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Escocia, Quebec y la claridad

Durante años, los guías de los autobuses turísticos de dos pisos de Edimburgo explicaban que, cuando Escocia recuperase la independencia, el Parlamento sería un edificio en Calton Hill, la Old Royal High School, de aspecto señorial y, bueno, parlamentario. Sin embargo, en cuanto se supo que finalmente habría necesidad de tener un edificio, el laborista escocés encargado del asunto decidió que lo mejor era construir uno nuevo, que encargaron a un arquitecto catalán. Con toda la intención. La mala intención.

Los nacionalistas escoceses tuvieron como objetivo conseguir el estatus de Cataluña, dado que ellos no disfrutaban de autonomía; y cuando la consiguieron era mucho menor que la catalana. Por las mismas razones, rara vez los catalanes se han puesto como meta ser Escocia. Sin embargo, las tornas han cambiado con el acuerdo alcanzado por David Cameron y el nacionalista Alex Salmond para celebrar en el antiguo reino un referéndum independentista en 2014, cuando se cumplen 700 años de la batalla de Bannockburn, que el australiano Mel Gibson dio a conocer a todo el mundo. Ahora, los catalanes quieren ser escoceses y compartir con ellos algo más que la fama de tacaños.

Antes, el sueño era Quebec. En la provincia canadiense hubo dos referendos por la independencia. El último, en 1995, estuvo a un punto porcentual de lograr su objetivo. Pero hace ya más de una década que la opción independentista se sitúa en los alrededores del 40%, lo que en buena medida explica por qué no se han hecho más intentos. Pero eso es sólo parte de la explicación. También tiene mucho que ver la claridad.

Y es que uno de los trucos de los independentistas es trucar de partida cualquier consulta. Fíjense si no en la engañosa pregunta que Mas quiere plantear en su referéndum:

¿Desea usted que Cataluña sea un nuevo Estado de la UE?

Lo de la Unión Europea es una engañifa, pues eso dependería, claro, de la voluntad de una Cataluña independiente por volver a entrar en aquélla… pero también de los países que ya la conforman, empezando por España. De modo que podría salir el  y que Cataluña se independizara pero no entrara en la UE.

Aun así, la pregunta de Mas resulta prodigiosamente clara si se compara con la que estuvo a punto de triunfar en Quebec:

¿Está usted de acuerdo con que Quebec acceda a la soberanía tras haber efectuado una propuesta formal a Canadá de una nueva forma de asociación económica y política dentro de lo previsto en la ley que se refiere al futuro de Quebec y en el acuerdo firmado el 12 de junio de 1995?

Tras aquello, el Tribunal Supremo canadiense fijó en 1998 las condiciones que debería tener una consulta independentista para ser válida. Los principios rectores serían los de claridad y contundencia. Tanto la pregunta como el resultado habrían de ser claros y contundentes. Para asegurarse de ello, la provincia secesionista y el Gobierno central deberían ponerse de acuerdo tanto en la pregunta como en los votos necesarios para darla por convenientemente respondida.

Le habrá pasado en su comunidad de propietarios. Bueno, quizá no a usted personalmente, pero en todo caso lo habrá oído. Una minoría muy persistente quiere algo. Se le niega en una reunión, se le niega en otra… hasta que al final, en una con un quorum menor, logra su objetivo, aunque sea por un voto; y eso vale más que todas las negativas precedentes. Algo similar podría suceder en este caso. Si el resultado fuera favorable a la independencia sería irreversible; si fuera negativo, habría que seguir votando. Para evitar este problema, en Quebec la mayoría debía ser mayor al 50% para que no hubiera dudas sobre la voluntad secesionista de la ciudadanía. Y para que quedara claro qué votaba cada uno, la pregunta debía ser del tipo: "¿Quiere que Quebec sea un nuevo Estado independiente y separado de Canadá?"; es decir, una pregunta clara y concisa, que no dejara lugar a dudas.

Canadá formalizó esta sentencia en 2000 con la Ley de Claridad, que cristalizaba estas reflexiones en su preámbulo:

El hecho de descartar la posibilidad de entablar una negociación sobre la secesión a menos que ésta cuente con el apoyo de una mayoría clara, y no incierta y frágil, pone de manifiesto que la secesión se considera un acto grave y probablemente irreversible, que afecta a las generaciones futuras y que tiene consecuencias muy importantes para todos los ciudadanos del país que, de ese modo, quedaría escindido. La pregunta formulada en el referéndum también debe ser clara, ya que es evidente que sólo una pregunta que aborde verdaderamente la secesión permitiría saber si los ciudadanos la desean realmente.

La ley establece límites a los posibles textos. Así, estipula que la mayoría que vote sí deberá superar no sólo un porcentaje (a negociar) sobre el total de los votantes, sino sobre el total del censo; que, en caso de tener éxito la secesión, deben asegurarse los derechos de los ciudadanos que no la desean en el nuevo país independiente, así como una división justa de activos comunes –como en el caso de España pueda ser la Seguridad Social–. Desde su aprobación, no se ha intentado celebrar referéndum alguno en Quebec.

El nacionalista Alex Salmond es un político hábil, pero David Cameron no lo ha hecho mal. Ha logrado que sólo se pregunte por la independencia, y que la pregunta sea clara, frente a la pretensión de Salmond, que piensa que para 2014 no habrá una mayoría independentista pero sí una que le permita exigir más autonomía, por eso pretendía colar ambas opciones en la pregunta.

La crisis ha hecho crecer el sentimiento independentista en Cataluña. Sin embargo, no me cabe duda de que una consulta bajo las condiciones establecidas por la Ley de Claridad canadiense fracasaría, especialmente si se celebrara una vez hubiéramos salido de la crisis. En el País Vasco, pese a los previsibles resultados electorales del domingo, seguramente el no tendría aún más fuerza.

