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¿En qué ha quedado la primavera árabe?

 

Hay una constante con las revoluciones callejeras, siempre se sabe como empiezan pero nunca como terminan. La Revolución Francesa, por ejemplo, cuyos paladines aspiraban a abolir el absolutismo monárquico, desembocó en una tiranía mucho peor, la del Terror jacobino. Algo parecido sucedió con la Revolución Rusa, plagada de excesos que acabaron dejando en muy buen lugar el despotismo zarista. Es algo tan previsible que, a estas alturas de la Historia, no debería sorprender a nadie.

Si revolución es igual a involución, las revueltas populares que se han producido en los países árabes durante este año que termina deberían estar obrando justo lo contrario de lo que se proponían sus inspiradores. Y así está siendo. En ninguno de los países que han sufrido la convulsión revolucionaria la democracia campa por sus respetos, se sigue esperando a la sociedad abierta y, en el mejor de los casos, todo lo más que han conseguido es cambiar de amo. No es demasiado botín para tanto jaleo.

La llamada “primavera árabe” estalló pocos días antes de comenzar el invierno de 2010. El 17 de diciembre Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante tunecino, se quemó a lo bonzo en protesta por el trato que le había dado la policía días antes obligándole a levantar su tenderete callejero. Bouazizi moriría dos semanas después en el hospital a causa de las quemaduras. Para entonces la revuelta tunecina se encontraba en plena efervescencia. La masa se lanzó a la calle y la emprendió contra las fuerzas del orden, que se emplearon a fondo en reprimir la algarada. Diez días después de la muerte del joven vendedor ambulante, el presidente de Túnez, Zine El Abidine Ben Alí, que llevaba casi 25 años en el cargo, dimitió y tomó un avión para Arabia Saudita, donde continúa bajo la protección del rey Abdalá.

De Túnez se hizo cargo un Gobierno interino de concentración nacional liderado por Mohamed Ghannoucci, antiguo primer ministro de Ben Alí. El Gobierno de Ghannoucci fue extremadamente breve, duró sólo un día, al cabo del cual tomó posesión otro alto cargo del régimen anterior, Fuad Mebazaa, ex ministro y presidente del parlamento. Anunciaron entonces elecciones legislativas y presidenciales para el mes de junio. Las legislativas no se celebraron hasta finales de octubre. El ganador fue el partido islamista moderado Nahda (renacimiento), que triplicó en escaños al liberal CPR, gran esperanza de los demócratas prooccidentales del país. Las presidenciales no se han celebrado aún y carecen aún de fecha.

La primavera tunecina, la más civilizada de todas con gran diferencia, todo lo que ha conseguido es cambiar de presidente y elegir un nuevo parlamento en el que, por primera vez, se ha colado el islamismo de corte turco. Poco más ha cambiado en Túnez a pesar de que las revueltas del mes de enero costaron la friolera de 233 muertos. El país sigue siendo lo que era, los tunecinos siguen sin encontrar empleo y el presidente no es un cargo electo. Como con Ben Alí pero sin Ben Alí.

Lo de Túnez, sin embargo, ha sido una bendición al lado de la llamada revolución egipcia, que arrancó una semana después de la salida de Ben Alí de Túnez. Después de varios días de protestas diarias en la plaza cairota de Tahrir, el Gobierno de Hosni Mubarak se derrumbó como un castillo de naipes. La revuelta egipcia fue mucho más violenta que la tunecina. Cerca de mil muertos, varios miles de heridos y un sinnúmero de detenidos fue el balance de bajas que tuvieron que asumir los revolucionarios.

A cambio recibieron que las Fuerzas Armadas tomasen formalmente el poder (informalmente ya lo tenían tomado, Mubarak era militar), que se disolviese el parlamento, se derogase la Constitución y desapareciese el partido del Gobierno que, curiosamente, pertenecía a la Internacional Socialista. La caída del Gobierno se produjo el 11 de febrero y a día de hoy la junta militar sigue gobernando el país. No hay, además, planes de que deje de hacerlo. En el horizonte tienen la obligación de convocar elecciones, pero no se sabe si por miedo a lo que salga o por miedo a dejar de seguir mandando, no hay fecha para los comicios.

La de Egipto, que se grabó en el imaginario occidental como la revuelta árabe con mayúsculas, con sus jóvenes agarrados a sus Blackberry actualizando el Twitter desde su campamento en la plaza Tahrir, no ha cambiado demasiado las cosas, pero sí lo suficiente para preocuparse. Pocos días después de que el nuevo Gobierno tomase posesión, el canal de Suez fue abierto al tráfico de navíos iraníes, con el riesgo que ello conlleva para Israel. Sería sólo un preludio de lo que habría de venir. Desde el verano el sentimiento antijudío y antioccidental no ha hecho más que crecer en la sociedad egipcia. En el colmo del disparate, en septiembre, una turbamulta de islamistas cercó la embajada israelí en El Cairo con un muro. La protesta culminó con el asalto a la legación, lo que ocasionó tres muertos y más de mil heridos.

Puede parecer una travesura sin importancia en una región ya de por sí muy convulsa, pero una de las claves de la paz en Oriente Medio es la buena relación entre Egipto e Israel, los dos actores centrales en las guerras de 1948, 1967 y 1973. Sadat y Mubarak lo sabían, el primero buscó incansablemente la paz con sus vecinos, el segundo la mantuvo contra viento y marea. La junta militar presidida por Hussein Tantaui juega con fuego avivando los prejuicios contra un vecino con el que llevan viviendo en paz desde hace más de treinta años. Si la revolución de Tahrir fue para esto, bien podrían habérsela ahorrado.

Con todo, los judíos no han sido ni de lejos las víctimas predilectas del nuevo Egipto revolucionario. Al calor del renacer islámico propiciado por la caída de Mubarak, la comunidad cristiana copta sufre un ataque tras otro sin que el Gobierno haga nada por evitarlo. Los asaltos a las iglesias coptas siempre se han producido en Egipto, son ciudadanos de segunda y ellos lo saben, pero desde la revolución partidos como el de los Hermanos Musulmanes, bastante numeroso en el país, han abierto la veda sin que la policía haga nada en la mayoría de las ocasiones. La angustiosa situación de los coptos se silencia arteramente en los medios occidentales, los mismos que apoyaron sin ambages la asonada callejera, para alejar un inoportuno fantasma que obligaría a los lectores a hacerse muchas preguntas incómodas.

Lo que si han conseguido los revolucionarios egipcios es una reforma constitucional que fue aprobada masivamente en un referéndum que se celebró en marzo. La reforma agradó a los islamistas, que recomendaron desde las mezquitas votar sí, no tanto a los coptos y a los demócratas de Mohamed El Baradei, que pidieron expresamente rechazarla en las urnas. A El Baradei su oposición a la reforma le costó que un grupo muy bien organizado de salafistas le apedrease cuando se dirigía a votar. La reforma constitucional no ha conseguido instaurar una democracia en Egipto, que vive en una tensa espera a que se celebren elecciones que formen el parlamento.

La primavera egipcia ha sido, con todos sus problemas, un juego de niños al lado de la revolución libia, que empezó en la calle y ha terminado en una cruenta guerra civil que ha ocasionado 30.000 muertos, 4.000 desaparecidos, decenas de miles de heridos y una devastación material como no se recordaba en Libia desde la segunda guerra mundial, cuando el Afrika Korps de Rommel y el ejército de Montgomery se batieron en los arenales de Tobruk.

