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No dejes que Greenpeace decida por ti

No es la primera vez que Garoña se convierte en el objetivo del radicalismo verde. En septiembre de 2002, Ecologistas en Acción anunció que un grupo de ecologistas alemanes había descubierto un pez mutante en las inmediaciones de la central. Esto le sirvió al vocero de turno de la organización para afirmar que "la energía nuclear no es tan inocua como dicen y tiene una incidencia clara sobre el entorno". El suceso también les sirvió para exigir, como ahora hacen sus amigos de Greenpeace, el cierre de Garoña por "los peligros que conlleva su continuidad". El pez, que según estos declarados enemigos del libre mercado (en sus principios ideológicos "rechazan el modelo capitalista") "había sufrido reacciones mutagénicas a causa de la radiactividad de las aguas", nunca aparecería. Los propios ecolojetas fueron los encargados de reconocer que se trataba de una burda mentira. El episodio fue útil para que a la opinión pública le quedara bastante claro que si los críticos de la central eléctrica nuclear de Garoña tenían que inventarse tamaña trola para poner en duda su seguridad, la instalación debía estar en muy buenas condiciones.

Los dirigentes de Greenpeace tampoco le hacen ascos al uso de falsedades y las medias mentiras para lograr sus objetivos ideológicos. En el pasado, la organización simuló matanzas de crías de focas y ocultó informes que le venían mal en su campaña contra el desmonte de una plataforma petrolífera de Shell en el Mar del Norte. Yo mismo he sido testigo en vivo y en directo de las mentiras de su director ejecutivo, López Uralde, sobre la disminución del bosque en España (que no disminuye sino aumenta). Ahora, en la campaña en la que se enmarca el bloqueo de Garoña, estos exaltados exigen "sustituir de forma gradual la energía nuclear en España por energías seguras, limpias y menos costosas". Sin embargo, lo cierto es que es imposible encontrar una energía menos costosa y limpia que la que se obtendría de ampliar 10 o 20 años la vida de Garoña. El megavatio que resulta de alargar la vida de estas centrales nucleares se sitúa en torno a los 15 céntimos, un coste sin rival en el mercado. Además, estas centrales son "limpias" en el sentido, que tanto nos han machacado ellos mismos, de que no emiten CO2; causante de lo que ellos decían considerar el "mayor problema al que se enfrenta la humanidad". Por último, digan lo que digan estos activistas, la central de Garoña ha pasado este año cuatro inspecciones internacionales que avalan su seguridad.

Para tratar de llevarse el gato al agua, el lobby ecologista afirma que podemos prescindir de la electricidad de Garoña porque el incremento de la producción renovable del año 2007 fue del doble que lo que esta central produce. ¿Y qué? La Agencia Internacional de la Energía advierte que nuestro país se enfrentará a un cuello de botella energético hacia 2015 si no hacemos algo para remediarlo. Además, a los ecologistas se les olvida comentar que las renovables son tan ineficientes que para poder crecer tuvieron que obtener en 2007 2.600 millones de euros en primas al precio, lo que permitió a unos pocos ricachones forrarse injustamente a costa del los ciudadanos de a pie. Las ayudas al precio de sus improductivas tecnologías han alcanzado este año la friolera de 3.000 millones de euros. Este proceso redistribuidor de rentas desde el ciudadano medio a unos pocos enchufados está poniendo en jaque a todo el sistema eléctrico por culpa del déficit tarifario que genera.

De todo esto no nos habla Greenpeace porque ellos no están interesados en la verdad sino en la alarma social y las medidas que les permitan acercar nuestra sociedad a un mundo en el que los verdócratas de su cuerda planifiquen nuestras vidas.

No dejemos las decisiones energéticas en manos de los ecologistas ni de los políticos. Tampoco debemos dejarlas en manos de las empresas eléctricas, incluidas las nucleares, que podrían estar beneficiándose de las ayudas de las que hablan los ecologistas. Quitemos todas las subvenciones y que sean los ciudadanos los que decidan libremente en el mercado.

España: El chivo expiatorio de la inmigración

España no es una excepción. Tras sufrirla mayor burbuja inmobiliaria del mundo , el ajuste económico está siendo muy intenso y drástico. En sólo un año el número de parados se ha incrementado en 500.000 personas (un 25% más), lo que hace que la sensación de crisis sea aun más acuciante.

