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Bastiat, el mejor divulgador del liberalismo

Tal y como expresa Carlos Rodríguez Braun en el excelente prólogo que acompaña a esta edición, "pasmo suscita la obra de Bastiat",

un autodidacta cuya carrera duró apenas seis años, pero que alcanzó a convertirlo no sólo en el mejor divulgador del liberalismo de todos los tiempos, sino también en un pensador interesante.

Estas Armonías son quizás la mejor muestra de la afirmación del profesor Rodríguez Braun. En primer lugar, porque son la obra incompleta de un autor al que su temprana muerte (en Roma y en 1850, cuando apenas tenía 49 años) no le permitió desarrollar por completo su pensamiento. Pero también porque este libro, que no pudo terminar, podría haber marcado una nueva etapa en su producción. Al extraordinario propagandista que había demostrado ser en escritos anteriores como "La ley" o "Lo que se ve y lo que no se ve" se une aquí el pensador que disecciona de forma sistemática la mayor parte de los temas de la ciencia económica.

La mezcla no puede resultar más explosiva, puesto que su agilidad estilística, su perspicacia a la hora de denunciar las trampas del intervencionismo estatal y su clara contundencia al exhibir las virtudes de la libertad se complementan con su análisis detallado de las teorías entonces vigentes sobre cuestiones como el valor, el comercio, la riqueza, el capital, el ahorro o la guerra.

Por eso, este libro puede leerse, tal y como explica Rodríguez Braun, como un complemento perfecto a los Sofismas económicos, también de Bastiat: mientras que este último título era una devastadora crítica del socialismo, las Armonías procuran "construir un sistema de pensamiento" que, desgraciadamente, no pudo completar. Eso sí, los veinticinco capítulos que han llegado hasta nosotros son suficientes para colocar a nuestro autor entre los más interesantes pensadores liberales de su época.

Bastiat comienza defendiendo las virtudes del libre mercado con la imagen de un carpintero de pueblo que cada mañana se levanta y tiene a su disposición una plétora de bienes (desde la madera con la que trabaja hasta la comida que se lleva a la boca, pasando por el lino con el que se hace la ropa) que no podría fabricar por sí mismo ni aunque emplease toda su vida en ello. Nuestro hombre defiende la libertad frente a aquellos que "se dan ínfulas de sabio y están fascinados con la supuesta belleza de su proyecto político ideal". He aquí el enemigo principal. Como Hayek más de un siglo después, Bastiat ataca con decisión esa fatal arrogancia que lleva a los intervencionistas a creer que las sociedades generadas en sus mentes serán superiores, económica o moralmente, a las realmente existentes.

Bastiat se rebela contra esta pretensión y aboga por los órdenes espontáneos propios de las sociedades libres. Tal y como expone el pensador francés, cuando las relaciones son libres, sus frutos son armónicos, mientras que cuando interviene la coacción se producen innumerables efectos no deseados que perjudican a quienes se trata, supuestamente, de defender.

Es éste un mensaje que sigue tan vigente ahora como en vida de Bastiat. No sólo el fondo, también la forma resulta extraordinariamente cercana. La escritura del francés es ágil, y su forma de abordar los temas, de una modernidad sorprendente. Por eso, ésta es una obra de muy fácil lectura para el público actual, y un magnífico libro de iniciación al liberalismo clásico.

FRÉDÉRIC BASTIAT: ARMONÍAS ECONÓMICAS. Instituto Juan de Mariana (Madrid), 2010, 438 páginas. Prólogo de CARLOS RODRÍGUEZ BRAUN.

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Pinche aquí para escuchar la entrevista que MARIO NOYA hizo en LD LIBROS a GABRIEL CALZADA, presidente del IJM, a cuenta de la publicación de ARMONÍAS ECONÓMICAS.

Bancarrota: se veía venir

Cuando durante el verano de 2007 saltaron las primeras alarmas en Estados Unidos sobre el posible impago de las hipotecas que los bancos habían concedido a individuos de dudosa solvencia, en España se dormía a pierna suelta, y el que más y mejor lo hacía era el propio Gobierno. En aquel entonces, tres años hace ya, se acababa de cerrar el trienio mágico del socialismo español. Por primera vez en la historia un Gobierno socialista había gobernado cómodamente sin hundir la economía y multiplicar el número de parados.

Las otras dos veces –en 1931 y 1982– había sucedido exactamente lo contrario. La contracción económica y la llegada al machito de los vástagos de Pablo Iglesias eran la misma cosa. El ascenso de Zapatero tenía una explicación distinta. No había conquistado el poder tras un cambio de régimen o una crisis económica. En 2004 España llevaba ocho años creciendo, creando empleo y aminorando el diferencial de desarrollo con los países ricos de la Unión Europea. La Constitución del 78 y la monarquía estaban perfectamente consolidadas y se hablaba del milagro español, un milagro que se cifraba en buen clima, mejores negocios y estabilidad política. Las faraónicas obras del AVE de Madrid a Barcelona simbolizaban mejor que nadie aquel optimismo con el que inauguramos el siglo.

Pero sucedió que alguien, no se sabe aún quien, reventó cuatro trenes de Cercanías en Madrid a tres días de las elecciones. La izquierda, cuya estrategia de Oposición era un eslogan contra una guerra en la que España no había participado –los noalaguerra tienen todavía pendiente mostrar el documento en el que se declara la guerra a Irak–, supo estar a la altura de sus circunstancias y las urnas dieron un vuelco histórico. Bajo el nuevo liderazgo Zapatero acometió con presteza un programa ideológico de gran profundidad. La economía, entretanto, marchaba sin más. Nadie sabía por qué lo hacía, por qué razón en cada ejercicio Hacienda aumentaba su recaudación sin necesidad de subir impuestos; por qué, en definitiva, España, uno de los países menos competitivos de la OCDE, emulaba por enésimo año consecutivo a los dragones asiáticos.

