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Un Pacto contra el Euro

El ahora denominado "Pacto por el Euro" pretende implantar una serie de reformas estructurales en los países miembros a cambio, eso sí, de facilitar la ampliación y flexibilización de Fondo de rescate para países insolventes.

Su objetivo principal consiste en "eliminar las rigideces de las economías domésticas" para evitar una nueva crisis de deuda como la actual, capaz de tambalear los cimientos mismos de la moneda única. Una finalidad que, sin duda, suena bien a priori. Sin embargo, en realidad, dicho pacto adolece de gravísimos defectos, por lo que su implementación no sólo no alcanzará los resultados esperados –incrementar la competitividad– sino que, además, causará importantes problemas.

En cuanto a las reformas pretendidas, el pacto incluye retrasar la edad de jubilación a fin de sostener el sistema público de pensiones, ligar los salarios a la productividad, flexibilizar el mercado de trabajo, fijar por mandato constitucional un nivel máximo de deuda y déficit, así como homogeneizar el Impuesto de Sociedades a nivel comunitario. Aunque algunas de estas medidas van en la buena dirección, la cuestión clave es que se trata de una mera declaración de intenciones, cuya plasmación y validez es muy incierta.

Y es que, al fin y al cabo, su aplicación real dependerá en última instancia de la voluntad particular de cada gobierno. El pacto no ha incluido un duro sistema de sanciones automáticas en caso de que algún país incumpla alguno de los puntos pactados, tal y como exigía la canciller Merkel. Es decir, los gobiernos díscolos y desobedientes seguirán sin recibir su merecido castigo.

La ausencia de sanciones invalida por completo el acuerdo, convirtiéndolo en papel mojado. No obstante, cabe recodar que el Pacto de Estabilidad y Crecimiento ya fija un límite de déficit y deuda –3% y 60% del PIB, respectivamente– que es de obligado cumplimiento para todos los miembros del club euro y, pese a ello, ha sido violado en un total de 97 ocasiones hasta 2010 sin ninguna o apenas consecuencias para los incumplidores. Y eso que se trata de uno de los principios fundacionales básicos para garantizar la supervivencia del euro, así que es fácil suponer que pasará con el resto de medidas recién aprobadas, mucho menos relevantes para el funcionamiento de la Unión Monetaria, como es el caso de la flexibilización laboral o salarial. Introducir cláusulas constitucionales para limitar el gasto público sin las debidas sanciones comunitarias en nada cambia el esquema vigente.

Pero es que, además, el famoso Pacto aboga por mantener el sistema público de pensiones, que es insostenible por naturaleza tal y como acabamos de experimentar en España. De este modo, la mayoría de los europeos seguirán sin contar con la posibilidad de avanzar hacia un sistema de capitalización mucho más beneficioso para sus intereses. Por último, la armonización del Impuesto de Sociedades a nivel europeo mediante la imposición de tipos mínimos comunes a todos los estados miembros vulnera de forma explícita la soberanía fiscal de cada país, viola la siempre deseada competencia fiscal –un principio liberal básico– y perjudica en gran medida la ya de por sí débil competitividad europea, ya que dicha "armonización" maquilla de forma hipócrita una subida generalizada de impuestos para muchas empresas del continente.

Hasta aquí la primera parte del Pacto. La segunda será mucho peor tanto para los intereses de los europeos como para el futuro del euro. La ampliación y flexibilización del Fondo de Estabilidad Financiera insiste en el error de rescatar a países insolventes. En este sentido, cabe recordar que Bruselas vendió a la opinión pública que el establecimiento del Fondo serviría para calmar a los mercados y evitar el temido efecto contagio a otros países de la Unión. Hasta ahora, su fracaso ha sido rotundo. Las primas de riesgo de los países más débiles de la zona euro siguen marcando valores máximos, y tras el rescate de Grecia e Irlanda todo indica que Portugal tardará poco en caer.

