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Adiós, Obama

De ellas, una no debiera pasarnos por alto, y es que los estadounidenses han rechazado la política de Obama. El resultado tiene algo de profecía autocumplida, pues Obama, con Harry Reid y Nancy Pelosi en el Senado y la Cámara de Representantes, impulsó un cambio político acelerado en un sistema político poco proclive a los golpes de timón. Todo porque temía que lo que no consiguiese en los dos primeros años le sería complicado colocárselo al Congreso en los dos siguientes. Pero esa prisa ha precipitado, precisamente, esa derrota.

Han cambiado de signo 60 escaños de Representantes. ¿Son muchos o pocos? La media de los trasvases está en la veintena. Afinando un poco más, un politólogo ha creado un modelo para apreciar qué trasvase de escaños es previsible, en función del tipo de elección que sea (en este caso unas elecciones de mitad de mandato de primera legislatura), la ventaja del partido mayoritario (ya que cuanto mayor sea, más fácil es que pierda escaños) y la evolución económica (medida con la marcha de los ingresos semanales). Con esos datos en la mano, lo previsible es que los demócratas perdiesen 45 representantes, que pasarían a manos republicanas. Sí, ha sido una victoria histórica del Grand Old Party.

Nada más tomar posesión llegué a la convicción de que Obama no iba a ganar en 2012, y sigo aferrado a esa idea, ahora más que nunca. Y eso que en los últimos 100 años, siempre que un presidente ha perdido el Congreso a los dos años de estrenarse ha salido reelegido. El último, por cierto, Bill Clinton, después del vuelco electoral liderado por Newt Gingrich con el "Contrato con América" de 1994 y que quedó en nada dos años más tarde, lo que debe hacer pensar a los republicanos sobre qué errores cometieron entonces y no deben repetir. Según el propio Gingrich se resumen en prometer mucho y cumplir poco. Así funciona la democracia estadounidense.

Las perspectivas para los demócratas son francamente malas. En estos dos años, Obama no va a poder sacar adelante su programa, con una Casa en su contra y con el Senado con una mayoría tan exigua. Es más, los votantes han hablado contra el gasto y el déficit excesivo, y 23 senadores demócratas que se juegan su puesto en 2012 lo habrán de tener en cuenta si quieren seguir. Más a largo plazo, los republicanos han ganado 9 estados y controlan 29. El año que viene los estados tendrán que rehacer los distritos electorales, cuando tengan los datos del censo, que se renueva decenalmente. Y cada estado lo hace a mayor beneficio de su propio partido.

Hay cambios más profundos y preocupantes para los demócratas, como que las mujeres, los independientes, los católicos y los suburbios se están decantando por el partido rojo. Obama, con ese gusto de la izquierda por crear nuevas Pyongyang, ha fomentado la concentración en grandes urbes sometidas al diseño de planificadores urbanos. Pero los estadounidenses prefieren vivir en los suburbios, en casas con jardín antes de en pisos en grandes urbes. Ahí es donde está el sustrato social del Tea Party, donde se tiene más apego a los valores tradicionales, junto con quienes viven en el campo.

Pero aquí hay lecciones para todos. También para el Tea Party, que ha obtenido un resonante éxito en estas elecciones, pero que también se ha llevado unos cuantos reveses. Su discurso le ha permitido llevar al Partido Republicano a muchos votantes que se habrían quedado en casa. Pero las ideas no son suficientes; tienen que defenderlas candidatos solventes. Y toda la frescura y la espontaneidad del movimiento Tea Party ha llevado al apoyo a candidatos francamente malos, como Christine O’Donnell, Sharron Angle o Ken Buck.

Bien es cierto que no es fácil encontrar nuevos Ronald Reagan. Pero estas elecciones han llevado al Senado a Rand Paul, hijo del congresista Ron Paul, el más identificado con el Tea Party (se siente más parte del movimiento que del aparato republicano) de los nuevos senadores del GOP. No tiene la capacidad de comunicar del ex presidente, pero al menos sí tiene buenas ideas que compartir. Va a proponer una enmienda a la Constitución que obligaría a que el presupuesto no incurriese en déficit. Y propondrá que se les dé a los legisladores un día por cada 20 páginas que tengan las nuevas leyes propuestas. No es una tontería. La mayoría de las leyes que se votan, incluso las más importantes, no las leen por falta material de tiempo.

Se acabó el Obama que conocíamos. No creo que él acabe de entender lo que ha pasado. Y no creo que un hombre brillante, pero que no ha cumplido ni una legislatura en el Senado, tenga la capacidad de manejarse políticamente en un contexto complicado, como es el que le espera en los dos próximos años. Ya tiene título para su próximo libro, publicado en 2013: Yes, we could.

De la locura antieconómica a la derrota política

Para quienes Obama es algo así como el Mesías redivivo, el ejecutor de la magna obra de convertir a los Estados Unidos en una democracia "de verdad" equiparable a los megaestados europeos, el barrido republicano en las elecciones estadounidenses sólo cabe atribuirlo a la fatalidad. Es imposible que el socialdemócrata e ilustrado Obama haya salido derrotado por deméritos propios frente a una panda de reaccionarios ultraconservadores y algún pirado libertario; la responsabilidad, cómo no, la tiene el agitprop del Tea Party, la subversiva propaganda republicana y, sobre todo, una recuperación económica que no llega pese a los denodados esfuerzos del presidente.

