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Menos proselitismo y más pedagogía

“Menos proselitismo y más pedagogía” es lo que escribió mi padre en el apartado del boletín de notas de secundaria reservado a las observaciones de los padres de alumnos. El comentario iba dirigido al profesor de catalán, que tenía por costumbre hacer exámenes con preguntas de claro contenido ideológico. Antes, por supuesto, se había encargado de falsear la historia a su conveniencia, así que había que hacer el examen mintiendo y tapándose la nariz o suspender. Yo prefería suspender. Habría preferido que, para calificar nuestras aptitudes lingüísticas, nos hubieran hecho un dictado extraído de alguna obra de Pere Calders o Mercè Rodoreda, por ejemplo; o que nos hubieran pedido una redacción sobre nuestro libro preferido, sobre lo que habíamos hecho el verano anterior o sobre cualquier otra cuestión libre del sesgo ideológico. Pero no teníamos esa opción. 

Curiosamente, cuando llegué a Barcelona resultó que mis profesores de bachillerato valoraban enormemente que escribiera usando la variante balear. Me permitían usar las expresiones y el léxico propio del menorquín, algo que siempre entendieron como una riqueza cultural. Se sorprendieron al saber que en esta isla tan pequeña existen dos sistemas vocálicos, que cada pueblo tiene su léxico específico y que en Mallorca y en Ibiza se habla de otras formas. Jamás en Cataluña me dieron una tarea o una pregunta de examen con contenido ideológico, y no dudo que mis profesores tenían sus propias ideas sobre el nacionalismo catalán y sobre el nacionalismo español. Nunca supe cuáles eran esas ideas porque esa gente se dedicaba a hacer pedagogía. No sé si a día de hoy las cosas han cambiado en la Ciudad Condal, aunque intuyo que sí. Lo que sé es que por otros lares una buena parte del cuerpo docente es más papista que el papa. Son los mismos que piden pactos por la educación cuando no gobiernan los suyos pero que imponen su limitada cosmovisión cuando tienen el poder. Los mismos que aplauden la destitución de un cargo puesto a dedo por una expresión inadecuada en las redes sociales pero que aplauden igualmente que en cierto canal de televisión se dispare contra el Rey de España o se pida la muerte de quienes no comulgan con sus ideas. Los mismos que tergiversan la historia llegando a creerla, los que han conseguido que los abuelos menorquines y que los payeses menorquines pasen por ignorantes a ojos de los niños por no hablar como los manuales dicen que hay que hablar. 

Las Islas Baleares son las nuevas colonias, pero no por méritos propios de una Cataluña imperialista sino por la traición de quienes supuestamente habían de defender otras ideas. Esa aberración llamada “normalización lingüística” se la debemos al Partido Popular de Gabriel Cañellas y a la pasmosa pasividad de quienes les han seguido votando. Porque nada hace tanto daño a una cultura y a una lengua como la combinación explosiva de la cobardía de quienes imponen a golpe de decreto y la vileza de quienes se erigen en únicos y legítimos defensores de una noble causa por la que cincelan los tiernos cerebros de nuestros niños.

La izquierda balear, catalanista por definición, pelea en las redes sociales con los populares, supuestamente españolistas pero ignorantes de que la catalanización de las islas la oficializó su propio partido. Unos y otros evidencian su bajeza moral al caer en la descalificación personal y el insulto gratuito. Los datos y los argumentos brillan por su ausencia. En las aulas, mientras tanto, se sigue sustituyendo a la pedagogía por el proselitismo.

El islam como problema

A comienzos de junio Tony Blair publicó un artículo a propósito del asesinato del soldado británico Lee Rigby en una calle del sur de Londres que causó gran revuelo. Su título era Un problema dentro del islam y en sus párrafos más destacados decía lo siguiente:

No hay un problema con el islam… Pero hay un problema dentro del islam –de parte de los adherentes a una ideología que es una rama dentro del islam–. Y esto tenemos que ponerlo sobre la mesa y ser honestos acerca de ello. Por supuesto que hay cristianos extremistas y también judíos, budistas e hinduistas que lo son, pero me temo que esta rama dentro del islam no sólo abarca a unos pocos extremistas. En su núcleo existe una concepción de la religión y de la relación entre religión y política, que no es compatible con las sociedades pluralistas, liberales y tolerantes.

Para muchos fue una declaración escandalosa, lo que simplemente indica el grado de incapacidad de hablar con franqueza a que se ha llegado en lo referente al islam. Al poco tiempo vino la crisis egipcia, confirmando una vez más que el islamismo, es decir, lo que Blair considera la rama problemática del islam, "no sólo abarca a unos pocos extremistas". Sin embargo, si bien para muchos la constatación de Blair parece osada la verdad es que elude lo más importante y problemático, a saber, que aquella "concepción de la religión y de la relación entre religión y política, que no es compatible con las sociedades pluralistas, liberales y tolerantes" es, en realidad, la esencia misma del credo instaurado por Mahoma.

