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La reconciliación aún no ha comenzado

En septiembre de este año se cumplirá el 40º aniversario del golpe militar que llevó al general Augusto Pinochet al poder, y cabe por ello preguntarse si Chile se ha reconciliado consigo mismo. Mi respuesta es que la verdadera reconciliación aún no ha comenzado.

Reconciliar es algo más que convivir, tolerar o aceptar, y algo muy distinto de olvidar, condenar, hacer justicia, reparar o perdonar. Todo ello se puede hacer sin reconciliarse. Reconciliar es recuperar la confianza en el otro, o en una parte de nosotros mismos, si se trata de una comunidad o una nación. Pero la confianza no puede restablecerse si no entendemos lo que nos llevó a la desunión y no realizamos un esfuerzo por enmendar lo que cada uno puso de sí para que ello ocurriese. Solo así, entendiendo, reconociendo y enmendando, podremos estar seguros de que no vuelva a repetirse.

En este sentido, reconocer los crímenes y las violaciones de derechos humanos cometidos bajo la dictadura militar, así como hacer justicia y reparar a las víctimas, es la antesala necesaria de la reconciliación, pero no debe ser confundida con ella. Eso es lo que hasta ahora se ha hecho y ahí estamos, en la antesala de un esfuerzo por alcanzar una verdadera reconciliación.

Sin embargo, no es seguro que emprendamos ese esfuerzo, ya que nos involucra a todos los que de una u otra manera aportamos algo a esa lamentable marcha de Chile hacia la destrucción de su vieja democracia. Probablemente no sean muchos los que estén dispuestos a reconocer y asumir, con franqueza, valentía y generosidad, su parte en el drama que culminó en septiembre de 1973. Pero no hacerlo implica que nunca podremos alcanzar aquello que es el sentido final de la reconciliación: entender, enmendar y, por ello, poder decir "Nunca más".

Hace ya tiempo llegué al convencimiento de que si algo le debemos a Chile quienes participamos en los hechos que desembocaron en el golpe es justamente esa reflexión sincera y autocrítica. Especialmente si uno proviene de esa izquierda radical que apostó por la destrucción de la vieja institucionalidad chilena y la lucha fratricida como medio para crear una sociedad acorde con sus ideales revolucionarios. Nuestra responsabilidad no fue pequeña, y de ella no nos exime el que después hayamos sido víctimas de las tropelías de la dictadura.

Pongamos las cosas claras. La democracia chilena y la convivencia cívica que era su condición indispensable no se hundieron repentinamente el 11 de septiembre de 1973. La verdad es que ya se habían derrumbado como consecuencia de aquel proceso de ideologización y división irreconciliable de nuestro pueblo que se inicia durante los años 60 y se va profundizando hasta crear un ambiente de guerra civil mental entre los chilenos.

Es hora de sincerarnos sobre el cómo pudo ocurrir. No para hacer más leves las responsabilidades del régimen militar, sino para entender cómo se legitimó el uso de la violencia y quiénes fueron los que realmente abrieron las puertas a aquellos que luego no trepidarían en usarla sistemáticamente para alcanzar sus propósitos. Pero hay algo más. Nuestra experiencia puede servir para que nuevas generaciones de chilenos deseosos de luchar por una sociedad mejor no se dejen conducir por un camino que nuevamente pueda llevar a un Chile en guerra consigo mismo, ya que entonces todos volveremos a perder.

Sobre todo esto deberíamos ser capaces de iniciar una reflexión sincera, ya que para reconciliarse Chile necesita de una memoria histórica sin silencios, que no se adecue a las conveniencias de unos u otros ni se quede a medio camino. Una memoria trunca distorsiona la verdad y da pábulo a una distribución unilateral de las responsabilidades que no nos ayuda a avanzar hacia aquello que le debemos a Chile: un relato verídico de cómo llegamos a separarnos y odiarnos a tal punto que un día nos arrogamos el terrible derecho a destruirnos los unos a los otros.

Mauricio Rojas, exmiembro del Parlamento sueco y profesor adjunto de Historia Económica de la Universidad de Lund (Suecia).

Ni España es insolvente ni el Reino Unido nos ataca

Dissent is the highest form of patriotism”; Howard Zinn.

Mucho revuelo se ha generado en España por un artículo de opinión de The Daily TelegraphSpain is officially insolvent 

¿De verdad creemos que un artículo va a cambiar algo?

El artículo, seamos claros, no dice nada nuevo o que no diga CitigroupExaneJP Morgan o varios analistas nacionales.

Yo vivo en Londres y trabajo en la City, y como español me solivianta ver cómo hacemos trampas al solitario, cambiamos los datos, esperamos que nadie se entere y aguantamos la respiración otro mes. No, la falta de confianza no es cuestión de prensa, sino de nuestro historial.

Sobre el Daily Telegraph merece resaltar que el nivel de crítica que muestra con el gobierno de David Cameron y otros es muy similar. Un periódico que ha destapado casos de corrupción en primera página que en nuestro país no darían ni para columnas interiores porque las cantidades robadas nos parecerían “ridículas”. También he visto titulares en otros medios como Subprime Britain (City AM), pero en cuanto nos tocan nuestro país, ah no. No vale.

Lo que tenemos que hacer es demostrar con datos nuestra credibilidad. No exigir lealtades ciegas y decir que “ellos están peor” o “todos cambian sus datos” -que además es falso-.

 

Así, me permito aclarar algunos conceptos del artículo sobre España sin entrar en el voluntarismo. España no es insolvente, pero si seguimos gastando esperando que nos solucionen los problemas fuera, podemos correr el riesgo de serlo.

Por qué España NO es insolvente

– España tiene el 50% de su deuda privada concentrada en 28 empresas del Ibex 35. Todas cotizadas, multinacionales. Esas empresas gastaron enormes cantidades en activos –mucho en el extranjero- con deuda. Pero esos activos se pueden vender. Ya lo están haciendo, a buenos precios además, y bajando la deuda a niveles de 2006. Además, esas mismas empresas y bancos se están financiando a tipos bajos, incluso en los peores meses de la crisis. Todos pueden hacer ampliaciones de capital si lo precisaran. Aparte de esos casos concentrados, la mayoría de nuestras empresas mantiene una situación financiera cómoda.

