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La economía asamblearia no puede funcionar

Al cabo, ¿no sería más lógico que todos los ciudadanos votaran en común cuáles son los bienes y servicios que debe producir la comunidad? ¿Por qué eso ha de determinarlo un grupo de empresarios sin escrúpulos que sólo buscan su lucro personal? Se trata, sin duda, de un pensamiento instintivo –tal vez correcto en grupos humanos de tamaño muy reducido– pero extremadamente erróneo cuando se trata de hacerlo un orden social tan amplio y complejo como son las economías actuales (en realidad, la economía actual, pues gracias al libre comercio la organización económica es internacional).

Los problemas de la democracia económica son dos: los primeros surgen a la hora de seleccionar qué bienes deben ser producidos y los segundos a la hora de escoger cómo deben ser producidos.

¿Qué bienes deben producirse? La cuestión podría parecer sencilla: basta con que la Asamblea someta esta cuestión a votación popular y asunto resuelto; los bienes más votados serán los que pasarán a ser producidos. De acuerdo, pero deténgase un momento y mire a su alrededor: ¿se da cuenta de la enormidad de bienes distintos que le rodean? No se fije sólo en el ordenador, la mesa o el televisor. Piense en los pomos de las puertas, en las baldas de las estanterías, en los cojines del sofá, en el papel blanco (o reciclado) de los libros, en los tornillos que mantienen unidas las piezas que conforman la silla, en las diversas lámparas, bombillas o velas que lo iluminan, en las muy variadas prendas de ropa que lleva puestas o que tiene en su armario, etc. Y todo eso sin salir de casa… ¿Son muchos, verdad? Muy bien, pues ahora piense en todos los bienes que no le rodean porque ni siquiera se han llegado a producir o a imaginar. El número es inabarcable.

Una Asamblea que pretendiera sustituir al mercado tendría que someter a votación qué cantidad debe producirse de todos los bienes que ahora mismo podemos observar (para aprobarlos) pero, también, de todos aquellos que no observamos (para rechazarlos). Y tendría que hacerlo para todas las variantes de esos bienes. Cojamos las camisetas: las hay (o puede haber) rojas, verdes, azules, blancas, negras, estampadas (¿qué tipo de estampado?), de algodón, de lana, de poliéster (o una combinación de ellas), con el cuello redondo, con el cuello en pico, grande, pequeña, mediana, de buena calidad, de mala calidad…

El número de variantes para todos los productos es casi infinito: aquí tiene una lista, no especialmente exhaustiva ni detallada con respecto a la realidad, de todos los productos que deberían como mínimo someterse a sufragio. En otras palabras, la Asamblea –compuesta por toda la sociedad– debería pasarse debatiendo, deliberando y votando la mayor parte de su tiempo. Pues, si de igualar al mercado se trata, no debería tratarse de una votación mensual, anual o decenal, sino diaria, al minuto, continuada.

Parece claro que la sociedad asamblearia debería estar tan focalizada en votar (y en informarse sobre qué votar) que a duras penas podría dedicarse a producir. Por mera división del trabajo, la Asamblea tendería a encargarle la ardua tarea de escoger qué producir a algún planificador central, como sucedía en los países comunistas. Pero, ¿dónde quedaría ahí la democracia asamblearia? ¿Deberíamos contentarnos con consumir lo que ese señor, o grupo de señores, imagina que deseamos?

Sin embargo, el problema de elegir qué producir es meramente trivial al lado del de seleccionar cómo producir los bienes. De nuevo, en principio ésta parece una dificultad meramente técnica: una vez votado que hay que erigir una casa, el arquitecto y el constructor se encargarán de todos los detalles.

Mas el problema sólo es en parte técnico; en su mayoría es económico. Dado que los recursos son escasos, habrá que redistribuirlos entre los bienes que se ha votado fabricar. ¿Y cómo hacerlo? Por ejemplo, puede que la Asamblea haya decidido a la vez producir 10.000 litros de leche de vaca y 5.000 pares de botas de cuero, pero para manufacturar las botas habrá que sacrificar las vacas, con lo que nos quedaremos sin leche… a menos que criemos más vacas retirando trabajadores de la producción de, verbigracia, colchones. ¿Es preferible la leche, las botas o los colchones (o distintas proporciones de los mismos)? Pero los conflictos entre recursos no terminan ahí: recordemos que más producción de bienes de consumo hoy implica menos producción de bienes de consumo mañana (pues mientras fabricamos bienes de consumo no fabricamos bienes de capital); es decir, también hay que distribuir intertemporalmente los bienes de consumo a fabricar.

 ¿Debería la Asamblea someter a votación todos los millones de conflictos que surjan entre los usos competitivos de los recursos? Fijémonos en que esto no es un asunto técnico: los técnicos señalan qué recursos necesitan ellos para su línea productiva, pero no pueden valorar si esos recursos son más valiosos en otros procesos fabriles donde también son requeridos. En otras palabras, la Asamblea debería conocer al detalle todos los procesos técnicos y votar dónde cada recurso resulta más valioso. Y, de nuevo, esta tarea no es en absoluto delegable pues, ¿de qué modo podría saber un planificador central cuáles de los millones usos alternativos de los recursos prefiere la sociedad sin siquiera preguntarle?

Queda claro, pues, que la inmensidad de la información necesaria para someter la economía a una democracia asamblearia la haría del todo inviable. El mercado, por suerte para todos nosotros, funciona de un modo radicalmente distinto: no es la colectividad la que tiene que decidirlo todo, sino que cada individuo, de manera descentralizada, es el que tiene la opción de hacer sus propuestas de producción a la sociedad y someterlas en cada momento al sufragio continuado y permanente de los intercambios mutuamente beneficiosos. Cada individuo no tiene que conocerlo todo, sino que basta con que se especialice en una línea productiva muy concreta que atiende a un perfil muy determinado de consumidores.

