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El empleo deja a la izquierda sin argumentos

Hay días en que la actualidad se conjura para dar una sonora bofetada a los líderes de izquierdas. Como el pasado miércoles, sin ir más lejos, cuando la EPA ratificó la tendencia al alza de las cifras de empleo, dejándolos sin capacidad de reacción al cumplirse el peor de sus presagios, porque la gente empieza a encontrar trabajo y hasta es capaz de volver a votar al PP. Los chavales de Pablemos, que no saben nada de la realidad pero de manipulación de las conciencias lo saben todo, ya habían advertido en uno de sus documentos internos de que si España comienza a crear puestos de trabajo y la gente percibe una mejora en las condiciones económicas, el invento se les puede ir al carajo. El de ganar las elecciones generales, me refiero, que es a lo que han venido para devolvernos la democracia secuestrada por "la casta".

En ocasiones como esta, cuando la realidad contraviene sus deseos, los socialistas envían un propio a comparecer ante la prensa para balbucear las clásicas consignas de estirpe sindical y evitar el sofoco a los verdaderos líderes del partido. Para eso está, por ejemplo, el gran Valeriano Gómez, liquidador de la estafa de la promotora de viviendas sociales de la UGT en los noventa y ministro del paro de ZP con el nuevo siglo ya entrado como principales jalones de su biografía política. Otro tanto hacen las centrales sindicales de progreso, muy molestas también por que haya gente que encuentre trabajo en la empresa privada en lugar de estar en casa tocándose los sindicatos, trincando subsidios o haciendo cursos de formación.

Unos y otros denuncian que la mayoría de los contratos de trabajo que se realizan son temporales, lo cual demuestra la existencia de una intolerable precariedad. La izquierda quiere que te quedes en casa parado hasta que aparezca un empresario con un contrato indefinido; si no es así, te pide que le des con la puerta en las narices y sigas esperando. Sin embargo, la verdadera precariedad es provocar las monstruosas cifras de paro que ha creado el socialismo en España cada vez que ha gobernado, una situación de la que estamos saliendo con cuentagotas pero a ritmo cada vez mayor.

Incluso con Rajoy en el Gobierno, España puede salir de la crisis antes de las próximas elecciones generales, para desgracia de una izquierda lamentable que jamás ha vacilado en poner su interés electoral por encima del de todos los españoles. Así nos va.

Quantitative Easing: germen de futuras crisis

Los múltiples programas de flexibilización cuantitativa llevados a cabo por la Reserva Federal tienen el propósito de estimular artificialmente la actividad económica mediante la expansión de la masa monetaria y del crédito. 

 

En principio los motivos que las autoridades monetarias esgrimen para defender sus políticas son loables; todos queremos que la economía vaya bien y que los ciudadanos sean lo más prósperos posible. Pero las buenas intenciones no siempre se traducen en buenos resultados.

Una mala política a menudo provoca efectos contrarios a aquellos que se deseaban obtener. Cabe preguntarse, pues, si estos programas de expansión monetaria, los quantitative easing, son el camino para obtener la prosperidad económica o, por contra, generan más problemas de los que pretenden resolver.

En un primer artículo sobre las políticas de la Fed decía que el primer problema que tienen es que, de hecho, retrasan la recuperación. La recesión es precisamente la fase de saneamiento de las distorsiones provocadas durante la época de la burbuja sobre la estructura productiva. 

Es preciso que ésta se sanee, se amortice el exceso de deuda y que los factores productivos se reorganicen formando una nueva estructura productiva acorde con las preferencias reales de consumo y ahorro de los ciudadanos. Las políticas expansivas son un intento de mantener funcionando la estructura productiva caduca y de posponer las necesarias reestructuraciones, y provoca el retraso de los reajustes y alarga la fase depresiva

También vimos que las autoridades ni siquiera logran totalmente este objetivo, pues cuando una economía endeudada en exceso entra en recesión y descubre que no es capaz de soportar más crédito, la demanda de crédito se desploma. 

Aunque es cierto que muchos agentes siguen intentando mantener sus inviables proyectos gracias al crédito fácil, muchos otros hacen caso omiso a las facilidades crediticias promovidas por la Fed y se limitan a amortizar sus créditos y reajustar sus planes. O, dicho de otra forma, se puede llevar al caballo al río, pero no se le puede obligar a beber.

Explicaba en mi segundo artículo sobre la expansión monetaria que es precisamente por este motivo por el que el segundo gran problema que se suele vincular a este tipo de políticas, la inflación, no tiene efectos inmediatos. Buena parte de ese “dinero” de nueva creación que la Fed inyecta vuelve rápidamente a los balances del propio banco central, y queda en forma de líneas de crédito no utilizadas en favor de la banca comercial. 

Pero veíamos que esto genera un enorme problema a largo plazo, pues a medida que se vaya reactivando la demanda de crédito y los bancos hagan uso de esa nueva base monetaria, existe un gran riesgo de alta inflación si la Fed no contrae previamente su balance.