– Es cierto que el índice de cobertura de intereses -capacidad de atender el servicio de la deuda- de las empresas y bancos cotizados españoles es muy bajo, como indica el FMI, pero esa media la distorsiona el hecho de que nuestro índice bursátil contiene muchas eléctricas y constructoras, que tradicionalmente tienen índices muy ajustados. Esas empresas, por supuesto con grandes dificultades, también están haciendo sus deberes.

– El problema de la banca en España se concentra en el desastre que fue el modelo político de las cajas. Es cierto que el coste de su rescate es enorme y que deberían haber quebrado ordenadamente, pero también es cierto que España solo ha dispuesto de un 40% del dinero concedido por Europa para su rescate, con lo cual queda colchón, incluso si consideramos el 20% de los 160.000 millones de préstamos zombi como impagables. Nuestros grandes bancos, por otro lado, mantienen ratios de capitalización superiores a muchos bancos franceses o alemanes.

– La burbuja de gasto político es un enorme problema. Lo reconoce toda Europa. 493.000 millones de gasto y 110.000 millones de déficit son inaceptables para una economía cíclica y orientada a servicios en la que ha pinchado una burbuja que suponía el 15% del PIB –la inmobiliaria y la de fantasma-infraestructuras de obra civil-. El estado central hasta marzo de 2013 ha gastado 43.334 millones, casi el doble de lo que ingresa. Cierto. Pero todos sabemos que si el estado reconoce una economía de “crisis” y quisiera, podía cercenar 10.000 millones en subvenciones, 35.000 millones en “actividades económicas” –la caja negra del gasto de CCAA y estado, “mis abalorios” como yo la llamo-, administraciones duplicadas, cerrar embajadas regionales, eliminar miles de asesores, etcétera. 

El Reino Unido y las comparaciones inútiles

Entrar en el “y tú más” para recordarle a los ingleses que la política de imprimir, devaluar y provocar inflación de Reino Unido no funciona es simplemente ridículo. Lo dicen ellos cada día (“Never mind the triple-dip recession, the double dip may have been an illusion too”). En España eso nos encantaría. Curioso.

 

Recordarles el coste de la ayuda a sus bancos (512.000 millones de libras según National Audit Office) no es necesario. Lo repite la prensa día tras día, y fue precisamente la BBC, pública, la que alertó del agujero de Northern Rock. ¿Se imaginan ustedes a TVE alertando sobre la debacle de las cajas hace cinco años cuando éramos el “mejor sistema financiero y mejor regulado”?

No hace falta decir que la política de aumentar deuda, déficit, propulsar la burbuja ladrillera y el gasto es suicida. Aquí en Londres lo critican constantemente. Pero un déficit como el británico se explica parcialmente por el peso de su sector financiero y la solida balanza financiera lo soporta. Aun así, los recortes son urgentes. El nuestro es gasto corriente y el deterioro es muy superior en magnitud y calidad (de +5% a -10% en dos años y seguir cavando es atroz).

Lo curioso es que los que repiten día tras día que hay que copiar al Reino Unido son nuestros líderes de cheque en blanco y tijera de inaugurar puentes. Dicen que hay que imprimir “como los ingleses”. Pero de copiar el dinamismo, libertad de comercio, atractivo inversor, nada. 

Lo que nos negamos a copiar del Reino Unido es:

– El impuesto de sociedades más bajo de cualquier economía occidental (21% a partir de 2014), según PWC. No hay impuestos a los dividendos, las grandes inversiones no pagan por ganancias de capital y se dan enormes beneficios fiscales a la inversión en I+D y en empresas británicas. Un entorno impositivo que no es depredador para el capital y permite que las pymes crezcan y lleguen a gran empresa en porcentaje varias veces superior al español.

– Lo más importante y diferenciador, que muchos olvidan, una cuenta financiera robusta y creciente (vean el grafico de @_perpe_ )

 

– Se abre una empresa en una semana por el coste de un par de Happy MealsSer autónomo no cuesta prácticamente nada. Se paga a los proveedores a 30 días.

– Una reducción del número de funcionarios del 22% desde 2005.

– Reguladores independientes, no controlados por partidos y gobiernos.

– Una legislación laboral flexible de verdad que permite que, a pesar de la recesión y más de cien mil inmigrantes netos anuales, el paro sea de 2,5 millones (7,9%).

– Atrae capital inversor extranjero -más de un billón de euros-, abriendo puertas a que se compren sus empresas y a financiación privada. 

 

– Credibilidad institucional y responsabilidad crediticia. Todo el mundo sabe a quién echarle la culpa del déficit. No se reparten 17 tartas de deuda sin responsabilidad sobre sus consecuencias. 

 

Decir que la deuda del Reino Unido está peor pero cotiza a tipos bajos exclusivamente porque devalúa y monetiza -una política inútil, digámoslo de nuevo- es simplemente mentir. Y es mentir decir que así se evitarían recortes si lo hiciéramos nosotros. Si la panacea fuera crear inflación e imprimir, el país más rico del mundo sería Venezuela Argentina y el más pobre Alemania.

Sin credibilidad institucional, industrial, responsabilidad crediticia, seguridad jurídica y un entorno inversor adecuado, todas las intervenciones que quieran son irrelevantes.

¿Reino Unido contra la Unión Europea? ¿O al revés?

Todo este lío del articulo viene por la crisis de la eurozona y cómo se percibe desde Londres.

Estar en Europa le cuesta a Reino Unido 13.600 millones de euros al año. Desde Londres, se ve a la Unión Europea como un accidente a cámara lenta, con horror, pero sin poder dejar de mirar. Y el debate es lógico (lean aquí).

