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De la prisión al arma de liberación masiva

Hablamos de los presos políticos cubanos desterrados a España en un intento de lavado de cara por parte del régimen castrista. Ahora, al fin fuera de prisión, deben adaptarse no sólo a un nuevo país. También a un mundo radicalmente distinto al que ellos conocían.

Son muchos los cambios a los que tendrán que hacer frente ellos y su familia. Cada día que pasan en España supone un aprendizaje y el descubrimiento de cosas de las que habían oído hablar pero les estaban vetadas. Para ellos resulta fascinante ver cómo los partidos de la oposición pueden criticar al Gobierno o cómo el jefe del Ejecutivo tiene que rendir cuentas (que lo haga mejor o peor es otra historia) ante el Parlamento. Pero es en el terreno de las tecnologías de la comunicación donde se enfrentan a dispositivos y realidades que para ellos resultan poco menos que de ciencia ficción.

Tras días en España siguen sin poder manejar del todo bien unos teléfonos móviles que les fueron regalados por generosos particulares y activistas de derechos humanos. Aunque hace siete años esos aparatos ya formaban parte de la vida cotidiana de millones de seres humanos en todo el mundo, en Cuba era algo reservado para los altos cargos del régimen. Al resto de personas les estaba prohibida su posesión. Así, estos héroes de la libertad todavía llegan a preguntar a quien esté a su lado cómo contestar a una llamada o qué tecla tienen que pulsar para colgar.

Sin embargo, cuando muestran un mayor asombro y satisfacción en materia de tecnología es al descubrir internet. Habían oído hablar de la red, pero no llegaban a imaginar su significado real y las posibilidades que ofrecen. Hemos podido ver a un hombre, curtido por años de periodismo independiente en Cuba y por una larga e injusta condena política, fascinarse al descubrir que puede ver en el monitor de un ordenador el horario de unos autobuses. Y le hemos visto, a él mismo, sorprenderse cuando le mostramos lo que otras personas escribieron sobre él en diversas web para exigir su libertad.

Menos de un minuto después de separarse de la pantalla, estaba preguntando cómo hacer un blog para contarle al mundo lo que vivió y lo que ocurre en su país. Y, como él, varios de sus compañeros ansían aprender a utilizar la red para seguir luchando desde España por la libertad de Cuba. Casi todos ellos, además, desean tener lo antes posible una cuenta de correo electrónico para comunicarse con personas de todo el mundo.

Han descubierto un arma de liberación masiva cuya magnitud no podían llegar a imaginar. Ahora tienen acceso a fuentes de información de todo tipo y vías de comunicación que antes tenían prohibidas. Y han visto que pueden participar en un debate global en el que contar con libertad la triste realidad de su país y, si lo desean, la trágica experiencia que han vivido. Algo que, como otras tantas cosas, sigue vetado a sus compatriotas por el tiránico capricho de los hermanos Castro.

Tiranos en tiempos de democracia

Son todas elecciones voluntarias e individuales. De forma superficial, parece la descripción de la situación actual. El individuo, mediante sus actos aislados, crea la sociedad. Pero, ¿y si tal descripción no fuese así? ¿Qué ocurre cuando la sociedad crea al individuo y lo guía por una senda teleológica o finalista con un propósito de antemano? Construir una sociedad a medida del Estado: complaciente, que le sirva y rinda culto. Eso sería una tiranía.

Pepe Blanco ha declarado que las constructoras deben "reestructurarse". Cree que sobran empresas constructoras, parece una idea bastante evidente. Tenemos una fuerte crisis del sector, pero las crisis no se arreglan con mandatos desde un órgano central redistribuyendo capital de un sector hacia el otro de forma arbitraria. Nuestro dictador de la producción ignora las decisiones individuales de la sociedad, del mercado. No presta atención a lo que tenga que decir la demanda y la oferta, es decir, desacredita las libres elecciones de los españoles que le han elegido. Blanco maneja el dinero y manipula el sector a su antojo.

Recordemos que la fortaleza de la construcción se debe a que este Gobierno y los anteriores la impulsaron con dinero de todos y mediante desgravaciones fiscales. Grandes constructoras, el Estado, ayuntamientos e intermediarios de todo tipo han vivido del sector durante décadas, pero el "soviet" ahora decide que toca redirigir la economía hacia otra parte. Probablemente al lobby verde, donde sólo en renovables los españoles vamos a pagar en concepto de impuestos 151.000 millones de euros en la próxima década. Imagínese cuánto dinero roba el lobby verde de su sueldo mensual.

El ministro de Educación va por el mismo camino. La semana pasada el dictador social afirmó que "en España hay demasiados universitarios". Es lo mismo de antes, hay demasiados universitarios porque este Gobierno y anteriores promocionaron con dinero de todos la formación universitaria respecto a otras opciones. En consecuencia, tenemos el mayor paro juvenil de toda Europa, el 40%.

