¿Por qué usamos el dinero?
Nada, apenas un convidado de piedra que sí, engrasa y facilita los intercambios frente al trueque, pero poco más.
Lo cierto, sin embargo, es que el dinero es un elemento esencial dentro de nuestro sistema económico. No sólo porque actúe como medio generalizado de intercambio –que también– sino porque desempeña otras dos funciones de tanta o mayor importancia: ser un depósito de valor y una unidad de cuenta.
Empecemos por lo básico: los seres humanos tenemos problemas para coordinarnos en órdenes sociales muy extensos. Por un lado, somos productores especializados y consumidores generalistas, lo que implica que, en ausencia de dinero, sólo podríamos realizar intercambios mutuamente beneficios con aquellas personas que tuvieran lo que nosotros queremos y, al mismo tiempo, quisieran lo que nosotros tenemos. Viviríamos merced al trueque y como nuestra área de conocimiento estaría muy limitada, apenas intercambiaríamos nada. ¿Acaso conozco yo las necesidades del chino que ha fabricado el ordenador con el que estoy escribiendo este artículo? Ni siquiera sé quién es; difícil, pues, que hubiésemos podido llegar a realizar algún intercambio que nos beneficiara a ambos.
Por otro, los seres humanos también deseamos trasladar parte del valor de nuestra producción presente al futuro. Nos gusta acaparar lo que no necesitamos ahora para poderlo emplear después. El problema es que, salvo algunos bienes muy básicos, no sabemos qué vamos a necesitar o desear en el futuro (y aparte, muchas de las cosas que podamos desear se estropean o pasan de moda con el tiempo). Tampoco, ni mucho menos, sabemos qué va a necesitar o desear en el futuro la persona que pueda proporcionarnos esos ignotos bienes que nosotros necesitaremos o desearemos con el paso de los meses. Entonces, entre tanto barullo y confusión, ¿cómo preparar hoy, a partir de nuestra producción actual, la satisfacción de nuestras necesidades futuras?
Una forma es utilizando el dinero como depósito de valor, es decir, atesorándolo. Yo vendo mi producción en el presente, obtengo dinero y me lo guardo debajo del colchón consciente de que en cualquier momento futuro podré echar mano de él para comprar lo que quiera… sea esto lo que sea. La otra forma sería tratando de anticipar las necesidades futuras de los consumidores: vendo mi mercancía presente a cambio de dinero e invierto ese dinero en producir bienes futuros que les venderé a los consumidores por más dinero (el famoso D-M-D’ de Marx) y con el cual ya podré comprar cualesquiera bienes que demande en ese momento.
Mucha gente considera que atesorar dinero es una estupidez individual (renunciamos a la rentabilidad de las inversiones) y un suicidio social (si la gente atesora dinero, no se gasta y la actividad económica se contrae). Es una excusa como cualquier otra para justificar que los Gobiernos generen inflación, "incentivando" el desatesoramiento de dinero. Otro día les hablaré sobre las diferencias entre atesorar el dinero e invertirlo y sobre por qué no podemos decir que una de las dos alternativas sea siempre superior a la otra. No es un tema baladí: los errores fundamentales de keynesianos y monetaristas nacen de no entender este punto básico.
Por último, en una economía de intercambio, donde cada persona produce para satisfacer las necesidades ajenas como paso previo a satisfacer las propias, debe de existir algún método para averiguar qué producciones son las más valiosas. Al cabo, las materias primas y trabajadores que yo utilizo para producir, por ejemplo, corbatas son materias primas y trabajadores que otro no podrá utilizar otra persona para producir, por ejemplo, maletines. ¿Qué les es más valioso a los consumidores? ¿Cómo comparar las manzanas-corbatas con las peras-trabajadores o con los melocotones-maletines? De nuevo, el dinero entra en acción: si reducimos todos los bienes y factores a un precio monetario que se haya determinado a través de intercambios voluntarios en el mercado, podremos calcular si los consumidores valoran más, en dinero, las corbatas que los maletines o que el resto de usos alternativos que se les podría haber dado a los trabajadores y a las materias primas. El dinero, pues, también sirve como común denominador y herramienta de cálculo para tomar decisiones empresariales.
Lejos de lo que parece transmitir la expresión clásica del "velo monetario", el dinero presta un servicio (o triple servicio) esencial e insustituible dentro de nuestras sociedades. Es el dinero, al final, lo que fuerza a los empresarios a competir para ponerse al servicio de los consumidores, lo que valida la soberanía del consumidor: si éstos no enajenan sus mercancías a cambio de dinero, se quedan atascados con ellas, lo que significa que no podrán acceder ni hoy ni mañana a las mercancías que hubiesen deseado adquirir. Por eso, Gobiernos y empresarios ineficientes llevan siglos atacando al dinero desde todos los frentes. Viva la inflación es muera el dinero y muera la división del trabajo.
