debate (a partir del minuto 1:32:35), el periodista Eduardo Inda le interpeló sobre la viabilidad de su propuesta estrella, la renta básica universal, en tanto en cuanto los propios economistas de Podemos estiman su coste en el 15% del PIB; coste que aumentaría hasta el 20% si se pretende otorgar a cada ciudadano una remuneración que cubra el umbral de la pobreza.

Pablo Iglesias consiguió escaquearse del fuego de preguntas comprometidas negando la mayor: el derecho a la renta básica sí es universal, dijo, pero la percepción de la renta básica no. Dicho de otro modo: no todos los españoles cobrarán una renta básica, sino sólo aquellos que la necesiten. El líder de Podemos, de hecho, llegó a echarse las manos a la cabeza denunciando la ridiculez de que alguien hubiese planteado alguna vez pagar una renta básica a todo el mundo: nadie ha tenido nunca una idea tan disparatada, y desde luego Podemos, afirmó, no se plantea pagar una renta básica a Ana Botín, a Inda o a Marhuenda, ya que no la necesitan.

Acaso la inmensa mayoría de la audiencia no lo supiera, pero en apariencia Pablo Iglesias estaba incumpliendo una de sus principales promesas electorales antes incluso de llegar al poder. La renta básica universal es universal porque se paga a todos, no porque el derecho sea universal. Justamente en eso se diferencia de otros esquemas de renta de inserción o de renta garantizada: las de inserción solo se pagan a quienes las necesitan y normalmente bajo ciertas condiciones (por ejemplo, que el perceptor esté incapacitado para trabajar o que, estando capacitado, no encuentre trabajo). Las rentas básicas universales, en cambio, se caracterizan por ser universales e incondicionales. 

Y universalidad implica que se paga a todo el mundo, incluso a aquellos que no la necesitan. Esto no es una ocurrencia que jamás haya defendido nadie, sino que se halla en la misma base de todos los desarrollos doctrinales de la renta básica universal. Por ejemplo, el principal teórico mundial de la renta básica universal, el belga Philippe van Parijs, la resume así:

Una renta básica es una renta abonada por la comunidad política a todos sus miembros individuales, con independencia de su situación económica o de su predisposición a trabajar.

Su principal defensor en España, Daniel Raventós, también es diáfano:

La definición de la renta básica es clara y sencilla: es un ingreso pagado por el Estado a cada miembro de pleno derecho de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre; o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quién conviva.

Es más, esta propia semana Daniel Raventós fue invitado a La Tuerka justamente para aclarar (a partir del minuto 8:15) a la audiencia esa diferencia entre renta básica universal y rentas mínimas de inserción. Y, como decíamos, los propios economistas de Podemos destacaron hace unos meses que la renta básica debía pagarse a todos y estimaron su coste en función de ese parámetro.

Por consiguiente, Pablo Iglesias conoce perfectamente la diferencia entre renta básica universal y renta mínima de inserción: es plenamente consciente de que Podemos ha estado prometiendo una renta básica para todos (renta básica universal), pero este sábado afirmó que la renta básica sólo sería para algunos (renta mínima de inserción). Aparentemente, pues, Pablo Iglesias ha enterrado su proyecto de renta básica universal sustituyéndolo por un ambiguo programa de rentas mínimas de inserción para aquellos que lo necesiten (algo similar, aunque probablemente más amplio, a lo que ya existe): una rectificación que deberían lamentar todos aquellos seguidores ideologizados y agradecer todos aquellos que no deseen una quiebra social y económica de España.

Sin embargo, y tras reflexionar sobre las palabras de Iglesias, no creo que el líder de Podemos haya enterrado verdaderamente su proyecto de renta básica universal; más bien hizo un quiebro dialéctico a Eduardo Inda para evitar entrar en el fondo de un debate que a buen seguro perdería (por su manifiesta irrealidad) ante los espectadores.

