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Los republicanos no han captado el mensaje

Básicamente, el trato tiene dos pilares. Por una parte, los republicanos han pedido aplazar las rebajas fiscales a aquellos con unos ingresos superiores a 250.000 dólares anuales y, en contrapartida, los demócratas proponen alargar durante trece meses los subsidios de desempleo.

Este tema ha dado mucha controversia. Michael D. Shear, un periodista del New York Times se ha asombrado de que los enemigos más virulentos del Tax Deal hayan sido los partidarios del libre mercado. ¿Pero es realmente una contradicción?

Uno de los principios de los defensores del libre mercado, representado en Estados Unidos por algunos Tea Party, es un Gobierno pequeño basado en el principio clásico de presupuestos equilibrados en lo concerniente a las cuentas del Estado. La primera sorpresa de los partidarios del libre mercado es que muchos congresistas republicanos que aún no han jurado su cargo han tirado por el suelo todo aquello que habían prometido. El resultado del Tax Deal se traduce en un Gobierno más grande.

Presupuestos equilibrados y responsabilidad fiscal no significa, por definición, aumentar el gasto del Gobierno con más subsidios, más estímulos, ni permitir que la Reserva Federal derroche 600.000 millones de dólares con planes que no funcionan. Desde que Bernanke anunció la segunda inyección masiva (quantitative easing, o QE) los tipos a largo han subido más de un 10%. El objetivo era el contrario, es decir, que bajaran. Se está confirmando lo que ya rondaba en el mercado, y es que la FED no tiene suficiente capacidad de fuego como para bajar la rentabilidad del bono a 30 años y se centra en los plazos de 2 y 10 años. ¿Cuántos planes de estímulo vendrán? Al final el dólar no va a servir ni para envolver el bocadillo de la merienda.

A este descontrol de gasto, los políticos de Washington añaden otra locura que contradice la idea de presupuestos equilibrados: bajar impuestos. Los impuestos solo se pueden bajar si el Gobierno deja de gastar. Más gasto con menos impuestos garantiza más problemas en el futuro. Esa fue la política de Ronald Reagan que ha durado hasta hoy. Mientras que Reagan bajaba los impuestos con una mano, con la otra derrochaba lo que no tenía.

Los que se oponen al Tax Deal no han perdido la cabeza ni se limitan a decir no a todo. Simplemente aplican el más básico sentido económico. Solo hay un camino para que tanto Estados Unidos como los demás países mejoren las condiciones de sus ciudadanos: Gobierno pequeño, diminuto; dinero sano y presupuestos equilibrados. Cualquier fórmula que no sea ésta llevará a todas las naciones a nuevas burbujas, más impuestos en el futuro, más pobreza y mayor desigualdad social.

La discusión no viene en cuánto bajar los impuestos. Si los burócratas no estuviesen tan empeñados en crecer y aumentar conforme a sus intereses individuales y corporativistas, tendrían que dar por sentado que el objetivo de cualquier impuesto es rondar el cero por ciento. Los partidarios del libre mercado esperan, en Estados Unidos y el resto del mundo, que se creen políticas reales con recortes de gasto agresivos. No es difícil como nos quieren hacer ver. Lea este artículo de Andrés Velázquez, Propuestas en la WWW para reducir el déficit público. El autor se pregunta: ¿por qué no eliminar el Senado y ahorrarnos más de 3.000 millones de euros? Noruega, Suecia o Dinamarca no tienen Senado. ¿Y las pensiones vitalicias de los políticos? ¿Y las ayudas a sindicatos, partidos, fundaciones, etc.? Nos podríamos ahorrar más de 40.000 millones de euros.

Ningún político de ningún color, ni país, es bueno para el ciudadano. La revolución del Tea Party no se va a traducir en un cambio real. El problema ha sido que los americanos de buena voluntad han confiando sus derechos y prosperidad al monopolio de la fuerza, el de la política y el Gobierno. Seguimos sin encontrar el camino.

Cheque escolar: poder para los padres

La enseñanza en España es un completo desastre. Y no es una apreciación individual, sino un hecho objetivo. Los datos de los sucesivos informes PISA que miden la calidad educativa en todo el mundo son concluyentes. España va a la cola en casi todos los apartados del informe, especialmente en los tocantes a ciencias y matemáticas, en el que se sitúa muy por debajo de la media de los países de la OCDE.

Nuestros niños y jóvenes reciben una pésima educación a pesar de que el presupuesto dedicado a este capitulo no hace sino aumentar. Hoy hay más y mejores escuelas que en cualquier otro momento de nuestra historia. El profesorado es numeroso, está bien remunerado y el oficio de enseñar disfruta del prestigio social que antaño no tuvo. Los medios técnicos de los que dispone el sistema educativo nada tienen que envidiar a los de los países más ricos del mundo.

