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Siempre nos quedará la imprenta

La semana horribilis de Rajoy está próxima a su culminación. Lo que empezó como un terremoto va a terminar, si la cosa no se tuerce el viernes, como un vals bailado a pasos lentos entre nuestro Gobierno y el gobernador del BCE. Todos contentos. La Bolsa sube y la prima baja, como en los buenos tiempos. Si esto sigue así habremos salido de la crisis antes de terminar el verano y podremos ponernos a levantar casas por doquier, a construir autopistas fantasma y a enchufar al presupuesto a otro millón de funcionarios, que los que hay son pocos.

Lamento decepcionar a los optimistas pero la crisis no ha acabado. El desaguisado está hecho y alguien tendrá que pagar por ello. Nuestro país colecciona desempleados y lo seguirá haciendo durante todavía mucho tiempo, el IVA subirá en septiembre, y la factura de la luz, y la del gas, y la gasolina… La deuda, es decir, la riqueza que nos trajimos del futuro pensando que alguna vez íbamos a generarla, sigue ahí, tan campante, con su rosario de ceros a la derecha. Hasta ayer parecía que iba a pagarla quien la contrajo, esto es, los Gobiernos irresponsables y los bancos que invirtieron en quimeras y se hartaron a pedir dinero fuera a corto plazo para prestarlo a largo en casa encendiendo una espiral demoniaca.

Del lunes a hoy no ha mejorado nada, de hecho ha empeorado. A muchos les ha hecho sentir que, por arte de birlibirloque, el problema se ha resuelto. No lo ha hecho, todo lo más Rajoy y sus dos tristes mariachis han ganado tiempo, que es lo peor que se le puede dar a alguien como Rajoy, dado a malgastarlo sin tomar una sola decisión, siempre con la esperanza puesta en que los problemas se arreglen solos. Draghi ha prometido lo único que puede prometer el mandamás de un banco central: poner a funcionar la imprenta, darle a la manivela para diluir la golfería en el pozo de la virtud, crear dinero de la nada que permita a políticos como los nuestros seguir viviendo por encima de sus posibilidades.

El riesgo moral de que todo termine así es inmenso. Por un lado el BCE fomenta y promociona los malos usos. ¿Qué sentido tiene el rigor presupuestario si al final viene el fabricante de billetes y cubre la diferencia? ¿Para qué ahorrar e invertir sabiamente si luego se premia a los que han derrochado?

Por otro, nos condena a padecer durante unos cuantos años más un régimen moribundo, exangüe, que ya no da más de sí porque está montado por y para la clase política, que sienta sus reales sobre una pila de deuda y sobre una presión fiscal asfixiante. ¿De verdad queremos que Draghi deprecie nuestra moneda, la que tanto nos cuesta ganar, para que los políticos españoles puedan seguir a lo suyo financiando un mostrenco insostenible? No nos engañemos, el dinero que se saque Draghi de la manga no va a ayudar a España, sino a los políticos españoles, que es algo bien distinto. Y los intereses del individuo honrado, trabajador y productivo suelen ser opuestos a los del político, que de natural es proclive a la improductividad y el enredo.

Tal vez hoy la Bolsa haya subido y lo siga haciendo mañana. Es seguro que el coste del endeudamiento (que no otra cosa es la prima de riesgo) haya bajado. Pero eso no son necesariamente buenas noticias. Lo serán cuando vengan acompañadas de un plan de ajuste en condiciones, uno que haga coincidir los gastos del Estado con sus ingresos y que incorpore una bajada de impuestos generalizada y una reestructuración de nuestro monstruoso sector público. Eso son buenas noticias, lo otro es hacerse trampas en el solitario.

¿Por qué sube la prima?

La incompetencia del PP en materia económica está siendo, simplemente, supina. Muchos aún se preguntan cómo es posible que la prima de riesgo siga un ascenso imparable si, al fin y al cabo, Rajoy y su equipo de acólitos acaban de anunciar el "mayor recorte" presupuestario de la democracia. Y la respuesta es sencilla. En primer lugar, no se trata de un "recorte" sino de un ajuste fiscal que incluye una nueva subida brutal de impuestos combinada con una reducción de gasto público, casi a partes iguales, con el fin de reducir la brecha de las cuentas públicas en cerca de 65.000 millones de euros extra en dos años y medio.

Las dudas a este respecto son evidentes: por un lado, resulta ingenuo pensar que el Estado logrará recaudar todo lo que prevé con una economía nuevamente en recesión y con los bolsillos del contribuyente medio vacíos; por otro, aun cumpliéndose las hinchadas estimaciones recaudatorias de Montoro, ajustar 65.000 millones en dos años y medio cuando el país está al mismísimo borde de la quiebra sabe a muy poco y, lo que es peor, denota la escasa voluntad del Gobierno de reducir el elefantiásico tamaño del Estado español; por último, lo más grave de dicho plan radica, sin duda, es la filosofía puramente socialista que impera en el equipo liderado por Rajoy, ya que el problema del déficit no es de falta de ingresos, tal y como asevera Hacienda, sino de exceso de gastos.

En segundo lugar, el PP, con sus continuas y sustanciales subidas fiscales, está asfixiando hasta la extenuación al sector privado, la única tabla de salvación con la que cuenta el país para volver a crear riqueza y empleo a medio y largo plazo. Dicho de otro modo, Rajoy, al igual que hizo Zapatero en su día, solo que con mayor vehemencia, está expropiando unos recursos valiosísimos a empresas y familias para seguir sosteniendo a toda costa el gasto desbocado de unas administraciones públicas que, al igual que el sector inmobiliario durante los pasados años del boom, han experimentado una histórica burbuja que, ahora, los políticos de todos los colores se resisten con uñas y dientes a pinchar.