Las protestas en Libia comenzaron en el mes de febrero, sólo unos días después de la caída del Gobierno de Mubarak. Al principio se pensó que el asunto iba a terminar como en Túnez o Egipto, con Gadafi renunciando de buen grado y marchándose del país cargado de millones. Eso daría pie a una transición ordenada que la Francia de Sarkozy se apresuró a apadrinar reconociendo antes que nadie a los rebeldes. Pero nada de eso sucedió. En Libia todo se torció haciendo naufragar el pensamiento buenista en el que los europeos se rebozaban satisfechos desde el estallido revolucionario de Túnez.

Gadafi no era ni Ben Alí ni Mubarak. Reprimió con dureza inhumana las manifestaciones que se convocaron contra su Gobierno en el este del país, envió a la fuerza aérea a bombardear a los manifestantes y movilizó a todo el ejército. La disidencia se pagaba con la vida. En Libia las Blackberry que tanto gustan a los analistas occidentales desaparecieron pronto dejando su lugar a los tanques en un lado y las milicias armadas hasta los dientes en el otro.

En marzo la ONU intervino dictando a instancias de Francia una resolución, la 1973, que pedía un alto el fuego inmediato. La resolución fijaba una zona de exclusión aérea de la que la OTAN se encargaría de velar. A finales de marzo una fuerza internacional a la que la España de Zapatero se apuntó entusiasta aportando una fragata, un submarino y aviones de combate, se situó frente a las costas de Libia para hacer cumplir la resolución. La revolución libia se había transformado en poco más de un mes en una guerra en toda regla, con dos bandos bien diferenciados y la presencia de unidades militares extranjeras apoyando a uno de ellos.

Tras varios meses de combates que se centraron en la Tripolitania el 23 de agosto el Gobierno de Gadafi cayó, pero no el propio Gadafi, que se escondió en Sirte, su ciudad natal, desde donde pudo resistir dos meses más hasta que fue capturado y ejecutado por los rebeldes de un modo sumario el 20 de octubre. Sobre las ruinas del gadafismo aún no se ha levantado nada. El país lo gobierna un consejo de transición que, para abrir boca, ya ha anunciado que en Libia volverá a regir la ley islámica. El resto es todo una incógnita. El 1 de noviembre Trípoli despidió a las fuerzas de la OTAN con enfrentamientos entre milicias de distinto signo político. La tarea que el Consejo Nacional de Transición tiene entre manos es titánica en un país que nunca ha conocido la democracia y que quizás no quiera conocerla.   

¿Sirve para algo la economía financiera?

Y así sucedía en las etapas más primitivas de la producción de bienes y servicios: cuando lo único que teníamos que hacer era tomar de la naturaleza las materias primas necesarias y esforzarnos en transformarlas, crear riqueza equivalía a convertir el entorno en las mercancías que directamente satisfacían nuestras necesidades o en las herramientas que necesitábamos para fabricarlas de una manera más eficiente. Por eso, en su momento los fisiócratas y los socialistas pensaron que el valor procedía respectivamente de la tierra y del trabajo: aquello que parecía esencial para generar riqueza obtenía valor de manera natural.

Con todo, la cosa cambia cuando el proceso de creación de riqueza se vuelve mucho más complejo al implicar a un número infinitamente mayor de agentes y de recursos que deben coordinarse entre sí en momentos muy distintos del tiempo. En tal caso, las decisiones sobre qué y cómo producir ya no resultan tan sencillas, pues de lo que se trata es de organizar todos esos recursos de tal manera que sean capaces de generar la mayor cantidad posible de bienes y servicios valiosos. Es entonces, en el momento en que dejamos de producir para el autoconsumo y pasamos a hacerlo para los demás, cuando los mecanismos de coordinación y de asignación de los factores productivos van adquiriendo una importancia cada vez más decisiva.

Los empresarios son uno de estos elementos coordinadores: pergeñan planes de negocio comprando o alquilando factores productivos, ensamblándolos y vendiendo las mercancías manufacturadas a sus clientes. Sin embargo, tengamos en cuenta que cada empresa es un centro de planificación aislado del resto: lo que decide un empresario no tiene por qué guardar relación con lo que escoge otro empresario, de modo que, al final, podríamos caer en lo que Karl Marx llamaba la "anarquía productiva".

Los empresarios necesitan un marco dentro del que coordinar sus actividades y ese marco es el mercado: el sistema de precios sirve justamente para que los empresarios puedan elaborar planes que sean consistentes entre sí y con las preferencias de los consumidores. Nadie (o muy pocos) disputa que una parte de ese mercado y de esos precios contribuyen claramente a producir riqueza: todas aquellas industrias dedicadas a la producción de bienes de capital y de bienes de consumo. Sin embargo, hay otra parte cuya relación con la generación de riqueza es bastante más difusa: los mercados financieros y todo el batiburrillo de volátiles precios de los activos financieros.

Son numerosas las personas que separan radicalmente la economía productiva de la economía financiera (Main Street vs. Wall Street), como si esta última no fuera también productiva y como si, de hecho, restara recursos a la primera. Una maniquea segregación que no se corresponde con la realidad. Los mercados financieros juegan el papel de coordinar intertemporalmente a los agentes económicos: su cometido es el de dar pautas a los empresarios acerca de cuándo deben proporcionar a los consumidores aquellos bienes que desean.

En concreto, los mercados financieros sirven para que los ahorradores señalicen cuánto tiempo están dispuestos a esperar y qué riesgos están dispuestos a asumir para disponer de bienes económicos futuros: quien invierte en una imposición a cinco años se está comprometiendo a renunciar durante un lustro a hacer uso de ese dinero (a menos que llegue otro ahorrador que se subrogue en tu posición y compre el bono); quien adquiere deuda subordinada está indicando que no le importa asumir un riesgo importante con tal de ver aumentada su rentabilidad; quien compra acciones transmite el mensaje de que desea formar parte de los propietarios de la compañía, asumiendo las venturas y desventuras del negocio; quien emite un CDS se está comprometiendo a asegurar un activo, aportando los recursos necesarios para cubrir las quitas en caso de que aparezcan, etc.

Todos estos instrumentos (imposiciones a plazo fijo, bonos subordinados, acciones, derivados…) sirven para poner en manos de los empresarios los recursos que han de invertir a largo plazo, es decir, los que les permiten producir elevadas cantidades y calidades de bienes de consumo en el futuro. El precio de estos instrumentos, la remuneración que recibe el ahorrador por abstenerse de consumir y el coste que soporta el inversor por emplear recursos ajenos, son los tipos de interés. Como sucede en todos los mercados, oferentes y demandantes deben ponerse en contacto para poder cerrar la transacción y, asimismo, resulta de enorme importancia que los precios de los distintos activos (los tipos de interés) se correspondan con la realidad, a saber, con su demanda y oferta final. Los bancos son los intermediadores por excelencia de los mercados financieros y los especuladores son los encargados de estabilizar los precios dentro de márgenes realistas.

