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Estonia, paradigma de cómo capear la crisis

Estonia, un pequeño país a orillas del mar Báltico que apenas alcanza el millón y medio de habitantes entrará en la zona euro el próximo 1 de enero. Será la primera ex república soviética en hacerlo después de haber culminado con éxito dos décadas de prodigioso desarrollo económico que han catapultado al país del tercer al primer mundo en sólo una generación.

Llegar a la soñada meta de pertenecer a la primera división europea les ha costado varios años y tres intentonas. Estonia entró a formar parte de la Unión Europea en 2004con el compromiso de adoptar la moneda única tan pronto como fuese posible. El plan era integrarse en la eurozona en 2007 junto a Eslovenia. Llegado el momento el Gobierno se echó para atrás y retrasó la integración hasta el año siguiente para hacerlo coincidir con la entrada de Eslovaquia. Pero Estonia seguía sin cumplir los requisitos de inflación, que rondaba el 7%. Su economía, recalentada por un crecimiento rapidísimo (un promedio del 9,5% de incremento anual del PIB entre 2000 y 2007), un no estaba aún preparada. Se dio entonces un último plazo, 2011, fecha en la que no había prevista ningún ingreso más.

A mediados de año el Gobierno estonio se fue con sus números a Bruselas para que el Ecofin los supervisase y aprobase el ingreso. Nadie se podía creer lo que veía. Estonia, ese remoto e ignorado país del Báltico, era lanación menos endeudada de Europa y la que podía presumir de un déficit público. La inflación, por su parte, había remitido hasta colocarse en niveles aceptables. Para contener este indicador contribuyó el hecho de que el PIB estonio se despeñó, literalmente, un 14% durante el año 2009, lo que enfrío el sistema lo suficiente para controlar la inflación, que pasó del 10,4% en 2009 a una deflación de 10 décimas durante este año.

Ajuste titánico

La clave del éxito estonio ha sido el ajuste titánico que ha llevado a cabo. El Gobierno del liberal Andrus Ansip, reaccionó rápido a la crisis financiera y ya en 2008 aprobó un plan de ajuste que recogía un amplio recorte de gasto público y el aumento de ciertos impuestos como el IVA y los que gravan el tabaco, el alcohol o la gasolina. Ya puesto, Ansip, aprobó una reforma laboral que facilitó el despido. Los ajustes llegaron al mismo Gobierno, los ministros se bajaron el sueldo un 20%, justo el doble de lo que de promedio estaban bajando en las empresas privadas. El resultado fue una depresión inmediata y muy dolorosa, pero corta. Estonia ha pagado los excesos crediticios cometidos en la etapa expansiva de un golpe durante un solo año.

¿Estímulos al estilo de los planes E?, ninguno, Ansip no cree en ellos. De hecho, cuando la crisis arreciaba la oposición le acusó de ser el responsable de ella por reducir el gasto, a lo que el primer ministro respondió que la crisis sería aún peor si se hubiesen puesto a imprimir moneda o a gastar a lo loco. El tributo que ha tenido que pagar ha sido el reajuste del mercado interno, inflado durante las vacas gordas, y una tasa de desempleo del 19%, que empieza a remitir conforme la economía se purga de las malas inversiones.

Brotes realmente verdes

En 2010 el país ha emprendido el camino de la recuperación. Estonia se ha ganado de nuevo la calificación A de las agencias de rating y goza de crédito pleno en los mercados. Las cuentas públicas vuelven a estar saneadas, el mercado interior ha retomado su tamaño natural y pocos se acuerdan de las exuberancias irracionales de los años del crecimiento vertiginoso que precedieron a la crisis.

La recuperación está siendo tan sorprendente -y para muchos inesperada- que los indicadores handejado con la boca abierta a más de un economista. Tal y como puede apreciarse en la gráfica inferior, la producción industrial ha crecido un 31% en el último año y las exportaciones se han disparado un 54%. Brotes realmente verdes, y nos los que, hace año y medio, vendía a la prensa cierta ministra de Economía de un país del sur de Europa.
 

Y todo sin necesidad de devaluar la moneda como ha venido haciendo el Reino Unido o la vecina Polonia, cuyo zloty flota libremente, lo que está permitiendo a los polacos ganar cierta (y falsa) competitividad a cambio de empobrecerse. La corona estonia está vinculada al euro en un tipo de cambio fijo por lo que el banco central que la emite asume como propia la política monetaria del BCE. 

Ahora viene la pregunta. Si Irlanda actuó rápido, acometió un severo recorte de gasto y, al estar dentro del euro, no pudo devaluar la moneda, ¿por qué no ha seguido el mismo camino que Estonia. Por el sistema bancario, que en Irlanda estaba quebrado y fue rescatado in extremis por el Estado. En Estonia los principales bancos son subsidiarios de la banca sueca.

El mayor banco del país es el Swedbank, seguido del SEB y de Nordea, todos suecos con sede en Estocolmo. La banca sueca es tan hegemónica que muchos estonios se quejan de que tiene más poder que el mismo Banco Central de Estonia. Con o sin poder, el hecho es que el Gobierno de Ansip no ha tenido que emplear un solo céntimo del erario público para salvar bancos de la bancarrota. Y eso, al final, se ha notado.

Lecciones que vienen del Báltico 

Estonia es un país pequeño, pero eso no significa que la receta que ha utilizado para enfrentar la crisis no sea válida. Los números cantan. Ante un excesivo endeudamiento, amortización y ajuste, y no, como se ha pretendido en otros países, mantener el ciclo expansivo a costa de nueva deuda y malabarismos con la moneda.

