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El ‘rescate’ chipriota explicado a los profanos

Este sábado las portadas de toda la prensa europea llevaban la historia del rescate a Chipre, un minúsculo país del Mediterráneo oriental del que se había hablado muy poco hasta ahora. El rescate correría a cargo de los socios de la eurozona y de sus propios ciudadanos, a los que se les sometería a una suerte de semicorralito mediante una tasa sobre los depósitos bancarios. Todas las alarmas saltaron de inmediato. Un nuevo rescate y, por primera vez, un corralito. El fantasma de la crisis argentina de 2001-2002 volvía a aletear por encima de la Unión Europea cuando todos descontaban que lo peor ya había pasado.

Antes de nada hay que colocar a Chipre en el mapa. Este pequeño país ocupa la isla homónima, una isla que, desde hace décadas está partida en dos mitades. La parte norte la ocupa la llamada República Turca del Norte de Chipre, un estado de facto, reconocido internacionalmente sólo por Turquía. El centro y sur de la isla constituyen la República de Chipre, un país independiente desde 1960 de un tamaño ligeramente inferior al de la Comunidad Foral de Navarra y cuya población no llega al millón de habitantes. Este Estado, fuertemente vinculado con Grecia por razones históricas, lingüísticas y culturales, pertenece a la Unión Europea desde 2004 y se incorporó a la zona euro cuatro años después, en 2008.

¿De qué vive Chipre?

Básicamente de los servicios. Dispone de una economía muy abierta con impuestos relativamente bajos en comparación con los de otros países de Europa y un clima amigable para la inversión. Desde hace años su Gobierno apuesta por facilitar la entrada de inversores, especialmente de compañías financieras, atrayéndolos con una legislación benigna y una laxa regulación. Su situación geográfica, a caballo entre tres continentes, ha convertido también a Chipre en un país muy comercial. La marina mercante chipriota es la cuarta del mundo en toneladas de registro bruto y número de navíos que navegan bajo su pabellón.

Por otro lado, gracias a un clima privilegiado, idéntico al de la costa española mediterránea, el turismo es un sector muy importante. Chipre recibe más de dos millones de turistas cada año, casi todos provenientes de Europa, con el Reino Unido y Rusia a la cabeza. Ocupa a cerca del 30% de los chipriotas y produce más del 10% del PIB. La economía chipriota es, por lo tanto, muy sensible a las oscilaciones en este sector, y más cuando buena parte de lo que consume tiene que importarlo en el extranjero.

¿Cuál es el verdadero estado de su economía?

La economía chipriota es de un tamaño muy reducido, acorde, por lo demás a la poca población que posee, pero sólida, al menos mucho más que la de su vecina septentrional y que la de muchas naciones de la eurozona. En las últimas dos décadas ha crecido con gran vigor gracias a sus bajos impuestos, su buena infraestructura turística y su vocación de centro financiero y comercial.

En el último lustro, coincidiendo con la crisis financiera internacional, no ha levantado cabeza. En 2012, por ejemplo, la economía decreció un 1,2%. En años anteriores o creció muy poco o decreció. La atonía ha minado los recursos del pequeño Estado chipriota y ha terminado poniéndolo contra las cuerdas de la quiebra soberana. A día de hoy el bono chipriota está considerado por Fitch como bono basura, el desempleo se ha ido al entorno del 15%, la deuda pública alcanza ya el 75% sobre el PIB y el déficit permanece estable muy por encima del 5%.

¿Qué es lo que ha llevado entonces a Chipre al rescate?

Esencialmente su exposición a la deuda pública de sus hermanos griegos. A muchos efectos Chipre es parte de Grecia. Uno de esos efectos es el humano y cultural, otro el bancario. El PIB de Chipre el año pasado fue de unos 25.000 millones de dólares (19.000 millones de euros). Los dos principales bancos de país tienen sus balances inflados de deuda del Gobierno heleno. Esto les ha generado un agujero de unos 10.000 millones de euros, es decir, más de la mitad del PIB.

Por hacer una comparación, es como si las dos principales entidades financieras españolas, Santander y BBVA, tuviesen un agujero en sus cuentas de unos 500.000 millones de euros. En ese caso sólo quedarían dos opciones. La primera recapitalizar los bancos con dinero público. Dado que Chipre no dispone de moneda propia ese dinero tendría que pedirlo prestado en el exterior y llevaría su deuda al entorno del 150% sobre el PIB, es decir, la quiebra inmediata y, con ella, el impago. La otra, que es la que se ha terminado llevando a cabo, es tapar ese agujero con dinero de los contribuyentes europeos vía sus respectivos Gobiernos.

Ahora bien, como quedaba feo eso de arrebatar directamente a los contribuyentes alemanes, franceses o españoles 10.000 millones para entregárselos a los bancos chipriotas, al eurogrupo se le ha ocurrido una solución mixta consistente en entregar el dinero y luego exigir al ejecutivo de Chipre que se invente un impuesto sobre los depósitos con el que, eventualmente, devolver el rescate. Ese impuesto es el famoso corralito chipriota.

¿Qué es el impuesto sobre los depósitos?

Simplemente una tasa fija que todo aquel que tenga una cantidad de dinero guardada en el banco debe satisfacer obligatoriamente. No es exactamente un corralito pero si una incautación legal. La tasa tiene dos niveles. Los que tengan menos de 100.000 euros deberán pagar el 6,75%, lo que tengan más de esa cantidad un 9,9%. La novedad de este mecanismo es que los depositantes corren por vez primera en la Unión Europea con los excesos de los bancos, que serán quienes absorban las pérdidas provocadas por las pésimas inversiones en deuda pública griega de sus gestores.

¿Qué tienen que ver los rusos en todo esto?

Como centro financiero muchos millonarios rusos habían llevado su dinero a Chipre confiando en que la estabilidad y la seguridad jurídica de la zona euro pusiesen a salvo sus ahorros. Chipre no es un refugio fiscal pero su fiscalidad para los capitales es más suave que en otros países. Al estar en la zona euro y tener suscritos acuerdos internacionales que evitaban la doble imposición, estos ahorradores trataban de maximizar sus beneficios minimizando los riesgos al tiempo que operaban a la luz del día. Al final no les ha servido de nada.