Cabe recordar que la idea distintiva del islam es que su libro sagrado, el Corán, es la palabra eterna, exacta e inmutable de Dios que Mahoma, con la mediación del arcángel Gabriel, sólo se limitó a recitar (Corán, Qu’rān, significa "la recitación" y la ortodoxia plantea que el texto, ya en árabe clásico, existió en Dios desde siempre). Esto crea un obstáculo mayor para cualquier intento de interpretación alegórica, matización o reforma del mensaje coránico. Pero lo decisivo es que este mensaje inmutable, complementado por los hadices o hechos y dichos del Profeta, no se refiere exclusivamente a cuestiones espirituales o supraterrenales, sino que aspira a regir directamente el conjunto de la vida social y espiritual. Ésta es la raigambre "totalizante" del islam, ya que excluye la existencia de un orden secular separado o no regido por la religión. Pero aquí también radica su matriz predemocrática, ya que no reconoce la soberanía legislativa del pueblo sino sólo la divina. Por ello, cuando los Hermanos Musulmanes dicen "El Corán es nuestra Constitución", están, de hecho, diciendo una obviedad para todo musulmán que siga tomando en serio los pilares mismos de su fe.

Si hacemos una comparación con el cristianismo y su evolución hacia una aceptación de la modernidad secularizada vemos dos notables diferencias que harán una evolución semejante mucho más difícil en el caso del islam. Por una parte, el cristianismo no es fundacionalmente totalizante (si bien tendería a serlo al ser adoptado como religión de Estado) y por ello no se articula originalmente como una religión que pretenda regir los asuntos de este mundo. "Dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios" y "Mi Reino no es de este Mundo" son dos magníficas síntesis bíblicas de esta distancia respecto del orden social y político terrenal. Por otra parte, a diferencia de Mahoma, Cristo no fue ni pretendió ser un jefe político-militar ni tampoco el creador de un orden social determinado. En suma, mientras que el cristianismo nació para resistir al mundo o incluso apartarse de él, el islam nació para conquistarlo y gobernarlo, para ampliar contantemente la "Casa del Islam" (Dār al-Islām) hasta absorber completamente ese mundo exterior llamado la "Casa de la Guerra" (Dār al-Harb).

Así y todo, el camino del cristianismo hacia una aceptación plena de una sociedad abierta no fue fácil. Su retirada hacia la esfera privada y la pérdida de su monopolio ideológico fue un proceso largo y desgarrador. También lo fue aceptar la crítica de sus textos sagrados, la autonomía de la ciencia y, sobre todo, la libertad del individuo para elegir sus formas de vida y, finalmente, creer o no creer. Nada semejante ha ocurrido dentro del islam y por ello su enfrentamiento con la modernidad –que no surge como en el mundo cristiano de una evolución interior sino que irrumpe como una fuerza exterior– ha sido tan difícil y traumático, provocando finalmente una fuerte reacción defensiva que propone la reislamización plena de la sociedad y la vuelta a la pureza de los orígenes, encarnada por esa utopía arcaica que es la umma o comunidad de los creyentes instaurada por Mahoma.

Este es el sentido estrictamente reaccionario del fundamentalismo islámico, pero lo que hay que entender es que el mismo no se deriva de una interpretación atávica o delirante del mensaje original de Mahoma, sino que fluye de la esencia misma de ese mensaje. En ello reside la dificultad que hay que saber reconocer y enfrentar, no para satanizar al islam sino para entender a cabalidad tanto su encrucijada actual como la fuerza del islamismo en sus diversas variantes.

El futuro dirá si el islam va a seguir siendo una "religión del recuerdo", es decir, de la fidelidad a la tradición (sunna) y al pasado, o si será capaz de evolucionar hacia una religión del futuro. Los que deseamos que prevalezca esta última alternativa debemos empezar por reconocer que existe un problema no sólo dentro del islam sino con el islam.

Rajoy tendrá su ‘Sálvame’

Finalmente Rajoy ha aceptado comparecer en el Parlamento para explicar que no tiene nada que explicar, explicación que no va a convencer a los que llevan dos semanas pidiéndole explicaciones. En realidad da igual lo que el presidente del Gobierno tenga a bien deponer desde la tribuna del Congreso, porque la oposición ya ha decidido que es un gobernante corrupto y por tanto tiene que dimitir, que es la conclusión a la que llegan todos los partidos cuando los escándalos sacuden las filas de las otras formaciones. Los partidos políticos, organizaciones privadas que viven de corromper a los ciudadanos para que les entreguen su voto, no es extraño que acaben sumergidos en su propia podredumbre, lo que no evita que utilicen episodios particularmente notorios a efectos electorales.

No deja de tener su aquél que los socialistas pidan explicaciones sobre corrupción, siendo como son los mayores especialistas en la materia. ¿Acaso quieren aprender más todavía? Pues lamentablemente no hay nada que ningún otro partido pueda enseñarles sobre el trinque en sus más diversas e imaginativas formulaciones, porque después de tres décadas y media pocos senderos quedan en el terreno de la corrupción política que el PSOE no haya transitado, a menudo con trayectoria de ida y vuelta. Lo de los nacionalistas catalanes es distinto, porque ellos ni siquiera tienen que disimular gracias a una sociedad y unos medios de comunicación férreamente uncidos a sus delirios identitarios y al presupuesto de la Generalidad respectivamente. Lo de CiU es, en efecto, de otra galaxia, lo que no impide que sus dirigentes se hayan sumado a la exigencia de responsabilidades al partido del gobierno, poniendo en alquiler su apoyo a cambio de que les autoricen el referéndum para hacer como que se quieren separar de España. Izquierda Unida, por su parte, ya tiene bastante con explicar a sus votantes de Cuenca por qué sigue sosteniendo al frente de Andalucía al gobierno más trincón de Europa, a tenor de las cifras más modestas que se manejan en torno al escandalazo de los ERE.

