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Hay pobreza y pobreza

Por una vez, y sin que sirva de precedente, el responsable de Hacienda, Cristóbal Montoro, acertó a la hora de cuestionar las estadísticas de pobreza que tan habitual e irresponsablemente difunden organismos oficiales y ONG. El ministro recibió todo un aluvión de críticas por atraverse a señalar que dichos informes "no se corresponden a la realidad" y, sin embargo, tiene razón. La polémica surgió a raíz de un informe elaborado por Cáritas Europa según el cual España registra la mayor tasa de pobreza infantil del continente tras Rumanía.

En concreto, el 29,9% de los menores de 18 años se encontraba en riesgo de pobreza en 2012, nueve puntos por encima de la media de la UE (21,4%). Dicho así, el dato resulta, simplemente, alarmante. No es para menos, pues, según ese titular, casi tres de cada diez niños residentes en España son pobres, a la altura de países mucho más atrasados, como es el caso Rumanía, Bulgaria o Grecia, ni más ni menos.

Pero ¿de verdad el 30% de los menores son pobres en España?, ¿cómo es posible que tal lacra afecte por igual a un país que, pese a la crisis, mantiene una renta per cápita de casi 22.000 euros al año (puesto 28 del mundo) y a otro cuyos ingresos por habitante rondan los 6.500 (puesto 71), tres veces menos? Tales conclusiones no sólo son absurdas sino, directamente, insultantes, especialmente para todas aquellas personas que, realmente, sufren la tragedia de encontrarse sin recursos.

El problema de fondo radica en el concepto empleado para definir la pobreza. Según la Real Academia Española, pobre es quien "no tiene lo necesario para vivir", y la pobreza es síntoma de "escasez" o "necesidad". De hecho, no hace falta acudir al diccionario para entender el término en cuestión. No en vano, lo primero que viene a la cabeza al pensar en esta palabra no es otra cosa que personas sin techo, pidiendo o viviendo en la calle, o bien gente con muy escasos recursos, desempleadas sin prestación y, por tanto, con graves dificultades para afrontar unos gastos mínimos de vivienda (alquiler, hipotecas, facturas de luz y calefacción, etc.) y manutención (alimentos).

Pero eso, que es lo que entiende justamente el común de los mortales, no es la pobreza que reflejan los mediáticos y alarmistas estudios que elaboran gobiernos, sindicatos, organismos internacionales y ONG subvencionadas. Y es que lo único que miden dichos informes es un concepto estadístico, completamente artificial y engañoso, denominado pobreza relativa. Así, para los estadistas pobre es quien no supera el 60% de la mediana de ingresos anuales existente en su país de residencia. ¿Y esto qué significa? Contar con una renta inferior a 7.182 euros al año -menos de 600 euros al mes- para el caso de un hogar de una persona (con vivienda en propiedad o un alquiler subvencionado) o de 15.082 euros al año para una familia con dos niños -1.257 euros al mes-.

Pero, además, estas cifras sólo corresponden a 2012, ya que la polémica tasa no mide ingresos absolutos sino relativos. Es decir, dicho umbral aumenta conforme crece la riqueza de un país. En 2004, por ejemplo, el umbral de la pobreza en España se situaba en 6.196 y 13.011 euros al año, respectivamente, un 16% menos que en la actualidad. Por eso, precisamente, el índice de pobreza en España se mantiene anclado en el 20% de la población (más de 9 millones de personas) año tras año, con independencia de que haya crisis o no, incluso en plena burbuja inmobiliaria, cuando el paro rondaba el 8%.

Llevado al paroxismo, la aplicación de esta particular metodología implica que si en un país el 60% de la población gana 1 millón de euros al año y los demás medio millón, este 40% restante será catalogado estadísticamente como pobre. Suena a broma, pero, en realidad, ya sucede. Olvídense por un momento de España. Casi el 17% de la población vivía por debajo del umbral de la pobreza en la Zona Euro en 2012, según Eurostat. ¿Dos de cada diez familias en la ruina absoluta en el grupo de países más ricos del mundo? ¿Cómo es posible semejante barbaridad? Que suceda en España, fuertemente golpeda por el paro, vale, pero en países punteros como Holanda, Finlandia o Alemania, resulta difícil de creer, se preguntarán algunos.

La respuesta, sin embargo, es la misma: pobreza relativa. Si en España pobre es quien no alcanza 600 euros al mes, en Francia y Bélgica son todos aquellos que cobran menos de 1.000 euros, en Dinamarca unos 1.300, en Luxemburgo menos de 1.600 y en países como Noruega o Suiza menos de 2.000 euros mensuales. Dicho de otro modo, aplicando el umbral suizo, más del 70% de los españoles son pobres, lo cual resulta -una vez más- insultante para los nacionales y, sobre todo, para los verdaderos necesitados.

En EEUU, por poner otro ejemplo, los mileuristas españoles también serían considerados pobres en las estadísticas de Washington. O, dicho de otro modo, las familias pobres estadounidenses gozan de un nivel de vida equivalente a la clase media en España, de modo que la mayoría posee, como mínimo, un coche, disfruta de aire acondicionado, dos televisiones, todo el material imprescindible para la cocina, una casa en buen estado con más espacio que la típica europea, no sufren hambre, pueden acceder a asistencia médica cuando es necesario y suelen tener suficientes fondos para cubrir las necesidades esenciales.

Por ello, la realidad de la pobreza en España, siendo muy grave, inaceptable desde todos los puntos de vista en un país -aún- desarrollado, está muy alejada del vergonzoso y falaz alarmismo que denuncian políticos -por intereses electoralistas- y ONGs -¿para recibir más subvenciones, quizás?-.

En España hay pobreza, sin duda, y ésta, además, se ha disparado como consecuencia de la elevadísima tasa de paro que padece el país por culpa del agudo intervencionismo gubernamental; pero, por suerte, ni hay 9 millones de pobres, ni uno de cada tres niños sufre esta lacra ni, mucho menos, existen problemas de hambre o desnutrición, como denuncian muchos irresponsables. En este sentido, sorprende cómo hace apenas año y medio muchos criticaron un reportaje publicado por The New York Times en el que se ofrecía una imagen distorsionada y demagógica de España, con gente buscando comida en la basura, y hoy, sin embargo, no dudan en afirmar que la pobreza aquí es similar a la de Rumanía o Bulgaria.

La tasa de pobreza real es muy inferior a la publicitada. Para comprobarlo basta con observar, al menos, tres indicadores: el número de hogares sin ningún tipo de ingresos (ni siquiera subsidios autonómicos), que, según la Encuesta de Población Activa, roza los 500.000, el doble que en 2007, lo cual se traduciría en cerca de 1,5 millones de personas (3% de la población total); el volumen de atendidos por los servicios de Cáritas España, que rondaron los 1,3 millones en 2012 -casi la mitad, inmigrantes-; y la estadística de pobreza severa que elabora Eurostat y que, entre otros indicadores, refleja el porcentaje de familias que no puede permitirse comer carne, pollo o pescado al menos cada dos días, ni mantener la vivienda con una temperatura adecuada ni abonar puntualmente todas las facturas relacionadas con la vivienda. En este último caso, la tasa se sitúa en el 5,8% en 2012 (algo menos de 3 millones) frente al 3,5% de 2007.

Así pues, todo apunta a que la pobreza real se ha duplicado en España durante la crisis, pero oscila entre 1,5 y un máximo de 3 millones de personas. No es necesario desvirtuar ni mentir para destacar la dramática y alarmante situación económica que sufre el conjunto del país, y muy especialmente las familias que, por desgracia, siguen en paro. El panorama ya es lo suficientemente grave como para, encima, tener que soportar una dosis extra de demagogia y populismo.

No a otro banco público canario

La presidente del grupo parlamentario del PSOE, Lola Padrón, sorprendió la pasada semana con una solicitud y una propuesta durante el debate sobre el estado de la región. Su demanda, para solucionar la crisis es «más fortaleza» —es decir, más poder— «de la política y de los políticos frente a los mercados o frente a los poderosos» y su proposición es «la creación de una banca pública canariaque apoye con financiación a pymes y cooperativas».

Aparentemente, la señora Padrón no se ha enterado de que los poderosos son los políticos de este país o es que odia tanto la libertad que le parece insuficiente que políticos como ella manejen más de 45% del PIB español y que controlen el otro 55% con innumerables trabas burocráticas.

Con respecto a la creación de una banca pública, parece desconocer que el sistema bancario está basado en un sistema de banca central, con descalce de plazos y dinero fiduciario controlado por los poderes políticos y que nada tiene que ver con el libre mercado. Pero lo más «simpático» es que su propuesta no es nueva ni es original.

