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Un chanchullo inmoral y, por supuesto, ilegal

Tras conocerse las excelentes relaciones comerciales entre la Fundación Ideas para el Progreso (sic) y varias empresas de amigos y familiares de altos cargos del PSOE, la portavoz socialista en el Congreso ha confirmado públicamente su carácter legal y además "moral". La moralidad es un atributo particular que bajo el canon socialista adopta las dimensiones más extrañas. Ahora bien, que el reparto de dinero público entre familiares de los políticos es ilegal resulta incuestionable incluso en España, cuya Ley General de Subvenciones prohíbe expresamente el trinque de los allegados.

Esto de que los familiares y amigos del poderoso abreven en el presupuesto público es tradición inveterada en la partitocracia española, donde los enjuagues se producen a diario con total normalidad. De hecho, Soraya Rodríguez no sufrió las dificultades expresivas de otras veces para refutar en el acto las veladas acusaciones de los periodistas, tras conocerse el caso de la muy industriosa hermana de su colega Valenciano. Y es que, en realidad, lo que se hubiera considerado inmoral es que, habiendo trinque al alcance de familiares y amigachos, se hubiera dado entrada a otras empresas por una mera cuestión de eficiencia presupuestaria. Si el dinero público no es de nadie, ¿a qué tantos escrúpulos en su manejo?

Los chiringuitos de los partidos políticos invitan además al trinque desaforado como si no fuera a haber un mañana. En último término son instituciones privadas que, a pesar de financiarse casi en su totalidad con dinero del contribuyente, actúan con mucha mayor discrecionalidad que los propios partidos, que tampoco es que se distingan por sus miramientos a la hora de gestionar un presupuesto que en esencia no les pertenece.

Y si la reacción intuitiva de Soraya B ya revela una ética muy particular en el ámbito de lo público, más chocante resulta la justificación de la empresa de la hermana de la vicesecretaria general del PSOE, al afirmar que lo que recibe anualmente de la Fundación Ideas para el Progreso (sic) es apenas un pequeño porcentaje de su volumen total de negocio. Tratándose de las finanzas del PSOE, nos quedamos con la duda de si es una simple excusa o una reclamación formal para aumentar la facturación en años venideros. 

Ideas para componer su cartera de acciones

¿Cómo debe planificarse una cartera de acciones? ¿Qué debemos conseguir con dicha planificación? ¿Para qué sirve diversificar? ¿Cuál debe ser el tamaño de las distintas posiciones?

Cuestiones prácticas a tener en cuenta

Estas son preguntas que se hace cualquier inversor y a las que vamos a tratar de responder en este artículo aprovechando algunas de las reflexiones que realizó Zeke Ashton, fundador de Centaur Capital Partners en 2002, en una presentación en un congreso de Value Investing hace ya algún tiempo.

Como ya hemos comentado en alguna ocasión anterior, lo primero que tenemos que tratar de lograr es una cartera que sea consistente con nuestro perfil de riesgo y nuestra tolerancia al estrés. Es bueno, en ese sentido, obtener respuesta a la pregunta de si podemos dormir tranquilos por la noche si vemos caer nuestra cartera un 10% en un mes o moverse la valoración de la misma en un rango entre máximos y mínimos de un 30%.

También tenemos que tener claro qué finalidades perseguimos en términos de conservación de capital, crecimiento u obtención de flujos monetarios periódicos. Deberemos, asimismo, tener presente qué retornos consideramos satisfactorios dentro de nuestro perfil de riesgo y nuestras necesidades de liquidez para atender obligaciones y compromisos que puedan surgir, evitando deshacer posiciones en momentos no convenientes.

Buscando la fiabilidad

Habiendo ponderado todo lo anterior, Zeke Ashton señala que la meta para todo inversor a la hora de componer una cartera de acciones debe ser conseguir el máximo valor de tus mejores ideas de inversión sin arriesgar significativas pérdidas en caso de errar.

En este sentido, se trata de encontrar un número bastante de buenas ideas de inversión (posiciones) para asegurar que el tamaño de la selección es suficientemente grande como para recompensar tu habilidad inversora y absorber las malas decisiones, mala suerte o malos resultados ocasionales que se produzcan.

Desde ese punto de vista, la estructura de la cartera no tiene por objeto reducir la volatilidad de las cotizaciones sino, sobre todo, incrementar la relación entre habilidad y resultado, reduciendo el factor suerte. Se trata, según su terminología, de alcanzar la mayor fiabilidad posible. Por un lado, cuanto más concentrada esté nuestra cartera, más riguroso se ha de ser y, seguramente, más ideas prometedoras habrá que rechazar. Por otro lado, si decidimos incluir un número mayor de valores y no queremos perder potencial de revalorización y calidad, mayor carga de trabajo tendremos que asumir.

Ashton apunta también otra idea muy sensata en relación con la concentración de cartera, y es que no es algo constante, sino dependiente de las condiciones del mercado. Por ejemplo, en el primer trimestre de 2009, con un mercado plagado de gangas, el grado de concentración no es tan primordial ante la gran cantidad de oportunidades en el mercado, que hacía relativamente fácil encontrar hasta una veintena de títulos muy interesantes sin demasiado esfuerzo. Sin embargo, conforme las valoraciones son mayores, va siendo más difícil encontrar valor y el riesgo de pérdida aumenta.

Es igualmente importante ajustar la composición de la cartera al tamaño total de la misma. Si se gestionan patrimonios muy grandes, deshacer los errores minimizando pérdidas se hace especialmente complicado si tenemos mucha concentración (pocas compañías en cartera). Sin embargo, esta dificultad es mucho menor si nuestro patrimonio es modesto.

El margen de seguridad

El principio de margen de seguridad es tan aplicable a la construcción de la cartera como lo es a la selección de cada inversión individual.

Recordemos que el margen de seguridad se relaciona con evitar graves pérdidas en caso de producirse los peores escenarios posibles. Pabrai comentaba que se trata de minimizar el riesgo incluso en los supuestos en que la incertidumbre sea elevada. El futuro tiene un alto componente de impredecibilidad y la valoración de acciones es un arte impreciso y no una ciencia exacta. Así que incluso los mejores inversores necesitan ese margen de seguridad para evitar desastres.

Donde en la inversión individual elementos como el precio bajo, la ventaja competitiva perdurable y la posición financiera sólida son los que proporcionan ese margen de seguridad, en la composición de cartera se está jugando a porcentajes. Dicho de otro modo, aun en el caso de que algunas de las inversiones individuales seleccionadas con tales salvaguardas produzcan resultados indeseados, el reunir un buen puñado de ellas y diversificar nuestro patrimonio entre las mismas amortigua todavía más ese "siniestro" (outlier).