El tercer gran problema que causan las políticas expansivas como los quantitative easing es, en mi opinión, el más grave de todos. Y es que sientan las bases de la que será la siguiente crisis. ¿Cómo ocurre esto? Podemos pensarlo, de manera simplificada, desde dos puntos de vista complementarios.

El primero de ellos es el denominado “efecto Cantillon”. El economista Richard Cantillon escribió que cuando se inyecta dinero de nueva creación en una economía nunca se hace de manera homogénea y neutral. Es decir, no se incrementan proporcionalmente, de la noche a la mañana, los saldos de tesorería de todos los agentes. 

Por el contrario, ese dinero entra primero por ciertos sectores, y a medida que los primeros receptores van realizando transacciones se va extendiendo, llegando en oleadas sucesivas al resto de la economía en un proceso que puede durar años. 

Esto provoca que los precios relativos de esos primeros sectores que entran en contacto con el nuevo dinero suban en relación con aquellos a los que llega más tarde, creando una distorsión en la estructura de precios relativos. Puede darse que aunque el nivel general de precios no suba o suba muy poco, se esté produciendo toda una revolución en los precios relativos que no se revela en las cifras de contabilidad nacional.

El efecto de este desajuste transitorio de los precios relativos es muy perjudicial en el largo plazo. Aquellos sectores cuyos precios relativos suben más rápido, atraen capital y factores productivos, consolidando una nueva distorsión en la estructura productiva. Se origina, en resumen, una burbuja en esos sectores. No tenemos más que pensar en lo que sucedió en el sector inmobiliario durante la época del último boom, o en las puntocom en la anterior. 

A este “efecto Cantillon”, como decía, también se suma un segundo mecanismo complementario que provoca resultados similares: la reducción artificial de los tipos de interés consecuencia de las expansiones monetarias y crediticias. El economista Ludwig von Mises explicó cómo esto provoca distorsiones cíclicas en el aparato productivo que en última instancia desencadena los ciclos económicos. 

El tipo de interés es un precio fundamental en el mercado, pues coordina la oferta de recursos disponibles (ahorro) con los recursos utilizados (inversión) para cada plazo y riesgo. Cuando los tipos de interés se reducen artificialmente, sin corresponder a aumentos reales del ahorro, esta coordinación se rompe. Se envía a los inversores y empresarios una información distorsionada que les lleva a acometer o mantener inversiones que en realidad no son rentables, pues no casan con los recursos disponibles y las verdaderas preferencias de consumidores y ahorradores. Como en el caso anterior, la expansión monetaria provoca la acumulación de malas inversiones sistemáticas. 

Pero como explicó Mises, una vez que ese efecto transitorio pasa, los precios relativos inexorablemente tienden a reajustarse a lo que dictan las preferencias reales de los agentes económicos. Es entonces cuando se pone de manifiesto que ese capital que fue atraído por error a los sectores receptores del dinero de nueva creación son, en realidad, inversiones ruinosas. 

Se desencadena de nuevo el inevitable proceso de liquidación y reorganización de los factores productivos de acuerdo a las demandas reales de la población. Es decir, en el largo plazo habremos vuelto a generar otra recesión económica.

En conclusión, las políticas que durante la presente crisis están llevando a cabo la Fed y otros bancos centrales no sólo retrasan la recuperación y aumentan el riesgo inflacionario a largo plazo. Además, sientan las bases de la que será la nueva crisis en el futuro. Por bienintencionadas que puedan ser las metas de las autoridades, por este camino no nos librarán de repetir la misma historia. 

@ignaciomoncada 

Ignacio Moncada es analista financiero de inversiones en Nueva York. Es miembro del Instituto Juan de Mariana y del Ludwig von Mises Institute.

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Capitalismo y casino

José Antonio Granero Ramírez, decano del Colegio de Arquitectos de Madrid, escribió en Expansión: "La historia confirma que el capitalismo sin regulación, basado sólo en el libre mercado, no organiza de forma efectiva la sociedad moderna, y no garantiza estabilidad". Y el francés Michel Barnier, comisario europeo de Mercado Interior y Servicios, del Partido Popular Europeo, declaró a ABC"Nuestro mercado financiero no tenía reglas, era un casino".

Desde luego, si la historia confirma algo es justo lo contrario de lo que dice el señor Granero Ramírez, porque la realidad es que la expansión del Estado ha sido tan considerable como generalizada. No hay tal cosa como una sociedad cuya organización se fundamente "sólo en el libre mercado". Pero al mismo tiempo ese enorme crecimiento del Estado, como hemos comprobado en años recientes, ha hecho cualquier cosa menos garantizar la estabilidad.