Las escuelas españolas tienen aulas amplias con calefacción. Desde hace más de una década no existe masificación porque han coincidido dos circunstancias que habitualmente no se dan; a saber, prosperidad económica y bajos índices de natalidad. Esto ha repercutido en altísimas inversiones por alumno, inéditas desde que se creo la instrucción pública en España hace algo más de siglo y medio. El colegio público medio tiene campos deportivos, gimnasio, aulas dedicadas a la informática, laboratorios, cursos de idiomas y otras instalaciones y servicios que, hasta hace no mucho, eran patrimonio de la educación privada.

Aquí aparece la paradoja. Mientras la inversión en educación describe una curva ascendente, la calidad desciende en la misma proporción. ¿Por qué sucede esto? Básicamente por dos razones de fondo. La primera, de sobra conocida, es la aplicación de un modelo educativo anclado en la mediocridad, que penaliza el mérito y rechaza la disciplina. La segunda es una cuestión de titularidad. La enseñanza pública en España es eso mismo: pública, es decir, forma parte orgánica del Estado, que, aparte de financiarla con cargo al erario, se encarga de gestionarla.

Los colegios en España son, como los ministerios, propiedad del Estado. El profesorado y el personal de administración y servicios son funcionarios. A los ciudadanos nos toca un colegio por zona de residencia y hemos de escolarizar a la fuerza a nuestros hijos en él. Aunque todos pagamos la infraestructura y las nóminas mediante impuestos, la libertad de elección y el control sobre la educación es nulo. El Estado mediante las Comunidades Autónomas, a las que están transferidas las competencias, hace y deshace a su antojo ofreciendo un plato único, generalmente indigesto, oneroso para los bolsillos del contribuyente y, de propina, muy ideologizado.

El resultado está a la vista. Desde la administración insisten, además, que, aunque mejorable, no existe otra opción. O esto o caer en la insondable sima de la liberalización educativa, lo cual implicaría, según ellos, un verdadero drama escolar. Las familias de menos recursos sacarían a sus hijos de los colegios y los pondrían a trabajar. Se pondría fin a la igualdad de oportunidades y España volvería a los tiempos bárbaros en los que apenas un décimo de la población sabía leer y escribir.

Ante un panorama tan sombrío todos tragan y nadie piensa. O casi nadie. Thomas Paine ya propuso a finales del siglo XVIII un sistema mediante el cual el coste educativo corriese a cargo del Estado, pero fuesen los padres quienes decidiesen a qué escuela llevar a sus hijos. Entre uno y otros mediaría un cheque que, anualmente, el Gobierno enviase a cada hogar para cubrir la factura del colegio. Esta idea de Paine se debatió en Francia a finales del siglo XIX sin grandes resultados. Los estatistas, temerosos de privar al Leviatán de una de sus mejores herramientas de adoctrinamiento, frenaron la iniciativa.

Un siglo después el economista Milton Friedman recuperó la idea ante el abandono de la enseñanza pública por parte de los gobernantes. Los contribuyentes seguirían financiando la educación, pero ésta no sería un apéndice estatal, sino que, tanto la titularidad como la gestión correspondería a agentes privados especializados en ofrecer este tipo de servicio. Ante la avalancha de críticas Friedman arguyó que, precisamente porque le preocupaba la educación pública y universal, era vital encontrar un sistema que mejorase su eficacia y garantizase la calidad.

En cuestiones de eficiencia, satisfacción del cliente y calidad ningún monopolio puede medirse con la libre concurrencia de actores que acuden al mercado con la intención de ganarse el favor de los consumidores. Esto es así en todos los sectores de la economía y mucho más en proveedores de bienes y servicios básicos como la alimentación, el vestido o la educación. Nuestro ordenamiento jurídico afirma que recibir una formación académica básica es un derecho que debe ser garantizado por el Estado. Eso, claro, no significa que tenga que ser el mismo Estado el encargado de suministrar esa formación. Y es aquí donde el cheque entra en juego.

Como en otras actividades, el Gobierno se limitaría a fijar el marco legal y efectuar las inspecciones oportunas. Los jueces, por su parte, arbitrarían los conflictos y observarían el cumplimiento de los contratos entre ambas partes. Resumiendo, lo mismo que sucede, sin ir más lejos, en el mercado de los alimentos, con la diferencia de que éstos no se pagan con dinero del contribuyente a pesar de que son infinitamente más necesarios para vivir que la enseñanza.