La banca pública que solicita lleva existiendo desde hace décadas en nuestro país pero con otro nombre: cajas de ahorro. Estas entidades financieras están gobernadas por políticos retirados o por personas de máxima confianza y muchas veces carentes de formación que sientan los partidos en sus consejos de administración. Además, no tienen accionistas a quienes retribuir capital y a los que rendir cuentas. Por ello, el control político de las mismas ha sido total desde hace décadas.

¿Cuáles han sido las consecuencas del control político de estas cajas mal llamadas de ahorro? Beneficios de unos pocos en el corto plazo, cajas en quiebra y recapitalizadas con el dinero de los contribuyentes y un agravamiento de nuestra crisis al haber concedido créditos sin garantías suficientes, principalmente a sectores relacionados con la construcción, sin control económico y movido en muchos casos por intereses políticos, como denunció Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana, en diferentes medios de comunicación al inicio de la crisis.

El principal problema de nuestra economía es la inexistencia de libertad financiera y no la falta de un nuevo chiringuito público con barra libre de dinero donde los bármanes son los políticos. Hasta que el sector público no deje de proteger la iliquidez de la banca, no se eliminen las leyes de curso forzoso, los fondos de garantía de depósitos y los bancos centrales y se permita la emisión de dinero privado, las grandes crisis económicas están garantizadas por políticos como la señora Lola Padrón.

¿Qué piensan los venezolanos?

María Corina Machado electrizó a los asistentes con su entrada apresurada al gran salón de actos. Acababa de llegar a Lima tras un viaje incierto. Todos nos pusimos de pie conmovidos, incluidos los expresidentes Felipe Calderón y Sebastián Piñera. Unos jóvenes venezolanos entonaron el himno de la patria y desplegaron la bandera. Algunos lloraban de emoción. Ocurrió a fines de marzo en la Universidad de Lima en un acto convocado por Mario Vargas Llosa y la Fundación Internacional para la Libertad.

El novelista explicó por qué era tan importante la visita de la joven ingeniera y diputada. En ese país se jugaba el destino de la democracia americana y en ese momento nadie representaba mejor a los estudiantes que protestaban en las calles de veinte ciudades venezolanas que esta mujer decidida a darlo todo por la libertad de su país. Cuando ella hablaba ya habían sido asesinados 40 jóvenes por los represores de la Guardia Nacional y los paramilitares armados con pistolas y fusiles que los acompañan a bordo de motocicletas.

¿Asumía Vargas Llosa una postura compartida por los peruanos o era la visión sesgada de los liberales? Una encuesta reciente de Ipsos confirmaba que esta vez Mario no nadaba contra la corriente. El 94% de los peruanos condenaba el chavismo tajantemente y rechazaba a Nicolás Maduro.

A mi juicio, esa encuesta, hecha en cualquier país de América Latina, arrojaría resultados parecidos. Los peruanos no son diferentes al resto de los latinoamericanos. Tras 15 años de disparates y violencia, el chavismo y el socialismo del siglo XXI han demostrado su carácter intolerante, empobrecedor y antidemocrático. Los pueblos no los quieren.

Pero ¿y dentro de Venezuela? ¿Cuánto ha calado en esa sociedad el clientelismo chavista, la propaganda abusiva contra la oposición, los insultos y descalificaciones personales, el control casi total de los medios de comunicación?

Afortunadamente, ya lo sabemos con bastante certeza: el oficialismo chavista está en franca minoría y cae en picado. Al menos dos encuestas muy profesionales lo revelan con un margen de error insignificante.

Ambas aparecieron en marzo. Una se debe a Alfredo Keller, un encuestador muy prestigioso. La otra es conocida como Venebarómetro y la llevó a cabo el Instituto Venezolano de Análisis de Datos. Las dos coinciden en los resultados generales y confirman el juicio del analista Joaquín Pérez Rodríguez, tal vez el mayor experto electoral del país. Estos documentos se pueden localizar fácilmente en Internet. Basta con googlearlos.

Entre el 62 y el 72% piensa que Venezuela está a las puertas de un colapso económico. Los dos peores y crecientes problemas son la inseguridad y el desabastecimiento. Lo afirman más del 70% de los venezolanos. El 65% rechaza las milicias paramilitares, formadas, en gran medida, por delincuentes que disparan a matar y asaltan tiendas y supermercados. Los malandros asesinan a 25.000 personas al año. Simultáneamente, crece por horas la lista de los productos básicos que no se encuentran. Ni siquiera harina para hacer arepas o leche para los niños.

La población no cree la versión oficial de que la crisis se debe a los burguesesEs demasiado burda. El 51% está convencido de que la responsabilidad es del gobierno. El 57% piensa que de Maduro directamente. Apenas el 16% culpa a los empresarios y el 8% a los Estados Unidos. El 81% de los venezolanos respalda la existencia de las empresas privadas. Sólo el 18% se opone. El mensaje colectivista y el loco proyecto comunal, sencillamente, no han calado.

Los venezolanos no quieren navegar "hacia el mar cubano de la felicidad", como les propuso Hugo Chávez. El 63% tiene una visión desfavorable de Cuba, país al que acusan de haber convertido a Venezuela en una colonia con el objeto de saquearla. Sólo el 31% simpatiza con el régimen comunista creado por los hermanos Castro.

La institución más valorada es el llamado Movimiento Estudiantil, con un 66,4% de aprobación. El 57% apoyaría una forma constitucional de salir del gobierno de Maduro. Sólo lo respalda el 36%. Cualquiera de estos tres opositores derrotaría fácilmente a Maduro en las urnas: Henrique Capriles, Leopoldo López o María Corina Machado.

¿A dónde conducirá este contundente rechazo? Probablemente, a un encontronazo entre militares que rechazan al chavismo y militares que (todavía) lo defienden. Las noticias de generales presos y coroneles insubordinados es todo un síntoma de este malestar dentro de las Fuerzas Armadas.

También es posible un resquebrajamiento en la zona política del chavismo. Muchos opinan que Maduro es un mal calco del militar desaparecido, carente de carisma. Apenas es respaldado por "los cubanos", a quienes les atribuyen haberlo colocado en la presidencia, tras imponérselo a un Chávez moribundo y sin voluntad, pese a la evidente violación de las normas legales, a su legendaria incapacidad y al tiempo que pierde hablando con los pajaritos.

¿Qué impide que el poderoso chavismo antimaduro, tal vez mayoritario, pida la renuncia al presidente y busque una salida constitucional a la crisis?

Sencillo: el miedo. Los narcogenerales temen acabar perseguidos por la DEA. Los cleptochavistas piensan que pueden terminar ante los tribunales y perder sus bienes mal habidos. Los represores saben que hay instituciones internacionales que juzgan y condenan a los genocidas. Le ocurrió a Milosevic.

Como en el poema de Borges, a los chavistas no los une el amor, sino el espanto. Si la oposición no se divide y los estudiantes persisten en las calles, acabarán triunfando.

elblogdemontaner.com

Los libros de texto saudíes, bombas de odio

Coincidiendo con la visita de Barak Obama a Arabia Saudí, la Fundación para la Defensa de las Democracias publicó un estudio en el que el experto en asuntos del Golfo Pérsico David Andrew Weinberg acusa a Washington de ocultar un informe del Centro Internacional para la Religión y la Diplomacia (CIRD) en el que se pone de manifiesto el adoctrinamiento en el odio a los no musulmanes que se perpetra en el sistema educativo saudí.

En 2011 el Departamento de Estado encargó al CIRD un informe sobre los libros de texto saudíes, libros que son exportados gratuitamente a todos los países en los que existen centros de estudios financiados por Riad. El documento, titulado "La tolerancia religiosa en el reino de Arabia Saudí", estaba acabado en 2012, pero Washington no lo ha publicado en su integridad, al contrario de lo que hizo con un estudio similar sobre los textos utilizados en las escuelas israelíes y palestinas.

La Secretaría de Estado aduce que no quiere molestar a los saudíes en un asunto en el que se están haciendo progresos. Sin embargo, antiguos funcionarios del departamento conocedores de este asunto aseguran que el motivo real es evitar dar una imagen pésima del régimen.

Los últimos manuales editados por Arabia Saudí contienen pasajes en los que se deshumaniza a judíos y cristianos, se promueve el asesinato de "desviados" como los homosexuales y se defiende la violencia contra los musulmanes no wahabíes. El libro de Ley Islámica correspondiente al décimo curso anima a los estudiantes a "matar a quien cambie de religión (…) porque no vale la pena mantener a esas personas con vida". También se afirma que "Dios creó a los judíos de monos y cerdos". El texto utilizado por los estudiantes de 12º describe a los judíos y a los cristianos como "las peores criaturas", que, lógicamente, "morarán en el fuego del infierno".