Estos son los dos obstáculos económicos fundamentales que abocarían al fracaso a cualquier economía asamblearia. Luego hay otro problemilla menor, que no interesa en absoluto a la izquierda pero que sí debería concernirnos a los liberales: la hipótesis implícita a todas las votaciones asamblearias anteriores era que todos los individuos se sometían sin rechistar a los designios de la Asamblea. Si ésta establece que hay que extraer hierro de una mina profundísima para fabricar los motores de los automóviles que se ha votado fabricar, alguien tendrá que extraerlo aunque nadie quiera. Es decir, el tiempo de los distintos miembros de una comunidad pasa a ser un recurso que la Asamblea distribuye como ella escoge: no hay espacio para la libertad, pues la libertad –la autonomía de negarse a realizar la función encomendada por la Asamblea– resulta equivalente a sabotear el plan de producción que ésta ha trazado.

Mucho me temo que la tan democratizadora economía asamblearia es igualita a una tiranía política: miseria generalizada y nula autonomía personal. Todo lo contrario, por fortuna, de lo que ofrece un mercado libre.

España sigue siendo de izquierdas

Es decir, una ideología política que, más allá de las típicas siglas partidistas, defiende la figura paternalista del Estado, la redistribución de la riqueza mediante impuestos progresivos, el aumento del gasto, las pensiones públicas, una educación y sanidad estatalizadas, las rigideces del mercado laboral, las políticas de subvenciones y prestaciones públicas o la aspiración profesional de convertirse en funcionario, entre otras características típicas del Estado de Bienestar.

Y esto, por desgracia, sigue siendo así pese a la histórica victoria obtenida por el PP en las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo. Las regiones y provincias españolas se han teñido del azul popular, pero, a poco que rasquen la superficie, el color ideológico subyacente sigue siendo el rojizo tenue, propio de una sociedad favorable al estatismo. Los factores que explican este fenómeno son múltiples y variados, y en muchos casos derivan de procesos históricos acontecidos décadas e, incluso, siglos atrás: el feudalismo del Antiguo Régimen, el caciquismo de la Restauración, el nepotismo y la burocracia de la era republicana, el movimiento marxista que a punto estuvo de alcanzar el poder o la autarquía económica del franquismo han ido conformando la fuerte y rígida estructura estatal que aún rige España.

Sin ir más lejos, muchos de los "derechos sociales" que defienden hoy PP y PSOE surgieron por obra y gracia del Generalísimo. Es el caso de la Seguridad Social, las viviendas públicas, los alquileres fijados por ley (rentas antiguas), la actual estructura sindical o la legislación que aún impera en el mercado de trabajo. Desde el fin de la Guerra Civil (1939) hasta el Plan Nacional de Estabilización (1959), España sobrevivió durante dos décadas bajo la etiqueta de "país en vías de desarrollo" gracias al yugo intervencionista y marcadamente estatista de una dictadura inspirada por la Falange. La relativa apertura económica llegó en los años 60, y con ella, el conocido "milagro" español. Desde entonces, sin duda, se han producido destacados cambios y avances, pero por desgracia España sigue siendo socialista.

Basta con observar la última encuesta sobre política fiscal elaborada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2010. Así, en general, la mayoría de los españoles valora satisfactoriamente los servicios públicos y justifica el pago de impuestos para su mantenimiento; de hecho, el 45% opina que el gasto público en sanidad, educación y servicios sociales debería incrementarse, incluso si eso significa que haya que subir los impuestos (sólo el 4,1% defiende lo contrario, menos gasto y menos impuestos); el 73% defiende que se incremente la fiscalidad a las rentas más altas; el 56% considera que el Estado debe esforzarse más en perseguir el fraude tributario; el 81% piensa que engañar a Hacienda es engañar al resto de los ciudadanos. Por último, un par curiosidades: casi el 79% de los encuestados estudió en un colegio público y el 18% trabaja en la Administración.

Con estos mimbres se explican muchas cosas, como el hecho de que el PP de Génova se escore a la izquierda para tratar de cosechar votos en eso que algunos llaman centro político, y que no es más que la típica socialdemocracia; o que la educación –de nivel medio o superior–, al estar mayoritariamente bajo el control del Estado, se haya convertido en una máquina muy eficiente para pulir a medida "ciudadanos" sumisos, dependientes y favorables al statu quo, es decir, al poder político. Sin ir más lejos, el movimiento 15-M de la Puerta del Sol, pese a que algunos lo tildan de antisistema, no deja de ser otro reflejo, aunque más evidente, del poso izquierdista que todo lo impregna en España. Y es que, estos jóvenes, acompañados de parados, hipotecados, pensionistas y algún que otro contribuyente bienintencionado, protestan contra el poder político sugiriendo como alternativa mucho más Estado y menos mercado con el ilusorio fin de cambiar las cosas… ¡A peor!

Es algo sintomático y, por ello, profundamente preocupante. El histórico vuelco electoral padecido por el PSOE también se puede interpretar desde esta óptica. Así, salvo contadas excepciones como la de Aguirre en Madrid o Cascos en Asturias, las autonómicas y municipales del domingo no fueron un éxito del PP sino, más bien, un rotundo fracaso del PSOE. Los electores infligieron un brutal voto de castigo a Zapatero tras sus repetidas mentiras, engaños y fracasos en la gestión de la crisis, pero también debido a los recortes públicos aplicados a funcionarios y pensionistas. El PP apenas ganó 550.000 votos, mientras que el PSOE perdió casi millón y medio. Y en este punto, tan sólo cabe recordar que Rajoy se opuso firmemente a tales "rebajas sociales". Así pues, España sigue siendo un país de izquierdas tras el 22-M, sólo que gobernado por un partido de centro a nivel autonómico y local.

