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Inmigración y ultraderecha

El capitalismo es una potente fuerza niveladora. El capital va a donde el trabajo es barato. Lo hace más productivo, lo que eleva los salarios. El trabajo barato, por otro lado, viaja a donde hay mucho capital, también para ser más productivo y generar una mayor renta. Esta doble vía no es perfectamente simétrica. El capital no incorpora una moral, un poso cultural, una forma de entender el mundo y relacionarse. Los trabajadores, sí. La primera importación de los Estados Unidos es la pobreza, que cruza sus fronteras a diario. Aquel país es tan productivo que transforma esa pobreza en oportunidades para la mejora. También ocurre en nuestro continente, que absorbe masas crecientes de gente procedente de países pobres.

El mercado es un proceso integrador; permite el acuerdo y la cooperación entre personas que en otros ámbitos mantienen diferencias graves, acaso irreconciliables. Un empresario contrata a un trabajador por lo que éste le puede aportar, sin necesidad de que tengan que estar de acuerdo en su forma de ver la vida. En otro tiempo, la presencia de millones de musulmanes en Europa sólo se podía entender como el resultado de una invasión bélica, pero lo cierto es que sólo han venido a ganarse la vida porque nuestra sociedad es mucho mejor para ellos que la que les ha visto nacer.

Nosotros, guiados por el triunfo arrollador de la izquierda, hemos negado la realidad de nuestra cultura para igualarla, en el cero absoluto, a las culturas que arrastran quienes vienen a trabajar. Si, por un lado, muchos musulmanes mantienen que su sociedad de origen es mucho mejor que la nuestra, pese a desmentirse cada día que deciden estar aquí, por otro, entre nosotros también hay quien parece tener la misma idea. Esta confluencia extraña ha resultado en una solución absurda: el multiculturalismo. Es la solución que permite a los musulmanes mantener su sociedad, pero en nuestro suelo, y con nuestra organización económica.

La integración no es una cédula que le entregamos a quien viene, sino una voluntad de quien llega. Nosotros fomentamos los guetos multiculturales y ofrecemos ese apoyo sin lazos sociales que es el Estado de Bienestar. No les damos motivos para hacer un esfuerzo por integrarse. Ellos tampoco los tienen, porque se ven sustancialmente distintos a nosotros, y muy superiores.

Esta es la realidad. Una parte de la sociedad la niega. Otra la afronta, indignada ante la hipocresía reinante, y quiere acabar con ella con manos de cirujano: cortando por lo sano. Es ese terreno de quien no niega la realidad, pero no confía en que una sociedad libre puede ser lo suficientemente integradora como para que no surjan problemas, es donde surge la ultraderecha. Frente a ella no cabe negar los conflictos. Si permitimos que el terreno de la verdad lo ocupe este espacio ideológico, mal vamos. Lo que sí podemos hacer es un esfuerzo por entender cómo se puede integrar a personas de culturas diferentes en un mercado abierto. Y por empezar a creérnoslo nosotros mismos.

Endeudamiento mórbido

La deuda, anticipar la satisfacción de nuestras necesidades, es adictiva: proporciona un placer inmediato muy por encima del que podríamos (y deberíamos) permitirnos; el ahorro, retrasar la satisfacción de nuestras necesidades, es doloroso: requiere de la espartana disciplina de la austeridad, impropia en estos tiempos modernos donde todos tenemos "derecho" a todo por obra y gracia del Estado providente y benefactor.

Podemos fijarnos en Estados Unidos, pero semejante tendencia está bastante más acusada en Europa. Lo mismo da. Una sociedad que premia el endeudamiento y castiga el ahorro es una sociedad que lógicamente tendrá progresivamente más deuda y menos ahorro: es decir, más obligaciones a devolver una renta futura para cuya generación se cuenta con menores medios.

Mas, ¿qué esperar? Al endeudamiento se lo premia con inflación, tipos de interés artificialmente bajos, rescates indiscriminados y tributación amigable. Idénticos clavos con los que se sepulta al ahorro: la inflación erosiona el valor de nuestros patrimonios, los tipos de interés bajos castran su rendimiento, los rescates o las amnistías de los deudores se ceban con el expolio de los acreedores y la sangrante tributación de plusvalías, dividendos, riqueza o beneficios afean su recompensa.