La familias recibirían un cheque que atendería la totalidad de los gastos escolares del curso. Ese cheque podrían gastarlo en el colegio que quisiesen. Así de simple. Las ventajas serían muy numerosas. En el sistema escolar público habría, por vez primera, sanísima competencia entre colegios. Esto haría aumentar la oferta educativa en función de una demanda que, en el caso de la educación, se ha demostrado variadísima. Los padres tendrían donde elegir y se acabarían de golpe interminables conflictos como el del laicismo, los derivados de la lengua vehicular o el de la selección de contenidos.

Habría colegios muy religiosos y otros que no lo serían en absoluto. Colegios especializados en las artes y otros en disciplinas como las ciencias o las humanidades. Habría, por último, colegios normales, equilibrados en todo y sin asomo de excesos ideológicos o académicos. La cantidad de unos y otros la fijaría la mayor democracia de la historia, que es y seguirá siendo el orden espontáneo emanado del libre mercado, donde, de forma pacífica, convergen voluntades coordinando la sociedad como ningún otro sistema basado en la coacción ha conseguido jamás.

La calidad de la educación variaría de un centro a otro, pero subiría ostensiblemente respecto al modelo centralizado y estatal que padecemos actualmente. El mercado premia y fomenta la excelencia. El profesorado malo sería, como la mala moneda o el café de achicoria, retirado paulatinamente del mercado educativo. El buen profesor sería promocionado. La razón es fácil de entender. Ningún padre quiere que su hijo sea un zoquete iletrado. Muy al contrario, los primeros interesados en la exigencia escolar y la disciplina suelen ser los padres. Con el cheque en la mano podrían escoger entre la lenidad logsiana de la nueva pedagogía, actualmente de curso forzoso, y escuelas donde los aprobados generales no fuesen moneda corriente.

Los amigos de lo público estarían de enhorabuena. Salvo alguna excepción atada al estatus, desaparecerían definitivamente los colegios privados. Todos lo serían. El Gobierno no tendría que asignar cantidades siempre crecientes para mantener el gravoso, conflictivo e hipersindicalizado mamotreto educativo. Serían los empresarios del sector los que, asignando recursos y factores, se encargasen de esa menudencia.

Todos ganaríamos. Entonces, ¿por qué no se adopta el cheque escolar? Probablemente porque sean demasiados los intereses que se amontonan sobre la enseñanza. El Estado no quiere prescindir de algo tan ideológicamente útil que, además, le proporciona una generosa clientela reacia a exponerse al veredicto de la libre elección. De ahí que sea un tema tabú y a quien se atreve a tocarlo le caen dicterios por doquier. Es, utilizando un símil educativo, una asignatura pendiente que tal vez nunca podamos aprobar.    

Lo peor del caos aéreo: la reacción ecologista

Unos piensan que lo peor de esta historia ha sido comprobar cómo un grupo de privilegiados trabajadores puede poner en jaque a toda una sociedad. Otros creen que lo peor es la constatación de que el Gobierno no ha sido capaz de solucionar un problema por la vía del diálogo. Muchos entienden que la declaración de un estado de alarma y la militarización de un sector son lo más escalofriante de esta pesadilla. También hay quien ve en las pérdidas millonarias la parte más oscura de este conflicto entre Aena y una parte de sus empleados. Y no falta quien piensa que los cientos de miles de afectados que se quedaron sin unas anheladas vacaciones o sin estar cerca de sus seres queridos son lo más triste del episodio.

A todos estos candidatos a ser lo peor de la crisis aérea yo añadiría uno que creo que merece competir por el dudoso honor de encabezar la lista. Se trata de la reacción del movimiento radical ecologista, liderado por Greenpeace. Los guerreros del arco iris vieron "positivo" que los españoles se quedaran tirados –aunque dicen que no llegaron a alegrarse– porque eso significaba que se emitieron "menos gases de efecto invernadero", dado que los aviones no volaron y no pudieron por lo tanto emitir CO2.

Estos activistas no sólo parecen haber perdido totalmente la empatía por los demás seres humanos sino que han perdido el contacto con la realidad. Dicen que lo "positivo" del cierre del tráfico aéreo es que esos días los cielos estarían "un poco más limpios" por esa menor emisión de gases de efecto invernadero. Los cielos no están ni más ni menos limpio por el hecho de que se emita más CO2. Hablamos de un gas que ni se ve ni mancha ni huele ni es tóxico. Podríamos discutir si el planeta estaría infinitesimalmente un poco más frío si los aviones se mantienen en tierra, pero mezclar CO2 con contaminación y la limpieza de los cielos es otro de los timos a los que nos tienen acostumbrados este grupo de histéricos enemigos del desarrollo.