El premio los estonios lo recogerán el próximo 1 de enero cuando se incorporen a la divisa única con un cuadro macroeconómico que haría entrar en trance a todos los ministros de economía de la Unión Europea, especialmente a los de los países derrochones como España, Grecia o Portugal.

Pocos se quejan, a fin de cuentas, los estonios nunca antes se habían visto en mejor posición. Son independientes, el nivel de vida ha crecido exponencialmente en sólo un par de décadas y, como los negros años del comunismo aún están cerca, muchos recuerdan lo que de verdad es una crisis estructural con escasez de todo y cortes de electricidad. La diferencia está clara.      

Descolonización, estados fallidos y el Sahara

… y las tensiones entre ellos marcaron las siguientes décadas. Todos los procesos internacionales relevantes, todos los conflictos entre países o entre organizaciones estaban polarizados o eras susceptibles de ello si las grandes superpotencias así lo deseaban. Cualquier régimen podía conseguir la legitimación universal si era apoyado por alguno de los dos bloques: el comunista como herramienta para llevar la revolución y el socialismo al resto del mundo, el occidental si consideraba que éste le hacía fuerte para luchar contra su rival. Ambos bandos legitimaron así dictaduras y democracias, aunque para la Unión Soviética y los comunistas en general, las segundas eran simplemente un paso previo para el Estado socialista.

Pero la Segunda Guerra Mundial no sólo trajo la Guerra Fría. El esfuerzo de guerra había dejado agotados a dos de los imperios que hasta 1945 habían dominado el mundo, el británico y en menor medida, el francés. Ambas potencias administraban, gestionaban y dominaban políticamente una parte muy importante de los continentes asiático y africano y otro tanto se podía decir de otros países europeos como Portugal, Bélgica u Holanda. Sin embargo, ese dominio había recibido el golpe definitivo, los esfuerzos económicos que supuso la guerra habían generado fuertes déficits que hacían imposible que siguiera mucho más.

No menos importante era el cansancio de casi todas estas sociedades que, después de seis años de guerra, no estaban muy dispuestos a aguantar más conflictos y muertos. A ello hubo que unir el auge del internacionalismo marxista y religioso, en especial el islámico, el resurgir de los nacionalismos y el carácter anticolonialista de las sucesivas administraciones estadounidenses con la de Roosevelt a la cabeza. Todo ello propició del declive del dominio de Europa sobre el mundo y la denuncia del colonialismo que hasta ese momento había sido un sistema asumido por dominantes y dominados sin demasiados problemas ni conflictos más allá de los locales y algunos entre potencias coloniales.

Y así, como después de las Guerras Napoleónicas se inició la emancipación de América del dominio español, Asia y África se deshicieron del dominio europeo en un entorno marcado por la polarización de la Guerra Fría, ideas políticas y filosóficas novedosas y otras que lo eran menos. La independencia de La India, la guerra de Corea, la de Vietnam, los procesos de descolonización de las naciones africanas, el nacimiento de Israel, los conflictos de las naciones musulmanas con éste, deben enmarcarse en este escenario.

El resultado de la descolonización, sin entrar ni en las causas y los efectos ni en la complejidad del mismo, fue diverso. De él nacieron estados que hoy son prósperas democracias como por ejemplo Canadá, Australia o Nueva Zelanda. Otros son estados más o menos estables, muchos de ellos con regímenes autoritarios como la mayoría de los que forman parte del mundo musulmán y alguno con un paulatino asentamiento de procesos democráticos como La India. Pero no pocas sociedades que nacen del post colonialismo se pueden considerar estados fallidos, es decir, estados que se encuentran en conflicto permanente entre facciones dentro del propio territorio o con los estados fronterizos, en los que no se han desarrollado instituciones sociales que hayan permitido la estabilización de la sociedad y donde la corrupción y la violencia forman parte de la misma, sin que los individuos luchen por erradicarlas, sino más bien ignorarlas o dirigirlas a favor de su propia facción o grupo.

El Sahara es uno de estos estados fallidos. Su proceso de descolonización fue tardío y en unas circunstancias muy diferentes de las que se dieron en los países subsaharianos o de las de su entorno atlántico-mediterráneo más cercano. España, como potencia colonial debería haberse hecho cargo de supervisar el proceso, pero la muerte de Francisco Franco y el inicio de la transición de la dictadura a la democracia la hacía un supervisor poco preparado y dispuesto. A pesar de ello, el Sahara fue uno de los temas que usó la entonces oposición política (socialista y comunista principalmente) contra los ejecutivos de centro que gobernaron España durante los primeros años de democracia, apoyando la creación de la República Árabe Saharaui Democrática. No es extraño que muchos piensen que el actual gobierno socialista de España haya traicionado a sus aliados.

Marruecos presionó al gobierno español a través de la Marcha Verde que lideró el propio Hassan II y observó en el Sáhara un territorio con gran cantidad de recursos naturales que podía poner bajo su soberanía. España terminaría cediendo el control administrativo, pero no la soberanía, de su colonia a este país y a Mauritania tras los Acuerdos de Madrid. El imperialismo no sólo es propio de los estados europeos. Los marroquíes tenían de su lado a dos grandes socios. Por una parte, a Francia: su ex potencia colonial era (y es) su gran aliada aunque sólo fuera porque Argelia, la otra ex colonia francesa, estuviese bajo la órbita soviética. El otro socio fue (y es) Estados Unidos que también veía al aliado marroquí como una manera de hacer frente a la creciente influencia de los rusos en el norte de África (Argelia y Libia).