Las constantes cumbres para solucionar problemas de deuda, ineficiencia y burocracia con más deuda, burocracia e intervención no hacen atractivo el modelo que se está imponiendo. No vale decir “lo tomas o lo dejas”. Pagar por un club donde te sirven mala comida, el portero es impertinente y te cambian las reglas cada mes no es la solución.

¿Que Reino Unido defiende la City? Pues claro. Y Francia a sus granjeros subvencionados y nadie les critica. La City genera más ingresos que Escocia para el país, como para no defenderla.

Tras casi diez años en este país, no he conocido a un solo británico que apoye la Unión Europea. Pero eso no es un ataque a sus países. Es una preocupación por el rumbo intervencionista que está tomando. “Más Europa” no tiene por qué ser pérdida de soberanía, menos libertad, más planificación y menos democracia.

Una Europa diseñada desde el modelo del Estado “sobre todo y para todo”, de economía “dirigida” a la francesa, donde todo se decide por comité, chirría con la cultura de comercio y libertad no solo de Reino Unido, sino de Finlandia y Holanda.

Muchos ven el desastre que se impone, y lógicamente no quieren ni ese problema para ellos ni se lo desean a los países que cayeron en la trampa. Lo decía Margaret Thatcher en 1990, “The single currency will be fatal to the poorer countries because it will devastate their inefficient economies”. 

Para mi es esencial que Reino Unido permanezca en la Unión Europea. Para evitar que se convierta en un Titanic planificador centralista, y sea lo que siempre debió ser, una unión para facilitar el crecimiento, no diseñarlo en un comité. Apertura y libertad. Buen fin de semana.

 PD: Mil gracias a @_perpe_ y PWC por sus gráficos

España sigue sin pinchar su burbuja

Los últimos meses están dejando clara la divergencia entre las economías europea y estadounidense. Mientras la primera continúa en contracción, la segunda sigue capeando bien el temporal, mostrando datos macroeconómicos mucho más positivos que el viejo continente.

Las causas son diversas y complejas, pero un elemento nos llama la atención: el excelente comportamiento del sector inmobiliario, hasta el punto de que algunos ya se lanzan a ver los primeros síntomas de sobrecalentamiento. Este sector está siendo un importante factor en el moderado crecimiento de la economía norteamericana, atrayendo a inversores en masa. Algunas de las regiones que más sufrieron en el pinchazo de la burbuja, como Las Vegas, ya han registrado notables subidas de precios desde mínimos.

Independientemente de que esta expansión de la actividad inmobiliaria vaya a sostenerse en el tiempo, lo cierto es que el ajuste del sector –pese a los obstáculos que el gobierno federal puso sobre el mismo- ya finalizó el pasado año, pasando a contribuir de forma positiva en la economía. No hace falta que les diga que la situación en España dista mucho de ser como la del país norteamericano. Lamentablemente, nuestras perspectivas son considerablemente peores y el inmobiliario juega un papel relevante como lastre de la recuperación.

Tal y como publicamos desde el Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, el precio de la vivienda mantiene todavía una sobrevaloración que va desde el 15% al 35%, según el escenario que nos planteemos. A esta estimación llegamos a través del llamado PER de la vivienda, indicador que mide la relación entre los precios de la vivienda y los de alquiler. Este múltiplo nos indica cuántos años es necesario esperar para recuperar la inversión en vivienda (precio de adquisición) con su rendimiento anual (alquiler). De hecho, si hacemos la inversa del PER llegamos a la rentabilidad anual de la vivienda como inversión.

Así, a finales de 2012 este ratio se situó en niveles de 22,8, cifra aún alejada del 19,5 (que refleja el promedio desde 1985 hasta 2001, año en el que podríamos situar el comienzo de la burbuja de precios inmobiliarios), pero sensiblemente inferior al máximo de 32,3 que marcó en 2007. La caída de los precios de la vivienda de obra nueva de más del 20% es todavía muy insuficiente para ajustar la enorme burbuja inmobiliaria que vivió nuestro país. A este ritmo de ajuste podríamos hablar de dos años más de caídas, como mínimo.

El enfoque de política económica utilizado por nuestras autoridades políticas y financieras de no reconocer los problemas, primero, y negarse a solucionarlos de manera rápida y drástica, segundo, es en buena parte responsable de que aún nos queden varios años de ajuste inmobiliario. La próxima vez, esperemos haber aprendido la lección: ralentizar el ajuste no es la solución, sino el problema.

Eurobonos, un viejo amor que no se olvida

Llevan con lo de los eurobonos desde hace por lo menos tres años. Aquí, donde eso de anteponer euro a cualquier cosa con intención de ennoblecerla nos encanta, parece estar todo el mundo a favor de ellos. Los políticos porque saben de qué va el tema y les interesa tenerlos en la mano cuanto antes. La gente normal porque si lleva como prefijo el palabro “euro” es que seguro que se trata de algo bueno. Pues no, no lo es, al menos para la gente normal, trabajadora y productiva que pasa las de Caín para llegar a fin de mes y dedica medio año a deslomarse para que Montoro reparta suerte entre los sátrapas autonómicos.

Un eurobono es lo mismo que un bono soberano normal pero con la garantía de todos los Estados de la eurozona. Eso son palabras mayores. Los politicastros del sur podrían endeudarse sin límite colocando como avalistas a los contribuyentes alemanes y holandeses. A los Rajoyes, los Rubalcabas y los Cayoslara se les hace la boca agua. Podrían reinflar la burbuja crediticia y gastar a manos llenas durante un par de legislaturas. Podrían seguir creando clientelas, financiando Marinaledas, levantando estaciones de AVE en los páramos y, ya que están en el gasto, contratar a otro millón de empleados públicos, que tres millones son pocos y hay que garantizar las “conquistas del Estado del Bienestar”.