¿Revolución? No, pataleta

Al camionero, chofer. Al carcelero, funcionario de prisiones. A los asesinos, enfermos mentales. Si se puede estudiar una sociedad por el uso de su lenguaje, Occidente está en las últimas.

Lo estamos viendo ahora con los manifestantes de Democracia Real YA. Afirman hacer una revolución contra el establishment, cuando tal "revolución" no es más que una "pataleta" que legitima el Poder.

Los manifestantes de estos días piden al Gobierno Omnipotente: ¡más Gobierno Omnipotente! Algunas de las consignas usadas han sido tales como "la solución a la crisis no pasa por los recortes sociales". "Contra la temporalidad, la flexibilidad y la precariedad". Incluso cosas como "la juventud más preparada de la historia vivirá peor que sus padres". Tal vez nuestros padres no estuvieran "preparados", pero hacían lo único que es necesario para triunfar: trabajar como bestias, competir, ahorrar y mantener un mínimo de responsabilidad económica. Si no podían comprar algo, no tiraban de VISA, ni pedían más dinero a sus padres o al banco, ni se olvidaban de todo para salir de fiesta.

Imagínese que alguno de los partidos mayoritarios se vuelve más populista de lo que ya son y satisfacen una de las consignas de los "jóvenes sin futuro". Pongamos que les regala una casa con un televisor de LED de 40 pulgadas. Evidentemente esos "revolucionarios" dejarían de patalear y se quedarían en sus nuevas casas: "el amo nos ha dado una casa". Seguirían siendo los mismos esclavos sin futuro, pero con sus demandas cumplidas. ¿De verdad cree que esto significa arreglar algo? Sus demandas no son más que conformismo y mediocridad.

Privilegios y derechos no son lo mismo. Los manifestantes "revolucionarios" han olvidado el origen criminal de los derechos sociales. Estos nacen del latrocinio, del robo, de los impuestos y la deuda descontrolada. Los privilegios sociales son de suma cero: el Gobierno roba a Juan, se queda un 30% de lo saqueado, y da el resto a Pedro. Un sistema basado en algo así no solo crea pérdidas totales netas –ya que no aporta producción alguna– sino que convierte una sociedad libre en un Estado policial y confiscatorio. Más aún cuando todo nace del fraude y la mentira. Nuestros políticos llevan años y años diciendo que luchan por nuestros derechos sociales y eso les ha servido de excusa para llenarse el bolsillo mientras trabajan para las grandes empresas con nuestro dinero.

Sinceramente, los de Democracia Real YA son unos engañados. Dan motivos al Poder para crecer y que así todo siga igual. Una revolución de verdad es cambiar la tendencia. En nuestros tiempos significa demoler el Estado del Bienestar y los medios políticos (partidos, sindicatos, patronal, lobbies económicos y sociales). No somos más que sus esclavos que les pedimos las migajas. El objetivo es derrocar al tirano, no pedirle una casa, una pensión imposible de pagar y alguna subvención cochina.

Para obtener autonomía, riqueza y prosperidad solo podemos confiar en nosotros y la propia sociedad civil. Nosotros hemos de construir el futuro y no un partido único como el PPSOE. Basta de tributos, exigencias, permisos, licencias y limosna nacida del robo. Si no siempre estaremos igual. No podemos ser amos de nuestro futuro si no somos amos de nuestras vidas. La única solución es reducir el tamaño del Estado al de un puño para aplastarlo, y suprimir todas sus absurdas leyes contra la economía y nuestros estilos de vida.

Indignados: la revolución reaccionaria

Una de las tácticas que Lenin recomendó a los mandarines del Partido Bolchevique para hacerse con el poder consistía en montar organizaciones pantalla, aparentemente no relacionadas con el Partido, que habrían de servir para llegar a nuevos graneros de votos. Así, los primeros bolcheviques se apoderaron de los más variopintos movimientos que, en principio, eran refractarios al ideario comunista, ya entonces un guiso muy pesado para los estómagos de los pequeños comerciantes, los campesinos con tierra o los artesanos. Una vez conquistado el poder, única razón de ser de la izquierda desde sus orígenes leninistas, caían las pantallas y, con ellas, la vida y hacienda de los que osasen disentir.

Aquella recomendación del genuino padre del socialismo fue llevada a la práctica por sus sucesores en todo el mundo. Allá donde los ideólogos izquierdistas han encontrado una causa tras la que esconderse se han aprovechado de ella. Es lo que, con el tiempo, han terminado denominando “luchas” –en plural–, que han ido variando y evolucionando dependiendo de la época. La izquierda actual se ha apropiado, por ejemplo, de causas justas como la defensa del medio ambiente, de la igualdad entre el hombre y la mujer o de la promoción de la paz. Parapetado detrás de ellas ejecuta su programa político, que sigue cifrándose en conquistar y mantener el poder a cualquier coste. El ecologismo, el feminismo o el pacifismo constituyen de este modo simples medios que sirven a un fin superior: el de garantizar el usufructo del poder a la camada socialista.