Curiosamente, alrededor del 25% de los canadienses está a favor de la expulsión de Quebec. Algunas encuestas sugieren que hay más gente en Inglaterra deseando librarse de los escoceses que independentistas en la bella pero pobre y dependiente región del norte. No he visto que aquí se nos haya preguntado si consideramos que los catalanes no merecen ser españoles. No estaría de más.

Más gasto, más impuestos, menos crecimiento

Ni austeridad, ni equilibrio fiscal, ni contención del déficit, ni crecimiento económico, ni creación de empleo, ni reformas estructurales ni nada que se acerque remotamente al fin de la crisis. Así son los presupuestos que el Gobierno ha vendido como los que nos sacarán del atolladero y servirán de antesala a la recuperación económica. En un momento en el que el Estado gasta casi un 10% de lo que ingreso, a las cabezas pensantes que Rajoy tiene en Moncloa, no se les ocurre mejor idea que aumentar el gasto, y no, precisamente en una minucia insignificante. El Gobierno gastará el año próximo 9.000 millones más que en 2012, un ejercicio en el que el déficit sobrepasará con toda seguridad el 7% y es muy posible que se acerque al 9%. No debemos olvidar que el límite que marca el Acta Única es del 3% y que el Ejecutivo pretendía dejarlo este año en poco más del 4%.

De los buenos propósitos del mes de enero no queda nada. Rajoy y los suyos han decidido morir matando. Los presupuestos que presentaron esta semana Soraya Sáenz de Santamaría, Cristóbal Montoro y Luis de Guindos son el mejor modo que ha encontrado el PP de acelerar un colapso que, a estas alturas, ya es inevitable. Los números de Montoro se condensan en lo siguiente. El gasto crece ligeramente porque no queda ya espacio para recortar más –obsérvese que es el mismo mensaje que Rubalcaba envió hace sólo unos días–, el ingreso, entretanto, aumentará considerablemente, aunque en menor cuantía que los gastos previstos.

Desde un punto de vista contable esto es, simplemente, algo suicida porque, si bien el gasto se puede planificar –y, de hecho se ejecuta con rigurosa puntualidad–, no sucede lo mismo con el ingreso. El ministro de Hacienda, y ya va por su segundo presupuesto, lo fía todo a un aumento de ingresos derivado no de una recuperación del mercado laboral que haga afluir más recursos al Estado, sino de nuevos impuestos. Así, los 4.375 millones extraordinarios que aspira a recaudar Montoro provendrán –siempre según el guión del ministro– de un nuevo impuesto sobre las loterías (2.371 millones), de otro sobre la actualización de balances de las empresas y de uno más en el régimen de tributación de las plusvalías (90 millones). Eso en la parte que toca a nuevos impuestos. El Gobierno ha eliminado las deducciones por amortización de las que se beneficiaban las grandes empresas (2.371 millones), la deducción por compra de vivienda habitual (90 millones) y mantiene la prórroga del Impuesto de Patrimonio (700 millones).

Como puede verse, un rejonazo fiscal a la economía productiva más propio de un Gobierno socialista de los de línea dura que de uno que se dice centro reformista con vocación liberal-conservadora. Ante la gravedad de los hechos, sólo cabe preguntarse por qué hace esto Rajoy, un político que todos tenían por moderado. La respuesta es simple, no está dispuesto a sacrificar ni un solo centímetro más de sector público y para ello no le queda otra que castigar al privado de un modo inmisericorde.

Con estos mimbres el Gobierno, formado ya por pitonisos que creen adivinar el futuro, ha realizado una estimación para el año próximo que llamarla fantasiosa sería poco. Montoro apuesta por que la economía sólo decrezca un 0,5%, cuando los expertos, en el mejor de los casos, triplican esa tasa. Cuenta también con que se toque suelo en lo relativo al desempleo a pesar de que no ha parado de aumentar incluso en el pasado mes de agosto. Es todo absurdo, puro wishful thinking que no tiene más destino que un derrumbe generalizado e incontrolable dentro de unos meses. Porque la realidad será muy otra. El Estado va a recaudar cada vez menos por una razón sencilla: la economía está paralizada y la inversión bate mínimos históricos. Los nuevos impuestos y los ya existentes que Rajoy se ha encargado de subir salvajemente conseguirán justo lo contrario de lo que persiguen como ya ha sucedido este mismo año. No sólo son unos irresponsables sino que, además, no aprenden.

Pero lo fundamental, el elefantiásico tamaño de nuestro Estado no cambia y necesita combustible para seguir funcionando. Llegado el momento, con la recaudación hundida, tendrá que hacer acopio de él a través de nuevas y cada vez más caras emisiones de deuda. Eso hasta que el cuerpo aguante, es decir, hasta que la bancarrota o, en su defecto, el rescate sean inevitables. A eso nos dirigimos raudos y ya no hay vuelta atrás. Rajoy tuvo su oportunidad y la ha desperdiciado. Una lástima.           

La economía del emparejamiento

 El que corta los trozos de la tarta es el último en escoger. Un heredero fija el precio que considera justo, y el otro decide si compra o vende. Son estrategias que contribuyen a que un conjunto de personas tomen decisiones que se acerquen a una idea de justicia, que sean eficaces y que eviten conflictos. Los dos economistas que se han llevado el premio Nobel este año, Lloyd Shapley y Al Roth, no trabajaron estas pequeñas estrategias, sino el diseño de un modelo que permita, en situaciones muy diversas, facilitar que se encuentren la oferta y la demanda. Es el noveno año en el que se otorga este premio a algún teórico que ha hecho contribuciones a lo que se llama teoría de juegos. Lo cual no muestra otra cosa que las preferencias de la academia sueca.