Greenpeace lleva años atacando al sector aeronáutico. No parecen interesarles los diversos estudios que prueban que las emisiones de la aviación moderna, por persona y kilómetro recorrido, son de las menores del transporte ni que el sector haya rebajado –sin necesidad de los sistemas de racionamiento que tanto gustan a estos verdes– más de un 20% de sus emisiones de CO2 en los últimos años. Lo único que parece interesarles a estos activistas que no dudan en desplazarse en avión para desarrollar sus campañas es tergiversar, retorcer datos y aprovechar cada suceso para pedir más restricciones a las actividades económicas sin pararse a pensar que el fin de esas actividades que quieren prohibir o limitar es la mejora del medio ambiente en el que viven los seres humanos. Es por eso que tampoco entienden que el medio ambiente no haya parado de mejorar allí donde se ha producido un sostenido desarrollo económico.

El ecologismo radical se ha convertido en una extraña secta que ve positivos sucesos tan dolorosos como las recesiones económicas o los cierres del espacio aéreo y no encuentra nada positivo en que según la NASA llevemos 10 años sin calentamiento global mientras el mundo ha seguido desarrollándose y emitiendo más CO2. Algún día nuestros nietos mirarán atrás y se preguntarán cómo fue posible que un movimiento como éste se desarrollara y tuviera la más mínima aceptación social en la era del conocimiento y la información.

Gnosticismo financiero

Poco antes escribía a su mujer, que estaba en Florida, que enviase a alguien para que se ocupase del niño, de dos años, que tras la muerte de su padre se quedó con la sola compañía del perro, sin correa. Esto pasó el sábado, cuando se cumplían dos años de que saltase el escándalo. Bernard Madoff, el genio de las finanzas que ofrecía rentabilidades fabulosas todos los años a un selectísimo club de pringaos, había creado en realidad un esquema ponzi.

Bien mirado, era todo un suicidio. La de Madoff era una estafa piramidal como cualquier otra. Él ofrecía con regularidad un retorno muy atractivo para los inversores. No le faltaba dinero si alguien decidía retirar parte de la inversión o toda ella. Pero ese dinero no provenía del rendimiento o del aumento del valor de sus inversiones, sino de los nuevos capitales a él confiados. Además, ¿quién iba a retirar nada, si Madoff parecía haber hecho añicos la idea de tener que elegir entre seguridad y rentabilidad? Pero cada nuevo cliente, cada entrada de dinero, era una exigencia de rentabilidad futura, y sólo se puede pagar con entradas mayores, con una permanente huida hacia adelante. Sólo se puede esconder el crimen haciéndolo más grande, pese a que Bernard sabía que en algún momento tendría que estallar; fue un suicidio económico desde el comienzo. Mark trabajaba en el negocio familiar. Al parecer no conocía en qué consistía el negocio de su padre, en que él mismo trabajaba, y que le compensaba con más de 16 millones de dólares al año. Llevó una vida de lujo extremo, y cuando se empezaron a cerner sobre él las responsabilidades económicas, quizá penales, acabó con su vida.

La clave para mantener este fraude son las entradas. Y se necesita una buena labor comercial para alimentarlo. La estrategia de Madoff, además de presentarse como ex presidente del Nasdaq, era hacer ver que no todo el mundo podía formar parte del escogidísimo club de inversores con que él trataba. Y todo bajo la idea de que él tenía acceso a informaciones secretas, accesibles sólo a muy pocos, y que eran la llave de la prosperidad perpetua. El gnosticismo financiero, tan falso como cualquier otro.

Porque la información relevante para cualquier inversor está ahí para que la descubra cualquiera. Y la ignorancia que tenemos sobre cuáles son las mejores inversiones no viene de que no tengamos contactos en Washington, sino de que esa información es cambiante y en su mayor parte no está ni creada, pues depende de eventos futuros. Quienes confiaron su dinero a Madoff creían que se beneficiaban de una oportunidad abierta sólo a unos privilegiados. Cuántos de ellos, como Almodóvar, no habrán criticado precisamente eso. Fueron engañados por Madoff, sí. Pero fueron engañados también por la mala literatura sobre el capitalismo, que es más generoso y ciego en las oportunidades que ofrece que lo que se cree. Hay quien ya lo sabía. Prefirieron la ciencia al gnosticismo.

La mordaza bolivariana

En un escenario continental en el que se multiplican las leyes destinadas a acallar los medios no controlados por los Gobiernos, Hugo Chávez es desde hace años un ejemplo a seguir por personajes como el boliviano Evo Morales, el ecuatoriano Rafael Correa o la ex primera dama y actual presidenta argentina Cristina Fernández.