Este contexto está siendo el caldo de cultivo ideal para todo tipo de propuestas xenófobas y antiinmigración. Incluso el partido socialista, que ocupa las responsabilidades de Gobierno, no ha vacilado demasiado en unirse a este discurso: dado que el paro está aumentando, sobran inmigrantes en España.

El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, ha sintetizado perfectamente estos prejuicios: “No tiene sentido buscar albañiles en Rabat si los de aquí están en el paro” . De hecho, los delirios gubernamentales han llegado al punto de aprobar un plan por el que el inmigrante podrá elegir voluntariamente ser repatriado a cambio de cobrar, en su país, el subsidio de desempleo .

La idea está clara: si en España hay paro es que sobran trabajadores. Sin embargo, los problemas económicos suelen ser más complejos de lo que una primera aproximación simplista parece indicar.

La crisis económica se produce porque se han producido numerosas malas inversiones en determinados sectores económicos al tiempo que se han dejado otros atrofiados. Por este motivo, surgen los famosos “cuellos de botella” que paralizan el funcionamiento económico de industrias enteras: determinados factores productivos son demasiado caros como para utilizarlos de manera rentable.

Durante los últimos ocho años, en España se ha concentrado la mayor parte de la inversión en el sector de la construcción y, en cambio, se han dejado desatendidas otras industrias que ahora estrangulan la economía. En particular, España es incapaz de seguir financiando su abultado déficit exterior (el mayor del mundo) derivado de su dependencia energética con el exterior. Por consiguiente, España necesita reorientar su estructura productiva hacia el sector energético sustitutivo del petróleo o hacia el sector exportador para así obtener las divisas necesarias para sufragar las importaciones.

Pero esta reorientación de la estructura productiva implica invertir en nuevas compañías para lo cual es necesario un enorme volumen de ahorro del que España ahora no dispone.

En este contexto, los inmigrantes bien podrían suponer una bendición para la economía española, ya que sus salarios suelen ser más bajos que los de los españoles nativos y, por tanto, permiten incrementar los márgenes empresariales.

Estos mayores beneficios de las empresas suponen ahorro que o bien puede invertirse en los nuevos sectores productivos que España necesita o bien destinarse a bajar los precios a los consumidores (lo que a su vez aumentaría sus ahorros).

Dicho de otra manera, la inmigración facilita la creación de las empresas que permitirán sacar a España de la crisis y contratar a los españoles ahora desempleados.

El sesgo xenófobo del Gobierno, por consiguiente, carece de justificación y sólo indica una preocupante ignorancia económica. De hecho, pocas medidas pueden ser tan absurdas como repatriar a los inmigrantes y pagarles para que no trabajen en sus países con cargo al ahorro de los españoles.

Como sólo suceder con el intervencionismo estatal, la medida, lejos de lograr el objetivo que persigue, sólo ahondará más la crisis y el desempleo en España.

Este artículo fue publicado originalmente en ElCato.org el 21 de noviembre de 2008

Simancas contra internet

Pero, por desgracia, su actividad no llega a ser nula. Es el autor –o al menos quien presentó– de una proposición no de Ley publicada (página 4) en el Boletín Oficial de las Cortes General el pasado mes de octubre y cuya redacción hace temer lo peor a quienes se preocupan por la libertad en internet. El texto en cuestión dice (la cursiva es nuestra):

El Congreso de los Diputados insta al Gobierno a liderar, en el marco de la Comisión Intersectorial contra la Piratería, una estrategia consensuada y eficaz que permita ordenar la circulación de contenidos en internet, para hacer frente a la piratería cultural, garantizando los derechos de los ciudadanos, favoreciendo el desarrollo de la industrial (sic) cultural en este ámbito y asegurando la debida protección de la propiedad intelectual.

Al margen del poco respeto a los ciudadanos que demuestra el hecho de que una proposición no de Ley contenga erratas –máxime cuando tiene que ver supuestamente con la cultura– el texto es preocupante. Parece anunciar una nueva oleada de iniciativas del partido en el Gobierno para favorecer a sus amigos de las entidades de gestión. No sería la primera. Cuando se presentó el proyecto de Ley de Medidas de Impulso a la Sociedad de la Información (LISI), el Ejecutivo pretendía incluir a la SGAE y compañía entre las autoridades no judiciales con capacidad de ordenar el cierre de páginas web.

A esto hay que sumar la pretensión de Simancas de que el objetivo de la ley sea "ordenar la circulación de los contenidos en internet". Y que se haga, además, de tal manera que favorezca a la industria cultural y a quienes viven de la propiedad intelectual (esa ficción que, no nos cansaremos de repetir, atenta contra la libertad y la propiedad de los demás).