Sin embargo, más allá de su probada ineficacia, mantener un Fondo de estas características implica socializar y diluir responsabilidades concretas haciendo uso del dinero de todos los contribuyentes europeos. En caso de aprobarse definitivamente en la próxima cumbre del 24 y 25 de marzo será, sin duda, uno de los grandes errores de la historia de la Unión por varias razones: porque viola los tratados fundacionales de la UE y la propia Constitución germana; porque su aplicación no resolverá la situación de los países afectados; porque, a la larga, supondrá más inflación; y, en esencia, porque incurre en el mismo y terrible "riesgo moral" propio de los rescates públicos, consistente en privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. Así pues, ¿"Pacto por el Euro"? Más bien al contrario.

¿Tsunami nuclear?

Aquel terremoto fue tan devastador que el Gobierno nipón declaró el primer día de septiembre, aniversario del seísmo, "día de prevención de las catástrofes".

El "gran terremoto de Kantó" fue de grado 7,9 en la escala de Richter. El que sacudió Japón el pasado viernes fue de grado 9,0, es decir, más de diez veces mayor, ya que la Richter es una escala logarítmica de base diez. Es la magnitud que tuvo el famoso terremoto de Lisboa que ocurrió el día de todos los santos de 1755. Destruyó gran parte de la ciudad y fue tan violento que llevó a muchos a dudar de la existencia de Dios.

Este terremoto es el cuarto más grande jamás registrado, y las peores perspectivas apuntan a que podrían haber muerto diez mil personas, muy lejos del mortal recuento de hace 88 años, pese a que la población se ha doblado en este período. Japón es ahora mucho más rico y por tanto tiene muchos más medios puestos al servicio de la seguridad de sus ciudadanos. La riqueza salva vidas.

El temor, ahora, es que a la sacudida del suelo y al tsunami le sigan un terremoto nuclear. Ya hay insensatos que hablan de un posible Chernóbil. En primer lugar, aquel accidente mató a 56 personas; si se repitiese no sería el mayor de los problemas, visto el número de muertos. En segundo lugar, el accidente de Chernóbil alcanzó el grado 7 en una escala que va del 1 al 7. El de Three Mile Island, en el que no hubo muertos ni afectados, alcanzó el grado 5. Y el de la central nuclear de Fukushima Daiichi es de 4. Una persona podría pasar en la central un día y recibiría la radiación máxima aconsejable para un año. Para que fuera equiparable a Chernóbil habría que multiplicar la radiación liberada por 3,6 millones. No es la única central que ha tenido problemas, pero todos, a esta hora, parecen estar solucionándose.

La tecnología nuclear parece haber superado su prueba más dura. Los que esperaban tener un motivo para frenar el renacimiento de la energía nuclear se han quedado sin su catástrofe. Y los que confiamos en la tecnología tenemos ahora más motivos.

Si la riqueza salva vidas, como acabamos de ver, la energía nuclear también, porque contribuye eficazmente al desarrollo económico. A los ecologistas no les gusta por eso, y porque lo único que necesitamos para adoptarla es conocimiento y capital. Y no sólo tenemos ya ambos, sino que tendremos más en el futuro. Un futuro muy negro para las pretensiones ecologistas.

Saludables tragedias para la economía

Mi primera respuesta, tal vez por obvia, pudo resultar decepcionante: "Lo primero que debemos dejar sentado es que el terremoto no es beneficioso para la economía. Crecemos cuando acumulamos riqueza, pero aquí hemos asistido a una masiva destrucción de riqueza. Destrucción es lo contrario a creación de riqueza".

¿Para esto hacen falta los economistas? Qué tontería y qué pérdida de tiempo más grande. Pues tal vez no. Los carroñeros keynesianos siempre están al acecho de cualquier tragedia humana para saciar su incontenible sed de gasto. Ya sucedió con el tsunami del Índico o con el huracán Katrina, cuando sendos lumbreras de la economía, jefes de análisis de la agencia de calificación Fitch y del extinto banco estadounidense Wachovia, declararon que "el tsunami es una oportunidad de crecimiento para Sri Lanka" y que "generalmente es bueno para la economía cuando tienes que reconstruir a gran escala".