Lloyd Shapley, junto con otro economista, David Gale, propusieronun algoritmo (entre nosotros: un conjunto de instrucciones) que facilitase el encuentro de los oferentes con las preferencias de los demandantes. Lo llamaron algoritmo de la aceptación pospuesta(deferred acceptance algorithm, si lo quiere buscar en inglés). Su mecánica no es complicada. Imaginemos a Shapley y Roth observando a un grupo de hombres y mujeres que buscan emparejarse entre sí. Las mujeres que reciban más ofertas que las que puedan aceptar (nuestros castos economistas dicen que una) no se lanzan a escoger su preferencia, sino que la posponen. Y empiezan por rechazar a los primeros que quieren descartar. Éstos, entonces, hacen nuevas peticiones, dentro de las opciones que les quedan, lo que a varios les llevará (la búsqueda de pareja es así de cruel) a nuevos rechazos. Varios hombres van encontrando a la mujer que más desean dentro de las que les dan su aprobación. Y si alguno queda sin pareja en una primera ronda se hace una segunda, una tercera y las que se tercien. El ejemplo puede ser un poco frívolo, pero se aplica a los portales de búsqueda de pareja.

Gale, cuya salud, que se quebró en 2008, no permitió llevarse el Nobel, y Shapley demostraron en su artículo que este algoritmo lo da una solución en la que un hombre y una mujer preferirían estar juntos antes que con las parejas que han elegido.

Al Roth, un ingeniero que se pasó a la economía sin salir de la teoría de juegos, ha aplicado este algoritmo a la vida real. Por ejemplo, la asignación de plazas de hospital a médicos se empezó a complicar en los años 70 porque aumentaba el número de matrimonios de médicos, que querían encontrar la mejor opción para cada uno de ellos pero dentro de la misma ciudad. También la ha aplicado a la donación de órganos. Hombres o mujeres que donarían un riñón a su pareja, pero que resultan incompatibles. La asignación de plazas de colegios o universidades es otro ámbito al que se ha aplicado.

A eso se le ha llamado diseño de mercados. Los que comparten las mejores ideas sobre la economía desconfían, en primera instancia, de algo que merezca ese nombre. Pero, como decía Henry Hazlitt, hay una planificación pública de la economía, aunque los agentes privados también planifican. Los hallazgos de Lloyd Shapley y Al Roth son un instrumento que puede ser útil al ciudadano para organizar mejor su vida. No necesariamente con la ayuda de la mano muerta del Estado.

La secta socialista de Saint-Simon

 Tras luchar a favor de Estados Unidos al lado de Lafayette en la Guerra de Independencia norteamericana y de beneficiarse de la venta de bienes de la Iglesia durante la Revolución Francesa, se casó sin amor, pero con sentido de la oportunidad, con una escritora que animaba sus reuniones y tenía muchos contactos. Para los científicos de principios del XIX, tener un buen “salón” era la mejor manera de difundir sus ideas y encontrar promotores. No funcionó. Tras el divorcio ella se casó con un barón del ejército ruso y él quedó arruinado.

A partir de 1817, Saint-Simon tuvo como secretario a Auguste Comte, fundador del positivismo y de la sociología. No deja de ser curioso que Comte le dejara en 1824 por los modos aristócratas de quien sería para algunos “el último gentilhomme y el primer socialista”.

Sus ideas abogaban por una sociedad progresista e industrial. Preconizaba el culto a la ciencia, en el más puro sentido religioso, como si Dios hubiese sido sustituido por la ley de la gravedad. Su idea de la sociedad mezclaba dos aspectos fundamentales: el concepto de red, tal y como en aquella época se entendía en biología o anatomía (el sistema nervioso, la circulación sanguínea…) y el impacto de la industrialización. No en vano había estudiado un curso de Física en la Escuela Politécnica de París y biología y fisiología en la Escuela de Medicina.

El progreso humano vendría de la mano de la industria y el Estado. Los hombres se asociarían en total igualdad, sin privilegios. Cada cual podrá subir en la escala social por sus méritos con tal de que su trabajo sirviera de algo y aportara algo a la sociedad.

Murió en 1825 pobre como las ratas. Su familia no fue al cementerio, donde se celebró una pequeña ceremonia civil en la que sus pocos pero acérrimos seguidores (Enfantin, Comte y Olinde Rodrigues entre otros) pronunciaron discursos en su honor.

Estos mismos discípulos fundaron, siguiendo la senda del maestro, una secta, la de los saintsimonianos, de corta vida. A pesar de su trayectoria tan limitada en el tiempo, el alcance del saintsimonismo fue inusitado: el ministro de finanzas Michel Chevalier, el propio emperador Louis Napoleón Bonaparte, los anarquistas colectivistas Fourier y Proudhon, los hermanos y banqueros Perèire entre otros sucumbieron a la influencia de esta nueva doctrina que idealmente llevaría al hombre a su plena realización.

Nunca imaginó Saint-Simon que llegaría a montarse una iglesia en su nombre. Fueron Enfantin y Bazard a propuesta de Rodrigues quienes, el día de Navidad de 1829, en el piso de la calle Monsigny de París, fueron designados como “Padres Supremos, tabernáculos de la Ley suprema”. En esta época de la calle Monsigny la secta alcanzó cierto renombre dentro y fuera de las fronteras de Francia. Pero las cosas se salieron de madre.

Los seguidores de Saint-Simon se decidieron a llevar hasta las últimas consecuencias las ideas del “maestro” y establecieron la secta en Ménilmontant, antes pueblo cercano a París y ahora barrio integrado en la capital de Francia. Vestidos con un hábito o uniforme, compuesto por pantalón blanco, camisa interior blanca con ribete rojo y chaqueta de trabajo azul, se llamaban “hermanos” entre ellos y ponían en práctica las ideas saintsimonianas. Cada día estudiaban astronomía, geología, física, música y geografía con el maestro “padre Enfantin”. Dos veces en semana abrían las puertas de la finca al púbico para que se contagiaran del fervor socialista. Llegaron a visitarla diez mil franceses en un domingo. El misterio de sus rituales y su fama de excéntricos (ganada a pulso) despertaba la curiosidad de los paisanos.

