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Los cuatro grandes problemas de la industria española

De la misma forma que, hace unos años, se empezó a movilizar entre los grandes entre grandes, ya fueran empresas, bancos o gobiernos, la fórmula “too big to fail” (demasiado grande para caer), empieza a asomar por encima de la tapia de la política las orejas de otra actitud arquetípica. A saber: o conmigo o contra el cosmos.

El debate en Estados Unidos

El mejor ejemplo, por  todos conocido, es el de Obama. Resulta que quiere subir el techo de deuda y los republicanos han dicho que de eso nada. No se aprueban los presupuestos, no hay trato, empiezan a cerrar determinadas instituciones públicas porque no se les paga, empezando por los museos, la Estatua de la Libertad, etc.Una burrada de dinero dicen que ha perdido la economía estadounidense. El otro día tuve ocasión de ver el show del demócrata Bill MaherReal Time, en el que había invitado a Jim Glassman del George W. Bush Institute (republicano, por supuesto), Chris Matthews, el polémico periodista demócrata, y Carol Roth, periodista independiente, para hablar del shutdown de la Administración.

Se aprende mucho cuando se pone en perspectiva el modo de discutir en otros lugares. En este caso, los gritos de las tardes de Telecinco son naderías en comparación con la manera de interrumpirse; la prepotencia del conductor del programa, que quitaba sin miramientos la palabra a los contertulios para hablar él y dar su opinión, nada neutral; los insultos directos de Chris Matthews a Jim Glassman, aunque después riendo pidiera perdón mientras el director, asentía entre carcajadas y el público le aplaudía con fervor, como se aplaude a los vendedores de crecepelo.

Por otro lado, también es gratificante aprender cuáles son los argumentos de verdad, más allá de las interpretaciones sesgadas de algunos medios de comunicación españoles. Porque el tema nos afecta. Ya hemos aprendido que la globalización también tiene reverso: tu tos de hoy es mi catarro de mañana.

El error de los republicanos, según el propio tertuliano republicano, ha sido sacar el Obamacare como ariete. Porque el tema era el techo de deuda, y los estadounidenses sí entienden que no se puede manejar esas cifras de deuda. Hasta el propio Bill Maher afirmó varias veces “Ahí estamos de acuerdo, es inmanejable, pero ¿en que se deja de gastar?”. Bueno, es un paso. En este país tenemos a el 90% del periodismo español titulando las cabeceras de las portadas con el original término “el mantra de la austeridad”. No, hombre, la austeridad es otra cosa, es sobriedad, evitar alardes y excesos. Y cuando uno tiene el déficit más alto de Europa en el año 2012, no se puede decir que uno es exactamente austero.

La parálisis permanente americana 

Pero el argumento del debate era que, como Obama no estaba dispuesto bajo ningún concepto a mover un céntimo de gasto para mantener (no ya bajar, mantener) el techo presupuestario, porque para sacar adelante el Obamacare el gasto iba a aumentar, pues cualquier protesta republicana implicaba la parálisis permanente de la estructura estatal. Es decir, o te tragas este sapo o de lo contrario eres el enemigo del pueblo. Hombre, yo soy Obama y aprovecho para bajar el presupuesto militar que tanto le repele, que tantas críticas despierta y tantos votantes acerca. Sin embargo, Barack estuvo cada día y cada noche señalando a los republicanos como directos responsables de cada dólar perdido. Lo reconozco, es una estrategia perfecta y este hombre es un auténtico mago de la política. Un mago de los que detrás de la purpurina hay un truco como una catedral.

En diferentes entrevistas a los medios, los representantes republicanos conceden que han levantado el dedo de la llaga, pero solamente hasta enero. Después volverán a poner sobre el tapete el debate sobre el techo de deuda. Esperemos que, en esta ocasión, los republicanos no se dejen ganar el saque y aporten algún argumento sólido.

Pero si nos detenemos a mirar entre bambalinas las tripas del truco de Obama nos encontramos que realmente, no son los republicanos los responsables de las pérdidas. Los demócratas tampoco cedieron ni un centímetro y se apresuraron a señalar con el dedo (eso tan feo que me corregía mi madre de pequeña). Y eso, a pesar del desgaste para el sistema político estadounidense. Porque, como sabemos tan bien últimamente en España, un gobierno sin una oposición tiene los mismos efectos que soltar a Godzilla en una tienda de porcelanas chinas.

Por supuesto, los demócratas ya entonan la segunda estrofa, en la que el mago Obama aparece revestido de la túnica de víctima: el pobre mago no va a poder gobernar porque los republicanos le van a frenar cualquier iniciativa. De hecho, en el show de Bill Maher, ese era uno de los argumentos del director. Allí donde las cosas no funcionan hay un republicano en el poder boicoteando las políticas angelicales del presidente. El escapismo de Obama solamente es comparable al de Houdini.

Obama es un gran farolero

El presidente de EEUU está de enhorabuena. Obama ha derrotado a los republicanos en la particular partida de póker político jugada en las dos últimas semanas, con la consiguiente alegría y alborozo de los amantes de la ingeniería social y el intervencionismo estatal. La rendición del Partido Republicano se materializó el pasado jueves tras acordar un plan con los demócratas para elevar temporalmente el techo de deuda pública y poner fin al cierre parcial del Gobierno federal. De este modo, Washington contará con un nuevo balón de oxígeno para seguir gastando a placer el valioso dinero de los contribuyentes, al menos hasta el próximo mes de febrero, cuando se tendrá que volver a discutir la espinosa cuestión del límite de endeudamiento.

