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Obameando

O quizá no, quizás este relojero ("experto en medir los tiempos", le llaman) esté dando el cambio definitivo, el que le asentará como líder y nos librará de la era zapateril, con toda su intolerable cursilería.

En 2004, se disfrazó de Sarkozy antes de presentarse a las elecciones, pero se le veía su piel de cordero bajo las orejas de lobo. Ahora, ante el éxito arrollador de Barack Obama, Rajoy se presentará como un nuevo Obama. Enero nos traerá la epifanía de un nuevo Rajoy a lo Baltasar. Ahora bien, si el negro llegó a la Casa Blanca al grito de "podemos", Rajoy quiere abrir las puertas de la Moncloa con un "queremos". El gallego corre el peligro de quedarse, efectivamente, en un quiero y no puedo.

Porque a Nicolas Sarkozy y Barack Obama, a las victorias ante sus electores, les une una idea, sencilla pero efectiva, que es lo que les ha llevado al poder, y es la del cambio. En Francia, el hartazgo de la vieja política que encumbró a Eduard Balladur es el mismo que ha llevado al Elíseo a Sarkozy, mientras que John McCain no espera su entrada en el Despacho Oval sólo porque fue menos convincente que Obama en la promesa de cambiar la política de su país.

Los cambios a que apunta la información se refieren todos a las formas, como el mantra ese de escuchar al pueblo para recoger sus anhelos, y aparecer aún más dialogante. Pero las formas no van a convencer a los españoles de que él es el cambio frente a Zapatero. Ha insistido en que él gestionaría las cuentas de esta España a la deriva mejor que el PSOE, pero con eso no basta. Mariano Rajoy puede obamear todo lo que quiera, pero un cambio verdadero sólo puede llegar desde principios firmes y clara y directamente opuestos a los de Zapatero. Es decir, que el verdadero Rajoy, el que declaró su "independencia" tras las elecciones, el del consenso permanente, el de la transigencia con la destransición, tendrá que reinvertarse a sí mismo, más allá de guiños a éxitos electorales foráneos, y postularse como una verdadera alternativa al proyecto político de Zapatero. Si no lo hace, Obama no le será de ninguna ayuda.

No saben luchar contra la malaria

El evento, organizado por Cruz Roja Española con la colaboración de la Comunidad de Madrid, contó con la participación de figuras como Raul, Eto’o, Alberto Contador, Carlos Moyá, Carlos Sainz o Fernando Alonso, entre otros muchos deportistas encabezados por Iker Casillas y Rafael Nadal. El público que casi llenó el Palacio de los Deportes de Madrid aportó 250.000 euros que serán destinados a distintos proyectos que tienen por objeto disminuir la incidencia de esta enfermedad.

No dudo de que tanto Casillas como Nadal, al igual que todos los deportistas que participaron en el evento, lo hayan hecho con la mejor de las intenciones. Ni siquiera pongo en duda que los responsables de Cruz Roja, una organización necesitada de los gobiernos y muy burocratizada, lo estén poniendo todo de su parte en el desarrollo de ese loable objetivo. Sin embargo, todo este esfuerzo y estos recursos económicos resultan ridículos cuando se tiene en cuenta que la malaria ya estuvo en vías de erradicación, que la solución ya la conocemos y que el problema es más político que técnico o económico.

A finales de los años 60, la desaparición de la malaria parecía estar al alcance de la mano gracias al uso del DDT. La enfermedad había desaparecido en la mayor parte de Occidente y se reducía a un acelerado ritmo en África y otras partes del tercer mundo. Sin embargo, la obra de una ecologista alarmista que atribuía al DDT una serie de efectos dañinos –de los cuales sólo la disminución del grosor de la cáscara de los huevos de algunas aves resultó ser cierto– logró crear una psicosis contra este insecticida. Como resultado del histerismo ecologista, que sólo se fijó en los exagerados efectos negativos sin tener en cuenta los grandes beneficios para la salud pública de este compuesto químico, la producción de DDT fue prohibida en 1972 en Estados Unidos. Pronto empezó a escasear y a encarecerse este producto en África y lo que parecía una enfermedad del pasado se ha convertido en una de las mayores pesadillas de nuestros días. Según Cruz Roja, un menor muere cada 30 segundos de malaria en África y cada año lo hacen más de dos millones de personas en todo el mundo, la mayoría niños.