Tras ese tópico, don José Antonio tiene más, "encontrar el equilibrio óptimo entre mercado y regulación estatal para un desarrollo eficiente y sostenible" o "por la asimetría de la información, no existe la competencia perfecta", y demás argumentos endebles con unos objetivos claros: combatir la libertad, restringir el mercado, imponer tarifas, forzar la colegiación obligatoria, etc. Eso sí, luego de exponer unas ideas endebles con el propósito de obtener beneficios económicos para un grupo, se pone solemne y concluye: "En un mundo que pretende ser más justo y equilibrado, medir todo en términos económicos resulta obsoleto".

Lo del señor Michel Barnier sí que resulta en verdad obsoleto, y además disparatado. En efecto, reprocharle a la economía libre sus deficiencias éticas es muy antiguo, y comparar el capitalismo con un casino también lo es. Lo que resulta chocante es el patente contraste entre lo que dice don Michel y la realidad. Primero, los mercados financieros por supuesto que tienen reglas, fijadas por políticos y burócratas como él mismo. Cuando el sistema intervenido estalla, se precipita la corrección política a echarle la culpa a una supuesta anarquía desreguladora que ni está, ni estuvo ni se la espera.

Para colmo, una vez que ha probado que es capaz de distorsionar la realidad en el caso de los mercados financieros, el señor Barnier pasa directamente al insulto en el caso de los casinos. Vamos a ver: ¿quién le ha dicho que los casinos no tienen reglas?

Raúl Castro y Putin o el romance imposible

Vladimir Putin aclaró tajantemente que su país no pensaba reabrir las operaciones de inteligencia electrónica de la base Lourdes, cercana a La Habana. Eso era lo predecible. Meterse de nuevo en la cama con los Castro no tenía sentido. No debe olvidarse que Putin llegó al poder de la mano de Boris Yeltsin para que completara el entierro del comunismo, no para revivirlo.

Las instalaciones de espionaje creadas en Cuba en 1964 fueron abruptamente clausuradas en octubre del 2001 por órdenes del propio Putin. Esa acción no se la perdonaron Fidel Castro ni los viejos kagebistas nostálgicos del comunismo, como su exjefe el general Nikolai Leonov, quien así lo manifestó en una entrevista concedida hace algunos años a los medios rusos.

En agosto de 1991 el KGB urdió un golpe político-militar para liquidar a Mijail Gorbachev y su política de reformas. A las 24 horas de iniciado el movimiento subversivo, Vladimir Putin, teniente coronel del KGB, renunció a su cargo y se situó junto a Boris Yeltsin, el hombre que hizo abortar el coup d’etat.

Aunque Putin no tenía mucha importancia dentro de la inteligencia, sus excompañeros lo vieron como un traidor, pero en el bando de Yeltsin lo aceptaron como un buen aporte a la Rusia que huía de su pasado bolchevique.

Casi una década más tarde, el 31 de diciembre de 1999, Yeltsin, enfermo y alcoholizado, renunciaría a la presidencia del país dejando a su discípulo Vladimir Putin al frente de la Federación Rusa con la secreta tarea de que le cuidara las espaldas y lo defendiera de las (fundadas) acusaciones de corrupción.

Juntos, con perdón, habían armado la de Dios es Cristo. Enterraron la URSS, disolvieron el Partido Comunista, privatizaron con amiguetes el aparato productivo, renunciaron al colectivismo y a la planificación centralizada y transformaron los servicios de inteligencia.

Yeltsin y Putin sabían que Fidel Castro era un estalinista irredento. Y lo sabían porque al desertar el embajador (interino) cubano en Moscú, Jesús Renzolí, quien escapó vía Finlandia con la ayuda del diplomático costarricense Plutarco Hernández, reveló que algunas de las conversaciones conspirativas para restituir la dictadura marxista-leninista en la URSS se habían llevado a cabo en la embajada cubana en Moscú.

No obstante, la base de Lourdes permaneció abierta durante la década en que gobernó Yeltsin. Pero Putin, a poco de asumir el poder, la cerró, y lo hizo tan sorpresivamente que Fidel y Raúl Castro se enteraron por la prensa de la decisión del nuevo líder ruso, propinando un durísimo golpe a la vanidad de ambos personajes.

Sin embargo, la desilusión mayor fue la de Raúl Castro. De los dos hermanos, era él quien siempre había admirado más a Rusia, al extremo de llenar su antedespacho de fotos de mariscales y líderes militares soviéticos. Incluso llegó a declarar, en el juicio-pantomima que organizaron para asesinar al general Arnaldo Ochoa y otros tres oficiales, que él, Raúl, era, en realidad, "un ruso del Caribe".

En definitiva, ¿qué buscan Raúl Castro y Vladimir Putin en esta etapa de las relaciones entre ambos países?

El cubano busca armas para renovar su herrumbroso arsenal de los años ochenta, plantas eléctricas, una línea de crédito e inversiones en las elusivas prospecciones petroleras. Ofrece como garantía los petrodólares venezolanos –su permanente fuente de financiamiento–, pues nada tiene para exportar a Rusia, incluidos los médicos cubanos, innecesarios y muy poco respetados en ese país.