"Ordenar los contenidos que circulan por internet" no significa otra cosa que controlarlos y, por lo tanto, recortar la libertad en la Red. Implica pretender acabar con el orden social espontáneo que caracteriza el ciberespacio con la intención de proteger los intereses privados de un sector muy concreto. Sector cuyos miembros son, oh casualidad, en su mayor parte muy próximos al partido en el poder.

A esto cabe añadir que esa pretensión resulta totalmente pueblerina. ¿Pretende Simancas que una ley española controle todo lo que circula por internet? ¿Acaso cree que el Gobierno español tiene autoridad para actuar en Nueva York, Berlín y Buenos Aires? El único modo de que ese control –pues no se trata de otra cosa– fuese efectivo sería imitar a las dictaduras y obligar a que todo el tráfico de la Red con origen o destino en España pasara por un servidor controlado por el Estado. Ni tan siquiera al varias veces derrotado por Esperanza Aguirre puede pasársele eso por la cabeza. Posiblemente no sea más que una muestra de paletismo o arrogancia.

Una cúpula con forma de ceja

La obra de arte del mallorquín, a cuyo lado la Capilla Sixtina palidece de envidia, con seguridad será admirada por las generaciones futuras como una de las grandes aportaciones a la historia del arte universal. Y todo por el módico precio de dieciocho millones de euros, de los que una tercera parte ha ido directamente al bolsillo del insigne autor.

Al contrario de quienes se escandalizan por el precio que ha puesto a su obra, particularmente no tengo nada que objetar a la cuantía de la minuta presentada por Barceló. Cada uno pone libremente precio a su trabajo, y mientras haya clientes que estén dispuestos a pagarlo las opiniones de los demás son irrelevantes. El único problema es que entre el consorcio que ha pagado la obra de arte estamos usted y yo, sin ir más lejos, y lo cierto es que una capa de yeso proyectado, con unos pijotronchos pintados de colorines colgando del techo no es precisamente el concepto más extendido de lo que debe ser una obra de arte inmortal.

Barceló es uno de los artistas que hacían el gesto circunflejo en la pasada campaña electoral para pedir el voto a ZP, aunque evidentemente no haya sido ese el motivo de haberle elegido para acabar con la pobreza en el mundo a base de gotelé. Porque si lo relevante para haberle realizado a él dicho encargo es su condición de zejatero, se produce entonces un agravio comparativo de difícil solución. Hubo otros muchos artistas que se significaron con el de la ceja, que están deseando también contribuir a la promoción de los derechos humanos universales a razón de seis millones la performance, aunque procedan de los fondos destinados a comida y vacunas para los niños del tercer mundo. Tal vez un concierto solidario con la participación de los zejateros al completo y Concha Velasco, socialista de toda la vida, en papel de maestra de ceremonias sea la única solución para compensar la ofensa.

Si Barceló tiene ya su cúpula que Moratinos le pague al resto una cópula, porque de lo que se trata, como siempre, es de que la caterva de solidarios nos la meta doblada. Salvar a la humanidad exige estos sacrificios, qué se le va a hacer.

Socialdemocracia y estulticia

Eso sí, sin definir en absoluto a qué se refiere con tanto "neo", no sea que la claridad de su ignorancia pueda volverse en su contra; como cuando nos anima a no "dejarnos llevar por el miedo al horror vacui". Ya puestos, no temamos el pánico al espanto al pavor al terror al miedo al horror vacui.

Estella nos ofrece "un nuevo modelo que sirva de marco de referencia": las "ideas de centro-izquierda". Aspira a "la emergencia de un nuevo consenso planetario de tipo socialdemócrata". Con auténtica humildad, el consenso sólo será planetario; los extraterrestres no residentes quedan excluidos.

La crisis es una oportunidad para que la socialdemocracia "dé un paso hacia adelante y asuma el desafío de ofrecer un nuevo eje alrededor del cual hacer girar la actuación futura de los actores políticos". No le suena aquello de los socialistas de todos los partidos, y es tan bisoño que cree que el socialismo democrático es algo novedoso.