Una de las primeras medidas aprobadas por Rajoy tras su llegada al poder fue subir el IRPF, sobre las rentas y el capital (ahorro), situando a España a la cabeza de Europa en materia de impuestos directos. Sin embargo, lejos de rectificar este sangrante sablazo a los españoles, el plan recién aprobado incluye un aumento fiscal extra sobre las rentas (IRPF), las empresas (Impuesto de Sociedades), el trabajo (cotizaciones sociales), el consumo (IVA), así como toda una retahíla de impuestos indirectos (tasas, tabaco, eléctricas…). A esto no se le llama política fiscal sino, pura y llanamente, cleptocracia. Rajoy se está cargando la economía productiva de España, enterrando cualquier atisbo de posible recuperación con su particular deriva socialista. Ésta y no otra –subir impuestos y recortar poco el gasto– fue la senda emprendida por Grecia, y ahí están los resultados.

En tercer lugar, si bien es cierto que la intervención externa de España tras la solicitud de rescate bancario ha obligado al Gobierno a reducir partidas de gasto que en ningún caso contemplaba –como la paga extra a los funcionarios, dependencia o la prestación de desempleo, entre otras–, el listado de recortes impuesto por la troika aún no ha sido adoptado en su totalidad, de modo que Rajoy ha optado por retrasar algunas de las medidas más impopulares para después del verano –pensiones o despido de empleados públicos, por ejemplo–, en una nueva prueba de irresponsabilidad política, incompetencia económica y, si cabe, incluso cobardía personal. La intervención de España por políticos extranjeros es positiva siempre y cuando el Gobierno cumpla al milímetro todas las recomendaciones tendentes a reducir el gasto y la estructura estatal, al tiempo que se resiste panza arriba a subir impuestos, tal y como acertadamente hizo Irlanda negándose a elevar su provechoso y atractivo Impuesto de Sociedades –uno de los más bajos de la OCDE–.

En resumen, muchos más impuestos y escasos recortes constituyen una combinación explosiva que acaba deteriorando aún más la solvencia del país, lo cual se refleja en una prima de riesgo creciente. Por si fuera poco, una de las medidas estrella aprobadas igualmente por el Ejecutivo consiste en el rescate indiscriminado de CCAA quebradas a través de la creación de un nuevo Fondo de Liquidez que, como consecuencia directa e inmediata, disparará la deuda pública del Estado en otros 18.000 millones de euros, como mínimo. Y ello, bajo la simple –e ingenua– promesa de que los gobiernos regionales cumplirán con el objetivo de déficit y devolverán puntualmente el dinero que ahora adelantan, forzosamente, todos los contribuyentes del país. Un nuevo gasto, del todo innecesario y enormemente contraproducente, que, en gran medida, ha acabado por contrarrestar los positivos, aunque escasos, recortes que establece el plan de ajuste. ¿Y aún se preguntan en Moncloa por qué sube la prima de riesgo? Ver para creer.

El PP ha convertido a España en un inflamable polvorín

Siempre había creído que España podía salvarse y que su situación económica era reconducible. En parte aún lo sigo creyendo, pero cada día que pasa, cada día que el PP sigue al frente del poder tomando una tras otra las medidas de demolición descontrolada del sector privado de que tanto hace gala, la probabilidad decrece a ritmos acelerados. Al fin y al cabo, padecemos un Gobierno que en apenas seis meses ha hecho bueno al horroroso Ejecutivo de Zapatero: Rajoy y los suyos no sólo han subido todos los impuestos –IRPF, Sociedades, IVA, cotizaciones sociales y especiales– salvajemente más de lo que lo hizo Zapatero, sino que lo han hecho mostrando su lado más descarnadamente izquierdista y estatista, riéndose en todo momento de los ciudadanos, de sus electores y de los inversores de España.

El descrédito antiliberal del PP

El Ejecutivo ha consumido ya todo su crédito político. Al encadenar una mentira tras otra, otro despropósito tras otro y otro ataque a las libertades individuales y a la propiedad privada tras otro sin más criterio que el de salvar de la quema cuantos privilegios para su casta puedan, el Gobierno ha quedado desacreditado ante los ciudadanos, ante los electores y ante los inversores a los que tanto ha maltratado. Todos han descubierto ya que el PP no tiene ningún interés en reventar la burbuja del sector público y que todas las medidas en tal sentido que anuncie sólo consistirán en pura propaganda dirigida a engañar, nuevamente, a esos ciudadanos, electores e inversores.

Es posible que dentro del Gobierno exista gente que entienda la gravedad de la situación y que rechace por entero la estrategia socialista-zapaterina que Rajoy está ejecutando para sangrar a impuestos al sector privado, pero su influencia en las grandes decisiones del Ejecutivo se está dejando notar poco o nada. Bien está que dentro del Gabinete haya decorativos jarrones liberales, pero mejor estaría que esos decorativos jarrones descubrieran que Rajoy, Montoro y cuanta otra fauna socialista mora en el poder los estamparon tiempo ha contra el suelo haciéndolos añicos. Más allá de los muertos vivientes que se creen vivos murientes, este Gobierno no pasa de un caparazón relleno de bilis estatista que sólo se mantiene a flote gracias a una mayoría absoluta parlamentaria que será la última que el PP consiga en décadas.

Mas lo peor de comprobar que Rajoy y su grupo socialdemócrata son unos mandarines al servicio de sus propios privilegios no es descubrir lo que el propio Rajoy se encargó de hacer explícito en Elche hace cuatro años cuando invitó a los liberales a abandonar el partido, sino constatar que este país no tiene ninguna alternativa política dispuesta a adoptar las medidas necesarias para levantar cabeza. O dicho crudamente, la única alternativa a Rajoy es ZP-Rubalcaba y la única alternativa a ZP-Rubalcaba es Rajoy. Desazonadora evidencia que está llevando a muchos a lanzarse a los brazos del populismo comunista en un inquietante pero cada vez más fidedigno parangón del derrumbamiento heleno.