El ruso, por su parte, anda a la captura de mercados para sus cachivaches, especialmente armas, para lo cual –y ésta es una reflexión del sagaz político boliviano Sánchez Berzaín– le conviene arreglar cuentas con Raúl Castro, porque se trata del godfather de Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador, y mantiene unas magníficas relaciones con Argentina, Brasil y Uruguay. Aunque pobre, desorientado y andrajoso, Raúl, paradójicamente es el director del circo y el domador de los enanos.

Hace muchos años, cuando conocí a Boris Yeltsin, le escuché expresar su temor a que el KGB le paralizara el corazón con unas ondas de radio que producían fibrilaciones. Yeltsin no quería nada a Castro.

Ignoro si Vladimir Putin ha controlado a sus excompañeros o si cree que ya pasó el peligro. Tampoco sé lo que realmente piensa de los dos hermanos Castro, pero intuyo que no es nada bueno. Fue en Moscú, en esa época, cuando escuché una expresión llena de desprecio hacia Cuba y el comunismo tercermundista: "Mendicidad revolucionaria". Putin no quiere saber de eso nunca más.

elblogdemontaner.com

Primero vino la prosperidad, luego el Leviatán

El gran Estado benefactor sueco tiene una historia relativamente corta y reciente. Se instaura a partir de los años 60 y sufre su gran crisis a comienzos de los 90. Hasta la década de 1950 Suecia se caracterizaba tanto por la pequeñez comparativa de su Estado como por su bajo nivel tributario. El Estado sueco, medido por la proporción de empleados públicos en el empleo total, era todavía en 1960 menor que el británico o el estadounidense, y su carga tributaria era comparable con la de estos países y estaba por debajo de la de Francia o la de Alemania Federal. Esto es importante recalcarlo, ya que la evolución que llevaría a Suecia a alcanzar unos niveles récord de expansión estatal y tributaria representa una ruptura con una historia caracterizada por lo contrario.

Es interesante notar que, en términos de desarrollo económico comparativo, es justamente en el período anterior a 1960 cuando Suecia exhibe un desempeño extraordinario, mientras que el período que va de 1960 a 1990 –coincidente con la gran expansión estatal– es muy mediocre. Entre 1870 y 1960 Suecia es el país que más crece a escala mundial en términos de PIB per cápita, mientras que entre 1960 y 1990 se ve superado por todos los demás países desarrollados, con excepción de Gran Bretaña y Suiza.

Este desarrollo mediocre se va haciendo cada vez más pronunciado en la medida en que la expansión estatal alcanza sus niveles más extraordinarios. Así, entre 1975 y 1990, cuando el gasto público llega a superar el 60 por ciento del PIB, Suecia muestra el crecimiento económico más lento de todos los países desarrollados. El Leviatán sueco estaba, simplemente, ahogando a la sociedad que le había dado vida y preparando su desmoronamiento a comienzos de los años 90.

Si volvemos la mirada hacia los años del milagro sueco –entre 1870 y 1960– se observa que el notable desempeño de Suecia fue propulsado por un capitalismo pujante y abierto al mundo, es decir, por una economía de libre mercado e industrias de primera clase, basadas en el trabajo y la creatividad de sus obreros, ingenieros y emprendedores, que transformaron un insignificante país nórdico que a mediados del siglo XIX era una economía periférica que exportaba materias primas y alimentos en una verdadera potencia industrial.

El momento crucial de la asombrosa transformación de Suecia fue la liberalización y apertura revolucionaria de su economía a mediados del siglo XIX, conducida por Johan August Gripenstedt, ministro de Finanzas entre 1851 y 1866. Fue entonces cuando definitivamente se rompió con la economía de los privilegios estamentales, las regulaciones estatales abrumadoras, las aduanas internas, el proteccionismo, los impedimentos a la libertad de industria y de comercio así como a la libre circulación de las personas. Sí, la madre de la prosperidad sueca no fue otra que la libertad económica, que potenció el esfuerzo del pueblo y el ingenio y la capacidad emprendedora de sus elites. Ello preparó las condiciones para el espectacular salto industrial en las décadas finales del siglo XIX, cuando la tasa sueca de crecimiento –entre 1870 y 1913– fue la mayor de Europa y los obreros industriales vieron triplicarse su ingreso real. Así, gracias a la fuerza de su capitalismo, un pueblo que había experimentado la última de sus muchas hambrunas en 1868 pudo acceder a un nivel de bienestar nunca antes conocido.