El canon rompe el Clan de la Ceja
Esto viene a confirmar una vez más que la famosa Disposición Final que permite el cierre de webs con enlaces a redes de intercambios de archivo es un disparate jurídico. Sólo dos días después supimos que la Audiencia Nacional anuló "de pleno derecho" el canon de marras. La decisión supone un duro varapalo para las entidades de gestión, que durante años han estado ingresando ingentes cantidades del dinero sustraído a los ciudadanos por esta vía. Y sin esperar al fin de semana, el viernes se escenificó una fractura en el "Clan de la Ceja" por estas cuestiones.
Dos de los máximos representantes del "artisteo" (considerarlos intelectuales o representantes "de la cultura" es demasiado generoso) orgánico hispánico, Imanol Arias y Juan Echanove, protagonizaron una discusión pública por estas materias. El debate es importante, puesto que se trata de dos actores muy próximos al Gobierno de Rodríguez Zapatero, que protagonizan juntos una serie de no ficción en la TVE (el Ejecutivo es generoso utilizando las empresas públicas para premiar a sus fieles) y comparten amistad. Hasta hace poco cabría haber esperado que mostraran una unidad sin fisuras a favor del canon y en contra de las descargas de internet, puesto que son dos de las banderas que tradicionalmente han unido a culturetas varios y el Gabinete de ZP.
Echanove representa lo más rancio del mundillo izquierdista del cine español, que es muy similar a su equivalente estadounidense tan mimado por Obama. Su discurso es el tradicional: defensa del canon, victimización con la excusa de las descargas (¡cómo si las películas españolas fueran especialmente compartidas en las redes de pares!) y la técnica recurrente de "si quieren contenidos gratis, que los pague el Estado". Esto último sería lo que realmente les gustaría. Que además de las generosas e injustificables subvenciones que ya reciben los cineastas españoles, se les pagara con los impuestos de los españoles por la posibilidad de que alguien quisiera ver una película suya bajada de internet. Cualquier cosa con tal de no adaptarse a una realidad cambiante y no tener que depender del gusto de los consumidores, que un día sí y otro también dicen que no les gusta el cine que se hace en España.
Por el contrario, Imanol Arias apuesta por un discurso distinto, sorprendente por lo general en el panorama artístico español. Al igual que Alex de la Iglesia, sostiene que hay que escuchar a los internautas y no ataca las descargas gratuitas de internet. Como en el caso del director de cine, hay que celebrar su conversión. El ambiente en el que se mueve es sumamente sectario, y no cabe descartar que su carrera pueda sufrir represalias por ello. El "Clan de la Ceja" comienza a romperse por el canon y las descargas. Zapatero y Sinde deberían preocuparse por ello.
Nos llevan al hoyo
Es el caso de la negociación colectiva, un modelo por el que desde hace décadas el Gobierno impone a trabajadores y empresarios todo tipo de condiciones laborales, aumentos salariales incluidos, previo acuerdo de los denominados "agentes sociales" (CCOO, UGT y CEOE).
El resultado de este esquema puramente socialista se puede observar a diario en las calles: cientos de miles de empresas cerradas y casi cinco millones de parados desde que estalló la crisis económica. Y es que fijar por ley algo tan sensible y sustancial para la supervivencia de la empresa como es el rango salarial de los empleados supone un corsé permanente que, en tiempo de dificultades como el actual, termina por ahogar la escasa rentabilidad del negocio.
Una de las grandes tragedias de la economía española es su reducida competitividad, y ésta deriva a su vez del rígido marco laboral-sindical vigente en España desde los tiempos de Franco. Alemania es muy consciente del déficit estructural que asfixia la productividad potencial del país y alimenta sin cesar las ya abultadas listas del paro. De ahí que una de sus condiciones para asegurar el rescate de España -llegado el caso- radique en reformar esta arcaica "negociación colectiva" a fin de que los salarios evolucionen en función de la productividad de cada empresa y no en base a unas previsiones de inflación anual totalmente arbitrarias, sesgadas e inútiles desde el punto de vista de la eficiencia dinámica de la economía.
Hace escasos días, Zapatero parecía dispuesto a dar su brazo a torcer para complacer a Merkel y asegurarse así un plan de salvamento financiero. Sin embargo, a la hora de la verdad amenaza con recular nuevamente para contentar a sus amigos, aliados y camaradas los sindicalistas. No obstante, acabar con la negociación colectiva supondría el inicio del fin de las actuales centrales sindicales y, por tanto, los jugosos privilegios y prebendas asociados al cargo.
