A perro flauta todo son pulgas
Esto, después de un invierno de chuzos de punta, una primavera de truenos y pantanos hasta los topes, desaguando alegres desde el Ter hasta el Guadalfeo, que es un río granadino al que no le hace justicia el nombre. Los del lugar se quejan, con razón, de que así no hay quien viva, que esto no es plan, que para ver llover no hacía falta tomar medidas tan urgentes, ni firmar protocolos de Kioto, ni observatorios sobre el cambio climático ni nada de nada.
Han bastado nueve meses para que la pamema del calentamiento global, ese edificio construido con esfuerzo, dedicación y toneladas de dinero ajeno se venga abajo. Al final, el tiempo ha hecho lo que lleva eones haciendo: ir a lo suyo, especialmente en España, donde el clima a es tan caótico y caprichoso como el carnavalesco espíritu de sus habitantes. Los difusores de la trola, milenaristas de nuestro tiempo, llevan una década tocando la flauta, con o sin su perro reglamentario, con tal acierto que los socialistas de todos los partidos bailan embobados la tonadilla. Y lo seguirán haciendo aunque ya con menos ritmo y convicción, porque resulta que el fin del mundo nos ha concedido una prórroga.
Por si lo del clima no fuese suficiente, este año trae un regalo envenado para los apóstoles de la falacia insostenible del desarrollo sostenible. Ha quedado claro que no se puede gastar lo que no se tiene, y que poner a una cuadrilla de albañiles a pavimentar aceras que estaban como nuevas no es generar riqueza, sino destruirla. Con las reservas de grasa consumidas, el perro, la flauta y el amo empiezan a advertir que no hay de dónde sacar. La tozuda realidad amarga el sueño de los asaltantes de nuestra cartera que, por un momento, se creyeron tomando el Palacio de Invierno a lomos de un Audi A8 tuneado como aquel que Benach se puso para pasearse por Reus.
Sin más Apocalipsis que la presupuestaria, hasta Obama, la gran esperanza negra en la que cifraban la salvación de su tontería congénita, les ha fallado. Al del teleprompter le sale todo mal. Le han quitado su Blackberry y la derechona le monta manifas que, casi, casi, se diría que son antifas. El aborrecido ejército yanqui sigue en Irak y en Afganistán; Guantánamo, por su parte, sigue abierto porque los prisioneros yemeníes prefieren quedarse allí que ser trasladados a un penal de Illinois. Ese otro mundo posible ha terminado siendo demasiado parecido al imposible de los bushes y los aznares al que, con bongo y flauta pero sin perro, atacaban sin piedad hace sólo cinco años. Una eternidad.
Pallywood surcando las olas
Hace ahora tres años la organización terrorista Hamas tomó el control de la franja de Gaza, la parte desgajada de los territorios palestinos que Israel ocupó tras la Guerra de los Seis Días en 1967. Esta ocupación militar duró 38 años, hasta que, mediante el llamado Plan de Retirada Unilateral, Ariel Sharon abandonó la franja, que se integraba desde los acuerdos de Oslo dentro de los territorios controlados por la Autoridad Nacional Palestina.
La franja de Gaza es, como su propio nombre indica, un estrecho corredor costero poblado desde tiempos antiguos que comunica Israel con la península del Sinaí y el valle del Nilo. Su población ha sido árabe desde hace siglos, aunque existieron juderías mucho antes de la formación del Estado de Israel. Hoy de aquella presencia no queda más que el recuerdo. En los últimos cien años ha sido primero otomana, luego británica, más tarde egipcia y finalmente israelí. Podría decirse que hasta la toma del poder por parte de Hamas nunca ha sido independiente, ni sus habitantes –cerca de medio millón en la actualidad– han tenido nunca esa veleidad.
La independencia de facto les acaba de llegar, y lo ha hecho a lomos de una sanguinaria banda de terroristas islámicos que gobierna con mano de hierro. Hamas es una organización reciente. Fue fundada en 1987 por el célebre jeque Ahmed Yassin, aquel anciano que, desde su silla de ruedas, enviaba a los combatientes de Alá a inmolarse en las ciudades israelíes. Yassin fue liquidado en una operación militar israelí en 2004, pero la organización ha demostrado tener voluntad y, sobre todo, programa propio que aspira a cumplimentar en su totalidad. Éste consiste en la fundación en Palestina de un estado teocrático islámico que reemplace al de Israel, cuyos habitantes deben ser expulsados o, siguiendo el delirante guión bélico de los mulás palestinos, “arrojados al mar” y eliminados físicamente.
Desde la llegada al poder de Hamas la franja se ha convertido en un puesto de avanzada desde el que se promueve el terrorismo islámico y se ataca directamente con morteros y misiles Qassam a los pueblos y ciudades del lado israelí. El ejército hebreo penetró en la franja hace ahora año y medio para detener la ofensiva de Hamas y castigar a sus responsables. Tras la operación, a la que se llamó “Plomo fundido”, se decretó un embargo de armas y un bloqueo naval que llevan a cabo las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF).
