Resulta bastante cansado ir viendo y asumiendo, viernes tras viernes, o mes tras mes, las ruedas de prensa que se suceden una después de otra, como la mañana sucede a la noche, con sus largos soliloquios ministeriales y las series de preguntas sin contestar o a medio cuajar de los periodistas.
El hastío de la población elevada al máximo
Hace mucho que los españoles estamos hastiados de la aparente seguridad de los miembros de Gobierno, cuando tenemos tan fresca la herida de la mentira y el regusto de las manipulaciones de datos, las llamadas de atención de Eurostat y portadas de periódicos con nuevas tramas de corrupción de diferentes partidos.
Marear a la gente puede tener un cierto rédito político. Ya dice el refranero que "A río revuelto, ganancia de pescadores". Y, en este sentido, todo el mundo sabe que nada como ir mucho de acá para allá, que se te vea moverte, para escaquearte de las tareas menos apetecibles. Es el truco de "hacer como si" para en realidad no hacer nada.
Y eso es a lo que nos tiene acostumbrados el Gobierno, desde que estaba en la oposición. El Partido Popular en la oposición se limitó a contraprogramar, haciendo suyas las posiciones típicamente socialistas y restregándoselas al gabinete de Zapatero a la cara en el Congreso de los Diputados. Solamente tuvo que esperar a que los votantes socialistas cayeran en el desencanto cuando la Unión Europea, entre otros, apretó las clavijas al Gobierno español y presentarse como una alternativa diferente.
Y, una vez en el poder, ha seguido con la misma actitud. Anuncia medidas, austeridad, reformas, que no tienen resultados positivos, bien porque son medias tintas, bien porque no se llevan a la práctica, bien porque los efectos negativos que generan compensan la supuesta bondad de las mismas.
Pero, con los datos en la mano, sigue el despilfarro, el gasto ha aumentado y la población se empobrece.
El esperado segundo paquete de medidas
Y en este ambiente de hastío, el ministro Montoro y el presidente Rajoy se dedicaron, la semana pasada, a preparar el caldo de cultivo de la opinión pública. El tema estrella eran los impuestos. Subieron, pero no los temidos IVA e IRPF. De manera que, de nuevo, los españoles nos indignamos hastiados al comprobar que los empresarios siguen sin tener un apoyo real, los parados no van a tener más oportunidades de encontrar empleo y los trabajadores vamos a ver incrementada nuestra carga frente al Estado y mermada nuestra capacidad de compra.
Independientemente del manotazo a la exigua esperanza que a alguno le quedaba de que estos señores tan votados algo harían de bueno, casi lo que más encendió los ánimos fue el tono, el gesto, la sonrisa cínica, la seguridad de quien se sabe con la sartén por el mango. No parece que el señor Montoro se percate de su error. El mango de la sartén no está en su mano, sino en la cruda realidad, tan tozuda ella. Esa realidad que nos ofrece escandalosas cifras de paro, cierre de empresas y empeoramiento de la situación económica.
Por supuesto, entre los cansados y sesudos análisis de propios y extraños, había quienes se quedaban en si el sector privado ha ajustado y el público no, o si habría que haber subido los impuestos a los ricos hasta el 70% como en Francia. Se oían voces que acusaban al Gobierno de estar al servicio de los más pudientes, sin darse cuenta de que nuestra clase política se sirve a ella misma. Y, en general, muchos ciudadanos expresaban claramente la necesidad de anticipar las elecciones cuanto antes.
El pánico ante la nada
Pero el jueves anterior al Consejo de Ministros la manifestación frente al Congreso, que se anunciaba multitudinaria y violenta, se quedó en agua de borrajas. También cansa salir a la calle cuando el resultado es nulo.
Uno de los miedos que le entra a quien va a saltar en paracaídas a cuatro mil metros de altura es la sensación de que el cuerpo se te paraliza. Se trata de un salto al vacío, apenas se ve qué hay debajo, más allá de una superficie marrón entreverada con blanquecino vapor de agua. Y esa es la sensación que tengo cuando pienso en un adelanto electoral. Porque el panorama de la oposición es desolador. No hay imaginación que, ante el despropósito de la arena política española, apunte a un candidato realista. Ni Rubalcaba, ni Madina, ni nadie del PSOE tiene arrestos para guiar el carro. Ni los partidos minoritarios están preparados para hacer de copilotos, ni los nacionalistas, por supuesto.
Y esa es la razón que justifica la inoportuna y desvergonzada sonrisilla de Montoro. Saber que "después de mí no hay nada", al menos de momento. Ser conscientes de que quedan dos años y algo en los que tratar de achicar agua suficiente como para que parezca que estamos a salvo.
Lo que pasa es que la realidad terminará imponiéndose, la economía no tiene visos de aguantar mucho más, y la tímida confianza que despertamos en Europa, si es que lo hacemos, es frágil como la memoria de los españoles que se sorprenden ante las políticas peperas.
