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España se recupera

Tercer año triunfal con rajoyina. Tercer presupuesto del país de nunca jamás a costillas de contribuyente y a gloria del comprador de bonos. Tercer ejercicio de trapisondismo contable. Los presupuestos de 2014 nacen, como los de 2012 y 2013, mancos, cojos y tuertos. Ya han llegado a un nivel de desvergüenza tal que hasta reconocen los descuadres en las ruedas de prensa con las sonrisillas de rigor. Hasta hace dos días de estas golfadas estéticas le echábamos la culpa a Julito Sánchez, ahora habrá que cargárselas en la espalda de Ana Serrano, nueva jefa de prensa de Mordor. Compadezco a ambos. Llevar la comunicación a un tipo cuyo trabajo consiste en saquear a los que tienen poco para dárselo, sonrisa mediante, a los que tienen mucho se me antoja algo prácticamente imposible.

A Ana Serrano le será más sencillo. Viene del SEPLA, el sindicato de pilotos que tan buenos momentos nos ha dado en los últimos treinta años paralizando el tráfico aéreo para que esos señoritos de millón y pico limpio al mes siguiesen llevándoselo calentito a casa, aunque fuese a costa de tener a medio Barajas durmiendo sobre las maletas en las salas de facturación. Me cuentan que la tal Serrano es cercana a Equipo Económico, el lobby que tanto ascendente tiene sobre el ministro y sus ministreces. Tiene lógica. El poder en España es siempre asunto de unos pocos que lo asaltan y lo depredan en su beneficio durante todo el tiempo que pueden. Cuando Zapatero los que hacían y deshacían a placer en el Ejecutivo eran los “sebastianes”, que se terminaron haciendo famosos por sus enredos. Enredos muy lucrativos, por cierto. Cuando los sorayos pasen a mejor vida, que lo harán más pronto que tarde, vendrán otros.

Al parecer los visitadores de Equipo Económico andan detrás del cese de Julito, que tantos días de mote y cachondeo le ha dado a esta página. No les gustaba el modo en que este hombre llevaba la comunicación del señor oscuro. “Lo mantiene muy alejado de los medios”, decían. Una decisión del todo razonable porque cuando se acercaba a las cámaras era bastante peor. En fin, que descanse en paz. Supongo que no tardarán en encontrarle un comedero, que esta gente nunca deja que los suyos pasen hambre. Total, pagamos los demás.

Pasemos página, que no he venido aquí a hablarle de Ana Serrano, que ni nos va, ni nos viene, ni nos ha invitado nunca a desayunar. He venido a hablar del tercer desastre presupuestario. Empecemos por los principios. Ni en 2012 ni en 2013 el Gobierno ha conseguido poner coto al déficit. No sé en cuanto cerrará este año, pero seguro que es muy por encima de lo previsto. En julio ya se aproximada peligrosamente al descuadre fijado para todo el año, así que imagínese donde andará a 31 de diciembre. Hace dos meses el conjunto de las administraciones públicas registraba ya un déficit del 5,27% sobre el PIB. Dicho así no parece ni poco ni mucho porque uno de los secretos de esta banda es hablar en tantos por ciento para confundir al personal y que así no preste atención al tema.

Llevémonoslo a euros contantes y sonantes. Entre el 1 de enero y el 31 de julio las comunidades autónomas gastaron 89.813 millones de euros, pero solo ingresaron 81.877 millones. Quítele ceros y déjelo en miles. Imagine que gana 81.000 euros pero gasta 89.000. Estaría ante un déficit real del 9%. Sea sincero, ¿cuánto tiempo podría aguantar con semejante descalce entre ingresos y gastos? En el mejor de los casos el banco le habría dado un toque, en el peor tendría cerrado ya el crédito y no le quedaría otra que apretarse a fondo el cinturón y proceder a liquidar bienes. Pues eso que es tan de cajón para cualquiera –incluido el zampabollos de Alberto Garzón– no lo es para los políticos y su expresión máxima que no es otra que el Gobierno.

No parece que el Gobierno vaya a apretarse cinturón alguno y, mucho menos, que vaya a liquidar nada de lo mucho que, a expensas del contribuyente, malbarata con funcionarios vitalicios, cargos de confianza de esos que nacieron con el carné del partido entre los incisivos y políticos profesionales que no conocen otro modo de ganarse la vida que el de vivir enchufados al presupuesto a perpetuidad. En España no se va a privatizar nada, a lo más conceder la gestión de ciertos servicios a empresas especializadas como ya se está haciendo en Madrid… o en la propia Andalucía. Esta concesión, que tanto cabreo suscita entre los médicos, no persigue privatización alguna sino una simple racionalización de costes. Lo mismo podríamos decir de la enseñanza concertada. Un simple parche para no abordar lo esencial que es que el Estado no debe ser ni médico ni profesor. No es su función, y cuando la ejerce lo hace de un modo lamentable. Pero, ay, alimenta inmensas clientelas que luego defienden lo suyo –que no lo público– con uñas, dientes, pancartas, manifas y huelgazos.