Me explico: aunque la renta básica universal se pague a todos los individuos, no todos llegarán a cobrarla en términos efectivos. La razón es sencilla de comprender: para pagar la renta básica a todos, algunos individuos deberán abonar muchísimos más impuestos que antes, de modo que su saldo post renta básica será negativo. Por ejemplo, supongamos que un país está compuesto por dos individuos: el individuo A gana 20.000 euros y el individuo B cero euros. Si en ese país se reconoce un derecho a cobrar 5.000 euros del Estado, existen dos opciones: 1) el individuo A paga un 25% de impuestos sobre sus 20.000 euros de renta; 2) el individuo A paga un 50% de impuestos sobre sus 20.000 euros de renta y acto seguido cobra los 5.000 de renta básica a los que tiene derecho. En ambos casos el saldo final es el mismo: A tiene 15.000 y B tiene 5.000. Por tanto, el segundo caso (donde sí se paga la renta básica a todo el mundo) bien puede asimilarse al primero (donde solo se paga una renta básica al individuo B) para decir que el individuo A jamás percibe la renta básica en términos netos (aunque sí lo hace en términos brutos). Por expresarlo en un lenguaje algo más técnico: la renta básica universal puede asimilarse e instrumentarse a través de un impuesto negativo sobre la renta con una muy generosa deducción en cuota (a diferencia de, por ejemplo, la propuesta de impuestos negativos de Milton Friedman, que operaba a través de reducciones de la base liquidable); así es, verbigracia, como la articula Daniel Raventós en su conocida propuesta de financiación.

A mi entender, Pablo Iglesias se refugió ayer en ese tecnicismo —el saldo de la implantación de la renta básica universal sería negativo para los ricos, de modo que a efectos prácticos no la cobrarían— para evitar entrar en el debate de fondo: la insostenibilidad financiera de la renta básica universal. A la postre, el coste y las implicaciones fiscales de la renta básica universal siguen siendo las mismas aun cuando se articule como un impuesto negativo con una amplia deducción en cuota. Como decíamos, los propios economistas de Podemos cifraron ese coste en 145.000 millones de euros, casi el 15% del PIB: una cuantía que equivale a duplicar los tipos efectivos del IRPF para la mayor parte de la población, llegando incluso a tipos efectivos del 60% para las rentas más altas (algo no implementado en ninguna parte del planeta, ya que el tipo de Hollande del 75% para los superricos era un tipo nominal, no efectivo).

Por tanto, Podemos no ha rectificado su programa, pero sí lo está ocultando astutamente para alcanzar el poder. Lejos de promover un debate abierto y democrático de sus ideas —tal como sus líderes proclaman con orgullo—, están anestesiando y camuflando el debate para maximizar sus probabilidades de ascenso al poder. Los mismos tics de propaganda y manipulación política que con acierto le critican a la casta: el politiqués como escudo dialéctico ante la legítima y necesaria fiscalización ciudadana. Parece, sí, que de momento el único recambio posible a la casta viene de la neocasta.

Peligro de tercera recesión en Europa

Si hay algo revelador en la reacción negativa de los mercados a la intervención del pasado Mario Draghi, presidente del BCE, el pasado jueves, es que sigamos creyendo que el Banco Central Europeo puede hacer milagros. En este caso, pensar que Draghi va a comprar unos bonos privados (ABS) que hoy aún ni siquiera están emitidos y esperar que anuncie todavía más. Unos mercados “’opados’ que no atienden a fundamentales ni riesgos específicos y sólo corren detrás del siguiente ‘manguerazo’ de dinero fácil. Como inversor, desde hace más de diez años me entristece ver a muchos gestores que sólo se lanzan a perseguir beta de banco central –el próximo chute-.

Hace ya meses advertíamos que “El plan Draghi no arregla Europa”  y que el estímulo del Banco Central Europeo era, además de innecesario, peligroso.

Los bancos centrales no suplen con el gas de la risa monetario los desequilibrios de los países.