En definitiva, los mercados financieros y sus diversos participantes (ahorradores, inversores, intermediarios y especuladores) desempeñan un servicio muy importante dentro de una economía: coordinar a quienes ahorran con quienes invierten dentro de unos parámetros compatibles con las necesidades de los consumidores. Al igual que las carreteras tampoco producen nada por sí mismas, los mercados financieros son útiles a la hora de distribuir el capital hacia sus usos más valiosos. Y por eso puede decirse que la economía financiera es productiva: porque tan importante como fabricar bienes y servicios es fabricar los bienes y servicios correctos al menor coste posible. Si todo fuera incrementar la producción material de cualquier cosa, el socialismo podría funcionar. Pero no, no puede porque es incapaz de asignar prioridades de acuerdo con las preferencias intertemporales de los agentes.

Siendo, pues, los mercados financieros una parte básica de nuestra estructura productiva, será lógico que parte de nuestros recursos se destinen a esta industria: trabajadores, edificios, ordenadores, redes, materias primas, etc. Simplemente, una parte de nuestras compañías las hemos de dedicar a prestar semejantes servicios, al igual que otra parte las dedicamos a la extracción de petróleo, otra al diseño de nuevas mercancías, otra al marketing, etc.

Cuestión distinta es la tan extendida afirmación de que los mercados financieros están absorbiendo todos los recursos de la economía, dejando a dos velas a la economía real. Aunque a corto plazo pueda tener lugar una absorción de capital por parte de los mercados financieros, no olvidemos que toda deuda, toda acción o todo seguro representan pasivos financieros que se han transformado en activos productivos; es decir, los activos con los que se especula en última instancia no son más que inversiones reales cuya titularidad cambia de manos. Basta con seguir el circuito del dinero: éste va a parar a los vendedores de pasivos financieros, quienes lo utilizarán o para producir bienes y servicios o para adquirir otros pasivos financieros, cuyos vendedores estarán en idéntica coyuntura hasta que al final todo el capital queda asignado de un modo u otro a proyectos reales: unos proyectos que podrían ser útiles… o no. La economía financiera no es infalible, por la simple cuestión de que el futuro –y las perspectivas de generación de riqueza de los distintos planes empresariales– es incierto. Perfectamente pueden aparecer burbujas financieras que den lugar a distorsiones dentro de la economía real. Mas no nos escandalicemos: los errores son inevitables (y se pagan en forma de pérdidas) en el proceso empresarial y, por tanto, también lo son en el sector financiero.

Lo que deberíamos exigir no es que no se produzcan burbujas, sino que esas burbujas no sean incentivadas, protegidas y amparadas por el poder político. Es lo que sucede en la actualidad, connuestro sistema financiero absolutamente intervenido, con nuestros bancos centrales que rebajan de manera artificial los tipos de interés, con nuestra divisa desligada del oro, con nuestros políticos predispuestos a rescatar a deudores insolventes y con nuestros reguladores obsesionados conprohibir las ventas al descubierto. Es decir, lo que deberíamos exigir no es que la economía financiera no exista, sino que deje de existir en su privilegiada forma actual.

Desconozco si, como dicen muchos, la economía financiera ha adquirido un tamaño desproporcionado con respecto a la economía real. Eso no me preocupa, pues existen motivos razonables para que haya más y mayores compañías financieras conforme la complejidad de nuestro tejido productivo se eleve. El problema no es ése, sino que su tamaño actual –grande o pequeño– depende del intervencionismo político dirigido a promover el endeudamiento insostenible de familias, empresas, bancos y gobiernos. El problema no es la economía financiera, sino la economía financiera ultraintervenida. En suma, exactamente lo mismo que sucede con la economía real. No carguemos nuestras iras contra el legítimo y útil oficio de especuladores, banqueros e inversores, sino contra el omnipresente intervencionismo económico que contamina todas sus decisiones.

Jobs, el libertario

No en vano, era un admirador de Ayn Rand. Uno de sus discursos más famosos recuerda mucho al magnífico alegato final de Howard Roark en El Manantial, novela de esta brillante autora.

Y es que Jobs era un ferviente defensor de la creatividad humana, la esencia misma de la economía de mercado. "La creatividad es simplemente conectar cosas", básicamente, experiencias vitales. "La innovación no tiene nada que ver con la cantidad dólares que inviertas en I+D […] Se trata de personas". Como es lógico, también era un amante del individuo y crítico del colectivismo. "Soy optimista en el sentido de que creo que los humanos son nobles y honorables, y algunos de ellos son muy inteligentes. Tengo una visión muy optimista de los individuos. Como individuos, las personas son intrínsecamente buenas. Tengo una visión algo más pesimista de la gente en grupos".

Fundador de Apple y padre de la nueva era informática y digital, el gran éxito de Jobs radica en haber facilitado y mejorado la vida a cientos de millones de personas, una tarea que el mercado le ha sabido reconocer y compensar a través de la histórica revalorización bursátil de su compañía.

Sus palabras lo dicen todo. Así pues, que hable el maestro…

Jobs fue adoptado. Su familia de adopción se comprometió con su madre biológica a enviarle a la universidad cuando se hiciera mayor. Sin embargo, Jobs abandonó a los pocos meses de matricularse, ya que no sentía pasión por lo que estudiaba y pensó que no compensaba el coste económico que le estaba suponiendo a sus padres. "No sabía que iba a ser de mí, pero confié en que las cosas saldrían bien. Fue una de las mejores decisiones de mi vida […] Al no estar matriculado no tenía clases obligatorias. Dejé de ir a las clases que no me interesaban y empecé a ir las que me interesaban".

Pero su travesía estudiantil no fue sencilla. Dormía en el suelo de las habitaciones de sus amigos y recogía "botellas de Coca-Cola por 5 céntimos el envase para poder comer". Aún así, se dejó guiar por su innata curiosidad e intuición. Entre las distintas asignaturas que escogió se decantó por la caligrafía. Y aunque pensaba que difícilmente tendría una utilidad práctica para su vida, 10 años después aplicó ese conocimiento en el diseño de su famoso Mac, el primer ordenador que incluía una "bella tipografía", copiada posteriormente por su principal competidor, Microsoft.

"Tuve suerte. Pronto supe qué era lo que más deseaba hacer en mi vida". A la edad de 20 años creó Apple en un garaje. Una década después, la compañía contaba ya con 4.000 empleados y un valor estimado de 2.000 millones de dólares.

Pero, una vez más, la vida le guardaba una ingrata sorpresa. A los 30 años fue despedido de Apple, de su propia empresa, debido a las diferencias de criterio que mantenía con su Junta Directiva. "Fue devastador, pero aún amaba lo que hacía, así que decidí empezar de nuevo […] Fue lo mejor que me podía haber ocurrido. Me liberó para entrar en uno de los periodos mas creativos de mi vida". Efectivamente, en los años posteriores a su despido creó la empresa NeXT y luego Pixar, uno de los estudios de animación más exitosos del mundo… Y cosas que pasan. Apple compró NeXT y Jobs volvió a Apple. La tecnología que desarrolló durante ese periplo se convirtió en el nuevo corazón del gigante informático estadounidense.

"A veces la vida te da con un ladrillo en la cabeza. No perdáis la fe. La única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que hacía. Tenéis que encontrar qué es lo que amáis. Si aún no lo habéis encontrado, seguid buscando. No os conforméis".

