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La legislatura ha terminado, la crisis continúa

No voy a ser yo quien minimice la extrema gravedad de la situación económica que se encontró el PP cuando llegó al poder, hace hoy justo dos años. Nuestro país parecía irremisiblemente condenado a quebrar e incluso a salir del euro debido a la explosiva combinación de tres burbujas cuya hinchazón se había venido gestando dese 2001 y cuya explosión se había retrasado en gran medida hasta 2012.

La primera de esas tres burbujas era la financiera: durante largos años nuestros bancos y cajas sobreexpandieron el crédito hacia nuestra economía, gracias a la financiación barata que les proporcionaba el BCE. La segunda era la productiva: el crédito barato de la banca distorsionó por entero nuestro modelo productivo, escorándolo hacia el infladísimo ladrillo. Y la tercera fue la estatal: los ingresos extraordinarios del Fisco engordaron tanto durante los años de falsa bonanza que nuestros políticos se permitieron consolidar unos niveles disparatados de gasto público.

Todos los problemas de la economía española se reconducen a estos tres desequilibrios: banca descapitalizada, desempleo y quiebras en masa, déficit público desbocado. Tres problemas que tanto dentro (votantes) como fuera (votantes financieros: inversores) se esperaba el Partido Popular resolviera tan pronto como desplazara a Zapatero, devolviendo así España a la senda de la estabilidad. La tarea no era sencilla, pero sí política y éticamente exigible: recapitalizar la banca a costa de sus acreedores y no del contribuyente, liberalizar completamente la economía (en especial, el mercado de trabajo y el energético) y acelerar la reducción del déficit público mediante un recorte del gasto centrado en la reforma en profundidad del mal llamado Estado de Bienestar.

Pero, para sorpresa de muchos, y no tanto para la de otros, el PP apenas movió ficha durante sus primeros meses en el Gobierno: De Guindos impuso diversas provisiones a los bancos que no explicó cómo iban a poder cubrir; la reforma laboral se quedó a medio camino y el resto de vitales reformas (como la energética) ni se llegaron a plantear; y los presupuestos de 2012 no sólo se retrasaron por razones electoralistas hasta pasadas las autonómicas andaluzas, sino que apenas contuvieron recortes del gasto; sí incluían, en cambio, salvajes subidas de impuestos.

Fiasco gubernamental que se plasmó en decepción interna y externa: los votantes no pudieron retirar a posteriori su confianza a Rajoy, pero los inversores en deuda española sí pudieron hacerlo… y lo hicieron. Pocos meses después de que el PP llegara al poder, la desbandada no tuvo precedentes: convencidos de que, por culpa de la inepcia socialdemócrata del PP, España iba inexorablemente a quebrar –déficit público por las nubes, banca insolvente y paro avanzando hacia los seis millones–, nadie deseaba estar expuesto a nuestra ruina: los mercados financieros se secaron y el coste de nuestra financiación estalló.

Pero a mediados de 2012 a Rajoy se le aparecieron dos ángeles: uno en forma de crédito extraordinario de Bruselas para poder recapitalizar los bancos españoles a costa de todos los contribuyentes; el otro, y verdaderamente decisivo, exhalado por Mario Draghi al anunciar urbi et orbi que haría "todo lo necesario" para evitar que el euro se descompusiera por los eslabones español e italiano. En el fondo, pues, el banquero central mutualizó la deuda española e italiana con la alemana, permitiendo aplazar el día de autos. Insisto: quien aplazó la bancarrota fue Draghi, no Rajoy y su equipo.

Desde entonces, los sustos mortales han desaparecido de la economía española: la prima de riesgo ha caído a la mitad; el crédito vuelve a fluir hacia nuestros bancos; la inversión extranjera, que había huido en 2012, regresa algo más confiada en 2013; el sector privado ha dejado de destruir empleo abriéndose hacia el exterior, incluso puede que se expanda tímidamente. Brotes verdes por doquier. Salir del atolladero ya es sólo cuestión de tiempo, pues todas las bases para la recuperación están sembradas gracias a la diligente política económica del Gobierno. ¿O no?

Fragilidad

Partamos de un hecho tan deplorable como incontestable: la legislatura popular ya ha terminado. Todo aquello que tenían que ofrecer –bueno, malo, peor y pésimo– ya ha sido desplegado. A unos meses de las europeas, a año y medio de las autonómicas y municipales y a dos años de las generales, ningún político va a sacrificar su poltrona en aras del bien común. Sólo queda aguantar y ver. Por desgracia, para poder ver algo sustancialmente distinto a lo que vimos (y padecimos) en el pasado, nuestros desequilibrios fundamentales deberían haberse corregido y no lo han hecho.

¿La burbuja financiera? A pesar de las varias decenas de miles de millones de euros que los contribuyentes españoles hemos insuflado, coaccionados, en las cajas, el problema está lejos de haberse solventado: la morosidad sigue en aumento (ya no solo se concentra en la construcción) y el precio de la vivienda continúa en caída libre, erosionando el valor de los colaterales en disposición de la banca. Ciertamente, las entidades financieras están hoy mucho mejor que hace un año, pero dentro de dos o tres años puede estar peor que antes del rescate.

¿La burbuja productiva? Es cierto que nuestro aparato productivo se está readaptando lenta pero adecuadamente: estamos abandonando un modelo insostenible basado en el endeudamiento externo para alimentar el consumo interno y virando hacia otro basado en la exportación para amortizar nuestras deudas exteriores. El problema es que esta reestructuración, que por necesidad debía tomar bastante tiempo, se está prolongado exasperantemente: el sector privado continúa muy endeudado (aunque cada vez menos) y constituye un clamor generalizado la ausencia de financiación para sufragar nuevas inversiones en nuevos productos y en nuevos mercados. Falta libertad y ahorro (que no crédito) para acelerar este imprescindible proceso, pero el PP se ha limitado a consolidar o reforzar la mayoría de regulaciones y a saquear tributariamente al sector privado para evitar pinchar la burbuja estatal.

¿Y la burbuja estatal? Pese a los timoratos recortes del gasto y a las sangrantes subidas de impuestos, continúa tan adiposa como siempre. Si Zapatero redujo el déficit del 11 al 9%, Rajoy lo ha bajado del 9 y al 7. Ahí queda todo. Pírrica proeza que nos condena a terminar 2014 con una deuda pública por encima del 100% del PIB y, lo que es peor, con un déficit que continuará disparado por culpa de un sector público sobredimensionado que, paradójicamente, todos los partidos tachan de raquítico y se afanan en prometer incrementar.

Combinen el estancamiento con el sobreendeudamiento y obtendrán una imagen atinada de la situación: fragilidad. Según las previsiones del propio Gobierno, al terminar la legislatura el PIB y el empleo serán más bajos que al comenzar; la atonía de la recuperación broteverdista habla por sí sola. Esto es lo que tenemos: deudas que siguen acumulándose (sobre todo en el sector público) y riqueza que no llega a crearse para poder reembolsar aquéllas con holgura. Hemos salido (o mejor, nos han sacado) una vez de la suspensión de pagos, pero no hay nada que nos impida regresar a ella; máxime, con dos años electorales y electoralistas por delante, en los que las bancadas liberticidas que pueblan nuestro Congreso (todas) se pelearán por ver quién sube más el gasto y los impuestos, es decir, por ver quién machaca más al sector privado para seguir cebando al público.

La irresponsabilidad broteverdista

Llegados a este punto, toca hacer balance: ¿ha tenido éxito el PP? Si medimos el éxito por haber evitado hasta el momento la bancarrota del país, sin duda alguna lo ha tenido. El mismo éxito que podría haber tenido Zapatero de haber continuado en el poder y de haber recibido el espaldarazo de Draghi. Si, en cambio, medimos el éxito de la política económica del PP por cómo ha contribuido a apuntalar una recuperación saludable, resistente y duradera, su fracaso ha sido rotundo. Hasta la fecha, su política económica se ha centrado en rescatar a la banca y a las Administraciones Públicas a costa de familias y empresas, pero ni banca ni, sobre todo, Administraciones Públicas han completo su saneamiento: al contrario, siguen exhibiendo preocupantes y, en algunos casos, crecientes desequilibrios.

