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Carta abierta de Gabriel Calzada

Un depósito de gasóleo, unas piezas de repuestos industriales, una constestación telefónica desafortunada y un error de una empresa de paquetería hicieron que un intento de debate por parte de una empresa del sector renovable pareciera a todas luces una amenaza.

Como en las mejores películas, todas las piezas encajaban a la perfección y todas señalaban a un culpable, la empresa solar que quiso rebatir mis argumentos. Y como en las mejores películas al final nada es lo que parecía ser. Todo empezó cuando la semana pasada recibí un paquete procedente de Thermotechnic, una empresa de Navarra. La inesperada llegada de una caja de un remitente desconocido me indujo a contactar con ellos para preguntarles de qué se trataba pues no sería la primera vez que recibimos desagradables mensajes del sector renovable. La secretaria de la empresa dijo sin vacilar que el paquete contenía su contestación (la de la empresa) a mis artículos de opinión sobre energía en Expansión.

Para ella la contestación tenía su lógica pues la chica había obedecido a su presidente que le había pedido enviarme un informe. Si hubiese aludido al informe o a un documento, hubiésemos sabido inmediatamente que hablábamos de cosas distintas, pero la fortuna, o más bien la mala fortuna, quiso que la respuesta admitiera un paquete con cualquier tipo de contenido.

En vista de que la “contestación a mis artículos de energía en Expansión” que yo había recibido con el nombre de Thermotecnich como remitente no parecía un documento, decidí seguir los consejos de varias personas prudentes que sugirieron escanearlo. Así hice el martes 22 y el contenido resultó ser un envase de gasóleo y unas piezas industriales. El guarda de seguridad que lo pasó por el escáner solicitó inmediatamente asesoramiento por parte de una persona con más experiencia, que fue quien finalmente abrió el paquete delante de las otras tres personas presentes. En una nueva casualidad el azar quiso que las piezas fueran del tipo que se usan en bombas caseras, de tal forma que la persona que lo abrió, con una larga experiencia en servicios de protección concluyera lo que ya cualquiera podía deducir, “aquello era un aviso. Hoy te mandan las piezas sueltas y la próxima ocasión en la que te contesten podrían hacerlo con las piezas ensambladas”. Los presentes nos quedamos atónitos y yo no hacía más que pensar en cómo contárselo a mi mujer.

Comenté lo sucedido con varios periodistas tanto en Expansión como en Libertad Digital, uno de los cuales había asistido a la apertura del paquete. Me consta que llamaron a Thermotecnich con tan mala suerte, de nuevo, que nadie les contestó. La publicación de la noticia el jueves por la tarde provocó, como es lógico un gran revuelo, pero a nadie debió impactar tanto como a Pedro Gil, presidente de Thermotechnic cuando un periodista de Unidad Editorial por fin logró contactar con él esa noche.

El señor Gil se comportó en todo momento como un caballero a pesar de que debió pensar que se encontraba en medio de una pesadilla o de una película de Fritz Lang. Me llamó dos veces esa noche y me pidió disculpas por el mal momento que pudiera haber pasado. Yo las acepté inmediatamente. Sus únicas preocupaciones eran mi tranquilidad personal por un lado y por el otro la situación en la que quedaban sus empleados y el nombre de su empresa hasta que no se supiera exactamente qué había pasado y la verdad trascendiera a los medios.

¿Qué había sucedido? A primera hora de la mañana del jueves quedaban dos posibilidades, o bien alguien había cambiado el contenido del paquete o bien un nuevo error que añadir a la lista había hecho que a mí me llegaran esas piezas industriales a nombre de Thermotechnic y que alguna industria recibiera unos documentos que debían haberme llegado a mí. Pasado el mediodía del viernes el caso quedó resuelto cuando recibo la llamada de la empresa de paquetería que se habían dado cuenta del error que habían cometido tras recibir la llamada de Thermotechnic. En efecto, la empresa cruzó los dos envíos.