Así pues, los republicanos –que no el Tea Party, auténtico impulsor de este pulso a la Casa Blanca– han fracasado estrepitosamente en su intento por frenar o retrasar la polémica reforma sanitaria de Obama, el proyecto estrella del presidente. El ala más liberal del partido supo aprovechar, muy certeramente, los excesos presupuestarios del Gobierno para plantear un inesperado órdago con el que tratar de tumbar el nefasto Obamacare. El plan, en principio, era muy sencillo: si Washington no daba marcha atrás a su reforma, los republicanos –que ostentan la mayoría en el Congreso– forzarían el cierre estatal (shutdown) y rechazarían elevar el límite de deuda. La idea, por tanto, consistía en colocar a Obama entre la espada y la pared, ya que éste se vería obligado a aplicar grandes recortes si no se plegaba a dichas demandas. Esta estrategia ha sido calificada por muchos como un auténtico chantaje, lo cual no deja de sorprender si se tiene en cuenta que los mecanismos de presión blandidos por la oposición no sólo son plenamente legales y legítimos sino que forman parte del ADN democrático de Estado Unidos, caracterizado por la existencia de contrapesos institucionales con el fin de limitar, con más o menos éxito, el siempre peligroso poder del Estado.

El gran error de la rama más conservadora de los republicanos, sin embargo, fue minusvalorar la capacidad de comunicación de Obama para ganar la batalla de los medios y, por tanto, de la opinión pública acusando a los republicanos de poner en riesgo la estabilidad económica no sólo de EEUU sino del mundo entero. El presidente no se arrugó, mantuvo intacto su proyecto sanitario y orientó todos sus esfuerzos a anunciar la quiebra del país más rico del planeta en caso de que los republicanos no dieran su brazo a torcer. Así pues, el póker republicano fue contestado con un repóker de ases por parte del demócrata. En términos de mus, lo de Obama ha sido un auténtico órdago a la grande. Se jugó la partida a todo o nada. De ahí, precisamente, sus veladas amenazas y sus apocalípticos augurios en caso de que no se alcanzara un acuerdo para aumentar la deuda… ¿Su mensaje? Estoy dispuesto a todo, incluso a declarar unilateralmente la bancarrota del país, con tal de no ceder un ápice en mi reforma sanitaria.

Simplemente, demencial. Deténgase un momento en la idea anterior y reflexione sobre sus implicaciones. Que el presidente de EEUU, muy posiblemente el hombre más poderoso del planeta, amenace, directamente, con impagar a los acreedores del Gobierno federal, entre ellos China –su mayor prestamista–, para no suavizar su ley estrella es un síntoma inequívoco de necedad y desvergüenza difícilmente comparable. Según sus palabras, Obama estaba dispuesto a todo, incluso a implosionar la economía global, desatando con ello la tercera guerra mundial a nivel económico, con tal de mantener intacta una reforma sanitaria. Visto desde este prisma, ¿quién era realmente el chantajista?, ¿el irresponsable político capaz de semejante barbaridad?, ¿los demócratas o los republicanos?, ¿Obama o el Tea Party?

La respuesta es evidente. La clave, sin embargo, es si tal diatriba era o no realmente creíble. ¿Hablaba en serio o iba de farol? ¿De verdad es posible que Obama declarara la suspensión de pagos de EEUU en caso de que no se hubiera elevado el techo de deuda? La respuesta es no. Una irresponsabilidad de tal calibre es, por pura lógica, muy improbable, ya que provocaría un colosal caos económico de consecuencias imprevisibles, además del suicidio político del presidente. El líder demócrata logró, sin duda, vender su mensaje al mundo (EEUU suspenderá pagos si los republicanos no ceden), demostrando así su habilidad para colar faroles, pero lo que resulta incomprensible es la ingenuidad mostrada por la mayoría republicana, a excepción de algunos miembros del Tea Party, para tragarse semejante falacia.

En realidad, más que ingenuos, los conservadores han demostrado ser unos cobardesEEUU nunca estuvo en riesgo real de default. El mercado jamás contempló tal escenario, los inversores sabían que Obama iba de farol, ya que no elevar la deuda no implicaba en ningún caso la temida quiebra soberana. Por el contrario, tal situación (no elevar el citado límite) hubiera sido todo un éxito tanto para los republicanos como para el conjunto de los estadounidenses, ya que el Gobierno federal se habría visto obligado a recortar de forma drástica el gasto público o, como mínimo, frenar el pernicioso Obamacare.

Si los republicanos hubieran mantenido el pulso, Obama habría levantado sus cartas, descubriendo así que su anunciado repóker era, en realidad, una farolada. EEUU no suspendería pagos, el presidente habría renunciado a su dañina reforma y, por tanto, los republicanos habrían salido victoriosos e incluso reforzados de cara a las próximas elecciones. El fallo, pues, no estuvo en el Tea Party, cuya posición fue sólida y consecuente en todo momento debido a unas férreas convicciones ideológicas, sino en la cobardía de los neocon, tanto o más estatistas que los demócratas. El Partido Republicano ha hecho el ridículo y, como consecuencia, se ha abierto un profundo cisma cuya deriva, por el momento, es desconocida. Ahora sólo cabe confiar en que esta clamorosa derrota fortalezca la posición de los liberales, pues sería positivo tanto para el Partido Republicano como para el propio futuro de EEUU.

Para educar a Maquiavelo

Supongamos que unos científicos italianos descubren muestras del ADN de Nicolás Maquiavelo y deciden clonarlo. Esperan de él que aconseje sabiamente a los políticos, pero hay que educarlo en los secretos del siglo XXI.

Nicolás Maquiavelo no era un canalla inmoral, sino un brillante florentino, a caballo entre los siglos XV y XVI, que intentaba establecer ciertos límites a la autoridad para lograr la estabilidad de la República y la felicidad de los súbditos. Maquiavelo escribía, claro, para la atribulada sociedad de su tiempo, turbulenta y antidemocrática.

¿Cómo formar a Maquiavelo? Como no hay tiempo para florituras, deciden educarlo por medio de los índices más serios y acreditados. No perderán un minuto en las chácharas marxistas y otras boberías vecinas al colectivismo estatista, como la Teoría de la Dependencia. Son gente seria. Eligen seis índices importantes y le explican cómo localizarlos en internet.