Como sucede con los parásitos, todas las esperanzas del PP están puestas en que el sector privado experimente una recuperación tan vigorosa que le permita seguir sangrándolo para tapar los agujeros presentes y futuros de los sectores público y financiero. Mas el sector privado lo tiene muy complicado para crecer en un contexto de impuestos desproporcionados, regulaciones multiplicadas y ahorro escaso. Si no opera el milagro, las cuentas de la lechera no le saldrán al Gobierno, y, si no le salen, la fragilidad actual se disolverá en dudas y pánico… a menos que se tomen adicionales medidas mucho más impopulares que las adoptadas hasta la fecha y que vayan más allá de lo meramente cosmético y propagandístico (reducción nominal de las pensiones, parálisis de toda obra pública, despido más amplio de empleados públicos y nueva rebaja de sus salarios).

¿Estará el PP en posición de hacerlo? Aunque quisiera (que no quiere), no lo haría a estas alturas de la legislatura. ¿Estará en posición de hacerlo el siguiente Gobierno? Si continúa el PP, ni querrá ni podrá (carecerá de mayoría absoluta); si no gobierna el PP, la coalición bolivariana PSOE-IU hará más bien todo lo contrario… caiga quien caiga.

El panorama es descorazonador, pero lo es por un motivo fundamental: el PP no tomó las duras pero necesarias medidas cuando debía. Ahora ya es políticamente demasiado tarde. Los desequilibrios económicos siguen ahí, pendientes de nuevos ajustes y reformas que nadie traerá. Eso es la irresponsabilidad broteverdista: mantenerte deliberadamente en una posición de debilidad esperando que el viento sople a tu favor y te arrastre hasta la costa. Pero el viento sopla sin fuerza y la balsa continúa llena de agujeros, por mucho que alguno de ellos haya sido chapuceramente taponado.

Por desgracia para todos, estos dos años que concluyen toda la legislatura del PP pueden resumirse en unas frustrantes líneas: traspaso de los muertos de las cajas y del Estado al sector privado para, con la imprescindible cooperación de Draghi, aplazar –que no evitar– la posibilidad de un desastre final. Más Estado y menos mercado, justo lo contrario de lo que necesitábamos.

JFK y Castro, medio siglo más tarde

Se alborotó el avispero a los 50 años del asesinato de John F. Kennedy. El secretario de Estado, John Kerry, no descarta que Fidel Castro o los soviéticos estuvieran detrás de esa muerte. Lo acaba de afirmar a media lengua. No cree, como medio país, la tesis oficial de que Lee Harvey Oswald era un loco suelto que actuó por su cuenta y riesgo.

Kerry no es el primer funcionario norteamericano de alto rango que tiene esa sospecha. El presidente Lyndon Johnson, sucesor de Kennedy, pensaba lo mismo. Joseph Califano, secretario del Ejército en esa época, coincidía con su presidente. Winston Scott, el jefe de la CIA en México, país al que Oswald acudió poco antes del crimen y donde se entrevistó con diplomáticos cubanos y soviéticos, sostenía algo similar.

No disputaban que Oswald hubiera disparado. Era su rifle, eran sus huellas digitales y lo prueban los exámenes balísticos. Incluso, casi todos, aunque con dudas, aceptaban que fue el único tirador, pero algunos suponían que el asesino había sido dirigido hacia su objetivo por la mano cubana. (O, al menos, como barrunta Brian Latell, alto oficial de la CIA en su libro Castro’s Secrets: Cuban Intelligence, the CIA, and the Assassination of John F. Kennedy, La Habana conocía lo que iba a suceder).

Castro tenía razones para alentar la muerte de Kennedy. Sabía que el presidente norteamericano estaba tratando de asesinarlo. Y lo sabía –según Latell– porque uno de los presuntos magnicidas, el comandante Rolando Cubela, era un doble agente. Lo sabía, también, porque alguno de los gángsteres detenidos en Cuba había contado a sus captores que la Mafia había sido cooptada, nada menos que por Bobby Kennedy, para liquidar a Fidel.

El gobierno cubano niega su vinculación con el crimen y ha puesto en circulación otras hipótesis improbables, a manera de cortina de humo. Fidel Castro insinúa que fue Lyndon Johnson. Pero su aparato de desinformación afirma que fueron los exiliados cubanos. Concretamente, Herminio Díaz, un antiguo compañero del propio Castro en una violenta organización gangsteril de los años 40 llamada Unión Insurreccional Revolucionaria (UIR), y Eladio del Valle, un excongresista cubano.

Ninguno de los dos podía defenderse de la acusación porque habían sido asesinados. Herminio, cuando desembarcaba clandestinamente en Cuba. Del Valle apareció muerto de un tiro en el pecho y un machetazo en la cabeza. Su muerte ocurrió en Miami. Nunca se supo quiénes lo ejecutaron, pero las investigaciones apuntaban a un trabajo de la inteligencia cubana.

Hay cuatro fuentes que no cuentan todo lo que saben. La primera es Estados Unidos. Washington mantiene censurados cientos de páginas relacionadas con el viaje de Oswald a México y sus relaciones con los servicios cubanos. ¿Por qué? Una hipótesis es que el crimen se hubiera podido evitar si se hubiera transmitido correctamente todo lo que sabía la estación de la CIA sobre las relaciones de Oswald con el aparato castrista. Ocultan un caso terrible de negligencia.

La segunda es La Habana y, especialmente, el oficial de inteligencia Fabián Escalante –hoy general–, quien, aparentemente, estaba en Dallas el día del asesinato. Escalante, además, podría aclarar las relaciones (¿íntimas?) entre Silvia Tirado de Durán, empleada del consulado cubano en México, y Oswald. También, la participación del asesino en una fiesta cubana en DF, como relatara la escritora mexicana Elena Garro, presente en el baile.

La tercera es Moscú. La inteligencia soviética sabe mucho sobre Oswald. No es lógico que la URSS hubiera utilizado a una persona con la biografía de este personaje para matar al presidente norteamericano, dado que inmediatamente hubiera despertado sospechas, pero es muy significativo que Oswald se hubiera reunido en México con Oleg Nechiporenko, un agente de inteligencia de quien se afirma que no era extraño a estas siniestras tareas.

Pero acaso el testimonio más importante es el de la Mafia. ¿Por qué Jack Ruby, un hampón de poca monta, decide ejecutar a Oswald "para ahorrarle a Jacqueline Kennedy la pena de participar en un juicio doloroso"? Conmovedor, pero impropio de un endurecido gangstercillo. Oswald había negado ser el autor del asesinato y en ese momento todo era muy confuso. ¿Trataba Ruby de borrar otras huellas?

Cuando se cumplan 100 años de la muerte de JFK tal vez sepamos un poco más. O nunca.

elblogdemontaner.com

Deflación, intervencionismo y recesión

Government outlays undermine real savings. The larger the outlays are, the more real savings are diverted from wealth generators – Frank Shostak

Las noticias económicas de la semana en Europa han reducido la euforia sobre la recuperación. Francia entraba en recesión en el tercer trimestre y deberíamos verle las orejas al lobo al menos en lo que respecta al riesgo para nuestras exportaciones, ya que el país vecino es nuestro primer socio comercial, y en cuanto al modelo de estado que deseamos, ya que muchos proponen una estructura francesa hiperestatista como solución a la crisis.