Personalmente siento mucho lo sucedido por la imagen de Thermotechnic y de su presidente, Pedro Gil, que como dije, mostró en todo momento ser todo un caballero. Espero que la historia quede en los anales de las noticias que son producto de un cúmulo de casualidades que parecen imposibles. Pedro Gil me ha invitado a hablar sobre lo sucedido y discutir sobre política energética en Navarra. No podría imaginar un mejor final a esta historia tan rocambolesca que sólo podía suceder en la realidad.

Interviú y los abogados de Ramoncín

…además de mostrar en pantalla la portada de estos rotativos. A ningún directivo del Grupo Zeta se le ocurriría dejarse convencer de que la aparición de El Periódico de Catalunya en estos resúmenes de prensa televisados supone un atentado contra su propiedad intelectual. Tampoco, es de suponer, se le podría persuadir de lo mismo en el caso de que lo incluido en un "repaso" a los medios impresos fuera la revista Interviú.

Resulta por tanto sorprendente que desde Zeta se optara por mantener, para el caso de los periódicos digitales y bitácoras, justo lo contrario que para las televisiones. No deja de llamar la atención que se pretendiera hacer desaparecer de la red todas las portadas de Interviú que se mostraran en páginas ajenas a las del propio grupo de medios. Afortunadamente, para ellos y para la libertad de expresión, han decidido dar marcha atrás en tan absurda y costosa cruzada. Los únicos que han salido perdiendo con la rectificación han sido los abogados de la Asesoría Jurídica de las Artes, puesto que ha quedado en entredicho el valor de sus servicios.

Sin embargo, el daño ya estaba hecho para Interviú. La campaña lanzada por el despacho de abogados en nombre de Zeta ha supuesto un fuerte coste en términos de imagen y prestigio para Interviú como revista y para su empresa editora como grupo de medios. De otra manera, seguramente no hubieran dado marcha atrás.

Tal vez deberían, suponemos que ya lo han hecho, pedir explicaciones a los abogados que han contratado. No deja de resultar irónico que entre los servicios de la Asesoría Jurídica de las Artes esté el del "control de reputación", que busca garantizar la buena imagen en la red de sus clientes y cuyo eslogan lo dice todo: "No es necesario crear nuevos contenidos. Es más rápido eliminarlos sin más". Hasta el momento, en los dos casos más conocidos de los protagonizados por estos juristas los efectos han sido demoledores.

Es cierto que han logrado que se eliminen ciertos contenidos. Pero el coste para sus clientes ha sido altísimo. En el caso de Interviú ha sido tan evidente que el propio Grupo Zeta se ha dado prisa en dar marcha atrás. El otro es el de Ramoncín. Si el prestigio del cantante entre gran parte de los ciudadanos era más bien bajo por sus pasadas defensas de la SGAE y el canon, su imagen pública resultó todavía más deteriorada tras contratar a estos abogados y emprenderla contra prácticamente todo aquel que le criticaba o se burlaba de él por internet.

Si algún día decidiéramos preocuparnos por nuestra reputación online, tenemos muy claro a quién no contrataríamos para encargarse de ello.

Endeudarse no es crecer

Fácil elección, dirán ustedes. ¿Quién puede preferir el endeudamiento insostenible conducente a la quiebra al saneamiento de las finanzas personales? Es de sentido común que sólo cuatro gatos irresponsables lo harían; el problema es que el keynesianismo ha convertido en legión a esa exigua camada felina y en dogma de fe económico la irresponsabilidad ignorante.

Nos dice Obama que debemos seguir endeudándonos para "sostener el crecimiento" pese al nulo margen de crédito que nos queda. Será que los austeros y frugales occidentales se han endeudado demasiado poco durante estos últimos años y que el Estado debe instarnos a ser un pelín más irresponsables; a no preocuparnos tanto por el mañana y a vivir un poquito por encima de nuestras posibilidades.