Desde entonces la paz ha reinado en la franja. Hasta Gaza han llegado toneladas de ayuda humanitaria y se han acometido las tareas de reconstrucción. El primer donante ha sido el propio Israel, cuyo último deseo es que una población depauperada se eche en manos de Hamas y el problema se enquiste. Aparte de esta ayuda oficial, oenegés de todo el mundo han enviado ayuda que ha pasado, previa inspección por parte del IDF, a la franja sin mayores problemas. Como resultado los mercados de Gaza han vuelto a estar repletos de víveres y la normalidad reina desde hace más de un año. En definitiva, el peor de los escenarios posibles para los amos de Gaza, que legitiman su poder sobre un irredentismo sangriento y el recurso constante al odio y a la guerra contra el “invasor” israelí.
En este punto una serie de organizaciones extranjeras lideradas por el grupo islamista turco Insani Yardim Vakfi, una fundación de caridad con vínculos con Hamas y Al Qaeda, promovieron el envío de una flotilla solidaria dirigida a romper el bloqueo israelí por las bravas desembarcando ayuda humanitaria en el mismo puerto de Gaza, un puerto pesquero que ni es de aguas profundas, ni dispone de las instalaciones adecuadas para estibar carga. Por esta razón, todo lo que ha entrado en Gaza por vía marítima en las últimas décadas lo ha hecho a través del puerto de Ashdod, a sólo 40 kilómetros de distancia, ya en territorio israelí.
Cuando en la madrugada del 1 de junio la flotilla se encontraba a 28 kilómetros de la costa los patrulleros les indicaron por radio que no habría problemas en la entrega pero que tendrían que atracar en Ashdod, donde la descarga sería mucho más sencilla y se realizaría la pertinente inspección. De las seis naves que formaban la flotilla –autodenominada “de la Libertad–, cinco accedieron a las condiciones impuestas por la Armada israelí; una de ellas, la nao capitana de la expedición, un barco abanderado en las Islas Comoras de nombre Mavi Marmara, se negó en redondo y, en palabras de uno de los activistas “solidarios”, se preparó “para la resistencia” al tiempo que, desde el puente de mando, les decían que callasen y volviesen “a Auschwitz”.
La Armada israelí entendió el desafío y supo ver que lo que el Mavi Marmara buscaba era un enfrentamiento abierto que ocasionase un bombazo mediático al día siguiente. Primero envió agentes desarmados a inspeccionar la carga. Un grupo de pasajeros les esperaba con palos y ganas de bronca. La hubo. Una multitud enfervorecida de “pacifistas” apalearon sin piedad a los inspectores para forzar la intervención de infantes armados desde los helicópteros. Cuando éstos descendieron una batalla campal se desató sobre la cubierta. Resultado: nueve muertos, infinidad de heridos y un notición.
Los armadores del Mavi Marmara habían conseguido su objetivo, la máquina de fabricar masacres de Pallywood se puso en funcionamiento en todos los medios de comunicación occidentales. El lunes 1 de junio fue un día glorioso para Hamas que, después de intentarlo varias veces, había conseguido reavivar la llama de la guerra en Gaza. Miles de personas salieron a la calle a protestar en todas las capitales europeas y apenas quedó tiempo en el telediario para otra cosa. A la condena de oficio de los países árabes le siguió entusiasta la de la presidencia española en la UE y las bravuconadas de Erdogan, indignado por el asalto a un barco turco que, curiosamente, ondeaba en popa la bandera de las Comoras. La ONU y Estados Unidos se abstuvieron por si acaso.
Sabía decisión la de Obama y Ban Ki-Moon porque el efecto duro poco esta vez. Israel había previsto grabarlo todo en vídeo para apoyar las razones de su intervención, y esos vídeos se hicieron públicos al día siguiente. Internet hizo el resto. De la ofensiva los pacifistas pasaron a la defensiva. A bordo no se encontraron armas de fuego –tan torpes no son los voluntarios propalestinos– pero sí barras de acero y un gran surtido de cuchillos y armas blancas de todo tipo. Lo necesario para tensar la cuerda y crear de la nada un conflicto internacional con los papeles adjudicados de antemano. Así, Israel era el malo; Palestina, el bueno; el activista solidario, el héroe y la comunidad internacional, el corifeo. Para que la historia funcionase en taquilla Hamas debía quedarse fuera del reparto.
Cuando la historia estaba muerta en las portadas, los tres integrantes españoles en la expedición llegaron a Barcelona, donde, con intención de reavivar el caso, soltaron una soflama ideológica cargada de odio que reveló al escéptico que, más que activistas solidarios, eran activistas pro Hamas. Uno de ellos, Manuel Tapial, es un conspicuo defensor de esta banda terrorista y habitual de las asociaciones de extrema izquierda. Otro, el valenciano David Segarra, vive por voluntad propia en la Venezuela de Chávez, es corresponsal de Telesur y, según cuentan sus allegados, se sitúa “a la izquierda de la izquierda”.
No es casualidad que la participación española en tan chusco episodio corriese a cargo de una asociación llamada “Cultura, Paz y Solidaridad Haydée Santamaría” a la que pertenecen dos de los tres activistas. El último nombre, el de Haydée Santamaría, han sabido ocultarlo para embozarse tras tres palabras a las que nadie puede oponerse. Haydée Santamaría fue una guerrillera de Sierra Maestra, fundadora del Partido Comunista de Cuba e inspiradora de la Casa de las Américas, una institución que forma parte del frente cultural del castrismo desde la que se difunde su ideario y se da sustento a la tiranía. Normal que, para este viaje, prescindiesen de su patrona.