El nefasto legado petrolero de Chávez

Cuando Chávez llegó al poder en 1999 Venezuela era el tercer productor de la OPEP por detrás de Arabia Saudita e Irán, y el quinto del mundo a no mucha distancia de Rusia y Estados Unidos, que no forman parte del cártel petrolífero. Hoy, tras catorce años de chavismo, es el decimosegundo. Ya no sólo le superan países como Arabia, EEUU o Rusia. En 2012 los 2.375.000 barriles extraídos en Venezuela eran ya muchos menos que los 4.252.000 de Irán, los 3.483.000 de Canadá, los 2.983.000 de México o los 2.458.000 de Nigeria.

Hasta del minúsculo Kuwait, un país cincuenta veces más pequeño que Venezuela, se extrajo el año pasado más petróleo que de los pozos venezolanos. Ante un descenso tan drástico en la producción podría argüírse que Venezuela alcanzó en torno al año 2000 el denominado “peak oil”, a partir del cual la producción desciende lentamente. Pero no, las reservas probadas de Venezuela son las mayores del mundo. Mayores incluso que las de Arabia Saudita, a quien suele considerarse la mayor reserva de crudo del planeta..

Y no porque lo diga Chávez, que hace dos años anunció ufano al mundo las extraordinarias reservas petrolíferas del país. Expertos del US Geological Survey han estimado que solo de la faja de Orinoco se pueden llegar a recuperar hasta 652.000 millones de barriles en los próximos años. Los ingenieros de BP han calculado, además, que extraer este petróleo no convencional será dos tercios menos costoso que en Canadá, país que ha disparado su producción petrolera en los últimos años.

Un 30% menos de producción y un 40% más de consumo

A pesar de todo la realidad es que Venezuela extrae un 30% menos petróleo que cuando Chávez llegó al poder. Y no sólo eso. La economía venezolana ha multiplicado por dos su consumo en los últimos quince años, de 490.000 barriles al día a los 850.000 actuales. El diferencial se ha dejado de exportar, y la venta de crudo es casi el único sostén económico del país a estas alturas. De la exportación de petróleo Venezuela obtiene el 95% de sus divisas y el Gobierno de Chávez el 40% de sus ingresos.

Pero curiosamente las exportaciones han descendido incluso más que la producción, un 40% entre 1998 y 2012. Venezuela se ha visto obligada durante la era Chávez a comprar gasolina y otros productos refinados en el extranjero. El pasado mes de septiembre los incidentes en las refinerías de El Palito y Amuay llevaron esas importaciones a récords históricos. Los accidentes en las instalaciones petroleras venezolanas son cada vez más habituales debido a la falta de mantenimiento y al descuido generalizado, fruto de las improvisaciones y de la politización creciente del sector.

La petrolera nacional, PDVSA, es un órgano más del Gobierno dependiente del Ministerio del Poder Popular de Petróleo y Minería. PDVSA está gestionada por políticos afines a Chávez cuyos intereses son exclusivamente políticos. No es casualidad que Asdrúbal Chávez, primo del presidente, haya hecho una exitosa carrera en la petrolera estatal. En 2004 fue nombrado director ejecutivo de comercio y suministro, al año siguiente fue colocado en la Junta Directiva de PDVSA y desde 2007 ejerce de vicepresidente de refinación.

Se da la circunstancia, además, que EEUU cada vez importa menos petróleo venezolano. Si en 1998 el 17% del petróleo importado era de origen venezolano, en 2009 ya solo era el 9,6%. Un porcentaje que promete seguir cayendo ya que EEUU ha sustituido gran parte de sus importaciones con producción propia y con importaciones en países más cercanos como Canadá.

Las exportaciones venezolanas van cada vez menos a Norteamérica y más a los países del Caribe. En 2005 Hugo Chávez anunció la iniciativa de constituir una alianza de países caribeños centrada en la compra por parte de éstos de crudo venezolano en condiciones preferentes. La iniciativa dio paso a la organización Petrocaribe, de la que actualmente forman parte Nicaragua, Honduras, Cuba, Haití, Guatemala y las Antillas menores.

Petrocaribe es un proyecto ideológico. Así lo reconoció la propia PDVSA en su informe de gestión de 2011, donde se consignaba que la empresa busca “Estados que comparten una misma visión del ejercicio de la soberanía”. Y el Gobierno de Chávez no se ha quedado en simples intenciones, sino que ha pasado a los hechos siempre que ha sido necesario. En 2009, cuando el presidente hondureño Manuel Zelaya, afín al régimen venezolano, fue derrocado por el presidente del Congreso, Roberto Micheletti, Chávez anunció por televisión desde su programa "Aló Presidente" que interrumpía en el acto los envíos de petróleo a Honduras a modo de castigo.

El problema es que la ideología sale cara en términos económicos, y Venezuela no está para muchas alegrías. A día de hoy el 16% de las exportaciones de petróleo venezolano van dirigidas a estos países del Caribe, que disponen de unas condiciones muy ventajosas de pago, tales como financiación hasta 25 años y un año y medio de mora. 

Mala gestión y subsidios

¿A qué se debe que Venezuela produzca cada vez menos y consuma más? El aumento en el consumo no significa que la economía venezolana haya ido a mejor en estos años. Venezuela ha crecido muy modestamente a pesar de disponer de una riqueza natural que lleva más de diez años cotizando al alza. Los venezolanos consumen más pero no tanto porque sus industrias demanden más energía como por los ubicuos subsidios. Venezuela tiene, por ejemplo, la gasolina más barata del planeta.

En agosto de 2012 un galón de gasolina (3,7 litros) costaba 9 centavos de dólar (6 céntimos de euro). Barato incluso si lo comparamos con Arabia Saudita, donde el galón sale por 61 centavos (45 céntimos). La gasolina que compran los venezolanos no sale tan barata de las refinerías, es el Gobierno quien la pone a ese precio subsidiando generosamente el precio final.

De la bajada de la producción los especialistas culpan al desastre de gestión de la empresa petrolera nacional PDVSA y a la desconfianza, ya crónica, de las empresas extranjeras a invertir en Venezuela. La república caribeña es uno de los países del mundo que más trabas pone a los inversores foráneos. En el informe del Banco Mundial "Doing Business 2013" Venezuela ocupa el puesto 180 de 185 naciones sometidas a escrutinio. Sólo hay cinco países donde invertir es más complicado: la República Democrática del Congo, Eritrea, la República del Congo, Chad y la República Centroafricana.

El régimen ha nacionalizado todo el sector, que ha incurrido en multitud de ineficiencias operativas. En Venezuela la industria petrolera no tiene como función ganar dinero tanto como servir de caja registradora a otras actividades del Gobierno. Los programas asistenciales del chavismo y, sobre todo, las continuas compras de armas que ha realizado Chávez en estos años se han cargado en la factura petrolera.
 