En caso contrario no se entiende –salvo que uno se sumerja en los desvaríos keynesianos donde el ahorro es consumo, la inversión se transmuta en ahorro, resulta posible demandar sin ofertar y es habitual ofertar para no demandar nada, ni siquiera dinero– que el endeudadísimo Estados Unidos reclame a la endeudadísima Europa que ambos continúen endeudándose hasta que se recuperen sus economías, ésas que precisamente necesitan reducir su endeudamiento para recuperarse. Es más, no se entiende que el el endeudamiento se confunda con crecimiento.

Cualquier persona, familia o empresa sabe perfectamente que el lado de su activo patrimonial aumentará si se endeuda, lo cual no significa ni mucho menos que sea más rica o próspera. De hecho, lo contrario resulta más probable cuando uno busca alocadamente endeudarse por endeudarse: cuando una persona, familia o empresa adquiere más compromisos que aquellos a los que puede hacer frente, se empobrece. Que se lo digan a quienes concertaron una hipoteca que ahora les acapara la mayor parte de su salario o a las empresas que implementaron modelos de negocio cuya estrecha rentabilidad pretendían multiplicar mediante el aumento de sus fondos ajenos.

Más deuda pública no sólo implica más impuestos y más riesgo de impago sino también menos crédito privado. No veo entonces qué beneficios nos puede arrojar el déficit público, salvo como mecanismo para crear demandas artificiales y dependientes de que esos programas públicos prosigan. Si creemos que la economía es un automóvil que necesita de un empujón para comenzar a andar de manera autónoma, es que debemos de tener un taller de reparaciones en la azotea de nuestra torre de marfil. Durante demasiado tiempo se han acometido demasiadas malas inversiones que ahora deben liquidarse, reestructurarse y ver sus precios adaptados. El problema no es que demandemos demasiado poco, sino que hasta que no cambiemos nuestro aparato productivo seremos demasiado pobres como para demandar tanto como lo veníamos haciendo en tiempos de la renovada exuberancia irracional.

Por eso Obama se equivoca y Merkel acierta. Por eso Hoover y Roosevelt se equivocaron hace 80 años cuando desbocaron el déficit público de EEUU. Por eso España y Grecia no han remontado el vuelo pese a sus espectaculares déficits. Por eso Keynes fue un charlatán y Hayek un economista serio.

¿Los Amish también tienen que integrarse?

La cuestión suele presentase en términos dicotómicos: ¿quién tiene que adaptarse: los inmigrantes o nosotros? Hay una tercera vía, que en la práctica es la que funciona mejor: los inmigrantes se integran un poco, y los nativos toleran el resto. Así el inmigrante no renuncia a su identidad, sus creencias, sus costumbres, su lengua, sino que intenta compatibilizarlas con la cultura local.

¿Pero es la integración, aunque sea de mínimos, una exigencia del liberalismo? Dejemos a un lado el debate, más general, sobre la libertad de movimientos y centrémonos en la "exigencia de integración". ¿A quién agrede el inmigrante que se niega a asimilar las costumbres del resto de la comunidad? ¿Acaso no tiene un individuo de la comunidad derecho a escindirse de la misma, recluyéndose como un ermitaño o asociándose solo con gente de su perfil? Si el liberalismo tolera cualquier comportamiento pacífico, que no atente contra las personas o la propiedad ajena, los liberales deberían tolerar la "no-integración" y la "guetización" inmigrante, en lugar de reclamar la imposición del idioma oficial y otras costumbres locales.

Olvidémonos por un momento de los musulmanes radicales, el contra-ejemplo preferido, y pensemos en comunidades niponas, chinas, caribeñas, indias o bengalíes. Liberdade en Sao Paulo, Chinatown en Nueva York, Little Haití y Little Havana en Miami, Little India en Singapur, Banglatown en Londres. Hay cierto grado de integración, pero también de distanciamiento y preservación de sus rasgos distintivos. Tomemos el barrio chino neoyorquino, por ejemplo. El turista observa divertido que los letreros están en mandarín y que hay residentes que no saben hablar inglés, pero cuando el fenómeno análogo ocurre en su ciudad natal ya no le parece divertido. Entonces estamos ante un "gueto" inaceptable, al borde del abismo multicultural.