Aferrarse al cuento de que “en EEUU Obama y Bernanke lo han conseguido” es engañoso cuando se niega a Europa la libertad económica, apertura, mercado libre y espíritu emprendedor del continente norteamericano y, sobre todo, porque en los análisis interesados de “lo que ha hecho Obama” olvidamos que la participación laboral se ha desplomado a niveles de 1978 y la recuperación de ‘la impresora milagrosa’ hubiera sido inexistente si no llega a ser por la revolución energética local, que ha llevado a EEUU a producir más que Arabia Saudí. Lean “Cómo el fracking ha salvado a Obama” aquí

De hecho, la política expansiva compra algo de tiempo, pero los estados europeos, que se niegan de manera arrogante a reformar sus hipertrofiadas administraciones, se acomodan a los estímulos. Como ya ocurrió en 2009, en cuanto ven la más mínima señal de recuperación, frenan las reformas. Enhorabuena, ya crecemos al 1%, podemos descansar. Con esta actitud, en parte apoyada por los ciudadanos que siguen pensando que todo es gratis, los gobiernos se lanzan a garantizar el estancamiento durante unos cuantos años. Ya lo estamos viendo en Japón, donde tras aumentar la masa monetaria un 40% anual van encaminados al crecimiento cero.

El ejemplo más peligroso es Francia"El nuevo enfermo de Europa”, que tras anunciar tímidas reformas, inmediatamente rechazadas por el establishment intervencionista, vuelve a las andadas con un presupuesto más deficitario y cuya recesión nos puede afectar en España de manera importante, ya que es nuestro principal socio comercial.

Bajo crecimiento, baja inflación, tipos bajos, baja volatilidad… Alta deuda, alto desempleo y altísimos impuestos. Una combinación extrema de fragilidad que nos debe seguir preocupando. Y tras dilapidar en la UE el 32% de su PIB en déficits “para crecer” desde 2008, aún hay quien pide “relajar” los objetivos para salir. No, la crisis de Europa no se ha acabado. Se ha disfrazado con el sirope de chocolate monetario.

En Europa se crean comités, programas, planes de estudio y todo el mundo ignora el elefante que impide el crecimiento. Un gasto público que supera el 49% del PIB de la Eurozona y que sigue creciendo. Y una llamada a los “ingresos perdidos” y “fraude” que recuerda mucho al cuento de la lechera. Lean este post. Una sobrecapacidad productiva del 24-25% heredada de los planes industriales y “de estímulo” casi soviéticos del periodo 2004-2010 y el bombardeo tributario continuado a los sectores que han sobrevivido a la crisis.

El expolio en impuestos ha llevado a la práctica desaparición de la clase media y la política de impedir a toda costa la implementación real de financiación privada y capital riesgo sigue dejando a las pymes sin financiación, además de sufrir el esfuerzo fiscal más alto de la OCDE. Mientras tanto, se le echa la culpa a unos bancos a los que se les exige sorber y soplar a la vez. Reducir riesgo y aligerar su balance, pero prestar a pymes, estados y familias como si fuese 2007.

Los ciudadanos no están inmunes a nuevos rescates financieros en unos estados que no quieren perder su control sobre sus sectores financieros. Nadie quiere que “sus bancos” adelgacen ni que su tamaño se reduzca y eso lleva a que una Europa hiper-bancarizada no termine de modernizar su sector financiero. En EEUU, la banca supone menos del 80% del PIB del país y financia a menos del 30% de la economía real. El resto es financiación privada y capital riesgo. En Europa, más del 80% de la economía real se financia por crédito bancario. El tamaño del sector bancario es más de tres veces el PIB de la Eurozona. Pues bien, el riesgo de rescates –si no se sale de la crisis de manera sólida- con dinero público sigue siendo alto, ya que la suma de accionistas y bonistas no llegan a un 8% de los pasivos (liabilities). Es decir, que incluso si se quisiera llevar a cabo un bail-in (que el rescate bancario lo paguen los inversores de dicho banco) en la mayoría de los casos no se cubriría ni un 8% de las necesidades de capital.

… Pero hay razones para ser más optimista.

Los riesgos son evidentes. La resistencia al cambio de la aristocracia del gasto público y de la Europa de “mis derechos, con tu cartera” es desesperante.

Sin embargo, Europa está saliendo de la recesión con superávit comercial. Muy importante. Atrás quedan las llamadas a “estimular la demanda interna” y hundir al país.

Los índices manufactureros (PMI) aún siguen en expansión, por encima de 50.

El crédito a empresas se está recuperando ya de forma clara y se prevé un crecimiento del 5% en nuevos préstamos en la UE27, según el BCE. Añadiendo la compra de activos antes mencionada, que supone sólo hasta fin de año unos 240.000 millones de euros, la recuperación de la actividad de financiación a empresas fuera de los sectores ‘ladrilleros’ va a ser evidente.