En 2007 la fase de sueño REM ya había terminado y el despertador de la mesilla apuraba los últimos minutos antes de sonar. Y sonó, y todos lo oímos aquellas Navidades tras las cuales las colas en las oficinas del INEM empezaron a estar especialmente concurridas. Pero, ¡ay!, en marzo había elecciones. La prodigiosa primera legislatura zapaterina, la del matrimonio gay, la alianza de civilizaciones, la negociación con la ETA y el Estatuto catalán, tocaba su fin y llegaba el momento de vender las grandes “conquistas democráticas”, los “derechos” recién concedidos por su graciosa majestad monclovita y los logros de la España asimétrica, plural y de progreso. Todo aderezado con un excelente cuadro macroeconómico y la promoción a la Champions League de la economía mundial a la vuelta de la esquina.

En la mercadotecnia electoral los fracasos no existen, en marzo de 2008 lo que no existía era la amenaza de crisis. Los carteles de la campaña eran tan descriptivos que, mirados hoy, mueven a risa: “Por el pleno empleo”. “Soñar con los pies en la tierra”. “Motivos para creer”. La propaganda electoral era un sublimado de lo que soltaba Zapatero, su ministro Solbes y todo socialista al que pusiesen un micrófono delante. En diciembre de 2007 Solbes aseguraba que la economía crecería “a velocidad de crucero durante los dos próximos años, en los que avanzará en torno a un 3%”, un mes después el oráculo de la Moncloa bramaba “la crisis es una falacia, puro catastrofismo” para rematar diciendo que crear alarmismo sobre la situación económica era de “lo más antipatriótico” que él conocía.

En esta frágil barquichuela carcomida por el triunfalismo y con dos ineptos como remeros nos cogió la tormenta perfecta. El crecimiento no fue, naturalmente, del 3% sino del 1,2% y eso después de aplicarle mil masajes estadísticos. El paro se desbocó, la construcción se detuvo en seco, la recaudación fiscal se derrumbó y no había manera de atender los gastos corrientes del Estado. La crisis no era una falacia. Los mismos que antes no acertaban a entender por qué las cosas iban bien, ahora no se explicaban por qué iban mal.

Pero, como de costumbre, la suerte jugaba a su favor. Zapatero había ganado holgadamente las elecciones y tenía por delante más de tres años para salir del agujero. Entonces alguien le susurró al oído que de esto se saldría como se ha entrado, de un modo casi mágico, totalmente inaccesible a los hombres, porque la economía es una cuestión de actitudes no de aptitudes. Para que la medicina surtiese el efecto deseado el Gobierno debía estimular ciertos puntos sensibles con una generosa cantidad de dinero. No importaba que la recaudación no llegase, primero se tiraría de las reservas y luego se pediría prestado. Lo importante es que el dinero, el propio o el ajeno, no dejase de circular. “Pedro, no me fastidies, no me digas que no hay dinero para hacer política”, cuentan que Zapatero le dijo a Solbes en plena euforia, poco antes de ponerse pedir préstamos como un chiflado. Una frase para enmarcar que preludia todo lo que vino después. 

A mediados de 2009 nuestro Gobierno era ya el que más deuda emitía de toda la Unión Europea, un 75% más que el año anterior. Los prestamistas, encantados con la rentabilidad del bono español, compraban alegremente. A fin de cuentas España guardaba aún cierta credibilidad en los mercados y, fruto de los años de bonanza, tenía un ratio de deuda sobre el PIB muy discreto. Con el dinero fresco en la mano, Zapatero y la nueva ministra del ramo, Elena Salgado, se animaron y daban la crisis por zanjada. En abril Zapatero afirmaba seguro que era probable que “lo peor de la crisis económica haya pasado ya”. Días después la ministra veía “brotes verdes” que saldrían “en unas semanas”. De esto ha pasado más de un año y ni brotes ni verdes, pero el Gobierno Zapatero cuenta con un aliado fiel en la prensa, a la que teledirige a placer, y las hemerotecas crían telarañas.

De la burbuja de la construcción se pasó a la de la deuda pública. Nada había cambiado, tal vez algunos parados más, pero no en lo esencial para la casta, que seguía teniendo de donde tirar para financiar su costosísimo tren de gasto, sus Planes-E, sus subvenciones, su red clientelar, su demagogia a cuenta del erario público, sus rediles de voto cautivo. Como el camello que se engancha a la heroína que vende, Zapatero terminó creyéndose sus propias patrañas, comprando su propia mercancía, buena para engañar a los bobos y a los militantes del partido, pero letal para un Gobierno al que aún le quedaban tres años de mandato. Llegado el momento, y el momento se acercaba, no habría sobre quien cargar las culpas del desastre.

En septiembre del año pasado el primer ministro griego, Giorgios Papandreu, comunicó a la Unión Europea y al BCE que llevaban años dando cifras falsas y que su país estaba al borde de la quiebra. La sombra de la duda se posó sobre los Gobiernos europeos que habían pedido prestado más de la cuenta. Los mercados de deuda acusaron el golpe. Seguirían prestando, pero a un tipo mayor y mirando de reojo el colateral que, en el caso de la deuda soberana, son los Estados en sí mismos, es decir, su capacidad recaudatoria. Si Grecia no pagaba se desencadenaría un temporal mayor incluso que el que provocó la quiebra de los bancos norteamericanos un año antes. El temido “default” de un país europeo haría temblar a la Unión y socavar los cimientos del euro.