En la España de nuestros días, sacudida por una severa crisis económica provocada en gran parte por el Gobierno zapaterino, era esperable que el descontento –especialmente el juvenil, cuya tasa de desempleo supera el 40%– aflorase por algún lado. Y ahí, como hace cien años, ha estado ágil la izquierda de hoy utilizando las técnicas de la izquierda de ayer. Han detectado por donde podría romper esa insatisfacción, han esperado pacientemente a que fuese tomando forma y, una vez su causa ha sido reconocida, la han cooptado para ponerla al servicio de sus fines. Esa es la razón por la que el manifiesto de la Plataforma “Democracia Real Ya” apesta a socialismo rancio de principio a fin, o el motivo por el que los jóvenes “indignados” incurren en tantas contradicciones, algunas de bulto, como abjurar del Estado y sus políticos… pidiendo más Estado y más políticos, siempre que éstos sean, como no, intervencionistas hasta la náusea.

La protesta ha quedado así diluida en un indigerible engrudo botellonero a medio camino entre mayo del 68 y la facultad de Políticas de la Complutense. Los “indignados”, cuyo manifiesto es una copia bastante deficiente del programa electoral de Izquierda Unida, en vez de erigirse en una amenaza para los que mandan son una oportunidad para que éstos se valgan de su fuerza para amarrarse al poder. Un movimiento, en definitiva, perfectamente manipulable por los más convencidos, que no dudarán en dirigirlo en una u otra dirección en función de las necesidades de la izquierda.

De hecho, en cierto modo, ya está siendo así. Los que en origen se presentaron como apolíticos e hicieron de la etiqueta “no les votes” su bandera, el miércoles ya decían que su objetivo era acabar con el bipartidismo al tiempo que pedían el voto para los partidos minoritarios. A escala nacional sólo existe un partido que cumpla ese requisito y se siente en el Parlamento: Izquierda Unida, de ahí que Cayo Lara no tardase en subirse al carro de los amotinados al tiempo que el programa y las consignas de los mismos se radicalizaban unos cuantos grados. No ha sido el único. Los líderes socialistas, sabedores del batacazo electoral que les aguarda, se han apuntado entusiastas otorgando carta de legitimidad al así llamado “Movimiento 15 de mayo”, que, a estas alturas, poco tiene de apolítico y mucho, en cambio, de algarada callejera cuyos ritmos están cuidadosamente planificados por la intelligentsia de la izquierda. 

No les importa tanto que lo que estén haciendo –ocupar ilegalmente una céntrica plaza de Madrid– sea poco democrático, como los réditos electorales que puedan obtener el domingo. Si PSOE e IU movilizan, aunque sea en parte, una porción de ese electorado joven que, con toda la razón, le da la espalda, habrá merecido la pena el esfuerzo. Los “indignados” pueden convert¡rse, asimismo, en un arma muy valiosa de cara a sitiar al adversario, tal y como ocurrió durante las campañas electorales de 2003 y 2004, cuando grupos de radicales de izquierda asaltaron sin el menor rubor las sedes del Partido Popular.

Todo esto lo pueden conseguir, además, con el aplauso de los medios y la mirada cómplice de la sociedad civil, que sí está genuina y lógicamente indignada. Pero, por muy mal que vayan las cosas, de nada serviría tratar de arreglarlas con una receta que incluye más de todo lo malo que nos ha llevado a esta situación. España está en crisis por exceso de políticos y una sobredosis de Estado. Lo último que necesitamos es reincidir en los viejos vicios intervencionistas e hiperreguladores que nos han conducido a esta situación. Y eso es, precisamente, lo que proponen estos los “indignados” del 15 de mayo.               

¿Frente común con la izquierda?

¿Somos mercancías de políticos y banqueros? En gran medida sí: no puede ser de otro modo cuando los políticos manejan el 50% de nuestra riqueza –y regulan la otra mitad– y cuando los bancos gozan de privilegios concedidos por los Estados para no quebrar o para manipular a su arbitrio el volumen de crédito. Ahora bien, pese a todo, seguimos disfrutando de un amplio nivel de autonomía personal.

¿Es la crisis responsabilidad de políticos y banqueros? En gran medida sí: las entidades financieras, empujadas por los bancos centrales, expandieron de manera insostenible el crédito, distorsionando la economía hacia el ladrillo. Finiquitado el crédito artificial, nuestras estructuras productivas tenían que recomponerse, pero los Estados frenaron ese proceso: rescates bancarios indiscriminados, gasto público a tutiplén, subidas de impuestos y conservación de las rigideces de los mercados. Ahora bien, pese a todo, muchos ciudadanos también son en parte responsables: unos, por sumarse entusiastas a la orgía crediticia y a la burbuja inmobiliaria; otros, por encumbrar a esos nefastos políticos.

¿Hay motivos para estar indignados y protestar? Sí, todos los anteriores, pero ni uno más.

¿Está Democracia Real YA protestando por los motivos correctos? No, porque parte de dos premisas erróneas: una, que nuestro hipertrofiado Estado sólo es un problema porque no lo manejan asambleariamente ellos; dos, que los banqueros han causado la crisis porque los políticos les han dejado excesivos espacios de libertad.

¿Son las propuestas de Democracia Real YA acertadas? No, porque son el corolario lógico de sus dos erróneas premisas anteriores: quieren más, no menos política; quieren menos, no más mercado. Eso sí, quieren una política y un mercado pastoreados por "el pueblo", como si el pueblo no pudiera ser dictatorial o como si no hubiese hábiles políticos populistas capaces de pastorear al pueblo. Es decir, quieren menos libertades individuales y más "derechos" para gestionar desde arriba el dinero ajeno: más servidumbre.