Si todo sale como debiera, para finales de año el déficit (sobre el PIB, no el real) tendrá que ser del 6,5%. Tal vez lo consigan aunque lo dudo mucho. La única medida que han tomado es congelar el salario a los empleados públicos. Una simple tirita que no detendrá la hemorragia. El problema del sector público no es que los funcionarios ganen mucho, sino que son demasiados. Con un millón y medio menos el problema se resolvería en el acto y no habría que andarse con miserias como quitarles –de mentirijillas– la extra de Navidad o congelarles el sueldo. Pero para hacer eso, para acometer una reforma digna de tal nombre en la función pública hace falta algo más que voluntad política, hace falta convencimiento íntimo de que es necesaria. Para hacerlo sería de gran utilidad no ser funcionario… y Montoro es funcionario, y como él Rajoy, Soraya, los sorayos y el sursuncorda. De un Gobierno de opositores sólo no se puede esperar más de lo que ya tenemos: Estado hipertrofiado, impuestos confiscatorios, déficit crónico y seis millones de parados.

El fumeteo, ese atentado contra la democracia

El revuelo organizado ante la posibilidad de que los clientes de Eurovegas puedan echar un pitillo en zonas reservadas al efecto nos da una pista sobre el punto exacto de cocción en que se encuentra actualmente la política española. Los diputados de la oposición en pleno consideran un insulto que se cambie la ley antitabaco de ZP "simplemente porque lo pida una empresa". Hombre, una empresa que va a crear una cantidad importante de puestos de trabajo para compensar en parte los millones que han destruido esos mismos partidos, por acción directa o con el aplauso de formaciones que ahora se muestran tan ofendidas.

La portavoz de UPyD ha llegado a afirmar que el alivio de las restricciones del uso del tabaco en el complejo de ocio proyectado es un "atentado contra la soberanía nacional" y, en consecuencia, algo intolerable "en términos democráticos", porque, al parecer, las leyes no se pueden cambiar y mucho menos para permitir la creación de miles de puestos de trabajo. Mucho peor es cambiarlas por decisión de un político como Rubalcaba, que ya ha dejado claro que a la Ley Wert le quedan dos telediarios -el tiempo justo de llegar él a La Moncloa-, sin recibir por ello una censura tan solemne "en términos democráticos".

Pero, como ocurre siempre que los nacionalistas catalanes salen a la palestra, el Premio al Superdemócrata del Año se lo lleva en esta ocasión Durán y Lérida, horrorizado ante la mera posibilidad de que se hagan "excepciones para cualquier tipo de casos". Lo dice él, que en materia de financiación autonómica no se cansa de insistir en que el caso de Cataluña es especial y, como tal, requiere un tratamiento diferenciado del resto de las autonomías.

Los promotores de Eurovegas deben de estar impresionadísimos con el nivel del debate suscitado en torno a su petición de que en algunas áreas de su propiedad puedan los clientes que así lo deseen fumar un cigarro. Si finalmente se largan con la inversión a otra parte, no será por condicionamientos de orden económico, sino por no tener que aguantar a esta tropa. Nos lo tendríamos merecido.

Enrocados

Aprovechando el estreno del nuevo Diari Menorca el domingo les conté quiénes somos “los que vivimos”. Algún lector quiso malinterpretar el título y pensó que éramos unos vividores. No es el único: a menudo me llegan mensajes insultantes de alguien que no está de acuerdo con mis opiniones y que, en no pocas ocasiones, ni siquiera ha comprendido lo que quise decir. Muchas veces no hacen ni el intento. Leen con la mente cerrada. Hay palabras, expresiones y referencias que no conocen. Creen que leer es juntar letras en palabras y palabras en frases, lo de la comprensión parece que ya no se lleva.

El diálogo de besugos es habitual en los parlamentos. Se da por hecho que van (los que van) sólo a calentar la silla, a leer lo que otros escribieron en un papel y a hacer que no con la cabeza cuando hablen “los otros”. No escuchan, no argumentan, no rebaten, no reflexionan. Que el modelo se reproduzca a pie de calle es más preocupante. Ya sabemos que los políticos no nos van a sacar de esta crisis; no está entre sus prioridades, no es su función. Lo que también empieza a quedar claro es que la solución tampoco pasa por las manos de “entidades”, de “grupos ciudadanos” ni de “organizaciones”. Como dijo Mark Twain, cuando te veas en el lado de la mayoría, es hora de detenerse a reflexionar. Así que la clave está en la minoría. Y la minoría más pequeña del mundo, ya saben, es el individuo. De modo que sólo el individuo tiene la posibilidad (y la responsabilidad) de escapar del bucle que otros han creado.

Va siendo hora de reinventarse. Dejar de esperar que alguien llame a la puerta para ofrecernos un trabajo y crear uno nuevo. Dejar de esperar que se sigan encadenando las ayudas públicas y empezar a creer que somos capaces de hacernos cargo de nosotros mismos. En la medida de lo posible, uno debe desprenderse del Estado dejando de usar sus pésimos servicios, buscando nuevas salidas hacia la libertad y la responsabilidad individuales. Para ello, claro, es imprescindible el despertar de la conciencia, lo cual no es fácil cuando uno ha estado toda su vida a merced del Estado, adormecido gracias a su excelente sistema educativo, anestesiado por los medios de “comunicación” y envilecido, en definitiva, gracias al paternalismo estatal calladamente aceptado.