El DDT tenía la virtud de ser el único producto realmente efectivo contra la enfermedad, al tiempo que barato. Ahora, los Estados y los particulares gastan enormes sumas de dinero en redescubrir una solución contra la malaria. Los 250.000 euros que se recaudaron en el Palacio de los Deportes forman parte de los algo más de 1.200 millones de dólares que este año se invertirán con el objetivo de evitar cientos de miles de muertes por causa de esta enfermedad. Sin embargo, la Alianza Roll Back Malaria estima que esta cantidad debe aumentarse al menos hasta 3.000 millones para poder ofrecer una protección adecuada en las regiones donde la incidencia es mayor. Quizá todos estos recursos y eventos dejarían de hacer falta si una pequeña parte de esa cantidad fuera usada en restituir la imagen del DDT y en destapar el macabro papel del movimiento ecologista en su demonización.

Los del Gordo la montan gorda

Están estos señores enfadados por el hecho de que vayan a perder el monopolio de la venta de la Lotería Nacional y otras apuestas del Estado. Seguramente tengan razón en quejarse de la opacidad con la que el Gobierno está preparando la reforma legislativa, pero nada más. El resto de sus argumentos son propios de los que quieren seguir beneficiándose de una ya antigua situación que perjudica al resto de la sociedad.

Como todo aquel que pretende mantener una situación de privilegio, estos señores quieren convencernos de que tienen la razón diciéndonos que defienden nuestros intereses. Nada mejor que tratar de aparentar generosidad con el resto de la sociedad para proteger el propio lucro. Las organizaciones del sector se muestran especialmente preocupadas e indignadas por el hecho de que se vaya a poder vender lotería por internet, cuando en realidad se están quejando de que esta transacción pueda hacerse en sitios web que no sean los suyos. Es comprensible, se han disparado las compras de décimos a través de la red y ellos quieren cerrar este canal a la competencia o, directamente, impedir que se siga desarrollando por no estar, en muchos casos, dispuestos a adaptarse.

Argumentan las organizaciones de loteros que la liberalización en general –y en internet en particular– "abre un vacío legal tremendo" debido a que los operadores on line tienen sus sedes en paraísos fiscales y no pagan impuestos, lo que daña a la Hacienda Pública. Si eso fuera cierto, no me parecería mal. Nunca me he creído eso de "Hacienda somos todos", más bien pienso que "Hacienda nos roba a todos". Pero es que, además, da igual que el vendedor tenga su sede en Malta. Cuando adquiere el décimo para después venderlo a un tercero, a quien se lo compra es al Estado.

También nos dicen que la liberalización dañará a la Lotería, tanto en su imagen como en ventas. Este argumento no se sostiene. La imagen de estos sorteos no tiene nada que ver con el lugar donde se compran los décimos. Y aunque fuera cierto, ¿acaso hay que renunciar a mayores cuotas de libertad para mantener el modo en el que los ciudadanos perciben lo que no es otra cosa que un mecanismo del Estado para sacarles todavía más dinero? Y sobre las ventas, nos dicen que la existencia de más puntos de distribución no implica que haya más personas que compren. Pero ésa es la clave: la competencia.

La lotería es algo muy jugoso para quienes gozan del privilegio, otorgado por el poder, de venderla. Son ellos los que reparten los beneficios sin, hasta ahora, tener que hacer frente a nuevos competidores que tal vez sepan promocionarse mejor y que les puedan quitar una parte del pastel. No saben en propias carnes qué es competir, y casi seguro no sabrán afrontarlo. Por eso pretenden que los compradores de lotería sólo puedan acudir a ellos, ya sea en internet o fuera de ella.

Zapatero pitoniso

Ni el lector de esa clase de subliteratura recuerda a finales del año siguiente lo que los astros pronosticaban para ese ejercicio, ni el votante de izquierdas tiene suficiente "memoria histórica" para recordar más allá de febrero lo que decían Zapatero y Solbes al término del año anterior, solos o en compañía de Gabilondo.

En la última edición de la tutoría mensual a la que Iñaki somete al presidente, Zapatero ha ejercido nuevamente de pitoniso para reconfortar el ánimo atormentado de quienes le votaron porque iba a conseguir el pleno empleo y ahora sólo disponen de una cartilla del paro. Le faltó únicamente destripar una oca sagrada en la mesa del telediario y escrutar las vísceras junto al presentador para que la estética del momento estuviera al nivel intelectual de sus profecías económicas.