Obama, argumenta el discurso canónico, ha tenido la desgracia de estar gobernando en medio de la mayor crisis de los últimos 80 años y los ciudadanos, cortoplacistas por excelencia, no han sido capaces de valorar las sensatas políticas de los demócratas destinadas a pavimentar la recuperación. El ciudadano estadounidense ha sucumbido a los cantos de sirena del extremismo –como en los años 30 sucumbió Alemania– por una depresión que, en última instancia, es achacable a Bush y al neoliberalismo reaganiano.

Pero lo cierto es que Obama probablemente jamás hubiese resultado elegido de no ser por esa grave crisis económica que ahora deplora electoralmente, y ni mucho menos hubiese sido capaz de aprobar toda su sectaria legislación intervencionista sin el impacto psicológico que tuvo la caída de Wall Street. Ni multimillonarios planes de des-estímulo, ni nacionalizaciones encubiertas como rescates a la industria automovilística, ni socialización sanitaria, ni nueva y mala regulación de los mercados financieros. Todas estas patadas al sentido común económico fueron posibles sólo por los poderes excepcionales que hace dos años los estadounidenses le entregaron embriagados a su dictator (¿se me permitirá criticar, como ahora hacen los demócratas, el cortoplacismo y la catástrofe política que supuso la unción absolutista de Obama por parte del pueblo americano?).

Obama y su equipo lo comprendieron rápidamente. La crisis era una oportunidad única para hacer avanzar la secular agenda liberticida de la izquierda. El cesado Rahm Emanuel –antiguo jefe de Gabinete de Obama– lo resumió a la perfección: "Nunca has de dejar pasar una crisis sin haberte aprovechado antes de ella". En ese sentido, nadie podrá negar que el progresismo estadounidense ha sacado una enorme tajada ideológica de esta crisis, llevando al Estado al borde de la omnipotencia económica; pero, a renglón seguido, habrá que reconocer que esa megalomanía izquierdista de liquidar el modelo político, económico y social del país no ha beneficiado en nada a unos ciudadanos cuyas perspectivas sólo han ido decayendo desde la ascensión obamita en medio de un persistente desempleo y de una marabunta de deuda. En su éxito han encontrado las semillas de su propio fracaso.

Si la implosión en menos de dos años de todo su equipo económico no acreditara el rotundo fiasco de su desempeño, la huida hacia adelante pidiendo más gasto y más déficit para salir del atolladero en el que ese gasto y ese déficit nos han atascado debería ser lo suficientemente ilustrativo. Porque onanismos ucrónicos al margen, Obama aprobó su mastodóntico programa de des-estímulo prometiendo una reducción drástica del desempleo que no se ha visto por ningún lado: según las propias proyecciones demócratas que sirvieron para justificar su particular Plan E, hoy la tasa de paro debería estar en el 7% y no en el 9,6%, cifra incluso por encima del apocalíptico escenario que pintaban los demócratas para el caso de que no pudieran tirar a la basura 700.000 millones de dólares (más de la mitad del PIB español, ahí es nada).

Tan absurdo es afirmar que Obama no tiene ninguna responsabilidad en esta derrota, que todo es la inexorable consecuencia de una población que no entiende sus audaces políticas anticrisis, como lo sería afirmar en España que Zapatero tampoco tiene ninguna responsabilidad en una eventual debacle socialista. La crisis perdura no a pesar de Obama, sino como consecuencia de su desnortada, manirrota y distorsionadora gestión. Y es que no siendo el keynesianismo del que ambos gobernantes han hecho gala más que pura superstición ideologizada en bancarrota, es plausible y deseable que la población se rebele contra su política antieconómica. Cierto es que habría sido más plausible y deseable que nunca los hubiese colocado más allá de la presidencia de una comunidad de vecinos, pero en la capacidad de reacción y corrección de sus propios errores también se nota el temple de los pueblos.

"Mi nombre no está en las papeletas, pero mi mensaje sí lo está", se atrevió a afirmar ayer el iluminado de la Casa Blanca. Ojalá tenga razón y sea cierto que los estadounidenses –tan proclives siempre, como cualquier otra nación, a caer en las garras del populismo keynesiano-rooseveltiano– han aprendido una valiosa lección para al menos una generación: el Gran Gobierno no es la solución a ningún problema. De momento, el bloqueo de ambas Cámaras nos asegura que no habrá más planes de des-estímulo hasta el final de la legislatura ni previsiblemente un mayor crecimiento del Estado. Habrá que ver si este no empeoramiento de las cosas basta para limpiar todos los escombros que Obama se ha dedicado a apilar durante estos dos años; al fin y al cabo, la factura de sus destrozos todavía está pendiente de pago.

La econoficción de Occidente

Recientemente Brad DeLong (un tipo bastante célebre entre economistas del mainstream) afirmo que la economía, o teoría económica, es una ficción, una bufonada:

"Uno de los vergonzosos y sucios secretos de la economía es que no hay tal cosa como la teoría económica propiamente dicha.

¿Cuáles son las conclusiones ‘correctas’? […] Hay dos. Un tipo decide, por razones no económicas y no científicas […] El otro enseña lecciones y propone principios que serán de utilidad a los votantes, burócratas y los políticos en su intento de guiar nuestra civilización".

Ambas conclusiones parecen las opciones de un tirano más que las de un economista. ¿Y qué es la teoría económica para DeLong? Un juego de intereses entre amigos (economistas y políticos; políticos y lobbies…). De aquí habrá salido el término anglosajón que define la forma de hacer política económica: crony capitalism (capitalismo de amigotes). Antes llamado capitalismo corporativo, de Estado, economía del fascismo o simplemente "neoliberalismo". Nada de eso tiene que ver con el liberalismo que se basa en la total libertad económica y civil.