Por descontado, las autoridades francesas, en esos años de revueltas, revoluciones y bullicio ideológico, estaban deseosos de encontrar una razón para desmontar aquella extraña comunidad.

La excusa la encontraron en la defensa del feminismo de esta secta. No solamente vivían en igualdad de condiciones con las mujeres en Ménilmontant sino que además defendían la igualdad de derechos civiles y la libertad sexual de la mujer. La asociación de la idea de mujer libre a mujer pública fue lo que llevó al comisario de Belleville, llamado Maigret, como el famoso comisario de novela negra, a irrumpir en Ménilmontant con cien soldados y detener a cuatro cabecillas en 1832.

Ahí acabó la aventura, pero no el influjo de Saint-Simon. Los mejores ingenieros, banqueros, periodistas y políticos del último tercio del siglo XIX fueron saintsimonianos. La primer mujer que obtuvo el bachillerato en Francia, lo consiguió en 1861 gracias al apoyo de ellos.

A pesar de luchar contra el individualismo ideológico, su búsqueda individual les permitió encumbrarse en puestos de relevancia y fomentar las grandes infraestructuras públicas internacionales, financiadas por una potente banca y alimentadas por el mercado libre, como el Canal de Suez, o el sueño de Michel Chevalier: el ferrocarril transeuropeo. Fue, probablemente, el origen del socialismo mercantilista que domina la Europa actual, inviable sin iniciativa individual, como la que llevó a sus fundadores a establecerse en Ménilmontant o a ayudar a una periodista económica a estudiar bachillerato.

Las inverosímiles cifras de fraude fiscal

Prácticamente todos hemos escuchado en alguna ocasión las sonoras cifras del Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda, Gestha, que hablan de un colosal fraude fiscal en España de 89.000 millones de euros. Las conclusiones de semejante estimación son obvias: si tenemos un déficit de unos 100.000 millones de euros y el fraude fiscal son 90.000… ¡podríamos acabar con el déficit sin bajar el gasto y sin subir impuestos!

Dejando de lado el llamativo hecho de que ni al PP ni al PSOE se les haya ocurrido la fantástica idea de limitarse a combatir el fraude fiscal en lugar de desangrarse electoralmente combatiendo el déficit con subidas de impuestos y anuncios de recortes, la cifra sólo suena verosímil para aquellos que quieran voluntaristamente creérsela, ahorrándose la molestia que supone reconocer que somos más pobres. Tan poco verosímil suena que, la verdad, no sé de dónde sale: no he encontrado un solo estudio de Gestha que aplique un método medianamente riguroso para realizar semejante estimación.

Vayamos, por ejemplo, a este “monográfico” del sindicato. Lo que se dice es: diversos estudios reconocen que la economía sumergida en España es del 23%, si consiguiéramos aflorar esa economía sumergida, se podrían recaudar 90.000 millones. Es decir, si consiguiéramos que esos 230.000 millones de euros “ocultos” salieran a la luz y lo hiciéramos tributar a un tipo medio del 40%, recaudaríamos 90.000 millones.

Para afianzar este sólido e indisputable cálculo, los técnicos remiten a un modelo que han creado de correlación entre PIB y presión fiscal que casualmente solo funciona adecuadamente entre 2003 y 2007 (no le pidan más fiabilidad que cinco años). Los resultados de este modelo cifran el desvío con respecto a la recaudación esperada en unos 50.000 millones en 2008 y 2009; cantidad “cuyo destino previsible ha podido ser la economía sumergida”. Nótese la seguridad con la que se afirman las cosas.

Lo relevante, empero, es que si, siguiendo a la propia Gestha, asumimos que la recaudación que se pierde es el 40% del valor de la actividad que se esconde en la economía sumergida, tendríamos que, de golpe y porrazo, la economía sumergida habría aumentado en 100.000 millones de euros, llevándola hasta el 33% del PIB, es decir, a los niveles de Bulgaria. Sucede, sin embargo, que este brutal aumento de la economía sumergida (que además, dado que la estimación de economía sumergida forma parte del PIB, implicaría que durante la crisis en realidad nuestra economía se habría expandido un 10%) no se observa por ningún lado. Por ejemplo, el economista más reputado a la hora de calcular la economía sumergida es Friedrich Schneider –economista al que, por cierto, Gestha cita recurrentemente (mal) como fuente de autoridad– y en sus estudios estima que la economía sumergida apenas creció un punto entre 2007 y 2008 hasta ubicarse por debajo del 20%.

De hecho, más allá de las cifras gruesas dirigidas a proporcionar carnaza a quienes no quieren afrontar la necesidad de adelgazar nuestro Estado sobredimensionado, ni siquiera los técnicos de Gestha se creen, a la hora de la verdad, sus números. En este reciente documento, “Sí hay alternativa”, los técnicos elaboran sus propuestas prácticas para lograr recaudar 63.000 millones de euros (no 90.000 millones). Y de esos 63.000 millones, sólo 38.000 proceden de luchar contra el fraude fiscal: el resto, 25.000 millones, vienen de nuevas y sangrantes subidas de impuestos.

Las tres grandes partidas, cuya verosimilitud voy a analizar, son las siguientes: reducir 10 puntos la economía sumergida hasta equipararla a la media europea (38.000 millones); subir el impuesto de Sociedades al 35% (14.000 millones); e impuesto sobre transacciones financieras (5.000 millones).