Jobs lo tenía muy claro. "Vive cada día como si fuera el último. Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder". Y sentenciaba: "Ser el hombre más rico del cementerio no me importa. Irse a la cama por la noche diciendo que hemos hecho algo maravilloso. Eso es lo que me importa". Jobs puede estar satisfecho. Ha muerto un empresario que pasará a la historia de la humanidad. Descanse en paz.

La fiebre del oro

Hace sólo diez años se pagaba por la onza de oro unos 270 dólares. Hoy por esa misma cantidad se pagan 1.750 o, lo que es lo mismo, casi unas siete veces más. Quien hubiese comprado oro unos días antes del fatídico 11-S y pensase mañana liquidar la inversión poniéndolo a la venta en el mercado habría hecho un negocio inmejorable. Algo parecido puede decirse de todos los metales preciosos; de la plata, que ha pasado de los 4 dólares la onza a los 44, del platino, que se ha ido de los 450 la onza a los 1.900, e incluso del paladio que “sólo” ha doblado su precio en este periodo: en 2001 se pagaba por una onza de este metal unos 400 dólares y hoy se pagan 800.

Los metales preciosos, con el oro a la cabeza, han sido, junto con el petróleo y otras materias primas, la gran inversión de la década. Nadie lo hubiese dicho hace veinte años, cuando invertir en estos activos era considerado poco menos que de locos. En aquel entonces, en plena década de los noventa, su precio iba hacia abajo y todo el que los tenía en sus carteras salía en estampida. El mercado, en definitiva, ofertaba mucho más de lo que demandaba.

¿Qué ha sucedido entonces en los últimos diez años? El oro, a fin de cuentas, es un valor seguro porque todos lo deseamos y guarda el valor mejor que cualquier otro elemento de la naturaleza. Esto es así desde que el hombre es hombre. Todas las civilizaciones lo han atesorado o, directamente, lo han utilizado como dinero, como el mejor dinero posible. Sus ventajas son muchas, tantas que el uso de oro como moneda sigue hoy, cuarenta años después del cierre de la llamada ventanilla del oro por parte de Richard Nixon, siendo objeto de apasionados debates entre economistas.

Su valor, por lo tanto, no se define sólo por su escasez o las especiales cualidades que posee este metal, sino por el aprecio que los seres humanos le tenemos desde tiempo inmemorial como deposito de reserva y medio de cambio comunmente aceptado. La relación es causal. Nos gusta guardarlo porque es especial, muy dúctil y maleable, transportable, asombrosamente escaso e imposible de falsificar. Pero, sobre todo, nos gusta porque es deseado por otros. Parece que la naturaleza lo puso ahí a propósito para guardásemos en él el fruto de nuestro trabajo, esto es, nuestra riqueza y pudiésemos al tiempo comerciar con ella.

El oro, en suma, es dinero, de ahí que cuando el dinero de curso legal –en nuestro caso el dólar y el euro– pierde valor, el oro lo gana automaticamente. Por decirlo brevemente, cuando empezamos a no fiarnos de las divisas fiduciarias, aquellas que valen lo que dice el Gobierno que valen, tendemos a refugiarnos en el oro. El valor, y esto es importante remarcarlo, no es algo que un político decida, sino una proyección individual y subjetiva, de aquí que los precios fluctúen, incluso los del oro, dependiendo de lo valioso que lo percibamos.

Buscar refugio en el oro es algo que ha sucedido siempre. La sucesión de eventos suele seguir idéntico guión: el Gobierno necesitado de fondos gasta más de lo que puede permitirse, para mantener el ritmo envilece la moneda creando nuevas unidades monetarias de la nada –antiguamente se limitaba a envilecer el metal–, los agentes económicos detectamos que la moneda oficial vale cada vez menos y nos refugiamos en el valor seguro del metal amarillo, a ser posible de 24 quilates, sinónimo del oro 100% puro. Eso si nos dejan, en algunos momentos y lugares los Gobiernos han prohibido la posesión de oro precisamente por eso, porque la gente lo prefería a la moneda encanallada que obligaba a utilizar el Gobierno.

Este mecanismo tan sencillo es lo que ha hecho dispararse el precio del oro en los últimos años. El activo internacional de reserva, el dólar norteamericano, vale cada vez menos. Los sucesivos Gobiernos yanquis han ido creando más y más dólares para correr con sus cuantiosos y siempre crecientes gastos. Esta inflación ha provocado, como no podía ser de otra manera, un acusado repunte en el precio de la onza. El resultado es que cada vez estamos dispuestos a entregar más dinero fiduciario a cambio de la misma cantidad de oro. No ha cambiado el segundo –de hecho es ligeramente más abundante que hace diez años–, sino el primero, que está por todos los lados gracias a las políticas irresponsablemente expansivas de los bancos centrales.

Por de pronto el oro sube y seguirá subiendo, y con él todos los metales preciosos. Los inversores lo han entendido a la primera y compran todo el que pueden, los empresarios se afanan en encontrar nuevos yacimientos. Nosotros nos limitamos a guardarlo sabiendo que mantendremos con él a buen recaudo nuestra riqueza. El Gobierno, entretanto, no hace más que alimentar esta máquina diabólica viviendo por encima de sus posibilidades gracias a la máquina de hacer dinero que usa en exclusiva y en provecho propio. Hasta que esa máquina no se pare la fiebre del oro continuará.

La aventura del capitalismo

El ex ministro del Interior se puso el disfraz de izquierdista y aseguró que "necesitamos regulación y control para que los mercados estén al servicio de los ciudadanos y no al revés".

Pensando en estas palabras, que auguran nuevos aparatos burocráticos, una legislación más farragosa o dificultades crecientes para los empresarios españoles, me acordé de una cita de Milton Friedman, quizás el mejor propagandista que haya tenido el liberalismo en el último medio siglo (aunque sus teorías monetarias sean bastante discutibles, merece el reconocimiento de los amantes de la libertad).

El Premio Nobel norteamericano aseguraba en Capitalismo y libertad que "uno de los mayores argumentos contra el mercado es que proporciona a los individuos lo que quieren y no lo que un determinado grupo piensa que deberían querer. Por debajo de la crítica de la libertad económica hay una crítica a la libertad misma". Aunque parezca mentira viendo esta cita, casi seguro que el neoyorquino no estaba pensando en Alfredo P. cuando la escribió. Friedman pone el dedo en la llaga, porque el problema de los políticos intervencionistas es que no entienden el mercado y cuando lo hacen no les gusta, porque favorece la libertad individual a cambio de quitarles poder a ellos.

Precisamente, la semana pasada estaba en casa viendo la tele y me encontré con uno de esos fantásticos documentales británicos que, a veces sin quererlo, tanto nos pueden enseñar sobre las maravillas de una sociedad libre. Era un capítulo de una serie llamada El capitalista aventurero que protagoniza un tal Conor Woodman. Este tipo parece ser que era el clásico yuppie de la City londinense que un día decidió cambiar de vida porque se aburría en su trabajo. Su idea fue vender sus posesiones para financiarse una vuelta al mundo, algo que ya han hecho muchos otros antes que él. Sin embargo, Woodman pensó en incluir un pequeño cambio realmente curioso. Como no quería volver a casa un par de años después con las manos vacías, decidió que durante su viaje iría haciendo intercambios comerciales a lo largo del planeta, lo que le serviría para ir ganándose unas perrillas. También pensó en grabarlo y editarlo como documental, lo que ahora nos permite ver cómo transcurrió su aventura.