A riesgo de simplificar, pocos elementos ilustran mejor esa desatada ofensiva contra el ahorro y esa desacomplejada promoción del endeudamiento que el definitivo abandono del patrón oro por parte de Estados Unidos. Vean, si no, qué ha sucedido con la tasa de ahorro neta sobre el PIB desde que en 1973 Nixon decidiera enterrar definitivamente Bretton Woods: la capacidad de la economía estadounidense para generar nuevos bienes de capital tras reponer los ya existentes se ha ido desplomando, hasta el punto de que durante esta crisis se ha vuelto negativa (es decir, el ahorro nacional es insuficiente para conservar todas las inversiones ya realizadas bajo el paraguas del brioso endeudamiento previo).

Tendencia paralela a esa explosión del endeudamiento de las últimas tres décadas, coincidente con el fin de los altísimos tipos de interés que Paul Volcker tuvo que colocar a finales de los 70 y principios de los 80 para evitar la desmonetización del dólar en favor del oro:

El sueño de todo keynesiano –la eutanasia de facto del rentista– y la pesadilla de todo economista con dos dedos de frente. A la vista de la evolución del ahorro y del endeudamiento durante las últimas cuatro décadas, ya puede suponer qué grupo ha predominado en la academia y, sobre todo, en el Gobierno.

Sobre la suspensión de pagos de EEUU

Comenzamos la semana con la intolerable insubordinación de esa agencia de rating llamada S&P al advertir sobre la posibilidad de arrebatarle la triple A al Gobierno estadounidense: ya saben, una parte del oligopolio privado de las agencias de calificación amenazando a quien ha creado y sustenta ese oligopolio privado. Enternecedor.

Con todo, más allá de este apaño para guardar las apariencias, EEUU debería haber perdido la máxima calificación crediticia hace mucho. No ya porque su deuda pública supere el 80% del PIB, no ya porque su déficit público ronde el 10% del PIB, sino porque de momento no hay ningún plan creíble para reducir el abultadísimo déficit público futuro derivado de su "gasto social" (sí, en los turboliberales EEUU hay tanto de eso como para abocarlos al impago). Bill Gross, el mayor gestor de renta fija del mundo, ya se ha puesto corto en la deuda pública estadounidense, señal de que pintan bastos a menos que la Reserva Federal lo evite.

Y es que, de hecho, ahí se encuentra la madre del cordero. A punto de concluir el Quantitative Easing 2 –el programa por el que la Fed ha adquirido prácticamente toda la deuda pública emitida en los últimos meses–, ¿qué hará Bernanke? ¿Continuará monetizando más deuda pública para que Obama siga despilfarrando a placer en lugar de ajustar sus cuentas o, en cambio, cerrará el grifo permitiendo que los tipos de interés se disparen?

Técnicamente, el Gobierno de Estados Unidos, siempre que tenga detrás a la Reserva Federal, no puede suspender pagos. Si se les acaba el dinero, basta con que lo pinten. Disponen de un monopolio monetario controlado por el Gobierno (¡vaya si es un monopolio!) que les concede autonomía monetaria, es decir, autonomía para destruir la moneda.

Pero no se confundan. Recurrir a la inflación para no impagar la deuda es impagar la deuda, pues se devuelve una moneda de menor valor que aquella que se prestó (al acreedor le da igual que le devuelvan un 30% menos de dólares que el 100% de unos dólares con un 30% menos de valor). Se dice que Estados Unidos nunca ha suspendido pagos, pero obviamente sí lo hizo: cuando Nixon abandonó Bretton-Woods, los bancos centrales extranjeros se quedaron sin el oro al que daban derecho los dólares que tenían en sus saldos de tesorería. Es una lección muy sencilla de la que los argentinos son unos maestros: redefine la unidad monetaria hasta que puedas devolver el importe nominal al que te comprometiste.

Claro que los riesgos de esta política deshonrosa (si no puedes pagar, admítelo, pero no te cargues la divisa) son bastante elevados. Las dinámicas inflacionistas a tan alto nivel, una vez desatadas, son muy difíciles de controlar. Nada tienen que ver con la inflación de tipo crediticio que hemos vivido en los últimos 50 años: no son una inflación que nace de crear demasiado crédito sino una inflación que estalla por diluir la moneda para destruir demasiado crédito.

De momento, el mercado sólo está penalizando ligeramente al dólar porque piensa que la deuda pública monetizada por Bernanke terminará pagándose a través de los ingresos tributarios del Gobierno estadounidense. Todo cambia, sin embargo, si los operadores de mercado y los tenedores de dólares llegan a la convicción de que el Gobierno sólo amortizará la deuda pública de la Fed a través de los dólares que consiga monetizando nueva deuda pública.