En un mercado libre, la única forma de retener a tus clientes es tenerlos contentos

Mitos sobre la regulación para la competencia. Aplicación de la teoría económica austriaca al mercado de las telecomunicaciones en España. Con este estudio, Fernando Herrera, obtuvo hace unas semanas el Premio Víctor Mendoza 2012 del IEE a la mejor tesis doctoral, por su adecuación a los valores de defensa del mercado y la libertad económica.

Herrera, doctor Ingeniero de Telecomunicación que ha trabajado en consultoría estratégica tanto para compañías públicas como privadas, se plantea preguntas que suenan revolucionarias en un sector tradicionalmente muy intervenido, pero que vistas con cierta perspectiva reflejan una apabullante sensatez: ¿qué es el poder de mercado?, ¿es posible para una empresa controlar a sus clientes en un mercado libre?, ¿por qué los clientes de telecomunicaciones necesitan una protección especial del Gobierno? o ¿qué pasaría si eliminásemos las trabas a la competencia por completo?

Las respuestas son muy inquietantes, especialmente para los reguladores, acostumbrados a manejarse en un esquema en el que su intervención es imprescindible. Como explica el autor, el problema no es que sean tontos o malos o incapaces. Antes al contrario, las personas que trabajan para los entes estatales encargados de controlar los mercados suelen ser funcionarios públicos inteligentes y dispuestos. Lo que ocurre es que analizan la realidad siguiendo una interpretación que para Herrera es incorrecta. En su opinión, será muy complicado que no se acaben equivocando quienes parten de axiomas completamente equivocados.

Pregunta – Leyendo su libro, me da la sensación de que usted plantea que uno de los principales problemas en el mercado de las telecomunicaciones es que no hay una verdadera competencia, ¿lo he entendido bien?

Respuesta – Partiendo de la base de que yo he sido regulador, una de las cosas que me preocupaba era entender lo que yo hacía en su momento. Cómo encajaba lo que yo estaba haciendo, que creía que era bueno para la sociedad, a la luz de la escuela austriaca, que es un paradigma muy adecuado para explicar la realidad.

La conclusión a la que he llegado es que yo veía la realidad económica a través de unas explicaciones [la teoría neoclásica] que eran incorrectas, por lo que creía en el poder de mercado tal y como me lo habían explicado y como yo lo entendía hasta que leí a Murray Rothbard [escuela austriaca]. No había reflexionado lo suficiente. Y entonces estaba haciendo algo mal porque no comprendía bien el mundo. Para mí ésa es la principal enseñanza que yo he sacado de esta investigación. Mucha gente que trabaja en el regulador no se ha preguntado qué es lo que está haciendo. Si conseguimos que reflexionen, se van a llevar una sorpresa.

P. – ¿Y cómo se traduce eso en el día a día de las teleoperadoras en España?

R. – Eso se traduce en el día a día en que todo el mundo asume que tú eres malo: las empresas son malas y más aún si tienen poder de mercado. Por eso, es tarea del regulador conseguir que no seamos malos. ¿Eso por qué viene? Pues porque hay un modelo neoclásico de competencia perfecta que está haciendo creer a mucha gente que si alguien tiene una cuota de mercado alta, pues es malo para el mercado y hay que evitarlo. Eso explica el día a día de todos los agentes: como en el mundo del regulador el que tiene poder de mercado (en este caso Telefónica) puede hacer cosas malas para la sociedad, hay que vigilarlo. Luego está Telefónica tratando de demostrar que lo que hace no es malo para la sociedad y los otros operadores tratando de demostrar que sí lo es.

P. – De hecho, hace poco hemos visto un ejemplo de todo esto. Telefónica presentó su contrato "fusión" en el que integraba fijo, móvil y ADSL a un precio inferior al que existía en ese momento y la reacción de algunos de sus competidores fue pedir al Gobierno que lo impidiera, porque podía generarse un monopolio.

R. – Es un ejemplo paradigmático de lo que estoy diciendo. ¿Cómo reacciona un rival ante una situación así?: ¿innovando? ¿ofreciendo un precio mejor? ¿buscando cubrir mejor las necesidades del cliente? No, reacciona diciendo que eso es anticompetitivo y tratando de convencer al regulador de que lo pare.

P. – ¿Y lo pararán?

R. – Es muy difícil hacerlo, ya que hay muchos reguladores involucrados (telecomunicaciones, competencia, Comisión Europea,…) Paradójicamente, va a depender del éxito que tenga. Si Telefónica consigue su objetivo y tiene mucho éxito, pues habrá muchas más posibilidades de que lo paren.

P. – Por otro lado, ésta no sería la primera intervención en un mercado que ya está muy intervenido.

R. – Sí, de una forma que también es destructiva y más sutil. Telefónica tiene que dar su red a los demás operadores a un precio que quizás no cubra sus costes. En este mercado, la única posibilidad de diferenciarte es en precio, porque cualquier cosa que ofrezcas al consumidor te van a obligar a cederla a otros operadores a un precio regulado. Eso también es malo para el mercado, porque el precio en el fondo refleja el valor. En la medida en la que tiras para abajo el precio, acabas tirando para abajo el valor e impides que el mercado atraiga inversores.

P. – ¿Cómo es ahora mismo la situación en España?

R. – Hay que distinguir fijo y móvil. Ahora mismo, a nivel de móvil, hay tres operadores con red (Telefónica, Vodafone y Orange) y luego está Yoigo, que tiene licencia pero casi no ha desplegado red. Estos tres operadores tienen la obligación de abrir sus redes a otros operadores, aunque no está fijado el precio, digamos que es una regulación ligera que te obliga a abrir la red y si no llegas a un acuerdo en los precios, entonces interviene la CNT. En la práctica, no se llega a esta situación porque los tres operadores están interesados en coger a otros operadores.

A nivel de fijo, Telefónica tiene su par de cobre que está tratando de renovar a fibra óptica. Compite con otros operadores como ONO, Euskaltel, Telecable,.. Y luego hay otra serie de operadores (Jazztel, Vodafone, Orange,…) que utilizan los servicios mayoristas de Telefónica para ofrecer sus servicios. Estos operadores no tienen que afrontar su inversión en red pero pueden competir en el mercado y se benefician de los precios regulados, que no cubren la contabilidad de costes de Telefónica (una contabilidad aprobada por el regulador). Pero incluso aunque ese precio fuera más alto daría igual, porque la cuestión no es de precio, sino de valor: ¿qué valor tienen estos servicios para el usuario?

P. – Pero claro, mucha gente dirá que Telefónica era un monopolio público y que si se privatiza, pues hay que ayudar a los demás, porque parten en inferioridad de condiciones.