Con esta materia prima se levantó el escándalo de la flotilla de Gaza, un plan minuciosamente trazado para hacer estallar de nuevo la guerra dentro de la franja que, por fortuna, se ha quedado en un simple fogonazo sin más trascendencia que unas horas de propaganda gratuita. Y es que, mal que les pese a sus productores, Pallywood ya no es lo que era.
La Acción Humana en catalán
El acto será presidido por Juan Rosell, presidente de Foment del Treball, e intervendrán Xavier Mallafré, director general de la editorial Grup 62, Juan Torras, presidente del Instituto von Mises de Barcelona, Joan Maria Nin, director general de La Caixa, y Jesús Huerta de Soto, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos y el principal exponente de la escuela austriaca en España.
El Instituto von Mises de Barcelona ha sido el promotor de esta iniciativa, añadiendo otro idioma a la lista de traducciones de este monumental tratado de economía. Ludwig von Mises ha sido probablemente el mejor economista del siglo XX, y los seguidores de su obra en Cataluña han querido dar un renovado impulso a sus enseñanzas, hoy más vigentes que nunca.
Pero La Acción Humana ya estaba traducida al castellano por Unión Editorial (van por la novena edición), y es en este contexto que surge la interesante cuestión de si es práctico y beneficioso traducirlo al catalán siendo los catalanes bilingües, o es un despilfarro de esfuerzos y recursos para mayor gloria del nacionalismo. En otras palabras, ¿es La Acción Humana en catalán redundante?
En primer lugar, que los catalanes sean bilingües no significa que sean indiferentes respecto al uso de una lengua u otra. Muchos catalanes prefieren relacionarse sólo en catalán, o prefieren leer más en catalán que en castellano. Dadas estas preferencias, algunos catalanes estarán más predispuestos a leer la obra de Mises si está en catalán.
En segundo lugar, en el ámbito educativo y universitario (especialmente en un contexto de imposición lingüística) una obra en catalán puede tener mejor difusión que una obra en castellano. También entre la élite política. Las ideas liberales de Mises recibirán más atención por parte de profesores, alumnos y cargos públicos.
En tercer lugar, el lanzamiento de la edición catalana traerá consigo una nueva oleada de publicidad, aunque la tirada sea modesta. Teniendo en cuenta que la obra de Mises ya va dirigida a un público minoritario, cualquier campaña complementaria tiene el potencial de llegar a "liberales durmientes" adicionales y despertar su interés.
Por último, e independientemente de las ventajas que la edición catalana pueda tener para la difusión del liberalismo en Cataluña, está la cuestión de la promoción privada de un idioma como fórmula para preservarlo. La traducción al catalán de obras extranjeras que ya están en castellano sirve a este propósito.
Para quienes pensamos que el catalán se encuentra en una posición natural de desventaja respecto al castellano pero creemos que su preservación a largo plazo debe pasar por el esfuerzo voluntario de los hablantes (y no el dirigismo de la Generalitat), la traducción de La Acción Humana no sería redundante aunque lo fuera para el liberalismo. Del mismo modo, no cabe argüir que el fomento privado de la lengua catalana es un despilfarro y al mismo tiempo decir que el proteccionismo lingüístico es innecesario, pues una lengua minoritaria no se preserva sola. Otra cosa es que algunos no le vean sentido a preservar una lengua, lo cual me parece una postura respetable y hasta tentadora, aunque hipócrita en boca de muchos. Es fácil desdeñar el afán de preservación desde el cómodo atrio de la tercera lengua más hablada del mundo.
El festín de nuestro Leviatán
Añade el ministro del Interior que los españoles "son gente trabajadora" que "cuando tiene que hacer sacrificios los saben hacer" y que es "rotundamente falso" que el Gobierno haya sacrificado su política social" dado que gasta 200.000 millones de euros entre sanidad, educación y pensiones, otros 17.000 en desempleo y 5.000 en dependencia.
La verdad es que los comentarios de Rubalcaba no tienen desperdicio. Si España es un país serio o no será una cuestión bastante subjetiva que en todo caso determinarán quienes no forman parte del conjunto de los españoles a través de la imagen que se forman de nuestro país. Pero el juego de palabras intenta plantear al público (los españoles) la idea de que alguien duda de la seriedad y del crédito que tenemos los ciudadanos españoles. En realidad, esa no es la cuestión. El Gobierno ha incurrido en un déficit público superior al 10% del PIB y la duda de los inversores internacionales es si esta política manirrota del Ejecutivo puede sostenerse. En especial, los inversores extranjeros se preguntan si este Gobierno o los que le sigan serán capaces de cumplir con unos durísimos compromisos en el marco de una economía desequilibrada y rígida por exceso de intervencionismo en la que el crecimiento sostenido no se prevé en el medio plazo. En otras palabras, los compradores potenciales de bonos se preguntan si el Gobierno no estará ahogando a los españoles, esos a los que tendrá que sacarles el jugo impositivo para pagar las deudas a las que se ha comprometido en su nombre. La honorabilidad que está en juego es la del Ejecutivo. En el pasado ha habido gobiernos españoles que se la han jugado a los inversores suspendiendo pagos o devaluando la moneda. Lo segundo ya no es posible pero lo primero está por ver.
