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¿Qué es una burbuja?

Con la crisis actual, parece que todo el mundo posee, a posteriori, un exquisito conocimiento acerca de las burbujas: se habla de burbuja inmobiliaria, de burbuja bursátil, de burbuja del oro… Parecería que vivimos en un mundo lleno de pompas a punto de estallar. Mas, ¿realmente sabemos definir una burbuja financiera? ¿O simplemente calificamos como tal a todo recalentón más o menos acelerado en el precio de un activo?

Para empezar, ¿en qué consiste un activo? Una definición bastante simple sería la de todo factor productivo que nos dé derecho a bienes o servicios a lo largo del tiempo. Una vivienda, por ejemplo, es un activo porque nos proporciona servicios de habitación durante toda su vida útil (servicios de habitación que podemos alquilar a otras personas a cambio de dinero); una acción es un activo porque representa una porción de la propiedad de una empresa que genera bienes que se venden en el mercado; un terreno también puede considerarse un activo en la medida en que obtengamos año a año una cosecha.

La cuestión es, ¿de qué depende el valor de todos estos activos? Muchos pensarán que los activos poseen valor por sí mismos. De hecho, esta era la idea de numerosos economistas, como los fisiócratas, los marxistas o los keynesianos, quienes elucubraban que la tierra, el trabajo o el capital poseían un valor intrínseco e independiente de casi cualquier otra consideración. Sin embargo, pensémoslo bien: si una vivienda está ruinosa y no es habitable, ¿posee algún valor? Si somos propietarios de una empresa quebrada que ha interrumpido sus operaciones, ¿serán sus acciones en algún sentido valiosas? Si nuestro terreno se ha vuelto yermo y no podemos darle ningún otro uso (ni siquiera la edificación), ¿conservará algún valor? No, claramente el valor de todos los activos depende poderosamente del valor de los bienes y servicios que sean capaces de producir en el futuro.

E insisto en el complemento temporal del enunciado: en el futuro. Pues, obviamente, no podemos esperar que una tierra que nos garantiza dos décadas de trigo a partir del año 2100 sea hoy igual de valiosa que otra que nos garantiza desde ya dos décadas de trigo. El tiempo tiene su valor: preferimos consumir antes que después, y por eso los activos que nos proporcionan antes los bienes o servicios serán más valiosos que aquellos que nos los proporcionan más tarde.

Por ejemplo, 100 euros hoy serán más valiosos que 100 euros dentro de un año y éstos a su vez lo serán más que 100 euros dentro de 10 años. Así, podemos preguntarnos, ¿cuántos euros estaríamos dispuestos a entregar hoy a cambio de recibir 100 euros mañana? O lo que es lo mismo, ¿por cuantos euros actuales estaríamos dispuestos a recibir a cambio de los 100 euros mañana? Si, verbigracia, nos parece bien intercambiar 90 euros de hoy por 100 euros de dentro de un año, diremos que el valor presente de esos 100 euros dentro de un año son 90 euros actuales (de hecho, esa diferencia de valor entre los bienes presentes y futuros se corresponde con el tipo de interés).

Pues bien, el valor de un activo no será más que el valor actual o presente de los bienes futuros que produce (o, por expresarlo en términos monetarios, del dinero a cambio del que se venderán esos bienes futuros). Si un activo proporciona una entrada de caja de 1.000 euros dentro de un año y otra de 2.000 dentro de dos años –siendo, por ejemplo, el valor presente de la primera suma 900 euros y el de la segunda 1.500–, el valor del activo será de 2.400 euros.

Pero valor no es igual a precio. Una cosa es el precio teórico, intrínseco o fundamental que debería exhibir un activo en función de su valor y otra el precio que realmente exhiba en el mercado. En la medida en que los bienes futuros que genere un activo, el precio al que éstos vayan a poder venderse y los tipos de interés a los que habrá que descontarlos son inciertos, su precio de mercado también lo será. Dependiendo de los dispares juicios y estimaciones que hagan los inversores, su valor estará parcialmente indeterminado y, por tanto, también lo estará el precio al que los inversores estén dispuestos a comprarlo o a venderlo.

Mas, como es sabido, en todo mercado donde existe incertidumbre tienden a hacer acto de presencia los muy denostados especuladores (otro día hablaremos de la función económica esencial que realizan… también en los mercados financieros). Los especuladores no guían sus compras o sus ventas del activo en función de su valor estimado, sino en función del precio que esperan que otros inversores o especuladores estén dispuestos a pagar a cambio del activo.

¿Qué significa todo esto? Pues que en ocasiones el precio de mercado de un activo tendrá muy poquito ver con su valor (aun estando éste parcialmente indeterminado). Cuando el precio de mercado de un activo sea superior a su valor, entonces hablaremos de burbuja financiera; esto es, burbuja es sinónimo de sobrevaloración. Por ejemplo, si el valor de una empresa, determinado por el descuento al presente del valor de los bienes futuros que generará, debiera ubicarse entre 100 y 150, pero su precio es de 5.000, entonces tenemos claramente una burbuja en la valoración de esa empresa.

Al igual que nos encontramos con burbujas podemos encontrarnos con lo que podríamos llamar anti-burbujas, esto es, con que el precio de mercado de un activo se sitúe por debajo de su valor. En tal caso, podremos comprar activos muy valiosos a precio de saldo. Es la técnica de inversión que emplea la llamada filosofía del value investing, de la que Warren Buffett es fiel seguidor.

