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Au Revoir! Los impuestos empujan a miles de franceses al extranjero

Desde 2007, los contribuyentes franceses han asumido la friolera de 200 subidas de impuestos. Este tsunami fiscal ha incluido tasas financieras, gravámenes especiales, aumentos de las grandes figuras impositivas, etc. Como consecuencia, la recaudación del Fisco ha saltado del 49,9% al 51,8% del PIB galo.

El aumento no ha sido suficiente para evitar el grave problema de déficit público que arrastra Francia desde hace décadas. De hecho, mientras que el desfase entre ingresos y gastos llegaba al 2,7% del PIB en 2007, los números para 2012 elevaban este número hasta niveles cercanos al 5% del PIB.

Esta marea tributaria está generando un creciente enfado entre los contribuyentes franceses. Según una reciente encuesta de Ipsos publicada por Le Mondeel 72% de los galos cree que paga "demasiados impuestos". A esto se suma que el 43% opina que rendir cuentas ante el Fisco "no es un ejercicio de ciudadanía". 

En este contexto, no debe sorprender el creciente exilio tributario que está experimentando nuestro país vecino. Este fenómeno lleva décadas manifestándose de forma creciente, si bien el estallido fiscal de los últimos años ha acelerado el ritmo de salida.

New York Times ha tratado el tema, destacando que "Francia lleva muchos años sufriendo la salida de ciudadanos de mucho talento que eligen irse a otros países. Sin embargo, el actual éxodo de empresarios y jóvenes tiene lugar justo en el peor momento posible. Francia ha tenido un crecimiento anémico en el último lustro, con un paro que crece hasta llegar ya al 11%. Muchos analistas temen que el país va camino de la esclerosis económica".

"Estamos sufriendo una sangría de talento"

La Cámara de Comercio e Industria de París, organismo que representa a más de 800.000 empresas, ha echado más leña al fuego destacando que los directivos franceses están cada vez más preocupados por esta cuestión. "Estamos sufriendo una sangría de talento", denuncia un informe publicado por la organización.

El pesimismo también ha cundido entre buena parte de los ciudadanos. Una encuesta del Pew Research Center destacó en 2013 que "no hay ningún país europeo con tan poco espíritu e ilusión como Francia". Esta decadencia, denunciada desde hace años por analistas como Nicolas Baverez, bien puede convertir al país galo en el nuevo enfermo de Europa, ya que tiene lugar justo cuando la periferia empieza a recuperar el crecimiento económico.

Desde el año 2000 hasta hoy, el número de franceses que reside en otros países ha crecido un 60%. ¿Qué ruta siguen les exilés? Más de 50.000 viven en Silicon Valley, miles se han desplazado a Hong Kong, Ciudad de México, Nueva York, Shanghai… Sin embargo, los destinos favoritos siguen siendo Gran Bretaña, Suiza y Bélgica. Solamente en Reino Unido encontramos una población francesa de más de 350.000 personas.

Pinault también cruza el Canal

El exilio tributario de Gérard Depardieu levantó mucho revuelo en Francia, animando a que estas cuestiones se estudien con mayor detenimiento y preocupación. El nuevo Primer Ministro galo, Manuel Valls, ha tomado nota y ha anunciado que su Gobierno reducirá el gasto público y bajará los impuestos para impulsar la recuperación.

Sin embargo, las voces anti-mercado siguen teniendo mucha fuerza en el país galo. No hay que olvidar que los gobiernos de centro-derecha que encabezaron Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy fueron incapaces de frenar esta deriva. A esto se une el discurso anti-capitalista de líderes radicales como la nacionalista Marine Le Pen o el socialista Jean-Luch Mélenchon.

Ante semejante panorama político, no es de extrañar que la tercera fortuna de Francia haya dejado el país. El exilio tributario de François-Henri Pinault supondrá la salida de un empresario especializado en el sector del lujo que amasa una fortuna de casi 11.000 millones de euros.

Pinault, de 51 años, está casado con la actriz Salma Hayek y dirige un gran conglomerado en el que encontramos firmas de alto nivel como Alexander McQueen, Balenciaga, Bottega Veneta, Brioni, Girard-Perregaux o Gucci. La corporación da empleo a 33.000 personas.

Británicos y alemanes abandonan España tras la histórica subida de impuestos

La histórica subida de impuestos aprobada por el Gobierno del PP no sólo ha afectado a los contribuyentes nacionales, sino también a los residentes extranjeros que viven en España. Y dentro de este ámbito, muy especialmente, a los trabajadores y jubilados comunitarios. Los constantes e intensos aumentos fiscales se están traduciendo en un elevado éxodo de europeos que optan por regresar a sus respectivos países de origen ante la agresiva ofensiva fiscal puesta en marcha por el Ministerio de Hacienda.

La población extranjera comenzó a descender en 2011 y, desde entonces, España ha perdido algo más de 750.000 residentes foráneos, sobre todo en los dos últimos años. El número de extranjeros a fecha 1 de enero de 2014 apenas superaba los 5 millones de personas, 736.000 menos que a 1 de enero de 2012, lo que supone una caída del 12,8%, según refleja el padrón continuo del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Pero esta pérdida se debe, en gran medida, a la salida de comunitarios. Los residentes de la UE cayeron desde los 2,6 millones a principios de 2012 hasta los 2,04 millones el pasado enero. Es decir, casi 555.000 europeos, equivalente al 21,3% de este colectivo, abandonaron España en los dos últimos años. Se trata de un hundimiento inédito.

Y, sobre todo, llama la atención la salida de alemanes y británicos, con casi 118.000 personas desde enero de 2012, más del 21% del total. En concreto, han huido más de 40.000 alemanes y 77.000 británicos durante este período, con caídas superiores al 20% en ambos casos, tal y como refleja el siguiente cuadro.

Población extranjera en España

En la actualidad, el número total de británicos y alemanes apenas ronda los 436.000 frente a los 554.000 residentes en enero de 2012, cuando echó a andar el actual Gobierno del PP. Dicho éxodo se concentró en 2013, momento en el que los extranjeros notaron realmente en su bolsillo la citada subida fiscal.

Según los asesores consultados por Libre Mercado, el aumento del IRPF, la entrada en vigor del nuevo convenio fiscal entre España y Alemania a finales de 2012 y, muy especialmente, la obligación de declarar a Hacienda los bienes radicados en el extranjero han provocado una importante fuga de residentes (y contribuyentes) de ambas nacionalidades.

"Los impuestos en España son muy altos", afirman desde Abacus Spain, en Palma de Mallorca, perteneciente al Club de Asesor, la mayor red de asesorías fiscales de España. Esta firma, especializada en atender a residentes británicos, pone como ejemplo el caso de los capitanes de barco, que están exentos de tributar en Reino Unido y que, sin embargo, aquí pagan el tipo máximo del IRPF (52%) debido a sus elevados sueldos. Asimismo, las pensiones británicas también están exentas del pago de impuestos, cosa que no sucede en España.

Muchos jubilados ingleses no declaraban su pensión en España por desconocimiento y falta de información. Sin embargo, Hacienda ha emprendido en los últimos meses una intensa campaña de inspecciones para aflorar pensiones extranjeras que está afectando tanto a españoles repatriados como a residentes foráneos.

Pero la gota que ha colmado el vaso ha sido la obligación de declarar su patrimonio en el exterior. "Esto no les ha gustado nada", aclaran los asesores. La reacción de los británicos no se ha hecho esperar. Muchos han hecho las maletas, han puesto a la venta sus casas y han regresado a Reino Unido. Ahora, "vienen a España sólo en verano".