La deuda de empresas y familias sigue cayendo y se encuentra a niveles de 2007. A pesar de todas las dificultades que aún pueden darse en la banca, el riesgo sistémico se ha reducido con las sucesivas ampliaciones de capital. Sí, los estados siguen gastando más de lo que ingresaban en el pico de la burbuja. Pero Europa no supone el enorme agujero de necesidades de refinanciación anual que era en 2010.

El empleo sigue siendo un problema enorme. Hundiendo la renta disponible de la clase media a impuestos no se va a reactivar el consumo, ni tampoco baja el paro con llamadas a “subir los salarios” por decreto del politburó, mientras se suben los impuestos, como si fuese automático. Una Unión Europea que dilapida casi un 1% de su PIB anual en “políticas activas de empleo” desde 2008 y destruye 4,5 millones de puestos de trabajo debería al menos ser humilde, reconocer el fracaso de esas medidas y reducir tributos a las empresas que sí nos van a sacar de la crisis.

Sí, Europa probablemente siga renqueando en ese mar de sobrecapacidad y planes industriales que paga usted, pero no estamos, ni de lejos, al borde de otra recesión. Eso sí, es una pena que los gobiernos se contenten con hacer pie en vez de nadar.

La taxonomía de lo inmoral

Siempre he sentido debilidad por las inclinaciones erróneas del alma, por las que nos deslizamos las sombras vacilantes, deformes, que somos. Inclinaciones hacia lo erróneo, lo dañino, lo inmoral. Uno de nosotros miente para darse importancia, o para ocultar una mala acción. Otro come a escondidas lo que se dice a sí mismo que es la última onza de chocolate, por lo menos por hoy. Aún otro, mientras camina hacia la infidelidad, echa al fuego del deseo el sentimiento de culpa, deseando que las llamas lo acaben por devorar. Todos somos un poco así. Nos consolamos pensando que nuestras debilidades, las concesiones que hacemos a nuestros instintos, nos hace más animales, más humanos. Y el espectador imparcial de Adam Smith acaba tomando partido por lo que queremos o, al menos, lo que deseamos. 

Debilidad, e incluso ternura. Pero no con todos los fallos de nuestro deleznable carácter; sólo con lo que hacemos con lo que nos pertenece. Hay otras inclinaciones que nos llevan a nuestro propio averno, al que arrastramos a los demás, y lo que les pertenece. El asesinato, el robo, el fraude, la política. Aquí las acciones se cubren, en ocasiones, con algún manto de legitimidad, del que la ideología es el más potente. ¿Asesinato? Era un enemigo de la clase obrera. ¿Robo? Nosotros preferimos llamarlo solidaridad. ¿Fraude? Son las pensiones del futuro. ¿Política? Democracia. 

Incluso entre los páramos, las ciénagas, las selvas, los desiertos y las simas del alma hay un criterio moral que separa lo legítimo de lo ilegítimo. Lo nuestro, de lo ajeno. Es sencillo. ¿Nos pertenece? Es nuestra pequeña o gran miseria. ¿No nos pertenece? Estamos cometiendo un crimen. 

Un jueves de miseria, como este, lo que me ha sugerido el asunto de las tarjetas en negro de Bankia es esta apresurada taxonomía de lo inmoral. Y así me ahorro el insulto.

La sistemática tergiversación de Say

A través de un artículo de Paul Krugman llego a un post del economista italiano Franceso Saraceno titulado Jean-Baptiste Hollande. Aunque la anotación tiene ya unos meses, se encuentra de plena actualidad dado las recientes críticas que le están cayendo al otrora azote de la austeridad, François Hollande, a propósito del supuesto ajuste presupuestario vivido en el país occidental con un mayor Estado.