Primero, la media de la economía de la UE-27 no es 10 puntos inferior a la española, sino entre cero y un punto. De hecho, países similares al nuestro (Portugal, Italia o Grecia) tienen una economía sumergida que ya es superior a la española. A medio-largo plazo, podríamos aspirar, como mucho, a reducirla a los niveles de Suecia, es decir, unos cinco puntos, lo que significa que aplicando los cainitas (e irreales) niveles de tributación propuestos por Gestha, el 40% de tipo medio, apenas recaudaríamos 20.000 millones. Si, en cambio, el tipo medio fuera del 30% (algo más realista, aunque probablemente siga siendo demasiado alto), la recaudación sólo sería de 15.000 millones. Por tanto, en el mejor de los supuestos (nos convertimos en Suecia en lo relativo al nivel de cumplimiento de las normas), sólo recaudaríamos entre 15.000 y 20.000 millones por combatir el fraude fiscal (asumiendo que las actividades de la economía sumergida se sigan realizando cuando pasen a ser saqueadas fiscalmente; algo que es mucho suponer), muy lejos de la cifra de 90.000 euros que a tantos les gusta enarbolar y todavía más lejos del déficit de 2011: 100.000 millones. Por cierto, el Gobierno en 2012 ya pronosticaba recaudar unos 10.000 millones de euros luchando contra el fraude fiscal y de momento parece que lo va a lograr, lo que, sin embargo, no le va a permitir ni mucho menos cumplir con los objetivos de déficit para este año.

Como digo, el resto de propuestas de Gestha ya son subidas de impuestos, que sólo machacan más a la economía privada y hunden nuestras posibilidades de recuperación. Pero es que, incluso así, su estimación de recaudación está inflada. La recaudación por Sociedades en 2011 fue de 17.000 millones de euros, estando el tipo en el 30%. ¿De verdad vamos a recaudar 14.000 millones subiéndolo al 35% (nótese que no se tiene en cuenta toda la destrucción de riqueza, empleo y de recaudación derivada de esta subida)? En cuanto a la expectativa de recaudar 5.000 millones del impuesto sobre las transacciones financieras, la referencia que tenemos es la desastrosa de Suecia que es muy parecida a lo que pide Gestha: como mucho se recaudaron 100 millones de coronas frente al cálculo inicial de 1.500 millones.  Vamos, que de estas dos rúbricas Gestha espera recaudar otros 20.000 millones que a buen seguro serían menos de 5.000 (especialmente si tenemos en cuenta los efectos negativos sobre otras fuentes de recaudación).

En total, de casi 60.000 millones, apenas llegaríamos a 20.000 o, siendo generosos, 25.000 millones, cuando el déficit son 100.000 millones. Los muy sustanciales recortes del gasto público que Gestha y el Gobierno del PP se oponen a realizar son, por tanto, inexorables. Pero, ¿por qué Gestha insiste tanto en la necesidad de luchar contra el fraude fiscal? Aparte de la ideología de este sindicato, claramente poco amigable con el libre mercado, la lógica de las burocracias nos indica que éstas tienden a tratar de crecer y enriquecer a sus miembros. ¿Es esto aplicable a Gestha? Totalmente. Nos basta con ir a su programa político para descubrir cuál es la primera medida que propone el sindicato para lograr reducir el enorme fraude fiscal de España: “La primera prioridad pasa por corregir las deficiencias organizativas que generan una profunda desproporción salarial y de falta de expectativas profesionales para una mayoría de sus trabajadores, principal causa de desmotivación personal y deterioro del clima laboral”. No es casualidad: la misma obsesión aparece en casi todos sus informes (aquí, en las páginas 22 a 26; o aquí, en la página 9).

El distorsionado mensaje final que llega a la sociedad (y de ella, a los políticos) es que si España quiere reducir el déficit de su sector público sin necesidad de bajar el gasto o subir impuestos… sólo tiene que subirles el sueldo a los técnicos del Ministerio de Hacienda (cuyos intereses, vaya por dónde, Gestha defiende). Vamos, un lobby como cualquier otro cabildeando a los gobernantes inflando las cifras que manejan y haciendo creer a la ciudadanía que los intereses del lobby son los mismos que los de la sociedad. Luego, a la hora de la verdad descubrimos que la recaudación adicional por lucha contra el fraude apenas asciende a una diminuta fracción del déficit total y que el resto de recaudación ha de venir de salvajes subidas impositivas. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas: es justo lo que está haciendo y manifestando el Gobierno del PP con nulos resultados.

Un país de pijoflautas

El reciente auto del juez Pedraz justificando las algaradas infantiles de los que querían acabar con la democracia ha sorprendido sólo por su procedencia, no porque el contenido difiera de lo que piensa la parte más numerosa de los españoles, que es, como ocurre en los países civilizados, justamente la que no paga impuestos.
Es éste último un dato capital, porque el pensamiento pijoflauta del que hizo gala el juez de la Audiencia, quintaesenciando el sentir popular, exige para ser coherente que el sujeto esté a salvo de las medidas que apoya simbólicamente o pregona con violencia, pues en caso contrario no sería pijoflauta sino directamente gilipollas. Que son dos condiciones compatibles, está claro, pero, viendo las imágenes de sus intentos de asalto al congreso, no parecía que entre la multitud más activa hubiera muchos tontos de baba.

Estos movimientos naif de radicalismo arcaizante que pretenden refundar la democracia se componen básicamente de jóvenes desoficiados y, en mucha menor medida, de jubilatas. Los primeros ya no reciben el justiprecio de su vagancia que las familias y un estado providente les facilitaban en el pasado, y los segundos entienden que, con jóvenes de por medio, las protestas no sólo son más entretenidas que pasar la mañana viendo las obras del metro, sino un ejercicio rejuvenecedor, y encima si tienes suerte igual hasta ves alguna teta.

¿Qué tienen en común estos dos grupos humanos, núcleo duro de los movimientos alterdemocráticos? ¡Exacto! Ni unos ni otros pagan impuestos. Es cierto que junto a ellos aparecen personas de mediana edad llevadas a extremos de desesperación a consecuencia de la crisis, pero su protesta sincera difiere en que quieren un puesto de trabajo, no implantar el socialismo para que todo seagratis, como defienden los que manejan el cotarro.