No son los únicos. Los alemanes también están regresando. Ignacio del Val, experto fiscal del bufete germano Rödl & Partner, coincide en que la combinación de más IRPF, declaración de bienes en el exterior y el nuevo convenio fiscal entre ambos países ha hecho mella entre estos residentes, sobre todo entre los jubilados, obligados ahora a declarar su pensión.

Así, aunque se suele poner el acento en los tipos del IRPF, lo más importante es la base imponible (masa salarial sobre la que se aplica), y la cuestión es que en Alemania, gracias a las deducciones y a los distintos tramos existentes, pagan menos que en España. Las subidas fiscales y las nuevas exigencias que impone Hacienda, como la declaración de bienes en el exterior y las obligaciones derivadas del nuevo convenio bilateral de colaboración fiscal, han elevado los costes de residir en España.

La situación es algo distinta en el caso de los directivos alemanes que trabajan aquí, ya que aún se pueden beneficiar de las ventajas fiscales derivadas de la denominada Ley Beckham, pero Del Val añade que "ahora tienen que declarar absolutamente todo", incluido su patrimonio en Alemania, lo cual supone una "importante carga administrativa".

La visa por vivienda, un fracaso absoluto

Al mismo tiempo, el Gobierno ha fracasado estrepitosamente en su intento de impulsar la compra de vivienda a cambio de conceder permisos de residencia. Desde la entrada en vigor de esta medida el pasado septiembre, tan sólo 81 inversores extranjeros se han acogido a la llamada golden visa.

De éstos, 72 han optado por la compra de una vivienda por un precio igual o superior a 500.000 euros. Otras formas de conseguir el permiso de residencia es con la compra de depósitos por un millón de euros o de la puesta en marcha de proyectos empresariales de "interés general". Sólo tres corresponden a estos proyectos empresariales y los otros seis a inversión en capital.

Las empresas españolas no tributan al 3,5%

Reza un muy extendido mito que las empresas españolas apenas pagan en concepto de Impuesto de Sociedades el 3,5% de sus beneficios anuales: un escandaloso chollo tributario que contrastaría con la (innegable) asfixia fiscal a la que son sometidas las clases medias y que explicaría los insufribles recortes del gasto público que hemos padecido desde el año 2010.

Ciertamente, se trata de un mito que, a diferencia de otros, sí posee cierta base: la propia Agencia Tributaria nos ofrece datos oficiales para el año 2011 donde se observa que los holdings empresariales apenas le abonaron al Fisco español 3.012 millones de euros sobre unos beneficios contables de 85.948 millones, es decir, el 3,5% que tanto retumba en toda tertulia política que se precie. En cambio, las compañías que no formaron ningún grupo consolidado padecieron una mordida fiscal del 16,7%. Conclusión: las grandes empresas evaden impuestos a través de los holdings y las pymes soportan en solitario la dura carga del Impuesto de Sociedades. Pero que, como decimos, el mito posea una cierta base no significa que se ajuste a la realidad: más bien al contrario, se está haciendo un populista y manipulador uso de estas cifras para justificar la voracidad tributaria de Montoro.

A la postre, si uno observa las cifras con un poco más de detenimiento, comprobará que los grupos empresariales consolidados abonaron un tipo del 3,5% sobre sus resultados contables positivos; ahora bien, sobre su base imponible positiva los holdings pagaron el 17,7%, una cifra muy cercana al tipo que soportaron las empresas que no formaron parte de ningún grupo (19,2%). Pero, ¿en qué se diferencia el resultado contable de la base imponible? El Impuesto de Sociedades no se paga a partir del resultado contable, sino de la base imponible, la cual se calcula aplicando al resultado contable los ajustes extracontables que establece la ley. En el caso que nos ocupa, los dos ajustes que contribuyen de un modo más notable a minorar un beneficio contable de 85.948 millones de euros hasta dejarlo en una base imponible de 17.058 millones de euros son dos: los ajustes por consolidación (43.399 millones de euros) y la exención por doble imposición (21.123 millones de euros).

El primero, los ajustes por consolidación, se refiere a las operaciones necesarias para integrar los resultados contables de las distintas sociedades individuales que forman parte de un grupo: al cabo, la golosa cifra de 85.948 millones de euros en resultados contables positivos surge de añadir, sin corrección alguna, los beneficios individuales de cada empresa inserta en un grupo y con un resultado positivo. Pero esta cifra debe ser enmendada especialmente en dos instancias: la existencia de resultados contables negativos por parte de otras empresas que integran ese mismo grupo (si dentro de un grupo se hallan la empresa A y la empresa B, y la primera gana 100 y la segunda pierde 25, el holding ha ganado 75, no 100) y las operaciones entre empresas del grupo (por ejemplo, las distribuciones de beneficios entre empresas del grupo no tributan hasta que son repartidos a terceros).

El segundo, la exención por doble imposición, se refiere a los beneficios que las empresas del grupo han obtenido en países extranjeros y que ya han tributado en el extranjero. Dicho de otra manera, los beneficios contables de 85.948 millones de euros a los que se refiere la Agencia Tributaria son los beneficios obtenidos por el holding en todo el mundo (renta mundial) y sobre los que, en parte, ya ha pagado impuestos allende España, por lo que se les exime de volver a tributar sobre la parte ya gravada. Así pues, no es que el holding no pague impuestos, es que no los paga todos en España: una partida que resultará especialmente significativa en unos momentos de crisis interna en los que, por tanto, los grandes grupos empresariales obtienen porciones crecientes de sus beneficios fuera de nuestro país.

Con estos dos ajustes (y otros de importe mucho menor), el resultado contable positivo de 85.948 millones de euros queda reducido a una base imponible positiva de 17.058 millones de euros y, sobre esos 17.058 millones de euros, los grupos consolidados abonaron en España 3.012 millones de euros, es decir, el 17,7%. Querer que los grupos consolidados tributen sobre todos sus resultados contables equivale a querer que paguen impuestos sobre las pérdidas de parte de sus sociedades y sobre los beneficios que han obtenidos —y por los que ya han tributado— fuera de España.

Pero, ¿cuánto pagan realmente?

Es probable que los argumentos anteriores no resulten del todo convincentes para muchos lectores. De hecho, la razón que suele aducirse para explicar por qué las grandes empresas apenas pagan impuestos es que optimizan su fiscalidad canalizando parte de sus operaciones a través de paraísos fiscales y redistribuyendo sus ganancias entre aquellos países con un menor yugo fiscal. Es decir, lo que podría estar confirmando la explicación anterior es que, en efecto, las grandes empresas se escaquean de pagar impuestos a través de diversas lagunas legales. Pero, ¿es así? Nada más sencillo para verificarlo que acudir a las cuentas anuales consolidadas de los grandes grupos empresariales y calcular cuántos impuestos están realmente pagando sobre los beneficios contables cosechados.

En la siguiente tabla he recogido los beneficios mundiales antes de impuestos que obtuvieron en 2011 las compañías que actualmente forman parte del Ibex 35 así como los impuestos que abonaron en todo el mundo (un impuesto con signo negativo significa que la compañía obtuvo un crédito fiscal).