El Gobierno ha tomado la parte que cree que le pertenece para solucionar un problema que podría llevarse a Chipre por delante. Eso sí, esta jugada a Chipre no le va a salir gratis. Su fama de puerto seguro para compañías navieras y ahorradores de todo el mundo va a quedar en entredicho. Chipre tendrá que reinventarse, y un país pequeño, periférico y necesariamente importador no va a tenerlo fácil.

Chipre nos abre los ojos

Y de repente, a una semana del equinoccio de primavera, viene Chipre con la astenia primaveral y nos pide un rescate. Lo cierto es que no es tan sorprendente. Ya se oían rumores, se leían noticias acerca de la malísima situación que el país mediterráneo estaba pasando. Pero nosotros, tan empeñados en observar nuestro ombligo, dejamos pasar las voces sin hacer caso. Con el circo que tenemos, como para mirar a otro lado.

La vuelta de la tortilla

No es la primera vez que se dice y me temo que no será la última, por desgracia: la troika somos todos. Y digo por desgracia, porque existe un meme indestructible en la población española que afirma que la troika son unos señores venidos de un país extraño, dispuestos a sacarnos el higadillo a golpe de recortes sin que nosotros hayamos hecho nada para ello.

Hicimos: endeudarnos. ¿Que la crisis financiera nos ha puesto en una situación muy comprometida? Pues sí, como a todos. Pero los demás no tenían elecciones, no negaron la crisis y tomaron medidas a tiempo. Por supuesto, tras años de rescates, recesión global y mercados inestables, no hay país que no se vea resentido, pero nuestra situación sería mucho mejor si el gobierno de Zapatero hubiera hecho otra cosa.

No es que Rajoy lo esté haciendo bien, que no. Porque a veces tengo la sensación de que se ha propuesto que Zapatero no pase a la historia como el peor presidente de España. El puesto lo quiere para él.

El caso es que, de repente, Chipre pide ser rescatada y nos toca poner alrededor del 12%. Y encantados, imagino, aquellos europeístas, empezando por el más europeísta de todos, Felipe González, y el mismo Zapatero, Aznar… todos, todos. Aquellos que claman por la solidaridad inter territorial deben estar brindando con gaseosa, que el champán y el cava son caros, por el acto de solidaridad española al soltar esos miles de millones de euros así, alegremente. Porque si claman por la solidaridad entre autonomías, imagino que entenderán que haya solidaridad entre países europeos.

Así es la vida. Se da la vuelta a la tortilla y los que recibíamos, ahora damos.

La España no rescatada pero vigilada

Lo cierto es que España no está como para tirar cohetes. Y ya pueden sacar pecho los políticos del gobierno. No estamos bien y eso es una triste verdad. Eso sí. No lo estamos porque en vez de recortar el gasto político se ha disminuido el despilfarro en otro tipo de gastos. Y los datos están ahí publicados.

Sin embargo, lo más curioso de todo es la explicación de Luis de Guindos para justificar la razón por la cual ese 12%, cuya cifra final dependerá de lo que aporte el Fondo Monetario Internacional. Como España no está rescatada, se asume que estamos lo suficientemente bien como para poner dinero encima de la mesa. Y por si alguien levanta la mano para decir que hemos recibido dinero de Europa, ya puede bajarla, porque ha explicado el ministro que, como todo el mundo recuerda, ese dinero era para sanear la banca. Así que no se acepta pulpo esta vez como animal de compañía. Eso sí, por razón de ese rescate exclusivamente financiero, firmamos un memorando que hay que cumplir, para lo cual, estamos siendo vigilados de cerca. Normal. Yo tampoco le quitaría ojo a un deudor como España.

¿No es un poco extraño que estando como estamos tengamos que dedicar nuestros mermados recursos a Chipre? Pues sí. Pero éstas son las reglas del juego. Si eres un país rescatado te ponemos unas condiciones leoninas pero no pones dinero para el fondo común. Pero si driblas el rescate para evitar esas medidas y disfrutar de unas menos leoninas, tienes que apoquinar.

La medida del rescate chipriota

Y, así, en un plis plas, le han endosado a Chipre, a cambio del rescate, una medida brutal. No, no es corralito. Técnicamente, no, desde luego. Pero una tasa sobre los depósitos del público en los bancos no está mal tampoco. Del 9,99% si tienes más de 100.000 euros depositados y 6,75% si tienes menos. Y mucha gente hará la ola porque, por fin, alguien le va a quitar su dinero a esos ricos avariciosos. Y en Chipre suelen ser rusos mafiosos. Con más motivo.

A mí me sigue pareciendo una barbaridad. Porque ese dinero va a ir a cubrir la deuda estatal, no a alimentar críos desnutridos. Y porque es un robo en toda regla, no importa a qué vayan a destinar el dinero. Finalmente, hoy son los ricos, mañana los menos ricos, y pasado los que yo señale con el dedo. Ahí están los ahorradores chipriotas entregando un 6,75% de su dinero. Quiero decir, del que no les haya dado tiempo a sacar. Pero no, no es un corralito. No todavía.

Ya saben, la inversión en Chipre se irá y Chipre no podrá levantar cabeza. Eso sí, arrastrará el precio del rescate, que hay que devolver, no se olviden, por los siglos de los siglos. 

La foto más cara del mundo

De todos es sabido que Zapatero tenía debilidad por lucir con la elite política, sindical y empresarial. Ya fuera por su complejo de inferioridad o por su natural inclinación a la teatralidad, lo cierto es que al expresidente del Gobierno le gustaba rodearse de destacadas personalidades –gran contraste con la mediocridad imperante en su gabinete–; trataba así de reforzar con imágenes sus erróneas medidas económicas, al tiempo que vendía a la opinión pública su particular talante dialogante. Memorable fue, por ejemplo, la reunión extraordinaria que organizó a finales de 2010 con los principales empresarios de España para mostrar al mundo entero que el Gobierno socialista español estaba haciendo algo contra la crisis, aunque nadie supiese exactamente qué.