La Guerra Fría polarizaba las partes del conflicto: Estados Unidos y Francia apoyaban a Marruecos, mientras que Argelia (enemiga local de Marruecos) y la Unión Soviética apoyaban al Frente Polisario. Este se enfrentó exitosamente a Mauritania que terminó por renunciar a la parte que le correspondía, pero no ha Marruecos que ocupa el territorio de facto. España, mientras tanto, rehuyó hacer frente a sus compromisos internacionales, actuación lógica dada la delicada situación de ese momento.

El resultado es un conflicto enquistado en el que se mezclan diferentes intereses. Occidente en general y Francia, España y Estados Unidos en particular, no están interesados en que estalle un conflicto armado en la zona pues crearía un foco de tensión demasiado cerca de Europa y que podría extenderse a otras partes del territorio africano con el integrismo islámico como modelo para algunas de las facciones implicadas. La ONU sigue con su política de mantener los conflictos en una situación de “baja” violencia a través de una aparente neutralidad, en vez de solucionarlos.

Marruecos se siente fuerte en la zona, bien por el apoyo de sus aliados, bien por la pasividad de España. Esto le hace incrementar el uso de la fuerza y el control de la información a través de la censura de los medios de comunicación propios y los de otros países. Además, durante estas tres décadas largas se ha encargado de “colonizar” el Sahara con marroquíes que puedan hacer de contrapeso en caso de que se vaya a una solución que pase por algún tipo de referéndum.

El Frente Polisario, ya sin el apoyo soviético, pero con las formas que había aprendido de este totalitarismo, y con Argelia aparentemente ajena al conflicto, ha anunciado una respuesta armada como única salida a la situación. Todo ello nos llevaría o a una guerra, para la que ya no dispone de los medios necesarios ni el apoyo internacional preciso, o a un incremento de la violencia terrorista que podría afectar a los intereses de las partes implicadas, pero que también podría restarle el escaso apoyo que posee en Occidente si se perjudicaran los intereses de éstos o se produjera un incremento de la presencia de Al Qaeda en la zona, algo que no sólo no es descartable sino bastante plausible.

La solución a corto o medio plazo no es fácil pues no hay una parte que tenga “el poder” y que pueda hoy por hoy, acabar con la otra de manera rápida y poco cruenta. La internacionalización de los conflictos y cierta moral “pacifista” que dominan actualmente simplemente lo impiden. No estoy haciendo un juicio moral ni estoy tomando partido por el bando más fuerte o el más débil, soy simplemente descriptivo.

¿Y si quiebra España?

La visión de la mayoría de analistas se resume del siguiente modo: el Fondo de rescate de 750.000 millones de euros, aprobado por Bruselas y el Fondo Monetario Internacional (FMI), puede soportar la caída de Grecia, Irlanda y Portugal, pero si la crisis de deuda aterriza en España no habrá suficiente dinero para salvarla, entre otros motivos, porque el Fondo tan sólo puede asistir a tres países al mismo tiempo para mantener su máximo rating (calidad crediticia).

Así pues, llegado el caso, se abriría un escenario completamente nuevo y desconocido dentro de la zona euro, cuyos efectos podrían ser dramáticos: ¿préstamos bilaterales?; ¿intervención directa del FMI?; ¿quitas y reestructuración de deuda dentro del euro?; ¿abandono o expulsión del euro?; ¿desintegración de la Eurozona en dos o más áreas? En esencia, incertidumbre y riesgo, términos que arengan la ya elevada desconfianza, por no decir pánico, de los inversores, tal y como se está observando en los últimos días.

Lo único cierto es que, tal y como advertimos hace tiempo, los Estados también quiebran. Y, aunque resulta imposible predecir con exactitud la sucesión de los hechos en una situación de tal calibre, existen ejemplos cercanos sobre los efectos devastadores que implica un default (suspensión de pagos) soberano. ¿Se acuerdan de Islandia? Fue el primer país en quebrar oficialmente tras el estallido de la crisis financiera internacional.

Sus problemas fueron similares a los que padece hoy Irlanda: sus tres grandes bancos –que representaban el 85% de sus sistema financiero– quebraron como resultado de un brutal descalce de plazos (origen de la crisis), ya que se endeudaron a muy corto plazo en el exterior (euros) e invirtieron a largo plazo (hipotecas); el Gobierno nacionalizó la banca para evitar su caída, pero su enorme peso (casi 10 veces el PIB nacional) acabó tumbando al propio Estado islandés, declarándose oficialmente en quiebra y solicitando asistencia al FMI.

Desde entonces, finales de 2008, la economía islandesa sigue en cuidados intensivos: su PIB se hundió casi un 7% en 2009 y un 3% en 2010; el PIB per capita (riqueza media de cada habitante) ha pasado de 53.100 dólares en 2008 a apenas 39.500 en 2010, un 25% menos, según datos oficiales del FMI; su tasa de paro ha escalado desde un inexistente 1,6% en 2008 hasta el 8,6% actual; su deuda pública desde el 71% del PIB hasta el 115% en los dos últimos años; la inflación acumula un aumento próximo al 40% desde enero de 2007; la renta disponible se desplomó un 20,3% sólo en 2009; el salario medio real (descontada la inflación) ha caído un 10,1% desde 2007; el 63% de los hipotecados poseen una vivienda cuyo valor de mercado es inferior a la deuda contraída con el banco; el 40% de los propietarios del país son "técnicamente insolventes" y, por tanto, no podrán devolver la hipoteca; su moneda (la corona) se ha devaluado un 60% desde julio de 2006…

¿Seguimos? Y eso, teniendo en cuenta que ha recibido ayuda exterior y su Gobierno sigue monotorizado por el FMI. De hecho, el pasado 14 de noviembre, una delegación de dicho organismo visitó la isla para supervisar la situación económica de Islandia. Según el comunicado oficial, el país aún tiene que acelerar la reestructuración de su abultada deuda (pública y privada) para salir de la crisis, con lo que aún queda recorrido para proclamar la ansiada recuperación.