 

Beneficios antes de impuestos 
(millones de euros)

Impuestos 
(millones de euros)

Tipo efectivo
(sobre resultado contable)

Santander

7.939

1.776

22,4%

Telefónica

6.488

301

4,6%

BBVA

3.770

285

7,6%

Inditex

2.351

580

24,7%

Iberdrola

3.454

549

15,9%

Repsol

4.058

1.514

37,3%

Amadeus

668

213

31,9%

Caibabank

1.159

106

9,1%

Abertis

1.025

249

24,3%

AIG

542

-40

 

Bankia

-4.369

-1.339

 

Popular

444

-39

 

Ferrovial

440

61

13,9%

Sabadell

187

-48

 

Gas Natural

2.022

496

24,5%

Grifols

80

29

36,3%

REE

683

223

32,7%

ACS

1.243

181

14,6%

MAPFRE

1.636

414

25,3%

Enagás

520

155

29,8%

Bankinter

240

58

24,2%

DIA

177

83

46,9%

ArcelorMittal

2.680

882

32,9%

Mediaset

151

38

25,2%

OHL

542

194

35,8%

Bolsas y Mercados Españoles

219

63

28,8%

Técnicas Reunidas

155

19

12,3%

Ebro Foods

143

-9

 

Indra

233

52

22,3%

Jazztel

37

-12

 

Gamesa

69

18

26,1%

Acciona

224

53

23,7%

Viscofan

127

26

20,5%

Sacyr

-2.141

-539

 

FCC

54

27

50,0%

Es fácil observar que la mayoría de compañías sufren un carga fiscal superior al 20% y, desde luego, muy por encima del tan popularizado 3,5% (algunas excepciones como Telefónica o BBVA son meramente coyunturales, ya que en 2010 abonaron tipos superiores al 20%). De hecho, si agregamos todos los resultados contables positivos y sacamos el tipo medio efectivo del conjunto de empresas, llegamos a la conclusión de que, en 2011, las empresas del Ibex 35 soportaron una carga fiscal del 19,5%… dieciséis puntos más de lo que suele predicarse (y, para más inri, por encima del tipo efectivo que abonaron las empresas que no integraron un holding): en concreto, su resultado contable agregado fue de más de 43.000 millones de euros y los impuestos pagados superiores a 8.500 millones. Por supuesto, lo anterior no significa que estos 8.500 millones de euros se ingresaran a las cuentas del Fisco español, sino que se los pagaron a algún gobierno del resto del mundo: en otras palabras, fueron más de 8.500 millones de mordida fiscal arrebatados a sus legítimos propietarios. 

A la vista está, pues, que el tan manido tipo efectivo del 3,5% constituye una grosera distorsión de la realidad dirigida a justificar el insaciable apetito tributario del Estado. Las mayores empresas de España pagaron en 2011 un 19,5% de impuestos sobre su resultado contable positivo. Teniendo en cuenta que el tipo medio efectivo del IRPF de 2010 (último dato conocido y anterior a la mordida del PP) fue del 17,34% (y en rentas de hasta 18.000 euros, inferior al 10%), no parece ser cierto que las empresas se estén yendo de rositas mientras los salarios son esquilmados fiscalmente. La realidad es que tanto beneficios como salarios están siendo esquilmados por el Estado: ojalá fuera cierto que todos, empresas y trabajadores, pagáramos el 3,5% de impuestos. Pero para ello necesitaríamos una revolución liberal que reformulara el mastodóntico modelo de Estado que sufrimos.

Autoconsumo energético libre

Con el pretexto de la singularidad de Canarias, se ha constituido aquí un paraíso dentro del sistema eléctrico para algunas compañías del sector. Todas las inversiones en generación eléctrica en Canarias tienen asegurada una rentabilidad «adecuada». Si los precios de la electricidad en los mercados no aseguran ese beneficio, el Estado lo compensará, cosa impensable e inverosímil en cualquier lugar de la Península o del resto de Europa.

Esta compensación tiene dos partes, una para las inversiones en activos ya realizadas y otra por cada megavatio-hora producido. Además, estas contrapartidas no se calculan en base a los costes reales de las eléctricas, sino por una serie interminable de fórmulas e índices que hacen del cálculo un ejercicio tortuoso solo accesible a los burócratas.

Pues bien, conocemos que los MWh a producir y consumir previstos en 2014 en Canarias, sin tener en cuenta la retribución de las instalaciones ya construidas, deberán ser compensados por el resto de españoles, ya sea a través de los Presupuestos Generales del Estado o de los precios de la electricidad con un total de 639 millones de euros según el informe publicado en enero por la CNMC.

Es decir, la energía en Canarias está subvencionada en esa monstruosa cantidad y podría ser aún mayor si en 2020 se llega al 36% de producción eléctrica con un mix de renovables tal como pretende el Gobierno canario, pues este tipo de fuentes son más caras en un sistema ineficiente de red como el que tenemos, tal como mencioné en mi último artículo.

Sin embargo, dada esa singularidad canaria, las renovables podrían ser una buena oportunidad para rebajar dicha carga, pero no imponiéndolas en el sistema actual como quieren sus lobbys o muchos ecologistas radicales, pues esto empobrecería al conjunto de la sociedad, sino a través del autoconsumo, por ejemplo, con paneles fotovoltaicos.

Este hecho podría ahorrar una parte proporcional sobre esos 639 millones de euros, correspondiente a la energía autoconsumida. Sin embargo, si esta práctica se generalizara en la Península, los peajes de consumo, que son la fuente de recaudación para el pago de los cerca de 25.000 millones de euros del déficit tarifario, quedarían estrangulados, con lo que el sistema colapsaría y se pondría en peligro el cobro de las primas e incentivos recibidos por las empresas de producción de energía renovable, el Gobierno tendría que asumir el pago del déficit tarifario y las empresas eléctricas bajarían sus ventas a los consumidores domésticos y su facturación y rentabilidad caerían en picado.

Por ello, el Gobierno de España, aprobó en diciembre de 2013 innumerables trabas y multas, que podrían ir de los 600.000 a los 60 millones de euros, para todos aquellos que osaran acogerse al autoconsumo energético.

El Gobierno de Canarias, por una vez, debería defender la libertad de los isleños y reclamar el derecho a autoabastecerse energéticamente y el ministro Soria podría eliminar los peajes abusivos y el resto de trabas burocráticas y favorecer el autoconsumo, al menos en las Islas, como posibilita el artículo 9 de la Ley 24/2013 del Sector Eléctrico, pues esto al menos ayudaría a reducir el enorme déficit tarifario y sobre todo sería una victoria de la libertad de los ciudadanos.

Los suizos no necesitan un salario mínimo

Suiza acaba de rechazar por referéndum el establecimiento de un salario mínimo legal de 4.000 francos suizos mensuales, el equivalente a unos 3.270 euros. Algunos sacralizarán el rito electoral del referéndum al margen del resultado obtenido; otros apreciamos ese resultado (o aquel otro en el que rechazaron el establecimiento de un salario máximo) como una clara exteriorización de la madurez institucional de una sociedad que ha alcanzado elevadas cotas de prosperidad precisamente porque esa madurez ha impedido una involución populista de sus instituciones.

Pues, en efecto, la legislación que busca imponer un salario mínimo interprofesional es una forma de populismo normativo. Tal como explico en Una revolución liberal para España, la imposición legal de un salario mínimo no contribuye a aumentar las remuneraciones salariales percibidas por los trabajadores de un país: al contrario, sus efectos tienden a ser destrucción neta de empleo (o al menos una desaceleración en el ritmo de nuevas contrataciones), reducción de los ingresos de los trabajadores menos cualificados e incremento del número de familias bajo el umbral de la pobreza.

En contra de la propaganda dominante, la legislación del salario mínimo no es necesaria para lograr un salario creciente para el conjunto de la población. El EEUU del siglo XIX nos proporciona un ilustrativo ejemplo: el salario real de los estadounidenses se multiplicó por cuatro entre 1820 y 1914 sin necesidad de que los políticos lo decretaran. Otro ejemplo más actual nos lo proporciona, justamente, Suiza: la Confederación Helvética carece de un salario mínimo normativo, a escala confederal y cantonal (si bien a partir de 2015 el cantón de Neuchâtel dispondrá de uno); por su parte, los convenios colectivos sí imponen remuneraciones mínimas para las distintas profesiones, pero la mitad de la población suiza no se halla protegida por alguno de ellos. ¿Resultado? El salario mediano (que no medio) de Suiza en 2012 fue de 6.118 francos suizos, esto es, unos 5.000 euros mensuales; asimismo, el primer cuantil salarial (el salario más alto del 25% de los trabajadores suizos que menos cobra) fue de 4.771 francos suizos, esto es, unos 3.900 euros mensuales. Desde 1990, los salarios reales se han incrementado en casi un 50%. 