Ahora, el disparate se repite. Larry Summers, antiguo rector de Harvard y, lo que es más preocupante, ex secretario del Tesoro de Clinton y ex presidente del Consejo de Asesores de Obama, no ha tardado demasiado en frivolizar acerca de la tragedia del seísmo japonés y declarar que "irónicamente, el terremoto puede dar lugar a incrementos temporales del PIB gracias al proceso de reconstrucción. Tras el terremoto Kobe, Japón incrementó su fortaleza económica".

Lo peor de todo es que, habida cuenta de la pobreza de nuestros indicadores macroeconómicos, Summers podría llegar a tener razón desde un punto de vista meramente estadístico. Dado que el PIB mide la producción anual y no el volumen acumulado de riqueza, podría suceder que mientras que el capital de la nación se desploma, la renta anual aumente a corto plazo. Eso sí, cuesta ver qué hay de beneficioso en que durante un tiempo tengamos que volver a producir aquello que ya teníamos antes y que ha sido destruido por una catástrofe natural. Si nuestro patrimonio es 100 y se desploma súbitamente a 40, podremos reconstruirlo produciendo 60, mas obviamente en nada habremos mejorado con respecto al inicio cuando éste vuelva a ser 100. Estaremos como antes de la catástrofe, pero habremos perdido tiempo y recursos en el proceso de reconstrucción.

Nada, pues, mejorará la fortaleza económica de Japón tras el terremoto. Pero semejante conclusión de puro sentido común se da de patadas con el sinsentido particular del jefe de filas de los keynesianos y con su irracional obsesión de que las economías se paralizan cuando la gente no gasta. Vean, si no, con qué elegancia se expresaba Keynes en su Teoría General: "La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar nuestra riqueza si es que la educación de nuestros gobernantes en los principios de la economía clásica les impiden considerar mejores alternativas". No, no era una exageración, sino una declaración de principios. Con estos mimbres teóricos, ¿qué esperaban que dijeran sus discípulos intelectuales?

¿Quién debe ligar los salarios a la productividad?

Empecemos por lo básico. Imagine que el precio de la gasolina se le encarece y que, por tanto, usted puede realizar diariamente menos desplazamientos en automóvil. ¿Tendría algún sentido que usted mismo se engañara afirmando que ahora es más rico y puede realizar un mayor número de desplazamientos? No, mas eso es lo que puede suceder cuando en una economía indexamos indiscriminadamente los salarios a la inflación: debido a la mayor escasez relativa de petróleo (reflejada en su mayor precio), somos capaces de producir menos bienes y servicios y, sin embargo, incrementamos los salarios, algo que significa que podemos adquirir más bienes y servicios.

¿Pero de dónde vamos a poder adquirirlos? ¿Acaso los sindicatos se sitúan por encima de las leyes de la física? No, simplemente el alza salarial por decreto condenará a una parte de los trabajadores al desempleo (cuya demanda de bienes y servicios por tanto caerá a cero) y la otra parte disfrutará de un mayor consumo rapiñando los bienes que ya no pueden consumir los nuevos parados.

Hasta aquí todo claro: si somos más pobres, somos más pobres, y eso ni Zapatero, ni Toxo, ni Méndez pueden remediarlo, sólo ora ocultarlo ora redistribuir las pérdidas desde los trabajadores más eficientes a los menos eficientes.

Así pues, si ligar los salarios a la inflación no es una buena idea, ¿lo será en tal caso vincularlos a la productividad? En abstracto sí. Pero descendamos a la realidad. Debemos indexar cada salario a la productividad… ¿de quién? ¿De la economía? ¿De un sector económico? En esos supuestos, si por ejemplo la productividad agregada del sector textil se eleva año tras año gracias a la genialidad innovadora de Zara y a pesar de la mediocridad de sus competidores, aumentar los salarios de todos los trabajadores según la superior productividad de los de Zara sólo abocará a los competidores de ésta a la quiebra más inmediata, pues sus costes crecerán más de lo que puedan hacerlo sus ingresos.

