Ir al contenido principal

¿Un alto en el camino?

…para ver si de esa forma mantenía el servicio de la mayoría de sus clientes. En concreto, decidió dar menos prioridad al tráfico P2P (descargas tipo Emule, para entendernos).

Hizo esto sin decir nada a sus clientes. Pero, para su desgracia, alguno de ellos se percató y denunció la situación a la FCC, que es el vigilante de las telecomunicaciones en Estados Unidos. De esta forma, resurgió con fuerza el debate sobre la neutralidad de red, que tanto vigor ha cobrado las últimas semanas, y qué básicamente pone en cuestión el derecho de los operadores y dueños de las redes a gestionar el recurso escaso que poseen, en aras de las protección de unos supuestos derechos de los usuarios.

La FCC analizó el caso, y emitió una orden diciéndole a Comcast que eso no se podía hacer. Comcast no quiso meterse en más líos, la acató, pero planteó ante un tribunal de apelación si la FCC era quién para andar diciendo a los operadores cómo tenían que gestionar su red.

El tiempo pasó, Obama ganó las elecciones en aquel país, y cambió el presidente de la FCC. El nuevo inquilino acometió como primera tarea de su nuevo mandato la regulación de la neutralidad de red, que él llamó aseguramiento de la apertura de internet, en él que decía a los operadores de telecomunicaciones cómo se podía, y cómo no, gestionar sus redes. Esta propuesta se emitió a primeros de año, y lleva desde entonces sujeta a consulta con los interesados.

Pero hete aquí que el tribunal de apelación antes aludido, en un tiempo record de dos años (inimaginable para un tribunal español sobre un tema de estas características), resolvió sobre la petición de Comcast. Y le ha dicho a la FCC que nanay, que no es quien para meterse en cómo los operadores gestionan sus redes, y que se cante otra. Además, lo ha hecho por unanimidad de los tres jueces.

Así que Mr. Genachowski, que a este nombre responde el presidente de la FCC y promotor de la propuesta de regulación sobre neutralidad de red, ha visto como se le caían todos los palos del sombrajo. Pues toda su supuesta capacidad para regular la gestión de las redes descansaba en los supuestos que uno por uno le ha tumbado el tribunal de apelación. En fin, que se augura un negro futuro para su propuesta y, en consecuencia, para la "apertura de internet" (dicho esto último con toda la ironía posible).

Esta sentencia, con poca repercusión mediática, es una excelente noticia para todos, aunque muchos no lo crean: es buena para los operadores, que recuperan su libertad para gestionar sus recursos de la forma que consideren conveniente y que inevitablemente será para servir mejor a sus clientes, contra el riesgo de perderlos. Y es buena para los clientes, aún aquellos que ahora estén echando pestes, pues les asegura un mejor servicio en el futuro.

Ahora bien, tampoco hay que ser iluso. Aunque la situación de Obama no es la mejor tras la reciente reforma de la sanidad, el tema de la neutralidad de red fue una de sus banderas electorales. Por eso, no se puede desdeñar algún nuevo ataque contra la libertad desde este flanco.

Por el momento, disfrutemos de este alto en el camino hacia la planificación central de las telecomunicaciones.

El coche fantástico

El contraste con el ideal colectivista no puede ser mayor. Frente a las latas de sardinas del transporte colectivo en las que la comodidad brilla por su ausencia, el aroma corporal inunda los pulmones, el rumbo lo dicta un burócrata y el horario lo marca cualquiera menos el pasajero, el coche permite disfrutar del confort, de la ambientación sonora y aromática que a uno más le guste; permite, en definitiva, desarrollar los planes particulares y elegir el destino personal.

Después de años escuchando que hay demasiados coches, que la ciudad debe ser exclusivamente para el peatón, que el transporte colectivo es más racional, que la contaminación del coche es inadmisible, que el transporte de masas ayuda al ahorro energético y que el combustible se iba a acabar, nos encontramos ahora con que el Gobierno socialista va a defender el coche particular siempre y cuando sea eléctrico. En realidad, más que defenderlo va a intentar metérnoslo a empujones en nuestra plaza de garaje.

Quizá la descripción sea un tanto exagerada. En realidad los socialistas de todos los partidos han sido grandes defensores del coche, siempre y cuando se tratara del oficial, el que traía chófer incluido y no requiere financiación a plazos porque lo paga el contribuyente. Tanto amor le tienen al coche oficial de gasolina de toda la vida –pero siempre en su versión más reciente y más lujosa– que ellos por ahora seguirán usándolo mientras al resto nos concederán el derecho y la obligación de tenerlo eléctrico.

La electrificación del coche es algo que creo que posiblemente acabaría por tener lugar en algún momento. La tendencia a la electrificación ha sido una constante del último siglo en casi todos los ámbitos, industriales, comerciales y en los propios hogares. La razón de fondo no es que sea más eficiente sino que da mucha más flexibilidad. La energía eléctrica, una vez en la red, puede tener innumerables usos mientras que el combustible en un tanque los tiene bastante restringidos. Sin embargo, la electrificación del coche, como reconocía hace unos días el Sr. Chu, secretario de Energía de Obama y premio Nobel de Física, presenta diversos problemas técnicos y económicos por los que la electrificación del parque móvil de los EEUU tardará bastantes décadas.