¿Cómo es que los empresarios suizos no se han dedicado a explotar impunemente a los trabajadores suizos no sindicados pagándoles salarios de miseria? Pues porque no es la legislación estatal lo que hace crecer sostenidamente los salarios, sino el respeto a la propiedad privada, la acumulación de capital y la competencia empresarial. En contra de lo que suele pensarse, Suiza no es rica por ser un centro financiero internacional, sino que es un centro financiero (y no financiero) internacional por las mismas razones por la que es rica: estabilidad institucional, ortodoxia monetaria, apertura comercial, tributación relativamente baja y mercados más libres que en su entorno.

Si los españoles deseamos llegar a cobrar en algún momento futuro salarios tan elevados como los suizos deberemos emularlos en los factores que explican las bases de su prosperidad y no pensar ingenuamente que un decreto suscrito por Fátima Báñez, Cándido Méndez, Ignacio Fernández Toxo y Juan Rosell para fijar un salario mínimo de 3.270 euros mensuales puede abrirnos las puertas del Edén. No, en todo caso nos abriría, aún más, las compuertas del infierno. El salario mínimo legal es una prohibición regulatoria a trabajar y España no puede permitirse, especialmente en momentos como los actuales, prohibir trabajar. El objetivo de incrementar sostenidamente las remuneraciones de los trabajadores es muy loable y harto deseable: pero para aumentar todos los salarios de una sociedad, incluyendo los más bajos, se necesita más libertad, más ahorro, más inversión y menos impuestos, no más regulaciones.

Una ‘condena’ sin sentido

¿Se imaginan ustedes que mañana España entrara en guerra con Francia? Sí, es difícil plantearse la cuestión, pero piensen por un momento que los galos nos invaden y, como represalia, deciden llevarse al 5 o al 10% de nuestros jóvenes más preparados y encerrarlos en una fortaleza, en una isla, durante 5 años. Su régimen penitenciario sería el siguiente: estarían encerrados en sus celdas durante 10 ó 12 horas al día (más las 8 que dedicarían a dormir y las 2 en las que estarían en la cantina de la prisión apenas tendrían 2-3 de tiempo libre); y este horario se repetiría todos los días de la semana, excepto el domingo, en el que les permitirían salir a dar un paseo por los alrededores.

Bien, dejen de imaginárselo. Probablemente no habrá una guerra con Francia en los próximos años. Y para lo demás, no hace falta demasiada fantasía. Porque el resto del relato está bastante cerca de la realidad diaria de decenas de miles de veinteañeros españoles. No es culpa de un malvado general sediento de venganza. Es la Administración española la que ha decidido condenar así a aquellos que tienen el atrevimiento de querer trabajar para el sector público, especialmente si quieren entrar en los niveles más elevados… y lo llama oposición.

Desde un punto de vista económico, el análisis de este sistema de selección no tiene ningún sentido. Tenemos a un grupo de jóvenes de entre 22 y 25 años con vocación de servicio público y con un grado de madurez, inusual para su edad, que les permite plantearse su futuro laboral a medio plazo. La mayoría están bien formados y están dispuestos a ciertos sacrificios mientras sus amigos comienzan a ganar sus primeros sueldos. 

La sociedad española, egoístamente, debería estar deseosa de exprimirles, de sacarles el jugo en sus cinco-seis primeros años de vida activa y aprovechar sus energías. Cuanto antes se pongan manos a la obra, mejor. Tenemos un problema de productividad, que es aún más acuciante en el sector público. Nadie mejor que un tipo con 25 años responsable y con muchas ganas para elevarla un poquito. ¿Pero qué hacemos? Encerrarles cinco años en una habitación. Y ni siquiera podemos apelar a la Convención de Ginebra.

¿Premio al esfuerzo?

Paradójicamente, éste es un tema del que casi no se habla en el discurso público. Ni siquiera entre los afectados. Los opositores parecen resignados a su suerte. Este columnista no recuerda encuestas sobre la cuestión, pero tiene la sensación de que, si le preguntasen, la mayoría de la población española estaría de acuerdo con el actual formato. Sus defensores hablan de premiar a los mejores, objetividad en la selección, incentivar el trabajo duro o formar bien a los futuros cuadros de la administración. Es sorprendente que tantos errores estén tan extendidos.

Por eso, nada apunta a que esta cuestión esté en la agenda del Gobierno. Hay en marcha una anunciadísima Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas (CORA) pero no parece que vaya a llegar a las pruebas de acceso del funcionariado. Ni siquiera en la abundante literatura regeneracionista que ha surgido en España con la crisis ocupa este tema un lugar destacado. Hay excepciones, como los interesantes artículos que Jesús Fernández Villaverde y Pablo Ibáñez Colomo publicaron hace un par de años en Nada es gratis, pero casi nadie parece preocupado en exceso. Es un derroche de recursos evidente, pero ocupa muchas menos páginas en los medios que las estaciones del AVE vacías o los chiringuitos autonómicos. Al fin y al cabo, no es ladrillo, sólo capital humano.

El primer equívoco está en equiparar la exigencia del proceso selectivo a su dureza o su duración. El segundo reside en pensar que el estudio de la oposición debe servir para preparar al candidato para el puesto que tiene que ocupar. Ninguno de estos dos presupuestos tiene por qué ser cierto.

Las mejores instituciones académicas del mundo seleccionan a sus candidatos por sus aptitudes, con pruebas tremendamente exigentes, que sólo una exigua minoría logra aprobar. Fernández Villaverde e Ibáñez Colomo proponen "test estandarizados que miden la capacidad de razonamiento verbal y numérico" y para los que una preparación de tres semanas es más que suficiente. Es una opción muy buena, más aún si se complementa con pruebas en las que los aspirantes tengan que enfrentarse a situaciones similares a las que se encontrarán en su puesto de trabajo.

En realidad, en el diseño de las pruebas hay muchas alternativas, pero el objetivo debe ser reclutar a los mejores, no sólo a los que dispongan de la paciencia o la capacidad económica para aguantar cinco años y pagarse una academia.

Luego, una vez se haya filtrado a los candidatos, será el momento de prepararles con algún curso similar a un máster, en el que habría que mantener un elevado nivel de exigencia. En la actualidad, ya se hace y para numerosos puestos de la administración hay que realizar un curso post-oposición. Nada impide que se siga haciendo. Además, estos estudios pueden servir para fijar los destinos y premiar a aquellos que más se esfuercen.

Pero para llegar hasta ahí no hace falta un artificial filtro que mantenga a miles de jóvenes inactivos durante un lustro. Por no hablar de que aquellos que no pasen la prueba no perderán el tiempo en una labor que luego nadie les reconocerá (un tema que nunca se toca es qué pasa con los opositores fracasados).

También cabría preguntarse si son la memoria y la paciencia las cualidades principales que deben valorarse para los trabajadores públicos de primer nivel. Para ser un buen juez, un inspector de Hacienda o un abogado del Estado no hay por qué saberse de pé a pa cientos de temas que en muchos casos nunca tendrá que aplicar. Y eso por no recordar algo tan evidente como que las leyes no son inmutables. De qué sirve que un candidato cante de forma perfecta las claves de una norma que puede cambiar en cualquier momento. De hecho, no hay más que escuchar las lógicas quejas de los opositores cuando a mitad del proceso les cambian la legislación. Buena parte del trabajo hecho, tirado a la papelera.