Esto no quiere decir que el Estado no haya sido importante en todo este proceso, muy por el contrario. El Estado sueco desempeñó en verdad un rol decisivo, pero no fue el de engullirse una tajada creciente del ingreso nacional ni el dárselas de empresario ni el de crear un sistema de prebendas y privilegios. El Estado sueco hizo lo que todo Estado que ayuda a generar progreso debe hacer, es decir, crear instituciones que fomenten la libertad individual y protejan la propiedad privada, que exijan el cumplimiento de los contratos y mantengan el Estado de Derecho. También puso su mano allí donde las manos privadas no alcanzaban, como en la construcción de ferrocarriles o en la creación de las llamadas escuelas del pueblo, a partir de 1842, que a fines del siglo XIX daban escolaridad a prácticamente todos los niños del país. Esto fomentó la igualdad de oportunidades, lo que reforzó el impacto positivo de la distribución igualitaria de la tierra que caracterizaba ya de antes a la agricultura local. Fue un Estado subsidiario y solidario, creó instituciones sólidas, hizo aportes económicos estratégicos pero limitados y allanó el camino de la igualdad de oportunidades. Fue, en pocas palabras, un Estado ejemplar y, además, cada vez más democrático.

Esta fue la base económica que daría a la socialdemocracia los recursos necesarios para la realización de sus programas de reformas sociales. Es por ello que quienes predican la adopción del modelo sueco, es decir, la construcción de un gran Estado benefactor, en países sin un desarrollo comparable no hacen sino proponer una quimera.

Sin un capitalismo de primera línea no puede existir ni bienestar ni Estado del Bienestar, esta es la lección más fundamental del desarrollo moderno de Suecia. La otra lección de importancia es que si se quiere lograr y luego mantener ese desarrollo es mejor cuidarse del gran Estado. Lo ocurrido en Suecia a partir de 1960 es una clara advertencia acerca de los peligros de una expansión estatal que termina destruyendo las bases mismas del progreso.

Mauricio Rojas (Santiago de Chile, 1950), exmiembro del Parlamento sueco y profesor adjunto de Historia Económica de la Universidad de Lund (Suecia).

PPodemos

Puede que Juan Manuel Moreno Bonilla se inventara su currículum, pero desde luego no se ha inventado los valores estatistas sobre los que descansa el ideario del PP. Con su reciente propuesta populista de implantar una renta básica en Andalucía tan sólo ha puesto de manifiesto cuáles son los auténticos principios en torno a los que históricamente se ha construido el PP: una mezcla liberticida de falangismo, de democracia-cristiana y de socialdemocracia.

A la postre, el desnortado proyecto de renta básica entronca perfectamente con la visión estatista de las relaciones sociales que profesa el PP: altos impuestos y asfixiantes regulaciones que pauperizan a una parte creciente de la población con el propósito de que el Estado acuda a su rescate tejiendo redes redistributivas y clientelares.

No tienen más que fijarse en los tres argumentos que han blandido los populares andaluces para justificar su ocurrencia: 36% de paro; 67% de paro juvenil; 3,5 millones de personas en situación de pobreza. Eso es la renta básica impulsada por Moreno Bonilla: el reclamo electoral de un PP andaluz que claudica ante la devastación económica impuesta por sus pares socialistas y que opta directamente por el subsidio generalizado como señuelo para comprar votos.

Hubo un tiempo en el que, contrariamente, el PP aseveraba que la mejor política social era la creación de empleo: es decir, permitir que la gente saliera adelante por sus propios medios sin verse ni parasitada ni subsidiada por los políticos. Lo más probable es que el PP jamás creyera sinceramente en tales palabras, pero al menos blasonaba un discurso que en el fondo era acertado. Hoy no: el PP de Rajoy, el de Montoro o el de Moreno Bonilla promueve una fiscalidad confiscatoria, una hiperregulación sojuzgadora y, a su vez, una subsidiación general de la pobreza que ellos mismos generan y consolidan. Aunque pudiera parecerlo, no hay esquizofrenia alguna en ello: un Estado que te quita con una mano y te da con la otra se convierte en un ente indispensable para sobrevivir, esto es, en un ente al que hay que reverenciar y rendir pleitesía.

Andalucía es, justamente, el mejor ejemplo de por qué décadas de transferencias coactivas de renta desde el resto de España y Europa para, supuestamente, promover el desarrollo y la prosperidad no han funcionado. El crecimiento desorbitado de la administración, de la función pública, de las faraónicas obras innecesarias y de los subsidios redistributivos, combinado con miles de regulaciones que maniatan el desarrollo del tejido empresarial, sólo han conseguido abocar a la región al 36% de paro, al 67% de paro juvenil y a los 3,5 millones de personas en situación de pobreza.

Este flagrante empobrecimiento de la estructura social y económica de Andalucía no se debe a su defecto de intervencionismo estatal sino a su marcado exceso. ¿Y qué propone el PP andaluz como alternativa? Darle una nueva vuelta de tuerca tal a ese intervencionismo estatal que deje como moderados a la coalición gobernante de PSOE e IU: en concreto, subsidiar todavía más a los ciudadanos mientras se mantienen —o incrementan— todos los obstáculos regulatorios o fiscales que les impiden a esos mismos ciudadanos prosperar autónomamente.