En plena escapada hacia adelante, un PP noqueado por su propia incompetencia sólo se muestra capaz de rogarle un rescate en forma de monetización masiva de deuda a Mario Draghi. Como si el Banco Central Europeo no estuviera, en estos precisos momentos, proporcionando una expansiva línea de crédito de más de 450.000 millones de euros (el 45% de nuestro PIB) a la economía española. ¿Con qué cara acusa Margallo al BCE de ser "un banco clandestino"? ¿Con qué arrestos pide el cabeza de lista de la rescatada Valencia, Esteban González Pons, que el BCE siga incrementando suicidamente su exposición a los pasivos españoles? Por esta vía, por la de echar más gasolina al incendio de un monto de deuda impagable, no conseguiremos otra cosa que comprar tiempo a un precio carísimo. Pero comprar tiempo, ¿para qué? ¿Para diferir todavía más los recortes? ¿Para retrasar un año o dos más el cumplimiento de los objetivos de déficit? ¿Para facilitar que nuestros políticos sigan dilapidando nuestro dinero a manos llenas? ¿Qué estamos esperando al patear el balón para adelante? ¿Que acaezca algún milagro que nos saque de esta situación de quiebra técnica? Nadie que no quiera ser salvado puede salvarse y este Gobierno y esta oposición claramente prefieren la suspensión de pagos antes que un severo recorte del gasto público.

Camino de una mayor servidumbre

Con la prima de riesgo a unos niveles en los que ya empieza a reflejar nuestra devastadora realidad subyacente, ¿qué nos queda? Todo apunta a que en los próximos meses comenzará a librarse una batalla campal en las calles de España para derrocar al Gobierno y repartirse las miserias del poder. No es un fenómeno novedoso, sino algo bastante recurrente en los países bananeros donde una mayoría de ciudadanos y de grupos de presión aspira a meter el cazo en el presupuesto y a vivir de él, esto es, del dinero de su vecino. Ha sucedido recientemente en Grecia, pero también sucedió en la Argentina del corralito cuando las hordas de Duhalde asaltaron los comercios bonaerenses hasta forzar la huida en helicóptero del rajoyano De la Rúa.

Semejante polvorín puede prender fuego en cualquier momento con un mínimo de gestión y manipulación callejera por parte de alguno de los partidos de la oposición en connivencia con los sindicatos o con cualquier otro grupo de presión que ya se haya visto afectado por los recortes o que trate de evitarlos preventivamente tomando las calzadas. El hartazgo derivado de la mezcla de una crisis económica que no se entiende con la falsa retórica de unos recortes cosméticos salvo por lo que atañe a las subidas de impuestos, con las secuelas de décadas de adoctrinamiento socialista en "derechos" irrenunciables que deben ser financiados siempre por el dinero del vecino pero jamás por el dinero propio y con el desencanto hacia los igualmente estatistas partidos mayoritarios, bien puede llevar a un descontento popular cuyo único efecto a medio y largo plazo sería acrecentar todavía más el tamaño del Estado y darle todavía más poder a políticos todavía más nefastos que los actuales.

En cierto modo, la España del PP está siendo la de un vehículo que se está estrellando contra un muro a cámara lenta. Sabemos que avanzamos hacia el siniestro pero el conductor no deja de pisar el acelerador. Certeza a la que, por cierto, también han llegado los inversores nacionales y extranjeros que están liquidando su exposición a España a marchas forzadas; motivo de fondo de que la prima de riesgo se siga disparando y de que nuestros bancos tengan cerrado su acceso al mercado interbancario.

Decía al principio que siempre creí en la capacidad de la economía española para, a trancas y barrancas, terminar recuperándose. Hay tanto gasto que recortar, tantas reformas que aprobar, tanto potencial que dejar de pisotear, que nuestro margen para recuperarnos era enorme: no se trataba de país que ya lo estuviera hacia todo bien y que, por caprichos del azar, hubiese embarrancado en una crisis monstruosa; no, éramos y somos un país que lo estaba haciendo casi todo mal y que, por tanto, podía mejorar y cambiar en múltiples campos. Ahora, empero, veo cada vez más difícil una salida que no pase o bien por una monetización masiva de deuda que no resuelva los problemas de fondo y que sólo aplace la jornada de autos; por una intervención externa que no garantiza, como en Grecia, que finalmente se adopten las medidas correctas; o por una salida del euro que les deje un agujero enorme a nuestros acreedores europeos, que empobrezca a la población española, que conceda omnímodos poderes inflacionistas a nuestros gobernantes y que termine de empujar a España por la senda de la mediocridad económica y del peronismo político. En cualquier caso, menos libertades, menos prosperidad y mucho más Estado: la tradicional realimentación positiva entre las crisis y el engorde de Leviatán. Los políticos, primero los del PSOE y luego los del PP, se han cargado el país, pero los políticos, sean de la partitocracia actual o de otra todavía peor, serán los principales beneficiarios del colapso económico. Un deprimente disparate se mire desde el ángulo en que se mire.

Es hora de reventar la burbuja en el sector público de España

Esta semana el presidente Mariano Rajoy anunció nuevos aumentos de impuestos y recortes de gasto para reducir el monstruoso déficit presupuestario de España, provocando que los manifestantes se unan a la huelga de los mineros para protestar en contra de las medidas de austeridad en las calles de Madrid. Pero a pesar de todo lo que se dice acerca de los drásticos recortes, el riesgo de default de España ni siquiera está cerca de haber sido eliminado. El Estado español todavía gasta a un nivel que sobrepasa ampliamente la capacidad que la economía tiene de generar ingresos para respaldar ese gasto.