El pijoflauta hace suyo el discurso que, hasta que comenzó la crisis, era patrimonio del perroflauta avant la lettre, mucho más respetable porque conduce su vida de acuerdo a lo que proclama. En cambio, durante las acampadas de la Puerta del Sol, el año pasado, ya podía verse a cientos de jóvenes de familias bien que estaban allí simplemente porque aquello tan colorido y populoso les parecía superfuerte, tía, o sea. Superado aquel sarampión madrileño, y a falta de saber si las hordas neodemocráticas podrán culminar este otoño con éxito su intento de remedar al general Pavía, la ciudad más pijoflauta de España, y probablemente del mundo, es Barcelona. Allí los perroflautas uniformados incendian el material urbano y se enfrentan a la policía, mientras una legión de pijoflautas, formada por la clase media ilustrada, con trabajos altamente remunerados y altos impuestos –lo que resulta ya delirante–, les aplaude y anima desde las ventanas de sus despachos de lujo. En todos los sitios pasan cosas parecidas, pero las escenas de combate de los indignados de Barcelona están todavía muy lejos de ser superadas.

Localismos al margen, la exigencia transversal de este movimiento es que se ponga fin de una vez a las reducciones de gasto público; quieren que el Estado mantenga todos los servicios gratuitos (sic) y dedique mucho más a ayudar directamente a los necesitados –entre los que se incluyen, obviamente–, en lugar de reducir el déficit, como demandan Bruselas, el BCE, el FMI y demás lacayos del capitalismo de obediencia talmúdica.

Si se eliminan los recortes presupuestarios y el Estado tiene que gastar todavía más de lo que lo hace, ¿cuál es la consecuencia lógica? Pues una subida brutal de impuestos. Claro, que a los promotores del pijoflautismo, como es natural, eso no les afecta.

Lo más raro de todo este asunto es que le tengan tanto odio a Rajoy, que si por algo se está caracterizando es por hacer precisamente lo que el indignado exige en sus proclamas: pocos recortes y muchos impuestos. El día que hagan su primera declaración de la renta, a muchos de estos pijoflautas se les caerá la cara de vergüenza. Eso sí que va a ser superfuerte, tíos. O sea.

Fascismo en el ambiente

Este martes tendrá lugar el acto más transparente y genuinamente fascista en muchos, muchos años. "Ocupa el Congreso", se llama, y el llamamiento que publicaron sus promotores en Facebook es revelador:

El próximo 25 de septiembre se llegará a Madrid de forma masiva desde todas partes de España, con el fin de rodear el Congreso de los Diputados y permanecer allí de forma indefinida, hasta conseguir la disolución de las cortes y la apertura de un proceso constituyente para la redacción de una nueva constitución, esta vez sí, la de un estado democrático.

En definitiva, que la ley de la turba sustituya a las urnas es lo que piden estos camisas negras con su intento de reeditar la Marcha sobre Roma. Pero tanto la convocatoria como la simpatía con que se acogen muchas de las reivindicaciones de estos iluminados –que, encima, creen estar luchando contra el fascismo– revelan mucho, y muy malo, de la sociedad española.

No cabe duda de que solucionar los peores errores de la Carta Magna es una exigencia de muchos españoles de diversas ideologías. Acabar con la partitocracia y cerrar el sistema autonómico son quizá las reclamaciones más repetidas a lo largo de los años, y de ellas ha hecho bandera UPyD. Pero cambiar la Constitución no solucionará la crisis, y menos si se hiciera en el sentido esencialmente fascista que proponen los de Ocupa el Congreso.

El español medio cree que el Estado debe resolver sus problemas. Da lo mismo la razón que dé sobre las causas de la crisis, da lo mismo que eche la culpa a los mercados o a los políticos, o a ambos: la solución siempre consiste en que los gobiernos hagan lo que deben y solucionen, no se sabe muy bien cómo, todos los problemas. Si no lo hacen, si no lo han hecho ya, es porque están compuestos por sinvergüenzas.

Muchos españoles viven la política con ese abandono que tan bien cristalizaron Los del Río allá en el Pleistoceno, o 2005, cuando se discutía la aprobación de la Constitución Europea: "Si lo apoyan los políticos más importantes, tanto de izquierdas como de derechas, nosotros por qué vamos a decir que no, si no la hemos leído". Si ni los políticos más importantes, tanto los de izquierdas como los de derechas, han logrado sacarnos de la crisis, la solución debe ser quitarlos de en medio. Y como hemos votado tanto a unos como a otros mayoritariamente, entonces es que igual la democracia está mal. Y como tiene que estar bien, entonces es que nuestro país no es democrático.

Pero lo que está sucediendo es resultado de la voluntad de los españoles. Somos nosotros quienes nos hemos creído que tenemos derecho a que el Estado nos dé tal o cual cosa. Somos nosotros quienes hemos votado a los políticos que nos prometían más regalos con nuestro dinero. Somos nosotros los que nos hemos comprado pisos a precios muy por encima de lo que podíamos pagar. Nadie nos puso una pistola en la cabeza para que firmáramos la hipoteca. Tampoco para meter la papeleta en la urna, excepción hecha de ciertas zonas del País Vasco, claro. Somos nosotros quienes hemos pensado que podíamos vivir a costa de todos los demás.

Sí, es cierto que los políticos han realimentado este bucle que no hacía sino darles más y más poder. El problema es que, en su posición, el españolito medio habría hecho exactamente lo mismo. Pero ahora no tenemos trabajo, se nos acaban los subsidios y en la familia hay pocos que puedan ayudarnos. El Estado, como siempre, promete en tiempos de bonanza lo que no necesitamos y nos lo niega cuando nos hace falta, porque nunca tuvo recursos para garantizárnoslo en tiempos de crisis.