El despertar a menudo es doloroso. La madre que descubre que están adoctrinando a sus hijos; el trabajador que descubre que le están quitando más de la mitad de lo que en realidad produce; el enfermo cuyo vida peligra y debe buscar alternativas; cualquier ciudadano que consigue deshacerse del embrujo del Sistema y que, lejos de agachar la cabeza decide cuestionarse algunas cosas, buscar datos, contrastarlos, escuchar a otras voces y, finalmente, pensar y decidir por sí mismo. Cualquiera de esos ciudadanos tiene en su mano el poder de salir de este hoyo que algunos siguen cavando. Podemos cambiar las cosas si dejamos de esperar a que otros las cambien por nosotros y si dejamos de esperar que otros nos den la razón por la fuerza. Pero para ello hay que pensar, leer, comprender, argumentar, debatir. Y no hay debate posible si la mente está cerrada y los prejuicios enquistados. No hay debate posible cuando una de las partes está enrocada en su posición, algo más habitual de lo deseable y absurdo hasta el ridículo cuando se da en ambas partes. Se llega a crear un clima de guerra fría, de terror, en el que se amenaza, a veces veladamente, a quien piense de forma diferente, a quien se atreva a tener su propia opinión y a discrepar de la sacrosanta mayoría y, más aún, se atreva a decirlo en voz alta. En este contexto es donde adquiere sentido el concepto de “los que vivimos”, los que luchamos contra el Estado y las pseudo-dictaduras, oficiales o no.

Pero para eso seguimos escribiendo; para que haya voces diferentes; para que podamos dejar de hablar de “pluralidad” y “diversidad” y empecemos a vivirlas. Seguiré escribiendo a pesar de los insultos y de las críticas gratuitas. Seguiré confiando en que sí haya lectores que mantengan la mente abierta, aunque no siempre entiendan lo que digo. A veces hay lectores que sí comprenden el texto pero no están de acuerdo con el fondo, con las ideas expresadas, con las opiniones. Eso está bien, es la gracia que tiene la humanidad: que todos somos diferentes y tenemos capacidad de raciocinio, que podemos llegar a conclusiones diferentes, tener opiniones dispares y, como decimos en menorquín “entre tots feim el món”. El conflicto llega cuando se manipulan, se tergiversan o incluso se niegan los hechos. El sesgo de confirmación está a la orden del día: la tendencia a dar validez únicamente a aquella información que confirma las creencias preexistentes ignorando todo lo demás.

Conozco a varias personas que, en su día, también escribieron columnas de opinión o blogs personales (que, para el caso, es lo mismo) y dejaron de hacerlo porque se cansaron de ser malinterpretados, insultados e, incluso, de tener que aguantar que gente antes querida los dejara de saludar por la calle, en el mejor de los casos o, en el peor, los increpara. ¡Y es que es tan cómodo no pensar! Elegir a alguien como líder de opinión, creerle a pies juntillas diga lo que diga y repetir sus consignas como un papagayo. Porque muchas veces se limitan a difundir consignas, que lo de construir un argumento da demasiado trabajo; habría que poner el cerebro a trabajar y eso, quién sabe, quizás duele.

El pacto de la Bernarda

El asunto del independentismo en Cataluña ha adquirido unas dimensiones que no se corresponden con su entidad real. Es lo que tiene tomarse en serio los delirios nacionalistas, como si fueran una cuestión de Estado a cuya resolución habría que supeditar el funcionamiento normal de las instituciones y la aplicación del ordenamiento jurídico. Pero como la clase política en su conjunto está encelada en el llamado debate soberanista y se ha tomado en serio el farol clamoroso de la independencia, ahora nos va a brindar un episodio grotesco de pactos y acuerdos, en el que el PP parece dispuesto a llevar la voz cantante. Todo para vulnerar la Constitución en alegre camaradería en lugar de hacerla cumplir a rajatabla, primera obligación del gobierno de España. Su estricta observancia habría cortado de raíz todo el follón montado por Mas, el presidente regional más mediocre de toda la historia del Estado Autonómico.

Salvo Ciudadanos, única formación con representación en el parlamento regional catalán que defiende la igualdad de todos los españoles, el resto de partidos oscila entre la ruptura abierta del orden constitucional o su transgresión vergonzante a través de acuerdos bilaterales para socavar aún más los principios de unidad y solidaridad fijados en la Carta Magna.

Mención aparte merece el PSC, supuesta filial del socialismo patrio, cuya traición a los votantes encuentra difícil parangón en cualquier democracia medianamente formada. Por otra parte lo más normal cuando la matriz sigue pregonando las bondades del Estado federal para remediar los males independentistas, con la única condición de que sea "asimétrico", aspecto éste que se cuidan mucho de no mencionar de manera expresa, aunque por los argumentos con que tratan de justificar este imposible metafísico resulta evidente que es la clave de bóveda de su programa para acabar con el problema de Cataluña.

Empeñado en eludir sus responsabilidades de gobierno y ajeno a razonamientos tan elementales, el Partido Popular se confiesa dispuesto a buscar un pacto con el PSOE, el PSC y la Unión Democrática de José Antonio Durán y Lérida, que ya es tener humor. Lo peor de todo es que, bajo el liderazgo de Alicia Sánchez Camacho, en el improbable caso de alcanzarse ni siquiera parecería un acuerdo contranatura.

No a la universidad ‘gratuita’

Empecemos por lo obvio: no existe ni puede existir la universidad gratuita. Siempre habrá alguien que la pague; la cuestión es quién. Por ello, los que quieren universidad gratuita quieren, en realidad, que otro la pague. Es decir, derechos para unos y deberes para otros. Eso es lo que quieren los progres, porque consideran justo que paguen otros.

Veamos cómo funciona la justicia progre con un ejemplo muy simple: el panadero y sus trabajadores.