Conviene aclarar que las subidas de precios de un activo pueden ser un síntoma de que se está gestando una burbuja, pero ni mucho menos son su elemento esencial. En ocasiones, observaremos subidas de precios que están justificadas por la mayor cantidad de bienes futuros que ese activo producirá. Por ejemplo, desde 2003 las acciones de Apple se han multiplicado por 50; al margen de que en la cotización actual pueda existir (o no) un elemento de burbuja, es evidente que gran parte de esta subida responde a que las ventas se han multiplicado por 10 y los beneficios por 200, lo que a su vez se debe a que Apple empezó a fabricar una mayor cantidad de productos que los consumidores reputaron útiles. E inversamente, podemos encontrarnos con burbujas sin que hayan subido los precios de un activo: si su valor se desploma (por ejemplo, porque los bienes futuros que puede producir han quedado súbitamente obsoletos) y su precio de mercado no hace lo propio, tendremos una sobrevalorización del activo por inercia en su precio.

Por último, son muchos quienes creen que toda burbuja tiene su origen en un crédito bancario excesivo. Lo cierto, sin embargo, es que las burbujas son fenómenos relativamente frecuentes en mercados con gran presencia de especuladores o de inversores inexpertos. Es del todo factible que un activo esté sobrevalorado aun cuando los bancos no inflen el crédito (en la bolsa, por ejemplo, ocurre a diario). Ahora bien, sí es cierto que toda expansión del crédito bancario no respaldada por ahorro provocará una burbuja financiera en alguna parte de la economía, pues esas expansiones dan lugar a auges económicos insostenibles; esto es, dan lugar a la expectativa de que la producción futura va a ser mayor de lo que en realidad llegará a ser debido al advenimiento de la crisis (y de ahí su peligrosidad: los bancos concentran su patrimonio en activos sobrevalorados que cuando pinchan contraen los medios de pago y dilapidan el capital de los ahorradores).

Por eso, si media una expansión del crédito, lo que juzgamos valoraciones prudentes de un activo podrían tornarse sobrevaloraciones cuando acaezca la crisis, revelando a posteriori la existencia de una burbuja. Y por eso también resulta en gran medida vano que las autoridades pretendan regular y controlar la recurrencia de burbujas: salvo en casos muy evidentes –y ni siquiera así: ahí están las recientes burbujas inmobiliarias que fueron negadas sistemáticamente por las autoridades–, es imposible que los políticos sepan si cada uno de los activos de la economía están sobre, infra o adecuadamente valorados. Quienes triunfan en tal actividad son ahora multimillonarios (o van camino de serlo) y su éxito deriva en gran medida de concentrarse en los sectores económicos concretos que conocen y dominan.

No hay manera de evitar que se produzcan burbujas, pues el futuro es inerradicablemente incierto; pero sí hay maneras de no incentivar su recurrencia y de no multiplicar su potencial destructor. Pero esas soluciones, como ya explicaremos, no pasan por una mayor regulación, sino por eliminar los privilegios a la banca.

Pero, ¿habría suficiente oro?

A renglón seguido, eso sí, una de las críticas más populares es que no hay suficiente oro en el planeta para acompasar el crecimiento mundial: la cantidad de dinero, se nos dice, debe crecer al mismo ritmo que la producción de bienes y servicios; eso pudo lograrse con dificultades en el s. XIX, pero sería inviable en el s. XXI.

El argumento suena verosímil, pero si lo analizamos un poco veremos que tiene poca consistencia. Es decir, la cuestión es la siguiente: ¿qué pasaría en un mundo que siguiera creciendo pero donde la cantidad de medios de pago fuese absolutamente rígida? Por claridad expositiva, podemos dividir los efectos en dos tipos: por un lado, los que atañen a los precios y la producción (aspecto real); por otro, los referidos a los tipos de interés, las deudas y la financiación empresarial (aspecto financiero).

En cuanto a los precios, asistiríamos sin duda a una deflación secular. Conforme más produjéramos, más se abaratarían los productos en relación a la onza de oro (o a la de cualquier otro patrón monetario que fuese fijo). Mas, ¿es esto algo negativo? No necesariamente. Mucha gente teme que si los precios caen, los empresarios quebrarán y entraremos en una depresión económica en la que la producción de bienes y servicios se reducirá. Pero lo cierto es que la rentabilidad de los empresarios no depende exclusivamente de los precios de venta de sus mercancías, sino de sus precios y de sus costes (del margen de beneficios).

Si precios y costes se reducen, la producción podrá seguir su curso con normalidad. Es sencillo de comprender: si ahora mismo se dividieran todos los precios de la economía entre diez (incluyendo los de activos y pasivos), prácticamente nada cambiaría. Seguirían siendo rentables las mismas líneas productivas y la gente no vería modificadas sus costumbres de gasto.