El panorama parlamentario que se va a encontrar Rajoy no puede ser por tanto más sugestivo. La sesión en la que comparezca para defenderse de las sospechas de corrupción levantadas por su otrora hombre de confianza al frente de las finanzas del partido va a ser de antología. No hay delito atribuido al innombrable que no hayan cometido con insistencia los partidos cuyos diputados van a vapulearlo como un conciliábulo de porteras especialmente mal avenidas. Los asesores del presidente deberían ponerle el día antes un resumen de los mejores momentos de Sálvame de luxe o el discurso de José Isbert a sus convecinos de Villar del Río en la película Bienvenido Mr. Marshall. Como elementos de inspiración de cara a su comparecencia parlamentaria no van a encontrar nada más apropiado.

No, no van a pedir perdón

El mercado eléctrico en España tiene dos grandes problemas y luego, a modo de propina, un sinfín de problemillas. Todos, los grandes y los pequeños, son consecuencia directa del politiqueo. ¿Quiere saber cuáles son esos dos problemas? El primero es el déficit de tarifa. A las eléctricas les adeudamos cerca de 30.000 millones de euros, una deuda que más tarde o más temprano tendremos que saldar los consumidores o los contribuyentes. El segundo es el precio. La luz en España es cara, carísima en comparación con otros países “de nuestro entorno”, como gusta decir a la politicastrada patria.

A estas alturas generar y distribuir electricidad no tiene demasiados secretos. Las diferentes tecnologías tradicionales están maduras y son extremadamente eficientes, es decir, generan mucha electricidad a un precio unitario muy bajo. Atrás quedaron los tiempos en los que el kilovatio era valioso, difícil de producir y necesariamente caro. Aquí, sin embargo, tenemos la electricidad más costosa de Europa. Diríase que el nuestro es un país en desarrollo que está, poco a poco, dotándose de infraestructuras eléctricas. Pero no, en España hay un parque bestial de centrales de todo tipo. Tenemos nucleares, hidráulicas y térmicas de todos los sabores. El sistema, en definitiva, puede generar mucha más electricidad de la que el mercado demanda.

Entonces, ¿por qué es cara? Simple, porque, hace ya muchos años, los políticos de todos los partidos decidieron que los vatios en España eran de su propiedad. Iban a generarse conforme a un plan predeterminado, algo muy soviético, muy de esta gente. Así, dejó de ser el mercado y empezó a ser el Estado quien se arrogó la provisión de un bien que es casi tan necesario como el aire que respiramos. El político, y no el consumidor ni el accionista, han decidido qué tipo de centrales se instalaban, dónde lo hacían y de qué potencia. ¿Se imagina eso mismo en el mercado del automóvil? ¿Imagina tener que conducir un modelo de coche determinado porque el político de turno lo ha decidido después de haber pagado por él dos o tres veces su precio, y que ni con esas la fábrica de automóviles ganase dinero? Bien, pues eso es lo que sucede con la electricidad.

Digo todo esto a cuenta de la penúltima reforma eléctrica que acaba de presentar el Gobierno. Es una reforma previsible conociendo el paño monclovita. Sus errores los vamos a pagar todos. La intervención sistemática y enloquecida de esta banda en el mercado eléctrico correrá a nuestra cuenta, a la de nuestros hijos y, con un poco de mala suerte, a la de nuestros nietos. Menos mal que lo hicieron por el “bien común” que si llegan a hacerlo para fastidiarnos hoy estaríamos con apagones como en Cuba.

La reforma en cuestión ataca los dos problemas: el del déficit y el de la sobrecapacidad primada que afectan al sector. El primero lo va a cargar en el recibo. En los próximos años pagará más por lo mismo. Tendrá que apagar las luces, poner menos la lavadora y vigilar el aire acondicionado. Pero esa, siendo mala, no es la peor de sus consecuencias. Las empresas, muchas de ellas consumidoras intensivas de electricidad, también tendrán que hacer frente a capítulos de gasto eléctrico cada vez más gravosos. Muchas, las que más gastan, se deslocalizarán a otros países donde el vatio no sea prohibitivo. Otras, las que gastan menos o las que, simplemente, no puedan moverse, repercutirán el gasto extra en sus clientes. Los hoteles, por ejemplo, lo harán en el precio de la habitación, los bares en el de la bebida y los grandes almacenes en el de los artículos.

¿Ve cómo la política siempre tiene un coste letal para usted y, especialmente, para su bolsillo? Lo mejor de todo es que, hecha la faena, los mismos que la perpetraron no han pedido siquiera perdón. Porque si la luz es cara –y más que lo va a ser–, no es porque tengamos que importar el gas o el uranio. No, nada de eso. La luz es cara porque en España se genera mucha y mal. Esto, claro, no se lo contaron hace diez años cuando empezaron a llenar el país de molinos de viento y placas solares. Era el progreso, decían, y sí, era el progreso, el progreso de nuestro dinero hacia el bolsillo de los que, licencias y privilegios mediante, se metieron de cabeza en aquella burbuja tan moderna y molona que hasta los productos más insospechados se anunciaban con molinillos eólicos detrás.

¿Cabría otra reforma distinta a la que han hecho? Sí, obviamente. Cabría limitar el papel de los políticos en este sector a la pura y simple regulación básica. Del resto se encargaría el mercado, es decir, nosotros mismos tomando decisiones de consumo no una, sino muchas veces al día. Tal vez desaparecería buena parte del parque eólico y la totalidad del solar; tal vez las eléctricas volverían sus ojos sobre la energía nuclear y el carbón de importación; tal vez el gas natural nacional, el obtenido mediante la técnica de fracturación hidráulica, tendría su oportunidad, la misma que la tiranía medioambiental le está negando. Habría que suprimir de un plumazo todas las primas a cualquier fuente de generación y que el precio mayorista fuese el del pool, así, sin conservantes ni colorantes, como el bonito de Santoña. Sería duro durante unos meses, quizá un año, luego el mercado se estabilizaría y, de pronto, la electricidad empezaría a bajar. Sobre la electricidad imperarían las mismas fuerzas que sobre el mercado del pan. Y no lo olvide, hay mucha gente que no come pan, pero todos, absolutamente todos, consumimos electricidad. Eso, obviamente, no lo van a hacer. Y pedir perdón tampoco.