¿Pueden los liberales reconducir a Democracia Real YA hacia posiciones más sensatas? Es dudoso. Para que haya un acuerdo entre liberales, presuntos apolíticos e izquierdistas es necesario un programa muy de mínimos que no le chirríe a nadie, de modo que Democracia Real YA tendría que retirar casi todas sus propuestas actuales. Es decir, o tendríamos un programa repleto de inconcretas naderías o la izquierda debería tolerar que los liberales la censuraran ideológicamente. Algunos liberales bienintencionados lo están intentando, pero es muy dudoso que la izquierda esté dispuesta a renunciar a su programa de máximos… salvo como coartada para engordar el movimiento y más tarde instrumentalizarlo para sus liberticidas propósitos.

Aun existiendo acuerdo de mínimos, ¿serviría de algo? Probablemente no. Las revoluciones populares sólo socavan regímenes cuando la gente corta o amenaza con cortar cabezas. No veo a Democracia Real YA en esa tesitura, de modo que, como mucho, podrán aspirar a influir sobre los partidos y sobre sus programas electorales. Es decir, justo aquello de lo que reniegan: convertirse en un caladero de votos dentro del corrupto y partitocrático sistema actual (del que ya podemos imaginar quiénes se beneficiarían).

¿Qué puede esperarse de un movimiento que parte de premisas falsas, lanza propuestas erróneas, está copado por la izquierda y sólo aspira a mostrar su indignación para influir en la política? Personalmente, no mucho; aunque bien podría equivocarme. El escenario más probable es que siga siendo lo que es: una festiva fuente de consignas anticapitalistas que no induzca a cambio alguno salvo a peor. Si evolucionara hacia otra cosa más heterogénea de verdad, el movimiento se quedaría en una cacerolada antipolítica sin alternativa consensuada al sistema actual; en un "que se vayan todos y que venga ya veremos quién". El pasto ideal de populistas que saben muy bien cómo comprar a unas masas deseosas de ser compradas con más gasto público y con más impuestos a los ricos… aun cuando nos vayamos a la ruina.

¿Qué deberíamos hacer los liberales? Lo primero –por frustrante que sea– no confiar en revoluciones que no sepamos que podemos ganar, o aún peor, en revoluciones que sepamos que vamos a perder. Que exista una oportunidad de cambiar las cosas no significa que exista una oportunidad de cambiarlas a mejor. Antes de lograr que los políticos dejen de intervenir en nuestras vidas, necesitamos de una enorme masa crítica que hoy no existe; más bien existe una enorme masa crítica de sentido inverso. Esto no es, ni puede ser por ahora, el Tea Party; en todo caso se convertirá en Argentina. Lo segundo –por cansino que sea– continuar haciendo pedagogía de máximos aun cuando sólo obtengamos pequeños cambios en la buena dirección. Pragmatismo frente a romanticismo y evolución frente a revolución. Si ya hay motivos para ser cautelosos ante románticas revoluciones liberales que pretendan hacer tabla rasa, no digamos ya ante amagos de revolución organizados desde la izquierda.

El lío de Microsoft y Skype

La discrepancia es muy llamativa, tanto como para que muchos andemos preguntándonos qué ha visto el señor Ballmer en el futuro para dar tal valoración a una empresa de llamadas telefónicas por internet. Por centrar más la cifra, los analistas financieros cifran el valor de cada cliente adquirido en unos 1000 dólares, cuando cada uno de esos clientes, según los mismos cálculos, da una media de 30 dólares de beneficios.

Lejos de nuestra intención poner en duda la capacidad emprendedora de una empresa con el registro histórico de Microsoft: algo estarán viendo que los demás mortales no alcanzamos. Por algo Microsoft es una de las empresas más grandes del mundo, posición lograda sin ningún favor gubernamental.

Sin embargo, sí existen algunos aspectos que merecen particular reflexión. Por ejemplo, esta fusión nos trae ecos de la burbuja tecnológica de principios de siglo. En concreto, recuerda enormemente a la fusión Time Warner–America On Line (AOL). Aquella operación, como ésta, suponía la integración entre dos mundos hasta ese momento separados: los contenidos y la informática. Como ésta, fue saludada como el heraldo del nuevo mundo que nos esperaba, y generalmente poco comprendida. Esperemos, por el bien de Microsoft, que no pasen de aquí los parecidos, porque la historia no termina bien: ¿alguien sabe qué ha sido de AOL?

Tampoco se quiere poner en duda la capacidad de innovación de Skype. Sin embargo, desde hace algún tiempo el nombre de Skype se ha visto asociado al debate sobre la neutralidad de red, y no tanto al lanzamiento de servicios revolucionarios. La preocupación principal de Skype es en estos momentos conseguir que los reguladores impidan a los operadores móviles el bloqueo de los servicios de voz sobre IP.

Lo que nos lleva a una paradoja que puede ser letal para la operación. Por un lado, Skype está centrado en que los operadores de telecomunicaciones, por su condición de dominantes, no limiten el acceso a sus servicios. Por otro, resulta que Microsoft es la empresa que mayor persecución ha sufrido por la misma condición.

Ítem más: resulta que Microsoft afirma que los principales beneficiarios de la integración con Skype van a ser sus usuarios de Xbox y Kinect. Pero ocurre que esta plataforma es cerrada y bajo el control absoluto de Microsoft. Las aplicaciones aquí son coto vedado, y solo están accesibles a los clientes de Microsoft, y solo quién decide Microsoft suministra aplicaciones.

Así que a ver quién le ata el cascabel al gato. ¿Seguirá Microsoft la estrategia regulatoria de Skype de acusar de dominantes a las telecos? ¿O serán las telecos las que recuerden al regulador que Microsoft es dominante en aplicaciones informáticas y Xbox?

Y digo yo, ¿no sería mejor que no hubiera reguladores enredando y que Microsoft-Skype y las telecos dedicaran todos sus esfuerzos a dar el mejor servicio posible a los usuarios?