Ése sería un punto hiperinflacionista de muy difícil retorno, porque significaría la descapitalización completa del banco central: los activos de deuda pública de la Fed estarían formalmente impagados en la medida en que sólo podrían atenderse a través de un mayor endeudamiento (de una mayor monetización de dólares) por parte de la misma Fed. Básicamente, el dólar se convertiría en un fraude piramidal como el de Madoff del que los inversores saldrían en desbandada.

Por eso Obama y Bernanke están jugando con fuego. A la muy zapaterina manera, no se están tomando en serio los riesgos a los que se enfrenta la mayor economía del planeta. Uno gasta y gasta porque el otro imprime e imprime. Que luego no nos vendan que eso también es culpa del libre mercado.

No temerás al duopolio

Los inventó IBM en 1953, pero el mismo gigante azul renunció a seguir fabricándolos en 2003, fusionando esa división con la de Hitachi, que a su vez ha sido comprada por Western Digital. Hace unos años cayó un gran clásico, Maxtor, que fue adquirido por Seagate en 2005 y ahora parece que Samsung podría seguir el mismo camino.

El panorama del mercado sería el de dos grandes actores con más del 40% de la cuota de mercado y unos pocas empresas con un porcentaje ínfimo, un pelotón de los torpes que lideraría Toshiba. Y no, esos discos externos tan bonitos de Lacie, Verbatim y otras compañías no guardan dentro un disco de Lacie, Verbatim o la marca que sea, sino del increíblemente menguante número de empresas que se dedican a lo difícil, que es fabricar el disco de 1 o 2 terabytes que hay en su interior.

Así, de primeras, la situación puede resultar preocupante. Si hay menos empresas, habrá menos competencia y, por tanto, subirán los precios y bajará la calidad. Pero la situación está lejos de ser tan clara. Lo cierto es que a estas alturas de la película es normal que existan pocos competidores. En la película de Norman Jewison Con el dinero de los demás, el personaje interpretado por Danny de Vito, llamado Larry "El Liquidador", pone a los accionistas de una venerable compañía fabricante de cable un ejemplo para convencerles de que le dejen deshacer la compañía. A principios del siglo XX existían docenas de empresas que fabricaban látigos para coches de caballos. Años después, tras la aparición del automóvil, fueron cerrando. La que quedó, decía "El Liquidador", seguro que hacía los mejores látigos de todos. Pero, ¿quién querría tener acciones de esa compañía?

La fibra óptica había dejado obsoleta a la New Englad Wire and Cable de la película, y los discos de estado sólido, sea con las actuales memorias o con los futuros memristores, amenazan con hacer lo propio con los discos duros magnéticos de toda la vida. Son aún muy caros, pero empiezan a usarse en algunos ordenadores: se lo aseguro, si quieren un plus de rendimiento, la mejor inversión que pueden hacer sobre una configuración estándar es comprar un SSD como disco principal. Cada vez que arranco mi ordenador estoy más convencido.

Así que lo normal, en un sector que se prevé que en los próximos años va a disminuir de importancia y de tamaño, con unos márgenes pequeños, que requiere grandes inversiones para mantener el nivel de innovación –especialmente en capacidad–, se lo queden un par de empresas y, si me apuran, una. No deberían temer aumentos de precios ni ninguno de los males asociados a los monopolios. Tienen competencia más que de sobra de empresas que no fabrican discos duros.

El germen socialista arraiga en el PP

La cúpula popular, la elite de políticos que aspira a sustituir a los socialistas en el Gobierno, ha ido interiorizando progresivamente clichés e ideas propias de un progresismo trasnochado como resultado de su ansiado viaje al centro político. Y lo peor de todo es que nada apunta a que se trate de una mera estrategia de marketing electoral a fin de atraer hacia sí desengañados votantes del PSOE. No obstante, algunos de sus líderes se encuentran de lo más a gusto y natural militando en un socialismo de facto.

Éste es el caso del vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, votante declarado de Felipe González en sus años de juventud. Cierto es que nadie es perfecto y que todo el mundo puede cometer errores, pero éste no parece ser el caso de González Pons quien, lejos de rectificar, mantiene un ideario netamente izquierdista pese a ocupar un alto cargo en el seno del PP. Así, por ejemplo, lejos de rechazar el famoso Plan E ideado por el Gobierno para impulsar obras públicas del todo inútiles en miles de municipios, Pons no cuestionó la cuantía del fondo, tan sólo su finalidad, al igual que Rajoy. También fue Pons el que criticó duramente al Gobierno por tratar de cerrar el grifo del crédito a los ayuntamientos en 2010 –cosa que al final no hizo, por cierto–, arguyendo que supondría la "miseria" para miles de trabajadores y empresas dependientes del maná público.