Nunca reconocerán que ese crédito regalado a instancias del BCE, ese chorro de millones que entró de prestado en España durante los primeros años de la década pasada es el que, en primera instancia, nos condujo a este drama. Eso no lo van a reconocer jamás porque la crisis, ya se sabe, es cosa de la codicia de los empresarios y la recodicia de los defraudadores fiscales, que quieren hurtar con arteras mentiras lo que es de Hacienda y de nadie más.

Los eurobonos les permitirían hacer todo eso, pero, claro, para poder meter la mano en el bolsillo del contribuyente alemán hace falta que, previamente, los amos y señores de este último les dejen hacerlo. Zapatero y Salgado lo pidieron insistentemente en 2010, cuando el “in Spain we trust” se les fue de las manos y casi envían el invento, su invento, al garete. Desde entonces estaban medio olvidados, básicamente porque Frau Merkel dijo que ni hablar, que su recrecida base fiscal es para ella sola y no piensa compartirla con nadie. Lo cual tiene toda la lógica del mundo.

Ser político, a fin de cuentas, es ese privilegio de poder saquear a tus paisanos con la ley en la mano y, al que se oponga, meterle en la cárcel. Los privilegios por principio no se comparten. Pero en estas apareció el irresponsable de Hollande, ese hombrecillo aparentemente inofensivo que está arruinando Francia a mucha más velocidad que el mismísimo Luis XIV, para volver a poner sobre el tapete la cantinela de los eurobonos, esta vez con el precioso eufemismo de “Gobierno económico del euro”.

Las palabras “gobierno” + “económico” + “euro” significan, traducidas al román paladino, “déjame la imprenta de billetes que ya me encargo yo del resto”. Un “Gobierno económico del euro” significaría que los gobernantes manirrotos y desmadrados que padecemos en el sur de Europa apretarían para que el banco central crease euros. Euros salidos de la nada, sin más respaldo que la voluntad política de pervivir en el machito, con los que compraría deuda de todos estos Gobiernos de saltimbanquis, una deuda perfectamente sindicada entre los golfos de siempre que aspiran a vivir eternamente por encima de las posibilidades productivas de su respectiva población. Eso son los eurobonos y lo demás pura palabrería de políticos que no quieren privarse de nada.

Normal que Guido Westerwelle, antiguo vicecanciller, histórico líder del liberalismo alemán que quiere hacerse perdonar de cara a su electorado algunos pecadillos de lesa estatidad, haya salido por la tangente pidiendo lo obvio. “No se puede resolver la crisis de la deuda con nuevas deudas”, dijo esta semana a un diario francés. La lógica más elemental es ahora revolucionaria. La sensatez es liberal, la locura socialista. No está de más recordar que vivimos en el mundo de la chifladura más absoluta

Cristianos iraquíes: entre el Paraíso y el exterminio

Caldeos y asirios, pueblos procedentes de la antigua Mesopotamia, llevan viviendo en lo que hoy es Irak desde los tiempos del Imperio Babilónico; ahora, en concreto en la región de Nínive, donde la Biblia sitúa el Edén. Son cristianos desde los primeros tiempos; cristianos católicos u ortodoxos. No son ningunos recién llegados, como dicen los árabes islamistas que pretenden acabar con ellos en una operación de limpieza étnico-religiosa de extrema crueldad. Son semitas, hablan arameo y, ya digo, llevan en esa tierra desde los tiempos de Hamurabi.

A pesar de las consideraciones históricas que refrendan su derecho a vivir donde han vivido siempre, los cristianos de Irak están siendo expulsados de sus tierras. Según la ONU, la mitad de la comunidad cristiana abandonó el país tras la intervención militar internacional desarrollada en 2003 para derrocar a Sadam Husein.

El Irak actual, sometido a un conflicto político-religioso entre las dos principales ramas islámicas que sigue dejando centenares de víctimas en ataques terroristas, y con una Constitución que consagra el islam como religión oficial, es un lugar en el que la caza del cristiano y los ataques a sus lugares de culto son casi un divertimento para los grupos islamistas más fanatizados, que el débil Estado iraquí se muestra incapaz de controlar. El atentado contra la Iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Bagdad, a finales de 2010, perpetrado por cinco islamistas mientras se celebraba la Santa Misa, que costó la vida a 57 personas y dejó decenas de heridos, fue el detonante para que las autoridades religiosas decidieran promover el traslado de los fieles a Nínive, una especie de vuelta al Paraíso, simplemente para poder sobrevivir.

Desde entonces, las comunidades cristianas reclaman la creación de una región autónoma en esas llanuras de bíblicas resonancias, único lugar en el que pueden sentirse seguros gracias a la proximidad del semiindependiente Kurdistán iraquí, con sus propias fuerzas de defensa y combate. En apoyo de su demanda esgrimen un argumento estratégico: tal región podría servir de amortiguadora de tensiones entre kurdos, suníes y chiitas, que se disputan el control efectivo de la zona. Pero hasta el momento el Parlamento iraquí no ha prestado demasiada atención a este asunto.

La idea de que Nínive se convierta en una especie de gueto cristiano paraliza cualquier decisión de las autoridades nacionales, cuya capacidad para imponer su criterio, en todo caso, sigue estando en entredicho, pues Irak sigue siendo altamente volátil. Los cristianos, en cambio, lo tienen perfectamente claro: antes vivir en un gueto que seguir siendo exterminados por el odio religioso de sus vecinos, inflamado por Irán y Arabia Saudí en el contexto de la guerra milenaria que libran chiíes y suníes.

© elmed.io

Impuestos, recortes y paro: la madre de todas las resacas

El gestor de fondos y colaborador de El Confidencial, Daniel Lacalle, prologa Crónicas de la Gran Recesión II (2010-2012), del economista Juan Ramón Rallo. El libro saldrá a la venta el viernes 24 de mayo y ese mismo día se presentará en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, dentro de Liberacción, la feria de libros liberales organizada por el Instituto Juan de Mariana*.