Entre las medidas de esta semana —que el Gobierno aprobará oficialmente hoy— está un alza de la tasa del impuesto al valor añadido (IVA) a 21% desde 18%; los salarios de los empleados públicos están se reducen en un 7%; los subsidios para las personas que llevan más de seis meses desempleadas serán reducidos en un 15% y algunos gastos y dispendios burocráticos serán reducidos en un tercio. Más adelante, además, se espera que se adelante el retraso de la edad de jubilación a los 67 años y que se reduzca el monto de las pensiones.

Hasta ahora, el gobierno de Rajoy ha intentado mantener el hipertrofiado sector público aumentando los impuestos a las familias y a las empresas. Una de sus primeras acciones que acometió Rajoy nada más llegar al poder fue incrementar los tipos marginales sobre la renta, ubicándolas entre las más altas de Europa. En marzo, su gobierno eliminó algunas de las deducciones del Impuesto de Sociedades, imponiendo, a efectos prácticas, una subida tributaria a muchas empresas. Como muchos de sus homólogos europeos, Mariano Rajoy ha preferido imponer la austeridad al sector privado en lugar de imponérsela al Estado.

Los recortes de esta semana son un paso en la dirección correcta, pero Madrid todavía está lejos de una posición fiscal sostenible. Ni siquiera es seguro que las nuevas medidas le permitan al gobierno español cumplir con el objetivo fijado por la Unión Europea de un déficit de 6,3% para el 2012, dado que solo quedan cinco meses del año.

La parte más lamentable de la historia es que la obesidad del sector público español es en realidad algo relativamente reciente. El gasto público se disparó gracias al crecimiento extraordinario de los ingresos generado por la burbuja inmobiliaria. Entre 2001 y 2007, la recaudación creció un 67%, mientras que los gastos aumentaron en un 57%. España tuvo unos modestos superávits presupuestarios durante algunos de esos años, pero estos desaparecieron tan pronto como se evaporaron los ingresos de la burbuja y el gasto continuó creciendo a consecuencia de la crisis: un superávit de 1,9% en 2007 se convirtió en un déficit de 11,2% en solamente dos años. Para finales de 2011, el gasto público era un 75% más alto (33% más alto ajustado para la inflación) que hace una década.

De hecho, España tendría un presupuesto balanceado hoy en día si Madrid hubiese congelado su gasto per cápita durante los años de la burbuja entre 2001 y 2007, como lo hizo Alemania. Si el gobierno español quiere cuadrar sus cuentas, lo único que necesita hacer es reventar la burbuja del sector público que se derivó de las burbujas financiera e inmobiliaria.

El gasto público se reduciría en 21.000 millones de euros, por ejemplo, si el ingreso real y el número de empleados públicos por ciudadano se redujera a los niveles de 2001. Si las pensiones fuesen minoradas (en términos reales) a los niveles de 2001, eso recortaría el gasto en alrededor de 20.000 millones de euros. Otros 15.000 a 20.000 millones se podrían ahorrar si se racionalizaran los beneficios de desempleo. Y, por último, eliminando subsidios a industrias que no son productivas, asociaciones, sindicatos y políticos significaría un ahorro adicional de 20.000 millones.

En otras palabras, simplemente ajustando algunas de las partidas más claramente infladas del sector público español, podrían lograrse unos ahorros de alrededor de 80.000 millones de euros. Eso permitiría recortar nuestro déficit de 2011 en un 90%… sin aumentar un solo impuesto.

La buena noticia es que Mariano Rajoy finalmente ha admitido que todas las rúbricas del presupuesto son susceptibles de ser recortadas, incluso aquellas que hasta ahora se decía que eran intocables. Pero para que la economía española crezca y no simplemente se estabilice, necesitamos tanto recortes adicionales del gasto público como reducciones de impuestos: precisamente lo que el Partido Popular prometió hacer antes de las elecciones del año pasado. Es hora de que el Sr. Rajoy cumpla con esa promesa.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 12 de junio de 2012.

Un pinchacito a la burbuja estatal

La burbuja financiera –la enorme expansión crediticia que llevaron a cabo los bancos gracias a la manipulación de los tipos de interés que efectuó ese monopolio público llamado Banco Central Europeo– engendró la burbuja inmobiliaria y, a su vez, la burbuja inmobiliaria, en tanto en cuanto dio lugar a un hinchazón de la actividad que disparó los ingresos tributarios, dio lugar a la burbuja estatal.

Puede que por burbuja financiera e inmobiliaria todos entiendan perfectamente a qué nos referimos. Pero, ¿qué es la burbuja estatal? La burbuja estatal consiste en haber creado una estructura del sector público mucho más inflada y sobredimensionada de la que la economía privada puede sufragar. Y es que durante los años ilusoriamente felices de la burbuja inmobiliaria, la recaudación fiscal aumentó casi un 70%, lo que llevó a los políticos a comprometer unos niveles absurdamente elevados de gastos que nos fueron imposibles de mantener cuando esta pinchó.

Son muchos los estatistas que argumentan que nuestro sector público fue extremadamente austero durante los años del boom económico porque incluso acumuló un cierto superávit durante tres ejercicios consecutivos. Mas tal aserto es simplemente fruto de una tergiversación cortoplacista de los hechos. Imaginen que a un tipo le toca un millón de euros en la lotería y ese mismo año asume una hipoteca con una letra anual de 900.000 euros. ¿Diríamos que esa persona ha sido prudente y austera por el hecho de que, durante el primer año, exhibiese un superávit de ingresos sobre gastos de 100.000 euros? No, diríamos que esa persona se ha suicidado financieramente.

Pues lo mismo le sucedió a nuestro Estado: pese aque la gran mayoría de sus ingresos eran extraordinarios y no recurrentes, sus gastos se inflaron con la idea de no reducirlos jamás. De hecho, si algo sucedió durante la crisis es que, si bien la recaudación derivada de la burbuja inmobiliaria desapareció en gran parte, los gastos totales del Estado continuaron creciendo. Fue así como, en un par de años, pasamos de un superávit del 2% del PIB a un déficit superior al 11%. Es decir, en dos años el Estado pasó de ahorrar 20.000 millones de euros a endeudarse por más de 110.000 millones: ¡para que luego digan que necesitamos todavía más planes de "estímulo" de la demanda!