El mismo Pons que se declara fan de La Sexta, y el mismo que el pasado viernes cargó contra Telefónica por reducir plantilla y repartir bonus entre sus directivos, al igual que hizo Rubalcaba, Salgado, Valeriano Gómez o el propio Zapatero. En ese mismo discurso arengó a los jóvenes del PP empleando lemas e ideas extraídas de un panfleto anticapitalista, Indignaos, cuyo autor echa en falta el socialismo de la extinta URSS.

Pero Pons no es el único socialista declarado de la familia popular. Gallardón es el ejemplo práctico más plausible. Amante de los impuestos y del gasto público, el actual alcalde de Madrid llegó a disparar un 324% la deuda de la comunidad autónoma durante sus años de presidencia regional. Todo un récord, ni siquiera superado por el tripartito catalán de José Montilla. Su posterior gestión municipal habla por sí sola.

Camps no le anda lejos. La Comunidad Valenciana es la más endeudada del país con respecto a su PIB regional gracias a las certeras políticas económicas de su Gobierno, que en poco o nada tienen que envidiar a la expansión de estímulos fiscales impulsada por el tándem Zapatero-Salgado a nivel estatal.

Así está el PP, ni más ni menos: con responsables de comunicación amantes del socialismo teórico y gestores regionales encargados de poner en práctica tales medidas. Todo ello pone en duda la existencia de una alternativa política real al actual Ejecutivo socialista. No obstante, Pons, Gallardón y Camps, entro otros, son líderes de la máxima confianza de Mariano Rajoy, y éste ya invitó hace tiempo a liberales y conservadores a salirse del PP. Lo está consiguiendo, sin duda.

El capitalismo depende del ahorro, no del consumo

Por ejemplo, por todos es sabido que al capitalismo lo mueve el consumo; basta con darse un paseo por la calle para darse cuenta: cuando las tiendas están a rebosar, se crea empleo, y cuando están vacías, se destruye. Sencillo, ¿no?

Pues no tanto. A quienes creen que el capitalismo se sustenta sobre el consumo –o incluso sobre el consumismo– debería extrañarles el étimo mismo de "capitalismo". Capitalismo procede de capital (esa parte de nuestro patrimonio destinada a generar riqueza para el resto de agentes de un mercado) y para amasar un capital hay que ahorrar y para ahorrar hay que restringir el consumo. ¿Qué sentido tiene entonces decir que un sistema, el capitalismo, cuya misma existencia depende de la virtud de no consumir sólo puede sobrevivir y medrar cuando se consume masivamente? Ninguno, salvo porque aquello que conocemos del capitalismo son sus expresiones más primarias y más mundanas: como productores especializados y consumidores generalistas que somos, cada semana visitamos decenas de tiendas distintas, pero muy pocos serán quienes a lo largo de toda su vida visiten decenas de centros de producción diferentes.

Mas las cosas son así: el capitalismo no depende del consumo sino del ahorro. Una sociedad donde se consumiera el 100% de la renta sería una sociedad nada capitalista. No tendríamos ni un solo bien de capital: ni viviendas, ni fábricas, ni infraestructuras, ni laboratorios, ni científicos, ni arquitectos, ni universidades ni nada. Simplemente, todos los individuos tendrían que estar ocupados permanentemente en producir bienes de consumo –comida, vestidos, mantas…– y no dedicarían ni un segundo a producir bienes de inversión (por definición, si se consume el 100% de la renta es que no se producen bienes que no sean de consumo). Es el ahorro, el no desear consumir todo lo que podamos, lo que nos permite dirigir durante un tiempo nuestros esfuerzos, no a satisfacer nuestra más inmediatas necesidades, sino a preocuparnos por satisfacer nuestras necesidades futuras: producimos bienes de capital para que éstos, a su vez, fabriquen los bienes de consumo futuros que podamos necesitar.

Pero entonces, ¿acaso la economía no entra en crisis cuando cae el consumo? No, quienes entran en crisis cuando cae el consumo son los negocios que venden directamente a los consumidores, pero no toda la economía. Salvando el caso –que trataremos en otro artículo– de que el consumo caiga porque aumente el atesoramiento de dinero (el dinero debajo del colchón), un menor consumo implica que hay disponibles una mayor cantidad de fondos y recursos para invertir. En otras palabras, cuando caiga el consumo, los tipos de interés también se reducirán, con lo que la inversión aumentará; es decir, pasarán a producirse más bienes de capital contratando a los factores que habían quedado desempleados en las languidecientes industrias de bienes de consumo.