Hace unos meses hicimos una encuesta entre inversores y gestores sobre cuáles habían sido las causas de la crisis financiera. Las respuestas fueron muy interesantes y diferentes, pero podrían converger en un mensaje: toma de riesgo excesivo ante un entorno de tipos de interés bajo y sobreabundante liquidez. Ello, a su vez, nos conduce a unos estados y bancos centrales que lanzaron el mensaje de «no se preocupen, todo va bien, que aquí estamos nosotros para garantizar que se eviten shocks», algo que, por supuesto, no cumplieron. Porque no podían. Ni pueden. Vivimos en unas economías tan intervenidas que asumimos, casi como una religión, que los estados y sus bancos centrales son omnipotentes y pueden cambiar el rumbo de la economía a su placer, garantizando crecimiento eterno. Olvidamos, por supuesto, que los bancos centrales y estados siempre son reactivos y, como tales, cuando ponen en marcha procesos de incentivos perversos, tipos bajos, expansión monetaria y estímulos injustificados, empujan a los agentes económicos unos cuantos pasos más cerca del borde del precipicio.

Es interesante también comprobar cómo ese proceso de «toma de riesgo excesivo» nos pasaba desapercibido cuando vivíamos la fiesta del crecimiento eterno, las compras megalómanas y el endeudamiento. Un claro ejemplo lo vivimos en España, un país que, supuestamente, crecía más que ninguno otro y cuyo modelo económico era un milagro y la envidia del mundo entero. Alemania, sin embargo, aplicando recetas de austeridad y recortes presupuestarios promovidos por el canciller Schröder, se lanzaba al «abismo del estancamiento», según comentaba el diario El País en el año 2004.

A muchos economistas, ese modelo de crecimiento, apalancado y orientado al ladrillo y a la «inversión» -malgasto- estatal, les sonaba: lo habían visto antes y, como en tantas ocasiones, sabían que terminaba mal. De hecho, el crecimiento de España, excluyendo el efecto de deuda, fue muy bajo durante la burbuja, según cifras del FMI y el BBVA. Sin embargo, en un mundo acostumbrado a repetir las formulas keynesianas de aumentar el gasto, endeudarse y dar la patada hacia delante, aunque no funcione, tendemos a negar los problemas, a ignorar los riesgos y a buscar repetir los mismos errores.

En este libro encontraremos un análisis muy detallado y ameno de aquellos errores graves que se cometieron y cómo apartamos la vista e ignoramos sus consecuencias. Efectivamente, hoy nos quejamos de unas políticas de austeridad que dicen que nos ahogan. Sin embargo, no podemos hablar de austeridad cuando el gasto estatal, la deuda y los déficits públicos siguen alcanzando máximos históricos. Lo que ocurre es que estamos acostumbrados al malgasto y al dinero fácil como fenómenos «normales». Queremos recuperar el 2005-2007. Sólo hay un problema: es imposible, no funciona.

Olvidamos que los recortes de hoy son consecuencia del exceso de gasto del pasado, que las políticas expansivas no evitan dichos ajustes presupuestarios, como estamos viendo en Estados Unidos o el Reino Unido. Olvidamos que las soluciones monetaristas y expansivas no solucionan modelos económicos de baja productividad y obsoletos: los perpetúan. Y los efectos negativos de cerrar los ojos, imprimir y esperar que escampe son obvios. Recesión en el Reino Unido, deflación en Japón, estancamiento en Estados Unidos. Y el paro, ese supuesto objetivo social de las políticas intervencionistas de estados y bancos centrales, no sólo no baja, sino que las condiciones laborales empeoran. Porque las políticas expansivas no crean confianza, sólo desconfianza. Y llevan a algo que pocos economistas keynesianos son capaces de explicar: la velocidad del dinero, reflejo de la actividad económica, se desploma. ¿Su solución? Repetir lo que ha fracasado. Nunca es suficiente, y si no funciona… es porque no se ha hecho de manera contundente.

La peor ‘resaca’ jamás sufrida

El problema del sobreendeudamiento radica en que nos da una falsa sensación de poder, de riqueza, y nubla la prudencia a la hora de gastar o invertir. Y que, cuando se acaba, el efecto «resaca» es peor de lo que nadie imaginaba. Se empieza justificando la deuda para «hacer inversiones de crecimiento» y se acaba despilfarrando en gastos tan «sociales» como las decenas de miles de millones que pagamos en subvenciones. Se empieza pensando que se pagará con crecimiento, luego que se pagará con más deuda de fondos exteriores, después que se pagará con más impuestos y, finalmente, se quiebra.

Desde 2003, cada euro nuevo de deuda ha generado productividades marginales cero y, desde 2004, negativas, según Goldman Sachs. Es el «umbral de saturación de deuda» que ignoran nuestros políticos, siempre dispuestos a gastar hoy el dinero de las generaciones futuras. Efectivamente, la deuda puede ser buena cuando se invierte de manera prudente y cuando no alcanza unos niveles inaceptables. Pero, como en todos los procesos de descontrol inversor, llega un punto en que nunca nos parece alta.

Siempre nos parece que «nuestro caso es distinto» -mi deuda sobre PIB es menor que la de Japón-, que «a mí no me va pasar» -España no es Grecia- o el socorrido «yo estoy mal, pero el otro está peor» -la deuda privada es mayor que la pública-. Son mensajes que sólo buscan justificar un comportamiento que, en nuestro interior, somos conscientes de que es inaceptable. Sólo queremos que, aunque sepamos que no es lo correcto, nos siga fluyendo el dinero.

Es curioso porque el proceso de expansión salvaje de los balances de los estados y sus bancos centrales siempre se tiñe de un aura «social», diciendo que se busca bajar el paro y reducir desigualdades, cuando en realidad es profundamente antisocial y extremadamente injusto: porque premia al endeudado y al que invierte mal, penalizando con impuestos e inflación al ahorrador, al prudente y a una clase media que está siendo aniquilada por las políticas de sostener a bancos y a Estados elefantiásicos e insolventes.