Los españoles no somos incapaces de generar riqueza para el resto de españoles o para el resto del mundo: somos incapaces de generarla dentro del abusivo marco regulatorio y fiscal que nos imponen los mismos políticos que luego tratan de comprar nuestras voluntades devolviéndonos unas migajas del dinero que previamente nos han arrebatado. No necesitamos un Estado que nos coloque menesterosamente de rodillas ante una casta, o ante una neocasta, que practique la beneficencia a nuestra costa. Necesitamos un Estado que no nos impida levantarnos y prosperar, tal como se levantan y prosperan cada mañana los suizos, los australianos, los neozelandeses, los hongkoneses, los taiwaneses, los singapurenses o los surcoreanos: sociedades inmensamente prósperas y con pleno empleo para su ciudadanía, a pesar de que hace 35 años muchas de ellas exhibían una renta per cápita similar a la española o incluso sustancialmente inferior. ¿La clave? Imperio de la ley, impuestos bajos, burocracias moderadas y respeto a la libre empresa. Ninguno de los partidos españoles con representación parlamentaria defiende tal camino hacia el bienestar común: tampoco, por supuesto, el Partido Popular.

Al final, es verdad que la emergencia de Podemos en el panorama político español ha tenido el efecto perverso de desplazar el debate político hacia el estatismo. Pero también ha tenido la regeneradora virtud de mostrarnos sin camuflajes la verdadera cara y las verdaderas ideas del Partido Populista gobernante. La renta básica de Moreno Bonilla en un contexto de altísima fiscalidad y omnipresentes regulaciones no constituye una excentricidad programática dentro del Partido Popular, sino el desarrollo lógico y consecuente de sus principios antiliberales: abajo la riqueza autónomaarriba la pobreza subsidiada. Sí, PPodemos.

Lanzarote, capital del liberalismo

La isla de Lanzarote es la capital del liberalismo desde el viernes pasado, al albergar, por cuarto año consecutivo, la Universidad de Verano del Instituto «Juan de Mariana» con ponentes de primer nivel y estudiantes de varios lugares del mundo.

La extraordinaria lección inaugural, «Falacias sobre empresa y política», fue impartida por el catedrático de Economía Carlos Rodríguez Braun. Seguro que han oído por las calles canarias frases como «quieren acabar con lo público» o «el sector privado crece y el Estado es cada vez más pequeño». Sin embargo, eso no cuadra con una comunidad autónoma que tenía en el año 1980 un presupuesto de aproximadamente 1,5 millones de euros y hoy de 3.800.

Martín Krause, profesor de economía en la Universidad de Buenos Aires, realizó una excelente introducción de las principales aportaciones de los economistas de la escuela austriaca. La teoría subjetiva del valor, la teoría del ciclo o la imposibilidad del cálculo económico en las economías planificadas fueron algunos de los temas que explicó. Cualquiera que hubiera escuchado la charla sabría por qué en Canarias, donde el gobierno nacionalista ha ido eliminando las libertades y prohibiendo el libre ejercicio de la función empresarial para decidir si se construyen hoteles de 4 o 5 estrellas, es imposible realizar el cálculo económico correctamente y la sociedad está condenada al fracaso y a la pobreza.

El profesor de Ciencia Política de la Universidad de Santiago de Compostela Miguel Anxo Bastos habló de cómo el poder político ha ido creciendo a costa de las libertades de los ciudadanos, y prueba de ello son los impuestos que pagamos los canarios para sustentar a políticos, burócratas y amigos que llevan en el poder más de 30 años, lo cual no supone que la solución sea sustituir la casta actual por una nueva, como pretenden los de Podemos.

José Ramón Arévalo, profesor de Ecología de la Universidad de La Laguna, explicó qué ecólogo es a ecologista lo que sociólogo a socialista. Además, expuso cómo los ecologistas han hecho un daño importantísimo en los ecosistemas, especialmente en nuestras Islas, y denunció cómo usan a las universidades canarias para realizar juicios arbitrarios.

El director del Instituto «Juan de Mariana», Juan Ramón Rallo, y el periodista e historiador Fernando Díaz Villanueva expusieron su documental «Bancarrota», donde se explica el por qué las políticas de expansión crediticia y elevado gasto público nos han llevado al 32,6% de paro en Canarias.

Estamos a mitad de la Universidad de Verano, y quedan muchos temas por exponer. Es una lástima que nuestros políticos no se hayan matriculado, pues en una tarde no, pero en un curso como este de una semana de duración bastante de economía aprenderían.

