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Lo que le conté al Parlamento alemán

Hace unos diez días, una comisión de Hacienda del Parlamento alemán acudió a España para indagar acerca de la situación de nuestro país. Una de las diversas entrevistas la concertaron con un servidor en la sede del Instituto Juan de Mariana: eran seis personas, un representante de cada partido y el presidente de la comisión, que me inquirieron por cuál había sido el proceso que había conducido a que la economía española terminara hecha unos zorros.

Mi explicación, desarrollada en mi libro Una alternativa liberal para salir de la crisis, es bien sencilla: desde el año 2001, España ha padecido tres burbujas, la financiera, la productiva y la estatal. No se trata de tres burbujas que se hayan dado todas a la vez por simple casualidad o por fatalidades del destino, sino que cada una de ellas ha ido generando a la siguiente.

La burbuja financiera se originó por culpa de nuestro privilegiado sistema financiero, capaz de expandir y abaratar artificialmente su provisión de crédito merced a la asistencia continuada que le proporciona un monopolio público: el Banco Central Europeo. Los tipos de interés en la zona euro se desplomaron a mínimos históricos, lo que alimentó el sobreendeudamiento de familias y empresas españolas con cargo a la financiación de unos bancos españoles que, a su vez, vivían enchufados a la provisión de crédito de los bancos alemanes y franceses (que a su vez se nutrían de las facilidades de financiación del BCE). El siniestro resultado: en siete años, los pasivos financieros de nuestras familias y empresas se triplicaron.

Fue así, justamente, cómo se desató la burbuja productiva. El crédito barato comenzó a inundar la economía, especialmente por el coladero de la industria del ladrillo. Las hipotecas y los préstamos a promotores dispararon la actividad y el empleo en la construcción, lo que a su vez propulsó el consumo y la inversión (a crédito) en el resto de sectores. El PIB pasó a crecer con una fuerza jamás soñada e incluso nuestros políticos pronosticaban que en un par de añitos íbamos a estar a la vanguardia europea en materia de renta per cápita. La inflación, derivada de la artificial demanda crediticia, se dejó sentir con fuerza, especialmente en los activos inmobiliarios y bursátiles, pero también terminó trasladándose a los precios de nuestras mercancías y a sus costes salariales (que, en términos nominales, aumentaron prácticamente el doble que en el centro de Europa), en merma clara de nuestra competitividad (por mucho que entonces no lo notáramos tanto, debido a que el resto del mundo también vivía sumergido en la falsa prosperidad de la burbuja crediticia).

La infundada euforia del sector privado terminó, cómo no, trasladándose al sector público: entre 2001 y 2007, los ingresos de las Administraciones Públicas se expandieron en 175.000 millones de euros, lo que les permitió incrementar el gasto público en 150.000 millones de euros sin despeinarse e incluso alardeando de una inexistente austeridad; inexistente, claro, porque se gastaba a manos llenas con cargo a la participación impositiva en un insostenible sobreendeudamiento privado. En Grecia, dado que familias y empresas no se endeudaron con fuerza, el sector público tuvo que emitir grandes cantidades de pasivos para poder aumentar masivamente sus desembolsos; en España, nuestros mandatarios se ahorraron el emitir deuda porque el sector privado lo hacía en su lugar, limitándose ellos a rapiñar una porción de esos pasivos. Ahí tenemos, pues, la burbuja estatal, resultado de la financiera y la productiva.

La solución no aplicada

Obviamente, una vez pinchó la burbuja financiera (la era del crédito artificialmente barato y abundante) también lo hizo la productiva/inmobiliaria y, a su vez, la estatal. En 2008 tocaba, pues, proceder a sanear los destrozos derivados de estas tres burbujas: el hiperendeudamiento privado que, por la senda de los impagos, amenazaba con tumbar y descapitalizar a la banca española; un modelo productivo inane e incapaz de generar riqueza sin recurrir a pelotazos crediticios, y una estructura estatal sobredimensionada e infinanciable por un sector privado moribundo. ¿Cómo hacerlo? Desde luego, no agravando ninguno de los desequilibrios que debían solventarse.

La burbuja financiera debería haberse saneado no socializando las pérdidas hacia los contribuyentes, sino aplicando un bail-in sobre sus acreedores (incluyendo las cajas alemanas), esto es,trasladándoles las pérdidas a quienes sufragaron esta burbuja. La burbuja estatal debería haberse saneado con una reducción de 135.000 millones de euros anuales en el gasto público, y no por la vía de machacar a impuestos a unas familias y empresas que ya arrastraban (y siguen arrastrando) sus propios problemas. Y, por último, la burbuja productiva debió sanearse fomentando el ahorro, liberalizando la economía y, en suma, permitiendo que los empresarios invirtieran en un entorno jurídico y financiero estable para edificar nuevas industrias donde pudiesen obtener alta rentabilidad; y no con absurdos planes “de estímulo” dirigidos a colocar a unos miles de personas a “hacer cualquier cosa”. Como ven, PSOE y PP han hecho lo contrario de lo que debíamos: tocaba bajar impuestos, reducir gasto, eliminar el déficit, no socializar pérdidas y liberalizar la economía, y hemos subido impuestos, mantenido el gasto a niveles de la burbuja estatal, maquillado el déficit, socializado pérdidas y conservado el grueso de nuestros millares de regulaciones varias. Hemos perdido cinco años durante los cuales la situación de la economía real se ha deteriorado al tiempo que hemos acumulado mucha más deuda pública que cada día nos asfixia más. De ahí, por tanto, que no sea demasiado optimista acerca de nuestro futuro.

Resulta curioso que, de toda esta narrativa, el parlamentario socialista se sorprendiera, con razón, por el colosal aumento del gasto público entre 2001 y 2007 (a este respecto, les recordé que si lo hubiésemos congelado durante esas fechas, tal como hizo Alemania, hoy tendríamos equilibrio presupuestario) y que, a su vez, el representante de Los Verdes mostrara su oposición a que nuestros bancos españoles fueran rescatados con dinero de los contribuyentes cuando existía la razonable alternativa de un bail-in sobre los acreedores privados (entre los que se encontraban sus cajas). Es decir, y por mucho que la corrección teutona no lo explicitara en tales términos, la izquierda alemana se extrañaba de que la “derecha” española fuera tan abiertamente antiliberal y anticapitalista como para subir los impuestos a niveles nórdicos en lugar de meter en vereda el gasto estatal o como para malversar el dinero de los contribuyentes reflotando a entidades quebradas cuando podrían haberse concentrado las pérdidas en sus acreedores.