R. – Es indiscutible que Telefónica tuvo durante 70 años un monopolio legal, pudo acaparar cuota de mercado, tirar su red a sus anchas, etc… Pero al mismo tiempo la teoría económica te dice que los monopolios legales sufren cientos de ineficiencias. Hayek dice que los costes incurridos se transforman en un error según pasa el tiempo. Por eso, si abres el mercado sin ningún tipo de regulación, hay muchas posibilidades para la gente que conoce el sector y que conoce todas estas ineficiencias. Evidentemente, si tú te planteas competir con Telefónica con una red a nivel nacional, pues no vas a poder. ¿Pero de verdad necesitas una red nacional para ser eficiente y poder competir?

P. – Pero la intuición te dice que si dejas un mercado libre y sin intervención, el operador dominante se quedará con esa posición y hará imposible que otros entren en el mercado.

R. – Cualquier agente trata de mantener a sus clientes contentos. La cuestión es que en el libre mercado ésa es la única forma de retener a tus clientes. En el libre mercado, nadie puede impedir que haya alternativas. La única opción es ofrecer los mejores servicios posibles al cliente. Por eso este libro se llama los mitos: ¿cómo puede una compañía impedir que entre un competidor en un mercado verdaderamente libre?

P. – Claro, pero muchos de los que nos están leyendo pensarán, ‘no puede impedirlo legalmente, pero sí por la vía de los hechos, porque desplegar una red como la suya es muy caro’.

R. – Volvemos a lo mismo. Probablemente, Telefónica ha hecho inversiones ineficientes en estos setenta años, por lo que cualquier persona que conozca el mercado podría aprovecharse de esas ineficiencias. La trampa que nos hacen creer los reguladores es que tienes que entrar como operador nacional. En el libre mercado nadie comienza como operador a nivel nacional, uno empieza ofreciendo pequeños productos y si tiene éxito crece. Las grandes empresas nacionales sólo surgen en el imaginario del regulador, cuando otorga monopolios legales. Las empresas se hacen grandes según van teniendo éxito en su trato con los clientes.

P. – Pero, ¿cómo podrían entrar?

R. – Yo puedo tener respuestas, pero lo más importante es que en un mercado libre hay muchísima gente que sabe mucho más que yo a la que se le podrían ocurrir cosas.

¿Qué problema hubiera ocurrido para que en 1999-2000 un operador hubiera comenzado a dar un buen servicio de cable en un barrio? Luego, si tiene éxito, podría haber ampliado a servicios de voz. Tu planteamiento puede ser: ‘Doy un servicio de datos muy bueno en un lugar determinado y paso de la voz’. Y conforme vas creciendo, amplias a voz y los otros operadores ven que en esa zona están perdiendo clientes.

En cuanto uno le da una vuelta se le ocurren esquemas y lo bueno es que no soy yo el que tengo que dar las alternativas, se le ocurren al mercado. La teoría económica dice que en un mercado libre seguramente habría operadores mucho más pequeños, muy centrados en el servicio al cliente, muy innovadores y con un precio muy competitivo. Y tendríamos una red de mucha más calidad.

P. – Otro problema es el mito del servicio universal: si no obligan a los operadores, hay sitios donde nadie querría ofrecerles un servicio, sobre todo en los pueblos alejados de las grandes ciudades.

R. – Eso es otro mito. Está claro que los habitantes de estos lugares, si no hubiera una obligación de servicio universal, tendrían que pagar algo más al principio, pero posiblemente sólo al principio. Está claro que cualquier operador siempre intentará cobrar el máximo, pero esto no quiera decir que podrá cobrar todo lo que quiera. Para empezar, tendrá que poner un precio que los usuarios quieran pagar. Supongamos que una compañía dice: ‘Puedo llevar un cable hasta ese pueblo y me sale rentable a 30 euros. Pero si puedo, cobro 45 euros’. Y claro, podrá cobrar 45 si los vecinos están dispuestos a pagar ese precio. Pero incluso admitamos que finalmente los consumidores aceptan pagar los 45 euros: entonces, la compañía de al lado pensará que puede tirar su cable y empezara a cobrar a 40 euros. Y al final, en esa zona, los precios serán los más baratos posibles para los recursos invertidos, con competencia y calidad. Pero si tú impides desde el principio que alguien cobre 45, pues esta dinámica nunca se produce.

P. – Claro, y si fijas un precio máximo, las compañías se gastarán el mínimo imprescindible

R. – Bueno, eso si acaban poniendo el cable. En tiempos de burbuja, pues quizás si es más fácil que traguen. En tiempos difíciles, pues pelearán más. Cualquier operador se debe a sus inversores.

España no puede competir en un mundo globalizado

A buen seguro hemos oído en más de una ocasión que la crisis económica española no tiene remedio alguno, por cuanto no se trata de una crisis coyuntural sino estructural: España no desempeña papel alguno en un mundo globalizado, por lo que está incapacitada para competir, bien con países emergentes como China, Brasil o Turquía, bien con otros más acaudalados y productivos como Canadá, Suiza o Australia. Estamos, suele decirse, en el peor de los dos mundos posibles: ni somos competitivos en coste laboral ni lo somos en productividad de la mano de obra.

Como sucede con muchos razonamientos económicos, a partir de dos o tres observaciones parcialmente ciertas suele construirse unargumento falaz pero en apariencia indisputable. En este caso, las premisas más o menos ciertas desde 2007 han sido:

  1. España tiene que modificar en profundidad un modelo productivo basado excesivamente en el consumo interno, la construcción y el endeudamiento exterior.
     
  2. Ese nuevo modelo productivo lo hemos de encontrar en un mundo cada vez más especializado individual y territorialmente, sobre todo tras la aparición de nuevos y gigantescos centros de producción.
     
  3. España tiene una mano de relativamente obra cara en relación con su productividad.
     
  4. El marco institucional restante de España –electricidad cara, elevados impuestos, barreras institucionales, etc.– tampoco contribuye a que los empresarios encuentren claras oportunidades de negocio.

La conclusión errónea es que España estaba irremediablemente condenada e incapacitada para encontrar su lugar en el mundo y que, en consecuencia, debíamos aislarnos de ese mundo con devaluaciones (en caso de haber sido posibles) o barreras arancelarias.

Tan mercantilistas conclusiones fueron puestas en jaque en el s. XIX por el brillante economista francés Jean Baptiste Say, quien se encargó de demostrar que no es la demanda lo que crea la oferta, sino que es la oferta lo que posibilita la demanda; es decir, que los agentes económicos produzcan cada vez más no implica que irremediablemente alguno de ellos tenga que vender cada vez menos, pues cuanto más produzcan los demás, más ricos se volverán también para ser capaces de demandar más. O, como decía Say: 

No es perjudicial para la industria y la producción nacional que importemos mercancías extranjeras, pues no podemos comprar nada a los extranjeros que no paguemos con productos nacionales que coloquemos en el exterior.

