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‘Tangentópolis’ en España

En Milán, hace unos veinte años, una señora furiosa porque su exmarido le había rebajado la pensión alimenticia cambió la historia política de Italia. Entró de madrugada en la oficina del excónyuge en busca de pruebas de sus ingresos reales para presentarlas a los tribunales y encontró rastros de cuentas en Suiza por un par de millones de dólares.

El personaje se llamaba Mario Chiesa. Era ingeniero y dirigía algo así como un pequeño hogar para ancianos. Pertenecía al Partido Socialista Italiano y ese dinero era parte de las coimas que recibía de unos empresarios que le pagaban comisiones en efectivo y que iban a parar a las arcas del partido y a los bolsillos del funcionario corrupto.

Era la punta del iceberg. Como si se tratara de una excavación arqueológica en el reino de la inmundicia, comenzaba a emerger Tangentópolis, una secreta ciudad de trampas y extorsiones que existía bajo la superficie de la bella y vibrante Milán. Tangente es como le llaman los italianos a la coima, el dinero con que los empresarios corruptos untan a los políticos o funcionarios que pueden favorecerlos con contratos o eliminarles engorrosas trabas burocráticas.

Mario Chiesa, el Señor 10%, fue a parar a la cárcel por varios años, pero, como en la historia bíblica de Sansón y los filisteos, cuando su jefe, Bettino Craxi, lo llamó "pequeño maleante", derribó el templo con amigos y enemigos dentro y aquí nos morimos todos.

Y así fue. Actuó la Justicia italiana, capitaneada por Antonio Di Pietro, y se hizo evidente lo que todos sospechaban: los partidos políticos estaban podridos por la corrupción. Los que pertenecían al arco democrático enriquecían a sus dirigentes y se financiaban por medio de las tangentes, mientras el partido comunista italiano, el mayor de Europa, lo hacía, también ilegalmente, con los negocios que facilitaba la Unión Soviética.

El episodio se saldó con doce suicidios, cientos de presos y la disolución de todas las grandes estructuras políticas surgidas en Italia tras la Segunda Guerra Mundial. La Democracia Cristiana, los socialistas, los liberales, los comunistas, todos tuvieron que reinventarse, dando paso a caras nuevas, a veces, incluso, menos recomendables, como la de Silvio Berlusconi.

Traigo a colación esta vieja historia porque España puede estar en trance de repetirla. Los socialistas andaluces y el Partido Popular que hoy gobierna el país están bajo la lupa de la justicia por casos sistémicos de corrupción.

Subrayo lo de sistémico porque, de ser ciertas las alegaciones aparecidas en la prensa (algo que niegan las cúpulas de ambas formaciones), no se trata de la anécdota aislada de un funcionario inescrupuloso que recibe dinero por debajo de la mesa a cambio de favores, sino de una práctica masiva y continuada a lo largo de los años, en la que están involucrados cientos de personas relevantes de ambos partidos.

En realidad, la financiación de los partidos políticos durante la transición española a la democracia se hizo ilegalmente, mientras todos pretendían ignorarlo. Era frecuente que los bancos y otras grandes empresas disfrazaran sus donaciones, que eran verdaderas coimas, simulando que pagaban por estudios puntuales sobre cualquier cosa.

Naturalmente, lo hacían –como sucedía en Tangentópolis– a cambio de favores, la concesión de obras públicas y la aprobación de medidas legislativas. No regalaban su dinero: lo invertían para sacarle provecho en el futuro, vulnerando el sistema de competencia y méritos que prometía la Constitución.

Posteriormente se aprobó una generosa ley de financiamiento de los partidos políticos, pero ya estas instituciones se habían acostumbrado al secreto contubernio con los empresarios a todos los niveles. Los negocios jugosos no sólo se hacían en las capitales de las grandes autonomías: algunos alcaldes y concejales de pueblos pequeños también vendían sus favores e influencias.

Esperanza Aguirre, la expresidente de la Comunidad de Madrid y cara limpia del Partido Popular en esa zona de España, ha pedido a su grupo político que asuma sus responsabilidades y colabore con la Justicia.

Ojalá le hagan caso. Si hay culpa, el momento no es de cavar trincheras y defenderse corporativamente, sino de ofrecer disculpas, colocarse bajo la autoridad de la ley y rectificar. De lo contrario, el vendaval puede barrerlos de la historia. Como sucedió enTangentópolis.

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Rajoy no lee a Rallo… ¿O sí?

¿Nuestros políticos se equivocan de buena fe? Es decir, ¿son ignorantes o malvados? Viendo las tropelías que cada semana publican en el BOE, uno piensa: "No puede ser que no lo sepan". Es que día tras día reinciden en los mismos errores y mantienen recetas que se han probado inútiles en el pasado.

Por otro lado, escuchando sus explicaciones y sus pésimos argumentos, te entran las dudas. Quizá es que simplemente no tienen ni idea. Lo hacen porque no saben. Tampoco es que eso te tranquilice. La verdad es que es difícil saber qué es mejor.

El problema es que no pueden decir que no se les ha avisado. Hay decenas (bueno, quizá no) de buenos economistas que llevan unos cuantos años anticipando lo que va a pasar, explicándoles por qué no van a funcionar esas leyes que presentan con tanto alboroto, ofreciéndoles pistas sobre el camino que deberían seguir. Pero no les hacen ni caso. ¿Es que no les leen o es que directamente pasan de ellos?

De entre todos, pocos hay más precisos que Juan Ramón Rallo. Al leer Crónicas de la Gran Recesión II (2010 -2012), uno vuelve a sentir la misma sensación que tuvo con el primer volumen: esa mezcla de envidia (sana) ante un articulista tan certero, pena (profunda) por el escaso eco que en los despachos gubernamentales tiene su discurso y esperanza (¿ingenua?) en lo que un economista tan joven y brillante pueda ofrecer a su país en las próximas décadas si le dejan sus políticos.