Brechas

Es habitual considerar al FMI o la OCDE como liberales. Nunca lo han sido, y menos ahora, donde replican y vocean el pensamiento único sin cesar ni titubear. Por ejemplo, se han apuntado ambos al mantra de la desigualdad, para regocijo de los políticos y los mismos medios de comunicación que hasta hace nada los censuraban por su supuesto liberalismo.

Así, la OCDE señaló que "el 1% más rico en España acumula el 8% de todas las rentas", tras lo cual, lógicamente, pidió que subieran los impuestos. Los medios se entusiasmaron hablando de "la brecha social", pero antes de que deplore usted su retórica simplista y populista vea cómo se expresa el circunspecto y neoliberal informe de la OCDE: "El 1% de la cumbre ha capturado una cuota desproporcionada de todo el incremento de rentas de la últimas tres décadas". La solución liberal de esta venerable y seria institución es: “Distribuir mejor”. Léase: intervenir más y cobrar más impuestos sobre (¿no lo adivina usted?) “los que más ganan”.

El FMI, por su parte, coincide en el diagnóstico: hay un grave problema social, la desigualdad, que debe ser corregida mediante una mayor intervención pública y una mayor presión fiscal. Declaró su director para América Latina: "Si no se avanza en la igualdad no es posible mantener el crecimiento". Obviamente, avanzar significa más intervencionismo. 

Recordemos de quién estamos hablando: estos no son bolivarianos ni comunistas, estos son supuestamente los más diestros economistas profesionales formulando recomendaciones responsables para promover el bienestar general.

Pero no, no es eso lo que promueven, ni lo han promovido nunca. En cambio, siempre han promovido las agendas políticas, siempre han buscado y animado cualquier motivo que contribuyese a legitimar la acción e intervención de los políticos, que, por cierto, para eso crearon todas esas instituciones internacionales que rara vez dejan de figurar en otras categorías aparte de estas dos: o son inútiles o son dañinas.

En el caso que nos ocupa el mensaje es engañoso y nocivo. La propia idea de brecha social convoca la urgencia de un cirujano que la suture. Pero la sociedad no está quebrada, y lo último que necesita es perder aún más derechos y libertades a manos del poder, un poder que, precisamente, no ha hecho más que subir los impuestos durante décadas con el argumento de que iba a cerrar todas las brechas y a "distribuir mejor".

Y ahora nos vienen con el cuento de que la culpa es de un malvado 1% de ricos que "acumulan" o "capturan" caudales, vamos, que los roban y nos roban. Ellos son los malos: Amancio Ortega, que jamás le ha quitado a usted ni un duro, ese es el malo; en cambio los buenos son los políticos, que le quitan a usted el dinero a la fuerza, entre otras cosas para pagar nutridas burocracias de la ONU, la OCDE o el FMI, donde miles de burócratas cobran jugosos sueldos ¡libres de impuestos!

Eso sí, deles usted cinco minutos y ya estarán recomendando que le suban los impuestos a usted. Porque no creamos nunca que las recetas para cerrar las brechas estriban en castigar sólo a un puñado de multimillonarios: esto nunca ha sido así, y nunca lo será.

Cuando hablen de la brecha social, recuerde que lo que en realidad anhelan es abrírsela todavía más a usted.

El paraíso fiscal es la solución

"Podemos afirmar que si el gabinete de Rajoy logra el saneamiento del déficit público lo hará a costa del monumental expolio de la propiedad privada en que se ha convertido su política económica". Para escribir y publicar esa frase cuando Mariano Rajoy llevaba unas pocas semanas en La Moncloa habría que tener cierto olfato político, pero es que el autor nació en 1967 y la cosecha de talento ese año en el centro y el sureste de España fue extraordinaria. El artículo del que procede ese texto finaliza con este otro párrafo premonitorio:

Ante la más que probable continuidad de la crisis económica al final de la presente legislatura, a Rajoy le sustituirá, sea cual sea el resultado de las elecciones, una Gran Coalición o Gobierno de concentración PP-PSOE. Será un pentapartito a la española, donde quizás Durán Lérida ("el conseguidor" de indultos para sus delincuentes convictos) sea nuestro Bettino Craxi).

Quien decía todo esto en marzo de 2012 es Jorge Sánchez de Castro, autor de un libro titulado El único paraíso es el fiscal, que la pequeña pero combativa editorial Isabor acaba de poner en las librerías. Cómprenlo; es corto, espléndido y con un título perfecto para provocar al vecino gafapasta de la tumbona de al lado este verano.

Sánchez de Castro reflexiona a lo largo de estas páginas sobre la única alternativa a la devastación que el canibalismo estatal produce en sus fuentes de riqueza. La presión fiscal, de niveles confiscatorios a pesar de las dificultades para las empresas y familias españolas durante la crisis, pone de relieve que lo importante para el Gobierno, cualquier Gobierno, es la supervivencia de las instituciones que dependen de él. Lo que pase con los contribuyentes sólo les preocupa en el horizonte temporal de una, dos legislaturas a lo sumo. No es casual que los famosos recortes presupuestarios contra los que clama la izquierda (a riesgo de que la derecha la desbanque del trono del despilfarro) no hayan afectado más que levísimamente al inmenso aparataje estatal con que toda democracia se dota para cumplir adecuadamente sus funciones, que son todas las que sea capaz de imaginar el más concienciado de las juventudes de cualquier partido político recién llegado a un cargo público. 