En contra de los análisis unánimes de la prensa especializada y de la propia realidad, Zapatero ha anunciado que a partir del próximo mes de marzo comenzará a crearse empleo con intensidad, mientras Gabilondo secaba una lágrima furtiva producto de la emoción del momento. Por eso se le pasó preguntar al presidente si se refería a España o a otra zona del globo terráqueo, porque en los propios presupuestos generales del Estado, elaborados por el equipo de ZP, no se contempla esa situación, sino exactamente la contraria, de tal forma que si fuéramos suspicaces diríamos que Zapatero miente a sabiendas. No lo diremos para que no nos acusen de antipatriotas y de no "apoyar", pero ahí queda la sospecha.

Y eso que los presupuestos son de un optimismo antropológico que tira de espaldas. Por ejemplo, para 2009 prevén un porcentaje de paro del 12,5%, lo que resultaría creíble si no fuera porque en octubre de este año ya estábamos a dos décimas del 13% y no parece que estos dos últimos meses hayan sido un prodigio en la creación de puestos de trabajo sino todo lo contrario.

La solución de ZP es la habitual del socialismo: convertir en funcionarios al mayor número de parados posible y financiar los sueldos con déficit público. En todo caso, el desfase lo pagarán los nietos, lo que, de paso, contribuirá a fortalecer los vínculos familiares. Sin embargo también aquí la realidad se muestra obstinada, pues en el plan zapateril para realizar obras públicas (no grandes infraestructuras, claro, sino dar un repaso de yeso y pintura a los edificios públicos, poner retretes digitales y quitar alguna placa franquista de las fachadas) se estima que dará ocupación temporal a unos 200.000 trabajadores, que es, por ejemplo, la cifra de empleo que se viene destruyendo en un solo mes durante la segunda mitad de 2008.

A pesar de todo, parece que a Zapatero le está afectando seriamente la situación de crisis económica que atravesamos, de ahí que mintiera en esa entrevista algo más de lo que en él es habitual. Pero hay un dato adicional que revela que, en efecto, el presidente está pasando por una situación difícil: en ningún momento habló del cambio climático. Este hombre, definitivamente, está muy tocado. Menos mal que está Mariano p’apoyar.

Faroles con peligro

Ni siquiera es necesario remontarse a lo que, en materia económica, parece la prehistoria de España –esas elecciones de marzo donde el PSOE hizo campaña con la absurda promesa electoral de lograr el pleno empleo durante esta legislatura–, basta con acudir a los Presupuestos Generales del Estado –que se votan hoy– donde aparece una previsión de crecimiento del 1% y de paro del 12,5% para 2009.

Del primer pronóstico poco se puede decir, salvo que su único cometido es justificar un gasto público mucho mayor del que podemos soportar. El FMI, institución que en el último año se ha caracterizado por ser demasiado optimista en sus vaticinios, avanza que el PIB decrecerá un 0,2% el próximo año. En realidad, será mucho peor. Si la economía española se portara "tan bien" como en el tercer trimestre de este año (es decir, antes de que la actividad se contrajera tanto como para que los Gobiernos salieran a toda prisa a rescatar a los bancos, a las automovilísticas, a las pymes y a casi cualquier empresa que quedara con vida), el PIB se hundiría alrededor del 1%. Pero que las cosas se mantengan como están no lo espera nadie, ni siquiera el propio Gobierno.

El segundo pronóstico –una tasa de paro del 12,5%– simplemente ya se ha incumplido antes de comenzar 2009. Según Eurostat, en octubre de este año ya alcanzábamos el 12,8%.Vamos, que para alcanzar la cifra del Gobierno necesitaríamos que, como promete Zapatero, el año próximo estemos creando masivamente empleo. ¿Verosímil? Sólo hace falta repasar tres datos.

Primero, históricamente, debido a las rigideces de nuestro mercado laboral, España necesita crecer por encima del 3% para reducir la tasa de paro. Ya hemos visto que estaremos algo lejos de esa marca.

Segundo, la actividad del sector de la construcción ha caído a niveles de 1997, momento en que ocupaba a 1,2 millones de trabajadores. Hoy sigue dando empleo –oficialmente– a 2,4 millones. A menos que en 11 años esta industria se haya vuelto tremendamente ineficiente, no parece que para realizar la misma tarea que en el 97 se necesite al doble de personal que entonces.

Tercero, ¿será que los planes de gasto público del Gobierno absorberán toda la destrucción de empleo? Bueno, según los cálculos inflados del Ejecutivo, con esa iniciativa se crearán hasta 200.000 puestos de trabajo; una cantidad de empleos que, para ponerla en perspectiva, se destruyó simplemente en un mes de 2008.