Lo lógico es fijar el salario de cada trabajador en función de la evolución de su propia productividad, esto es, del valor que posee hoy la riqueza que un determinado empleado contribuirá a crear mañana dentro de un plan empresarial. Pero, ¿quién puede anticipar hoy cuál será la riqueza creada mañana? Nadie, ni siquiera el empresario, simplemente porque no conocemos el futuro.

Ahora bien, dado que si un empresario abona salarios más elevados que la riqueza que crearán en el futuro sus trabajadores perderá dinero, parece lógico que se le deje la libertad de equivocarse, esto es, de pactar la remuneración de cada trabajador con el propio trabajador. No deberían ser los sindicatos ni el Gobierno quienes con ojo del mal cubero establecieran cuál va a ser la productividad de un obrero, pues en tal caso sus errores los sufrirá por entero el empresario. ¿Creen que una ideologizada izquierda tendrá algún incentivo a establecer cuál es la productividad real de un trabajador cuando puede descargar el coste de sus errores en el maléfico empresario? Y aunque lo tuviera, ¿creen que una camarilla de planificadores centrales puede conocer la productividad de cada uno de los 15 millones de trabajadores españoles? Obviamente no.

¿Y si un empresario fija los salarios por debajo de la productividad de un trabajador? Pues simplemente dejen operar a la competencia: si se paga 10 a una persona que produce 20, otro empresario vendrá –o el obrero podrá buscar a otro empresario– dispuesto a pagarle 11, pues la diferencia sigue siendo bastante jugosa.

Dejen actuar al mercado; no porque éste nos vaya a dar salarios más altos o más bajos que los que pueda fijar el Gobierno, sino porque nos dará salarios que permitan crear empleo y maximizar nuestra riqueza dentro de nuestras posibilidades. Justo lo contrario que cuando los fijan los sindicatos, oiga.

El Estado del Bienestar ha de ser abolido

No le basta con los impuestos al automóvil, a la gasolina, a las concesionarias, las multas, el impuesto de matriculación. Si sigue así robando al ciudadano y manipulando sus estadísticas, le harán ministro de Economía y Hacienda.

Este es el último ejemplo de la abominación del Estado del Bienestar. ¿Se lo ha cuestionado nunca? Todos los servicios públicos, es decir, estatales, salen de sus impuestos y están orquestados por la organización más ineficiente y corrupta del planeta, el Estado, los funcionarios, los políticos. El Estado del Bienestar es una máquina de quemar dinero que no produce nada, al revés, resta producción y recursos a la economía privada. Tan ineficiente y costosa es, que no se puede mantenerse ni con altos impuestos y déficits. Opciones como las multas, el aumento de la deuda y las pseudoprivatizaciones que va a hacer el Gobierno no dan para mantenerlo.

Esta semana un colegio de Lleida eliminó el comedor a algunos de sus alumnos porque la administración no paga. Un 25% de las quiebras empresariales se deben a que la administración no paga. Esto provoca que en Europa se produzcan 500.000 desempleados anuales. Solo los grandes empresarios con un banco detrás siguen adelante. El enemigo número uno de las pymes es el Gobierno y sus burócratas.

El apego del hombre a las falsas promesas del Gobierno supera toda lógica. Me contaba un amigo argentino que cuando ocurrió el corralito en su país natal la gente no salió a la calle pidiendo más libertad para el ciudadano y menos intromisión estatal, sino "políticos honrados". ¿Pero qué es eso? La mayor de las contradicciones. La casta política no tiene ni un solo incentivo para que le guie hacia el camino de la bondad humana. Viven en un estado de anarquía donde hacen lo que quieren. Son niños mimados con el poder de un emperador absoluto, lo que convierte al Gobierno en una oligarquía.