Cree que "no faltan excelentes pensadores en la órbita de la socialdemocracia, ni tampoco excelentes ideas". Pero no ofrece ningún ejemplo, lo cual no es nada sorprendente: cabe preguntarse si un mal pensador puede distinguir excelentes pensadores o excelentes ideas; o simplemente pensadores e ideas. Quizás sí puede hacer propaganda, ya que no da para mucho más. Los contenidos los tiene claros: "revisar las ideas socialdemócratas en relación con las virtudes del mercado" porque se ha abrazado "con más intensidad quizá de la debida, al mercado". Tanto amor a la libertad y al comercio no puede ser bueno, hay que intervenir los mercados "con valentía": "no basta con regular y supervisar la acción de los agentes económicos". Así, sin miedo, como si fuera algo que no se ha hecho nunca y hay que intentar por primera vez.

La fatal arrogancia no muere en las nubladas mentes de los más necios: quiere "participación directa del Estado", que sea "protagonista directo de la actividad económica" y no "mero espectador", para tener "información sobre lo que está ocurriendo en el mercado, así como capacidad de corrección de sus fallos". Todo naturalmente por esa entidad tan vaporosa como es "el interés general" y para que las cosas se hagan "como deben hacerse": sin explicar con un mínimo de detalle la naturaleza de la obligación (¿moral?, ¿legal?, ¿técnica?) y la forma concreta de su implementación. Total, para qué: las cosas hay que hacerlas como hay que hacerlas, eso está claro.

Pide más socialismo porque quizás no sabe que el socialismo es imposible. Que el planificador estatal tiene serios problemas de actitud y aptitud. Carece de los incentivos adecuados y no tiene capacidad para obtener y procesar la información relevante para su acción presuntamente coordinadora.

Además, Estella quiere "volver a situar el principio de igualdad en el mismo corazón de la socialdemocracia", y no se trata de una igualdad instrumental para "conseguir mayores cotas de libertad". No, la igualdad es "un fin en sí mismo". Quedan ciertas incógnitas: ¿es este presunto profesor el que va a intentar hacer algo por igualarse a otros mínimamente inteligentes o va a forzar a los demás a ponerse a su ínfima altura? ¿O se trata solamente de quitar dinero a unos para dárselo a otros?

Una última joya de lo que en socialdemocracia pasa por argumentación: "de igual manera que nos parece legítimo repartir por igual los costes de una crisis económica, nos debería parecer legítimo repartir de forma mucho más igualitaria sus beneficios, y para ello los ciudadanos tendrían que poder participar, en pie de igualdad, en la toma de decisiones económicas que pueden ser trascendentales para sus vidas". Perdón pero: ¿quién es ese "nosotros" al que se hace referencia? ¿Estella y cuántos despistados más creen que la crisis han de pagarla por igual justos y pecadores? ¿Las acciones, basta con que parezcan legítimas a alguien o conviene que lo sean independientemente de su percepción subjetiva? ¿Qué beneficios de la crisis económica se van a repartir, o es que tenemos un serio problema con la sintaxis? En sociedades complejas con millones de ciudadanos y de diferentes procesos de producción y distribución, ¿cómo se participa en las decisiones económicas? ¿Será un mercado libre la respuesta a esta última pregunta?

Los dictadores de la producción

La compañía no será muy independiente si el Gobierno interviene en cada una de sus decisiones como, por ejemplo, la actual: oponerse a que alguien entre en su accionariado. De hecho, cuando Sebastián afirma que la compañía ha de ser independiente y española quiere decir que debe estar bajo la influencia del Gobierno. El ministro de Industria sabe que si empiezan a entrar empresas foráneas en Repsol, su dominio podría disminuir. ¿Es eso malo? Todo lo contrario, es fantástico. Significa que la empresa estará más sometida al mercado y menos a los caprichos partidistas del burócrata de turno.

En el peor de los casos, ¿de qué nos sirve que Repsol sea española? Cuando Evo Morales nacionalizó los recursos petrolíferos, envió soldados a la sede de Repsol y detuvo a dos directivos de la compañía, el Ejecutivo español miró hacia otra parte y dijo que no era su problema. Tenemos un Gobierno de incompetentes que están más interesados en las relaciones diplomáticas con los dictadores sudamericanos que en los intereses de nuestras compañías en el extranjero. Cuanto más alejados estén de las empresas, mejor.

Mirémoslo desde otro punto de vista. En 1999 el Estado argentino privatizó la petrolera YPF y la vendió a la española Repsol (de hecho la compañía es hispano-argentina ahora –y no sólo española–, por eso se llama Repsol YPF). ¿Murió algún argentino por la venta de YPF? ¿De la compra de YPF se ha derivado una tragedia para Argentina o sus ciudadanos? No, todos los problemas que tiene el país proceden de la desastrosa gestión de los Kirchner (primero Néstor y luego Cristina).