Los españoles estamos preparados para abrazarnos a un líder que nos dé lo que no puede dar nadie: prosperidad para todos a cambio de, bah, la democracia, las libertades, la propiedad privada, el Estado de Derecho y todas esas convenciones burguesas. Manteniendo, como Chávez en Venezuela, la ficción de que siguen en pie. Al fin y al cabo, la democracia no funciona porque los políticos electos no nos solucionan la vida, las libertades y la propiedad (de los demás) son un estorbo cuando impiden que el Estado me dé lo que quiero y el Estado de Derecho deja que la ley se interponga en la Justicia. Da lo mismo si los banqueros públicos que gobernaban las cajas no incumplieron las leyes, o si los políticos que despilfarraron lo hicieron legalmente y con el aplauso de los votantes: deben acabar en la cárcel igualmente.

Estamos preparados. Sólo unos españoles tan españolazos como los catalanes han tenido en la independencia la causa populista que solucione sus males, aunque no lo haga. El resto de los españoles esperamos nuestro líder y nuestra causa. Sólo puedo dar gracias por que aún no haya llegado.

Y el barco se hundió

Hace ya meses que los inversores internacionales no conceden más crédito al sector público, ante la evidencia de que la clase política no está dispuesta a ajustar el sobredimensionado entramado público a su nivel real de ingresos fiscales. De hecho, desde finales del pasado año, y gracias a las inyecciones extraordinarias de liquidez concedidas por el Banco Central Europeo (BCE), los agentes foráneos han reducido su exposición a España de forma sustancial en detrimento de los bancos españoles, que han hecho justo lo contrario. Pero el balón de oxígeno concedido por Draghi hasta el pasado abril fue desaprovechado de manera irresponsable por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, más preocupado por las citas electorales y las encuestas que por el bienestar de los españoles. Los Presupuestos de 2012 eran su última oportunidad, y la desperdició.

Los datos no arrojan lugar a dudas. El conjunto del sector público registró el pasado año un déficit del 9,44% del PIB, apenas 1.000 millones de euros menos que en 2010, de forma que siguió gastando cerca de 100.000 millones más de lo que ingresó. La evolución del déficit hasta el primer semestre de 2012 tampoco muestra el menor signo de mejoría, tras situarse en el 8,56% del PIB semestral (4,3% anual), cuando el objetivo fijado por Bruselas es del 6,3%. El propio Gobierno ya admite que el ejercicio cerrará con un descuadre fiscal del 7,4%, y eso en el mejor de los casos.

Si a todo ello se añaden unos Presupuestos para 2013 en los que el gasto público, lejos de retroceder, crece otro 5,5% interanual –de 362.065 a 382.048 millones–, el resultado no puede ser más descorazonador. Rajoy y su equipo han claudicado antes siquiera de intentar hacer los deberes. La imprescindible austeridad pública sigue siendo un mito o, lo que es peor, una farsa, un cuento, una vergonzosa mentira de cara a la opinión pública. El diagnóstico del PP es completamente errado. El Ejecutivo ha intentado reducir la brecha fiscal que arrastra al Estado hacia la insolvencia a base de subir impuestos, exprimiendo aún más a individuos y empresas, en un vano intento por recuperar el nivel de ingresos propio de la burbuja crediticia que tuvo lugar hasta 2007, sin percatarse de que tal recaudación era pura ficción, al igual que la ilusoria riqueza inmobiliaria de los españoles.

Diagnóstico errado, resultado catastrófico. El enfermo ya ha entrado en coma irreversible, está clínicamente muerto, a la espera de una inyección de adrenalina por parte de las autoridades comunitarias en forma de rescate soberano y compra de deuda. Este escenario,previsible desde 2009, ya es tan sólo cuestión de días, quizá semanas. España será rescatada y tutelada directamente por Bruselas, siempre y cuando así lo decida Alemania –la que pone el dinero–. España ya no depende de sí misma, sino de las autoridades europeas. Se abre, pues, un nuevo escenario. Sin embargo, incluso con rescate de por medio, seguiremos rumbo al despeñadero hasta que no emprendamos una reforma drástica del sector público. Es decir, el debate sobre el rescate está próximo a su fin, no así la quiebra soberana, ya que la ayuda europea tan sólo servirá para comprar algo más de tiempo.

Si la clase política sigue empeñada en suicidarnos, el año que viene la pregunta será mucho más dramática: España, ¿dentro o fuera del euro?

La absurda alianza

El 21 de septiembre de 1998 el ulema Mohamed Jatami, a la sazón presidente de la República Islámica de Irán, se presentó ante la Asamblea General de la ONU con una curiosa propuesta que dio en llamar "Diálogo de civilizaciones". Este diálogo consistiría en fijar cuáles eran las civilizaciones que habitaban el planeta y sobre qué pilares se fundamentaban. La comunidad internacional ignoró la iniciativa del líder iraní, básicamente porque lo que Jatami buscaba era blindar los excesos teocráticos y liberticidas de su revolución islámica tras la coraza de Naciones Unidas.

Seis años después, cuando nadie se acordaba de la ocurrencia del ulema, el recién elegido presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, acudió a la Asamblea General con idéntica propuesta, solo que esta vez bautizada con el nombre, aún más pomposo, de "alianza de civilizaciones". ¿Qué diferencias había entre la idea del fundamentalista iraní y la del socialista español? Casi ninguna. Ambas partían de los mismos presupuestos, a saber: todas las civilizaciones, sin importar los hechos, son buenas por definición y para que reine la paz mundial solo es preciso que se entiendan pacíficamente y se respeten entre ellas.

La idea, muy en la línea del buenismo que tan en boga estuvo durante la década pasada, incidía en los errores de concepto habituales en la izquierda zapaterina. Así, situaba en un plano de igualdad civilizaciones basadas en la libertad individual y la dignidad humana, con regímenes colectivistas inflamados de ardor religioso como los que imperan en ciertos países musulmanes. Y no, la libertad no es igual a la esclavitud.

