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Recesión, ninguna novedad

De hecho, sería bueno plantearse si España no lleva ya varios años en decadencia económica; construir, por ejemplo, 800.000 viviendas en 2006 no nos hizo más ricos, sino mucho más pobres. La recesión que estamos padeciendo es sólo una consecuencia de ese despilfarro en los recursos económicos que se produjo en los últimos años. Un despertar de un sueño de abundancia y prosperidad que nunca fue real, sino una simple ilusión propiciada por la montaña de deuda que las familias y las empresas españolas han venido acumulando.

Dicho de otra manera, llevamos un lustro gastando como ricos, pero sin haber llegado a serlo. Hemos apilado cientos de miles de viviendas que creíamos un activo sólido que siempre aumentaba de valor, para descubrir que su precio dependía en última instancia de que se mantuviera una burbuja especulativa.

Sin duda, la descripción de semejante panorama abre muchas dudas sobre la conveniencia de mantener una economía de mercado: ¿Acaso la libertad de la que gozamos no nos ha abocado a esta crisis? ¿Acaso todos los agentes de la economía no se han comportado de una manera absolutamente irracional, depositando su fe en el ladrillo? Pues no. Desde luego, ésa será la conclusión a la que quieran llegar muchos intervencionistas, pero tiene poco que ver con la realidad.

Los españoles se equivocaron porque el sistema financiero los incentivó a que se equivocaran; y el sistema financiero es uno de los mercados más intervenidos, regulados y poco libres que existen. Empezando por que una autoridad central trata de orientar los tipos de interés (como si de un comité de planificación socialista se tratara) y terminando por que los bancos son unos agentes privilegiados a quienes no se aplica ni la suspensión de pagos ni el proceso de quiebra. Pero es que además, iniciada la crisis, ¿a qué hemos asistido más que a una intervención masiva y generalizada por parte del Gobierno? Difícilmente podrá culparse al libre mercado de la gravedad de una situación en la que el Estado está adquiriendo un papel preponderante, ya sea impidiendo la liberalización del mercado de trabajo, aprobando planes de estímulo económico o rescatando a empresas quebradas.

Las perspectivas para 2009 no son mucho mejores que las del 2008 que acabamos de abandonar. Especialmente, porque no parece que ninguna de las reformas que necesita la economía española vayan a implementarse; a saber, liberalizar el mercado de factores productivos y reducir los impuestos, el gasto y la deuda pública.

Nos metimos en crisis porque el sistema bancario –comandado por el Banco Central Europeo– nos arrastró a ella. Y nos perpetuaremos en la crisis porque el Gobierno camina en la dirección opuesta a la que necesitamos. Que hayamos entrado en recesión es sólo una anécdota estadística entre los problemas reales que sufre nuestra economía: unos sectores productivos completamente desequilibrados a los que el Estado les impide ajustarse.

Historia de un pequeño agricultor chino

Los números son reveladores. En 1978, el país más poblado del mundo sólo aportaba un 1,8 por ciento de la riqueza mundial. Hoy es un 6 por ciento. En estas tres décadas ha sacado de la pobreza a 200 millones de personas, la mitad de la población europea. El fenómeno de China es de tal calado, que comprender bien las razones que le permiten crecer de forma tan acelerada y sostenida es muy importante.

Por eso me ha llamado la atención un reciente artículo escrito para McKinsey Quaterly. Yasheng Huang, tras haber escudriñado lo que recogen los organismos central y regionales, observa que el gran cambio de aquella economía no lo ha operado el diseño controlado del aparato central, sino que fueron "experimentos locales con la liberalización financiera y la propiedad privada" los que allanaron la mayor parte del camino al mercado. Han sido "los derechos de propiedad y la empresarialidad privada los estímulos dominantes del alto crecimiento y los bajos niveles de pobreza".

Hay una China rural aún sumida en el comunismo, pero la historia que cuenta Huang tiene todo el sentido. El régimen ha concentrado sus esfuerzos allí donde la riqueza está más concentrada y localizada: en las ciudades, que crecen al albur del comercio internacional. El campo, orillado por el régimen, está también más a salvo de la dependencia y el intervencionismo estatal.

Cita como ejemplo Wenzhou, una provincia eminentemente rural y anegada de miseria, que inició su propio camino a la liberalización financiera en 1982, cuando introdujo instituciones tan básicas como el préstamo privado o un tipo de interés de mercado. El Gobierno local se esforzó, a su vez, por proteger la propiedad privada, dentro de lo que era posible. El resultado fue la emergencia de numerosas empresas creadas por asociaciones de pequeños agricultores que constituyeron el plancton del crecimiento chino.

Los críticos y no pocos defensores del capitalismo, como Ayn Rand, creen que los peces gordos son lo característico de una economía libre. Pero son las pequeñas contribuciones del conjunto de la sociedad, lo que constituye siempre el grueso de la aportación a la riqueza. Por eso, el desplome de unos cuantos gigantes, que muchos ven con fruición como símbolo de la definitiva caída del capitalismo, no tiene, ni de lejos, la importancia que se le achaca. El capitalismo es el sistema económico del hombre común.