Más impuestos y más recortes

El Estado, efectivamente, no es una empresa. Y, como tal, debe también diferenciar su capacidad de endeudamiento. Porque la deuda privada se contrae libremente. La deuda privada excesiva se repaga con ampliaciones de capital, desinversiones y caja libre. Si la empresa no puede pagarla, quiebra, se venden sus activos y se liquida. Sin embargo, la deuda pública es impuesta obligatoriamente. Además, esta se repaga con más impuestos y más recortes y, si no se paga, se termina arruinando a los ciudadanos. Importantes diferencias.

Nos repiten ahora, una y otra vez, que el Estado tiene que gastar cuando ahorran las familias y empresas para compensar, sostener la actividad económica y, luego, cuando llega el crecimiento, entonces es cuando toca ahorrar. Excepto que, oh sorpresa, en épocas de bonanza los Estados no ahorran. ¿Saben cuál es el número de países de la OCDE que han visto reducido su gasto público en épocas de bonanza en los últimos veinte años? Cero. 

Es entonces cuando el sobreendeudamiento se convierte en norma, cuando corremos el riesgo de pasar de saturación de deuda a una saturación impositiva que genera destrucción de crecimiento, riesgo de descapitalización y quiebra. La deuda en sí misma no es mala. La deuda es mala cuando no genera ninguna rentabilidad. Y, como sucede en cualquier otra actividad económica, hay «inversiones sociales» que no generan rentabilidad económica y son aceptables, pero estas no pueden acaparar y sobrepasar a las inversiones que sí generan rentabilidad, porque de lo contrario entramos en una espiral de gasto que implica más deuda y más impuestos, un mayor empobrecimiento, menos ingresos, el mismo gasto, más deuda y la quiebra.

Piensen lo bien que estaríamos hoy si en 2005, cuando multiplicábamos nuestra deuda por dos, hubiéramos hecho una huelga con una buena pancarta diciendo: «No hipotequemos a nuestros nietos». El despilfarro, el gasto y la deuda siempre se toleran. Pero no se suelen valorar sus consecuencias.

Los beneficios de planificar para cuadrar gastos e ingresos son muy fáciles de entender: si se equivocan y el país crece más, se ahorra y se mitigan los impactos si se vuelve a la crisis. Vamos, lo que todos ustedes hacen cada día. Lo malo de la política de la cigarra es que cuando llega el invierno ya no queda nada y, lo que es peor, se depende de la caridad (del BCE, del FMI o de quien sea), que suele venir acompañada de exigencias que nos empobrecen y nos hacen menos libres. Esta crisis debería enseñarnos a desconfiar de los incentivos perversos, de los cantos de sirena de la expansión ficticia y de las llamadas a tomar riesgos provenientes de estados y políticos cuyo historial de aciertos en sus inversiones y predicciones sobre el futuro es francamente atroz.

El placebo de los economistas estatistas

¿Quiénes generaron esos incentivos perversos? ¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Es la solución a la crisis llevar a cabo las mismas políticas que nos condujeron a ella? ¿Qué papel tienen los bancos centrales y los Estados a la hora de poner en marcha mecanismos de crecimiento? En este libro, que recopila algunos de los excelentes artículos de Juan Ramón Rallo sobre la crisis, encontrarán muchas respuestas. Muchas de ellas les sorprenderán, porque no van orientadas al «efecto placebo» que nos intentan vender los economistas estatistas. Pero recuerden: que haya consenso entre algunos profesionales no significa que tengan razón. Y a las pruebas y datos me remito: el problema de defender las políticas expansivas y estatistas es la evidencia empírica de sus fracasos. Y cuanto más se aplican, más contundentes se vuelven los argumentos en contra.

Este libro les ayudará a entender mejor la crisis, valorar distintas opciones, cuestionar los dogmas establecidos y llegar a sus propias conclusiones. Además, ofrece soluciones. De ahí que se trate de una publicación imprescindible que merece la pena consultar una y otra vez ante las recurrentes tentaciones de los diferentes Gobiernos por repetir formulas caducas e ineficaces… pero, eso sí, consensuadas. Como decía Margaret Thatcher, el consenso es el abandono de toda creencia, principio y valores; por lo tanto, sólo es algo en lo que nadie cree y, por supuesto, nadie cuestiona. Evitémoslo.

*Crónicas de la Gran Recesión II (2010-2012), Juan Ramón Rallo, Unión Editorial, 2013, 425 páginas

Reduzcamos los impuestos… y el gasto público

Cuando un país se halla al borde de la suspensión de pagos, no tiene más remedio que intentar recuperar su solvencia cuadrando las cuentas, esto es, taponando el déficit público por el que se desangra. Sabido es que para ello existen dos posibilidades: incrementar los ingresos del Estado (a costa de saquear tributariamente más a la economía privada) o recortar el gasto; alternativas que no son ni mucho menos equivalentes.

El socialdemócrata gobierno de Mariano Rajoy optó por la peor de las dos: centrar la mayor parte de sus parcos esfuerzos por minorar el desequilibrio presupuestario en exprimir más a los españoles (es verdad que también redujo algunos gastos en 2012, pero se centró básicamente en la parte más sencillona del asunto: paralizar obra pública), logrando con ello el pírrico resultado de consolidar el déficit en el 7%. Zapatero lo bajó del 11% al 9% y Rajoy del 9% al 7%. Hurra.

En los últimos días se han alzado diversas voces dentro del Partido Popular reclamando una reducción de impuestos que alivie parcialmente la delicada situación de las clases medias y dé un más que necesario impulso a nuestra marchita economía. Sin duda, es de agradecer que desde algún recóndito lugar de nuestra clase política (y con la muy honrosa excepción del P-Lib) se reclame una inmediata reducción de impuestos que aligere mínimamente la onerosa losa fiscal que aflige a los españoles.