Habrá quien piense que me ciega un sentimiento de compañerismo con Rallo, y el hecho de que muchas de las columnas del volumen aparecieran primero en Libertad Digital. Pues bien, que ese alguien abra el libro y comience a leer. Verá que me quedo corto. Hace un par de años, el primer Crónicas se iniciaba con el artículo "Se acabó la fiesta". Escrito en el verano de 2007. Busquen a ver quién pronosticaba entonces la magnitud de lo que se nos venía encima.

La segunda parte comienza igual de bien –es un decir–: "Sorpresa, los estados también quiebran". Cuidado, no crean ustedes que este artículo es de mediados de 2011, cuando la prima de riesgo española se disparaba por encima de los 600 puntos. No. Rallo habla en enero de 2010, según van llegando las primeras noticias de la crisis griega, ésa que nos decían que estaba controlada porque un país de la Eurozona no podía quebrar. Y nos advierte, en ese momento, de que los españoles tenemos "el síndrome del nuevo rico incapaz de administrar sus finanzas y que termina por arruinarse".

Y sigue. Porque en esos días la esperanza era Rajoy. Claro, la culpa era del PSOE. De un Gobierno incapaz. Sólo había que esperar a que llegara el PP, los sensatos, los buenos gestores. No para Rallo. Por eso, su segundo artículo (qué bien escogida está la lista) se titula "Zapatero no sirve, Rajoy tampoco", en el que advierte al hoy presidente de que su mera llegada a La Moncloa no servirá de nada: sus propuestas son, en el mejor de los casos, una retahíla de buenas intenciones que se quedan a medio camino y, en el peor, una continuación de las políticas ya fracasadas.

Son 100 artículos, pero no se leen como piezas sueltas. Son más bien como las teselas que conforman un mosaico. Unas son advertencias: "La hiperinflación no es un problema… de momento" o "Techo de deuda: jugándoselo todo a la ruleta del crecimiento"; otras sirven como consejo para quien quiera escuchar: "La reforma laboral que España necesita" o "No regulemos la banca, dejemos de privilegiarla"; y algunas más son una lúcida descripción del acontecimiento de la semana: "Grecia, un parque temático socialista" o "Por qué Arenas perdió en Andalucía". Todas están cortadas por el mismo patrón, todas miran al fondo del problema. Sólo conociendo el origen seremos capaces de ofrecer soluciones válidas.

Como sabrán los que siguen a su autor cada semana, el libro es muy fácil de leer. Y las magníficas ilustraciones de Pablo Jiménez Recio son el complemento perfecto. A Mariano no le costaría más de un fin de semana. Este verano podría llevárselo en la maleta. Y echarle un vistazo mientras descansa. Dirán algunos que no serviría de nada; lo pasado, pasado está. Pero podría ser un comienzo. Quizá después de ver sus errores expuestos de forma tan precisa comenzaría a buscar a nuestro joven economista en los diferentes medios en los que colabora. O le llamaría para pedirle consejo. Porque hay algo que está claro: Rajoy no lee a Rallo… ¿O sí? No sé cuál de las dos respuestas me daría más miedo.

Juan Ramón Rallo: Crónicas de la Gran Recesión II (2010 – 2011). Unión Editorial, Madrid, 2013, 434 páginas. Prólogo de Daniel Lacalle e ilustraciones de Pablo Jiménez Recio.

¿Qué quieres, en realidad?

Tenemos lo que queremos. Tenemos la educación que queremos, la sanidad que queremos, el trabajo que queremos y el gobierno que queremos. Es más cómodo pensar que no es así, que lo que tenemos son imposiciones de sistemas disfuncionales y que, a pesar de que queremos otra cosa, no podemos elegirla.

El “yo quisiera, pero no puedo” es uno de los peores pensamientos con los que podemos intoxicar nuestra mente. Si quieres, puedes. Punto. Otra cosa es que decidas que tu querer siga siendo sólo un ideal y no hacer nada al respecto. Es mucho más fácil pensar que en realidad no puedes, que admitir que en realidad no quieres. Es más fácil quejarse en la barra del bar y compartir frases grandilocuentes en el muro de Facebook, que levantarse de la silla y hacer algo.

Si eres tan solidario como quieres hacer ver, no te unas a quince grupos de Facebook. Sal a la calle y haz algo por alguien; ayuda a tus vecinos; hazte voluntario en alguna organización; dona tu tiempo o tu dinero. Si no te gusta el gobierno, no te dediques a compartir memes con insultos al presidente y a los ministros. Reflexiona, argumenta, despréndete del gobierno en la medida que quieras y no vuelvas a votar. Si votas, eres cómplice. Si el profesor de tus hijos es tan malo, no se lo cuentes a los demás a la puerta del colegio. Muévete y habla con la autoridad educativa correspondiente; para eso están los jefes de estudios, los directores y los inspectores educativos. Colabora con la asociación de padres y con el consejo escolar. Matricula a tu hijo en otro centro. Monta una escuela libre. Desescolarízalo.

Le pasó a Nicko Nogués con su proyecto “Vete”. Gente que dijo que se quería ir y cuando él les dijo “vete, yo te pago el billete” dijeron que no podían. Fueron incapaces de decir que, en realidad, no querían. Me pasó a mi cuando estuve dos meses viajando por América con mi hijo. “Qué envidia”, me decían. Pero aquí nadie coge la maleta para irse. Me pasa con la educación en casa. “Me encantaría hacerlo, pero yo no puedo”.  Tienen razón, no pueden porque no quieren. Es así de simple. El listado de excusas es larguísimo, algunas casi te las crees: no tengo formación, no tengo paciencia, no tengo tiempo, no tengo dinero, no tengo apoyos. No tengo ganas, es lo que deberían decir. 