No, lo que necesitamos es pinchar la última de las burbujas que ni siquiera hemos comenzado a pinchar: la estatal. Fruto del enorme desequilibrio entre ingresos posburbuja y gastos burbujísticos, los ahorradores temen razonadamente que nuestro país pueda entrar en suspensión de pagos, lo que les está llevando a huir en desbandada hacia el extranjero (por eso, por ejemplo, Alemania o Francia han llegado a pagar tipos de interés negativos por su deuda a corto plazo).

Hasta la fecha, sin embargo, tanto Zapatero como Rajoy intentaron mantener el Estado sobredimensionado fruto de la burbuja inmobiliaria mediante un saqueo más sistemático y desacomplejado de las haciendas de todos los españoles. Sin ir más lejos, en apenas unos meses Rajoy elevó los tipos de nuestro IRPF hasta los niveles más altos de Europa, suprimió la mayoría de beneficios fiscales dentro del Impuesto de Sociedades y, ahora, ha incrementado el IVA hasta el 10% (tipo reducido) y 21% (tipo general). Se trata, pues, de exprimir mucho más al ciudadano para que los políticos puedan seguir gastando a manos llenas, tal como lo hacían durante la insostenible etapa del boom artificial.

Sin embargo, este miércoles pudo empezar a cambiar algo desde el Congreso. Por primera vez desde su llegada al Gobierno, Rajoy ha recortado gastos de verdad (no como los demagogos y falsos recortes precedentes que no hacían más que bajar los desembolsos en un lado para aumentarlos en otro). No es mucho –tirando muy por lo alto, apenas 20.000 o 25.000 millones al año, frente a un déficit total que supera los 90.000 millones– pero podría ser un primer paso. Eso sí, dada la decepcionante trayectoria acreditada por Rajoy hasta el momento, también podría quedarse en el último paso, la última concesión, que está dispuesto a dar el PP en aras de la consolidación fiscal, de un modo muy parecido a lo que sucedió con el tijeretazo de ZP. Si así fuera, a España no le quedaría probablemente otro remedio que suspender pagos.

Sucede, pues, que si Rajoy no opta por pinchar de manera controlada pero veloz la burbuja estatal –por recortar muchos más gastos con más intensidad– esta terminará explotando de manera caótica y se nos llevará a todos por delante. El tiempo corre en nuestra contra y de momento el Gobierno sólo ha sabido subir sangrantemente los impuestos y rebajar tímidamente algunos gastos. Esperemos que, después de la sesión del miércoles, haya un cambio de estrategia. Es la última oportunidad que tendremos.

Nos jugamos todo

Rajoy ha dado este miércoles un paso en la buena dirección, aunque gracias, sin duda, a la estricta condicionalidad impuesta por los países solventes de la zona euro para sufragar el rescate de la banca española. España está intervenida y, como resultado, el Gobierno, muy a su pesar, no ha tenido más remedio que tocar partidas de gasto hasta ahora impensables, como es el caso de la prestación por desempleo, el número de empleados públicos, una nueva rebaja salarial a los funcionarios o la reducción de empresas públicas y privatización de ciertos activos estatales. En el lado negativo, sin embargo, se encuadra la nueva subida fiscal que sufrirán los contribuyentes en materia de IVA, IRPF –se elimina la deducción por vivienda para los nuevos compradores–, Impuestos Especiales, Sociedades o fiscalidad medioambiental.

Pese a ello, lo más preocupante no radica en el hecho de que España se sitúe ya a la cabeza de los países con mayores impuestos –directos e indirectos– de la UE y el mundo desarrollado, sino en la propia estimación ofrecida por Rajoy sobre el alcance del ajuste fiscal que conllevará la aplicación de tales medidas: apenas 65.000 millones de euros de aquí a 2014 entre aumento de ingresos y reducción de gastos; unos 10.000 millones extra en lo que resta de año –como mucho– y otros 25.000 de media anual entre 2013 y 2014; y ello sin tener en cuenta que, difícilmente, se cumplirán las previsiones de recaudación.

La cuantía de dicho ajuste se antoja, pues, insuficiente para superar el reto al que se enfrenta el país, sobre todo teniendo en cuenta que el déficit en 2011 no se redujo un ápice y volvió a rondar los 90.000 millones de euros. El PP se ha equivocado de estrategia. Hasta ahora, ha abogado por repartir el imprescindible ajuste presupuestario casi a partes iguales (50/50) entre subida de impuestos y recorte de gastos. Tal y como hemos mostrado en estas páginas, había alternativa, pero el Gobierno ha preferido ignorarla. Era y aún es posible recortar la grasa del sector público sin tocar servicios básicos para eliminar por completo el déficit a muy corto plazo, eliminando subvenciones y reestructurando administraciones, sin subir impuestos. Hoy, una vez más, Rajoy aboga por combinar tributos y recortes, pero al menos ha metido la tijera en ámbitos que se creían intocables hasta ayer –en contra de su voluntad, eso sí–. Se trata de un avance positivo que, sumado a la profundización de las reformas que impondrá la troika, abre una vía de esperanza para salir de la crisis. Un primer paso –se necesitarán más–, cuyo estricto cumplimiento es esencial.