Por desgracia, Rajoy ha heredado algunos de los defectos de su antecesor. Sin ir más lejos, el Ejecutivo popular escenificó el pasado martes un paripé propio del marketing socialista para anunciar a bombo y platillo su última ocurrencia en lo relacionado con la lucha contra el paro. Bajo el original rubro de Estrategia de Emprendimiento y Empleo Joven, el plan beneficiará a un millón de jóvenes hasta 2016, según las estimaciones del Gobierno. El programa contempla un total de 100 medidas –un número redondo, no escogido al azar–, entre las que destacan bonificaciones fiscales y rebajas tributarias pensadas para fomentar la contratación y la creación de empresas.

Lo primero que chirría es, precisamente, que este plan no esté formado por 10 o incluso 30 medidas, sino exactamente por 100. Evidentemente, el Gobierno trata de transmitir el mensaje de que el desempleo le preocupa mucho. El problema es que un mínimo análisis del contenido demuestra que es poco más que una mera declaración de buenas intenciones, sin apenas concreción y, aún menos, utilidad práctica. Además, ¿por qué beneficiar a los parados menores de 30 años y no a todos los desempleados?, ¿qué sentido tiene tal discriminación y arbitrariedad?

Por otro lado, no deja de ser contradictorio, por no decir surrealista, que el presidente que ha aprobado la mayor subida fiscal de la historia de España, con la excusa de la reduccción del déficit, sea ahora quien defienda a capa y espada que bajar impuestos es positivo para crear empleo y riqueza. Rajoy debería aclarar sus ideas o, mejor aún, destituir a su ministro de Hacienda, ya que, de ser cierta tal aseveración –que lo es–, estaría reconociendo de forma implícita que su brutal política fiscal aumenta el paro y empobrece a los españoles, aparte de que no logra reducir el déficit.

Por último, aunque reducir impuestos es positivo y, por tanto, parte del plan es digno de aplauso, una de sus claves poco difundidas es que tendrá un coste de 3.500 millones de euros para el contribuyente. Es decir, lo comido por lo servido, pues las bajadas impositivas serán sufragadas con más gasto público. Por otro lado, tenemos nuevos contratos laborales y un aumento del intervencionismo y de la complejidad burocrática para tratar de afrontar un problema cuya solución es mucho más simple; bastaría con introducir una simple cláusula en la engorrosa y prolija legislación laboral para que la tasa de paro empezase a caer con fuerza de inmediato: "Será de aplicación la legislación laboral siempre y cuando no exista pacto en contrario por parte de empresario y trabajador". O dicho, de otro modo, "primará el contrato entre las partes sobre toda regulación laboral". Dos simples frases para crear empleo neto sin necesidad de que Rajoy comparezca junto a patronal y sindicatos para hacerse la foto más cara del mundo… ¡3.500 millones de euros!

Los no-poderes públicos

Casi recién empezado el año 2013, muchas cosas parecen estar cambiando: el presidente en Venezuela, el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, el presidente de Italia… Y aún así, el sabor metálico y sucio a empobrecimiento persiste en los ciudadanos. Todos sabemos que este 13 no va a ser mejor. Tal vez se prepare un cambio de tendencia, pero no tendrá lugar en este año, será en los siguientes. Con suerte.

Estrategias de supervivencia

Uno de los problemas que tenemos en este momento de recesión empecinada y corrupción política generalizada es que uno realmente no sabe quiénes son los suyos. Y el ser humano, que nace siendo el cachorro más desprotegido entre los mamíferos, necesita del grupo para sobrevivir. De ahí que todos busquemos gente afín, en un aspecto o en otro, para sentirnos seguros: los frikis de La Guerra de las Galaxias, los amantes del diseño, los libertarios de New Hampshire o los seguidores del Betis. Los lobos solitarios también necesitamos grupos. Por si las dudas.

Los españoles, hace muchos años, emprendimos ese camino de pertenencia a lo que hoy es Unión Europea. Lo hemos logrado. Pero a medida que el grupo va siendo mayor y, por tanto, la diversidad se incrementa, es más difícil sentirse identificado con los demás miembros y la percepción del mismo como refugio protector que defiende mis intereses se debilita. Eso pasa con la Unión Europea ahora mismo. El problema añadido es que, en España, el ciudadano de a pie no encuentra tampoco un grupo en el que sentirse guarecido. Los partidos políticos han perdido credibilidad. La corrupción salpica a propios y extraños. Los bancos son enemigos. Los sindicatos están politizados. Los grupos anti sistema carecen de consistencia en cuanto a sus principios y a su composición. Son un revoltijo de descontentos que no se sabe muy bien a dónde van, hasta dónde llegan sus intereses políticos y qué alternativas realistas defienden.

Estamos solos pagando el peaje de la eterna asociación entre el Estado y la banca, aderezado por una degradación institucional y una miseria en la calidad de nuestros políticos, que hacen pinza y nos asfixia. Y tenemos nuestra parte de responsabilidad, desde luego.

Lo que los poderes públicos no pueden hacer

Parte de esa responsabilidad se debe a la idea, atrincherada en la mente de los españoles, de que el Estado, los gobernantes, tienen poder para sacar conejos de la chistera. Pero no es así. No existen los unicornios.

Como explica el profesor de economía de la Universidad de Buckingham, Juan Castañeda, un banquero central no puede controlar el ciclo económico ni cerrar la brecha de la producción. Y, sin embargo, muchos ciudadanos sigue mirando al Banco Central Europeo y al Banco de España como salvadores de la debacle actual. Y no sólo eso. Se espera que el gobierno cree empleo, cuando son los empresarios quienes crean empleo. Esperamos que nos digan la verdad y seguimos votando a los que nos mienten. Esperamos que los políticos se comporten honestamente y miramos a otro lado cuando alguien en nuestro entorno se aprovecha de otro engañándole.

Y a partir de ahí, en adelante, pedimos a ciegas cosas que son intrínsecamente individuales y subjetivas. Cuando decimos que nuestro todopoderoso "estado del bienestar" tiene la obligación de proporcionar una vivienda digna, un trabajo digno, una educación digna a todos, no nos damos cuenta de que la dignidad es subjetiva, que no te la puede arrebatar cualquiera de cualquier manera. Eso lo saben quienes han vivido situaciones dramáticas y denigrantes y las han sobrellevado con la cabeza bien alta sin perder un ápice de su dignidad.