El ciudadano no ve que la libertad no se gana cada cuatro años en las elecciones, sino cada día. Esta dejadez, apatía y conformismo ha convertido el poder de la sociedad civil en un mercado de esclavos con voto. Podemos elegir cada cuatro años a un amo llamado PSOE y otro idéntico llamado PP.

Contaba Llewellyn H. Rockwell que la socialización de la ontología en Reino Unido ha provocado que "muchos ingleses no tienen más remedio que sacarse ellos mismos las muelas" porque aunque el Gobierno ofrece el servicio, las colas pueden durar años. La conclusión del autor no podía ser más certera: "si acabamos con el capitalismo, pronto estaremos de vuelta a la Edad de Piedra".

Y es que en España nos está pasando lo mismo. La medicina estatal ha conseguido, por ejemplo, que en Canarias el tiempo medio de esperar para que le atienda un especialista sea de 277 días (9 meses). Desde que vamos al médico para explicar nuestras dolencias hasta conocer el diagnóstico pueden transcurrir 134 días para unas pruebas de alergia, 131 días para una resonancia o 128 días para una mamografía. ¿Esto es Estado del Bienestar? Sabe que con lo que le roba la seguridad social tendría usted un seguro de calidad infinitamente mejor, y no hablemos del trato. Volver a los médicos funcionarios no mejora la sanidad, la mata.

Muy probablemente después de las elecciones de mayo habrá otro apretón de tuercas por parte del Gobierno y administraciones locales, ya sean del PSOE o del PP. Las arcas están vacías. Los impuestos, las tasas y las multas han de subir para cubrir "nuestro bien social". La solución no son absurdidades como un "Gobierno inteligente" o un gobernante honrado. Es una cuestión de incentivos humanos. Puede ocurrir que por vocación haya un político honesto, pero en el momento que tiene dinero y poder ilimitado desaparece tal humanismo. Solo hay una solución para combatir la era negra a la estamos abocados, menos Gobierno y más libertad individual. Entre nosotros y el bienestar sobran intermediarios. Es hora de poner fin al Estado del Bienestar y al Gobierno omnipotente.

Esto merece una subvención

Probablemente sea que el Gran Arquitecto en Su sabiduría, aunque corriendo un cierto riesgo, decidió que la aparición de un enviado como nuestro presidente iba a ser más conveniente en nuestra época para trabajar por la paz perpetua, la fraternidad universal, el mejoramiento social de los más débiles, la igualdad de género, el aborto libre y las subvenciones a las energías renovables, objetivos todos muy necesarios para conseguir una sociedad igualitaria y progresista.

Algo así es lo que debe pensar de sí mismo ZP para actuar de la forma que lo hace sin caer fulminado por un ataque agudo de sentido del ridículo, porque nadie que no tenga una idea hipertrofiada de sus méritos, por lo demás inexistentes, es capaz de decir las cosas que suelta este hombre sin el menor rubor en cuanto lo ponen ante un auditorio propicio.

Y este es el problema, que todavía a estas alturas hay mujeres con la falta de autoestima necesaria para rendir honores al personaje más dañino para la sociedad española en general, mujeres incluidas, que hemos tenido la desgracia de padecer en los últimos tiempos.

Zapatero puede encabalgar con la solemnidad que le caracteriza varias decenas de chorradas conceptuales entresacadas de la escatología feminista, pero el resultado de su mandato es que todos somos mucho menos libres y prósperos que cuando él llegó al poder. También las mujeres, claro, salvo las que forman parte de las asociaciones que defienden la agenda socialista a cambio de trincar subvenciones cada vez más jugosas, que ellas sí pueden decir a boca llena que les ha ido muy bien con ZP.

Como las camaradas de la organización "Women Deliver", que acaba de incluir al feministo circunflejo en su lista de las cien personalidades que más han hecho por el bienestar de las mujeres, motivo por el cual les ha endilgado a sus miembras una homilía feminista de las que hacen época. A ver si alguien de la junta directiva, con la alegría del momento, sufre un arrebato de locuacidad y nos enteramos también nosotros de lo que nos ha costado a todos los españoles el galardón.