El inventor y el capataz

Los agarraron en el Canal de Panamá con las manos en los misiles. El castrismo no cambia. La complicidad de Cuba con Corea del Norte lo demuestra. Lo había advertido en La Habana el Jefe del Estado Mayor norcoreano, el general Kim Kyok Sik: "Visito a Cuba para encontrarme con los compañeros de la misma trinchera, que son los compañeros cubanos". Dios nos coja confesados.

Además, Raúl Castro está muy molesto. El país es un desastre. Lo dijo públicamente hace unos días. Los cubanos son ladrones y vulgares, especialmente los jóvenes, que sólo se dedican a perrear y al reguetón. Había prometido que todo el mundo se podría tomar un vaso de leche y no lo ha conseguido. Ni siquiera eso.

Hay menos huevos, menos carne, menos pollo. No hay manera de acabar con el racionamiento ni de ponerle fin al truco de las dos monedas. El Estado paga con la mala, la que no tiene valor, y vende en la buena, la que vale mucho. Raúl Castro sabe que perpetra una estafa de juzgado de guardia, pero se resiste a ponerle fin al delito.

Nada de esto es nuevo. Hace unos 25 años, Raúl Castro comenzó a darse cuenta de que el comunismo cubano era radicalmente improductivo. Fue entonces cuando mandó a algunos de sus oficiales a tomar cursos de gerencia en varios países capitalistas. Creía que era un problema administrativo. Acababa de leer Perestroika, el libro de Gorbachov, y estaba deslumbrado.

En ese momento, todavía Raúl no era capaz de entender que el marxismo era una disparatada teoría que siempre conducía a la catástrofe. Fidel agravaba el problema con su ridículo voluntarismo, su inflexibilidad, sus iniciativas absurdas y su ausencia de sentido común, pero no generaba el desastre. El mal comenzaba en las premisas teóricas.

Hoy es diferente. A estas alturas, Raúl Castro, que ya no teme a Fidel y ha eliminado de su entorno a todos los acólitos de su hermano, con siete años de experiencia como gobernante, ya sabe que las recetas colectivistas y la cháchara del materialismo dialéctico sólo sirven para mantenerse en el poder.

Pero aquí viene la paradoja. A pesar de esa certeza, Raúl Castro quiere salvar un sistema en el que ya no creen ni él ni ninguno de sus más próximos subordinados. ¿Por qué ese contrasentido? Porque no se trata de una batalla teórica. Cuando Raúl declaró que no llegaba a la presidencia para enterrar el sistema, realmente lo que quería decir era que no sustituía a su hermano para perder el poder.

En todo caso, ¿cómo Raúl pretende salvar a su régimen? Lo ha dicho: cambiando la forma de producir. Inventando un robusto tejido empresarial socialista que sea eficiente, competitivo y esté escrupulosamente manejado por unos cuadros comunistas transformados en gerentes honrados que trabajarán incansablemente sin buscar ventajas personales. Ya que no ha podido crear hombres nuevos, Raúl quiere crear burócratas nuevos.

O sea, estamos ante una variante de los delirios desarrollistas de su hermano Fidel. Mientras Fidel era el inventor genial, siempre a la búsqueda de una vaca lechera prodigiosa alimentada de moringa con la que solucionaría todos los problemas, Raúl es el capataz riguroso, convencido de que es un tipo pragmático, organizado y con la mano dura, que puede darle la vuelta a la tortilla a base de controles y vigilancia.

Ese vigoroso aparato estatal raulista coexistiría junto a un débil y vigilado sector privado –empresas bonsai les llama el economista Oscar Espinosa Chepe–, cuya función sería prestar pequeños servicios y ser el desaguadero de la mano de obra excedente del sector público. Ahora los cuentapropistas están bajo ataque porque algunos, supuestamente, ahorran y se hacen ricos. Raúl quiere un capitalismo sin capital. Algo así como pretender que la madama sea virgen y pudorosa.

¿Cuánto tiempo demorará Raúl Castro en descubrir que su reforma tampoco funcionará porque es tan irreal como las locuras agropecuarias de su hermano? A Gorbachov le tomó unos cinco años admitir que el sistema no era reformable y no había otro camino que demolerlo. A Raúl, aunque es duro de entendederas, eventualmente le ocurrirá lo mismo. Su hermano Fidel siempre lo decía, como reveló el padre Llorente, maestro de ambos: este muchacho no es muy brillante.

El sistema anti-niños

La conclusión sólo puede ser una: nos toman por imbéciles. Los apoltronados de la Carrera de San Jerónimo y similares se están riendo de nosotros. Vomitan leyes, reglamentos, decretos, órdenes ministeriales a tutiplén, supuestamente para protegernos y para proteger a nuestros hijos. Pero después resulta que forman un sistema que es incapaz de conseguir que Miguel Carcaño diga la verdad sobre dónde está el cuerpo de su víctima. El mismo sistema que persigue a los homeschoolers como si fueran delincuentes (sólo a algunos, que a Carmen Thyssen no le han dicho nada que yo sepa) pero que no actuó cuando en Galicia un niño faltó a clase durante dos años seguidos. Después, cuando lo encontraron descuartizado en una maleta tirada en una cuneta en Menorca, sólo se hablaba de la descerebrada de su madre. De los que tenían la responsabilidad de abrirle un expediente de absentismo escolar nadie habla.