Pero Grecia no era la principal preocupación de los inversores sino España. Nuestra economía es equivalente a cinco Grecias y, aparte de la deuda pública, arrastra serios problemas estructurales de difícil remedio. En los últimos meses el acceso al crédito por parte del Gobierno ha ido endureciéndose. Los acreedores no confían en nosotros. Creen que un país que gasta un 11% más de lo que ingresa, que soporta la mayor tasa del desempleo de toda Europa, una deuda privada espeluznante y que está convencido de que puede vivir así eternamente, no es de fiar. 

La fuente del “dinero para hacer política” se estaba empezando a secar. El mismo mercado al que Zapatero había acudido soberbio meses antes para que le suministrase los fondos que su Gobierno necesitaba para seguir viviendo en Babia, se cerró en banda desprendiéndose a toda velocidad del papel que había emitido el Estado español durante los años anteriores. Los mercados, es decir, cientos de miles de personas que compran y venden productos financieros, no son irracionales. Cuando descubren un mal negocio se asustan y echan marcha atrás. Lo hacen de golpe y sin avisar porque, a diferencia de la política, el mercado carece de una dirección centralizada. Por esa razón, en el medio plazo, las decisiones colectivas que toma el mercado son siempre acertadas y óptimas para los que se han involucrado en la acción. Nadie, por ejemplo, compraría acciones de una compañía que está próxima a la quiebra ni vendería las de otra que acaba de descubrir un yacimiento petrolífero. O tal vez lo haría pero comprando las primeras muy baratas y vendiendo las segundas muy caras. Llevándonoslo al terreno de la deuda, nadie prestaría a un individuo sin empleo que gasta mucho más de lo que ingresa, y si alguien decide correr ese riesgo lo hace a cambio de un interés altísimo que le compense. Elemental. 

La eficiencia dinámica inherente al mercado, principio opuesto al de la ineficiencia estática que caracteriza al Estado, le pilló los dedos a Zapatero, que es político y, como tal, tiene la mala costumbre de pensar que todos deben hacer lo que él dice. Así, declarado paria entre los prestamistas y con su patrimonio devaluándose a diario, hubo de recurrir, como Papandreu nueve meses antes, a la Unión Europea. El 7 de mayo España estaba en bancarrota. Debía mucho más de lo que podía pagar y nadie había hecho nada para enderezar la situación. El poder, siempre necesitado de culpables oficiales, cargó sobre unos tenebrosos especuladores que, aunque ayer nos dejaban a manos llenas, hoy nos han cogido manía. Fútil intento de desviar la atención porque, a estas alturas, ya nadie se cree nada, ni siquiera los crédulos oficiales del pesebre funcionarial, chivos expiatorios de la dadivosidad de su amo.  

Decía el humorista P.J. O’Rourke que dar dinero al Gobierno es como dar un cubata y las llaves de un coche a un chaval de quince años. Nunca mejor traído un chiste para ilustrar lo que nos ha pasado, un drama nacional que, para colmo, tenemos sobradamente merecido. España lleva década y media viviendo por encima de sus posibilidades, agarrada a un ramillete de ilusiones sociales que hemos confundido con derechos, produciendo menos y gastando más, invirtiendo en quimeras al tiempo que dábamos por hecho que era riqueza contante y sonante. La guinda final la ha puesto José Luis Rodríguez Zapatero que, en su ramplona vulgaridad, es una metáfora del país que lo ha puesto donde está.

Al cabo, sólo nos queda decir que, aunque muchos se hayan puesto hasta arriba del alucinógeno que nos servían gratuito desde el Gobierno, tanto la crisis como la reacción de Zapatero se veían venir. Las dos desde muy lejos. Salir de esta no nos va a costar sangre, sudor y lágrimas, ese es el típico escenario tétrico del que se valen los políticos para saquearnos a conciencia, sino poco gasto, mucho ahorro y mesura la próxima vez que nos ofrezcan El Dorado sin esfuerzo. Al final resulta que el principal teórico de la economía era nuestra abuela. No se nos debería olvidar.  

Un millón de camisetas usadas

Jason Sadler quería aprovechar las camisetas utilizadas por su empresa publicitaria y está coordinando una campaña para movilizar a donantes. Sus intenciones son buenas, pero eso no basta para que funcionen.

Desde que estrenó la campaña, Sadler ha recibido un alud de críticas por parte de expertos en ayuda al desarrollo y activistas con experiencia en el terreno. En primer lugar, destacan que es ineficiente. Un millón de camisetas es pesado, el coste de envío y aduanas probablemente sea superior al coste de producirlas en el país. Además, inundar el mercado local con camisetas gratis puede perjudicar la industria textil nacional
 
Este último argumento, sin embargo, no me convence: ¿no salen los consumidores africanos ganando si ya no tienen que comprar camisetas y pueden demandar otros bienes con ese dinero? Los productores locales dejarán de producir ropa y producirán esos bienes. Es análogo a la importación de productos baratos en Occidente: los consumidores disponen de más renta, y los productores locales y sus recursos se desplazan a otras líneas de producción.