Sin embargo, toda esta retórica populista del PSOE tiene un problema más de fondo y es que han renunciado a favorecer la recuperación económica. El aumento del gasto público, vía déficit, que propone el Gobierno puede que cree algún puesto de trabajo en alguna ocupación innecesaria para los consumidores, pero a cambio destruirá muchos más empleos en otros sectores vitales de la economía y agravará la ya profunda crisis. Y es que el gasto público no es una liberalidad política que nos conceda un generosísimo Zapatero; más bien, consiste en quitarle el dinero a la gente que sabe cómo utilizarlo para crear riqueza y destinarlo a actividades mucho menos productivas.

El plan del Gobierno, por ejemplo, contempla utilizar parte de esos 8.000 millones de euros en la rehabilitación de inmuebles. ¿Alguien en su sano juicio cree que la crisis en España se ha desatado porque hemos invertido demasiado poco en construcción? Zapatero cogerá el dinero bien gestionado y lo tirará sobre el pésimamente invertido en un ejercicio típicamente redistribuidor de la renta y, por tanto, empobrecedor. Sí, creará algún puesto de trabajo superfluo, pero destruirá muchos más de los imprescindibles para crecer. Y lo que es peor, ¿qué haremos cuando se agoten esos 8.000 millones que no generan riqueza, esto es, cuando se corte el chorro de gasto público? Simplemente, los parados recolocados volverán al paro y todos los españoles estaremos aun más endeudados.

No es que el Ejecutivo pueda hacer muchas cosas para acabar con la crisis. Su margen de actuación se limita a liberalizar los mercados de factores productivos (especialmente el laboral y el energético) y a reducir enérgicamente los impuestos y el gasto público; pero aun con estas políticas, tardaríamos tiempo en salir del agujero. Ahora bien, el Gobierno sí tiene un amplio abanico de posibilidades para sepultarnos durante décadas en el estancamiento económico; basta, de hecho, con que siga actuando como lo ha hecho hasta el momento.

Endéudate por el bien común

Es muy sencillo de entender, la gente antes de gastar, ahorra. Especialmente ante una situación tan singular como la que estamos viviendo.

Algo que, sin embargo, no parecen entender muchos economistas –algunos tan destacados como Xavier Sala-i-Martin o Paul Krugman– y que sí ha comprendido perfectamente el presidente del Gobierno español. Zapatero descartó bajar impuestos porque la gente podría destinar este dinero a ahorrar en lugar de a consumir. Es la primera vez que Zapatero acierta en algo relacionado con la economía, y además también nos sirve para ver cuán poco libres somos en asuntos tan básicos como la gestión de nuestra economía doméstica.

¿Quién es el Gobierno para decidir cuándo y cómo hemos de gastar, ahorrar o invertir? ¿Acaso la democracia le da legitimidad para decidir sobre nuestro bolsillo y actuaciones económicas? Lo mismo puede decirse de otros superorganismos económicos como los bancos centrales. ¿Quiénes son estos burócratas y técnicos para ordenarnos –mediante el robo (impuestos) y falsificación del dinero (políticas monetarias expansivas)– si hemos de ser pobres o ricos?

En las universidades ya se instruye a los futuros economistas con esta mentalidad. No se les explica ciencia económica, sino ingeniería socioeconómica. La enorme mayoría de licenciados parecen autómatas cuando se les plantea una situación económica determinada. No se les enseña a responder preguntas como "¿Cuál es el fenómeno praxeológico del que nace el interés?", "¿Cuáles son las causas del intercambio?", "¿Por qué y cómo surge el dinero?". Se les educa para que digan: "Si hay crisis, se han de tomar políticas monetarias expansivas" (esto es, rebajas de tipos, aumentos de la M3, emisiones de deuda…). Echen un vistazo si no al clásico manual de Varian, Microeconomía intermedia. El autor en varias ocasiones dice a los chicos que si no entienden una fórmula matemática, que la memoricen. Como si se tratara de un mandamiento divino. Esto no es ciencia, sino adoctrinamiento para borregos. La economía, en realidad, es una ciencia que se engloba dentro de la lógica deductiva. Si le quitamos el método, sólo es un arma de adoctrinamiento social y por tanto de manipulación.

El sistema capitalista funciona totalmente al revés. No necesita de dictadores de la producción. Da libertad absoluta al individuo para que decida qué hacer, cuándo y cómo. Si hay crisis, la tendencia no es a gastar, sino a ahorrar y atesorar. El establishment burocrático pretende todo lo contrario: manipula nuestros incentivos naturales –libertad e individualidad– para que gastemos y nos endeudemos ciegamente (Cuando, curiosamente, éste ha sido el origen de la crisis). ¿Solución política? Volver a repetir las malas recetas que nos han llevado aquí. Nos dicen cuánto hemos de gastar, pero no por nuestro bien, sino por el del vecino (y a éste, a su vez, cuánto ha de gastar por nuestro bien). Es un sistema tan absurdo y antinatura que no puede funcionar. De hecho, jamás ha funcionado. Esto se acerca más a la economía del comunismo y del fascismo que a un sistema de laissez faire o puramente capitalista.