España convertida en un paraíso fiscal. Y lo asombroso es que resultaría factible porque entre el fárrago dispositivo de la UE hay un arbitrio sobre el régimen impositivo de las Islas Azores que facultaría a cualquier comunidad autónoma a hacer algo parecido, salvando los privilegios en materia de normativa fiscal de los que disfrutan las haciendas forales (o fórrales, que así prefiere llamarlas el autor). Como exclamaríamos en estos momentos si lleváramos melena, chanclas y piercings "Sí se puede". Pero ni la izquierda ni la derecha en activo lo permitirían, y mucho menos los nuevos superdemócratas que han aparecido en el circo ideológico para explicar que nuestro problema es que el Estado nos roba muy poco. En este juego del gallina, en el que pierde aquél que se detiene más tarde en la carrera hacia el precipicio (véase el problema catalán, lúcidamente explicado también en este libro), la única esperanza de los productivos es que surja pronto una nueva burbuja que distraiga la atención del fisco de nuestras cada vez más magras haciendas. O eso o, como dice Sánchez de Castro, "que los candidatos entre los que el pueblo tenga que elegir se parezcan mucho a Batman o Mourinho".

Jorge Sánchez de Castro, El único paraíso es el fiscal, Isabor, Murcia, 2014.

Juventud, valor y salario

Durísimos calificativos recibió hace algunas semanas la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, que resumió el problema del paro juvenil diciendo que no era posible contratar a jóvenes sin cualificación que "no valen para nada".

La izquierda y los sindicatos salieron en tromba y la acusaron de "falta de sensibilidad", "brutalidad", “falta de empatía”. El secretario general de UGT, Cándido Méndez, la instó a pedir disculpas y añadió:

Está anclada en una vieja doctrina, que no tiene correspondencia con la realidad (…) Sólo tiene una base ideológica, y por eso hace esas afirmaciones.

La secretaria de Política Económica y Empleo del PSOE, Inmaculada Rodríguez-Piñero, dijo que era una "barbaridad", y que en ningún caso se podía pagar a los jóvenes en paro menos que el salario mínimo

Es una falta de respeto hacia los jóvenes y una falta de realismo. Si un país prospera es porque es capaz de aprovechar el talento de sus personas, obtener lo mejor de ellas y ofrecerles las mejores condiciones, y todo eso debe ir acompañado de una retribución adecuada.

La catarata de insultos en los medios y las redes sociales fue interminable.

Caben dos respuestas. La primera es subrayar la gigantesca caradura del pensamiento único a la hora de organizar campañas contra los que desobedecen sus dictados, campañas solemnes que eclipsan cualquier dimensión no plausible de sus propios emisores. Es evidente que resulta un escarnio que los sindicatos, cuyos trapos sucios resultan cada vez más gigantescos, tengan la osadía de exigir a los demás que pidan disculpas. Y es imposible que cuando los líderes socialistas hablan de "barbaridad" se refieran a algo que ellos mismos hayan dicho o hecho, cuando es bien sabido que no les faltan ejemplos de barbaridades variopintas.

La otra respuesta es a mi juicio más interesante, y estriba en los errores económicos del intervencionismo. Asombrosamente, políticos y sindicatos siguen tratando el paro juvenil como si fuera algo independiente de las medidas antiliberales que ellos mismos adoptan y recomiendan. Pero una tasa de paro juvenil superior al 50% no es un terremoto, no es una tragedia natural, es provocada precisamente por el intervencionismo en el llamado mercado laboral, cuyo desenlace es exactamente lo que Mónica Oriol denunció, porque al hablar de que los jóvenes no valen para nada resultaba patente que se refería a un fenómeno que cualquiera con un conocimiento siquiera somero de nuestra realidad está harto de saber: dados los costes salariales y no salariales que impone la legislación en nuestro país, a menudo sucede que la retribución de los jóvenes sin formación se sitúa por encima de su productividad marginal. La consecuencia inevitable es el paro.

En vez de analizar este problema, la izquierda y los sindicatos siguen recomendando más intervencionismo. Y Cándido Méndez acusa a los demás de estar anclados en viejas doctrinas, cuando ninguna doctrina es más vieja, y más dañina para los trabajadores, que su rancio intervencionismo. La agraviada solemnidad de la señora Rodríguez-Piñero también es ridícula, porque son las intervenciones que ella misma propicia las que han logrado que la "retribución adecuada" de los jóvenes sin formación haya quedado por debajo del salario mínimo.