Después de Su Majestad

Es que, Majestad, resulta que no todos somos políticos, ni embajadores en Nueva York de cualquier territorio de la catetada autonómica. Ni siquiera directores de cine, o sea que lo de tirar del carro lo tenemos asumido desde que comenzamos a pagar impuestos con dieciséis años, hace ya unos cuantos.

Pero es que además, resulta que el carro nos ha pasado por encima, nos ha triturado todos los huesos y, en muchos casos, ha aplastado nuestra principal fuente de supervivencia, por lo que lo de invitarnos a ponernos de pie y uncirnos a las varas como bueyes resulta francamente, perdón, molesto.

Los que tienen que tirar del carro son los que lo han despeñado, puliéndose de paso todo el dinero que los ciudadanos hemos aportado todos estos años para que no se saliera del camino. Ellos, los políticos principalmente, pero también el resto de manos muertas que suponen una losa implacable sobre nuestra economía, son los que tienen que hacerse cargo de los desperfectos y apretarse el cinturón, aunque sólo sea por esta vez. No sus víctimas, que ya bastante tenemos con haber visto las ruedas pasarnos por encima.

El autónomo que el próximo miércoles, día 31, va a cerrar su negocio, o el trabajador con veinte años de experiencia que se ha quedado en el paro, no tienen por qué tener, además, complejo de culpa por no tirar del carro lo suficiente. Sobre todo cuando están viendo que el dinero de sus impuestos se desvanece en rescates financieros de malos empresarios o bajadas de impuestos a los banqueros y sus familiares hasta segundo grado, que son precisamente los mismos que les niegan el crédito con el que poder subsistir en esta situación y salvar sus negocios, su vivienda o su empleo. Este es el hecho que debiera haber suscitado una paternal amonestación del jefe del Estado, en lugar de su apelación a un esfuerzo que la gente no puede aportar ya, sencillamente porque no les queda nada con qué financiarlo.

Hay una sencilla prueba para conocer si una propuesta va a ser mala para los contribuyentes, y es observar la reacción de los políticos. Si todos aplauden, ya puede usted ir preparando el bolsillo. El PP, además de aplaudir con las orejas, está a favor de que los demás tiremos del carro al que va subida la clase política "un ciento uno por ciento". Encima horteras. Es que se le quitan a uno las ganas de tirar, oiga.

Embarazoso condón

Nunca hasta ahora la citada entidad y sus hermanas (CEDRO, AISGE, Promusicae…) habían actuado con tanta prepotencia, ya que tampoco nunca habían gozado de mayor protección del poder político.

José Luis Rodríguez Zapatero, Carmen Calvo (antes), Cesar Antonio Molina (ahora) y la práctica totalidad de los miembros de los Gabinetes presididos por ZP –con la excepción de un Montilla que cuando estuvo en Industria optó por no tragar del todo con las pretensiones de Bautista y amigos en cuanto al canon digital– han destacado por su defensa de los intereses de la Nomenklatura de la llamada propiedad intelectual. Desde que el vallisoletano con aires de leonés accedió a la presidencia del Gobierno, el Ejecutivo ha hecho suya la causa de la fiera defensa de los denominados derechos de autor, incluso a costa de la cartera y libertades de los ciudadanos.

Tan sólo hay una excepción, un caso en el que los derechos de un autor no parecen importarle al Ejecutivo. No es otro que el del rapero Nach, que ha denunciado que la canción de la campaña Sólo con koko, sólo con condón es un plagio de su rap Efectos Vocales. No vamos a entrar aquí en si dicho plagio existe o no, pero la verdad es que la pieza de Sanidad tiene partes que se parecen de manera sorprendente a algunos versos del cantante en cuestión. Tampoco voy a valorar la publicidad institucional en cuestión (en realidad es más que dudoso que algo así consiga que haya más jóvenes que usen preservativos o que, como pretenden otros, fomente que los adolescentes practiquen más sexo), tan sólo me interesa reseñar la situación irónica con respecto a la propiedad intelectual.

Pudiera ser, tal vez, que cuando la supuesta propiedad intelectual (que, como sabrán los lectores habituales de esta columna, aquí consideramos una ficción injustificada que atenta contra la verdadera propiedad privada) no pertenece a alguien que apoya a ZP, no merece la pena ser tenida en cuenta. Para rematar, el Gobierno no responde y la agencia contratada para la campaña habla de los límites de los derechos de autor. Pese a todo, el Ejecutivo sigue amenazando con leyes "impopulares" destinadas a contentar a la SGAE y cia. No sabemos si en el Consejo de Ministros coronan rollos con bombo o no, pero su defensa de "los autores" ha quedado en una situación embarazosa. Deberían haberse aplicado ese cuento de "sólo con koko, sólo con condón" (el de la honestidad).

Los precios tienen que ajustarse

Según LHA, mis ataques estaban infundados porque el mayor peligro al que nos enfrentamos hoy no es la inflación a la que podría dar lugar la rebaja de tipos, sino la deflación que se está desatando en la economía. Asegura, además, que la experiencia histórica ha demostrado que cuando no se han bajado tipos con rapidez ante una contracción crediticia, el resultado ha sido devastador.