Desconozco qué impresión conjunta se llevaron los parlamentarios germanos de sus distintas visitas a España. Sabido es que Cristóbal Montoro, ministro poco aficionado a la verdad, intentó venderles la burra pocos días después de que descubriéramos sus enjuagues con el déficit. Confío en que no mordieran el anzuelo: al menos, que no nos aplaudan desde fuera mientras nuestros politicastros nos conducen hacia el colapso.

La lotería del petróleo

A los canarios nos puede haber tocado la lotería si finalmente existe petróleo a pocos kilómetros de las islas. Sin embargo, los políticos quieren tomar una resolución por nosotros, o lo que es peor, por lo que es nuestro.

Los de CC y algunos del PSOE pretenden que no podamos decidir si queremos comprobar si nuestro boleto está premiado al tratar de impedir las prospecciones con argumentos sorprendentes. El presidente del gobierno canario habla de un modelo económico y energético “sostenible”, basado en el turismo y las renovables.

La verdad es que no se entiende lo de “sostenible”. Supongo que no se referirá al sistema actual, donde se vive a base del crédito y se puede gastar sin producir. Donde a los pocos que ahorran y producen se les cruje a impuestos para que los políticos puedan gastar alegremente. Donde se apuesta por unas energías, al día de hoy, insostenibles como las renovables, que han llevado a nuestro país a una deuda de 25.000 millones de euros y al incremento de la factura de la luz de todos los españoles.

También es incomprensible que por el turismo se deban prohibir las prospecciones y apostar por las renovables. Es decir, se está en contra de un modelo energético que convive con muchos destinos turísticos importantes a lo largo del continente americano y a cambio se quiere apostar por dañar la visión de nuestros campos y playas llenándolos de molinillos y placas solares que, además de ser económicamente insostenibles, sí tendrán efectos negativos sobre el paisaje de las islas y, por lo tanto, sobre nuestro turismo.

Resulta curioso que los unos, CC y PSOE, no quieran dejarnos decidir, y que los otros, PP, según apuntó el ministro de Industria en una reciente entrevista, pretendan que los recursos vayan a parar a las cuentas de las instituciones que manejan los políticos. Es una pena que a ninguno se le haya ocurrido que quizás parte del beneficio debería ir al bolsillo de los canarios.

Sorprende que ningún político canario proponga lo que sugirió el economista Gabriel Calzada hace unos meses: que se podría ir a un sistema combinado entre el de Noruega y el de Alaska, en el que los canarios serían dueños de una sociedad con derecho a veto sobre la explotación y, a su vez, cobrara un royalty sobre la misma.

Así, podríamos decidir jugar a la lotería o no y, de hacerlo, cobrar la parte del décimo correspondiente. Pero parece que a nuestros políticos no les agrada la idea. Prefieren no dejarnos jugar o, si jugamos y ganamos, ser ellos quienes manejen el premio.

Levantemos el velo bancario

En Economía se suele hablar de “velo monetario” para referirse al enmascaramiento de las transacciones reales que favorece el uso del dinero: en el fondo, como ya supo ver Say, todo intercambio se realiza entre mercancías, siendo el dinero sólo uno de los instrumentos que facilita y acelera esas transacciones reales. El velo monetario ha sido, en ocasiones, usado perversamente para encubrir redistribuciones arbitrarias de la producción aduciendo que sólo afectaban al valor de la moneda (por ejemplo, cuando se recurre a la inflación para reducir los salarios reales o para minorar el ahorro de los ciudadanos).

Jubileo

A día de hoy, sin embargo, existe otro que se está empleando con mucha más demagogia por parte de las distintas corrientes populistas: el velo bancario. Dado que padecemos una crisis provocada por el torrente de endeudamiento barato alentado por el ‘hiperprivilegiado’ sistema bancario, es lógico que buena parte de las soluciones con mayor arraigo ciudadano sea la de no pagar las deudas. Pocas cosas se antojan más sencillas que un jubileo de la deuda. Sólo hay un inconveniente: toda deuda tiene dos partes, la del deudor y ‘la del acreedor’. Las deudas (o los créditos) son la manifestación de intercambios incompletos: una parte le ha entregado bienes a la otra (acreedor), pero esa otra todavía no ha cumplido con su parte del intercambio (deudor). Un ‘simpa’ de deudas implica que el acreedor se quedará sin la contraprestación que le prometió el deudor: él habrá entregado sus bienes, pero no habrá recibido los comprometidos a cambio. Sería algo así como ir a comprar al supermercado sin pagar.

Dado que nuestra sociedad aún no ha llegado a un punto de involución social de no retorno, esto es, dado que el ciudadano medio sigue entendiendo la necesidad de que los contratos voluntariamente suscritos se cumplan, todavía existe una razonable y generalizada oposición a que las deudas dejen de pagarse sin más; sobre todo cuando deudor y acreedor no sólo están claramente identificados, sino que, en distintos momentos de nuestra vida, cualquiera de nosotros podría ser ese deudor o ese acreedor ideales. Así, por ejemplo, los españoles siguen entendiendo la necesidad de que, en una compraventa, el comprador pague el precio y el vendedor entregue el bien; de que, en un contrato de arrendamiento, el arrendatario pague la renta mensual y el arrendador no le perturbe en su uso y disfrute del inmueble; de que, en un contrato de aseguramiento, el asegurado abone con puntualidad sus primas y el asegurador se haga cargo de la indemnización cuando acaezca el siniestro; de que, en un contrato laboral, el empleado acuda a su puesto de trabajo y el empleador le remunere con el salario, etc. No caben demasiadas dudas de que la población española no apoyaría un default generalizado en ninguna de estas deudas por parte de ninguno de los agentes.

Sin embargo, sí parece que está ganando crecientes apoyos la idea de que los ciudadanos deberían dejar de pagar sus deudas con los bancos. Al cabo, las entidades crediticias son las ‘culpables’ de la crisis y, por tanto, son ellas las que deben cargar con los costes que de ella se deriven. La propuesta no parece tener más damnificados que los propios bancos y, por tanto, resulta del todo punto incomprensible que los políticos españoles se nieguen a aprobarla, salvo por el hecho de que se hallen vendidos a los intereses oligárquicos de esas entidades financieras.

El velo bancario

Sin descartar esta última hipótesis, déjenme proceder a levantar el ya mencionado velo bancario: los bancos no son más que unas carcasas casi vacías que actúan como intermediarios financieros entre sus deudores (hipotecados, empresas que recibieron créditos del banco, consumidores que recurren a comprar con tarjeta, etc.) y sus acreedores (bonistas subordinados, bonistas senior y depositantes). Es verdad que, además, hay que incluir a los propietarios del banco (a los accionistas) en la ecuación, pero justamente en nuestras ‘súper apalancadas’ entidades financieras, la porción del banco representada por sus dueños es minúscula.