Rubalcaba pasa de la demagogia a la provocación en un abrir y cerrar de ojos. ¿En qué sentido los españoles somos gente trabajadora cuando un 20% de la población se encuentra en paro? Los más de cuatro millones de desempleados deberían explicarle a este señor que la humanidad está compuesta de gente trabajadora. El problema es que en unos pocos países una inmensa minoría compuesta por millones de personas no pueden trabajar por culpa de las absurdas rigideces defendidas por gobiernos como el de Zapatero y trabas establecidas por los lobbies sindicales y patronales. Claro que lo de que "sabemos hacer sacrificios cuando tenemos que hacerlos" ya es de traca. Los españoles estaban realizando el sacrificio que supone apretarse el cinturón dejando de consumir y ahorrando mucho más. Pero en esto llegó el Gobierno de ZP y se lo desabrochó al empezar a gastar en todo tipo de asuntos absurdos tirando el dinero bueno detrás del malo. De esta manera, lo que podía haber sido el comienzo de la solución a la crisis económica no sirvió de mucho porque el Gobierno se fundía todo lo que ahorrábamos y los bancos compraban deuda española en vez de prestar los ahorros a los proyectos empresariales sólidos con necesidad de refinanciación.
Para ponerle una guinda a este pastel empalagoso pastel, Rubalcada niega que el Gobierno haya sacrificado su política y lo justifica argumentando que sigue sacando muchos millones de euros del bolsillo de unos para meterlo en el bolsillo de otros. Por ahora sí han tenido que traicionar su políticas (a)sociales. Pero lo que dice Rubalcaba apunta a lo que pretenden hacer mediante una nueva tanda de medidas anticrisis: que los recortes en el gasto vengan ahora acompañados de nuevas subidas impositivas que den al Estado el espacio perdido y aún más. Como dice Robert Higgs, las crisis económicas y militares son el alimento que más hace crecer al Estado. De nosotros depende que esta vez el festín se le indigeste a nuestro Leviatán.
Los países con moneda propia también lloran
En ella podía verse que España, Irlanda y Portugal tenían un déficit y una deuda pública muy similares a los de Estados Unidos y Reino Unido y que, asimismo, los pésimos datos de las finanzas públicas de Grecia eran equiparables a los de Japón. Pero, por el contrario, el coste de colocar la deuda pública de los PIGS era en muchos casos el doble del de Estados Unidos, Reino Unido y Japón. ¿A qué podía deberse esto? Krugman apuntaba dos hipótesis y se decantaba por la segunda: o bien los inversores no estaban valorando adecuadamente los riesgos de estos tres últimos países o bien la diferencia esencial entre los dos grupos era que los países de segundo tenían una moneda propia (el dólar, la libra y el yen frente al euro de España, Portugal, Irlanda o Grecia).
Mucho se ha escrito sobre la responsabilidad del euro en esta crisis. No son pocos –es más, me atrevería a decir que son casi todos– quienes lamentan que España y el resto de cerditos europeos no gocen ya de autonomía monetaria para devaluar sus respectivas divisas y salir de la crisis sin necesidad de practicar ninguno de esos incómodos ajustes internos como pueden ser reformar el mercado laboral o aplicar intensos recortes en el gasto público.
Al fin y al cabo, la Eurozona languidece en una crisis de deuda que amenaza con sumir al mundo entero en una nueva depresión económica mientras que Estados Unidos parece, mal que bien, estar saliendo de la recesión. Se asume, pues, que si España pudiera devaluar, nuestro enorme desempleo desaparecería y nos sería mucho más fácil amortizar nuestra ingente deuda externa. Es más, se llega al extremo de señalar que si España todavía disfrutara de la peseta, su riesgo de impago sería mínimo.
En mi opinión, la comparativa está desenfocada. No tiene sentido comparar una economía tremendamente flexible, productiva y preparada como la estadounidense con otra exageradamente rígida, improductiva y poco formada como la española. La comparación debería establecerse, en todo caso, entre Estados Unidos y Alemania. Y aquí sí afirmo que el euro está suponiendo un lastre para la recuperación de los alemanes, pero no porque no puedan devaluar, sino más bien por lo contrario: porque han de soportar la carga de economías anquilosadas y al borde de la quiebra como la española.
Nosotros deberíamos mirarnos en otros espejos, en el de otros países que han entrado en esta crisis con moneda propia y con un enorme endeudamiento externo. Por ejemplo, Islandia, Letonia, Ucrania o Hungría. Todos estos países estuvieron a punto de quebrar a finales de 2008 en medio de una crisis monetaria brutal en la que las divisas nacionales se devaluaron entre un 25% (en el caso de Letonia) y un 60% en el de Islandia. Sólo la intervención del FMI y la imposición de duras medidas de ajuste consiguieron estabilizar la situación de esas economías que, no obstante, han continuado –como el resto del mundo y de la Eurozona– estancadas (describí la dura crisis islandesa en este artículo de la Ilustración Liberal).