Vayamos un paso más allá y consideremos el caso de las comunidades Amish en Estados Unidos. Son congregaciones cristianas muy tradicionales que rechazan integrarse en el mundo moderno. Viven en el campo, físicamente separados del resto, y se atienen a unos códigos de conducta estrictos en materia social, familiar y religiosa. Son pacifistas y en tiempos de guerra se declaran objetores de conciencia. Están exentos de contribuir a la Seguridad Social, puesto que se niegan a recibir sus prestaciones. Tienen sus propias escuelas, al margen del sistema educativo estatal, y generalmente los niños dejan de estudiar en octavo. Se estima que hay más de 200.000 Amish en el país.

Los Amish viven en un gueto (bucólico, pero gueto al fin y al cabo) y apenas interactúan con el exterior. El grupo ejerce una fuerte presión social sobre sus miembros (niños y adultos) para que se atengan a los códigos de comportamiento. El ostracismo o el castigo corporal a los menores (legal en Estados Unidos) son formas de control utilizadas. Respetan, no obstante, el derecho de salida: un individuo puede abandonar la comunidad voluntariamente o ser excomulgado si no cumple con las normas. También existe un período durante la adolescencia, el rumspringa, en el que las normas de la comunidad se relajan y el joven empieza a cortejar a otro miembro. Al final de este período el joven decide si se bautiza, integrándose definitivamente en la comunidad, o si se escinde. Un pequeño porcentaje de jóvenes prefiere escindirse y vivir en el exterior.

El ejemplo de los Amish en Estados Unidos sirve para ilustrar las implicaciones de una sociedad realmente abierta, donde no se exige la homogeneización lingüística y cultural que tanta gente reclama en Europa. Por eso el secularismo estatista y la integración forzosa, que tiene tantos adeptos en la Europa continental, no se comprende en Estados Unidos. Por eso en Estados Unidos la prohibición del burka no es debate y dan lecciones a Francia sobre el significado de la libertad individual. Por eso en Estados Unidos les parecería increíble que se multase a un comercio privado por no rotular en un determinado idioma.

No en vano lo que diferencia el socialismo o el estatismo del liberalismo es que el primero intenta imponer un modelo de sociedad concreto, mientras que el segundo permite la coexistencia de muchos modelos. Siguiendo a Robert Nozick, el liberalismo es un marco para las utopías (en plural), mientras que el socialismo es una utopía concreta que sus seguidores suelen querer imponer al conjunto de la población. Decía Nozick que en una sociedad libre pueden convivir maníacos y santos, monjes y libertinos, socialistas voluntarios y capitalistas, comunidades como las de Fourier, Flora Tristan, Owen, Proudhon o Josiah Warren, kibbutz, Bruderhof…. ¿Por qué no tienen también cabida los inmigrantes que se resisten a integrarse? Si los Amish tienen "derecho a gueto", ¿por qué no los demás?

Una reforma que no es “para crear empleo”

…y que mucho menos resultaba urgente, hubiese evitado parte de la destrucción de empleo que se ha producido en los pasados meses. A juzgar por lo que cuenta, el Gobierno hizo dejación de sus funciones porque "identificó que había que hacer esa reforma en el marco del diálogo social". No queda claro si el Ejecutivo nunca contó con que el diálogo social no fuera a llegar a buen puerto o si, teniendo presente esa posibilidad, realmente pensaban que la reforma no era importante. En cualquier caso, el desastre que han provocado con sus erróneos cálculos políticos es monumental.

Pero lo mejor de la entrevista llega cuando el periodista le pregunta al ministro si la reforma evitará que lleguemos a cinco millones de parados oficiales. Corbacho, ni corto ni perezoso, le responde que la "reforma no es para crear empleo". Usted, con toda la razón, se preguntará para qué demonios es entonces una reforma laboral que se aprueba en un momento en que el país tiene un 20% de desempleo. Corbacho sabe que esa pregunta es la que le haría cualquier español que escuchara su asombrosa afirmación y decide responderla antes de que se la formulen: "Es para evitar que se destruya". Esto ya es la repera. Si el objetivo de la reforma es realmente evitar la destrucción de empleo, resulta que llega con dos millones y medio de parados de retraso.