Por supuesto, la introducción del crédito bancario artificialmente barato dentro de la ecuación ralentiza enormemente el ajuste: hoy sí es posible comprar sin pagar de momento (endeudándonos). Pero a largo plazo la Ley de Say se impone inexorablemente: para comprar hemos de vender, y que los demás nos vendan mucho significa que podrán comprarnos mucho.

Así, y pese a todos los grilletes fiscales y regulatorios que atenazan a la economía española, ésta ha sido capaz de incrementar susexportaciones un 20% desde el año 2007 (y un 50% desde el año 2009). Ahora bien, lo llamativo no es tanto la variación agregada de nuestras exportaciones como la descomposición regional con respecto a 2007. Entre los países en desarrollo, vendemos un 150% más a Argelia, un 115% más a Brasil, un 75% más a China y Marruecos y un 65% más a Turquía. Entre los países más ricos y productivos, exportamos un 140% más a Australia, un 115% más a Singapur, un 91% más a Canadá y un 87% más a Suiza. Ciertamente, buena parte de esa mejora puede deberse a un incremento de nuestra competitividad –vía congelación salarial y lenta pero progresiva reestructuración productiva–, mas la mayor parte se debe a algo más simple: como esos países son más ricos que en 2007, también gastan más en el exterior. El error siempre estuvo en creer que China se terminaría convirtiendo en la fábrica de todas las mercancías mundiales: si producen y venden tanto al exterior, inevitablemente tendrán que comprar al exterior aquello que no consumen internamente.

La expansiva riqueza y la competitividad internacionales no suponen una amenaza para España, sino nuestra tabla de salvación. No hemos de desear un hundimiento de las economías emergentes, para ver si de ese modo somos capaces de competir con ellos: al contrario, hemos de desear que se desarrollen lo más rápido posible para que así pasen a comprarnos muchas más mercancías. Como también explicó Say:

Cualquier individuo está interesado en la prosperidad general, pues el éxito de una rama de la industria promociona el éxito de las restantes.

No nos centremos tanto en ver cómo metemos el dedo en el ojo a los extranjeros y prestemos más atención en no tirar piedras contra nuestro propio tejado: hemos de avanzar mucho más rápido en elreajuste productivo y financiero de nuestra economía, y para eso necesitamos mercados mucho más libres y administraciones (e impuestos) mucho más pequeños. Cuánto mayor sería el impulso a nuestras exportaciones si su mejora no procediera solamente de que los extranjeros, al ser más ricos, tienden a consumir un poco más de todo, sino a que estuvieran especialmente interesados en adquirirnos productos específicos de alto valor añadido. Pero para ello hay que fabricarlos, y para fabricarlos hay que completar una excesivamente lenta reorganización productiva. La recuperación podría haber sido muy rápida si nuestros políticos no se hubiesen empeñado en eternizarla y en conjuntarla con todo tipo de incertidumbres extremas (como la suspensión de pagos o la ruptura del euro), cuyo único propósito era evitar pinchar la burbuja del sector público. Esperemos que sus intromisiones no pesen más que la creciente prosperidad exterior, que está tirando de nuestro anquilosado carro.

¡Libertad de horarios comerciales ya!

El director general de Comercio de Canarias, Gustavo Matos, en una entrevista concedida a un diario local dice que «el debate de la liberalización de horarios es de otra época, cuando había renta disponible y no teníamos horas para comprar». Además, asegura que «es un cuento que no beneficia al consumidor, a medio o largo plazo, por el impacto que podría tener esta medida en la red del mediano y pequeño comercio».

Si el debate de la liberalización de los horarios comerciales es de otra época o no es algo en lo que el señor Matos no debería intervenir. Es a los empresarios y a los consumidores a quienes les toca decidir cuándo intercambiar sus bienes y servicios. Sin lugar a dudas, esta es la primera lección que debería aprender un director general de comercio que se precie antes de tomar posesión de su cargo.

Es erróneo pensar que la libertad sólo beneficia a unos pocos, pues cuando los intercambios se producen de forma voluntaria todas las partes salen ganando. Si un comerciante decide abrir su tienda un domingo a las tres de la madrugada es porque existen suficientes personas dispuestas a pagar —probablemente, más que a otras horas— por el servicio ofrecido.

Por esta razón, lo que sí es un cuento es decir que la liberalización de horarios no beneficia al consumidor, pues precisamente el no estar establecida no sólo perjudica a los empresarios que ven una oportunidad de negocio, sino también a los consumidores, que no pueden ver satisfechas sus necesidades.

Lo que no es de recibo y a la vez que asombroso, es afirmar que la libertad puede perjudicar a los empresarios del pequeño y mediano comercio. La libertad no es mala para ellos y buena para los grandes, es mala para los no competitivos, es decir para aquellos que no satisfacen las necesidades de los consumidores.

Precisamente, ha sido esta rigidez de horarios una de las principales causas de que haya cerrado una cantidad enorme de pequeños comercios en Canarias.

Sucede que estos no han podido competir con las grandes superficies en horarios en los que el consumidor prefiere ir a comprar en la pequeña tienda de su barrio a poca distancia de su domicilio que tener que desplazarse hasta una gran superficie.

Por el contrario, las poblaciones que han liberalizado los horarios comerciales, como Madrid, no sólo han beneficiado al pequeño comercio sino también al consumidor.

Por todo ello, las palabras del socialista Gustavo Matos parecen dichas por una persona que no entiende las virtudes de la libertad y que no está preocupado por los empresarios y consumidores canarios.

Sindicatos progresistas y sindicatos reaccionarios

Las cinco semanas de paro sanitario madrileño, las reiteradas huelgas en el sector del transporte y tantas otras que se vienen sucediendo ininterrumpidamente son manifestaciones del uso abusivo del derecho a huelga que hacen los sindicatos españoles, especialmente aquellos que agrupan a los funcionarios.

Se apropian del espacio y las instituciones públicas porque creen que les pertenecen, y utilizan a los ciudadanos como rehenes para defender los privilegios de que goza. Buscan con la fuerza impedir todo cambio, cueste lo que cueste. Así son los sindicatos: reaccionarios y con gran capacidad de hacer daño a los españoles y a España.

Desde una perspectiva europea, los sindicatos españoles se han quedado atrás y siguen en la lucha egoísta por la defensa de los privilegios de la minoría de trabajadores a la que representan. A diferencia de ellos, hace ya varios años que sus colegas en diversos países europeos han venido mostrando una actitud progresista y no reaccionaria: en vez de tratar de obstaculizarlo, se han sumado al cambio.