El programa es más una guía de viajes que un sesudo tratado sobre el capitalismo. Pero quizás por eso sea incluso más útil como elemento de aprendizaje. El capítulo que me tocó en suerte es uno en el que Woodman parte de Asia con la intención de llegar a México. En China, compra unas pequeñas tablas de surf hinchables (parecen juguetes para niños o principiantes). Con ellas se dirige a Acapulco, donde encuentra unos almacenes encantados de comprarle su mercancía por bastante más de lo que él había pagado al otro lado del Pacífico.

Ver todo el proceso de compra y venta es absolutamente revelador. En China, ofrece al fabricante un precio bajo (8 libras), puesto que él soportará el riesgo de la operación y, además, convence al productor de que es una buena oportunidad de introducirse en el mercado mexicano. Luego, en el país norteamericano, también es capaz de sacar un muy buen precio (14 libras), puesto que el producto que ofrece es nuevo, hinchable y fácil de transportar, lo que puede ser muy atractivo para las familias que abarrotan las playas de este centro turístico.

En total, Woodman saca unas 4.000 libras de beneficio. Y nosotros, unas cuantas conclusiones que a nuestros políticos parece que les cuesta asimilar. En primer lugar, comprobamos que el mercado es el reino de la libertad: nadie hará una transacción en la que no se vea beneficiado. Por eso, incluso cuando una gran multinacional vende algo al más pobre de los hombres, el intercambio tiene que basarse en la premisa de que los dos ganan. Si alguno no lo hace, no cerrará el trato.

El relato de este capitalista aventurero también nos enseña que los objetos tienen muy diferente valor según el lugar, la persona y el momento. Woodman posiblemente habría tenido más problemas para colocar las tablas en México en temporada baja y habría tenido que ofrecer un descuento. Y dentro de dos años, si su uso se ha popularizado, el productor chino probablemente le podrá apretar algo más las clavijas.

Desgraciadamente, está muy extendida la idea de que el comercio es un proceso en el que alguien tiene que ganar para que otro pierda. Ya en la Edad Media, se despreciaba a los comerciantes como parásitos sociales, que se enriquecían sin aportar nada a la sociedad. Se comparaba su actividad, aparentemente improductiva, con la de ganaderos, agricultores o artesanos, que supuestamente sí añadían valor al producto.

Sin embargo, nuestro protagonista nos muestra como el comercio nunca es un juego de suma cero. Todas las partes salen beneficiadas de la transacción. El fabricante chino valora más las 8 libras que sus tablas; el vendedor mexicano cree que podrá sacar más de esas 14 libras que ha pagado por ellas. Y Woodman acaba con un buen montante de beneficios, a cambio del riesgo soportado, de la iniciativa comercial, de su buen ojo como mercader y de su capacidad para convencer a sus interlocutores. Cada día hay miles de millones de transacciones en el mundo y cualquiera de ellas se basa en los mismos principios que las dos del programa.

Leyendo la web de Woodman, sabemos que en su vuelta al mundo consiguió un beneficio de 25.000 libras, es decir, que dobló la cantidad con la que salió de casa. Se lo tiene merecido. Ha arriesgado su capital, ha ofrecido un servicio y ha logrado su recompensa. Sólo los envidiosos podrían reprocharle algo.

También los políticos como Rubalcaba, temerosos de la libertad de sus ciudadanos. Viendo partes de otros capítulos es fácil darse cuenta de que son sus colegas repartidos por todo el planeta los que más trabas ponen a la tarea de Woodman, con absurdas regulaciones, aduanas, tasas, normas o laberínticos procedimientos burocráticos. Eso sí, si les preguntamos, cada uno asegurará que restringen nuestra libertad en nombre de la "seguridad", los "consumidores" o los "productores nacionales". Además, se revisten de la autoridad de los votos para arrogarse todos esos poderes.

Frente a esta actitud sólo cabe seguir trabajando, produciendo y comerciando. También merece la pena recordar las palabras de otro enorme liberal, Ludwig Von Mises: "El mercado es una democracia donde cada centavo da derecho a votar y donde se vota todos los días". El problema es que un ciudadano libre y que vota cada día quizás sea, precisamente, la peor pesadilla que cualquier político pueda enfrentar.

Neutralidad contra libertad

No es que sean unos cambios traumáticos, pero los Tratados con nuestros socios nos exigen hacerlos.

Y en eso estábamos, cuando surgen las voces de siempre (mejor dicho, la voz, que tampoco hay tantas interesadas en el tema) para recordar a los representantes del pueblo la necesidad de garantizar la neutralidad y la libertad en Internet.

De lo que sigue sin enterarse la voz, es de algo que las otras muchas voces ya apagadas, como la de Google, sí se han enterado. Y es que la neutralidad de la red no tiene nada que ver con la libertad en la red. Al contrario, la regulación de la neutralidad de la red es una amenaza contra la libertad en la red, incluso a la libertad de esa voz que está clamando por ella.

En primer lugar, Internet es en estos momentos libre, y en eso cabe poca discusión. Sin necesidad de regular nada en lo referente a su neutralidad, ocurre que los principales protagonistas de la misma no han podido o no han querido restringir la libertad. Así que el que pida regulación para obtener libertad (algo por cierto paradójico), debería demostrar que la libertad hasta ahora disfrutada está en peligro. Y para ello no basta gritar lo de que viene el lobo.

En segundo lugar, una regulación de la neutralidad de red atentaría contra la libertad. Directamente, contra la de los operadores y legítimos dueños de las redes de telecomunicaciones, a los que se impondrían límites en el uso que pueden hacer de sus bienes. Seguro que a la voz no le apetece que le digan lo que tiene que hacer con su blog, su coche y su casa.

Pero indirectamente también contra las de los internautas de los que la voz se erige en defensor. Porque, si se les deja libertad, los operadores, que están aquí para ganar dinero, y eso solo lo pueden hacer sirviendo a sus clientes lo que piden, tratarán de ajustar su capacidad de telecomunicaciones a las demandas que más valoren los individuos. Y si estos prefieren que los paquetes que llevan información sobre el estado en tiempo real de las carreteras lleguen antes que el millonésimo fragmento de una película iraní de hace 10 años, los operadores tratarán de hacer que así sea. De esta forma, los internautas tendrán libertad para elegir los servicios que les interesen, y los operadores, para darles los mismos en busca del beneficio.

Pero si se mete por medio algún burócrata diciendo que todos los paquetes son iguales, y enseñando a los operadores cómo hacer su trabajo, nada de esto pasará. Al contrario, serán los intereses del burócrata, su supuesto conocimiento técnico, los que guíen las decisiones de los operadores. Lo que llevará a una pérdida de variedad, de riqueza, e incluso a poner en riesgo la red. Vamos, nada de libertad y más bien todo lo contrario.