Libre Mercado

No es casualidad que dicha etapa haya coincidido, precisamente, con el triunfo del pensamiento liberal, tanto a nivel político (democracia parlamentaria) como económico (capitalismo). Hasta anteayer el hombre no era dueño de su destino, hoy, sin embargo, goza del mayor grado de libertad conocido hasta el momento.

Pese a ello, el libre mercado, cuyo eje esencial gira en torno a la figura del empresario, sigue siendo un concepto ampliamente vilipendiado y combatido desde numerosos frentes. Este ataque constante deriva, quizás, de su incomprensión. Y es que, por absurdo que pueda parecer, el socialismo –de todo color político– concibe aún hoy la riqueza como algo dado, al estilo de una tarta inamovible cuyo reparto "justo", a través de la redistribución, ha de ser ejercido por el todopoderoso poder político.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. Vivimos en un mundo caracterizado por la escasez, no por la abundancia. De ser así, se trataría de una especie de paraíso en el que todas las necesidades estarían cubiertas de principio a fin. La escasez, por el contrario, obliga al hombre a actuar para tratar de alcanzar sus propios fines, empleando para ello determinados medios (recursos) limitados por naturaleza. Ahora bien, ni medios ni fines están dados sino que están en constante evolución, cambio y transformación.

Y es justo aquí donde la figura del empresario cobra pleno sentido. El término empresa deriva etimológicamente del verbo latino in prehendo –endi -ensum, que significa descubrir o darse cuenta de, mientras que la expresión latina in prehensa conlleva la idea de acción. Es decir, empresa es sinónimo de acción y, por tanto, empresario es cualquier persona que actúa para alcanzar sus propios objetivos. Y puesto que fines y medios no están dados, su función esencial es, precisamente, crear o descubrir cuáles son los fines y medios relevantes para el actor en cada circunstancia de su vida.

La esencia de la función empresarial no consiste, pues, en asignar unos medios dados a fines también dados de forma óptima, sino en descubrir nuevos fines y medios haciendo uso de la innata creatividad de la que goza el ser humano. Esta idea resulta esencial para entender la economía en su verdadera amplitud: la búsqueda constante de nuevos fines y medios por parte del hombre para ir creando, paso a paso, un futuro cada vez mejor; y no, como muchos creen, una ciencia dedicada en exclusiva a una mera cuestión técnica para asignar unos recursos dados de la mejor forma posible.

Pero la aplicación y extensión de tal creatividad humana depende, a su vez, del particular contexto político, económico y social en el que opere cada individuo. Es evidente que el hombre, entendido como empresario, no puede actuar de igual forma en Cuba o Corea del Norte, regímenes totalitarios, que en EEUU o Hong Kong, economías regidas por el libre mercado y el respeto a la propiedad privada.

Los distintos marcos jurídicos, políticos e institucionales limitan en mayor o menor medida la creatividad empresarial y, por ende, el desarrollo económico. El libre mercado es, en esencia, un marco institucional que permite al empresario perseguir libremente sus fines y, de este modo, poder obtener beneficios mediante la satisfacción de necesidades ajenas. Ése y no otro, el logro de una ganancia, siempre subjetiva, es el incentivo que mueve al hombre a actuar en todos los ámbitos de su vida. Y, a su vez, aceptar el concepto de beneficio supone asumir la legitimidad irrevocable de la propiedad privada.

Por el contrario, impedir o restringir esa innata función empresarial conlleva el efecto contrario, con el consiguiente empobrecimiento y estancamiento económico. El socialismo o colectivismo rechazan de plano estos principios básicos que posibilitan la creación de riqueza. Reducir el libre mercado es limitar la creatividad humana y borrar de un plumazo los incentivos que permiten generar un futuro más próspero y mejor para todos.