En segundo lugar, en África no hacen falta camisetas. Los activistas de ONGs que trabajan en África han preguntado a Sadler si ha pisado alguna vez el continente y ha visto a mucha gente desnuda. África tiene problemas sociales, sanitarios y económicos bastante más acuciantes. En Aid Watch apuntan que la idea de Sadler, como muchos otros proyectos caritativos, surge de plantearse "qué tipo de ayuda quiero ofrecer" en lugar de "qué tipo de ayuda puede ser más útil para grupos de personas específicos".

William Easterly, reconocido economista del desarrollo, llama la atención sobre el doble rasero respecto al sector de la ayuda externa: si un cirujano nos opera, esperamos que sus intenciones no sean malas pero lo que realmente nos importa es que sepa lo que hace y lo haga bien. Pero en cuestiones de ayuda al desarrollo, parece que lo más importante son las intenciones.

En realidad, a un nivel menos consciente, lo que busca mucha gente es tranquilizar su conciencia y mostrar que se preocupa por los demás. Si la ayuda es o no efectiva resulta secundario. Sucede, por ejemplo, en el metro cuando algunas personas se apresuran a sacar cuatro centavos para el mendigo que toca el acordeón. Algunos quizás tienen intenciones genuinamente solidarias, pero otros simplemente están mostrando a los demás pasajeros (y al mendigo) que ellos son solidarios.

En cualquier caso, pocos se hacen la pregunta pertinente: ¿la limosna va a ayudarle a salir del pozo, o es un alivio temporal que le incentiva a seguir tocando el acordeón? En lugar de dar limosnas indiscriminadas, quizás sería más efectivo donar el dinero a una ONG que promueva la formación y el trabajo, o que tenga mecanismos de ayuda condicionales.

Ocurre lo mismo con el 0,7%. Lo jalean porque su objetivo oficial es ayudar a los países pobres, pero pocos se han preocupado por leer a los economistas del desarrollo que concluyen que es inocuo o contraproducente. Es una ayuda de Estado a Estado, que engrosa el sector público autóctono (corrupto e ineficiente) a expensas del sector privado, promoviendo el inmovilismo en materia de reformas. Nunca un país ha salido de la pobreza gracias a la "ayuda externa" sino a la apertura de sus mercados, a la liberalización de la economía interna, y a la progresiva acumulación de capital y aumento de la productividad. El contraste de Asia con África es ilustrativo.

En Aid Watch recomiendan a Sadler que no dilapide esfuerzos con esta campaña y aproveche sus conocimientos publicitarios para divulgar el mensaje de que donar dinero en metálico es mejor que donar productos. Si divulgar este mensaje no satisface su deseo de ayudar, puede aportar dinero a una ONG con experiencia y dedicada a solventar problemas específicos. Yo añadiría otra opción: invertir en fondos de economías emergentes. No muestras solidaridad, al contrario, te van a tachar de egoísta y explotador. Pero estarás contribuyendo directamente a crear empresas, puestos de trabajo y riqueza en el país.

Cada “empleo verde” que crea Italia destruye 4,8 puestos de trabajo

Un nuevo estudio ratifica el fiasco de las energías verdes. En este caso, el Instituto Bruno Leoni ha elaborado recientemente un informe sobre el impacto de las subvenciones públicas al sector de la energía eólica y solar en Italia, tomando como referencia el estudio sobre empleos verdes realizado por la Universidad Rey Juan Carlos y los analistas del Instituto Juan de Mariana en España. Y los resultados son aún peores que los registrados para el caso español.

Los investigadores Carlo Stagnaro y Luciano Lavecchia demuestran que cada “empleo verde” que se crea en Italia destruye 6,9 puestos de trabajo en la industria del país y 4,8 en el conjunto de la economía. De este modo, supera a los nefastos resultados obtenidos en España: cada “empleo verde” español ha precisado subvenciones por valor de 571.138 euros desde el año 2000, de modo que por cada trabajo creado en las renovables se ha destruido un promedio de 2,2 empleos en el resto de la economía española.

El estudio toma como referencia el volumen de subvenciones verdes estimado por el Gobierno italiano hasta 2020, en cumplimiento de la agenda impuesta por la UE para reducir la emisión de gases de efector invernadero a la atmósfera. Concluye que la inyección de ayudas públicas al sector creará entre 23.700 y 45.100 empleos en el sector eólico, y entre 26.900 y 45.900 en el fotovoltaco para 2020.

El problema, sin embargo, es que el coste público de dicho apoyo será milmillonario. En concreto, los expertos calculan que los contribuyentes italianos aportarán de su bolsillo -vía subvenciones directas- unos 30.800 millones de euros al sector eólico y otros 32.700 millones para el solar.

Como resultado, la creación de cada "empleo verde" en el sector eólico costará entre 464.000 y 1,3 millones de euros, dependiendo de los distintos escenarios observados (menos o mayor peso de las energías renovables en el conjunto del sector). Mientras, en el caso de la energía fotovoltaica, el coste para los contribuyentes oscilará entre los 713.000 y los 1,22 millones de euros por cada trabajo que genere el sector para 2020.

En la actualidad, según las subvenciones inyectadas entre 2005 y 2008, cada empleo verde en el sector de las renovables ha costado de media unos 163.000 euros. Sin embargo, los nuevos compromisos adquiridos por el Ejecutivo italiano para cumplir con la estrategia de la UE contra el cambio climático para 2020 amenaza con disparar el coste de los empleos verdes, al igual que acontece desde hace años en España.