Así pues, Islandia, uno de los países más ricos y con uno de los mayores niveles de calidad de vida del mundo hace apenas tres años, está aún inmersa en una profunda agonía económica y un acelerado empobrecimiento de su población, que apenas supera los 300.000 habitantes. Imagínense por un momento este mismo proceso en un país de más de 40 millones de personas. Otro ejemplo reciente sería, cómo no, el de Argentina, de todos conocido. La cuestión es que, independientemente de los derroteros que podría suponer la quiebra o rescate de España, así como su permanencia o no en el euro, escenarios todos ellos trágicos, la clave del asunto es que el Gobierno aún puede evitar la catástrofe si asume su responsabilidad haciendo las profundas reformas de liberalización económica que precisa el país, así como un histórico plan de recortes de gasto público e, incluso, impuestos, para reducir el déficit y evitar el precipicio. España se enfrenta a un punto de inflexión que bien podría determinar el futuro de toda una generación de españoles. Zapatero está cada vez más cerca de ver cumplida su gran aspiración política: la de pasar a los anales de la historia.

Se acabó

El Estado –incluyamos a las autonomías– tiene un déficit monstruoso y los activos de la banca están inflados y para más inri vencen a muy largo plazo. Nuestros acreedores, por consiguiente, han de refinanciarnos día a día miles de millones de euros con la esperanza, cada vez más ingenua, de que algún día les paguemos. Si nos cortan el chorro, y ya lo han hecho en alguna ocasión este año, sólo tenemos tres opciones: o suspender pagos, o lanzarnos a los brazos de Alemania o esperar que el Banco Central Europeo cree más euros para refinanciarnos.

Sea como fuere, el euro se debilita y los alemanes pierden. Ahora la cuestión –su cuestión– es cómo minimizar daños. Al cabo, diferir el momento del pago tiene sentido para los acreedores si piensan que de este modo verán incrementar sus opciones de recuperar su capital; en caso contrario se acabó lo que se daba. El problema de España es que su endeudamiento sigue creciendo, sus fundamentos económicos continúan empeorando y que, por tanto, a sus acreedores les toca cada vez una porción más diminuta de un pastel que se está encogiendo.

Sólo nos faltaba que la suspensión de pagos de Portugal –un país con una economía esclerotizada que sólo ha cerrado con un nimio superávit público del 0,04% uno de los últimos 25 años– se descuenta cada día como más segura por su incapacidad para reconducir su enorme déficit y, por tanto, de que sus bancos o empresas, que nos deben cerca de 90.000 millones, sobrevivan una vez los fríana impuestos y les impaguen sus tenencias de deuda pública.

En estas condiciones lo normal es que, por un lado, los de fuera dejen de destinar su capital a refinanciarnos nuestras deudas y, por otro, que los de dentro tratan de blindarse frente a la catástrofe sacando su capital fuera. ¿Qué nos queda? A estas alturas tal vez no mucho. El crédito, lo que necesitamos para no suspender pagos, se basa en la confianza (crédito viene del latín credere, creer) y Zapatero ha dilapidado cualquier confianza que pudiéramos merecer como país.

A mediados de año, los inversores nos dieron una segunda o tercera oportunidad para que contuviéramos nuestros gastos y mejoráramos nuestras perspectivas de crecimiento futuro y Zapatero se mofó en su cara. Pergeñó un recorte de gastos que enmendó según el diferencial con el bono alemán variaba y aprobó una reforma laboral que no modificaba nada y a la que los sindicatos se opusieron sólo para aparentar que era algo que realmente no era.

Ahora tocaría hacer bien lo que prometimos realizar en mayo. Pero Zapatero es preso de su propia ideología sectaria y de su descrédito internacional. Por el lado del gasto habría que meter mano a las autonomías (que en medio año se han endeudado más que en todo 2009 y que amenazan con convertirse en el gran lastre del déficit público durante este ejercicio) y a las pensiones, pero, aun con inminente riesgo de quiebra, tal propósito es imposible antes de las elecciones catalanas del domingo y muy improbable a partir de entonces. Por otro, con tal de tener esperanzas de volver a generar riqueza durante esta década, habría que liberalizar de verdad los mercados, especialmente el laboral –poner fin a la negociación colectiva, al salario mínimo, a los privilegios sindicales…–, mas, de nuevo, ya manifestó Zapatero que la salida de la crisis sería social o no sería.

Sin embargo, el problema esencial es que, como digo, todo esto sería un programa político para alguien que tuviera alguna credibilidad a la hora de aplicarlo. Zapatero ya no la tiene. Seis años mintiendo a los españoles, pasen. Seis meses mintiendo a los europeos serán nuestra tumba… o la suya.

25 años de ventanucos

El fecundo laboratorio Xerox PARC había mostrado el camino: los ordenadores debían adoptar la metáfora del escritorio, emplear un ratón y usar iconos y ventanas. Apple había sido el primero y Microsoft anunció que pronto lanzaría un entorno gráfico similar. Pero pasaron dos largos años hasta que en noviembre de 1985 presentó Windows 1.0. Fue la primera versión del producto más exitoso de la compañía y fracasó miserablemente.