La batería de reformas que el Gobierno pasó una semana anunciando resultó al final ser una batería de impuestos, de cuatro impuestos para ser más exactos. Las reformas se quedaron en lo que suelen quedarse cuando el que Gobierna es registrador y la que vicegobierna abogada del Estado. En resumen, más Estado, más complicaciones y muchas promesas vacías de que todo va a ir muy bien, apoyándose en la peregrina excusa de que todo ha ido demasiado mal hasta ahora y, claro, en algún momento tendrá que cambiar la tendencia.
Pero, entremos en materia. ¿Qué va a reformar el Gobierno a partir de hoy? Nada o aproximadamente nada. Dicen que la administración pública sufrirá una reestructuración, pero, a partir de ahí, nada más. No hablan de cantidades ni de calidades. Mejor será ahorrarse la letra de la ley, esa que tanto le gusta a Soraya, y suponer que la reestructuración de marras será quitar recursos a un escalón de la administración (probablemente los ayuntamientos), para dárselos al escalón inmediatamente superior (seguramente las autonomías).
Los que no pueden y no van a faltar son los recursos. Ya sea vía endeudamiento exterior o vía impuestos, al Estado no le va a faltar el combustible para seguir haciendo la vida imposible a empresas y particulares. Luego, en el camino, redistribuirá una parte entre afines, clientes y empresarios sablistas de esos que se pegan al poder para sacar tajada. Vamos, como con Zapatero pero sin Zapatero.
Quedamos a la espera de ver cómo reacciona Oli Rehn y, especialmente, ese inversor desconfiado a quien tanto teme el Tesoro. Casi puedo garantizar que el tetramartillazo plurifiscal del viernes no gustó al primero y no gustará nada a los segundos. España ha enfilado ya la vía griega para hundirse en la miseria y todo lo que cabe esperar es que, más pronto que tarde, empiecen los disturbios y comience el baile de primeros ministros. Culparán a la "austeridad" del rajoyato y lo que venga será malo sí, pero una inevitable consecuencia de la insensatez de este Gobierno de Montoros y Sorayas que creen que van a gobernar para siempre.
“Rather than attempting to return to their artificially inflated GDP numbers from before the crisis, governments need to address the underlying flaws in their economies” R. Rajan, Univ Chicago
“Governments are always Keynesian when it comes to spending. When it comes to saving they become Stalinist”
Esta semana hemos recibido terribles noticias económicas para España. Un paro del 27,16% y un déficit que alcanzaba el 10,6%. Un 7,1% -ojo- excluyendo las subvenciones a las cajas. Estamos hablando de que España, por cuarto año consecutivo, supera los 100.000 millones de déficit. El que quieren relajar. Sin embargo, también hemos recibido excelentes noticias que no debemos olvidar. La banca ha recuperado el 25% de los depósitos perdidos en 2012 y la deuda de las empresas ha bajado a niveles de 2006.
Alemania tiene razón
Los procesos de limpieza de sistemas excesivamente endeudados y de baja productividad son dolorosos, pero el mayor riesgo que corremos, sin duda, es intentar perpetuarlos.
Lo que no leo en la mayoría de análisis mediáticos es que esas cifras dramáticas de paro son consecuencia de la misma política atroz, injusta y anti-social que queremos repetir. La que implementamos cuando pinchó la burbuja de obra civil, construcción y ladrillo. Redoblar la apuesta, pasando de un superávit del 5% a un déficit del 11%, que ya genera casi 60.000 millones anuales de déficit estructural. Todo o nada. Perpetuar un modelo insostenible, creando una situación social y económica prácticamente insalvable, jugando al “el año que viene todo sube” y la “culpa es de los americanos-alemanes-Draghi-Cameron o quien sea”. Hoy, oh sorpresa, la culpa es de todos menos nuestra y la solución, por supuesto, solo puede ser repetir el desastre de los planes de estímulo.
Les recuerdo este gráfico, enormemente revelador, sobre el crecimiento del gasto en la burbuja del ladrillo y los unicornios de los ingresos fiscales perdidos.
Precisamente, nosotros deberíamos ser los primeros en evitar las formulas inútiles, en un país que ha sufrido el efecto demoledor de las devaluaciones competitivas de los 90 y que hoy sufre el impacto desolador de la apuesta a dar aún más dinero -deuda- a unos gestores manirrotos que nos han llevado al borde de la quiebra.
Alemania tiene razón… porque su modelo funciona. Su proceso de ajuste duró de 2004-2010. Centrarse en la competitividad y en sectores de alta productividad es precisamente lo que les ha llevado a ser hoy un éxito. Llevar a cabo algo que llaman -muy mal- austeridad y que no es nada más que prudencia, sentido común y equilibrar el presupuesto.
Nos dicen que Alemania fue la primera en incumplir el pacto de estabilidad. Claro, por un punto… no seis. Y llevando a cabo reformas de enorme calado. Pero nos agarramos a cantos de sirena monetaristas.
Resaltemos varios factores:
– La prima de riesgo a 300 puntos básicos es una buena noticia, pero no es un cheque en blanco para gastar y volver a meternos en un shock de deuda. No confundan exceso de liquidez global -que ha llevado a países como Mozambique o Ruanda a emitir a tipos de interés similares a los que teníamos en España en 2012- con licencia para despilfarrar. El propio Bill Gross, de Pimco, alerta sobre el llamado yen carry trade (liquidez excesiva generada por la política monetaria japonesa), para que no se confunda con expectativas optimistas.