Como apuntan Fernández Villaverde e Ibáñez Colomo: "La preparación de oposiciones en España tiene poco que ver con la realidad del trabajo de un funcionario en la medida en la que evalúa otras destrezas. (…) El mejor proceso de selección es el que es capaz de identificar a los candidatos que mejor vayan a desempeñar su trabajo. Que un proceso de selección proporcione más o menos conocimientos es del todo irrelevante".

Al final, las oposiciones para los altos niveles administrativos son procesos muy largos y con una tasa de éxito relativamente pequeña. Hace un par de años, Libre Mercado publicaba un artículo sobre la situación de los funcionarios y la lógica que hay detrás de su proceso de selección. En lo que respecta a los exámenes de acceso, las cifras eran desalentadoras: "Por ejemplo, una persona que comience abogado del Estado, a los cinco años sólo tiene un 20% de posibilidades de haber aprobado; por el contrario, un 16% aún sigue presentándose y un 64% ha abandonado. Los que aprueban no son sólo los más preparados, sino también los más constantes". Cuántos talentos con vocación habrán desistido (o ni siquiera habrán comenzado el proceso) ante esta perspectiva. O, por decirlo de otra manera, ¿es ésta la mejor manera de atraer a los jóvenes más ambiciosos o inquietos?

Ni siquiera existe la excusa de la igualación con los países de nuestro entorno. El método español es la excepción, no la norma, como puede verse en el documento realizado por el Gobierno español durante nuestro último semestre de Presidencia de la UE en 2010. En este informe, se describe el estatus y el proceso de selección del funcionariado en los 27.

Sí, la contratación del sector público debe ir ligada a controles y debe impulsar la meritocracia. Son los mejores los que deben acceder a los puestos en disputa, no los que tengan menos conexiones. En este sentido, es evidente que el modelo español limita el favoritismo. Lo que no está nada claro es que para conseguir este resultado haya que imponer a nuestros mejores jóvenes una condena tan injusta como absurda.

** Para la realización de esta columna, pedimos ayuda a algunos españoles que han opositado en los últimos años a puestos de la Comisión Europea. Estas pruebas son extraordinariamente exigentes y muy disputadas. Miles de candidatos de los Veintisiete se presentan cada año y el número de plazas en juego es bastante reducido. Por su interés, reproducimos a continuación la experiencia de una de estas opositoras (que aprobó las pruebas con una de las mejores notas de su promoción):

"En la Comisión reformaron el sistema de oposiciones en 2010. Antes evaluaban mayoritariamente conocimientos teóricos, al estilo español. Consistía en el aprendizaje de un temario que ni siquiera estaba específicamente definido (como al menos suele ser en España). Con el nuevo sistema introducido, la evaluación se centra en diferentes competencias. En mi caso la oposición se desarrolló en dos etapas:

1. Test de razonamiento verbal, numérico y abstracto (generalmente se realiza en la lengua materna del candidato): es un test informatizado, en el que en cada pregunta te dan 4 opciones a elegir una. Es tipo psicotécnico. Miden agilidad en lógica verbal, lógica, cálculo matemático y razonamiento abstracto. En esta etapa aprovechan para hacer la mayor criba, ya que se presentan miles de candidatos y sólo pre-seleccionan, como máximo, a un número tres veces mayor que el de plazas disponibles.

2. Lo que llaman el Assessment Center. Es en la segunda lengua elegida por el candidato (en mi caso fue el inglés). Fueron varios ejercicios que se realizaron en dos fechas diferentes y en los que se evalúan específicamente las competencias definidas como relevantes para las plazas:

  • Ejercicio escrito (en mi caso en ordenador): te presentan un caso similar a uno real. Te dan un dossier con documentos con una situación de trabajo similar a la que podrías encontrar en el puesto al que aspiras. Te piden que hagas un análisis de la situación y propongas propuestas concretas como ya si estuvieras representando a la Comisión. Todo en un plazo de tiempo bastante corto (entre hora y media y dos horas).
  • Un ejercicio de grupo oral: había cuatro examinadores observando. El ejercicio incluía a siete candidatos, a los que nos presentaron un dossier en papel, con información de otra situación muy similar a una real de trabajo. A cada uno le asignan un rol de representación e información adicional diferente de la de los otros. El objetivo del ejercicio es discutir y llegar a una propuesta conjunta en representación de la Comisión.
  • Dos entrevistas orales (con dos examinadores en cada una de ellas): en estos encuentros hay preguntas más particulares sobre las competencias que se evalúan, la experiencia y los conocimientos teóricos y prácticos específicos de la oposición a la que te presentas.

En mi caso, las capacidades que se evaluaban eran análisis y resolución de problemas, comunicación (oral y escrita), capacidad de obtener resultados de calidad, aprendizaje y desarrollo, priorización y organización, resistencia y recuperación, trabajo en equipo, liderazgo. Además de estas competencias generales, hay una serie de competencias específicas. Por ejemplo, para mi puesto eran conocimientos y experiencia en cooperación al desarrollo y en la política exterior común de la UE. En general, todas las oposiciones siguen la misma estructura, aunque algunos ejercicios cambian. He de reconocer que quedé positivamente sorprendida con el proceso. No fue nada fácil, aunque lo había preparado, pero me agradó ver que con los ejercicios se fomentaba el análisis y se replicaban situaciones de trabajo muy creíbles y reales".

Evitemos la próxima crisis de deuda

“Central banks, no matter how clever, cannot prevent crises”. Larry Elliott

Caer en la complacencia y la euforia tiene enormes riesgos cuando la recuperación es tan frágil.

Mientras Alemania y España mostraban ser los únicos motores de crecimiento de la Eurozona en el primer trimestre, la deuda pública ha seguido aumentando hasta casi un 95% sobre PIB entre los países del euro. Lo comentábamos en octubre, la deuda sí es el problema. Dejarse llevar por la caída de las primas de riesgo a mínimos de la serie histórica sin atacar de manera agresiva el gasto y el endeudamiento hace que ciertos “sustos” cobren especial relevancia. Son una señal de alerta.


El jueves, las primas de riesgo se disparaban en toda la Eurozona –en algunos casos hasta un 16%- ante el rumor –posteriormente desmentido- de que el Gobierno griego podría imponer un impuesto retroactivo sobre los inversores en bonos soberanos

En el mercado hay miedo a un retorno de las políticas intervencionistas por parte de gobiernos que piensan que las inversiones son donaciones. Y ocurre cuando esos mismos gobiernos se entregan a la complacencia de que “lo peor ha pasado” y empiezan a hablar, debate tras debate pre-electoral, de gastar y aumentar los déficits.

No se nos debe escapar que este repunte agresivo de las primas de riesgo coincidía a su vez con los mensajes de Jens Weidmann del Bundesbank apoyando posibles estímulos monetarios del banco Central Europeo, que analizábamos hace unas semanas aquí. Así que nadie puede echarle la culpa a Merkel y los socorridos chivos expiatorios germanos tan queridos por nuestros defensores de “la culpa es de todos menos mía”. Es una prueba adicional de que la caída de la rentabilidad de los bonos europeos ha tocado fondo. Mucho cuidado con la burbuja de bonos ya que, con o sin estímulos del BCE, alcanza niveles de saturación. 

El episodio del jueves es un “susto” puntual que no debemos ignorar, como cuando nos sale un lunar sospechoso. Los Estados están demasiado cómodos ante una trampa de exceso de liquidez de 180.000 millones de euros en Europa, añadido al dinero que sale de mercados emergentes y entra en los mercados europeos tras disiparse el riesgo de ruptura del euro. Este exceso de liquidez lleva a perpetuar la burbuja de bonos, y los Estados ignoran los errores de caer en ella. Estamos preparando la siguiente crisis si caemos en dicha trampa. No se soluciona reduciendo el aumento del déficit y echándose a dormir, sino recuperando los límites establecidos -3% déficit y 60% deuda/PIB-.