La lenta agonía de los PIGS

Y es que el proyecto concebido por la UE, el BCE y el FMI para salvar a las economías más débiles parte de un grave error conceptual y estructural: no es posible solventar un problema de deuda añadiendo más deuda. Hasta el momento, las autoridades internacionales tan sólo se han dedicado a refinanciar un endeudamiento que, de partida, ya era insostenible.

Además, las medidas exigidas para que los gobiernos rescatados ajusten sus brutales agujeros presupuestarios se han centrado, por desgracia, en subir de forma generalizada los impuestos sin abordar un drástico recorte de la figura estatal. No obstante, y pese a que el rescate heleno se articuló hace casi un año, Atenas ha tenido la desfachatez de anunciar ahora un programa de privatizaciones de empresas y organismos públicos por valor de 50.000 millones de euros, equivalente a casi el 23% de su PIB. ¿Resultado? El rescate de países ha consistido en una transferencia ingente de recursos por parte de los contribuyentes de los socios comunitarios a gobiernos irresponsables para que éstos sigan manteniendo en pie sus elefantiásicas estructuras estatales sin grandes sacrificios. Y ello, con el único objetivo de salvar a los acreedores, es decir, a los bancos europeos que prestaron erróneamente dinero a estos países.

Con tales mimbres no es de extrañar el actual fiasco. Grecia cerró 2010 con un déficit público del 10,5% del PIB y una deuda superior al 140%. Además, se prevé que su nivel de endeudamiento se aproxime al 160% del PIB en 2011, mientras que en el caso irlandés dicho umbral será alcanzado en 2014. Simplemente, insostenible: imposible de devolver en ausencia de profundas reformas estructurales para impulsar el crecimiento y la aplicación de una histórica dieta a pan y agua para su sector público. El problema es que nada hace pensar que tales recetas vayan a ser asumidas por tales Estados, y mucho menos aceptadas por sus respectivos electores.

Así pues, dejando de lado el caso portugués –cuyo rescate está pendiente de aprobación definitiva, aunque muy probablemente seguirá los pasos de Grecia e Irlanda–, la temida suspensión de pagos inicia su andadura en la zona euro. Un nuevo escenario de cuya resolución dependerá, en gran medida, el futuro de la propia Unión Monetaria tal y como se ha concebido hasta ahora. Alemania parece que, al fin, rechaza seguir pagando la factura de los desmanes cometidos por otros gobiernos, abriendo así la puerta al famoso plan de "quiebra ordenada" de países antes de lo previsto inicialmente (2013).

Sin embargo, tal y como expresó el propio ministro de Finanzas germano, esta opción sólo es posible si Atenas acepta la reestructuración de forma voluntaria. De ahí, precisamente, que la prensa alemana, orientada por Berlín, haya filtrado una hipotética salida del euro de los griegos en un intento por forzar su suspensión de pagos. El mensaje alemán es claro: "Hay algo peor que la quiebra". Y es que, efectivamente, la opción de abandonar al euro sería, sin duda, el peor de los mundos posibles para los helenos: corralito financiero y devaluación brutal de sus ahorros y de su escasa riqueza.

Pero el escenario del default abre también nuevas incógnitas. La principal, su coste; no sólo para los bancos extranjeros sino también para los nacionales. No obstante, la quiebra de Atenas supondría el colapso de su banca y abultadas pérdidas para los incautos particulares que confiaron en su Gobierno. Además, dado el volumen de préstamos concedido por el Banco Central Europeo (BCE) a la banca y gobierno helenos, una quita del 50% abriría en su balance un agujero próximo a los 100.000 millones de euros, con lo que también precisaría de un rescate.

Por su parte, el caso de Irlanda radica en su problema bancario. Dublín y Bruselas son ya plenamente conscientes de que el enorme volumen de activos tóxicos será imposible de digerir para las cuentas públicas con lo que, de mantenerse el actual plan, el país también se verá abocado a la bancarrota. Así pues, la lenta agonía de los PIGS continúa, ya que las medidas aprobadas sólo se centran en los efectos de la crisis de deuda sin rozar tan siquiera la raíz: el vergonzoso rescate público de la banca, el asfixiante peso estatal sobre la economía, los históricos desequilibrios presupuestarios, las subidas de impuestos, la ausencia de serios recortes públicos y la falta de inéditas reformas para impulsar el crecimiento.

¡Qué eficaz es la tortura!

Imagino que se dice por si fuésemos a descubrir que, después de todo, Osama Ben Laden fue un hombre inocente. Demasiada presunción para un hombre que ha presumido de los atentados terroristas que ha ordenado.

Pero ha habido otra polémica menos absurda. Se ha dicho que el testimonio clave que condujo a su guarida provino de un hombre torturado. ¡Cuán eficaz es la tortura!, se apresuran a decir muchos. Como hombres de ciencia maravillados ante la eficacia de sus creaciones, se regocijan con los resultados obtenidos después de haberle practicado 183 veces a un detenido la técnica del submarino: seco, si se le envuelve la cabeza con plástico hasta que su respiración le ahoga, o mojado si se le mete, boca abajo, en un tanque con agua (en el mejor de los casos). Hay muchas otras técnicas, seguramente no menos poderosos y en los que no me voy a detener.

Dos milenios y medio de filosofía, para luego descubrir que el mejor camino hacia la verdad es la tortura. Puede que no seaun bello espectáculo, pero nos sirve para estar más seguros. Habla Rumsfeld: "El ahogamiento simulado produjo una gran cantidad de información de inteligencia". John Yoo, ex abogado del Departamento de Justicia de EEUU, un hombre que habría pasado desapercibido en el régimen de Hitler, se siente reconfortado con el ejemplo del torturado Jalid Shaik Mohamed.