Ahora nos enteramos de que Hungría, pese a que en el último año ha visto depreciar su florín en 20% frente al dólar y un 8% frente al euro, se encuentra en una situación cercana a la quiebra, según admite su propio Gobierno, y no parece que una devaluación aún mayor pueda solucionar nada. Para información de Krugman, este país con moneda propia, una deuda del 80% sobre el PIB y un déficit público del 5% (a falta de que el Gobierno actualice estas maquilladas estadísticas) tenía que pagar en abril por sus emisiones de deuda soberana a 10 años casi un 7%; es decir, más de un 50% de lo que, incluso ahora, está pagando una España sin moneda propia.
Es con Letonia o Hungría con quien debe compararse a una España fuera del euro, y viendo cómo están estos países no me parece que nuestros problemas vengan de un exceso de disciplina monetaria sino de un defecto de ortodoxia fiscal y de flexibilidad laboral. No quiero ni imaginar qué habría hecho Zapatero con la peseta observando qué ha hecho con el presupuesto. La inflación de la moneda nunca ha sido un remedio contra la deflación del crédito, ni en los años 20 (que se lo digan a Alemania), ni en la Gran Depresión, ni ahora.
El ciudadano descapitalizado contra la crisis
…y que los votantes nos han elegido para que les dirijamos y les cobremos un montón de dinero por ello.
Tenemos una crisis como pocas encima y hemos de solucionarla. Como nos acaban de poner en el cargo y no tenemos ni idea de qué hacer, recurrimos a cosas cotidianas que conocemos. Somos padres de familia que debemos al banco mucho dinero (igual que España). Como tenemos un perfil de riesgo alto, nos piden más garantías para nuevos créditos (igual que le ocurre a la deuda española). Además, padre y madre están en paro. El niño no está en edad laboral. La única que trabaja es la niña. Es el único foco por donde entra el dinero a la familia (la gama entera de la clase media).
Uno de los progenitores gestiona con mano de hierro la economía doméstica. Los créditos que pide son para tapar deudas anteriores (igualito que el Gobierno de España). Esto no añade producción, sino que lo empeora todo. Nuestro hijo (que no puede trabajar por tener menos de 16 años), no para de quejarse de su bajo nivel de vida. No se puede dedicar holgadamente a sus aficiones, como hacer teatro y tocar la guitarra en el parque. Para no oír cada día las quejas del nene, el gestor de la familia obliga a la hija (la única que trabaja) a que le dé una "pensión mínima" a su hermano para que haga el holgazán todo el día (como hacen los lobbies rentistas del Estado, tales como actores, amigos de políticos, ecologistas, etc.). Uno de los padres, que está en paro, reclama más dinero para mantener su nivel de vida y una vez tras otra rechaza trabajos por "no ser dignos". El otro progenitor, el que dirige la economía familiar, obliga a la hija a que le pague las entradas del fútbol, las cervezas, los viajes que se pega los fines de semana, las salidas que monta… incluso le pide más dinero para invitar a sus amigos cuando se va a cenar fuera (como hace España con el dinero que regala a Venezuela, Cuba, dictadores africanos, Alianza de Civilizaciones, etc.).
A esta situación, algunos le llaman Estado del Bienestar (familiar, en este caso). Los economistas le llamamos estado de ruina inminente. ¿Cómo cree que se siente la hija? La crisis se refuerza y el responsable de la gestión doméstica obliga a su descendiente a dar más dinero a la familia en concepto de "solidaridad", quedándose ella sin nada para sus quehaceres diarios (situación en la que está ahora la clase media). Incluso el gestor se inventa una serie de normas con multas asociadas. Si llegas tarde a casa, te multo por romper la estructura de la familia y barbaridades así (las multas están tomando una parte destacable en la financiación de las administraciones locales).
Esta chica va odiar a su familia. A la mínima que pueda, o le pongan más restricciones, abandona a los tiranos con los que malvive.
Esta es la situación que se produce ahora en España. De forma institucional, el Gobierno y las administraciones locales han empezado una campaña de acoso y derribo contra los ricos. También afectará a las clases medias e incluso a las bajas con subidas de IVA, IRPF, carburantes, etc. Los ricos van a hacer lo mismo que la hija maltratada de la historia. Se irán, o al menos lo hará su dinero. La clase media que no se puedan ir, pasará a clase pobre.
Una crisis económica –ya sea familiar, empresarial o de una nación– no se arregla matando a la gallina de los huevos de oro, ni creando chivos expiatorios, ni asumiendo el rol de dictador de la producción. Se arregla dando libertad a los que trabajan para que produzcan más, suprimiendo de forma drástica el Estado y diciendo claramente a los parásitos y vividores que el rentismo estatal sólo lleva a la ruina de todos. No es difícil de entender. Hemos de crear producción y capital. Un distribuidor de rentas que sólo sabe malgastar no puede producir la riqueza que necesita el país. Esa es la responsabilidad del ciudadano –del mercado– trabajando. Y el trabajo sólo se desarrolla sin tributos para el señor feudal.