Según Saraceno, Hollande aseveró hace unos meses que “necesitamos actuar sobre la oferta. ¡Sobre la oferta! No hay contradicción entre la oferta y la demanda. De hecho, la oferta genera la demanda”. Según el italiano, Hollande está resucitando la archirrefutada Ley de Say, ésa que Keynes en su momento resumió con esa disparatada máxima de que “la oferta genera su propia demanda”. Para mostrarnos el grado de disparate implicado en la Ley de Say, Saraceno nos ofrece un párrafo de John Stuart Mill donde aparece resumida:

"Los medios de pago con los que la gente compra la producción de otras personas consisten en aquellos bienes que ellos poseen. Todos los vendedores son inevitablemente compradores. Si de repente pudiéramos duplicar la capacidad productiva del país, duplicaríamos la producción de mercancías en cada mercado; pero, al mismo tiempo, estaríamos duplicando nuestro poder adquisitivo. La demanda de todo el mundo se duplicaría junto con la oferta: todo el mundo sería capaz de comprar el doble porque todo el mundo tendría el doble que ofrecer a cambio."

El párrafo de Mill parece una ridiculez, ya que en un primer vistazo nos está diciendo que la gente está dispuesta a demandar el doble de lo que actualmente está consumiendo: el doble de comida, el doble de televisores, el doble de viviendas, el doble de ropa, el doble de mesas, el doble de sillas, etc. Es decir, el párrafo parece estar negando la posibilidad de que se produzcan errores de inversión, de que algunas mercancías se fabriquen en exceso, de que aparezcan sobreproducciones parciales en una economía. Si eso fuera así, sería obvio que la Ley de Say sería un disparate propio de economistas poco formados.

Ahora bien, si uno ha leído a Mill debería preguntarse ¿por qué Saraceno detiene su cita en ese punto? ¿Por qué no cita, no ya el siguiente párrafo, sino la continuación de ese mismo párrafo? Veamos cómo continúa Mill:

"Probablemente, claro, algunas cosas serían producidas en exceso. Aun cuando la sociedad estuviese dispuesta a duplicar su consumo agregado, podría disponer ya de suficientes cantidades de algunas mercancías, prefiriendo en cambio más que duplicar la producción de otros bienes, o materializar ese nuevo poder adquisitivo en la fabricación de nuevos bienes. En tal caso, la oferta tenderá a adaptarse y el valor de los bienes se alineará con su coste de producción. De hecho, resulta absurdo pensar que todos los bienes caerán de valor y que, en consecuencia, todos los productores serán insuficientemente remunerados. Si las utilidades de los bienes no cambian, el nivel de precios resulta irrelevante, ya que la remuneración de los productores no depende de cuánto dinero obtengan, sino de cuántos artículos pueden comprar en el mercado a cambio de los que venden: si todas las mercancías se duplicaran en cantidad, esto también incluye duplicar la mercancía que actúa como dinero, de manera que los precios no cambiarían como no lo harían las utilidades.

Una sobreproducción generalizada, un exceso de todas las mercancías sobre su demanda es una imposibilidad, en la medida en que la demanda consiste en medios de pago [en producción]."

Mill era perfectamente consciente de que podían aparecer sobreproducciones parciales: de que los inversores de una economía pueden equivocarse y producir demasiadas viviendas, demasiados ferrocarriles, demasiados automóviles, etc. La Ley de Say no trata sobre eso, sino sobre algo mucho más simple: para demandar hay que producir. No existe demanda sin oferta: demandar sin ofrecer equivale a comprar sin pagar. Para adquirir bienes hay que tener renta y para tener renta hay que vender bienes (o servicios).

Es verdad que la oferta con la que se demanda puede no ser oferta presente sino oferta futura (comprar prometiendo entregar producción futura: es decir, endeudarse), pero eso no cambia la muy sencilla realidad: no puede existir una carestía de demanda en relación con la oferta, pues la demanda es oferta. Cuestión distinta es que nuestra oferta actual de bienes y servicios no se corresponda con la oferta deseada: esto es, que produzcamos demasiado de unos bienes y demasiado poco de otros bienes. Pero las sobreproducciones parciales no son sobreproducciones generales (no hay demasiado de todo, sino demasiado de unos bienes y demasiado poco de otros). Es simplemente deshonesto tratar de refutar la Ley de Say equiparándola con una ley que niega la posibilidad de sobreproducciones parciales (“la oferta crea su propia demanda”).