Sin embargo, mi argumento contra las bajadas de tipos de interés que está acometiendo Bernanke no pasa, como parece sugerir LHA, por que eleven el IPC, sino porque son inútiles y, si no lo fueran, serían contraproducentes. Efectivamente, como bien apunta mi colega, el riesgo ahora mismo no es la inflación, sino la deflación (algo que, por otro lado, ya sabían los lectores de Libertad Digital, como mínimo, desde mayo). Durante años, los bancos, instigados por Greenspan y Trichet, acometieron una enorme expansión crediticia endeudándose a corto e invirtiendo a largo. Dicho de otra manera, adquirieron con un gran apalancamiento activos con un valor cada vez más inflado.

Pero cuando los precios de las viviendas y de otros activos comenzaron a caer a mediados de 2007, los agentes económicos se vieron forzados a reducir su endeudamiento. Si yo me hipoteco esperando que el precio de un inmueble suba y, por el contrario, cae, intentaré amortizar mi deuda antes de que sea demasiado tarde. Ése es el proceso deflacionario en el que estamos ahora: todos los agentes quieren reducir su deuda y para ello liquidan sus activos. Y cuando todo el mundo quiere vender algo, su precio se hunde (deflación). Por si fuera poco, si el valor de estos activos se reduce, el valor real de mis deudas se dispara, lo que me puede abocar a la quiebra. Esto es lo que les sucede a los bancos: hasta 2006 se habían apalancado 30 veces sobre su capital y ahora el precio de sus activos se desinfla, con lo que se vuelven incapaces de hacer frente a su enorme deuda.

La receta monetarista pasa por evitar que el precio de los activos siga cayendo. Al fin y al cabo, si su precio subiera, los agentes económicos (como los bancos) no tendrían que reducir su endeudamiento, dejarían de liquidar los activos en masa y el crédito seguiría fluyendo con normalidad hacia la economía. Y una manera –dicen– de evitar que caigan los precios de los activos es abaratando el crédito tanto como sea suficiente para estimular a los bancos a que vuelvan a adquirirlos.

El problema, como digo, es que esta receta sólo puede ser estéril o contraproducente. Los monetaristas –desde Fisher a Friedman– tienen, a mi juicio, una visión muy mecanicista y reduccionista de las relaciones económicas. Para ellos, una rebaja de tipos siempre implica un aumento del crédito, esto es, suponen que en cualquier circunstancia siempre habrá unos agentes económicos dispuestos a prestar y otros dispuestos a endeudarse.

Pero en la coyuntura actual, todo el mundo está tratando de reducir se deuda a marchas forzadas, así que lo prudente no pasa por volver a apalancarse, por mucho que se abarate el crédito. Los bancos, ahora mismo, están limitando al máximo el crédito, porque apenas tienen capital para asumir nuevos impagos futuros. Por mucho que Bernanke ponga los tipos al 0%, no conseguirá ni que los bancos vuelvan a prestar ni que las familias o las empresas vuelvan a endeudarse.

Pero, ¿y si lo consiguiera? ¿No vale la pena intentarlo por si acaso? Pues no. Los precios de los activos tienen que caer a menos que queramos tener una economía moribunda y esclerotizada. Tomemos el caso de España. Las viviendas subieron tanto de precio que en 2006 era rentable construir 800.000 inmuebles anuales. Si su precio no sufre una corrección importante, la economía española seguiría produciendo 800.000 inmuebles más año tras año. ¿Acaso los españoles necesitamos ocho millones de viviendas adicionales por década? Claramente no, sobre todo teniendo el mayor déficit exterior del mundo (dicho de otra manera, si seguimos construyendo viviendas no podremos mantener nuestro nivel de vida actual). ¿Por qué subieron tanto de precio las viviendas? Porque el Banco Central Europeo estimuló una expansión crediticia en toda la zona del euro que afluyó hacia el ladrillo español y disparó sus precios muy por encima de sus fundamentales. Ahora es imprescindible que esos precios caigan para que la construcción pierda peso y lo ganen otras industrias con las que saldar nuestro déficit exterior.

Por tanto, si la política monetaria expansiva de Bernanke (o de Trichet, si le siguiera el juego) lograran evitar los ajustes de precios en los activos (como la vivienda), la estructura productiva actual, claramente insostenible, no se readaptaría para servir a las necesidades de los consumidores.

LHA alude a los casos de Japón en los 90 y de Estados Unidos en los 30 para demostrar que las políticas monetarias contractivas son catastróficas. Sin embargo, a mí me parece que reafirman mis argumentos.

A partir de enero de 1990, la bolsa de Japón comenzó a desinflarse desde su máximo de 38.922 puntos. Es cierto que durante los primeros meses, el Banco de Japón subió los tipos hasta el 6%, pero a partir de agosto de ese año los empezó a bajar de manera continuada hasta que en 1995 llegaron al 0,5%. Desde entonces, los tipos nunca han superado el 0,75%, pero esto no ha logrado que la bolsa (ni el crecimiento económico de Japón) volviera a repuntar. Hoy el Nikkei sigue estancado en torno a los 8.600 puntos. Por tanto, la bajada de tipos ha sido del todo inútil.