Ahora, el venezolano ha vuelto a adelantarse a sus pares populistas de izquierdas con una inesperada reforma de su propia "ley mordaza". El vicepresidente chavista, Elias Jaua, ha remitido a la Asamblea Nacional (controlada por el chavismo gracias a una ingeniería electoral que transformó en victoria por escaños una importante derrota en votos) un proyecto de reforma de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, conocida como "Ley Resorte".

En el texto remitido a ese parlamento "títere" se incluyen fuertes medidas de control de internet, imaginables tan sólo en países como Vietnam o Arabia Saudí. Aunque todo el sistema de sanciones y prohibiciones no está pensado de forma exclusiva para la red, su aplicación a la misma podría hacer que tan sólo en Cuba o Corea del Norte fuera menos libre que en Venezuela. Así, el país caribeño va camino de convertirse en uno de los pocos del mundo en los que un proveedor de internet puede ser castigado por permitir el acceso a sitios web en los que haya mensajes anónimos, algo que ocurre en China y pocos lugares más.

La lista de contenidos por los que los medios, tradicionales y electrónicos, pueden ser sancionados es tan larga como absurda. Mostrar o describir escenas de violencia ficticia o real (esta última tan sólo se permite en informativos y cuando acaba de tener lugar), mencionar la existencia de prostitución o del consumo de drogas o alcohol son motivos suficientes para que una empresa de comunicación, incluidas las de internet, sea castigada. Y, por supuesto, no faltan los motivos políticos.

Aunque escritas con suficiente ambigüedad para que parezcan responder a necesidades de estabilidad o convivencia, las prohibiciones en materia política suponen un auténtico freno a la libertad de expresión fuera o dentro de ella. Así, se castiga entre muchos otros cualquier mensaje que la gubernamental Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel) estime que incita o promueve la intolerancia por diversas razones, incluida la política. Pero hay dos casos especialmente sangrantes que recuerdan a las legislaciones de países como China y Cuba. Se castigan los contenidos que las autoridades estimen que tienen como objetivo crear "zozobra ciudadana o alterar el orden público" y también aquellos destinados a "irrespetar los Poderes Públicos o personas que ejerzan dichos cargos".

Los proveedores de internet podrán ser castigados por permitir acceder a cualquier contenido de los citados con anterioridad, todos ellos presentes en la red. Tan sólo mediante un rígido control, caro y complicado, de todos los contenidos existentes en internet pueden evitar ser sancionados cuando quiera el poder. Ante eso no les quedaría más remedio que bloquear el acceso al 99% de la web y vigilar el 1% restante por si algún opositor osa criticar a Chávez en una red social o página web. Muy parecido a lo que ocurre en China.

Vamos a contar mentiras

…en comparación con el nefasto desempeño que nos depararía su sustituta en el cargo, Elena Salgado. El tiempo ha terminado por confirmar tal previsión. Y es que, si en 2009 el diario británico Financial Times ya situaba a Salgado como uno de los peores responsables económicos de la UE –tan sólo por delante de sus homólogos húngaro, griego e irlandés–, en 2010 su calificación desciende hasta el penúltimo puesto de la tabla, disputando el liderato de "peor ministro de Finanzas" al mismísimo Brian Lenihan, principal responsable político del desaguisadocelta.

Sin embargo, el aspecto más deleznable, vergonzoso y condenable de su actual función pública no radica tanto en las malas decisiones adoptadas, como el Plan E (13.000 millones de euros despilfarrados), o en sushonorables hitos económicos, tales como aprobar la mayor subida fiscal de la democracia (unos 15.000 millones) y alcanzar uno de los mayores descuadres presupuestarios de la zona euro (110.000 millones en 2009 y algo menos en 2010), sino en su desvergüenza política. Salgado se ha convertido, si es que no lo era ya antes, en una mentirosa compulsiva, cuya principal misión consiste en negar la mayor a fin de ocultar la cruda realidad a la ciudadanía.

Miente más que habla. Siguiendo al pie de la letra las enseñanzas de su maestro y guía espiritual José Luis Rodríguez Zapatero, Salgado insiste, una y otra vez, en lanzar anuncios que son automáticamente desmentidos apenas horas después. Y ello, sin ruborizarse lo más mínimo. El hecho de que no haya caído en la última crisis de Gobierno constituye la prueba irrefutable de que para eso fue, precisamente, designada por el presidente. La ministra desarrolla a la perfección la tarea encomendada: negar la mayor. Da igual que su credibilidad, ya de por sí escasa por no decir inexistente, quede en entredicho ante la opinión pública y la mayoría de analistas. Ella tan sólo se dedica a cumplir el guión preestablecido a sabiendas de que, llegado el momento, recibirá su justa recompensa.