La reunión celebrada este pasado miércoles en La Moncloa entre Gobierno, CCOO y UGT se resume, simplemente, en tres frases: "España siempre ha tenido un modelo que ha vinculado los salarios y la productividad" (Valeriano Gómez, ministro de Trabajo y ex ugetista); existe "bastante sintonía" con Zapatero (Ignacio Fernández Toxo); "el modelo de determinación de salarios que opera en España es el más conveniente para el interés general" (Cándido Méndez). Es decir, casi todo seguirá igual si Merkel no lo remedia.
Por desgracia, a esta lamentable postura se suma el hecho de que tampoco existe una oposición coherente y responsable en esta materia. Así, el secretario de Economía y Empleo del PP, Álvaro Nadal, tuvo la ocurrencia y desfachatez de defender un nuevo modelo en el que los salarios se fijen –también por ley– en función de la tasa de paro en lugar de la inflación. Un sindicalista más que sumar a la lista de afiliados de Méndez y Toxo.
¿Resulta tan difícil entender que los salarios, al igual que el resto de condiciones laborales, sin excepción, deben ser fijados directamente entre trabajadores y empresarios? Pero cuidado. No entre todos los trabajadores ni todos los empresarios, entendidos ambos como colectivos homogéneos susceptibles de ser representados por patronal y sindicatos. Ni mucho menos. Esta materia corresponde en exclusiva al ámbito de cada empresa en particular, es decir, a cada empresario y sus respectivos empleados. Urge eliminar la negociación colectiva, permitiendo así que el tratamiento de dichos temas se lleve a cabo libremente en el seno de cada compañía o pyme.
Y es que, tal y como advertía Hayek:
La tasa general de empleo dependerá del grado de correspondencia entre la distribución de la demanda y de la oferta. Y es, precisamente, la distribución de la oferta la que deberá adaptarse a la distribución de la demanda. Pero dicho ajuste en la estructura productiva dependerá, a su vez, de la flexibilidad de los precios relativos, ya que son éstos, y particularmente los salarios, los únicos capaces de producir ese cambio continuo de la distribución de la oferta para adaptarse a la distribución de la demanda. Es esta incesante adaptación de los salarios relativos a las magnitudes siempre variables, en las cuales la demanda igualará a la oferta en cada sector, lo que se han empeñado en impedir los sindicatos.
El Gobierno no puede ayudar a los hipotecados
En otros países como en Reino Unido o Estados Unidos, el bien de la deuda responde por éste. No existe una garantía personal, sino sobre el bien hipotecado (la vivienda por ejemplo). En nuestro país nunca ha existido por un tema de costes. Un tipo de contrato hipotecario que contemple la dación en pago es más caro que una hipoteca personal porque tiene un mayor riesgo. España llegó a tener las hipotecas más baratas de Europa debido a que una gran parte de la sobreoferta monetaria del Banco Central Europeo (BCE) fue absorbida por nuestro país. Los bancos pensaban que las "hipotecas a la americana" serían como las hipotecas a tipo fijo, es decir, que nadie las contrataría. En la época de la expansión, la gente iba loca por el tipo de interés más pequeño. Ahora todos culpan al sistema y a la banca, pero la vorágine de entonces fue culpa de todos. Aunque el BCE tuvo especial culpa con sus políticas monetarias expansivas.
El mal está hecho. Una hipoteca (como cualquier préstamo) es un contrato que dos partes firman voluntariamente. Culpable fue la banca por asumir riesgos excesivos en pro de obtener mayor vinculación del cliente (que no margen, porque en aquel entonces habían hipotecas con pérdidas en algunas entidades), y culpable fue el hipotecado al pedir el 110% del valor de tasación de una vivienda, hacer lo inimaginable por aparentar más rentas de las que tenía promediadas al año, o simplemente creer que tal situación de abundancia no acabaría nunca.
Ante la actual situación, la pregunta es ¿qué puede hacer el Gobierno? Convertir todas las hipotecas para que admitan la dación en pago es un suicidio. Salgado y Zapatero han dicho que sería un duro golpe para la banca. No es cierto. Entre otras cosas porque lo acabaría pagando el Gobierno. Si el Gobierno ha salvado a todos las cajas y bancos inútiles, ¿cree realmente que dejará que estas entidades se coman el sapo de las hipotecas? Es más probable que mañana nos toque a todos la lotería. La banca no solo es un sector económico, sino un fuerte lobby abanderado por el Banco de España. Éste nunca va permitir que se ponga en riesgo a "sus bancos" sino sacan algo en beneficio.
Probablemente, si la dación en pago se llegara a permitir con hipotecas ya firmadas (eliminando la responsabilidad futura del art 1.911 del Código Civil en préstamos hipotecarios) significaría que el Gobierno lanzaría un fondo de salvamiento para la banca. Una especie de FROB II. Eso implica más deuda pública, más impuestos, más crisis y más pobreza a medio plazo.