– Imprimir y endeudar no genera inversión productiva. En Reino Unido, la inversión ha caído a niveles inferiores a la media de los años 50 en 2013, tras un aumento de la masa monetaria del 580% en los últimos años.
– La política monetaria no sustituye a los modelos ineficientes y subvencionados, ni permite la sustitución hacia modelos de alta productividad. De hecho, perpetúa un sistema económico donde el estado español consume el 50,2% de los recursos del país (incluyendo empresas públicas).
– Las inyecciones monetarias y los planes de estimulo no mejoran el desempleo. Ni en Reino Unido ni en Japón ni en EEUU. Les recomiendo que lean el libro de David Stockman, The Great Deformation.
Solucionar deuda con más deuda es simplemente agrandar el agujero de unos sistemas de bienestar del estado -que no estado del bienestar- hipertrofiados. Y es importante que sepan ustedes algo. Cualquier economista, keynesiano o no, sabe que de un proceso de endeudamiento excesivo solo se sale de tres maneras. Con un impago de la deuda, una devaluación monstruosa o vía control presupuestario. Las dos primeras son shocks brutales que empobrecen a toda la población. Recuerden Argentina o el propio Reino Unido o la crisis asiática. Varios años de depresión post-impago. Olvidamos que dejar de pagar la deuda y seguir gastando implica que al día siguiente de la quiebra no hay relajaciones de déficit ni generosidad. Piensen qué recortes, hachazos, tendríamos si hacemos impago y tenemos que ajustar todo en un año. No, señores, no hay otra solución.
Miren, es muy sencillo. Si tienen ustedes dudas sobre si los países con deuda superior al 90% del PIB crecen menos o decrecen, esperen unas semanas y lo comprobarán en toda su gloria en nuestro país (donde, por otro lado, la cifra ya es superior tomando todos los elementos).
¿Quieren saber de errores de cálculo? Permítanme mostrarles los errorcillos “sin importancia” de la política de estímulos, que comento en detalle en mi libro Nosotros, los Mercados.
Nueve billones de dólares gastados por estados y bancos centrales en estimular la economía en la OCDE en cuatro años para generar un crecimiento imperceptible y un aumento del empleo inexistente. Ni uno solo de los objetivos explícitos anunciados al aplicarse las políticas se ha alcanzado. Ninguno. Eso, señores, es un error de cálculo del 100% pagado por ustedes. El equivalente a darle a cada habitante de la Tierra un televisor de plasma… pero tirado por la ventana para dárselo a unos estados y bancos monstruosamente endeudados. De los 34 países de la OCDE, aquellos que más han estimulado la economía artificialmente son los que menor crecimiento de PIB real y empleo han generado (datos FMI, World Bank).
¿Quieren saber lo que es anti-social? Hundir a una generación y las siguientes acumulando deuda y déficit –stock y flujo, ambos negativos- solo por obstinarse en sostener un gasto inaceptable.
Nos queda la austeridad
En 2007, en medio de la burbuja, el Estado español gastó 412.963 millones de euros. En 2012, 493.660 millones. Tras todos los recortes -y subidas de impuestos brutales- aún sigue gastando unos 80.000 millones más.
El debate sobre austeridad o no austeridad que nos ocupa es, por lo tanto, cuanto menos inútil. Porque no hay otra solución. Porque no hay austeridad, hay moderación del despilfarro. Subvenciones, diputaciones, cabildos, empresas públicas ruinosas, asesorías… grasa.
"Hay que gastar más"… "relajar el déficit" -total, 111.000 millones de nada en 2012- para "salir de la crisis". ¿Seguro? ¿Qué pretenden?, ¿un déficit del 12%, 13%? ¿Una deuda de 110%, 120% del PIB? Para estimular… ¿qué demanda? Ah, por supuesto, la demanda de sectores clientelistas y ávidos de subvenciones, que se han quedado sin 20.000 millones de cheques para AVEs, aeropuertos, molinillos y puentes. Así nos va.
La deuda excesiva y depender del BCE o de Alemania es esclavitud. Vasallaje a cambio de despilfarro. No hace falta entregar soberanía. Hace falta entregar clientelismo.
Si el año que viene España crece será un milagro. Pero, aunque pase, la debilidad estructural seguirá en un país que no sabe crear empleo neto -o no quiere- a menos que crezca un 2% porque depende del Estado y su chequera sin fondos.
Vean el gráfico cortesía de perpe.es.
El crecimiento en austeridad
¿Qué sin gasto público no hay crecimiento? Es falso. Sin clientelismo y sin burbuja de chequera en blanco es precisamente como sustituiremos la economía de la subvención y el ladrillo por la economía del valor añadido y la exportación.
Dejemos a las empresas crecer, que están comportándose admirablemente cuando uno mira fuera de los enormes conglomerados. Empresas que no se entregaron a la orgía de deuda y que tienen buenos planes de negocio sin necesidad de favores debidos. Empresas que hoy se financian a 400-500 puntos básicos más que el estado, o simplemente no tienen crédito, por el efecto acaparador del endeudamiento público que muestra la gráfica del Banco de España.