Es el mismo sistema que consigue hacernos tragar y callar cuando la consejera de Bienestar Social de la Generalitat nos dice que “el gobierno catalán no ha cometido ningún error” en el caso del educador social que acogía a niños tutelados y que resultó ser pederasta. Quienes se encargaron de los 34 controles que tuvo que pasar se han cubierto de gloria. A lo mejor redactaron los informes sin haber pasado realmente el control. No sería la primera vez. Yo he visto informes de servicios sociales relativos a familias que educan en casa y redactados por asistentes sociales que nunca visitaron a esas familias y que nunca vieron a esos niños. Por suerte en esos casos los niños sí estaban bien atendidos, pero podría no haber sido así. Podría haber sucedido que los niños no hubieran estado bien educados, ni bien alimentados, podrían haber sido víctimas de abusos o podrían incluso haber estado muertos. Pero, mientras tanto, unos asistentes sociales firmaron un informe donde aseguraban que todo estaba bien.

Y así nos luce el pelo. Creemos que es correcto, incluso bueno, que haya un gobierno que vele por nuestros hijos. Que prohíban los refrescos gigantes, que decidan qué alimentos pueden ofrecerse en los comedores escolares, que no les dejen ver según qué películas o jugar a según qué videojuegos. Y luego pasan cosas como éstas. Como lo del pederasta de Castelldans, los veinte niños muertos en la India debido al mal estado de la comida que les dio el gobierno local, o los niños detenidos en los Estados Unidos por los actos más inocentes que uno se pueda imaginar, como eructar en clase, tirarse leche en el transcurso de una pelea, lanzar aviones de papel dentro del aula, llevar un cuchillo de plástico o dibujar a Jesús en la cruz. Eso por no hablar del secuestro legal de niños, algo que está a la orden del día en países como Suecia, donde el sacrosanto Estado del Bienestar ha cruzado todos los límites de lo humanamente aceptable.

El riesgo cero no existe, por supuesto. Puede haber accidentes y descuidos imperdonables con consecuencias terribles. Como los niños ahogados por falta de una adecuada vigilancia y de una adecuada formación. Nueve en once días en lo que va de verano es una cifra excesiva que debería haber hecho saltar alguna alarma, pero no. O como los niños que fallecen asfixiados tras ser incomprensiblemente olvidados dentro del coche. También hay mujeres dementes que paren a sus hijos y acto seguido los echan por el desagüe o los meten en el congelador. “No tenía dinero para abortar”, dijo una. Bien, alguien debería haberle contado que existe algo llamado “adopción”.

Me pregunto qué futuro tiene una sociedad tan enferma en la que unos observan pasivamente estas atrocidades como quien ve una película de superhéroes en la tele, con la convicción de que nada tiene que ver con sus propias vidas, mientras otros prefieren ni mirar porque ojos que no ven, corazón que no siente. Nos toman por imbéciles y puede que lo seamos.

La verdad del caso Zimmerman

George Zimmerman, el hombre acusado de ser blanco y asesinar a sangre fría a un chico negro ("niño", escriben algunos periodistas; debía ser el único niño de 17 años del planeta), llamó aquella noche a la policía antes de la confrontación en la que acabó matando a Trayvon Martin. La cadena de televisión NBC emitió la grabación de un fragmento de esa llamada:

Este tipo parece estar tramando algo… parece negro.

Leyendo esto sin duda se habrá quedado usted con la misma idea que yo: Zimmerman era un hijo de perra racista y eso seguramente tenga mucho que ver con la muerte de Martin. El problema es que la NBC editó esa llamada antes de emitirla. La conversación en realidad fue así:

Zimmerman: Este tipo parece estar tramando algo… o quizá esté drogado o algo. Está lloviendo y se dedica a dar vueltas, mirando.

Policía: Ok, y este tipo ¿es negro, blanco o hispano?

Zimmerman: Parece negro.

¿Verdad que la cosa cambia un poco? Ahora que un jurado compuesto por seis mujeres le ha exculpado, su abogado reactivará una demanda contra NBC, paralizada hasta la resolución del juicio. Pero aunque sea el ejemplo más escandaloso con diferencia, la manipulación de la NBC no es más que la punta del iceberg: CNN también intentó alterar la grabación para poner en los labios de Zimmerman un insulto racista y ABC afirmó que el vigilante voluntario no había sido herido esa noche. Era un caso que no iba siquiera a llegar a juicio y al final ha llegado a los medios de todo el mundo, pero visto sólo a través de los ojos de unos cruzados para quienes la causa obliga a mentir.

La historia que nos ha vendido la propaganda es que el blanco Zimmerman asesinó al negro Martin porque era negro. Por eso sospechó que pudiera ser un ladrón, por eso fue tras él con una pistola y por eso le disparó pese a que Martin iba desarmado. No sólo fue un asesinato, sino eso que en Estados Unidos se llama "crimen de odio"; un serio agravante.