¿Pero sacaría a la gente hipotecada de su calvario hipotecario? Solo a cuatro enchufados y gente que ni lo necesita. De hecho, el Gobierno creó un ICO para hipotecas en el 2008 que ha sido un fracaso absoluto. No se han llegado a aplazar ni 12.000 hipotecas cuando la propaganda del Gobierno hablaba de 500.000 hipotecas. Si el Gobierno, en un arranque electoralista, hace las modificaciones para permitir la dación en pago o cualquier otra herramienta que alivie de carga hipotecaria a la población, pasará lo mismo. Las restricciones serán tan fuertes que la gran mayoría de quienes las necesita se quedarán fuera y solo hará que recapitalizar al sector bancario a base de nuestros impuestos.
Todas estas ideas de bombero que piden grupos socialistas, comunistas o como se hagan llamar, nos demuestra la poca madurez política y económica que tiene el español medio. Muchos aún creen en la magia de las leyes, bondad de los gobernantes o incluso que la economía es un proceso metafísico donde está en plena lucha ente bien y el mal. No hay soluciones mágicas a nada. Sustituir los procesos de mercado por meras transferencias de capital obligatorias es lo que está llevando a este país a la ruina: ha creado una clase de parásitos profesionales que viven del Estado.
Hacer una ley para omitir la nuestra responsabilidad solo hará aumentar nuestro inmadurez futura. Nos quejamos, y con razón, de que el Gobierno ayude a la banca, pero nos parece genial que nos suelte dinero por mil razones. Esto es no saber de dónde sale el dinero. Sale de nuestros bolsillos, y no nos vamos a beneficiar nosotros, sino los rentistas gubernamentales de siempre y los lobbies que los acompañan. Por más que el Gobierno haga mil maniobras para "salvarnos", éste no puede hacer magia. Seguiremos siendo pobres. Lo único que hace el Estado es sacarnos el dinero con una mano y repartirse gran parte entre él y sus amigos para luego devolvernos la propina. Los políticos y los comunistas (IU) lo pueden llamar sistema del bienestar, "recuperación social" o como gusten, pero no deja de ser un robo y una tomadura de pelo.
El objetivo ecolojeta
…gracias al inestimable apoyo del alarmismo mediático europeo, un debate político que parecía ya clausurado: el uso y desarrollo de la energía nuclear.
La Unión Europea, en especial Alemania, y otras grandes potencias como China han aprovechado de inmediato la oportunidad brindada por Fukushima para poner en tela de juicio no sólo los criterios de seguridad aplicados hasta el momento sino, sobre todo, el mantenimiento de las centrales más antiguas (las anteriores a 1980), el alargamiento de la vida útil de las más modernas e, incluso, la puesta en marcha de las nuevas plantas proyectadas. La reapertura de dicho debate energético no es cuestión baladí, ya que un cambio de rumbo en esta materia afectará de una u otra forma al nivel y calidad de vida de los ciudadanos y al futuro mismo de las economías occidentales.
Así, imagínese por un momento que los gobiernos europeos deciden prescindir de la energía nuclear en un horizonte de 10 ó 15 años. El efecto sería inmediato: los precios del carbón, el petróleo y el gas se dispararían; la factura de la luz se encarecería de forma exponencial; los costes de producción crecerían de igual forma; el precio de los bienes y servicios registraría una subida espectacular… ¿Resultado? Reducción drástica del consumo energético; menor producción y consumo; inflación elevada; estancamiento económico; en resumen, peor y menor calidad de vida.
Y es que, hoy por hoy, no existe una alternativa factible a la energía nuclear. El problema de las recurrentes renovables no es sólo que producen energía a un coste muy superior –con el consiguiente encarecimiento energético– sino que, además, no son una fuente energética estable. La producción de energía solar y eólica sólo son viables en localizaciones muy concretas, y aún así dependen en última instancia de las condiciones meteorológicas. Es decir, son incapaces de cubrir por sí solas los picos de demanda que se registran a diario en el sistema eléctrico. De este modo, los apagones serían la regla, y no la excepción, en un régimen puramente renovable.
Los Gobiernos son perfectamente conscientes de esta situación, de ahí que, probablemente, la reciente moratoria nuclear decretada a nivel mundial se materialice tan sólo en un breve parón a fin de revisar y endurecer los actuales estándares internacionales de seguridad en las plantas presentes y futuras. Aún así, Fukushima servirá de excusa a los ecologistas para emprender una nueva y reforzada lucha contra este tipo de energía. Por desgracia, sus mensajes catastrofistas suelen calar con gran efectividad en la mente colectiva de los individuos, aprovechándose del miedo irracional a las fugas radiactivas. Por lo que este tipo de campañas suelan contar con un amplio apoyo social.