Los socialistas y resto de vagos institucionales odian que alguien destaque, ofrezca en el mercado aquello que la gente quiere y, muy especialmente, que todos se relacionen voluntariamente. Por eso a los socialistas les encantan los impuestos. Es una medida de fuerza y coacción para saquear legalmente a la gente productiva. Con medidas tan absurdas como poner multas por todo, crear barreras al trabajo, al comercio, subir impuestos a ricos, a los no tan ricos y a todos en definitiva, este país está condenado a su fracaso. Un ciudadano descapitalizado es un país en ruina. Si no es de la SGAE, político, miembro de un lobby o actor, vaya pensando en emigrar. Aquí no le espera ningún futuro.
¿Una reforma laboral, para qué?
Si había un exceso de la demanda sobre la oferta los salarios tenderían a subir y si había un exceso de oferta sobre la demanda tenderían a reducirse.
Keynes, como en tantas otras cosas, trastocó esta sencilla relación. Salarios más bajos, en su opinión, no sólo no tenían por qué reducir el desempleo sino que podían perfectamente incrementarlo vía reducciones del consumo. Así las cosas, el remedio último pasaba por incrementar la demanda agregada –por lo general echando mano de políticas inflacionistas que de paso reducían los salarios reales–, lo que básicamente equivalía a decir que los parados volverían a estar ocupados cuando la productividad de los trabajadores se incrementara (algo que podrían haber suscrito los clásicos); cosa distinta es que las políticas keynesianas contribuyeran lo más mínimo a lograr este objetivo.
Lo cierto es que cinco millones de parados parecen ser un indicio bastante claro de que España necesita reducir salarios. O, mejor dicho, necesita readaptar su aparato productivo para lo cual necesitaremos reducir salarios. Durante décadas nuestra economía ha estado orientada a satisfacer la demanda interna; tal era el deseo de los españoles por consumir o por invertir que incluso tenían que prestarnos dinero desde fuera en un proceso que cristalizó en uno de los mayores déficits exteriores del mundo.
Ahora tenemos una deuda externa superior al 100% de nuestro PIB y, claro, toca repagarla. Y sólo hay una forma de hacerlo: venderles a los extranjeros más que aquello que les compramos. Es decir, tenemos que pasar de un colosal déficit exterior a un importante superávit. Los habrá que añoren que podamos tirar por la calle de en medio y devaluar nuestra moneda para no hacer los ajustes internos que debemos. Es una opción: Grecia la ha seguido durante casi 200 años y por eso lleva la mitad de su reciente historia de default en default.
Las devaluaciones no solucionan los problemas de fondo, sólo los postergan; destruyen a las empresas eficientes que producen importando y elevan a la categoría de gigantes a la materia empresarial muerta que puede vender sin comprar fuera. Vamos, en España se trataría de regresar al modelo de sol y playa, que para algo tenemos materia prima suficiente dentro del país. Una carrera hacia atrás en medio de un mundo que avanza hacia una continua mejora de la productividad. Crezcamos no siendo mejores, sino destruyendo nuestra moneda para rebajar los precios de industrias caducas. No barato y mejor, sino seguir vendiendo la misma mercancía averiada mientras nos quede margen para continuar devaluando.
El euro, afortunadamente, nos obliga a hacer reformas; otro asunto es que los políticos, los sindicatos y cuantos ciudadanos les ríen las gracias, se opongan a hacerlo y nos aboquen al abismo. Pero, en todo caso, nuestras empresas en algún momento tendrán adaptarse para satisfacer no los deseos de los españolitos, sino los de los extranjeros. Y, para ello, nuestros productos deberán ser competitivos, lo que en parte equivale a que sean más baratos que otros de calidad similar o superior (cuanto mayor calidad tengan, más caros los podremos vender y para insuflarles calidad necesitamos más capital, esto es, más ahorro); y, de nuevo, para que sean más baratos los salarios deberán ajustarse a la baja.
Toda reforma laboral que se olvide de esto, de que sólo crearemos empleo recolocando a los trabajadores dentro de empresas que produzcan bienes dirigidos a los extranjeros, de que para vendérselos nos tocará abaratar nuestros precios y de que para abaratarlos habrá que recortar nuestros costes (laborales pero no sólo laborales: también, por ejemplo, el de los inmuebles), será un fracaso. Por eso, por cierto, las políticas keynesianas no funcionarán nunca en nuestro país: siguen tirando de demanda interna cuando debemos migrar hacia una economía exportadora.
Dentro de los costes laborales sólo hay tres partidas sustanciales a las que echarles el diente: salarios, cotizaciones de la Seguridad Social o indemnizaciones por despido. Ustedes dirán qué prefieren: probablemente en muchos sectores habrá que reducir, al menos, dos de esas tres. Pero la más sencilla, la que menos quebranto social causaría en una economía que volviera a generar empleo con fluidez, sería reducir las indemnizaciones por despido.
Otra cosa es que al final nos ofrezcan un nuevo tipo de contrato que apenas rebaje las indemnizaciones para los nuevos trabajadores y no para los ya existentes. En ese caso, seguiremos estancados, con un déficit público morrocotudo y con una deuda privada cada vez más cercana al impago. ¿Entienden por qué el capital sigue huyendo de España?
El PP adelanta por la izquierda al PSOE
…tras la aprobación del primer recorte de gasto público –apenas 15.000 millones de euros adicionales hasta 2011– del Gobierno de Zapatero.