Pero esas peticiones ciudadanas, plasmadas en propuestas y promesas políticas, escritas a fuego en los programas electorales, son un acicate para la degradación política. La razón es que esas promesas enganchan el voto de mucha gente bienintencionada pero dan pie a que esos gobernantes hagan mal uso del dinero de todos.

Lo que sí es indigno es utilizar la pobreza para obtener un mayor poder político, aprovecharse de la desesperación del parado para obtener más votos, usar la rebeldía de los grupos inconformes pero desorientados para atornillarse en la poltrona.

Y eso es lo que están haciendo nuestros políticos, los del gobierno, los de la oposición, los sindicatos, los independentistas, todos ellos financiados con nuestro dinero.

Una de las palabras de nuevo cuño que más odio es "empoderamiento". No estaría mal que cada uno de nosotros decidiéramos recuperar esos no-poderes. Para ello, es imprescindible que reconozcamos lo que no pueden hacer por nosotros, lo que estamos alimentando con esa visión buenista y reactiva, y adoptar una actitud más proactiva. Se trata de tomar la iniciativa. De no dar por buena su pretendida capacidad y retomar las riendas. De lo contrario seguiremos a la carrera como un caballo desbocado.

La autocracia del petrobolívar y del exprópiese

En 1998, cuando Hugo Chávez llegó al poder, la renta per cápita venezolana era de 1.809 bolívares; en 2012, cerró en 2.024 bolívares equivalentes (eliminando el efecto de la inflación). Así pues, la era Chávez, ese paradigma del socialismo del s. XXI, se ha saldado con un crecimiento de la renta real por ciudadano del 0,8% anual. Durante ese mismo período, otras economías menos glamurosamente bolivarianas han crecido entre tres y cuatro veces más: Chile lo ha hecho al 2,8%, Colombia al 2,2%, Perú al 3,6% y Uruguay al 2,3%. Si efectuamos la comparativa en dólares internacionales, Venezuela tenía en 1998 una renta per cápita similar a la chilena y a la uruguaya, al tiempo que casi duplicaba la peruana y la colombiana; hoy, la renta chilena es un 50% superior a la venezolana y la uruguaya la supera en un 20%, mientras que la peruana y la colombiana sólo se hallan ya un 20% por debajo. Acaso alguien crea que medir los logros de estos países por tan crematísticas magnitudes resulta parcial e injusto, pero lo cierto es que la mejora de todos los restantes indicadores sociales (pobreza, alfabetización, esperanza de vida, mortandad infantil, salubridad, etc.) que obviamente han tenido lugar se retrotraen en el fondo a tan singular hecho: sus ciudadanos son más ricos y, como son más ricos, viven mejor en sus muy variadas facetas.

Sucede, sin embargo, que el crecimiento de Venezuela, a diferencia de los otros cuatro países, se ha producido a lomos del pelotazo petrolero, es decir, de los muy extraordinarios ingresos derivados de sus exportaciones de crudo. Merced al estallido de los precios del oro negro (que se han multiplicado por más de diez desde 1998), los ingresos netos del país a cuenta de su exportación se dispararon durante los gobiernos de Chávez hasta cotas jamás vistas. En 2006, por ejemplo, equivalían al 40% del PIB, lo que hubiese permitido repartir un cheque de 4.500 dólares internacionales a cada venezolano. Un notable empujoncito del que no han disfrutado ni Chile, ni Perú, ni Uruguay (Colombia, en cambio, cuenta con unos ingresos netos por crudo inferiores al 8% del PIB). Difícil, pues, que creciendo América Latina a las mayores tasas del último medio siglo y contando con unas regalías petroleras propias de un emirato árabe, el nivel de vida de los venezolanos no haya experimentado una cierta mejora en estos catorce años a pesar de las disparatadas y bravuconas intervenciones del neosocialista régimen populista bolivariano.

Mas el verdadero fracaso de la política económica chavista no debería medirse por los diferenciales de renta per cápita con sus vecinos, sino por cómo el hiperintervencionista modelo bolivariano ha socavado las bases de la prosperidad futura de los venezolanos. Lejos de tratar de capitalizar las superlativas rentas petroleras en agrandar el patrimonio privado de los ciudadanos, Chávez optó por crear un Estado asistencial de cuyas dádivas dependiera el precario bienestar de esos ciudadanos: no buscó propietarios sino siervos de la gleba. Así, mientras que en estos catorce años el peso del sector público se ha mantenido estable en Chile (23% del PIB), Colombia (28%), Perú (19%) y Uruguay (33%), en Venezuela ha pasado del 28% del PIB en 1998 al 44% en 2012: o dicho de otro modo, mientras que el más acelerado crecimiento de la renta per cápita de los países no bolivarianos se ha quedado en los bolsillos y patrimonios de sus familias y empresas, en la república chavista casi la mitad de esa renta la ha terminado manejando el Estado. En este sentido, su tridente confiscatorio con el que ha fustigado a los venezolanos en aras de un Gobierno gigantesco han sido las nacionalizaciones (el famoso exprópiese), los elevados impuestos (la presión fiscal ha aumentado un 50% con respecto a 1998) y la absolutamente disparatada inflación (el IPC ha aumentado un 2.000% y el bolívar ha perdido más del 75% de su valor frente al dólar).

A diferencia de Chile o Perú, Venezuela no ha visto cómo su clase media se agrandaba y enriquecía, logrando así una mayor autonomía personal y financiera. Por el contrario, lo único que ha engordado Chávez ha sido un todopoderoso Estado cuyo propósito esencial era evitar la promoción social y económica de sus ciudadanos dentro del mercado para perpetuar su poder merced a sus redes clientelares dentro del Estado. En el fondo, pues, el socialismo del s. XXI no se diferencia tanto del socialismo del s. XX: ambos ambicionan construir un Estado que lo cope todo sobre los cimientos de la rapiña universal de una población pauperizada y dependiente de las migajas que éste tenga a bien repartirles.

A estas alturas, por consiguiente, el auténtico cambio económico necesita Venezuela tras la muerte de Chávez no es tanto que el país crezca unas décimas más que Perú o Colombia, sino que los frutos de esa expansiva creación de riqueza redunden en una sociedad más libre y más autónoma de un Estado con orwelliana vocación fagocitadora. Desde 1998, las rentas del petróleo y el saqueo de la acosada clase media se han dirigido en esencia a reforzar sus estructuras de control económico y social, en erigir una autocracia del petrobolívar y del exprópiese. Ojalá que, tras década y media, las cosas comiencen a cambiar y Venezuela cambie de rumbo para terminar convirtiéndose en otro Chile (o en otra Suiza, Nueva Zelanda o Singapur) y no en otra Cuba.