Si usted piensa abrir una panadería, ni se le ocurre que ponerla en marcha será gratuito, y menos aún que otro se la va a regalar. También sabe que tendrá que pedir un préstamo al banco o gastar lo que ha ahorrado tras años de mucho esfuerzo, ¿verdad? Bien. Además, ha considerado que en el mejor de los casos le irá bien y recuperará con creces su inversión, pero también sabe que corre el riesgo de perder el capital invertido y el trabajo que puso en su proyecto.

En todo esto, hasta los progres estarán de acuerdo y lo considerarán justo, si bien estando en el poder querrán quedarse con una buena tajada de las ganancias del panadero vía impuestos.

La pregunta es: ¿por qué hay algunos que no piensan de la misma manera respecto de la universidad? Es decir, ¿por qué están de acuerdo en que la universidad sea gratuita para los estudiantes, pero no en que haya también panaderías y otros emprendimientos gratuitos para la gente que quiera labrarse un futuro de esa manera?

Los progres seguramente dirán que la educación es más importante, que beneficia a toda la sociedad y que por eso es bueno que sea gratuita, para que todos puedan tener una oportunidad de llegar a la universidad. Pero ¿acaso no es importante que el panadero venda el pan que usted demanda cada día, y que además dé trabajo a aquellos que no van a la universidad? ¿No es esto bueno para la sociedad?

Puesto que el panadero decidió no ir a la universidad, hay algunos que estiman que es justo que, además de su panadería, financie vía impuestos los estudios universitarios de aquellos que deciden no invertir en una panadería, sino estudiar una carrera universitaria, gracias a lo cual no sólo terminarán ganando mucho más que el panadero, sino gozando de mejor posición social.

Este pequeño ejemplo nos muestra que la famosa gratuidad universitaria nada tiene de justa. Es una demanda que, hablando de justicia social y de derechos, sólo quiere encubrir una lucha redistributiva de esos futuros académicos en detrimento de todos aquellos que no van a la universidad. Por eso los progres rechazan, indignados, cualquier argumento que diga que la educación universitaria debe ser vista como una inversión que se hace, como en el caso del panadero, con la esperanza de obtener una retribución futura.

Sí, ya sé que todo esto es demasiado para los oídos progres. ¡Cómo comparar a un estudiante universitario con un panadero! ¡Pedir que el estudiante invierta en su futuro! ¡Que corra riesgos! Pero yo estoy convencida de que es hora de defender a los panaderos, a los tenderos, a los obreros, a los campesinos, y pedir igualdad de trato para ellos, es decir, justicia social de veras y no privilegios para algunos.

ideasyanalisis.wordpress.com

Si pretende jubilarse… ¡Ahorre!

El Gobierno acaba de presentar la segunda reforma estructural del sistema público de pensiones en apenas tres años. Entre otras medidas importantes, el PSOE retrasó la edad legal de jubilación desde los 65 hasta los 67 años, elevó de 35 a 37 años el periodo obligatorio de cotización para cobrar la totalidad de la prestación y amplió de 15 a los últimos 25 años la base de referencia sobre la que calcular el importe de la pensión. Ahora, el PP completa la reforma con otras dos medidas clave. En primer lugar, las pensiones dejarán de revalorizarse en función de la inflación (IPC), aunque, como mínimo, subirán un 0,25% anual en momentos de dificultades económicas. Y, en segundo término, introduce el "factor de sostenibilidad", que permitirá adecuar los futuros desembolsos en función del progresivo aumento de la esperanza de vida. Este amplio paquete de correcciones persigue un único objetivo, prolongar la supervivencia del actual modelo público de reparto a costa de incumplir, una vez más, los compromisos adquiridos con los cotizantes de la Seguridad Social, ya que el Estado les exige más ingresos de los previstos inicialmente (años extra de cotización o mayores aportaciones al sistema) a cambio de pensiones más bajas.

Por desgracia, no es la primera vez –ni será la última– que quiebra el sistema, si por quiebra se entiende la modificación unilateral de las condiciones vigentes. Y la razón, en este caso, no estriba en la mala fe o incompetencia de los gestores públicos, sino en el grave error de imponer a la fuerza un modelo –el de reparto– que es estructuralmente deficitario. No en vano la Seguridad Social constituye un fraude piramidal similar al orquestado por el ya famoso Bernard Madoff en EEUU, hoy en prisión, tras ser condenado a cadena perpetua.

El problema de fondo es que los ingresos del sistema dependen, exclusivamente, del número de trabajadores obligados por ley a sufragar las pensiones de los actuales jubilados, y, dado el declive demográfico que sufren los países desarrollados, precisa de constantes parches para continuar en pie. En el caso concreto de España, las proyecciones avanzan una pirámide poblacional invertida, lo cual evidencia la inexistencia de relevo generacional para poder sostener en el futuro el mal llamado Estado del Bienestar. Así, para 2052 se estima que el 37% de los españoles tendrá más de 65 años, frente al 17% actual, de modo que el número de jubilados pasará de 9 a 15 millones y el coste del sistema se triplicará, hasta situarse en el 18% del PIB. Además, para entonces la esperanza de vida, muy posiblemente, superará los 90 años de media. Si a ello se suma una baja tasa de natalidad, es evidente que sin reformas el sistema sería inviable financieramente a medio plazo.