Sebastián es un racista y, en concreto, un racista empresarial. Tal vez acepta la multiculturalidad social, pero odia la multiculturalidad empresarial. Un 15% de Repsol es extranjero y su free float (parte del total de acciones en bolsa) supera el 40%, lo que significa que cualquiera de afuera puede entrar en el capital de Repsol e influir en las decisiones de la compañía a través del derecho que le otorgan sus acciones. ¿Dónde está el problema? El ministro tiene una mentalidad precapitalista, actúa como un rey absoluto y muestra la típica visión mercantilista del s. XVII. Cree que sus deseos equivalen a la voluntad de Dios o, como se diría hoy día, a la voluntad del bien común. Según Respol, aún no hay conversaciones firmes con Lukoil, pero si las empieza a haber y los accionistas están a favor de la compra —y probablemente lo estén, ya que aumentaría el valor de la acción—, de nuevo, ¿dónde está el problema? Ganaría Repsol, ganaría Lukoil y ganarían sus accionistas. Son relaciones voluntarias donde nadie sale perjudicado, a excepción de Sebastián claro.

Pero este discurso liberal choca con las últimas declaraciones de José Blanco, vicesecretario general del PSOE, quien hace poco ha afirmado que Aguirre "está pasada de moda" porque "no representa la nueva era". Otro que se cree Dios. Al igual que Sebastián, ambos representan la nueva era, el futuro; pese a que ambos estén actuando como monarcas absolutos. Se trata de la típica pose de los políticos populistas y dictatoriales: si usted no entiende sus decisiones, es idiota y necesita autócratas como Blanco y Sebastián que le ordenen qué hacer y cómo hacerlo.

Que un burócrata nos diga cómo debemos vivir y cómo debemos gestionar nuestras empresas, tal vez sea la cosa más moderna del mundo, pero en realidad es sólo una tiranía. El comunismo también estaba muy de moda a principios del s. XX y eso no lo convertía bueno. Estos profetas con sueldos demasiado altos y con excesivos privilegios tendrían que ser más humildes ante el ciudadano y sus empresas. Esté pasada de moda o no, la libertad individual es la mejor fórmula para nuestro bienestar social y económico. La tiranía, el modelo del tándem Blanco-Sebastián, sólo nos lleva al fracaso, al aislamiento y a la pobreza material e intelectual.

Privaticemos las frecuencias

El Instituto de la Mujer se creó en época de UCD, cuando llegó la primera ministra al Gobierno, aunque ésta por méritos propios.

Lo cierto es que hay mucho que mejorar, aunque yo no creo que la acción política sea el mejor camino. El objetivo de tanta legislación de apoyo a la mujer es encomiable. Además de ser injusto, es una pérdida de talento no aprovechar el de la mitad de la población. Pero en la carrera de los talentos, igualdad ante la ley y plena libertad son los campos más feraces.

Yo creo en la sociedad, en su desarrollo autónomo, espontáneo. No creo que éste lleve a la solución óptima en cada segundo, porque estamos muy lejos de ser perfectos y porque somos abigarrados y contingentes, estamos aferrados a usos enraizados en la sociedad en que vivimos y somos más reacios al cambio que al error. Pero también creo que en una sociedad libre unos cuantos pueden ver oportunidades de beneficio en otra forma de hacer las cosas, y que si tienen suerte y les va bien, su ejemplo servirá para un número creciente de personas.

Digo todo esto porque veo que se recorre las oficinas patrias un virus resistente a cualquier razonamiento y del que tiempo ha que se inmunizaron nuestros vecinos. Es como si conviviésemos con la peste bubónica mientras franceses, alemanes, italianos y demás la tuviesen que estudiar en los libros de historia medieval. Se trata de las horas-fachada. Esas horas que uno pasa en el trabajo por no salir antes que el jefe, por justificar con la mera presencia el sueldo, o por evitar llegar a casa y echar una mano en las labores domésticas.

Se puede ser una gran empresa eléctrica en España y mandar a casa a sus trabajadores a las tres de la tarde, y no me estoy inventando nada. Se puede exigir a los trabajadores que sean productivos en las horas que están en el trabajo, y es legítimo sospechar de quien no ha terminado su labor en las horas que tiene para sacarle adelante.