No fue el único, todo hay que decirlo. Por aquel entonces varias empresas intentaron hacer lo mismo. Digital Research lanzó GEM, IBM sacó TopView y otras compañías lanzaron productos similares como Visi On o Desqview/X. Todos intentaban ser el entorno gráfico de referencia y ninguno lo fue, más que nada porque con los PC de entonces iban a pedales. Pero Microsoft perseveró, y a la tercera fue la vencida. Windows 3.0 no era más rápido que la versión original, pero los ordenadores en los que se ejecutaba sí. Habían cambiado mucho en cinco años.

Es difícil minusvalorar la importancia de Windows en la historia de la informática. Fue el principal responsable de extender la informática a todos los hogares de la clase media de los países desarrollados. Mis compañeros de profesión –los informáticos, no los periodistas– seguramente se lleven las manos a la cabeza ante esa afirmación, pero el mejor producto no es necesariamente el mejor hecho, el más rápido, el más fácil de usar. Es el que mejor responde a las necesidades de la gente. Y eso hizo Windows.

En realidad, ni siquiera Microsoft tenía mucha fe en que aquella fuera la vía. Mientras trabajaba en él mantenía una colaboración con IBM para desarrollar un nuevo sistema operativo, llamado OS/2, escrito desde cero, tecnológicamente mucho mejor que Windows… pero incompatible con el software creado para MS-DOS. No llegó a tirar del todo, pero hasta el sorprendente éxito de Windows 3.0 en 1990 –sorprendente sobre todo para Bill Gates y los suyos– Microsoft siguió colaborando con el invento.

Pese al empuje que han recibido las ventas de ordenadores Apple estos últimos años, lo cierto es que más del 90% de los ordenadores que se conectan a internet lo hacen con Windows. Ahora vivimos una época en que cada vez hacemos más cosas en la red y nuestro navegador parece tener más importancia que nuestro sistema operativo, porque tanto Windows como Mac OS X como Linux cubren las necesidades básicas de los usuarios. De hecho, es un grave problema para Microsoft, porque la mayoría de sus clientes están más que satisfechos con XP.

Windows ya no está en el candelabro, que diría aquella, pero es el producto informático más importante de este cuarto de siglo junto al navegador web. Aunque nos duela cada vez que sale la maldita pantalla azul.

¿Y ahora España?

Los políticos europeos siguen considerando inaceptable una quiebra soberana –que a buen seguro afectaría al valor de la moneda única– y continúan tapando agujeros con el dinero del contribuyente alemán (y en este caso también del inglés, cuyos gobernantes miran por sus propios bancos y por la libra).

Aprovechando la coyuntura, en los próximos días oiremos –ya hemos oído– insistentemente dos razonamientos por parte de los propagandistas habituales cuyas falacias o medias verdades conviene aclarar y refutar desde ahora mismo.

Por un lado escucharemos que la quiebra de Irlanda demuestra, una vez más, el fracaso del modelo neoliberal de impuestos bajos para estimular el desarrollo, de austeridad presupuestaria como remedio contra la crisis e incluso de tipos de cambio fijos como paradigma de internacionalismo monetario. No se crean ninguna de estas tres consignas.

Primero, el espectacular desarrollo de Irlanda gracias a los impuestos bajos sigue siendo tan irrefutable como fríos son los datos. Bajo cualquier estándar la burbuja inmobiliaria irlandesa y la hipertrofia de su sector financiero comenzaron en el s. XXI, justo cuando el Banco Central Europeo comenzó a inflar artificialmente la oferta de crédito barato con su política de bajos tipos de interés. Hasta entonces Irlanda había experimentado, en parte gracias a ese clima de impuestos moderados, un impresionante crecimiento: su renta per capita entre 1989 y 2000 se multiplicó por dos en términos reales (desde 17.000 euros a 34.000), en comparación con una renqueante España que merced a sus progresistas altos impuestos y a sus rigidísimas regulaciones de los mercados sólo logró aumentarla en un 30% (desde 10.000 a 13.000).

Por consiguiente, los bajos impuestos no fueron ni condición necesaria ni suficiente para la burbuja financiera: España ha sufrido la misma burbuja con impuestos mucho mayores (y a Suecia le sucedió lo propio a principios de los 90) e Irlanda no la padeció, con impuestos bajos, hasta que Frankfurt promovió la expansión artificial del crédito. El milagro irlandés sigue siendo tan milagroso como tenebrosas son las consecuencias del monopolio monetario de los bancos centrales.

Segundo, Irlanda no está peor, si no mejor, merced a los planes de austeridad. Otra cuestión es que, tomada la decisión de recapitalizar con fondos públicos a su banca, la situación de su sector público sólo podía orientarse hacia la quiebra.

Y tercero, los problemas de Irlanda no están relacionados esencialmente con el euro o los tipos de cambio fijos, sino con el envilecedor régimen de dinero fiduciario. Hay países fuera del euro que han sufrido expansiones crediticias mayores a las de Irlanda (Islandia, sin ir más lejos) y la actual situación de quiebra del tigre celta no se hubiese solucionado en nada de haber contado con una moneda propia.

Por consiguiente, la quiebra de Irlanda, lejos de ser un fracaso del libre mercado, lo es nuevamente del intervencionismo monetario que padecemos: un sistema que es capaz de multiplicar casi hasta el infinito la cantidad de crédito disponible sin amarrarlo a ninguna base real como el oro. El volumen de crédito depende de nuestra capacidad para prometer que cumpliremos con nuestras obligaciones, sea mucha, poca o ninguna nuestra liquidez o solvencia. Tal es el endiablado régimen monetario que hemos creado; y no, esto no se soluciona con más regulación sino ligando la oferta máxima de crédito a las disponibilidades de bienes presentes prestables.