Los ejemplos de tal desfachatez son numerosos. Así, por citar tan sólo los últimos, negó durante semanas la necesidad de activar un Plan B para reducir el déficit público. Dicho y hecho. La semana pasada Zapatero anunció en el Congreso un nuevo paquete de ajuste con el ilusorio fin de tranquilizar a los mercados. Justo después, ni corta ni perezosa, la ministra negó también la aprobación de alguna medida adicional en el Consejo de Ministros de ese mismo viernes, más allá de las citadas por Zapatero. De nuevo, Salgado sorprendió a propios y extraños con una nueva subida de impuestos sobre el tabaco, con la que pretende recaudar otros 780 millones de euros extra.

Ahora, la fidedigna y creíble ministra no se corta al afirmar que el fondo de rescate europeo "nunca estuvo pensado para España", como si su insultante palabrería pudiera travestir los hechos (confirmados aquí, aquí y aquí). Por si fuera poco, insiste en que el tamaño del fondo, dotado con 750.000 millones de euros, es suficiente para asistir a los países con problemas. Quizá por eso las principales autoridades internacionales no paren de discutir un plan alternativo en caso de que España precise ayuda. De hecho, hasta el propio presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, ha desmentido a Salgado este martes al señalar que la UE podría estudiar la ampliación del fondo "si fuera necesario".

Por último, según la ministra, el Gobierno cumplirá "el objetivo de déficit y también las reformas estructurales". Por desgracia, a la vista de lo expuesto hasta ahora, tales promesas serán un nuevo fiasco. La farsa debe continuar…

Terrorismo económico antipatriota

España no es Irlanda, nos dicen, y quien opine lo contrario no es más que un irresponsable propagador del terror económico y enemigo del Estado español.

Desde que comenzó la crisis hemos tenido varias escenas similares. Quizá la más sobresaliente sea la que protagonizaron miembros del Gobierno, con Zapatero a la cabeza, diciendo que aquí no nos iba a afectar la crisis subprime de los americanos. ¡Cómo nos iba a afectar, con un sistema adecuadamente regulado por las autoridades, lejos del capitalismo salvaje estadounidense!

Tras varios meses negando empecinadamente la crisis y acusando de antipatriotismo a la oposición, no hubo más remedio que decir que sí, que bueno, que estamos en crisis, pero que ésta se debía a la crisis financiera global originada en los Estados Unidos. En esos momentos había que preocuparse lo justo para aplicar algún plan de estímulo que les permitiera decir lo mucho que estaban haciendo por sostener el empleo y la actividad económica. Llevar a cabo reformas estructurales se veía como algo innecesario, ¿para qué, si contamos con un sistema que es paradigma de protección a los trabajadores y diálogo social?

Nuevamente el tiempo les quitó la razón, y se vieron obligados a anunciar medidas que fueron vendidas de ambiciosas, en un claro y firme compromiso del Gobierno de capear la situación, sin importar los costes políticos en los que se incurrieran. Se trataba de un ejercicio de responsabilidad, nos decían. La misma responsabilidad que les ha llevado a aprobar una reforma laboral muy tímida, y unos recortes del gasto que todavía están por ver.

Entretanto, se fueron sucediendo los ataques del Gobierno a la presunta conspiración de los inversores internacionales por hundir a España. Querido inversor, compre nuestra deuda pública, pero por favor, no sea tan avaricioso y especulador de venderla.

Ahora toca decir que España no tiene nada que ver con Irlanda, que nuestra situación económica está a años luz de la de los tocados PIGS. ¿No veis, panda de ignorantes especuladores, que el ratio de deuda pública respecto al PIB está en un nivel envidiable?, argumentan.

En este contexto, a quienes no comulgan con la visión oficial del Ejecutivo, se les vuelve a tildar de antipatriotas cuya máxima afición es sembrar el terror con el objetivo de hundir a España, para así quitar a Zapatero del poder. ¡Tamaño ejercicio de irresponsabilidad!, acusan.

Y uno se ve tentado a responder: ¿de qué responsabilidad están hablando, señores políticos socialistas? ¿De la responsabilidad por la que han cerrado los ojos ante una realidad más que evidente, siendo incapaces de tomar medidas duras y necesarias e implementarlas? ¿De la responsabilidad por la que han mentido constante y descaradamente a la ciudadanía?

Es la responsabilidad de los irresponsables, de aquellos que nos están abocando al borde del precipicio… como ya han hecho a lo largo de nuestra historia.