Resulta inaudito que el principal partido de la oposición, el mismo que se vanagloria de ocupar un inexistente centro ideológico y que, por lo tanto, debería escorarse mínimamente a la derecha del PSOE, defienda a capa y espada el mismo discurso de los sindicatos y los grupos de extrema izquierda contra el decreto antidéficit. Los populares han optado por el populismo barato y fácil ante las expectativas de poder arrasar en unas hipotéticas, aunque poco probables, elecciones generales anticipadas.
Ahora bien, ¿se trata de una artimaña electoralista o hay algo más? Si dejamos de lado las engañosas siglas ideológicas, los hechos, es decir, las votaciones en el Congreso, demuestran que, hoy por hoy, los populares se sitúan a la izquierda de los socialistas en política económica. Por desgracia, el PP es más progre que el PSOE. De hecho, en la actualidad, representa a la auténtica izquierda de este país.
Pero vayamos a los datos. Si bien es cierto que desde el verano de 2008 los populares han lanzado duras críticas contra las medidas anticrisis de Zapatero, no es menos cierto que dichas arengas han quedado reducidas a meras soflamas políticas carentes de valor, tal y como han demostrado con sus votos: el PP no votó en contra del Fondo de Adquisición de Activos ni del Fondo de Rescate Bancario (FROB); el PP no votó en contra del Plan E; el PP no votó en contra del rescate de Caja Castilla-La Mancha (CCM); el PP no votó en contra del Plan 2000E para subvencionar la compra de vehículos; el PP no votó en contra del PER nacional; el PP no votó en contra del denominado Pacto de Zurbano…
En resumen, el PP ha apoyado con sus votos los planes estrella del PSOE para combatir la crisis económica con lo que, al menos en parte, también es culpable de la delicadísima situación que sufren las cuentas públicas españolas. Y lo peor de todo es que los populares han rechazado el primer recorte de gasto público que ha adoptado Zapatero desde 2004 –aunque en realidad venga impuesto por Bruselas.
¡Bravo! Valiente posición la de Rajoy, ya que si votan a favor del despilfarro y en contra del recorte, resulta evidente que las bases populares acaban de asistir al mayor giro izquierdista dado por un partido supuestamente conservador en la historia reciente de España.
Pero aún hay más. El PP, en un acto de coherencia plena con su actual diatriba progresista, avanza ya su posicionamiento de cara a la inminente reforma laboral que prepara el Gobierno. Atención a la palabras del vicepresidente de Comunicación del Partido Popular, Esteban González Pons: "A este paso [Zapatero] va a ser el primer presidente de Gobierno de la historia que instaure el despido libre en España"; "El PP nunca votará a favor del despido libre"; "Lo que hay que hacer no es facilitar más el despido, sino facilitar más la contratación".
Es decir, a la vista de este tipo de declaraciones, el PP se opone al abaratamiento del despido, tal y como reclaman desde hace años los empresarios. La ignorancia de Pons en esta materia es, cuanto menos, alarmante. En primer lugar, el despido libre ya existe en España, al menos en el sector privado, ya que los funcionarios tienen el puesto garantizado de por vida; y en segundo lugar, el coste del despido es, junto a la elevada tributación laboral (cotizaciones a la Seguridad Social), el mayor obstáculo que sufren los empresarios para aumentar la contratación indefinida.
Y por si alguien aún tiene alguna duda sobre el izquierdismo popular, una última perla del camarada Pons fuera ya del ámbito estrictamente económico: "El cambio climático o es verdad o una gran idea"; debemos crear una "nueva cultura del consumo y del reparto de recursos"; "podemos ser la especie elegida o la mayor plaga que ha conocido la Tierra"… Sin comentarios.
BA y el ‘privilegio a la huelga’
Está previsto que la huelga termine el 9 de junio, lo que implica 20 días de parón. La huelga de marzo costó a la compañía 45 millones de libras, y a los pasajeros, engorrosas cancelaciones y retrasos. Si sumamos las consecuencias del volcán (un coste de 183 millones de libras, superior al de sus rivales), BA pasa por muy mal momento.
La aerolínea está intentando recortar costes para ser competitiva. El sindicato Unite, que agrupa a la mayoría de los empleados, protestó ante los planes de la empresa de reducir el número de tripulantes en los vuelos de largo recorrido, congelar los salarios durante dos años, y reducir los salarios de los tripulantes entrantes. Muchos de los cambios han sido acordados durante la negociación, con concesiones, pero el sindicato sigue en pie de guerra porque la dirección quiere negar vuelos gratuitos y otros extras a los huelguistas.
Para empezar, la tripulación de British Airways es la mejor pagada del país, con bastante diferencia respecto a otras aerolíneas como Virgin o Easyjet. Que en un contexto tan precario para la compañía el sindicato aún se crea en posición de frenar reducciones de coste ilustra que la mentalidad de funcionario ha sobrevivido a la privatización.