Ahora bien, como digo, la reducción de tipos también puede ser contraproducente. A principios de los años 20, Estados Unidos sufrió la mayor deflación de su historia. En junio de 1921, el IPC cayó un 15% en su tasa interanual (en ningún período anual de la Gran Depresión se produjo una caída tan acusada). La enérgica respuesta, sin embargo, del secretario del Tesoro, Andrew Mellon, permitió que apenas en 1922 ya se hubiese superado la crisis. ¿Qué hizo Mellon? En un año redujo los impuestos, el gasto público, la deuda pública y el número de funcionarios a la mitad. La política monetaria jugó un papel menor durante esta crisis, ya que las operaciones de mercado abierto todavía no se habían desarrollado.

Durante los años siguientes (especialmente en 1924 y 1927), sin embargo, el gobernador de la Reserva Federal de Nueva York, Benjamin Strong, (al que Friedman tanto alaba en su Historia Monetaria de Estados Unidos y en su Libertad de Elegir) sí acometió una gran expansión del crédito, lo que condujo a Estados Unidos a la crisis bursátil y bancaria de 1929-1931. Por tanto, aquí tenemos un ejemplo de políticas monetarias expansivas efectivas pero contraproducentes. Por cierto, al contrario de lo que afirma LHA, no fue la deflación lo que nos condujo a la Segunda Guerra Mundial sino, al menos en materia económica, la planificación estatal y la destrucción del comercio internacional que se inició en 1930 con la aprobación del arancel Smoot-Hawley; como digo, la deflación de 1920-1921 fue más profunda y no dio lugar ni a quince años de depresión ni a ninguna guerra. No conviene restringir la historia económica a las interpretaciones que hizo Milton Friedman –por sugerentes que puedan ser–; otros autores, como Benjamin Anderson o Melchior Palyi, de hecho, proporcionan una imagen mucho más fidedigna de lo que sucedió en la Gran Depresión.

El artículo de LHA toca muchos otros palos que me gustaría comentar, pero esto haría mi respuesta excesivamente larga. Simplemente, quiero matizar dos puntos. El primero, es que no puede decirse que Hayek fuera un gran pensador que, no obstante, dejó desatendida la macroeconomía. De hecho, casi toda la obra económica de Hayek (Teoría Monetaria y el Ciclo Económico, Precios y Producción y La Teoría Pura del Capital) y por la que le dieron el Nobel versa sobre la macroeconomía (cómo las expansiones crediticias distorsionan la estructura de capital de la sociedad al no estar financiadas con cargo a ahorro real y esto genera el ciclo económico).

El segundo, es que me parece una visión parcial sostener, en la línea de Eichengreen y otros, que los países que abandonaron antes el patrón oro durante la Gran Depresión también iniciaron su recuperación más pronto. Desde luego, las naciones más endeudadas (como Inglaterra) experimentaron un alivio financiero al impagar sus deudas en oro, pero sólo a costa de arruinar a sus acreedores (como Francia o Alemania). Esto es, los países que abandonaron el oro medraron finiquitando el comercio internacional y agravando la crisis. No creo que sea una actitud digna de encomio; sería como decir que las familias estadounidenses que han impagado sus hipotecas subprime mejoraron su condición financiera antes que las que siguieron pagando religiosamente a los bancos o que Brasil hizo muy bien devaluando el real en 1998. Pero aquí no estamos ponderando ni el daño que los deudores subprime causaron a los bancos estadounidenses ni el que Brasil infligió a Argentina.

En definitiva, en un período de liquidación masiva de activos, bajar tipos no sirve de nada, porque los deudores insolventes no volverán a pedir prestado hasta que se desapalanquen; pero aun cuando el crédito volviera a fluir, sólo retrasaría el ajuste de precios relativos que es imprescindible en estos momentos para dar nuevos bríos a la economía (ni España ni Estados Unidos necesitan millones de viviendas nuevas cada año). En la actualidad sólo estamos pagando los excesos de la borrachera de crédito anterior, la crisis es inevitable y sólo puede aliviarse de una manera: liberalizando la economía y reduciendo el gasto públicos y los impuestos. La política monetaria no servirá para nada bueno.

Lotería, arena entre los dedos

Es claro que si la razón guiara nuestro comportamiento habría cosas que no llegaríamos ni a conocer, como la lotería. Y, sin embargo, jugamos todos, año tras año, y participamos en una fiesta que, en realidad, sólo tienen razones para celebrar unos pocos centenares de personas. Y el Estado, claro, que gana siempre.

No es fácil que un premio cambie una vida. 300.000 euros, ¿le retirarían a usted de trabajar? En absoluto. ¿Acaso el doble? No es fácil que así sea. Además, el dinero no le hace a uno inmediatamente rico, pues a ese dinero hay que ponerle a trabajar. De otro modo, puede evaporarse a velocidades vertiginosas. No hay aficionado al “puenting” que haya sentido el vértigo de un tonto adinerado.