Saraceno no es el primero que cita a Mill a medias. El propio Keynes lo hizo mucho antes, ya en La Teoría General, cortando la cita de Mill exactamente en el mismo tergiversador punto. Además, démonos cuenta de otro detalle más grave. ¿Por qué Keynes y Saraceno critican la Ley de Say pero jamás citan al propio Say? ¿No sería más lógico buscar citas del propio Say que expusieran lo calamitosas que eran sus teorías? Pues no y por una razón elemental: Say se expresaba con mucha más claridad que Mill. Al francés no se le puede tergiversar: no se le puede hacer decir lo que no quiso decir. Por ejemplo, lean cómo Say era plenamente consciente de la existencia de sobreproducciones parciales:

"Una sobreproducción de mercancías particulares se produce porque la oferta de esa mercancía ha desbordado su demanda debido a una de esas dos razones: o porque se ha producido en exceso o porque la producción de otras mercancías es insuficiente."

Es más, si el economista italiano hubiese leído con algo más de detalle a Say no habría caído en algunos de los errores más clamorosos de su post. En él Saraceno nos intenta mostrar lo absurdo de las declaraciones de Hollande apelando a la típica encuesta a empresarios que señalan que sus dificultades económicas provienen esencialmente de la falta de demanda sobre sus productos (en concreto, un 70% de los empresarios que reconocieron tener dificultades los atribuyeron exclusivamente al lado de la demanda). Así, concluye Saraceno: “El mensaje parece bastante claro: desde el comienzo de la crisis los problemas de las empresas francesas han procedido de una insuficiente demanda. Keynes tiene razón, Say (y François Hollande, y la Comisión Europea y Angela Merkel) está equivocado”.

A este respecto, sin embargo, vean precisamente cómo comenzaba Say el capítulo de suTratado de Economía Política donde exponía su famosa ley:

"Es habitual escuchar entre los emprendedores de distintos sectores industriales que sus problemas económicos no residen en el lado de la producción, sino en las dificultades para vender sus mercancías; que la producción siempre sería abundante si existiera suficiente demanda para absorberlas. Cuando la demanda por sus mercancías es demasiado lenta, retraída y poco efectiva, los emprendedores tienden a afirmar que el dinero es escaso; su objeto de deseo es un consumo vigoroso que acelere las ventas y eleve los precios.

(…)

[Y, ciertamente], un hombre dedicado a invertir su tiempo de trabajo en crear objetos de valor y que proporcionen algún tipo de utilidad no puede esperar que ese valor sea apreciado y remunerado a menos que otras personas dispongan de medios para adquirirlo. Ahora bien, ¿en qué consisten estos medios? En el valor contenido en otros productos, como los frutos de la industria, del capital y de la tierra. Todo lo cual nos conduce a una conclusión que a primera vista podría resultar paradójica: a saber, que es la producción la que permite la demanda de otros productos."

La encuesta que enlaza Saraceno, por tanto, no demuestra nada: la falta de demanda es un síntoma o de falta de producción presente valiosa o de falta de producción futura igualmente valiosa (la famosa falta de crédito). Si es un problema de falta de oferta presenta, entonces la cuestión es cómo cambiar el modelo productivo actual: liberalización económica, impuestos bajos, presupuestos equilibrados y estabilidad financiera. Si, en cambio, es un problema de falta de oferta futura (falta de crédito), entonces la cuestión es cómo mejorar la existencia de producción futura (de nuevo, el cambio de modelo productivo) o cómo reducir los extraordinarios compromisos presentes (sobreendeudamiento presente) sobre esa producción futura: desapalancamiento mediante el aumento del ahorro interno.

No hay más. Los empresarios, personas no necesariamente versadas en la ciencia económica, pueden confundir los síntomas (falta de demanda) con las causas profundas (falta de oferta presente o futura). Los economistas no deberían: les basta con leer a Say para entenderlo. Si Saraceno lo ha leído, mal por ocultar el auténtico significado de la Ley de Say. Si Saraceno no lo ha leído, peor por criticar a Say sin haber leído a Say

La era Rajoy: más gasto y más impuestos

Los Presupuestos Generales del Estado (PGE) de 2015 serán los últimos que elabore Rajoy con mayoría absoluta. En tal caso, pueden servirnos para enjuiciar la austeridad practicada por un Gobierno del PP "sin ataduras" durante la presente legislatura. Y a este respecto, el titular resulta obvio: la deuda está devorando al Gobierno de España. No ya porque, según el propio Ejecutivo, en 2015 la ratio de deuda sobre el PIB vaya a superar el 100% (sin trucar el PIB con drogas y prostitución sería el 103%), convirtiendo a Rajoy en el gobernante que más habrá incrementado la deuda pública en toda nuestra historia (sí, más que Zapatero), sino por algo mucho más elemental: el aumento de los pasivos gubernamentales acaecido durante la era Rajoy habrá contrarrestado totalmente los moderados recortes aprobados en el resto de partidas de gasto del Gobierno central.