La principal pieza de esta cruzada, obligatoria para transformar la muerte de Martin en una cause célèbre, era convertir a Zimmerman en blanco. Porque si quien mata a un negro no es un blanco, no hay manera de sacarle partido como crimen racista. Tan importante es para la historia oficial que algunos periodistas lo siguen repitiendo pese a saber que es mentira y muchos medios lo han calificado de "hispano blanco", una novedosa categoría étnica a la que parece que sólo pertenece él. Porque Zimmerman es hijo de un judío y una peruana. Es decir, tan hispano como negro es Barack Obama, hijo de un africano y una norteamericana blanca de familia bien. Además, es demócrata, votó a Obama y hasta hizo campaña contra el Departamento de Policía de su localidad por no detener al hijo blanco de uno de sus oficiales después de que éste pegara a un vagabundo negro.

De Zimmerman se pueden decir muchas cosas, pero difícilmente que fuera racista. Aún así, es probable que en aquella noche maldita tuviera en cuenta que Martin era negro. Es triste, pero los jóvenes negros cometen una parte desproporcionada de los delitos en Estados Unidos, hasta el punto de que el propio Jesse Jackson confesó con tristeza que se sentía aliviado si la gente con la que se cruzaba de noche por la calle era blanca.

Los sucesos de aquella noche fueron una tragedia en la que Zimmerman, y en menor medida Martin, tomaron varias decisiones equivocadas impulsadas, entre otras cosas, por el miedo. Zimmerman vigilaba, vio algo raro en el comportamiento de Martin y llamó a la Policía. El temor a que mientras llegaba la caballería escapara un sospechoso de los robos que había sufrido el vecindario –como le había sucedido ya tres semanas antes–, y seguramente las ganas de ejercer como el policía que nunca logró ser, le llevaron a salir del coche y seguirlo para asegurarse de que no escapaba. La Policía le dijo al teléfono que "no necesitaban que lo hiciera"; Zimmerman dice que obedeció y empezó a regresar al coche, pero no hay otras pruebas o testimonios que lo confirmen.

Trayvon Martin era un joven problemático. Expulsado en numerosas ocasiones del instituto, los datos de su móvil que la Fiscalía ocultó a la defensa hasta la víspera del juicio prueban que era, cuando menos, aspirante a pandillero, que coqueteaba con las drogas y que, en general, distaba mucho de la imagen de niño inocente que Obama, los medios y la Fiscalía han vendido. Pero aquella noche no estaba haciendo nada malo. Caminaba bajo la lluvia sin entrar en el piso de la novia de su padre porque estaba hablando por el móvil. No dormía allí a menudo, de ahí que Zimmerman no lo conociera. Martin notó la vigilancia y sospechó que Zimmerman era un pervertido. Se enfrentó entonces a su perseguidor, quien no se identificó como vigilante voluntario. Le pegó y cuando ya estaba en el suelo siguió atizándole; era más alto y pesaba más que su adversario, y parece que más habilidoso en la lucha cuerpo a cuerpo. Zimmerman, temiendo que iba a quedar inconsciente y no podría defender su vida, le disparó una sola vez a quemarropa, matándolo. El vigilante ha dicho más cosas, como que Martin notó que llevaba pistola, se la intentó robar y amenazó con matarle con ella, pero al contrario que el resto de su versión, no hay nada que lo corrobore.

Para quien sepa inglés y sea aficionado a las películas americanas de juicos, el espectáculo ofrecido en Florida ha sido bastante asombroso: todos los testigos de la Fiscalía corroboraron en mayor o menor medida la versión del acusado. El que fuera abogado de O.J. Simpson, el profesor de Harvard Alan Dershowitz, ha indicado no sólo que el veredicto es correcto, sino que la conducta de la fiscal especial encargada del caso ha bordeado el delito. Zimmerman hizo muchas cosas mal esa noche y es el principal responsable de la muerte de Martin, pero no cometió un asesinato a sangre fría.

¿Y por qué ese intento, bastante exitoso, de engañar a la opinión pública? Por parte de Barack Obama, parece claro: por mucho que se haya vendido como el gran reunificador que curará las heridas raciales, el presidente de Estados Unidos no ha hecho otra cosa que echar sal en ellas desde que llegó al poder. Por eso dijo que "si tuviera un hijo, se parecería a Trayvon", pero no ha abierto la boca para presionar a la justicia en ningún caso en el que los sospechosos fueran negros. Obama es así, y además así moviliza al electorado negro. ¿Para qué cambiar?

Los medios, por su parte, viven en sus mundos de Yupi y siguen emperrados en que Estados Unidos es un país activamente racista contra los negros que no ha cambiado un ápice desde los años 60. Pero esa narrativa ya no se la creen ni los propios negros, que a estas alturas ya creen más racistas a los suyos que a los blancos. ¿Cómo no va a ser así, cuando sus propios líderes –empezando por Obama– escogen bando basándose en las razas de los implicados, y no en los hechos? Porque al margen de la desinformación, no hay duda de que muchos han dado por supuesto que Zimmerman era culpable porque Martin era negro y él no. Y eso tiene un nombre: racismo.

Que no se sobren

La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Y éste ha hablado. Lo ha hecho ante Pedro J. Ramírez, con los originales en la mano. Y, más tarde, lo ha hecho ante el juez. La diferencia no es baladí. A Pedro J. se le puede mentir, sin mayor consecuencia que la de no leer tu historia en la portada de su periódico. Una mentira ante el juez tiene consecuencias penales. El cómputo de los días sin disfrutar de los millones, una pena. Eso cuenta. Así, a ojo, cuenta unos 4.300 euros al día que se podría gastar en libertad, multiplicado por los días añadidos de cárcel que se ganase por mentir al juez. Y como en su camino hacia la cárcel está perdido, ha ido al río de tinta, la de las reacciones de la prensa.