Gabilondo, lejos de culpar a sus predecesores de la situación, opta por hacer más difícil el acceso a la universidad respecto a la formación profesional. Igual que el caso de Blanco. No tenemos libertad de elegir porque lo hace el Estado con nuestros recursos mediante la planificación central, mediante un soviet. Ambos ministros son los pastores de una panda de borregos que van siempre por el camino más fácil, el de los subsidios, becas estatales, ayudas económicas y leyes.

Todo occidente vive su particular 1984 orwelliano. Las tres bases de la sociedad del libro eran: "Guerra es Paz", aunque ahora le llamen "guerra contra el terror". La "Libertad es Esclavitud", aunque ahora le llamemos estado del bienestar, ecologismo, igualitarismo o socialdemocracia. Y la más evidente de Orwell: "Ignorancia es Fuerza", aunque le llamemos Ministerio de Educación o Cultura.

Nuestra era no se caracteriza por la libertad como afirman los oligarcas del poder. Nuestra era se compone de una sociedad de esclavos complacientes con el Gobierno, caracterizada por las subvenciones al empresario, al ciudadano llorón, al rentista gubernamental y a la pereza intelectual del ciudadano adicto a la información manipulada y a las campañas de concienciación (lavados de cerebro).

De expectativas y engaños

¿Por qué la economía norteamericana parecía recuperarse con mayor vigor? ¿Acaso por la política monetaria más agresiva? ¿Por sus estímulos fiscales? ¿O será por su mayor flexibilidad y libertad de empresa? Responder a esta pregunta resulta ciertamente complicado sin recurrir a la teoría económica.

No obstante, hay casos interesantes que merecen la pena analizarse, y que pueden dar bastante luz para rechazar ciertas ideas.

La falacia en la que me detengo es una que pudo ser utilizada por los defensores del Gobierno español para negar públicamente la crisis económica. Dejando de lado la razón principal para hacerlo –la presencia de elecciones–, los más "sofisticados" podían pensar de la siguiente manera: "no podemos dar mensajes de alarma y crisis, puesto que ello generaría expectativas negativas en la población, lo que deprimiría el consumo y por tanto la economía en general, elevando el desempleo".

Con este argumento de corte tan keynesiano, y con un fundamento bastante endeble, se podía justificar el engaño y la manipulación de la población española. No en vano, estoy seguro de que parte de los economistas suscribirían este razonamiento por aquella época.

Sin pretender formular una crítica exhaustiva contra un argumento tan falaz como el de que la victoria en el Mundial nos sacará de la crisis, sí conviene al menos señalar sus errores más flagrantes. Y es que los riesgos de la economía española en 2007 y principios de 2008 parecían reducirse a un problema psicológico de expectativas. No importaba que hubiéramos sustentado nuestro crecimiento (artificial) en la expansión del crédito y la deuda exterior (con un déficit por cuenta corriente anual del 10% de nuestro PIB), o que tuviéramos un sector constructor e inmobiliario hipertrofiado en relación al resto de la economía. Lo que temían era que los españoles regresaran a la sensatez, poniendo fin a unas expectativas totalmente infundadas y finiquitando el boom artificial (e insostenible) de consumo e inversión en el que estábamos inmersos. En otras palabras, se buscaba perpetuar el engaño masivo que suponen las burbujas de crédito.

En contra de sus deseos, la crisis –proceso que supone el inicio de la vuelta a una estructura productiva con bases sólidas– golpeó a la economía española con virulencia, a pesar de los engañosos mensajes de que todo estaba bien.

Hoy, pues, podemos constatar el absoluto fracaso de la política informativa del Gobierno, al menos en la parte que presuntamente buscaba reanimar la economía. Al problema ético de engañar a los ciudadanos, se une la pérdida de credibilidad y confianza que inevitablemente se ha ganado la Administración Zapatero. No sólo eso, sino que de haber mantenido otra actitud, el ajuste de la economía española –en especial el necesario ajuste a la baja de los precios de las viviendas– podría haberse producido con mayor celeridad.

Conviene constatar una vez más lo erróneo de algunas de las ideas keynesianas que han servido de respaldo teórico para los políticos y que bien podrían estar conduciéndonos a un prolongado período de estancamiento.

Wikileaks, libertad y responsabilidad

…y no parecía haber ninguna excusa para semejante comportamiento, ni lágrimas si morían en actos de servicio. Y aunque doliera que pillaran a uno de los nuestros, no se consideraba injusto que se le aplicara la misma medicina.

Pero ya no hay enemigo común o, aunque exista, no todos lo reconocen como tal. El islamismo no es una organización centralizada como lo era el totalitarismo comunista soviético y entre sus métodos raramente se encuentra la confrontación directa, sino la llamada "guerra asimétrica", en la que el terrorismo, la guerrilla y la propaganda son las principales armas. Cierto es que ambas luchas tienen algo en común, como el uso de la libertad de expresión en Occidente para minar el esfuerzo de las democracias o el carácter totalitario de la ideología a la que nos enfrentamos, pero las diferencias parecen mayores que las semejanzas.