Es verdad que si los precios, en lugar de reducirse de golpe, fueran cayendo progresivamente y a ritmos desiguales, el comportamiento de consumidores y empresarios podría tener efectos reales. Los consumidores retrasarían su consumo y los empresarios podrían encontrar que otras líneas de negocio resultan más rentables que la suya (si los precios han caído menos o los costes se han reducido más que en la suya). Pero lo mismo sucede con la inflación: los consumidores tienen incentivos a adelantar su consumo y los empresarios también pueden ver cómo sus cálculos se distorsionan (si los precios suben más o los costes se incrementan menos que en su línea productiva). Y, puestos a elegir, es preferible que los consumidores retrasen su consumo a que lo adelanten, pues la base del capitalismo y de la prosperidad es el ahorro.

En definitiva, el capitalismo con un patrón monetario rígido requeriría de unos mercados flexibles donde los precios –y los costes– pudieran ir modificándose con el transcurso del tiempo. Nada, por otro lado, que no se diera en el s. XIX y que no sea igualmente recomendable en un capitalismo con un patrón monetario más elástico; al cabo, los precios son los faros del capitalismo y nada bueno puede resultar de su manipulación.

Hay una serie de precios que, sin embargo, no es probable que fueran a modificarse ni siquiera en un mercado muy flexible. Me refiero al saldo de las deudas: si los precios caen y el saldo de los pasivos no minora, cada vez los agentes adeudan más dinero en relación con sus ingresos. El temor, en este caso, es que los individuos no tendrán ningún incentivo a endeudarse y, por tanto, no podrán hipotecarse ni para adquirir viviendas ni captar capital emitiendo bonos con el que implementar sus planes de negocios.

Esta preocupación sí es en parte comprensible, pues ciertamente una economía con una deflación persistente de precios tendería a penalizar el endeudamiento. Sin embargo, no es ni mucho menos un obstáculo insalvable para mantener altos niveles de crecimiento económico. Primero, porque al igual que hoy una parte de los tipos de interés que pagan los deudores depende de la inflación esperada (de modo que si el ahorrador desea un rentabilidad mínima del 4% y prevé que los precios suban al 1,5% anual, carga unos intereses del 5,5%), en una economía con deflación persistente los tipos de interés tenderían a incorporar la deflación esperada (de modo que si se desea una rentabilidad mínima del 4% y los precios caen al 1,5%, el tipo de interés sería del 2,5%), incluso indexando los bonos a la evolución de algún índice de precios tal como ya se hace hoy. Segundo, porque la única manera de financiar una empresa no es a través de fondos ajenos (deuda), sino también a través de fondos propios (que, entre otras remuneraciones, reparten dividendos variables en función de la caja que posee la empresa).

Una economía con deflación sería una economía donde la financiación vía fondos propios tendría un peso mucho mayor al actual y donde la deuda, si bien resultaría probablemente más barata en términos nominales, sería de bastante mayor calidad, pues los ahorradores sólo aceptarían no atesorar el dinero y prestarlo a largo plazo a cambio de riesgos que fueran muy seguros; lo cual no significa, ni mucho menos, que fuera una sociedad menos emprendedora o arriesgada, sino que el riesgo se canalizaría por su vías naturales, que no son precisamente la financiación bancaria sino las participaciones en el patrimonio neto de los fondos de venture capital o de private equity.

En conclusión, hemos visto que ni la producción ni la inversión se verían seriamente perjudicadas en un mundo donde la cantidad de medios de pago fuera absolutamente fija. Tradicionalmente se ha asociado este escenario con el patrón oro, pero sí me gustaría añadir unas líneas a este respecto. Dejando de lado que en el último siglo las existencia del metal amarillo se hayan multiplicado por siete, que el oro se convierta en el patrón monetario de una sociedad no significa ni mucho menos que sea su único medio de pago. En una economía moderna, la mayor parte de mercancías se compra vía compensación de créditos y deudas, esto es, pagando unas mercancías con otras mercancías: esa es la base del crédito circulante que proporcionan empresas y bancos a sus clientes (letras de cambio y depósitos a la vista) y que, por supuesto, jugó un papel central en el s. XIX y lo seguiría jugando en una eventual recuperación del patrón oro.

Ni siquiera hoy, en la era del dinero fiduciario, la mayor parte de las transacciones se realizan al contado: la cámara de compensación CHIPS, por ejemplo, efectúa transacciones anuales por importe de 365 billones de dólares, cuando la base monetaria del dólar (el equivalente a la cantidad de oro con la que cuenta el sistema) apenas asciende a 2,7 billones de dólares. De hecho, tampoco esta base monetaria de dólares se ha incrementado al mismo ritmo que la producción de bienes y servicios: entre 1947 y 2007, la cantidad de dólares se multiplicó por 25 mientras que el PIB nominal de EEUU (no hablemos del resto de transacciones mundiales que se efectúan con dólares) lo ha hecho por 60.

El oro no impide que toda esta superestructura de crédito –que es, en el fondo, la que compra y vende mercancías en una economía que haya desarrollado un poquito su sistema de pagos– se pueda erigir; lo que favorece es que esa superestructura sea de una calidad infinitamente mayor a la del dinero fiduciario. Pero la elasticidad de los medios de pago (que no serían ni única ni mayoritariamente monedas de oro) sigue siendo enorme; en ocasiones incluso demasiado grande para evitar la recurrencia de los ciclos económicos.