Sé que cuesta bastante de digerir, especialmente viendo el muy acaudalado nivel de vida que exhiben ciertos banqueros patrios, que los dueños de las entidades poseen una participación minúscula en el conjunto de su capital. Pero no habría que dejarse llevar por impresiones visuales a la hora de ponderar la naturaleza financiera de los bancos. Por ejemplo, vayámonos al Banco Santander: a finales de 2012, esta entidad tenía un activo (básicamente, unos créditos concedidos) de 1,27 billones de euros; ese activo sólo había sido financiado en 0,084 billones (84.000 millones de euros, equivalente al 6,7% de su activo) por sus accionistas, mientras que el resto (1,18 billones) procedía de los acreedores del banco (depósitos, préstamos de otros bancos y bonos). En otras palabras, si el Santander experimentara impagos y pérdidas superiores al 6,7% de su activo, serían los acreedores quienes comenzarían a pagar el pato (en realidad, con bastante menos, pues un banco no puede operar sin fondos propios). Como ven, pocos jubileos se pueden permitir.

Por supuesto, uno puede pensar que los depositantes serían los últimos en perder (y es cierto), pero no olvidemos que los bonistas tampoco representan necesariamente a esa vaporosa oligarquía milmillonaria que ha causado la crisis. En España, los primeros bonistas que han asumido las pérdidas de las cajas (derivadas de los impagos de sus créditos) han sido los tenedores de participaciones preferentes: en su mayoría, personas de clase media que han perdido los ahorros de toda una vida. Además, muchos ciudadanos nacionales y extranjeros tienen su patrimonio en fondos de pensiones o de inversión, que pueden estar a su vez invertidos en bonos de la banca. Por no hablar de que practicar quitas a los préstamos del interbancario, sólo traslada el agujero a los acreedores de otras entidades nacionales y extranjeras.

Con Chipre, de hecho, hemos descubierto que cuando los deudores de los bancos dejan de pagar (en este caso, el manirroto e ‘hiperendeudado’ gobierno griego) las pérdidas terminan trasladándose eventualmente a los acreedores de los bancos, incluyendo los depositantes. Es en este sentido en el que hemos de plantear el debate: los jubileos masivos de los deudores los soportarán los acreedores, y esos acreedores no son ricos multimillonarios malosos (que bien cortos de miras serían si tuvieran el grueso de su patrimonio en los bancos) sino ciudadanos de a pie que sí están invertidos en bancos. Los impagos de ayer son la ruina de los pequeños accionistas o preferentistas de hoy, y los impagos de hoy serían las quitas de los depositantes de mañana. La única alternativa a que los acreedores de los bancos sufran las pérdidas derivadas de los impagos de sus créditos sería que el contribuyente corriera con la factura del agujero, a saber, la muy vilipendiada (con razón) socialización de pérdidas.

Personalmente, he defendido sin ambages el bail-in, es decir, que las pérdidas de los bancos las asuman íntegramente sus acreedores. No soy en absoluto contrario a que éstos, incluyendo en última instancia los depositantes, asuman pérdidas una vez los accionistas lo hayan perdido todo. Tampoco veo absurdo que se estandarice un procedimiento concursal para familias insolventes. Lo único que digo es que no se puede estar en misa y repicando: uno no puede estar a favor de los impagos (“no debemos, no pagamos”) y, simultáneamente, en contra de las quitas (“las preferentes y lo de Chipre son un robo”) y de la socialización de pérdidas (“el contribuyente no tiene que soportar las pérdidas de los bancos”). Si los deudores dejan de pagar, alguien tendrá que sufrir las pérdidas y terminarán siendo los depositantes. Basta con levantar el velo bancario para descubrirlo.

Sí a los desahucios

Imagínese por un momento que usted es propietario de una vivienda. Tras largos años de duro trabajo, en los que se privó de lujos y excesos con el objetivo de ahorrar lo suficiente para afrontar religiosamente el pago de su hipoteca, decide ponerla en alquiler para obtener una renta mensual con la que completar su salario. Finalmente alquila su piso… con tal mala suerte que su inquilino pierde su empleo y deja de pagar. La cuestión es que usted no podrá expulsarlo y, por tanto, recuperar su propiedad de forma legítima, porque se trata de un "deudor de buena fe" con dificultades económicas "sobrevenidas", según los argumentos que emplean los defensores de la paralización de los desahucios y la aplicación de la dación en pago retroactiva.

Ahora imagínese que en lugar de haberse hipotecado para comprar un piso decidió ahorrar durante muchos años hasta hacerse con un depósito de 250.000 euros en una entidad financiera de dudosa solvencia. El Gobierno aprueba la paralización de todos los desahucios y la dación en pago retroactiva, causando un enorme agujero extra en los balances de bancos y cajas, en contra de los dictados de la UE. Puesto que su entidad no es muy sólida, las pérdidas hipotecarias que le causa dicha medida acaban provocando su insolvencia y posterior quiebra al estilo chipriota (aplicando quitas en los depósitos no garantizados), tras el rechazo de Bruselas a salvar nuevamente a las entidades españolas. Usted, ahorrador, acaba perdiendo 100.000 euros para que algunos hipotecados puedan seguir viviendo en sus pisos sin necesidad de pagar, o bien le entreguen la llave al banco para saldar toda su deuda.

Por último, imagínese que es un simple contribuyente, ni propietario ni ahorrador, y que el Gobierno opta por inyectar más dinero público en las entidades financieras –con un nuevo préstamo de la UE o con más deuda pública– para evitar que los depositantes pierdan su dinero –y el PP más votos–. Usted, contribuyente, y sus hijos pagarán la factura con más impuestos presentes y futuros (deuda). Ésta y no otra es la verdad de la dación en pago y la paralización de desalojos que defiende la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), con el apoyo de buena parte del arco parlamentario.

La famosa Iniciativa Legislativa Popular que está tramitando el Congreso perjudica de forma directa a la inmensa mayoría de los españoles, ya que tendría efectos desastrosos, en términos hipotecarios, financieros y económicos, sobre el conjunto del país. Lo trágico es que su contenido –la última muestra del triste qué hay de lo mío– ha cosechado el apoyo de la inmensa mayoría de la población y de la clase política, pese a que se sustenta en una retahíla de falacias y mentiras, como que los desahucios son un "drama social" o que la Ley Hipotecaria es "abusiva" e ilegal".