El primero será el Índice de Desarrollo Humano que publica la ONU. Ahí encontrará una lista de las naciones del planeta organizadas de acuerdo con ciertas variables relacionadas con la longevidad, la salud y la educación. Como Maquiavelo es una persona sagaz, inmediatamente advertirá que las 25 naciones más prósperas y progresistas del mundo, ésas que atraen a enormes muchedumbres de inmigrantes indocumentados, son democracias en las que el aparato productivo está en manos de la sociedad civil. Funcionan de acuerdo con las normas económicas del mercado y se sujetan a las reglas que imponen Estados razonables.

Esas 25 naciones cuentan con un tejido empresarial denso y tecnológicamente avanzado. Maquiavelo no tarda en descubrir que nada es posible si previamente no se crea la riqueza, y ésta sólo germina en las empresas.

¿Cómo lograron prosperar? En ese punto lee el segundo índice, Doing Business, del Banco Mundial. Clasifica las facilidades o dificultades de 185 países para crear empresas y hacer negocios de acuerdo con diez variables que incluyen desde el costo de la energía hasta el peso de los impuestos o el tiempo que toma iniciar la actividad.

Maquiavelo se da cuenta de que los mejor colocados son los 25 sospechosos de siempre. Los mismos.

Pero ¿cómo compiten esas empresas en el mercado? La pregunta se la responde The Global Competitiveness Report, preparado por el World Economic Forum. La competitividad descansa en 11 pilares: las instituciones, la infraestructura –que incluye el transporte y las comunicaciones–, la estabilidad macroeconómica, la salud y la educación infantil, la educación superior y el adiestramiento de la clase trabajadora, la flexibilidad del mercado laboral, el desarrollo financiero y el acceso al crédito, la predisposición por la tecnología, el tamaño del mercado, el refinamiento empresarial y la innovación.

A Maquiavelo le despierta la curiosidad la innovación. ¿Por qué todos esos países son, simultáneamente, los más avanzados? Se lo explica el Innovation Capacity Index dirigido por el chileno Augusto López-Claros, uno de los mejores economistas de hoy. Para compilarlo tienen en cuenta cinco variables: el capital humano (la educación), la gobernanza y la corrupción, el manejo macroeconómico, la calidad de las regulaciones y la equidad de género o la incorporación de la mujer al trabajo.

Le llaman la atención las palabras gobernanza y corrupción. Busca en la red el Rule of Law Index, publicado por The World Justice Project. Este estudio anual pondera 10 factores y 49 subfactores para establecer la calidad del Estado de Derecho. Son tres elementos básicos: rendición de cuentas por parte del Gobierno; leyes claras y estables, con protección real de los derechos individuales, promulgadas por un poder legislativo competente, y acceso a jueces justos, bien instruidos y honorables. Sin justicia ni siquiera hay desarrollo sostenible.

¿Y la corrupción? Esa es la termita que poco a poco devasta los fundamentos de la convivencia. Para conocerla, Maquiavelo examina el Índice de Corrupción que publica Transparency International. Es el menos objetivo porque se basa en percepciones. La corrupción es opaca por su propia naturaleza. Quienes la practican tratan de borrar sus huellas.

Cuando ha terminado, Maquiavelo conversa con los genetistas que le devolvieron la vida. No va a escribir otro tratado. ¿Para qué? El mero examen de estos índices explica cómo y por qué hay países estables que se desarrollan y prosperan mientras otros se hunden en la desdicha, en medio de grandes convulsiones. "Ya todo está claro", dice el florentino. Hay cierta melancolía en sus palabras.

elblogdemontaner.com

Llueve dinero en España ¿o no?

Reality is that which, when you stop believing in it, doesn’t go away – Philip K. Dick

Esta semana se ha generado mucha polémica por las palabras de Emilio Botín en Nueva York afirmando que "es un momento fantástico para España, llega dinero de todas partes". Y eso que el Sr. Botín tiene razón. Una cosa es que el país siga con un enorme problema de paro y bajo crecimiento y otro que la liquidez global esté beneficiando de manera muy importante a los activos de riesgo, que es lo que está ocurriendo en toda Europa. 

Hasta septiembre en España se han visto 17.500 millones de euros de entradas totales netas en el sector de fondos de inversión y hemos visto emisiones de bonos, ampliaciones de capital y ventas de activos que hace un año nos parecerían imposibles de creer. Mediaset, esta misma semana, emitía con enorme éxito un bono a cinco años al 5,25% con demanda de más de 3.300 millones de euros.

Hay dinero, y mucha liquidez creada por la política de fiesta de expandir la base monetaria de JapónEstados Unidos Reino Unido, entre otros. Pero lo importante de ese dinero es que se mueva hacia la inversión productiva. Pues bien, tanto en los grandes países de la OCDE como en España, dista mucho de ser así. El dinero se queda en activos financieros, por eso la inversión productiva se sitúa a niveles de hace más de dos décadas en los grandes países de nuestro entorno.

Las empresas recompran acciones, pagan dividendos, pero no invierten a largo plazo. Algunos culpan a la estructura de remuneración de los directivos –muy dependiente del precio de la acción en bolsa- y al cortoplacismo anglosajón, pero esa acusación simplemente no se sostiene. En Europa o Japón la compensación de directivos es cuando menos ‘generosa’ y ‘permisiva’ con la destrucción de valor (un billón de euros tirado en destruir valor en una década solo en el sector energético, según The Economist, más de 1,5 billones en todos los sectores), y tampoco se está invirtiendo.

La explicación es mucho más simple. No hay confianza real para llevar a cabo inversiones productivas a largo plazo y el entorno de incertidumbre impositiva penaliza la toma de riesgo a más de dos-cuatro años. Y la verdadera recuperación, junto a la mejora del empleo, vendrá solo cuando los fondos se orienten a dicho tipo de inversión. Con represión financiera y aumentos de impuestos, no va a ser fácil que ocurra.

En el caso español, la inversión neta total en el primer semestre de 2013 fue de 6.629 millones frente a los -11.550 millones del primer semestre de 2012. Pero, como explica el propio INE en su nota de prensa, “la inversión extranjera en este período…  opta por formas de inversión más seguras como son las ampliaciones de capital y las adquisiciones de empresas existentes (en conjunto, un 87,7%) en lugar de nuevas constituciones”.