Los comentarios de DeLong, sin embargo, pueden tener una lectura acertada. DeLong, en realidad y sin darse cuenta, ha descrito la prostitución occidental de todo. Por ejemplo, Aristóteles afirmó que las mayores características del político eran la honradez y la virtud. Para nosotros la política es la prostitución de cualquier idea y la asociamos a la corrupción. Lo mismo le ha ocurrido a la economía. Si Carl Menger levantara la cabeza y viera que la economía ha dejado de ser el pilar de una ciencia social para convertirse en la máxima expresión de populismo y compra de votos, no se llevaría menor decepción que Aristóteles.

Fíjense en Zapatero. Esta misma semana ha dicho que el país ha mejorado desde que gobierna. Sí, sí, tal cual. Celebra que la tasa de desempleo haya bajado del 20% en el tercer trimestre cuando tal logro se ha debido íntegramente al aumento de los asalariados públicos. Desde 2007, los trabajadores del Gobierno han crecido en 300.000 personas y la economía privada ha perdido 1,7 millones. Según Eurostat, hasta septiembre España era el país con mayor número de desempleados de Europa.

La econoficción de los Gobiernos occidentales proclama, por ejemplo, que los subsidios de desempleo ayudan al trabajador hasta que encuentra un nuevo empleo y que esto no dilata el periodo para acceder a un nuevo trabajo. Es absurdo. El subsidio de desempleo es una subvención. No tiene nada que ver con un seguro. Cuando un Gobierno da una subvención al ejercicio de una actividad, ésta crece a costa del dinero del ciudadano. Es dinero gratis para quien percibe la renta o la dotación. Si el Estado subsidia el desempleo, quiere decir que lo subvenciona. Si lo subvenciona, quiere decir que lo impulsa. A mayores subsidios de desempleo estatal en dinero y/o tiempo, mayor paro. España vive en una eterna cultura del paro gracias a la "generosidad" del Gobierno. Europa, ahora Estados Unidos, y muy especialmente nuestro país, se han convertido en yonkis del rentismo estatal. El ciudadano es tan dependiente del Estado como el drogadicto de su camello.

DeLong tiene razón al afirmar que la economía es una bufonada, pero sólo cuando la toma el Estado bajo su responsabilidad. Pierde sus pilares científicos para convertirse en un juego de intereses. Se inventa teorías y leyes surrealistas cuadrando números imposibles con la única finalidad de conseguir más dinero y poder. En realidad, no es el dinero lo que el Gobierno ansía, éste es un medio para un fin mayor: el Poder y el control. A más Gobierno, mayor Estado policial económico y civil.

Esto contrasta con la visión del ciudadano corriente. Que el Gobierno haga trampas, prometa cosas que después no hará o se dedique a regalar dinero sacando el doble de recursos de los impuestos es como hacer trampas al solitario. No es así. El Estado no es un teórico, ni representa los intereses de la gente. El Gobierno se ha convertido en tal monstruo corporativo que sólo representa sus intereses particulares. Su existencia sólo se explica para mantener sus excesos. Su único objetivo es crecer. El Estado Omnipotente se ha convertido en una empresa con la potestad de usar la fuerza contra sus súbditos. Es como la mafia, pero en legal.

DeLong es un economista pésimo, como su maestro Keynes. Pero ambos han demostrado ser unos teóricos políticos extraordinarios. Lo gracioso es que Keynes usó la política populista para inventar su modelo económico, y ahora, DeLong, afirma que eso mismo es un fraude.

La economía, bien dibujada como lo hace la Escuela Austriaca, es ciencia. La politización de la economía inventada por Keynes y desenmascarada por DeLong no es más que más que una ópera bufa. Sin darse cuenta, DeLong ha descubierto la doctrina de la Public Choice.

Asfixiante anatocismo

Eso de que los intereses generen intereses, de que nuestra riqueza sea capaz de generar una renta con la que podamos crear nuevas fuentes de riqueza productoras de renta, es lo que ha permitido que los seres humanos hayamos dejado de recolectar frutas de los árboles para dominar la tierra, el mar, el aire y, en un futuro, el universo.

Sin embargo, el mismo principio que lleva al ahorrador individual a enriquecerse multiplicando su capital, también conduce al despilfarrador a la bancarrota dividiendo sus pertenencias. Si en lugar de convertir nuestros ahorros en patrimonio productivo dilapidamos nuestro patrimonio productivo para estirar un poco más nuestro insostenible consumo, estaremos viviendo unos años por encima de nuestras posibilidades para pasar a malvivir durante décadas muy por debajo. Porque lo peor de talar el árbol que nos da sustento con sus frutos no es que la leña que gastemos hoy no la podremos emplear mañana, sino que al cortar el árbol nos quedaremos sin todos sus frutos futuros.

El anatocismo –pagar intereses por los intereses pendientes de pago– no es más que eso: una progresiva tala de todos los recursos productivos de una economía. Robert Kiyosaki lo llamó la carrera de la rata: en lugar de poner el dinero a trabajar por nosotros, nos ponemos nosotros a trabajar por el dinero. Es lo que tiene querer vivir como un rico sin serlo: que en lugar de ahorrar para invertir y disfrutar de las rentas, nos endeudamos para consumir y ser aplastados por los intereses.