Así pues, como vemos, el patrón oro no es un buen ejemplo de patrón monetario rígido (y eso que ni siquiera hemos hablado de la posibilidad de que junto con el patrón oro convivan otros patrones monetarios, como la plata o incluso, en ciertos ámbitos reducidos, variedades de medios de pago fiduciarios, electrónicos o no) pero, aun en el caso de que lo fuera, el sistema económico podría seguir funcionando perfectamente. Las objeciones contra el patrón oro no deben buscarse en sesudos argumentos teóricos, sino en la arrogancia de los intelectuales y en los conocidos intereses del Gobierno, de la banca y de una población pródiga en exceso por abusar del endeudamiento barato.

Una alucinación compartida

En realidad se trata de un “concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”. Es decir, una alucinación.

Al parecer “los mercados financieros imponen el desmantelamiento del Estado del bienestar en busca de unos beneficios desmesurados”; “los poderes financieros cuentan con nuestra soledad y nuestro miedo. Sus amenazas intentan paralizarnos, privatizar nuestras conciencias y someternos a la ley del egoísmo y del sálvese quien pueda”. Lo de la privatización de las conciencias es una memez de gran calibre que los retrata perfectamente. Se presentan en plan victimista como solos y asustados, cuando se los ve sistemáticamente como masas muy animadas.

No está claro cómo esos mercados, que no tienen ni armas ni ningún representante, pueden someter, amenazar o imponer nada a nadie: quizás lo que pasa es que hay ahorradores que se niegan a seguir prestando a derrochadores e insolventes, lo cual no es nada extraño ni escandaloso; más que buscar beneficios desmesurados, que la deuda pública no suele proporcionar, probablemente se conformen con no tener que asumir riesgos de pérdidas abultadas.

El mal llamado Estado del bienestar sigue vivito y coleando con mínimos cambios cosméticos, por mucho que algunos histéricos se empeñen en que está siendo desmantelado. El que estos activistas critiquen que el Gobierno socialista ha recurrido a “degradar los derechos públicos y las condiciones laborales” hace sospechar que hay muchos en la progresía que maman de esos presuntos derechos públicos (antes llamados “sociales”), y que disfrutan de condiciones laborales no acordes con su escasa productividad gracias a las múltiples prebendas sindicales. Tal vez defienden los servicios públicos porque están cómodamente instalados en ellos. Piden una economía sostenible, pero la sostenibilidad financiera no parece estar entre sus principales preocupaciones.

Critican “un sistema cada vez más avaricioso, que desprecia con una soberbia sin barreras la solidaridad internacional y la dignidad de la Naturaleza y de los seres humanos”. Observen la desvergüenza de criticar rasgos morales del sistema, que no es un agente moral, en lugar de mencionar personas concretas con estas graves taras éticas. Y fíjense como la naturaleza se ennoblece con mayúsculas que no merecen los seres humanos.

Nadie prohíbe la solidaridad ni promueve el egoísmo del sálvese quien pueda: algunos nos limitamos a pedir que la cooperación no sea coactiva, que sea un acto libre. El que me obliga a ser solidario con sus problemas viola mi libertad y además quizás sea un parásito caradura que quiere vivir a costa de los demás. Estos ilusos ilusionados no aspiran a construir redes voluntarias de ayuda mutua: lo que pretenden es que nadie pueda negarse a participar en sus descabellados proyectos colectivistas.

Creen ser los únicos con principios y que luchan contra la injusticia. Y aseguran que “todo es posible”: qué bonito e ilusionante. Pero va a ser que no, que hay cosas imposibles, y resulta que el socialismo es una de ellas: un engaño compartido.

Sigue el canon ilegal

Una de las principales excusas que se nos vendieron como justificación es que se incorporaba una disposición que obligaba, je, al Gobierno a modificar la regulación del canon digital contra el que tanto nos habíamos movido los internautas.

El plazo era de tres meses. La ley se publicó en el BOE el 5 de marzo. Echen cuentas. Como denuncia la Asociación de Internautas, el plazo ha expirado. No soy, en cambio, tan optimista en su conclusión de que el Gobierno está delinquiendo al no obedecer la ley. Creo que a estas alturas todos sabemos que la en España la Ley está hecha para la Casta, y no la Casta para la Ley. Aquello de Kant de que existe libertad cuando gobiernan las leyes y no los hombres, ¿lo recuerdan? Pues eso.

El canon sigue vigente, sigue vigente tras ser declarado ilegal en su formulación actual, y el Gobierno no ha movido un dedo. No es que sorprenda: la economía española se está yendo por el desagüe y tampoco es que se muevan mucho. Y ETA ha vuelto a las instituciones también, con el aplauso progre unánime, que argumenta que lo democrático es meter a los verdugos a gobernar a las víctimas. Así que esto no es deja de ser un tema menor. Sinde está muy ocupada ampliando el déficit para dar dinero a sus colegas del cine, así que no es cuestión de molestarla con temas menores, como ese diezmo impuesto a la tecnología para pagarle la pensión al menesteroso Teddy Bautista.

Lassalle ya se quejó a la ministra en el Parlamento y ésta le respondió que era mejor "una buena ley retrasada que una mala ley puntual". Sinde es incapaz de lograr ninguna de las dos cosas, por lo que se ve. Cabe suponer que el portavoz de Cultura considera que con esa pregunta ha cumplido. Pero nos debería dar alguna explicación a los internautas. No pretenderá que nos creamos que fue tan tonto como para fiarse de la palabra del Gobierno de Zapatero, Rubalcaba y Sinde, ¿no?