En mi nuevo libro Viaje a la Libertad Económica (Deusto) dedico un capítulo a los errores de una política económica que muchos países de la Unión Europea llevan a cabo, creada a imagen y semejanza de Francia. El estancamiento, la altísima fiscalidad y la falta de reformas. En la Unión Europea seguimos sin aprender y, con tal de mantener a toda costa estados hipertrofiados y sistemas económicos intervenidos, nos ocurre lo de siempre. Se gasta en planes inútiles a costa de los generadores de riqueza. Y cada vez se genera menos riqueza.

Cuando se vislumbra un cierto entorno de recuperación vemos que los países, en vez de profundizar en las reformas, se relajan, y vuelven a caer en la recesión.

Riesgo para España

El riesgo para la recuperación de España podría venir de un impacto en las exportaciones. España exporta a las mayores economías de Europa el 50% de sus bienes. Pero la razón por la cual veo menos riesgo para nuestro sector exportador es que cada vez dependemos menos de nuestros socios comunitarios.  En el primer semestre de 2013, con un crecimiento del 8% de las exportaciones en España, las ventas en Francia bajaron un 1,7% en Alemania un 0,6% y en Italia un 0,4%. Dependemos menos de la máquina europea y generamos mayor valor añadido y diversificación.

La inversión extranjera en España entre enero y junio de 2013, además, muestra un componente diferenciador muy importante sobre épocas pasadas. La inversión extranjera de residentes (es decir, españoles que traen dinero de fuera) es solo el 4,9% del total, por lo que el 95,1% proviene de inversores extranjeros.

Pero en las entrevistas que he tenido esta semana se repetía una y otra vez que la mayor preocupación ante el estancamiento de la UE es el “riesgo de deflación”.

Primero hay que aclarar que en la mayoría de los países de Europa y en España no hay deflación, hay desinflación por sobrecapacidad. Cuando se han invertido (gastado) centenares de miles de millones de euros en “planes industriales” y capacidad productiva, sobre todo en automóvil, textil, comercio minorista e infraestructuras, lo que estamos viviendo es una reducción de precios sana por competencia entre sectores sobredimensionados hasta en un 40%. Por otro lado, la inflación existe en otros elementos, muy relevantes para la industria y el consumo, desde los costes energéticos en sistemas caros e ineficientes hasta la cesta de la compra básica.

El cuento del riesgo de deflación es la excusa de los estados hiperendeudados para justificar mayor represión financiera. Es decir, continuar bajando tipos, intentar crear inflación falsa aunque los ciudadanos tengan menos capacidad de compra, y… la ultima panacea que nos quieren hacer tragar como una píldora envenenada, planes de estímulos monetarios.

Total, a nadie se le ocurre pensar que los precios bajan porque la renta disponible de los ciudadanos se ha destruido a través de una fiscalidad confiscatoria que ya alcanza casi el 40% del PIB de la Eurozona, un 36% en impuestos de actividades laborales. A nadie se le ocurre que el problema es que no se incentiva el consumo y la actividad económica subiendo impuestos y reduciendo la renta disponible de las personas. Es de cajón. Para que se reactive la economía se debe devolver el dinero al bolsillo de los ciudadanos que han aceptado y pagado estoicamente las políticas intervencionistas y planes de ayuda y estímulos que han llevado a la UE a gastar hasta un 3% de su PIB para destruir 4.500.000 de puestos de trabajo y hundir la actividad económica.

La economía sigue sin recuperar el crecimiento en Europa, la correa de trasmisión de la política monetaria sigue rota, la deuda, tanto en términos relativos como absolutos, sigue aumentando, el empleo no se recupera y ahora nos dicen que entramos en deflación.

Primero, el crédito al sector privado sigue sin mejorar porque la economía europea sigue extremadamente bancarizada y todo el crédito disponible lo fagocita la deuda de las administraciones públicas, como alerta el Banco Central Europeo, llevando a que la simbiosis banca-deuda del estado se profundice, haciendo al sistema financiero más dependiente y, por lo tanto, más frágil ante cualquier riesgo soberano.

Los salarios siguen sin subir, y pensar que forzar a Alemania a estimular su demanda interna va a tener un efecto expansivo sobre la periferia es incorrecto empíricamente, como comentábamos en esta columna hace meses, donde mostrábamos el efecto multiplicador de atraer capital extranjero e inversión financiera directa es tres veces superior al de los estímulos de demanda interna estatales.

Hasta ahora, el principal riesgo que contemplaban los mercados era la ruptura del euro, combinado con impagos soberanos. Ahora nos preocupamos de la deflación, la japonización de Europa de la que ya alertaba en 2012 en este articulo, pero que no deja de ser consecuencia de una nefasta política intervencionista y detractora de capital, que lleva a la desindustrialización, al Depardieu silencioso.

Combatir la posible deflación desde políticas de intervención mientras se sigue cercenando la capacidad de consumo de los ciudadanos con subidas de impuestos y se sigue echando al capital inversor, sólo nos lleva a agrandar un agujero que, por otro lado, creamos en la época de la fiesta crediticia y los planes de crecimiento, y empeoramos en 2008.

Además, las voces que piden estímulos monetarios (Quantitative Easing) similares a los norteamericanos olvidan que la velocidad del dinero, que mide la actividad económica, se desploma, creando un trasvase de dinero a activos financieros, bolsa y bonos, pero el hundimiento de la inversión productiva. Según Citigroup, la velocidad del dinero en Estados Unidos y Reino Unido ha caído a niveles de mediados de los años 60 mientras que el PIB nominal está a niveles de 2001. Pero  la bolsa está a máximos históricos y los bonos de alto riesgo, a tipos de interés mínimos. Es decir, creamos ‘ilusión de riqueza’ en activos de riesgo financieros mientras sostenemos el PIB artificialmente, pero destruimos la creación de riqueza y empleo.

Por ello hay que parar el círculo vicioso de gasto, endeudamiento, empobrecimiento, represión financiera, menos riqueza, menos inversión, mayor desempleo y más gasto y pasar a convertirlo en un círculo virtuoso de ahorro, moderación presupuestaria, mejora de la renta disponible, consumo, inversión y empleo. A ver si aprendemos. La prosperidad no viene de la cría del unicornio, sino del consumo y la inversión productiva.

Por una mecanización salvaje del trabajo

Nuestra sociedad se mueve entre dos extremos esquizofrénicos. Por un lado, muchos ciudadanos tienden a abrazar la visión tecnopesimista de que estamos en medio de un gran estancamiento económico; visión magníficamente ilustrada por esa lapidaria frase –“me prometistéis colonias en Marte y a cambio me habéis dado Facebook”– de Buzz Aldrin que copó la portada de la revista MIT Technology Review hace un año. Por otro, nos topamos con los tecnocatastrofistas neoluditas, quienes aseguran que el progreso tecnológico será tan veloz que permitirá una completa mecanización de los procesos productivos y, en consecuencia, cientos de millones de trabajadores se quedarán irremisiblemente sin empleo. Lo más gracioso del asunto, eso sí, es que muchas personas sostienen ambas visiones a la vez.

Inconsistencias al margen, una de estas dos corrientes ha ganado especial visibilidad mediática en los últimos días: un reciente paper de dos profesores de la Universidad de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, ha pronosticado que el 47% del empleo actual de EEUU corre un elevado riesgo de desaparecer en las próximas dos décadas como consecuencia de la mecanización que permitirá el progreso técnico previsible a día de hoy. El dato ha sido aireado por todos los tecnocatastrofistas, quienes rápidamente han pronosticado un desolador futuro con masas pauperizadas.

Como los antiguos luditas, los nuevos se afanan por promover el oscurantismo científico con el pretexto de que puede condenarnos a un generalizado desempleo tecnológico. Pero, afortunadamente para la humanidad, si los avances previstos por Frey y Osborne se terminaran materializando, el mundo no avanzaría hacia ningún apocalipsis económico, sino hacia el que sin duda alguna sería el período más próspero de toda su historia.