Por otro lado, los embargos hipotecarios no sólo no son condenables, sino que, muy al contrario, resultan imprescindibles para garantizar la propiedad privada y el estricto cumplimiento de la seguridad jurídica. No en vano el desalojo de una vivienda supone, simple y llanamente, la restitución de la propiedad a su legítimo dueño por incumplimiento de contrato. Y es que un hipotecado no es propietario pleno de su vivienda hasta que salda el crédito, ya que éste se concede sobre una garantía real, de modo que el impago supone en todo caso su ejecución (embargo). Por ello, precisamente, la dación en pago es una excepción, no la norma, en la mayoría de los países europeos, mientras que en Alemania, por ejemplo, donde la crisis se ve desde la barrera, se producen hasta 200 desahucios diarios.

La profunda irresponsabilidad y escasez de miras que ha mostrado el Gobierno del PP alineándose con la PAH, en mayor o menor grado, mediante la paralización temporal de desahucios, la creación de un fondo de alquiler social y la reforma de la Ley Hipotecaria está dando alas a los comunistas para ir mucho más allá: ahí están decretando incluso la "expropiación temporal" de inmuebles inmersos en un procedimiento de desahucio. El populismo hipotecario ya está aquí.

Gracias, Thatcher

"The single currency will be fatal to the poorer countries because it will devastate their inefficient economies”. Margaret Thatcher en 1990

A finales de los años 70, Gran Bretaña sufría de tres males que nos parecerán bastante familiares a los europeos de hoy: un desempleo desbocado, un sector público hipertrofiado y una política impositiva confiscatoria.

Margaret Thatcher tenía todas las cartas en su contra. Mujer, de clase humilde, y poco dispuesta a consensuar y aceptar lo que los estamentos le imponían. Pero llegó. Y su revolución ha cambiado el mundo. Para mejor.

Cuando Thatcher llegó al poder, la inflación superaba el 20%, el país estaba en manos del Fondo Monetario Internacional, al borde de la quiebra, y secuestrado económicamente por sectores clientelistas, no sólo los sindicatos, sino también una clase empresarial extremadamente dependiente del Estado. Socialismo con oligarcas excluyentes. ¿Les suena?

El Reino Unido era “el enfermo de Europa” (the sickman of Europe), según el Banco de Inglaterra. Las recetas de los Gobiernos eran siempre las mismas. Subir los impuestos, mantener el Estado asistencialista y “estimular la demanda” desde el gasto. Para subir los impuestos de nuevo, al fracasar.

Cuando Margaret Thatcher fue expulsada del poder en 1990, dejaba un país que volvía a ser líder mundial, una economía sólida, dinámica, con reguladores independientes, donde el estado es servicio, no desincentivador de inversiones y procurador de favores, y donde las palabras empresario y éxito no son insultos. Un país donde crear una empresa se hace en un día por el coste de dos happy meals, donde se crearon pymes que hoy son líderes globales. ¿Una economía perfecta donde todo es de color rosa? No, para nada. Pero olvidamos de dónde venía.

Mucho se ha hablado de los sindicatos en los 70 y su poder (“té y sándwiches en Downing Street”, les llamaban), pero no de su impacto económico. Las huelgas constantes en el Reino Unido de mediados de los setenta creaban un impacto económico doble: recesión y rechazo del capital inversor a poner dinero en el país. Invertir en Inglaterra era garantía de confiscación por impuestos. ¿Les suena?

Hay cosas que el Gobierno de Thatcher hizo que hoy ignoramos porque lo que existía antes nos parece simplemente inimaginable. Control de capitales. Sí, el Reino Unido mantenía controles de cambio y de capitales desde los años 40. Hoy, la libre circulación de capital nos parece normal y lógica. Eso lo cambió Thatcher en dos meses.

Unos impuestos que llegaban al 83% de la renta en ciertos tramos. ¿Recuerdan aquellos discos que grabaron los Rolling Stones o The Who en países exóticos durante los setenta? No era para viajar y conocer mundo. Era para escapar del fisco. El Reino Unido era un infierno fiscal. ¿Les suena?

Austeridad, bajada de impuestos e inversores

Thatcher hizo lo que se suponía imposible: austeridad, bajar impuestos y atraer capital. Y cambió un infierno fiscal, trampa para el capital que se había gestado durante décadas, en pocos años.

Siempre dicen que su mandato tuvo dos recesiones, y es cierto, pero nadie dice cuánto se tardó en salir de las mismas. La mitad de tiempo que en sus países comparables de Europa. Porque siempre que hablamos de la era Thatcher olvidamos lo que ocurría a nuestro alrededor.

Los críticos hablan del aumento de la desigualdad en el Reino Unido durante su gestión. De nuevo, olvidando de dónde salía el país. Y la base de la que partía.

Los salarios básicos aumentaron muy por encima de la inflación, la renta disponible y su riqueza crecieron para las clases más desfavorecidas. Durante el mandato de Thatcher, el porcentaje de mujeres que trabajaban creció un doble dígito, pero además las mujeres empresarias se multiplicaron. Se hizo un país donde la gente sabía que si se esforzaba y ponía empeño, ganaría ¿Igualdad? No, libertad. Y los ciudadanos lo valoran. La inmigración que viene a este país sabe que puede prosperar y crecer. Claro que puede fallar. Pero también, curiosamente, valoran el sistema de asistencia social.

La privatización de empresas públicas al borde de la quiebra fue otro de los pilares de la política económica de la era Thatcher. Pero la privatización era más que una manera de recuperar control sobre el déficit y reducir deuda, de mejorar la gestión. Lo realmente importante, y que también ignoramos porque lo damos por hecho, es que con Thatcher se introdujeron reguladores realmente independientes, no un brazo más de un Estado clientelista, sino unos reguladores que garantizan que las reglas de mercado son a la vez justas y transparentes.

Olvidar la base de la que partió es parte del injusto análisis que se hace a la época de Thatcher. La esperanza de vida aumentó en casi tres años entre 1980 y 1990, más que en la media de la OCDE. Curiosamente, fue la privatización de muchos servicios no esenciales la que permitió enfocarse en mejorar una seguridad social que era un auténtico desastre. ¿Era una maravilla en 1990? No. Ni hoy. Pero, de nuevo, no podemos olvidar de dónde se partía.

Ignoramos también lo que es la inflación, el impuesto silencioso, y su efecto devastador sobre la economía. En 1979 se daba por hecha, como algo “inevitable”. Bajar la inflación de un 21% al 12% fue un auténtico éxito que no se puede achacar solo al petróleo del mar del Norte, como hacen algunos. Además, dicho petróleo comienza a ser una inversión atractiva cuando los Gobiernos de Thatcher empiezan a comprender la importancia de atraer capital.