En Alemania el Gobierno federal y los länder acordaron en 2005 junto con los sindicatos una reforma para instaurar horarios flexibles y un sistema de retribución basado en el rendimiento y la experiencia; dos años más tarde se aprobó el sistema de pago por objetivos. En Finlandia, en los últimos ocho años se han desarrollado más de 200 proyectos centrados en aumentar la productividad de los trabajadores públicos, cuyo número se ha reducido. En Holanda, a partir de las reformas introducidas en 2008, que favorecieron la movilidad y flexibilidad de los funcionarios, las condiciones laborales en los sectores público y privado son ya muy parecidas. También tiene interés la reforma italiana de 2009, que ha permitido, entre otras cosas, el despido de funcionarios absentistas.

En España, el problema no es que sobren empleados públicos, es decir, trabajadores remunerados por las Administraciones para cumplir diversas labores necesarias. No, el problema es que muchos de ellos disfrutan de unos privilegios que los separan del resto de los trabajadores y les confieren una seguridad laboral dañina. Suecia tiene muchos más empleados públicos per cápita que España, pero se rigen por las mismas leyes laborales que los demás trabajadores: ni médicos, ni enfermeras ni profesores son funcionarios con empleos vitalicios y otras prebendas.

Las grandes reformas del sector público sueco durante la crisis de los años 90 se caracterizaron por el paso del monopolio estatal en el ámbito de la sanidad, la educación y los cuidados a la gestión de colaboración público-privada. Estos cambios se lograron sin huelgas ni encierros, sino con el apoyo de los sindicatos mayoritarios y un gran acuerdo político. La reacción de los sindicatos suecos no fue la de atrincherarse en defensa del statu quo, como hacen los sindicatos españoles. No. Fue ejemplar. En los años más criticos de la crisis sueca (de 1991 a 1994), el promedio anual de huelgas fue de 22, mientras que en los cuatro años anteriores fue de 119.

Veamos qué se puede leer hoy por hoy en las páginas web de las asociaciones sindicales suecas en relación a la gestión pública-privada (con o sin ánimo de lucro) en áreas como la educación y la sanidad.

Para el Sindicato de Maestros (Lärarförbundet), lo importante es que tanto los maestros como los estudiantes tengan las mismas oportunidades para desarrollar su trabajo, independientemente de si la escuela está gestionada de forma privada o pública.

El Sindicato de Maestros acoge con satisfacción el hecho de que haya escuelas con enfoques pedagógicos y perfiles diferentes, porque lo que determina si una escuela es buena o mala no es quién ostenta la gestión, sino las condiciones que profesores y alumnos tienen para desarrollar su labor.

También consideran clave que estas condiciones se apliquen

a todas las escuelas, independientemente de su ubicación geográfica.

Por su parte, la Asociación de Trabajadores de la Salud (Vårdförbundet) opina que la libertad de elección es "buena":

El sistema de libertad de elección debe ofrecer una pluralidad de alternativas sanitarias, entre las cuales se pueda elegir. Debe ser posible comparar los proveedores de una manera objetiva, y debe ser posible elegir distintos tipos de sanidad.

Finalmente, la Asociación de Médicos (Läkarförbundet) sostiene:

La competencia y la pluralidad de proveedores son buenas no solo para los ciudadanos y los pacientes, sino para la profesión médica.

El acuerdo político respecto de las profundas reformas que dieron paso a la competencia y la libertad de elección en una gran parte de los servicios de responsabilidad pública fue tan amplio que el entonces primer ministro socialdemócrata sueco, Göran Persson, llegó a decir: "No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones". A años luz de los socialistas españoles y su retórica oportunista y reaccionaria.

Los líderes sindicales españoles están anclados en el pasado. Tratan de aterrorizar a la ciudadanía con el espectro de la privatización y se arrogan el derecho de privar a la gente de ejercer plenamente su pleno a la educación o la sanidad. Si de verdad les interesasen España y los españoles, deberían aprender de sus colegas del norte, que por algo viven en países realmente solidarios, dinámicos y con sistemas de bienestar modernos y sostenibles.

ideasyanalisis.wordpress.com

Tres generaciones de Value Investors: Graham, Buffett y Paramés

Los inversores en valor (value investors) actuales estarían formando la tercera generación de esta genial estirpe: si en la primera destaca su fundador, Benjamin Graham, en la segunda su máximo exponente es Warren Buffett, mientras que en la tercera tendríamos a Joel Greenblatt y a Francisco García Paramés, por citar sólo dos.

Sin la menor duda, de una generación a otra el enfoque necesariamente se ha visto alterado. Se han incorporado nuevas formas de invertir, a primera vista no muy compatibles con las anteriores y, sin embargo, todas ellas conviviendo bajo el mismo paraguas del value investing.

Los inversores aquí englobados han obtenido rentabilidades de dos dígitos durante periodos de tiempo muy largos. Han hecho del análisis fundamental (conocimiento profundo de los negocios y los sectores) su brújula, en lugar de fijarse en los vaivenes de las cotizaciones, las noticias de corto plazo o los sentimientos de mercado. Con todo, un análisis más sosegado dificulta encontrar muchos más puntos en común entres las distintas estrategias empleadas.

Fijémonos en algunos ejemplos. Bestinver, desde la crisis del 2007,ha modificado su filosofía inversora, excluyendo prácticamente todo lo que no sea una combinación de máxima calidad con finanzas sólidas, mientras que antes de esta fecha invertía en un espectro más amplio de negocios si el precio era atractivo. Otro ejemplo nos lo ofrece Peter Lynch, quien, en un año, llegó a tener en su fondo Fidelity Magellan muchos centenares de acciones distintas en cartera. ¿Quiere esto decir que Bestinver no ha seguido el value investment hasta hace cinco años o que Lynch no era unvalue investor?

Por otro lado, bien es sabido que Benjamin Graham, el patriarca que da nombre a esta escuela de inversores, ponía el foco muchas veces en el valor liquidativo de empresas en dificultades (¿dónde queda la calidad del proyecto?), adquiriendo aquellos negocios con patrimonio neto líquido muy superior a su cotización.

Cabe, pues, concluir que si el value investing no es un cajón de sastre, todas las estrategias que enumeramos a continuación tienen que tener algo en común.