Pero lo que trajo la Alianza de Civilizaciones no fue el empeño en igualar a un Occidente libre frente a un mundo musulmán que malvive en la peor de las servidumbres. Lo que llevó a Zapatero a presentar esta iniciativa en la ONU fue, aparte de buscar renombre internacional, el convencimiento de que la causa del terrorismo islamista no es el odio a los valores occidentales, sino la pobreza de la que, por descontado, no son responsables. Una empanada, en definitiva, indigesta y absurda con la que Rajoy debería haber acabado ya.

El plan de Bernanke: más droga para el drogadicto

Éste fue el gráfico ejemplo utilizado por el economista americano Milton Friedman en su libro Money Mischief para ilustrar los efectos de la expansión monetaria. La conclusión fue que la isla no doblaría su riqueza. Seguirían produciendo lo mismo y su capacidad de consumo e inversión serían las mismas en términos reales. El valor de la moneda simplemente pasaría a ser la mitad, haciendo que los precios suban hasta reequilibrar los precios relativos.

Ben Bernanke, actual presidente de la Reserva Federal, se ganó el apodo de ‘Helicopter Ben’ tras utilizar este ejemplo en un discurso contra la deflación en 2002. Hay que decir que desde que en 2006 ocupó su cargo se ha hecho merecedor de tal nombre: la oferta de dinero (M2) ha crecido desde los aproximadamente 6.500 billones de dólares en 2006 hasta los más de 10.000 billones en diversos planes de expansión monetaria. Y su intención es la de seguir por la misma senda. Ahora, sin ir más lejos, se ha vuelto a subir al helicóptero y ha anunciado que continuará arrojando dinero sobre la economía americana hasta que considere que está totalmente sana.

El plan recién aprobado por la Fed, bautizado como Quantitative Easing 3, no es tan simple como imprimir y arrojar dinero desde el cielo. Pero los efectos económicos son similares. Desde el punto de vista técnico, se inyecta dinero mediante la compra masiva de titulizaciones hipotecarias denominadas Mortgage-Backed Securities (MBS). Éstas no son otra cosa que bonos que se emitieron en la época de la burbuja crediticia para financiar grandes paquetes de hipotecas, liberando así los balances de los bancos. Pero no merece la pena perderse en el procedimiento técnico.

Lo que busca la Fed no es un impacto directo sobre el activo comprado, como hace el BCE al comprar deuda soberana periférica. Podría comprar deuda pública, bonos de los grandes fabricantes de automóviles o créditos a estudiantes, cosas que ya ha hecho de forma masiva. Lo que Bernanke busca es estimular el crecimiento y la creación de empleo en toda la economía, y cualquier deuda a largo plazo le sirve. Confía en este chute monetario para lograrlo.

Es cierto que una expansión monetaria provoca un efecto de euforia en el corto plazo. Volviendo al ejemplo de la isla de Friedman, los primeros individuos que recogen los billetes llovidos del cielo se ven con mayor saldo monetario y, como al principio los precios no han cambiado, ven aumentado su poder adquisitivo. Éstos se lanzan a comprar y a invertir de inmediato, y es entonces cuando empiezan a subir los precios hasta volver al equilibrio de precios relativos. Según la teoría de Friedman, este es un proceso de suma cero que enriquece a los primeros a los que llega el nuevo dinero y empobrece a los últimos en recibirlo, al tiempo que provoca un aumento generalizado de precios.

Pero el proceso tiene más inconvenientes. Los economistas de la Escuela Austriaca, como Friedrich A. Hayek, denunciaron que la subida de precios no es el peor de los efectos que provoca la expansión monetaria. En la práctica el dinero no llueve del cielo ni se gasta de manera homogénea. El dinero nuevo entra por determinados canales y afecta a unos pocos sectores en primera instancia, antes de filtrarse hacia el resto de la economía. Estos sectores sufren lo que se conoce como una burbuja: una distorsión al alza de precios relativos y rentabilidades, que generan de manera artificial un efecto llamada de la inversión privada. Es como una especie de euforia inversora en la que el tipo de interés baja, el crédito se expande y la bolsa sube.  Pero a la larga, cuando los precios relativos se reajustan, se pone de manifiesto que no hay demanda para sostener esas inversiones estimuladas artificialmente. Esos sectores afectados se tendrán que someter a una reestructuración y liquidar las malas inversiones. Este proceso suele ponerse de manifiesto en forma de recesión económica.

Cuando Bernanke propone estimular la economía mediante una expansión monetaria, es como tratar de curar a un drogadicto con sucesivos aumentos de su dosis habitual de droga. Tras cada inyección, a corto plazo hay una fase de euforia, pero a la larga el paciente empeora. Lo mismo pasa con la economía. Tras el estallido de la gran burbuja entre 2007 y 2008 no se ha hecho más que inyectar masivamente dinero, dificultando la reestructuración del sistema productivo y el desapalancamiento de los agentes económicos. Entorpeciendo, en definitiva, lo que necesita la economía americana para poder crecer y crear empleo de manera sostenible. Los atajos monetarios no provocarán más que recaídas en el largo plazo e inflación. No harán sino alejar el momento de la recuperación.

Lo que está claro es que Bernanke no ha lanzado este plan de estímulo en un momento cualquiera. Lo hace a mes y medio de las elecciones. Y hay dos cosas que tiene claras. La primera es que Mitt Romney, el candidato republicano, ya ha dicho que no cuenta con él en el caso de que llegue a la Casa Blanca. La segunda es que las elecciones se decidirán a favor de Obama si los votantes perciben que la economía va razonablemente bien. Así que no lo ha dudado. Ha puesto en marcha la imprenta para  que la economía llegue hiperactiva a las elecciones. Lo que no ha explicado son los efectos perversos que esta política genera en el largo plazo. No es algo que, al parecer, preocupe a ‘Helicopter Ben’. Como ya dijo Lord Keynes, mentor de su política monetaria, no hay que preocuparse por el largo plazo, pues todos estaremos muertos.