Podemos observarlo fácilmente con la siguiente tabla: el gasto total presupuestado por el Gobierno de Rajoy para 2015 será básicamente el mismo que el presupuestado por Zapatero para 2011, a saber, 161.992 millones de euros frente a 162.980,7 (un recorte de apenas el 0,7%). La razón, empero, no es que no se hayan producido recortes en los gastos ministeriales: entre 2011 y 2015, el gasto agregado de los Ministerios se habrá reducido un 20%, esto es, 16.200 millones de euros.

La razón, por el contrario, es que los intereses de la deuda pública aumentan en 8.100 millones de euros, las pensiones de los empleados públicos (clases pasivas) en 2.700 millones y las transferencias a ayuntamientos, autonomías y la Unión Europea en 4.500 millones.

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Gasto público presupuestado en 2011 y 2015 (en millones de euros)

 

2011

2015

Casa Real

8,4

7,8

Cortes Generales

216,4

202,1

Tribunal de Cuentas

62,2

60,9

Tribunal Constitucional

26,4

23,0

Consejo de Estado

10,5

9,9

Deuda pública

27.400,0

35.490,0

Clases pasivas

10.489,3

13.184,9

Consejo General del Poder Judicial

74,2

54,8

Mº de Asuntos Exteriores y Cooperación

2.645,7

1.043,3

Mº de Justicia

1.680,5

1.475,0

Mº de Defensa

6.928,9

5.764,9

Mº de Hacienda y AAPP

3.473,2

2.184,8

Mº del Interior

7.821,9

7.421,3

Mº de Fomento

8.937,0

4.979,6

Mº de Educación, Cultura y Deporte

3.918,3

2.759,6

Mº de Empleo y Seguridad Social

22.592,7

22.421,4

Mº de Industria, Energía y Turismo

5.514,6

5.740,6

Mº de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente

2.807,5

1.839,5

Mº de la Presidencia

449,0

442,1

Mº de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad

2.674,3

1.919,5

Mº de Economía y Competitividad

7.480,8

2.314,7

Gastos diversos de Ministerios

2.248,8

2.640,3

Otros gastos: autonomía y UE

45.520,1

50.012,4

TOTAL GOBIERNO CENTRAL

162.980,7

161.992,3

Seguridad Social

124.418,6

136.117,0

TOTAL GOBIERNO CENTRAL + SEGURIDAD SOCIAL

287.399,3

298.109,3

En conjunto, pues, lo comido por lo servido: las obligaciones financieras (intereses de la deuda), las obligaciones previsionales hacia los empleados públicos (clases pasivas) y las obligaciones derivadas de los acuerdos de financiación con otras administraciones (ayuntamientos, autonomías y UE) han aumentado tanto como se ha reducido el gasto ministerial.

Como resultado, todo el ajuste del déficit del Gobierno central que se programa experimentar entre 2011 y 2015 (cerca de 25.000 millones de euros) habrá procedido de un aumento de los impuestos a los españoles (no entro a valorar ahora mismo la verosimilitud de las previsiones de ese ajuste: tan sólo constato que el objetivo del Gobierno central es cargar todo el ajuste vivido durante esta legislatura sobre las espaldas de los contribuyentes).

Es más, si añadimos el presupuesto de la Seguridad Social al presupuesto del Gobierno central, nos encontramos no sólo con que el gasto total del sistema no decrece, sino que aumenta de manera muy sustancial: en concreto, en 10.700 millones de euros (un 3,7% más que en 2011).