¿Por qué? Porque debemos evitar tirarnos en plancha y sin flotador a ese mismo escenario que criticábamos en 2010-2011, la dependencia de los "malvados" mercados, a los que hoy adoramos porque compran nuestros bonos a un tipo de interés similar a Estados Unidos y a los que maldeciremos el día que los vendan. La actitud pro-cíclica de los Estados de utilizar las épocas de bonanza crediticia para endeudarse más es el error de la cigarra.

En una conversación con Bloomberg me preguntaban si nos enfrentamos a un cambio de tendencia para los bonos españoles o simplemente a una toma de beneficios. En mi opinión, es una combinación de ambos factores. Los inversores han pasado de no tener nada de deuda europea en sus carteras a estar sobreponderados. Ha sido una inversión adecuada, pero como todo, tiene un recorrido. Además siempre es un riesgo mantener bonos europeos en medio de unas elecciones en las que los candidatos tienden a dar mensajes agresivos y populistas.


Los bonos periféricos deberían cotizar a una prima baja, como explica el grafico cortesía de Goldman Sachs, al reducirse el riesgo sistémico europeo. Las dudas sobre la banca y el euro son mucho menores. Sin embargo es incuestionable que existe un entorno de complacencia cuando las primas de riesgo caen a mínimos históricos mientras la deuda sube y los déficits siguen sin ajustarse adecuadamente. El mercado de bonos es siempre una comparativa entre riesgos equiparables y el de la periferia simplemente no es equiparable al de Estados Unidos o Reino Unido.

Comentaba ya hace unos años que no se sale de una crisis de la mano de las mismas medidas que la crearon: un endeudamiento excesivo y gasto muy por encima de las posibilidades de la economía bajo el mantra de “invertir en la recuperación”. Si la crisis de endeudamiento saltaba hace siete años con una OCDE que superaba el 300% de PIB de deuda total –pública y privada-, estamos saliendo de ella con un 350%. Y, además, estamos trasladando riesgo a unos bancos centrales descapitalizados, como si la expansión de los bancos centrales no se pagase. La pagamos todos, sea con impuestos, inflación, perdiendo el valor de nuestros ahorros en devaluaciones o todo junto. 

Toda esa deuda, barata o no, se tiene que refinanciar en un futuro. La liquidez extrema y la euforia crediticia no duran eternamente. Stiglitz y Krugman mienten cuando dicen que no importa el total de deuda mientras el coste sea bajo. Japón, con casi un 240% de deuda sobre PIB, se gasta un 22% de su presupuesto anual en pagar intereses de la deuda a pesar de pagar sólo un 0,6% por sus bonos a diez años. Un coste “artificialmente bajo” porque el 87% de su deuda se la comen los propios japoneses en fondos, planes de pensiones y seguridad social.

La deuda adicional y los déficits como “instrumento para salir de la crisis” han demostrado ser un cuento tras dilapidar cientos de miles de millones en estímulos en Europa para acabar peor.

DOS VARIABLES CLAVE: BALANZA POR CUENTA CORRIENTE Y CONSUMO

La última crisis de deuda se generó cuando los países más endeudados vieron su consumo desplomarse y sus déficits por cuenta corriente dispararse, como muestra “House of Debt”. Una combinación letal que nos llevaba a creernos que no pasaba nada porque nos engañábamos diciendo que “tenemos margen”.

Hoy podemos estar orgullosos en Europa, y España en particular, de haber corregido los brutales desequilibrios de la época de los “estímulos”. En España el déficit por cuenta corriente llegó a ser de 94.000 millones de euros, una monstruosidad. En 2013 se registraba superávit de 7.130 millones y un déficit menor de 6.400 millones en febrero de 2014. Sin embargo, elconsumo sigue siendo la asignatura pendiente, aunque se haya frenado la caída. Con una política depredadora de aumentos de impuestos ese consumo es el talón de Aquiles que puede relanzar la crisis de deuda si los gurús de Bruselas se lanzan, como en 2008, a suplir el consumo privado con gasto público y planes de estimulo estatales. 

Salir del agujero de “estimular la demanda agregada desde el gasto público” y sanear la balanza por cuenta corriente nos ha alejado del riesgo de caer en otra crisis de deuda a pesar del alto déficit de las Administraciones Públicas. Ahora toca relanzar el consumo. O preparamos la siguiente crisis de deuda. Paga usted.

La Fed y el síndrome de abstinencia

Suecia viene de vuelta del Gran Estado. Hace una veintena de años su famoso sistema de bienestar se desplomó. Una impresionante crisis a comienzos de los 90 fue el precio que pagó por la soberbia de un Estado que se creyó todopoderoso. Así, hubo de reinventar el Estado del Bienestar para salvarlo de sus propios excesos y monopolios. Hoy, después de dos décadas de profundas reformas, Suecia ha vuelto a ser un referente internacional, del cual países como España tendrían mucho que aprender. Tanto es así que hace no mucho The Economist dijo que Suecia y otros países nórdicos eran "el supermodelo del futuro".

El Estado del Bienestar puede ser construido de diversas maneras. La forma tradicional ha sido la de un Estado benefactor o Estado patrón que a través de monopolios de gestión pública ofrece a los ciudadanos ciertas soluciones predeterminadas a sus necesidades básicas. En este caso, el Estado es el sujeto activo y los ciudadanos, los objetos pasivos de sus intervenciones. Ese fue el camino seguido por Suecia hasta la crisis de los 90. De allí en adelante ha probado un camino totalmente diferente, reduciendo el tamaño del Estado, rompiendo sus monopolios de gestión y, sobre todo, cambiando la relación entre el Estado y los ciudadanos.

Este nuevo Estado del Bienestar puede ser llamado Estado Solidario, dado que su objetivo es empoderar a los individuos y no ponerse por encima de ellos. Para lograrlo se le ha dado directamente al ciudadano el poder de usar el financiamiento público que le garantiza el acceso a una serie de servicios básicos. Con ese fin se han diseñado distintos sistemas de subsidio a la demanda, como los bonos o vouchers del bienestar. Junto a ello, se han abierto los servicios públicos a la competencia y a una amplia colaboración público-privada que no excluye a los actores con fines de lucro. 

En la actualidad, este sistema rige para casi todos los servicios de responsabilidad pública: educación, salud, cuidado de niños, atención a la vejez, apoyo a los discapacitados, etc. Ello ha llevado al desarrollo de un amplio sector privado, mayoritariamente con fines de lucro, que colabora con el Estado a fin de brindar esos servicios a los ciudadanos. Así, para dar sólo algunos ejemplos, casi la mitad de los centros de salud públicos del país son gestionados privadamente, igual que la mayoría de las casas de reposo de la capital, Estocolmo, y más de la mitad de los jóvenes de esta ciudad asiste a escuelas secundarias públicas con sostenedores privados. Hoy existen unas 15.000 empresas que dan empleo a más de 200.000 personas en lo que es una extensa red de colaboración público-privada. Estas empresas forman la base de un pujante capitalismo del bienestar, que es un componente esencial del nuevo Estado del Bienestar sueco (y de otros países nórdicos).

Ahora bien, la premisa fundamental de todos estos cambios ha sido la accesibilidad universal e igualitaria a los servicios públicamente financiados, con independencia de quién los gestione. Por ello, en caso de existir copago, los ciudadanos pagan lo mismo por los servicios recibidos, sean estos producidos por el sector privado o por el público. Al respecto, no se permite ningún cobro extra ni tampoco excluir a ningún tipo de usuario; el Estado cubre los costos no cubiertos por el copago de acuerdo a normas iguales para todos los proveedores. En el caso de la escuela, la gratuidad es absoluta, no existe copago de ningún tipo. Todo el costo de la educación debe ser cubierto por el voucher o bono escolar, que es igual para sostenedores públicos y privados. De esta manera, todas las escuelas se han abierto a todos los jóvenes, lo que ha evitado el incremento de la segregación socioeconómica.