La tesis de Frey y Osborne

La tesis de Frey y Osborne es relativamente sencilla: durante las próximas décadas, el progreso técnico que hoy resulta relativamente previsible conseguirá reemplazar funciones que actualmente están siendo desarrolladas por el 47% de los trabajadores estadounidenses. Por tanto, si la maquinaria sustituye a los trabajadores en estas funciones, éstos perderán su empleo.

Los autores dividen a las profesiones en dos grandes categorías: aquellas con un alto riesgo de desaparecer debido a su mecanización y aquellas otras que, de momento, parece complicado que desaparezcan por cuanto no pueden ser mecanizadas. En concreto, los puestos de trabajo con alto riesgo de desaparecer son las relacionadas con el transporte, producción, instalación y mantenimiento, agricultura, venta al público o funciones rutinarias en la oficina. En cambio, existen toda una serie de ocupaciones que es difícil que desaparezcan durante los próximos 20 años –sanidad, educación, ingenierías, cuidado de mayores o dirección de empresas– porque no es previsible su mecanización debido a que la tecnología incorporada en la maquinaria sigue adoleciendo de grandes limitaciones a la hora de imitar a los humanos en su destreza manual, en su flexibilidad para trabajar en posiciones raras, en su originalidad, en su sentido estético, en su capacidad de negociación y persuasión, en los cuidados personales o en su capacidad de empatizar.

Éste es el futuro que pronostican Frey y Osborne. No es que su análisis no contenga importantes limitaciones y simplificaciones, pero al menos no resulta inverosímil. ¿Deberíamos asustarnos? En absoluto. Lo que los autores están anticipando es un futuro en el que los niveles actuales de producción podrán mantenerse aún bajo el supuesto de que el 47% de los trabajadores se quedara en casa. Pero si ese 47% de los trabajadores no sólo no se queda en casa, sino que empieza a dedicarse a otras cosas, entonces los niveles de producción futuros serán estratosféricamente mayores a los presentes. Mas, ¿a qué otras cosas podrían dedicarse ese 47% que hoy está concentrado en ocupaciones mecanizables y de poco valor añadido? Pues a otras actividades más difícilmente mecanizables y de alto valor añadido: sanidad, educación, ingenierías, cuidado de mayores o dirección de empresas.

Lejos de extinguirse las oportunidades para montar una empresa o para encontrar un empleo, la mecanización anticipada por Frey y Osborne las multiplicaría en todos esos sectores no mecanizables, pues el brutal aumento de la renta disponible que experimentaríamos como consecuencia del radical abaratamiento de las actividades sí mecanizables nos permitiría aumentar el gasto (tanto el consumo como la inversión) en esos otros sectores.

Imaginen un mundo donde millones y millones de trabajadores no tuviesen que dedicarse a ocupaciones en general tan poco satisfactorias para el propio operario como el transporte, la construcción o las tareas rutinarias de oficina; un mundo donde esos millones de trabajadores pudiesen especializarse en analizar las necesidades de los consumidores, en investigar y desarrollar nuevos productos y procesos, en cuidar a nuestros mayores, en educar de un modo más personalizado a nuestros menores, o en supervisar la sanidad de mayores, medianos y menores. Sin duda, se antoja un paraíso con respecto a la actual; un paraíso que si no es viable en la actualidad es porque nos vemos forzados a “dilapidar” trabajadores en tareas imprescindibles para nuestro bienestar (construcción, mantenimiento, transporte…) que a día de otro no podemos realizar de otro modo salvo concentrando en ellas a una gran cantidad de empleados

Lo mismo sucede en una sociedad agraria de autosubsistencia: como todo el mundo tiene que dedicarse a cultivar el campo para sobrevivir, nadie puede centrarse en educar a los niños o en investigar tratamientos sanitarios contra las enfermedades que pueda sufrir la sociedad. Sólo cuando la aparición de tractores permite producir la misma cantidad de alimentos ocupando una menor cantidad de trabajadores, una parte de la sociedad puede dedicarse a tareas distintas a las de producir alimentos (tareas que intercambia por alimentos). La implementación del avance tecnológico que anticipan Frey y Osborne son los tractores de la sociedad moderna: las maquinarias que permitirán economizar y liberar trabajadores de aquellas ocupaciones donde la calidad del producto se ve muy poco influida por el hecho de que sean ejercidas por un ser humano. Si la naturaleza humana marca la diferencia en ciertas disciplinas, deben ser ésas las disciplinas en las que focalicemos nuestros esfuerzos: en tanto una máquina pueda hacerlo automáticamente tan bien como nosotros, no tiene sentido que perdamos el tiempo con ello.

Un contrapeso al invierno demográfico

Es más, los pronósticos de Frey y Osborne podrían contribuir a contrarrestar el invierno demográfico por el que transitarán muchas sociedades occidentales durante las próximas décadas. España, por ejemplo, no sólo perderá casi el 30% de su fuerza laboral en las venideras cuatro décadas, sino que además parte de la fuerza laboral que reste deberá dedicarse a cuidar de una población anciana duplicada. A menos que experimentemos un fortísimo crecimiento económico, el futuro de nuestro país se anticipa lúgubre especialmente para los ancianos: y si el crecimiento no puede provenir de una mayor cantidad de personas fabricando bienes y servicios, sólo podrá hacerlo de que cada persona produzca por sí sola muchos más bienes y servicios que ahora. Es decir, nuestro crecimiento futuro sólo podrá venir por el lado de una mayor productividad del trabajo y esa mayor productividad requerirá necesariamente de una amplia mecanización de muchas ocupaciones.

Desde luego, la transición hacia una economía mucho más mecanizada que la actual será dura y complicada, sobre todo para aquellos sectores que la sufran: habrá que reconvertirlos y reeducar a parte de sus desempleados, si bien la riqueza generada por el propio avance de la mecanización proporcionará el capital adicional para financiar ese proceso. Proceso duro, pero necesario. Como también lo fue la aparición del automóvil para el negocio de diligencias o la generalización del PC para la industria de máquinas de escribir. La alternativa oscurantista de frenar el progreso y de no incorporar las nuevas tecnologías a nuestros procesos productivos sería infinitamente peor: estancamiento y estándares de vida progresivamente peores, especialmente para la población adulta. El paper de Frey y Osborne no debería llevarnos a mirar el futuro con temor y desconfianza, sino con esperanza e ilusión: con la confianza de que los años más brillantes y prósperos para la humanidad todavía están por llegar gracias a, y no a pesar de, nuestra capacidad típicamente humana de usar la razón para desplazar las fronteras de nuestro conocimiento y para transformar ese conocimiento en nueva riqueza dentro de un contexto de libertad económica.

¿En los brazos de la Madrina?

Todo indica que Michelle Bachelet ganará la elección del próximo día 17. Lo hará ofreciendo al pueblo chileno Estado, Estado y más Estado. Un Estado Mamá poderoso y generoso que lo proteja y le asegure todo tipo de derechos. Además, se invita a los chilenos a creer que tanta maravilla no tendrá costos para ellos y que incluso los impuestos bajarán, excepto, claro está, para las empresas y una minoría de súper ricos.

¿Quién podría resistirse a semejante tentación? Como diría el Padrino, se trata de an offer you can’t refuse.

La Madrina chilena no debate ni acepta preguntas molestas de los periodistas. Esto lo aprendió de su colega transandina Cristina y hasta ahora le ha resultado de maravilla. Lo que le pide a los chilenos no es poca cosa: que le den poder, mucho poder para hacer lo que quiera con el país. Quiere no sólo ser elegida con mayoría absoluta en primera vuelta, sino, sobre todo, obtener una mayoría parlamentaria que le permita cambiar la Constitución y llamar a una Asamblea Constituyente. Claro, como reina de la ambigüedad que es, no lo dice con todas sus letras, simplemente dice "No lo excluyo", "Ya veremos".