Chávez o el ocaso de Venezuela

 La prolongada e inexplicada estancia de Hugo Chávez en un hospital de La Habana ha levantado una polvareda mediática de considerables dimensiones. Todo indica que el presidente de Venezuela padece una grave pero desconocida enfermedad de la que está siendo tratado en Cuba. Debido al mutismo gubernamental, muy propio, por otra parte, de las dictaduras comunistas, nadie sabe el alcance de la dolencia ni si Chávez podrá salir de ella.

Todo lo que ha trascendido a los medios es un sucinto y misterioso parte que este fin de semana hizo público el canciller Nicolás Maduro. El comunicado hablaba de una “gran batalla por su salud” la que estaría librando el presidente venezolano en tierras cubanas y poco más. Del resto se ha encargado el propio Chávez a través de su cuenta de Twitter, red social a la que el autócrata es adicto y en la que tiene más de un millón y medio de seguidores repartidos por todo el mundo

Hay muchas preguntas y casi ninguna respuesta. ¿Qué enfermedad padece Chávez?, ¿es terminal?, ¿por qué ha viajado hasta Cuba para tratársela?, ¿acaso no hay buenos hospitales en Caracas?, ¿es él quien envía personalmente esos mensajes a través de Twitter?, ¿por qué todo un jefe de Estado ha elegido ese medio y no los canales habituales de los que dispone?

Ante tantos interrogantes sólo cabe poner en cuarentena toda la información que llega de La Habana y abrir un hipotético escenario sin Chávez. Si realmente la enfermedad es tan grave –terminal dicen algunas fuentes–, Venezuela debería ir preparando la sucesión de un líder que, aparte de nefasto, es irrepetible por su peculiar biografía y las circunstancias históricas de su país, lo que ha terminado cuajando en una personalidad megalomaníaca, excéntrica y amiga de los excesos, tanto verbales como políticos.

Y no sólo Venezuela. La sombra de Chávez es extraordinariamente alargada. Actualmente en Hispanoamérica hay cuatro Gobiernos abiertamente chavistas, los de Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Perú. Los tentáculos del venezolano se extienden, además, por partidos opositores de toda la región –el caso del mexicano Cuauhtémoc Cárdenas es bastante ilustrativo– y por otros Gobiernos que, aunque no siguen estrictamente las líneas marcadas por Chávez, simpatizan con su causa. Así ha sucedido con los Kirchner en Argentina, el Brasil de Lula o los Gobiernos del Frente Amplio en Uruguay.

Hoy por hoy, y aunque duela a los amigos de la libertad, Chávez es el principal y más activo jugador internacional dentro de la América hispana. El resultado ha sido una vuelta a lo peor del populismo latinoamericano que Chávez hace años se apresuró en rebautizar como “socialismo del siglo XXI”. Lo cierto es que esta variedad presuntamente moderna de socialismo no difiere en lo esencial del que ya conocemos y que se basa en la coacción, el politiqueo y la destrucción sistemática y concienzuda de la libertad individual, lo que redunda inevitablemente en la ruina económica.

No es casual que el padrino y alma máter de Hugo Chávez sea Fidel Castro, último superviviente de la pesadilla del socialismo real que castigó a Occidente durante la segunda mitad del siglo XX. La diferencia entre uno y otro no han sido, por tanto, las ideas, sino la disponibilidad de grandes reservas de petróleo. La Venezuela de Chávez se ha beneficiado del espectacular alza en el precio del crudo que se ha registrado en la última década. Miles de millones de dólares que han servido para lubricar hasta el último engranaje de su “revolución bolivariana” al tiempo que ésta se exportaba al resto del continente, con especial predilección por países ricos en materias primas como Bolivia o Ecuador.

Doce años después de su llegada al Gobierno, Venezuela es un país mucho más pobre e infinitamente menos libre. La dependencia del oro negro es absoluta pero, curiosamente, los rendimientos de la industria petrolera –completamente nacionalizada– son decrecientes. El país necesita importar prácticamente todo para poder funcionar. El precio del crudo pende como una espada de Damocles sobre los presupuestos nacionales, extremadamente sensibles a la más mínima fluctuación tal y como sucedió durante el año 2009.

Existe, obviamente, una alternativa al chavismo piafante que amenaza con apoderarse de toda Hispanoamérica para esclavizarla en nombre del socialismo. Lo representa Chile y su ya consolidada democracia liberal que apuesta por la tripleta mágica de libertad individual, imperio de la Ley y libre mercado. A día de hoy Venezuela no resiste una sola comparación con Chile en ninguno de los rubros. Donde uno se hunde, el otro prospera sin necesidad de petróleo ni de que el Estado confisque la riqueza que la sociedad genera mediante inversión y trabajo. Donde uno busca desesperadamente enemigos y se rearma, el otro se reafirma como país avanzado y pacífico en el concierto de las naciones.

Los dos modelos están uno frente al otro midiéndose en igualdad de condiciones. Si Chávez no sale de esta sería una oportunidad de oro para que los venezolanos reenfoquen el inmerecido destino de su maltratada república.    

Navegar con el DNI tatuado en la frente

…luchar contra el terrorismo, combatir la pornografía infantil o (por algún motivo, tratan de hacernos creer que se trata de una lacra tan peligrosa como las anteriores) terminar con las "descargas ilegales".