Todo ello es posible y creo que, en general, sería beneficioso para ambas partes. Además, los hombres y las mujeres pueden compartir más fácilmente las tareas de casa si están antes en ella. Y si echar más horas en el trabajo pasa de ser un expediente a motivo de una sospecha de incompetencia, se comprenderá mejor a muchas mujeres que desean trabajar en el mercado y también en casa, sin que por ello tengan que frenar su carrera profesional. Menos horas en el trabajo y más aprovechadas; esa es la gran revolución laboral pendiente en España, y lo que más servicio haría a la situación de las mujeres. Apuesto lo que quieran a que en menos de cinco años este asunto forma parte del debate nacional.

Horas fachada

Este movimiento desató considerable polémica, puesto que afectaba a medios de comunicación (lo que supone un riesgo para la pluralidad informativa), pero también por su novedad.

Sin embargo, el problema de las frecuencias tiene las raíces bastante más profundas que en lo ocurrido la semana pasada. El espectro radioeléctrico constituye un activo básico, indispensable, para el suministro de determinados servicios, como son la televisión convencional (la que vemos normalmente en nuestro aparato), la telefonía móvil o la radio. Las empresas dedicadas a esto construyen su negocio sobre estas frecuencias, de la misma forma que otras lo hacen sobre un solar o sobre una marca comercial.

Estas últimas adquieren sus terrenos o promocionan su marca comercial con una cierta seguridad de que nadie se los va a quitar, pues son de su propiedad, y se supone que existe un marco jurídico que protege sus derechos. En cambio, las primeras carecen de esta certeza sobre su activo principal, la banda de frecuencias, puesto que sólo las tiene en concesión por un periodo más o menos largo, pasado el cual revierte de alguna forma al Estado, quien puede replantearse su utilización. Las empresas que se dedican a la radio o a la telefonía móvil no pueden garantizarse de forma alguna la disponibilidad del recurso más importante para su negocio.

Así pues, actividades enteras y cientos de puestos de trabajo reposan sobre el supuesto de que el Estado va a mantener el statu quo en cuanto al uso de las frecuencias. Y, hasta ahora, parecía ser así. La decisión del CAC, no obstante, nos devuelve a la cruda realidad: las frecuencias han sido arrebatadas al mercado por los Estados y su utilización no responde a las preferencias de los ciudadanos, sino a las de los políticos.

En esta línea hay que entender también las recientes presiones de las Comunidades Autónomas por hacerse con mayor parte del pastel, hasta ahora en manos del Gobierno de España (con la excepción, precisamente, de la radio y de algunas frecuencias de TV).

Es evidente que la solución a este problema pasa por permitir que las frecuencias sean como cualquier otro activo. Que se pueda adquirir su propiedad y se puedan realizar con ellas las distintas transacciones habituales en otros bienes. Vamos, que salgan de la órbita del control de las Administraciones Públicas. Así se ha hecho en algunos países de Centroamérica, dando lugar a considerables beneficios para los ciudadanos, en forma de precios y servicios.

Mientras no se haga así, el uso de las frecuencias producirá, además de las familiares interferencias técnicas, otras mucho más dañinas, éstas sobre el funcionamiento de los mercados y la iniciativa de los agentes.

Frecuencias que interfieren en el mercado

Las últimas declaraciones del miembro propuesto por el PP para el CAC, Fernando Rodríguez Madero, insultando a los dos locutores más conocidos de La Cope y Punto Radio ante el Parlamento catalán, después de que se les retirara sendas licencias en Lérida y Gerona, son bastante elocuentes: el CAC pretende silenciar a las dos emisoras por motivos políticos. Pero el CAC y su excesiva politización son sólo la expresión depurada de otro problema más de fondo: las frecuencias radioeléctricas son propiedad del Estado, que tiene capacidad para decidir quién, cómo y por cuánto tiempo pueden utilizarse.

La razón que se aduce en defensa de la esta nacionalización es que las frecuencias son un bien escaso y alguien tiene que adjudicarlas y velar por su uso. La razón que se aduce en defensa de la esta nacionalización es que las frecuencias son un bien escaso y alguien tiene que adjudicarlas y velar por su uso. Esta justificación es un sinsentido desde un punto de vista económico, pues los bienes escasos son los únicos susceptibles de apropiación privada y los únicos a los que cabe asignar precios en el mercado. La escasez no exige la nacionalización, la escasez es la condición sine qua non para que un recurso sea privado.