Nadie es el amo de nuestro bienestar y nadie sabe mejor que nosotros qué hacer con nuestro dinero. Si nos dedicamos a gastar y endeudarnos como nos pide y exige el Gobierno mediante la manipulación de nuestros incentivos, ¿qué pasará si después no podemos pagar las deudas al banco? ¿Responderán los políticos por nosotros? ¿Hemos de aclararle al banco que le habíamos pedido prestado dinero por un sentido cívico y patriótico cuando no podamos amortizar su crédito?

Si el Estado manipula nuestros incentivos y nos hace continuas llamadas para que gastemos, muy probablemente sea porque él esté sacando algo a cambio, por ejemplo recaudar más impuestos o satisfacer a ciertos lobbies. El Gobierno también tiene sus propios incentivos y siempre van en dirección opuesta a la del hombre libre. Las medidas que se están aplicando en medio mundo no van a servir de nada. Nos espera una larga crisis. La mejor solución es hacer lo que nos dicte nuestro sentido común y desoír a esos fantoches que se creen con legitimidad de opinar y manipular a todo el mundo sin asumir ninguna responsabilidad. Y es que si el Ejecutivo nos dice que gastemos, lo mejor va ser que hagamos lo contrario. Ellos no tienen nada que perder, nosotros sí.

Innovación en el sector televisivo patrio

En ella, uno de los altos cargos describió los planes para asegurar el futuro del preciado activo: básicamente, conseguir que los canales públicos (TVE) dejen de financiarse con publicidad y que la implantación de la televisión digital terrestre se demore en el tiempo.

Como se observa, se trata de innovadores planes completamente centrados en la satisfacción del televidente. Y es que es lo que tiene: tras vivir confortablemente en un oligopolio legal durante casi 20 años, esto de tener que repartir los ingresos publicitarios, y más en medio de una crisis económica, pues no se hace nada llevadero.

Resulta que donde hasta hace nada únicamente había una "caja tonta" para permitir la entrada de información, ahora llegan también cables, ADSLs y satélites: portadores de contenidos alternativos, que poco a poco se llevan el "escaso" tiempo que la audiencia dedica a estos menesteres. No sólo me refiero a los canales de TV adicionales, sino a las formas de entretenimiento que ofrece internet, que estas sí han nacido bajo los rigores de la competencia y, por tanto, del servicio al público como forma de supervivencia.

Solución: la de siempre para estos "tycoons" del Real Decreto: que paguen los ciudadanos. Porque eso supone en el fondo pedir que la TV pública deje de financiarse por la publicidad. No es que esta empresa no use y abuse ya del dinero que nos extraen con los impuestos (que sirven, por ejemplo, para que luego nos vendan como triunfo la cobertura de los Juegos Olímpicos; con vidas infinitas, cualquiera), pero, claro, accede al mercado que estos señores quieren enterito para sí, y se lleva algo para ahorro del sufrido contribuyente.

Otra solución: impedir que haya nuevos competidores, cosa factible con la nueva tecnología digital. Ambas innovaciones pasan por servir al Gobierno y a sus intereses, pero ninguna por satisfacer a los consumidores del producto que venden. Pero es que está muy claro de donde vienen las mayores ganancias en los mercados intervenidos, no digamos ya en los oligopolios regulados.

Así que a seguir quejándose de que se reduce la tarta publicitaria y de que encima hay que repartirla entre más en estas condiciones que no son viables. Si estas empresas no pueden sobrevivir, lo mejor es que desaparezcan y liberen sus recursos, especialmente algunos llamados "escasos" –como las frecuencias– para usos que sí demanda la sociedad.

Pero tengo para mí que podrían ser viables si se esmeraran más en su producto, en conocer a su audiencia, y no tanto en buscar la ayuda del Gobierno o en pagar cantidades absurdas por contenidos que no lo valen. Se exige imaginación y se rompe el confort, pero se puede sobrevivir. Que se asomen a internet y lo verán.

Permítanme ahora la licencia de innovar también en esta columna, en este caso para felicitarles a ustedes las Navidades y desearles un próspero año 2009, tras cuyo comienzo volveré a asomarme por estos derroteros.