Zapatero, en cambio, quiere que ocurra ya. Se despertó una mañana y creyó ver el futuro. Como sucede con los niños pequeños, su impaciencia no le permite esperar. Tiene que ocurrir ya. Así que para conseguirlo ha decido ofrecer un regalito de nada menos que 6.000 euros a todo el que se compre un coche eléctrico. Claro que para poder dar ese dinero se lo tiene que quitar primero a otro. Como para ver cumplido su sueño no sólo va a tener que generar una demanda del coche que no existiría sin su regalito sino que necesitará involucrar a los productores, importadores, comercializadores así como a muchos profesionales del sector, Zapatero también va a dar hasta 590 millones de euros en ayudas.

Si consigue colocar todos los coches que quiere en los próximos dos años, las ayudas de cada uno habrán costado la friolera de 8.428 euros. Casi nada. Pero nos contarán que ha creado nuevos puestos de trabajo más verdes, olvidando siempre que otros puestos de trabajo que realizaban tareas más deseadas por los consumidores habrán dejado de existir porque les han arrebatado esos recursos.

El coste de traer al presente algo que posiblemente no fuera a ocurrir de forma natural hasta dentro de varias décadas puede ser enorme. Llama la atención que si estaban tan convencidos de que el petróleo se iba a acabar, tengan que dar tal empujón al coche eléctrico. Si sus pronósticos eran acertados, bastaba con sentarse a esperar unos pocos años y ver cómo tenía lugar la electrificación sin haber de gastar un duro en ello. Pero lo más desconcertante es cómo resulta posible que hayan superado su rechazo al modelo individual de transporte.

Uno puede pensar que han vencido su aversión a la libertad que permite el coche porque puestos a tener coches, el eléctrico respeta más el medio ambiente. Sin embargo, la energía que requerirá cargar las baterías necesitará de la contribución de centrales eléctricas, muchas de las cuales emiten el denostado CO2 y gases contaminantes. Además, las propias baterías son un problema medioambiental.

La respuesta está en lo que el gran economista Ludwig von Mises llamaba la dinámica del intervencionismo. Las enormes ayudas públicas a las energías renovables han hecho proliferar hasta tal punto las placas solares y los molinos eólicos que han puesto en serio riesgo la viabilidad técnica y financiera del sistema eléctrico español, según reconoce el propio Ministerio de Industria. Uno de los problemas de estas energías es que producen según el viento y otras variables meteorológicas y no cuando la gente quiere consumir. Por ejemplo, suelen producir electricidad por la noche, cuando nadie la demanda. En lugar de dar marcha atrás, a Zapatero se le ha ocurrido apuntalar los molinos haciéndonos consumir electricidad cuando sople el viento. ¿Cómo? Teniendo que recargar las baterías por la noche. Así es como Zapatero pretende que su coche fantástico, que nos va a costar un ojo de la cara a los españoles, rescate sus fantasiosas aspiraciones energéticas.

Greenspan, el genio culpable

"…Más tarde, los oficiales de la Reserva Federal intentaron absorber el exceso de reservas y finalmente tuvieron éxito en frenar el boom. Pero ya era demasiado tarde".

Esta radiografía de la crisis, bastante atenida, no es mía. Mi única aportación a la misma ha sido escribir "mercado inmobiliario" donde antes ponía "mercado de valores". Esta sucesión de hechos, que se ajusta como un guante a la crisis que estamos padeciendo hoy, fue escrita en 1966 por Alan Greenspan y pretendía ser una síntesis de las causas de la Gran Depresión de 1929.

Lástima que Greenspan no haya recordado estas sabias palabras a la hora de analizar su actuación durante la gestación del boom inmobiliario ante el Congreso de Estados Unidos. Se proclama inocente, como cabría esperar de alguien que no tenga una marcada pulsión suicida. Su actitud es comprensible, no excusable. Al menos no desde el rigor intelectual.

Es cierto que concentrar todas las responsabilidades en un solo nombre peca de simplista. No hay un único culpable de la crisis, sino muchos, cada uno desde esfera de responsabilidades: los bancos comerciales por conceder hipotecas a 30 años mediante depósitos a muy corto plazo; los bancos de inversión por mantener merced a operaciones repo intradía carteras de negociación repletas de activos ilíquidos; la Administración republicana por gastar sin freno y engendrar unos déficits que sólo Obama ha conseguido que parezcan pequeños; las aseguradoras por olvidarse de todo principio de prudencia actuarial y emitir CDS que de ningún modo podían cumplir con sus niveles de capitalización; los reguladores por favorecer aún más el apalancamiento de la banca, por promover normativas desastrosas destinadas a inflar el precio de las viviendas y por incentivar el régimen de vivienda en propiedad entre las clases menos solventes; las agencias de rating por carecer de una teoría económica fiable que les permitiera anticipar la contracción crediticia; el Banco Central de China no por mantener tipos de cambio fijos con el dólar, como se le suele acusar, sino por respaldar sus emisiones de yuanes con activos a largo plazo nominados en dólares (otro descalce de plazos); y sí, como acusa Greenspan, Freddie Mac y Fannie Mae por aprovecharse de las garantías implícitas del Gobierno para endeudarse contra toda lógica en adquirir activos hipotecarios de altísimo riesgo.