Y es ahí donde Margaret Thatcher fue, y es, un éxito rotundo. De ser un país de bajo atractivo para el inversor, el Reino Unido pasó a ser uno de los países con mayor balanza financiera positiva. Entender las dificultades de la economía y trabajar con ellas, hacer de los errores oportunidades y dejar que los sectores pujantes florezcan fue también un cambio histórico. No entorpecer, no intervenir, no usar paternalismo económico que usted paga con más impuestos. Claro que la City ha sido esencial. Pero ya existía. Thatcher contribuyó a su desarrollo como motor económico global. Hoy la City de Londres provee al país de más ingresos por impuestos que Escocia

Coto a la casta política

Thatcher no redujo el gasto público en sus primeros años. Pero lo contuvo de manera ejemplar y luego lo redujo. Su austeridad fue atacar el gasto político, las subvenciones, los enormes costes de un Estado hipertrofiado. En el Reino Unido, uno no ve políticos con veinte asesores, chóferes, mayordomos y sequitos. Cortó muchas cabezas de muy altos cargos.

Otro de los éxitos de Thatcher fue cambiar esa casta. Hoy es primera página, dimisión y escarnio público cuando un político gasta 200 libras en cursos injustificados.

Por supuesto, donde Thatcher tuvo una absoluta clarividencia fue en rechazar la moneda única y los avances intervencionistas de Europa. Hoy nos parece normal, y hasta típico inglés, pero en aquella época la Dama de Hierro tuvo que luchar encarnizadamente contra su propio partido y la oposición para defender la libra, la independencia económica y resistirse a ser engullida por una construcción europea que ya apuntaba maneras de planificación centralizada casi-soviética.

Yo llevo muchos años viviendo en Inglaterra. La figura de Thatcher sigue generando controversia y opiniones dispares. Como todos los grandes líderes. Cometió errores, claro. Muchos. Pero, en mi opinión como observador externo, el mayor legado de la Dama de Hierro es que hoy, en este país, casi nadie, sea laborista, liberal, conservador o independiente, defiende el intervencionismo que asolaba el país en los setenta. Porque los votantes saben que no funciona. Porque nadie quiere volver a aquella Inglaterra desolada. Los principios de libertad económica, de apertura y de mercado son ya parte del ADN de un país que hace pocas décadas era un erial estatista.

No, Margaret Thatcher no era perfecta. Ni aplicó todo lo que defendía. No pudo. Pero por muchos errores que cometiera, y muchas críticas, algunas merecidas, hay mucho que los ciudadanos del Reino Unido y del mundo le debemos. Defender la libertad, el esfuerzo, ser un ejemplo de cómo se puede llegar lejos sin contar con privilegios. Haber sacado a su país del destino de ser el “enfermo de Europa”.

Siempre que voy a España me dicen que los principios de austeridad, apertura y libre mercado no se pueden aplicar porque “somos así”. El Reino Unido era “así”. Gracias a Margaret Thatcher, probablemente nunca más lo será.

Descanse en paz. 

Subirán los impuestos, le bajarán el sueldo

Dice el refrán popular que, cuando alguien te engañe, la primera vez será culpa suya, la segunda, tuya. Es el caso del Gobierno, que ya nos ha engañado una vez, y cree que puede hacerlo una segunda sin que nos enteremos. Ni voy a subir a subir los impuestos ni voy a bajar (de nuevo) el sueldo a los funcionarios, decía Montoro la mañana del viernes delante de los mandamases de un sindicato. Eso, traducido del montorés de Hacienda al castellano de Castilla significa que nos va dar un arreón de narices para luego bajar convenientemente el sueldo a los funcionarios y a todo aquel que se encuentre por delante. Todo sea por mantener el poder adquisitivo de los altos funcionarios nivel 29 a la que él y buena parte de su Gobierno pertenece. Todavía hay clases.

A estas alturas cualquier cosa que diga el Gobierno hay que cogerla con pinzas, es lo sensato, lo razonable, lo propio de gente normal que no va con el carné del partido en la boca. Mintieron con los impuestos, mintieron con el endeudamiento, mintieron con el déficit, mintieron con los recortes presupuestarios…y, lo que es peor, siguen mintiendo a día de hoy, cuando ya se les ha visto el farol. Y no sólo los españoles prudentes, sino la propia Unión Europea, que esta misma semana le metió una pedrada al estanque nacional al anunciar que no se cree que España pueda ajustar el déficit en 2013. Por ajustar hay que entender dejarlo en el 4,5%, un descuadre colosal que, sólo por la machaconería de los políticos, nos parecería un éxito en el caso poco probable de que el Gobierno lo consiga.

Pruebe usted a gastar sistemáticamente más de lo que ingresa, aunque sólo sea un 4,5%, y ya verá donde termina. El Estado, es decir, Montoro, puede hacerlo y, como puede, lo hace siempre. A pesar de ello, tal es el desastre y tan desastrosos sus gestores, que ni siquiera son capaces de alcanzar esa cifra. No cabe otra posibilidad, Montoro no es más que el ingeniero jefe de una máquina de quemar dinero de los demás que ni se ha parado ni tiene visos de hacerlo, al menos mientras los acreedores aguanten.

La poca o nula credibilidad del Gobierno no se la otorga a la oposición. Y no, no hablo del PSOE, un partido devastado por los errores del pasado que no termina de purgar, sino de los sindicatos. Estos años de crisis y desempleo deberían haberse convertido en su edad de oro, pero no los están aprovechando. Básicamente porque dejamos de creer en los sindicatos hace mucho más tiempo del que dejamos de creer en los Reyes Magos. El parado no se siente representado por ellos, pero el trabajador tampoco. 35 años después se ha visto la verdadera naturaleza de las así llamadas “centrales sindicales”, prolongación natural del Sindicato Vertical franquista cuyo único objetivo era y es mantenerse a sí mismo. La reelección a la búlgara de Cándido Méndez es quizá el símbolo de esta calcificación de unos sindicatos que no viven de las cuotas de sus afiliados, sino al modo parasitario gracias a una red de financiación muy bien engrasada… y perfectamente legal.

La mujer que desasnó a los progres británicos

Con ser rigurosamente ciertos los méritos de Margaret Thatcher en la primacía de la ideas liberales y conservadoras de su tiempo –con seguridad el menos propicio para intentar esa hazaña–, el principal merecimiento que cabe conceder a la Dama de Hierro es haber contribuido decisivamente a desasnar a un par de generaciones de progres, y no sólo en las islas británicas. Thatcher hizo mucho por los partidos conservadores de todo el mundo, pero su influencia fue todavía mayor en la socialdemocracia británica, y por extensión también en la continental, a la que ayudó a despojarse de supersticiones principalmente en el terreno de la economía, convirtiéndola en una corriente ideológica medianamente civilizada.