Hoy somos más ricos que antes

Los autores no explican, sin embargo, de dónde obtienen esos datos, y deberían, porque las estadísticas del INE no arrojan esa conclusión: los salarios han aumentado un 6.5% anual desde 1980 mientras que la inflación lo ha hecho un 5%. Pero es que además el aumento de la riqueza no se mide sólo en salarios.

Innumerables medicamentos y tratamientos que no existían hace 30 años prolongan nuestra vida y mejoran nuestra salud. La anestesia es más efectiva y podemos ver a nuestro hijo en una ecografía. Si no queremos llevar gafas, podemos ponernos lentillas u operarnos la vista. Podemos modelar nuestro cuerpo con cirugía estética, erradicar el vello para siempre con depilación láser, lavarnos los dientes apretando un botón y cortarnos el pelo con maquinilla.

El uso del braille para los ciegos está mucho más extendido y la mayoría de empresas ofrecen servicios adaptados a las personas con minusvalías. La ortopedia y la robótica han aumentado la autonomía de quienes no podían valerse por sí mismos. Los discapacitados pueden desplazarse en sillas eléctricas, las personas con sordera media pueden adquirir audición funcional con las últimas prótesis auditivas y el implante coclear consigue lo mismo para algunas personas con sordera profunda.

Podemos llamar por teléfono desde cualquier sitio en el momento que queramos. Hoy tenemos el iPhone, la Blackberry, el iPod, la Nintendo DS y la Xbox. Podemos disfrutar de videojuegos en el metro, escuchar música mientras corremos o ver películas mientras esperamos el avión. Tenemos contestadores automáticos digitales y hornos microondas. Podemos hacer fotos con nuestro teléfono móvil y enviarlas instantáneamente a nuestros amigos en la otra punta del mundo. Somos capaces de hacer 1.000 fotos de calidad excepcional en una cámara reflex digital, manipularlas con Photoshop y almacenarlas en Flickr.

Hoy tenemos internet y computadoras personales. Podemos comprar en el supermercado sin movernos de casa o encontrar gangas en Amazon, subastar o buscar rarezas en Ebay, escribir un blog, distribuir vídeos, descargar canciones y películas, chatear con los amigos o conocer gente de otros lugares, hacer videoconferencias vía Skype, enviar emails, practicar idiomas, leer la prensa de todo el mundo o acudir a fuentes de información u opinión alternativas. Podemos buscar en Google o en Wikipedia, aprender y descubrir infinidad de cosas a un click de distancia. Podemos escribir en Word, calcular en Excel, hacer presentaciones Power Point, organizar datos con el Access, crear ficheros PDF o imprimir documentos en casa. Es posible utilizar el portátil en el tren o conectarnos en el Starbucks.

A través del cable o del satélite tenemos acceso a cientos de canales de televisión, nacionales y extranjeros, de deportes, entretenimiento, historia, naturaleza, cocina, viajes o ciencia. Podemos ver películas en subtítulos o en otros idiomas, acceder al cine clásico con más facilidad que quienes vivían cuando se estrenaron aquellas películas, viendo TCM o alquilando DVDs. Disponemos de pay-per-view, reproductores de DVD, pantallas de plasma y sonido envolvente. Hay una mayor oferta de música, cine, literatura y arte.

Es posible valor a otras capitales europeas en avión con Ryanair o Easyjet por menos de 50 euros. Utilizamos el GPS para localizar nuestra posición en un mapa vía satélite cuando estamos de viaje, podemos enviar un paquete a otro país por FedEx o DHL y que llegue al día siguiente, pagar unas palomitas con tarjeta de crédito o sacar efectivo de un cajero automático en cualquier esquina del mundo.

Los coches actuales más baratos son más seguros que los más caros de hace 30 años y tienen más y mejores prestaciones. La oferta de comida actual es más variada e incluye alimentos orgánicos, sin grasas, sin colesterol, con vitaminas añadidas, para vegetarianos, para diabéticos, sin gluten, para controlar el peso o con envase reciclable. Hay más ONGs a las que donar dinero para causas justas.

Que a algunos no les parezca evidente que hoy vivimos mejor que antes es un síntoma de que damos por sentada la abundancia que nos rodea. Y con ello el sistema que la hace posible: el capitalismo. El dinero es un medio de intercambio, lo que nos hace ricos es la variedad, la cantidad y la calidad de los servicios y placeres que podemos adquirir. Basta preguntarse si preferiríamos vivir ahora o hace 30 años con la misma renta. Yo preferiría vivir ahora incluso con un salario real más bajo.