Todo esto es cierto y, en cierto modo, sería injusto culpar a Greenspan por ello. Pero, y he aquí un gran pero, todos estos procesos devastadores para la economía se desarrollan en medio de una orgía crediticia que tiene su causa original en la bajísima financiación que la Reserva Federal presidida por Greenspan otorgó a los mercados financieros. En 2001 y 2002 la economía estadounidense se abocaba hacia una sana liquidación de las malas inversiones acumuladas en los años precedentes. Pero Greenspan rebajó enérgicamente los tipos de interés (más allá incluso de lo que él mismo consideraba necesario, según admitió en sus memorias) y consiguió que los bancos estadounidenses volvieran a endeudarse a corto plazo para invertir a largo.

Es inútil fijarse en agregados monetarios del todo insuficientes –como la M0, la M1 o la M2– para conocer el alcance de la intervención de Greenspan: sólo queda leer y analizar sobre los balances empresariales en el brutal apalancamiento a corto plazo en el que incurrieron bancos comerciales, los bancos de inversión, los conduits, las GSE, las aseguradoras financieras e incluso los bancos centrales extranjeros, después de las rebajas de tipos de la Fed.

Sería absurdo sostener que la Fed es capaz de estabilizar el sistema financiero e incluso promover la creación de empleo mediante su intervención continuada en los mercados de crédito a corto plazo –como sostienen muchos economistas– y al mismo tiempo exculpar a la Fed de haber tenido una muy poderosa influencia a la hora de empujar a un colosal endeudamiento a corto plazo entre los agentes. Fue la Fed quien colocó los tipos al 1%, fue la Fed la que hizo posible que los bancos encontraran rentable volver a arbitrar la curva de rendimientos (endeudarse a corto e invertir a largo), fue la Fed quien logró que reaflorar demandantes de crédito. Es decir, fue Greenspan.

Que luego el banco central no obligara a ningún banco privado a endeudarse imprudentemente a corto plazo o a prestar a deudores de alto riesgo o a acrecentar sus fondos de maniobra negativos o a mantenerse infracapitalizados o a sumarse a la especulación inmobiliaria, no quita que fuera él quien sentó las bases para que todo esto sucediera.

Si la Fed hubiese mantenido unos tipos de interés a corto plazo mucho más altos (por ejemplo del 5% o 6%) ni los bancos hubiesen podido incrementar tanto la oferta de crédito hipotecario, ni los estadounidenses menos solventes hubiesen podido demandar tanto crédito hipotecario, ni los bancos de inversión habrían estado interesados en concertar caras operaciones a corto plazo para invertir en activos de bajo rendimiento, ni el déficit comercial estadounidense hubiese sido tan cuantioso y por tanto el Banco Central de China no hubiese tenido opción a monetizar tanta deuda en dólares (el famoso ahorro asiático que no era en realidad ahorro), ni la burbuja inmobiliaria hubiese alcanzado magnitudes tales como para arramblar a las agencias de seguros, ni las agencias de rating habrían tenido opción a equivocarse tanto y tantas veces, ni Freddie Mac y Fannie Mae hubiesen podido adquirir enormes cantidades de unas titulizaciones hipotecarias de alto riesgo que simplemente no habrían existido.

Por eso Greenspan causó la crisis. No porque sea, ni mucho menos, responsabilidad exclusiva suya, sino porque fue un cooperador necesario, imprescindible, y causa eficiente de todo el proceso. Que el propio Greenspan sea un experto (digo bien) en teoría monetaria y de los ciclos económicos sólo me reafirma en esta posición. Difícilmente podría haberse hecho todo tan bien para que terminara tan mal. Bernanke muy probablemente no hubiese sido capaz sostener la burbuja tantos años y, de hecho, a las primeras de cambio le reventó. Greenspan la aguantó dos décadass. Tiene mérito, aunque sea un mérito de siniestras consecuencias.

La receta, sin embargo, ya la prescribió el propio Greenspan en 1966 y al menos en parte la reafirmó ayer. Las regulaciones en el fondo no sirven, lo que falla es el sistema: "El oro se interpone en este insidioso proceso como protector de los derechos de propiedad. Si uno entiende esto, no debería tener dificultad en comprender la causa del antagonismo frente al oro de los estatistas". Lo sabía y lo sigue sabiendo. De hecho, probablemente pasará a la historia como la persona que más hizo en la práctica por mostrar lo catastrófico del sistema monetario actual basado en un dinero fiduciario de curso forzoso emitido monopolísticamente por un banco central. Aunque él no lo quiera, aunque él lo niegue.

Copiar es copiar

Sostres había equiparado la descarga de música con el robo, y en mi artículo sintetizo los principales argumentos teóricos y prácticos contra la propiedad intelectual: un bien intangible no es de uso excluyente y la función del derecho de propiedad es evitar el conflicto en torno a los usos excluyentes de un recurso, un monopolio legal sobre un bien intangible está en conflicto con el uso de tu propiedad tangible (el uso de mi ordenador, el uso de mis CDs, el uso de mis instrumentos o de mis cuerdas vocales), las patentes y copyrights a menudo desincentivan la innovación al proteger ciertas ideas de la competencia por un lapso de tiempo.

La respuesta de Sostres es bastante retórica, oscila entre el ataque ad hominem y la reiteración. Me atribuye la opinión de que la literatura, la música y las demás disciplinas artísticas se han desarrollado a través de la copia, pero lo más que he llegado a decir es que la imitación y la emulación son consustanciales al progreso, y la competencia en el mercado a menudo consiste en hacer modificaciones marginales a bienes y servicios existentes: producir lo mismo que otro un poco más rápido, vender lo mismo un poco más barato, vender al mismo precio algo un poco distinto.