Tony Blair debe más a Thatcher que a ninguna figura política del laborismo. Ella demostró fehacientemente el error fundamental del estatismo, que hasta ese momento pasaba por ser la única opción factible para dirigir el país, a pesar de sus terribles consecuencias para todos los ciudadanos. Si Blair introdujo nuevas medidas liberalizadoras de la economía, privatizó servicios estatales ineficientes y defendió la iniciativa empresarial, no fue desde luego por una suerte de iluminación repentina, sino porque Thatcher había mostrado que ese era el único camino para generar riqueza. Así se forjó la famosa Tercera Vía, que después sería imitada por el candidato Zapatero en España, por Schroeder en Alemania y, con sus particularidades, también por el francés Jospin en el país vecino. No es que los socialdemócratas europeos se volvieran de repente virtuosos. Es que si la economía no progresa adecuadamente no hay dinero público bastante para que los gobiernos de progreso financien sus chorradas. Argumento definitivo. Fin de la discusión.

En los años en que Thatcher dirigía el Reino Unido, aquí teníamos un gobierno socialista cuyo vicepresidente se marchó de España para no tener que saludar a Ronald Reagan en su primera visita oficial a nuestro país. Alfonso Guerra, actual presidente de la Comisión Constitucional del Congreso, prefirió ese día ir a ver a Nicolás Ceaucescu, dictador comunista rumano, para evitar el encuentro con un señor que opinaba que los ciudadanos de los países marxistas también tenían derecho a vivir en libertad. Ese era el nivel de la izquierda en los ochenta del siglo pasado, que con la actual recesión, provocada por sus ocurrencias, no ha hecho más que empeorar: Si hoy viniera a España alguien como Reagan o Thatcher, le montaban una algarada en la misma base de Torrejón.

Por supuesto, España no es un caso especial. Ayer en la BBC, un amplio consenso entre los comentaristas invitados a la programación especial con motivo del fallecimiento de Thatcher dio por sentado que el mayor error de su gestión fue reducir el poder de los grandes sindicatos británicos, que ya hace falta ser cabestro. Lo cual demuestra que las vacunas liberales son muy provechosas, pero dejan de surtir efecto a partir de la tercera generación. En Londres igual que en Madrid. En todo caso, gracias Lady Thatcher por estas dos largas décadas de bendito mutismo progresista. Descanse en paz.

La manipulación de la desgracia ajena como ruina moral

No se ha calculado aún la caja que han hecho los programas de televisión llevando personas caídas en desgracia. Con la idea supuesta de ayudar y dar a conocer el caso, varios programas, de contenido más o menos amarillento, llevan muchos meses rascando audiencia con este tipo de invitados. Se trata de ciudadanos anónimos que compraron preferentes, o que están siendo desahuciados, por ejemplo.

No pongo en duda la buena intención de dichos programas, pero sí creo que su información incompleta sesga la opinión de los televidentes y genera sentimientos de indignación sobre una base espuria.

De la misma forma, pero con mucho más perversas intenciones, las plataformas de afectados por desahucios y pioneros del escrache del siglo XXI, acosan a políticos solamente de un partido, atribuyéndoles la total responsabilidad por los desahucios y ponen ante las cámaras para justificarse a personas que atraviesan situaciones sin salida.

La información es una condición necesaria para poder formarse una opinión. No se trata de esconder el empobrecimiento de los españoles (que ya notamos en nuestros bolsillos), me parece muy bien poner encima de la mesa lo que está sucediendo y la situación que viven muchos miles de ciudadanos.

Hacer uso del mal ajeno está feo

Pero no estaría de más tratar a esas personas caídas en desgracia con el respeto que se merecen. Y eso pasa por decirles la verdad, en lugar de tratarles con esa conmiseración hipócrita tan típica de nuestra tierra. De repente, el olor a rancio de las damas de caridad (mal llamada caridad) de antaño, se ha convertido en rebufo progre con notas de salvapatrias.

Porque cuando una joven soltera madre dos hijas sale en la pantalla y dice: "yo tenía mi puesto interino y los recortes del PP me lo han quitado y ya no puedo pagar la hipoteca. Lo que más pena me da es que voy a transmitir esta deuda a mis hijas y vamos a ser esclavas del banco para siempre", alguien debería explicarle varias cosas.

La primera, que ha tomado muy malas decisiones. Porque asumir la deuda de una hipoteca a largo plazo teniendo un puesto interino con dos bocas que alimentar es temerario. La razón es que interino significa provisional, estás en sustitución. Es decir, no es tu puesto de trabajo. Y, efectivamente, cuando hay problemas presupuestarios, la primera medida es amortizar esas plazas.

No estaría de más explicarle qué ha llevado a esta situación, para que puestos a gritar, lo haga delante de todas las puertas, no solamente delante de las más evidentes.

Finalmente, habría que explicarle a la mujer que cuando uno firma algo hay que leerlo y no firmarlo hasta que uno entiende a qué se compromete. Estamos en un país en el que sabemos cuántos meses tienen que pasar para cambiar de operador, las ventajas de Jazztel sobre Orange, o al revés, y qué tarifa es la mejor, pero no nos leemos los contratos de hipoteca. No sabemos que hay una cláusula de dación en pago, pero que sale más cara. No sabemos que estamos firmando que, a cambio de un tipo de interés menor, si no pagamos un número de cuotas la casa se la queda el banco, y mantenemos la deuda. Y había alternativa: el alquiler. Podía no comprar una casa si no estaba segura de mantener un nivel de ahorro adecuado.

Los escraches y otras milongas

Pero, con todo y con eso, estas personas tienen derecho a expresar su descontento dentro de la ley. No seré yo quien critique el derecho al repudio social y a la libre expresión del malestar de maneras distintas a las urnas, soy abstencionista recalcitrante. Eso sí, me da la sensación de que alguien está manipulando a alguien. Porque no se protestó cuando Chacón anunció que se aumentarían los juzgados de Madrid para agilizar desahucios. Nadie protesta ante las puertas de quienes mantuvieron y reforzaron esta ley. Se protesta ante las puertas del PP mientras la oposición corresponsable, jalea al personal. Es partidista. Y ahí se le va el fuelle al tema. De nuevo, el uso por los partidos políticos de la iniciativa de los ciudadanos y la ceguera de estos, arruina cualquier intento de sociedad civil en España.

A ese sesgo que resta inspiración ciudadana a la protesta hay que añadir el carácter pacífico del escrache. Llevar a personas que están en una situación de auténtica desesperación a una casa, con cámaras de televisión por delante y señalar con el dedo a un político y decirle: "mira, ese, ese es el responsable de tu desgracia. Vamos a gritar para protestar" es, cuando menos, temerario. Es fácil que degenere en algo más. Tirar la piedra y esconder la mano está muy feo y esconder intereses políticos tras la miseria ajena también.