Hay que bajar impuestos urgentemente
No mantenerlos. No modificarlos. No traspasarlos. Bajarlos. A empresas y familias. De la crisis no nos van a sacar los sectores que nos metieron en ella, un gasto público desproporcionado y unas cajas demasiado endeudadas. No ha ocurrido jamás. Pero si el Estado reconoce que lo único que nos va a sacar de la crisis es la clase media, que lo que tiene que hacer es aumentar la renta disponible de las familias reduciendo impuestos, empezará la solución por el lado del consumo.
Si el Estado reconoce que las empresas que liderarán el cambio de modelo productivo no pueden ser torpedeadas con una política fiscal confiscatoria y burocracia, empezará la solución al empleo. A crear empleo, no a ‘moderar la tasa de destrucción’. La reforma laboral no va a poder funcionar sin un entorno de negocios de claridad absoluta, seguridad jurídica e impuestos bajos que atraigan capital.
Si el Estado reconoce que el capital financiador de los proyectos de futuro solo puede venir de inversores privados extranjeros, pondrá en marcha las reformas que cercenen el asalto al emprendedor que supone nuestro terrible entramado local, regional y estatal. No reducirlo, no mitigarlo. Cercenarlo. Abrir puertas. Que se vea que España está abierta al mercado.
El capital que va a crear trabajo no va a ser el Ibex, que ya cuenta con una cantidad de empleados muy superiores a sus empresas similares europeas y globales, tanto comparado con cifra de negocio, como con márgenes operativos. Además, casi el 50% de la deuda privada de España se concentra en 28 empresas del selectivo. El capital que va a crear empleo no va a venir de un estado que acumula aún muchos más empleados y asesores de los necesarios. Viene de aquellas empresas que no se endeudaron agresivamente y de reducir impuestos y crear nuevas compañías.
No hay peor incertidumbre que la política del “ya veremos”. Así no invierte nadie a largo plazo. Debemos poner a España open for business. Abierta a atraer capital y crecer, no a consumir deuda y subvencionar. Si no, nos entregamos al vasallaje. Buen fin de semana.
La banda de traidores que integra el Consejo de Ministros ha vuelto a salirse con la suya. Mira que Rajoy les ordenó muy seriamente que ni se les ocurriera subir (todavía más) la presión fiscal; todos le escuchamos hace un par de días decir muy claro en la sede de la soberanía nacional que este viernes "no habría impuestos". Fue en los pasillos del Congreso y no desde la tribuna del Hemiciclo, de acuerdo, pero la solemnidad del recinto sigue siendo la misma. Pues bien, llega el viernes y los ministros se amotinan y anuncian la subida de los impuestos especiales y el de sociedades, además de la creación de nuevas tasas medioambientales y otra más para gravar los depósitos bancarios.
El argumento de que los malos son los ministros va a ser ya el único posible en los profesionales del halago, esos que aplauden una decisión y su contraria siempre que la adopte el partido de sus amores, porque la capacidad de Rajoy para traicionar a sus votantes no deja otro resquicio para seguir sosteniendo que el PP es un partido que cumple su palabra. El papelón en las tertulias y las páginas de los diarios subvencionados va a ser espectacular, pero nada distinto a lo que suele ocurrir en los que hacen gala de una sensibilidad progresista cuando gobierna la izquierda.
Ya ni siquiera cabe poner la excusa de las exigencias de Bruselas para justificar esta última deslealtad. Con unos mercados financieros en calma chicha y una prima de riesgo bajo mínimos, este "esfuerzo" que el gobierno pide de nuevo a las empresas y familias españolas (como si la obediencia fuera opcional) es sólo la contrapartida para evitar meter la tijera en el disparatado gasto público que padecemos. A los ciudadanos se nos imponen nuevas tasas e impuestos para que la casta autonómica pueda seguir gastando a sus anchas y los veinte mil enchufados de la política puedan seguir trincando cada mes sin temer por el paro, que ya afecta a seis millones de compatriotas. Tan sencillo como eso.
Hace falta ser cruel para imponer un nuevo castigo fiscal a unos ciudadanos a un paso de la ruina, como el gobierno ha hecho este viernes; pero debemos recordar siempre que todo esto es cosa de Montoro y su camarilla de colegas desleales. Rajoy es bueno. Ya verán cuando le cuenten lo que han hecho sus ministros este viernes a sus espaldas, ya.
Zapatero quería arreglar el sistema escolar creando una escuela 2.0 cuando la sociedad ya estaba entrando en la era 3.0. No sé si creyó que había inventado la rueda o si sólo pretendía vendernos la moto. En cualquier caso, su gobierno gastó 600 millones de euros para dar ordenadores portátiles a los alumnos de 5º y 6º de Primaria y a los de 2º de Secundaria de catorce Comunidades Autónomas. Tarde, tarde. La mayoría de ellos ya tienen ordenador, smartphone y tablet, eso como mínimo; y si no los tienen, probablemente los han usado alguna vez.