Alto. Pero, ¿acaso no son las industrias de bienes de consumo las que compran los bienes de capital (máquinas, productos intermedios, grúas, patentes, material de oficina, ordenadores…)? Entonces, si las industrias que producen bienes de consumo entran en crisis porque venden menos, ¿acaso no reducirán sus compras a las industrias que fabrican bienes de capital? ¿Para qué querrían éstas incrementar su producción?

No, no están locas. Que el consumo caiga significa que las empresas de bienes de consumo ya no pueden vender una parte de sus mercancías al mismo precio que antes. Si no rebajan los precios, parte del género se les queda en las estanterías sin vender, pero si lo hacen, deja de salirles a cuenta comercializar muchos de esos productos. ¿Callejón sin salida? No. Toda empresa que vea minorar su margen de ganancia tiene dos opciones: o comprar el mismo producto más barato a sus proveedores o adquirirles un producto igual de caro pero de mayor calidad por el que los consumidores estén dispuestos a pagar más. En ambos casos, el margen de beneficio de estos productos vuelve a ser positivo: o los precios caen pero los costes también lo hacen, o los costes se mantienen constantes pero los precios de venta suben.

Así pues, sí existe una demanda potencial insatisfecha por parte de las empresas de bienes de consumo y, en definitiva, por parte de los consumidores: demandan bienes de consumo o más baratos o de mayor calidad. Y es a esto a lo que se dedicarán los asequibles fondos y recursos que quedan disponibles tras la minoración del gasto en consumo: a fabricar más bienes de capital que, gracias a su superior productividad, permitan producir en el futuro bienes de consumo más baratos o de mayor calidad.

¿A qué creen que se están dedicando si no las compañías que ahora mismo están buscando nuevos pozos de petróleo o minas de cobre, experimentando con motores de gas más eficientes o investigando como abaratar y perfeccionar las tabletas de los próximos cinco años? Justamente a eso. ¿Piensa que su actividad sería más fácil si todos consumiéramos aún más de lo que ya lo hacemos ahora? Es decir, ¿piensa que su actividad sería más fácil si los tipos de interés se dispararan y si, por tanto, les metiéramos más prisa para que concluyeran todos sus proyectos? No, muchos los terminarían de forma chapucera a los pocos meses y muchos otros ni siquiera los emprenderían.

Por este motivo, en contra de lo que piensan los subconsumistas, no existe ninguna paradoja del ahorro: el ahorro es tanto individual como socialmente beneficioso. Más ahorro incrementa nuestro patrimonio individual y, también, la capitalización de toda la economía: es un poquito menos de pan hoy a cambio de muchísimo más pan mañana. El capitalismo no ha medrado sobre el consumismo, pues en tal caso las sociedades más pobres del planeta –aquellas que para sobrevivir se ven forzadas a consumir todo lo que tienen– serían las más ricas; ha medrado, en cambio, sobre la virtud de la frugalidad de unas clases bajas que se han ido convirtiéndose en medias y, en algunos casos, en capitalistas.

Y ahora, la pregunta estrella: ¿podemos llevar este principio hasta el extremo? ¿Acaso si todos dejáramos de consumir por completo la economía no se desmoronaría? Pues depende de qué entendamos por "dejar de consumir por completo". Si con ello queremos decir que nunca más, jamás, nadie sobre la faz de la tierra piensa volver a adquirir un bien de consumo, entonces sí. Pero por un motivo elemental: producimos para consumir (nota al margen: el ingenuo pensamiento keynesiano razona al revés; consumimos para producir y para tener empleo en algo). Si nadie quiere consumir ni hoy ni mañana, no hay objeto para que sigamos produciendo; podemos tumbarnos todos el día a la bartola en lugar de perder el tiempo y las energías en fabricar algo que nadie desea.

Pero si por "dejar de consumir por completo" entendemos, verbigracia, abstenernos de consumir durante cinco años (en caso de que fuera posible), entonces sí tendría sentido económico que durante esos cinco años dejáramos de fabricar bienes de consumo (esto es, que las empresas que los comercializaran y los ensamblaran cesaran en su actividad) y nos concentráramos en producir unos excelentes y punteros bienes de capital que nos permitieran dar a luz a fabulosos y baratísimos bienes de consumo al cabo de esos cinco años. Es simple: a más ahorro, más riqueza futura… siempre, claro, que valoremos y deseemos más esa riqueza futura que convertirnos en unos austeros anacoretas.