En cualquier caso, los políticos de todo el mundo suelen hacer referencia a la lucha contra el crimen para justificar alguna nueva medida destinada a controlar qué hacemos los ciudadanos en internet.

El último ejemplo de esto viene de tierras nórdicas, en concreto, de la patria de La Sirenita (la estatua, no la de Disney). El Ministerio de Justicia de Dinamarca pretende crear un sistema de identificación obligatorio para poder navegar en internet, de manera que se pueda identificar de forma exacta a un internauta sin tener que recurrir a la menos precisa IP (que permite localizar el ordenador, pero no al usuario que lo ha manejado). Por supuesto, y como señalábamos más arriba, la excusa es poder determinar quién ha cometido un delito utilizando internet. En concreto, dicen, la idea es utilizarlo para perseguir a los implicados en actos de terrorismo.

El problema de este tipo de medidas es que permiten ejercer un mayor control de la población, no sólo de los posibles implicados en acciones delictivas. Por muchos controles que se traten de imponer para evitar abusos, como la obligación de una orden judicial para rastrear el comportamiento de un usuario concreto, las autoridades siempre pueden encontrar modos de saltárselos. Si no, que les pregunten a los responsables de los servicios secretos de todo el mundo. Y, aunque no fuera sencillo, este tipo de medidas suponen una vigilancia excesiva sobre los ciudadanos.

Veamos un equivalente fuera de la red. Lo que quiere imponer el Gobierno danés es el equivalente en internet a obligar a los ciudadanos a vivir con el documento de identidad tatuado en la frente, de manera que en todo momento las autoridades puedan saber quiénes son, con independencia de que estén atracando a alguien, besando a su pareja o comprando un libro. Se trata de una medida de control más propia de un Estado policial que de una democracia asentada y respetuosa con la intimidad y la libertad de los ciudadanos.

Como dijera Hamlet en la obra de Shakespeare: "algo huele a podrido en Dinamarca". Y, lo que es peor, es el tipo de podredumbre que le gusta imitar a todos los gobiernos. Por nuestra seguridad, eso sí. O al menos eso dicen.

El despropósito económico de los indignados

A saber, su conocida oposición a eso que han venido a llamar el Pacto del Euro, trasunto de aquel universalmente vituperado –algunas veces con razón– Consenso de Washington. Es lógico: cuando tomas las principales ciudades de un país y asaltas sus parlamentos, lo normal es que el foco de atención se mueva ligeramente. Pero bueno, atendamos su petición y fijémonos en lo que juran que es la sustancia de su movimiento.

No seré yo quien defienda el Pacto del Euro, más que nada porque eso de que los contribuyentes alemanes y franceses sigan recapitalizando a su banca tratando de evitar que los manirrotos Estados periféricos quiebren, no me parece ni moral ni económicamente acertado. La solución de verdad pasaría, por un lado, por una desamortización de todos los bienes que todavía acaparan esos Estados manirrotos para reducir drásticamente su endeudamiento (ahí está el caso de Grecia, que acumula activos por valor de 300.000 millones de euros, para una deuda de 350.000) y, por otro, por una reducción enérgica de su presupuesto con tal de eliminar su déficit.

Pero los indignados, que de querer –eso decían para quien quiso creerlos– regenerar la democracia española han pasado a pretender rediseñar los balances de todos los Estados y bancos del planeta, no proponen nada de todo esto; al contrario, el programa económico de Democracia Real YA se reduce a exigirle a Europa que nos sigan dando el dinero de sus contribuyentes a fondo perdido con tal de que la fiesta no se acabe. Que no otra cosa es su rechazo al Pacto del Euro: "denos dinero pero no nos exijan ningún compromiso verosímil para que se lo devolvamos". Ni reducciones de gasto ni liberalización de la economía. Nada. Las cosas deben quedarse como están, y si a Zapatero se le ha acabado el dinero, que apoquinen Merkel y Sarkozy (es decir, los sufridos contribuyentes teutones y galos).

Porque si no aceptan ni recortes en el gasto público, ni aumentos de ciertos impuestos como el IVA o Sociedades (en esto, vaya, sí coincidimos), ni una reforma del mercado laboral que se cargue los convenios colectivos para permitir que vuelvan a surgir oportunidades de negocio, ¿cómo pretenden que salgamos de ésta? Sí, de ésta, porque por si alguien no se ha dado cuenta, estamos al borde de la suspensión de pagos.

Recapitulo por si hay algún despistado indignado: los países periféricos, Grecia y España entre ellos, tienen un déficit público de alrededor del 10% del PIB. Eso significa que los impuestos que abonan sus ciudadanos no dan para cubrir los desproporcionados gastos de sus Estados niñera y metomentodo. De ahí que sean los ahorradores extranjeros –esos especuladores canallas que tan poco les gustan– los que nos estén prestado su dinero para que sigamos gastando por encima de nuestras posibilidades. Pero ojo, si nos lo prestan es para que se lo devolvamos algún día –normal, ¿no?–, y para devolvérselo tenemos que abandonar el déficit y amasar un cierto superávit. Mas, ¿cómo generar un superávit si, siguiendo las propuestas de los indignados, el Estado no puede ni reducir gastos, ni aumentar impuestos ni liberalizar la economía?