Sin embargo, muchos de los que ven con buenos ojos esta guerra verde ignoran el objetivo último de los ecolojetas, que no es otro que acabar con el capitalismo. Y es que un mundo sin energía barata es un mundo con escaso capital. No obstante, este tipo de movimientos no ocultan que su gran aspiración consiste en que la humanidad regrese a una era preindustrial que, según ellos, estaría en perfecta armonía con la naturaleza. En este sentido, el rechazo a la energía nuclear es tan sólo la punta del iceberg. El modelo energético soñado por los ecolojetas está exento de todo tipo de fuentes fósiles.
Así, según sus propios postulados, el hombre debería prescindir, igualmente, de petróleo, gas y carbón, ya que su explotación provoca externalidades tales como contaminación, guerras, cambio climático o, lo que es aún más importante, el "consumo irresponsable e insostenible" propio de las economías capitalistas. De este modo, lo que realmente pretende el ecologismo es, en última instancia, impedir al ser humano producir la energía que precisa al menor coste posible, con todo lo que ello implica. El fin de la nuclear sería, en ausencia de una nueva revolución energética más eficiente que la actual, el principio del fin del capitalismo.
Una buena pira de libros
La orden del juzgado se refiere a varios ejemplares que no había vendido la Librería Europa y que tiene en su poder. Incluyen el Autorretrato de un fascista, de León Degrelle, o Mi Lucha, de Adolf Hitler.
El juzgado ofrece sus buenas razones. Una de ellas es que el contenido de esos 17 libros es "denigrante para el pueblo judío y otras minorías étnicas, mujeres, homosexuales y personas con algún tipo de homosexualidad", matiz este último que debe de ser muy relevante para el contenido de las 17 obras. Claro que por los mismos motivos deberían echarse a la pira todos los ejemplares de varias ediciones de algunos de los periódicos más relevantes españoles. El delito debe de ser mantener esas ideas y hacerlo en formato de libro.
Otra de las razones es que esas obras defendían el genocidio. No conozco la selección hecha por el juzgado, que seguramente habrá resuelto la cuestión metodológica de qué es genocidio y en qué consiste su defensa. Pero 17 títulos me parecen pocos. O bien la venta de libros que defienden el genocidio es delito sólo si lo hace la Librería Europa, o bien la selección es arbitraria. El nacional socialismo no tiene la exclusiva del genocidio. Según el criterio puramente cuantitativo, en decenas de millones de muertos, que es la unidad de cuenta de los crímenes socialistas, el comunismo tiene más títulos para identificarse con el genocidio. ¿Tendremos que quemar también los libros que alientan el comunismo?
Además, desde el punto de vista de la eficacia, la quema de libros no resulta especialmente útil. Es evidente que esos dos mil ejemplares sólo servirán para desprender un poco de calor. Si uno quiere leer esas obras, no tendrá más que acercarse, por ejemplo, a la Casa del Libro o a muchas otras librerías para adquirir Mi Lucha. O acudir a la venta de segunda mano. O a páginas web que reproduzcan estos libros, como Radio Islam.
Por otro lado, no hay una correspondencia exacta entre la lectura de un libro y la acción. Uno no lee El Manifiesto Comunista y se lanza a la revolución con un bidón de gasolina y un mechero. Se puede tener simple curiosidad por las ideas que uno no conoce o no comparte. O puede uno estudiar ideas que le parecen aberrantes para estar bien pertrechado de argumento cuando vuelvan a aparecer, aunque sea con otros nombres. O para evitar caer en sus mismas miserias, como por ejemplo la de quemar libros, muy del gusto de los nazis.
La defensa de la libertad de expresión es así. Te coloca en la posición de defender los derechos de las personas política o moralmente más abyectas. Pero o se reconoce la libertad de expresión de todos o si permitimos que alguien se arrogue la facultad de decidir qué puede publicarse y qué no, acabaremos emulando a quienes comenzamos a prohibir.
No es un juego de suma cero
El fundador de la Escuela Austriaca de economía, Carl Menger, dejó establecido que para que una ‘cosa’ pudiera considerarse un bien económico debían conjugarse cuatro circunstancias: a) debía existir una necesidad humana, b) la cosa en cuestión debía ser capaz de satisfacer esa necesidad humana, c) el individuo debía conocer la idoneidad de la cosa para satisfacerla, d) el individuo debía gozar de poder de disposición sobre la cosa.
De estas cuatro características a las que el austriaco condiciona la existencia de bienes económicos podemos deducir por qué la economía no es un juego de suma cero en el que toda la riqueza posible ya se encuentre dada de antemano.