No, el capitalismo no tiene nada que ver con el consumismo. Bueno, en realidad una sola cosa: tanto nos ha enriquecido el ahorro de nuestras generaciones pasadas que ahora, como nuevos ricos, podemos disfrutar de más bienes de consumo de los que jamás soñaron disponer los faraones y los monarcas absolutos. Eso es a lo que los carcas abuelos cebolletas de 30 ó 40 años llaman consumismo y lo que muchos de ellos consideran que debería ser regulado o prohibido (es intolerable que la prosperidad del capitalismo afee la progresista miseria del comunismo). Pero, en todo caso, tengamos bien presente que el afluente consumo actual son los frutos de las privaciones del consumo de ayer y anteayer. El consumo es la cosecha, no la plantación. La plantación es el capital y el sistema social de plantaciones empresariales que nos permite disfrutar de un abundante y variado consumo es el capitalismo.

Agenda digital quinquenal

Es un documento digno de los mejores tiempos de las repúblicas soviéticas. Sin duda, es por los éxitos de aquel sistema económico que se vuelve al uso de este tipo de herramientas para mejorar la sociedad.

En el enternecedor documento, la Comisión fija objetivos tan deseables como "aumentar la utilización regular de Internet de un 60% a un 75% en 2015" o "disminuir a la mitad la parte de población que nunca ha usado internet" para la misma fecha.

En la misma línea de buenos propósitos, "un 50% de la población deberá efectuar compras en línea para 2015" con un 20% de dicho comercio electrónico que habrá de ser transfronterizo. El sector empresarial también debe alinearse, y "un 33% de las PYME deberán efectuar compras o ventas en línea" en la fecha talismán.

Entonces es cuando nos damos cuenta de que el documento, lejos de ser enternecedor, es más bien estremecedor. En efecto, se están en él fijando una serie de objetivos que afectan directamente a nuestras vidas. Unos cuantos tipos se arrogan el papel de sabios y pretenden conocer lo que resulta mejor para sus congéneres. Si esto quedara así, no pasaría de un ejercicio interesante sobre la forma que puede tener nuestro futuro; pero el tema va más allá, ya que la Agenda Digital no se limita al ejercicio prospectivo, sino que pretende definir, en 2010, cómo ha de ser nuestra vida para 2015 y para 2020.

¿Y qué pasa si la gente deja de usar internet porque ya no le atraen los servicios que se prestan por ella? ¿Y qué ocurre si la gente que no ha accedido a internet en 2010 es sencillamente porque no le da la real gana? ¿Y por qué oscura razón tiene que comprar la gente a través de internet si prefiere bajar a la tienda de su barrio? En fin, estamos ante un ejercicio de ingeniería social de los que tanto gustan a muchos políticos.

Pero, aparte de estas pretensiones sobre los individuos, existe otro colectivo especialmente involucrado en la planificación central que ha aprobado la Comisión: los operadores de telecomunicaciones. ¿En quién, si no, cabe pensar para conseguir un 100% de cobertura de banda ancha básica en el año 2013, y de banda ancha superior a 30 Mbps para 2020?

Lo gracioso es que este objetivo se lo pone a sí misma la Comisión Europea. Vamos, es como si yo me pongo de objetivo que el Real Madrid gane las tres próximas Copas de Europa. Algo aparentemente absurdo.

¿O no? Si dispongo de los fondos suficientes, entonces tal vez sí me pueda plantear ese objetivo, e incluso conseguirlo a base de gastar mi pasta. Esa es la gracia y el drama de la Agenda Digital. Que sí se puede conseguir. Se puede conseguir a base de los fondos públicos que se obtienen mediante los impuestos a los ciudadanos europeos.

O sea, contra voluntad de los supuestos beneficiarios. Terminaremos odiando internet.

Complaciente Europa y complaciente España

Las razones son muy sencillas y están –o debieran estar– al alcance de cualquiera: los precios de la vivienda deben reducirse aún más del doble de lo que lo han hecho hasta el momento, algo que descapitalizará aun más a las cajas y colocará a nuestro país contra las cuerdas: olvídense de los 20.000 millones de euros que tirando por lo alto estima el Gobierno que necesitará nuestro sistema financiero, la cifra final estará más próxima a los 100.000 millones.

El análisis no tiene nada de sofisticado, más bien es puro sentido común. Y eso que Munchau aun exhibe cierto optimismo cuando dice que las Administraciones Públicas, en cualquier escenario, seguirán siendo solventes. Hoy, dice, la deuda pública sobre el PIB sólo alcanza el 62% y en 2015, según Ernst & Young, ascenderá al 72%. A veces me pregunto de dónde se sacan estos cálculos: si hemos cerrado 2010 con el 62% y el cálculo más optimista del Gobierno está en que cerraremos 2011 con el 6%, ya nos vamos al 68%; si Munchau opina que necesitaremos 100.000 millones para las cajas, ya nos subimos al 78%… y eso sólo a finales de 2011… y eso sólo si cerramos los ojos a toda la deuda –en ocasiones ni siquiera emitida: proveedores– que se esconde debajo de las alfombras persas de nuestros políticos.