Zapatero ha convertido a todos los españoles en ratas que no pueden dejar de dar vueltas en la rueda de su deuda. En 2011 los intereses de los bonos del Tesoro español ascenderán a 27.500 millones de euros, el 2,5% del PIB. "Poca cosa", pensará alguno, "todavía nos quedan cientos de miles de millones de los que ir tirando. Bueno, quizá cambiemos de perspectiva si decimos que esa cantidad equivale al 23% de todos los ingresos tributarios del Estado central para 2011 y a casi el 20% de todos los impuestos que recaudaron el conjunto de las Administraciones Públicas el año pasado. Es decir, un quinto de todos los impuestos que ya estamos pagando van directos a cubrir la irresponsabilidad socialista de nuestros gobernantes.

¿Le sigue pareciendo poco? Pues espere unos años. Porque el anatocismo es lo que tiene: mientras no eliminemos el déficit público –y nadie sensato prevé que vaya a desaparecer en el próximo lustro– seguiremos pagando estos asfixiantes intereses mediante la emisión de nueva deuda. Intereses generan intereses, y mayores impuestos presentes cercenan nuestra riqueza futura. Lástima que nuestros políticos no hayan entendido ni el poder explosivo de la capitalización del ahorro –de los presupuestos austeros y de los impuestos bajos– ni el poder destructivo del anatocismo de la deuda –de los presupuestos descuadrados y de los impuestos confiscatorios. O quizá sí lo hayan entendido y les dé igual; los intereses de los intereses de sus juergas los pagamos nosotros, no ellos. ¿Para qué apretarse el cinturón?

Mentiras sobre el Tea Party

Este movimiento social va camino de determinar la forma en la que Obama pierde el control de la Cámara de Representantes de EEUU y podría incluso quitarle el dominio del Senado si en los Midterms logran movilizar a sus seguidores en los estados clave.

En España, El Mundo y El País no dejan de tergiversar y retorcer su imagen. Los corresponsales de estos diarios en EEUU nos cuentan toda clase de extrañas anécdotas intentando que el público español tome la opinión de algún seguidor desnortado por la esencia del movimiento. El truco es burdo y simple porque en un movimiento que posee más seguidores que habitantes tiene España siempre puede uno encontrar casos de personas para echar a comer a parte.

Un buen ejemplo de esto es el artículo ¿Qué es el Tea Party?, firmado por Ricard González en El Mundo (y eso que González no suele ser el más escorado de los corresponsales de este diario en EEUU). Cuando habla sobre la "ideología" de este movimiento nos dice que "es un elemento de disputa entre los analistas políticos qué etiqueta utilizar para definir este movimiento" aunque él no tiene el menor reparo en contarnos que "algunos lo catalogan de ‘extrema derecha’, otros de ‘ultraconservador’". Claro que otros muchos analistas lo catalogan de centro-derecha, otros de liberal y hay incluso quienes piensan que es una alianza que trasciende las ideologías. De hecho, las organizaciones que integran el Tea Party Movement no se reconocerían en el ultraestrecho abanico en el que los sitúa este periodista. Pero eso no importa. Lo único importante es endilgarle a este enorme fenómeno surgido libremente de la sociedad civil unos adjetivos con los que se les rechace sin siquiera analizarlos.

De hecho, si la cuestión es contar experiencias personales yo puedo contar la mía. He estado en algún mitin del Tea Party y me pareció asombrosa la cantidad y la variedad de personas con las que me encontré; tanto en lo que se refiere a ideas, a edades y a color de piel (por mucho que se empeñen aquí en acusarles de racistas, algo de lo que, por cierto, ellos se ríen). Entre el público me encontré con personas que suelen votar al Partido Demócrata y que reconocían no compartir muchas de las ideas de los presentes pero no les importaba porque saben que el movimiento es amplio y que en lo que están de acuerdo es en lo esencial, que es lo que están exigiendo a los políticos. En el resto, cada uno a lo suyo. También he tenido la oportunidad de cenar con algunos de los fundadores del movimiento y sinceramente me parecieron personas bastante equilibradas, a kilómetros de distancia de lo que nos describen en los dos diarios españoles de mayor tirada. Claro que yo no pretendo que los más de 50 millones de personas que componen este movimiento sean como las que yo he conocido. Faltaría más.

Más interesante aún fue escuchar a los mitineros, que no pedían el voto para ningún partido en concreto sino para aquellos políticos que se comprometan a defender las propuestas del movimiento. Estamos ante una significativa porción de la sociedad estadounidense que se ha cansado de dar su sufragio para que los políticos hagan lo que les dé la gana hasta las siguientes elecciones. Ahora son los ciudadanos los que dicen lo que quieren y sólo votan a un político si se compromete formalmente a seguir esos puntos.

Y es que el Tea Party tiene unos principios claros que todo el mundo puede consultar, no hace falta adivinarlos. Basta con visitar Wikipedia, la web Contract From America o el sitio de la organización Tea Party Patriots para enterarse de los principios y medidas que proponen.

Los principios son tres, con lo que no hay que comerse el coco para aprendérselos: responsabilidad fiscal, mercados libres y gobierno limitado (a las competencias que se establecieron de manera expresa en la Constitución). Los puntos del contrato con los políticos son sólo diez, fundamentados en los tres principios anteriores: defender la constitucionalidad estricta de cada ley, rechazar el Cap & Trade (racionamiento con mercado de comercio de emisiones de CO2), mantener el presupuesto equilibrado, simplificar el sistema impositivo, auditar las agencias federales para velar por la constitucionalidad de sus actuaciones, limitar el crecimiento del gasto público, revocar la reforma sanitaria, reducir el intervencionismo energético, establecer una moratoria sobre las partidas presupuestarias que se conceden discrecionalmente y reducir los impuestos.