Asumir y reconocer que, en realidad, no queremos lo que decíamos querer puede resultar un difícil ejercicio de coherencia. Difícil pero liberador. Si prefieres dejar a tus hijos en manos de un pésimo sistema escolar antes que asumir la responsabilidad de hacer algo por cambiarlo o por sacar a tu hijo de ahí, está bien, pero no te quejes más. Si prefieres pasar las horas delante de la pantalla jugando a los granjeros en la red social, está bien, pero deja de lanzar mensajes diciendo lo comprometido que estás con la pobreza y la injusticia. Si prefieres quedarte en la comodidad de tu casa, está bien, pero deja de envidiar a los que se van a dar la vuelta al mundo. Deja de decir que quieres pero no puedes.

Pero si prefieres posicionarte como víctima, culpando a otros por lo que tú no te atreves a hacer, eso no está bien. No cargues a otros con la responsabilidad de tus acciones y de tus omisiones, esto es, de tus decisiones. No cargues tampoco con la responsabilidad por las acciones y omisiones de otros. Pero si tienes un deseo, trabaja para conseguirlo. Si no estás dispuesto a moverte para conseguirlo, a salir de la comodidad de tu casa y de tu rutina, tal vez es que el deseo no era tal. Puede que el deseo no fuera tuyo sino de otros. Así que la pregunta es ¿qué quieres, en realidad?

Ni unidad ni mercado

Han tardado año y medio, pero por fin ha llegado la esperada ley de unidad de mercado. En principio debió estar aprobada y operativa en el otoño pasado, pero las cosas de Soraya van al ritmo de Rajoy, es decir, van lentas y llegan –cuando lo hacen– tarde y mal. Esta ley no podía ser menos. Se aprueba con lo menos nueve meses de retraso, y eso que se hartaron y rehartaron a prometerla durante la campaña electoral. A veces creo que estos piensan que van a estar ahí durante cuarenta años, como Franco, y no que dentro de dos y medio les van a propinar una sonora y merecida patada en el trasero las Chaconas y los Garzones.

En cierto modo estas lentitudes tienen su lógica. Todos son, empezando por Montoro y terminando por los Nadal Brothers, altos funcionarios del Estado, y eso de ser chupóptero de altura es una faena de largo plazo. Uno aprueba la oposición y ya puede estar tirado a la bartola el resto de su vida; de hecho se pasan el resto de su vida tirados a la bartola mirando a sus congéneres con aire de suficiencia mientras, a fin de mes, alargan la mano regordeta y anillada para que sobre su palma el contribuyente ponga un fajo de varios miles de euros. Y así hasta el día en que estiran la pata. Normal que todo se lo tomen con tanta tranquilidad.

El mercado, sin embargo, unido o desunido, es otra cosa bien distinta. Hay que estar alerta permanentemente para que no te deje fuera de juego. El consumidor, a diferencia del contribuyente, no perdona los errores y su exigencia es siempre creciente. Para la mentalidad del funcionario esas servidumbres son algo inexplicable. Ellos están ahí por un privilegio de orden divino y no entienden que, a pesar de ellas, el mundo sigue su curso. Pues bien, los que en España hacen y deshacen a su antojo son funcionarios pata negra. Sabiendo esto de antemano quizá empiece a explicarse el resto. Empiece a explicarse por qué aquí es tan difícil abrir una empresa, por qué dedicamos más horas a pelearnos con la compleja maraña burocrática creada ad maiorem politicastri gloria que a servir a nuestros clientes. Un país así es imposible que prospere.

En este huerto del francés en el que el amo de la Moncloa ejerce de Monipodio, cualquier cosa nos la venden como una liberación. La unidad de mercado sin ir más lejos. La pregunta que hay que hacerse no es qué trae de nuevo, sino es cómo hemos llegado a esto, cómo es posible que la piovra funcionarial haya ocupado cada vez más espacio sin que aquí nadie osase decir esta boca es mía. Durante los últimos cuarenta años hemos asistido a una auténtica orgía reguladora que sólo ha beneficiado, por este orden, a los políticos, a los funcionarios y a los despachos de abogados, que hacen su agosto desbrozando la maleza legislativa.

El hecho es que, por muchas campanas que haga sonar Marhuenda desde la portada de La Razón, la ley de unidad de mercado es un bluf. La idea era buena en tanto desregulaba lo hiperregulado. Pero al final se ha quedado en una rajoyada de manual. Y aquí tenemos que volver al principio. Ha tardado tanto en nacer porque, durante todo este tiempo, sus fautores se han dedicado a suavizarla más y más hasta convertirla en una caricatura de la idea original. Lo de la licencia única, por ejemplo, es puro wishful thinking. La ley deja tantas escapatorias que los sátrapas autonómicos podrán seguir haciendo de su capa un sayo. ¿Y cuáles son estas escapatorias? La famosa licencia única puede esquivarse si la actividad de la empresa afecta “a la salud pública, ocupa un espacio público, bienes de patrimonio cultural o supone un riesgo medioambiental”. Resumiendo, desde el lunes todo afectará a la salud pública u ocupará un espacio público o supondrá un riesgo para el medio ambiente. ¿Ve que fácil se rajoya del derecho y del revés?

Algún empresario se enfadará y tratará de llevar el atropello a los tribunales. Entonces el Estado se defenderá con sus abogados del ídem hasta hacer desistir al infeliz. El político siempre gana, no lo olvide. En el caso que nos atañe ganará por duplicado, porque la ley prevé la creación de un así llamado Consejo Nacional de Unidad de Mercado, una covacha a estrenar para que los mismos que han hecho imposibles los negocios en España se coloquen a cuenta de la protección de los negocios.