¿Cuál es el problema? Ninguno. Pero no podemos lanzar cohetes cuando el 87,7% de la inversión internacional se centra en reciclar capital.

A ello debemos añadir un entorno de préstamos de difícil cobro (non-performing loans) que continúa siendo preocupante. En España ha llegado al 12,12% y, como comentábamos en España, tocando fondo, probablemente alcanzará el 13%. En los países de nuestro entorno continúa alrededor del 6%. Obviamente es parte del proceso de reconocer los problemas del pasado, las dificultades de las empresas constructoras e inmobiliarias –que suponen gran parte de esa cifra de 180.000 millones de euros- y aumentar la transparencia, pero una cifra tan alta también hace que se haga más complicado que mejore la inversión productiva, mientras se lleva a cabo la limpieza de esos préstamos de difícil cobro.

Es por eso que debemos prestar máxima atención a las fases de recuperación. 

Ahora estamos en la fase ‘coste de capital’. Bajan las primas de riesgo de los países con dificultades por exceso de liquidez y la lucha por buscar algo de rentabilidad de los fondos de renta fija, mientras las dudas sobre el euro desaparecen.

Eso hace que el coste de capital medio de toda la economía baje, y se genere la segunda fase, que es enviar fondos a los activos de riesgo, bolsa en particular. Aunque las estimaciones de resultados del Ibex hayan caído un 12%, se ven entradas en renta variable, animadas por esa percepción de menor riesgo.

La difícil es la tercera, que se genere confianza real a largo plazo y un entorno inversor atractivo para que los fondos se dediquen a inversiones en maquinaria, nuevas empresas y creación de empleo.

Y es que la razón por la que la inversión productiva ha caído a niveles no vistos en muchos años en los países de la OCDE es que el entorno de tipos bajos, expansión monetaria y represión financiera simplemente no genera confianza. Por eso se desploma la velocidad del dinero –que mide la actividad económica-.

Veamos. El emprendedor medio pide prestado por dos razones:

1.- Invertir en capital: expandir un negocio, abrir una planta, contratar gente, etcétera.

2. Ingeniería financiera: basado en unos ingresos esperados, descontados por el coste de la financiación —el coste del dinero—, el emprendedor compra un negocio ya existente.

Desafortunadamente, la segunda opción no aumenta el capital, sólo cambia de manos, y aumenta la cantidad de deuda, aumentando la fragilidad del sistema ante cualquier shock. Los períodos de tipos artificialmente bajos mueven el capital de manera desproporcionada al segundo tipo de inversión, fuera de ‘la economía real’. Porque muy pocos inversores ven confianza para invertir a largo plazo ante un entorno impositivo confiscatorio, y una señal de precio –el coste del dinero, los tipos de interés- manipulada artificialmente.

Así, el dinero fácil lleva a una caída de la productividad y del crecimiento estructural de la economía.

Suponer que esa decisión de inversión se revertirá hacia lo que llamamos la ‘economía real’ si persistimos manipulando el precio y cantidad del dinero es, cuando menos, iluso. Y pensar que subiendo impuestos ese capital se transferirá al Estado, que puede llevar a cabo dichas inversiones sin criterios ‘estrictamente económicos’, es suicida. Charlie Munger, mano derecha de Warren Buffett, siempre lo dice: "Muéstrame los incentivos y te muestro los resultados".

Hace poco más de un año muchos políticos y comentaristas acusaban a los “especuladores” de “atacarnos”. Ahora que las bolsas y activos de riesgo se aprecian de manera exponencial nadie los llama “especuladores”. Ahora son inversores de fino olfato atisbando la inminente recuperación, y las bajadas de prima de riesgo y subidas de bolsa nos las apropiamos como éxito propio.

Seamos conscientes de que las rotaciones de activos financieros pueden ser un espejismo a corto plazo. Pero ahora que ese capital está invertido en Europa y en España, merece la pena trabajar para que los que ven oportunidades para invertir en activos financieros las vean también para poner capital a largo plazo en el país. 

Feijóo y el nuevo populismo fiscal del PP

Anunciaba el presidente de la Xunta de Galicia una medida que, en apariencia, debería congratular a todos los liberales: en los Presupuestos de la región de 2014, se contemplará una rebaja de medio punto porcentual –del 12% al 11,5%– en el tramo autonómico del IRPF para aquellas rentas con una base liquidable inferior a 17.700 euros. Toda reducción de las exacciones fiscales debería ser tan bienvenida como denostado todo incremento en las mismas; y siendo así, todos deberíamos aplaudir a Feijóo por su compromiso. Pero como ya sucediera con la farsa tributaria de Monago, la rebajita del gallego no deja de ser una cortina de humo para consolidar propagandísticamente un régimen fiscal confiscatorio.

La rebaja en su contexto

Aunque Feijóo afirme que su minoración fiscal afectará al 70% de los gallegos, lo cierto es que lo hará de un modo marginal y cicatero. Si la base liquidable máxima sobre la que se aplicará la rebaja fiscal es de 17.700, eso significa que el ahorro máximo será de medio punto porcentual sobre esos 17.700 euros, es decir, 88,5 euros anuales, o menos de 7,5 euros mensuales. En realidad, sin embargo, la minoración será todavía menor, ya que el cálculo del mínimo personal (que reduce el importe final de la cuota líquida a pagar) también se calcula a partir de ese mismo tipo marginal mínimo que Feijóo ha rebajado, de manera que el importe efectivo de éste caerá en unos 25,5 euros (el 0,5% del mínimo personal de 5.151 euros): es decir, el impacto máximo de la rebaja fiscal de Feijóo será de menos de 63 euros anuales, unos 5 euros al mes. Para rentas con una base liquidable de 12.000, el efecto no llegaría ni a los 35 euros anuales, ó 2,8 euros mensuales.