Lo más triste de todo no es que muchos le crean, cosa ya lamentable, sino ver cómo "el capital" corre detrás de la Madrina, subsidiando una campaña que parece tener recursos ilimitados. Los canales de televisión controlados por los grandes grupos económicos están rendidos a sus pies, y desde las poderosas asociaciones de empresarios no se ven sino sonrisas hacia Michelle (inversamente proporcionales a la hosquedad con que siempre han tratado a Sebastián Piñera, quien por conocerlos bien los ha controlado como nunca).

En términos mafiosos, este generoso apoyo se llama pagar por la protección, es decir, en este caso, por el derecho a seguir abusando del pueblo chileno tal como lo hicieron durante el anterior Gobierno de Bachelet y los 20 años de la Concertación.

El domingo 17 los chilenos decidirán si Bachelet gana en primera o en segunda vuelta. Su principal contendora es Evelyn Matthei, de la Alianza por Chile, es decir, la coalición de los partidos de centroderecha. Una mujer conocida por su valentía, por decir lo que piensa y por no tener pelos en la lengua ni complejos que la acallen, y, a diferencia de Bachelet, siempre dispuesta a dar entrevistas y a responder todo tipo de preguntas.

La confrontación entre estas dos mujeres, si pasan a segunda vuelta, sería muy directa, obligaría a Bachelet a confrontarse con sus ambigüedades: ¿por o contra el modelo actual de desarrollo chileno?, ¿por mantener la libertad de enseñanza o por estatizar la educación chilena?, ¿por seguir confiando en el esfuerzo individual y el trabajo o por hacer del Estado el gran protagonista de la vida social?, ¿por un desarrollo evolutivo de la institucionalidad o por lanzarse a la aventura chavista de la Asamblea Constituyente?

Ojalá los votantes chilenos no se dejen seducir por los cantos de la Madrina y apuesten por la estabilidad política e institucional, por las reformas, el empleo y el desarrollo, factores que en su conjunto han mostrado ser el camino que ha llevado a tantos países a la prosperidad.

ideasyanalisis.wordpress.com

Se busca ilustrador para España

Hace más de doscientos años, el economista francés Jean-Baptiste Say se preguntaba: "¿Podrán ser ilustrados los que gobiernan no siéndolo los gobernados?". Esa pregunta, que por desgracia sigue tan vigente, me lleva a observar a nuestros gobernantes y sus gobernados y plantear posibles respuestas.

La ilustración en el gobernante

En una semana en que los dos principales partidos han tenido masivas reuniones con todos los convencidos de un lado y de otro, sentando bases, poniendo los puntos sobre las íes y tratando de mostrar su mejor perfil, no puede una más que rasgarse las costuras de la vestimenta y, como decía Martirio en su canción, "coger la puerta y salir… ¡corriendo como las locas!".

Si la novedad de un partido socialista es que gira a la izquierda, cuando en esencia es la izquierda dominante, en vez de hacer un repaso a sus dirigentes y separar los tocados por casos de corrupción, promocionar a los "ilustrados", retirar a los "asnos" por más que tengan la sonrisa blanqueada, hay algo en la izquierda que no va. Y ese es el partido que nos gobernaba hasta hace poco y que pretende tomar el relevo. Un partido quebrado, con porquería bajo las alfombras y de cuyo rumbo solamente se sabe que ha girado a la izquierda, según dicen ellos mismos. No sabemos cuántos grados y si saben leer las estrellas en el cielo.

También hemos tenido reunión en el Partido Popular. Tampoco han entonado el "mea culpa" ni han mirado sus entrañas. No ha dicho que giran a la derecha. No han dicho nada, básicamente. No hay más novedad que el "somos los mejores" y "estamos levantando España". Y mientras, España mira perpleja los codazos que los francotiradores, expresidentes con una pensión vitalicia de infarto, dan a sus compañeros de partido, una vez que ambos, y me refiero a González y Aznar, residen en el Olimpo de los dioses políticos. ¡Qué dorado retiro!

Y la pregunta que me inquieta es si esta gente de verdad sabe qué es lo que está haciendo. Lo peor es que no sé si preferiría que la respuesta fuera afirmativa o negativa. Porque, si no lo saben, cabe un cristiano perdón de la categoría "es que no saben lo que hacen". Pero si, como gobernantes ilustrados, que es lo que todos desearíamos que fueran, saben lo que hacen, entonces dan ganas de reclamar el invento de Monsieur Guillotin para que presida la Puerta del Sol, al lado del oso y el madroño, simplemente como elemento disuasorio para políticos ilustrados pero irresponsables.

La ilustración del gobernado

Pero escuchando a la gente, leyendo lo que se dice por las redes sociales y lo que se comenta respecto a unos y otros, me doy cuenta de que tampoco los gobernados demuestran mucho interés en ilustrarse. Y ya sé que la televisión está sesgada, unas cadenas miran al PP, otras al PSOE y todas a la subvención. Pero eso no es excusa. La gente compra el mensaje que le conviene atendiendo a su situación particular, no hay una ciudadanía que tenga como objetivo una sociedad más justa, más próspera, más civilizada y que se comprometa. La cortedad en los fines que se plantean los dirigentes es la misma que la de los dirigidos. Y es muy complicado distinguir qué fue antes.

Por eso abundan los libros facilitos sobre la crisis, la recuperación y las medidas que se toman, no se toman, se anuncian o se desean. Para que haya un mensaje para cada español, como hay un calcetín por persona bajo el árbol de Navidad. En ambos casos, a la espera de que algo caiga.

Pero no todo es oscuro. Esta semana sale a la venta el segundo libro de Daniel Lacalle, "Viaje a la Libertad Económica". Es uno de esos libros de los que uno piensa que ojalá lo lean gobernantes y gobernados. Y no es un libro académico, al revés, es divulgativo. Daniel es de esos tipos directos y claros, que te habla con la verdad en la mano y los principios éticos en el corazón. Como no es un tipo siniestro, ni va de pijo por la vida, ni es muy académico, sino divertido pero riguroso, le tienen censurado en los programas de quienes se proclaman súper plurales, abiertos y objetivos. No hay quien pueda con él. Ni el chico 10.

Pero a mí me entristece su éxito. No por inmerecido. Sino porque cuando hay que escribir libros divulgativos proclamando y explicando que la libertad crea riqueza y ese mensaje, después de los 200 años que nos separan de Jean-Baptiste Say, sigue sonando tan revolucionario, me lleva a concluir que ni educación, ni siglos de pensamiento económico son suficientes. Y me da mucha pena. Siempre nos quedará Lacalle. Y el rock.

Obamacare, o por qué el Gobierno no funciona

El elevado número de demócratas que acudió a las urnas de 2012 sorprendió a muchos que, como un servidor, preveíamos unas elecciones bastante más ajustadas. Una de las principales causas fue la extraordinaria infraestructura informática con la que contó la campaña de Obama, capaz de localizar votantes e individualizar los mensajes que les llegan, además de ayudar a los voluntarios en sus esfuerzos por movilizar a los votantes en los días antes de las elecciones, el momento crucial. Después de este extraordinario logro técnico y humano, el Gobierno de Obama está sufriendo posiblemente sus peores días por el pésimo funcionamiento de la web healthcare.gov, central para la reforma sanitaria conocida popularmente como Obamacare.

¿Cómo es posible que los mismos que en 2012 lo hicieron tan bien la hayan cagado tanto en 2013? Pues porque aunque la cabeza sea la misma lo que hay por debajo es muy distinto. La primera es una iniciativa privada y la segunda es pública. La primera se elaboró atendiendo las necesidades del cliente, la campaña electoral de Obama; la segunda, obedeciendo una ley punto por punto y tomando las consideraciones políticas por encima de las necesidades de los usuarios finales. La primera la llevaron a cabo quienes mejor podían hacerlo; la segunda, las empresas que tenían los mejores contactos con el Gobierno federal y los políticos y burócratas elegidos a dedo por su compromiso con la reforma, al margen de su capacidad.