Testigo directo: “Se me muere el alma, Venezuela

Vivir un acontecimiento histórico en el país donde ocurre es un privilegio. Yo tuve la suerte de seguir el anuncio oficial de la muerte de Hugo Chávez desde Caracas, donde se vivió con una combinación de incertidumbre, tristeza, miedo y esperanza.

El rumor se intensificaba durante el día en la ciudad, a medida que la presión de la prensa internacional se encontraba con respuestas dispares de los medios de comunicación oficiales.

La reacción de la población ante el anuncio oficial fue de estupor. Tristeza evidente en el chavismo ("se me muere el alma" decía una señora) y prudencia y esperanza en la oposición, que no tiene clara su victoria en las próximas elecciones. Caracas permanecía tranquila a pesar de los mensajes que alertaban sobre una posible "intervención imperialista" y llamadas a la concentración de duelo en todas las plazas de Bolívar del país.

En Venezuela han aprendido a "prepararse para el precipicio", y es un pueblo sabio que ha sobrevivido a muchos gobiernos que han tenido como denominador común hacer promesas sin cumplirlas. Los hoteles del centro, tras varios días casi desiertos, eran un hervidero de periodistas y curiosos usando la red Wi-Fi para transmitir y escuchar las noticias al minuto.

En Venezuela existe un evidente apoyo al chavismo. Negarlo es ridículo. Pero también, dentro de ese apoyo, se percibe que el modelo de aislamiento ha llevado a la economía a una situación poco sostenible. Por ello, hay cierta esperanza de que se lleve a cabo una tímida apertura, aunque nadie cree que vaya a producirse de manera inminente y no será, ni mucho menos, similar a la del país vecino, Colombia.

"Sólo quiero poder comprar lo que necesito para sobrevivir", dice un camarero que ha visto la inflación dispararse un 30% anual. El bolívar del mercado negro cotiza a 26 contra el dolar frente a 6 de tipo oficial, y la economía sumergida se dispara. Mientras, la televisión muestra un anuncio que implora "no caer en las compras impulsivas".

"Los planes siniestros del imperialismo deben ser combatidos desde la unidad revolucionaria", cuenta un telediario, temiendo que la ola expropiadora del régimen de Chávez llegue a su fin. Sin embargo, la mayoría de la gente con la que hablo cree que el Gobierno, antes de abrir la economía, volverá a recurrir a inundar de dinero a los sectores subvencionados para perpetuar un régimen que, a pesar de contar con riqueza petrolera y ver el precio del barril duplicarse en su mandato, se ha embarcado en una espiral peligrosa de devaluación, deuda e inflación. Es sorprendente que un país en el que el 50% de la economía viene de ingresos del petróleo haya disparado la deuda publica, con un déficit cercano al 9%, y la de su petrolera nacional. Y cuesta ver enormes resultados de la inversión social.

"Con lo que hoy te compras un café y un desayuno hace veinte años te comprabas un carro", me dice el conductor mientras visitamos instalaciones petroleras, en una nación que necesita de su riqueza y sin embargo, dona casi cien mil barriles al día a Cuba -que consume 40.000-. El resto "lo exportan" a cambio de ayuda sanitaria y guía ideológica.

De momento, las implicaciones de la muerte de Chávez pueden llevar a un repunte del precio del crudo a corto plazo, ante el riesgo de reducción de inversiones y producción, a lo que habría que añadir posibles tensiones geopolíticas. Pero la influencia de Venezuela en movimientos del mercado del petróleo ya demostró ser mínima la última vez que se lanzaron mensajes de parar las exportaciones a EEUU, que cada vez depende menos del crudo importado, mientras Venezuela por el contrario, depende más de sus exportaciones -para ello muy capitalistas- a China y otros países. También puede tener un impacto geopolítico sobre países como Bolivia y Ecuador que han seguido el modelo Chávez.

A las 12 de la noche, tranquilidad absoluta en Caracas

No me sorprendió la participación en las manifestaciones de apoyo a un Hugo Chávez que segun Telesur "despertó el sublime amor entre un pueblo que le adoró". La propaganda es incesante. Fundamentalmente porque es cierto que Chávez supo aglutinar el voto de esa mayoría de pobres que no contaban y no votaban. Pero esa revolución y su promesa se sustentan hoy en una combinación muy compleja de petroleo, subvenciones, endeudamiento y devaluación, que hace agua si la producción o el precio del crudo se estancan. Los dos millones y medio de barriles al día de producción no sostienen al resto de la economía sin capital internacional.

Efectivamente, a pesar de las promesas, la mayoría pobre ha recibido "mucho debate" pero "menos de bote", bromea un trabajador local.

Se comentaba que las políticas sociales de Chávez no van a poder pararse, dada la enorme desigualdad del país. Los regalos en petroleo a ‘países amigos’ tampoco pueden cortarse en un proceso electoral que llevará un par de meses, con la economía estancada y la administración sufriendo el vacío de poder de un personaje tan carismático. Pero además, el proceso de transición necesita mantener viva la imagen de Chávez a la vez que ofrece soluciones económicas efectivas.

Rafael Ramírez, ministro de minería y energía y uno de los más brillantes políticos del país, reiteró ayer la política de "plena soberanía petrolera". Sin embargo, con una PDVSA que subvenciona más de 10.000 millones de dólares en proyectos sociales, que ha aumentado su deuda casi un 50%, y que ve su producción declinar por falta de inversión, cuesta ver cómo va a seguir el país sosteniendo un modelo que necesita capital extranjero más que nunca.

Venezuela posee un potencial económico espectacular. En ese desarrollo, el capital internacional será esencial. Por lo tanto, es imperativo buscar un equilibrio que permita reducir las desigualdades y crecer sin hundir la moneda y subvencionar. La solución está muy cerca. Abrir el acceso a la inversión sin perder el aspecto público de los sectores estratégicos, como hacen tantos países productores, sin ir más lejos Colombia o Brasil. Y libre mercado, que le ha faltado a este maravilloso país desde hace muchas décadas.