Primero, la inmensa mayoría de las cosas, tal como se encuentran en su estado natural, no nos permiten satisfacer nuestras necesidades. Puede que toda la materia esté dada, pero desde luego no nos ha venido dada en una forma que permita satisfacer nuestras necesidades. La madera de los árboles debe cortarse y procesarse para fabricar cabañas en las que guarecernos; las tierras tienen que ararse y cultivarse para cosechar alimentos con los que saciar nuestro apetito; el hierro o el aluminio deben extraerse de las minas para construir aviones con los que desplazarnos de un sitio a otro del globo. En definitiva, creamos riqueza cuando transformamos las cosas –que no satisfacen directamente nuestros fines– en bienes –que sí lo hacen–.
Segundo, parte de la inadecuación de las cosas en su estado natural para satisfacer directamente nuestras necesidades procede del hecho de que ni siquiera conocemos todas sus combinaciones y usos posibles. La tecnología, que es el arte de combinar y clasificar la materia para que arroje el resultado deseado, tampoco nos viene dada, sino que en sí misma debe ser descubierta a través de la investigación y la experimentación; dos actividades que a su vez requieren del uso de otros bienes económicos. En otras palabras, como no somos omniscientes, no sólo hemos de crear bienes económicos a partir de las cosas que nos rodean, sino que también hemos de descubrir la información acerca de cómo transformar esas cosas en bienes económicos; información que en sí misma constituye una nueva fuente de riqueza.
Y tercero y último, por muy idóneo que sea un bien para satisfacer nuestras necesidades, éste será del todo inútil si no lo tenemos a nuestro alcance. La naturaleza puede haber sido generosa al brindarnos caudalosos ríos por todo el planeta que, no obstante, no proporcionarán ningún servicio a aquel que se encuentre en medio del desierto. En otras palabras, no sólo hay que producir los bienes, sino distribuirlos a sus usuarios finales. En nuestros sistemas económicos, producción y distribución van de la mano: con tal de maximizar nuestra eficiencia en la fabricación bienes económicos, cada individuo nos hemos especializado en producir uno o dos bienes económicos a lo sumo, aun cuando necesitemos multitud de ellos para satisfacer nuestras muy diversas necesidades (es decir, somos productores especializados y, a la vez, consumidores generalistas). La forma de acceder a los amplios y variopintos bienes que demandamos a partir de nuestra muy limitada y específica oferta de los mismos es el intercambio.
El problema es que desde Aristóteles hemos pensado que los intercambios se producían entre igualdades de valor. Si A se trocaba por B es que necesariamente el valor de A debía ser igual al valor de B. Por consiguiente, ningún intercambio podía generar valor sino sólo redistribuirlo. La interpretación alternativa (que el valor de A fuera superior al de B o viceversa) sería todavía más desalentadora, pues implicaría que en los intercambios una parte saldría ganando a costa de la otra (se entregaría algo con un valor objetivo mayor a cambio de algo con un valor objetivo menor).
Sin embargo, gracias a que el propio Menger popularizó el hallazgo de que el valor de los bienes no es objetivo sino subjetivo, la realidad se vuelve bastante distinta: en todo intercambio cada parte valora más aquello que recibe que aquello de lo que se desprende (en caso contrario semejante intercambio no tendría lugar). Merced a esta vía, los individuos generan riqueza simplemente al intercambiar bienes económicos y, por tanto, al acercar esos medios a la satisfacción de aquellos fines que resultan más valiosos.
En definitiva, la economía no es un juego de suma cero en la medida en que durante todo el proceso de producción de bienes y servicios se está generando riqueza: ya sea cuando investigamos cómo convertir las cosas en bienes, cuando convertimos las cosas en bienes o cuando distribuimos los bienes mediante los intercambios. Al contrario de lo que presuponen los socialistas –que toda la riqueza ya está creada y que sólo es necesario redistribuirla–, el mercado libre es el marco en el que los individuos pueden organizarse para incrementar tanto como les sea posible nuestras disponibilidades de bienes y servicios con los que satisfacer de manera continuada sus muy variados fines.
La economía no es un juego de suma cero, sino de saldo positivo y expansivo, salvo si el Estado genera sustraendos aun mayores. La tarta no está dada, sino que crece arrojando unas porciones cada vez mayores para todos, salvo si el Estado se come de un bocado al horno y al panadero.
Ayudar a Banderas, igual que capturar a Ben Laden
No importa si se trata de los dominios, la lucha contra delincuencia o la "seguridad nacional". De forma sistemática, se trata del anuncio de un intento de mayor control sobre la red y de un recorte de derechos y libertades de los ciudadanos en el ciberespacio. Ahora, la nueva motivación de la Casa Blanca es, y eso no puede sorprender a nadie, los derechos de autor.
La "zarina del copyright" estadounidense (cuyo cargo oficial lleva el ampuloso nombre de Coordinador de Derechos de Propiedad Intelectual), Victoria Espinel, ha propuesto una reforma de la legislación sobre la materia realmente dura. Aunque la mayor parte de los medios de comunicación en español ha destacado que se quiere ilegalizar el streaming (reproducción de audio o video por internet sin necesidad de descarga previa) que se realice sin autorización de los titulares de los derechos de autor, esta idea no es la peor de todas las contenidas en el Libro Blanco presentado por Espinel.