Quizá me exceda en mi ingenuidad, pero creo que la línea divisoria entre quienes defienden o se muestran "objetivos" ante las filtraciones de Wikileaks de documentación secreta norteamericana y quienes la critican no es ideológica y se reduce a si creen o no que estamos en guerra. De ahí que Wikileaks y su fundador, el australiano Julian Assange, se hayan convertido en traidores o héroes de la libertad de expresión, dependiendo de a quien se pregunte.

No creo que nadie se sorprenda cuando les comunique solemnemente que yo sí creo que estamos en una guerra contra el islamismo. De ahí es difícil no concluir que la labor de Wikileaks en lo que al Gobierno de Estados Unidos se refiere se parece mucho a la de Alger Hiss, los Rosenberg o el Círculo de Cambridge, por más que sus métodos hayan cambiado y en lugar de pasar microfilms en calabazas ahora lo publiquen en un sitio web.

Sin embargo, no es sólo eso. Quizá ni siquiera sea principalmente eso. No confío en Wikileaks ni en Assange. Primero, porque en su lucha por la transparencia no se limita a asuntos relevantes. No sé qué interés informativo tiene publicar vídeos de los rituales de los mormones o los masones, no digamos ya los de las hermandades universitarias. Publicarlos, como ha hecho Wikileaks, me parece equivalente a si colgaran un vídeo sexual robado, sea a un famoso o a una persona anónima.

Yo tengo secretos. Y usted también, no disimule. Seguramente tanto los suyos como los míos le provocarían la risa floja a cualquier observador imparcial ante su poca importancia. Pero el caso es que para la persona que los guarda suelen ser importantes. A Wikileaks eso le da igual; la transparencia es un valor ante el cual todos los demás palidecen. O, al menos, en el caso de los demás, porque Wikileaks es cualquier cosa menos transparente. Si siguiera las mismas reglas que parece exigir a los demás, colgaría en su web todos los correos, audios y vídeos de su trabajo, en el que se viera, se leyera y se escuchara cómo toman todas sus decisiones y por qué. Por supuesto, no lo hacen.

Seguramente tienen razones legítimas para ocultarse, como también existen muchas razones legítimas para no decirlo todo sobre todo. Evidentemente, los políticos de todo el mundo abusan del secreto para ocultar cosas que si se supieran sólo podrían en riesgo sus propios culos. Pero no parece que Wikileaks haga muchas distinciones entre una cosa y otra. La web no es un mero receptáculo digital que publica todo lo que le llega; Assange tiene la última palabra a la hora de decidir qué cuelgan y qué no. No parece la persona más responsable a la hora de tomar esa decisión.

Los keynesianos no tienen nada que ofrecer

Bien está, aunque de momento ninguna de las respuestas me resulta convincente. Las hay contrarias a que los déficits perduren, como la de Niall Ferguson, pero por desgracia las bases teóricas sobre las que se asientan son bastante endebles.

La columna que más me ha llamado la atención ha sido la de Brad DeLong, economista de cuya honradez intelectual no cabe dudar, pues, aparte de mentir sobre la naturaleza liquidacionista del ex presidente estadounidense Herbert Hoover y de ser el compinche del  mendaz Krugman, es uno de los más fervorosos críticos de Hayek… pese a reconocer que no le ha entendido.

En su columna, DeLong nos dice que, en el mercado, cuando hay un exceso de oferta de algunas mercancías es porque hay un defecto en la oferta de otras: si hay coches que no se venden, sostiene DeLong, eso quiere decir que se han producido demasiados automóviles y muy pocos televisores; es decir, la gente no quería coches, sino teles.

El argumento es correcto, y es ni más ni menos lo que vino a decir Jean Baptiste Say en la hoy injustamente denostada ley que  lleva su nombre. El problema surge cuando DeLong pretende ir un poquito más allá, se pone a hacer saltos mortales keynesianos y defiende que lo que hoy se está demandando en exceso (aquello que estamos infraproduciendo) son activos seguros como el dinero o, sí, deuda pública del Gobierno de EEUU. Así, con el despilfarro público todos ganamos: dado que los agentes están demandando deuda pública, es un deber del Gobierno incurrir en enormes déficits para proporcionársela; una vez todas las demandas obtengan satisfacción de sus respectivas ofertas, la crisis llegará a su fin.