Sin embargo, de las distintas opciones que existían para garantizar las pensiones, la clase política española se ha decantado por la peor: mantener el actual modelo público de reparto y, por tanto, apostar por el fraude y la quiebra permanentes. Por el momento, la reforma aprobada por el PSOE en 2011 recortará las futuras pensiones entre un 10 y un 15%, al tiempo que los jubilados perderán unos 400 euros extra al año entre 2014 y 2022 gracias a la nueva fórmula de revalorización propuesta por el PP. Y ello sin contar el factor de sostenibilidad, cuya aplicación, a partir de 2019, implicará un recorte adicional de entre el 20% y el 45% con respecto a las prestaciones vigentes. En total, los jóvenes de hoy cobrarán pensiones públicas entre un 30 y 60% más bajas.

Y el problema es que las actuales no son, precisamente, elevadas –las contributivas ascienden a poco más de 1.100 euros brutos al mes–. Los propios expertos del Ministerio de Hacienda admiten que el modelo de reparto condenará a millones de futuros jubilados a cobrar pensiones muy bajas, generando incluso amplias "bolsas de pobreza en la población pensionista". El sistema sobrevivirá, sí, pero en ningún caso otorgará una jubilación de oro a los españoles, sino un retiro paupérrimo que, además, se verá agravado por futuros parches, como, por ejemplo, nuevos retrasos en la edad legal de jubilación –de los 67 a los 70 años, posiblemente–.

Así pues, la verdadera tragedia no radica en una reforma que, a todas luces, era inevitable para poder seguir abonando las pensiones, sino en el mantenimiento de un sistema que impone a la fuerza una jubilación cada vez más tardía y mísera. Y lo más grave es que, lejos de explicar y aclarar a los cotizantes el verdadero rostro de este injusto y cruel sistema, PSOE y PP coinciden en la necesidad de prolongar su vigencia mientras se acusan mutuamente de reducir la capacidad adquisitiva de los pensionistas, cuando, en realidad, ambos son igualmente culpables. Es decir, el gran engaño del poder político en torno a las pensiones públicas consiste en no advertir de forma clara y contundente a los actuales trabajadores de que deberían empezar a ahorrar cuanto antes para garantizarse unos ingresos más o menos dignos en la tercera edad.

La solución al constante problema de las pensiones públicas no estriba en su reforma permanente, sino en la completa demolición y progresiva sustitución del actual modelo de reparto por otro de capitalización, en el que los cotizantes podrían rentabilizar sus ahorros a largo plazo, haciéndose así con un elevado patrimonio con el que poder retirarse cómodamente, incluso antes de los 65 años.

Más Merkel, mejor Europa

La prima de riesgo portuguesa cerró en los 519 puntos el viernes pasado, lejos de los 765 que alcanzó en 2012 en plena crisis de deuda europea. 246 puntos menos pero insostenibles en el corto plazo. Pagar un 7% de interés por los títulos soberanos no puede afrontarlo ningún país, y menos aún uno como Portugal, una pequeña república que atraviesa una profunda depresión económica con la recuperación a años luz de distancia. El hecho es que Portugal si que fue rescatado por la troika hace ahora dos años y medio. Fueron días de furia aquellos de la primavera de 2011. La palabra rescate se puso de moda y todos la utilizaban como si fuese eso mismo, un rescate de verdad a partir del cual el rescatado pasaría a estar a salvo de cualquier peligro.

No era así. Ya se dijo entonces que los famosos rescates no servían más que para alargar la agonía, que era lo más parecido a extender gratuitamente el crédito a un ludópata que se ha dejado hasta la ropa en el casino. El ludópata en aquel momento era el Gobierno portugués, manirroto y fantasioso hasta decir basta, que quería seguir viviendo como si no pasase nada. Los socios de la zona euro aflojaron 78.000 millones de euros en varios pagos a cambio de que Lisboa aplicase un severo plan de recorte de gastos. El rescate y las medidas de ajuste que de él se derivaron provocaron un terremoto político que se cobró como primera víctima la cabeza del entonces primer ministro, el socialista José Sócrates.

78.000 millones de euros para un país con un PIB de poco más de 200.000 millones de dólares es mucho dinero, casi la mitad de la riqueza nacional inyectada de golpe a modo de préstamo en condiciones preferentes. Para hacerse una idea de lo que significó para la economía portuguesa descienda a otra escala, a la de una familia cualquiera que tiene unas rentas anuales de 60.000 euros y que, de golpe, la comunidad de vecinos le presta a bajo interés 25.000 euros a cambio de que vendan el Cayenne, la casa de la playa y de que saquen a los niños del colegio privado. En esas estaba Portugal cuando llegó al Gobierno Pedro Passos Coelho en junio de 2011.

En 2010 el Gobierno portugués había cerrado el año con un monstruoso déficit público del 9,8%, tan sólo unas décimas menos que el año anterior, cuando las cuentas se tiñeron de rojo sangre con un 10,2% de déficit. Sócrates, que no en vano era conocido como el Zapatero luso, decidió enfrentar la crisis gastando más, con la diferencia de que Portugal no había tenido años buenos de los que tirar, años que en España habían dejado mucho dinero en la caja para que el Estado aguantase los dos primeros años de crisis sin despeinarse.

Un país pequeño no podía aguantar semejante tren de gasto, máxime cuando ese país pequeño produce entre poco y nada. Portugal es, a pesar de sus más de diez millones de habitantes y su privilegiada ubicación geográfica en la fachada atlántica europea, un enano económico. Apenas tiene empresas multinacionales más allá de la petrolera GALP, la eléctrica EDP (ambas estatalizadas hasta la médula) y el banco Espirito Santo. A la anemia de la economía productiva portuguesa –la privada–, había que sumarle la metástasis de la improductiva –la del Gobierno–, con su más de medio millón de funcionarios (un 13% del total de ocupados) y su rosario interminable de empresas públicas. En Portugal, uno de los países más centralizados del mundo, no había ni hay autonomías, el Estado central lo gasta todo, lo que viene a confirmar que la sensatez no es cuestión de centralización o descentralización, sino del tamaño del Estado y de la intensidad con la que sus tentáculos aprietan a la sociedad civil.