Como si de una novela del absurdo se tratara, la Casa Blanca pretende reformar la ley federal para aplicar a las investigaciones sobre la materia en cuestión medidas reservadas en EEUU a la lucha contra delitos especialmente graves. De hecho, hay quien apunta a que Obama se inspira en la Patrioc Act de Bush contra el terrorismo para combatir la piratería online. Y en buena medida es cierto. El anterior presidente de EEUU utilizó la citada norma para incluir el apoyo material a grupos terroristas y el uso de armas de destrucción masiva entre las conductas que justificarían el uso de escuchas telefónicas en el curso de una investigación criminal. El actual mandatario quiere utilizarlas para perseguir las violaciones de derechos de autor.
Por si eso no fuera suficiente, el equipo de Obama pretende implicar al Departamento de Seguridad Nacional (el encargado de coordinar la lucha contra el terrorismo) en la defensa de la denominada propiedad intelectual. En concreto, quiere que tenga un papel activo y de colaboración con los titulares de derechos de autor en la detección y persecución de software y dispositivos que permitan eludir las medias anticopia. Se ve que proteger los royalties de Tom Hanks y Antonio Banderas es tan importante como tratar de capturar a Ben Laden.
El hecho de que el 80% de las contribuciones a campañas políticas procedentes de Hollywood en 2008 (año en el que el actual presidente de EEUU resultó elegido) tuvieran como destinatarios a los demócratas puede tener algo que ver con esto. Si no es así, tampoco importa demasiado. Obama es, cada vez más, un peligro la libertad de internet.
La libertad religiosa en tela de juicio
En una clara muestra de autoritarismo, los extremistas se desnudaron ante el altar mofándose de las creencias religiosas de muchos españoles.
Sin embargo, el más grave podría llegar a ser el otro suceso. Se trata del juicio que se celebró la semana pasada en la Audiencia Provincial de Alicante contra diversos miembros de una congregación religiosa, a los que se les pide penas de prisión que oscilan entre 16 y 20 años, además de cuantiosas indemnizaciones económicas. Este grupo de personas, formadas en el catolicismo, evolucionó en sus convicciones religiosas a través de la lectura de la Toráh y toda la Biblia hasta que decidieron constituir una iglesia evangélica. Más adelante, buena parte de los integrantes continuó este proceso evolutivo hasta que decidieron renunciar a toda forma de cristianismo y optar por el judaísmo. Algunos de los feligreses abandonaron el grupo mientras que la mayoría decidió dar el paso que suponía vivir de acuerdo con la comprensión y prácticas judías en lugar de las cristianas.
La mañana del sábado 6 de noviembre de 2004, doce miembros de la Kehilá del Olivo, que es como se llama esta congregación desde su cambio religioso, fueron detenidos en la vía pública por numerosos efectivos antiterroristas de la Guardia Civil armados hasta los dientes cuando se dirigían al servicio del Shabat. El desencadenante de esta operación de película, conocida como Operación Diáspora por las fuerzas del orden, fue la denuncia de algunos ex miembros. En contra de la libertad de conciencia y de los sentimientos religiosos, en contra de los derechos fundamentales y de libertades públicas garantizados por la Constitución, se acusa a estas personas de asociación ilícita, estafa, apropiación indebida, lesiones, abandono de menores. Para quienes no estén viviendo en primera persona esta persecución, los cargos de los que se le acusan tienen su gracia porque lo que parece es más bien que todo el proceso atenta contra la libertad religiosa de unas personas que decidieron cambiar voluntariamente de religión.
En esencia, lo que se enjuicia es si este grupo constituye una secta destructiva, si provocó daños personales (psicológicos) y si se apropiaron del dinero aportado por algunos miembros. El argumento principal del fiscal y de la acusación consistía en afirmar que quien lideraba la congregación se enriquecía a costa de los diezmos aportados, y ejercía, con la ayuda de un grupo privilegiado, técnicas de control mental sobre algunos miembros.
Sin embargo, sus miembros entraron voluntariamente y, como han reconocido varios testigos, quienes quisieron salir antes y después de convertirse al judaísmo lo pudieron hacer sin mayores problemas. Durante el primer día de juicio, que comenzó el 8 de marzo, el fiscal y la acusación particular mostraron a las claras cómo se (mal)trata la libertad religiosa en nuestro país cuando preguntaron a los acusados si era cierto que habían cambiado sus hábitos gastronómicos… como si atender a las normas alimenticias del judaísmo fuera un delito o una prueba de ser una secta destructiva.