Este material de estudio se envía sin coste a toda la red académica internacional financiada por el régimen saudí, de la que forman parte centros de EEUU, donde un estudiante de un centro de Virginia cumple cadena perpetua por conspirar con Al Qaeda para asesinar al expresidente norteamericano George W. Bush. Y es que Arabia Saudí es un elemento clave en la exportación de yihadistas a todo el mundo, como demostró el informe de la comisión bipartidista sobre los atentados del 11 de septiembre, a través de un sistema educativo del que los jóvenes salen con escasa formación humanística y técnica pero profundamente radicalizados en su particular visión del islam.

El fanatismo religioso es una amenaza para la seguridad global, según aseguran expertos en la materia como el exvicesecretario para Terrorismo e Inteligencia Financiera del Departamento del Tesoro de EEUU Stuart Levey, quien considera "incluso más importante" luchar contra el adoctrinamiento que combatir la financiación del terrorismo, porque

a menos que la próxima generación sea educada en el rechazo al extremismo violento, estaremos siempre obligados a hacer frente al surgimiento de nuevos grupos de simpatizantes del terrorismo.

El rey Abdulá declaró semanas después de su coronación, en 2005, que habían cambiado los libros de texto para erradicar cualquier radicalismo. Lo mismo afirmó poco después el príncipe Saud al Faisal, ministro saudí de Exteriores, en referencia a un vasto programa destinado a revisar todo el sistema educativo para suprimir todo lo que no fueran llamadas a la cooperación y la coexistencia. Un año después de la llegada al trono de Abdulá, Arabia Saudí reconoció que la tarea de revisar los materiales de estudio estaba siendo muy laboriosa, por lo que se necesitarían uno o dos años más para finalizar los trabajos. La Casa Blanca llegó a un acuerdo con Riad para ampliar este plazo hasta mediados de 2008. Sin embargo, nada o muy poco se ha hecho en todo este tiempo, a tenor de los ejemplos antes citados, obtenidos del material utilizado en el actual currículo académico.

La promoción de la libertad religiosa es uno de los ejes cardinales de la acción exterior estadounidense, según han confirmado tanto Obama como su secretario de Estado, John Kerry. En el caso de Arabia Saudí, la tarea de suprimir este adoctrinamiento resulta especialmente imperativa por la cantidad de centros de estudio que tiene diseminados por todo el mundo. Weinberg insiste por este motivo en la necesidad de que la Casa Blanca adopte las medidas necesarias para forzar a los saudíes a reformar sus planes de estudios. También el Congreso norteamericano debería escuchar más a las organizaciones independientes que conocen de primera mano lo que ocurre en aquel país, en lugar de guiarse sólo por las informaciones que les proporciona la Secretaría de Estado.

© elmed.io

Política y mercado

Beatriz Talegón, secretaria general de la Unión Internacional de Jóvenes Socialistas, publicó en EPlural un interesante artículo titulado "Deslegitimar la política es la política de mercado". Denuncia una siniestra campaña de "deslegitimación de la democracia" y advierte:

¿Qué pasaría si nadie participase en política? Sencillo: la especulación, el libre mercado se encontrarían en su hábitat ideal.

Ante ese temible escenario que aspira a "terminar con los derechos colectivos" mediante la manipulaciones de los medios, "que también responden en la mayoría de los casos al interés del mercado, donde el que paga, manda", doña Beatriz nos invita a defender la libertad, que define así:

La libertad de elección que se fundamenta en la igualdad de oportunidades, fruto de pactos sociales donde el Estado, a través de las normas nacidas de un poder legislativo elegido por la ciudadanía, debe garantizar por encima de todo el bienestar de sus ciudadanos.

Tiene mucho talento la destacada política socialista para resumir dos importantes facetas del totalitarismo. 

Primera, la paranoia. Estamos perseguidos por unos malvados, que son los mercados. Cualquier régimen despótico que usted pueda imaginar ha cultivado siempre el temor a un extraño y temible invasor. El objetivo es paralizar al ciudadano y prepararlo para que acepte mayores dosis de coacción, que, después de todo, deberá saludar porque son la mejor alternativa frente a ese tremendo enemigo. A ese objetivo colabora la clásica desvalorización de la persona libre, que en realidad está manipulada por los medios, lo que es una razón de más para que no se resista a la coacción política y legislativa.

Segunda, la mentira. El mercado es privado de su característica principal, que es la libertad; en efecto, según la señora Talegón, el mercado, que es donde podemos elegir qué hacer con nuestra propiedad, es un sitio espantoso donde prima la "especulación". La mejor alternativa, asegura, es la "democracia", donde las elecciones colectivas se imponen a los derechos individuales. De ahí que no diga ni una palabra de esos derechos, como si no existieran, y sólo subraye el peligro que se cierne sobre los derechos "colectivos".

La colectivización y negación de la elección individual ha sido siempre disfrazada por los totalitarios apelando a la democracia: recordemos, cuando había dos Alemanias, cómo se llamaba la Alemania donde los ciudadanos no podían elegir. La imposición política es siempre ocultada transfiriéndole sus defectos a la alternativa. Veamos cómo define doña Beatriz esa alternativa espeluznante: "El mercado, donde el que paga, manda".

Todo el mundo entiende esto: el que paga, manda. Lo inteligente del mensaje antiliberal es, como siempre, el escamoteo de su alternativa. ¿En el mercado, el que paga, manda? ¿Y qué pasa cuando no hay mercado? Según la retórica antiliberal, parece como si, en ausencia del perverso mercado, no mandara nadie. Ese el truco: ocultar la realidad de la política, que ha crecido precisamente a expensas del mercado y los derechos de los ciudadanos, y donde la coacción está siempre presente, y es paradójicamente saludada cuando es lo contrario del mercado. En el mercado el que paga, manda. En el Estado, el que cobra, manda.

La idolatría de la coerción se corona cuando sus propiciadores o ejecutores alegan que lo que hacen no es mandar, no es coaccionar, no es imponer. Lo que hacen es lo contrario: ellos representan la libertad, nada menos. Obviamente, para colocar una mercancía tan averiada hay que desfigurarla, y ese es el final del artículo, que asegura que la libertad no es un derecho de cada uno de nosotros, sino que depende totalmente de la política: nuestro único papel es votar, y nada más. Benjamín Constant llamaba a eso la libertad de los antiguos, y defendía, en cambio, la de los modernos, que no estriba en participar en la política sino en que la política no usurpe los derechos individuales.

Doña Beatriz Talegón está enraizada en la antigüedad: el ciudadano participa, pero su libertad no trasciende esa participación, porque depende de la igualdad, no la igualdad ante la ley, sino la igualdad mediante la ley, la llamada "igualdad de oportunidades" que, por supuesto, es sólo comprensible como igualdad de resultados impuesta por el poder.

Para que quede más claro, doña Beatriz va y lo dice: su libertad sólo es "fruto de pactos sociales". Obviamente, si su libertad de usted no es suya sino fruto de un pacto social, otro pacto social se la puede arrebatar. Y se la arrebatará con tanta más facilidad si el Estado no debe proteger su libertad sino, como concluye doña Beatriz de manera impecable, su "bienestar".

http://www.carlosrodriguezbraun.com/

Mitos de la Tasa Tobin, el cuento intervencionista

“A Tobin Tax would trigger the destruction of entire sections of the French financial industry and severely damage the economy”. , Christian Noyer, gobernador del Banco de Francia.

“The European Tobin Tax is the biggest present made to the City of London” .

Esta semana, el Eurogrupo ha aprobado el impuesto a las transacciones financieras que se va a implementar a partir de 2015 en 11 de los 18 países de la zona euro. Y como explicaba Eduardo Segovia en su artículo “La ‘tasa Tobin’ amenaza con dejar a España sin mercados frente al poderío de la City”es un enorme error.

Pobre James Tobin, premio Nobel de Economía. Le han puesto su nombre a un impuesto que él jamás habría aprobado. En 2002, poco antes de morir, el economista denunció que los “activistas antiglobalización han secuestrado mi nombre” al pe­dir un impuesto a todas las transacciones, de mayor calado e in­tervencionismo que cualquier propuesta que él hiciera. Porque su tasa estaba orientada solamente a un punto específico: las transacciones en moneda para reducir volatilidad, y no a todo tipo de movimientos financieros. Por eso, por respeto al Nobel, yo le llamo la Tasa Tontín.

Es un impuesto inútil y poco recaudatorio, con más efectos negativos que positivos. Suecia ha decidido no implementarla y no es casualidad. Porque es el país que la sufrió de manera más negativa para todos sus ciudadanos. Pero sobre todo es un impuesto injusto que paga el ciudadano.