PISA incluyó el uso de los ordenadores en su informe del año 2006 y la conclusión fue que aquellos colegios donde más tiempo se dedicaba al uso del ordenador tenían peores resultados. ¿Por qué? Porque la competencia informática no consiste en el manido “nivel usuario” que en los años 90 le daba cierto caché a cualquier currículum profesional. Los niños en las escuelas deberían estar aprendiendo a programar, no a usar un procesador de textos. En PISA 2006 se afirmó que “las competencias básicas en ciencia se consideran generalmente importantes para la absorción de nuevas tecnologías, pero competencias de más elevado nivel son críticas para la creación de nuevas tecnologías y la innovación”. Entonces la cuestión es: ¿queremos un país de consumidores o de creadores de tecnología? En ese informe, más del 77% de los estudiantes españoles quedaron por debajo del nivel 4 en competencia en ciencias. Los creadores de nuevas tecnologías están en los niveles 5 y 6.
Lógicamente los profesores no pueden enseñar aquello que no saben y la generación Z lleva la avanzadilla. La brecha digital es un hecho y sólo puede cerrarse de abajo hacia arriba, nunca al revés. Hay que dejar a los niños en paz para permitir que el aprendizaje suceda.
La organización “One Laptop Per Child” (un ordenador para cada niño) decidió donar tablets a niños de regiones pobres (primero en Etiopía, después se extendió el programa a otros lugares) que no estaban escolarizados, no sabían leer y mucho menos usar un ordenador o una tablet. La LOPC dejó los dispositivos en cajas cerradas al alcance de los niños. En cuestión de semanas, habían abierto las cajas, habían conseguido encender las tablets, habían customizado el escritorio, estaban usando una media de 47 aplicaciones por niño e incluso habían hackeado el sistema. ¿La diferencia con los niños evaluados por la OCDE en PISA? No tenían ministros de educación ni profesores entorpeciendo el proceso, ni diciéndoles que tuvieran cuidado con esos aparatos tan delicados, ni haciéndoles creer que no serían capaces de usarlos sin ayuda.
Es difícil hallar calificativos para el desastre económico que suponen las cifras de desempleo. No ya sólo por el drama vital de (cada vez más) millones de personas en paro, sino por cómo va a terminar hipotecando el futuro de nuestro país en forma de trabajadores escasamente productivos debido a su nula experiencia laboral previa o a su progresiva pérdida de aptitudes por verse incapacitados a desplegarlas en su campo profesional. No es, desde luego, algo novedoso, pues el país lleva desde 2010 con una tasa de paro por encima del 20%, pero sí es una lacra que no ha dejado de empeorar desde entonces y, sobre todo, que se está convirtiendo en una plaga endémica.
Incertidumbre y Estado
Pero las altísimas cifras de paro que estamos padeciendo conllevan un problema añadido que termina por complicar definitivamente la cuestión y por arrastrarnos a un círculo vicioso de difícil salida. El elevado desempleo estructural es una de las fuentes de mayor incertidumbre personal que puede padecer un individuo y la incertidumbre (sobre todo en sociedades hiperestatalizadas como la nuestra, donde los ciudadanos apenas gozan de medianos patrimonios que les permitan resistir tan aciagos momentos) suele ir asociada a intensas peticiones de una mayor intervención estatal dirigida a aplacarla.
En una depresión deflacionaria como la actual, esa intervención tiende a ir dirigida o a impulsar planes expansivos del gasto que permitan colocar a los desempleados “en lo que sea” o a imponer todo tipo de rigidices y restricciones en los mercados para impedir cambios en las condiciones laborales de aquellos “privilegiados” que mantienen su empleo. Y si nada de lo anterior puede incrementarse de manera masiva, la presión social suele ir orientada a, al menos, conservar las intervenciones existentes.
España se encuentra precisamente en este último caso. El país se halla cerca de la bancarrota financiera y social, pero las reformas y los ajustes imprescindibles para salir adelante todavía están pendientes de aprobación: el déficit sigue superando los 70.000 millones de euros, el empleo público aún requiere de un ajuste adicional de unas 400.000 personas, la dualidad del mercado de trabajo permanece casi intacta, no se ha roto ni uno solo de los múltiples oligopolios sectoriales de los que viven muchísimos profesionales, las fraudulentas pensiones públicas que han devenido la única fuente de ingresos en muchas familias son absolutamente insostenibles, etc.
Se mire por donde se mire, el país no es viable en su forma actual, pero el drama del desempleo es de tal magnitud que pocos son los dispuestos a beber el amargo trago de las reformas y de los ajustes necesarios para volver a crear riqueza saneando los destrozos de la triple burbuja que padecimos. Y el primero que no quiere y que lleva resistiéndose a hacerlo desde el primer día es nuestro socialdemócrata Gobierno rajoyesco: las salvajes subidas de impuestos que hemos padecido y que han laminado a millares de empresas fueron una forma de minimizar “el impacto social” de los recortes, redistribuyendo sus costes; y las reformas aprobadas han tenido un carácter meramente cosmético (con la muy parcial, y en sí misma insuficiente, excepción de la reforma laboral), pensadas más para satisfacer a la burocracia bruselense que a las empresas españolas.