Hay que secuestrar el presupuesto

“A billion here, a billion there -sooner or later it adds up to real money." Everett Dirksen

“Deficit reduction is painful, so better to get it over with now”

Esta semana se han liquidado 12.000 millones de dólares en futuros bursátiles americanos. El jueves, un minuto antes del cierre, se vendieron 5.000. Hay miedo al “secuestro del presupuesto” y la incertidumbre del techo de deuda, que comentamos aquí. Y es un miedo infundado promovido por los defensores del gasto excesivo -bancos de inversión y analistas los primeros-.

Estados Unidos debe secuestrar el presupuesto, ya. Es imperativo. Si no, las dudas sobre las cuentas públicas pasarán a convertirse en certezas.

Hay muchas lecciones que podemos aprender del problema fiscal de Estados Unidos, que va camino de superar a Grecia en deuda sobre PIB. La primera es que imprimir moneda y monetizar deuda simplemente no genera crecimiento. La patada hacia delante solo aumenta la bola de nieve. La segunda es que los problemas estructurales de gasto deben afrontarse de manera decisiva, y casi quirúrgica, porque luego los parches son peores.

 

Un problema de gastos, no de ingresos

El problema en EEUU no es de ingresos –que se solucionó con el vencimiento de parte de las deducciones fiscales-, sino de gasto excesivo. Un gasto público, que -ajustado por inflación- ha sido el más alto desde 1951, durante el mandato del presidente Obama (datos Office of Management and Budget). Como comentábamos aquí, el gasto público se ha disparado durante la administración Obama a un 24% del PIB de media, comparado con un 22% en la época de Reagan, un 19% durante los mandatos de Bush padre e hijo, y un 17% con Clinton. En España, el gasto público es ya el 45% del PIB -algunos cálculos llegan al 52%-.

Los ingresos fiscales de EEUU en 2012 subieron –gracias fundamentalmente al sector de petróleo y gas y a los impuestos a las personas físicas- a 2,45 billones de dólares (trillones americanos), un aumento del 6%.Tras el vencimiento de los beneficios fiscales de diciembre 2012, los ingresos volverán a subir en 2013 un 7%… Pero, oh sorpresa, la máquina que lo fagocita todo, el gasto público, llevaría a EEUU a aumentar su déficit de nuevo, a pesar de las subidas de impuestos. ¿Les suena?

En Estados Unidos, muchos claman por subir impuestos “a los ricos”, el cuento del “sistema Buffett”. Es un engaño, porque lo que esconde es la destrucción de la clase media, que es la que sufre la represión financiera. Aumentar un 45% los impuestos a los ricos no reduce el déficit ni en un 0,1% -al ser progresivo-. Es un subterfugio para seguir gastando y exprimiendo a los trabajadores asalariados.

Es cuestión de matemáticas. Aumentar los impuestos a los ricos no sube los ingresos de un 16% del PIB a un 22%. La riqueza total de los mayores millonarios de EEUU aumentó en 2012 en 4.000 millones de dólares. Si les hubieras podido confiscar el 100% de ese incremento –irreal a todas luces- no se hubiera reducido prácticamente nada el déficit, que es de un billón (trillón americano).

Los gastos y por qué no es sostenible mantenerlos

Un 21% del presupuesto americano se gasta en un sistema de salud caro e ineficiente –Medicare, Medicaid y CHIP-. Supone 769.000 millones de dólares. Otro 20% del presupuesto americano (718.000 millones de dólares) se gasta en defensa y, finalmente, un 20% a la seguridad social, que sostiene a 35,6 millones de pensionistas.

Y ahí está el problema. El número de trabajadores por pensionista era de 5,1 en 1960, pero había descendido a menos de 3 en 2012, y se espera que caiga a 2,2 en 2030. ¿Les suena? En España ya es menos de 2 trabajadores por pensionista.

Aunque suene “políticamente incorrecto”, Mitt Romney tenía razón. Un sistema donde más del 40% de la población vive de apoyos estatales y no contribuye, hunde a la clase media si atacamos el problema desde los impuestos. Donde se equivocaba Romney era en pensar que podía aumentar o mantener el gasto de defensa, que es insostenible.

La solución está en cortar gasto y la independencia energética

Pero la solución, de nuevo, está en las materias primas y en reducir los gastos. Estados Unidos ya importa menos de 6 millones de barriles al día de petróleo, la cifra más baja desde 1992, gracias a la revolución de producción domestica. Si les interesa, lean aquí el camino a la independencia energética de EEUU. Esto tiene un efecto positivo adicional. Hay que gastar menos en ser el policía de Oriente Medio, que en mis cálculos supone casi un 12% del gasto de defensa americano anual.

Pero si se va a sostener el sistema de seguridad social y sanitario, los recortes deben ser quirúrgicos, continuados y sistemáticos. Por eso, el secuestro es un método que funciona. Porque quita poder decisor al que gasta, se corta matemáticamente y obliga a ser eficiente aunque no se quiera.

El impacto del secuestro

El gobierno federal tiene 2,2 millones de funcionarios y otros ocho millones contratados –compárenlo con nuestros 3,2 millones para una población varias veces inferior-. Se estima que el secuestro lleve a un recorte de al menos 800.000 empleados públicos. Y se puede hacer ahora, precisamente, que los sectores de alta productividad están generando empleo de calidad.

En cuanto al PIB, Macroeconomic Advisors (MA) espera un impacto del 1,3% en 2013 y del 0,6% en 2014. Irrelevante comparado con la mejora de la factura energética que EEUU está llevando a cabo por aumento de producción doméstica. Por ello, estoy convencido de que si se secuestra el presupuesto la caída del PIB no va a ser la que predicen algunos. Ahora, si se mantiene el gasto, el efecto destructor del endeudamiento sí va a tener un impacto en subidas de impuestos y caída de actividad económica.

Menos de un 10% de las ventas del índice S&P 500 depende del gobierno y un 75% de ese impacto recae en los sectores de defensa y farmacéutico-sanidad. De hecho, de los recortes anunciados, más del 50% son en defensa. Es decir, que el secuestro del presupuesto tiene un impacto muy limitado sobre los sectores que realmente generan empleo y riqueza en Estados Unidos, tecnología, servicios y petróleo.