El panorama en la vecina España no era muy diferente, pero aquí sí que tenemos grandes empresas, PYMES que se han puesto a exportar como posesas, un mercado de valores digno de tal nombre y el maná turístico que, con periodicidad regular, nos deja unos 60.000 millones de euros limpios de polvo y paja, a los que hay que añadir la actividad económica extraordinaria que generan a su alrededor. En Portugal no tienen esa suerte, no tienen tantas playas, ni tantas habitaciones de hotel, ni el continente tan cerca. El resultado es que daba igual la cantidad de dinero que la troika volcase sobre la moribunda economía portuguesa porque no iba a servir de mucho.

Tanto con Sócrates como con Passos Coelho el Estado portugués ha perseverado en su adicción al gasto. Los recortes, más duros que en España y con bastante más contestación social, han sido eso, simples recortes que no atacaban el problema principal. Portugal, como España, no necesitan recortes que prolonguen el sufrimiento y mantengan entre la gente la ilusión de unos servicios que no podemos costearnos, sino una reestructuración completa del Estado. Algo similar a lo que países como Suecia hicieron en los años noventa. Un replanteamiento integral del tamaño y las atribuciones del Estado que incluye, por descontado, una revisión del Estado del Bienestar.

Los 78.000 millones que soltó a tres partes el Fondo Europeo de Estabilidad, el MEEF y el FMI se han gastado ya. Es la misma historia de Grecia. Se confundió austeridad con recortes puntuales –y temporales– y al final ha pasado lo que tenía que pasar. Del mismo modo que un coche caro no anda sin gasolina y sin revisiones periódicas, un Estado caro no funciona sin ofrecer esa falsa idea de seguridad a sus súbditos, sin regar con dinero ajeno a un sinnúmero de clientelas. La austeridad no era eso. La austeridad es aprender a vivir con los recursos de los que se dispone. No es tan difícil, lo hacemos los individuos y las familias continuamente adaptándonos al cambio de los tiempos. El Gobierno portugués, en suma, pidió un dinero que no puede devolver y ahora quiere más. Los prestamistas lo saben, dudan de su solvencia y se cubren elevando el tipo de interés. Nada nuevo bajo el sol salvo la inepcia congénita de los políticos, que no aprenderán jamás.

Tócala de nuevo, Portugal

"However the Germans vote on 22 September, Berlin’s attitude to the EU is not going to change much" –  Charles Grant 

Hace dos semanas, Angela Merkel y Peer Steinbruck, principales candidatos a canciller alemán, mantuvieron un debate electoral en la televisión. Fue un encuentro sosegado, sin estridencias ni grandes acusaciones. No hubo calificativos negativos hacia la política de ajustes presupuestarios, sino todo lo contrario. Comentándolo con amigos alemanes, me decían: "La obsesión con la mal llamada austeridad es un problema de otros países, aquí la gente entiende que las cuentas hay que cuadrarlas".

Merkel finalizaba el debate con un discurso que incluía una frase interesante: "Han sido cuatro buenos años". Las cifras económicas son claras, las cuentas públicas en superávit, un crecimiento esperado del 1,7% en 2014, y el menor nivel de paro en décadas, 6,8%. 

Las elecciones, aunque se den distintas combinaciones de coalición, van a ser, con altísima probabilidad, un éxito para Merkel. Y eso es bueno. Ninguno de los grandes partidos, aunque haya una gran coalición, cuestiona el espíritu de las políticas que se han llevado a cabo. Tampoco se cuestiona el apoyo a Europa, pero hay elementos muy importantes que tienen implicaciones relevantes para el resto de países.

– La Unión Bancaria: el modelo que se nos vende en los países de la periferia parece como si fuera una especie de solución idílica a una banca hipertrofiada (320% del PIB de Europa) y con importantes problemas de capitalización y morosidad, pero en Alemania se considera –correctamente – una "monetización de deuda por la puerta de atrás" (Die Welt) y empezar la casa por el tejado cuando aún no se han llevado a cabo los procesos de recapitalización necesarios, incluidos los de sus propios bancos.

– Política energética: un gran debate en Alemania ha sido el enorme incremento de las tarifas eléctricas a los consumidores por las gigantescas subvenciones a la energía solar. Tras 100.000 millones de euros en primas, las tarifas finales han subido un 50% entre 2008 y 2013, con el componente verde (EEG) duplicándose. En los debates ya se habla de recortes a las primas y del riesgo de exclusión social tras haber cortado la luz a 60.000 clientes que no podían pagar las desorbitadas facturas. Puede tener serias implicaciones sobre la política energética de la Unión Europea, orientándola hacia la competitividad más que a objetivos supuestamente climáticos.