¿Ultraconservadores? ¿Extrema derecha? Más bien parece que a la izquierda más rancia le saca de sus casillas que la sociedad civil sea capaz movilizarse en torno a principios que no son los suyos. Es entonces cuando creen que está justificado tergiversar y contar cualquier tipo de mentiras.

Multiculturalismo

La fórmula ha funcionado durante años, pero a decir de Angela Merkel, "por supuesto, la tendencia ha sido decir: vamos a adoptar el multiculturalismo y viviremos felizmente unos al lado de otros, unos con otros. Pero esa idea ha fallado; ha fallado por completo". Por completo no. Se han creado, en el lenguaje eufemístico de allí, "sociedades paralelas". Comunidades distintas, autónomas, colindantes pero separadas. Era una concesión al multiculturalismo, en la confianza en que los trabajadores no estarían muchos años en el país. Pero muchos se han quedado, sin que ello haya supuesto una integración en la sociedad alemana.

¿Quién iba a pensar que una forma de plantear la convivencia que renuncia a la integración haya fracasado en integrar a los inmigrantes? Pues así ha sido. Es cierto que las minorías rusa o china han sabido mantener los lazos con sus culturas con una convivencia sin mayores fricciones en Alemania. Pero algunos de los 2,5 millones de turcos que viven allí están en el corazón de muchos de los problemas de seguridad de aquél país. Alemania está sacudida por la polémica que ha generado un libro de un ex directivo del Bundesbank que señala al islam inmigrado como fuente de los mayores problemas de su sociedad.

El multiculturalismo procede del desprecio por nuestra propia cultura. En una concesión a nosotros mismos, nos otorgamos el mismo valor que a cualquier otro conjunto de costumbres y creencias con las que otras sociedades organizan su vida. Querer mostrar nuestra civilización (la única que merece ese nombre, por otro lado) como superior a las demás sería un ejercicio de "imperialismo" intolerable. Y, por tanto, no nos proclamamos mejores ni mostramos orgullosamente que lo somos ni las razones de ese orgullo. El propio desprecio alimenta el desprecio venido desde fuera. ¿Cómo no podría causar problemas?

Hay conservadores que quieren lograr esa asimilación por la vía rápida: obligando a que aprendan el propio idioma, fomentando debates sobre el verdadero ser nacional o recurriendo a la escuela para inculcar los valores correctos. Pero la clave para la integración es otra. Es la mirada del que llega, que debe ser de una profunda admiración y de un deseo genuino de formar parte de la sociedad a la que se llega. Pero esa admiración debe comenzar por nosotros mismos, que tenemos el deber de conocer nuestra cultura, apreciarla, defenderla y, en lo posible, mejorarla. Una mejor inmigración debe comenzar por nosotros mismos.

Morosidad de dos dígitos

Estamos asistiendo a un gran engaño, a una gran estafa mediática perpetrada al unísono por la clase política y gran parte de la comunidad financiera para ocultar la gravedad de la situación. Ni la morosidad real de bancos y cajas es del 5,6% ni, mucho menos, contamos con el sistema bancario "más sólido del mundo", tal y como se atrevió a afirmar Zapatero en 2008. Por desgracia, nada más lejos de la realidad.

Las entidades españolas se enfrentan a su mayor reto en décadas: afrontar un inmenso volumen de créditos impagados al tiempo que mantienen los mínimos requisitos de capital exigidos para evitar la quiebra o, si se prefiere, la situación de insolvencia, sin necesidad de que el Estado salga al rescate, tal y como ha acontecido hasta el momento con Caja Castilla-La Mancha (CCM) y CajaSur.

Los datos clave a tener en cuenta son, simplemente, dos. Por un lado, la exposición de bancos y cajas al sector del ladrillo alcanzó una media del 60% en 2007 –seis de cada diez unidades de crédito–, si bien la situación de las cajas (70%) es peor que la de los bancos (50%). Pero, ¿de cuánto dinero estamos hablando? En concreto, los créditos concedidos a inmobiliarias y constructoras ascendía a unos 450.000 millones de euros a diciembre de 2009, que sumados a los 652.000 millones en préstamos hipotecarios a los hogares arrojan una cifra total próxima a los 1,1 billones de euros, equivalente al PIB nacional. En tan sólo quince años el crédito asociado al ladrillo se ha multiplicado por más de doce, desde 88.500 millones a más de 1 billón.

Por otro lado, el sistema financiero español cuenta con unos fondos propios de 220.000 millones de euros –cifras de 2009–. Ése es el dinero con el que bancos y cajas deben hacer frente a las pérdidas derivadas del estallido de la burbuja inmobiliaria (impago de inmobiliarias, constructoras y empresas asociadas) y la crisis económica (parados sin recursos para pagar los préstamos).

La cuestión es que muchos de esos créditos nunca serán devueltos en su totalidad, lo cual se traducirá en menos beneficios bancarios (por el aumento de provisiones para cubrir la morosidad) e, incluso, abultadas pérdidas para algunas entidades. Pese a ello, cabe recordar que morosidad no es lo mismo que pérdidas. Los créditos cuentan con un colateral (garantía) que se ejecuta en caso de impago, de forma que la entidad podrá recuperar parte del dinero prestado con la venta de dicho activo (pisos y promociones embargadas, por ejemplo). Aunque, cosa aparte al tiempo que sustancial, es la liquidez del mismo. Y es que unos activos son más líquidos que otros. Así, por ejemplo, el gran agujero del sistema radica en los cerca de 150.000 millones de euros concedidos a los promotores para la compra de un suelo que, hoy por hoy, es invendible (ilíquidos). Por el contrario, los pisos tarde o temprano se colocan, aunque la cuestión aquí es… ¿a qué precio? A menor precio de venta, mayores pérdidas para el prestamista. De ahí, precisamente, el miedo y la reticencia del sector, y del propio Gobierno, a la caída de los precios inmobiliarios.