No voy a pararme a examinar la parte más flagrantemente torpe del argumento: si el Gobierno estadounidense sigue endeudándose sin límites, su deuda dejará de ser un activo seguro. DeLong trata de refutar esta posibilidad, pero no es ni mucho menos el principal defecto de su exposición. Sea como fuere, baste decir que la conclusión a la que llega mueve a la compasión: según este economista, los mercados financieros nos avisarán cuando la solvencia de EEUU se resienta, y sólo entonces habrá llegado la hora de ser austeros. Los keynesianos llevan años (décadas) echando pestes de la especulación y del ingenuo argumento de que los precios de mercado resumen toda la información existente, y ahora se encomiendan a la fiabilidad del precio de la deuda estadounidense… determinado por esos mismos especuladores.

Contradicciones al margen, me interesa más refutar el resto de la teoría que DeLong da por evidente. ¿Es cierto que hay un exceso de demanda de activos seguros? En parte sí, no lo voy a negar; es más, yo mismo he empleado en ocasiones este argumento. Cuando los impagos se generalizan, los inversores tratan de refugiarse en los activos más seguros, como el dinero en efectivo, la deuda pública de los Estados más solventes o, en última instancia, el oro. Sin embargo, mal haríamos –y muy mal hace DeLong, si quiere dárselas de economista profesional– en pensar que la demanda de activos seguros es, por decirlo de algún modo, una demanda final. Cualquiera con una mínima formación financiera sabe, o debería saber, que los fondos que se destinan a adquirir un activo financiero se emplean más tarde a adquirir activos reales. Pensemos en una empresa que vende bonos y, con el dinero captado, contrata trabajadores, adquiere un edificio, compra materias primas… Si logra emplear todos esos recursos de manera suficientemente productiva, será capaz de amortizar en el futuro los bonos que ha vendido abonando un cierto tipo de interés.

Los empresarios, pues, se endeudarán siempre que quieran demandar factores reales, y los ahorradores les proporcionarán crédito si esperan que la rentabilidad de la inversión que van a emprender alcance para pagarles el tipo de interés que exigen.

Ahora mismo, los inversores no quieren endeudarse porque no ven forma de emprender inversiones lo suficientemente rentables y seguras como para abonar los tipos de interés que piden los ahorradores. De modo que sí, hay una demanda excesiva de activos seguros, pero no es posible producirlos porque no existen inversiones seguras; hasta que la crisis termine, las únicas inversiones que pueden ofrecerse son bastante inseguras y, por ello, la deuda con que se las financia no puede serlo menos. Algo similar cabría decir sobre el exceso de demanda por inexistentes tratamientos médicos que nos garanticen la vida eterna. Cualquiera que los ofreciera hoy, muy probablemente estaría timando al personal.

Pero hete aquí que el Gobierno sí tiene patente para timar al conjunto de la sociedad. Durante un tiempo, el Estado puede endeudarse sin riesgo de impago. El repago de la deuda pública procede de los impuestos y no de la rentabilidad de las inversiones. Es decir, su capacidad para amortizar la deuda no depende, como en las empresas privadas, de que invierta bien, sino de que expolie mejor. El Estado tiene por ello una enorme capacidad para captar ahorros, al menos mientras se mantenga solvente.

Pero el asunto no acaba sino que empieza aquí: la cuestión clave es qué piensa hacer con ellos una vez los ha captado. DeLong detiene ahí su reflexión; muy en la línea keynesiana, parece opinar: "Haga lo que haga con ellos, el Estado logrará relanzar la economía". ¿En serio? Si se sienta sobre las millonadas de fondos que capta, ¿también lo logrará? ¿Y si los utiliza para construir aún más viviendas? ¿O si, como proponía Keynes, coloca el dinero en botellas y las esconde en un hoyo?

Creo que resulta evidente que, una vez se haya satisfecho la demanda de activos seguros –si es que llega a saciarse en algún momento–, la crisis no habrá ni mucho menos terminado, pues la cuestión fundamental es cómo se emplean los recursos reales de la economía: no cualquier uso de los mismos nos permite generar riqueza.

La simpleza del argumento de DeLong sólo pone de relieve la estatolatría innata a buena parte del keynesianismo. Lo que los empresarios no pueden hacer (encontrar inversiones lo suficientemente rentables), es capaz de conseguirlo el Estado con un mero chasquido de dedos. ¿Que el Estado no puede acometer proyectos de inversión más seguros y rentables que el sector privado? ¿Y qué más da? El místico multiplicador keynesiano hará de las suyas, y si no, a largo (y a corto) plazo, todos muertos.

No quiero ser reiterativo, pero la solución a la crisis la auténtica, la que no ha sido falsificada por la propaganda keynesianapasa única y exclusivamente por corregir las malas inversiones reales para que la economía pueda producir lo que los consumidores quieren consumir. Y para ello, en buena medida hace falta que reduzcamos nuestro apalancamiento, liquidemos las malas inversiones y reorganicemos los factores productivos. De ahí que sea imprescindible liberalizar estos últimos y ajustar el presupuesto: si tenemos que reducir nuestro endeudamiento, a buen seguro la solución keynesiana de continuar cebándolo no sirve. Por mucha calidad que supuestamente tenga la deuda.