Bien es cierto que, pese a las apariencias, la web de Obamacare es más complicada de elaborar que la aplicación de la campaña de Obama. Al margen de cumplir las especificaciones de una ley de más de 2.000 páginas, debe conectarse a distintas bases de datos del Gobierno para comprobar la identidad del usuario –que en un país sin carnet de identidad es más difícil– o investigar a qué subvenciones tiene derecho; bases de datos en su mayoría antiguas y que no están hechas para ser consultadas en tiempo real por muchos usuarios simultáneos. Como la reforma eleva los precios de los seguros médicos, y políticamente eso es un hecho inconveniente, no hay manera de acceder a dichos precios, como sucedería en cualquier web normal, sin registrarse, porque el Gobierno quiere que esos precios vengan ya con la subvención incluida si es posible. Así, la web te obliga a dar tus datos para conectarse ella a esas bases de datos obsoletas de la agencia tributaria o la Seguridad Social simplemente para acceder a la información, aunque luego no hagas nada con ella, lo que aumenta el volumen de usuarios y hace imposible el proceso. Como además existía una fecha límite que Obama no hubiera retrasado aunque los republicanos quitaran los fondos para mantener el Gobierno si no lo hacía, la web se acabó apurando los plazos y sin hacer pruebas de estrés.

Además de funcionarios de varios departamentos, para levantar healthcare.gov se han requerido los servicios de al menos 55 empresas, sin contar con las que éstas hayan decidido subcontratar, unos trabajos que debían coordinarse. El resultado no puede ser más demoledor: en el país de Google, Amazon y Facebook, el principal proyecto político de ocho años de presidencia se derrumba a las primeras de cambio porque el Gobierno no sabe hacer una web. Aunque en los últimos días las críticas se han desviado a una de las promesas incumplidas de la reforma, que quien estuviera satisfecho con su seguro podría conservarlo, el impacto de este fiasco dejará una impronta duradera. El público norteamericano empieza a preguntarse cómo pretenden hacerle creer que el mismo Gobierno que no puede hacer funcionar una web tres años y medio después de aprobar la ley será capaz de gestionar la sanidad de 300 millones de personas. Algo bueno tenía que salir de todo esto.

Reino Unido: recuperación o burbuja inmobiliaria

La estampida que protagonizaron los diputados el pasado jueves para aprovechar el puente de Todos los Santos ha levantado una nueva oleada de críticas entre la opinión pública, en un momento en el que la clase política sufre, además, un inédito desprestigio. La imagen de sus señorías saliendo a la carrera del Congreso e incluso votando de pie en la última sesión para disfrutar al máximo del largo fin de semana ha generado indignación y airadas burlas en las redes sociales.

Ante tal revuelo, no han faltado diputados que han tratado de justificarse en Twitter. Así, por ejemplo, Joan Coscubiela (IU) se defendía afirmando que "tengo derecho a dormir con mi familia […] Estoy en el Congreso desde las 9 […] no he salido a comer". No fue el único. "¿Qué hay de malo en querer volver a casa después del trabajo? Llevamos días sin ver a nuestros hijos y familia", señalaba Susana Camarero (PP). "Creo que el trabajo se mide no por lo que corres al salir sino por el trabajo que se hace o no se hace", espetaba Patricia Hernández (PSOE). "¿Dónde está la noticia? Sí, cuando acabamos nuestro trabajo tenemos la mala costumbre de querer irnos a casa", añadía Germán Rodríguez (PSOE), para luego insistir: "Desconocía que el trabajo de los diputados/as se medía por la rapidez o lentitud con que abandonamos el hemiciclo".

Así pues, poca o nula autocrítica entre sus señorías. Los que no defendieron su actitud, simplemente, dieron la callada por respuesta. Sin embargo, lo más llamativo de tal suceso radica en el hecho de que los diputados españoles no se caracterizan, precisamente, por sufrir maratonianas jornadas de trabajo ni intensos calendarios laborales en donde los festivos brillan por su ausencia, ni mucho menos. Más bien todo lo contrario. Los políticos nacionales son también unos privilegiados en este ámbito.

Su principal tarea como diputados, al margen de su actividad privada como políticos en sus respectivas formaciones, es acudir a los plenos para ejercer su derecho a voto en representación de los ciudadanos. Según el calendario de sesiones del Congreso correspondiente a 2013 (aquí y aquí), sus señorías tan sólo dedican 78 días al año a acudir al Parlamento. Es decir, su trabajo como diputados -estrictamente hablando- equivale tan sólo a un tercio del calendario laboral del resto de españoles. En el caso de los senadores, su calendario apenas asciende a 49 jornadas al año -casi cinco veces menos que el empleado medio-.

Fuente: Boletines oficiales y blog Un espía en el Congreso

En una semana normal de sesiones, los diputados sólo tienen que acudir al Congreso de martes a jueves, librando, por tanto, lunes y viernes, más el correspondiente fin de semana. Pero es que, además, disfrutan de largos puentes y vacaciones mucho más amplias que el resto de españoles. Así, por ejemplo, el Congreso de los Diputados cerró sus puertas el pasado 24 de abril y no regresó a la actividad hasta el 7 de mayo, otorgando así 12 días de asueto, aprovechando que el 1 de mayo era fiesta (Día del Trabajo). Y algo similar sucedió poco después, ya que tuvieron otros 11 días de vacaciones, desde el 9 al 21 de mayo, con la excusa de la celebración de San Isidro (15 de mayo), pese a que sólo es festivo en Madrid capital.

Y ello sin contar las particulares semanas blancas que suelen disfrutar sus señorías los primeros días de cada mes o las extraordinarias vacaciones parlamentarias de verano y Navidad. Frente al tradicional mes de vacaciones estivales que tienen los españoles, los diputados gozan de dos meses (julio y agosto) y de otro largo mes y medio en invierno (finales de diciembre y todo enero) a cuenta de las Navidades, frente a la corta semana del resto de trabajadores. Y a cambio de estas intensas jornadas parlamentarias, los diputados cobran más de 6.000 euros limpios al mes y tributan como si fueran mileuristas.

Los diputados disfrutan de puentes de 12 días y sólo trabajan 2,5 meses al año

El Banco de España (BdE) reconoce que el drástico ajuste adoptado por los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) para salir de la crisis y reducir el déficit público ha sido todo un "éxito", tal y como en su día avanzó Libre Mercado. La senda escogida por España, consistente en disparar los impuestos y aplicar tímidos recortes de gasto, ha sido desmontada por los expertos de la Comisión Europea, ya que consideran que dicha estrategia ralentiza la recuperación económica. Por el contrario, la receta contra la crisis consiste en apostar firmemente por la austeridad pública y la liberalización económica. Y el mejor ejemplo de tal modelo son, sin duda, los bálticos.

El BdE analiza en detalle la evolución de estos países en su último boletín económico, desde sus graves problemas estructurales hasta sus políticas concretas para tratar de solventar tales desequilibrios. En primer lugar, cabe señalar que Estonia, Letonia y Lituania sufrieron una burbuja crediticia muy similar a la acontecida en los países periféricos de la zona euro, especialmente España, tras disfrutar de unas "condiciones financieras muy laxas" durante un largo período de tiempo. Como resultado, crecieron muy por encima de su potencial, a ritmos anuales superiores incluso al 10%, debido al fuerte empuje de la demanda interna. Durante ese "boom económico", el endeudamiento del sector privado se disparó hasta niveles insostenibles, al igual que el precio de determinados activos, sobre todo inmobiliarios.