Y es que, nos jugamos mucho en este proceso, el presente y el futuro de España y de los españoles… La permanencia o no en el euro. Los recortes han disparado la ira de la izquierda y las protestas de los colectivos afectados, pero éstos parecen no entender que la austeridad pública –hasta ahora inexistente– es la única salvación. No hay otra. El rescate total de España, llegado el caso, es improbable, ya que su elevado coste podría provocar la ruptura de la Unión Monetaria por el norte ante la negativa de los países más solventes a costear los despilfarros del sur. Y el problema es que, en ausencia de austeridad, la necesidad de un rescate total está cada vez más cerca. Una situación que es mejor no plantearse, ya que incluso dentro del propio Gobierno existen voces que defenderían abandonar la moneda única antes que tener que sufrir el coste político de una intervención directa. Así pues, lo que está realmente sobre el tablero es el propio euro y la permanencia o no de España en él. No es momento de titubeos ni medias tintas. Nos estamos jugando todo.

Había y sigue habiendo mucho margen para recortar

Optó este Gobierno por la estrategia equivocada desde el comienzo: la de ir lloriqueando a nuestros acreedores, fundamentalmente Alemania, con la milonga de que, tras un simulacro de ajustes que no reducían en absoluto el gasto total de las Administraciones Públicas pero que orwellianamente fueron denominados "los presupuestos más austeros de la historia", España ya no podía hacer más.

Era un farol: un farol dirigido a que los alemanes y otros noreuropeos siguieran corriendo con los gastos de nuestro sobredimensionado Estado. Para desgracia de Rajoy, los políticos del norte de Europa no se tomaron en serio sus lamentos, pues seguían viendo ahí nuestro modelo de Estado, a todas luces disparatado, sino que, mucho más importante, a los mercados les trajo literalmente al pairo si era verdad o no lo era que el Gobierno no pudiese recortar más: si no lo era, teníamos un Ejecutivo demasiado poco fiable como para seguir prestándole dinero; si lo era, España iba a caer en suspensión de pagos, motivo más que razonable para cortar de cuajo toda financiación.

Así las cosas, los acontecimientos se sucedieron tal como es sabido: la prima y el bono se fueron por las nubes, el euro fue puesto contra las cuerdas y, por último, Rajoy consiguió, en un momento de máxima tensión política y económica, que Europa toda financiara el rescate a la banca española. Sólo entonces, sólo cuando Alemania, Holanda y Finlandia llegaron con un saco de dinero a recapitalizar nuestros bancos, descubrimos que sí, que el Gobierno podía hacer más, muchísimo más, para sanear su situación financiera y evitar la suspensión de pagos.

Acaso el mejor titular que nos deja el recorte que acaba de anunciar Mariano Rajoy –como también le ocurriera a su mellizo de hace un par de años, el célebre tijeretazo de Zapatero– es que el PP deja de echar balones fuera y comienza a ser consciente de la realidad. Dicho esto, el problema es que, por un lado, parte de los balones los lanza contra la portería del sector privado (las subidas de impuestos), y que, por otro, todavía tendrá que marcar muchos más goles al gasto público si quiere, al menos, empatar el partido.

Pues, por mucho que el Gobierno hable de un ahorro de 65.000 millones de euros en dos años y medio, convendría que no nos hiciéramos trampas al solitario. De momento, el ahorro anual de las medidas anunciadas se sitúa, más bien, y tirando muy por lo alto, en el entorno de los 25.000 millones, a falta de cuantificar el recorte adicional que se impondrá a las autonomías y a los pensionistas: 3.000 con la reforma de la Administración Local, 6.000 con la supresión de una paga extra de los empleados públicos, 5.000 con la reducción de la prestación por desempleo, 6.000 con el aumento del IVA y 5.000 con el resto de lo anunciado. Esto, como digo, tirando muy por lo alto en las estimaciones.

No es poco, desde luego, pero no es suficiente. Un ajuste de 25.000 millones anuales que, si se cargara la mano en pensiones y autonomías, podría llegar hasta los 40.000 sigue dejando nuestro déficit en el entorno del 5% del PIB (por encima del objetivo inicial). Dicho de otro modo, continuamos sin despejar incertidumbres. Habría sido necesario recortar con mucha más ambición y convicción; no sólo en las partidas que se han tocado (por ejemplo, habría que prescindir de alrededor de 500.000 empleados públicos), también en aquellas que o bien no se han tocado o bien se tocaron insuficientemente en "los presupuestos más austeros de la historia". En suma, reduciendo mucho más los gastos (y sí, hay margen para ello, como ya lo había antes, por mucho que el Gobierno lo negara) nos habríamos ahorrado tanto esas nocivas subidas de impuestos que deprimirán todavía más la actividad en el sector privado (obviemos la cosmética rebaja de dos puntos en las cotizaciones sociales) como seguir instalados en la cuerda floja.

Pero no. Rajoy prefiere no acometer un ajuste intensísimo pero definitivo –tabla rasa– y opta, en cambio, por marchar poco a poco, a ver si milagrosamente Europa sigue dándonos dinero o si, aún más milagrosamente, la economía deja de hundirse y la recaudación tributaria repunta lo suficiente como para evitar rebajas adicionales de nuestro mórbido gasto público. Mas no habrá recuperación sostenible mientras las dudas sobre el ajuste de nuestro déficit terminen de despejarse: hoy se ha dado un paso que, en general, y dejando de lado esa torpe y sangrante nueva subida de impuestos, va en la buena dirección. El riesgo cierto es que, como le sucedió a ZP tras el tijeretazo, a Rajoy se le olvide dar los pasos que todavía faltarán para llegar a la meta. En tal caso, no levantaríamos cabeza; y no por exceso de austeridad, como no se cansarán de repetirnos los keynesianos de todos lares, sino por la misma razón por la que el capital está huyendo de España: una espantosa falta de la misma.

Ni para pipas

Se hizo la luz, y la luz fue poca. Prometieron 100.000 millones, y han terminado siendo muchos menos, 30.000 exactamente, una miseria que no alcanza a cubrir ni la mitad de las necesidades de recapitalización que, según las bienintencionadas –cuando no fantasiosas– auditorias de Roland Berger y Oliver Wyman, tiene la banca española. Los números bailan. Unos dicen que con esos 100.000 millones está todo resuelto, por esa razón en las cumbres europeas del mes pasado los políticos repetían ufanos esa cantidad agarrándose a ella como como chamanes ululando alrededor del fuego.