Sostres esquiva convenientemente algunos interrogantes: ¿debe modificarse la legislación para que los modistos puedan proteger sus diseños, los arquitectos sus dibujos, los matemáticos sus fórmulas, o los coreógrafos nuevos movimientos de danza? Lo que defiende Sostres no es meritocracia, es proteccionismo. Si de los ingresos del músico se trata, pues tendrá que adaptar su modelo de negocio lo mismo que tuvo que hacer el librero. Más conciertos en directo, más valor añadido atado a la música, más publicidad, más suscripciones. El mundo digital ha sacudido a los dinosaurios pero ha facilitado la entrada a muchos artistas, reduciendo extraordinariamente los costes de producir y distribuir música.

Insiste Sostres en que copiar una canción y pasársela a otra persona es robar. Algunos lo han comparado con el fraude: si después de una consulta con el médico nos marchamos sin pagar, habiéndonos aprovechado de su diagnóstico, ¿no le estamos “robando”? Claro que sí, pero eso es porque hemos suscrito un contrato que nos obliga a pagar a cambio del servicio. Cuando copiamos una idea o nos aprovechamos de una obra artística, no estamos necesariamente sujetos a ningún contrato con el autor.

En primer lugar, porque a menudo pueden asimilarse ideas sin necesidad de entablar ninguna relación contractual (vemos una obra o invención, escuchamos una canción por la radio). En segundo lugar, porque el primero en copiar puede haber cometido un fraude (si el contrato de venta del producto original estipula que el comprador no puede hacer una copia), pero las terceras personas que no están vinculadas al vendedor mediante un contrato de compra no son culpables de fraude si obtienen lo que otros ponen a su disposición. Es como si, una vez filtrados los correos de los calentólogos de la Universidad de East Anglia, tuviéramos que taparnos los ojos o eliminar esa información de “origen fraudulento”. En cualquier caso la legislación actual permite copiar una obra para regalársela a un amigo, y eso es básicamente lo que sucede en la red, solo que quien descarga la copia puede ser un desconocido.

Por último, un disclaimer, ¡no sea que Sostres me acuse de ladrón! No me descargo música de internet (ni siquiera sé cómo funciona el emule). Eso sí, a veces canto en la ducha sin permiso del autor.

¿Quién mató a Adrián Leiva?

Los cubanos que sufren el exilio y el destierro acaban de perder a una persona querida para ellos. Se trata de un compatriota suyo, también demócrata, que acaba de fallecer en extrañas circunstancias al tratar de entrar en su país. Su nombre es Adrián Leiva.

La dictadura caribeña no sólo decide qué cubanos pueden salir del país. También quiénes pueden volver a él. El Gobierno de Cuba exige a sus propios ciudadanos residentes en el extranjero un visado para poder entrar en la isla. A cientos o miles de ellos se les niega dicha autorización. El régimen castrista les ha incluido en la categoría de “salida definitiva”. Adrián Leiva luchaba desde el exilio contra esto. Trataba de lograr que sus conciudadanos pudieran entrar y salir libremente de su patria, como ocurre en cualquier país del resto de Occidente.

Él mismo quería volver a su hogar y estar con su familia. La dictadura le denegó de forma constante el permiso para ello. Se dirigió varias veces, con cartas enviadas mediante correo electrónico, a Rodríguez Zapatero para solicitar de sus buenos oficios ante el Gobierno cubano. La respuesta habitual fue el silencio. En una ocasión le contestaron de diferente manera, una réplica automática que decía textualmente:

“El presidente del Gobierno ha recibido su correo electrónico, cuyo texto figura más abajo. Con el fin de poder atenderle, le solicitamos que cumplimente los campos marcados como obligatorios en el formulario adjunto”.

Ante la falta de permiso para volver a Cuba, decidió entrar ilegalmente en su propio país en una barca. Murió,l según las autoridades castristas,  ahogado antes de pisar tierra. Llamaron a su hermana para que identificara el cuerpo, el cadáver de un ser querido del que la dictadura la mantuvo separada durante muchos años. No hubo explicación oficial. El castrismo se cobró una nueva víctima.

Nuestra intimidad, con el culo al aire

Otros, en cambio, dejaron al descubierto en su web los datos personales de millones de personas. No pagarán ni un duro.

¿A qué se debe esta diferencia entre un caso y otro? Sencillamente, a que el primero es una empresa privada, Iberia, y el segundo un organismo público, el INEM. La Ley Orgánica de Protección de Datos incluye dos regímenes completamente separados de sanciones, uno para empresas y otro para las administraciones públicas. En el primer caso, puede imponer sanciones de hasta un millón de euros. En el segundo, un tirón de orejas.

La lógica detrás de este doble rasero es el llamado criterio de caja única. Dado que todo el dinero que reciben todas las administraciones viene de un mismo bolsillo, el nuestro, no tiene mucho sentido mover la pasta de un departamento a otro. Mejor que se quede donde está y nos ahorramos los costes de transferirlos, rehacer presupuestos, etc. Suena lógico, y hasta cierto punto lo es. Pero crea un incentivo perverso: mientras que las empresas se han ido poniendo las pilas en cuanto a la protección de sus datos, las administraciones se lo toman con una pachorra que pa qué.