Los mayores mitos sobre la tasa a las transacciones financieras son:

  • “Penaliza a los grandes especuladores”. Falso. Penaliza a los inversores minoritarios. Al día siguiente de la implementación, las comisiones por operación que un fondo que gestione más de 50 millones de dólares pagará a sus brokers serán de 15 a 20 puntos básicos (5 a 10 si es un discount bróker, cada vez más numerosos). Por cada contrato de futuro del Ibex 35, por ejemplo, entre dos y tres euros. Sin embargo, el inversor minoritario, según Arturo Villa y confirmado por entidades financieras españolas, pagará por cada contrato de futuro de Ibex 35 quince euros, unos tres euros de comisión para el banco que facilita la operación, y 12 euros a Hacienda. ¿Por qué? Porque los grandes inversores o dejan de operar en el país que implementa la tasa o el impacto de la misma lo debe asumir el banco que le presta el servicio. Y ustedes dirán: “Que se implante en todo el mundo” o “que los bancos les pasen la tasa a sus clientes”. Pero no, porque la competencia es alta y siempre pueden acceder a otros que no cobren el impuesto. Mi fondo de inversión recibe servicio de 150 bancos e intermediarios. Ni uno solo va a trasladar el coste del impuesto a sus clientes, ante el riesgo de que se desplomen las transacciones en las bolsas (un impacto estimado del 20% en volúmenes, según Deutsche Börse).
  • “Va contra los especuladores que atacan a nuestra deuda”. Falso. Esos especuladores, a los que hoy llamamos inversores que atisban la recuperación, no se ven afectados porque los estados europeos –pillines- han hecho caso a los informes de todos los expertos y, sabiendo que tendría un impacto de 13.500 millones de euros mínimo en mayores primas de riesgo y coste de deuda, han decidido eliminar la tasa de las transacciones en deuda soberana. Que no les fastidien su ansia endeudadora.
  • La tasa sobre las transacciones financieras evita la especulación a corto plazo”. Falso. Los que llevan a cabo operaciones a corto plazo son menos del 30% del volumen total. Ni pagan la tasa, como explicaba antes, ni tienen un riesgo adicional porque se ajusta tanto en el coste de préstamo como en volumen. El inversor a corto plazo siempre ajusta sus operaciones a la liquidez diaria. Si ésta se desploma, solo cambia el volumen, no la  actividad. Es decir, si la tarta (liquidez diaria del índice del país) se reduce por el efecto de la tasa, solo cambia el volumen de su pedazo, y el efecto es el mismo. De hecho, he leído informes de la bolsa italiana o francesa que alertan sobre volatilidades muy superiores.
  • “Los malvados fondos extranjeros pagan sus acciones”. Falso. El peor efecto de la Tasa es el del impacto sobre la industria financiera local. Centenares de pequeños operadores y bancos, y hasta 125.000 profesionales (según FT) en Europa, perderán su negocio y puesto de trabajo por la imposibilidad de asumir el coste del impuesto en sus comisiones. La propia Comisión Europea afirmaba que “el impacto directo en el empleo se va a dar en el sector bancario por deslocalización y perdida de actividad” (18/2/2013). En la City de Londres, Wall Street, Hong Kong, Tokio o Singapur, sin embargo, están celebrando con champagne el tiro en el pie que se han dado los estados europeos, anticipando la cantidad de negocio que va a revertir a sus plazas escapando de Europa. Esto, celebrar la decisión de la UE, lo vi el jueves en Berkeley Square, no es una metáfora.
  • “Se recaudarán miles de millones”. Falso. Lo explico en “Viaje a la Libertad Economica”. En Suecia se recaudó 15 veces menos de lo previsto. Querían ingresar 1.500 millones de coronas, no llegó a 100 millones y, encima, cayó la recaudación por plusvalías. Sin embargo, los defensores de la tasa suelen argumentar que el caso sueco “es diferente”, que, como hemos visto tantas veces, es la mejor excusa para hacer lo “A Tobin Tax would trigger the destruction of entire sections of the French financial industry and severely damage the economy”. Christian Noyer, gobernador del Banco de Francia.

    “The European Tobin Tax is the biggest present made to the City of London” .

    Esta semana, el Eurogrupo ha aprobado el impuesto a las transacciones financieras que se va a implementar a partir de 2015 en 11 de los 18 países de la zona euro. Y como explicaba Eduardo Segovia en su artículo “La ‘tasa Tobin’ amenaza con dejar a España sin mercados frente al poderío de la City”es un enorme error.

    Pobre James Tobin, premio Nobel de Economía. Le han puesto su nombre a un impuesto que él jamás habría aprobado. En 2002, poco antes de morir, el economista denunció que los “activistas antiglobalización han secuestrado mi nombre” al pe­dir un impuesto a todas las transacciones, de mayor calado e in­tervencionismo que cualquier propuesta que él hiciera. Porque su tasa estaba orientada solamente a un punto específico: las transacciones en moneda para reducir volatilidad, y no a todo tipo de movimientos financieros. Por eso, por respeto al Nobel, yo le llamo la Tasa Tontín.

    Es un impuesto inútil y poco recaudatorio, con más efectos negativos que positivos. Suecia ha decidido no implementarla y no es casualidad. Porque es el país que la sufrió de manera más negativa para todos sus ciudadanos. Pero sobre todo es un impuesto injusto que paga el ciudadano.

    Los mayores mitos sobre la tasa a las transacciones financieras son:

    • “Penaliza a los grandes especuladores”. Falso. Penaliza a los inversores minoritarios. Al día siguiente de la implementación, las comisiones por operación que un fondo que gestione más de 50 millones de dólares pagará a sus brokers serán de 15 a 20 puntos básicos (5 a 10 si es un discount bróker, cada vez más numerosos). Por cada contrato de futuro del Ibex 35, por ejemplo, entre dos y tres euros. Sin embargo, el inversor minoritario, según Arturo Villa y confirmado por entidades financieras españolas, pagará por cada contrato de futuro de Ibex 35 quince euros, unos tres euros de comisión para el banco que facilita la operación, y 12 euros a Hacienda. ¿Por qué? Porque los grandes inversores o dejan de operar en el país que implementa la tasa o el impacto de la misma lo debe asumir el banco que le presta el servicio. Y ustedes dirán: “Que se implante en todo el mundo” o “que los bancos les pasen la tasa a sus clientes”. Pero no, porque la competencia es alta y siempre pueden acceder a otros que no cobren el impuesto. Mi fondo de inversión recibe servicio de 150 bancos e intermediarios. Ni uno solo va a trasladar el coste del impuesto a sus clientes, ante el riesgo de que se desplomen las transacciones en las bolsas (un impacto estimado del 20% en volúmenes, según Deutsche Börse).
    • “Va contra los especuladores que atacan a nuestra deuda”. Falso. Esos especuladores, a los que hoy llamamos inversores que atisban la recuperación, no se ven afectados porque los estados europeos –pillines- han hecho caso a los informes de todos los expertos y, sabiendo que tendría un impacto de 13.500 millones de euros mínimo en mayores primas de riesgo y coste de deuda, han decidido eliminar la tasa de las transacciones en deuda soberana. Que no les fastidien su ansia endeudadora.
    • La tasa sobre las transacciones financieras evita la especulación a corto plazo”. Falso. Los que llevan a cabo operaciones a corto plazo son menos del 30% del volumen total. Ni pagan la tasa, como explicaba antes, ni tienen un riesgo adicional porque se ajusta tanto en el coste de préstamo como en volumen. El inversor a corto plazo siempre ajusta sus operaciones a la liquidez diaria. Si ésta se desploma, solo cambia el volumen, no la  actividad. Es decir, si la tarta (liquidez diaria del índice del país) se reduce por el efecto de la tasa, solo cambia el volumen de su pedazo, y el efecto es el mismo. De hecho, he leído informes de la bolsa italiana o francesa que alertan sobre volatilidades muy superiores.
    • “Los malvados fondos extranjeros pagan sus acciones”. Falso. El peor efecto de la Tasa es el del impacto sobre la industria financiera local. Centenares de pequeños operadores y bancos, y hasta 125.000 profesionales (según FT) en Europa, perderán su negocio y puesto de trabajo por la imposibilidad de asumir el coste del impuesto en sus comisiones. La propia Comisión Europea afirmaba que “el impacto directo en el empleo se va a dar en el sector bancario por deslocalización y perdida de actividad” (18/2/2013). En la City de Londres, Wall Street, Hong Kong, Tokio o Singapur, sin embargo, están celebrando con champagne el tiro en el pie que se han dado los estados europeos, anticipando la cantidad de negocio que va a revertir a sus plazas escapando de Europa. Esto, celebrar la decisión de la UE, lo vi el jueves en Berkeley Square, no es una metáfora.
    • “Se recaudarán miles de millones”. Falso. Lo explico en “Viaje a la Libertad Economica”. En Suecia se recaudó 15 veces menos de lo previsto. Querían ingresar 1.500 millones de coronas, no llegó a 100 millones y, encima, cayó la recaudación por plusvalías. Sin embargo, los defensores de la tasa suelen argumentar que el caso sueco “es diferente”, que, como hemos visto tantas veces, es la mejor excusa para hacer lo mismo que no ha funcionado en otro lugar, con resultados igualmente desastro­sos. Según las estimaciones de la propia Comisión Europea, la recaudación sería mínima. Cuando dicen 35.000 millones es una cifra máxima estimada. Sin embargo, los países europeos perderían decenas de miles de millones más en sus sectores financieros por perdida de negocio y de empleos. En el caso español, que pretende recaudar 5.000 millones, y serán menos, ya lo verán, hasta 6.250 millones de euros anuales según estimaciones usando datos de Bolsas y Mercados (pérdida de volumenes del 20%) y de los grandes bancos. Incluso en el caso francés e italiano, los gobiernos admiten un efecto “prácticamente neutral” de sus impuestos a las transacciones financieras.
    • “La bolsa subirá al desaparecer los especuladores a corto plazo”. Ni baja ni sube. Como comento en “Viaje a la Libertad Económica”, el efecto negativo es sobre los volúmenes y la liquidez diaria, no predice subidas ni caídas. Podemos comprobar el impacto en Italia, donde se ha aplicado una tasa similar. En marzo de 2013, el Gobierno italiano aplicó un impuesto “limitado” a acciones, derivados y trading de alta velocidad. Como no podía ser de otra manera, a pesar de la implemen­tación gradual, el impacto fue muy severo. La caída de transacciones en la bolsa italiana fue del 9,1 % (datos de Borsa Italiana). En el mercado de acciones específicamente, la liquidez y las operaciones se desplomaron un 18%, poniendo en peligro las salidas a bolsa y opciones de captar capital de más de veinte empresas que planeaban acudir a los mercados. En Brasil fue inmediato. Imponer la tasa sobre las transacciones financieras y hundir contratación, salidas a bolsa y financiación de empresas.
    • “La economía financiera que nos metió en la crisis paga nuestra deuda”. Una recaudación “estimada” de 5.000 millones de euros, que se queda en nada después, como ocurrió en Suecia e Italia, en un país que se endeuda en 65.000 millones anuales ni reduce el déficit ni reduce la deuda. Si el impacto es negativo, como estimo, por pérdida de recaudación de impuestos de nuestro sector financiero y empleo, peor.