Según Soraya que, por si no lo sabía, es abogada del Estado, esta ley es de las que “hacen país”. Y es cierto, hace un país como el nuestro, hecho a la medida de gente como la propia Soraya, un semoviente dedicado en cuerpo y alma a vivir de lo que usted produce después de ponerle dificilísimo eso de producir. En resumen, ni unidad ni mercado. Siento defraudarle… otra vez.

La buena educación

Menudo lío. Escribí que me parecía cínico que los estudiantes chilenos, gentes mayores de edad y presumiblemente responsables, se empeñaran en que otras personas les pagaran los estudios universitarios y, encima, pidieran la clausura de las universidades creadas con fines de lucro, y mucha gente no estuvo de acuerdo.

Al margen de los insultos y las descalificaciones personales, que nada añaden al debate, el mejor argumento de quienes rechazan mi criterio tiene que ver con el bien público. Al conjunto de la sociedad, dicen, le conviene tener buenos profesionales. Así todos progresamos. Es una inversión, opinan, no un gasto.

De acuerdo. Creo que la educación a veces es una inversión y no un gasto. En todo caso, no estoy seguro, exactamente, de cuál es la ventaja social de graduar teólogos o filósofos, dos ocupaciones muy respetables, mas escasamente productivas, pero hay varios asuntos que deben abordarse.

El primero es de carácter moral. El Estado, insisto, no debe otorgar privilegios a los adultos responsables. Las ventajas en calidad de empleo y nivel de salario de los graduados universitarios son muy notables. La gratuidad de la enseñanza universitaria consiste en meter la mano en el bolsillo a todos para favorecer a unos cuantos de manera permanente.

El Estado, en cambio, puede avalar los préstamos de los universitarios y estimularlos para que estudien. También puede otorgar becas a los mejores. La meritocracia es un factor clave en los sistemas en los que no se busca la igualdad de resultados, sino de punto de partida.

Los padres, naturalmente, también deben responsabilizarse. Si los que los trajeron al mundo, y las personas que los conocen de cerca, no creen en ellos, ¿por qué el resto de los ciudadanos debe pechar con el riesgo de prestar a quienes acaso no van a cumplir sus compromisos?

Los universitarios que pagan sus estudios tienden a esforzarse con mayor interés y a exigir más a sus profesores. Tienen más incentivos para trabajar y crear riquezas cuando terminan. Los fondos que devuelven sirven para educar a quienes vienen detrás. Es más justo.

Hay universidades públicas y gratuitas en América Latina en las que el promedio de años de estudio por alumno duplica al de las universidades privadas. Ya se sabe que la única ley inalterable de la economía es la que asegura que cuando la oferta es gratis, la demanda es infinita y el consumidor, además, no la valora.

Por otra parte, los recursos disponibles por el Estado son siempre escasos y hay que emplearlos más inteligentemente. Si se quiere adultos responsables que sean buenos universitarios y mejores ciudadanos, donde hay que poner el acento es en la enseñanza preescolar, primaria y secundaria.

Es en las primeras etapas de la vida donde se forman el carácter y los hábitos, y donde se adquieren lo valores. Ahí, además, comparece casi la totalidad de los niños y jóvenes. Para que la búsqueda de igualdad de oportunidades no sea un fraude, la función del Estado, por medios públicos o privados, es preparar a los niños para que puedan competir y sobresalir en la vida. Un niño de origen humilde, bien nutrido y bien educado, tendrá entonces la oportunidad real de abrirse paso.

La manera de contar con buenos universitarios es formar buenos alumnos en los primeros grados. Es en esa época donde hay que suministrarles alimentación adecuada y magníficos maestros, bien remunerados y dotados de buenos métodos pedagógicos, de manera que, cuando lleguen a la edad adulta, puedan tomar las primeras decisiones vitales que en gran medida definirán su destino: cómo se van a ganar la vida, qué estudiarán, qué actividad emprenderán, cómo y cuándo constituirán sus familias.

Quienes hemos tenido la experiencia docente universitaria sabemos la enorme diferencia que existe entre los estudiantes formados en buenas escuelas durante los primeros grados y los que provienen de pésimas instituciones, casi siempre públicas, donde los maestros no tienen buena preparación, no están motivados o no están decentemente remunerados.

Una última e inteligente observación, hecha por el profesor Alberto Benegas Lynch desde Argentina: le parece curioso que esos universitarios que se oponen al lucro, cuando se convierten en profesionales, rara vez emplean su tiempo en ayudar gratuitamente al prójimo.

Lo dicho: el lucro que les molesta es el de los otros.

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Estímulos no, por favor

"Stimulus is a case of political patronage, corporate welfare and cronyism at their worst" – Paul Ryan 

Existe un consenso –miedo me da la palabra- en el mercado de que la situación en Europa, tras los datos de Alemania y Portugal, llevará al Gobierno alemán y al Banco Central Europeo (BCE) a claudicar y aceptar nuevos estímulos. ¿Por qué?

Los pedidos industriales en Alemania han caído un 1,3% en el mes de mayo. A muchos les lleva a pensar que si a los alemanes no les va bien, nos van a abrir la chequera a nosotros. Yo lo dudo. Como decía el consejero delegado (CEO) de una de las mayores empresas alemanas en Kent hace unos días "la mejor manera de crecer es competir por méritos propios, no por intervención".

Las primas de riesgo suben y el bono portugués a diez años se dispara al 7%. ¡Viva! ¡Así relajamos nuestros ajustes!

Este es el resultado atroz de la política económica LOGSE de la Unión Europea, donde ver suspender a uno nos hace suponer que nos van a aprobar a todos. Y sinceramente, creo que se equivocan. Los que apuestan a forzar la máquina, incumplir e intentar aprovecharse de una relajación generalizada verán que no sirve. Los ajustes son ineludibles cuando hemos agotado y extenuado el sistema crediticio. Esenciales para volver a crecer y desbloquear la economía.