¿Por qué necesitamos bebés?

Es evidente que si el número de pasivos (jubilados) supera al número de activos (trabajadores) el actual nivel de prestaciones públicas que reparte la Seguridad Social es insostenible: o bien tendrán que bajar, tal y como prevé la reforma de pensiones que prepara el Gobierno, o bien los impuestos tendrán que subir. En este ámbito no hay alternativa pública, tan sólo privada. De hecho, Europa se enfrenta al mismo dilema –retrasar la edad de jubilación a los 70 años– debido, precisamente, al creciente déficit poblacional. Y ello, con independencia de que exista más o menos paro, puesto que tales reformas se elaboran tomando como referencia tasas medias de desempleo.

Sin embargo, la exigua natalidad española va mucho más allá de un mero problema aritmético con el objetivo de sostener el mal llamado estado de bienestar, que no es otra cosa que un sistema socialista sólo que de perfil bajo. Éste no sólo es insostenible sino éticamente condenable e injusto, ya que consiste en captar de forma coactiva una parte sustancial de recursos privados vía impuestos (entre el 35% y el 60% del PIB, según el país) para que, luego, la casta política de turno se encargue de redistribuirlos de forma arbitraria (gasto público). No por casualidad los países más ricos y prósperos son los que gozan de una mayor libertad económica o, lo que es lo mismo, un estado de bienestar más pequeño.

Pero es que, además, la falta de población conlleva un problema cualitativo mucho más relevante. Ludwig von Mises concebía al ser humano, más que como un homo sapiens, como un homo agens, es decir, como un empresario que actúa, de ahí el título de su obra La Acción Humana. La función empresarial, o si se prefiere la acción humana, consiste básicamente en buscar y descubrir nuevos fines y medios de forma activa, haciendo uso de la innata capacidad creativa del hombre. La economía, lejos de lo que se estudia en las universidades, no es una ciencia sobre cómo asignar medios dados a fines también dados de una forma óptima. Muy al contrario. Lo que realmente hace el hombre es buscar constantemente nuevos fines y medios, aprendiendo del pasado y usando su imaginación para descubrir y crear el futuro paso a paso.

Dicha búsqueda constante de nuevos fines y medios se resume en el impulso innato del ser humano por encontrar oportunidades de ganancia que aún no han sido descubiertas por los demás, de ahí que la función empresarial sea, por definición, competitiva. Lo milagroso de este proceso es que cuando a alguien se le enciende la bombilla, su hallazgo se transmite al resto de sujetos llegando, incluso, a modificar su visión del mundo. Por poner un ejemplo, es evidente que Bill Gates ha revolucionado el siglo XX gracias a su sistema operativo, dando lugar al desarrollo de un nuevo universo –el del ordenador personal e internet– oculto para la humanidad hasta hace nada. Lo mismo podría decirse de la revolución del petróleo o de la energía nuclear, entre otra infinidad de ejemplos.

Tales descubrimientos dan lugar a la aparición sin límite de nuevos desajustes que suponen nuevas oportunidades de ganancia empresarial, y así sucesivamente, en un proceso dinámico que nunca se termina y que, constantemente, hace avanzar a la civilización. Por ello, la función empresarial no sólo hace posible la vida en sociedad al coordinar el comportamiento desajustado de sus miembros (oportunidades de ganancia), sino que también permite el desarrollo de la civilización al crear continuamente nuevos objetivos y conocimientos que se extienden en oleadas sucesivas por toda la sociedad.

Así pues, la esencia del proceso empresarial y, por tanto, el desarrollo de la sociedad, exige una continua extensión y profundización en la división del conocimiento (que no del trabajo). Y no sólo desde una perspectiva vertical, es decir, un conocimiento más profundo y detallado del ya existente (transmitido por nuestros antepasados), sino también horizontal para multiplicar su potencial. Y es que un conocimiento cada vez más profundo y complejo exige un aumento de la población, la aparición de nuevos seres humanos que a su vez puedan crear nueva información y aprender lo recibido de sus antepasados, extendiéndolo a toda la sociedad mediante el intercambio. El problema es que la capacidad de la mente humana es limitada mientras que el conocimiento es ilimitado. Por ello, una sociedad cada vez más compleja y desarrollada precisa de un aumento paralelo de la población (número de mentes) para poder seguir avanzando.

El crecimiento de la población es, a la vez, consecuencia y condición necesaria para el desarrollo de la civilización, ya que no es posible conocer o saber cada vez más en más áreas concretas sin que aumente el número de personas. O, dicho de otra forma, el principal límite al desarrollo de la civilización es una población estancada, pues imposibilita continuar el proceso de profundización y especialización del conocimiento práctico que es necesario para el desarrollo económico.