El coste total de la medida para las arcas gallegas se ha estimado por debajo de los 60 millones de euros, es decir, alrededor del 3,2% de los ingresos por IRPF de la Xunta en 2013 o, atención, menos del 0,75% de sus ingresos totales. Una reducción verdaderamente raquítica que ilustra una vez más qué entienden nuestros políticos por bajar impuestos: repartir un vergonzante aguinaldo a un año de las elecciones. Feijóo en ningún momento se ha planteado perder competencias a favor no del Gobierno central, sino de la sociedad civil: cerrar departamentos enteros de su Ejecutivo y devolverles esas sumas de dinero a los ciudadanos para que sean ellos quienes las gestionen del mejor modo que sepan. No: apenas se ha dignado a repartir las puntas ociosas de tesorería que no le pongan en ningún aprieto financiero.

Con todo, la estampa que nos lega Feijóo es todavía más deprimente que la ilustrada en los párrafos anteriores. No se trata sólo de que su prometida minoración tributaria haya quedado en agua de borrajas, sino que ni siquiera merece recibir tal nombre: al tiempo que, por un lado, reducía exiguamente el IRPF, por otro Feijóo decidió incrementar el mal llamado ‘céntimo sanitario’ que grava los hidrocarburos. En concreto, el recargo sobre la gasolina se incrementó en 2,4 céntimos por litro y en 3,6 céntimos el de gasoil. Dicho de otro modo, cada vez que un gallego llene su depósito estará pagando de media un euro más por el combustible. Al final, casi lo comido por lo servido.

Populismo fiscal con las quejas catalanas de fondo

Pese a la nimiedad del movimiento tributario de Feijóo (o previamente de Monago), existe un problema más de fondo que refleja a la perfección la absurda naturaleza de nuestro sistema de financiación autonómico. Mientras los ciudadanos de algunas autonomías –Madrid, Cataluña, Comunidad Valenciana o Islas Baleares, fundamentalmente– están padeciendo elevadísimos y crecientes impuestos para financiar coactivamente la disparatada “solidaridad interterritorial”, los gobiernos de aquellos otros territorios que son receptores netos de tales fondos –en el caso que estamos tratando, Galicia y Extremadura– se dedican a bajarlos, al menos sobre el papel. Dicho de otra manera, el mensaje que nuestros torpes políticos están transmitiendo a la ciudadanía es que madrileños, catalanes y valencianos estamos pagando cada vez más impuestos para que gallegos y extremeños puedan pagar cada vez menos. Como vemos, ni siquiera esto es del todo cierto, ya que al final los impuestos tampoco terminan bajando (o lo hacen de un modo casi inapreciable) en las comunidades que son receptoras netas de la redistribución interna de ingresos, pero no hay duda de que estos gestos propagandísticos han de generar una sensación de hastío entre los ciudadanos residentes en las comunidades que son pagadoras netas.

No en vano, la capacidad tributaria de Galicia en 2011 fue de 4.987 millones de euros y, pese a ello, recibió 6.929 millones de euros del sistema de financiación autonómico; una ganancia muy en línea con el saldo positivo de su balanza fiscal en 2005, tasado por el Ministerio de Hacienda en 3.338 millones de euros (según el enfoque carga-beneficio). Mientras tanto, y según esas mismas balanzas fiscales, los catalanes estarían perdiendo más de 11.000 millones anuales y los madrileños más de 14.000.  

No parece que éste sea el momento más inteligente para seguir tensando la cuerda fiscal entre los españoles, máxime cuando una parte del país, Cataluña, ya se ha dado cuenta del atraco que supone esta exagerada redistribución interna de la renta –hasta el punto de amenazar con independizarse del resto de España– y la otra –con los madrileños a la cabeza– sería deseable que no tardara demasiado en descubrirlo. Rebajas de impuestos sí –sobre todo, entre las regiones más pobres–, pero una vez se haya puesto fin a la “solidaridad interterritorial”; o, si ésta se mantiene en cierta medida, rebajas de impuestos sí, pero a costa de bajar el gasto público propio, no a costa de subir los impuestos al resto de españoles.

Consolidando el régimen vampírico de Montoro

Por último, el movimiento de Feijóo (como antes el de Monago) tiene indudables implicaciones sobre la estrategia fiscal del PP en 2014. Como es sabido, el año que viene Montoro debe anunciar la reversión de las sangrantes subidas de impuestos que él mismo aprobó nada más llegar al poder. El ministro de Hacienda ha jurado en numerosas ocasiones que sufre horrores cada vez que habilita a sus funcionarios a que nos metan la mano más hondo en nuestros bolsillos, pero lo cierto es que existen dudas más que razonables de que tal contrición sea sincera: Montoro, y todo el PP, adoran ante todo el ‘hiperEstado’ del que han vivido y mamado durante toda su vida. ¿Cómo erradicar, pues, la onerosísima losa fiscal que han colocado sobre las espaldas de los españoles si ésta sigue siendo imprescindible para sufragar su particular becerro de hojalata?

Sea como fuere, pronto descubriremos si dicen la verdad: la reforma fiscal que aprobará el Gobierno en unos meses será la auténtica prueba del algodón. Si bajan los impuestos con intensidad, probablemente haya sido cierto que los subieron con compungimiento; si los mantienen, constataremos que su misión desde el Gobierno era la de consolidar durante esta legislatura un régimen fiscal cainita. El test parece bastante claro… ¿o tal vez no?

Mi apuesta personal es que Montoro seguirá el camino trazado por Feijóo y Monago: bajar mínimamente los impuestos a las rentas más bajas (la pérdida de recaudación por tal rúbrica es ínfima) para vender a la opinión pública que “el 90% de los españoles se ha beneficiado de una rebaja fiscal” y así apuntalar la rapiña fiscal en los tramos medios del IRPF y en el resto de figuras tributarias. Visto desde esta perspectiva, el movimiento de Feijóo no sería una cicatera pero bien orientada apuesta ideológica por empezar a rebajar los impuestos, sino un campo de pruebas más para la gran mascarada vampírica a la que asistiremos el año que viene. Dicho de otro modo: mientras Feijóo se coloca la piel de cordero al anunciar menores impuestos, Montoro sigue afilando sus colmillos entre las sombras. 