Vean si no el caso del INEM. Tenían noticia desde diciembre de 2008 de un error que permitía obtener los datos de todas las personas que hubieran estado alguna vez apuntadas a las listas del paro. Un error, además, que todo el que sepa un poco de programación web sabe que es debido a un descuido y que cuesta bien poco corregirlo. ¿Hicieron algo? Naturalmente que no. Cuando fueron "condenados" por la Agencia Española de Protección de Datos finalmente movieron un dedo, o dos. Y ya está. No se tienen noticias de que nadie haya perdido su trabajo por esto.

De hecho, ni siquiera políticamente han sufrido daño alguno por esto. Resulta que cuando se emitió la resolución, la misma agencia que mueve Roma con Santiago para informarnos de los más mínimos detalles de las reuniones de su director, Artemi Rallo, con la red social de moteros de Cuenca para asegurarse de que los menores de 14 años no pueden entrar en ella no tuvo a bien sacar una nota de prensa para informar a los periodistas, y a través de ellos a los españoles, del caso más grave de desprotección de datos que ha tenido lugar en España. ¿Por qué? No se consideró noticia, parece ser. Yo por mi parte pienso mal. ¿Y ustedes?

Dado que es un problema de incentivos, no es sólo el INEM el que se toma con cierta tranquilidad este problema, naturalmente. Samuel Parra, el mismo experto que descubrió y denunció el caso, ha criticado la inacción de la DGT ante una reciente "condena" de Protección de Datos. Resulta que la web nos permitiría con cierta facilidad averiguar los puntos que tiene en el carnet cualquier conductor que conozcamos. Basta con tener el NIF y la fecha de expedición del primer carnet, y aún sin saber lo segundo la cosa es relativamente fácil, pues no hay límite de intentos, así que puede probar todas las fechas que estimo oportuno automáticamente. Suponga que es usted una compañía de seguros. ¿Verdad que es una noticia como para frotarse las manos?

Pues bien, el responsable de informática de la DGT, un tal Luis de Eusebio, ha dicho que como hasta ahora no han detectado ningún intento de aprovecharse del sistema, pues que no lo cambian. ¡Y que no lo cambian, oiga! Naturalmente, el mes que viene cobrará íntegro su sueldo, y el que viene, y al otro. De nuestro dinero. Luego habrá quien se pregunte por qué soy liberal.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.

Las burbujas y las mentiras de Krugman

…y los inflacionistas pregonaban exactamente lo mismo que pregonan ahora: "Por favor, Mr. Greenspan: baje los tipos de interés y créenos una nueva burbuja con la que ir tirando".

Para que no quepa duda sobre cuáles fueron las palabras de Krugman en 2002, conviene volverlas a anotar. Decía el futuro Premio Nobel, en un artículo publicado en el New York Times:
 

Para combatir la recesión es necesario que la Fed responda con contundencia; hay que incrementar el gasto familiar para compensar la languideciente inversión empresarial. Y para hacerlo Alan Greenspan tiene que crear una burbuja inmobiliaria, con la que reemplazar la burbuja del Nasdaq.

Tengo la impresión de que a muchos economistas les molesta que los poderes públicos les hagan escrupulosamente caso en sus recomendaciones. Quieren influir e inspirar la acción política, pero no responsabilizarse de la misma. Avalar una determinada política económica suele servir para demostrar que sus nefastas consecuencias proceden de una no menos nefasta teoría económica. Sea como fuere, la recomendación de Krugman fue diáfana: de burbuja en burbuja hasta la explosión final, cuando, naturalmente, estaremos todos muertos como intuía Keynes.

 

Como decía, al Sr. Nobel no le gusta que los fachorros, movidos por el odio hacia su conciencia progre, le recuerden una y otra vez sus palabras. Así que ha contraatacado en su blog negando que dijera lo que dijo. Su frase, asegura, estaba sacada de contexto:
 

Yo no estaba apostando por una burbuja, estaba reflexionando sobre los límites de los poderes de la Fed, señalando que lo único que podía hacer Greenspan para lograr que la economía se recuperase era crear una nueva burbuja, lo cual NO equivale a decir que eso era una buena idea.

No sé si algún fanático se habrá ensartado en el anzuelo de Krugman, pero todo esto cada vez resulta más ridículo. Es a todas luces evidente que Krugman está mintiendo, y además lo está haciendo de manera descarada.
 

Si al menos se tratara de un traspié aislado, de una flor marchita en una pradera de aciertos, aún cabría pensar que esa columna la escribió su alterego neocón. Pero no. Los llamamientos de Krugman a crear una nueva burbuja inmobiliaria fueron constantes en esas fechas. Pueden encontrar una recopilación aquí; por mi parte, me permito destacar los más sangrantes.
 

En una entrevista en Die Zeit declaró:

Durante las fases de bajo crecimiento siempre hay quien dice que recortar los tipos de interés no va a servir de nada. Esta gente olvida que los bajos tipos de interés actúan de distintas maneras. Por ejemplo, ayudan a construir más viviendas, lo que expande el sector de la construcción. Más bien debemos plantearnos lo contrario: ¿por qué diantres no vamos a bajar los tipos de interés?

En otra entrevista, el 18 de junio de 2001, manifestó:

Ahora mismo, todo es posible, incluso que los consumidores contribuyan a la recuperación. ¿Recortará la Fed lo suficiente los tipos de interés? ¿Caerán bastante los tipos a largo plazo como para lograr que los consumidores se metan en el sector inmobiliario? No lo sabemos.