Además, este proceso de mercado se retroalimenta: el desarrollo económico hace posible mantener volúmenes crecientes de población, los cuales, a su vez, alimentan de nuevo e impulsan de manera aún más potente el futuro desarrollo de la sociedad, y así sucesivamente. Frente a este perspectiva, el socialismo y el ecologismo abogan por una paulatina reducción de la población, ya que parten del error básico enunciado al principio, al creer que fines y medios están dados (recursos limitados) cuando, en realidad, la innata creatividad empresarial del ser humano consiste, precisamente, en descubrir nuevos fines y medios (nuevos recursos) para satisfacer las necesidades del hombre.

En España, al igual que en el resto de Europa, faltan jóvenes y niños para expandir el actual nivel de desarrollo. El déficit poblacional es síntoma y reflejo del declive de una civilización.

La Selección no nos sacará de la crisis

Que sea un disparate y una falacia no impide que los ministros y el propio presidente hayan sugerido esa posibilidad; más bien explica que hayan recurrido a él. Miguel Sebastián y otros miembros del desgobierno español creen que debemos recalcular al alza el dato de crecimiento de este año debido a la victoria.

Este peculiar punto de vista encuentra cierto respaldo en un estudio del banco holandés ABN Amro en el que se asegura que la victoria en un mundial de fútbol hace subir la economía del país ganador en un 0,7% del PIB. Para llegar a esta conclusión los autores del informe estudian los mundiales pasados y observan lo qué ocurrió con el país que se llevó a casa la copa, resultando que, de media, sus economías crecieron un 0,7%. Claro que esta tesis falla más que el pulpo Paul pues en dos ocasiones el país que ganó vio caer su PIB.

Para que sucediera lo que prevé esta teoría, la causa de la situación económica que vive España tendría que ser de índole psicológica. Es decir, la crisis no sería causa de las políticas rematadamente malas del Gobierno ni de que los bancos centrales hayan patrocinado una política de dinero barato que incentivó gran cantidad de inversiones de largo plazo para las cuales no había recursos reales. No, claro que no, ¿cómo iba a ser esto culpa del mundo político? Los libros de historia quedarían muy feos y políticamente incorrectos si contaran las causas reales de crisis como esta. Nuestros mandatarios se quedarán mucho más tranquilos si logran vendernos esta nueva falacia cuya única explicación posible es que la culpa de la crisis la tienen los ciudadanos por no ser más consumistas o por estar con la depre, esa que Zapatero niega tener.

En definitiva, los argumentos detrás de la resurrección futbolera vienen a contarnos que en realidad no hay una crisis real. Todo esto es una gran pesadilla en la que viven quienes no tienen la fuerza de espíritu necesaria como para consumir más en tiempos en los que falta liquidez y el gobierno sube impuestos y baja los salarios.

Supongamos que como prevé la teoría del banco holandés, a la que se han sumado una gran cantidad de medios españoles y casi toda la clase política, una buena parte de los españoles gasten más durante unos días, unas semanas o incluso unos meses. La falacia de la victoria tiene un claro paralelismo en la falacia de la ventana rota, que de manera magistral explicó Bastiat a mediados del siglo XIX. En primer lugar, resulta que el dinero que hayan gastado esos españoles en fiestas y comidas caras supondrá una mejoría para el sector de las juergas y el de la alimentación para celebraciones. Sin embargo, este efecto tendrá su contraparte en aquellos sectores en los que el ciudadano embriagado de victoria deje de gastar para poder asumir el coste de las juergas.

Desafortunadamente la crisis no se resolverá ni la economía crecerá por el triunfo en el mundial. Pero la falacia de la victoria reconstituyente servirá para que el Gobierno nos muestre los datos de los sectores que han crecido tras el triunfo de la selección como si fueran un gran brote verde. A falta de reformas contundentes que liberalicen y dinamicen la economía española, el pan y circo de toda la vida van a acompañar los tímidos recortes en el gasto y las decididas subidas impositivas.

Contactos

…"los anuncios de la publicidad de la prostitución deben eliminarse", pues "mientras sigan existiendo, estarán contribuyendo a la normalización de esa actividad". No es que le vaya a servir de mucho. El matrimonio homosexual no podía causar un gran debate. La nueva ley del aborto, mientras haya en España quien valore la vida humana, no iba a colar sin respuesta. Pero ¿quién va a desviar la atención de las familias con todos los que están en edad de cotizar en paro para fijarse en una prohibición como esta?

Para empezar, porque echo mano de un periódico sevillano de gran tradición, uno de los pocos que tengo a mano y veo que la sección de contactos se queda en medio faldón. Tengo curiosidad por saber si la de La Vanguardia, que estuve comprando a diario durante años, sigue siendo la sección de clasificados más canalla y deslenguada de la prensa española. Pero me da que los "contactos" deben de haber encontrado cobijo en nuevas tecnologías, más proclives a los contenidos más sórdidos. Hay periódicos que han renunciado voluntariamente a ellos. El primero, la antigua Gaceta de los Negocios. Luego Público. Unos quieren prohibir una realidad menguante, otros se apartan de ella cuando deja de ser lucrativa, y todos con grandes palabras sobre la dignidad de la mujer.