En cuanto a la supuesta apropiación de fondos, resulta que se trata de unos 200.000 euros que fueron donados por sus integrantes a lo largo de tres años para el mantenimiento de la Congregación. Desde luego, con esa cantidad no creo que les diera para muchos lujos, aparte de que, según la auditoría económica, más de la mitad del dinero fue aportado por los doce imputados, que serían por tanto estafadores de sí mismos. En las conclusiones finales de la vista oral del juicio, el fiscal ha dado un giro a esta acusación al afirmar que poco importa que las donaciones u ofrendas fueran voluntarias (sic), porque había engaño y manipulación psicológica (la creencia en una fe monoteísta, se entiende). Para rematar el despropósito, el fiscal ha señalado que los miembros actuales de la Congregación están siendo engañados. Claro que lo curioso es que ellos mismos no lo ven así. Menos mal que está Papá Estado para hacerles comprender que están equivocados y se les está engañando.
El caso ha traspasado nuestras fronteras. Robert Higgs, el prestigioso economista norteamericano que ha destacado en las últimas décadas por su defensa de las libertades individuales (aparte de por sus magníficos estudios sobre el crecimiento del tamaño del Estado), publicó en las páginas del Independent Institute un artículo denunciando lo que aparenta ser una dura persecución de un pequeño y pacífico grupo religioso por parte de las autoridades españolas.
Casos como este ponen en tela de juicio la libertad religiosa en nuestro país. Más aún cuando el responsable de la Congregación, que continúa sus actividades religiosas con normalidad, afirma algo que ya querríamos escuchar a otros muchos líderes religiosos: "la libertad individual para nosotros es lo primero". Por el bien de las libertades individuales en nuestro país, esperemos que este caso acabe garantizando el derecho de toda persona a profesar libremente el credo religioso que considere oportuno y a constituir cualquier asociación para su práctica, siempre que, como parece ocurrir en este caso, no medie la violencia.
Es que hay tasas y tasas
Recuérdese hace casi dos años, los que se ha tomado la Comisión Europea para decidir que esta medida podría ser ilegal, allá por mayo de 2009, las televisiones privadas de nuestro país consiguieron convencer al gobierno de las bondades de un modelo de TV pública sin anuncios. Bondades, sobre todo para ellas, que al año siguiente consiguieron incrementar de forma espectacular ingresos y, sobre todo, beneficios, con crisis y todo. No hay nada como eliminar competidores a golpe de decreto.
Pero como la TVE tenía que seguir funcionando, se decidió que los paganos de la fiesta serían los operadores del sector de telecomunicación, total las dos palabras empiezan por "tele". Y se les puso una tasa del 0,9% de sus ingresos para financiar a la tele pública.
Desde que se enteró del tema, el gobierno europeo andaba algo mosqueado. ¿Qué es eso de sacar dinero de las telecos hacia otros sitios sin su consentimiento? ¿Cómo se va a cumplir su querida Agenda Digital para la banda ancha si se les quita el dinero a los candidatos a enterrarlo en fibra óptica? Y, como digo, tras pensárselo con calma ha decidido llevar la tasa a los tribunales: no se puede sacar dinero a un sector para dárselo a otro.
¿O sí? Quien tenga la paciencia de seguir escarbando entre los escombros de las noticias que vienen de Japón, se encontrará con otra, también de esta semana. Resulta que el Tribunal ese del que venimos hablando, se acaba de manifestar sobre la tasa del espectro que allá por 2001 multiplicó su importe espectacularmente. Eran los tiempos de la burbuja y los operadores andaban dejándose inmensos pastizales en las subastas del espectro para servicios 3G que organizaban los distintos países de la Unión. El gobierno, entonces del PP, había otorgado dicho espectro en concurso y avergonzado contemplaba la oportunidad perdida para las arcas públicas. Así que, también por decreto, optó por multiplicar la citada tasa.
Pues bien, una de las cuestiones planteadas en Luxemburgo es si el importe recaudado por dicha tasa de espectro se puede utilizar para cualquier finalidad pública, o bien ha de estar vinculado a algún uso específico, relacionado en este caso con la gestión del espectro. Los expertos fiscales dirían que precisamente por eso se llama tasa y no impuesto.
El caso es que aquí sí, la Comisión Europea ha hecho una defensa cerrada con el gobierno español de que la tasa del espectro se puede usar para cualquier finalidad. Como, por ejemplo, pagar la televisión pública.
O sea que, para la Comisión Europea, la tasa (audiovisual) que el gobierno español cobra a las telecos para financiar a RTVE está mal, pero la tasa (del espectro) que el gobierno español cobra a las telecos para financiar a RTVE, o para lo que se le ocurra, está bien.
Será porque, aunque todas las tasas son iguales, algunas son más iguales que otras.