El informe ratifica así los resultados del informe español para esta misma materia, que obtuvo una gran repercusión en EEUU tras la intención de su presidente, Barack Obama, de imitar el modelo energético verde español.

De hecho el fiasco verde español ya es admitido abiertamente por el propio Gobierno y, en especial por el ministro de Industria, Miguel Sebastián, decidido a recortar drásticamente las subvenciones que recibe el sector renovable nacional. Algo que, por cierto, desmonta también la última campaña orquestada desde Greenpeace en defensa de las energías verdes.

El resultado del trabajo italiano podría extenderse igualmente al resto de países que, en cumplimiento de los dictados de Bruselas, apuesten en el futuro por impulsar este tipo de energía mediante ayudas y subvenciones públicas.

Pese a ello, gobiernos y responsables políticos a nivel internacional aún insisten en las ventajas de la energía verde a la hora de crear empleos que, en realidad, son artificiales, según demuestran los citados estudios.

Es, por ejemplo, el caso del secretario general de la OCDE, Ángel Gurría, al subrayar este mismo martes que las "políticas verdes", además de reducir el impacto medioambiental de las actividades humanas, son un factor de crecimiento económico al generar empleos y desarrollar nuevos sectores de negocio.

Gurría lo ilustró señalando que construir edificios respetuosos con el medio ambiente no sólo sirve para disminuir la factura energética de sus ocupantes, sino que da trabajo y favorece la emergencia de un sector importante para el crecimiento en el futuro.

El secretario general del que se conoce como el Club de los países desarrollados subrayó que "los alcaldes tienen un papel muy importante" en el diseño de las políticas ecológicas en la medida en que las dos terceras partes de la energía se consume en las ciudades.

"Necesitamos -afirmó Gurría- el compromiso de todos los países y de todas las ciudades", entre otras cosas para poner en marcha una agenda internacional que venga a suceder al Protocolo de Kioto de limitación de emisiones de gases de efecto invernadero, informa Efe.

Morales o el bufón que sueña con ser un líder

…se prodiga en declaraciones absurdas, acusaciones surrealistas y llamamientos grandilocuentes. A pesar de tratarse de un “segundón” mantenido que ha entregado el mando real de su país al mandatario venezolano, sueña con ser un líder de primera fila con capacidad de imponer sus caprichos tanto a nivel regional como global. Recordemos que entre sus “genialidades” figura la convocatoria (no secundada por nadie) de un referéndum a nivel mundial contra el capitalismo y sobre el cambio climático.

Morales –que se permite amenazar a los empresarios extranjeros que apoyen a los partidos de la oposición y que va denunciando supuestos golpes de estado orquestados por fuerzas políticas españolas mucho más democráticas que él– acusa ahora a la Unión Europea de “dividir” a los andinos a través del libre comercio. En sus delirios de grandeza, parece no poder aceptar de buena gana que la UE, Perú y Colombia firmen unos acuerdos que tanto él como el ecuatoriano Rafael Correa no querían suscribir.

Aunque el mandatario boliviano centra su queja en la Unión Europea, con quien realmente está molesto es con sus pares peruano, Alan García, y colombiano, Álvaro Uribe. Al firmar el acuerdo de libre comercio, ambos han mostrado una vez más que los suyos son dos de los países más independientes de Iberoamérica. Perú y Colombia no están, por fortuna, sometidos al populismo liberticida dirigido por Hugo Chávez desde Caracas. Ni tampoco al indigenismo cutre y empobrecedor de Morales, deudor del ex militar golpista venezolano. García y Uribe no dividen, tan sólo apuestan por una vía que conduce a una mayor prosperidad.

Evo Morales parece soñar con ser un líder mundial de primer orden. Peor, en demasiadas ocasiones actúa como si creyera que lo es. Hugo Chávez y los hermanos Castro alimentan las  fantasías del cocalero. Es un bufón muy útil para sus planes de dominio continental. Le dejan –incluso le animan a que lo haga– convocar referendos mundiales, proclamarse líder espiritual de América en una ruinas precolombinas, llamar a desconvocar cumbres mundiales o convocar las suyas propias. El presidente boliviano parece feliz con todo eso y, a cambio de poder imaginar ser lo que no es, cede a todo lo que se le ordena o se le pide desde Caracas y La Habana.

¡Por fin el clima está cambiando!

El cambio al que me refiero es el del clima del debate científico sobre el cambio climático. La confirmación de esta realidad que flotaba en el ambiente desde el estallido del Climategate se ha producido durante la Cuarta Conferencia Internacional sobre Cambio Climático organizada por el Heartland Institute (y copatrocinada por el Instituto Juan de Mariana) entre el 16 y el 18 de mayo en Chicago.

Esta cumbre climática es considerada la cumbre de los académicos escépticos sobre las teorías catastrofistas del calentamiento global del planeta debido a las emisiones humanas de CO2. La mayoría de los más de 70 científicos y economistas que participaron en esta conferencia prefieren el calificativo de "realistas" frente a lo que consideran el alarmismo de Naciones Unidas y su Panel Intergubernamental de Cambio Climático.

La conferencia de Heartland tiene otras dos características. Por un lado se trata de una cumbre no-gubernamental y por el otro no había tenido hasta ahora la participación de científicos que crean fervientemente en la teoría de un peligroso calentamiento global provocado por el hombre. Desde que tuviera lugar la primera edición de esta conferencia, la organización ha invitado a los científicos más destacados del lado alarmista y a personalidades como Al Gore o al también Premio Nobel y secretario de estado de Energía, Steven Chu. La respuesta siempre había sido la misma: silencio y desprecio.