Es curioso, el pobre, Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, y objeto de todo tipo de ataques durante meses, se ha convertido esta semana en un santo a ojos de los que exigen más gasto, cuando dice –como ha dicho siempre, por otro lado- que mantendrá una política acomodaticia… Y que va a bajar tipos. Dado el ‘éxito incuestionable’ de las bajadas anteriores, seguimos cazando unicornios si pensamos que del 0,5% al 0% va a tener algún impacto.

Si hay algo que me parece alucinante de esta época de descontrol crediticio es que se haya convencido a la población de que las políticas de gasto y estimulo son ‘sociales’.

Total, Europa ‘solamente’ dedicó doscientos mil millones de euros –un 1,5% del PIB de la Unión Europea- en políticas de estímulo entre 2008 y 2011, y el BCE aumentó su balance en 1,5 billones de euros, para casi quebrar a varios países, incluido el nuestro, y de paso destruir cuatro millones y medio de puestos de trabajo. Eso después de la mayor expansión crediticia de su historia, entre 2000 y 2011. Ahora piden otro LTRO –inyecciones de liquidez-, pero los dos anteriores ni solucionaron el problema bancario, ni de crédito, ni redujeron el empleo. Más madera.

Muchos de estos errores vienen de glorificar el New Deal de Roosevelt como una solución, a pesar de que estudios de la UCLA y de Rothbard prueban que la política de intervención prolongó la depresión otros siete años (lean aquí). Y también es un error asumir que esta crisis es similar a la Gran Depresión, cuando nuestra época es el resultado de ese mismo gasto y exceso crediticio que hoy nos proponen como solución. No es agua al fuego, es más leña al incendio.

Los estímulos no mejoran la economía, perpetúan los modelos ineficientes, dan más recursos a los que los han malgastado –gobiernos y sectores endeudados- y dejan tras de sí el agujero de endeudamiento que paga usted, sin evitar ajustes posteriores mucho más duros. Efecto placebo. Vean Reino Unido, que acaba de tener que anunciar el despido de 140.000 empleados públicos más a pesar de imprimir, estimular y crear inflación artificial en la economía.

 

O Estados Unidos, el ejemplo que se supone que todos quieren seguir, pero solo para gastar y endeudarse, por supuesto. Sigue con un desempleo estancado en el 7,6% y la menor participación laboral desde 1979, lo comento en detalle en mi post La verdad sobre el mercado laboral americano. Por supuesto, en lo que no queremos copiar a Estados Unidos es en bajos impuestos a empresas y tipo máximo del 39,6%, en un gasto publico ex-Defensa del 35% del PIB, en dinamismo y liberalización de los sectores económicos y financieros. Solo en su techo de gasto. ¿Y qué les voy a contar del Reino Unido? Lo mismo. Para liberalizar y dinamizar, nada. Para endeudarse, un modelo.

Hay que copiar a los mejores en lo bueno, y superarlos, no imitar a los peores y solidarizarnos con ellos en la LOGSE económica.

Lo bueno del mantra del gasto público es que siempre se justifica con tres frases:

– "Hubiera sido peor"

– "No se ha hecho suficiente" 

– "Hay que hacer mucho más"

Repetir. Por supuesto, las consecuencias las paga usted, es lo gracioso de un sistema intervenido. El que gasta mal sale beneficiado sea por falta de responsabilidad final, el Gobierno, o porque se le subvenciona si falla. Todo muy social.

Les han convencido de que el empleo se crea por intervención… olvidando que el empleo viene cuando hay condiciones económicas atractivas para invertir y renta disponible para consumir. El consumo crea empleo, no el Estado. Pero a base de subidas de impuestos y destrucción del entorno inversor, se agranda el problema. Luego se le echa la culpa al mercado y nos quedamos tan tranquilos.

Así dejamos economías exhaustas, ineficientes y sobre-endeudadas como mi queridísimo Portugal, y cuando se lleva a cabo un proceso de moderación del gasto, se nos hace creer que es un desastre. La factura, la pagarán nuestros hijos que nacen, como cada español, debiendo 20.000 euros cada uno. Muy social.

Eso, por supuesto, es por la agobiante ‘austeridad’, que ha llevado a todos los países de la Eurozona a disparar su gasto público al 49%. Austeridad.

Y no nos damos cuenta que esos estímulos han generado más problemas que ventajas. Nos han dejado la factura, en una Europa que se va a deuda sobre PIB del 100%, la ineficiencia, el coste y encima no crean empleo.

Y una vez más Portugal, aunque podría haber sido cualquier otro país, nos ha recordado lo frágiles que son las economías extremadamente endeudadas. Una moderada crisis institucional pone en jaque a todos los vasos comunicantes en Europa y su periferia. No en vano, impacta hasta a nuestra banca, que acumula 58.000 millones de euros de deuda portuguesa. El bono a diez años se dispara al 7% y el castillo de naipes europeo tambalea.

 

Sinceramente no sé si el Banco Central Europeo lanzará una tercera inyección de liquidez (LTRO). Creo que la gestión de Mario Draghi hasta ahora ha sido impecable, dentro del sistema económico que vivimos, y seguirá siendo prudente. Lo que si sé es que todos estos planes, todos esos estímulos que reclaman, no van a tener ningún efecto –como no lo tuvieron antes- mientras se siga aniquilando la clase media y a las empresas cercenando renta disponible y capacidad inversora a base de burocracia, intervencionismo e impuestos.

La solución que tantos reclaman mirando a EEUU o Reino Unido, incluso Japón, no está en sus políticas monetarias o en hacer olimpiadas. Está en ser como esas economías en innovación, empresas punteras que compiten y crean valor, atracción de capital, seguridad jurídica, y bajos impuestos.