Sin embargo, no deberíamos perder de perspectiva que tan urgente como bajar impuestos es acabar con el déficit, a saber, no jugar a timar al ciudadano y al empresariado con alivios fiscales a corto plazo que todos saben insostenibles por cuanto la viabilidad del país a medio plazo sigue sin estar garantizada. Al contrario, lo que necesitamos es que todo el mundo adquiera unas expectativas sólidas de que España constituye un refugio estable, rentable y seguro para sus inversiones. Un paraíso donde generar y multiplicar riqueza sin que políticos, oligopolios, sindicatos, lobistas o cazadores de rentas te la arrebaten.

De ahí que bajar impuestos sea tan necesario como despejar temores de que podamos suspender pagos y salir del euro; porque mientras se contemple como horizonte factible que vayamos a argentinizarnos tras aplicarles un quita del 50% a los inversores foráneos, pocos querrán arriesgarse a inmovilizar su patrimonio en España. Pero, huelga decirlo, si tenemos que bajar impuestos y tenemos que acabar con el déficit, sólo cabe lograr ambos propósitos por la vía de amputar el gasto público. Precisamente, en mi libro, Una alternativa liberal para salir de la crisisexplico con detalle de dónde recortar 135.000 millones de euros en un año para erradicar el déficit público y, al tiempo, ahorrarnos la treintena de subidas de impuestos del PP.

Acaso esa imprescindible coletilla sea la que se eche en falta en el loable discurso de ciertos populares retirados que estos días salen a la palestra para canear a Montoro: que no sólo vendan el dulce y saludable caramelo de las rebajas fiscales, sino la (en apariencia) amarga medicina de los multimilmillonarios tijeretazos del gasto. De ahí que, cuando el ministro de Hacienda les replica que en estos momentos no hay margen para bajar impuestos, puede que esté mintiendo, pero desde luego tiene su punto de razón: todos aquellos correligionarios que las impulsan, ¿están dispuestos a asumir la profunda transformación de nuestro infinanciable Estado niñera-asistencial que ello implicaría?

Montoro, Rajoy y su cuadrilla de socialistas desde luego no: suben impuestos justamente para evitarse desmantelar, tal como deberían, nuestro burbujístico sector público. Pero, ¿cuál es el modelo de Estado de quienes proponen bajar impuestos? Sostener genéricamente que se han de achicar los desembolsos públicos no basta cuando el reto por delante desborda con mucho los parches cosméticos impulsados por el rajoyismo. La muy necesaria alternativa al consenso socialdemócrata que ha arruinado España no puede pasar sólo por prometer que las administraciones públicas recaudarán menos, sino, sobre todo y en primer lugar, por explicar por qué deben gastar mucho menos para que familias y empresas puedan recuperar el protagonismo que jamás debieron perder.

Sí, bajemos ya los impuestos, pero un segundo después de que hayamos suprimido los gastos inútiles (burocracia regulatoria) y privatizado aquellos valiosos que se ha arrogado coactivamente el sector público (Estado de Bienestar). Menos gastos, menos impuestos y menos déficit. Ese es el camino realmente liberal.

Sí, buana

Si le preguntas a una madre qué es lo que más quiere para su hijo, con toda probabilidad te va a responder “quiero que sea feliz”. Muy pocas te vamos a contestar “quiero que sea libre” pero la diferencia es grande. A menudo, las madres que quieren por encima de todo que sus hijos sean felices están convencidas de que sólo ellas saben mejor que nadie qué es lo que les dará la felicidad a sus hijos. Por eso se dedican a criar hijos obedientes sin darse cuenta de que el resultado será un adulto desorientado que va a necesitar que siempre haya alguien indicándole el camino a seguir.

La profesora Henseler definió a la generación X (nacidos entre 1960 y 1980) como la generación “cuya visión del mundo está basada en el cambio, en la necesidad de combatir a la corrupción, a las dictaduras, al abuso, al sida, una generación en búsqueda de la dignidad humana y la libertad individual, la necesidad de estabilidad, amor, tolerancia y derechos humanos para todos”. Y sin embargo la generación X está criando una generación de niños sumisos, que hoy les obedecen a ellos y a sus profesores pero que mañana buscarán a otros que les manden y les digan qué deben hacer y cómo deben hacerlo. Es como si hubieran encontrado el camino correcto y estuvieran andándolo en la dirección equivocada. Entremedias de la generación X y nuestros hijos, los Z, están los Y, nacidos entre 1980 y 2000, mandándonos claros mensajes que tal vez no queremos ver.

Es todo tan absurdo, en cuanto te fijas un poco. Papá y mamá pasan todo el día fuera de casa, trabajando para poder mantener unos caprichos que sólo poseen pero no disfrutan, porque no tienen tiempo. La casa, la tele y el home cinema, el coche, la segunda residencia con jardín y piscina, la ropa de marca y demás. Papá y mamá pertenecen a esa generación que, supuestamente, buscaba el cambio en el mundo y que, en cambio, ha terminado entrando en la “carrera de las ratas”. Para mantener el absurdo statu quo, necesitan que los niños pasen gran parte del día en la escuela, haciendo cosas que no les interesan, junto a otros niños que se aburren tanto como ellos. Algunos incluso lo pasan mal. Su existencia se limita a inclinarse, estar de acuerdo y obedecer.

Luego les soltamos el discurso de que las cosas han cambiado, de que no deben aspirar a que alguien les dé un trabajo para toda la vida sino que deben perseguir sus sueños y crear su propio trabajo. Hay que emprender, hay que trabajar en internet, hay que ser original y creativo y, sobre todo, hay que convertir la pasión en profesión. Pero ¿cómo van nuestros hijos a dedicarse a aquello que les apasiona si durante toda su infancia les impedimos experimentar libremente para descubrir qué es lo que realmente les gusta? Les entrenamos durante años para ser elogiados y recompensados cuando hacen lo que se espera de ellos y esperamos que después, por arte de magia, se desprogramen y sepan descubrir sus habilidades y sus pasiones y convertirlas en un modo de vida. Nunca antes una generación había sido tan esquizofrénica para con sus hijos. Predicamos una cosa mientras hacemos otra. Les cortamos las alas mientras les exigimos que vuelen. Hemos asumido la idea de la evolución mientras se ha tratado de nosotros superando a las generaciones anteriores. Cuando somos nosotros los que debemos ser superados, nos negamos. A nuestros hijos deberíamos decirles que sí más a menudo, confiando en ellos. Y también deberíamos permitirles decir que no más a menudo, abriendo la puerta a la argumentación y al diálogo y sabiendo que, algunas veces, serán ellos quienes tengan la razón.