Para mí, el miedo al secuestro es simplemente la reacción de un mercado adicto a la deuda y enganchado a las apuestas inflacionistas. Y, como tal, es una oportunidad para invertir en EEUU fuera de los sectores afectados –defensa y healthcare-.

Un mercado ‘yonki’ que pide deuda

Este no es un mercado de inversores y gestores públicos prudentes -sí, los políticos son también “el mercado”-. Es un mercado de yonkis esperando que se inyecte más droga al enfermo de la economía global. Y hay que temerlo por ello. Deuda con más deuda a costa de generaciones futuras, aunque todas las medidas de patada hacia delante no funcionen. Por eso, siempre digo que tengamos cuidado con legislar mirando a lo que pide un mercado adicto. Si premia el gasto y la inflación, como ocurre hoy, es pan para hoy y desastre para mañana.

¿Por qué defiendo el secuestro del presupuesto? Primero, porque el impacto máximo es de un 1,3%-1,5% del PIB, menos de un 1,2% en las empresas del S&P 500, pero extremadamente positivo para el déficit, ya que supone –junto a las otras medidas adoptadas- reducir hasta un 30% el déficit anual.

 

Por otro lado, lo defiendo porque no requiere tremendas negociaciones políticas y compromisos, es automático, incuestionable y –lo más importante- duradero. Es decir, su efecto en el gasto se extiende a más de un año.

¿Secuestrar el presupuesto en España?

Aprendamos a no llegar a una situación similar a la americana. No nos contemos el cuento de la lechera de las exportaciones, que además se están desacelerando, y como comentaba El Confidencial aquí, evitemos que España siga siendo el país de la eurozona con mayor déficit público, gastando unos 100.000 millones de euros más de lo que ingresa, a pesar de una subida de impuestos brutal que ha llevado a los ingresos del Estado a subir imperceptiblemente, incluidas las trampas en facturas y adelantos. Cuando los gestores son incapaces de administrar correctamente sus presupuestos, se les reduce. Si es automáticamente, mejor. Si dejamos la ejecución a su albedrio, siempre se llega a la trampa del “cuarto trimestre”. Gastar y esconder.

Secuestrar el presupuesto es sano. Obliga a ser eficiente y gestionar los recursos desde la realidad, no desde el cuento de “el año que viene todo sube”. La política del avestruz no sirve.

Sí, Estados Unidos seguramente subirá el techo de deuda en abril, pero su situación de gasto y deuda ya no es compleja, es dramática. Y la política de bajar tipos, imprimir, sostener un gasto inútil y monetizar deuda no funciona. Pero aún hay gente que pide repetir. No me cuenten historias de puestos de trabajo creados, que se hubieran creado igual sin esas políticas monetarias, porque vienen de sectores globales como sanidad y petróleo… o que “hubiera sido peor”, el engaño más insultante cuando se incumplen todos los objetivos de creación de empleo, reducción de déficit y deuda que se pretendían conseguir con las políticas expansivas.

Si Estados Unidos se “pone las pilas”, y por fin reduce gastos, tendrá un cierto impacto en las previsiones optimistas de todo el mundo. Pero ese impacto, si se aprovecha ahora que muchos de los sectores de alta productividad están funcionando, es parte de la solución. Adaptarnos todos, sobre todo los gobiernos, a un mundo que no es todo crecimiento, pero que tiene mucho futuro si se permite a las empresas florecer.

Pero si Estados Unidos, y nosotros con ellos, seguimos con la política del avestruz, los problemas volverán a presentarse unos meses después. Seguro.

La barcenitis galopante de Cuatro y Gabilondo

Los telediarios del canal en abierto que Zapatero regaló al grupo Prisa están últimamente muy entretenidos. Y todo gracias al caso Bárcenas, que los redactores de Cuatro ya no saben cómo denominar, por sus constantes esfuerzos en relacionarlo con todos los casos de corrupción que ha habido en España en los últimos setecientos cincuenta años.  A veces tienen un arrebato de originalidad y lo llaman el caso Gürtel-Bárcenas, que escuchas a Hilario Pino pronunciarlo y es que parece que estás viendo el guión entre los dos sustantivos.

Desde que el periódico de Prisa sacó en portada las fotocopias de unas hojas manuscritas con los sobresueldos que Bárcenas estaría pagando a los jefes del PP, todos los esfuerzos del grupo mediático han estado dirigidos a mantener vivo este asunto a cualquier precio. Espoleados por el ridículo histórico de su portada con una falsa imagen de un Hugo Chávez moribundo, en Prisa son capaces de las mayores astracanadas para que se siga hablando de un asunto que, por más que se empeñen, y a salvo de futuras revelaciones de verdadera enjundia, ya sólo parece reducirse al enriquecimiento de origen dudoso de un exmiembro del PP, de los muchos que hay circulando en estos momentos por los distintos juzgados de España.

Este viernes, sin ir más lejos, Hilario Pino dedicó un par de minutos de su noticiero a comentar la imagen de una concejala socialista de Alicante que acudió al pleno con una camiseta serigrafiada con la imagen de las fotocopias de la famosa libreta de Bárcenas publicadas en su día por El País. ¿Qué aporta este hecho a las investigaciones sobre la corrupción en el PP? Nada, salvo la constatación de que la concejala en cuestión tiene un concepto discutible de la elegancia formal y que, con seguridad, es muy fan del periódico de Prisa, cosa por otra parte muy común entre la izquierda instruida. A continuación, un periodista de la casa desplazado a las Fallas de Valencia relataba la primera mascletá a los espectadores explicando que la presencia de jóvenes con sobres vacíos protestando contra la corrupción el PP "había quedado deslucida por la presencia de la lluvia" (sic). No la mascletá; la algarada política, que es lo que cuenta en una pieza sobre el arranque de una de las festividades más populares de España.