Los estímulos no son un derecho, son un accesorio, un lujo que se pueden permitir las economías líderes porque, si fallan, y lo hacen, tiene mecanismos de atracción de capital y financieros para sobreponerse. Balanza financiera y libertad económica. Las economías ineficientes empeoran y se hunden más a base de estímulos de demanda interna argentinos tipo Kicillof… o España… o Portugal… Porque no cuentan con sistemas bien engrasados de atracción de capital inversor.

Me decía hace poco mi apreciado Jorge Verstrynge en Telecinco que "Estados Unidos detrae capital por la seguridad que ofrece el dólar". Nadie detrae capital si el sitio donde se encuentra ese dinero es más atractivo. Curioso que en vez de aprender y crear la seguridad y entorno inversor que genera esa ventaja, hagamos lo contrario –crear intervencionismo e inseguridad-, pero exigiendo la misma situación financiera. ¡Nos lo merecemos! Nuestro derecho a exigir deuda barata sin ofrecer confianza.

Incluso con sistemas dinámicos, abiertos y liberalizados, dichos estímulos fallan. Porque parten de un error monumental. Pensar que el Gobierno sabe invertir los recursos financieros mejor y de manera más eficiente que las empresas y familias. Si así fuera, uno de los sistemas económicos más planificados, burocráticos y estatizados de la OCDE, la Unión Europea, sería hoy un vergel de crecimiento. Pero no lo es. Repetir el 2008 no va a cambiar un modelo hipertrofiado e ineficiente. No hace falta más deuda y dar más dinero a gobiernos para repartirlo a su albedrío. Con que no se lo quiten a los ciudadanos y empresas es suficiente. Así se permite que se recupere el ahorro, y con ello el consumo.

No, señores, la prosperidad no viene del gasto y la deuda. Viene del ahorro y la inversión prudente de los excedentes. Intentar mantener un PIB artificialmente creado y el gasto que ha desencadenado es suicida.

En España estamos empezando claramente a tocar fondo. Lo muestran muchos indicadores que sigo. Debemos evitar permanecer allí por mantener unos niveles de gasto insostenibles. Europa se encamina hacia un gasto público y deuda simplemente inasumible. Si en Estados Unidos, Reino Unido o Japón han sido incapaces de reducir su endeudamiento imprimiendo moneda y aun así no han evitado recortes enormes, ¿de verdad se creen que esas medidas mejorarían la situación de Europa?

Con todos los estímulos que quieran, si hay represión financiera –bajar tipos y devaluar- añadido a altos impuestos, nos vamos a otra década perdida. Evitémoslo. Los unicornios no existen. Buen fin de semana.

El ‘derecho social’ a la especulación inmobiliaria

En España hay superabundancia de derechos de todo tipo, la mayoría de ellos inventados por la izquierda para justificar determinadas operaciones políticas contra su rival en el poder. Desde que el Pasmo de León anunció su intención de poner en marcha una "ampliación de derechos de ciudadanía" –según la jerga progre al uso-, la burbuja de derechos sociales no ha hecho más que crecer, sin que nadie sepa a ciencia cierta si el proceso tiene un fin conocido o vamos camino de una hiperinflación galopante de proporciones argentinas.

En España existe el derecho a tener una vivienda, que además tiene que ser "digna"; a disfrutar de una beca, aunque seas un estudiante mediocre tirando a vago, para poder vegetar unos años en la universidad "esperando un empleo" (Rubalcaba dixit); a rodear el Congreso de los Diputados apedreando policías o a acosar a los políticos rivales en sus domicilios particulares, prerrogativa esta última bendecida expresamente por el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial.

Pero a este amplio catálogo de derechos kolectibos hay que sumar ahora una aportación extraordinaria, fruto del ingenio inagotable de los comunistas andaluces, destinada a cuestionar determinados tabúes relativos a la especulación capitalista con bienes raíces. Diego Valderas, dirigente de IU en Andalucía y vicepresidente de la Unta es, como tantas veces, el autor intelectual de este cambio de cosmovisión, que en este caso se refiere a la consideración política que merecen las operaciones inmobiliarias.

Valderas, como es sabido, aprovechó la circunstancia del desahucio de un vecino en paro para enriquecer su patrimonio con un ahorro en el precio más que notable. A simple vista podría parecer que estamos ante un sucio especulador que se apovecha de la desgracia de un obrero, pero después de escuchar las explicaciones de los dirigentes comunistas andaluces la consideración ha de ser completamente distinta.

Los argumentos de Izquierda Unida para justificar este incremento patrimonial de su líder andaluz a costa del sudor del obrero son dos y ambos inapelables: es legal y lo hace todo el mundo. Es de esperar, por tanto, que IU rechace expresamente a partir de ahora las actividades de las plataformas antidesahucios que proliferan por todo el territorio nacional dedicadas a protestar contra los procedimientos hipotecarios, algo que también "es legal y lo hace todo el mundo".

Este radical cambio de opinión e la formación comunista acerca de lo que antes llamaba despectivamente "especulación inmobiliaria" puede ser sólo el primer paso en una revisión en profundidad de los viejos dogmas marxistas que todavía se enseñorean de su programa político. Gracias a las actividades privadas de sus dirigentes, unos especulando con viviendas a través de la banca y otros con un capitalito invertido en las bolsas occidentales en lugar de en bonos del Estado cubano, de aquí a poco tiempo igual nuestros comunistas permiten a los demás que actuemos con nuestros pobres ahorros con el mismo celo que ellos emplean en preservar los suyos. Por soñar que no quede.