Mal asunto, sin duda. Entre otras cosas porque si los ahorradores internacionales se convencen de que no vamos a poder pagarles –idea a la que los indignados están contribuyendo notablemente–, dejarán de prestarnos ese 10% del PIB que actualmente nos están prestando. ¿Y qué significaría eso? Pues que ya podemos olvidarnos de tímidos y progresivos ajustes en el gasto público: de golpe y porrazo, habrá que meterle un tajo del 25% a nuestro gasto público (que a eso equivale el 10% del PIB que se nos está prestando). ¿Se lo imaginan? Pues eso es lo que conseguiremos haciéndoles caso a los indignados.

Y es que, al cabo, puestos a indignarse, ¿no sería más razonable hacerlo contra los políticos y el sistema económico –Estados enormes, un muy intervenido sistema financiero y relaciones laborales tomadas por los sindicatos– que nos han abocado a esta desesperada situación? Parece que no: lo que les indigna no es que hayamos malvivido una década de prestado, sino que ahora toque darnos un baño de realismo y comenzar a pagar nuestras deudas.

¿Doble crisis mundial? No, la misma

En octubre de 2009 Estados Unidos salió de la recesión y los economistas del establishement afirmaron que una vez acabada la recesión, había acabado la crisis. Una bobada en toda regla.

Los economistas que dan explicaciones macroeconómicas a la evolución de un país suelen basar "su realidad" a través del crecimiento puro y duro sin prestar importancia a factores tan de base como por ejemplo el desempleo. Una encuesta realizada la semana pasada afirmaba que el 89% de los estadounidenses cree que la economía se encuentra en mal estado. ¿Se equivocan los economistas o la gente? Las recetas para la recuperación de Estados Unidos han sido más gasto, más funcionarios y más dinero en el mercado nacido de una imprenta (QE1 y QE2, a nivel más técnico). ¿El resultado? Bueno, la inyección de dinero de la Reserva Federal solo ha servido para disparar las materias primas, inanición en el tercer mundo y crear una inflación desbocada en las bolsas (en los últimos dos años el S&P y el Dow Jones se han doblado). Bernanke solo hace que calentar la próxima crisis. En Estados Unidos se está creando la figura del desempleado de larga duración. ¡Menuda salida de la crisis!

Ahora los mercados necesitan más. Más droga que les alimente. Esto es, como un yonki con el síndrome de abstinencia, piden a la Reserva Federal más dinero en el mercado con un QE3. Con el fin de los "estímulos", las bolsas de Estados Unidos no paran de bajar presionando a Bernanke para que vuelva a estimular la economía indefinidamente. Muchos analistas ya apuntan que si no hay QE3, el S&P puede llegar a los 1.000 puntos, lo que significa bajar un 20% respecto a cuotas actuales. ¿Todo el descomunal despilfarro ha servido de algo? De nada. ¿Servirá de algo repetir lo mismo? Lo empeorará todo más. La inflación de los bancos centrales no crea productividad, ni riqueza. Al revés, es el verdugo de ambas.

Es más, las cosas empeoran. Dos datos recientes. El indicador ECRI, que mide la tendencia de los ciclos americanos y que por el momento no ha fallado jamás, muestra una desaceleración de la economía. Como afirmó Lakshman Achuthan, uno de los fundadores del índice: ECRI nos dice que solo hay una tendencia, la bajada.

Está ocurriendo lo mismo con la vivienda donde las caídas desde máximos superan el 30%, pero el panorama no es bueno. Robert Schiller, co-fundador del índice del precio de la vivienda Standard & Poor’s/Case Shiller, afirma que el sector inmobiliario podría caer una media adicional del 20%; lo que sería una bajada superior a la de la Gran Depresión.

¿Y si Estados Unidos está así, cómo va Europa? Los acontecimientos europeos están más dentro del mundo de la política que del merado. No es un terreno apto para economistas ya, sino para politólogos. Después de un año, aún nadie sabe qué va a pasar con Grecia (la actual turbulencia de los mercados europeos se debe básicamente a esta cuestión). Entre la UE, Alemania y resto de países están mareando la perdiz mientras el viejo continente se va a pique. Los políticos han estado perdiendo el tiempo con recetas de gasto, ridículos recortes y aumento de la recaudación. Las medidas que preparan tampoco servirán de nada.

Este segundo semestre de año promete. Promete más incertidumbre, más pobreza y más penurias. No es tan difícil arreglarlo. Solo es cuestión de dejar a la economía civil que actúe en lugar del Gobierno. Si hubiesen dejado quebrar todos los malos bancos y disolverse las malas inversiones para dar más participación a la libre iniciativa privada restándola de la estatal, ya no hablaríamos de segundas crisis o continuación de la misma, sino de evidentes recuperaciones.

Ya era hora

En rueda de prensa posterior aclararon que en dicha organización había dos niveles de usuarios: los que se limitaban a apuntarse a echar abajo los sitios web y quizá comentar en foros y chats y quienes montaban esos chats, preparaban las web donde se hacían los llamamientos, etc. Los tres detenidos formaban parte de este segundo grupo, al que han calificado de cúpula a falta de un nombre mejor.