Sin embargo, en esta cuarta edición un pequeño grupo de científicos que creen en la teoría del calentamiento global antropogénigo aceptaron la invitación. Uno de ellos, Scott Denning, tuvo la valentía de preparar una presentación en la que apuntaba al CO2 como el responsable del calentamiento global en contra de la opinión de una marea de científicos que asistieron al evento desde todos los continentes. Por primera vez en mucho tiempo se pudo asistir a un debate serio entre científicos de primer nivel que se respetan desde sus contrapuestas visiones de esta compleja materia.

La ponencia de Denning, que llevaba por título La conexión entre el dióxido de carbono y el cambio climático, contrastaba fuertemente con las otras dos de su panel a cargo de dos importantes climatólogos como son William Gray y Howard Hayden, que defendieron respectivamente "la aplastante preponderancia del cambio climático natural sobre cualquier cosa que pueda provocar el incremento del CO2" y "la existencia de un techo a la sensibilidad climática que desmiente la mayoría de las tesis y pronósticos catastrofistas".

Lo que se vivió en Chicago fue el principio del restablecimiento de un clima científico que llevaba años anulado por culpa de la nefasta influencia del activismo ecologista y de la (agenda) política sobre el debate científico y económico relativo al cambio climático. El público agradeció calurosamente la presencia de Denning y participó activamente en un interesante y respetuoso debate, dejando en evidencia una vez más la macabra acusación de negacionismo fabricado por el movimiento radical ecologista y seguido por la prensa amarilla (incluida casi toda la española).

Scott Denning, por su parte, solicitó una segunda oportunidad para hablar al público que le fue concedida por la organización durante el acto de clausura. Sus palabras comenzaron con un agradecimiento a los responsables de la conferencia por haberle invitado y continuó afirmando que tenía "que decir que he aprendido mucho aquí" y continuó afirmando que sentía realmente que era una gran pena que tantos miembros de la comunidad científica no hubieran aceptado la invitación ni lo hayan hecho en el pasado. El climatólogo de la Universidad de Colorado concluyó deseando que esta situación cambie en el futuro y aseguró estar convencido, tras escuchar a los científicos críticos, que "es mucho más lo que tenemos en común que lo que nos diferencia".

Si escuchar a los científicos escépticos con el alarmismo fue importante para Denning, no menos fue para el resto de los asistentes escuchar las teorías de Denning y verle debatir con sus críticos. Las corrientes científicas aisladas tienden a la endogamia y a defender la validez de teorías débiles. Esto ha ocurrido de manera notoria entre los científicos oficialistas y llegó a su clímax en el Climate Research Unit de la Universidad de East Anglia. Pero en alguna medida ocurre también entre los académicos a los que suele calificarse de escépticos. Por eso, la asistencia de Scott Denning a la Cuarta Conferencia Internacional sobre Cambio Climático ha supuesto todo un cambio climático.

Los que no cambian son los grandes medios y agencias de prensa españoles que fueron invitados por la organización pero declinaron cubrir el acto e incluso contestaron despectivamente a la organización. Quizá algún día el cambio del clima científico termine desecando su demanda de noticias científicas por parte del público.

Gabriel Calzada Álvarez es doctor en Economía y presidente del Instituto Juan de Mariana

Zetapé y los Estafoides

En los dos últimos años se ha escenificado en el gran teatro de la vanidad intelectual un gigantesco drama en dos actos en el que unos desalmados han resucitado al barón Keynes, tiempo ha un indocumentado aristócrata británico, lo han paseado como un zombi hasta que, muerto como está, se ha vuelto a la tumba por su propio pie. Pero el drama sigue en la mitad del segundo acto. Los desalmados perseveran en su empeño aplicando descargas eléctricas al cadáver descompuesto con la vana esperanza de que se levante de nuevo y, esta vez sí, haga lo que ellos creen que es capaz de hacer.

Hace sólo dos años, cuando la Bolsa se preparaba para el shock lehmaniano y era obvio que íbamos directos al precipicio, los pirracas de guardia desempolvaron apresuradamente su manualillo para situaciones de emergencia y, contra el sentido común más elemental, nos dijeron que la crisis se combate gastando más, imprimiendo dinero y enfocando el tema de un modo optimista porque el secreto de la economía reside en esos instintos animales que nos son innatos. Además, como han falseado la historia, se apuntan un éxito que no lo fue, el del New Deal rooseveltiano, un programa gubernamental que multiplicó por diez los efectos del crack del 29 transformando un ajuste de un año en una interminable y costosísima depresión.

En España, donde el traje de espada de Roma y martillo de herejes nos viene que ni al pelo, los que mandan coronaron a Frankenstein como rey de la economía, desenvainaron el cuchillo de trinchar pavos y aplicaron con denuedo las instrucciones del manual. Cuando todo el mundo ahorraba, ellos gastaban; cuando la banca restringió el crédito, ellos hicieron lo imposible por expandirlo; cuando el tejido productivo empezó a sanearse purgando sus células muertas, ellos lo infectaron con ruinosos proyectos de inversión en los que se dilapidó un capital precioso con el que ahora, por ejemplo, podrían atenderse ciertos y urgentísimos vencimientos de deuda.