La pregunta clave en este contexto es cuánto más larga sería esta lista de avances en la calidad de vida si el ámbito de actuación del mercado hubiera sido mayor y el Estado no hubiera drenado tantos recursos. El progreso que hemos experimentado en los últimos 30 años –a pesar del Estado– ha sido extraordinario, ¿qué progreso habríamos vivido en ausencia de trabas, corruptelas, despilfarro e ineficiencias estatales?

¿A qué juega la Reserva Federal?

Sin embargo, el caso Madoff no tiene nada que ver con la gestación de la crisis. Se trata de un fraude típico de nuestras sociedades (de hecho, nuestro sistema de pensiones se asienta en las mismas bases), cuyas consecuencias se limitan a las pérdidas que sufren los estafados. En concreto, es un esquema de venta piramidal o Ponzi, denominado así precisamente en alusión al estafador Carlo Ponzi.

Básicamente, Madoff ofrecía rentabilidades altísimas a los inversores no porque fuera muy hábil utilizando su dinero, sino porque sufragaba esas rentabilidades con las sucesivas remesas de dinero que iban entrando en su fondo. Obviamente, cuanta más alta fuera la rentabilidad que ofreciera, más inversores se sentirían atraídos y más tiempo le duraría el chiringuito. Pero en esta crisis lo que escasea es la liquidez, así que cuando los inversores de Madoff empezaron a retirar su dinero, el fondo no tuvo más remedio que quebrar.

Desde luego, Madoff trató de forrarse a costa de los demás, y para ello no tuvo reparos en saltarse la ley y violar los derechos de propiedad. Pajín, uniendo algunos retazos de especulaciones, ha tratado de presentar esta estafa como algo inherente al capitalismo que cuando se generaliza provoca graves crisis económicas, como la actual.

En realidad, la estafa no es que sea algo inherente al capitalismo, sino a la naturaleza humana. El capitalismo no es el mejor sistema económico porque modifique la naturaleza humana, sino porque procura cauces e incentivos para favorecer la cooperación entre los individuos, y no el parasitismo. Dicho de otra manera, el capitalismo permite a la gente forrarse engañando a los demás (lo que debería dar lugar a una proceso judicial destinado a resarcir a las víctimas), pero también beneficiándolos. Difícilmente puede decirse esto mismo de la política, que es precisamente el arte de lograr que la gente haga lo que no quiere.

Pajín no sólo yerra en su diagnóstico torcido de la naturaleza inherentemente corrupta del mercado y del comercio, sino en su análisis de la crisis. Ya expliqué por qué sólo es parcialmente cierto que fuera la avaricia lo que la engendrara: ciertamente, los bancos actuaron fraudulentamente cuando se endeudaron a corto plazo y prestaron a largo. Pero lo grave en esta historia no es que haya gente que quiera enriquecerse demasiado rápido por cualquier medio, sino que el Estado estimule y espolee ese proceso corruptor, que es justo lo que se calla Pajín.

Para llevar a cabo su estafa, Madoff tuvo que esconderse del Estado y torcer la ley. Los bancos lo hicieron no ya con luz y taquígrafos, sino con la colaboración entusiasta de los bancos centrales. Recordemos simplemente que en 2003 la Fed colocó los tipos de interés al 1% para que las entidades de crédito pudieran refinanciar su deuda a unas tasas más baratas y, así, pudieran prestar todavía más dinero a un mayor número de personas y a unas condiciones más asequibles: aquí, claro, se produjeron las hipotecas subprime.

No sólo eso, el propio jefe de Pajín amenazó hace una semana a la banca española con adoptar "medidas extraordinarias" si no concedía nuevos créditos. Dicho de otra manera: en unos momentos en los que la banca está intentando reestructurar sus balances para reducir el peso de la deuda a corto plazo y casar el vencimiento de activos y pasivos, Blanco les presiona para que sigan cometiendo el fraude que está en el corazón de la crisis: la transformación de plazos o la práctica de endeudarse a corto e invertir a largo.

Desde luego, sin tener esto claro no parece aconsejable ponerse a regular masivamente el sistema financiero. Primero, porque el caso Madoff ilustra, entre otras cosas, que el supervisor es incapaz de controlar todas las operaciones que se están realizando en todos los mercados (Madoff fue inspeccionado por la SEC hace apenas un año); segundo, y sobre todo, porque no necesitamos más, sino mejor regulación, y el PSOE no parece tener claro en qué consiste esa mejor regulación.