Ciertamente, Europa se ha puesto en modo complaciente. Pero no sólo Europa. Los analistas españoles sacan pecho diciendo que no somos ni Grecia, ni Portugal ni Irlanda por cuanto nuestro diferencial de tipos de interés con Alemania no se ha disparado durante estos días. Son los mismos que en febrero, en mayo y en noviembre del año pasado criticaban a los especulativos mercados por darnos una calificación que no merecíamos. ¿En qué quedamos? ¿Son los mercados fidedignos o no lo son? Pues, como siempre he dicho, a corto plazo no deberíamos hacerles demasiado caso: los inversores y especuladores tratan de anticipar el futuro y ese futuro es muy borroso y cambiante según los golpes de efecto de los políticos. Mas lo que en ningún caso debiéramos despreciar es el presente: ni el déficit público, ni el déficit de las pensiones, ni la sangría laboral, ni el agujero financiero, ni la rigidez de precios de los inmuebles son problemas que se estén solucionando. Más bien al contrario.

¿Que España está fuera de peligro? Por favor, háganselo mirar. Una cosa es creer que pese a los desmanes políticos no necesitaremos un rescate y otra, muy distinta, es pensar que en los últimos tres meses nos hemos convertido en Alemania por dos chapuzas de reforma mal pensadas y peor implementadas. La situación de España, por desgracia, sigue siendo crítica. Lo patriota (o no-antipatriota) no es callarlo, sino repetirlo con fuerza en los tiempos de tensa calma. Cuando llegue la tormenta ya será demasiado evidente y demasiado inútil. Y además, los complacientes de ahora se tornarán kamikazes negacionistas.

El seguro de Europa se agota

Tras el rescate de Portugal, aún por definir, ha quedado constatado con la creación del famoso Fondo de Rescate europeo ha sido un fracaso en toda regla.Y es que el citado plan ha incumplido claramente su principal objetivo, que no era otro que servir de muro de contención para evitar el temido efecto contagio de la caída de Grecia al resto de economías vulnerables de la zona euro.

El fallo, sin embargo, radica en la propia concepción del Fondo: por un lado, la crisis de deuda pública no es un virus que se transmite por el aire en función de la dirección arbitraria del viento sino que, muy al contrario, se trata de una enfermedad concreta y localizada que surge como resultado de diversos factores, tales como elevada deuda –pública o privada, o ambas a la vez–, falta de competitividad, estancamiento económico, paro creciente o una enorme crisis financiera. Dichas características están presentes, de una u otra forma, en Grecia, Irlanda, Portugal o España, e incluso de forma más atenuada en otros países miembros.

La cuestión es que, al igual que el cáncer, si éste no se detecta a tiempo y se trata de forma adecuada, la situación se agrava por momentos hasta el punto de tener que extirpar los órganos afectados o precisar de un complejo trasplante. En este sentido, España todavía no está fuera de riesgo ya que las recetas a aplicar no se han llevado a término de forma completa. Y ante tal escenario, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿y si cae España? El actual Fondo carece de capacidad para auxiliar al Estado español en caso de necesidad tras el desembolso realizado con Grecia, Irlanda y Portugal. Es por ello que en Bruselas y, sobre todo, en Alemania se sigan estudiando posible alternativas.

En los últimos meses, cabe destacar tres señales claras a este respecto. En primer lugar, el intento por parte de algunos países –entre ellos España– de ampliar y flexibilizar el actual Fondo puesto que, si bien está dotado con 750.000 millones de euros, en realidad apenas cuenta con una capacidad financiera de entre 250.000 y 300.000 millones, insuficiente para rescatar a España. Sin embargo, esta decisión se ha aparcado por el momento, tras varios intentos fallidos debido a las reticencias de Alemania. Así, en las cumbres europeas del pasado marzo se decidió, una vez más, posponer este tema hasta el próximo junio.

En segundo lugar, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha ido ampliando, poco a poco pero de forma constante, su capacidad financiera para conceder préstamos de emergencia a países en problemas. En la actualidad, este organismo ya cuenta con una dotación de 581.000 millones de dólares para este fin.