Esto es lo que explica que la lotería haya arruinado la vida de muchas personas. Estoy totalmente seguro de que más de uno de los que estos días creen que todos sus problemas (o al menos los económicos) se han solucionado, maldecirán el día en que compraron el décimo premiado, porque entonces su vida se truncó y cayó por un desfiladero que, ahora, se ve incapaz de remontar.

Y es lógico. Porque muy pocos de los premiados están habituados a escalar. Los socialistas, que no tienen la más remota idea, se han creído que la riqueza es el dinero. Confunden causa y efecto. Hasta el punto, fíjense, de que la solución que proponen a la pobreza, y a lo que llaman “justicia” es el dinero. Y luego son ellos, los socialistas, los que llaman a los demás economicistas. Ese error es crucial, porque la riqueza se crea y se destruye. Y si no se entiende esto, no se entenderá absolutamente nada.

En la lotería esa riqueza se concentra y se sortea. Pero el premiado no ha pasado por el proceso de crearla, de modo que le viene encima, como una avalancha, sin haber adquirido el know how, el saber hacer propio de la creación de riqueza. Para crear riqueza hay que producir, y para producir hay que seguir determinado comportamiento. Es la acción, el comportamiento, el hacer, el elegir y actuar lo que crea o destruye la riqueza. Y por tanto, sea cual sea la clave de la riqueza, está en nuestra forma de actuar, no en una forma que puede tomar la riqueza, como es el dinero. Si éste acude en masa, de forma inesperada y sin haber adquirido el saber hacer que lleva a la creación y acumulación de riqueza, puede durar lo que un puñado de fina arena entre los dedos.

Doy mi enhorabuena a algunos premiados, y mi pésame a otros.

España no tocará fondo en 2009

El problema es que, tal y como avanzamos en estas mismas páginas, apenas estamos padeciendo los primeros síntomas de la gran resaca. De hecho, todo apunta a que la economía nacional se enfrenta a un largo período de estancamiento económico, que podría tildarse perfectamente con el calificativo de depresión. Una posibilidad que ya baraja acertadamente el propio Banco de España.

¿Qué cabe esperar, pues, de 2009? Pese a que no soy muy partidario de lanzar previsiones a medio plazo, sí me arriesgo a afirmar que los cálculos de los supuestos expertos se quedarán nuevamente obsoletos ante la cruda realidad que se avecina en materia económica y social. Y ello, por la simple razón de que carecen de la teoría adecuada para analizar la situación (la de la Escuela Austríaca de Economía) y, como consecuencia, fallarán tanto en el diagnóstico como en las posibles soluciones a aplicar.

Puesto que, de momento, no cabe esperar ninguna reforma de calado por parte del Gobierno, España sufrirá durante el próximo año los primeros efectos plausibles y verdaderamente graves de la crisis. Olvídense de 2007 y 2008, puesto que tan sólo han sido un anticipo. Un mero aperitivo en comparación con lo que observaremos a partir de ahora.

La contracción del PIB nacional será mayúscula en 2009 y, de hecho, carecerá de precedentes. La economía registrará un decrecimiento mínimo del 3% interanual. De hecho, se trata de un cálculo muy moderado. En realidad, la falta de liberalización económica y laboral, la ausencia de rebajas impositivas y el crecimiento exponencial del gasto público amenazan con restar a la riqueza del país entre un 5% y un 7% de su producto interior bruto. Y esto, insisto, en los próximos 12 meses.

Para ello, tan sólo hay que observar el intenso deterioro que está registrando la afiliación a la Seguridad Social. En estos momentos, la destrucción de empleo neta avanza a un ritmo superior al 3% interanual, y no tiene visos de mejora. Algunos analistas sitúan dicha destrucción laboral por encima del 4,5% en el primer trimestre del año. Este indicador resulta clave a la hora de pronosticar la reducción del PIB. Además, hay que tener en cuenta que el Gobierno alemán ya reconoce que su economía caerá, como mínimo, un 4% el próximo año, y España está sin duda mucho peor que la primera potencia europea.

Así pues, quédense con este dato. La recesión se llevará por delante entre un 5% y un 7% del PIB nacional en 2009, según un escenario más o menos moderado. Tal contracción se traducirá de una forma dramática en las cifras del paro. La tasa de desempleo podría ascender fácilmente al 20% a finales de año. Es decir, 1,5 millones más de parados o, lo que es lo mismo, 4,5 millones en total. Llegados a este punto, España entrará en 2010 padeciendo ya la peor crisis de su historia reciente, muy superior a la de los años 90 y 80.

Pero avancemos un poco más. La estrategia suicida de gasto público que viene siguiendo el Gobierno, bajo el vergonzoso consentimiento de la oposición (PP), provocará un desequilibrio mayúsculo de las cuentas públicas. El déficit presupuestario superará con creces el 7%, elevando la deuda pública hasta el 60% del PIB. En un escenario de estas características, el mercado de deuda español sufrirá un estrés de consecuencias dramáticas.

El Ejecutivo tendrá muy difícil colocar el volumen de papel que tiene proyectado emitir con el fin de rescatar a la banca y mantener el nivel de gasto público. La máxima calificación de la que hoy goza la deuda española (triple A) corre el riesgo real de ser degradada por las agencias de rating. Una rebaja de este tipo aumentará de forma significativa el coste de la financiación gubernamental y acrecentará las dificultades para colocar entre los inversores la nueva deuda nacional.