Ese mismo año, en un artículo publicado en el New York Times el 14 de agosto, insistía:
 

Los consumidores, que ya están ahorrando poco y endeudándose mucho, probablemente no contribuirán a la recuperación. Pero la construcción, que es muy sensible a las reducciones de los tipos de interés, sí podría hacerlo.

También en 2001, en octubre, dijo:


La política económica
debería dirigirse a estimular otro gasto que compense temporalmente la reducción de la inversión empresarial. Unos tipos de interés bajos que promuevan el gasto en construcción y otros bienes de consumo duradero son la parte principal de la respuesta. (El énfasis es mío).

Parecería difícil, más bien imposible, que ante declaraciones de este calibre Krugman siguiera negando que promovió la política monetaria que nos ha llevado a la crisis actual. Pero el Sr. Nobel está en ello: en realidad, dice, no estaba defendiendo la creación de una burbuja inmobiliaria, sino sólo la reducción de los tipos de interés. La burbuja, prosigue, fue una consecuencia indeseable de la unión de unos tipos bajos, que él sí defendía, con la desregulación financiera, que él no defendía. Dejemos que él mismo se explique:
 

¿Defendí una reducción de los tipos de interés? Sí. Desde mi punto de vista, eso no es lo que hizo mal la Fed. Necesitábamos una mejor regulación para poner coto a la burbuja, pero no una política monetaria que sacrificara el crecimiento y el empleo con tal de limitar la exuberancia irracional. Podéis estar en desacuerdo, pero eso no me convierte en alguien que promovió deliberadamente una burbuja.

Bueno, ciertamente, su defensa de las reducciones artificiales de los tipos de interés no tendría por qué convertirle en alguien que deliberadamente promovió una burbuja, pero sí en alguien que lo hizo inconscientemente, sin conocimiento de causa, sin tener la más mínima idea de cómo funcionan los mercados; lo cual, dicho sea de paso, no deja en muy buena posición a uno de los premios Nobel que más está tratando de inspirar las acciones del Estado. ¿Deberíamos, pues, dejar todo este escándalo en que Krugman es un irresponsable y un ignorante? Si no queremos hacer sangre, sí. Pero no veo ningún motivo para dejar de probar que Krugman, aparte de irresponsable e ignorante, es un mentiroso.
 

Para ello nos basta con darnos cuenta de que es imposible reconciliar estas dos afirmaciones que realiza en su último post:

Yo no promoví que la Fed creara una burbuja inmobiliaria, sino sólo que bajara los tipos de interés. 
 

Mi frase sacada de contexto era una reflexión sobre las limitaciones de los poderes de la Fed: sólo señalaba que lo único que podía hacer Greenspan para favorecer la recuperación económica era crear una burbuja.

Veamos. Según el propio Krugman, en 2001 y 2002 él estaba defendiendo las reducciones de los tipos para favorecer la recuperación; pero, según él mismo, la Fed sólo podía lograr esa recuperación generando una burbuja inmobiliaria a través de… unos tipos bajos. Si él buscaba la recuperación con unos tipos bajos y la única manera de que éstos la lograran era dando lugar a una burbuja, ¿cómo puede siquiera insinuar que no veía con buenos ojos la gestación de una burbuja en el ladrillo? ¿Acaso estaba defendiendo aquello que según él mismo Greenspan no podía hacer: bajar tipos y relanzar la economía sin generar una burbuja? No, nada de eso. Lo que sucedió fue lo que la navaja de Occam sugeriría que sucedió: Krugman aplaudió la expansión descontrolada del crédito que terminó generando la crisis presente y ahora está mintiendo de manera intencionada.
 

Alguien podría pensar que todo esto carece de importancia, que no va más allá de un episodio chusco en el que Krugman ha sido pillado con el carrito del helado y trata de defenderse como puede. Pero no creo que debamos quedarnos en la anécdota y olvidarnos de la categoría. La honestidad es una de las principales cualidades que le son exigibles a un científico. La honestidad es el primer elemento que nos permite discriminar si una teoría trata de desentrañar la verdad o si, por el contrario, es un mero subterfugio para manipular al público y al resto de la comunidad científica. La honestidad es una de las características básicas que permiten diferenciar a un científico de un propagandista, a un analista de un charlatán, a un economista de un juntaletras con pujos de ingeniero social.
 

No es irrelevante que Krugman haya sacrificado su honestidad en público. Ha mostrado que cuando le conviene está dispuesto a mentir, a tergiversar sus opiniones y a engañar a sus lectores. Cada uno de sus libros, cada una de sus columnas, cada uno de sus artículos académicos deberían ser leídos con mucha más cautela a partir de ahora. Muchos ya lo hacíamos desde hace tiempo. Otros deberían empezar a hacerlo desde ya. A menos, claro, que ellos mismos sean especímenes a lo Krugman: trileros con piel de científicos.

¿Cómo eliminar la corrupción?

…el piso de lujo que se ha comprado el hijo de Bono; la vergonzosa ocultación de bienes patrimoniales por parte de toda la clase política, sin excepción; la financiación ilegal del PSOE en la negra etapa de Filesa; la condonación de créditos multimillonarios a partidos políticos; el fichaje de políticos por parte de grandes empresas; la opacidad de las cajas de ahorros; los cientos de cargos municipales imputados y condenados por casos de corrupción urbanística… ¿Seguimos?