El problema es que ese período de éxtasis, caracterizado por la pérdida de competitividad (elevados déficits exteriores), tipos de interés negativos y abundancia de crédito, "ocultaba serios desequilibrios" que, posteriormente, salieron a la luz tras el estallido de la crisis financiera internacional, en 2008, cuando el grifo del crédito externo dejó de fluir hacia estas economías sobreendeudadas. La abrupta fuga de capitales y el brusco incremento de los costes de financiación hundieron a los bálticos en una gravísima crisis económica que llegó incluso a poner en duda la propia solvencia de estos países. De hecho, Letonia tuvo que ser rescatada por Bruselas y el FMI para evitar su bancarrota a finales de 2008.

Los efectos del derrumbe no tardaron en llegar. Entre 2008 y 2009, el PIB se contrajo un 20% en Letonia, un 17% en Estonia y un 14% en Lituania. El ajuste fue generalizado, aunque afectó especialmente al sector de la construcción (caída del 50% anual en Letonia y Lituania, y de un 40% en Estonia), que también había experimentado un incremento excesivo en la etapa previa a la crisis.

La recomendación de los organismos internacionales fue clara: devaluar sus monedas para ganar competitividad y salir de la crisis por la vía del aumento de las exportaciones. Pero, lejos de seguir tales dictados, las autoridades nacionales de estos tres países optaron por la devaluación interna (ajuste relativo de precios y salarios), mediante la aprobación de profundas reformas estructurales tendentes a liberalizar sus respectivas economías y un drástico plan de austeridad pública, centrado en reducir de forma muy sustancial el gasto.

Cabe recordar que los países bálticos tenían entonces sus monedas ancladas a un tipo de cambio fijo al euro. Es decir, tenían monedas distintas, pero, en la práctica, es como si estuvieran dentro del euro, y lo llamativo es que decidieron mantenerse en él pese a que pudieron optar, libremente, por la devaluación.

Flexibilidad y austeridad

Su estrategia, por el contrario, consistió en aumentar la competitividad, apostar por reducir el déficit público de forma intensa y rápida, garantizar la solidez del sistema financiero y mejorar la flexibilidad estructural de sus economías. Eligieron, por tanto, la senda de los sacrificios: recortes de salarios, depreciación de activos, fuerte reducción del gasto público e intenso desapalancamiento del sector privado. En resumen, las medidas que, hoy por hoy, critican la inmensa mayoría de políticos y economistas de los denominados países periféricos (Grecia, Portugal, España e Italia), además de grandes potencias como Francia o EEUU.

Así, durante 2009 y 2010 los costes laborales unitarios revirtieron el fuerte crecimiento de años anteriores, con caídas muy intensas en los tres países (especialmente Letonia). Dicha corrección descansó tanto en el recorte de salarios como en la mejora de la productividad vía despidos. Como es lógico, este proceso disparó la tasa de paro, pasando del 5 % en 2007 hasta el 18% en Estonia y Lituania y el 21 % en Letonia en 2010.

La flexibilidad laboral de estos países facilitó mucho este particular ajuste relativo, ya que las empresas contaron con un amplio margen para reequilibrar sus costes laborales, adaptándose así de forma ágil y rápida al nuevo contexto económico, caracterizado por el desplome de la demanda interna y el encarecimiento de la financiación.

Pero no sólo sufrió el sector privado. La crisis también se tradujo en un histórico aumento del déficit público como consecuencia del hundimiento de la recaudación fiscal y el incremento del gasto público asociado a prestaciones sociales y pago de intereses por la deuda. Sus agujeros fiscales llegaron a rondar el 10% del PIB.

Nada nuevo bajo el sol si se compara con lo acontecido en España. Sin embargo, en lugar de elevar los impuestos, los gobiernos bálticos optaron por una vía muy distinta: recortes intensos del gasto público. Entre 2008 y 2009, justo después de estallar la crisis, aprobaron de inmediato "medidas muy duras, que suponían una consolidación por valor del 6% del PIB en Estonia, del 8% en Lituania y del 11% en Letonia", tal y como destaca el BdE. Dicho ajuste incluyó algunas subidas de impuestos indirectos, pero, "fundamentalmente", se centró en recortar gastos.

"Todos los programas incluyeron una fuerte reducción de la remuneración de asalariados públicos". En Letonia, por ejemplo, "los presupuestos de 2009 incluyeron una reducción de los salarios públicos del 25% y un elevado número de despidos". También redujeron gastos corrientes y de capital.

Asimismo, lejos de frenar la austeridad, prosiguieron el ajuste fiscal entre 2010 y 2012, logrando el pasado año, "con el respaldo de una recuperación vigorosa, reducir los déficits por debajo del 3% establecido por la Comisión, en los casos de Estonia y Letonia (-1,1% y -1,7% del PIB, respectivamente), y situarlo en Lituania ligeramente por encima de ese valor de referencia (-3,1%)", añade el informe. Nada que ver, por tanto, con el lento y tímido ajuste fiscal de España.

Además, gracias a esta fuerte disminución del déficit, "tanto Letonia como Lituania, que vieron incrementar su deuda de forma rápida en el momento más álgido de la crisis, han logrado estabilizar la ratio de deuda pública sobre el PIB en niveles en torno al 40%. En Estonia se ha mantenido por debajo del 10% del PIB durante todo el período".

Un modelo de "éxito"

¿Y qué resultado ha tenido esta receta que tanto rechazan los países periféricos del euro?

  • Estonia, Letonia y Lituania crecieron en 2011 y 2012 a un ritmo anual del 5% y 6%, "las tasas más altas de la UE", enfatiza el BdE.
  • "Apoyados en el repunte de la actividad, los mercados laborales han mostrado un comportamiento favorable en los últimos años, con mejoras en el empleo y reducciones en la tasa de paro, después del importante deterioro de los años de la crisis, cuando la tasa de paro ascendió a niveles cercanos al 20%".

  • "Los elevados déficits por cuenta corriente que acumularon los tres países bálticos han experimentado un ajuste rápido y pronunciado".

  • "Los déficits se situaron por debajo del 3% del PIB en 2012, salvo en Lituania, donde se mantiene ligeramente por encima de ese valor de referencia".

Según el BdE, el "éxito de esta estrategia se ha basado en varios aspectos": la "prontitud" y "determinación" de las autoridades en la adopción de las "medidas de ajuste necesarias"; la "flexibilidad de sus mercados de factores y productos"; la "flexibilidad de los precios y salarios”; la “apertura comercial” (las exportaciones son un 50% del PIB), su “especialización productiva”; una “orientación del comercio exterior hacia mercados dinámicos”; el “mantenimiento de la exposición de la banca extranjera” a estos países; los “reducidos niveles iniciales de deuda pública”; el “reducido porcentaje de endeudamiento de los hogares”, etc.

Los ‘peros’ del Banco de España

Por último, no todo son halagos por parte del BdE. "A pesar del aparente éxito de la estrategia adoptada por los países bálticos, ésta no ha estado exenta de costes", indica. Por un lado, según dicha entidad, "estas economías no han solventado sus problemas estructurales y aún tienen desafíos pendientes en su aspiración de incorporarse al área del euro, o de seguir viviendo con un tipo de cambio fijo". Además, presentan "importantes cuellos de botella que hacen difícil reducir más el aún elevado desempleo".

Por todo ello, advierte el estudio, es "esencial que avancen en el proceso de reformas estructurales que les permita continuar su convergencia real con la UE -su renta per cápita es aún del 50%-60 % de la media de la UE-15-, para poder afrontar la adopción del euro desde una posición sólida".

Los países bálticos demuestran al mundo que la austeridad funciona

Relying on ever-rising house prices pushing home values up via artificially cheap lending creates only the illusion of growth – Ros Altmann

Como saben ustedes, resido en Londres desde hace diez años. Reino Unido es el experimento keynesiano que los defensores de los estímulos, inflación y devaluación siempre ‘olvidan’, mirando a otro lado, por el fracaso que supuso. Mucho Abenomics y mucho Obama pero nos olvidamos del destrozo inflacionista de Gordon Brown, y el agujero de las cuentas públicas que causó… y del que aún no se ha salido, llevando a cabo una política de estímulos monetarios brutal con un Banco de Inglaterra que compra casi el 70% de la deuda pública.