Es decir, las cuentas públicas avanzarán hacia el colapso. Así, de seguir por esta senda de irresponsabilidad política y económica, en ningún caso deberíamos descartar la posibilidad de que España se enfrente a una suspensión de pagos en los años venideros (2011 en adelante). Será entonces cuando, en caso de no modificar radicalmente el actual plan anticrisis, el Gobierno se verá obligado a aprobar un sustancial incremento de impuestos para amortizar deuda.

Tal decisión, lejos de ofrecer alguna solución, agravará aún más los problemas de las empresas y ciudadanos españoles. La deslocalización será el pan de cada día, al tiempo que el Ejecutivo ahuyentará con elevados tributos a los escasos inversores dispuestos a emprender alguna actividad en España. De este modo, y siempre y cuando no cambien mucho las cosas, 2009 no será, en ningún caso, el peor año de la crisis. Ni mucho menos. Tan sólo será el primero y, posiblemente, uno de los más suaves, de los ejercicios venideros que traerá consigo la depresión a la japonesa que empieza a experimentar nuestro país.

Es el momento de apostar sin complejos por la liberalización absoluta de la economía nacional; por aplicar sin miedo una reducción de los tributos y del gasto público sin precedentes, al más puro estilo de los paraísos fiscales que tanto se empeñan en atacar últimamente los ideólogos socialistas (tanto del PSOE como del PP) que, por desgracia, ocupan la mayoría parlamentaria; por flexibilizar al máximo el mercado laboral; y por incentivar el ahorro en sustitución del consumo, entre otras medidas. Sólo así España tendrá alguna posibilidad de abordar con éxito la profunda crisis monetaria y financiera internacional que tendrá lugar en los próximos meses.

Si aún piensan que soy demasiado pesimista, sigan agarrándose a los pronósticos del Gobierno y de los organismos internacionales. Depositen su confianza, si así lo desean, en aquellos que, tras el estallido de la crisis subprime en el verano de 2007, aseguraban que la hoy denominada tormenta perfecta terminaría en la primera mitad de 2008. Ninguno de sus cálculos se hará realidad pero, al menos, quizá eviten que se les atragante el polvorón durante estas navidades. Por cierto, ¡feliz 2009!

El País, La Coalición y el P2P

De nuevo, en asuntos de control de los ciudadanos hemos sido los europeos los que les hemos dado la idea: el sistema de avisos de Sarkozy. De este modo, quienes compartan en la red material protegido serán advertidos por sus proveedores de internet para finalmente ser desconectados de la red si reinciden.

Los proveedores parecen dispuestos a colaborar porque de este modo se libran de las demandas por parte de la RIAA en las que se le exige dar a conocer la identidad de sus clientes más pillines, así como de éstos por dar sus nombres sin su consentimiento. Además, reducirían el tráfico en sus redes, aunque el P2P les suponga cada vez un problema menor; ahora es el vídeo perfectamente legítimo de Youtube y similares lo que más hace crecer las necesidades de ancho de banda. Por otra parte, está por ver si este acuerdo lo firman todas las operadoras o sólo algunas, dando a los internautas la opción de elegir la que mejor les trate.

En España, La Coalición se ha saltado casi por completo el paso de demandar a los internautas, dado que la ley aquí no les permite tantas facilidades, y han pasado directamente a negociar con las operadoras. Según cuenta El País, que de estos asuntos liberticidas cabe considerarle bien informado, las entidades de gestión de derechos de autor están cerca de cerrar un acuerdo con Redtel, la asociación que engloba a los proveedores de internet que cuentan con red propia (Telefónica, Vodafone, Ono y Orange), para implementar el sistema de avisos en España. Las operadoras lo desmienten, aunque admiten que han tenido "contactos" con todas las partes implicadas, incluyendo también al Gobierno y las asociaciones de usuarios, porque lo consideran "un problema" que debe "solucionarse entre todos".

Sería un acuerdo privado, que luego el Parlamento sancionaría legalmente, según el cual los proveedores emplearían la capacidad que le otorgan nuestros contratos con ellos para monitorizar el uso que hagamos del servicio que nos ofrecen y cancelarlo si lo estamos empleando para "usos contrarios a la ley", según aseguraba Javier Ribas en elpais.com hace pocos días. Ya en una mesa redonda en la feria FICOD 2008, en noviembre, La Coalición daba por hecho el acuerdo, aunque la directora general de Redtel, Maite Arcos, lo negaba.

De seguirse esta solución, todos excepto los internautas ganarían algo, al menos al principio. Se reduciría el tráfico P2P, que quedaría posiblemente limitado a quienes no descarguen todo el día y tengan la capacidad suficiente como para configurar los programas que usan para disfrazarlos y que parezcan otro tipo de tráfico. Las entidades de gestión quedarían satisfechas por la reducción de la piratería, pensando que así se venderá más (pobres ilusos), el Gobierno le habría hecho un nuevo favor a los zejateros y las operadoras verán reducidos sus costes. Además, al estar sancionado por ley, los proveedores de acceso a internet se evitan el riesgo de que alguien se salte el acuerdo y se lleve a los usuarios descontentos, que es lo que terminaría ocurriendo.