Pero, seamos serios, no nos autoengañemos que ya somos mayorcitos y Zapatero hace siete meses que se fue, dar 30.000 millones de euros a la banca española es como intentar apagar un incendio en la planta 45 de la Torre Picasso con un solo camión de bomberos a medio llenar. Con ese dinero no da ni para pipas. Y no es una forma de hablar, es literal.

Veamos. Según las dos auditoras el “problema español” se reduce a un aporte de entre 51.000 y 62.000 millones de euros inyectados directamente en los balances de los bancos con problemas. Bancos que mejor no mentar para alejar a los malos espíritus. Tanto Wyman como Berger hicieron esas auditorías en tiempo récord, apenas unas semanas y con los datos que les pasaron porque no hubo tiempo de más.

En el peor de los casos los bancos necesitarían 62.000 millones, pues bien, con el rescate que ha aprobado el Eurogrupo no nos llega. Se puede ir trampeando un par de meses y luego estaremos igual… o peor, porque el mercado no es tonto y sabe cuándo un problema se ha aplazado sine die, y sino que se lo pregunten a los políticos griegos.

Pero la verdad está ahí fuera. Los bancos españoles han descontado 316.000 millones de euros del BCE para obtener liquidez y salir en rescate del Estado, que no tiene ya a quien colocar sus bonos. Entonces llega la inevitable pregunta, ¿cómo puede ser que las entidades españolas sólo necesiten un promedio de unos 60.000 millones de euros para recapitalizarse cuando están sacando del banco central más de 300.000?

Si a eso le sumamos que los “entendidos” decían hace dos semanas que 100.000 millones de euros sería la cifra óptima, y que el ESM va a tener una capacidad de crédito de 500.000 millones de euros, sólo nos queda una cifra: el sistema necesita ese medio billón de euros contantes y sonantes para sanearse. Resumiendo, los 30.000 recién aprobados no llegan ni al 7% de lo que nuestros bancos necesitan para salir del agujero en el que el politiqueo más infame, un apalancamiento brutal en activos envenenados y las pantagruélicas necesidades financieras de nuestro Gobierno le han metido.

Y todo por no mover un solo dedo y vivir en la autocomplacencia más estúpida. Mucho globo sonda, mucho voy a hacer y no hago nada, mucho ir de aquí para allá tanteando a la opinión pública, para luego dejar todo en el desastroso estado actual, que se cifra en unas cuentas públicas insostenibles, propias de un país en bancarrota, que están arrastrándolo todo con ellas. En septiembre volveremos a vernos las caras, y tal vez ya no haya una tercera oportunidad. 

¿Por qué debe permitirse abrir en festivos?

Porque el Estado carece de legitimidad para prohibir a un propietario trabajar cuándo y cómo él crea preciso. Un comercio, ya sea grande o pequeño, implica la asunción de un riesgo individual. El genuino emprendedor ni recibe ni espera ayuda de nadie más allá que de sus propios clientes, a quienes trata de servir. En el caso del comercio y la hostelería el mejor servicio que se puede ofrecer a la clientela es tener el establecimiento abierto.

No es el Estado el que arriesga su dinero, sino el emprendedor. Es absurdo y propio de países dictatoriales que los legisladores, que no han arriesgado un céntimo en su vida, se arroguen la capacidad de decidir cuándo el comerciante puede producir. De igual manera que sería impensable que el Gobierno se metiese en los horarios de una fábrica o una oficina, también debería serlo que lo haga en los de un comercio.

Porque los consumidores ganan. Los horarios de compra no deberían venir marcados por el capricho de un burócrata o por las presiones de los competidores ineficientes, sino por los propios consumidores. Son estos, y nadie más, quienes deciden cuándo acuden a hacer compras. Obligar a los comerciantes a cerrar sus tiendas es, por lo tanto un inexplicable atentado contra la libertad de comercio.

Los consumidores quieren comprar todos los días del año, y sirvan como muestra los buenos resultados de los domingos y festivos “de permiso” en comunidades como la de Madrid. La liberalización parcial no se ha traducido, como argumentan los críticos, en un “desierto comercial”, sino todo lo contrario. Madrid tiene más actividad comercial que nunca, hasta el punto de que sus tiendas y restaurantes se han convertido en uno de los principales activos económicos de la ciudad y en una fuente de riqueza ineludible para la economía local. En el otro extremo se sitúan las comunidades más restrictivas con los horarios, lugares donde domingos y festivos las calles de las ciudades devienen auténticos desiertos urbanos.

Porque favorece la actividad económica. El sector del comercio es especialmente dinámico en un país como el nuestro. No es casualidad que las ciudades más comerciales sean, a su vez, las más prósperas de España. El comercio minorista es de capital importancia en la economía de áreas turísticas y grandes ciudades. España es un país turístico con una tasa de urbanización que supera el 80%. Poner trabas al comercio es ponérselas al desarrollo económico, un lujo que, en estos momentos de zozobra, no podemos permitirnos.

Porque premia el esfuerzo y penaliza la pereza. Las leyes de limitación de horarios comerciales nacen de la presión de competidores ineficientes para castigar a los eficientes. Un país que perpetra semejante “crimen”, típico, por lo demás, de los regímenes totalitarios de corte comunista, va directo al abismo. Es el empresario y no el burócrata quien asigna los factores para hacer rentable un negocio y, con ello, beneficiar a toda la sociedad.