Lo llamativo de este argumento es lo pacato del mismo. Si la verdad es un valor supremo y la tortura es sólo una técnica que, convenientemente utilizada, puede llegar a ser muy eficaz, ¿porqué limitarse a lejanísimos terroristas con turbante? ¿Quién puede negar que los políticos de aquí y ahora tienen infinitamente más capacidad de decisión sobre nuestra vida? ¿No decimos a diario que la democracia se corrompe con las constantes mentiras de los políticos? Quienes defienden la tortura, ¿por qué utilizan su lógica con tanta moderación? ¿Se avergüenzan de ella?

Deberían. Primero porque su eficacia no se puede conocer de antemano. Segundo porque es profundamente inmoral. Y además porque de nada nos vale defendernos de los terroristas si aceptamos la violación de los derechos de la persona como método para defender la democracia. Aunque, visto está, no sea hasta sus últimas consecuencias.

¿Por qué ganan dinero las empresas?

Tan es así que numerosos economistas a lo largo de la historia se han apresurado a explicarlos por la explotación más o menos descarada que las compañías ejercen sobre otros: ayer eran los curritos, hoy son los guisantes. La duda en cualquier caso es razonable: ¿por qué las empresas ganan dinero? ¿Acaso no estaríamos todos mejor si esos beneficios se repartieran entre trabajadores, consumidores, proveedores y políticos? ¿Qué función desempeñan los beneficios?

Bueno, empecemos definiendo qué son los beneficios monetarios: beneficios son los ingresos que exceden a los costes de producción (de ahí que también se les denomine ingresos netos). Las empresas obtienen sus ingresos vendiendo sus servicios o sus mercancías manufacturadas a los consumidores (o a otras empresas que, en última instancia, los venderán a los consumidores) e incurren en costes cuando adquieren o alquilan los factores productivos que necesitan para fabricar o proporcionar esos bienes o servicios. Si los consumidores pagan por las mercancías más de lo que les ha costado fabricarlas, entonces se genera un excedente monetario que se queda en la empresa: los beneficios.

Ahora bien, si nos creemos el cuento chino de la virulenta competencia perfecta entre empresas, en principio parecería lógico que los beneficios cayeran a cero. Las empresas rivalizarían entre sí bajando los precios a los que venden sus productos y subiendo los precios que están dispuestas a pagar por los factores productivos. Empero, nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, un sistema económico lograría funcionar y sobrevivir si todas sus compañías obtuvieran beneficios cero. Y el motivo de esto sólo en parte se debe a que no existe en el mundo real nada parecido a la competencia perfecta; o dicho de otro modo, aun cuando existiera competencia perfecta, los beneficios monetarios no podrían caer a cero.

La razón es que las empresas, cuando adquieren o contratan a un factor productivo, le están adelantando un dinero que sólo recuperarán en el futuro, cuando se complete el proceso de fabricar y comercializar la mercancía. Es decir, el capitalista es aquel que, por ejemplo, inmoviliza en su empresa un capital de 1.000.000 euros durante cinco años para ganar 50.000 euros anuales en beneficios. Por eso ningún capitalista estará nunca dispuesto a pagarle a los factores tanto como lo que obtendrá por vender sus mercancías: estamos ante la cuestión del tipo de interés que ya expusimos. ¿Acaso usted pagaría 50.000 euros por un bono que le devolviera dentro de un año solamente esos 50.000 euros? No, y el capitalista tampoco.

En este sentido, tampoco deberíamos dejarnos llevar por las abultadas cifras de ganancias y las presuntamente exiguas cuantías de los salarios. En 2009, por ejemplo, Carrefour ganó 437 millones de euros, pero ese guarismo apenas proporcionaba una rentabilidad del 3,9% a sus accionistas. Así, los miles de propietarios de Carrefour (sus accionistas) han tenido que adelantar e inmovilizar 11.000 millones de euros para obtener, año a año, apenas un rendimiento que no alcanza el medio millardo: o dicho de otra manera, aportando unos 14,5 euros por acción, apenas han logrado 0,5 euros en 2009. No es un negocio tan redondo como podría parecer: comprando deuda del Gobierno alemán usted lo hubiese podido hacer prácticamente igual de bien. Por ello, por cierto, una empresa puede llegar a desaparecer aun cuando no sufra pérdidas: si no proporciona una rentabilidad atractiva a sus propietarios, éstos simplemente dejarán de reinvertir en ella para reponer y de modernizar sus bienes de equipo.

En otras palabras, una parte del beneficio que obtienen las empresas no es más que el tipo de interés de mercado: la remuneración que logran los capitalistas por ahorrar (abstenerse de consumir) durante el tiempo que están implementando un determinado proceso productivo. Sin esa mínima rentabilidad, los capitalistas no reinvertirían sus ahorros en seguir fabricando bienes y regresaríamos a una sociedad salvaje y atomizada donde la división del trabajo sería historia: recuerde que la base del capitalismo no es el consumo, sino el ahorro y que sin éste todo se viene abajo. Por tanto, una parte de los beneficios no son más que la remuneración del capitalista por no consumir y financiar todo el chiringuito productivo; de idéntico modo a que los salarios son la remuneración de los empleados por trabajar.

Mas aquí no termina toda la película. Dado que no existe ese engendro de la competencia perfecta (sobre el cual ya hablaremos otro día), muchas empresas suelen obtener unos ingresos netos por encima (en ocasiones muy por encima) de los tipos de interés de mercado. Son los llamados "beneficios extraordinarios" que muchos economistas, en su constante huida de la realidad, suelen atribuir a la existencia de plutocráticos monopolios que dominan el mundo desde Bilderberg o Zúrich.