Cataluña debe a Murcia 16.126 millones de euros

La Generalidad de Cataluña ha cuantificado lo que España le lleva robado a Cataluña, que según sus cálculos asciende a casi diez mil millones de euros. El dato está referido a día de hoy, así que a poco que se retrase la declaración de independencia habrá que actualizar los números en la parte proporcional correspondiente. Urge por tanto solventar con premura este asunto, no sea que al final nos llevemos un susto cuando veamos la cuenta definitiva.

Esto de hacer balanzas fiscales como si fueran los territorios los que pagan impuestos en lugar de los ciudadanos es una melonada tramposa para justificar la depredación del bolsillo ajeno, pero puesto que esa es la perspectiva adoptada por los nacionalistas para amenazar con separarse de España (aterrorizados estamos), voy a hacer mi modesta contribución a esta peculiar contabilidad para obtener el saldo definitivo interregional, al menos en lo que respecta a la región de Murcia.

La principal decisión política con efectos económicos impulsada por la clase política catalana sin excepción fue, como es bien sabido, la derogación del trasvase del Ebro, una petición que Zapatero aceptó de mil amores firmando el decreto correspondiente en su primer día de mandato, allá por 2004. Esta decisión que a los políticos catalanes llenó de felicidad impidió la creación de 550.000 puestos de trabajo, según estudios académicos interdisciplinares, principalmente en Alicante, Murcia y Almería, que iban a ser las tres provincias más beneficiadas. Apliquemos una reducción del 30% en virtud de las cifras de paro actuales, aunque en la agricultura es bastante menor, pero hoy estoy generoso. Esto nos da 385.000 puestos de trabajo, que a trece mil euros de salario anual, multiplicado por los nueve años transcurridos desde la supresión del trasvase, da un total de 45.045 millones de euros que esas tres provincias han dejado de ingresar gracias a la política discriminadora de Cataluña hacia el resto de España.

Descontemos de esa cantidad los 9.375,7 millones que los nacionalistas catalanes dicen que les ha robado el resto de España y que, en un arrebato de generosidad tan propio de tierras levantinas, asumimos en exclusiva. Resulta entonces que Cataluña debe a esas tres provincias 45.044.990.624 euros con treinta céntimos. A partir de aquí sólo hay que hacer un reparto proporcional entre el número actual de alicantinos, murcianos y almerienses, con el resultado final de que, siguiendo el régimen contable ideado por los nacionalistas, Cataluña debe a Murcia los 16.126 millones de euros reflejados en el título de esta columna.

Cada murciano toca por tanto a 10.969 euros con cincuenta céntimos. Como en casa somos cuatro, la Generalidad me debe 43.878 euros. En cuanto el señor Mas me los abone (acepto transferencias desde el extranjero), puede declarar la independencia, que yo votaré a favor.

Nobel de Economía 2013: gana mi candidato

Este año, los premiados con el Nobel de Economía han sido tres economistas, dos de ellos de Chicago (E. Fama y L.P. Hansen) y uno de Yale (R. Shiller), por sus estudios acerca de la determinación del precio de las acciones. Cada año, cuatro obsesos y muchos adictos a las apuestas, ponen su empeño unos y su dinero y olfato otros en tratar de adivinar quién se llevará el premio esta vez. Hay listas, quinielas, pistas… pero es muy difícil. Durante algún tiempo yo fui una de las del primer grupo. Mi candidato desde hace años ha sido Eugene Fama. Por fin, he acertado.

La empresa a estudio

Pero la razón por la que apostaba por Eugene Fama no era la misma por la que le han dado el Nobel. Este año, el Banco de Suecia ha premiado el esfuerzo por determinar el precio de las acciones a largo plazo, por la importancia que ello tiene en la planificación de las decisiones de inversión. Si bien es cierto que a corto plazo el precio es casi imposible de determinar, no sucede lo mismo a largo plazo, ámbito en el que se puede, al parecer, establecer ciertas pautas y tendencias. Pautas y tendencias, es decir, siempre en términos probabilísticos. Lo digo por los talibanes del determinismo y la predicción económica.

Yo leí a Eugene Fama en el doctorado, de la mano del profesor Manuel Santos Redondo, quien acababa de leer su tesis sobre la empresa y el empresario en la Historia del Pensamiento Económico. En concreto, estudié el extracto recopilado en el fantástico libro La naturaleza económica de la empresa de Louis Putterman. Se trata de una parte de su artículo Agency problems and the theory of firm, publicado originalmente en el Journal of Political Economy, allá por el año 1980. Y a pesar del tiempo que ha pasado, no creo que sus razonamientos hayan quedado obsoletos.

En él, Fama se planteaba el problema del riesgo moral que plantea la separación entre la propiedad y la gestión en la empresa. Si el gestor es propietario y, además, único accionista, y abusa de los recursos de la empresa otorgándose privilegios a sí mismo, se verá forzado a realizar ajustes ex post para compensar las distorsiones creadas por él. Pero si no lo es, le resultará más fácil aprovecharse, ya que los controles correrán a cargo de terceros. Por ello, es necesario identificar esas desviaciones ex post y establecer incentivos y controles ex ante, por ejemplo, en la determinación del salario, para evitar el riesgo moral.

El análisis de Fama sugiere los mercados laborales (en particular, el de gerentes) como mecanismo regulador del comportamiento fraudulento derivado de la separación entre propiedad y gestión. Y, a continuación, Fama propone un modelo formalizado en el que estudia la evolución estocástica del producto marginal del gerente, es decir, formaliza sus propuestas en un modelito estadístico sencillo y elegante en el que estudia el rendimiento del gestor en diversos escenarios.

El riesgo moral en la política

Más adelante le perdí la pista, sencillamente porque me dediqué a otra cosa. Pero la idea de que hay que prevenir de algún modo el riesgo moral de quien no se juega su dinero ha vuelto a mi horizonte a medida que me interesaba por el análisis político.