Aparte del sinsentido temporal de su contestación, la lógica de su argumento brilla por su ausencia. Según él, la generalización del despido a 33 días y los inciertos –y en todo caso modestos– resultados de los tímidos retoques en materia de convenios colectivos y despidos objetivos podrían ayudar a detener la destrucción de empleo. Lo cierto es que ninguna de estas tres medidas va a evitar más destrucción de empleo y, como él mismo reconoce, la reforma no contiene ninguna otra característica que permita albergar mucha esperanza para la creación de puestos de trabajo netos.

Pero si una reforma laboral en un país con cuatro millones y medio de parados no es para ayudar a generar empleo y nadie en su sano juicio puede esperar que evite destruirlo, ¿para qué es? Pues está claro: para decirle a los acreedores, esos que desde Alemania, Francia y EEUU le agobian a toda hora con llamadas exigiendo soluciones, que están haciendo algo y que el problema ya se encuentra en vías de ser solucionado. Se trata de aplicar internacionalmente la política pirotécnica que tan buenos resultados le dio en España. Claro que el cuento de que el nuevo mercado de trabajo será capaz de detener la destrucción de empleo se lo contará otro miembro del Gobierno a los socios europeos porque, tal y como viene a reconocer Corbacho, una cosa es lo que escribe el Gobierno en España y otra bien distinta la que cuenta el "ministro que habla con Bruselas". ¿Alguien se asombra todavía de que a España se le acabe el crédito?

Lo bueno de la crisis

…una crisis económica, social y política que llevó a los británicos a darle la mayoría a Margaret Thatcher, una mujer que estaba dispuesta a salvar a su país por medio de reformas económicas. Ronald Reagan llegó a la presidencia de los Estados Unidos dos años más tarde, en enero de 1981.

Heredaba también una crisis múltiple, una economía devorada por la inflación, un país sin orgullo, una sociedad en parte corrompida. Impuso desde la Casa Blanca un menor crecimiento del gasto público, impuestos más sencillos y moderados, menos regulación y el control de la inflación. Hasta las antípodas llegó la oleada de keynesianismo, que derivó en una grave crisis económica, y también política.

Un gobierno laborista, bajo el lema de "haremos lo que sea correcto", impuso en 1984 un programa de reformas, que incluía recortes, privatizaciones, control de la inflación y liberalización comercial. Para entonces, Irlanda ya había completado su ciclo de crisis y reformas, que asentaron, como en los casos anteriores, las bases de una larga era de prosperidad.

Aunque no hay leyes históricas sin escapatoria, todos estos ejemplos responden a una misma lógica, además de a un mismo período histórico. El Estado se vale de cualquier razón para crecer sin medida, pero es un parásito, y su voracidad puede llevar a la economía privada, de la que se nutre, a una grave crisis. Cuando llega ésta, sólo cabe echarse atrás, podar las políticas más dañinas para darle un desahogo a la economía real. Soltar algunas cadenas, porque la sociedad no puede más con tanta intervención, tanto gasto, tanta inflación.

Los excesos del intervencionismo se acaban purgando con un duro período de reformas, que liberan al mercado y le permiten cumplir su papel, que es el de multiplicar la riqueza y llevar la prosperidad hasta el último rincón. Pero ocurre que sobre esa recobrada prosperidad, el Estado vuelve a retomar sus posiciones y lanza nuevos proyectos de socialización, regulaciones en ámbitos nuevos de la actividad, como por ejemplo el medio ambiente, sube los viejos impuestos y si es posible impone otros nuevos.

¿Qué decir de la inflación, que es el camino más eficaz para llevarnos a todos a un crecimiento engañoso, a él el primero? Los impuestos, el gasto, la regulación, atenazan a la economía privada. La inflación le da primero impulso, pero luego le lleva a la crisis. Y al final, ésta llega también al propio Estado. Ese es el punto en que nos encontramos.