Sí, creo que los políticos deberían sentir el repudio social. Pero probablemente no sólo ellos. También los periodistas, economistas, activistas y gente de a pie que, en lugar de poner luz, se aprovechan del mal ajeno para alcanzar notoriedad, hacer caja o calentar los ánimos. Cada cual que asuma lo suyo.

Los herederos de Zapatero esperan el milagro

El Gobierno no quiere bajarse de la burra a pesar de que la burra ni anda ni hay visos de que vaya a hacerlo algún día. La economía volverá a crecer en 2014 clama Rajoy en el desierto de la desesperanza. Ha dicho 2014 como podría decir 2015, 2016 o 2045. La economía, obviamente, volverá a crecer algún día, pero ese día no se avizora cercano. No existe un solo indicador que invite al optimismo. Hasta hace un par de meses el Gobierno se agarraba como a un clavo ardiendo a las exportaciones, pero, ay, se han desinflado.

España exporta sí, pero básicamente a los socios comunitarios de la Unión Europea. En 2012 el principal mercado de exportación fue Francia, luego, a mucha distancia Alemania, seguido por Italia, Portugal y el Reino Unido. Con la excepción de Alemania el resto de mercados están en recesión, en algunos casos profunda como Portugal y en otros camino del desolladero como Francia. No hace falta ser un lince para intuir que, o se empieza a exportar a otros países, o los clientes actuales cada vez van a tener menos recursos con los que adquirir bienes y servicios a las empresas españolas.

Porque son las empresas y no el Gobierno las que exportan, empresas literalmente machacadas a impuestos cuyo único consuelo es un marco de relaciones laborales ligeramente más flexible que el que había hace año y medio. Para un viaje tan corto no hacía falta semejante equipaje fiscal. Lo que hemos ganado de competitividad gracias a un sector privado que, vía devaluación interna, se ha vuelto extremadamente productivo, lo hemos perdido a un tiempo por culpa de la fiebre recaudadora del odioso y odiado Montoro, el más nefasto ministro que ha padecido España desde el falangista Girón de Velasco y su asocial política de incrementos salariales por el artículo 33.

Al margen del placebo de la exportación, en todo lo demás España va mal y es muy posible que, visto lo visto, vaya a ir peor. El mercado laboral no levanta cabeza. Tal vez las cifras de desempleo bajen, pero no porque se estén generando puestos de trabajo fruto de la inversión privada, sino porque los parados ya ni se inscriben en las listas del SEPE. Esto, claro, la propaganda gubernamental se cuida muy mucho de decirlo. Hay que apuntalar a cualquier coste el mantra de la recuperación para el futuro cercano, a unos seis meses vista, siempre a seis meses vista.

Ni las agencias de calificación, ni los inversores internacionales, ni nuestros acreedores ni nadie a excepción del politiquerío de Bruselas se cree el cuento del Gobierno. Fiarse de un país incapaz de generar un solo empleo en cinco años es tan arriesgado que son más los que salen que los que se quedan. Y no sólo los trabajadores. Esta semana, sin ir más lejos, Darty, una cadena de tiendas de electrodomésticos con 43 establecimientos repartidos por todo el país ha anunciado que hace las maletas. Ni son los primeros ni serán los últimos. La España de Rajoy, continuación natural en el tiempo de la España de Zapatero, no da más de sí. Es un país diseñado institucionalmente para subsistir únicamente en tiempo de burbujas y recaudaciones extraordinarias del mismo modo que el imperio de los Austrias pervivió mientras el oro y la plata americanos llegaban puntualmente a Sevilla.

Sólo nos queda confiar en la Providencia y sus milagros. En eso mismo están los que mandan y así permanecerán mientras sigan mandando.

Mitos sobre el Banco Central Europeo y los incentivos perversos

 “The ECB and the creditor nations cannot and will not save governments that are unwilling or unable to save themselves”. RBS

Semana de riesgo europeo renovado, tras Chipre y el Banco Central Europeo. Los riesgos sistémicos siempre se infravaloran. Ya se ven en Eslovenia, con una banca con tasa de mora del 20%. Si el país sigue en recesión y los mercados continúan débiles, necesitaría entre 9.000 y 13.000 millones de euros entre 2013 y 2015 (un 25-38% de su PIB, según JP Morgan). Si se hace un rescate similar al de Chipre, supondrá un impacto en los bancos europeos de casi 15.000 millones. Austria, Italia, Francia y Alemania serían los más afectados.

Por ello, Draghi tiene que guardar cartuchos y no se puede entregar a la máquina de imprimir aún más de lo que lo ha hecho. En el barco europeo salen agujeros por todos lados. No se puede achicar y decir al capitán que navegue a mayores profundidades a la vez.

Mario Draghi comentaba el jueves que “la política del BCE seguirá siendo acomodaticia mientras sea necesario” pero que no puede “sustituir la inacción de los gobiernos ni a bancos infracapitalizados”. ¡Qué malvado! Pues bien, los mitos más absurdos sobre el Banco Central Europeo son:

1- El Banco Central Europeo no imprime y no apoya como la Fed. El balance de la Fed es de 3,2 trillones (americanos), el del BCE es de 3,5 trillones. El BCE ha aumentado su balance en un trillón y medio de dólares en cuatro años, incluyendo 218.000 millones de compras de bonos (SMP).

 

El grafico de BNP sobre “cómo crea el BCE más dinero que la Fed a escondidas” (Bigger than QE) es extremadamente revelador, y nos muestra como los principales beneficiarios de esa política han sido Italia y España.

 

2- El Banco Central Europeo no aumenta la masa monetaria. Como comentábamos hace poco, la masa monetaria (M3) ha alcanzado máximos (9,7 trillones en enero 2013 comparado con una media de 0,33 trillones 1980-2012). Casi todo ese aumento de la masa monetaria se ha ido a una partida Credit to General GovernmentComo decían RBS y BNP, el Banco Central Europeo ha sido tan agresivo como la Fed, solo que silencioso. Y el dinero se ha quedado entre estados hipertrofiados y bancos que tienen que comprar deuda soberana. Generosidad “para permitir que ustedes ahorren”. Se me saltan las lágrimas. 

 

2- Alemania impide que España crezca porque no permite que fluya el dinero. Ya hemos visto que el dinero fluye, pero se queda en casa del Estado y los bancos. Ya hemos visto que liquidez hay, pero se usa para comprar deuda soberana. Ya hemos visto que dinero se crea, pero el coste de pedirlo prestado para empresas y familiares se ha disparado. Luego dicen que “no hay demanda”. Me parto.