La clave del problema reside en saber cuál será finalmente el volumen total de créditos impagados que arrojará la presente crisis y los fondos propios con los que cuenta el sector financiero para afrontar las posibles pérdidas, y así determinar el déficit (necesidades de capital) que registrarán los bancos y, sobre todo, las cajas para evitar la insolvencia. En este sentido, las estimaciones oscilan entre los 100.000 y los 250.000 millones de euros adicionales. Un capital que, en su mayoría, se inyectará vía rescate público (el famoso FROB), es decir, emisiones de deuda pública que deberán ser sufragadas en última instancia por los contribuyentes.

Por el momento, la morosidad real del sistema supera el 9% (unos 160.000 millones de euros), y no el 5,6% oficial (poco más de 100.000). Un nivel de mora que, por cierto, ya se veía venir en 2008. Ahora, el Banco de España cifra los créditos "problemáticos" en 181.000 millones, incluyendo los que ya son morosos. De ahí que unos aboguen por vender activos mientras que otros animan a que se acelere la fusión y reestructuración de cajas de ahorros. Son conscientes de la grave situación que atraviesa el sector.

El problema es que todo apunta a que el volumen de créditos "dudosos" seguirá creciendo y alcanzará los dos dígitos, dado el estancamiento de la actividad, el aumento del paro y el riesgo de recaída económica, al tiempo que las pérdidas bancarias aumentarán como consecuencia de la depreciación de los activos inmobiliarios. Un peligroso cóctel que, tarde o temprano, se reflejará en números rojos en los balances, inyección de dinero público e, incluso, nuevas intervenciones por parte del Banco de España. Aunque llega con mucho retraso –mucho más del debido–, la crisis financiera en España comenzó en 2010.

Sí a la marihuana

Condados y ayuntamientos podrían abstenerse de implementar la Proposición 19, o gravar el comercio con impuestos e implantar licencias. Como sucede con el alcohol, la permisividad variaría según las sensibilidades locales.

La medida goza de una gran popularidad y tiene posibilidades reales de aprobarse. Las encuestas muestran repetidamente un apoyo cercano al 50%. La última de ellas, del Public Policy Institute of California, arrojaba un respaldo del 52%. El estamento político y mediático son la principal oposición a la propuesta, pero sus partidarios se están movilizando más: desde la campaña Yes on 19 de Richard Lee, que ya se ha gastado unos 2 millones de dólares, a la Drug Policy Alliance financiada por George Soros, que acaba de aportar 1 millón de dólares más a la causa, pasando por la National Organization for the Reform of Marijuana Laws o el grupo Just Say Now, que promueve iniciativas similares en otros estados.

Curiosamente la mayoría de quienes votarán a favor de la Proposición 19 también votará demócrata en las elecciones legislativas, pero la idea de que los demócratas están a favor de reformar el statu quo legal de las drogas es pura fantasía. Éste no es un debate que enfrenta a los dos grandes partidos, todo el establishment político está en contra de la legalización. De hecho, los dos políticos que más fervientemente han defendido la liberalización son republicanos: el congresista por Texas Ron Paul y el gobernador de Nuevo México Gary Johnson.

¿Por qué los californianos deben votar SÍ a la Proposición 19? Los liberales suelen conceder a los prohibicionistas la premisa de que el consumo de drogas es nocivo. Así, el argumento se plantea a la defensiva: drogarse es perjudicial, pero la persona es dueña de su propio cuerpo y tiene derecho a hacer con él lo que quiera. O desde un punto de vista consecuencialista: la guerra contra las drogas y su corolario, el mercado negro, causa más daño del que evita, disparando los índices de criminalidad y despilfarrando recursos. Ambos enfoques son aceptables, pero yo no concedo tanto.

Mi concepción del mundo de las drogas ha cambiado con los años. Antes creía que la mayoría de consumidores eran adictos, mi imagen del usuario prototípico era la de un "yonqui" y daba por sentado que las drogas conducían inexorablemente a la marginación social y a la tragedia familiar. Era el mensaje que transmitían las películas, la escuela, los padres y el Estado.

Aunque sigo sin consumirlas, hoy ya no tengo esa visión tan sombría de las drogas. En parte porque he conocido a gente normal, con una vida normal, que consumía esporádicamente drogas duras o blandas. Pero sobre todo por la marabunta de datos recogidos en el libro Saying Yes: In Defense of Drug Use, de Jacob Sullum, un veterano columnista de Reason que siempre había admirado por su moderación y rigor en sus planteamientos radicales.

En relación con la marihuana, por ejemplo, es falso que la droga enganche hasta el punto que el usuario medio deviene adicto. Según datos de la National Comorbidity Survey de 1994, solo un 9% de los consumidores de marihuana entra dentro de la categoría de "dependientes" de la American Psychiatric Association. El porcentaje equivalente para los consumidores de alcohol es del 15%. Estos datos ilustran que la mayoría de consumidores de marihuana se fuman un porro como aquel que consume un cóctel antes de cenar.