El porquero es un chantajista. Para ello no hay que ser un genio. Sólo hay que moverse con soltura en el condicional. Si me vendes, te corto los huevos. Tampoco hay que serlo para convertirse en líder del PP y presidente del Gobierno. El chantajeado le entregó una prueba documental de que entendía la amenaza. “Hacemos lo que podemos”. Lo que podemos, dicho por el jefe del Ejecutivo en referencia al Judicial, en una democracia seria, es nada. Pero Rajoy se apunta a todo. Por un lado promete al porquero manosear la justicia en lo posible, y por otro dice que la nuestra es una “democracia seria”.

El porquero es como Rajoy, un maestro en el manejo de los tiempos. La escalada del chantaje ha ido de la copia (involuntaria) al original. Del periodista al juez. Y del SMS que muestra que Mariano Rajoy estaba en el tablero del juego, a… a lo que venga.

El Partido Popular, tan digno él, que no se iba a rebajar a responder a un presunto ladrón. El presunto al que ellos han estado empleando para sus cuentas durante décadas. Y ahora es el presidente del partido el que cuchicheaba con él sobre cómo evitarle la cárcel. Los 12.620 euros que habría recibido Mariano en sobresueldos de dinero en negro procedente del cohecho entre el partido, la administración y las empresas es corrupción. Pero se queda en nada al lado de la corrupción de las instituciones que se sugiere en esos SMS.

El cierre categorial sobre los papeles, del que hablamos, se refuerza. Recibís firmados que confirman las anotaciones. Como la categoría moral de los Mariano, Rodrigo, Paco y Federico, aparece a la altura del porquero, todo podría ser. Incluso podría ser que no hubiesen cobrado, pero es pronto para hablar de unicornios azules. Eso sí, estamos a tiempo de hablar de periodistas egipcios, de los que ponen la mano como si fueran un dirigente del Partido Popular. Ya ha salido un nombre. Que salgan todos del armario.

No me malinterprete el lector. No soy de los que confían en la política y creen que todo iría mejor si no hubiese episodios de corrupción. La política y la corrupción son la pierna derecha y la izquierda del mismo caminar por el poder. Pero sí podemos pedir, por lo menos, que no se sobren. 

Dragos versus “Bitcoins”

Leo en un diario local, sin ningún tipo de sorpresa, que el «Drago», una moneda de ámbito local y virtual creada hace unos meses en La Palma con el ilusorio fin de dinamizar la economía y reactivar el comercio, ha fracasado.

El dinero es un bien económico más, con la diferencia de que cumple tres funciones: medio de intercambio, depósito de valor y unidad de cuenta.

Por ello, a lo largo de la historia, los bienes económicos que se han convertido en moneda, es decir, que la sociedad, a través del mercado, ha aceptado como moneda y ningún gobierno ha impuesto, han cumplido las siguientes características: poseer un valor económico antes de convertirse en moneda, ser homogéneos y fácilmente divisibles en partes iguales, no estropearse con el paso del tiempo para permitir el atesoramiento, ser transportables, difícilmente falsificables y tener una escasez relativa controlada, para evitar lo que hacen hoy los gobiernos: inundar el mercado de billetes y de esta forma empobrecer a los ciudadanos.

Por todo ello, el oro y la plata han sido los bienes económicos que se han convertido en dinero por excelencia. El primero incluso llegó a ser el patrón o contravalor principal hasta que los gobiernos decidieron eliminarlo para poder controlar mejor a la sociedad manejando su moneda a su antojo.

Bitcoin, un sistema informático monetario y de pagos abierto, descentralizado y protegido por técnicas de criptografía, está al comienzo de un largo proceso para convertirse en dinero.

Las razones de su incipiente éxito son que cualquiera puede entrar en el sistema, ver cómo funciona, comprobar que no es una estafa, que es infalsificable y que no existe ningún emisor central de dinero, pues las unidades monetarias se crean a velocidad decreciente por cualquier individuo mediante complejísimos algoritmos matemáticos, hasta alcanzar 21 millones de unidades que, a su vez, son divisibles en 100 millones.

¿Por qué el «Drago» no ha sido aceptado por la sociedad palmera; el oro y la plata sí lo fueron en el pasado; y los «bitcoins» están empezando a serlo? Es sencillo, el «Drago» no cumple algunas de las características que son fundamentales para convertirse en dinero y que el oro, la plata y los bitcoins sí tienen.

Los dragos son fácilmente falsificables por cualquier «hacker» informático y no tienen escasez relativa, pues aparentemente su creador puede ir multiplicando la moneda sin ningún tipo de límites, al contrario de lo que ocurre con el oro, la plata y los bitcoins. Además, es un sistema centralizado y cerrado que hace que la sociedad desconfíe del mismo.

Por último, curioso a la vez que sospechoso, es que para crear dos dragos hubiera que pagar un euro con la justificación de gastos y mantenimiento del sistema.

Con semejantes circunstancias y características, la noticia no es que el «Drago» haya fracasado, sino que haya habido algunos que hayan pagado por recibir apuntes informáticos sin ningún tipo de valor, infinitamente multiplicables y falsificables.

‘Zapateroy’ en Garoña

No me canso de repetir que el rajoyato es la continuación del zapaterismo con otras siglas. Hemos cambiado cejas por barba y fracasados escolares por abogados del Estado. En el resto estamos igual… o peor. Yo personalmente pienso que peor, porque el daño que puede hacer un “tiene estudios de…” tipo Elena Valenciano es mucho más pequeño que el que hace una marisabidilla tipo Soraya. Y para muestra un Garoña. La bobería antinuclear del de León no ha podido encontrar mejor heredera que la bobería a secas del de Pontevedra. Al final, entre el uno y el otro, van a terminar pagando el pato los de una remota comarca burgalesa que, despoblada y pobre, no les llega para cabildear en la Villa y Corte.