    Dice la Unión Europea que “para evitar que se deslocalicen a la City de Londres, los instrumentos financieros emitidos por los estados miembros serán gravados cuando sean objeto de negociación”. Es sinceramente increíble. Conocen a la perfección el impacto negativo de los ejemplos precedentes y se lanzan al “esta vez es distinto”. ¿Buscan que se hundan la cotizaciones como ocurrió en Brasil? Eso les da igual. Tampoco les importa que las empresas endeudadas, que han estado utilizando el mercado bursátil para recapitalizarse, se vean en dificultades. Pero sobre todo, saben que es inútil. Gravar en el momento de la negociación no reduce en nada los riesgos mencionados.

    La Tasa Tontín no es un impuesto al sector financiero. Es, como el IVA, como los impuestos verdes que les cuelan en todo lo que compran, otro impuesto indirecto que paga el ahorrador, el pensionista, el pequeño inversor. A nadie en la City o en Wall Street le va a afectar. Porque los fondos que van a llegar escapando de las plazas europeas pueden a ser muy significativos.  

    ¿Por qué lo sé? Porque siempre ha ocurrido. En todas las ocasiones en que se ha aplicado, el efecto positivo directo ha ido a las tres plazas financieras globales: Nueva York, Tokio y Londres. Es un cheque regalo a Wall Street de unos estados hiperendeudados que pretenden seguir rascando de cualquier bolsillo para mantener sus privilegios. Mientras les dicen que “atacan a la especulación”… con su dinero.

Honduras, ¿el Dubái de Centroamérica?

Hong Kong, Dubái, Luxemburgo, Singapur… Desde hace años, todos estos países o territorios encabezan las listas de los lugares más prósperos del mundo. No tienen demasiado en común. Algunos están entre dos grandes estados ricos (Francia y Alemania), mientras que otros están a miles de kilómetros del resto del primer mundo. Unos tienen recursos naturales (petróleo en el caso de los Emiratos Árabes), otros le han tenido que ganar terreno al mar para hacer hueco a su creciente población. Los hay que fueron colonias, aunque no de los mismos países. Y la mayoría eran pobres hace 60-70 años.

En realidad, su único punto en común parece ser su tamaño: son pequeños. Eso sí, desde que comenzaron a enriquecerse, también están entre los territorios más densamente poblados del mundo. Hong Kong, por ejemplo, tiene siete millones de habitantes (más o menos los mismos que Bulgaria) en apenas 1.000 kilómetros cuadrados (la mitad de la superficie de Guipúzcoa).

Eso sí, comparten algunas otras cosas además de su pequeña extensión: son economías libres, con un entorno institucional que favorece la creación de empresas, el desarrollo del talento y la atracción de inversiones.

Buscando esos territorios en un mapamundi, es curioso darse cuenta de que están más o menos repartidos por todo el globo, con una excepción: el continente americano. Sí, hay algunas islas caribeñas que podrían considerarse paraísos (o refugios, como dicen los anglosajones) fiscales. Pero no existe el equivalente a Hong Kong o Dubái, que no sólo atraen por sus beneficios fiscales, sino que se han convertido en un foco de inversión y en lugares clave como centros de negocio. Quizás, en parte, es porque no hay motivo: Nueva York, Chicago o Toronto ya ofrecen un entorno atractivo para las empresas del que a lo mejor se carecía en Asia.

Precisamente, en estos días, se está poniendo en marcha en Honduras uno de los proyectos más ilusionantes que se recuerdan en Hispanoamérica: las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE). La idea sería crear áreas especiales con un tratamiento fiscal, administrativo y legal particular. El objetivo es atraer inversiones, y hacer del pequeño país centroamericano el nuevo Dubai o Hong Kong.

En un momento en el que se está disparando el comercio entre los dos grandes vecinos ricos americanos (EEUU y Canadá) y los países en desarrollo del cono sur (Brasil, Colombia, Perú, Chile), las ZEDE quieren jugar su baza geográfica. Este jueves, uno de sus promotores, Mark Klugmann, estuvo en Madrid y Libre Mercado habló con él. Sobre este tipo de proyectos se ha especulado mucho en el pasado. Pero ahora parece que podrían hacerse realidad.

¿Cuándo?

Como apuntamos, se habla desde hace años de estas zonas de desarrollo económico. En su momento, se conocieron como "ciudades libres". Pero siempre, por una cosa o por otra, no acababan de salir adelante.

Ahora, Klugmann cree que ha llegado el momento para "este mismo año". "Hay mucho optimismo", asegura, el proyecto fue aprobado por "una mayoría muy grande y transversal [en el Congreso de Honduras], de 128 diputados, sacamos más de 100 votos. Se ha reformado la Constitución y se ha ratificado un tratado con Kuwait. Ya no sólo hablamos de legislación interna, hay también un elemento internacional".

De hecho, en febrero una delegación de empresarios coreanos estuvo en el país centroamericano visitando las posibles ubicaciones. La más probable parece estar en el suroeste del país, cerca del Golfo de Fonseca. Incluso, Klugmann, exasesor económico de Ronald Reagan, cree que podría ser sólo el inicio de un renacimiento regional: "El presidente Juan Orlando Hernández ha puesto este tema en la agencia regional de Centroamérica. La idea es que los países vecinos también tengan sus zonas especiales, que colaboren entre ellas".

¿Cómo?

Ciudades libres, paraísos libertarios… El futuro de estas zonas ha sido siempre objeto de muchas elucubraciones, en parte por la novedad. Sus promotores creen que serán mucho más terrenales de lo que algunos creen. Escuchando a Klugmann, uno se hace una idea de un territorio a medio camino entre Hong Kong y el Dubai International Financial Centre. Es decir, un lugar con cierta autonomía en lo que hace referencia a las normas empresariales (fiscalidad, mercado laboral, tribunales, administración…), pero que en todo lo demás sigue siendo parte de un Estado soberano.