Pero independientemente de las condiciones contractuales de la tripulación, el problema es el mal llamado derecho a la huelga, que no es sino el privilegio de coartar al empresario con la ayuda del Estado. Es un “derecho” a gandulear y a quejarse sin que la compañía pueda despedirte. Sin duda, el empleado tiene derecho a no trabajar y a protestar cuanto quiera, pero el empresario debería tener un derecho simétrico a despedirle sin tener que pagarle una compensación inasequible impuesta por el Estado. Por añadidura, y gracias a los laboristas, los contribuyentes ingleses pagan salarios de los sindicalistas (y los de los jefazos no salen baratos…).
No cabe apelar a la subordinación del trabajador al “capital”, como si no tuviera libertad para irse a otra empresa que le ofrezca mejores condiciones (y tenderá a hacerlo si es productivo y está mal pagado). Si contratáramos a un empleado para nuestra tienda, y en el momento de la renegociación del contrato nos amenazara con dejar de trabajar 20 días si no le pagamos más, ¿no nos parecería un abuso?
Parte de la tripulación de British Airways es más sensata y no secunda la decisión del sindicato. No habrá cancelaciones en Gatwick ni en el London City Airport, y se espera que sean operativos más de la mitad de los vuelos de Heathrow. Pero la huelga hará daño igualmente y la falta de acuerdo produce incertidumbre. ¿Quién va a reservar con British Airways este verano?
Los ojos y la demagogia de González Pons
…cabía sostener que, en el fondo, los populares habían actuado conforme a los intereses del país: la economía sufriría un shock a muy corto plazo pero a cambio Zapatero sería derrocado y con él nuestro principal lastre para recuperarnos a largo plazo.
El argumento no me convencía, entre otras cosas porque se estaba acusando a ZP de ser demasiado poco rojo; sólo nos faltaba que la oposición in toto le exigiera que se alejara de la ortodoxia bruselense y regresara a sus esencias manirrotas para tramitar un proyecto de ley consensuado con comunistas, socialistas y demás ralea. Vamos, seguro que habría padecido indecibles sufrimientos.
Pero defendible como podía ser este argumento, el derrotero populista que está siguiendo en estos días el PP ya resulta del todo absurdo y perjudicial para los intereses nacionales sin ningún género de dudas. González Pons, el que se vanagloria de poder mirar a los ojos de un pensionista y decirle que no votó por congelarle la pensión (aunque se guardará de decirle que si implementaran esta estrategia desde el Gobierno nos conduciría a todos a la quiebra, incluido al pensionista y a sus vástagos), ha anunciado que su partido presentará una proposición de ley para que el ajuste de Zapatero no afecte a los pensionistas. Ya se sabe que ocho millones son muchos votos en juego como para que el partido que se espera que gobierne España más pronto que tarde se abstenga de comportarse exactamente igual que cuando el PSOE sacaba a pasear los dóbermans.
Pero en este punto conviene decir las cosas claras, pues el PP está empleando esa treta que tan bien y tan a menudo utilizan los socialistas para confundir los deseos con la realidad. Por supuesto, a todos nos encantaría que nuestros jubilados cobraran unas pensiones no de 800 euros, sino de 5.000 euros. Nadie negará que muchas de las pensiones que se abonan hoy en España son de auténtica miseria, pese a tratarse del único sustento que les queda a una parte sustancial de nuestros pensionistas.
El problema es que no somos lo suficientemente ricos como para permitirnos más que esa miseria. El problema es que tenemos un sistema de Seguridad Social asentado en un auténtico fraude piramidal a la Madoff que impide a las clases medias crearse un patrimonio a lo largo de su vida laboral y los convierte en dependientes de las exacciones que en el futuro se practiquen sobre una menguante población joven.
Pocas dudas caben de que ante la auténtica avalancha de jubilados que presenciaremos en los próximos 15 y 20 años la Seguridad Social no puede ya incrementar más las pensiones. De hecho, es probable que ni la congelación valga para hacer sostenible el sistema y haya que rebajarlas mediante ciertos estratagemas como prolongar la edad de jubilación, alargar a toda la vida laboral el período de cómputo y calcular la pensión en función de un porcentaje que dependa del número de años trabajados.
El PSOE lo sabe, el PP lo sabe, incluso IU lo sabe. Y, sin embargo, ninguno plantea a las claras este debate. De hecho, los populares están basando su labor de oposición no en exigir la supresión de muchas de las partidas de unos insostenibles presupuestos o en reclamar una reforma inmediata de las pensiones (por ejemplo, favoreciendo la transición a un sistema de capitalización), sino en provocar que el sistema se vuelva todavía más insostenible de lo que ya es.
Tras sufrir unos políticos como éstos, a Grecia ya le están pidiendo que reduzca sus pensiones un 50%. ¿Podrá González Pons mirar a los ojos de los pensionistas de dentro de 20 años y decirles “yo contribuí a que la Seguridad Social no pudiera ni abonarte unas pensiones de miseria por las que estuviste cotizando con un tercio de tu salario durante 40 años”? Diría que no, porque lo que se estila en el político es la demagogia y no la honradez. La cuestión, sin embargo, no es qué hará en dos décadas González Pons mientras esté disfrutando de su jubilación de oro, sino si creen que con semejante discurso ganan enteros como alternativa de gobierno incluso frente al que es el Gobierno más nefasto de nuestra historia. En lo que a mí respecta, desde luego no.