Todavía no escampa

Más allá no me atrevo ni a asomarme, por lo que pueda encontrar. Los hogares y las empresas españolas están todavía muy endeudados, tanto en términos históricos como en comparación con otros países. Hasta hace sólo cuatro años nos hemos lanzado a comprar casas a precios imposibles. Creíamos que podíamos porque los tipos eran muy bajos y teníamos todos trabajo. Hoy está en paro uno de cada cinco españoles que busca trabajar. Y lo de los tipos bajos se acabó.

Trichet ya ha dicho que podría subir los tipos en abril. Morgan Stanley cree que el BCE subirá los tipos tres veces este año. Tiene lógica. Los precios de los alimentos y del petróleo se están disparando y el contexto sigue siendo inflacionista. Y Francia y Alemania, que son los dos países que cuentan para el BCE, se están recuperando. ¿Le quedan años para pagar el coche? ¿Está atado a la hipoteca de su casa? Abróchense los cinturones, que diría Lorenzo Ramírez. En una situación así, con el trabajo en el aire, las deudas convertidas en una amenaza mes a mes y los impuestos cada vez más altos, lo lógico es lo que están haciendo las familias españolas, que es ahorrar.

Frente a ello, el Gobierno no hace las reformas necesarias para que nuestra economía sea más productiva. Por el contrario, el secretario de Estado de Economía llama a los españoles a consumir más para lograr una mejora en la tasa de crecimiento que sería un efecto puramente estadístico (el consumo supone el 70 por ciento de la contabilidad del PIB) a costa de la verdadera recuperación.

Sólo la perspectiva de una subida de tipos es motivo para preocuparse. Pero se suma el precio del petróleo, que rondará o superará los 100 dólares durante un largo tiempo. Y, de nuevo, esto hace especial daño a la economía española, que entre las grandes es de las más dependientes del petróleo del mundo. En 2009, Corea del Sur pagó con más del 6 por ciento del PIB la factura del petróleo, e India con algo más del 4 por ciento. Les siguen por encima del 2 por ciento España y China y, a partir de ahí las demás. Garoña ahorra todavía 5,6 millones de barriles, poco menos que lo que ahorraría una España a 110 kilómetros por hora; nos podríamos haber evitado ambos. No queda otra que rebajar el consumo, ahorrar lo que se pueda y reducir el endeudamiento. Hasta que escampe.

Límites de velocidad

Uno de estos señores ha decidido, de camino al Consejo de Ministros, según parece, y posiblemente mosqueado tras ser su coche oficial adelantado por el de uno de sus gobernados, que ya no podemos ir a más de 110 Km. por hora en nuestras autopistas. Mejor dicho, sí podemos, pero corremos el riesgo de que nos sancionen por ello.

A la vista de tan impactante límite de velocidad, ha pasado desapercibido otro límite de velocidad que nos acaba de imponer el mismo gobierno. Y es que el Congreso de los Diputados ha cerrado por fin el trámite de la Ley de Economía Sostenible, incluyendo en ella el límite de velocidad de 1 Mbps para las conexiones de banda ancha. En este caso, el límite no es máximo, sino mínimo. El mismo ciudadano español que no puede correr a más de 110 Km por la piel de toro ha de poder descargarse contenidos al menos a 1 Mbit por segundo.

Digo yo que, lo mismo que la limitación de los 110 es por nuestro bien, para que no corramos riesgos y ahorremos combustible, podían ejercer un papel similar con la velocidad de banda ancha. Cuanta más capacidad tengamos disponible, mayor será el riesgo de que nos descarguemos películas y canciones de forma "ilegal", o de que nuestros jóvenes e infantes accedan a contenidos indebidos, o de que nos metamos en otros vericuetos que a nuestros políticos no les parezcan bien. Además, como todo ingeniero sabe, los módems consumen tanto más cuanto mayor es la velocidad a que sincronizan. Así que también aquí hay un potencial de ahorro energético no desdeñable.