Un tema muy discutido ha sido el del lucro, que en Suecia se acepta sin restricciones. Al respecto, es de interés preguntarse sobre el origen del lucro, ya que, como se ha visto, las empresas no pueden realizar ningún cobro que supere el copago que reciben los gestores públicos o, en el caso de la escuela, sólo deben financiarse con el bono recibido. Pues bien, el margen de ganancia está simplemente dado por la ineficiencia comparativa del sector público. Todo el lucro proviene de la capacidad de producir servicios más atractivos a costos inferiores que los ofrecidos por el sector de gestión pública, que es el que, a través de sus costos, determina el nivel de los bonos o vouchers del bienestar.

Por ello, eliminar el lucro y al empresariado del sector del bienestar no le reportaría ahorro alguno al fisco ni a los contribuyentes. Lo único que se lograría sería cerrar las puertas a miles de emprendedores que han sido de gran provecho para quienes han elegido sus servicios y también para el sector público, que, bajo la presión de la competencia, ha debido hacerse más atractivo para ciudadanos, que ya no son sus súbditos o clientes cautivos, sino consumidores libres o, dicho de otra manera, ciudadanos empoderados.

Muy interesante es hacer notar que durante estas dos décadas de intensa desmonopolización y privatización sucesiva de la gestión pública no se ha registrado una sola huelga que haya tenido como objetivo detener u obstaculizar el proceso. Esto sorprenderá muchísimo al lector español, acostumbrado a ver los desplantes de la casta funcionarial que se ha adueñado de los servicios públicos. Bueno, lo que pasa es que en Suecia esa casta no existe. Los empleados públicos son, salvo contadas excepciones muy justificadas, trabajadores como todos los demás, y por ello no se han lanzado a una lucha por defender un estatus privilegiado que nunca han tenido.

España tiene un gran trabajo por delante para transformar su viejo Estado, secuestrado por su casta funcionarial, de lastre a motor del progreso. De ello dependerá gran parte de su futuro. Es imperioso abandonar la senda del Estado patrón y emprender, como Suecia lo muestra, la construcción de un Estado solidario, que sepa unir la libertad ciudadana y la solidaridad social con la fuerza creativa de la competencia, la diversidad y el capitalismo.

Suecia y el capitalismo del bienestar

Cada vez que la Reserva Federal se encierra para debatir el devenir de la economía americana, Wall Street contiene la respiración.

Cada seis semanas, los miembros del Federal Open Market Committee, capitaneados por Janet Yellen, se reúnen en el Eccles Building, en Washington DC, y durante dos días deliberan sobre el rumbo de la política monetaria en una atmósfera de máxima confidencialidad.

A su conclusión se emite una nota, apenas un folio, que en el mercado se analiza a fondo. Se interpreta cada palabra, cada coma. Se busca entre líneas anticipar futuras decisiones del banco central. En la actualidad es tal la obsesión, que se llegan a buscar pronósticos bursátiles hasta en el número de palabras del comunicado.

No es de extrañar que hoy en día las decisiones de la Fed acaparen la atención de los agentes en el mercado. La razón es sencilla: en la actualidad existe una extraordinaria dependencia de las políticas de la Reserva Federal. Esto de por sí, sin entrar a analizar los motivos, ya es un síntoma que debería preocuparnos. Una economía capitalista jamás debería depender demasiado de un solo agente, sea quien sea. 

Este hecho vuelve a la economía esencialmente frágil, muy vulnerable a decisiones, problemas o errores que pueda cometer ese agente. Lo ideal, siguiendo teorías como la de Nassim Taleb, sería justo lo contrario: que sea antifrágil. Que los shocks no la debiliten, sino que la refuercen. Pero hoy por hoy la Fed tiene ese gran poder sobre qué rumbo debe tomar la política monetaria. Al mercado no le queda otra que, a lo sumo, tratar de anticiparse a las decisiones que la Fed vaya a tomar.

La pasada semana hubo reunión del Federal Open Market Committee, y tras la ya clásica inquietud previa a la resolución, se decidió proseguir con el tapering al ritmo esperado. Se reducen en 10.000 millones de dólares las compras mensuales de activos. Los miembros de la Fed decidieron ignorar el muy preocupante dato de crecimiento económico trimestral publicado ese mismo día, que pese a esperarse en el entorno del 1,2% fue de tan sólo un 0,1%

El tercer programa de flexibilización cuantitativa, o QE3, ha caído ya desde los 85.000 millones mensuales iniciales hasta los actuales 45.000 millones. Del total, 25.000 millones seguirán siendo empleados en monetizar deuda pública americana y los restantes 20.000 millones para adquirir titulizaciones hipotecarias (Mortgage-Backed Securities). En total, un decreciente pero aún importante chorro monetario mensual que se espera que llegue a su fin en octubre de este año.

Desde que estalló definitivamente la crisis financiera, a mediados de 2008, la Fed lleva casi seis años aumentando la masa monetaria con la idea de que esa es la solución a los problemas de la economía americana. El balance de la Reserva Federal se ha disparado en estos seis años desde un trillón de dólares a más de cuatro trillones, nada más y nada menos. 

Esta política busca “estimular” artificialmente la actividad mediante el aumento de la masa monetaria y el crédito. Lo cierto es que cuando muchos agentes están hiperendeudados y no pueden asumir más crédito para consumo y nuevas inversiones, lo normal es que dicho efecto positivo a corto plazo siempre sea menor de lo esperado. Como suele decir el economista Juan Ramón Rallo, se puede llevar el caballo al río, pero no se le puede obligar a beber.

De lo que no cabe duda es que a corto plazo esta política puede provocar una cierta sensación de alivio entre muchos agentes que de lo contrario deberían reestructurarse. Esto es lo que persigue la Fed cuando procura que sus inyecciones monetarias terminen en los balances de los bancos. Pretende, por un lado, que se sigan refinanciando los proyectos que sin asistencia serían inviables. Y por otro lado, trata de reinflar mediante el crédito el gasto de familias y empresas para que sigan manteniendo viva la antigua estructura productiva. 

En mi opinión esto es un error. La recesión es precisamente la fase de saneamiento de los excesos y las distorsiones causadas durante la fase de la burbuja. Cuando la burbuja estalla se hace evidente que una parte de la estructura productiva no correspondía a las verdaderas demandas de los consumidores y es necesario que se reajusten. La crisis termina cuando la estructura productiva se ha saneado, los factores productivos se han reorganizado y se puede volver a crecer sin estímulos. Inyectar dinero, reinflar el crédito y reducir los tipos de interés sólo tiende a alargar la agonía. Pospone y ralentiza el momento de la recuperación.

La Fed no lo puede todo, y pese a la política monetaria muchas empresas y familias sí que se están reestructurando. Esa es la buena noticia. La mala es que otros muchos siguen viviendo del oxígeno crediticio del banco central. Son como drogadictos que, en lugar de desintoxicarse del exceso de crédito, siguen enganchados a la droga de la Fed. No es de extrañar, por tanto, que las decisiones de la Reserva Federal paralicen Wall Street, que cobre una enorme relevancia anticipar adecuadamente el rumbo de sus políticas

Esa ansiedad, esa inquietud entre empresarios e inversores en cada anuncio de la Fed, no es otra cosa que una manifestación del síndrome de abstinencia que provoca la progresiva reducción de la dosis, y que subirá de nivel tarde o temprano en forma de subida de tipos. Entonces, quienes siguiendo la política de la Fed aún dependan del crédito artificialmente barato, volverán a la casilla de salida. Como decía Warren Buffett, cuando baja la marea es cuando se descubre quién nadaba desnudo. Y es que un problema inicial de distorsiones por exceso de crédito no se resuelve con adicionales manguerazos masivos de crédito.