Pero mal que les pese, será una solución parcial y temporal. En cuanto los programadores averigüen qué comportamiento es el que detectan los proveedores de acceso para enviar los avisos, modificarán las aplicaciones con que accedemos a las redes P2P para que adopten otro. Comenzará un juego del gato y el ratón que entorpecerá, pero no impedirá, que se compartan ficheros en internet. Pero en el camino se habrá comenzado a regular internet. Y todo camino de servidumbre se sabe cuándo empieza, pero no dónde acaba.

Las recetas de Greenspan

El Maestro, como se le llamaba en los ámbitos académicos y periodísticos, fue el presidente de la Reserva Federal entre 1987 y 2006. Su mandato estuvo marcado por utilizar la política monetaria para calentar y enfriar la economía, dependiendo de las circunstancias. Así, por ejemplo, cuando la actividad se estancaba, Greenspan bajaba los tipos de interés y cuando la inflación repuntaba en exceso, los incrementaba.

En cierta medida, sus decisiones se consideraban un ejemplo de gestión científica de la moneda y el crédito. Gracias a él, las palabras inflación y depresión parecían haberse convertido en estigmas de una economía primitiva y arcaica.

Greenspan, sin embargo, no parecía entender que mediante manipulaciones monetarias no puede crearse riqueza, como mucho puede evitarse que se destruya. Cuando la Fed bajaba los tipos de interés, estaba promoviendo una expansión artificial del crédito hacia proyectos de inversión que no eran rentables. Simplemente no podemos invertir sin haber ahorrado con anterioridad, por mucho que el banco central de turno manipule temporalmente los tipos de interés para hacernos creer que el ahorro disponible ha aumentado.

Así, después de que Greenspan provocara y pinchara la burbuja de las puntocom, Estados Unidos se vio abocado a una recesión, que no es más (como todas las recesiones) que un proceso para limpiar la economía de las malas inversiones. Algo así, salvando las distancias, como la resaca, que no es más que la exteriorización del proceso de eliminación de toxinas después de una borrachera.

El Maestro, sin embargo, no quiso afrontar este necesario proceso de ajuste (que se vio repentinamente agravado por el shock que supuso el 11 de septiembre), e inició la rebaja de tipos de interés más drástica (hasta entonces) de la historia de Estados Unidos. Así, por ejemplo, entre 2003 y 2004 mantuvo los tipos al 1%, una cifra poco más que testimonial para permitir que la pirámide de deuda sobre la que reposaba buena parte de la economía estadounidense (las familias, el Gobierno y muchas empresas) se disparara sin control. Durante años, el crédito fácil propiciado por Greenspan afluyó a todas partes: al déficit público, a los automóviles, a las adquisiciones de empresas y, sobre todo, a las viviendas.

Como en España, los bajos tipos de interés dispararon la demanda de inmuebles y, con ella, sus precios. Se genero así una burbuja que facilitó que los bancos ya no tuvieran que preocuparse por la solvencia de sus deudores, ya que si el hipotecado dejaba de pagar, siempre podían vender su vivienda a unos precios que no dejaban de aumentar. El propio Bernanke, actual presidente de la Fed, en uno de los ejercicios de miopía más notorios de la reciente historia de Estados Unidos, tranquilizó a los más suspicaces jurando en 2005 que no existía ninguna burbuja en el mercado inmobiliario. Sólo el infinito era el límite del precio de las viviendas.

Obviamente, cuando todos estos pronósticos se revelaron fallidos, los bancos, que habían prestado fondos por un importe de unas 25 veces su capital, se toparon con que estaban quebrados. Bastaba con que sus deudores no les devolvieran alrededor de un 5% de sus créditos para que tuvieran que echar el cierre a lo Lehman Brothers.

Ahora, Greenspan, que algo sabe de la génesis y el desarrollo de este desastre, aparece en The Economist advirtiendo de que los bancos tienen que recapitalizarse. Y tanto, porque si las leyes tradicionales del mercado (ese que supuestamente se ha llevado hasta sus últimas consecuencias) se hubiesen aplicado con el más mínimo rigor –por ejemplo, en materia concursal– pocas entidades de crédito quedarían actualmente en pie.

El problema de esta perogrullada es que no queda muy claro cómo va a lograrse. Los bancos son los primeros que, desde hace tiempo, saben que necesitan recapitalizarse a toda costa. Por eso han estado negociando fusiones, emitiendo acciones, vendiendo activos y restringiendo el crédito. Pero el resultado ha sido insuficiente para compensar las pérdidas derivadas de los impagos y de la depreciación de sus activos.

¿Cómo lograr, por tanto, la recapitalización? Greenspan reconoce que los planes de rescate públicos no son soluciones definitivas (probablemente porque tema la quiebra el Estado), así que aboga por que los precios de la vivienda y de las cotizaciones bursátiles vuelvan a aumentar (con lo que las emisiones de acciones y de deuda serían mucho más efectivas).