Y, de hecho, aquí estamos, otra vez hablando de reformas. Incluso el presidente más alejado de la realidad, como es Rodríguez Zapatero, que es también el menos proclive a introducir penosas reformas económicas, ha impuesto pequeños cambios en el mercado laboral, deja caer que habrá copago en la sanidad, se verá forzado a reformar las pensiones públicas, y ya ha tenido que podar, siquiera modestamente, el gasto público.

Este sábado, en ABC, el ministro de trabajo, Celestino Corbacho, reconocía que también había que reformar el sistema de prestaciones a los parados. Nada de lo que haga Zapatero será suficiente, pues no cree en las reformas. Quedará para su sucesor la decisión de acometer un verdadero plan de ajuste, que liberalice la economía, para permitirnos volver a ser prósperos, o agonizar en una larga crisis.

Patentar la idiotez

Su argumento es discutible en la mayor parte de los casos, pero en otros es sencillamente estúpido. Esto es así, sobre todo, en lo referido al software y a internet. En estos supuestos lo que se patenta no es, por lo general, el modo concreto de realizar un proceso o un servicio on line determinado. El monopolio que se obtiene es sobre la idea misma de que ese proceso o servicio puede ser hecho.

El último ejemplo es la patente sobre las redes sociales que le ha sido otorgada a Amazon. El gigante de la venta minorista on line es ahora el "propietario" de la idea de que un servicio de internet permita que las personas se identifiquen unas a otras y se otorguen permisos entre sí para ver información personal de cada uno. En definitiva, las autoridades gubernamentales han transformado a una empresa en dueña de la idea sobre la que están construidas las redes sociales. Se trata de un absurdo absoluto, que permitiría a Amazon presentar demandas contra Facebook y otros servicios similares (como el fracasado Orkut de Google).

La lógica que permite este absurdo es la misma que permitiría patentar el unir por un lado muchas páginas de papel sobre las que hay palabras impresas que cuentan una historia o explican ideas o conocimientos técnicos. Esto es, producir libros. Nadie sería capaz de sostener que esto fomenta la innovación o la creatividad. Al contrario, cualquiera pensaría que supone un freno al desarrollo de la civilización. Sin embargo, en materia de internet o de software quieren hacernos creer que es positivo.

Puestos a patentar, a uno le entran ganas de registrar la idea de que alguien pueda perpetrar estupideces o actuar de manera absurda. Sería la patente de la idiotez. A quien se la concedieran podría forrarse. Para empezar, deberían pagarle aquellos que creen que Amazon tiene derecho al monopolio de la idea de las redes sociales.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

¿Dónde está la reforma del mercado laboral?

Al no cumplirse sus esperanzas, han tenido que hacer algo. No les ha salido muy bien a juzgar por las reacciones. El mismo día que María Teresa Fernández de la Vega y Celestino Corbacho comparecían para anunciar la reforma, el diferencial del bono español con el bund alemán superaba los 220 puntos básicos. Otro máximo que transmite la poca confianza que tienen los países extranjeros en nosotros y en las medidas de nuestros políticos.

No es para menos. Según de la Vega, el principal objetivo de la reforma es "reducir la temporalidad excesiva". Sorprendente. Esta mujer no lee los periódicos. El problema es otro. Hay una legión de parados, y somos los líderes de toda Europa en desempleo. En el mes de abril nuestro país llegó a una tasa de paro juvenil superior al 40%. También somos líderes indiscutibles en paro masculino y femenino, con casi un 20% en ambos casos.

El decreto ley que quieren aprobar no moverá nada. Ni siquiera a los sindicatos del Gobierno (CCOO y UGT), a juzgar por las encuestas de participación de la próxima huelga general. Uno de los principales talones de Aquiles de la nueva ley es que mantiene la litigiosidad actual. Si cualquier despido va a desembocar en el juzgado, a nivel práctico el mercado se quedará como ahora.