– Rescates a otros países y déficits: una gran parte del debate político se ha centrado en el riesgo de otro paquete de apoyo a Grecia y el propio Der Spiegel criticaba al gobierno de Merkel por dar cifras de la contribución alemana a los rescates muy inferiores a las reales. Sobre la estabilidad presupuestaria, una Alemania en superávit volverá a ser un referente de las políticas a llevar a cabo en Europa. En España siempre se dice que Alemania se saltó el límite de déficit para encarrilar su economía y que hoy no permite lo mismo a otros países. Cuando llevamos seis años consecutivos incumpliendo el déficit con apoyo de Alemania, del BCE y de la UE, es una afirmación cuando menos sesgada. Pero además, Alemania lo hizo durante un periodo muy corto de tiempo, con unos planes de ajuste muy agresivos, y recobrando la estabilidad en menos de tres años. No seis.

– Pensiones y modelo social: Alemania ha aceptado unos enormes recortes desde el “Plan 2010” de Schroder en 2003 con el objetivo de recuperar la competitividad y estabilidad económica, pero se percibe que el resto de países no está dispuesto a tomar esas medidas y que los beneficios no los están viendo los ciudadanos alemanes, sino los países rescatados, por eso un 57% está en contra de dar más dinero para rescates.

– Banco Central Europeo: en las elecciones no existe ningún partido importante que busque cambiar el mandato del banco central, y se ve con recelo la posibilidad de una nueva bajada de tipos que aumente aún más la excesiva liquidez del sistema y los incentivos perversos para que los estados continúen sin reformar.

La percepción que existe en algunos entornos económicos de que tras las elecciones veremos una relajación en la postura alemana con respecto a Europa no se ve en ninguna de las formaciones políticas. Porque desde Alemania lo que se cree es que no existe firmeza, sino tolerancia máxima al incumplimiento. 

De hecho sorprenden las acusaciones hacia Merkel y Alemania, que son a veces delirantes, en países que incumplen sus propios objetivos y sus propias estimaciones año tras año. Hacerse trampas al solitario y culpar a otro.

Eso sí, a medida que se confirme la recuperación europea, con un crecimiento estimado del 1,1% en 2014 (Eurozona), y todos los países en territorio de crecimiento positivo en dicho año, aunque sea modesto, veremos menos necesidad de medidas agresivas. Aunque las reformas siguen siendo necesarias, sobre todo con países que gastan hasta un 20% más de lo que ingresan. El modelo alemán ha sido mucho más efectivo para salir de la crisis que las propuestas francesas de gastar hasta la derrota final. En 2013, Francia generará un déficit adicional del 4% del PIB, mientras Alemania genera superávit. Es interesante, porque Alemania y Francia tenían déficits y deuda similares solo hace diez años. Alemania tomó el camino de las reformas y Francia el de “aguantar y esperar”.

El gran escollo es la creación de empleo. Alemania puso en marcha losmini-jobs y ha alcanzado dos objetivos, que se genere rotación de los sectores de baja productividad y con sobrecapacidad a otros nuevos, dando formación desde el trabajo, y reducir el paro al 6,8%. Ha sido una formula positiva para recolocar a empleados de sectores en declive.

Otro escollo para la creación de empleo es la excesiva carga impositiva, con una presión fiscal cercana al 52%. En estas elecciones se incluye la propuesta de Angela Merkel de bajar impuestos tras muchos años de ajustes. 

Alemania no es nada sin el resto de Europa, y viceversa. Es el segundo país, tras Francia, al que más exportamos los españoles. Ese comercio debe seguir acrecentándose. Ya se han relajado los objetivos de déficit de la mayoría de los países y la supuesta "presión alemana" es, en realidad, aceptar los incumplimientos a toro pasado.

En España se oye muchísimo eso de "ellos se beneficiaron de nuestra burbuja". Parece que olvidamos que nosotros tenemos el nivel de acceso a mercados financieros y a ayudas del BCE también gracias a ellos. Nadie puede negar que todos los países se han beneficiado del boom crediticio de la UE y que hoy todos deben manejar la resaca.

El compromiso de apoyo a Europa se mantendrá firme gane quien gane. Pero no va a ser un cheque en blanco como el de 2008, que llevó a la UE a gastar un 1,5% del PIB en estímulos para destruir cuatro millones y medio de puestos de trabajo.

Alemania vivió el error de esos estímulos de 2008 y en junio de 2010 introdujo el mayor recorte de gasto público en sesenta años, el Zukunftspaket (paquete de medidas para el futuro) junto con un plan financiero a medio plazo (2010-2014), que incluía recortes hasta alcanzar el 0,35% de déficit objetivo. Más de un tercio de esos recortes se daban en la seguridad social y administración.

A pesar de la crisis, el déficit del Estado cayó del 4,3% en 2010 hasta un superávit de 0,2% en 2012. Y habiendo cumplido los objetivos para el año 2014 con creces con dos años de antelación, el ministro de finanzas Bertrand Benoit anunciaba en julio nuevos recortes de 6.100 millones de euros. Esa política, la de no cejar en las reformas, es absolutamente esencial para una Europa fuerte, no una colección de estados sobredimensionados, endeudados e ineficientes.

Las elecciones alemanas, si gana Merkel, supondrán continuidad para el resto de Europa. Y eso es bueno. El proceso de recuperación no puede hacerse desde una clase donde todos los alumnos suspenden. Tiene que hacerse superando los objetivos individuales… Así es como se fortalece la Unión Europea. La política de prudencia presupuestaria, mal llamada austeridad, debe seguir en marcha.

Ahora que estamos viendo la recuperación gradual, con todos los escollos y dificultades indiscutibles que tiene, es cuando debemos acelerar las reformas y poner las bases para que no vuelva a pillarnos el invierno tocando el violín y con la despensa vacía.