Pero esto no es más que una petición de principios. ¿Cómo lograr que la vivienda y las acciones vuelvan a encarecerse? Aunque no lo especifique en su artículo, supongo que Greenspan abogará, como ha hecho su sucesor Bernanke, por bajar los tipos de interés para que el crédito vuelva a dirigirse hacia la vivienda y hacia la bolsa. Pero mucho me temo que esto sólo equivale a echar dinero bueno sobre dinero malo. Si los precios de todos los activos están cayendo, es porque todo el mundo (incluidos los bancos) están tratando de reducir su excesivo endeudamiento mediante la liquidación de sus activos. ¿Cómo podemos esperar que unos bancos sin capital y que pretenden disminuir su endeudamiento sean los impulsores de una nueva expansión del crédito, por mucho que lo abarate la Fed? De ninguna manera, y Greenspan lo sabe (o debería saberlo).

La crisis sólo terminará cuando el ahorro aumente y se dirija, en forma de inversiones, hacia la adquisición de unos activos cuyos precios se hayan abaratado lo suficiente como para volverlos atractivos y rentables (es decir, que al contrario de lo que receta Greenspan, no conviene frenar como sea todo ajuste de precios de los activos). Se trata de un proceso largo que ya lleva meses en marcha, pese al desmesurado alarmismo político sobre la parálisis e inoperancia del mercado. Sólo cabe esperar que ni que el gasto público de los Paulsons y Obamas ni las políticas monetarias suicidas de los Greenspans y Bernankes lo entorpezcan tanto como para aplazarlo sine die.

Hay que separar el trigo de la paja

No desconfío de mi banquero. Entiendo que los últimos escándalos financieros de Madoff, Lehman o Bear Stearns susciten desconfianza generalizada en los bancos y sus gestores. Sin embargo, los banqueros son como los zapateros, los vendemantas o cualquier otro profesional. Los hay buenos y malos; listos y tontos; honestos y deshonestos. Quien tenga su dinero en un banco cantonal suizo puede estar mucho más tranquilo que quien lo tenga en un banco español y quien tenga sus ahorros en ciertos bancos españoles con gestores profesionales y prudentes puede estar bastante más relajado que quien lo tenga en la mayoría de las cajas de ahorro manejadas por imprudentes e incompetentes comisarios políticos. De hecho, uno de los aspectos positivos de esta crisis es que los clientes del sector bancario podrían dejar de meter, como han hecho de unos años a esta parte, a todos los bancos en el mismo saco y empiecen a separar el trigo de la abundante paja.

En la medida que su banquero tenga bastantes fondos propios que le permitan atender a caídas en el valor de su activo, se haya dedicado a otorgar crédito a quien demostraba tenerlo, y no al primero que pasara por delante o a los designados políticamente, y haya calzado los plazos de los pagos comprometidos y los cobros esperados en lugar de coger el dinero del depositante, que lo quiere tener a la vista, para prestarlo para el desarrollo de inversiones que madurarán en muchos años, el banco que gestiona no tendría por qué tener dificultades.

En general, los escándalos y batacazos del sector bancario no se deben a que sus gestores se hayan vuelto inmorales de la noche a la mañana. Los banqueros siguen siendo los mismos que cuando meses atrás eran alabados. El problema es de diseño institucional. Se le ha dado un privilegio a la banca para coger fondos a muy corto plazo (incluso a la vista) y colocarlos en inversiones a largo plazo como las inmobiliarias aprovechándose de las diferencias de tipos en el mercado a corto plazo (más bajos) y en el mercado a largo plazo (más elevados), descalzando así los plazos. Los depositantes creen –con razón– que su dinero está en el banco, cuando la realidad es que el banquero lo ha prestado, autorizado por el legislador, a largo plazo. Por otro lado, se permite al sector que tenga apenas un 9% de fondos propios sobre el pasivo total, con lo que una caída del 9% en el valor de los activos del banco le sitúan en quiebra. Para colmo, una buena parte de los créditos son concedidos sin ton ni son debido a esa idea tan típicamente socialista según la cual todo el mundo tiene derecho a acceder al crédito. Así se crearon las hipotecas subprime mediante la Ley de Reinversión Comunitaria de Jimmy Carter.

El bancario ha sido y seguirá siendo un negocio necesario para el progreso de la sociedad. La principal función del banquero es identificar quién tiene crédito para reconocérselo. El banco sólido coloca los recursos ahorrados por unos ciudadanos (que no desean disponer a la vista) en manos de otros capaces de generar flujos que permitan pagar a tiempo los intereses necesarios para sostener ese ahorro. Lo que la banca no puede hacer, por mucho que se empeñen los políticos, es dar crédito a quien no lo tiene.

Si queremos que la confianza en nuestros banqueros no dependa sólo de la observancia de las prudentes prácticas tradicionales de esta profesión, habría que cambiar el diseño institucional del sistema financiero para impedir el arbitraje ilícito de plazos, que lo que el cliente piensa que es su depósito sea invertido y que los políticos obliguen a dar crédito a quien no lo tiene. Desafortunadamente uno puede desconfiar con razonable seguridad de que los políticos hagan algo tan razonable.