Por último, Berlín ya ha logrado imponer al resto de socios su particular plan de quiebra ordenada de países, si bien no entraría en vigor hasta 2013. Pero dada la sucesión de los acontecimientos es posible que su aplicación llegue antes de lo previsto. No obstante, a finales del pasado año, Merkel insistía en la necesidad de imponer cuanto antes las temidas quitas a los acreedores. Las voces en contra del rescate de países crecen sin parar dentro de Alemania, y no sólo en la población sino también entre los expertos.

De hecho, el prestigioso instituto IFO apuesta firmemente por esta salida. En un reciente informe se opone al actual sistema de rescates ilimitados y aboga por la imposición de quitas parciales (suspensión de pagos) dentro de la zona euro. "Buscamos un sistema que proteja contra la insolvencia, sin que degenere hacia un seguro a todo riesgo sin franquicia". De este modo, está claro que la paciencia de las grandes potencias europeas se agota, y ante la ineficacia de los rescates aprobados cada vez es más evidente que el seguro a todo riesgo pronto llegará a su fin.

Ya era hora

Una de las cuestiones peor entendidas en esta crisis económica es que no necesitamos más sino menos deuda. Muchos economistas siguen empeñados en huir hacia adelante como el endeudamiento en general produce un calentón económico (más inversión, más consumo, más empleo, más actividad…) infieren inmediatamente que ahora, para salir de esta crisis, también necesitamos más deuda.

Claro que… ¿cuánta más? Nuestras sociedades han acumulado en los últimos años unos pasivos equivalentes al 350% o 400% del PIB. Se trata de unas deudas que hemos de amortizar a través de nuestra producción futura. Pero, ¿producción futura de qué? Nuestras estructuras productivas están adaptadas para producir grandes cantidades de casas invendibles a unos precios que no hacen rentable su construcción. Resulta bastante evidente, pues, que con el estado actual de las cosas no podemos hacer frente a esa deuda y, de hecho, la mitad de los países del euro se encuentra al borde de la suspensión de pagos. De hecho, casi nadie niega este punto. La discusión entre los economistas se dirime en cómo hacer frente a esa suspensión: si mediante inflación, default o rescate. No discutimos el qué, sino el quién se va a comer el marrón.

La cuestión que todos deberían plantearse, sin embargo, es qué sentido tiene afirmar que necesitamos más deuda para salir de la crisis cuando, precisamente, ya no nos podemos hacer cargo de la deuda que hemos acumulado hasta el momento. A las claras está que se trata de otro sinsentido que deriva de ese mal consistente en aplicar teorías económicas elaboradas inductivamente durante épocas que nada tienen que ver con la actual: en los años 50 los agentes económicos eran enormemente solventes, hoy son terroríficamente insolventes. Un pequeño detalle que lo cambia todo y que constituye la razón básica por la que las mismas recetas –o los mismos placebos– no surtirán idénticos efectos en ambos casos.

Lo que toca ahora, sí, es amortizar deuda. Desmantelar estructuras empresariales que destruyen valor –como los promotores inmobiliarios–, vender sus factores productivos a aquellos empresarios que sepan darles un mejor uso y con las resultas de esa sana liquidación amortizar la parte de la deuda que se pueda (y la otra, lo siento, se impaga, que no otra cosa son las pérdidas empresariales).

En este sentido, hace bien Trichet en comenzar a subir los tipos de interés. Al margen de esa inflación de las materias primas que está generando Bernanke y que bien debiera convertirse en la tumba del monetarismo, hay una razón de mucho peso para subirlos: los tipos bajos no sólo promueven el endeudamiento de los agentes solventes, sino que también frenan el desapalancamiento de los insolventes. Ahora somos una sociedad mayoritariamente insolvente, por lo que necesitamos de tipos de interés altos para incentivar la amortización anticipada de una deuda con la que se han financiado inversiones que nunca volverán a ser rentables (si digo "suelo", los promotores inmobiliarios –y las cajas– me entenderán).

Los tipos bajos desincentivan que los deudores a tipo variable hagan borrón y cuenta nueva con sus deudas e impide que los deudores a tipo fijo cancelen anticipadamente las suyas. Y es que a menores tipos de interés, mayor se vuelve el valor liquidativo de las deudas a tipo fijo y, por tanto, más complicada y onerosa resulta su refinanciación.

Trichet acierta en subir los tipos. Por una razón: necesitamos menos deuda. Mientras creamos que podemos construir la recuperación con un endeudamiento todavía mayor a los impagables niveles actuales, continuaremos inmersos en un estancamiento destructor como el actual: lo malo va muriendo lentamente, pero lo nueve no tiene ninguna prisa por nacer.