El aire o los rayos del sol no son bienes escasos, no son bienes de uso excluyente sobre los que pueda haber un conflicto. El hecho de que yo tome el sol o respire no impide que otros hagan lo mismo. Por eso los rayos del sol y el aire no son de nadie. En cambio, si emito por una frecuencia los demás no pueden emitir por ella sin estorbarme. Lo mismo con cualquier recurso o bien producido en cantidad limitada: dos personas pueden querer darle un uso distinto, solo una de ellas puede controlar el recurso en exclusiva. De ahí que el bien en cuestión tenga un precio en el mercado y sea adquirido por aquél que lo paga.

Si las frecuencias fuesen privadas sus propietarios podrían hacer con ellas lo que quisieran: ofertar otro servicio o cambiar de tecnología, planificar a largo plazo, vender o comprar frecuencias destinándolas a usos más productivos etc. También podrían criticar a quien quisieran sin miedo a que no les renovaran la licencia. Hoy en día el titular de una licencia tiene derechos temporales, condicionados y limitados con respecto al uso que puede hacer de la frecuencia. No puede darle un uso más productivo del que tiene ni venderlo o arrendarlo a un tercero para que le saque un mayor provecho.

El problema de las interferencias tampoco exige la nacionalización. Interferir una frecuencia previamente ocupada por otro equivale a una invasión de la propiedad ajena. Si alguien allana tu morada, la policía lo echa. De un modo similar, si una interferencia ocurriera, el perjudicado podría interponer una demanda y los tribunales obligarían al invasor a respetar la frecuencia. Así es como se resolvían los casos de interferencias en Estados Unidos antes de que se nacionalizara el espectro por motivos políticos.

Los poderes establecidos (incluidos algunos medios establecidos) se resisten a la idea de la privatización, ávidos por conservar su poder sobre las ondas y limitar la entrada de competidores. Pero desde que Ronald Coase defendiera esta idea en los años cincuenta, la privatización cada vez es más popular entre los economistas. La mayoría coinciden en que una gestión eficiente de las frecuencias exige avanzar hacia un escenario en el que el Estado tenga menos poder de decisión sobre el uso del espectro.

Los incrédulos replicarán que esto de la compra-venta de ondas está muy bien en teoría, ¿pero hay algún país que lo practique? En realidad sí. El modelo que más se aproxima a esta descripción es Guatemala, donde la influencia de los economistas de la Universidad Francisco Marroquín se materializó en una reforma de la ley de telecomunicaciones que liberalizó casi completamente el mercado de frecuencias.

En Guatemala cualquier persona puede reclamar una frecuencia que está desocupada. Si no hay más reclamaciones, la frecuencia se adjudica gratis de forma automática. Si hay más reclamaciones se adjudica por subasta. El usufructuario es en este caso un propietario de facto, puede hacer con la frecuencia lo que quiera: determinar y cambiar el uso, la tecnología y el servicio a ofertar en esa frecuencia; arrendar, vender, subdividir o consolidar la frecuencia; utilizarla como colateral o activo etc. La licencia de usufructo dura 15 años y se renueva automáticamente con sólo pedirlo, sin ningún gasto adicional. El resultado de esta reforma liberal ha sido un auge espectacular de la industria de las telecomunicaciones en Guatemala, superior al de otros países latinoamericanos más ricos. Hay más bandas aprovechadas y más competencia, lo que beneficia a los consumidores en forma de más productos y precios más bajos (por ejemplo, en telefonía móvil).

En definitiva, la propiedad privada de las frecuencias es posible y deseable. El CAC es una deplorable manifestación de un sistema que está viciado de origen. Si las frecuencias fueran de propiedad privada no presenciaríamos este tipo de cacicadas políticas destinadas a silenciar a las voces discrepantes. Por ello, hay que atacar la raíz del problema: las frecuencias están nacionalizadas y sólo podemos usarlas si el Estado nos concede su permiso.

La Segunda Gran Depresión

Pese a todo, incluso en este punto soy pesimista puesto que, hasta el momento, y tras años de negociaciones y acuerdos fallidos, los distintos gobiernos han mantenido en vigor los numerosos obstáculos fiscales y administrativos a la llegada de productos foráneos, en un intento reiterado por proteger a determinados sectores nacionales de la competencia exterior. La Política Agraria Común (PAC) que impera en el falso oasis de libertad económica de la UE es un buen ejemplo de ello.

Además, el último movimiento anunciado en este ámbito por el presidente francés y actual mandatario europeo, Nicolas Sarkozy, no deja demasiado espacio al optimismo, por no decir ninguno. Y si esto ha sido lo mejor de la cumbre prepárense, pues, para lo peor. La simbólica declaración de intenciones acordada por los líderes del planeta deja entrever algunas de las políticas que, de forma coordinada, tratarán de ser implementadas a partir de ahora con el objetivo de sacarnos del profundo agujero en el que estas mismas instituciones (bancos centrales, organismos reguladores y Estados) nos han metido.