Bravo por Gran Canaria

EL presidente del Cabildo de Gran Canaria, José Miguel Bravo de Laguna, ha dicho que con la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) del oasis de Maspalomas no se puede «acusar al Cabildo de Gran Canaria de paralizar» proyectos de inversión en la isla ni de crear «inseguridad jurídica». Además ha afirmado que «la gran vencedora» de esta decisión «es Gran Canaria».

El Sr. Bravo de Laguna, claramente, no es empresario, es decir, no es alguien que arriesga su capital para obtener beneficios empresariales satisfaciendo a la sociedad, sino que es un político que no entiende lo que es complacer a la gente compitiendo en el mercado y asumiendo riesgos. Sólo así se explican sus aseveraciones.

La declaración de BIC del oasis por supuesto que ha frenado y paralizado varios proyectos de inversión, la prueba de ello es que los principales afectados de esta decisión política han decidido llevarse la inversión de casi 50 millones de euros para mejorar el conjunto turístico de la zona a la isla de Tenerife. Además, otras empresas verán demoradas sus inversiones en este ámbito, pues tendrán ahora que pasar por nuevos y tortuosos trámites burocráticos.

Por otro lado, es evidente que la decisión del Cabildo crea inseguridad jurídica, pues el mensaje que se ha mandado a los posibles inversores que pudieran venir a Gran Canaria es que todos aquellos que quieran invertir en la isla tienen que saber que aunque se tramiten sus proyectos dentro de la legalidad, estos pueden ser paralizados, demorados o cambiados por decisiones políticas incentivadas o no por otros empresarios competidores.

Por ello, la protección del entorno del oasis de Maspalomas, que hasta la fecha se ha preservado por sí solo, causará el deterioro de este lugar y la escasez de oferta turística de calidad, pues si algo buscan los empresarios es seguridad jurídica y celeridad en los trámites administrativos. De ahí que la zona haya perdido la posibilidad de contar con un nuevo hotel de cinco estrellas y se haya quedado con uno deteriorado de cuatro.

A todo esto hay que unir otras dos consecuencias terribles de esta decisión política promovida por intereses particulares y apoyada por algunas instituciones que dicen proteger los intereses de Gran Canaria. La primera, que seremos los contribuyentes los que tendremos que pagar la indemnización que recibirá a buen seguro la empresa perjudicada por esta decisión; y la segunda, que tendremos un posible nuevo foco de corrupción en las Islas, pues a buen seguro muchos se verán tentados de pagar o de cobrar para agilizar o permitir los proyectos de la zona.

Por todo ello, Sr. Bravo de Laguna, la gran perdedora es Gran Canaria.

¿De verdad queremos armar a Al Qaeda?

La reunión de los principales grupos opositores a Bashar al Asad esta semana en Madrid obligaba a nuestro canciller a decir algo al respecto del drama sirio, así que García Margallo, poco acostumbrado a los rodeos o los eufemismos a pesar de ser el jefe del cuerpo diplomático, ha aprovechado la ocasión para hacer una declaración tajante: somos partidarios de enviar armas. Al bando rebelde, se entiende, que el régimen sirio ya cuenta con suministradores mucho más poderosos que la discreta industria armamentística española.

Los grupos rebeldes que luchan contra Al Asad llevan meses exigiendo a los países occidentales que les envíen armamento, a pesar de lo cual sólo han obtenido hasta el momento ayuda humanitaria. Gran Bretaña y EEUU son los países que más han amagado con la posibilidad de enviar armamento pesado a los enemigos de Al Asad, pero parece que lo han hecho simplemente con el propósito de sondear el ambiente de la llamada comunidad internacional más que con una verdadera intención de dar el paso decisivo en terreno tan delicado. Al menos en el caso de los británicos, porque Obama es incapaz de tomar una decisión categórica salvo que se trate de acosar fiscalmente a los rivales políticos o espiar a periodistas incómodos, como ha demostrado recientemente.

La cuestión de armar o no al bando que lucha contra el régimen baazista es mucho más compleja de lo que pretenden sus representantes en Madrid, desesperados por obtener armas con las que poder enfrentarse a la maquinaria bélica del dictador sirio. No se trata de un problema de legitimidad en la lucha contra un régimen que está masacrando a sus rivales sin piedad, civiles incluidos, sino de algunos grupos incrustados en el bando rebelde y sus vínculos evidentes con el islamismo más radical, que tras una victoria contra Al Asad podrían volver esas armas contra los mismos occidentales que se las han proporcionado. Es el caso del llamado Frente Al Nusra, ligado formalmente a la rama de Al Qaeda que opera en Irak, que tras la conquista de cualquier territorio a las tropas del régimen sirio se distingue por implantar inmediatamente el terror cerrando tiendas, escuelas y otros centros incompatibles con su visión ultraortodoxa del islam, como hicieron hace tan sólo unos días en la provincia de Raqa, arrasada bajo la bandera negra de la Yihad.

A pesar de estas importantes consideraciones, a las que ningún estadista puede resultar ajeno, García Margallo quiere dar armas a los rebeldes reunidos en Madrid sin mayores precisiones, frase que aceptaremos simplemente como gesto de cortesía en su papel de anfitrión. Norteamérica, en cambio, no lo tiene tan claro como nuestro ministro, y el resto de Europa tampoco. Las consecuencias de haber armado a los talibanes afganos en su día siguen ejerciendo, afortunadamente, un importante papel disuasorio.