No hay que temer que la publicidad normalice la prostitución, porque ésta lleva acompañando por norma a todas las sociedades desde hace miles de años. Por otro lado, prohibir los anuncios no va a acabar con la prostitución. Pero el diario La Razón, que está en campaña, calcula que un 80 por ciento de los políticos están a favor de la prohibición. Se ve que eso de prohibir lo que uno considera inmoral, es decir, la inquisición, es lo único que aúna a la izquierda y la derecha. La primera ha renunciado al 68 y vuelve al puritanismo que le caracterizó desde el principio, mientras que la derecha… la derecha ni cambia ni aprende.

Dice la ministra Aído que el 90 por ciento de las prostitutas están esclavizadas, y que por eso. Pero por eso, de ser cierto, tenía que desplegarse toda la policía para acabar con esa explotación. No se puede permitir que una persona se prostituya o haga lo que sea con su cuerpo contra su voluntad. Diría casi que incluso pagar impuestos. Poca broma, porque en la medida en que se dé una esclavitud no podemos permitir ni un ápice. Pero habrá que luchar contra eso, no contra la prostitución voluntaria. Porque si hubiese que prohibir toda publicidad de actos inmorales, habría que comenzar por la del propio Gobierno.

Hay trucos dialécticos reveladores. El de "la dignidad de la mujer". Si una mujer decide prostituirse, la dignidad que está en juego es la suya, no la de las demás. Y si la empeña en ese comercio, nadie, y menos un ministro o un director de periódico, puede prohibirle que lo haga. A ese argumento, añade La Razón uno más, en su editorial, que es cuando menos chocante. Prohibir los anuncios es "dignificar los derechos humanos". Y yo que pensaban que eran dignos de por sí…

La Comisión Europea al rescate

La cosa era difícil, pues la empresa portuguesa veía en esa filial su futuro, por lo que no quería venderla. Así que la primera tuvo que subir y subir su oferta, hasta que los dueños de la portuguesa quedaron convencidos de que ganarían una pasta vendiéndola. De hecho, nuestra protagonista estaba dispuesta a pagar por la filial casi tanto como lo que valía todo el grupo.

Sin embargo, cuando ya todo pintaba feliz, apareció el presidente de Portugal. Este señor tenía poderosos hechizos que le permitían vetar las operaciones que desearan hacer los accionistas con sus propiedades. Y decidió lanzar su "acción de oro" contra ambas partes, que se quedaron por el momento anonadadas y sin saber cómo responder.

Afortunadamente, no todo estaba perdido. Había también en los alrededores una bruja, con sus propios poderes mágicos. Esta bruja consultó su bola de cristal y decidió que el mago no podía usar el hechizo "acción de oro". Así, la Comisión Europea acudió al rescate, y comenzó una lucha de magia, también de incierto resultado, pues el mago portugués tal vez guardara más recursos en su arsenal.

Mientras tanto, la empresa española, la portuguesa y, en general, el público, contemplaban con cierto estupor el combate. ¿Cuáles eran las razones por las que la bruja acudía al rescate? La misma bruja que unos días antes sostenía que los operadores no compiten en roaming y sigue siendo necesario regular sus precios; que cree que hay compartir la fibra óptica que uno desplegare (futuro del subjuntivo, sí) con todo aquel que lo solicite, o que acaba de invocar al mundo de los vivos al BEREC, tingladillo para regular el mercado europeo de las teleco. ¿Cómo podía ser? ¿Era ahora la Comisión Europea la defensora del libre mercado?

Quizá haya que buscar las razones del rescate en rincones más sórdidos. Dejemos ya los cuentos de hadas y volvamos al mundo real. Y, en éste, los gobiernos no defienden la libertad, mucho menos la económica. Si la Comisión Europea quiere eliminar la "acción de oro" que algunos gobiernos mantienen sobre algunas empresas estratégicas no es para facilitar el libre intercambio y la circulación de capitales, aunque ésta sea una de sus consecuencias.

No, lo que busca la Comisión Europea es eliminar a sus rivales por el poder, quitar poderes a los gobiernos de los Estados Miembros, sea en telecomunicaciones, en moneda o en laboral. Pero no para devolvérselos al individuo, sino para quedárselos ella. La Comisión Europea quiere, sí, un mercado libre… europeo, en el que ella sea la que mande. El día que lo consiga, será ella quien ejercite la "acción de oro" sobre los operadores paneuropeos con que sueña y que no pierde oportunidad de promocionar.

Ese día, la libertad en Europa habrá retrocedido, pues nos enfrentaremos a un gobierno con poder sobre un mayor territorio. Nuestro voto "con los pies" habrá perdido valor respecto a la situación actual en que unos pocos kilómetros nos separan de un régimen opresor distinto (en España, dicha distancia está a punto de reducirse).