En el filo de la navaja socialista

Pero así están las cosas: los tipos de interés de la deuda pública española sigue con su progresivo pero imparable aumento y ya se sitúan en el 5,35%, 260 puntos por encima del bono alemán. Nuevo récord, nuevo clavo a nuestro ataúd.

No sé si desde La Moncloa están esperando un milagro que revigorice al zombie español, si ya se han resignado a salvarlo con tal de no aplicarle un electroshock "antisocial" y sólo están buscando alguna fecha para el sepelio o si estamos preparando el traslado a una clínica alemana. Lo ignoro, y confío en la capacidad de los médicos teutones para imponer su diagnóstico, pero conociendo la fanatización de la izquierda española, su hermetismo ante los hechos y ese punto de superchería New Age, cabe la posibilidad de que se encomienden a los santurrones hasta que las moscas y el hedor muestren que el cuerpo ya no admite rescate alguno.

Convendría, no obstante, tener bien claro que los potingues que ahora propugnan los curanderos de la izquierda no son más que eso: un fraude para desviar la atención del auténtico foco de infección. Porque si no fuera ya suficiente con volverles a oír repetir sus monsergas sobre los pérfidos especuladores que desde Zürich, la Trilateral y Bildelberg dirigen el mundo y que en sagrada alianza pretenden tumbar al Gobierno de progreso de Zapatero, ahora insisten en que la solución a todos nuestros males pasa por que el Banco Central Europeo inicie una compra a gran escala de deuda española.

Quién les ha visto y quién les ve. Después de machacarnos durante tres años con la consigna de que la crisis financiera se debía a que la desregulación había permitido a los codiciosos bancos estadounidenses cargar sus balances con activos basura, los izquierdistas instan ahora al banco de los bancos a que haga lo propio con la deuda pública española. Política de estado, ya saben.

Porque señores, sí, es evidente que el BCE, dándole a la manivela de la imprenta, puede monetizar nuestras emisiones de deuda de este año, en cuyo caso los especuladores saldrían bastante escaldados. Pero aun en ese caso, y dejando de lado el impuesto inflacionario, nuestros problemas reales permanecerían: un enorme déficit que se resiste a reducirse, cinco millones de parados que no generan ninguna riqueza y unos pasivos futuros en materia de pensiones explosivos. Nuestro escollo se llama insolvencia y eso ni siquiera el Banco Central Europeo puede remediarlo, ¿o es que acaso no se han dado cuenta de que, aun cuando el BCE compre nuestra deuda, habrá que pagarla en algún momento?

Sin reformas drásticas –en el gasto público y en las rigidísimas regulaciones que impiden que la economía se reestructure– nos vamos al hoyo, con o sin providencial intervención del banco central. Por tanto, cuanto antes las implementemos, menos dura será la caída. Y por si los prejuicios de la izquierda le impiden darse cuenta de que a medio plazo estaríamos quebrados en cualquier caso, los odiosos especuladores, por suerte, están ahí para recordárselo y anticiparle al presente algo del dolor futuro.

Ya sé que Zapatero y los socialistas preferirían irse de rositas, dejando la despensa carcomida y endilgándole el marrón de la suspensión de pagos al pringado que gobierne en 2016 ó 2020. Pero para eso están los especuladores: para que el futuro se convierta en hoy y para que los gobernantes nefastos tomen un poquito de su propia medicina.

La pelota está ahora en el tejado de los socialistas: ¿antepondrán la prosperidad de los ciudadanos a sus dogmas ideológicos o, en cambio, dejarán que éstos nos aplasten? Yo no apostaría por que defenestren a ZP y le den una oportunidad a ese libre mercado cuyo funcionamiento odian e ignoran a partes iguales. Pero en todo caso, al ritmo que vamos, no tardaremos mucho en comprobarlo.

Tarde, mal, nunca, nada

Se llama Transforma España, un nombre extraño. No es un sintagma nominal, que siempre se puede colgar de una frase con cierta comodidad, sino una frase sin sujeto. ¿Qué o quién transforma España? El documento explica el cómo, pero su nombre no precisa quién lo hace. Cabe pensar que el Gobierno, pero como el verbo está en tiempo presente y la iniciativa surge de la inacción del Gobierno, tampoco parece ser el caso. Por lo demás, todo el informe hubiese ganado de haber contado, para su redacción, con alguien que conociese nuestro idioma, y lo apreciase.