Es imperdonable que durante dos años el Gobierno no haya hecho nada y enfocado el problema de esta forma tan nefasta. Si quieren acabar con el paro juvenil, hay una solución fácil, y es eliminar el salario mínimo. Cuanto más caro sea contratar a los jóvenes, más les costará encontrar un trabajo. El salario mínimo pretende defender al laboralmente indefenso, pero lo único que hace es arrebatarle su principal baza, que es que cobra poco debido a su inexperiencia. Si queremos que los jóvenes cobren lo mismo que un senior con veinte años de bagaje laboral, sólo habrá seniors trabando en las empresas.

No tiene ningún sentido que los costes del despido ahora recaigan sobre la sociedad, sobre el erario público. Han magnificado el problema. Cada despedido le costará dinero a usted. De hecho, el Gobierno de Zapatero se ha centrado más en abaratar el despido que en reducir el coste de contratación, que sería lo normal.

Y es que con una tasa de desempleo superior al 20% es imperdonable que el Estado se quede con el 50% del salario de un empleado (sumando la parte que paga la empresa por el trabajador). Reducir esta confiscatoria parte abarataría la contratación y se podrían crear nuevos empleos de forma inmediata. Esto, que parece lo más razonable, es lo que ni se ha planteado el Gobierno de una forma seria. La razón es fácil de ver: bajaría su recaudación. Millones de desempleados justifican la recaudación del Gobierno. Pero no se preocupe porque un alcalde socialista se ha bajado el sueldo un 1%. Cobrará 700 euros menos sobre los 64.127,92 que percibía el año anterior. Otro político con los pies en la tierra.

Nos queda desempleo para rato; y más impuestos, más desconfianza de los inversores extranjeros, una deuda pública y privada de record Guinness, y un país que sigue cuesta abajo. Arruinados por un Gobierno de inútiles.

Cualquier escenario es posible

"No puede descartarse ningún escenario sobre el futuro de los bancos españoles, por muy impensable que hubiese sido hace seis meses, antes de la crisis griega".

Lo impensable, algunos lo llevamos temiendo desde hace años. Simplemente las cifras estaban ahí, para quien quisiera enterarse: el 60% de todos los créditos del sistema bancario español están vinculados directamente con el mercado inmobiliario, un mercado que vivió una burbuja de aproximadamente el 50% en sus precios. Si alguien pensaba que el especulador sistema bancario estadounidense iba a sucumbir ante una gripe de su ladrillo y el sólido sistema español iba a ser capaz de sobrevivir ante un cuadro clínico terminal del suyo, entonces es que le faltaba algo de perspectiva.

Desde luego, el proceso que describe el informe de JP Morgan no tiene nada de novedoso y se lo conoce desde antes aun de la Gran Depresión. Algunos economistas, como Irving Fisher, incluso convirtieron la trampa deflacionista como la base de su explicación del ciclo económico: sobreapalancamiento a corto plazo de los bancos, inflación de los activos que sirven como colateral a la banca, necesidad de refinanciación de las deudas a tipos de interés crecientes, liquidación de los activos a precios de descuento, pérdidas extraordinarias, quiebra de bancos y nueva liquidación de activos, aparición de mayores pérdidas, pánico entre los depositantes, otra ronda de liquidaciones y desaparición de la banca y de los ahorros de las clases medias que, en realidad, no estaban en ninguna caja fuerte sino inmovilizados en unas viviendas carísimas.

Es lo que tiene ese perverso proceso que alientan y sustentan los bancos centrales de descalzar los plazos del activo y del pasivo, de endeudarse a corto plazo y prestar a largo: las entidades españolas han de refinanciar este año la friolera de 64.000 millones de euros en papel comercial y cédulas hipotecarias, las cuales, no lo olvidemos, se emitieron con unos vencimientos de 10 años para sufragar hipotecas de 30 ó 40; y eso por no hablar de la eventual espiral de fuga de depósitos (otras deudas a corto plazo) que anticipan los analistas de JP Morgan.