Es evidente que casi todo huele a podrido en las instituciones públicas que nos gobiernan, sancionan, multan y regulan hasta la saciedad. Y mientras el sector privado es vigilado con lupa para limitar su actividad en aras de un falso "bien común", todo un ejército de cargos públicos se llena los bolsillos, amasando auténticas fortunas, mediante el regular desarrollo de delitos económicos.

La corrupción política de alto rango, en la que están implicados senadores, diputados y cargos autonómicos, ha llenado las portadas de los periódicos en los últimos tiempos y todo indica que lo seguirá haciendo en los meses venideros. No obstante, y no por casualidad, la clase política se ha convertido en el segundo mayor problema del país por detrás de la crisis, según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).

Y ante la obviedad, la tradicional hipocresía de los afectados. Lemas del estilo "no se puede generalizar", "la mayoría somos honrados" o "actuaremos con contundencia reformando nuestros códigos internos" han sido, una y otra vez, los mensajes reiterados a la opinión pública con la malvada esperanza de quitar hierro al asunto.

Pues no, señores. La corrupción nace con la política. Es un mal intrínseco de la actividad pública, algo natural y propio en el ejercicio del poder. Desde la antigua Roma y la mítica Atenas los cargos se vendían al mejor postor realizando toda clase de servicios ilegales a cambio de unas monedas. Nada ha cambiado.

Todos los casos citados anteriormente tienen un denominador común: el pago de dinero por parte de empresas o particulares a cambio de determinados favores cuya otorgación depende, única y exclusivamente, del sector público como, por ejemplo, la concesión de licencias urbanísticas, la apertura de negocios, la evasión de multas y sanciones o la firma de contratos por obras y servicios de toda índole, entre otros muchos.

¿Cómo combatirla? ¿Es posible erradicarla? Por extraño que parezca, la resolución de esta lacra, lejos de ser un tema político, pertenece por entero al ámbito económico. La respuesta positiva a tales preguntas tiene su explicación y origen en el grado de libertad económica de la que disfruta un país. Si a mayor Estado menor libertad, también se corrobora que a mayor Estado mayor corrupción política.

Según el Barómetro de Corrupción Global 2009, elaborado por Transparencia Internacional, "casi dos de cada cinco ejecutivos de empresas encuestados afirmaron que se les había solicitado pagar sobornos al realizar gestiones con instituciones públicas. La mitad estimó que la corrupción aumentaba en al menos un 10% el costo de los proyectos. Uno de cada cinco señaló haber perdido oportunidades comerciales como resultado del pago de sobornos por un competidor. Más de un tercio percibía que la corrupción se está agravando" a nivel mundial.

Se estima que tan sólo en los países en vías de desarrollo y en transición, los políticos y funcionarios gubernamentales corruptos reciben sobornos por un total de entre 20.000 y 40.000 millones de dólares al año, lo que equivale a aproximadamente entre el 20% y el 40% de la ayuda oficial para el desarrollo.

Ahora bien, dicho esto, cabe diferenciar entre unos países y otros. Y hete aquí cuando el cruce de datos confirma lo dicho: 15 de los 20 países menos corruptos del mundo en 2009 son, precisamente, los que gozan de una mayor libertad económica, según el índice que elaboran Heritage Foundation y Wall Street Journal. Nueva Zelanda, Dinamarca y Singapur cuentan con los políticos menos corruptos del planeta, al tiempo que se enmarcan entre las diez economías más libres. Por el contrario, los países más corruptos son también los menos libres económicamente. Sobre todo, países del Tercer Mundo y en vías de desarrollo.

España pasa del puesto 28 que ocupaba en 2008 al 32 en el ránking de corrupción, que incluye un total de 180 países, mientras que en el Índice de Libertad Económica pierde siete y desciende hasta el 36.

La corrupción tiene muy poco que ver con la bondad u honradez de las personas que ocupan cargos públicos, y casi todo con el grado de intervención económica que sufren los individuos y las empresas. Si los rusos y cubanos han sobrevivido durante décadas al puño comunista es gracias al mercado negro (ilegal) y al pago estructural de sobornos para evitar la cárcel. Es un mal endémico del sistema intervencionista.

La corrupción brilla por su ausencia en los mercado libres, con marcos regulatorios simples y favorables a la libertad, ya que, simplemente, no es necesario corromper al político de turno para desarrollar cualquier actividad legítima y acorde al derecho natural del ser humano. Así pues, ni se engañen ni se dejen engañar. Para combatir eficazmente la corrupción hay que liberalizar al máximo los mercados.

Copiar no es robar

Su defensa simplista de la propiedad intelectual es meramente intuitiva y no tiene en cuenta una distinción básica en este debate: los bienes tangibles son de uso excluyente (si me quitan el coche quedo excluido de conducirlo), mientras que los bienes intangibles como la música, las invenciones o las ideas en general, no son de uso excluyente. La botella de Coca Cola que cita Sostres es un buen ejemplo: si yo te doy mi botella ya no puedo bebérmela, pero si te dejo copiar una canción puedo seguir escuchándola.

Vayamos primero a la teoría. La función del derecho de propiedad es evitar el conflicto en torno al uso de un recurso. De acuerdo con el principio de apropiación liberal, el derecho a decidir qué hacer con el recurso corresponde en exclusividad al individuo que tenga una reclamación más justa sobre él, que es aquel que le da utilidad antes que nadie lo haya hecho (o lo recibe de un tercero).