Una inmensa y premeditada estafa realizada sobre la espalda del contribuyente, un innoble espectáculo, una movida contracultural en la que el solista principal, Zetapé, y su orquesta de acompañamiento, los Estafoides, nos han levantado la cartera y se disponen a limpiarnos la tarjeta en el primer cajero que se encuentren. Cuando lo consumen –el robo, quiero decir– harán lo que Ramoncín en sus lluviosos tiempos dorados y seguirán a lo suyo, aporreando la guitarra hasta que nos hagamos a una tonadilla que en Argentina llevan medio siglo tarareando.

Internet, cada vez menos libre

Sostenía en 2006 que ocurría precisamente eso, que en dicha jornada "no había nada que celebrar, sólo que condenar: la falta de libertad en internet". Por desgracia, y sin que resulte sorprendente, todo sigue igual. En aquel entonces hablé de la situación de la red en lugares como Cuba, Egipto o China. En la actualidad podría decir justo mismo. En esos países, y en otros, se mantiene la censura, las prohibiciones y los ciberdisidentes en prisión.

A pesar de ello, el resto del mundo sigue celebrando el Día Mundial de internet. Al menos, eso sí, ahora hay quien aprovecha la fecha para denunciar la represión de la libertad online practicada por muchos gobiernos. Entre los denunciantes tiene un lugar destacado Reporteros Sin Fronteras, que recordaba su informe anual sobre la cuestión presentado unos días antes. En el resumen se desenmascara a los gobiernos que ejercen un mayor control sobre la red. No sorprende que, como siempre, estén entre ellos los regímenes comunistas que siguen existiendo en la actualidad (Cuba, China, Vietnam, Corea del Norte o Birmania, país bajo el control de una junta militar marxista) y una buena parte de ejecutivos de países musulmanes (nada extraño si se tiene en cuenta que la mayor parte de estas naciones están sometidas a dictaduras).

Reporteros Sin Fronteras denuncia otra amenaza a la libertad de expresión en la red de la que sabemos mucho en España: las leyes que se aprueban con la excusa de proteger la propiedad intelectual. Es cierto que esto no crea situaciones tan dramáticas para los ciudadanos como la represión de las dictaduras, pero también impone recortes que deberían resultar intolerables en un sistema democrático. Denuncia RSF otro fenómeno más: las leyes abusivas con motivo de la lucha (combate, por otra parte legítimo y necesario) contra la pornografía infantil.

Efectivamente, en estos cuatro años internet dista mucho de haberse vuelto más libre. Mientras las dictaduras siguen reprimiendo a los internautas con todo tipo de censuras, controles, prohibiciones y penas de cárcel, en las democracias no paran de crecer los controles sin ningún tipo de garantías para los ciudadanos. Esto ocurre bien para combatir, eligiendo la vía equivocada, fenómenos terribles como la pornografía infantil, bien para proteger los privilegios de sectores concretos de la sociedad especialmente mimados por los políticos.

En 2010, como en 2006, no había nada que celebrar durante el Día Mundial de internet.

Antonio José Chinchetru es autor de Sobre la Red 2.0.

ZP es un caballero Jedi

Y vaya si lo trae, como que se carga a todos sus colegas de trabajo. A nivel político y económico, tal vez acabamos de asistir a lo mismo.

Me explicaré. La semana pasada el presidente del Gobierno, José Luis Rodriguez Zapatero, anunció una serie de medidas sorprendentes que significan recortes de derechos sociales importantes (rebaja del sueldo de los funcionarios, congelación de las pensiones, reducción de los gastos farmacéuticos, etc.). Evidentemente, todos nos preguntamos: ¿y por qué este hombre no ha empezado con los gastos pueriles? Por ejemplo, el Gobierno acaba de tirar 74 millones de euros en la Expo de Shanghai. Eliminar el dineral regalado a sindicatos y políticos reduciría el gasto en 20.400 millones de euros. El mismo día del anunciado recorte, la administración tiró otro dineral a la danza, la lírica y la música. Al día siguiente regaló 270 millones de euros a payasos (los de verdad, no los del parlamento), a domadores y a mineros.

Así como en una empresa la forma más rápida de reducir coste es eliminar personal, ZP ha aplicado lo mismo; medidas que de entrada son inmediatas y fáciles de tomar unilateralmente. El Gobierno necesita dinero ya, ahora. No tiene tiempo para hacer un plan racional ni ordenado. La situación es muy grave. Si esto no da los resultados deseados –que no los dará–, el segundo paso es subir impuestos. Cosa que ya han insinuado y harán sin duda. Si tampoco resulta, entraremos en la fase tres: recortes en la sanidad. Ya se pueden ir concienciando, el copago en la Seguridad Social vendrá tarde o temprano. Por ahí se va una cantidad inimaginable de dinero y es una medida rápida de aplicar.

De hecho, el Gobierno ha afirmado de forma tajante que no tocará educación ni sanidad. Lo ha dicho con la misma contundencia con la que afirmó que no estábamos en crisis hace un par de años, que lograríamos el pleno empleo, o que no tocaría ningún derecho social hace un par de semanas. Una de las diez leyes del liberalismo es que si el Gobierno dice algo, hará lo contrario.

Zapatero, al igual que Obama, son como el joven Anakin Skywalker. Son tipos a los que el ciudadano votó porque tenían que traer el equilibrio a la fuerza, al estado del bienestar. Por el contrario, serán quienes lo dinamiten. Están haciendo el trabajo sucio al liberalismo con el consentimiento de sus mayores detractores: conservadores y socialistas.