Pero el que peor lo está pasando es Iñaki Gabilondo, incapaz de entender que sus videocabreos monumentales en la web de El País a cuenta del caso Bárcenas no encuentren el eco debido en la sociedad española, más allá de algún grupúsculo de radicales o de socialistas ociosos en busca de un sueldo oficial. Cuando no hace tantos años el Gobierno de España estaba involucrado en crímenes de Estado y aquí se robaba hasta la caja de los huerfanitos de la Guardia Civil, Gabilondo optó por un perfil bajo marcadamente institucional. Después fue de la opinión de que, cuando manda el PP, es muy bueno que en la calle exista "tensión". Que alguien le explique que, con esa biografía, es difícil que la gente se lance ahora a las barricadas simplemente porque él lo exija con tono exaltado. Salvo que la policía detenga esta semana a Cospedal en la frontera de Andorra con bolsas de basura llenas de billetes de 500 y tres mudas de ropa interior, claro. Entonces, y sólo entonces, aquí sí que podría pasar de todo. 

No con mi dinero

Tuve que frotarme los ojos al leer en la prensa local el siguiente disparate: «Metropolitano y el Cabildo (de Tenerife) proyectan tranvías en el extranjero». Las mal llamadas empresas públicas están abocadas al más estrepitoso fracaso por muchas razones; las dos principales son que no disponen de los incentivos adecuados y que se mueven por decisiones políticas y no económicas.

El mercado es un proceso por el que los distintos individuos que lo conforman tienen incentivos para descubrir las ineficiencias existentes y convertirlas en beneficios empresariales que revierten en el conjunto de la población. Este fenómeno es conocido entre los economistas como el de eficiencia dinámica del mercado. Así, cuando un empresario descubre que existe una descoordinación en el mercado, se juega su capital para lograr un beneficio a la vez que satisface las necesidades de la sociedad.

Voy a intentar explicarlo con más claridad con el siguiente ejemplo. Cuando Bill Gates, en 1983, crea Windows, lo hace porque descubre que el uso de los ordenadores sólo estaba al alcance de unos pocos debido a los complejos sistemas operativos que existían hasta la fecha. De ahí que decide crear un nuevo sistema para que hasta su madre pudiera usar un ordenador. Sin duda, Bill Gates es uno de los hombres más ricos del mundo gracias a ello, pero también ha satisfecho las necesidades del conjunto de la sociedad y nos ha hecho más ricos a todos.

Sin embargo, las empresas públicas como Metropolitano, que actúan con el dinero exigido a los ciudadanos, no se mueven por decisiones económicas, sino por decisiones políticas, que frecuentemente persiguen réditos electorales, y en algunos casos por intereses personales de políticos, que suelen terminar en corruptelas que les enriquecen a costa de los recursos generados por la sociedad.

Además, los dirigentes políticos de estas empresas carecen de incentivos económicos para reducir los costes y maximizar los beneficios y así encontrar soluciones eficientes, debido a su incompetencia y al abuso de poder, que termina muchas veces llevando a un incremento del gasto público, o sea, que los ciudadanos tendremos que pagar más impuestos.

El Cabildo de Tenerife en vez de seguir despilfarrando el dinero de los tinerfeños en trenes, yogures o parques eólicos, lo que lo llevó a deber a los bancos, según publicó ABC, cerca de 300 millones de euros, debería dejar la producción de los servicios a la ciudadanía y preocuparse de eliminar las trabas empresariales que existen en Canarias para evitar la quiebra que se avecina y en la que nos han metido los políticos imprudentes que llevan gobernando nuestras islas más de 20 años.

Marea roja

A río revuelto, ganancia de pescadoresEl populismo sigue ganando adeptos entre el electorado de los países más débiles de la Zona Euro. Las elecciones italianas son la última prueba de esta peligrosa deriva. El regreso de Silvio Berlusconi, tras el éxito que ha cosechado su discurso germanófobo, y la significativa irrupción del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, que se ha situado como tercera fuerza, pone en el disparadero las tímidas reformas del tecnócrata Mario Monti.

La clave de estos comicios, más allá de la posible ingobernabilidad de Italia y una nueva convocatoria electoral, es que la mayoría de los votantes mostró en las urnas su rechazo explícito a la austeridad pública, incluso a la permanencia en el euro.

Desde hace meses Italia parecía terreno abonado para lo que finalmente ha sucedido. No en vano casi la mitad de los electores (unos 23,5 millones) son jubilados, parados o empleados públicos, contrarios todos ellos a recortar el gasto. El problema de fondo es que la receta adecuada para salir de la crisis resulta muy impopular en sociedades que llevan décadas instaladas en el paternalismo intervencionista de la subvención y el mal llamado Estado del Bienestar. Sociedades como la italiana, la griega, la portuguesa y la española.

La deriva populista de Berlusconi y el discurso antisistema del payaso Beppe Grillo han acaparado ni más ni menos que el 55% del voto. En Grecia, las últimas encuestas arrojan un empate técnico entre el primer ministro, Antonis Samaras (Nueva Democracia), y el líder de la coalición comunista Syriza, Alexis Tsipras, con casi un 29% para cada uno, mientras que los nazis de Amanecer Dorado se mantienen como la tercera fuerza, con un respaldo próximo al 12%. Comunistas y nazis comparten el mismo mensaje: oposición frontal a la política de recortes y liberalización económica y, llegado el caso, suspensión de pagos y salida del euro. Ambos se nutren del amplio descontento social que existe en Grecia, donde el 64% de la población cree que el país va en la dirección equivocada. Sin embargo, la prolongación de su particular crisis no es culpa de Merkel ni de los mercados, sino de una sucesión de Gobiernos incapaces de aplicar la amarga medicina recetada para salir cuanto antes del atolladero.

El populismo todavía no se ha hecho un hueco visible y significativo en el arco parlamentario español, pero ya hay indicios preocupantes. El apoyo soterrado del Gobierno a las plataformas que proponen el impago generalizado de hipotecas, la subida que está experimentando IU en las encuestas y el viraje izquierdista del PSOE son, sin duda, señales a tener muy en cuenta.

En el fondo de este tipo de movimientos subyace un creciente descontento social, materializado en forma de protestas como la del 23 de febrero. Bajo lemas como "Recortes no", "Tu sobre es mi recorte", "Su botín es mi crisis", "Sin pan no hay paz", "Ladrones" o "Viva la lucha obrera", se está generando una marea roja que puede anegar España en el populismo que ya están sufriendo Grecia e Italia.