Es esperable de los políticos que traten de restringir el ámbito de libertad de los individuos, sobre todo en un mundo que aún no tienen controlado, como es el de Internet. Lo que no se entiende es que cuenten con cómplices en el mundo cuya libertad quieren cercenar. A ver si la voz se entera de una vez: en Internet es posible que haya neutralidad si hay libertad. Pero es seguro que no habrá libertad si se impone la neutralidad.

¡Viva la especulación!

Difícil, pues, congraciarse con un oficio que, según relato popular, tiene por cometido hacer sufrir a las masas para concentrar la riqueza en cada vez menores manos.

La realidad, como suele acontecer, es bastante distinta a la que narran los prejuicios liberticidas. Primero por el hecho nada desdeñable de que, en cierto modo, todos y cada uno de los seres humanos, desde el más ilustre de los indignados al más despreciable de los Rockefeller, seamos especuladores: especular viene del latín speculare, es decir, observar con detenimiento algo. Todos, en nuestro mundano día a día, cuando decidimos comprar un kilo de manzanas, adquirir un vehículo, invertir en un paquete accionarial o prestarle dinero a algún Gobierno manirroto, y también cuando decidimos no hacerlo, estamos tomando decisiones de manera especulativa y contribuimos a la determinación de los precios de mercado. Al hacerlo, todos vislumbramos con mayor o menor claridad un escenario futuro en función del cual tomamos nuestras decisiones (las manzanas no me ocasionarán dolor de estómago y no podré encontrarlas más baratas en otro sitio cercanos; el vehículo no se estropeará a corto plazo ni aparecerá en el futuro cercano otro modelo mucho mejor y a un precio más asequible; las acciones se revalorizarán o no caerán sensiblemente; y el Gobierno manirroto honrará sus compromisos y no impagará sus deudas) y, por consiguiente, especulamos.

Sin embargo, no pretendo convalidar la actividad especuladora simplemente jugando con las palabras. Analicemos más en detalle a qué se dedican los especuladores profesionales, aquellos que por su visibilidad y especialización reciben toda la inquina social. ¿Cuáles son las funciones fundamentales que desarrolla el especulador profesional? Básicamente las reduciría a dos que tienen el idéntico propósito de coordinar a los agentes económicos. Por un lado, los especuladores redistribuyen los bienes o activos interespacial e intertemporalmente. Por otro, facilitan los intercambios y la acumulación de bienes y activos, dotándoles de un mayor volumen de negociación e incluso de precio.

Empecemos por la primera de estas funciones. Los especuladores intentan comprar los bienes o activos cuando o donde están baratos para venderlos cuando o donde estén caros. Gracias a ello, los bienes se encarecen en aquellos lugares o momentos en los que son relativamente más sobreabundantes para abaratarlos en aquellos lugares o momentos en los que son relativamente más escasos. Sin la especulación, las diferencias de precios entre dos puntos geográficos o temporales distintos serían mucho más abruptas.

Por ejemplo, supongamos que este año en Australia se producen unas brutales malas cosechas de trigo, mientras que en Estados Unidos tienen lugar unas cosechas excelentes de este cereal. Sin especulación –en su modalidad particular de arbitraje–, los precios del trigo en Estados Unidos se derrumbarían, hasta el punto de destinarlo para actividades muy poco valiosas (alimentar a los cerdos, por ejemplo), mientras que en Australia la gente se moriría de hambre. Sin embargo, gracias al especulador, quien comprará barato en Estados Unidos para revender caro en Australia, el precio del trigo tenderá a igualarse internacionalmente y a destinarse a sus usos más urgentes (que no serán alimentar a los porcinos yanquis, sino a los ciudadanos australianos).

Lo mismo sucede con la distribución intertemporal de los bienes, si bien en este caso, dado que el nivel de abstracción es mucho mayor, los efectos de la especulación suelen ser bastante peor comprendidos. El especulador compra hoy, cuando un bien o activo está barato por ser sobreabundante, con el propósito de vender mañana, cuando ese mismo bien será bastante más escaso y por tanto más caro; gracias a ello, encarece el bien o activo en el presente y lo abarata en el futuro. Sigamos con el ejemplo del trigo: imaginemos que este año ha habido una cosecha muy cuantiosa en Estados Unidos y que el especulador, gracias a su profundo conocimiento del campo, del clima o de la demografía (o simplemente por azar), sabe o intuye que en el futuro serán más escaso que hoy. Por ello, comprará trigo hoy –elevando su precio y volviéndolo más escaso–, lo almacenará y lo venderá mañana cuando sea más escaso (abaratando su precio). Y quien habla del abastecimiento de trigo a un año, puede hablar de vivienda a una década vista o de petróleo a medio siglo vista. Merced a ello, las fluctuaciones de precios (y de las disponibilidad de bienes) a lo largo del tiempo se reducen muy sensiblemente, evitando saltos abruptos.

De hecho, el especulador que esté muy seguro de sus previsiones podrá potenciar su actividad de estabilización de precios pidiendo prestado dinero. Yo puedo saber que los precios subirán en el futuro, pero si carezco de dinero no podré comprar bienes hoy para venderlos mañana. En cambio, cuanto más crédito me proporcionen, más bienes presentes podré controlar y, por tanto, más huella dejarán mis pronósticos sobre el futuro en el presente.

Llegados aquí conviene matizar que la distribución de los bienes que efectúan los especuladores no tiene por qué basarse únicamente en la estrategia más común de comprar barato para, después, vender caro. También puede operar en el orden inverso: el especulador puede empezar vendiendo caro para, después, comprar barato. Imaginemos que el propietario de un inmueble espera que, en el futuro, se reduzca su precio. La manera de estabilizar intertemporalmente su oferta y su precio sería enajenarlo hoy (contribuyendo a reducir su precio) recomprarlo más asequible en el futuro (contribuyendo a incrementarlo).

Y al igual que el especulador podía pedir prestado dinero para comprar mercancías o activos hoy y revenderlos mañana, también puede pedir prestados los propios bienes o activos para venderlos hoy y recomprarlos mañana (saldando el préstamo mediante la entrega física de esos bienes o activos). A esta operación se la suele denominar venta corta. Asimismo, puede darse el caso, un tanto más radical, de que el especulador venda a plazo bienes que ni posee ni ha pedido prestados; en tal supuesto, lo que realmente enajena el especulador es el compromiso de entregar en un momento determinado ese bien o activo; a esta operación se la conoce como venta al descubierto.

Junto con la distribución espacial y temporal de los bienes, hay que mencionar otra función de la especulación al menos tan fundamental como la anterior: facilitar el intercambio y la acumulación de bienes y activos dotándolos de un mayor volumen de negociación e incluso de precio.

Sin especuladores, una persona sólo podría vender un bien o un activo si encontrara justo en ese momento a otra persona que deseara comprar ese mismo bien o activo a un precio y en unas condiciones que beneficiaran a ambos. Así pues, si yo quisiera desprenderme ahora mismo de 5.721 acciones del Banco Santander, debería encontrar a una persona o grupo de personas que también ahora mismo quisieran adquirir al menos 5.721 acciones. Análogamente, si produzco cien mil kilos de naranjas, una vez cosechadas, debería encontrar rápidamente a un número suficiente de consumidores finales que quisieran adquirirlas.