Por otro lado, es previsible que durante estos días también oigamos recurrentemente desde el Gobierno y sus aledaños que España no es Irlanda (claro que Irlanda tampoco era Grecia y así ha terminado). Por desgracia, esta autocomplaciente afirmación es sólo una media verdad.

Es cierto que nuestro sistema financiero no ha alcanzado ni mucho menos un tamaño tan desproporcionado como el irlandés (el nuestro sólo es tres veces superior al PIB, frente a las 10 veces del irlandés). Pero, al mismo tiempo, nuestra economía también es mucho menos competitiva que la irlandesa: su déficit exterior en ningún momento de la burbuja financiera superó el 5% (nosotros llegamos al 10%) y su tasa de desempleo, incluso ante la quiebra de su economía, no ha superado el 14%.

Pero quizá la diferencia más notable sea que el Gobierno irlandés está dispuesto a hacer las reformas que la economía necesita –a falta de que su ciudadanía le deje y de que Bruselas no le imponga un plan de ajuste estrambótico como sería forzarle a subir el impuesto de sociedades–. Nosotros ni tenemos un Gobierno así ni es previsible que lo tengamos. Por consiguiente, aunque Irlanda se hunda, resurgirá de sus cenizas; es más, en cierto modo, tras toda una década de malas inversiones generalizadas en el ladrillo y la banca, el hundimiento puede ser la única purga que les permita recomponerse. En cambio nosotros seguimos arrastrando unas perspectivas de crecimiento pobres o nulas por culpa de una clase política que se empeña en que no se reajuste nada en nuestro sector productivo.

Nuestra perspectiva sería la de estancamiento y lento declinar como Japón, pero exhibimos una diferencia notable: padecemos un déficit anual de en torno al 10% del PIB que sin reestructurarnos tendremos muy difícil recortar. No somos Irlanda en lo malo, pero tampoco en lo bueno. Ellos van a ser rescatados hoy. Veremos si mañana existe voluntad y capacidad para rescatarnos desde Bruselas, porque desde luego ni Zapatero ni Rajoy parecen decididos a ahorrarles ese coste a los alemanes y, por supuesto, a los españoles.

Occidente se queda atrás

China padecía el yugo destructivo de Mao, India estaba cerrada al mercado, y Brasil se encontraba sometido a una junta militar. No por más tiempo.

Hoy las naciones en desarrollo que suman 3.000 millones de personas tienen un crecimiento económico superior al 8% anual, mientras Occidente a duras penas registra tasas positivas. La Unión Europea y Japón están en relativo declive, con asfixiantes Estados de Bienestar y una población cada vez más envejecida. Estados Unidos no está en una situación tan precaria, pero a largo plazo su protagonismo es menguante. Mientras tanto, China sustituye a Japón como segunda potencia mundial, Brasil a España como octava potencia, e India está a las puertas del top 10.

En 2008 China producía más acero que Estados Unidos, la Unión Europea y Japón juntos. Quizás más sorprendente es que en 2009 China fue también, de lejos, el mayor fabricante de coches del mundo: 13,8 millones de unidades, más del doble que Japón. Brasil y Corea del Sur ocuparon la quinta y la sexta posición. De 2000 a 2009 la producción de automóviles se triplicó en India. En contraste, en Europa abundan fábricas con baja productividad que no operan a plena capacidad pero no pueden cerrarse por razones políticas.

Este dato ilustra que los países en desarrollo son cada vez más competitivos en sectores antes concentrados en los países ricos, y que la única forma que tiene Occidente de seguirles a la zaga es aligerando la losa del Estado y permitiendo que la economía se reestructure y se especialice en aquellos sectores donde tiene una ventaja comparativa: finanzas, investigación y desarrollo, alta tecnología, diseño, arte, entretenimiento, educación.

Pero a veces la preservación despierta más simpatía que la transformación, sobre todo por parte de los grupos de interés establecidos que tienen mucho que perder con el cambio, con el dinamismo y la competencia. Así las cosas, por ejemplo, una reciente directiva de la Unión Europea corre el riesgo de herir de muerte la capitalidad mundial de la City de Londres en el ámbito de las finanzas.

Las nuevas regulaciones que se aplicarán a los fondos de inversión incluyen normas contra la "liquidación de activos", que limitarán la venta de activos inmediatamente después de la compra, restricciones en las remuneraciones, y un costoso registro para los fondos que quieran operar en la Unión Europea. Esta directiva se suma a otras medidas contraproducentes del Gobierno inglés (límites sobre los bonuses, tasa sobre los beneficios de los bancos, aumento del tope marginal máximo del impuesto sobre la renta) que restan competitividad a Londres a favor de centros financieros de Asia, como Hong Kong o Singapur.

Los fondos de inversión no han contribuido a la generación de la crisis (la mayoría no estaban apalancados y ninguno ha tenido que ser rescatado), pero sí juegan un papel importante en la recuperación. ¿Qué hace el Gobierno de Bruselas? Ahuyentarlos. El éxodo es por ahora anecdótico: varias aseguradoras (Kiln, Hiscox, Beazley, Brit) y hedge funds (Blue Crest, Brevan Howard, Moore Capital). Pero el daño irreparable puede sentirse a largo plazo.