"Hong Kong es un caso interesante", explica Klugmann, "existe dentro del espacio soberano de la República Popular de China. Pero si quieres invertir allí, no es necesario que entiendas o conozcas el marco jurídico de la República Popular China. En realidad, hay un sistema jurídico que opera bajo el common law (derecho anglosajón), incluso los jueces que hay allí son jueces internacionales, que vienen de otros países. Esto permite al inversor la tranquilidad de que no habrá una fuerza política nacional superior que pueda favorecer un interés sobre otro. Tiene la confianza de que habrá un sistema para resolver disputas (defender contratos, proteger derechos de propiedad, mantener estables las reglas de juego)".

En el caso de Dubái, su emir "quiso crear una zona financiera y pensó que sólo con la pata económica (aranceles, impuestos, normas laborales, reglamentos,…) no iba a ser suficiente. Por eso, en 2006, estableció un elemento muy fuerte institucional-legal: tribunales, jueces, cultura judicial… Lo que hizo es decir: ‘En esta zona no habrá leyes ni jueces nacionales, habrá un sistema anglosajón’. Contrató a magistrados muy distinguidos de Singapur, Nueva Zelanda, Gran Bretaña".

¿Qué son las ZEDE?

Como apuntamos, las facilidades económicas para los inversores y un sistema legal estable son dos aspectos fundamentales. Pero los promotores de las ZEDE aseguran que el proyecto no estaría completo sin las otras dos patas de la silla, la administrativa y la política.

Klugmann defiende que "la pata administrativa también es de importancia fundamental. En la práctica es la diferencia entre lo que está escrito y lo que de verdad ocurre. Es un poder ejecutivo eficiente y transparente. Por ejemplo, en Hong Kong uno trata con el servicio civil, que tiene normas y cultura del Civil Service inglés. En Singapur, hay un poder ejecutivo con el que uno siente que no envejecerá mientras espera a la burocracia. Hay países donde el efecto de tratar con el poder ejecutivo es lento, burocrático, corrupto… En otros países, tienen grandes problemas de inseguridad u orden público. Problemas en la parte policial, no sólo en la jurídica".

Por último está la pata de la "estabilidad y la transparencia políticas". Ésta quizás sea la gran duda del proyecto. Ahora mismo, el Gobierno hondureño está muy implicado, pero quién asegura que en un futuro no logre el poder un populista que intente expropiar o controlar las ZEDE.

Klugmann apuesta por dos caminos para evitar este peligro. Por una parte, los tratados internacionales en los que estará implicado el estado hondureño y que protegerán a las empresas. Además, recuerda los altos porcentajes de apoyo que obtuvo en el Congreso del país la creación de esta zona. Y los promotores creen que una vez que esté en marcha y generando riqueza, será muy difícil que nadie lo detenga. Eso sí, es consciente de que sin esta estabilidad, nada será posible.

"El inversor quiere saber si todo va a cambiar después de la siguiente elección. Por ejemplo, en Suiza uno puede invertir en un proyecto sin tener angustia sobre lo que pasará con las elecciones. La estabilidad en el modelo y las garantías de que estará protegido del populismo son muy importantes".

¿Sin impuestos?

Cada vez que se habla de las ZEDE, lo primero que viene a la cabeza es un paraíso tributario, con tipos cercanos al 0% para empresas y residentes. Pero no es esto lo que han diseñado sus promotores.

Sí, habrá una baja fiscalidad, pero Klugmann asegura que su mayor atractivo no será éste: "Lo interesante es que la gran mayoría del capital productivo del mundo no está en zonas libres de impuestos. Parece una paradoja. El gran instrumento de los países en desarrollo para atraer inversión es decir ‘aquí no tiene que pagar impuestos’. Hay 3.500 zonas en todo el mundo libres de impuestos. Pero las grandes inversiones están en EEUU, Canadá, Suiza, Suecia, Singapur…"

Para explicar esta situación, pone un ejemplo muy gráfico: "Imagine un mundo en el que la única forma en la que compiten los restaurantes sea por el precio. En ese modelo, el límite sería un restaurante con la comida gratuita. Pero no sería el modelo dominante, porque en un restaurante de comida gratuita la comida sería mala, la atención lenta, las mesas sucias… Mientras, al lado, abrirán otro restaurante que pondrá una comida tan deliciosa y un servicio tan bueno que la gente estaría dispuesta a pagar. En el mundo real, se compite por calidad. Aunque claro, debe haber precios conforme a lo que está ofreciendo".

En lo que tiene que ver con las inversiones, Klugmann recalca que lo fundamental para una empresa es la seguridad jurídica (que no es incompatible, por supuesto, con un sistema fiscal muy atractivo).

"Si una empresa está pensando en hacer una inversión de 100 millones, su mayor riesgo es perderlo todo por una expropiación, por problemas jurídicos, etc… En ese contexto, imaginemos un impuesto del 10% sobre mis ganancias, que son de 10 millones al año. Sí, yo pierdo 1 millón cada año, pero estoy asegurando la inversión inicial de 100 millones. Es preferible esto, a cambio de estabilidad, instituciones sólidas, un buen sistema jurídico, etc… Imaginemos que le decimos a un inversor: ‘No va a pagar impuestos, pero no le damos seguridad’. Eso es lo que le garantizamos en la ZEDE: un sistema legal que conoce, seguridad, estabilidad política, jueces… Y también un modelo económico y fiscal muy atractivo".

¿Qué pasó con los superricos de 1987?

Son muchos quienes tienen una visión estática de la riqueza y caen en el error de considerar que, cuando una persona se convierte en rico, él y sus herederos serán ricos —y cada vez más ricos— para siempre. Sin ir más lejos, el economista de moda, Thomas Piketty, trata de demostrar en su deliciosamente equivocada obra, Capital en el siglo 21, que es muy probable que exista una tendencia dentro del capitalismo a que la rentabilidad del capital se sitúe por encima de la tasa de crecimiento de la economía, de manera que la clase capitalista irá acumulando cada vez una porción creciente de la renta nacional, agravando las desigualdades sociales.

Todavía peor: Piketty también ve probable que los más ricos dentro de la clase capitalista tengan mayores facilidades para obtener una tasa de retorno superior a la de los capitalistas de menor dimensión, con lo que el curso natural dentro del capitalismo será a que los superricos (y sus herederos) se queden con porciones crecientes de la riqueza total. Con tal de demostrar su punto, Piketty echa mano de la revista de billonarios elaborada anualmente por Forbes: si uno agrega la riqueza de la cienmillonésima parte de la población mundial adulta en 1987 (las 30 personas más ricas del mundo) y la compara con la riqueza de la cienmillonésima parte de la población mundial adulta en 2010 (las 45 personas más ricas del mundo), llegará  a la conclusión de que ésta ha crecido a una tasa media real del 6,8% (descontando ya la inflación): el triple que el crecimiento anual medio del conjunto de la riqueza mundial (2,1%).

Los superricos, pues, son cada vez más superricos según Piketty, y no porque se lo merezcan merced a su exitosa gestión empresarial, sino simplemente por haber acumulado una enorme cantidad de riqueza capaz de autorreproducirse en modo de piloto automático. Tal como dice Piketty: “Una de las lecciones más impactantes del ranking de Forbes es que, superado un cierto umbral de riqueza, todas las grandes fortunas, hayan tenido su origen en la herencia o en la empresa, crecen a tasas extremadamente elevadas, con independencia de si su propietario trabaja o no trabaja”.

Sin embargo, Piketty da un salto lógico inadmisible: que la riqueza del estrato más rico de la sociedad haya crecido a una tasa de retorno anual media del 6,8% entre 1987 y 2010 no significa que las personas ricas de 1987 sean las mismas que las de 2010. Por ejemplo, si el sujeto A es en 1987 la persona más rica del mundo con 20.000 millones de dólares, podría suceder que en 2010 esa persona A se haya arruinado por completo y que otro sujeto B sea, en ese momento, la persona más rica del mundo con 40.000 millones. ¿Concluiríamos a partir de ese hecho que la conservación y acrecentamiento de la riqueza es un proceso simple y automático que no requiere de ninguna destreza personal por parte del propietario? Evidentemente no.

Por suerte, no hay necesidad alguna de lanzar hipótesis teóricas sobre el crecimiento de la riqueza de los superricos entre 1987 y la actualidad ya que podemos, simplemente, estudiar qué ha sucedido con los superricos de 1987. ¿Su riqueza ha crecido desde entonces a un 6,8% anual, como afirma Piketty, o se ha estancado e incluso retrocedido, habiendo sido desplazados por otros creadores de riqueza?

Los diez hombres más ricos del mundo en 1987

En 1987, la revista Forbes comenzó a elaborar su lista de billonariosSi le echa un vistazo casi tres décadas después, probablemente se sorprenda de no conocer a casi nadie. Y no, la razón esencial no es que muchos de ellos ya hayan muerto, sino que prácticamente todos ellos han visto mermar su patrimonio de un modo muy considerable.