Asistencia en lugar de creación de riqueza
Lejos de tratar de alcanzar una economía que genere riqueza de un modo autosuficiente, el Gobierno y una parte muy importante de la sociedad están intentando conservar un insostenible Estado asistencial que reduzca los rigores de la crisis. El objetivo ambicionado, por consiguiente, no es sacar adelante toda una batería de reformas que permitan corregir los desequilibrios que, seis años después de estallar la crisis, todavía seguimos arrastrando, sino contentar a nuestros acreedores dándonos una capa de maquillaje para que así nos sigan prestando fondos y podamos seguir tirando unos cuantos meses más.
Pero, ¿hasta cuándo? Porque eso es justamente lo que no queda muy claro. El Gobierno parece confiar en una recuperación a lo largo de la segunda mitad de legislatura, de modo que no habría motivo para enemistarse más con los ciudadanos promoviendo medidas impopulares. Y muchos de esos ciudadanos sólo se preocupan –como es lógico– de su suerte individual: hay que postergar cualquier reforma y ajuste que pueda afectarles de lleno hasta, como mínimo, que encuentren un trabajo. El problema es que ni unos ni otros parecen darse cuenta de que las reformas y los ajustes en profundidad son precondición para que ambas cosas puedan suceder, lo cual nos lleva a que los razonables miedos y el menos razonable apego al Estado que suscita el desempleo tiende a dificultar las reformas necesarias y, por tanto, a autoperpetuarse.
En cualquier otro ámbito de nuestras vidas somos conscientes de que los giros copernicanos suelen resultar más necesarios y apropiados a la hora de enfrentar situaciones personales o profesionales desesperadas. Y es de sentido común: cuando algo te va muy mal es porque algo estás haciendo muy mal y, por tanto, cuando has de afrontar cambios más radicales. En política, sin embargo, nuestros gobernantes y gobernados toman la crisis no como el síntoma inequívoco de que no podemos perseverar en las equivocaciones que nos han conducido hasta el desastre (sobreendeudamiento, economía anticompetitiva, hipertrofia financiera, Estado niñera…) sino como justificación de que hemos de evitar corregirlos o, incluso, de que conviene catalizarlos para minimizar las dañinas consecuencias de la crisis. Pero, por ese camino, los daños no sólo no se minimizan, sino que se convierten en estructurales hasta que el sistema revienta y, entonces, los cambios se imponen por la fuerza de los hechos.
Por desgracia para España, hace tiempo que renunciamos a volvernos una economía generadora de riqueza y nos obsesionamos con conservar un Estado asistencial que nos permita resistir la crisis sin fracturas sociales. He ahí el resultado de preferir un estancamiento cohesionado a una recuperación dolorosa: al final, nos hemos quedado con un estancamiento doloroso del que cada vez cuesta más salir. Cerramos marzo con 6,2 millones de parados: 6,2 millones de parados que nadie tomará como la mejor razón para liberalizar verdaderamente el país y achicar su infinanciable Estado, sino para todo lo contrario. Esa es nuestra paralizante tragedia.
El economista francés Frédéric Bastiat explicó en 1839, en su obra titulada «Lo que se ve y lo que no se ve», la paradoja de los cristales rotos. El argumento está dirigido, principalmente, a políticos, economistas y analistas miopes.
La historia es bien sencilla: un gamberro rompe un cristal de una tienda con una piedra. «Lo que se ve» es que el dueño de la tienda va a tener que gastar dinero en reparar el cristal y que esto va a traer un efecto positivo en el cristalero que lo repare.
Sin embargo, «lo que no se ve» es que el dinero que el tendero gastará en el cristal son sus ahorros para adquirir unos zapatos nuevos y, por lo tanto, el zapatero dejará de obtener el beneficio de ese trabajo.
El presidente del Gobierno de Canarias, Paulino Rivero, es sin duda uno de esos miopes que debería analizar mejor «lo que no se ve» cuando dice en su blog presidencial que «el decreto-ley aprobado por la Junta de Andalucía, que permite la expropiación temporal del uso de la vivienda, es un paso especialmente interesante, que conviene estudiar con detenimiento en todos sus términos» para evitar el «drama» de los desahucios.
Es evidente que la falta de vista del señor Rivero sólo le permite ver cómo «ayudar» de forma directa a las personas desahuciadas. Lo que no ve es a aquel trabajador que llevaba años ahorrando y pagando religiosamente su hipoteca hasta adquirir una vivienda y que ahora ha perdido la renta que pensaba recibir después de duros años de ahorro porque su inquilino le deja de pagar al perder su empleo, y el Gobierno le expropia su propiedad.
Lo que no ve es al trabajador que prefirió, en vez de comprar un piso, guardar su dinero ahorrado a base de sacrificios en un banco y que ahora lo pierde porque un gobierno impone la paralización de los desahucios y la dación en pago con efectos retroactivos, causando un enorme agujero extra en los balances de bancos y cajas que podría terminar provocando la insolvencia y la quiebra de las entidades financieras y la pérdida de la mayoría de los ahorros de los trabajadores.