Pero fuera de esta anécdota, que muchos fanáticos del vandalismo digital han querido elevar a categoría, lo relevante es que son las primeras detenciones desde que el Código Penal incluyera en su tipificación el delito de ataque informático que incluye penas de seis meses a tres años para quienes "obstaculicen o interrumpan" el funcionamiento de un servicio informático ajeno. Dado que el sentido de la ley es protegernos del daño que nos puedan provocar terceros, parece increíble que hayamos tenido que esperar tanto para que se persiga un comportamiento que tan claramente entra en este concepto.

Sin embargo, se está popularizando en exceso la idea de que, mientras no se emplee la violencia, actos como los que comete Anonymous contra diversos sitios web o los protagonizados por los acampados de Sol y otras plazas son legítimos. Es más, como con sus actos parecen haber logrado más atención que la acaparada por quienes se han manifestado estos últimos años respetando los derechos de los demás, como las víctimas de terrorismo, sería la forma recomendable de protestar.

La violencia es sólo una forma de atacar nuestros derechos, especialmente grave, pero no la única. Si siguiéramos el razonamiento de estos iluminados, los carteristas y timadores en general podrían hacer su encomiable labor, que tantas buenas películas y series ha provocado, ya que no pegan a nadie cuando le roban. De hecho, los partidarios de los perroflautas y okupas de Sol ni siquiera podrían quejarse contra los políticos corruptos, que tampoco es que vayan por la calle con el bate de béisbol atizando a diestra y siniestra. El Código Penal está repleto de delitos en los que la violencia física no juega ningún papel. Es el caso del ataque informático, que ya tardaba en estar tipificado.

Ni tomar las plazas, ni las calles, ni montar algaradas callejeras ni reventar sitios web son medios aceptables, sean cuales sean los fines. Poner silicona en las vías de acceso a la web no puede estar permitido en un Estado de Derecho. Esperemos que los jueces, si las pruebas demuestran lo que la Policía dice que demuestran, nos confirmen que España está un poco más cerca de ese ideal.

La lección británica de 1815

Al término de la guerra con Francia, tras la derrota definitiva de Bonaparte en la batalla de Waterloo en 1815, el Gobierno de Londres se encontraba en situación de quiebra técnica tras acumular una deuda pública próxima al 250% del PIB.

Durante los años de la campaña bélica, Gran Bretaña optó por abandonar el patrón oro para embarcarse, como es tradicional en estos casos, en una decidida política inflacionista mediante la expansión del crédito y un brutal incremento del gasto público a fin de poder sufragar los costes de guerra. Además, la estructura productiva del país se orientó hacia la fabricación de armamento, al tiempo que el sector agrícola (clave en esa época) vivía su particular burbuja al calor del crédito fácil y los contratos del ejército.

Pero la orgía llegó a su fin. A la expansión del crédito inflacionario propio del período bélico le siguió rápidamente otro de posguerra marcado por la recesión económica y la temida deflación –contracción monetaria y caída de precios–. El crédito total del Banco de Inglaterra cayó desde los 44,9 millones de libras el 31 de agosto de 1815 hasta los 34,4 millones en 1816, una reducción del 24%. Esta contracción monetaria provocó que muchos bancos regionales acabaran quebrando entre 1814 y 1816.

Ante tal situación, la industria y la agricultura, los sectores productivos más beneficiados por la expansión que generó el período bélico, comenzaron a demandar al Gobierno la puesta en marcha de ambiciosos planes de estímulo para frenar la depresión. Es decir, programas de gasto público recurriendo al déficit para sufragar grandes obras de infraestructura, ayudas públicas y subvenciones de toda índole. Asimismo, destacados economistas y políticos reclamaron mantener el dinero fiduciario para impulsar nuevamente la inflación y la expansión del crédito. En resumen, las típicas políticas de expansión fiscal y monetaria que hoy en día tanto defienden los keynesianos, con el objetivo de reanudar una nueva burbuja a base de más deuda (crédito).

Por suerte, el Gobierno de Lord Liverpool hizo caso omiso a tales exigencias. Ignoró las propuestas encaminadas a generar inflación para tratar así de evaporar la montaña de deuda que presentaban las arcas públicas. Con una deuda del 250% del PIB, al borde del colapso económico, Gran Bretaña optó por restaurar el patrón oro (1820), con la consiguiente deflación de precios, y por recortar drásticamente el gasto público.

Liverpool permitió al mercado hacer su trabajo: depurar las malas inversiones y liquidar las distorsiones de producción causadas por las descompensadas demandas del período bélico y el auge del crédito inflacionario. Dicho de otro modo, el Gobierno dejó que la necesaria recesión siguiera su curso, que el mercado corrigiera los errores del pasado para poder regresar a una sana economía de paz con bases sólidas. Todo ello hizo posible que la Revolución Industrial pudiera desarrollarse en libertad, elevando de forma general el nivel de vida de los ingleses –el despilfarro bélico tan sólo benefició a determinados sectores–. Daba comienzo la mayor etapa de crecimiento económico de la historia de Gran Bretaña.

En apenas una década, gracias a los abultados superávits presupuestarios, la carga de la deuda pública se redujo hasta niveles manejables. El resultado a largo plazo fue un siglo de estabilidad de precios y una gran prosperidad económica. En 1900 la deuda era del 30% del PIB, y la riqueza del país se había multiplicado por diez. Una valiosa lección para la actual crisis de deuda pública.