No serán pocos quienes crean que este es un problema con una sencilla solución: bastaría, sostienen los inflacionistas, con que el Banco Central Europeo se ponga a prestar seriamente a la banca española para solventar su falta de liquidez; punto pelota. Pero me temo que no es tan sencillo: una cosa es proporcionar liquidez contra buen colateral (tal y como sabiamente recomendaba Walter Bagehot) y otra, muy distinta, es extender crédito contra cualquier basura que se presente a descuento. Quienes acusan al BCE de no expandir el crédito como ha hecho la Reserva Federal de EEUU olvidan un dato importante: durante el último mes a los bancos españoles se les ha cerrado el grifo del interbancario y ha sido el BCE quien los ha mantenido a flote con unos préstamos históricamente elevados.

¿Puede esta situación mantenerse en el tiempo, en torno a una década? Pues no. La diferencia entre la banca española y estadounidense no es que la Reserva Federal actuara a finales de 2008 exactamente igual que el BCE, sino que el gobierno de EEUU la recapitalizó con varios cientos de miles de millones –poniendo fin a los temores de insolvencia de sus grandes bancos– y en España el FROB sigue en un cajón.

No es que sea favorable a rescatar a los bancos a la Bush, pero es evidente que algo se tiene que hacer a menos que queramos declarar la quiebra voluntaria (mi propuesta pueden encontrarla aquí).

Y mientras el sector privado español tenía estos muy serios problemas para refinanciarse en los mercados de crédito, ¿qué se le ha ocurrido hacer al visionario Gobierno de España? Seguir la copla keynesiana de que endeudándose y tirando de demanda las cosas se iban a arreglar sin ningún ajuste en los precios y en la estructura productiva. Muchos inflacionistas se centraron en criticar la escasa laxitud monetaria del BCE durante 2009 y se despreocuparon de los agujeros presupuestarios de Zapatero, pues ahí tienen el resultado. Reza JP Morgan: "Es evidente que las capacidades y los costes para financiarse del Estado y de los bancos se han unido de manera indistinguible".

No será porque no se lo advertimos.

Posición Común, fracaso singular

Ambos se habían marcado el ambicioso, difícil e inmoral reto de sustituir la posición común sobre Cuba (que molesta al régimen castrista por incluir el diálogo y el apoyo a los disidentes del interior) por un nuevo marco de cooperación con la dictadura totalitaria de La Habana. Para desgracia del inquilino de La Moncloa y su ministro, el resto de gobiernos europeos han optado por la dignidad democrática y no se cambiará la citada posición común.

En un desesperado intento de minimizar su fracaso y de justificar su posición, Moratinos se agarra a la liberación del muy enfermo preso político Ariel Sigler Amaya. Horas antes de que los ministros europeos de Asuntos Exteriores aprueben mantener la posición común, el jefe de la diplomacia española dice esperar que se inicie una nueva etapa en las relaciones con Cuba tras lo que considera el inicio de un "proceso esperanzador" por parte del Gobierno cubano. Es un gesto felizmente inútil, en Europa son demasiados los gobiernos que no están dispuestos a dejarse embaucar por el portavoz español de la dictadura castrista.

El "proceso esperanzador" del que habla Moratinos no es tal. El único responsable del lamentable estado de salud de Ariel Sigler Amaya (uno de cuyos hermanos, Guido, sigue en prisión) es la dictadura castrista. Fue ese régimen el que le encarceló y le maltrató. Según distintos organismos de Derechos Humanos, en las cárceles cubanas siguen encerrados unos doscientos presos políticos, 26 de los cuales están enfermos en situación de extrema gravedad. Ésa es la auténtica cara del sistema totalitario con el que Moratinos y Zapatero pretenden que colabore la Unión Europea.

En política exterior la presidencia española de la UE se resume en un largo listado de fracasos, pero ninguno tiene la importancia de éste. Sin embargo, el mantenimiento de la posición común hacia Cuba no es una derrota de España, sino de su Gobierno. Numerosos españoles rechazan la amistad del Ejecutivo de Zapatero con el castrismo y la colaboración con la dictadura. Para ellos, como para el resto de demócratas europeos y cubanos, ha sido una victoria.