Por qué Murcia no quiere catalanizarse (más)

El consejo que Esperanza Aguirre ha dado de que España se deje catalanizar ya ha sido experimentado en algunas regiones con resultados manifiestamente mejorables. En Murcia, por lo menos, no queremos que nos catalanicen más.

La supresión del trasvase del Ebro, dictada por ZP con el aplauso de la clase política catalana, fue un agente catalanizador de primer orden por el que se condenó a la indigencia a dos regiones españolas con la agricultura más eficaz y moderna del mundo: Murcia y Almería. En aquella ocasión, los murcianos no vimos a los catalanes que se sienten españoles salir a protestar contra la fechoría insolidaria que perpetraban sus políticos nacionalistas. Al contrario, lo que vimos fue la foto de Carod-Rovira y la ministra Narbona brindando con cava en la desembocadura del Ebro, para celebrar este gran éxito catalanizador de las tierras bárbaras del Sureste en medio del aplauso general.

La solución de ZP fue construir 51 plantas desaladoras, de las cuales sólo funcionan de vez en cuando 17 y el resto están paradas o ni siquiera se han llegado a poner en funcionamiento. Lo normal, porque si te bebes un buchito de ese agua al día siguiente estás en la unidad del riñón de tu hospital de referencia con piedras como cocos. Su baja calidad y precio prohibitivo convierte estas costosas instalaciones en inútiles también para la agricultura, con lo que esta primera catalanización nos ha costado cuatro mil millones de euros y medio millón de puestos de trabajo que se hubieran creado en caso de haberse realizado el trasvase previsto. Como ejemplo de las virtudes de la catalanización, parece lo bastante elocuente para no insistir más.

Si no nos dejamos catalanizar (aún más), los nacionalistas dicen que se largan de España, amenaza ridícula con la que el resto de los españoles no pierde precisamente el sueño. Cuando un hijo de una familia numerosa ya cuarentón esquilma a los padres, mete la mano en el bolsillo de los otros miembros del clan, los insulta y ante cualquier negativa a seguir consintiendo sus caprichos amenaza con irse de casa, el resto de los hermanos le ayudan a hacer la maleta con la mejor de las sonrisas. Si eso ocurre con un hermano, calculen con Junqueras, Buenafuente y el Clan de los Pujol.

Lactando a escondidas

Cualquier cría de cualquier animal mamífero se alimenta de la leche de su madre. Cualquier cría de cualquier animal mamífero se alimenta cuando lo necesita, sin importar la hora que sea ni dónde esté. Cualquiera menos la cría humanana del primer mundo. La leche materna es el mejor alimento que se le puede dar a un hijo y la lactancia es saludable tanto para el niño como para la madre. A pesar de ello, algunas mujeres deciden utilizar leche artificial, a veces por falta de información, a veces sólo por su propia comodidad, a veces incluso por una ideología feminista mal entendida: por un reparto “equitativo” de las “tareas”. Como si la alimentación de los hijos fuese una tarea comparable a la colada y como si el concepto de igualdad pudiera extenderse más allá de las desigualdades biológicas, naturales y deseables que han permitido la perpetuación de la especie.

Hemos llegado a un límite preocupante en el que la madre que opta por la lactancia artificial es vista con absoluta normalidad a costa de que la madre que opta por la lactancia materna sea vista como una retrógrada y se la condene a una suerte de ostracismo, exigiéndole que se recluya para alimentar a sus hijos o que, al menos, tenga la supuesta decencia de cubrir su pecho y la cabeza del niño. Porque podemos ver pechos en la tele (¡a cualquier hora del día o de la noche!), podemos ver pechos en las portadas de las revistas y podemos ver pechos en la playa, pero una teta lactante es una obscenidad. También podemos ver a niños comiendo papillas artificiales, bebiendo refrescos azucarados y devorando chuches de extraños colores. Pero si su alimento es la leche materna, entonces nos ofendemos y le pedimos a la madre que se retire. Sucedió en el MuseoThyssen, sin ir más lejos, cuando impidieron a una madre el acceso a las salas amamantando a su hijo. Se organizó una tetada frente al museo y se remitió una carta a la dirección, que contestó educadamente y aclaró que su normativa no impide la lactancia, que fue un error de un trabajador que se debía haber limitado a indicarle que, si quería, podía hacer uso de las salas de lactancia. A veces es peor; a veces no hay salas de lactancia y te mandan al baño a lactar. No creo que te mandaran a merendar al baño si fueras a comerte un bocadillo. Y aunque haya salas y sean bonitas, limpias y agradables (cosa que no siempre sucede) no todas las madres quieren retirarse del mundanal ruido para amamantar. 

Aún queda esperanza porque cada vez son más las mujeres que se animan a denunciar estos abusos y a hacer valer su derecho (y su obligación) a alimentar a sus hijos cuando y donde sea necesario. A veces en un bar, en una tienda, en un museo o en cualquier otro lugar, una madre lactante es acosada y reprendida, pero cada vez es más frecuente que esa madre se defienda. Lo triste es que tengamos que esgrimir argumentos científicos, que tengamos que justificar las bondades de la lactancia materna, que tengamos que tener siempre en mente los datos oficiales de entidades como la Organización Mundial de la Salud y similares, que haya que organizar campañas a favor de la lactancia materna y, no ya tratar de convencer a otras de que esto es realmente lo mejor, sino simplemente intentar sobrevivir al acoso social al que se nos somete.