@ignaciomoncada para Estrategias de inversión

La gran contradicción de Piketty

Tal suele decir al economista Tyler Cowen, si fueran ciertas las conclusiones de Thomas Piketty acerca de una tasa de retorno del capital que aumenta por encima del crecimiento del conjunto de la economía (su famosa desigualdad r>g), la propuesta de política económica más razonable no sería un impuesto global sobre la riqueza (tal como propone Piketty) sino la privatización de las pensiones estatales. A la postre, si existe alguna tendencia subyacente que impulse a que la inversión se revalorice sobreproporcionalmente al resto de la economía, ¿por qué reprimir políticamente esa tendencia (impuesto sobre la riqueza) en lugar de permitir que toda la sociedad se aproveche de ella (privatización de las pensiones)?

Extrañamente, Cowen acusa a Piketty de omitir cualquier referencia a la privatización de las pensiones como alternativa a su ambicionado impuesto sobre la riqueza. Pero no: en su libro, Capital en el siglo XXI, Piketty sí valora escuetamente la posibilidad de privatizar las pensiones y, a mi juicio, sus opiniones a este respecto son mucho más sabrosas y reveladoras de lo que podría serlo cualquier omisión.

Piketty, sobre la privatización de las pensiones

Así, de acuerdo con Piketty, la transición hacia sistemas de pensiones privados y de capitalización —merced a los cuales los trabajadores podrían beneficiarse de la sobreproporcional revalorización del capital— no es una buena idea por lo siguiente: “A la hora de comparar los méritos del sistema de reparto y del sistema de capitalización hay que tener en cuenta que el retorno del capital resulta extremadamente volátil. Sería muy arriesgado invertir todos los ahorros para la jubilación en los mercados financieros globales. El hecho de que r>g como media no significa que eso sea cierto para toda inversión individual. Para una persona con recursos que pueda esperar entre 10 y 20 años para cosechar los beneficios, el retorno sobre el capital puede ser ciertamente atractivo. Pero cuando se trata de sufragar los gastos básicos de toda una generación, sería bastante irracional jugárselo todo a la ruleta rusa”. Es decir, según Piketty las pensiones no pueden privatizarse porque la tasa de retorno sobre el capital es una magnitud individualmente demasiado volátil e incierta.

Llegados a este punto, recordemos el propósito general de la obra del francés: de acuerdo con este economista, el capitalismo tiende a exhibir una tasa de retorno del capital superior al crecimiento del conjunto de la economía, lo que provoca que los capitalistas se vayan volviendo proporcionalmente más ricos y copando porciones mayores de la renta de una sociedad. Tal como el propio Piketty resume: “El empresario tiende a convertirse en un rentista que domina crecientemente a aquellos que no poseen nada salvo su trabajo. Una vez acumulado, el capital tiende a reproducirse a sí mismo más rápido de lo que aumenta la producción. El pasado devora al futuro”. O todavía peor: “Con independencia de si la riqueza de una persona de 50 o 60 años es producto del ahorro o de la herencia, lo cierto es que, a partir de cierto nivel, el capital tiende a reproducirse a sí mismo y a acumularse exponencialmente. La lógica de r>g implica que el empresario siempre termina transformándose en un rentista”.

La contradicción de Piketty

Es obvio que existe una contradicción profunda entre estos dos razonamientos de Piketty. Por un lado, el francés proclama que el capital se reproduce solo y de manera automática, lo que contribuye a su irrefrenable acumulación en cada vez menos manos; por otro, sostiene que el capital sólo se autorreproduce en términos medios, siendo altamente volátil e incierto como mecanismo individual de acumulación de riqueza. De hecho, este último razonamiento es el que yo mismo ofrecí hace unas semanas para criticar la visión de Piketty de que los superricos son cada vez más superricos: no sólo sucede que los multimillonarios de finales de los 80 no son los mismos que los multimillonarios actuales sino que muchos de ellos han perdido desde entonces más del 80% de su fortuna.

Es más, si de alguna manera deseáramos combinar las dos afirmaciones anteriores de Piketty, el sentido común nos indica que deberíamos hacerlo de forma inversa a cómo lo está haciendo el francés. Salvo honrosas excepciones, la fortuna de los superricos suele estar concentrada en unas pocas empresas (Bill Gates en Microsoft, Amancio Ortega en Inditex, Larry Ellison en Oracle, los hermanos Koch en Koch Industries, la familia Walton en Wal-Mart, etc.) que, por consiguiente, sí están sometidas a una volatilidad e incertidumbre potencialmente muy elevadas: si alguna de esas compañía desapareciera, la fortuna del correspondiente superrico se extinguiría. En cambio, las pensiones privadas de capitalización se hallarían invertidas en una amplia y diversificada cartera con millares de empresas, de modo que las clases medias se hallarían expuestas a la volatilidad del conjunto del mercado y no de una empresa o de un sector en particular: en ese sentido, la rentabilidad media de los mercados de valores durante el último siglo se sitúa alrededor del 5,5% anual. A largo plazo —el plazo en el que se invierte para la jubilación— se trata de un retorno bastante estable y con escaso riesgo: todo lo contrario que la inversión en empresas individuales.

A menos que Piketty esté sugiriendo que las empresas de los superricos son sistemáticamente más conservadoras que las del resto de la economía, carecería de sentido su afirmación de que cuanto más rico se vuelve un individuo, más automáticamente se capitaliza su riqueza. Ahora bien, si Piketty asume que las inversiones de los ricos son muy poco arriesgadas, entonces no se entiende que, a su vez, sostenga que los más ricos obtienen rendimientos extraordinarios por encima del resto del mercado.

¿Más rentabilidad a menor riesgo? Si eso fuera así, sólo cabrían dos explicaciones: una, que las empresas de los superricos gocen de privilegios gubernamentales; dos, que las empresas de los superricos generen mucho más valor para los consumidores que todas las restantes debido a ubicarse siempre dos pasos por delante de la competencia. En el primero caso, lo razonable sería que Piketty reclamara la supresión de tan nocivos incentivos gubernamentales; en el segundo, que Piketty aplaudiera la excelente gestión de los accionistas a la hora de maximizar el valor de sus modelos de negocio pese a la presión competitiva. Sin embargo, este último reconocimiento atentaría de lleno contra una de las tesis centrales del libro del francés: a saber, que la acumulación de capital es un proceso automático e independiente de los méritos del inversor a la hora de gestionar su capital (motivo por el cual puede ser sujeto a un tributo sobre la riqueza).

En definitiva, como dice Tyler Cowen, si aceptamos el mensaje esencial del libro de Piketty, las pensiones públicas deberían ser privatizadas. El economista francés sólo es capaz de esquivar esta inapelable conclusión incurriendo en una profunda contradicción interna que pone en solfa la perspectiva filosófica con la que analiza sus datos económicos. En el fondo, y como ya explicamos, la gestión y acumulación de capital es un muy complejo proceso de adaptación a un entorno dinámico y cambiante cuyos riesgos y dificultades sólo pueden minimizarse o a través de un extraordinario conocimiento del sector económico en el que se está invirtiendo (sólo disponible para los ahorradores exitosos y habilidosos) o a través de una amplia diversificación de activos (sólo disponible para los ahorradores medios). Ahorro e inversión empresarialmente inteligente: los dos grandes activos que explican el enriquecimiento de una sociedad respetuosa con los derechos de propiedad y los contratos.