  • W. Buffett o Bestinver post 2007: compañías con fuerte posición competitiva y finanzas sólidas, siendo negocios sencillos de entender y de gestionar, cuyas acciones se encuentren a buen precio. Hallamos ejemplos históricos en Coca Cola, Schindler, Procter&Gamble o American Express.
  • Philip Fisher: empresas tecnológicas de crecimiento, siendo éstas de la máxima calidad, pero en mercados, por tanto, no tan maduros como los anteriores. Entre las compañías seleccionadas por Fisher en los 60 estarían Texas Instruments o Motorola. Casos posteriores que entrarían cronológicamente en esta categoría serían Intel, Google o Apple.
  • P. Lynch: empresas en crecimiento a precio razonable a través de la réplica de un modelo que ha funcionado en un mercado local. Sería el caso por ejemplo de cadenas o franquicias de retailing, hostelería, hoteles, etc. Lynch se llenó las manos de dólares con LaQuinta (moteles de carretera de un nivel medio). Otros casos serían los de McDonalds, Inditex, Starbucks, Gap o Wal Mart.
  • Kenneth Fisher: cíclicas con su cotización hundida en los finales de la fase recesiva, con fuerte apalancamiento operativo y posición financiera saneada. K. Fisher fue quien introdujo el price sales ratio como mejor aproximación para la detección de estas compañías. También coincidiría con otra de las estrategias de Lynch (quien prácticamente las empleó todas…). Ejemplos: "nuestro" Terex, Wells Fargo (Bruce Berkowitz a principios de los 90), Jefferies adquirida recientemente por Leukadia…
  • Martin Whitman: oportunidades de asset conversion a través de operaciones corporativas tipo spin-offs, recapitalizaciones, apalancamientos, inversores activistas, etc. Además de Whitman, esta estrategia correspondería con las bazas ocultas de Peter Lynch. También Joel Greenblatt la trata en su You can be a Stock Market Genius.
  • Jim Rogers o John Templeton: invertir aprovechando el fuerte crecimiento de países emergentes que abrazan el mercado, vacunados contra la inoperancia de sistemas económicos autárquicos, inflacionistas y socializantes.

Nuestra tesis es que hay unos elementos comunes detrás de la amalgama de formas de invertir que se acaban de apuntar. A saber:

  1. Disponer de un método de valoración bien afinado (basado, como se ha dicho, en el análisis fundamental y en la inclusión de factores tangibles e intangibles) para, en cada una de esas situaciones, descubrir un fair value o precio objetivo. En este sentido, se aceptarían múltiplos para empresas de calidad o crecimiento bastante superiores a los casos de asset conversion o de cíclicas.
  1. Aplicar un margen de seguridad o descuento sobre ese fair value para decidir el precio de compra. El margen de seguridad será tanto mayor cuanto menor sea la calidad del negocio o más incertidumbres se enfrenten.

Eso es lo más fundamental. Únanse a ello buenas dosis de paciencia para esperar las oportunidades de compra, mucho estudio para conocer bien negocios e industrias y estómago para aguantar la volatilidad del mercado y las caídas que con seguridad se producirán en uno u otro momento en el valor de mercado de la cartera.

Una década de petróleo barato

Lejos están ya los tiempos en los que el barril de petróleo Texas se vendía a casi 150 dólares. El 14 de julio de 2008 el barril alcanzó su máximo histórico situando el precio del crudo WTI en unos insoportables 145,1 dólares por barril. A partir de ese momento el precio del crudo empezó a descender, primero tímidamente y, a raíz de la quiebra de Lehman Brothers y el posterior derrumbe bursátil, de un modo radical.

Seis meses más tarde, en enero de 2009 el barril había bajado hasta el umbral de los 40 dólares. El respiro duró poco. El petróleo volvió a subir, aunque no de manera tan pronunciada. Desde hace tres años el precio del barril de referencia en Estados Unidos se sitúa en la franja comprendida entre los 80 y los 100 dólares. Ahora bien, todo indica que, conforme avance la presente década el precio del petróleo irá descendiendo paulatinamente.

Una perspectiva que comparten casi todos los especialistas en esta materia prima.

EEUU, más petróleo que nunca

El primero de los indicadores que invitan al optimismo es la producción en Estados Unidos, que no hace sino aumentar desde años. Las nuevas reservas descubiertas y, sobre todo, tecnologías de extracción como la fracturación hidráulica que hace veinte años eran impensables, van a convertir al gigante americano en un país autosuficiente desde un punto de vista energético en cuestión de pocos años. Los expertos creen que, para 2020, esta autosuficiencia petrolera se habrá alcanzado.

No es un trecho demasiado largo el que le separa de este autoabastecimiento. En 2012 Estados Unidos extrajo el 83% del petróleo que consumió, un porcentaje de autosuficiencia petrolera que no se daba desde hace más de 20 años. Si la producción sigue aumentando a este ritmo, dentro de sólo siete años Estados Unidos extraerá de la tierra más crudo que Arabia Saudí. Las implicaciones globales de esto último son de primera magnitud.

Si la economía norteamericana no necesita importar petróleo de Oriente Medio el equilibrio de poder en la región se alterará sustancialmente en tanto que el papel de Washington tenderá a disminuir. Eso significa menos intervenciones militares y, por ende, menos gasto. El coste de la guerra de Irak desde 2003 supera ya a los 800.000 millones de dólares, una cantidad que aumenta cada día y pasa a engrosar la billonaria deuda pública americana.

La producción mundial aumenta

El aumento en la producción de crudo de Estados Unidos contribuye al que se registra a nivel mundial cada año. Desde 2010 se extrae más petróleo cada año. En 2011 se extrajeron más de 72 millones de barriles al día frente a los 66 millones y medio que se extrajeron en 2001. Para 2020 se calcula que se extraerán 110 millones de barriles diarios, justo el doble que en 1987. Que cada vez se extraiga más petróleo no debería ser noticia. La industria petrolera gana en eficiencia cada año y la carestía de la última década ha provocado que se saque más petróleo que nunca.

Entre 1991 y 2011 la producción de petróleo mundial aumentó un 21%. Lo que también ha crecido, y mucho, es su consumo en ese mismo periodo, básicamente por la incorporación de China al mercado mundial y el espectacular crecimiento de economías que permanecían estancadas como la de la India.

China ralentiza su economía… y su consumo

Y es aquí donde entra la segunda parte de la ecuación. El gigante asiático ha pasado de consumir unos dos millones de barriles al día en 1990 a consumir más de nueve millones en 2011, un incremento del 350%.

¿Puede mantenerse este incremento indefinidamente? Definitivamente no. Los especialistas creen que China demandará menos materias primas en los próximos diez años. El FMI, sin ir más lejos, es de la opinión que las sobreinversiones chinas en infraestructuras e inmuebles tocarán a su fin más pronto que tarde. A fin de cuentas no se puede levantar una ciudad nueva todos los años simplemente porque llega un momento en que nadie la demanda.

En los últimos diez años las autoridades chinas han potenciado un modelo de crecimiento basado en el desarrollismo a gran escala. El país se ha llenado de autopistas, ferrocarriles, puentes, presas, puertos, centrales eléctricas y un largo etcétera de infraestructuras que, una vez terminadas, no exigen nuevas y costosas inversiones. La nueva China, por resumirlo de un modo sencillo, estará “concluida” durante esta década.

El Gobierno puede seguir alentando la construcción de nuevas infraestructuras y de nuevos barrios residenciales plagados de rascacielos en sus gigantescas ciudades, pero entonces tendrá que sufrir en carne propia la ley de los rendimientos decrecientes. El coste de cada nueva infraestructura tenderá a ser mayor que el beneficio que de ella se obtenga.