El nuevo liderazgo

La política me aburre soberanamente. A veces se crean nuevos partidos con enfoques diferentes a los que estamos acostumbrados, como el Partido Pirata, Escaños en blanco o el Partido por la Libertad Individual. O reaparece algún ex-presidente para dar un par de titulares y tenernos entretenidos durante unos días. Pero en general, resulta todo de lo más aburrido. En realidad, lo que se hace aquí no es política, sino campaña. En España es común un cierto estado de campaña permanente porque hay tantas elecciones que, apenas se celebran unas, ya estamos preparando las siguientes. Tenemos elecciones locales, autonómicas, nacionales y europeas, así que uno siempre tiene la sensación de estar inmerso en algún proceso electoral. Pero últimamente se les está yendo de las manos. Tenemos una oposición que, en vez de hacer oposición (con lo fácil que se lo están poniendo) se dedica a hacer campaña todos los días de la semana. Y tenemos un gobierno que parece ir dando palos de ciego, donde cada ministro actúa por libre, lo que les obliga a estar rectificando constantemente, dando marcha atrás y contradiciéndose unos a otros. Tenemos un Presidente del Gobierno y varios Ministros que mienten más que hablan. Dicen una cosa y hacen exactamente la contraria. ¿Y no es eso lo que suele hacerse en las campañas? ¿Lanzar promesas que saben (y sabemos) que no van a cumplir?

Reflexionaba sobre esta cuestión cuando me topé con un comentario sobre las nuevas formas de liderazgo en uno de los mejores libros que se han escrito jamás. 

El autor menciona seis campos en los que considera que se requiere un nuevo tipo de liderazgo y el primero de ellos es la política. Dice que los políticos son, básicamente, estafadores, que se han dedicado a subir los impuestos y han corrompido la maquinaria de la industria hasta que la gente ya no puede soportar más la carga. 

El segundo es la banca, que ha perdido la confianza de la gente. 

El tercero, la industria; considera que la explotación de los trabajadores es algo que pertenece al pasado y que los líderes industriales deben empezar a pensar en “términos de ecuaciones humanas”. 

El cuarto, la religión (en cualquiera de sus manifestaciones y confesiones); los líderes religiosos deben prestar menos atención al pasado (que está muerto) y al futuro (que aún no ha nacido) y centrarse más en las necesidades temporales de sus fieles. 

El quinto lugar es para la educación, la medicina y el derecho, pero muy especialmente para la educación. Cito textualmente: “en el futuro, el líder en este campo deberá encontrar formas y medios de enseñar a la gente cómo aplicar el conocimiento que recibieron en la escuela. Deberá centrase más en la práctica y menos en la teoría.” 

El sexto lugar es para el periodismo; el autor cree que los medios de comunicación deben dejar de ser meros órganos de propaganda y afirma que la publicación de escándalos y de imágenes obscenas corrompe a la mente humana, por lo que deben evitarse.

Pienso que este análisis, aunque breve, es brillante y de absoluta actualidad. Es muy necesario que nos demos cuenta de dónde han fallado los líderes en cada uno de estos campos (y algunos otros) y que surja el nuevo tipo de liderazgo del que habla el autor. Sería esperanzador leer reflexiones como las suyas y poderles dar difusión para empezar a ver un cambio positivo en el mundo. Pero es patético y da entre miedo y tristeza que resulte tan actual un texto publicado en el año 1937.

*El libro al que hago referencia se titula Think and Grow Rich (“Piense y hágase rico”) y su autor es Napoleon Hill.

Atracón fiscal, contrabando a la vista

No hay dos sin uno como no hay treinta y dos sin treinta y uno. El Gobierno Rajoy lleva ya treinta y dos subidas de impuestos consecutivas. Hágase cargo, treinta y dos, lo pongo en letras y no en números para que se recree leyendo la cifra y, ya de paso, para que al triste de Julio Sánchez, plumilla de cámara de Montoro, le dé un ataque de vergüenza ajena. Digo treinta y dos cuando bien podría decir treinta y tres porque al nuevo arreón fiscal en el tabaco, el alcohol y en las tasas medioambientales hay que sumarle la eliminación de deducciones para las empresas, lo que constituye de hecho una subida de impuestos, la trigésimo tercera de la era pluritributaria que Rajoy inauguró a mayor gloria de “lo estatal” hace ahora año y medio.

Este nuevo zapatillazo propinado con placer absoluto por parte del titular de Hacienda va a proporcionar al Estado unos 4.700 millones de euros de recaudación. Eso, claro está, según los recaudadores. Luego habrá que ver en cuánto se queda. Hay un principio en fiscalidad que, curiosamente, el ministro del fisco desconoce. Este principio dice que tipos impositivos, recaudación e ingresos fiscales van de la mano hasta cierto umbral. Este umbral es difícil de delimitar y, una vez se sobrepasa, aunque los tipos sigan subiendo la recaudación va inexorablemente a menos.

Esto ha pasado con varios de los nuevos impuestos inventados por ese artista de la ruina ajena conocido en la Corte como Cristóbal y en la Villa como Montoro y asociados. El caso del tabaco es de manual. Hace diez años, cuando en Alemania gobernaba Gerhard Schröder, les dio por pegar un subidón de infarto al tabaco. De la noche a la mañana fumar en Alemania se puso imposible. El canciller necesitaba fondos urgentemente y pensó que el mejor modo de allegárselos al Finanzministerium era subir las labores del tabaco, un impuesto que, además de muy jugoso, es relativamente popular porque penaliza el vicio.