La propiedad intelectual no es coherente con este planteamiento. Imaginemos que Juan ocupa una parcela yerma de tierra y la cultiva, deviniendo propietario de ésta. Un individuo en la otra punta del país, Pedro, que jamás ha puesto los pies en esa parcela, concibe un nuevo sistema de regado. La lógica implícita en la propiedad intelectual sugiere que Pedro, en virtud de su invención, tiene derecho a impedir que Juan aplique esta técnica de cultivo en su parcela de tierra, o a cobrarle royalties cada vez que lo haga. Pero, ¿acaso no está Pedro violentando el derecho de propiedad de Juan, al impedirle que haga lo que quiera con la parcela que ocupó en primer lugar? ¿Por qué no puede Juan copiar esa técnica y aplicarla en su parcela?

Dependiendo del contexto copiar puede ser poco elegante o deshonroso. Nos molesta que se aprovechen de nosotros y es lógico que intentemos evitarlo. Pero hay numerosas formas legales de aprovecharse de la gente, desde el adulterio a la falsa promesa pasando por el chantaje emocional o el despotismo hacia un subordinado. Las leyes están para reprimir crímenes, no para imponer buenos modales y blindarnos contra nuestra inocencia.

Con todo, el acto de "copiar" no merece tan mala reputación. Forma parte de la vida, copiamos comportamientos y tomamos ideas de los demás continuamente, y en la mayoría de casos ni sentimos remordimientos ni el que concibió la idea se siente traicionado. El progreso humano está basado en la copia, en la emulación de ideas que han materializado otras personas en el pasado, en la mejora competitiva de las creaciones ajenas, en la incorporación y combinación de diversas ideas con sólo una pequeña aportación original propia.

Sostres aborrece a los holgazanes que parasitan la sociedad y no tengo nada en contra de esta postura. Pero si hoy estuviéramos pagando royalties a los herederos del inventor del supermercado, de la bombilla o del teléfono, ¿saldría Sostres en su defensa, o los criticaría por beneficiarse de privilegios legales a costa de otros potenciales competidores y el resto de la sociedad? ¿Cree Sostres que la legislación debe modificarse para que los modistos puedan proteger sus diseños, los arquitectos sus estructuras, los matemáticos sus fórmulas, o los coreógrafos nuevos movimientos de danza?

A lo largo de los últimos dos siglos en Estados Unidos los límites temporales del copyright se han dilatado con el evidente propósito de prolongar monopolios legales muy rentables para determinadas empresas (de 14 años se ha pasado a toda la vida del autor más 70 años). La legislación de patentes está tan alejada de su propósito oficial que hay compañías trolls que simplemente se dedican a patentar "invenciones" y a cobrar royalties sin producir nada, o lo que es lo mismo, a lucrarse extorsionando a las empresas que sí producen en base a esas ideas.

Nadie tiene un "derecho a la cultura" y es perfectamente legítimo que los artistas busquen mecanismos de exclusión que dificulten la copia. A lo que no tienen derecho es a llamar a papá Estado para proteger sus intereses a costa de la libertad de los consumidores, aplicando impuestos sobre la venta de CDs o persiguiendo a usuarios que descargan canciones que otros ponen a su disposición en la red. Sin olvidar que si tuviéramos que pagar por todo lo que "copiamos" rutinariamente porque nos gusta seríamos pobres al final del día.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

Vagos y juerguistas

Si añado que es vicepresidente de Grecia, se esfuma, con el misterio, el interés que pudiera suscitar el nombre de este caballero. Pero, ¿y si le digo que es un faltón, un filósofo y un político de raza?

Grecia está mendigando los euros sellados en Alemania y no sabe a qué recurrir. Unos han mencionado la deuda que adquirió Alemania con Grecia en la II Guerra Mundial, olvidando que Alemania la satisfizo en 1960. Ahora Pangalos se duele de que Alemania no afloje el bolsillo. Y lo explica porque, en lugar de actuar por solidaridad, Alemania “ha adoptado una visión moral de nuestro problema”, pues se señala que los males griegos provienen de que éstos “no trabajan lo suficiente. ¿Y por qué? Por que tienen buen clima, buena música, beben, y no son tan serios como los alemanes”. Conclusión de nuestro héroe: después de ellos vamos los portugueses y los españoles. ¿Será que él mismo nos considera vagos y juerguistas? Valga ello por lo de faltón.

Lo de filósofo va por la oposición entre la solidaridad y la moral. ¡Por supuesto! No hay nada más inmoral que la solidaridad. Al menos, tal como la entienden los políticos, es decir, vía impuestos. El reparto del coste del expolio es lo que conocemos habitualmente como solidaridad. Y en el caso que nos ocupa, el dinero va desde los Estados que han manejado bien sus cuentas públicas hacia los que han despilfarrado a espuertas. ¿Puede haber algo más contrario a la moral? Un filósofo, este Pangalos. Y un político de raza porque encuentra el argumento del momento para reclamar el dinero ajeno.

Pero, así como la solidaridad y la moral no se pueden ni ver, moral y economía son dos caras de la misma… sí, de la misma moneda. Porque la moral, es decir, el refrendo de las buenas costumbres, sanciona aquellos comportamientos que son más exitosos a largo plazo, como son el trabajo, el ahorro, cumplir con los compromisos adquiridos y demás. De modo que si Pangalos tuviera razón y Alemania se guardase sus euros por motivos morales, Alemania probablemente también tendría razón, pero no por vagos, como bien puntaliza Pangalos, sino por manirrotos.