Lo que no ve es que los contribuyentes, ahorradores o no, tendrían que pagar durante años elevadísimos impuestos para costear la inyección de aún más dinero público a la banca para evitar que los depositantes pierdan sus ahorros.
En definitiva, lo que Paulino Rivero y otros muchos políticos miopes como él no ven es que los embargos hipotecarios, el respeto a la propiedad privada y a los contratos son necesarios para garantizar la seguridad jurídica, y que si se llevaran a cabo medidas tan disparatadas como estas se acabaría con la mayoría de la clase media de las Islas y se daría paso a una sociedad aún más pobre.
"Un presidente que le dio trabajo a todos los que querían trabajar". Es así como el presidente de Chile, Sebastián Piñera, dijo que le gustaría ser recordado en los libros de historia. Y lo está logrando.
Hace unos días un taxista que me llevaba por Santiago me hizo el siguiente comentario respecto de Piñera: "No me importa que sea simpático, sino que cree empleo". Ello resume muy bien lo que ha sido el actual Gobierno de Chile y la opinión de una creciente parte de la población sobre su desempeño.
Para muchos se hace cada vez más evidente que el centroderecha chileno es capaz de llevar a cabo políticas de crecimiento, empleo, educación, lucha contra la pobreza, mujer e integración social mucho más eficaces que las de la izquierda. Pero no solo esto. La conciencia del éxito real del presente del Gobierno y su impacto, ya visible, en la opinión pública (no la vociferante sino la verdadera) han forzado a la candidata socialista, Michelle Bachelet, a impulsar una agenda de ribetes francamente populistas y confrontativos. De esta manera pretende ocultar la mediocridad de su propio Gobierno, que se hace cada vez más notoria ante los innegables éxitos del de Piñera.
Por ello, la coincidencia del regreso de Bachelet a Chile y la destitución del ministro de Educación, Harald Beyer, por la mayoría centroizquierdista del Senado no fue ninguna casualidad. Bachelet quiere crear un ambiente político crispado (aunque diga lo contrario) y convocar lo que ella denomina una "nueva mayoría política y social", formada por la antigua Concertación, su nuevo aliado estratégico, el Partido Comunista, los movimientos sociales radicalizados (movimiento estudiantil) y el sindicalismo más militante. Esa fue la verdadera razón de la destitución de Beyer, que poco o nada tuvo que ver con la educación en sí misma y menos aún con el desempeño de un ministro ciertamente ejemplar.
Beyer, en sus 14 meses en el cargo, hizo más por la educación chilena que la Concertación en veinte años: envió cinco proyectos de ley al Congreso, de los cuales tres se han convertido ya en leyes, que han generado una nueva institucionalidad en la educación, creada para supervisar eficientemente la calidad y el uso de los recursos. Y no sólo eso, Beyer había impulsado un fuerte control sobre las universidades, que incluso lo llevó a cerrar una de ellas.
Y esto ocurre mientras la candidata por la Concertación recorre Chile repartiendo besos y abrazos, lanzando eslóganes tales como que va a poner fin al lucro en la educación, es decir, que va a destruir gran parte de la educación básica y media y crear una escuela estatizada, todo un ataque a las clases medias, que tanto han luchado por lo que tienen. También habla de una nueva Constitución, pero el camino hacia ella queda en la penumbra y le sirve al Partido Comunista para agitar la bandera chavista-bolivariana de la Asamblea Constituyente.
En fin, Michelle Bachelet ha apostado por sumarse al discurso encendido de la calle y de algunos políticos populistas latinoamericanos, así como por coquetear sin reparos con los comunistas, que aún son marxistas-leninistas y ajenos a toda autocrítica sobre los genocidios del comunismo. Claramente, no es esto lo que Chile necesita.
El FMI da una de cal y otra de arena. Dice un día que esto se va al garete de manera irremisible y al siguiente que la recuperación es posible sí, pero sólo si el Gobierno afloja y se toma menos en serio lo de la consolidación del déficit. ¿Consolidación del déficit?, ¿pero ha habido aquí alguna consolidación del déficit? Si, lo hemos consolidado por encima del 7% a perpetuidad. Eso y el gasto desaforado de las administraciones que imposibilita cualquier atisbo de recuperación.
El sector privado, la economía productiva, la que crea riqueza real e innova, ya se ha ajustado varias veces, es más, lleva ajustándose desde que empezó la crisis. El que no lo hace ni lo hará hasta que se acabe el dinero es el sector público. De ahí que sorprende que Lagarde venga ahora con esas tonterías. En España lo único que hay que aflojar es el dogal de Hacienda, que amenaza con asfixiar a lo poco que va quedando de emprendimiento privado.