Es evidente que en un mundo así, los intercambios serían notablemente menores a los actuales (es costoso encontrar siempre a la contraparte necesaria en el momento deseado) y, por tanto, la tendencia a acumular grandes cantidades de bienes o de activos de los que nos querremos desprender en el futuro también sería menor. En otras palabras, las menores posibilidades de intercambiar bienes y servicios se traducirían en un menor incentivo a invertir en empresas que los produjeran en gran escala (adiós, pues, a las economías de escala) y, asimismo, la mayor dificultad para desprenderte de acciones o de bonos a buen precio (por la falta de contrapartes) también implicaría un menor incentivo a ahorrar e inmovilizar tu capital en esos instrumentos (de modo que los mercados de capitales se atrofiarían, encareciendo la financiación empresarial).

Afortunadamente, empero, los especuladores también actúan como intermediarios para conectar a los dispersos compradores y vendedores finales. Son ellos quienes sirven como contraparte para comprar o vender cuando pocos más quieren hacerlo. Además, en los casos extremos en los que nadie más quiera comprar o vender, los especuladores serán los únicos agentes de mercado que se atrevan a tasar (dar precio) ese bien económico o activo, tanto para que otros puedan comprarlo (asked price o precio pedido) como para que puedan venderlo (bid price o precio ofrecido). En pocas palabras, los especuladores, conscientes de que las órdenes de compra y de venta están distribuidas irregularmente en el tiempo y el espacio, acumulan inventarios de un bien o activo cuando todos quieren vender y liberan su inventario cuando todos quieren comprar. La fuente de su beneficio procede, en este caso, de que –como cuando vamos al banco a obtener divisas– compran el bien o activo más barato de lo que después lo venden.

Gracias a la función de la creación de mercado, por consiguiente, los especuladores orientan la valoración de los bienes o activos (en momentos en que nadie más quiere intercambiarlos) y, sobre todo, les proporcionan un volumen de negociación lo suficientemente amplio como para que otras personas, al saber que casi en cualquier momento podrán desprenderse de ellos a buenos precios, ahorren e inviertan en su producción.

En definitiva, los especuladores facilitan enormemente la coordinación de los agentes económicos llevando, por un lado, los bienes o activos al lugar o momento más valorado y facilitando, por otro, las operaciones de intercambio y acumulación de estos últimos. Por supuesto, ese santo patrón del capitalismo que es el especulador puede equivocarse y, en lugar de estabilizar los precios, puede desestabilizarlos todavía más (comprando cuando él cree que está barato y teniendo que vender luego todavía más barato o vendiendo cuanto cree que está caro para recomprar luego todavía más caro), en especial si realiza sus operaciones vía crédito. Pero no parece muy consistente poner en duda la actividad especuladora por el hecho de que pueda resultar falible; todo en la vida lo es y no por eso sometemos a severísimas críticas las relaciones en pareja, las inversiones productivas o el auxilio caritativo del prójimo. Más que nada porque el especulador se enriquece cuando acierta, pero se hunde en la miseria cuando fracasa (en ausencia de rescates estatales): comprar caro para vender barato o vender barato para recomprar caro no parecen los negocios más lucrativos que uno pueda imaginar, en especial si para llevarlos a cabo te has endeudado. Otra cosa distinta, y más habitual, es que laceremos a los especuladores cuando aciertan y porque aciertan; nadie dijo que la verdad fuera un plato sencillo de digerir. Pero, desde luego, si lo que nos molesta son los errores de la actividad empresarial, inherentes sea cual sea ésta, lo que deberíamos hacer es sacar a hombros a los especuladores exitosos y reprimir a los fracasos. Sin embargo, creo que con el mecanismo de mercado es suficiente: que se forren cuando acierten y se arruinen cuando fallen. Ese sistema de premios y castigos, sin distorsiones estatales, se me antoja ya más que suficiente.

La capacidad de emprendimiento de la SGAE

El azar ha hecho que esta semana haya estallado un escándalo que afecta a los directivos de la SGAE, principal beneficiaria del otro tipo de la llamada propiedad intelectual: los conocidos como derechos de autor o copyright.

La justificación de estos derechos está en que la creación ha de ser propiedad de su creador. Eso está muy bien y es manejable, si la creación toma una forma material. Pero, ¿qué ocurre cuando lo creado es una idea, como pueda ser una historia, o una canción? El sentido común dice que solo se puede poseer algo que exista, que tenga materia, que sea aprehensible de alguna forma y con límites controlables, que sea manejable.

Entonces, dado que una historia o una canción no tienen sustrato material, la cuestión es cómo delimitar su propiedad. Si, por ejemplo, la historia se materializa en un libro o una película en DVD, o la canción, en un CD o en un fichero MP3, sí existe algo material que poseer y controlar: el libro, el DVD, el CD, el fichero MP3 son cosas que podemos manejar, romper, prestar, tirar por la ventana, pero no la historia o la canción en sí.

Así las cosas, se inventaron los derechos de autor, para tratar de dar "materia" a algo abstracto y carente de ella, y por tanto de posibilidad de ser poseído. El problema es que, ausente un sustrato material que dé objetividad a los límites de la propiedad, estos se hacen difusos y quedan sujetos a la arbitrariedad. Una vez más, la arbitrariedad de los políticos.

El ejemplo más claro es la existencia de una duración determinada para los derechos de autor. Si yo me compro un coche, éste será mío mientras no me deshaga de él; no hay un límite temporal a su propiedad. Sin embargo, no ocurre otro tanto para la propiedad intelectual. Se reconoce que es mía pero solo durante un periodo determinado en la norma, de 10, 15 o los años que sean. Sujeto siempre a discusión y a presión por los grupos interesados.

Este ejemplo es suficientemente ilustrativo: la propiedad intelectual, al no estar sustentada en parámetros objetivos, se puede ampliar o reducir tanto cuanto se desee desde la instancia gubernamental. Y, por fin, hemos llegado a la SGAE. Porque este es el principal negocio de la institución de marras, y por lo que todos le cobramos antipatía: ampliar y ampliar los límites subjetivos de los derechos de autor, por cuyo uso ella cobra.

Y hay que reconocer que en esta tarea, la SGAE se ha mostrado tan excelente como el mejor emprendedor. Su "negocio" crecía (y crece) por el sistema de prueba y error: se denuncia un caso al juez y, si se obtiene una sentencia favorable, ya sabe que ha encontrado otro filón. O, si no se consigue, se va uno a los políticos para convencerles de que los derechos de autor abarcan también lo que sea que se le haya ocurrido (soportes digitales, teléfonos móviles, conexiones ADSL, bodas, bautizos, fiestas privadas…).

Lástima tanta capacidad de innovación dedicada a un objetivo tan lamentable. Esperemos que encuentre su justo castigo.

Pensamiento preescolar

Hace mucho tiempo que la izquierda dejó de ser marxista o, al menos, sólo marxista. El izquierdismo de, pongamos, los años 30, 40 ó 50 exigía realizar sacrificios intelectuales y lucir méritos externos. Los que se decían de izquierdas eran, a un tiempo, revolucionarios y tenían que estudiar las bases de una enmarañada teoría política sobre la que habría de levantarse el mundo del mañana.

Eso debía ir en consonancia con cierta actitud de desprendimiento ante lo material. El revolucionario era puro de cuerpo y de espíritu, un guerrero de la idea preludio del hombre nuevo que habría de llegar con el advenimiento de la fase final de la Historia: la sociedad comunista, sin dioses ni amos, perfectamente igualitaria y feliz.