Así, para muchos empresarios dedicados al comercio minorista uno de los factores de diferenciación fundamentales es la disponibilidad, de la misma manera que para otros será el inventario, la especialización o la atención personal. Es el dueño del comercio quien debería decidir qué tipo de negocio quiere regentar en función de la demanda, y no de las arbitrarias decisiones de un político o, peor aún, de un competidor incapaz pero con capacidad de presión para imponer su voluntad.

John Roberts y el Obamacare

Lo ha hecho. Pero el tan esperado fallo tiene implicaciones que no son favorables a las tesis de Obama.

La reforma sanitaria es el gran proyecto demócrata desde el New Deal. Los intentos por socializar la sanidad se venían encontrando con una enconada oposición por parte de los profesionales y de la población en general. Luego esa oposición se fue difuminando, y demócratas y republicanos dieron en favorecer que la mano muerta del Estado gestione la salud de los estadounidenses.

Junto con las pensiones, la sanidad es el ámbito que permite una mayor expansión del Estado, por la carga burocrática que lleva aparejada y porque posibilita la injerencia en áreas muy íntimas de la persona.

Dos son los hitos de la sanidad pública norteamericana previos al Obamacare, ambos debidos a Lyndon Johnson: Medicaid, un programa que provee de servicios sanitarios básicos a las personas pobres –categoría en la que se contaría buena parte de la ciudadanía española (de mileuristas para abajo)–, en torno al 15 por ciento de la población, y Medicare, pensado para los mayores de 65 años, con independencia de su nivel de ingresos. Ahora bien, ambos programas, ampliados por presidentes como Richard Nixon o George W. Bush, dejaban un amplio margen al sector privado.

La reforma de Obama se propone, básicamente, dos objetivos. En primer lugar, cubrir con Medicaid a todos aquellos estadounidenses con un nivel de renta inferior al 138% de la línea de pobreza. Obamacare quería que los estados asumieran tal ampliación, y los amenazaba con retirarles los fondos federales destinados, precisamente, a Medicaid, si se negaban a ello.

El Tribunal Supremo ha declarado este propósito inconstitucional, por lo que tenía de coerción a los estados.

Pero el premio gordo de la reforma era el llamado "mandato individual". Hay una parte de la población norteamericana, en torno al 15%, que no está asegurada. Principalmente, se trata de gente con salarios relativamente bajos que prefiere ahorrarse el coste del seguro y, sobre todo, jóvenes o individuos con buen estado de salud. El mandato individual obliga a los norteamericanos a contratar un seguro médico; si no lo hacen, son sancionados económicamente.

La Administración Obama, con sus legiones de abogados y sus batallones de publicistas, aseguró que la reforma encajaba en la cláusula de comercio interestatal, que deja amplio margen de maniobra al Gobierno federal. Y negó hasta la extenuación que equivaliera a una subida de impuestos.

El mandato individual fue recurrido, y la Corte Suprema acaba de pronunciarse al respecto. Lo ha dado por bueno en una votación ajustadísima: cinco votos a cuatro.

Ha sido una resolución sorprendente, habida cuenta de que el alto tribunal es de mayoría conservadora por primera vez en muchas décadas y de que el voto decisivo ha sido el del presidente del mismo, el liberal-conservador John Roberts.

¿Qué ha pasado?

Es bien sabido que John Roberts admira a otro John que también fue presidente del Supremo: el juez Marshall, que estuvo al frente de la institución de 1801 a 1835. Suya fue la decisión más importante de la historia de la misma: el fallo Marbury vs. Madison.

John Adams, una chocante combinación de probidad moral y ventajismo político, ordenó que se llenara la judicatura de federalistas, partidarios de otorgar un gran poder al Gobierno central, justo antes de que la presidencia de la nación recayera en Thomas Jefferson. John Marshall era federalista. Era, de hecho, archienemigo de Jefferson. Los nombramientos de Adams fueron denunciados por el secretario de Estado, James Madison. Marshall dio la razón a la Administración Jefferson. Pero además tomó una decisión que sería decisiva para la ampliación del poder central: aprovechó las lagunas que deja la Constitución para declarar al propio Tribunal Supremo intérprete de la norma suprema del Estado.

John Roberts habría hecho lo mismo. Ha dado por bueno el mandato individual. Pero no ha validado el argumento jurídico de Obama, que buscaba el amparo del artículo de la Constitución que permite al Gobierno federal entender de los asuntos relacionados con el comercio interestatal. No, ha dicho Roberts. Permitir que el Congreso regulara incluso la inacción de la ciudadanía abriría las puertas al domino ilimitado de los poderes públicos sobre ésta.

El mandato individual, afirma Roberts, es un impuesto. Y como el Gobierno federal tiene amplios poderes para imponer tributos, se trata de una medida que encaja en la Constitución. Con la misma lógica, el Estado podría obligar a cualquier ciudadano a comer brócoli, tan sano, y penalizar a quienes no lo hicieran. Y quien dice el brócoli dice los coches eléctricos, tan ecológicos. Absurdo. Pero constitucional.

Roberts ha brindado, pues, una victoria pírrica a Obama, y puesto freno a la expansión del Estado. Y devuelto la pelota a la cancha político… en pleno año electoral: ahora Obama aparecerá como un gran recaudador de impuestos, por obra y gracia de su reforma sanitaria.

Por último, y como tercer aspecto de esta jugada maestra del juez, John Roberts habría salvado al Supremo de la acusación de actuar de modo partidista. Dado el carácter conservador de la institución, la izquierda estaba acumulando acusaciones contra ella. Pues bien, Roberts habría demostrado que actúa con independencia, y reforzado la independencia del alto tribunal.

Aún no sabemos qué consecuencias tendrá todo esto. La opinión pública cree que el Supremo ha actuado con parcialidad, pero no conservadora sino izquierdista. También los efectos electorales son aún inciertos. Sea como fuere, haber puesto coto al desarrollo de la cláusula del comercio interestatal es importante para la salvaguarda de la libertad de los estadounidenses.