Estos meses vamos a ser sufridos espectadores (pero que muy sufridos) de cómo evolucionará el experimento de ZP. Los sindicatos ya han dicho que aplazan la huelga general y que posponen la de funcionarios. No saben qué hacer. Los actores, lobby del movimiento zapateril donde los haya, no han dicho ni "mu". Si estas medidas las hubiera tomado Aznar… en fin, ya se pueden imaginar lo que habría pasado.

Ahora que el Gobierno y los políticos se han quitado la careta, podemos contemplar su auténtico rostro. Nos hemos de preguntar: ¿por qué pagar tantísimos impuestos si prácticamente no recibimos nada? Sólo unos oligarcas políticos, lobbies sociales y económicos se enriquecen con lo que pagamos. ¿Por qué pagar forzosamente una jubilación si el Gobierno la recorta cuando le viene en gana y las expectativas de cobrarla se reducen día a día? ¿Por qué pagar elevadísimos impuestos a la sanidad, si al final la vamos a tener que sufragar por partida doble con el copago, o triple mediante mutuas para ahorrarnos las colas? ¿Por qué pagar impuestos sobre la educación, si lo primero que están haciendo algunos ayuntamientos es reducir esta partida? ¿Por qué confiar en los políticos cuando se aprovechan de sus privilegios, roban como nadie, despilfarran y sus mentiras podrían entrar en el Guinness?

Cuando los socialistas de todos los partidos hayan minado la confianza del clásico pijo-progre adicto a series yanquis, telediarios manipulados y programas basura (la clase media de este país), y por fin vea que el idílico sueño del socialismo no es más que una pesadilla de represión, robo y tiranía, a los liberales nos quedará el camino fácil. Proclamar que la mayor minoría es el individuo y no grupos sociales que sólo saben cobrar subvenciones. Que esta minoría no necesita la autoritaria vara del Estado; y que el mejor Gobierno es el que menos gobierna. Y mientras este radical cambio de mentalidad llegue, vaya preparando el bolsillo. La transición va a ser muy dura para todos.

Finanzas, producción y dirección económica

Es común criticar ciertas transacciones financieras porque "no tienen un objetivo social útil", porque "no proporcionan capital para crear empleos, ni para financiar la investigación, ni para construir factorías", en definitiva porque "no contribuyen a la capacidad productiva de la economía".

Lo de la falta de utilidad social es una necedad demagógica que parece sugerir que nada está justificado a menos que beneficie a toda la sociedad en su conjunto. Conviene recordar que si dos partes participan libremente en una transacción es porque ambas creen que resultará beneficiosa (y el resto del mundo, aunque a muchos les guste interferir en asuntos ajenos, no pinta nada a menos que demuestre una agresión o externalidad negativa).

Resulta más preocupante en un analista financiero que no entienda que el desarrollo económico no depende solamente de la mayor disponibilidad de capital (resultado de la producción y el ahorro previos), sino que resulta crucial decidir a qué elementos de la estructura productiva asignar ese capital. No se trata sólo de trabajar más y tener más herramientas y más energía, sino de utilizar todo eso de manera inteligente para satisfacer lo mejor posible las preferencias de las personas (y no las de ahora, sino las del futuro, que aún no se conocen). No se trata sólo de que el motor del coche sea muy potente y que el depósito esté lleno de gasolina, sino de que la dirección nos lleve donde queremos ir.

La dirección centralizada de la actividad económica es imposible e intentarla sólo puede llevar al desastre. Sí son posibles planes empresariales parciales coordinados por precios de mercado y mecanismos de beneficios y pérdidas (es decir sin garantías de éxito). Estos planes empresariales pueden suscitar diversas opiniones en múltiples actores económicos sobre su conveniencia o posibilidades de éxito, pero la utilización de esta información es problemática: tener una opinión es trivial, lo difícil es que sea acertada, y es necesario establecer los incentivos adecuados para que predominen las opiniones inteligentes y se descarten las poco informadas.

Los presuntos controles democráticos sobre los mercados financieros no funcionan porque los votantes ni tienen los conocimientos requeridos ni los incentivos adecuados para actuar conforme a ellos. La solución es desconfiar de los presuntos expertos de boquilla y pacotilla que dicen a todo el mundo lo que hay que hacer, y exigir a los que quieran dirigir la economía que se mojen, que se jueguen algo, que se conviertan en apostantes: que comuniquen su opinión a través de operaciones de compra y venta (u opciones y otros derivados) en los mercados financieros donde arriesguen su propia riqueza. En este momento el pseudoexperto escurrirá el bulto alegando que él no puede dedicarse a algo tan bajo y ruin como la especulación.

A priori toda operación financiera parece inteligente y conveniente a todos sus participantes, aunque estén en lados opuestos. Pero es absurdo pretender a toro pasado que ciertas operaciones no deberían efectuarse porque acabaron perdiendo dinero o causando problemas. Lo que sí es criticable es que ciertas operaciones estén distorsionadas porque no se hacen en mercados auténticamente libres: algún participante disfruta de garantías implícitas o explícitas de salvamento a costa de otros, se limita la competencia otorgando privilegios a unos pocos, o ciertas regulaciones intervencionistas llevan a los actores a esquivarlas mediante maniobras indirectas y operaciones innecesariamente complejas. En ausencia de mercados de capital donde se respeten los derechos de propiedad y la libertad contractual es difícil saber qué tamaño y nivel de complejidad es el adecuado para el mundo de las finanzas.

Francisco Capella es director del área de Ciencia y Ética del Instituto Juan de Mariana, creador del proyecto Inteligencia y Libertad y escribe regularmente en su bitácora.