Sin embargo, y para sorpresa de muchos expertos dentro de la isla, el Reino Unido parece que empieza a despegar con fuerza. Se estima que la economía ha crecido un 1,5% en los primeros nueve meses, con una marcada aceleración trimestre a trimestre, hasta un 3,2% anualizado, y que seguirá avanzando un 3% en 2014.

Teniendo en cuenta que en 2012 la economía solo creció un 0,2%, los resultados son, cuando menos, espectaculares. Al fin y al cabo, los socios del Reino Unido en ‘el club de la impresora’ –Japón Estados Unidos– siguen decepcionando con resultados macroeconómicos muy cuestionables, desde un déficit comercial y endeudamiento brutal y creciente, en Japón, a un crecimiento y mercado laboral ‘tímido’, según la propia Reserva Federal, en EEUU.

¿Cuál es el milagro de la economía británica? Probablemente una burbuja inmobiliaria de proporciones peligrosas, de la cual ya alertan periódicos tan ideológicamente dispares como el Daily TelegraphThe Guardian o City Am (Subprime Britain, titulaba un artículo).

Existen elementos positivos:

– Ya en 2012 Reino Unido pasó a exportar más fuera de la Unión Europea (52%) que dentro de la misma, quedando menos expuesto a la crisis de la Eurozona. Pero las exportaciones no explican el crecimiento. A pesar de haber alcanzado un record histórico en junio de 2013, y crecer a un ritmo 3% anual, las exportaciones son alrededor del 32% del PIB.

– Las ventas de coches se han disparado y casi han vuelto a niveles pre-crisis, mientras que en la Unión Europea siguen a niveles deprimidos. El tipo de cambio libra-euro favorece las ventas de coches europeos, sobre todo alemanes, en Reino Unido.

– Tras las bajadas de impuestos y facilidades para la creación de empresas, el nivel de desempleo alcanza las cotas más bajas desde 2009, 7,7%, a pesar de la inmigración creciente. Además, el consumo empieza a crecer, con datos de Coffer Peach mostrando subidas de ventas en restaurantes (+1,9% en agosto) y hoteles (+4% en la primera mitad del año).

– El déficit del Estado empieza a reducirse de manera importante. Bajan los impuestos, se atrae capital, se pone alfombra roja a los emprendedores, se recauda más. Sencillo. 25.000 millones de libras más, de hecho según HMRC (por favor, que se lo envíen a alguien en la UE o en España). Vean el grafico de déficit (de -10% a -5.8%). Las olimpiadas, sin embargo, crearon muy poco recorrido de ingresos fiscales y menor de estímulo.

– Pero ninguno de esos datos es comparable con el impacto que ha tenido en la economía la política de apoyo a la compra (Help to Buy), también conocido en Reino Unido como el ‘Viagra de la burbuja inmobiliaria’. Los efectos han sido muy rápidos. Los precios de las casas han superado los máximos de 2008, y eso que ya habían subido de manera importante con la entrada de dinero extranjero que salía de la UE ante el riesgo de ruptura del euro –y que llevó a que en zonas como Richmond Wimbledon hasta el 80% de las casas se vendieran a griegos, españoles, portugueses o italianos en 2011-2012, según Foxton’s-. Compañías como Grafton, suministradores de construcción, han visto crecer sus ventas en Reino Unido un 5,5%. Cemex comentaba que sus ventas en el país crecían un 9% en el segundo trimestre. La demanda de viviendas, según Crest Nicholson, subía un 46% desde la implementación del Help To Buy…. Y el sueldo medio de los obreros de la construcción subía un 20% en la primera mitad de 2013. 

Vean el índice Nationwide de precios de vivienda:

¿Todo es bueno? Sube la demanda, crece la economía, se recuperan los precios de las casas, la gente ‘percibe riqueza’, se venden más mesas y cortinas…

Pero hay varias señales de alarma:

– La garantía de dinero barato del Gobierno aumenta el riesgo de impago. Se han dado 210.000 millones de ayudas disponibles en el Funding for Lending y Help To Buy, mientras el ratio de deuda sobre ingresos de los primeros compradores se disparaba de 3 a 1 a 4,4 a 1. Es decir, por cada libra de ingresos, se endeudan en 4,4 para comprar la primera casa. Un amigo malagueño, que es CEO en una empresa británica, siempre me dice que “los ingleses van pegados a las curvas”.

– La mayoría de las ventas de casas –más del 50%- se hacen sin hipoteca y las llevan a cabo inversores extranjeros buscando alquilar. Pero el precio de los alquileres ha aumentado mucho más que los salarios durante cinco años consecutivos, llevando a un riesgo de impago o exclusión que haga que, aunque haya disponibilidad, no se den condiciones para alquilar.

– En Londres la burbuja está bien alimentada por dos factores: la City, que aguanta subidas de precios y lo que haga falta, y la llegada de millonarios extranjeros de cualquier país. Como dice un amigo de una agencia inmobiliaria, “siempre hay un país al que le va bien, y esa gente cuando decide comprar, se va a Londres como primera opción”. Por eso Londres se ha convertido en la ciudad más cara del mundo, sobrepasando a Tokio. Pero esa ‘burbuja retroalimentada’ se disipa al salir de la M-25 (la autopista de circunvalación que rodea Londres), lo cual genera el riesgo de ‘implosión de burbuja’ como vimos en 2008. Los precios se disparan empezando en Londres y en ondas expansivas alcanzando hasta Accrington, que está donde el viento da la vuelta, y luego van explotando de la periferia hacia el centro.

En el año 2004, cuando llegué a la City, me ofrecieron una hipoteca millonaria en la que solo pagaba intereses, repagando el capital con el bonus –prima de resultados- de cada año. Ese tipo de hipotecas desaparecieron prácticamente en 2009. Hoy han vuelto.

Por supuesto, el Banco de Inglaterra “monitoriza con cuidado la creación de una posible burbuja”. No ve peligro hoy porque las transacciones y las hipotecas firmadas son muy inferiores a los máximos de 2008, y porque una gran parte se venden sin ningún tipo de préstamo. Pero en ese elemento es donde está el riesgo… Cuando esos fondos que compran riesgo inmobiliario pensando generar rentabilidades altas por alquiler se encuentran con que existe un exceso de viviendas sin vender –que nunca se reconoce- y, a la vez, la posibilidad de vender esas casas se dificulta porque la capacidad de la población mayoritaria para adquirirlas simplemente empeora… entonces salta el stock escondido.

He vivido en Reino Unido en tres etapas, finales de los 70, mediados de los 90 y desde 2004. He visto en al menos diez ocasiones el drama de personas con negative equity (personas que tienen hipotecas muy superiores al precio real de la casa, y cuyo riesgo afecta a todo el resto de su capacidad crediticia). Tal vez este crecimiento sea más sostenible, como argumentan algunos, por ser menos agresivo en deuda. No lo tengo claro.

Pero el crecimiento de la economía liderado por un aumento desproporcionado del precio de los casas pensando que solo va a aumentar porque (ejem) “se necesitan construir mucho más para atender la demanda futura”, lleva en casi todas las ocasiones a que explote de manera agresiva. Esta vez, además, el riesgo es en el balance del Estado –que garantiza- y por tanto, si sale mal, se paga en impuestazos… y coincide con una represión financiera que hace que la renta disponible de las familias no mejore. Hay que vigilarlo, y mucho. Pero sobre todo, a los países que no atraen gestores de fondos, millonarios rusos o árabes ni cantantes de rock, por favor, no copien la formula.