Quizás consuele que la relativa decadencia de Occidente no implique un deterioro de las condiciones de vida de su población en términos absolutos. Gracias a la globalización, las innovaciones locales devienen globales, de modo que los occidentales también nos beneficiaremos del progreso asiático aunque no estemos por delante de ellos. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de promover la máxima prosperidad para todos, no de que unos queden más arriba en el ranking que otros. Al mismo tiempo, si Occidente se queda atrás es porque navega con demasiado peso, y también beneficiaría a todos que aligerara la bodega. Puede que la competencia nacionalista sea ventajosa después de todo: la constatación de que otros te avanzan quizás sea el único acicate de los Gobiernos occidentales para enderezar el rumbo.

Sea como fuere, ya lo dijo el célebre inversor americano Jim Rogers: "Alguien espabilado en 1807 iría a vivir a Londres, en 1907 se desplazaría a Nueva York, y en 2007 se trasladaría a Asia". Jim Rogers vive hoy con su familia en Singapur.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

Bruselas quiere engordar aún más a nuestra costa

En apenas dos años y medio Keynes ha resucitado y ha vuelto a morir. Ahora la mayoría de los países se afanan en convencer a los mercados de que están decididos a equilibrar el presupuesto en unos pocos años y de que dejarán a un lado los planes de despilfarro.

Hasta ahora la Unión Europea parecía inmune a este debate y tanto la Comisión como el Parlamento estaban empeñados en incrementar en un 6,19% el presupuesto europeo del año próximo. Y si no es por la victoria de David Cameron en el Reino Unido posiblemente el europresupuesto hubiese crecido en ese monto sin apenas oposición. Sin embargo, desde finales de septiembre el ministro de negocios e innovación del Reino Unido, Vince Cable, ha estado criticando que la Unión quede al margen de los recortes.

La Comisión Europea, con Barroso a la cabeza, reaccionó a las críticas del Gobierno británico proponiéndole a los Ejecutivos de los Estados miembros una propuesta que pensaban que jamás rechazarían: reducir su aportación al presupuesto comunitario a cambio de permitir que la UE pueda, a partir de 2014, imponer tributos directamente a los ciudadanos europeos. En la actualidad casi el 90% de los fondos de la Unión provienen de aportaciones de los Estados miembros y tanto la Comisión como el Parlamento Europeo creyeron ver en la crisis presupuestaria de muchos países una oportunidad para "independizarse". Por eso Barroso se apresuró a emitir una propuesta en la que explica el tipo de impuestos que podría establecer a escala europea después de 2013, todos ellos muy de moda. Destacan en ese creativo documento la implantación de un impuesto sobre el transporte aéreo, una cuota sobre un nuevo impuesto energético europeo, la recolección de beneficios de la subasta de derechos de emisión de CO2, la implantación de un impuesto sobre las actividades financieras, el establecimiento de un IVA europeo o la introducción de un impuesto sobre la renta a nivel de toda Europa.

Afortunadamente, y contra todo pronóstico, las críticas de Cameron y sus ministros encontraron eco en Angela Merkel, quien a comienzos de este mes rechazó de plano el establecimiento de un impuesto europeo. Cameron aprovechó la posición de la canciller alemana y su enfrentamiento con las instituciones europeas para proponer en la pasada cumbre europea que en vez de crecer un 6,19%, el presupuesto de la Unión aumentara un 2,91%. El primer ministro británico recibió inmediatamente el apoyo de los gobiernos de Alemania, Holanda, Suecia, Finlandia, Dinamarca, República Checa, Francia, Austria, Eslovenia y Estonia. Los cinco primero países están además claramente en contra del establecimiento de los nuevos impuestos europeos.

Estas dos disputas sobre el incremento del presupuesto europeo y sobre el establecimiento de impuestos paneuropeos han provocado que por ahora el presupuesto de la UE para 2011, que por primera vez se negocia de acuerdo con las reglas del Tratado de Lisboa (que establece el acuerdo en igualdad de condiciones entre los Estados miembros y el Parlamento Europeo), quede bloqueado. En el fondo lo que está en juego no es tanto si las instituciones de la Unión Europea deben gastar 126.000 millones o 268.000 millones más (que también), sino si el proyecto europeo sigue siendo controlado a través de su financiación por los Estados miembros o no. Bruselas ya ha demostrado que incluso con presupuestos moderados es capaz de dañar enormemente la competitividad y la libertad de mercado a través de una gigantesca maraña de directivas intervencionistas. Si además se le otorga la capacidad de crecer a su antojo gracias a estos nuevos impuestos europeos, el estatismo europeo se expandirá aún más rápido y de manera imparable.

Las claves del G-20 en Seúl

Los principales líderes políticos del planeta se reunirán en la próxima cumbre del G-20 para intentar poner fin a una guerra de divisas que, poco a poco, se está materializando en una escalada de intervenciones monetarias y proteccionistas cada vez mayor. La situación actual recuerda mucho a un escenario de preguerra, en el que los distintos agentes implicados lanzan amenazas y advertencias, al tiempo que negocian alianzas para combatir a un enemigo común.

El dólar ocupa el epicentro de esta particular batalla. La hegemonía del billete verde, la divisa de reserva internacional por excelencia, lleva siendo cuestionada de un modo creciente desde el inicio mismo de la crisis financiera. La política monetaria de Estados Unidos tan sólo ha aumentado dichas tensiones, ya que persigue envilecer aún más el valor del dólar con el fin de impulsar las exportaciones, monetizar la mala deuda (pública y privada) y generar inflación. Una estrategia que, sin duda, perjudica a sus acreedores y a los países con superávit comercial, como es el caso de China, Alemania y los llamados "emergentes".