Eso el Gobierno lo sabe. Montoro y Guindos, a diferencia de Salgado y Zapatero, saben algo de economía. Saben, por ejemplo, que cada euro que gasta el Estado es un euro que va de la economía real a la economía de los políticos. La primera es la que nos da de comer, la segunda la que nos quita la comida de boca. Entonces, ¿por qué lo hacen? Probablemente porque tienen una mezcla de miedo y convencimiento. Miedo a que los socialistas de verdad, los propietarios de la marca, salgan a la calle a liarla. Convencimiento porque, al menos Montoro, es un hombre de Estado y siempre pensará en términos de Estado. El ciudadano de a pie, el autónomo, el asalariado, el propietario de una pyme, que vaya arreando y se entere desde ya cuál es su papel en la sociedad.
El hecho es que los socialistas auténticos están ya en la calle. Este viernes en una del barrio de Argüelles donde reside el ministro Montoro, se ha visto a un grupete de gente "de progreso" protestando delante de su portal. No le piden que baje los impuestos, sino que cambie la ley hipotecaria actual por otra que permita impagar deudas con carácter retroactivo. Esa es la izquierda a la que el Gobierno tiene tanto miedo. Curioso, debería tenérselo a sus votantes, los mismos a los que lleva defraudando desde el primer consejo de ministros, pero para esos todos los palos son pocos. ¿Verdad Montoro?, ¿verdad Gallardón?, ¿verdad Ana Mato?, ¿verdad Jorge Fernández?, ¿verdad Margallo?, ¿verdad Mariano Rajoy? La mentira ya es tanta, el incumplimiento es tan flagrante que, de existir, la niña de Rajoy estaría metida en casa abochornada de por vida.
Entretanto, mientras la extrema izquierda se dedica a lo suyo, la deuda nacional escala a unos niveles nunca vistos. El endeudamiento del Estado está llegando a tales cotas que luego, cuando el mercado se harte y quiera cobrar más caros los préstamos, todo será llanto y propaganda. Esta película ya la hemos visto una vez. En breve, este mismo año, tendremos la segunda entrega. Y segundas partes, ya se sabe, nunca fueron buenas.
Una de las frases más repetidas por las madres de niños pequeños en el parque es “cuidado, te vas a caer”. Al final, el niño se cae. “¿Lo ves? Te lo dije. Sabía que te ibas a caer”. En realidad la madre está programando la situación a través del lenguaje pero en vez de provocar un resultado positivo se está esforzando por conseguir uno negativo.
El efecto Pigmalión y la indefensión aprendida son dos caras de la misma moneda que nos muestran el poder de la mente y de las palabras. Si constantemente tratamos a un niño como si fuera un estúpido incapaz de aprender, lo que conseguimos es incapacitarle realmente, dificultar su proceso de desarrollo e impedir que el aprendizaje suceda en toda su magnitud. De igual forma, si lo tratamos como si estuviéramos convencidos de que es plenamente capaz, fortaleceremos su autoestima y le permitiremos desarrollar todo su potencial. Lo he visto muchas veces en niños desescolarizados que estuvieron cohibidos en el entorno escolar, que fueron convencidos de su inutilidad y que sólo comenzaron a florecer cuando fueron devueltos a un entorno que sentían seguro, donde se confiaba ciegamente en ellos, donde los errores eran una parte imprescindible del proceso de aprendizaje y no una prueba de su inutilidad, y donde el mensaje recibido era siempre positivo.
Lo mismo sucede en las comunidades. Ahora mismo en España sólo se oye hablar de crisis: del estallido de la burbuja inmobiliaria, de la corrupción política, de las tasas de desempleo, de la prima de riesgo, del colapso del estado del bienestar, de jóvenes que abandonan el país, de familias desahuciadas, de gente que busca comida entre la basura y hasta del fin inminente de la monarquía. Retroalimentamos el bucle de negatividad si sólo nos fijamos en lo que va mal sin preocuparnos de analizar su origen, sin abrirnos a la posibilidad de que realmente no haya mal que por bien no venga, sin ver la crisis como la necesaria destrucción de lo antiguo para la creación pacífica de lo nuevo.
Mientras algunos sólo buscan a quien culpar, es de agradecer que todavía haya quien sepa darle una vuelta de tuerca a la situación y lance un mensaje positivo. Como el del spot de la compañía Grant Thornton emitido en octubre de 2012 donde hace un repaso por todo lo que aún funciona en España. ¿Ejemplos? Somos líderes en donación de órganos; somos el tercer país del mundo en esperanza de vida según la OCDE, y el segundo para las mujeres; somos el primer país del mundo en energía solar instalada y el cuarto en eólica; tenemos dos de los mejores bancos del mundo según EuroMoney y empresas españolas están desarrollando una vacuna contra el Alzeimer, construyendo la estación meteorológica del Curiosity Mars Rover, construyendo plantas desalinizadoras en Adelaida y en el desierto de Atacama, construyendo parques eólicos en Escocia, gestionando los aeropuertos de ciudades como Londres, Orlando y Bogotá, construyendo el primer tren de alta velocidad de Oriente Medio entre La Meca y Medina y lideran la ampliación del canal de Panamá. En 2011 los ingresos del sector turístico crecieron un 14% convirtiéndonos en el segundo país del mundo en nivel de ingresos después de los Estados Unidos. Las exportaciones de bienes y servicios crecieron un 18% entre 2009 y 2011 y hemos reducido el déficit de nuestra balanza comercial.
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