En el momento presente, con los ERE, Bárcenas y demás colgajos de corrupción, me pregunto, probablemente con toda ingenuidad, con qué mecanismo cuenta nuestro sistema político para evitar ese uso indebido de los recursos, o el bajo rendimiento fraudulento de nuestros gestores políticos. Porque no se trata solamente de que roben sin más y la justicia sea lenta, o que mire por el rabillo del ojo por encima de la venda para trucar la balanza. Se trata de que, igual que se le exige al gestor en la empresa, quienes manejan nuestra política hagan buen uso de los recursos propios que ponen a disposición de la nación, región o ciudad, ya que ese es el sentido de su puesto.

Obviamente, al imaginar la existencia de mercados de gestores políticos, me doy cuenta de que no hay un nutrido número de profesionales formados, dispuestos a batirse en la arena de la competencia como sí hacen quienes tratan de dirigir una empresa. Me refiero a una empresa media, de las de base, de esas miles de pymes que levantan nuestro país. No afecta a esos directivos, muchas veces políticos en retirada nombrados a dedo, de las grandes empresas del IBEX, las privilegiadas por provenir de antiguos monopolios o por estar al calor del poder.

La mitificación de la carrera política como aquella a la que uno se suma desde la más tierna juventud, en la que asciende a golpe de servicio al partido y cuyo fruto es un puesto en la Administración, el más alto a ser posible, para representar los intereses del partido al que le debes todo, fomenta que se haya institucionalizado el mal de males de nuestra nación. Nuestros supuestos representantes no nos representan, representan a sus partidos. Y así seguimos.

Estatolatría presupuestaria

Lejos de resultar tranquilizador, el desglose por partidas de los Presupuestos Generales del Estado que Montoro dio a conocer el pasado viernes solo ha servido para agravar la preocupación por la insostenibilidad de nuestras cuentas públicas.

Primero, el Gobierno estima que en 2014 alcanzaremos un nivel de deuda pública equivalente al 99,8% del PIB. Tal era la cifra que el Ejecutivo confiaba rozar en 2016: por tanto, la acumulación de deuda pública, lejos de frenarse con ese potaje broteverdista de (falsa) austeridad y (exigua) recuperación, continúa acelerándose. Pero descuiden, que si las previsiones de Montoro son tan atinadas como las de hogaño, en el próximo ejercicio desbordaremos con amplitud el 100% (ese nivel que Rajoy se comprometió a no superar jamás). No en vano debíamos cerrar 2013 con una deuda del 91,4%, y lo haremos, según los nuevos cálculos hacendísticos, con el 94,2%. Como ya predijimos algunos, el déficit y la deuda se mantienen fuera de control.

Y aquí nos topamos con el segundo y preocupante dato clave: pese a que el pronóstico de crecimiento del PIB para 2014 es del 0,7%, el gasto de la administración central y de la Seguridad Social se expandirán un 2,7%; es decir, cuatro veces más rápido. Lejos de ajustarse a la razonable política de incrementar el gasto por debajo del aumento del PIB (no les generemos urticaria pidiéndoles recortar los desembolsos públicos), lo multiplican a calzón quitado. No es austeridad, sino estatolatría, la nota dominante de estos Presupuestos.

Acaso caigamos en la trampa de pensar que el incremento del gasto se produce como consecuencia del pago de mayores intereses. Pero no: el coste financiero de la deuda se reduce un 5,2%. O dicho de otra manera, si excluimos los intereses del gasto público total, éste aumenta un 3,5%. Este año la cantinela estatista de que gastamos más por los pérfidos gnomos de Zúrich no sirve: gastamos más porque padecemos un Ejecutivo socialdemócrata muy parecido al de Zapatero.

De hecho, el gasto público se incrementa en casi todas las partidas: políticas activas de empleo (+6%), desempleo (+10%), vivienda (+4,4%), educación (+10%), agricultura (+0,7%), industria y energía (+26%), comercio (+5%), subvenciones al transporte (+36%) e I+D (3,4%). Las pocas rúbricas que sufren recortes (justicia, defensa, seguridad, sanidad, cultura o infraestructuras) lo hacen de un modo más bien testimonial.

Pero el aumento del gasto más preocupante de todos no es ninguno de los anteriores, sino el de las pensiones. Pese a que el Ejecutivo las ha congelado de facto (revalorización del 0,25%), los desembolsos totales en pensiones crecen un 5%, o sea, en unos 6.000 millones de euros (aproximadamente, el monto de déficit que el Gobierno debe reducir en 2014 con respecto a 2013). Las pensiones ya consumen el 12,5% del PIB y casi el 30% de todo el gasto público del Estado.

En suma: la irresponsable y chapucera reforma de las pensiones impulsada por el Gobierno el pasado viernes no sirve de nada. Aun cuando se congelen por muchos años las pensiones (como desde luego programa hacer el PP), la inercia del sistema es tal que amenaza con quebrar el sistema: a este ritmo, el fondo de reserva no durará ni cuatro años más. Resulta del todo indispensable restablecer la versión original del informe de los expertos, donde se contemplaba la posibilidad de recortar nominalmente las pensiones en caso de un desequilibrio persistente de las cuentas de la Seguridad Social como el que desde luego padecemos ahora mismo.

Así pues, si los presupuestos de 2012 fueron los de los sablazos fiscales y los ajustes chapuceros y los de 2013 fueron los de la irresponsabilidad, los de 2014 podemos calificarlos como los del broteverdismo manirroto. Reabiertos los mercados de capitales merced a Draghi, retomamos las viejas costumbres de dilapidar el dinero de los contribuyentes en lugar de devolvérselo.

Claro que tampoco deberíamos esperar mucho más. Este Gobierno no da más de sí: llegó al poder clamando austeridad del sector público y se marchará como el Gabinete que más ha incrementado los impuestos y la deuda pública en toda nuestra historia. Plas, plas.

Méndez y Toxo, mártires de la lucha obrera

En el escándalo de los ERE de Andalucía, los dirigentes de los dos principales sindicatos destepaís ha pasado del estupor inicial al victimismo, tras conocerse las últimas detenciones practicadas por la encargada de la instrucción judicial. Fernández Toxo, compañero-secretario de CCOO, ha denunciado la existencia de una campaña mediático-judicial para desacreditar la labor de su sindicato en defensa del obrero, como si no se bastaran sus cuadros dirigentes ellos solitos para acabar con la escasa legitimidad del sindicalismo de clase (alta) a estas alturas de la crisis.