En primer lugar, una supervisión global de las instituciones financieras. De este modo, los Gobiernos no ocultan su intención de crear un nuevo supra y super organismo burocrático (cientos o miles de nuevos funcionarios a cargo de los contribuyentes) con el fin de regular y controlar la actividad de la gran banca internacional. Imagínense una especie de Comisión Nacional del Mercado de Valores e, incluso, un refundado Banco Central, sólo que de un tamaño 10, 20 ó 100 veces superior al que opera en España, a nivel mundial y con más poderes y competencias interventoras.

¿Pero no habíamos quedado (según reconoce el propio G-20 en su declaración) en que los actuales mecanismos de supervisión, a cargo de las entidades estatales y organismos reguladores centrales, habían fallado? De hecho, las propias agencias de calificación (rating), ahora tan denostadas y criticadas por todos, operaban en Estados Unidos, en régimen de oligopolio, bajo el beneplácito de la todopoderosa SEC (Comisión de Valores de EEUU).

El segundo punto es, si cabe, aún más preocupante. Tras la cumbre, los Gobiernos apostarán por impulsar planes de estímulo fiscal. Tales medidas, destinadas a impulsar una demanda que languidece por momentos, únicamente se podrá materializar de dos formas posibles: rebajas de impuestos o expansión del gasto público. ¿Problemas? Varios. El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial se han deshecho en alabanzas a la reciente inyección de dinero público aprobada por el Gobierno de China (unos 600.000 millones de dólares).

Mal vamos si nuestros respectivos Gobiernos pretenden salvar la economía tomando como ejemplo uno de los regímenes más sanguinarios e intervencionistas de la historia de la humanidad, pese a los tímidos avances hacia el libre mercado puestos en marcha por Beijing a lo largo de los últimos años. En este sentido, el macroplan chino se asemeja en algunos aspectos al New Deal de los años 30 en EEUU, ya que pretende invertir cantidades ingentes de dinero en la construcción de grandes proyectos de infraestructuras y obras públicas para estimular su economía.

Cabe recordar que durante la Gran Depresión, la Administración estadounidense llegó a pagar un salario a miles de desempleados por cavar agujeros en el suelo para después volverlos a tapar. Una ocupación evidentemente productiva, como todos ustedes observarán. Pese a todo, estoy convencido de que algunos Estados, aunque no el español, apostarán por reducir impuestos. En este sentido, bienvenidas sean las rebajas fiscales, ya que lo fundamental para salir de la crisis es, sin duda, fomentar el ahorro y liberalizar al completo la economía, junto con una profunda reforma del sistema bancario (aunque ésta es otra cuestión).

Sin embargo, de poco o nada servirá aplicar recortes tributarios si, por otro lado, se sigue incrementando de forma exponencial el gasto público. De ahí, precisamente, que los rescates gubernamentales de determinados sectores no sólo serán contraproducentes sino mortales de necesidad para el conjunto de la economía. Por ello, no sólo es preciso bajar impuestos, sino que también habrá que reducir drásticamente el gasto público para paliar la situación y salir cuanto antes del atolladero.

Por último, aunque no menos importante, el G-20 parece dispuesto a continuar con su estrategia de bajada de tipos de interés de forma arbitraria con el fin de reactivar el crédito y reducir el coste de la financiación. Por desgracia, de nada ha servido hasta ahora, y menos aún servirá en el futuro para frenar la debacle. Tan sólo agravará los problemas a corto y medio plazo: tras más de 10 años, la crisis económica persiste en Japón pese a mantener el interés próximo al 0%.

De hecho, ésta es la situación a la que se verá abocada Estados Unidos, sólo que mucho peor, en caso de que insista en la política desarrollada hasta el momento. Para terminar, tan sólo añadir dos anotaciones. El Gobierno nunca podrá salvar a la economía, y menos aún sustituirla tal y como pretenden algunos. Y es que, la expansión del crédito (culpable de la actual situación), tal y como advirtió Mises, tarde o temprano pasa su dramática factura en forma de recesión, contracción monetaria y, en el peor de los casos, una profunda depresión económica de consecuencias insospechadas. Insisto, ¿Segunda Gran Depresión? De seguir así, no lo descarten.