Por consiguiente, tan sólo el aumento del gasto derivado de las obligaciones previsionales hacia empleados públicos y trabajadores en el sector privado (que creció en 14.400 millones entre 2015 y 2011) prácticamente arrambló con toda la "austeridad" del gasto ministerial: esto es, la partida presupuestaria que más se sobredimensionó no fueron ni los intereses de la deuda, ni la financiación territorial, sino las pensiones públicas (de hecho, aunque el gasto en intereses y en financiación territorial no hubiera aumentado, el gasto total de 2015 superaría al de 2011 por la sola influencia de las pensiones).

La lección a aprender de estas cifras debería ser obvia: el brutal desequilibrio presupuestario que vivía España en 2011 (y que en su mayor parte sigue viviendo a día de hoy) sólo podía solventarse por el lado del gasto afrontando una revisión inmediata y omnicomprensiva del modelo de Estado y, en particular, del modelo de Estado de Bienestar (tal como propusimos algunos en su momento).

En 2012 resultaba urgente revisar el modelo de financiación autonómica y municipal y, sobre todo, recortar las pensiones públicas. Rajoy, como socialdemócrata que es, se negó a hacerlo: en su lugar, optó por parchear las cuentas públicas recortando moderadamente el gasto ministerial para así venderles a los ciudadanos un profundo ejercicio de austeridad que, en realidad, jamás practicó.

Como consecuencia, los desembolsos en intereses, en pensiones y en transferencias territoriales siguieron aumentando hasta absorber cualquier tímido recorte ejecutado en otras partidas del presupuesto. Y si el gasto total del sistema no baja sino que sube, la única forma de cuadrar las cuentas es una: machacar con muchos más impuestos a los ciudadanos.

Ése, la numantina resistencia a reducir profundamente el gasto y la desenfrenada voracidad por multiplicar los impuestos a los ciudadanos, es el verdadero resumen de la primera legislatura de Mariano Rajoy. Nula austeridad por el lado del gasto; brutal parasitismo por el lado de los ingresos.

Justicia social

Leí este titular sobre el presidente francés: "Hollande reclama a su Gobierno que concilie crecimiento y justicia social". Y el famoso actor mexicano Gael García Bernal declaró: "La falta de justicia social es el mayor lastre que carga México y el resto de Latinoamérica. Sin paz social no hay justicia. Hay una cantidad absurda de millonarios, y una cantidad absurda de pobres".

Es llamativo que prosperidad y justicia sean consideradas antónimas. Obviamente, nunca lo son, salvo en el caso de que algunas personas prosperen estafando o robando, en cuyo caso su riqueza es injusta, y es un juego de suma cero, donde lo que gana uno lo pierde otro. En todas las demás circunstancias, cualquier mejoría en la condición de las personas es justa, precisamente porque se ha conseguido sin violar derechos ajenos.

Más aún, la justicia es condición de la prosperidad, puesto que su preservación anima los esfuerzos de todo ciudadano en mejorar su propia condición. Ausente la seguridad jurídica, esos esfuerzos no rinden fruto o los rinden para el poder y quienes a su socaire medran. 

¡El poder! Ese gran impostor es lo que el presidente Hollande y el pensamiento único convocan, porque "concilia" crecimiento y justicia, lo que, como hemos visto, es un disparate: dicha conciliación reclama la libertad, no la coacción. En cambio, la corrección política actúa como si el poder tuviera la magia de lograr algo que en realidad se logra con su abstención.

La explicación de esta falacia estriba en la desvirtuación de la noción de justicia, a la que se hace aparecer como la igualdad forzada mediante la ley, es decir, la igualdad hostil a la libertad, que considera que la propia prosperidad de algunos es por definición injusta, y que reclama por tanto la reparación a cargo del poder político y legislativo.

Curiosamente, la acción de ese mismo poder drena la prosperidad a partir de la equívoca noción de "justicia social", que sólo puede significar injusticia perpetrada por los poderosos para hacernos iguales, identificando mentirosamente prosperidad con injusticia, es decir, precisamente lo que la propia intervención de los poderosos produce.

Con esa falsa noción, se comprende el desvarío de García Bernal, que considera "absurdo" no sólo que haya muchos pobres, sino también que haya muchos ricos, como si fuera lo uno causa de lo otro.

Tanto Hollande como García Bernal consideran que cuando el poder arrebata los bienes de las personas, eso es, por una extraña razón,"justo".