Esto fue válido hasta, más o menos, los años 70 del siglo pasado. El estrepitoso fracaso del socialismo real en el este de Europa unido a las opulentas sociedades del oeste alumbraron un nuevo socialismo, una nueva izquierda que removió los cimientos de la antigua y parió lo que hoy conocemos como progresismo. Los teóricos, lejos de aprender del fiasco de la economía planificada, ensayaron una nueva fórmula sobre la base dialéctica de la antigua, añadiéndole una dosis letal de relativismo moral e irresponsabilidad individual.

Así quedó disociado lo interno de lo externo, es decir, se podía ser millonario y de izquierdas, o empezar siendo un revolucionario pobre para terminar sentado encima de una pila de dinero sin necesidad de cambiar ni una sola coma del guión, o, como suele ser lo habitual, utilizar el izquierdismo como trampolín para el enriquecimiento personal para luego dar lecciones de pobreza. Lo importante es la conciencia y, sobre todo, saberse situar en el lado de los buenos, de aquellos que Thomas Sowell bautizó como “los ungidos”.  

Estos son los cimientos del pensamiento ambiente de nuestros días. La ideología que, con mayor o menor intensidad, ha terminado adoptando todo el arco político en las democracias occidentales. Es una manera de pensar que, lógicamente, sólo se pueden permitir las naciones prósperas, aquellas donde todavía impera la libertad individual, el respeto por los contratos y los mercados abiertos. Y son, precisamente estas tres bendiciones con las que quieren acabar los nuevos progresistas, que, aunque se denominen así, están empeñados en librar una batalla contra el progreso humano para congelar la Historia y moldear el mundo al antojo de sus prejuicios y limitaciones intelectuales.

En España hemos recibido dos tazas y media de este abstruso ideologema por culpa de la hiperlegitimación que la izquierda tiene desde la Transición. De ahí que casi todas las excentricidades políticas que se perpetran en la Europa Occidental tengan como sede nuestro país. La receta la patentó el grupo Prisa hace ya más de treinta años y desde entonces se ha ido refinando y perfeccionando. La caída del muro no hizo mella alguna en estos ungidos porque ellos están a salvo de cualquier cataclismo. Siempre tienen la razón y soluciones sorprendentemente fáciles para problemas irresolubles. Luego la realidad es que todo se reduce a marxismo para dummies, buenas intenciones y adoración por las minorías que, si no existen, se inventan para compartimentar la sociedad y esclavizarla mejor.

La riqueza, por ejemplo, es para ellos un bien dado que sólo tiene que repartirse de un modo lo más igualitario posible, por ellos naturalmente. La moral judeocristiana está caduca y es imposible adaptarla a los tiempos modernos, así que ha de sustituirse por una especie de conciencia cívica en la que ellos ejercen de sumos sacerdotes. El zapaterismo, con su corte de disparates y sinsentidos, ha sido la culminación práctica de un pensamiento débil, propio de niños de preescolar, que, como era de prever, ha terminado devastando el país en todos los ámbitos. No es casualidad que muchos analistas se refieran al sustento intelectual de Zapatero como “pensamiento alicia”, por el país de las maravillas, claro.

Esta vuelta a la infancia es, sin embargo, muy atractiva. Libera de responsabilidades de orden moral y otorga derechos infinitos a cambio de una sola obligación: obedecer a los políticos, que a su vez están guiados por una suerte de “sanedrín del progreso”. Aquí es donde entra en juego el nuevo tipo de militante: el ecologista, la feminista,  el cooperante… y el periodista comprometido, que hace las veces de intelectual orgánico. El oficio de todos ellos consiste, esencialmente, en decir a la gente lo que tiene que pensar delimitando el campo de lo políticamente correcto. Fuera de él el averno de lo antiguo, dentro de él la modernidad.

Cien años después de Lenin y ciento cincuenta después de Marx el socialismo ha conseguido lo que buscaba, una sociedad anestesiada y despojada de valores y convicciones sobre la que se le puede imponer cualquier tipo de tiranía. En ello están, es sólo cuestión de tiempo que se salgan con la suya.        

Get on your knees

Tenía –y supongo que sigue teniendo– una buena voz y entre otras cosas produjo los primeros discos de Leño, que para un admirador del Rosendo es un gran plus. Pero es que tantos años de llamarnos "pendejos electrónicos" y denunciar a cualquiera que dijera una palabra más alta que la otra al referirse a la SGAE y sus directivos han hecho su mella.

Así, tras años de leer noticias de cómo la SGAE cobra hasta por representar Fuenteovejuna en Fuenteovejuna vemos ahora a buena parte de su cúpula acusada de robar por la Audiencia Nacional. Julio Alonso, a buen seguro, apreciará la ironía. Condenado porque algunos comentaristas de su blog insultaron a la SGAE, presentó un recurso, otro más, justo el mismo día en que la Guardia Civil registraba sedes y domicilios particulares de quienes lo denunciaron.

Desde 1993, la recaudación de la SGAE se multiplicó por tres. Sin embargo, el dinero que no se repartía por no haberse localizado a su autor lo hizo por 12,5. Pasados cinco años, si se sigue sin identificar a quien debería percibir esos derechos, el dinero pasa a engrosar las arcas de la SGAE. Y con ese dinero se montaron proyectos elefantiásicos como Arteria y se pagó a SDAE y Microgénesis. Y mientras que la Sociedad General de Autores y Editores no puede tener ánimo de lucro, estas compañías en las que también trabajaba parte de la directiva de la SGAE sí que tuvieron todo el ánimo de lucro del mundo. Huele un poco mal, ¿verdad? Veremos qué peste echa después de que el juez Ruz le eche un vistazo.

Lo mínimo que podría hacer la SGAE, pocos días después de unas elecciones en las que la oposición logró el 43% de los votos pero ningún representante en la junta, es prescindir de los implicados. Tratándose de la agencia tributaria de los derechos de autor, un estatus concedido por los políticos, el estándar de responsabilidad debería ser el mismo que exigimos a éstos, por más que no hayamos tenido mucha suerte últimamente con Chaves, Camps y compañía. Si te meten en el calabozo y sales en libertad con cargos por haber robado a la entidad que diriges, lo mínimo es apartarte mientras se dirime el caso. Si un auto judicial pone en sospecha el proceso electoral por el que has sido elegido pocos días después de ganarlo, lo mínimo sería celebrar elecciones de nuevo con las garantías que antes incumpliste.

Pero no. La junta directiva de la SGAE ha decidido que se va a investigar a sí misma. Será gobernada por una junta rectora presidida por alguien independiente y de prestigio… y ambos serán seleccionados de forma sumamente imparcial por la junta directiva de la SGAE. Y se supone que nos tenemos que fiar del trabajo fino que Víctor Manuel y Caco Senante van a hacer para limpiar la institución, con el amigo Teddy, que se va pero no se va, mirando por encima del hombro.

¿Se puede hacer más el ridículo y tomar más por tontos a los españoles? Seguro. Lo veremos en los próximos días. Mientras tanto, seremos elegantes y concederemos a Teddy la presunción de inocencia que niegan a los millones de españoles que apoquinamos el canon.