Es cierto que, según lo que se conoce por ahora, Comisiones Obreras parece haber robado en Andalucía bastante menos que la UGT, cuyos vínculos fraternales con La Pesoe ha permitido a sus cabecillas mangonear en el saqueo de los ERE con mayor desparpajo. Sin embargo, la existencia de un abundantísimo fondo de reptiles sin control administrativo era una tentación demasiado grande para los otros representantes de la clase obrera, siempre dispuestos a ejercer su labor en nombre de los trabajadores y trabajadoras a cambio de un trinque que, en ocasiones, ha sido también más que abultado.

La UGT ha pasado de negar la evidencia a no descartar más detenciones "visto lo visto", mientras que CCOO, por boca de su máximo rector, denuncia la existencia de una conjura en su contra, encabezada por una jueza proterva y aplaudida por sus medios afines, que cada día celebran sus desvaríos con todo lujo tipográfico. Toxo, de hecho, se ha escandalizado por que los periódicos estén "llenos no sólo de relatos sino también de opiniones" (¡opiniones, señores!), anomalía democrática que para el sindicato nos retrotrae al franquismo y su brigada de lo social, a las órdenes de los tribunales de orden público.

Los liberados sindicales ya le han montado a la jueza Alaya una manifestación a las puertas del juzgado llamándola "pepera" a modo de insulto, y lo siguiente será un homenaje multitudinario de desagravio a los compañeros Méndez y Toxo. Espectáculos ambos que los sindicalistas profesionales nos podrían haber ahorrado simplemente con que hubieran respetado el séptimo mandamiento. Los tíos son tan laicistas por la gracia de Marx que cualquiera se atreve a mentarles el Decálogo.

La funesta manía de pensar

Si mañana un cataclismo, o un virus racista, destruyera todas las universidades de América Latina y España, la cultura planetaria apenas sufriría un imperceptible arañazo, especialmente en el terreno de la ciencia y la técnica, pero también en el de las humanidades y los estudios sociales.

El asunto es muy triste. Las universidades latinoamericanas e iberoamericanas no están entre las 150 mejores del planeta. Aunque son varios millares, son muy escasas las que figuran entre las 500 mejores del mundo. Las menos malas son algunas brasileras, chilenas, colombianas, argentinas, mexicanas y españolas. Las caribeñas y centroamericanas apenas comparecen en la lista, con la excepción de la costarricense en alguna facultad privilegiada.

¿Cómo lo sabemos? Porque anualmente se compilan varios índices de calidad universitaria en distintas latitudes y todos concuerdan en las conclusiones. Los más conocidos son los que confecciona el diario The Times de Londres, la Universidad Jiao Tong de Shanghái, la revista U.S. News and World Report de Estados Unidos y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid.

Para medir la excelencia de las instituciones tienen en cuenta las publicaciones en revistas acreditadas, la presencia en internet, las veces que los artículos, libros o autores son citados, el número de profesores con premios Nobel o medallas Fields (matemáticas), el desempeño de los graduados y las opiniones de expertos. No se trata de ensalzar a algunos países y denigrar a otros. Intentan establecer cierta jerarquía. Sólo eso.

Es una pena, porque la primera universidad que se fundó en el Nuevo Mundo fue la de Santo Domingo en 1538, prácticamente un siglo antes de Harvard. Poco después se crearon las de México y Lima, en 1551. La de La Habana tiene casi 300 años y antecede en 20 a la de Princeton. Esa tradición ha servido de muy poco. Tal vez, incluso, ha sido una rémora.

Cuando comenzaron nuestras universidades en Hispanoamérica, todas legitimadas por la Corona española y operadas por frailes, el método de enseñanza y la filosofía que lo animaba se basaban en la escolástica. Todas las verdades ya habían sido descubiertas por las autoridades religiosas. La labor del docente y del alumno (literalmente, "el nutrido") era llegar a ese conocimiento mediante ejercicios memorísticos o juegos retóricos.

La universidad era para repetir, no para innovar. Recuérdese que uno de los delitos perseguidos por la Inquisición era la innovación. Todavía a menudo se cita la increíble frase del rector de la Universidad de Cervera, en Cataluña, al rey Fernando VII:

Lejos de nosotros, majestad, la funesta manía de pensar.

Naturalmente, se trata de un problema cultural. En nuestro mundillo iberoamericano no abunda, como en otras latitudes, la voluntad de cambiar, de innovar, de progresar, de encontrar nuevas y mejores formas de hacer las cosas. Vivimos en una cultura reiterativa, no transformativa.

Para nosotros una persona culta no es la que es capaz de modificar nuestro presente, sino la que retiene una asombrosa cantidad de información sobre el pasado. Vivimos dándole vueltas a lo que ocurrió hace mucho tiempo, lo que, por cierto, no nos ha salvado de cometer los mismos o parecidos errores una y otra vez, desmintiendo la inútil advertencia de Jorge Santayana ("Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo"). Los latinoamericanos lo recordamos y lo repetimos.

No quiero decir, por supuesto, que las universidades latinoamericanas son inservibles. Eso sería una estupidez. Muchas de ellas son excelentes graduando personas competentes. De algunas egresan magníficos médicos, abogados, dentistas, periodistas, economistas, ingenieros, expertos en cuestiones empresariales, y así hasta el medio centenar de profesionales valiosos, absolutamente indispensables para el buen funcionamiento de las sociedades.

Ese no es el problema. La nefasta consecuencia del fenómeno de las culturas reiterativas es que viven parasitariamente a remolque de centros creativos radicados fuera de su perímetro. En gran medida, la extensión de nuestra vida y cómo la vamos a vivir, se dicta en esos sitios intelectualmente densos y generadores de ideas. De una forma perversa, sin darnos cuenta, continuamos calificando de "funesta manía" la actividad de pensar con nuestra propia cabeza. Y así nos va.

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