China seguirá creciendo, eso es prácticamente seguro, pero de otro modo necesariamente menos intenso en consumo de materias primas. Eso es una buena noticia para todos. Para los chinos porque entrarán en una fase de desarrollo más sofisticada, y para el resto del mundo porque la energía barata es un requisito imprescindible para que la alicaída e hiperendeudada economía mundial termine levantando el vuelo tras varios años de incertidumbre.

James Buchanan y los límites del poder político

 A los 93 años, nos ha dejado uno de los pensadores más originales, rigurosos y liberales del s. XX: el premio Nobel de Economía James Buchanan. Acaso la falta de perspectiva nos impida ponderar adecuadamente la pérdida, pero me atrevería a decir que hoy ha muerto un gigante intelectual que, en materia de teoría política, está a la altura, si no por encima, de Friedrich Hayek.

La principal contribución de Buchanan fue ofrecernos algo que los liberales, quizá por una mezcla de desinterés y repugnancia, no están muy habituados a hacer: un análisis económico (o mejor dicho, praxeológico) del origen, la naturaleza y el funcionamiento del Estado al objeto de, posteriormente, estudiar cuáles son los mecanismos más efectivos para limitar su poder.

El punto de partida de Buchanan, sobre el que desarrolla buena parte de sus ideas, es que la acción individual no es más eficiente en todos los campos del mercado. En ocasiones es menester actuar de manera colectiva y coordinada para minimizar los costes de la convivencia social (las externalidades que las acciones de unos acarrean sobre los demás) o para producir determinados bienes que nos benefician a todos y que son difícilmente divisibles (el alumbrado público, por ejemplo). En tales supuestos, una cierta acción colectiva se impone como necesaria, y en los avatares de esa acción colectiva es donde Buchanan coloca su justificación del Estado: habrá decisiones colectivas que los distintos individuos puedan alcanzar mediante acuerdos voluntarios (comunidades de vecinos, por ejemplo), pero habrá otras que, debido al enorme número de personas implicadas, habrá que tomar sin que todas ellas puedan estar de acuerdo, esto es, habrá que abandonar el principio de unanimidad que rige en un mercado libre y pasar al principio mayoritario.

Sin embargo, es aquí precisamente comienzan los problemas: "Por definición, la regla mayoritaria implica el gobierno de la mayoría, esto es, el gobierno sobre la minoría, la cual es coaccionada para aceptar decisiones que sus miembros no desean". Buchanan no idealiza al Estado como una suerte de acuerdo social voluntario y pacífico donde todos sus miembros alcanzan un idéntico nirvana de felicidad con la búsqueda de un abstracto bien común: al contrario, en su libro Los límites de la libertad describe perfectamente cómo los Estados surgen, en su etapa preconstitucional, de la depredación, la guerra, la dominación y la esclavización de los fuertes sobre los débiles, quienes terminan rindiéndose y cediendo parcelas de su propiedad y de sus libertades a un ente parasitario superior –el Estado– para que, en todo lo restante, les deje vivir:

El acuerdo que pone fin a las hostilidades puede ser similar a un contrato de esclavitud, donde el débil acepta producir bienes para el fuerte a cambio de que le permita retener algo por encima del nivel de subsistencia.

Siendo ése el origen del Estado, no es de extrañar que Buchanan muestre su preocupación acerca de cómo limitar el Estado para que éste no se convierta en un rodillo por el que las mayorías, organizadas consciente o inconscientemente en torno a coaliciones espontáneas, las burocracias asentadas y los grupos de presión, exploten a las minorías (el famoso rent seeking). La democracia no es el mecanismo por el que cada cual perseguirá un abstracto bien común –que debería quedar circunscrito a la mejor provisión de esos bienes que requieren de cierta acción colectiva–, sino donde cada individuo tratará de maximizar su bienestar personal a costa de los demás. A evitar este escenario hobbesiano dentro del Estado dedica, precisamente, la obra que le confirió una mayor fama: El cálculo del consentimiento, coescrita con Gordon Tullock. Pero tampoco aquí Buchanan se muestra ingenuamente optimista con la naturaleza del Estado:

Conviene enfatizar que ningún sistema de organización social en el que los hombres puedan actuar libremente puede impedir la explotación del hombre por el hombre o de un grupo por otro grupo.

A lo máximo a lo que aspira Buchanan es a estudiar qué diseño constitucional minimiza los costes de la convivencia social al tiempo que garantiza que la acción colectiva pueda desarrollarse eficientemente (especialmente, entendiendo el rule of law como un bien público que el Estado debe amparar y proveer). Y las conclusiones a las que él y Tullock llegan son las de un sistema parecido al que implantaron los Padres Fundadores en EEUU, pero con controles deliberadamente orientados a evitar el crecimiento del sector público: ámbitos de actuación constitucionalmente muy escasos y delimitados, descentralización administrativa, contrapesos de poderes, limitación normativa del déficit y de la acuñación de moneda o ampliación de los ámbitos de democracia directa en detrimento de la acción política.

No obstante, ni siquiera el propio Buchanan tenía plena confianza en que el Leviatán fuera a mantenerse dentro de sus fronteras sin una continuada revolución constitucional por parte de la ciudadanía para volver a meter en vereda a un Gobierno que por su perversa naturaleza tenderá a crecer. Una revolución constitucionalcontinua que él mismo calificaba de ingenua e improbable, pero no por ello menos necesaria para salvaguardar la libertad y el funcionamiento pacífico de la sociedad. Lo cierto, con todo, es que si esa revolución constitucional continua no puede darse, entonces el Estado se vuelve indeseable; pero, si puede darse, entonces probablemente se vuelva innecesario.

En el fondo, pues, la obra de Buchanan constituye una profunda crítica a la organización política realmente existente. Lejos de idealizar la noble y abnegada tarea del político, del burócrata o del votante, muestra por qué un Estado que no se halle enormemente constreñido degenerará, como decía Bastiat, en un monstruoso mecanismo por el que todo el mundo tratará de vivir a costa de los demás. Sí, los mercados fallan a veces, pero los Gobiernos fallan casi siempre y de formas mucho más devastadoras para la sociedad.

Por fortuna, esta semilla analítica sembrada por Buchanan no ha caído en saco roto: desde que en 1983 se convirtiera en la cabeza más visible de la George Mason University, un nutridísimo grupo de liberales , austriacos y no austriacos, está continuando el camino despejado por él, mejorando y llevando su análisis institucional hacia campos donde las formas de organización coactiva no es que sean pequeñas y limitadas, sino simplemente inexistentes.

Descanse en paz James Buchanan, por sus enormes contribuciones a la libertad en un mundo cada día más necesitado de ellas.