No obstante, las críticas a la nueva ronda expansiva de Bernanke han sido insólitamente duras y explícitas por parte de las autoridades europeas y asiáticas. Las grandes potencias esperan poder rebajar esta tensión alcanzando algún tipo de acuerdo durante las sesiones de trabajo que tendrán lugar en Seúl. En esencia, todo gira en torno a un mismo y trascendental punto: la reforma del sistema monetario internacional y, por tanto, la sustitución del dólar como moneda mundial de referencia. Ni más ni menos. Gobiernos y autoridades monetarias llevan discutiendo este asunto a puerta cerrada desde 2008 y, sin duda, volverá a centrar el debate en Seúl.

De ahí, precisamente, la nueva propuesta del Banco Mundial, consistente en establecer una especie de tipos de cambio fijos anclados (con un margen de fluctuaciones) a una cesta de divisas, materias primas e, incluso, oro. No se trata de una mera ocurrencia. China, Rusia, Brasil, India, la ONU y hasta el propio Fondo Monetario Internacional (FMI) han avanzado reformas monetarias similares a lo largo de los últimos meses. De hecho, incluso el secretario del Tesoro de EEUU, tras sufrir un lapsus, llegó a admitir en público la posibilidad de establecer una nueva moneda mundial en sustitución del dólar. Es decir, el G-20 estudia un nuevo Bretton Woods.

¿Problema? Ninguna moneda fiduciaria mundial solventará las graves deficiencias que padece el actual sistema monetario. Y es que, la única solución pasa por restaurar el clásico patrón oro –puro y duro, sin ambages–. Sólo así la economía internacional logrará desarrollarse en el futuro sobre cimientos sólidos. Y es que si falla la base (dinero fiduciario), tarde o temprano, el resto del edificio se derrumbará.

Dicho esto, el acuerdo no sólo no es sencillo, sino poco probable. Washington sería el primer y principal perjudicado, ya que perdería su gran privilegio de imprimir papel moneda de curso legal a nivel mundial, con todas las ventajas que ello conlleva. Por ello, Estados Unidos insistirá en su propuesta de establecer límites máximos (4% del PIB) en los desequilibrios comerciales (superávit y déficit) de los distintos países. Sin embargo, Alemania y China ya han rechazado esta opción.

Ante tales divergencias, resultará difícil alcanzar un acuerdo sobre esta materia. Y es aquí, precisamente, donde surge el gran dilema. ¿Qué pasará si la guerra de divisas continúa? La devaluación artificial de monedas es una estrategia de corto recorrido y, tras ella, se esconde la mayor amenaza para la economía mundial: el proteccionismo y la desglobalización. El Gobierno de Estados Unidos ya tiene preparado todo un arsenal proteccionista contra China ante tal eventualidad; China, por su parte, está restringiendo la exportación de las denominadas "tierras raras", la materia prima de las tecnologías más avanzadas; mientras, Bruselas estudia una nueva legislación que permita a Europa adoptar represalias contra sus socios comerciales, incluidos los países emergentes, que no abran sus mercados públicos a las compañías europeas; los emergentes, a su vez, apuestan por aplicar barreras de entrada a los capitales foráneos… y así, sucesivamente.

Seúl es, pues, una cita clave para el futuro de la economía mundial. Puede suponer un freno a las actuales tensiones comerciales o, por el contrario, la espita que, finalmente, haga saltar por los aires el constante proceso de apertura, liberalización y desarrollo internacional propio de la globalización económica.

¿Algo se mueve?

Hicieran lo que hicieran, que generalmente era o malo o nada, los políticos siempre hablaban en el mismo sentido: había que proteger a los autores, esto de la piratería estaba muy mal, había que tomar medidas, etc.

Pero esta última semana parecen haber cambiado las tornas. David Cameron fue el primero en disparar, anunciando que el próximo año se revisará la legislación sobre derechos de autor. Al parecer, el premier británico quedó impresionado por una conversación con los fundadores de Google en la que éstos aseguraron que, de haberse regido por las leyes británicas, nunca podrían haber creado el buscador. La razón: las leyes de propiedad intelectual en el Reino Unido son muy estrictas, y los casos de "uso legítimo" muy limitados.

Lo más probable es que tras la revisión las leyes sean más parecidas a las de otros países, respetando la posibilidad de citar o hacer parodias sin enfrentarte a una demanda por violación de derechos de autor. Pero el cambio de tendencia sí es significativo. Cameron sigue escuchando a los lobbys, mas no sólo a los de siempre.

El bombazo, no obstante, venía de Bruselas. La vicepresidente de la Comisión Europea y responsable de esa cosa pomposa llamada Agenda Digital, Neelie Kroes, aseguró que el "copyright no es un fin en sí mismo" sino un medio para incentivar la creación y que deja la capacidad de decisión en manos de intermediarios, impidiendo en muchos casos al público acceder a las obras artísticas y dejando "un vacío que es cubierto por contenidos ilegales". Incluso rechazó "enmarcar el debate sobre los derechos de autor en términos moralistas satanizando a millones de ciudadanos".

¿Se traducirán estas opiniones en medidas concretas? Pues previsiblemente no, al menos a corto plazo. Pero parecen indicar que los lobbys culturetas ya no lo tendrán tan fácil en Europa y deberán remar contracorriente.

¿En toda Europa? No. Aquí, naturalmente, la ley Sinde que permite a la administración cerrar sitios web a las órdenes de las esgaes sigue su curso y será aprobada con los votos de PSOE, PNV y CC. Volveremos a llegar tarde, naturalmente.