La evidencia de que la marihuana perjudica la salud es tan débil que un editorial de The Lancet, la prestigiosa revista médica británica, afirmó en 1995 que "el consumo de cannabis, incluso a largo plazo, no es nocivo para la salud". Esta conclusión quizás es demasiado rotunda, pero lo cierto es que no se registran muertes por marihuana, a diferencia de lo que ocurre con el tabaco (435.000 anuales en Estados Unidos) y el alcohol (85.000). Tampoco está establecido, como señaló el Comité Especial del Senado canadiense sobre drogas ilegales en 2002, que el consumo intensivo de marihuana tenga efectos perjudiciales sobre las funciones cognitivas.

La votación en California, además, puede tener repercusiones políticas en México, el país vecino, donde varios ex presidentes (Ernesto Zedillo y Vicente Fox) se han declarado favorables a la legalización de las drogas para reducir los estragos del narcotráfico. El actual presidente de México, Felipe Calderón, se ha mostrado dispuesto a debatir la cuestión. Se estima que más de la mitad de los ingresos de los cárteles mexicanos proviene de la marihuana. Gracias a la prohibición, 1 kilo de marihuana que vale 80 dólares en México se vende por 2.000 dólares en Estados Unidos.

Si la Propuesta 19 sale adelante el Gobierno mexicano podría unirse a California contra Washington, o presionar a Washington para que revise su política. En Estados Unidos han pasado 14 años desde la Proposición 215 que legalizaba la marihuana médica en California. Hoy ya es legal en 15 estados. La Proposición 19 tiene el potencial de impulsar la misma tendencia.

Santa Rita, Rita

Lo primero fue felicitarse porque les daban la razón. Sí, como lo oyen. Pese a que lo único que se dirimía en el tribunal era si cobrar indiscriminadamente el canon era legal o no, la noticia desde su punto de vista debía ser que no habían declarado ilegal el canon, algo que nunca estuvo en el debate. Desgraciadamente, el canon es legal, por más injusto que sea: eso no estaba en discusión. Lo que se dirimía es si podía cobrarse a todo quisqui.

Todo el chiringuito del canon se basa en la presunción de culpabilidad: si te compras un CD o un DVD virgen, o si compras un disco duro de un tera de capacidad, se asume muy pero que muy probable que lo vas a usar para guardar música o pelis, peazo sinvergüenza. Pero aún dentro de esa aberración que, dicho sea de paso, cada vez es más común en nuestro ordenamiento jurídico –o qué otra cosa son la mayoría de las regulaciones–, resulta imprescindible justificar esa presunción. De ahí que incluso en España existan límites al canon. Por ejemplo, si el disco duro que te compras va destinado a ser el principal del ordenador, no se cobra este tributo porque no se puede asumir que lo vayas a utilizar con fines malévolos.

Pero claro, hay muchísimo material informático que se pasó por alto, y del que puede afirmarse que casi nunca será utilizado para hacer copias privadas de material protegido por derechos de autor. Sin duda, algún funcionario o trabajador habrá que coja un CD de la empresa al que haya podido echar mano para grabar lo último de Ramoncín. Pero en su mayor parte esos soportes serán empleados para los fines legítimos de las administraciones públicas, profesionales o empresas. Aún así, pagaban canon. Y a eso es a lo que en Europa han dicho que nanai de la China.

Ante esto queda la gran pregunta: ¿y lo que se ha cobrado ya? Pues según un lumbrera de EGEDA "no tiene sentido" devolverlo" porque "no conozco ninguna ley fiscal que diga: me cargo la desgravación de la vivienda y lo aplico a los cinco años últimos y que esa retribución se le pida a los contribuyentes". Curiosa la analogía cuando las entidades de gestión se han pasado años negando lo evidente: que el canon es un impuesto que, eso sí, cobran asociaciones privadas. Pero tiene razón: si el Estado intentara hacer eso, sería ilegal.

El problema, claro, es que la analogía es absurda, porque coloca a EGEDA y SGAE como contribuyentes, víctimas de la voracidad del Estado, cuando en realidad son ellos los que recaudan. La analogía correcta sería que, después de haberse cargado la desgravación de la vivienda y haberla aplicado retroactivamente, los tribunales declararan ilegal ese cambio: evidentemente, los ciudadanos afectados tendrían derecho a reclamar a Hacienda el dinero que ilegalmente les quitaron. Eso es lo que dice la sentencia.

No cabe duda de que Zapatero y Sinde procurarán cambiar la ley para que los ciudadanos paguemos más para compensar lo que dejen de cobrar ilegalmente a empresas y administraciones públicas. Pero tampoco sería de extrañar un aluvión de reclamaciones. Ambas cosas llevarán tiempo. La primera porque resulta difícil que un Gobierno ya muy impopular obligue a los españoles a pagar unas cantidades que, por lo visto, no son las justas en sí: están puestas para que le cuadren las cuentas a Teddy. La segunda porque los tribunales en España son como son. Pero mientras tanto nos vamos a reír. Después de tantos años de injusticia, nos lo merecemos, ¿no?

Una Venezuela armada, atómica y empobrecida

…ambos han decidido dar un peso considerable a las relaciones con los enemigos de Occidente. Zapatero, bajo el paraguas ideológico de la Alianza de Civilizaciones y su obsesión por desmarcarse de la política de su predecesor José María Aznar. Chávez, por su interés imperialista en una América latina unida bajo las directrices de su personal visión de la utopía de Simón Bolívar y el Socialismo del Siglo XXI.