En ausencia de restricciones gubernamentales a la competencia, la realidad, sin embargo, es muy otra. Los beneficios extraordinarios se deben a que una empresa va dos pasos por delante del resto de compañías. Dado que todas no hacen lo mismo, no todas sirven igual de bien a los consumidores y por tanto no todas ganan el mismo dinero: unas se forran, otras se ganan el pan y otras pierden hasta la camisa. Google no es Alcoa y ésta no es Virgin Media: en 2010, el primero proporcionó una rentabilidad del 20% para sus accionistas, la segunda un 2% y la tercera un -11%. Así pues, la otra parte de los beneficios empresariales no es más que la remuneración a aquellos capitalistas que confeccionan excelentes planes de negocio y que le facilitan mucho más la vida al consumidor que la competencia.

Así que ya sabe: si un capitalista sirve al consumidor mucho mejor que el resto, ganará mucho dinero; si lo sirve de manera decentilla pero nada destacable, se embolsará el tipo de interés, como quien acude a realizar un depósito bancario; y si despilfarra los recursos en proyectos nada valiosos para sus clientes, entonces obtendrá unos rendimientos inferiores al tipo de interés e incluso acumulará pérdidas. No busque en la explotación la causa de los beneficios que se obtienen en un mercado libre: apunte más bien hacia el ahorro, la coordinación empresarial y la satisfacción del consumidor.

El futuro de España es el mercado negro

Los ciclos creados por la sobreemisión de dinero nos llevaron a una explosión productiva que no estaba fundamentada en nada (burbuja). Se coronó la inflación como el motor de la economía occidental. Expliqué las consecuencias –que se han cumplido– en el 2004. ¿Cómo actúan los bancos centrales ante tal fracaso? Con más inflación crediticia, ayuda a los bancos y así haciendo crecer otra burbuja. ¿Qué pide la gente? ¡Tipos de interés más bajos! Sin saberlo están cavando su tumba.

El Gobierno y las comunidades autónomas, casi arruinadas por su gestión, compra de votos, clientelismo de los lobbies y corrupción, recortan privilegios sociales y suben impuestos. Desde la tribuna vemos aberraciones: las autonomías mantienen sus embajadas. El Gobierno regala más de 400.000 euros a organizaciones como el Centre d’Informació i Documentació Internacional a Barcelona. Paga 143.000 euros a cosas como un Seminario Sobre la Pena de Muerte en el Caribe. Regala 100.000 euros a la Fundación Centro Internacional de Toledo para la Paz. ¿Había oído hablar nunca de ella? Todo esto, y mucho más, en el BOE del 23 de abril.

¿Cuál es la respuesta de la gente? Más privilegios sociales para vivir de la producción ajena, del robo y el latrocinio. Al igual que los banqueros centrales, ¿es qué no han aprendido nada de los errores pasados? El Estado no sabe gestionar el dinero para la sociedad. El Estado solo paga favores a sus lobbies. No saca nada ayudando a la sociedad. Los únicos que saben gestionar nuestro dinero son aquellos que no nos roban. Aquellos que necesitan del consentimiento de su cliente para sobrevivir. En otras palabras, la propia sociedad, que en lenguaje económico se llama libre mercado. ¿Cómo puede transmitir confianza una organización que obtiene sus recursos del robo masivo, el engaño y las prohibiciones? El mayor gasto de cualquier ciudadano son los impuestos. Y no son nada voluntario.

La gran farsa sigue. Casi todos los economistas damos por sentado que pasadas las elecciones el ejecutivo aumentará los impuestos (especiales y no sé si se atreverá con el IVA) y eliminará más privilegios sociales. Probablemente sea en verano, que es cuando la gente está más despistada. Y es que no es la primera vez que harían algo así. Hace un par años algunas administraciones subieron el IBI (Impuesto de Bienes Inmuebles) por sorpresa, sin decir nada. Cada vez que baja la gasolina, le cargan algún impuesto, y cuando sube, lo mantienen.

El Gobierno es incapaz de crear políticas realistas enfocadas al pueblo. ¿Cómo puede ser que en un país donde hay un 20% de desempleo y un 40% de paro juvenil, mantenga una carga sobre el trabajo del 50% del desembolso total al trabajador? Un mileurista paga casi 900 euros al mes al Gobierno (cuota empresarial a la SS + cuota del trabajador + IRPF + IVA). Cuando los reyes medievales cobraban una tercera parte de la producción a sus ciudadanos lo llamamos esclavitud, pero si el Gobierno nos arrebata la mitad de nuestro sueldo y nos sigue saqueando en cada compra e inversión que hacemos, lo llamamos Estado del Bienestar.

No sé si a España la van a intervenir oficialmente o no. Lo que sí sé es que le están obligando a dinamizarse un poco ante el estado de despilfarro y descontrol actual. La están sometiendo a una intervención opaca. Nuestro futuro inmediato son más cargas tributarias, más Estado policial contra el pequeño comercio que representa el 80% del tejido económico del país y menos privilegios. Muy bien, el Estado es el principal foco de pobreza. No es la solución a nuestras penas. Solo hay un camino para la prosperidad: menos dependencia del Estado. Que se ahogue en sus deudas y junto a sus lobbies. Cuando una solución es injusta, se ha de combatir por las buenas o por las malas. No le están dando otra solución al pueblo. Declara tu particular guerra al Estado: insumisión fiscal y mercado negro. Ese va a ser el futuro de España. De hecho, la economía sumergida ya es el mayor "sector" de nuestro país con más de un 20% del PIB. E irá en aumento.