Ese problema de transmisión de liquidez a la economía es culpa de los estados miembros que la administran, no de Alemania, o del Bundesbank, que tiene dos tercios de su balance expuesto al BCE, por lo cual poco interés tiene en que vaya mal la cosa… Pero tampoco van a mantener una situación insostenible sin reformas. Recordemos las palabras de un eurodiputado finlandés: “que yo le haya prestado a un amigo mil euros y se lo gaste en fiestas no significa ni que no me los deba ni que tenga que prestarle mil más”.

Por eso las palabras de Draghi del jueves son tan reveladoras.

Hay que cortar los incentivos perversos de unos países que, en el club donde todos suspenden, juegan a forzar la máquina y esperar a ser sistémicos para que se les recate y continúen sin reformar, tirando de la chequera de los demás. La de unos países, los del Norte que han sufrido ajustes muy duros y cuyo endeudamiento tampoco es bajo. Con deuda/PIB del 90% y sus propios problemas bancarios, redoblar la apuesta “a la española” es suicida.

Partimos de una percepción de Alemania como estado riquísimo nadando en dinero que, no solo es falsa al ver su estructura financiera, sino social.

Alemania, por el lado financiero cuenta con un sector financiero endeudado en unas 45 veces su capital (common equity) y ya no puede tomar más riesgo periférico. Sobre todo porque ya aceptaron nuestra apuesta de “estimulo” con resultados desastrosos tanto para España como para el riesgo europeo.

Por el lado social, no puede permitirse políticas inflacionistas tras décadas de aceptar ajustes de renta disponible, millones de mini-jobs y recortes de salarios por el bien común.

En términos sencillos, la construcción de la nueva Europa no se puede hacer repitiendo los mismos errores de gasto de 2007-2010 ni desde el endeudamiento, porque el efecto dominó del riesgo sistémico hace que los bancos y estados prestadores se queden sin capital ante cualquier problema.

Los estados europeos están llevando una carrera suicida contra sus propios pueblos. La pirámide de deuda y la aceleración de la misma de todos los países no es sostenible y eso lo sabe el BCE y Alemania. Y deberíamos saberlo los de los derechos adquiridos y la patada hacia delante.

Ya lo comentaba en el artículo Al día siguiente del rescate, default interno. Una vez que el 90% de la deuda viva del país esté en manos domésticas, el problema de nuestra imprudencia será solo nuestro. Porque el 97% del fondo de pensiones está invertido en deuda soberana, el 80% de la seguridad social, muchísimas aseguradoras. ¿Quieren copiar a Japón y llegar al 200% de deuda sobre PIB? Asuman el riesgo como los japoneses…

No, nuestros problemas no son culpa de Alemania ni del BCE. Es culpa de cómo se reparte y vertebra esa liquidez. Los incentivos perversos aparecen de nuevo. Cuanta más liquidez, más se agrava el agujero de deuda, más se tarda en llevar a cabo las reformas necesarias… Y ya sabemos, el que parte, reparte y se lleva la mejor parte.

Por supuesto, los bancos centrales no quiebran. Imprimamos. Solo que el balance del BCE lo paga usted con impuestos, inflación… y más recortes cuando, como en Reino Unido tras la locura de Gordon Brown, como en España tras los planes contracíclicos, se agranda el agujero.

Es precisamente la burbuja de gasto estatal y los planes contracíclicos, financiando al Estado de manera privilegiada e incentivando “inversiones” en sectores de baja productividad extremadamente caras, los que explican gran parte del diferencial de la periferia con respecto a los países del Norte.

 

La barra libre de dinero no soluciona problemas de modelos caros y de baja productividad.

Mantenemos el mito de que el dinero fácil y el Banco Central Europeo es la solución a todo. Debe ser porque después de poner 44.000 millones en comprar bonos del estado y 230.000 millones para sostener a nuestro sistema financiero nos parece poco.

El jueves asistí a la presentación Spain, a land of opportunities del consejo Empresarial para la Competitividad. Tiene sus voluntarismos y predicciones optimistas, pero es una excelente iniciativa. Ese documento muestra tres realidades:

1- Que los sectores de alta productividad han crecido y se han desarrollado durante la crisis de manera ejemplar sin casi crédito adicional.

2- Que a pesar de un euro “fuerte” exportamos más.

3- Que el error más grave de la crisis española fue redoblar la apuesta burbujera con políticas “contracíclicas”, que han agrandado el agujero y reprimido a los sectores sanos con subidas de impuestos, y que el crédito lo acaparan las administraciones públicas.

Sin embargo, aun oigo cosas como “el hecho de que las políticas contracíclicas no hayan funcionado en el pasado no invalida que se deban volver a aplicar”. No, claro. Ya subiremos los impuestos. En un país que multiplicó por dos su deuda pública para generar cero puestos de trabajo, unas infraestructuras inútiles que cuestan cientos de millones en mantenimiento anual y un déficit que hoy es imposible de contener. Repetir.

También en España se repite que el coste de financiar a empresas mejoraría si nos inundaran de liquidez. ¿Más? Curioso, porque el diferencial medio al que se financian las empresas ha subido de 300 puntos hasta 550 puntos básicos precisamente durante la barra libre de liquidez del BCE. Un problema de fallo en transmisión de liquidez Estado-banca-empresa no se soluciona ni con otro banco ni con más liquidez. Se soluciona con mercado libre y financiación privada. La ilusión monetaria nos lleva a pensar que echando agua al vaso de leche tendremos más leche.

El mito de que hay que gastar cuando hay contracción y que el ahorro ocurre cuando crecemos no funciona cuando hemos traspasado el umbral de saturación de deuda, y en mucho.

Además, oh sorpresa, cuando crecemos el estado tampoco ahorra. Gasta más. Como les mostraba en mi artículo ¿Y si Alemania nos cierra el grifo?, dicho proceso lleva a repetir los incentivos perversos, que no solo retrasan la recuperación, sino que nos hace aún más arriesgados como inversión, porque luego suben los impuestos.

Si quieren imitar a Japón o EEUU, no se consigue imprimiendo. Se consigue haciendo Apples y Mitsubishis, no ciudades fantasma y aeropuertos.

Podemos salir de la crisis desapalancándonos. Pero será desde la financiación privada, atrayendo capital, dejando a las Pymes crecer, cortando gasto político y reconstruyendo la clase media aumentando su renta disponible. Reduciendo el peso del Estado sin hundir servicios esenciales, que permite bajar impuestos y reactivar el consumo. Buen fin de semana.