Dentro de este escenario y acosado por los problemas internos y externos que su propia política ha generado, Hugo Chávez acaba de realizar una visita a Rusia donde ha firmado una serie de acuerdos de colaboración financiera, petrolera, energética y militar con el gobierno del presidente Dimitri Medvédev y de su primer ministro (y dicen que presidente en la sombra) Vladimir Putin.

El tremendo peso que tiene la energía atómica como argumento informativo para los medios de comunicación occidentales, ha hecho que éstos centren su atención en el acuerdo por el cual los rusos construirán una central nuclear en suelo venezolano con dos reactores de 1.200 megavatios cada uno. Rusia ha descubierto en este tipo de infraestructuras un negocio que le beneficia en dos aspectos. Por una parte, aporta fondos a su maltrecha economía que como las del resto del mundo no se ha librado de los efectos de la crisis económica. Pero sobre todo, socava el papel de Estados Unidos como líder mundial que se ve obligado a apagar demasiados fuegos mientras que su peso económico se ve afectado por las políticas del presidente Obama y de la FED. El portavoz del Departamento de Estado de la Casa Blanca, Philip Crowley, dijo que vigilará "muy de cerca" este acuerdo.

Hay que recordar que los rusos ya han construido para el régimen iraní de los ayatolás una central nuclear que ha puesto en alerta, no sólo a Estados Unidos e Israel, primeros objetivos de los terroristas que apadrina el régimen iraní, sino a todo Occidente y que Irán también es otro de los países con los que Hugo Chávez tiene una alianza estratégica a varios niveles.

No parece que la central nuclear que se construya en suelo venezolano sea más amenazadora que la que se ha construido en suelo iraní, pero no pocos sacarán algún paralelismo entre esta situación y la crisis de los misiles entre Estados Unidos, la URSS y Cuba allá en la década de los 60. Al fin y al cabo, la Venezuela bolivariana se ha declarado heredera de la Cuba castrista. Hay que recordar que Venezuela es signataria del Tratado de No Proliferación Nuclear y tendría que ajustarse a las directrices y la vigilancia del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

El presidente Medvédev ha sido claro en este mensaje velado a Estados Unidos: “Ambos, Rusia y Venezuela, estamos a favor del desarrollo de un nuevo y justo orden mundial, donde nuestro futuro no dependa de la voluntad ni del deseo de ningún país, de su bienestar o de su estado de ánimo”. Habría que entender que en ese nuevo orden, Rusia y Venezuela serían estados predominantes y líderes en sus respectivas áreas geográficas, es decir en la antigua URSS y alguna parte más de Europa, para el primero y en toda Latinoamérica, para el segundo.

Sin embargo, si es más polémico el acuerdo militar entre ambos países pues las armas convencionales sí que son una amenaza seria y directa para la estabilidad en la zona. Este acuerdo militar, que se une a otros ya existentes entre ellos, supone la venta a Venezuela a cambio de 5.000 millones de dólares de carros de combate T-72, sistemas antiaéreos S-300, misiles antiaéreos TOR-M1 y cañones antiaéreos ZU-23-2. Todo sumado: armamento, interés por la energía atómica en un país donde el petróleo es una de las principales fuentes de ingresos y la exportación de la revolución bolivariana al resto de Latinoamérica, lleva a un escenario no especialmente halagüeño, más bien desestabilizante con apoyos claros a grupos terroristas, intervenciones en las políticas de otros países del continente y enfrentamiento directo con su vecino Colombia.

Las políticas expansionistas siempre han repercutido mucho en la población de aquellos países que las llevan a cabo. Que este pernicioso efecto sea más o menos catastrófico suele radicar en la productividad de la economía del país. Así, la exportación de la democracia que intermitentemente realizan ciertos gobiernos de Estados Unidos, es factible pues su productividad es lo suficientemente alta como para que el efecto sea menor. Además, la economía americana está más cerca al libre mercado que la de otros países lo que permite flexibilidad y adaptabilidad. Por el contrario, las políticas socialistas, rígidas y sujetas a planes económicos tan precisos como imposibles, suelen nacer ya cadáveres aunque se empeñen en resucitar al muerto a través de nacionalizaciones descaradas o intervenciones disfrazadas de políticas sociales. Convendría tener en cuenta esta política expansiva y derrochadora si en el futuro Venezuela termina como su aliada Cuba, un bello país convertido en una cárcel para su propia población, empobrecida, ideologizada y secuestrada por sus propios dirigentes.

La bajada de los precios del petróleo, las nacionalizaciones de empresas nativas, la intervención en sectores estratégicos, los conflictos abiertos con las empresas extranjeras que empiezan a abandonar el mercado venezolano, las continuas expropiaciones y la necesidad apremiante de divisas que ha llevado a vender a los chinos buena parte de la producción petrolera de los próximos años, demuestra que las mal llamadas políticas sociales del gobierno bolivariano no sólo no terminan de funcionar, sino que no debería permitirse gastos militares como los que se han realizado, que tampoco deberían vivir en un continuo enfrentamiento con sus vecinos y que exportar el Socialismo del Siglo XXI es un error que no pagarán necesariamente quienes lo han puesto en marcha, sino quienes lo sufren. El sistema se empeña en demostrar que la pobreza ha disminuido entre 1996 y 2009 del 70% al 23%, pero sus acciones más bien invitan a pensar que la pobreza se ha repartido y que el listón se ha puesto muy bajo a la vez que la máquina de propaganda ha empezado a trabajar mostrando los grandes logros de un modelo que en otros países y otros momentos ya ha fracasado catastróficamente.