Comencemos por el hombre más rico del mundo en 1987: el japonés Yoshiaki Tsutsumi, con una fortuna estimada de 20.000 millones dólares. La última vez que apareció en la lista de Forbes fue en el año 2006 y su riqueza se había hundido a 1.200 millones de dólares, que descontando la inflación equivalían a 678 millones. Desde entonces su fortuna ha seguido en declive y ya ni siquiera figura en la lista de Forbes. Pero, tomando como referencia el último valor conocido (678 millones de poder adquisitivo similar al de 1987), tendríamos que su riqueza se habría hundido un 96% desde 1987: según Piketty, debería haberse multiplicado por seis.

Sigamos con otro japonés, Taikichiro Mori, el segundo hombre más rico del mundo en 1987. En aquel entonces amasaba una fortuna de 15.000 millones que le llevaron a convertirse en 1991 en el hombre más rico del mundo, superando a Tsutsumi. Taikichiro Mori falleció en 1993 y legó su fortuna a dos sus dos hijos: Minoru Mori y Akira Mori. El patrimonio combinado de ambos a día de hoy es de 6.300 millones de dólares, equivalentes a 3.075 millones de dólares de 1987: un hundimiento del 80% de su riqueza.

No he sido capaz de encontrar datos referidos a la fortuna actual de los hombres (o de sus herederos) que ocupaban el tercer y cuarto puesto de la lista, Shigeru Kobayashi y Haruhiko Yoshimoto, con unas fortunas de 7.500 y 7.000 millones de dólares respectivamente. Pero el hecho de que estuvieran plenamente invertidos en el sector inmobiliario japonés en 1987 y que apenas exista rastro alguno de ellos (o de sus familias) por internet, parece sugerir que no habrán seguido mucha mejor suerte que Tsutsumi y Mori.

El quinto lugar de la lista lo ocupaba en 1987 Salim Ahmed Bin Mahfouz, cambista profesional y creador del mayor banco de Arabia Saudí (National Commercial Bank of Arabia Saudi). En aquel entonces gozaba de una fortuna de 6.200 millones de dólares. En 2009 falleció su heredero, Khalid bin Mahfouz, con una riqueza de 3.200 millones, equivalentes a 1.700 millones de 1987; esto es, un empobrecimiento del 72,5%.

En el sexto puesto nos encontrábamos con los hermanos Hans y Gad Rausing, dueños de la multinacional sueca Tetra Pak: entre los dos contaban con un patrimonio de 6.000 millones de dólares. En la actualidad, Hans Rausing, de 92 años de edad, posee un patrimonio de 12.000 millones de dólares (y ocupa el puesto 92 entre los más ricos del mundo); Gad murió en el año 2000, pero se estima que sus herederos amasan una fortuna de 13.000 millones de dólares. En total, pues, han pasado de 6.000 millones de dólares a 25.000. Eliminando la inflación, empero, sucede que el enriquecimiento ha sido bastante menor: de 6.000 millones a 12.200, lo que equivale a una tasa de rentabilidad media anual del 2,7%. Muy alejada del 6,8% que sugería Piketty.

En el séptimo lugar estaba un trío de hermanos: los hermanos Reichmann, propietarios de Olympia and York, uno de los mayores promotores inmobiliarios del mundo. Su riqueza también se estimaba en 6.000 millones de dólares, pero cinco años después protagonizaron una de las bancarrotas más sonadas de la historia, lo que dejó reducido su patrimonio a 100 millones de dólares. Uno de los hermanos, Paul, consiguió recuperarse de las cenizas y hoy la riqueza de sus herederos se estima en unos 2.000 millones de dólares, equivalentes a 975 millones de 1987: es decir, unas pérdidas del 84%.

El octavo escalón estaba tomado por otro japonés, Yohachiro Iwasaki, con una fortuna de 5.600 millones. Su heredero, Fukuzo Iwasaki, murió en 2012 con un patrimonio de 5.700 millones, equivalentes a 2.800 millones de 1987: es decir, unas pérdidas patrimoniales del 50%.

Mucha mejor suerte corrió el noveno hombre más rico del mundo de 1987: el canadiense Kenneth Roy Thomson, propietario de Thomson Corporation (hoy parte del grupo Thomson Reuters). En aquel momento disfrutaba de un patrimonio de 5.400 millones de dólares y, cuando murió en 2006, había conseguido incrementarlo hasta 17.900 millones, equivalentes a 9.300 millones de 1987. En este caso, su tasa de retorno media anual ascendió al 2,9%: de nuevo, muy alejada del 6,8% certificada por Piketty.

Por último, nos encontrábamos con Keizo Saji, con un patrimonio de 4.000 millones de dólares. Saji murió en 1999 con una fortuna de 6.700 millones de dólares, lo que descontando la inflación del período los habría dejado en 4.600 millones: esto es, una tasa de retorno media anual del 1,1%.

La muy complicada conservación del capital

En contra de lo que muchos suelen imaginar y de lo que Thomas Piketty pretende demostrar, no es nada sencillo conservar tu patrimonio en una economía de mercado: éste siempre se halla al albur de las cambiantes preferencias de los consumidores, de la aparición de nuevos competidores que puedan terminar desplazándote o del posible recalentamiento (y ulterior colapso) del precio de los activos. Es falso que exista un umbral a partir del cual la acumulación de capital opere de un modo cuasi-automático.

Al contrario, cuanto mayor sea el patrimonio personal de un individuo más complicado le resulta rentabilizarlo: las oportunidades para reinvertir a altas tasas de retorno todo su capital son muy escasas a menos que se quiera dar el salto a otros mercados en los que normalmente no se tiene ninguna ventaja competitiva. Las mismas razones que llevan a un Estado grande a ser un pésimo gestor de capitales sirven para explicar por qué losbillonarios se van quedando sin ideas y facultades para gestionar su fortuna… hasta el punto de que no son capaces de reinventarse continuamente y terminan viendo sus haciendas diezmadas. No en vano, la sabiduría popular a este respecto vale más que las elucubraciones de muchos economistas miopes: from shirtsleeves to shirtsleeves in three generations. Hoy, de hecho, ni siquiera se necesitan tres generaciones, bastan tres décadas para perderlo casi todo.

En 2013, los apellidos Tsutsumi, Mori, Reichmann, Iwasaki o Saji son casi irrelevantes. Asimismo, en 1987, muchos de los hombres más ricos del mundo a día de hoy —Bill GatesAmancio OrtegaLarry EllisonJeff BezosLarry PageSergey Brin o Mark Zuckerberg— o estaban trabajando en un garaje, o estudiando en bachillerato, o jugando en el jardín de infancia. Veremos cuántos de ellos siguen en la lista dentro de tres décadas y qué otros geniales creadores de riqueza habrán entrado en ella.

La paradoja del intervencionismo

Posiblemente hayan oído hablar ustedes del gato de Schrödinger. Físico austriaco y premio nobel de 1933, Erwin Schrödinger contribuyó significativamente al estudio de la termodinámica y, sobre todo, de la mecánica cuántica. En 1935, para exponer una de las paradojas de la física cuántica, concibió su famoso experimento mental, consistente en encerrar un gato en una caja con un dispositivo radiactivo que tenía 50% de probabilidades de matar al gato en un tiempo dado. Según las leyes cuánticas, el felino está vivo y muerto a la vez, paradoja que sólo puede ser resuelta por un observador abriendo la caja y verificando la salud de la mascota de Schrödinger. Pues bien, similares contradicciones se dan con las teorías económicas y políticas que defienden el intervencionismo.

Y es que, el socialismo, o el intervencionismo si lo prefieren, entendido no como una opción electoral concreta, sino como una forma de entender al individuo, la sociedad y la economía que es común a todos los partidos con representación parlamentaria, adolece de serias e insolubles contradicciones.

Una de ellas es la que puso de manifiesto Ludwig von Mises en su teorema de la imposibilidad del socialismo al inicio de la década de 1920 del siglo pasado y que ha sido actualizada por Jesús Huerta de Soto hace unos pocos años. Esta crítica, demoledora por su lógica aplastante, se centra en la información que los agentes económicos utilizan para tomar sus decisiones –cálculo económico– y que, a su vez, generan como resultado de su propia actuación. Al optar por comprar o no comprar un bien y hacerlo a un determinado precio, estamos generando información que otros individuos utilizarán para decidir si producir más unidades de ese bien, modificar el precio, ajustar costes, dedicarse a otro negocio, comprar otro producto, etc.