El Rey, por boca de Eduardo Serra, ha dicho "los políticos tienen que escuchar nuestra voz", toma plural mayestático. Es significativo. Tanto por parte del Rey como por parte de los empresarios. En primer lugar, no está claro qué tienen que escuchar los políticos. El informe es una exposición confusa de ciertos objetivos deseables unos, abstrusos otros, sin ofrecer un camino claro hacia los mismos, más allá del mantra de la educación. ¿No tenemos un problema fiscal de primer orden? Pues no aparece la palabra "impuesto". Tampoco se dice dónde tendremos que recortar el gasto. ¿No tenemos un sistema financiero al borde de la quiebra? Ni palabra sobre el caso. ¿No tenemos un sistema político enfermo? Nada de ello se asoma en transformaespaña. Eso sí, proponen una "sostenibilidad sostenible" sin la cual, al parecer, España se irá al garete.

Yo en este informe no veo más que miedo. Miedo, en primer lugar, a la marcha que está tomando España. Por parte del Rey, que le hace el encargo a los empresarios, y por parte de éstos, que ven cómo el país se cae a pedazos y con él sus negocios. Aquí hay instituciones que tienen los días contados (aunque sean en meses o años), pero todavía no sabemos cuáles. Cómo no iba a estar inquieta la Corona. Y nuestra economía está aún al borde del colapso, del colapso financiero. Basta con apuntar en el balance de los bancos sus activos inmobiliarios al precio real y contabilizar la quita que corresponderá a la deuda pública, y puede que estén todos quebrados. Y todo ello con un Gobierno incapaz y con una oposición que se fuma un puro. Sí, da mucho miedo.

Pero parece que con todo ello pueden transigir. Porque es mayor aún el miedo a las ideas. Pocas y emborronadas con un lenguaje entre marquetiniano y vacío, las ideas se niegan en cuanto hay ocasión. Lo dicen ellos: "Hay que desideologizar la política. Todos somos ecologistas, pacifistas y demócratas". De hecho, ¿para qué las ideas? Si esta es una llamada directa a los políticos, lo ha dicho el propio Serra. Tenemos una clase empresarial apesebrada, domeñada por las subvenciones y el BOE, cobarde. Que se maneja en los entresijos del poder, pero que es incapaz de hablarle a la sociedad para exponer de veras cuál es la situación del país, cuál puede ser su salida. Cuentan con medios para hacerlo, pero todo lo que le sobra de connivencia con el poder, le falta de patriotismo y responsabilidad. Han reaccionado tarde, mal y nunca, y para no acabar haciendo nada. Es cierto que tampoco lo han hecho las universidades, aunque sólo sea porque en España no las tenemos más que de nombre. Al final, la crisis económica va a ser el último de nuestros problemas.

Ni muy tonto ni muy valiente

…afirmando que los inversores perderían hasta la camisa si tomaban posiciones contra la deuda del Gobierno español, eran desconcertantes. En el titular se planteaba el editor que ZP debe de ser muy tonto o muy valiente.

Zapatero y su Gobierno han puesto a España al borde de la quiebra con las medidas de despilfarro público implementadas desde el comienzo de la crisis. Ahora vemos cómo otros países cuyos gobernantes siguieron las mismas recetas keynesianas han tenido que pedir auxilio y ser rescatados o están sufriendo para poder cumplir con sus compromisos de pago. Tras el hundimiento de Grecia e Irlanda todos los inversores y analistas miran a España y Portugal. Por eso Financial Times piensa que lo lógico después de lo que le ha pasado a Irlanda sería que Zapatero saliera a declarar que va a cumplir las promesas de mayo, que ampliará los recortes y que presentará nuevas reformas estructurales en cuestión de horas.

Pero Zapatero no es ni tonto ni valiente. Es un especulador temerario. No es tonto. Él sabe perfectamente que España está al borde de la suspensión de pagos. Lo que ocurre es que piensa que si lo reconociera se vería obligado a realizar verdaderos recortes del gasto público y del tamaño del Estado, e incluso a liberalizar mercados. Así que piensa que con este farol quizá logre mantener intacto el elefantiásico gasto e incluso le sirva de excusa para nuevas subidas de impuestos.

Tampoco es valiente. Alguien es valiente cuando realiza una acción en la que arriesga algo que aprecia mucho y que le pertenece. Zapatero, en cambio, arriesga el dinero del contribuyente presente y futuro, no el suyo. Está especulando de manera alocada con el crédito de las empresas, con el empleo de los trabajadores que aún tienen la suerte de conservarlo, con el sistema eléctrico, con las pensiones y con el tejido empresarial de todo el país.

Su objetivo no es otro que poder salir de esta crisis sin renunciar a la etiqueta de presidente "rojo" que el mismo se puso al llegar a Moncloa. Piensa que puede escapar en esta huida hace adelante soltando mensajes contradictorios para calmar a todos y seguir haciendo lo mismo: intervenir y gastar. Lo que parece tontura o valor no es más que temeridad y cobardía.