El hecho es que, hasta aquel momento, había funcionado. Era subir los impuestos al tabaco y automáticamente empezaban a entrar marcos a raudales en la caja registradora. Pues bien, en aquella ocasión sucedió exactamente lo contrario. Las ventas de tabaco bajaron drásticamente y, con ellas, la recaudación fiscal. Una mala noticia para el ministerio de Hacienda que, sin embargo, era un titular excepcional para el de Sanidad. El impuesto era, en definitiva, bueno para todos. Pero no, el gozo de Schröder en un pozo. Los alemanes seguían fumando alegremente aunque, esta vez y debido a los impuestos, se habían pasado al tabaco de contrabando.

Por primera vez desde la posguerra se veían estraperlistas por las calles de las ciudades alemanas. En un país donde comprar un DVD pirata es algo simplemente impensable, los dealers de tabaco se apoderaron de la calle. Y no sólo Berlín y Hamburgo –capital y primer puerto del país respectivamente–, sino ciudades de provincias como Núremberg, Maguncia o Duisburgo se llenaron de mantas callejeras regentadas por inmigrantes en los paseos comerciales. No ofrecían todas las marcas del tabakwaren de la esquina, pero si las suficientes como para hacer un roto colosal al estanquero… y a Hacienda. El escándalo que se armó fue mayúsculo. Tan pronto como empezaron a aparecer los primeros “camellos” de tabaco, los periodistas dieron la voz de alarma. El Schleichhandel había vuelto tras medio siglo de ausencia. Durante semanas se sucedieron los reportajes en la televisión y los periódicos. Los alemanes se hacían sólo una pregunta: ¿qué o quién era el culpable de aquel desaguisado que tanto les ruborizaba cuando salían de compras por la Königstrasse?

El Gobierno culpó al crimen organizado y anunció medidas policiales para contener aquella intolerable ola que sacudía los cimientos de la civilizada Alemania. En la calle, sin embargo, el mensaje que caló fue otro. El contrabando era un efecto directo e indeseado de la brutal y repentina subida de impuestos. Si el paquete de West, marca predilecta del obrero fabril de la cuenca del Ruhr, había pasado de costar 3 marcos a costar 6 lo normal es que una parte se quitase de fumar, pero otra, la mayor, en lugar de quitarse lo que buscó fue un proveedor alternativo. Y ahí es donde aparecía el contrabandista, el socorrido schleichhändler que vendía el paquete a 4,5. Más caro que antes pero más barato que ahora. ¡Ah!, y un detalle, los de Hacienda no veían ni un pfennig de las transacciones.

La ley universal de las consecuencias indeseadas se puso a funcionar con diabólica eficacia. El contrabando se adueñó de un mercado que hasta ese momento había sido 100% legal y, para colmo, la recaudación fiscal disminuyó. Dos por el precio de un solo impuesto. La ceguera de los políticos sólo es superada por su infinita soberbia, por su creencia en que mediante la ley se puede conseguir todo. Y en parte esto es cierto, se consigue todo lo contrario.

Historias como esta podrían relatarse de mil productos y mil países. Los del Gobierno se quejan con amargura de la economía sumergida sin plantearse el hecho de que ellos son quienes la han sumergido, ya sea vía impuestos o vía regulaciones absurdas. Si somos de los que damos por bueno que el Estado disponga de recursos para redistribuir, deberíamos pedir que los impuestos fuesen bajos, aunque solo fuera por una cuestión puramente utilitaria. A fiscalidad más laxa una base imponible más ancha. Elemental querido Montoro.

La PAC sólo favorece a unos pocos

Según publicó un diario local, Gabriel Mato, eurodiputado del PP, ha expresado, como si fuera un gran éxito para los canarios, que la reforma de la Política Agrícola Común (PAC) ha tenido en cuenta los intereses de los productores y que salvaguarda las producciones de Canarias.

En las sociedades libres, los empresarios saben que si quieren que sus productos sean comprados, necesitan cumplir las siguientes condiciones: proveer lo que los distintos individuos de la sociedad demandan; hacerlo con la mejor calidad y precio posible; y hacer ricos a los demás.

Por esta razón, Bill Gates es el hombre más rico del mundo, y sabe que si deja de cumplir esas tres premisas, la democracia del mercado lo convertirá en un hombre pobre. El mercado, es decir, los distintos individuos de nuestra sociedad, intercambiando bienes y servicios de la manera más ventajosa posible en cada momento de tiempo, no sólo no premiará a los productores ineficientes, sino que los eliminará, porque no son buenos para el conjunto de la sociedad.

El señor Mato ha preferido ir a Europa a defender a esos productores ineficientes en vez de a los consumidores canarios, bajo la farsa de que si no existiera una economía planificada con subsidios agrícolas, cuotas de producción e importación y aranceles, se extinguiría el plátano canario y los trabajadores del campo perderían sus empleos por la competencia de los productos del tercer mundo.

Sin embargo, la realidad es bien distinta. El plátano canario casi ha desaparecido, pues como las ayudas priman el peso y no la calidad del producto, la mayoría de los agricultores se han dedicado a suplantar la platanera tradicional canaria por una que produce frutos de menor calidad pero con mayor tamaño y peso.

Esto difícilmente hubiera sucedido si no existieran las ayudas, porque el plátano canario hubiera tenido un hueco como producto de gran calidad en el mercado.

Pero no sólo los canarios somos los perjudicados, sino que además los habitantes del tercer mundo ven cómo para favorecer a unos pocos en las economías desarrolladas se les impide a ellos salir del subdesarrollo, al prohibirles vendernos productos con mejores calidades y precios, lo cual hace que tengan que emigrar a nuestros países para trabajar en nuestros campos en vez de hacerlo en los suyos. Eso sí, nuestros políticos se sienten satisfechos enviando ayudas que pagamos todos, como la del 0,7%.

Por esta razón, la frase del señor eurodiputado tendría que haber sido que «la reforma de la PAC ha tenido en cuenta los intereses de los productores canarios a costa de los consumidores de nuestras Islas, nuestros productos y la pobreza de otros países».