Y es que, al intervenir el Estado en la actividad económica intentando planificarla u orientarla en un sentido determinado, lo único que consigue es cortocircuitar el mecanismo que genera la información que necesita para, precisamente, planificar la consecución de sus fines –que pueden ser todo lo bienintencionados que ustedes quieran–. De aquí se demuestra que no es posible intervenir en la economía y, a la vez, lograr el objetivo buscado. Los gobernantes carecen de la información requerida para ello porque han destruido la fuente de la misma, que es el libre ejercicio de la función empresarial. Esta es, de forma muy estilizada, la explicación de por qué el ideal intervencionista es teóricamente imposible.

En una sociedad tan compleja como la moderna, es impracticable que sea el pueblo el encargado de realizar los cálculos necesarios para intervenir en el sentido deseado, por tanto, dicha tarea ha de encomendarse a un reducido grupo de economistas, ingenieros y abogados que, con todas sus buenas intenciones, serán incapaces de recoger, procesar y aplicar toda la información requerida. El necesario fracaso en la consecución de los objetivos conducirá al público a pensar que se debe al insuficiente poder del Estado frente al continuo sabotaje de eso que llaman “los mercados”. De ahí que demanden más Estado, profundizándose en la espiral intervencionista.

De algún modo, este es el razonamiento que subyace en la tesis central de la obra de Friedrich HayekCamino de servidumbre, según la cual el intento de planificación económica, con independencia de que sea más intensa o más leve, conduce necesariamente hacia la pérdida de la libertad individual y, en última instancia, al totalitarismo.

Pero existe otra contradicción lógica en la justificación de la necesidad de intervención estatal en el ámbito tanto económico como político. Permítanme que les presente el razonamiento de forma ordenada:

(1) El intervencionista, sea de corte progresista o conservador, reclama que el Estado intervenga en la sociedad y en las decisiones que tomamos quienes formamos parte de ella porque considera demostrado que el humano es un ser egoísta y poco dado a mirar por el bien de los demás. Esto es, si le dejamos a su libre albedrío, tenderá a aprovecharse de sus congéneres, engañándoles siempre que pueda para sacar el máximo provecho económico y así medrar a costa del prójimo. Dar libertad sería como dejar que imperase la ley de la selva, el pez grande se come al pequeño, unos ganan lo que otros pierden, etc.

(2) Por ello, el defensor del intervencionismo piensa que el Estado ha de intervenir para corregir la maldad intrínseca del hombre. Sólo si desde los poderes públicos se controlan, regulan y se pone coto a los desmanes individualistas del ser humano cuando es libre, se podrá construir una sociedad que progrese igualitariamente. Es por eso que valoran tanto el papel del Robin Hood moderno, que, en lugar de hacer un uso virtuoso del arco y la flecha, se trastoca en el mismísimo sheriff de Sherwood para, a golpe de BOE, quitárselo a la clase media para favorecer a los ricos y poderosos mientras aparenta que da a los pobres.

(3) Aceptar los dos postulados anteriores implica asumir asimismo que el Estado no está formado por ángeles asexuados, de bondad infinita y sin un rastro de codicia en su ADN. Antes bien, lo componen políticos y burócratas que son personas de carne y hueso. Seres humanos que, en principio, están hechos del mismo material genético que los que les he descrito en (1). ¿Creen ustedes que deberían estar excluidos de dicha afirmación? ¿Acaso borra el acta de diputado el egoísmo en cuanto se recoge y se sienta uno en su escaño? ¿Creen que desaparece esa maldad intrínseca en el momento que se toma posesión de un cargo público?

(4) Ustedes podrían decirme que el proceso democrático garantiza que se escogen a los mejores. ¿Están seguros? Piensen en su político favorito antes de responder –a mí, por ejemplo, me gusta pensar en Cristóbal Taxman Montoro cuando tengo esa tentación–. O pregúntenles a los que en las últimas elecciones votaron al partido que hoy está en la oposición. No, no hay ningún motivo que nos permita pensar que el procedimiento del sufragio universal asegura la elección de los mejores candidatos, sino de los más hábiles para atraer votantes. En todo caso, aceptemos a efectos dialécticos que el sistema democrático es válido para filtrar y escoger a las personas más honradas, inteligentes, altruistas, generosas, trabajadoras y comprometidas con la sociedad.

(5) Adicionalmente, aceptar los postulados (1) y (2) implica admitir también que los votantes, como humanos libres, somos seres egoístas y codiciosos, criminales en potencia y faltos de sensibilidad ante el sufrimiento humano. Díganme, ¿por qué las personas que formamos el electorado, justo en el momento de ir a votar y sólo durante el instante que escogemos la papeleta y la depositamos en la urna, nos transformamos en seres seráficos y altruistas capaces de dejar a un lado nuestros intereses, nuestras filias y nuestras fobias, y votamos lo que pensamos que es mejor para la sociedad en su conjunto y no lo que es mejor para nosotros mismos? ¿Cómo es posible que seres egoístas y malvados sepan y quieran reconocer el altruismo y la bondad al votar?

En resumen, el argumento intervencionista aduce que, como el hombre es codicioso, hay que ponerle límites y regular su actividad. Pero los que crean las leyes y las hacen cumplir son personas, hechas del mismo material genético de aquellos quienes les eligen, sus mismos congéneres egoístas y desconsiderados. ¿Cómo se soluciona esta contradicción? ¿Puede estar el gato de Schrödinger vivo y muerto a la vez? Esta contradicción se resuelve con libertad.

(*) Ludwig von Mises, El socialismo. Análisis económico y sociológico, Unión Editorial

(**) Jesús Huerta de Soto, Socialismo, cálculo económico y función empresarial, Unión Editorial

(***) Friedrich A. Hayek, Camino de servidumbre, Alianza Editorial

La noche de las preferentes con el ciudadano Isidoro

Cuatro y La Sexta dedicaron ayer su celebración dominical a los recientes escándalos que han socavado nuestro sistema financiero, "el mejor del mundo" según aseguraron en su día Solbes y ZP. El programa de Risto Mejide en Cuatro contó con la presencia del juez Elpidio Silva, suspendido del cargo por su intervención en el caso Bankia, mientras que en La Sexta fue Ana Pastor la encargada de dar la réplica sacando a la palestra el escándalo de las participaciones preferentes con un invitado de excepción. Mejor dicho, dos: el ciudadano Isidoro, preferentista jubilado, y el exdirector de la sucursal de Cajamadrid en Linares, Antonio Gómez, que también tenía cosas que decir.

Isidoro es un pensionista con un capital acumulado a lo largo de su vida laboral de unos 120.000 euros que, en lugar de dedicarlo a montar un negocio con fines sociales o repartirlo directamente entre las ONG de máximo progreso, decidió invertir en productos financieros para optimizar al máximo su rentabilidad. Es lo que los progres, antes del escándalo de las Cajas de Ahorro, llamaban un "especulador". Ahora, en cambio, las personas en la situación de Isidoro son "ancianos estafados por los bancos gracias a la derecha", a pesar de que el culpable de que este producto tóxico se comercializara fue el gobernador del Banco de España nombrado por un gobierno de izquierdas, las cajas que lo colocaron (no los bancos) eran de todos los colores del espectro político y la derecha llegó al poder cuando el escándalo ya estaba en todo su esplendor. Tres detalles que los medios de comunicación progresistas olvidan metódicamente cuando tratan este asunto y que ayer Ana Pastor no consideró tampoco necesario aclarar.

Pero más allá de la caprichosa manera de adjetivar de los progres según sus prejuicios ideológicos y las circunstancias de cada momento, pocas dudas caben de que el invitado de Ana Pastor, Isidoro, fue sorprendido en su buena fe al confiar en lo que le contaban en la sucursal en la que tenía sus ahorros depositados. Los riesgos de las participaciones preferentes eran excesivos para ese perfil inversor, está claro, pero es que los propios directores de las sucursales tampoco parece que tuvieran una idea cabal de lo que estaban vendiendo a tenor de lo que contó el segundo invitado de Pastor. Antonio, director de una sucursal de Cajamadrid, explicó que los directores se limitaban a repetir a los clientes el rollazo que los jefes de zona les endilgaban en reuniones periódicas, con lo que queda claro que la mala costumbre de no leer lo que se firma en España tiene un carácter transversal. 

El ciudadano Isidoro está muy cabreado y con razón, aunque probablemente no tanto como Ana Pastor, a la que estas injusticias irritan especialmente. Tanto que a veces se le pasa explicar que la ruina de las Cajas de Ahorro, el escándalo de las preferentes y los desahucios de morosos hipotecarios surgieron cuando nuestro gobierno no era reaccionario como ahora, sino de mucho progreso. O lo aclara en futuros programas o algunos de sus más fieles seguidores podríamos comenzar a cuestionarnos su imparcialidad.