Lo de Garoña era una muerte anunciada desde que Zapatero llegó al poder hace nueve años. Los socialistas españoles, a diferencia de los franceses, siempre han sido muy antinucleares. Es un virus que agarraron en los setenta y del que todavía no han podido o no han querido curarse. Por su culpa, por su gran culpa, pagamos la luz más cara de Europa. Primero se sacaron de la manga una moratoria nuclear que las eléctricas nos cargan mensualmente en el recibo, y luego se hartaron a conceder primas a energías de poco aprovechamiento pero mucho trinque como la solar. Ambos, el trinque y la prima, también la cargaron en el recibo.

“¡Pero nosotros no tenemos la culpa!”, dirá conmovido, “de tener un Gobierno tan tonto”. Pues tal vez usted individualmente no, pero sí todos –muchos millones de votantes– los que han ido comprando el cuento de lo sostenible durante los últimos treinta años. Al final lo único sostenible es la pasta gansa que se ha llevado esa minoría tremendamente extractiva que se conoce como lobby eléctrico. Los políticos tampoco se han quedado mancos, que una cosa va con la otra. No es casual que los Entrecanales, ya sabe, Acciona, visitasen tanto la Moncloa cuando el Cejas; o que Montoro y Abengoa, los de las termosolares que tapizan ahora la sartén de Andalucía generando kilovatios a millón, estén a partir un piñón.

Los patitos feos de todo este cuento han sido, curiosamente, los que más electricidad producen a un precio más bajo. Todo gracias a la pausada labor de zapa ideológica que todos los Gobiernos desde González han hecho contra este modo de generación limpia y barata. Las ideas cuentan mucho más de lo que cree la gente. El problema es que, habituados como estamos a vivir al día, manejados desde la tele por tontos hiperinformados que saben lo que dijo Soraya ayer pero son incapaces de trazar una tendencia histórica, nos la cuelan continuamente. Pensamos que la política se hace en el día y no, no es así, en el día se perpetra el robo, la política se hace a largo plazo.

Y de largo plazo va la cosa eléctrica y casi todas las demás. En 2011, ayer por la tarde, las fotovoltaicas generaban el megavatio hora a más de 450 euros. Un dineral que iba directo al déficit de tarifa y que morirá en el recibo de la luz. En aquel año la central de Garoña generaba ese mismo megavatio a 46 euros. Hágase cargo. ¡Diez veces menos! Como puede comprobarse, todo muy sostenible. Los megavatios no son como los teléfonos móviles, los coches o el aceite de oliva, los megavatios son idénticos, son simple potencia eléctrica que hace funcionar su frigorífico, su lavadora y sí, también su teléfono móvil de última generación de esos que se quedan secos a medio día. En un mundo normal, no digo ya perfecto sino normal, un mundo en el que triunfa lo bueno y se aparta lo malo, los que tendrían que echar el cierre serían los de los huertos solares que proliferaron por España hace unos años al calorcito de una ley muy zapaterina que concedía primas a la generación del 400%. Lo harían, además, sin necesidad de ley alguna, seríamos nosotros, el mercado, quienes les haríamos cerrar… por patanes. En un mundo normal, en ese mundo que impera en otros productos como el pan, la leche o la tinta para impresora, nadie puede durar mucho tiempo vendiendo diez veces más caro que la competencia. Pero el eléctrico no es un mundo normal, es un mundo político pensado por y para políticos, es su patio de juegos, su paraíso y, como tal, se ha convertido en el reino del sinsentido.

Y ahora viene la segunda parte, más dolorosa aún si cabe que la primera. A pesar de todo, a pesar de los Montoros y de las Abengoas, Garoña hacía dinero. Esos 46 euros megavatio le dejaban unos cuatro euritos de beneficio porque el precio del pool eléctrico rondaba los 50 euros. No mucho, la verdad, pero suficiente para mantener la central funcionando con todos sus empleados, al tiempo que inyectaba en la red electricidad a precio de ganga.

Pero ¡ay!, en estas apareció Cristóbal Calamidad Montoro y les sacudió un impuestazo, la especialidad de la casa. Ya sabe, para mantener “lo público”, perdón, “lo estatal” y así no tener que despedir a nadie en las empresas ídem. Con un impuesto del 6% Garoña ya entraba en pérdidas, se convertía en inviable económicamente y la obligaba a cerrar. Poco importa que los molinos y las plaquitas solares de Abengoa sean total y absolutamente inviables, esas tienen bula monclovicia y se ponen en beneficios con el dinero del consumidor de electricidad, es decir, con el dinero de todos porque, hasta donde yo sé, nadie en España vive en una cueva apartado del mundo como los esenios del mar Muerto.

Montoro sabía eso, por eso les metió un impuesto lineal del 7%, un puntito más a modo ejemplificador. Sólo le faltó plantarse en Las Merindades y decir aquello de “¡exprópiese!” con Julio Sánchez a su vera poniendo una sonrisita caballuna y el Sorayo Nadal junior aplaudiendo la barrabasada. En ese caso Garoña seguiría operando, en pérdidas, claro y bien enchufada a los presupuestos. Casi me que quedo con el cierre. Y ahora entonen conmigo: Gracias Zapateroy, Montoro marca el camino.