Habrá Pozis y Madoffs en cualquier sistema financiero: la tentación de la corrupción está ahí, y ni puede eliminarse de la mente humana ni puede fiscalizarse a toda la sociedad de manera efectiva para prevenirla. Tampoco son, con todo, especialmente dañinos. Por lo general, como ya he indicado, sus víctimas no van más allá de quienes les habían confiado (directa o indirectamente) su dinero.

Sin embargo, sí podemos evitar (o minimizar extraordinariamente) los ciclos económicos que desde hace varios siglos vienen lastrando a nuestras sociedades, y cuyas consecuencias afectan –en forma de desempleo, contracción crediticia e inflación– a toda la sociedad. No es necesario tener regulaciones complejas, sino una legislación mercantil clara que proscriba la transformación de plazos, un banco central que no se dedique a promover este tipo de operaciones, sino a defender el valor de su moneda, y un Gobierno austero que no recurra al sistema bancario para financiar sus abultadísimos déficits públicos.

Madoff no ha causado la crisis

En la actualidad, Estados Unidos está experimentando un incremento, sin precedentes, de su oferta monetaria. La Reserva Federal (Fed), que preside Ben Bernanke, casi ha triplicado sus activos, es decir, los créditos concedidos al sistema bancario, en un intento desesperado por salvar de la quiebra a un importante número de entidades.

En concreto, dicho volumen de préstamos ha pasado de los 900.000 millones de dólares a superar ampliamente los 2 billones a lo largo de las últimas semanas. Y ello, tomando como colateral créditos y bonos hipotecarios de dudosa solvencia, pese a que en teoría gozan de la máxima calificación crediticia posible (triple A).

El aumento de las líneas de crédito a la banca comercial, la compra de deuda pública por parte de la banca central y el recorte de tipos a niveles ínfimos, trae como resultado la expansión de la oferta monetaria. Esto es, crece el dinero total en circulación que opera en el sistema. La clave del problema reside en que tal incremento responde, exclusivamente, a meras decisiones políticas, bajo la excusa de combatir la crisis. No obstante, la banca central permanece incólume como uno de los grandes paradigmas de planificación socialista vigentes en el actual sistema de mercado.

Llegados a este punto, y tal y como afirmaba Ludwig von Mises:

Si no se detiene a tiempo la política perniciosa de aumentar la cantidad de dinero y los medios fiduciarios, el sistema monetario de la nación sufre un colapso general. El poder de compra de la unidad monetaria baja a tal punto que resulta nulo para cualquier propósito. Esto sucedió frecuentemente: en los Estados Unidos en 1781 con la moneda continental, en Francia en 1796, y en Alemania en 1923.

La estrategia de expansión crediticia sin límite termina por generar una espiral hiperinflacionista de efectos devastadores sobre el conjunto de la economía. Durante la Revolución Francesa aconteció un suceso de similares características. La Asamblea Nacional recién constituida decidió crear dinero (los famosos asignados) empleando como base el valor de las tierras expropiadas a la Iglesia, en sustitución del respaldo que propiciaba el oro.

Los Greenspan y Bernanke de entonces consideraban que aumentando la liquidez Francia podría salir fácilmente de la profunda recesión económica que sufría la nación, debido, en gran medida, a la Revolución que acababa de acontecer. El Gobierno del Pueblo decidió de inmediato imprimir 400 millones de livres en forma de papel moneda a un interés del 3%. Cincos meses después las imprenta de la República inyectó en el sistema otros 800 millones nuevecitos, pero esta vez a un tipo del 0%.

Las máquinas no paraban de trabajar en la creación de dinero fiduciario ex novo (sin respaldo real en oro), hasta el punto de que en menos de seis años las autoridades emitieron un total 45.000 millones de livres extra. Gran parte de este volumen fue impreso en secreto para no asustar a los ciudadanos. Dicha política provocó que el sistema saltara por los aires en 1796, ya que el valor de la moneda francesa se derrumbó por completo, dando lugar a una hiperinflación galopante. Poco después llegó Napoleón, al igual que Hitler tras la hiperinflación alemana del período de entreguerras.

Las enseñanzas de este acontecimiento, recogidas en la obra Fiat Money Inflation in France, deberían ser tenidas muy en cuenta por los Bernanke y Trichet de hoy en día. Aunque, de momento, la actual crisis económica avance sin remedio hacia la deflación (caída generalizada de precios), también en España, de segur así, a la vuelta de la esquina, el panorama podría dar la vuelta y resulta aun más desolador. Llegado el caso, no olviden señalar a los culpables. Una vez más, las autoridades políticas y los organismos monetarios centrales.