Así que, bueno, disfrutemos, sobre todo Telefónica y los accionistas de Portugal Telecom, del combate entre mago y bruja, pero que nadie se confíe en la aparente buena voluntad de ésta última. Cuando llegue el momento, se volverá contra nosotros. Y comprenderemos el verdadero por qué de su rescate.

¿Está justificada la sanidad pública?

Los individuos supuestamente conocen mejor su propensión a enfermar que las aseguradoras, de forma que éstas no son capaces de discriminar en precio y ofrecen la misma prima a todos. Así, la prima promedio es más barata de la que pagarían los individuos más riesgosos, y más cara de la que pagarían los más sanos. Los segundos tienden a salirse y los primeros a quedarse, de modo que la prima sube (para ajustarse al riesgo medio del nuevo pool), en una espiral que aboca al sistema a la ineficiencia: escasa y onerosa cobertura.

Aun si este problema de selección adversa fuera cierto y grave, la respuesta no sería la nacionalización del mercado sanitario. La obligatoriedad del seguro médico privado bastaría para evitar la espiral descrita.

Pero es que además, el debate es estéril. Lejos de fallar, el mercado ya ha dejado obsoleto cualquier problema de asimetría de información. La aseguradora, mediante chequeo médico con técnicas avanzadas y revisión del historial familiar, es capaz de calcular con notable exactitud la propensión de un individuo a sufrir distintas enfermedades (a menudo genéticas). La asimetría de información desaparece y la aseguradora puede discriminar en precio, cobrando la prima correspondiente al coste esperado de cada usuario.

No hay, pues, selección adversa ni espiral de costes, siempre y cuando el Estado no prohíba la discriminación de precios o restrinja las técnicas de evaluación de riesgo de las aseguradoras. Entonces, ¿qué justifica la sanidad pública? Los intervencionistas siempre encuentran "razones".

Los enfermos crónicos no podrían asegurarse (no hay riesgo a estimar) y tendrían que pagar de su bolsillo el elevado coste del tratamiento. Por otro lado, los más pobres no podrían permitirse la prima del seguro. La reacción instintiva del intervencionista ideológico es reclamar la nacionalización de la sanidad. La respuesta lógica del liberal que acepta intervenciones quirúrgicas es pedir subsidios para los individuos con graves condiciones preexistentes y para los más pobres, sin tocar el resto del mercado.

Este enfoque descuadra a los estatistas maximalistas, empeñados en imponer a toda la sociedad un modelo planificado con argumentos que, en el mejor de los casos, solo justifican parches (subsidios, regulaciones) a un sistema fundamentalmente de mercado. Así sucede con respecto a los tres pilares del Estado del Bienestar: sanidad, pensiones y enseñanza. No conciben que quizás sea mejor subsidiar al pobre para que tenga acceso a los servicios de un mercado eficiente, que abolir el mercado para que todos tengan acceso a un servicio estatal deplorable. Así, en lugar de ponderar las ventajas de las pensiones privadas con intervenciones localizadas (como en Chile, México o Hungría) o de la introducción del cheque escolar (como en Holanda, Suecia o Florida), prefieren socializar el sector entero.

A la privatización de la sanidad suele oponerse el ejemplo de Estados Unidos, que pese a sus ventajas (ausencia de lista de espera, libertad de elección de proveedor, innovación médica) gasta mucho más sin obtener mejoras en salud. No mencionan que son las regulaciones y los programas estatales los que distorsionan el mercado y elevan el gasto, y que hay otros modelos sanitarios con un fuerte componente privado que no padecen ese problema.

En Suiza el gobierno solo financia un 25% de los costes sanitarios (en Estados Unidos el gobierno paga casi el 50%). El gasto total en sanidad es similar al de los países con sistemas públicos. Los individuos están obligados a comprar seguro médico privado, que por ley incluye una cobertura básica. Las compañías compiten en precio y servicios, y muchos suizos se decantan por pólizas baratas con deducibles altos. El Estado subsidia a los más pobres (nadie paga más de un 10% de su renta por el seguro), y más de un tercio de la población contrata pólizas suplementarias. No hay listas de espera y los pacientes pueden elegir libremente el proveedor sanitario.

En Singapur el gasto total en sanidad es la mitad que el de España, y sus indicadores de salud son excelentes. Dos tercios de la financiación son privados. Los singapurenses disponen de cuentas de ahorro sanitarias individuales, financiadas con aportaciones obligatorias, a las que recurren para gastar cuando enferman. El Estado subsidia servicios básicos y paga la sanidad a las familias con menos recursos. Hay libertad de elección de proveedor y no existe lista de espera.

¿Por qué no se exploran estas alternativas? ¿Por qué este afán por justificar lo injustificable?