Se observa una clara asimetría en el tratamiento. Tanto por la carretera como en internet, lo que querríamos es no tener límites, ir a la velocidad que nos pareciera en cada momento. Por ello, el límite de 1 Mbps no nos lo parece, al contrario, nos parece estupendo que tengamos "derecho" a un mínimo de velocidad.

¿Por qué no hace el Gobierno lo mismo con las carreteras que predica para internet? ¿Por qué no nos da el Gobierno una velocidad mínima a la que tengamos "derecho" en cada vía y, en cambio, lo que tenemos son desesperantes atascos y límites máximos de velocidad?

La solución, muy fácil: la velocidad mínima que se fija para internet la habrán de pagar de su bolsillo los operadores de telecomunicaciones; es una medida sin coste económico para el político. Está regalando algo que no es suyo, mejor dicho, algo que no va a pasar por sus manos.

En cambio, conseguir carreteras de calidades mínimas es algo que habría de pagar de su bolsillo el Estado (es un decir), y aquí al político sí le duelen prendas, pues tiene otras muchas ocurrencias para el dinero público, ese dinero que algunos consideran de nadie. Sin olvidar que sin los queridos límites máximos no habría posibilidad de sanciones y mayores ingresos.

En fin, que los límites de velocidad, según quien pague.

Aborregados

Es por nuestro bien, nos dicen, como lo son todas las prohibiciones. Así gastamos menos. ¡Pero si no queremos gastar menos, queremos llegar antes! Rebajan el límite de velocidad y nos hablan del torrente de beneficios que caerá sobre nosotros por ajustarnos a los 110, como si no tuviese un coste. Cuanto más lento conduzcamos, más tiempo estaremos conduciendo y menos en los sitios donde queremos llegar. Es decir, que disponen de nuestro tiempo como disponen de todo lo que nos pertenece, con toda la libertad que a nosotros nos niegan.

Libertad Digital, por no perderse a sí misma, ha recordado varias de las prohibiciones de Zapatero. Para los socialistas, tomarse una hamburguesa acompañada de un vino, con el humo intercalado del tabaco y en un chiringuito es poco menos que un acto de rebeldía sancionable con largos años de cárcel. Ir a 120 por hora es una temeridad de lo más reaccionario, pero no permitirán que vayamos ni a 40 si es para llevar a nuestros hijos a un colegio en el que haya crucifijos. Si a este cuadro le añadimos la afición por los toros o sintonizar ciertos canales, el Gobierno nos acabará mandando a un centro de reeducación.

No, no hemos llegado a esto último. Pero convendrán conmigo en que tampoco es necesario. El español, se ha dicho siempre, es una persona amante de la libertad, reacio a aceptar según qué imposiciones, como demuestran en la historia hechos como el motín de Esquilache o la presencia masiva del anarquismo. Orgullosos y conscientes de sus derechos, los españoles montan un Fuenteovejuna cuando el poder se excede y cae en la arbitrariedad, el capricho y el atropello. Individualista, ácrata, aferrado a lo que considera suyo en justicia y amparado moralmente por el aprecio al honor y por el respaldo divino si se obra con recta razón, el español no teme enfrentarse al poder.

Todo esto nos hemos dicho de nosotros durante mucho tiempo. Como si el carácter emergiese del suelo patrio o se heredase junto con la lengua y algunas pocas costumbres que son a la vez comunes e inalterables. Hoy todo es alterable y lo común es objeto de permanente menosprecio. Será eso, será que en realidad hemos sido más cortesanos que ciudadanos, será que nos hemos acostumbrado a que el Estado nos mate suavemente con su canción. O simplemente que no hay carácter nacional que mil años dure. Pero lo cierto es que nos hemos acostumbrado a que hagan y deshagan en nuestra vida, a vivir con coerciones e imposiciones, con admoniciones y sugerencias del poder, y aquí no pasa nada. Somos una sociedad adocenada y aborregada. Digamos adiós al viejo español.